El ocaso de Occidente - Antonio Elorza - E-Book

El ocaso de Occidente E-Book

Antonio Elorza

0,0

Beschreibung

La aurora del nuevo siglo fue un momento de euforia para Occidente, y en especial para su potencia hegemónica. El desplome del «socialismo real» parecía abrir la puerta al fin de la Historia, al predominio pacífico del capitalismo y de la libertad política personificados por los Estados Unidos. La amenaza exterior del bloque soviético se había disipado con el desplome de la URSS y despuntaba el «nuevo siglo americano», un imperialismo feliz cuyos límites destaqué en el ensayo de apertura de este libro. El diagnóstico pesimista se confirmó tras el 11-S con la catástrofe de Irak. A partir de entonces entraron en juego los agentes y los factores del declive. En primer lugar, el reto del terrorismo islámico, agudizado por el fiasco iraquí. A continuación, el inesperado resurgimiento de imperios enterrados prematuramente: el ruso y el chino en primer plano. Y desde 2008, la crisis capitalista que marcó el fin de una sociedad occidental estable y opulenta, y la crisis de la democracia representativa, con el auge de populismos y del posfascismo. No es solo una erosión interna del sistema democrático. Los viejos/nuevos imperios plantean de modo abierto, como el islamismo, un rechazo total de cuanto ha supuesto la cultura política occidental basada en la libertad individual y en los derechos humanos. Y no lo hacen solo en las ideas, sino desde políticas imperialistas agresivas, visibles en la invasión de Ucrania por Putin y en la amenaza de Xi sobre Taiwan. El espectro nuclear cierra el círculo del pesimismo de la razón ante el nuevo «orden» bipolar. Antonio Elorza cuenta el fin de una ilusión, la de un imperialismo americano reinante a escala universal, y el resultado de su fracaso: el auge de dos imperios cuyo objeto es provocar el ocaso de Occidente.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 354

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Antonio Elorza

El ocaso

de

Occidente

DEL SUEÑO AMERICANO AL REGRESO

DE LOS IMPERIOS(2001-2023)

© Antonio Elorza

© 2023. Editorial Renacimiento

www.editorialrenacimiento.com

polígono nave expo, 17 • 41907 valencina de la concepción (sevilla)

tel.: (+34) 955998232 •[email protected]

Diseño de cubierta: Equipo Renacimiento

Ilustración de cubierta: Raúl (raulrevisited.com)

isbn ebook: 978-84-19791-59-7

El sentido de un libro

Que veinte años no es nada!», nos decía el viejo tango. Y en efecto, al asomarse el mundo al nuevo siglo, parecía consolidarse la estabilidad mundial, tras las conmociones registradas en la última década del milenio. Nadie dio demasiada importancia al relevo de Yeltsin por el desconocido Putin, China seguía progresando según la fórmula de Deng Xiaoping con el acuerdo favorable a todos de la recuperación de Hong Kong, en fin, la tragedia de Yugoslavia acababa de ser superada y venía a confirmar el papel de la OTAN y de los Estados Unidos, guardianes autodesignados para regular las tensiones que podían aparecer. El espejismo de una prolongada hegemonía de los Estados Unidos dio entonces lugar a la utopía conservadora del «nuevo siglo americano». Solo el ascenso del terrorismo islámico creaba cierta preocupación, pero sin que muchos creyeran que la declaración de guerra a los Estados Unidos de Osama bin Laden iba a convertirse en una realidad.

Sin embargo, sobrevino el 11-S. Las dos nuevas décadas no contemplarían el fin previsto de un dominio indiscutible de los Estados Unidos sobre el Oriente Próximo, a excepción de Irán, sino una sucesión de estallidos, miedos y errores, que en solo cuatro años, entre 2001 y 2005, hicieron temer la consolidación de una nueva guerra mundial de nuevo tipo, asimétrica y expansiva, que pusiera a prueba la resiliencia de Occidente. Sobre este telón de fondo, los errores norteamericanos, singularmente con la invasión de Irak –mitad crimen, mitad estupidez–, hicieron nacer una amenaza regional, el Estado Islámico, convertido además en plataforma para la irradiación del terrorismo mundial. Las expectativas suscitadas por la Primavera Árabe, con la fusión de islam y democracia, fueron abortadas e incluso generaron nuevos focos de guerra e inestabilidad.

La crisis también fue endógena y afectó desde 2008 a la totalidad del mundo capitalista, empezando por los norteamericanos que dejaron de soñar con su nuevo siglo, a pesar de las esperanzas depositadas en Obama. Los cambios registrados, de raíz tecnológica y económica, pusieron al descubierto el fin de la feliz era industrial de la segunda mitad del siglo XX. Al «trabajador opulento» sucedió una sociedad líquida, de individuos aislados que tratan de sobrevivir en un marco cambiante. La digitalización sirvió de instrumento de cambio y también de paro. Y lógicamente se resintió la democracia representativa, acusada por la mayoría de constituir una esfera de poder blindada al servicio de los grupos dominantes y resultar inservible para las necesidades de la mayoría. Fue lo que se denominó «el cansancio de la democracia». Consecuencia: los populismos, de los que tenemos una buena muestra en España.

