El mundo en vilo - Daniel Schönpflug - E-Book

El mundo en vilo E-Book

Daniel Schönpflug

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Es noviembre de 1918 y el mundo es un lugar asolado que debe reconstruirse: la guerra ha terminado y todo debe empezar de nuevo. Muchos proyectos ilusionantes surgen en el mundo occidental. Virginia Woolf intenta publicar en su pequeña editorial, Moina Michael reparte sus míticas remembrance poppies, la Bauhaus de Walter Gropius empieza a fraguarse y Harry Truman monta una tienda de camisas para hombre en Kansas. La democracia, la ilusión artística y las ganas de emprender de nuevo la vida despuntaban, y Europa comenzaba a limpiar sus paisajes en ruinas. Lo que nadie sabía es que a ese final de la Gran Guerra lo acabaríamos llamando periodo de entreguerras, que este repunte de ilusión se vería truncado por otra contienda inimaginable para los habitantes del Occidente de 1918.

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Seitenzahl: 409

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Daniel Schönpflug
El mundo
en vilo

La ilusión tras la Gran Guerra

Traducción de

Lucía Martínez Pardo

Título:

El mundo en vilo. La ilusión tras la Gran Guerra

© Daniel Schönpflug, 2020

Edición original:

Kometenjahre. 1918: Die Welt im Aufbruch, S. Fischer, 2017

De esta edición:

© Turner Publicaciones SL, 2020

Diego de León, 30

28006 Madrid

www.turnerlibros.com

Primera edición: octubre de 2020

De la traducción:

© Lucía Martínez Pardo, 2020

Ilustración de cubierta:

Rafael Barradas, Calle de Barcelona, 1918

Asociación Colección Arte Contemporáneo - Museo Patio Herreriano, Valladolid

Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial

ISBN: 978-84-17866-57-0

eISBN: 978-84-18428-22-7

DL: M-9069-2020

Impreso en España

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:

[email protected]

La traducción de esta obra ha recibido una subvención

del Goethe-Institut.

ÍNDICE

Prólogo.El núcleo del cometa

iEl principio del fin

ii Un día, una hora

iii Revoluciones

ivTierra soñada

vUna paz engañosa

viEl fin del principio

Epílogo.La cola del cometa

Reflexión

Agradecimientos

Bibliografía

Un meteoro sigue una trayectoria que lo lleva a acercarse a la Tierra. Esta lo desvía hacia ella con su fuerza de atracción, atraviesa durante breves y críticos momentos la atmósfera, la fricción con el aire lo convierte en una estrella fugaz incandescente. Sortea en el último momento el peligro de quedarse para siempre atrapado en la Tierra y sigue su camino cada vez más frío hasta que se apaga de nuevo en el vacío.

paul klee, apuntes pedagógicos, 1921

Prólogo

El núcleo del cometa

El 11 de noviembre de 1918, a primera hora de la mañana, el káiser alemán aparece colgado entre dos rascacielos en Nueva York. El cuerpo sin vida del monarca pende de una larga cuerda, en medio de una nube de confeti que centellea al sol. Naturalmente, no se trata de Guillermo II en persona, sino de una representación, un muñeco de trapo mucho más grande que el káiser, decorado con un formidable bigote y un casco prusiano. En el pincho del casco se quedan colgadas algunas de las tiras de papel blanco que alguien lanza desde más arriba y que descienden con majestuosa lentitud entre los altísimos edificios.

A las cinco de la mañana (hora de la costa este) entra en vigor el armisticio entre las potencias aliadas y el Reich alemán. Los hunos –como se ha llamado a los alemanes en Estados Unidos desde que comenzó la guerra– hincan la rodilla después de cuatro años de lucha sin cuartel. Así acaba la Primera Guerra Mundial, que se ha cobrado la vida de dieciséis millones de personas en todo el mundo. Los neoyorkinos lo leen en los periódicos de la mañana y toman las calles en masa. Entre los rascacielos se agita un mar de gente ataviada con sus mejores galas, vistiendo trajes y bombines como si fuera domingo, o con uniformes militares y de enfermera. Caminan del brazo, hombro con hombro, se saludan y se abrazan. Campanas, salvas, marchas y fanfarrias se suman a los millones de voces que ríen, cantan y hablan con un estruendo de oleaje furioso. A través de la muchedumbre circulan entre bocinazos algunos automóviles desde los que se agitan banderas con entusiasmo. La ciudad celebra un festival callejero improvisado, con carteles pintados a mano, autoproclamados tribunos de la plebe, bandas de música, bailes desenfrenados sobre los adoquines. Nadie trabaja en Nueva York en ese día de la victoria que –todos están convencidos de ello– pronto traerá la paz al mundo.

Unas semanas antes, Moina Michael, una corpulenta mujer de casi cincuenta años consigue una excedencia de su cargo de gobernanta y profesora en un colegio femenino de Georgia y se pone a trabajar en un campamento de formación de la Young Women’s Christian Association, la rama femenina de la Young Men’s Christian Association (YMCA). En los edificios de la Universidad de Columbia, en Manhattan, Michael ayuda a preparar a los jóvenes que irán a Europa. Los más capaces de entre ellos cruzarán poco después el Atlántico como auxiliares civiles con la misión de construir estaciones de aprovisionamiento para los soldados. Dos días antes del armisticio, Moina Michael lee en un ejemplar del Ladies’ Home Journal el poema bélico “In Flanders Fields”, del lugarteniente canadiense John McCrae: “Se agitan las amapolas en los campos de Flandes / entre las cruces…”.1 La página de la revista está profusamente decorada con figuras heroicas de soldados que miran al cielo. Lee cautivada hasta la última línea, en la que McCrae evoca la imagen de un soldado moribundo que con sus manos debilitadas entrega a los supervivientes la antorcha de la lucha. Con esas palabras e imágenes resonando en su interior, siente como si el poema hubiera sido escrito para ella, como si las voces de los muertos le hablasen directamente a través de esas líneas. ¡Hablan de ella! ¡Ella es quien tiene que alargar su mano y tomar la antorcha de la paz y la libertad! ¡Ella tiene que convertirse en el instrumento de la “fidelidad y la fe” y ella debe encargarse de que el recuerdo de millones de víctimas no se pierda, de que su lucha no haya sido en vano y su muerte tenga un sentido!

