El negro de Vargas Llosa - Eduardo Riestra - E-Book

El negro de Vargas Llosa E-Book

Eduardo Riestra

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Beschreibung

Un día el editor que firma esta obra recibe un encargo sorprendente: debe terminar una novela de Mario Vargas Llosa, pues el escritor, que acaba de recibir el Premio Nobel, no puede continuarla debido a sus innumerables compromisos sociales. Este divertido libro, al que su autor llama novela, es un paseo —con la obra de Mario Vargas Llosa como hilo conductor— a través de la literatura hispanoamericana del siglo veinte. Con una escritura repleta de guiños, desenfadada y bienhumorada, Riestra se sitúa frente al academicismo para hacer, en compañía del lector, un recorrido que nos lleva lo mismo por obras clásicas que por joyas secretas. Pero, aún más que eso, El negro de Vargas Llosa es un acercamiento al glamour desenfrenado del mundo del libro en español, además de las memorias de un editor «de provincias» que pilota un proyecto tan erudito como personal y que aquí nos contagia, con amabilidad juguetona, sus pasiones intelectuales. En definitiva, un fabuloso divertimento con el que disfrutará cualquier persona enferma de literatura. Una delicia, vaya.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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El negro de Vargas Llosa

EDUARDO RIESTRA

El negro de Vargas Llosa

 

 

 

Pepitas de calabaza s. l.

Apartado de correos n.0 40

26080 Logroño (La Rioja, Spain)

[email protected]

www.pepitas.net

© Eduardo Riestra

© De la presente edición, Pepitas ed.

Cubierta: Anónima

ISBN: 978-84-18998-51-5

Producción del ePub: booqlab

Primera edición, octubre de 2023

 

 

 

EL LIBRO QUE EL lector tiene en sus manos es una novela, es decir, una obra de ficción. Pero muchas de las cosas que se cuentan son verdad, como en todas las novelas. Por ejemplo, que el sol sale por la mañana y se pone al anochecer. Que el lector separe el trigo de la paja.

Yo te untaré mis obras con tocino

porque no me las muerdas, Gongorilla.

QUEVEDO

… castíguele su pecado, con su pan se lo

coma y allá se lo haya.

CERVANTES SOBRE AVELLANEDA

Manolete, si no sabes torear pa qué te metes.

POPULAR

 

 

 

 

A Mario Vargas Llosa(mi familia tendrá que esperar)

INTRODUCCIÓN

«JIJUNAGRANDÍSIMAS», MURMURÓ EL ESCRITOR al abrir el sobre marrón acolchado que le acababa de entregar un mensajero en la puerta de su casa del Madrid de los Austrias. Había sonado el portero automático y al preguntar «¿Quién?», le habían soltado un grito:

—¿Vargas?

Pulsó el timbre que abre el portal al mismo tiempo que suena. Y el mensajero con sus brazos tatuados y su «brinco de oro na orelha», que diría María Bethãnia, le entregó arriba lo que le habían entregado a él veinte minutos antes en la sede de Santillana, al otro lado de la ciudad. En el rápido trayecto había insultado a dos taxistas y una pija con todoterreno que paró la tanqueta en doble fila para soltar a su prole a la puerta de un colegio. El mensaka hacía tiempo que insultaba como quien respira, sin enterarse. Arriba entregó el paquete al hombre que le abrió la puerta oliendo a colonia. No sabía que se trataba de Mario Vargas Llosa. En realidad, no sabía quién era Mario Vargas Llosa. El que lo era sintió un ínfimo pellizco de humillación, pero cerró despacio. Acababa de ganar el Premio Nobel.

Al rasgar el sobre y extraer el libro miró el lomo. Una vieja costumbre de cuando los libros pegados perdían las hojas a la mínima de cambio. Pero no, claro, los pliegos del libro conformaban cuadernillos cosidos de treinta y dos páginas, como debe ser. En la cubierta, sobre un fondo rojo sucio, se veía la silueta de la cara de Casement, que enmarcaba medio mapamundi. Seguía pensando que era una cubierta confusa, pero él dejaba hacer. Cada uno a lo suyo.

Luego empezó a pasar rápidamente las páginas de atrás adelante, y sintió algo raro. Fue una décima de segundo, un destello. Volvió a desandar el camino recorrido, ahora más lentamente. Entonces lo vio: había una página en blanco.

«Jijunagrandísimas», volvió a murmurar, esta vez en un tono más alto. Luego, ya sí, soltó un grito:

—¡Patriciaaaa!

«MANDAGÜEVOS», SE dijo para sí Emiliano Martínez, el presidente. Y de allí para abajo se desencadenó el alud que en los Andes peruanos llaman huayco, y que puede arrasar poblados y llevarse decenas de vidas por delante. El edificio de Torrelaguna comenzó a crujir y los teléfonos a morder. En la rotativa, doscientos cincuenta mil ejemplares de la primera edición de El sueño del celta fueron guillotinados y trasformados de nuevo en pasta de papel. Mal empezamos.