Moina se halla tan conmovida por el poema y por su epifanía que toma un lápiz y escribe en un sobre amarillo sus propios versos sobre la amapola, “la flor que crece sobre los muertos”. En una especie de juramento rimado, promete transmitir la “lección de los campos de Flandes” a los supervivientes:

Llevamos para honrar a quienes murieron

la antorcha y el rojo de las amapolas.

No temáis, no habréis muerto en vano,

a otros enseñaremos la lección aprendida

en los campos de Flandes.2

Mientras escribe, un grupo de jóvenes aparece ante su escritorio. Han reunido diez dólares para agradecerle que les ayudara a amueblar sus habitaciones en la YMCA. Cuando va a aceptar el dinero, de repente todo encaja en su cabeza: no quiere que lo que siente se quede en palabras, por muy bien rimadas que estén. Su poema debe convertirse en realidad. “Compraré amapolas rojas… A partir de ahora, llevaré siempre una amapola roja”, anuncia a los desconcertados jóvenes. A continuación, les enseña el poema de McCrae y, tras dudar un poco, también el suyo. Los jóvenes se entusiasman. Ellos también quieren amapolas para sus solapas y Moina promete conseguirles algunas. Así pasará las horas que faltan hasta el armisticio, buscando amapolas artificiales en las tiendas de Nueva York. Resulta que entre la nutrida oferta de la metrópolis hay flores artificiales de todas las formas y colores, pero la selección de Papaver rhoeas, la especie de color rojo brillante de la que habla el poema, resulta bastante limitada. Encontrará finalmente lo que busca en Wanamaker’s, uno de los grandes almacenes de la ciudad que tiene de todo, desde artículos de mercería hasta automóviles, e incluso un salón de té acristalado. Adquiere una enorme amapola artificial para su escritorio y dos docenas de flores de seda con cuatro hojas. De vuelta en la YMCA, coloca las amapolas en las solapas de los jóvenes que pronto partirán de servicio a Francia. Es el modesto nacimiento de un símbolo triunfal. Las llamadas remembrance pop­pies no tardarán mucho en convertirse en símbolo de la memoria de los muertos en la guerra para todo el mundo anglosajón.

El culto a las amapolas nació en un momento histórico extraordinario, mientras en todo el mundo millones de personas celebraban, dejaban lo que fuera que estuvieran haciendo, lloraban o juraban venganza. Desde entonces las amapolas hablan del pasado y también del futuro. Por una parte, nos avisan de que no debemos olvidar un pasado muy reciente; en este sentido, forman parte de una cultura mundial de la memoria, una cultura de ceremonias, monumentos y nombres de los caídos esculpidos en la piedra de escuelas, edificios públicos y cuarteles. Por otra parte, la ocurrencia de Moina Michael también se orienta al porvenir, puesto que para ella la sangre derramada y las numerosas víctimas implicaban una responsabilidad para con el futuro: sobre las tumbas crecerán las flores como en ella surgió la esperanza de cara al futuro, fruto espontáneo de su profunda religiosidad. Para muchos de sus contemporáneos el fin de la guerra proyecta una duda apremiante acerca del futuro. Las expectativas de una vida mejor se mezclan con los miedos y las ideas revolucionarias, los sueños y la nostalgia se confunden con las pesadillas.

En su obra El cometa de París (1918), un dibujo a pluma y acuarela tan irónico como emblemático, Paul Klee captaría a la perfección esta situación intermedia entre pasado y futuro, entre realidad y expectativas. Si observamos con atención la obra de Klee, soldado de la Real Escuela Bávara de Aviación, vemos no uno sino dos cometas: uno de color verde, con una larga cola curva, y otro con forma de estrella de David. Ambos orbitan en torno a la cabeza de un equilibrista que se balancea sobre una cuerda invisible por encima de la Torre Eiffel, sujetando una vara en sus manos para mantener el equilibrio. Es una de las muchas obras de esa época en las que Paul Klee representaba astros sobre ciudades y, como ocurre a menudo, el artista se convierte en un “ilustrador de ideas”. En el dibujo, el lejano París –capital del enemigo, pero también patria del arte– aparece como un belén moderno. Al mismo tiempo, el cometa –desde siempre y también en la frágil y viciada atmósfera de principios del siglo xx– funciona como símbolo de lo imprevisible, como presagio de acontecimientos importantes, cambios profundos e incluso catástrofes. Si bien la estrella fugaz, hermana pequeña del cometa, nos invita a formular deseos, hay otro fenómeno astronómico análogo, el meteorito que impacta contra la Tierra, que tememos por su fuerza destructora. En 1910 el mundo había contemplado con pocos meses de diferencia el paso de los cometas Daylight y Halley, y los terrícolas más asustadizos de todos los continentes habían temido el fin del mundo. Klee pudo haberse inspirado en esto para su obra y también en el impacto del meteorito de Richard­ton en Dakota del Norte el 30 de junio de 1918.

El equilibrista de Klee se balancea entre esa maravilla terrenal que es la Torre Eiffel y los dos cuerpos celestes, que esconden al mismo tiempo una promesa y una amenaza. Se mantiene suspendido, no acaba de pertenecer a ninguna de las dos esferas, tiene la cabeza en las nubes y corre siempre el riesgo de perder el equilibrio y caer. Las estrellas que bailan alrededor de su cabeza le dan más un aire de borracho que de iluminado. Podría parecer, por sus ojos estrábicos, que las luces lo marean y propician su caída.

Paul Klee dibuja así en El cometa de París una imagen irónica de la vida en el año 1918, oscilante entre el entusiasmo y el derrotismo, entre las esperanzas y los temores, entre las visiones ambiciosas y las duras realidades. Aquellos que creyesen en los cometas como señal podrían interpretar el 11 de noviembre de 1918, día del armisticio, como el advenimiento de alguna profecía astrológica. La vieja Europa festejaba en medio de sus propias cenizas mientras a su alrededor estallaban revoluciones, caían grandes imperios y el orden mundial se tambaleaba. Durante este momento de giro radical, una lluvia de estrellas de futuros posibles se precipitaba sobre el mundo. Pocas veces ha parecido la historia tan abierta, tan contingente, tan en manos de los seres humanos. Pocas veces ha resultado tan necesario convertir lo aprendido de los errores del pasado en conceptos que sirvan para el futuro. Pocas veces ha parecido tan inevitable el implicarse y luchar por las propias visiones frente a un mundo cambiante. Aparecieron nuevas ideas políticas, una nueva sociedad, un nuevo arte y una nueva cultura, un nuevo pensamiento. Se proclamó la llegada de un nuevo ser humano, el ser humano del siglo xx, forjado en el fuego de la guerra y libre de las cadenas del Viejo Mundo. Europa, el mundo entero, debía renacer de sus cenizas como un fénix. El carrusel de las posibilidades giraba a tal velocidad que muchos sintieron vértigo.

Todas las personas de las que nos hablan las páginas que siguen fueron equilibristas. Su punto de vista acerca de los acontecimientos, totalmente subjetivo, ha sido tomado de sus propias palabras en autobiografías, memorias, diarios y cartas. La verdad de este libro es la de esos documentos. Puede contradecir la verdad de los libros de historia, porque a veces nuestros testigos mienten. Experimentan maravillados el fulgor de los sueños en el firmamento, pero también los ven consumirse rápidamente y convertirse en una lluvia de fría roca cósmica en la realidad. Algunos, como Moina Michael, consiguen mantener el equilibrio en las alturas; otros se precipitan como el káiser Guillermo II, cuya cuerda se convierte, al menos simbólicamente, en horca.

Al mismo tiempo, los acontecimientos y recuerdos documentados de quienes vivieron esa época muestran la tensión casi insoportable que dominó los años de la posguerra. Todas aquellas visiones, sueños y anhelos no solo servían para dar alas a aquellas personas que vivieron la transición radical del siglo xix al xx; en ocasiones también las enemistaron entre sí. Algunas visiones de futuro eran radicalmente opuestas e incluso se excluían mutuamente –al menos eso decían muchos de los nuevos profetas–, y solo podían hacerse realidad destruyendo las demás. De esta manera, la lucha encarnizada por un futuro mejor engendró una nueva violencia en lugar de la añorada paz, cobrándose nuevas víctimas en el proceso.

1 “In Flanders fields the poppies blow / between the crosses [...]”.

2 “And now the Torch and Poppy Red / we wear in honor of our dead. / Fear not that ye have died for naught; / we’ll teach the lesson that ye wrought / in Flanders Fields”.

i

El principio del fin

Hacia la derecha, hacia la izquierda,

hacia delante o atrás,

montaña arriba o montaña abajo

hay que continuar

sin querer saber

qué tenemos delante o dejamos atrás.

Debe permanecer oculto:

pudisteis, tuvisteis que olvidarlo

para cumplir vuestra tarea.

arnold schönberg,die jakobsleiter, 19173

El sol se ha puesto ya tras el paisaje belga el 7 de noviembre de 1918 cuando una columna de cinco coches oficiales de color negro salen del cuartel general alemán en Spa. En el último se encuentra Matthias Erzberger, veinticuatro años, corpulento, gafas de alambre y bigote cuidadosamente recortado, cabello peinado meticulosamente con la raya en medio. El Gobierno del Reich alemán ha enviado a su secretario de Estado al país enemigo con una delegación de tres personas. Su objetivo es poner fin con una firma a la guerra que dura ya más de cuatro años y que abarca prácticamente todo el planeta.

A las nueve y veinte, bajo una lluvia ligera, la columna atraviesa el frente alemán cerca del pueblecito de Trélon, en el norte de Francia. Detrás de la última línea de trincheras alemanas, desde donde hasta hace poco se disparaba a matar a las tropas francesas, empieza la tierra de nadie. La columna avanza al paso, a tientas en la oscuridad, hacia las líneas enemigas. Sobre el primer automóvil ondea una bandera blanca. Una trompeta emite señales breves con regularidad. El alto al fuego acordado se mantiene, no suena un solo disparo mientras los emisarios avanzan por la tierra disputada hasta las primeras trincheras francesas, a ciento cincuenta metros escasos de las alemanas. A Erzberger la acogida del otro lado le parece fría pero respetuosa; se renuncia a vendar los ojos a los negociadores como sería esperable en esta situación. Dos oficiales guían los coches hasta La Chapelle, donde a su llegada soldados y civiles acuden en masa y reciben a los enviados enemigos con aplausos y una pregunta a gritos: “Finie la guerre?” (¿Se acabó la guerra?).

El viaje de Erzberger continúa, ahora en automóviles franceses. Cuando la luna asoma entre las nubes, ilumina con su pálido resplandor un paisaje apocalíptico. Picardía, tras cuatro años de guerra, se ha transformado en el reino de los muertos. En las cunetas se oxidan cañones y vehículos militares destruidos junto a cadáveres de animales en descomposición. Los campos están rodeados de alambre de espino. El suelo está levantado por miles de explosiones, acribillado por toneladas de munición, contaminado por el olor de los incontables muertos, por el gas. El agua de la lluvia encharca las trincheras y los cráteres de las granadas. De los bosques no quedan más que tocones chamuscados, cuyas siluetas se dibujan contra el firmamento nocturno. La columna atraviesa pueblos y ciudades arrasados por las tropas alemanas en su retirada. En Chauny, cuenta Erzberger, “no quedaba una sola casa en pie; una ruina detrás de otra. La luna iluminaba los restos fantasmales, no se veía un solo ser vivo”.

La ruta trazada por el mando francés para el emisario alemán atravesaba las zonas del norte de Francia que más habían sufrido bajo la guerra y que parecían asoladas por un meteorito. Su intención era que la espeluznante visión de estas franjas de tierra, que más adelante aparecerían en los mapas como “zona roja”, preparase a Erzberger para las negociaciones del armisticio. Estas áreas que, según el parecer de los expertos de entonces, nunca más se podrían dedicar a la agricultura, debían recordarle lo que los alemanes les habían hecho a los franceses. Erzberger, como civil, probablemente ya habría visto en fotografías, periódicos, postales y noticiarios semanales los desiertos que la guerra había generado en el norte de Francia, ya que constituían un elemento central de la propaganda de guerra francesa. Puesto que era un hombre ilustrado y curioso seguramente habría leído la novela El fuego de Henri Barbusse, que describe con insistencia los “campos estériles”. Quizá incluso conociera alguna de las numerosas pinturas de su época dedicadas a una forma completamente nueva de paisajismo, como las del británico Paul Nash, que transformó su experiencia de guerra en una obra icónica. En ella vemos un sol mortecino ponerse tras un bosque completamente destruido. Estamos haciendo un nuevo mundo es el título del cuadro, que oscila entre el sarcasmo y el sentimiento de esperanza. Aun así, contemplar con los propios ojos los desiertos devastados, el desastroso legado de la guerra, es algo muy distinto: “Aquel viaje –cuenta Erzberger en sus memorias– fue para mí todavía más terrible que el que tres semanas antes me había llevado al lecho de muerte de mi único hijo”.