CAPÍTULO I

EL 7 DE OCTUBRE de 2010, hacia mediodía, se hizo público que el Premio Nobel de Literatura de ese año había recaído en Mario Vargas Llosa. Lo recuerdo porque yo estaba viviendo un momento de gran tensión al contemplar cómo mi amigo el editor Jesús Egido robaba un libro de los viajes de Pierre Loti en el stand de Francia de la Feria del Libro de Frankfurt, que allí llaman Frankfurter Buchmesse. En realidad, se trataba de un hurto, porque no había violencia en las cosas y el objeto era de cuantía menor —y patrimonio francés, es decir, botín de guerra—. Tal como hacen los ganchos de los trileros en las calles de Madrid, mi misión era vigilar que no viniera nadie —probablemente era la hora del almuerzo, porque el estand estaba desierto—, y si sí, debía gritar como hacen aquellos: ¡agua! (Ahora bien, ¿no sería más correcto gritar wasser, que es como se dice en alemán? O, ya puestos, ¿debería vocear l’eau en el stand de Francia?). Pero no vino nadie, Jesús, con sus nervios de acero, fue rápido y eficaz, y todo salió bien.

El caso es que habíamos llegado aquella misma mañana en un grupo de editores de Madrid, al que yo pertenecía a pesar de no serlo —de Madrid, quiero decir—, y a bordo del avión de Lufthansa leímos en El País que la gran bruja de la edición, Carmen Balcells, quería vender la mitad de su agencia por medio millón de euros; y, como la cantidad nos pareció más que razonable, decidimos comprarla entre ambos. Luego le ofrecimos una participación a nuestro común amigo José Ángel Zapatero. Por desgracia a las veinticuatro horas el precio se había multiplicado (más tarde supimos que sería el Chacal quien se llevaría el gato al agua). Pero aquella mañana, sumándose a la alegría de nuestra decisión y la impaciencia por hacernos con las cartas y los manuscritos de los escritores del Boom, cayó sobre nuestras almas libertinas —y un poco amigas de lo ajeno— el imaginario confeti de la noticia del premio.

Los días de feria fueron, como era de esperar, divertidos e inútiles, exceptuando el trofeo de Jesús, y a la vuelta nos perdieron las maletas. Yo me traje el carmín de un picotazo que me dio Isabel Casariego en el vuelo de regreso, que fue la culminación de un pícaro juego que se había desarrollado a lo largo de los tres días de Frankfurt, que consistía en que Isabel, cuando me veía sentado en el vestíbulo del hotel esperando a Jesús, echase una carrerita por el corto pasillo, diese un pequeño brinco y aterrizase elegantemente sobre mí, que la recibía con los brazos abiertos. Seguidamente caíamos con gran jolgorio por el suelo. Isabel era un amor. Pero no nos vayamos por las ramas.

Se sabía que el escritor peruano era un candidato perpetuo al premio sueco, y ya andaba incubando un síndrome de Estocolmo. Pero como el que la sigue la consigue, cuando menos te lo esperas salta la liebre y el que resiste gana, etcétera, llegó el momento que tenía que llegar. Mario, muy digno, fingió mostrarse sorprendido.

Los de la Academia Sueca, con gran falta de tacto —no sé si para chinchar o porque simplemente son terraplanistas y creen que todos vivimos en la misma hora— lo telefonearon a su casa de Nueva York a las cinco de la mañana, pero se llevaron un chasco, porque el escritor ya estaba despierto y trabajando. Parece ser que cuando oyó al otro lado la voz del secretario general de la Academia, Peter Englund, creyó que era una broma, como yo cuando aprobé la selectividad. Luego ya, dado que en Suecia eran las 13:00, se comunicó la noticia a la prensa, y cuatro minutos después, alguien sacó botellas de Freixenet en el pabellón que los españoles compartíamos con otros países mediterráneos —griegos, turcos, tunecinos— del edificio ferial, que más parece una fábrica de tanques de la guerra del catorce. Como un estand cercano se adornaba con globos de colores, empezamos a pinchárselos para simular cohetes, aunque la mujer que lo atendía, en vez de participar de nuestro festivo entusiasmo, amenazaba con llamar a seguridad.

Yo aún no sabía que allí estaba empezando mi modesto calvario. El que voy a contar en este libro.

CREO QUE será mejor que comience por mi primer encuentro con la literatura de Vargas Llosa. Fue hacia 1973, cuando tenía dieciséis años y él treinta y siete, y ocurrió a través de la novela Pantaleón y las visitadoras. Yo ya había oído hablar de La ciudad y los perros y de la Conversación en La Catedral, pero en aquella época estaba muy ocupado sufriendo. Leía obsesivamente las novelas de Sabato y me regodeaba con la muerte de Alejandra en el incendio del mirador de la casa de la calle Olmos de Buenos Aires. Me identificaba con el joven Martín y andaba muerto de celos de Bruno y, sobre todo, de Bordenave. Hubo una época de mi adolescencia en que Sobre héroes y tumbas era para mí como la Biblia para los testigos de Jeová. (Muchos años después, en mayo del año 2002, el escritor argentino se despedía de la vida con una gira por España dando conferencias, en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes que dirigía mi paisano, el poeta coruñés César Antonio Molina, y en Santiago, en el salón artesonado de Fonseca. A este último asistí yo, con el mismo estado espiritual con el que había acudido al convento de las Esclavas del Sagrado Corazón de mi ciudad un domingo cuando contaba con nueve años para hacer la primera comunión. A Sabato le llevaba mi pluma Parker de regalo y una carta. Ambas cosas se metió en el bolso una enérgica y poderosa mujer que lo acompañaba. No recibí contestación alguna. Y Sabato, que tenía noventa y un años, duraría aún otros nueve).