Hace tiempo que el oficial Harry S. Truman se ha acostumbrado a estos paisajes de guerra. Así se los describe a su amiga Bess Wallace en una carta: “Árboles que antes eran un hermoso bosque ahora no son más que tocones con ramas desnudas que los hacen parecer fantasmas. El suelo ya no es más que cráteres de granada. […] Esta tierra baldía debió de ser alguna vez tan hermosa y cuidada como el resto de Francia, pero ahora mismo, el Sáhara o el desierto de Arizona parecerían el jardín del edén a su lado. Cuando la luna se muestra por entre los árboles que te acabo de describir, podría imaginarse uno que los fantasmas de medio millón de franceses masacrados en el lugar desfilan en una triste procesión entre las ruinas”.

Truman, granjero en Misuri y oficial de artillería en la guerra, se encuentra a ciento cincuenta kilómetros al este de la ciudad destruida de Chauny, que Matthias Erzberger atraviesa esa noche del 7 de noviembre de 1918. En los bosques de Argonne, donde Truman lleva destinado desde finales de septiembre de 1918, se producen los últimos combates entre el Reich alemán y los aliados. El comandante en jefe francés, el mariscal Foch, ha escogido como escenario de la ofensiva definitiva las colinas boscosas del triángulo entre Francia, Alemania y Bélgica. La Línea Sigfrido, que los aliados llaman Línea Hindenburg, la última posición defensiva del ejército alemán, cayó en los primeros días de la ofensiva, a finales de septiembre de 1918. Pero el ejército francés y las Fuerzas Expedicionarias Estadounidenses, el mayor despliegue de tropas jamás enviadas por Estados Unidos hasta entonces a un conflicto fuera de sus fronteras, avanzaban inexorablemente hacia el este, en dirección al Rin. Desde su refugio en los alrededores de Verdún, Truman escribe: “La perspectiva es desoladora. Tengo franceses enterrados en el jardín de delante de la casa y hunos en el de atrás, y allá donde alcanza la mirada, muertos de ambas nacionalidades desperdigados por todas partes. Cada vez que cae una granada alemana en el campo que tenemos al oeste, desentierra un pedazo de cadáver. Menos mal que no creo en los fantasmas”.

A diferencia del káiser, el heredero al trono del Reich alemán, Guillermo de Prusia, no llevaba barba. Como para distanciarse de la imponente figura paterna, bajo su nariz, allí donde el káiser lucía un bigote en forma de águila imperial volando en picado, solo se veía la piel desnuda y afeitada. En comparación con la figura imponente de Guillermo II, el príncipe siempre pareció, incluso en su edad adulta, un poco juvenil, poco solemne. No obstante, esta carencia le evitó al primogénito de los Hohenzol­lern prusianos tener que afeitarse cuando la introducción del gas venenoso y la máscara de gas en la guerra convirtieron el vello facial en un peligro mortal. En 1918, a los treinta y seis años, Guillermo de Prusia dirigía el Grupo de Ejércitos del Príncipe Heredero, que en aquel momento todavía estaba compuesto por cuatro ejércitos. No obstante, que lo dirigiera no quiere decir que lo comandase. Su padre, que desde pequeño le había impedido participar en el Gobierno más que de lejos, había insistido severamente en que dejase todas las decisiones en manos del jefe de Estado Mayor, el conde Friedrich von der Schulenburg. Por esta razón el príncipe se refería a él, con cierta ambigüedad, como “mi jefe”. Desde el verano de 1918, después del fracaso de la última ofensiva alemana, el Grupo de Ejércitos del Príncipe Heredero se hallaba en continua retirada.

En septiembre de 1918 el príncipe empieza por primera vez a albergar serias dudas acerca de la victoria alemana ante el ímpetu imparable de los ataques aliados: “Teníamos la impresión de estar en el centro de la ofensiva enemiga y […] de resistir a duras penas y a costa de todas nuestras fuerzas. […] Pero ¿por cuánto tiempo más?”. Poco después, en una visita a la Primera División de Guardias comandada por su hermano Eitel Federico, se ve obligado a reconocer por fin que no hay esperanza para los alemanes en su lucha contra las fuerzas aliadas. Eitel Fritz, habitualmente optimista, le recibe pálido y abrumado por el dolor. De su división no quedan más que quinientos hombres, a los que apenas puede alimentar. Los cañones no dan más de sí y no quedan repuestos. Las ametralladoras alemanas todavía consiguen contrarrestar disparando en barrido a la infantería americana, que ataca en columnas que a Guillermo le parecen “poco acordes con las costumbres de la guerra”. Pero los tanques, última innovación tecnológica de los aliados, dan muchos problemas. Las brigadas de tanques estadounidenses pasan por encima de las trincheras alemanas, guarnecidas con un solo hombre cada veinte metros, y las toman desde atrás a punta de pistola. Además, los americanos parecen tener, a diferencia de los alemanes, reservas inagotables de artillería pesada y de hombres. Cada uno de sus ataques se ve precedido por un fuego tan intenso como no se había visto ni en Verdún ni en el Somme. Los príncipes habían crecido escuchando historias de heroicidad soldadesca, de campos de gloria en los que se decidía el ascenso y la caída de imperios enteros, de comandantes que dirigían sus tropas a caballo sable en ristre y se encontraban ahora rodeados de fría logística y cadáveres ensangrentados.

La superioridad del enemigo genera en Guillermo una enorme impotencia. Los pocos soldados que le quedan, aquellos que no prefirieron morir a la posibilidad de ser hechos prisioneros, plantan cara al envite enemigo agotados, mal pertrechados y cada vez con menos munición. Cada nuevo ataque enemigo acentúa la sensación de que no hay nada que Guillermo pueda hacer. “El aire vibraba con las detonaciones, golpes, gritos sordos que nunca cesaban”. A finales de septiembre, el príncipe heredero tiene claro que no pueden seguir así: “Las mentes de aquellos hombres que habían arriesgado con valentía mil veces la vida por su patria estaban ahora confundidas por el hambre, el sufrimiento y las privaciones. ¿Dónde quedaba entonces la línea entre el querer y el poder?”.

A Alvin C. York su entrada en la infantería estadounidense le había supuesto un enorme conflicto moral. Aquel muchacho pelirrojo, alto y ancho de hombros era de un pueblo llamado Pall Mall, en las montañas de Tennessee, y profesaba la fe metodista. Creía en la Biblia muy literalmente y el quinto mandamiento –“No matarás”– era para él un argumento sagrado contra el servicio armado. La orden de alistamiento causó en York un profundo desgarro interior entre su deber como cristiano y su deber como ciudadano estadounidense. Leía y releía las Escrituras en busca de algún pasaje que pudiera servirle de referencia. Tras mucho rezar y debatir con su pastor, decidió solicitar que se le eximiese de su obligación de ir a la guerra. Su argumentación escrita era escueta: “No quiero combatir”. Pero su solicitud fue rechazada y a York no le quedó más remedio que resignarse ante lo inevitable con la esperanza de no tener que entrar en combate. Recibió instrucción en Camp Gordon, Georgia, para viajar después vía Nueva York a Boston, donde embarcó el 1 de mayo de 1918 a las cuatro de la madrugada. York nunca había salido de las montañas de su tierra cuando surcó el océano camino de una guerra en la lejana Europa. La nostalgia, el mareo y el miedo a ser alcanzado por el torpedo de algún submarino alemán convirtieron la travesía en una experiencia angustiosa: “Había demasiada agua para mí”.

Tras una escala en Inglaterra, York llegaba el 21 de mayo de 1918 al puerto francés de El Havre, en el canal de la Mancha. Allí se les distribuyeron armas y máscaras de gas: “De repente la guerra parecía estar mucho más cerca”, recordaría después. A partir de julio de 1918 su unidad estuvo al servicio del Alto Mando francés, sirviendo al principio en las partes más tranquilas del frente para ir adquiriendo experiencia. York vivió su primera batalla en los días que siguieron al 12 de septiembre, en el avance de Saint-Mihiel. La batalla acabó con una victoria americana y numerosas bajas y tuvo una gran importancia histórica: era la primera vez que el ejército de expedición de Estados Unidos actuaba de forma independiente, bajo el mando del general americano John Pershing. Desde la entrada de Estados Unidos en el conflicto, sus tropas habían estado siempre subordinadas al mando francés. De esta manera, Saint-Mihiel daba lugar a una nueva autopercepción americana e incluso podría decirse que fue en aquella pequeña localidad del norte de Francia donde Estados Unidos empezó a desempeñar un papel en el escenario mundial.

A principios de octubre su unidad es destinada a Argonne, diez días después del comienzo de la ofensiva final. También él contempla los desolados paisajes de la guerra, por donde le parece “que hubiese pasado un terrible huracán”. La vida de York pende de un hilo incluso desde el avance hacia el frente; los alemanes bombardean los caminos y las ametralladoras de sus aviones apuntan a las tropas en movimiento. York pasa el 7 de octubre defendiendo un cráter de granada en el arcén de la carretera cerca de Chatel-Chéhéry. Junto a él, una lluvia de proyectiles acaba con sus compañeros. Entre gritos, los sanitarios desalojan a los heridos en camillas. Los muertos permanecen en el arcén sin que nadie les preste atención, con la boca abierta y la mirada fija. Todo ello bajo una lluvia incesante que empieza a inundar la cavidad que le sirve de refugio.

El 8 de octubre, a las tres de la mañana, llega la orden que llevará a York a su misión más peligrosa. A las seis de la mañana deben tomar una línea de tranvía que los alemanes usan para el avituallamiento desde la cercana “colina 223”. York se pone en movimiento con su grupo, los rostros cubiertos por máscaras de gas, entre la lluvia y el barro. A las seis y diez, con un leve retraso, comienza el ataque. Un mortero de trinchera debería mantener a raya a los alemanes. Pero el valle en el que los americanos entran a paso ligero se convierte en una trampa mortal; está defendido con fuego de ametralladora desde una posición desconocida. La primera oleada de atacantes cae “como hierba ante una guadaña”. Los supervivientes se agazapan como pueden detrás de cualquier obstáculo, de cada ondulación del terreno, detrás incluso de sus compañeros muertos, para quedar a cubierto. La lluvia de balas no les permite siquiera levantar la cabeza. Cuando queda claro que un ataque frontal no tiene ninguna posibilidad ante el fuego enemigo, el oficial al mando idea un nuevo plan. Ordena a los supervivientes de tres de sus grupos que retrocedan. Diecisiete hombres, entre ellos York, se arrastran y después avanzan lateralmente a través de la espesa maleza en dirección a las ametralladoras. A un tiro de piedra de su objetivo, los soldados estadounidenses llegan de repente a un claro del bosque en el que una docena de soldados alemanes se encuentran en pleno desayuno. Los alemanes han dejado armas y cascos a un lado. Ambas partes se miran estupefactas ante el inesperado encuentro y permanecen inmóviles, como fulminadas por un rayo. Pero los estadounidenses tienen sus armas en ristre, mientras que los alemanes están en mangas de camisa y masticando. Además, los soldados del Reich creen que lo que ven es la avanzadilla de una unidad mayor, así que levantan los brazos y se rinden.

Sin embargo, los artilleros alemanes se han dado cuenta rápidamente de lo que sucede y dirigen las mortíferas ametralladoras en dirección a la escena. York ve morir a seis de sus compañeros entre las balas. “El cabo Savage […] debe de haber recibido al menos cien balas en su cuerpo. Su ropa estaba completamente hecha jirones”. Alemanes y estadounidenses se arrojan al suelo, los atacantes buscan refugio entre los cuerpos de los atacados. York se encuentra a escasos veinte metros del nido de ametralladoras. En medio de la ráfaga de balas, este cazador de las montañas de Tennessee se confía a su buen ojo y a su pulso. Cada vez que un alemán asoma la cabeza, York le dispara una bala certera. Algo parecido a las competiciones de “tiro al pavo” de su tierra, pero con blancos más grandes.

Finalmente, un oficial y cinco soldados alemanes salen de la trinchera. El pelotón de asalto se abalanza hacia York con sus bayonetas caladas y este abate uno tras otro a los seis hombres con su pistola en los pocos metros que los separan de su posición. Dispara en primer lugar al más rezagado para que los que van delante no se den cuenta de que son atacados y sigan sin apartarse de su línea de tiro, como hacía en su tierra cuando salía a cazar pavos salvajes.