Sobre héroes y tumbas es una mezcla de Ayn Rand con Dostoievsky, salteado con virutas de Céline. En fin, demasiado para un muchacho de dieciséis años que creía que la famosa carta de Abaddón el exterminador, «querido y remoto muchacho», iba dirigida a él. Por cierto que de Sobre héroes y tumbas también sacó tajada José Saramago con su informe sobre ciegos particular.

Lo cierto es que Pantaleón y las visitadoras era un libro demasiado frívolo para mi gravedad adolescente, que, como se ha visto, demandaba obras más profundas. Cuenta la historia del capitán cuyo nombre figura en la tapa, Pantaleón Pantoja, un militar modélico —pulcro, competente, disciplinado y discreto— al que le es encomendada una misión secreta: crear una compañía de prostitutas que alejen de las mujeres del lugar a la tropa del destacamento de la región amazónica de Iquitos: esposas, hijas y hermanas de los habitantes locales, que están hartos de abusos, violaciones y enamoramientos. Todo con mucho humor y mucha intención. Por cierto, que en Iquitos pasó una temporada en los años veinte el gallego Alfonso Graña, y desde allí se internó en la selva para convertirse en rey de los jíbaros huambisas, con los que vivió hasta su muerte en 1934. Pero esa es otra historia.

MARIO SE había pasado los últimos dos años escribiendo El sueño del celta, una novela biográfica sobre Roger Casement, un diplomático irlandés que fue súbdito de la reina Victoria, de su hijo Eduardo VII —que lo nombró caballero— y de su nieto Jorge V —que lo mandó colgar en la horca—, y todo esto en apenas quince años. En algún momento de esa época conocí por separado al escritor Vargas Llosa y a su nueva editora Pilar Reyes.

A Pilar, porque acababa de llegar de Colombia a ocupar su puesto en Madrid y todavía tenía muchos huecos en su agenda. Me la presentaron mis amigos Paco y Ana Cálamo, los propietarios de la librería zaragozana del mismo nombre, en uno de esos fastos que todos los años montan con los premios literarios que conceden sus lectores, que siempre aciertan. Es un día del año que el mundo de la edición apunta en rojo y para el que conviene separar una caja de Alka-seltzer. Pilar asistía aquella vez para apoyar a su premiado Manuel Vilas, que tantas alegrías le iba a dar después con Ordesa…, tantas, que más tarde Planeta decidió ir al Valle de los Reyes a descubrir la momia de Tutankhamon, por decirlo figuradamente.

A Mario porque, cuando él estaba trabajando en su libro, yo preparaba un volumen con los diarios del viaje de Casement a la Amazonía en 1906, que había que editar y traducir. Y sabiendo que él estaba con lo suyo, le envié lo mío. Luego, un día, nos vimos las caras. Ocurrió en México y fue más o menos así:

Yo me sentía como un niño en Hamleys mientras revolvía los estantes en el espacio de Porrúa, que era como un túnel del tiempo: reediciones de libros de los años cincuenta a los que no se había tocado una coma, con sus erratas intactas, sus textos a dos columnas y sus traducciones decimonónicas, valga el anacronismo. En el inmenso recinto de la Feria del Libro de Guadalajara se respiraba tranquilidad. Algunos pequeños grupos de comerciales, dos, tres personas, mantenían sus reuniones en voz baja, repasaban listados, rellenaban pedidos. Eran las horas en que el pabellón se mantenía cerrado al público y se dejaba para los profesionales. Se oía una lejana e irreconocible música ambiental.

Y, de repente, se desató una hecatombe. El estruendo inundó aquella atmósfera beatífica en lo que parecía el derrumbe de algo inmenso y metálico, pongamos la Torre Eiffel o el puente de Brooklyn. Pero no, claro. Se trataba de una numerosísima banda de mariachis que, con sus violines, sus guitarrones y sus trompetas, se desataba gritando con desaforado entusiasmo: «¡Guadalajara, Guadalajara, Guadalajaraaaa!».

Yo salí escopetado al pasillo central de donde provenía la música. Y allí, en medio de todo, estaba ella, Nubia Macías, sonriente y feliz, al frente de lo que parecía una revuelta. Tras ella, una azafata vestida como tal —chaqueta ceñida y falda tubo—, que llevaba en las manos levantadas sobre su cabeza un cartel en que se leía «Premio al mejor estand 2009». Detrás los mariachis —que ahora dicen que se dice en singular, que mariachi es el grupo, como lo de la paellera y la paella—; y detrás los feriantes que se iban uniendo al desfile, cada vez más numeroso, ruidoso y festivo. La estrategia era deambular por los pasillos anchos y estrechos, caracolear, pasar varias veces por delante del premiado hasta entonces secreto, que descubría que lo era cuando finalmente el grupo se detenía ante él y retomaba con más brío lo de «Tienes el alma de provinciana, hueles a limpio, a rosa tempranaaaaaaa». Todos aplaudimos mucho cuando se entregó el diploma y seguimos un rato escuchando al mariachi, hasta que la muchedumbre se fue deshaciendo. Y entonces Nubia se acercó a mí y me dijo confidencial y guiñándome un ojo:

—Vargas Llosa quiere hablar contigo. Está en mi despacho.

Yo sabía que el peruano andaba por allí, porque figuraba profusamente en el programa de la feria, de la que llevaba varios años ausente, y la tarde anterior lo había visto repartiendo bendiciones urbi et orbi, tras participar en la presentación de un libro fotográfico sobre su propia vida, que es lo más cercano que se puede estar de la posteridad o del santoral. Se movía entre las masas como Jesucristo sobre las aguas.

Me dirigí a la puerta medio escondida, subí las escaleras metálicas que llevan al altillo del despacho, que parece un contenedor, y allí me encontré al novelista, sentado, ojeando un folleto del programa de Italia, que era el país invitado. Al verme lo cerró, se levantó y me saludó amable y cauteloso. Yo le estreché la mano y ocupé una silla frente a él. Nubia cerró la puerta por fuera. Lo que entonces me dijo dio a mi vida un giro insospechado.

A JOSÉ María Arguedas me lo descubrió Javier Reverte. Yo ya había visto su nombre en alguna portada, creo que en la de Todas las sangres, pero jamás lo había leído hasta entonces, y ni siquiera tenía la certeza de que no fuera un escritor navarro. Ahora sí la tengo. De que no. El caso es que Javier, que había pasado temporadas en Centro y Sudamérica —de lo cual había escrito tres novelas a las que llamó trilogía—, guardaba una antigua postal en blanco y negro en que se veía a unos campesinos de un pueblo de los Andes que llevaban un inmenso cóndor sujeto por las alas desplegadas, que ocupaban totalmente el ancho de una ancha calle. Se trataba de un animal cazado para participar en la yawar fiesta, que es como se dice en quechua «fiesta de la sangre». Atan al cóndor al lomo de un toro bravo y los dejan a ambos que se despedacen mutuamente. Una animalada. Y me habló de la novela de ese título, Yawar fiesta, de José María Arguedas.

Cuenta la historia de un pueblo de los Andes peruanos, Puquio, que se prepara para celebrar la fiesta nacional del 28 de julio. Y, como acontecimiento principal de la misma, una yawar fiesta. Con ese fin mandan unos hombres a la sierra para atrapar al temido Misitu, más que un toro bravo, una leyenda viva. Y, mientras tanto, llega noticia de que el gobierno de Lima quiere acabar con las tradiciones incivilizadas y que prohíbe la corrida.

Cuando leí el libro, que no alcanzaba las doscientas páginas, me encantó. Era extraño. Hablaba de un mundo desconocido, polvoriento, el que muestran las fotografías de los bebedores de chicha de Martín Chambi. Y su prosa plagada de quechua, se llenaba de úes y de ces, de haches, de íes griegas, y empezaba a sonar como pisadas sobre la hojarasca o el chasquido en un roedor nocturno. Entonces me enteré de quién era José María Arguedas, de que llevaba muerto cuarenta años y de que su viuda tenía un nombre mitológico. Se llamaba Sybila Arredondo, había conocido a Arguedas en casa de Neruda y había pasado catorce años en las cárceles de Fujimori acusada de colaborar con Sendero Luminoso, la organización terrorista maoísta de la que hablará Mario en su novela Lituma en los Andes. A ella tenía que dirigirme si quería publicar esa obra. Javier acababa de conocerla en un bolo en alguna ciudad del sur de España que no recuerdo.

Pero primero les voy a contar el cuento de la Cenicienta. Es decir, la vida del escritor peruano José María Arguedas.

Nació a principios del 1911 en Andahuaylas, en los Andes, hijo de un abogado de Cuzco que ejercía de juez por los pueblos de la sierra. Contaba con dos hermanos: uno que su padre había tenido con una cuñada, la hermana mayor de su mujer —lo que por aquella época y aquellas alturas no era demasiado raro, aunque parezca de los tiempos bíblicos— y, más tarde, una hermana pequeña.