York ha matado a más de veinte soldados alemanes y grita a los demás que se rindan. Un mayor alemán se ofrece a convencer a sus compañeros de que desistan. Hace sonar un silbato y los alemanes salen, uno detrás de otro, de sus trincheras, arrojan las armas y alzan los brazos. York los hace colocarse en dos filas y ordena a los hombres que le quedan que los vigilen. Comienza la retirada, que los expone a un doble peligro: por una parte, hay más posiciones alemanas en las inmediaciones y, por otra, los estadounidenses podrían tomar la larga fila de soldados por un contrataque alemán y atacarles a su vez. Aun así, York consigue conducir a estos prisioneros –y a otros que captura por el camino– hasta el cuartel. Allí se hace un recuento: ciento treinta y dos hombres capturados casi sin ayuda por el expacifista York.

En paralelo a estas últimas ofensivas en el frente occidental que costarán la libertad, la vida o la salud a más de un millón de soldados, las ruedas de la diplomacia internacional giran desde hace tiempo en torno a la posibilidad de terminar la guerra. El 4 de octubre el Gobierno alemán envía un telegrama a Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos, en el que solicita que se emprendan negociaciones para un armisticio. Se trata de una maniobra táctica con el objetivo de dar al conciliador jefe de Estado estadounidense un papel importante en el proceso de paz, con el fin de conseguir un contrapeso ante las potencias europeas occidentales, especialmente Francia, que no veía la hora de castigar a su archienemigo con dureza por su agresión.

Wilson, por su parte, había presentado en un discurso ante el Congreso catorce puntos que resumían los objetivos de Estados Unidos y las bases para un orden pacífico en el futuro: conversaciones de paz abiertas, libertad de los mares, libertad de comercio, limitación del armamento y una regulación concluyente de las ambiciones coloniales. Las fronteras de Europa y Oriente Próximo, desdibujadas por la guerra, debían estabilizarse con la retirada de las tropas alemanas y el establecimiento de un nuevo orden territorial. Debía fundarse una liga de naciones que garantizase la independencia y la soberanía de sus Estados miembro. Más adelante, Wilson añadiría también la exigencia de que Alemania adoptase un sistema político parlamentario y, desde su punto de vista, esto pasaba por la abdicación del káiser. Esta iniciativa, que le valdría al presidente estadounidense el Premio Nobel de la Paz en 1919, no había sido previamente acordada con los aliados europeos. Estados Unidos había pagado su precio en la guerra y se sentía con derecho no solo a pertenecer al círculo de potencias mundiales, sino directamente a ir por delante.

Wilson dejó los detalles técnicos del armisticio en manos de los líderes militares aliados. El mariscal francés Ferdinand Foch, comandante en jefe de las tropas aliadas, expuso en París el 1 de noviembre de 1918 su idea del armisticio a los representantes gubernamentales del principal rival de Alemania en París. Según Foch, el armisticio tenía que ser equivalente a una capitulación. Esta era la única manera de ganar la guerra evitando la última y sangrienta batalla final que él llevaba mucho tiempo esperando en su fuero interno. Ante todo, era imprescindible que durante las negociaciones los aliados insistieran en ocupar la orilla derecha del Rin. De lo contrario, al amparo del río, los alemanes podrían utilizar el alto al fuego para reorganizar sus tropas y llevar a cabo un nuevo ataque, o al menos ejercer una considerable presión sobre las negociaciones planeadas. Los paisajes de la guerra también tenían un papel importante para Foch, aunque él no pensaba en bosques fantasmales como los que la guerra había dejado tras de sí, sino en el “paisaje ordenado” sobre el que escribe Kurt Lewin en 1918. Este psicólogo social berlinés teorizó en su obra que las estrategias de los conflictos militares imponían en la naturaleza fronteras y direcciones, zonas y corredores, un “delante” y un “detrás”. Esta era exactamente la idea de paisaje que tenía Ferdinand Foch. En su cuartel general, más parecido a la sede de una gran empresa o a la oficina de un ingeniero que al despacho de un militar, el mariscal de Francia administraba el territorio y asignaba recursos humanos y materiales a las diferentes áreas. Su mentalidad de logista militar instaba a Foch a cruzar el Rin con el ejército aliado. Para él era cuestión de números y probabilidad. ¿Sería posible poner fin a una guerra que había sido estratégica y táctica, una guerra moderna, con una paz logística y también moderna? Su respuesta: de no hacerlo, peligraría el futuro que esperaban forjar tras la esforzada victoria.

Las condiciones de los aliados, que se corresponden en gran medida con la idea de Foch, se acuerdan el 4 de noviembre. Se envían de inmediato a Washington. Ese mismo día llega la petición de la comisión alemana para el armisticio solicitando entablar negociaciones en París. Foch da instrucciones para recibir a los emisarios alemanes. Unos días después, durante la noche del 6 al 7 de noviembre, le llega un radiotelegrama en el que se especifican los nombres de los apoderados alemanes.

El 129.º Regimiento de Artillería, comandado por Harry S. Truman, tiene la tarea de proteger de los disparos alemanes el avance de las tropas aliadas. A principios de noviembre, Truman escribe a su querida Bess que ha disparado mil ochocientas granadas contra los hunos en tan solo cinco horas. Durante el inicio de la ofensiva su unidad debía estar muy atenta; en el momento en que empezaban a disparar, el enemigo podía detectarlos y quedaban expuestos a las explosiones y al gas. La suya era una guerra extraña, definida por la técnica, la táctica, la estrategia, la balística y la logística, una guerra en la que apenas se encontraban cara a cara con el enemigo. A partir de finales de octubre, la defensa alemana empieza a flaquear. Los alemanes “parecían sin fuerzas para devolver los disparos. […] Uno de sus pilotos se estrelló ayer directamente detrás de mi batería y se torció el tobillo, su avión quedó hecho chatarra y los franceses y los americanos que estaban por allí lo saquearon completamente. Querían quitarle hasta la chaqueta. […] Uno de nuestros oficiales, y me da vergüenza hasta escribirlo, se quedó con las botas del piloto que se había torcido el tobillo”. El piloto había gritado “La guerre finie” para intentar salvar al menos su vida.