Con tres años se queda huérfano de madre y es enviado a casa de la abuela. El padre, entre tanto, se instala en Puquio, en una casona en cuyo bajo abre despacho legal. Allí pasa tres años, en los que intima con la propietaria de su vivienda, una tal viuda de Pacheco, mujer rica y dispuesta, madre de un varón adolescente, con la que se casa. Entonces va a buscar a José María, al que se lleva a vivir con la nueva familia a San Juan de Lucanas. El niño tenía seis años y fue de inmediato víctima de los crueles abusos de su hermanastro —con nombre de villano de Lope de Vega, Pablo Pacheco— con la complicidad de la nueva madre, llamada Grimanesa Arangoitia Iturbi, una perfecta bruja. Dado que el padre mantenía su trabajo itinerante, cuando salía de viaje, los parientes mandaban al niño a vivir con los criados indios en una casa separada donde reinaban los piojos y dormía sobre una mesa de amasar el pan; donde se hablaba quechua y donde descubrió que esa lengua extraña era la lengua del cariño.

Cuando cumple diez años, padre y madrastra se mudan a Puquio y lo dejan, junto a su hermano Arístides, a cargo del hermanastro Pacheco, en el que Walt Disney podría haberse inspirado para los personajes de Griselda y Anastasia, por lo que de inmediato se escapan y buscan refugio en una hacienda amiga en la localidad de Viseca. Y allí el niño Arguedas vivirá los dos años más felices de su vida.

Tras estas vacaciones su padre lo lleva con él a Abancay cruzando los «ríos profundos», viaje que recogería en un libro maravilloso.

Por fin en 1928 llega a Lima para estudiar letras en la universidad. La capital era entonces una ciudad «a espaldas del Perú», donde las mulas de carga eran apaleadas y los serranos despreciados. Una ciudad ignorante de su propio país.

En 1937, cuando España estaba en la guerra de Franco y los fascistas de Musolini en el apogeo previo a la Segunda Guerra Mundial, viaja a Lima el general italiano Camarotta, y, en una visita a la Universidad de San Marcos, un grupo de estudiantes acalorados defensores de la República española, entre los que estaba nuestro escritor, intentaron empujarlo al estanque del atrio del edificio. A Arguedas aquello le costaría un año de prisión en el penal de El Sexto, la cárcel de la ciudad, una experiencia terrible que sería recogida en la novela del mismo nombre. Una historia como la de la película El expreso de medianoche o de la novela Papillón.

En Lima, Arguedas se vuelca en mostrar el folklore y simultáneamente frecuenta a los intelectuales, entre ellos a las hermanas Alicia y Celia Bustamante —una especie de hermanas Ocampo peruanas—, con la segunda de las cuales acabaría casándose. Él le llama la Ratona. Lo que sigue es la vida de un hombre depresivo, hipocondríaco y con una profunda crisis de identidad, simpático con sus amigos, pero con dos mundos abismalmente distintos, el de sus orígenes serranos y el universitario politizado y cosmopolita. En 1965 se divorcia de Celia e inicia una relación con Sybila Arredondo, con la que se casa dos años más tarde. Ella es chilena, hija de una famosa escritora, Matilde Ladrón de Guevara, y veinte años menor que él. (En 2012 el investigador Carlos L. Orihuela dio noticia de la existencia de una tercera mujer —por orden cronológico la segunda—, de la localidad de Apata, en Jauja, llamada Vilma Catalina Ponce, a la que conoció con diecinueve años y abandonó con veinticuatro, con la que había tenido una hija llamada Vilma Victoria, que lleva su apellido).

En 1969 Arguedas se suicida pegándose un tiro ante el espejo de un cuarto de baño de la universidad. Sybila quedará a cargo de su legado, pero sus simpatías revolucionarias, y tal vez algo más, la llevarán a las cárceles de Fujimori, en procesos cuyos jueces llevaban la cara tapada —algo comprensible, por otro lado—, durante catorce años. Hoy en día Sybila se sigue declarando marxista, leninista, maoísta y seguidora del «pensamiento Gonzalo» que es como se conoce el predicamento de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, famoso no solo por las masacres que perpetraba en el Perú su organización, sino, sobre todo, porque, cuando fue cazado por Fujimori, apareció ante la prensa internacional encerrado en una jaula con barrotes y vestido con el traje de rayas de los presos de los tebeos. Por cierto, que mientras escribo estas líneas leo en la prensa la noticia de su muerte por septicemia en su celda del Centro de Reclusión de Máxima Seguridad de la Base Naval del Callao. Hoy es sábado 11 de septiembre de 2021.

El caso es que Sybila solo lleva tres años en libertad cuando yo entro en contacto con ella. Tras la pertinente correspondencia entre editor y viuda, siempre amabilísima, una vez firmado el contrato de edición y cuando estaba releyendo la novela, me asaltó una idea de bombero. Traducir los pasajes quechuas al español y dejar el original como nota a pie de página. Pero como no las tenía todas conmigo, decidí consultar antes a la autoridad, Mario Vargas Llosa, que en 1997 había publicado una obra, hoy un clásico, sobre su paisano: La utopía arcaica.

Bueno, a mi pregunta, su respuesta fue, obviamente, que no.

Sybila me mandó una introducción y se negó a que Vargas Llosa escribiera el prólogo, y Yawar fiesta fue publicado a principios del 2006. Como yo esperaba, entró de cabeza en la invisible lista de los menos vendidos. Sybila Arredondo tiene cuando escribo esto noventa años y vive en la aldea chilena de Rangue, pero seguro que no de mi edición de Yawar fiesta.*

EL CASO es que el 10 de diciembre de 2010, en Estocolmo, Mario y su séquito (que en estos casos es como las sillas musicales, que lo que interesa más no es ver quién se sienta cuando se corta la música, sino quién se queda de pie) fueron a recoger el Premio Nobel y la pasta, 1,5 millones de dólares, de manos del rey Carlos Gustavo de Suecia, que es de suponer que no llevaría el dinero encima. Yo cuando lo vi por televisión me sentí orgulloso como un padre.

______

* Cuando ya está mi libro en manos de su editor, que le andará quitando tildes y cacofonías para entregarlo a imprenta primoroso como una novia, me encuentro con la reciente edición de la RAE Y las academias hermanas de Los ríos profundos, que acaba de llegar a librerías, y allí, con la bendición de Sybila, aparece un brillante prólogo de Mario Vargas Llosa, que cuenta lo mismo que yo de forma más autorizada. ¿A mí no y a la RAE SÍ? Sybila me la debe.

CAPÍTULO II

—Riestra, ¿verdad?

—Sí, sí, Eduardo Riestra.

—Es cierto…

—…

—Yo soy Mario Vargas.

—Lo sé, lo sé. Hablamos hace dos años. Sobre José María Arguedas.

—Ajá.

—Sobre los párrafos en quechua.

—Cierto.

—Yo soy un gran lector tuyo. Lo he leído todo.

—¿La guerra del fin del mundo?

—Sí, también —sabía que con esto iba a subir muchos puntos. Yo no conocía a nadie que hubiera acabado ese ladrillo.

—Vaya —Mario me miró como quien mira por la ventana—. El caso es que ayer tras ese acto tan cálido que me organizaron los amigos mexicanos estuvimos cenando en el hotel con Nubia... —Se quedó pensativo—. ¡Qué mujer tan extraordinaria!

—Desde luego. Y es muy simpática.

—Simpática… El caso es, Eduardo… Eduardo, ¿verdad?

—Sí, sí, Eduardo Riestra.

—El caso es que necesitaría una persona, para ayudarme en mi trabajo. Alguien que repase mis escritos por si se desliza algún error, alguna errata. Es un trabajo discreto. A un escritor famoso como yo soy nadie se atreve a someterlo a una corrección de textos, ya no digo de estilo. En mi editorial soy intocable. Y necesito, como cualquiera, que me toquen. Hasta ahora lo venía haciendo Patricia, mi mujer. Un gran talento. Pero en los matrimonios… ¿Tú estás casado?

—Sí, dos veces. Pero no a la vez, claro… jajajá. —Me puse como un tomate por la tontería.

—Ah, dos veces, como yo. Bueno, entonces sabrás de qué hablo. La obra de un escritor no puede depender del humor cambiante de su mujer. A veces la mía se niega a trabajar en mi obra y me deja en la cuneta; pero eso no es lo peor. Lo peor es que últimamente he descubierto erratas introducidas maliciosamente entre mis textos. Incluso frases enteras ininteligibles.

—¿Como le ocurría al «escribidor»?

—Correcto. Veo que has leído también La tía Julia. ¡Ay, Julita! —suspiró—. El caso es que necesito una persona que solo trate conmigo. Fuera de mi editorial y de mi propia casa. Y Nubia me habló anoche de ti.

No cabía duda de que Vargas Llosa estaba pasando una etapa melancólica.

LO QUE acabo de narrar fue mi primer contacto directo con el que pasado el tiempo iba a ser mi empleador. Pero mi relación con él, todavía de una sola dirección, venía de mucho más atrás. Y mi admiración, como la de otros muchos entonces, se hizo carne cuando me sumergí en la larga Conversación en La Catedral.

Yo en los años setenta tenía alma de poeta maldito y leía con sincero masoquismo a Baudelaire y a Rimbaud (ya saben, «una noche senté a la Belleza en mis rodillas»). También a Sabato, como he contado, y la Rayuela de Cortázar, que tanto bien hizo por la vida sexual de los adolescentes de entonces. Aunque ligar en los setenta era muy difícil y consumar prácticamente imposible, las pocas oportunidades que se daban lo hacían gracias a Cortázar. Eso sí, uno tenía que ser sensible y taciturno, enfermizo. Jamás simpático, alegre o deportivo. Yo, la verdad, intentaba cumplir las condiciones. Por eso —en contadas ocasiones, eso sí—me acostaba con alguna Maga, fuera quien fuera. Era la época en que escuchábamos poco jazz y muchos chalchaleros.