La ofensiva exige muchísimo a las tropas. Constantemente deben moverse para seguir al frente, que avanza a gran velocidad. En su avance tienen que arrastrar penosamente los cañones por el terreno cenagoso, en parte con caballos y en parte empujando ellos mismos. Las marchas nocturnas destrozan a la tropa. “Prácticamente todos hemos tenido algún colapso nervioso y hemos perdido peso hasta el punto de parecer espantapájaros”.

Cuanto más tangible resulta la derrota alemana, cuanto más tiempo pasa el regimiento de Truman avanzando frente al enemigo invisible sin sufrir pérdidas decisivas, más le parece que la guerra en la que Estados Unidos había entrado en 1917 es una “terrific experience”. Los diferentes refugios en los que pasa la noche como oficial –equipados con horno, teléfono y una cocina portátil– se convierten con el tiempo en su hogar. Comenta irónicamente que está tan acostumbrado a dormir bajo tierra que cuando vuelva a casa se acostará en el sótano. En las últimas semanas de la guerra, en las que la victoria parece al alcance de la mano, el tono de las cartas de Truman se anima visiblemente. Se permite pensar en su hogar cada vez más a menudo: si regresa a casa, se alegrará de poder pasar el resto de su vida caminando detrás de un burro por un campo de maíz. Incluso encuentra el tiempo de enviar dos flores como recuerdo a su querida Bess, acompañadas de alguna galantería.

Leyendo sus cartas del final de la guerra le viene a uno a la mente la película ¡Armas al hombro! de Charlie Chaplin, estrenada el 20 de octubre de 1918 en Broadway y cuya recaudación se destinó al esfuerzo de guerra. En el filme, el hombrecillo del bigote mínimo se dedica a hacer de las suyas precisamente en las mismas trincheras del norte de Francia en las que Truman pasa las últimas semanas del conflicto. Al final, el héroe consigue rescatar a una bella joven prisionera de los alemanes. En el proceso se encuentra con el káiser en persona, lo captura y se lo lleva a punta de pistola. El vagabundo pone fin a la guerra, “a terrific experience”.

A última hora de la tarde del 7 de noviembre, el comandante en jefe Ferdinand Foch se sube a un tren especial en Senlis, al noreste de París. Le acompaña el jefe de su Estado Mayor, Maxime Weygand, tres oficiales del Estado Mayor y varios representantes de la flota británica bajo el mando del almirante Wemyss. El trayecto es corto. Después de Compiègne, en un claro del bosque cerca de Rethondes, el tren se detiene. Sigue una larga noche de espera. A las siete de la mañana del día siguiente, el tren en el que el emisario alemán, Erzberger, y sus acompañantes se habían embarcado en las ruinas de la estación de Tergnier llega por fin a su destino.

Dos horas más tarde, el 8 de noviembre de 1918 a las nueve de la mañana, tiene lugar el primer encuentro en un vagón del tren de Foch, transformado en sala de reuniones. La atmósfera es gélida. La delegación alemana es la primera en llegar. Ocupan los lugares que se les han asignado en la mesa de negociaciones. Entonces llega la delegación francesa, dirigida por el mariscal Foch, al que Matthias Erzberger describe como “un hombre pequeño con rasgos duros y enérgicos que a primera vista delatan su hábito de mandar”. En lugar de un apretón de manos, tan solo un saludo militar o una breve inclinación en el caso de los civiles. Las delegaciones se presentan. Erzberger, Alfred Von Oberndorff , Detlof von Winterfeldt y Ernst Vanselow muestran sus credenciales.

Foch comienza la negociación haciéndose el tonto: “¿Qué les trae por aquí? ¿Qué puedo hacer por ustedes?”. Matthias Erzberger responde que su delegación está allí para conocer las propuestas de los aliados para un armisticio. Foch aclara con sequedad que no tiene ninguna propuesta que hacer. Von Oberndorff le pregunta entonces cómo prefiere llamar a lo que sea que tengan que proponer, añadiendo que la parte alemana no tiene una estrategia y que solo desea conocer las condiciones de los aliados para el armisticio. Foch explica con determinación que no tiene condiciones que plantear. Erzberger le lee la última nota del presidente Wilson, en la que se dice explícitamente que el mariscal Foch está autorizado a dar a conocer las condiciones para el armisticio. Solo entonces muestra Foch sus cartas: no está autorizado a comunicarles las condiciones a menos que la parte alemana solicite un armisticio. No quiere de ninguna manera ahorrarles esa humillación a los alemanes.

Erzberger y Oberndorff declaran entonces con toda formalidad que solicitan un armisticio en nombre del Gobierno del Reich alemán. Entonces el general Weygand comienza a leer las principales cláusulas de la decisión de los aliados del 4 de noviembre. “El mariscal Foch estaba allí sentado con una calma imperturbable”, escribiría más tarde Erzberger. El representante británico, el almirante Rosslyn Wemyss, trata de mostrar la misma indiferencia, pero el jugueteo nervioso con su monóculo y con sus gafas de concha delata su nerviosismo.

Los emisarios alemanes escuchaban, recordaría después Weygand, la lectura de las condiciones con semblante pálido e impertérrito. El joven capitán de Marina Ernst Vanselow al parecer incluso derramó alguna lágrima. El tratado no solo exigía la retirada inmediata de las tropas alemanas de todos los territorios ocupados en Bélgica, Francia, Luxemburgo y Alsacia-Lorena, además de los territorios a la izquierda del Rin y las zonas neutrales en torno a las cabezas de puente Maguncia, Coblenza y Colonia. También ordenaba la entrega de armas, aviones, flota de guerra y ferrocarriles, y la anulación de la paz que el Reich había firmado en 1917 con Rusia.

“Fue un momento desgarrador”, recuerda Weygand. El general Von Winterfeldt hace todavía un intento de aligerar las condiciones cuando Weygand termina de leer: se podría al menos prolongar el plazo para la firma a fin de permitirle consultar al Gobierno y, mientras la parte alemana estudia las condiciones, deberían cesar las hostilidades. Pero Foch rechaza ambas cosas; la fecha límite para aceptar la oferta es el 11 de noviembre de 1918 a las once de la mañana, hora francesa. Las hostilidades no cesarán hasta la firma. Ese mismo día, el mariscal da orden a los comandantes de no cejar de ninguna manera en los ataques. Es importante conseguir “resultados decisivos” incluso mientras duran las negociaciones del armisticio. No hay nada que negociar, recalca frente a Erzberger. Los alemanes pueden aceptar la oferta tal y como se presenta o rechazarla. Pese a todo, admite que podrían celebrarse “conversaciones privadas” entre los miembros de menor rango de ambas delegaciones. Erzberger espera conseguir alguna concesión, al menos en cuanto a los plazos y las cantidades a entregar, y usa como argumento la necesidad de evitar una hambruna y el colapso completo del orden en Alemania.

Después de la primera reunión, el capitán Von Helldorff regresa al cuartel general alemán en Spa con una lista de las condiciones de los aliados. Las “conversaciones privadas” comienzan por la tarde y duran dos días, mientras el plazo del ultimátum se agota inexorablemente. Sobre las nueve de la noche del 10 de noviembre, catorce horas antes de que expire el plazo, llegan instrucciones del canciller del Reich por vía telegráfica autorizando a Erzberger a aceptar todas las condiciones del armisticio. A pesar de la misiva, la delegación alemana, que a todas luces ha llevado a cabo un cierto trabajo de persuasión, consigue una última ronda de negociaciones. En la madrugada del 11 de noviembre, entre las dos y las cinco de la mañana, apenas seis horas antes de la expiración del plazo, todavía se introducen algunas modificaciones en el texto final que, si bien no hacen menos duro el documento, van más allá de la simple cosmética: en lugar de 2.000 aviones y 30.000 ametralladoras, se entregarán 1.700 y 25.000. Erzberger afirma que Alemania necesita estos efectivos para mantener a raya a las fuerzas rebeldes, un argumento que provoca la indignación del mariscal francés. En lugar de cuarenta kilómetros, la zona neutral de la orilla derecha del Rin será de diez. El ejército alemán dispondrá de treinta y un días en lugar de veinticinco para abandonar dicha zona neutral. Ante el peligro de hambruna en Alemania, los aliados garantizan que proveerán a sus adversarios de alimentos durante los treinta y seis días que acuerdan que durará el armisticio.

El 11 de noviembre de 1918 a las cinco y veinte, antes del mortecino amanecer otoñal, se firma la última página del documento del armisticio. Entretanto se finaliza la versión final del tratado con los últimos cambios acordados. Después de tapar su pluma, Erzberger explica que algunos de los arreglos que acaban de firmarse no son aplicables en la práctica. Termina su declaración con una frase llena de pathos: “Un pueblo de setenta millones de personas sufre, pero no muere”. Foch responde con un seco “Très bien!”. Las delegaciones se separan, una vez más sin apretones de mano.

Contado de esta manera, el final de la Primera Guerra Mundial parece una pieza de teatro de cámara y podría dar la impresión de que en aquel otoño de 1918 la historia mundial se redujo a tamaño de bolsillo, concentrada en un puñado de personas y lugares en un triángulo entre París, la pequeña ciudad balnearia de Spa y Estrasburgo, que en aquel momento todavía era alemán. Pero la guerra no cabe en un vagón de tren.

El conflicto, que empezó como un pulso europeo entre las potencias de la Entente –Francia, Reino Unido y Rusia– y la Triple Alianza formada por el Reich alemán, el Imperio austrohúngaro e Italia, se había convertido entre 1914 y 1918 en una confrontación mundial. No solo se desarrolló en Europa, sino también en Oriente Próximo, África, Asia oriental y en los océanos de todo el planeta. Setenta millones de soldados combatieron en ella. Entre los dieciséis millones de soldados cuyas vidas se cobró no solo había europeos: 800.000 turcos, 116.000 estadounidenses, 74.000 indios, 65.000 canadienses, 62.000 australianos, 26.000 argelinos, 20.000 africanos de la colonia del África Oriental Alemana (Tanzania), 18.000 neozelandeses, 12.000 indochinos, 10.000 africanos del África del Sudoeste Alemana (Namibia), 9.000 sudafricanos y 415 japoneses perdieron la vida.

Desde la perspectiva de los actores que han tomado la palabra hasta el momento, la cesura de noviembre de 1918 parecía un paso claro de la guerra a la paz. No obstante, la maquinaria engrasada de la guerra mundial no se dejaba frenar por una simple firma garabateada en un tratado. En Compiègne se ratificó tan solo uno de los cuatro tratados de armisticio que firmaron las diferentes partes. No constituyó más que el primer paso de las verdaderas negociaciones de paz. El último de la serie de tratados que concluyeron la guerra no se firmó hasta 1923 y las acciones militares y combates continuaron hasta entonces: en el frente occidental las tropas aliadas avanzaron hasta el Rin y ocuparon su orilla derecha tras la firma del armisticio. El enfrentamiento entre Hungría y Rumanía causaba estragos en los Balcanes. En el Báltico, Letonia luchaba por independizarse de la Unión Soviética. Por si esto fuera poco, la epidemia de gripe española que asoló el mundo entero se cobró más vidas que todas las batallas de la guerra juntas.

Poco después, los conflictos entre Irlanda e Inglaterra, Polonia y Lituania, Turquía y la República de Armenia, así como entre Turquía y Grecia, suscitarían nuevos ardores bélicos. Al mismo tiempo, en el este de Europa y en el continente asiático la Revolución rusa de 1917 había desencadenado una sangrienta guerra civil entre partidarios y enemigos de los bolcheviques que duraría hasta 1922.

Marina Yurlova venía de una familia de cosacos. Creció en una aldea del Cáucaso. Como quería combatir junto a su padre en el ejército zarista, se cortó el pelo y se vistió de hombre. La noticia de que el zar, por quien había arriesgado su vida, había perdido el trono le llegó mientras estaba en cama en un hospital de Bakú. Antes de eso, el camión militar que conducía había sido alcanzado por varias granadas y no conservaba en su memoria más que recuerdos deslavazados de detonaciones, metralla y gritos. Pasó muchos meses seminconsciente, de un hospital a otro. Sus heridas físicas se curaron pronto, pero las secuelas psicológicas de la explosión no desaparecían. Marina, que por aquel entonces tenía diecisiete años, temblaba sin parar, su cabeza se agitaba sin control de un lado a otro y cuando abría la boca no salía de ella más que un tartamudeo ininteligible. Una y otra vez regresaban a su cabeza las imágenes del momento que hubiera podido ser el último de su vida, cuando pasó de guerrera a víctima de la guerra.