Aquello era el resultado de una adolescencia clandestina vivida en el café Asturias, jugando al billar de tres bolas, mientras los dominicos, ante mi enésima falta de asistencia a clase, salían de caza por las cafeterías de la plaza de Vigo —el Bonn, el Oslo, el Agarimo— para evitar que cruzara la fatídica cifra de ausencias que me haría perder escolaridad y repetir curso. ¡El pobre padre Zabalza!

Yo por entonces me dedicaba a leer Tiempo de silencio y a escuchar fugas de órgano de Bach en el tocadiscos de mi habitación mientras por la ventana veía los tirabuzones del vuelo de las gaviotas. Mi madre, que era de la escuela de la madre de los Durrell, me proveía de ginebra Tanqueray. Así pasaba los inviernos de mi ciudad atlántica e inhóspita.

Pero no voy hablar del padre Zabalza, sino de Santiago Zavala y de Conversación en La Catedral. Y lo primero que hay que aclarar es que no tiene nada que ver con La Catedral del Mar ni con, por ejemplo, la Guía de la Catedral de Santiago. La catedral de Mario Vargas Llosa no es un templo de culto sino una cervecería, un bar donde sirven comidas por poco dinero —«sopa de pescado, pan, menestras con arroz»— y donde dejan entrar a los perros. Y también donde se puede tener una larga conversación cerveza va, cerveza viene. Por ejemplo, una conversación de cuatro horas que llenará setecientas veintiocho páginas en una edición de bolsillo. Setecientas veintiocho páginas que conforman una obra bastante maestra y que yo hubiera querido escribir. Pero entonces todavía no era el negro de Vargas Llosa.

Es una novela que, como las grandes narraciones, crea una cantinela, un magma, un líquido amniótico en el que el lector se sumerge y donde se pasa cuatro semanas empapado de Perú, de olores y ruidos, de nubes y nostalgia, de derrota. No es una novela con un argumento, como Crimen y castigo, en que hay un crimen y un castigo. Aquí se trata de recordar cuándo se empezó a joder el Perú. Y sobre todo de dejarse llevar por la corriente. A lo mejor es una novela fluvial.

El texto está intensamente contaminado de sí mismo, como una enfermedad autoinmune, y en los diálogos se infiltran diálogos distintos, de otras personas en otros lugares y en otro tiempo, y el efecto es el de la tertulia de las tardes de invierno en torno a la gran mesa camilla de la casa de mis abuelos, en que se mantenían dos o tres conversaciones simultáneas, espléndidas, a todo trapo, que cruzaban el aire como si se jugara con varias pelotas un partido de tenis. Lo que Mario hace se parece mucho a lo que ocurre con las emisoras de radio cuando aparecen interferencias y a la quinta sinfonía de Beethoven la interrumpe abruptamente una estrofa obscena de reguetón, para continuar de inmediato con los violines como si no hubiera pasado nada. Eso mismo, aunque con un poco más de sensatez, hace, medio siglo después, Fernando Aramburu en su famosa Patria, que le ha permitido jubilar a la guapa, su mujer alemana. Lo que él consiente es que sus personajes lo interpelen y lo interrumpan mientras narra su historia, que le enmienden la plana. Pero Mario, además, empapa el texto de peruanismos, de expresiones juveniles y coloquiales que dificultan la comprensión, y uno se ve zarandeado por las olas de ese mar en que se ha zambullido con apostura enérgica y en el que se encuentra inesperadamente flotando entre borregos.

Si a esto añadimos el más que probable accidente que debió de haber ocurrido en algún momento del viaje entre la mesa del escritor y la del linotipista, en que el mazo de folios, sin duda sin numerar, cayó al suelo desparramándose por las baldosas gastadas y resbaladizas, al lector entonces no le queda otra que dejarse llevar, renunciar al orden cronológico y la línea recta y disfrutar, como hace cuando lee el Ulises o siente que está cayendo por el pozo de Alicia y se pregunta el significado de las palabras latitud y longitud.

A mí lo que me admira entonces no es el escritor, que también, sino, sobre todo, la cantidad de lectores inteligentes que van destramando y organizando mentalmente el texto. Lectores pertinaces como ingenieros de caminos o exploradores africanos que, tras la meticulosa restauración, tras haber atravesado el libro a machetazos, acaban atestiguando que han leído una obra maestra. Como si hubieran descubierto las cataratas Victoria tras haber caído por ellas.

En Conversación en La Catedral se narra la vida de una familia: Fermín Zavala es un empresario de éxito y un hombre del régimen, casado con Zoila y padre del Chispas (un prototipo universal del pijo de entonces), de Santiago (Zavalita, estudiante rojo, periodista, protagonista de la novela, el propio escritor) y de la Teté, que le encanta a Popeye, un amigo de Santiago que tiene nombre faulkneriano (pues así se llamaba, además del marino forzudo, el violador de Santuario).

La obra cuenta los años de la dictadura del general Odría en el país andino, para lo que su autor, como los arqueólogos con los estratos o los reposteros con las tartas de capas (crema, nata, galleta…), corta en vertical y va haciendo avanzar juntos los ricos y los pobres, sus vidas paralelas, que raramente se cruzan, que caminan por los años manteniendo las distancias, observándose los unos a los otros —más los segundos a los primeros que al revés, pero, a cambio, comprobando los segundos cómo los primeros acaban por despeñarse mientras ellos continúan indiferentes en su cómoda miseria—.

—PERO ¿POR qué te eligió a ti?, ¿qué le dijo Nubia?

—Bueno, como este año llegué a la FIL el primer día, cuando todavía estaba desierta, y me aburría como una ostra en la cafetería, me dediqué a leer el programa y empecé a corregir las erratas.

—¡Eres un obsesivo!

—Ya, pero entonces pasó Nubia por delante de mí, nos abrazamos mucho y, para meterme con ella, le di la revista con mis anotaciones. Eso fue todo.

—No fue por eso. Eduardo estaba allí solo, sentado en uno de los sillones de la entrada, haciendo crucigramas. Yo lo saludé, pero le pedí que se fuera a otro sitio, que por allí iban a llegar las autoridades para la inauguración. Él se levantó y se fue, abandonando en la mesa baja la revista de los italianos con muchos tachones. Yo, claro, la recogí y se la di a mi secretaria para que la tirase en una papelera. Luego, por la tarde, él me vino con lo de las erratas.

—Pero fui yo quien te dijo que te iba a pasar mis honorarios por el trabajo, que te iba a cobrar en caballitos de tequila.

—Sí, pero los errores no eran del programa. Lo que tú corregiste fue la revista de los italianos. La nuestra va siempre requeterrevisada.

—¿Pero ella le habló de ti a Vargas Llosa?

—Sí, sí que le hablé. Me contó el trabajo que le estaba dando El sueño del celta y que un editor gallego desconocido le estaba enviando los diarios que su celta había escrito en el Amazonas. Me habló también de otros diarios, negros (así los llamó), que habían aparecido poco tiempo atrás con episodios de pederastia, todo muy raro.

—¿Y le hablaste de mí?

—Claro. Le dije que eras fiestero, que bailabas cumbia, que no te perdías un cóctel.

—Vaya.

—También que tenías una pequeña editorial en España y que corregías erratas a cambio de tequila.

—Curioso currículo, ¿no te parece?

—Pero a Mario le hizo gracia y me preguntó por él. Me ofrecí a presentárselo a la mañana siguiente, que quería visitar la feria sin público. Esa fue toda mi intervención.

—Sí, puede que haya ocurrido como cuenta Nubia.

CUANDO YO llegué a Madrid, el uno de junio de 1980, lo hice con una Vespa roja de 150 cc, una moto de segunda mano que había metido en esa especie de transiberiano que era el tren que partía de La Coruña y tardaba toda la noche. Once horas y cuarenta minutos, para ser exactos. Iba a trabajar en un banco, pero tropecé frontalmente con el calor de agosto, que ese año se había adelantado, y que revuelve la libido y se combate con cerveza. En seguida me organicé para trabajar por las mañanas, dormir por las tardes y salir por las noches. Y para leer Volverás a Región, la novela de Juan Benet, autor que entonces llevaba muy avanzada su personal metamorfosis en Faulkner, al que llegó a parecerse más que el propio escritor americano a sí mismo.

Mario Vargas Llosa debía de estar ultimando uno de sus libros para mí más importantes y menos leídos, La guerra del fin del mundo, que publicaría un año más tarde, el año de mi primer matrimonio, vaya por Dios. También el año en que García Márquez rompió su promesa. La que había hecho cuando el general Augusto Pinochet, seis años antes, dio un cruento golpe de estado en Chile —que tan bien cuenta Costa Gavras en su película Missing—. Entonces declaró a los cuatro vientos que no volvería a publicar hasta que cayera el sátrapa. Pero rompió su promesa y publicó la Crónica de una muerte anunciada, una novelita magistral que tuvo un inmenso éxito.

Desgraciadamente Pinochet también tuvo el suyo. Duró nueve años más al frente del gobierno y otros tantos como comandante en jefe del ejército de Chile.

La guerra del fin del mundo tiene fama de ser la novela menos leída de Mario Vargas Llosa, pero, como las ruidosas sinfonías de Shostakóvich, tiene un pequeño y apasionado club de fans, entre cuyos miembros me encuentro. Es extensa, reiterativa, calurosa y difícil. Recoge los aires de Boves, el Urogallo, de Os Sertões y de los Naufragios de Cabeza de Vaca. También lleva aromas de Homero y Jenofonte. Y, quizá sin saberlo, la desolación de Agustín Yáñez, por decir algo original.

EN REALIDAD, la primera novela que publicó Vargas Llosa fue La ciudad y los perros. Había sido escrita entre 1958 y 1961, y, como cuenta el autor en el prólogo a la edición de 1997, el manuscrito fue rodando como alma en pena de editorial en editorial hasta llegar a manos de Carlos Barral, que le hizo ganar el premio Biblioteca Breve, y lo editó en su sello con gran éxito de público y crítica. Faltarían unos pocos años para que aquel mismo editor se estrellara contra Cien años de soledad