Como hubiese escrito Baltasar Gracián, no era tiempo de utopías, sino para una moral de adecuación. Resulta útil el flashback para comprobar que en la segunda mitad del siglo XX, fracasó el brote utópico de 1968, fruto de una venturosa posguerra y útil, eso sí, para una transformación en las costumbres, liberando la sexualidad, desenterrando el tema de la emancipación de la mujer y apuntando una nueva mirada a la conservación del medio. Pero en el plano político, solo siguió un repliegue conservador. Paralelamente, desde 1968 quedaba clara la obsolescencia y el carácter irreformable del llamado «socialismo real»: el sistema soviético experimentó una prolongada agonía, certificada con el desplome de la URSS. El camino parecía abierto para la hegemonía norteamericana; hoy sabemos que no fue así.

Las consecuencias de la nueva coyuntura, depresiva para Occidente, se registraron tanto en el orden estrictamente político interno, como en las relaciones internacionales de poder, en el marco de la globalización. En lo primero, el descontado triunfo generalizado de la democracia, previsto hace veinte años, ha cedido paso, no solo al mencionado retroceso en la cohesión de las sociedades que siguen siendo democráticas, sino a la gestación de movimientos dirigidos a la restricción de las libertades y del pluralismo. Tanto en América como en Europa y Asia, es tiempo de posfascismos.

Y como el poder no admite el vacío, la crisis de la hegemonía de los Estados Unidos ha tenido como contrapunto el regreso inesperado de los viejos imperios. Favorecido por su imparable crecimiento económico el de China, y en un nacionalismo belicista el de Rusia. En ambos casos, las dictaduras políticas conforman sociedades orwellianas para sus ciudadanos, y por añadidura proyectadas agresivamente hacia el exterior. En menor medida, esta resurrección de los imperios, de signo autocrático, implica asimismo a las democracias en crisis de Turquía e India. La proyección agresiva es de sobra visible en los dos primeros casos, y ahí están la invasión de Ucrania por Putin y la amenaza permanente de China sobre Taiwán para probarlo.

El reto afecta a Occidente, y al futuro mundial, en la medida que desde febrero de 2022 se dibuja un nuevo orden bipolar en las relaciones de poder, con un reto, no solo a la hegemonía USA, sino a la supervivencia pacífica de las sociedades que preservan el sistema de valores anclados en los derechos del hombre. Claro que con el regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos esa destrucción desde el exterior no será ya necesaria.

Los ensayos recogidos en este libro de título spengleriano, conscientemente pesimista –para americanos y europeos, también para rusos y chinos–, tratan de reflejar esa trayectoria. La mayoría fueron publicados en los diarios El País y El Correo de Bilbao, y los más extensos en Claves de Razón Práctica y en Letras Libres. En apariencia, son fragmentos; en intención, quieren ser espejos de una realidad cambiante bajo el signo de la continuidad en ese cambio, que se desarrolla entre los meses que siguen al 11-S y la invasión de Ucrania. No he tenido que rectificar ninguna de mis visiones, tal vez porque son acertadas, más posiblemente porque suelo aferrarme a mis propios errores. El lector juzgará.

Madrid, 20 de marzo de 2023

(XX aniversario de la invasión de Irak)

EL «NUEVO SIGLO AMERICANO»

1. El imperialismo americano y su sombra

La oscilación del péndulo: de Carter a George Bush Jr.

La sensación de fracaso después de la presidencia de Jimmy Carter condicionó notablemente la evolución posterior de la estrategia de los Estados Unidos como primera potencia mundial. A favor del descrédito provocado por la derrota en el Sureste asiático y por los escándalos que marcaron la etapa final de la era Nixon, Carter creyó posible la compatibilidad entre el mantenimiento de la hegemonía norteamericana y una actuación moralizadora, en ocasiones progresista, tendente a favorecer tanto la distensión como la desnuclearización, plantear a escala mundial el respeto de los derechos humanos y propiciar la expansión de la democracia. La coordinación entre los Estados Unidos, las grandes democracias occidentales y Japón tendría como contrapunto el establecimiento de una nueva relación con la China de Deng Xiaoping. La autoridad conferida a Washington por su poder militar había de ser empleada, antes que en empresas expansivas, en buscar soluciones evolutivas a los principales conflictos, como el de Oriente Próximo. En este sentido, la conferencia de Camp David, con el tratado de paz entre Israel y Egipto, fue el emblema afortunado de esa nueva política orientada a la consolidación de la paz.

Camp David fue también la muestra de las limitaciones de un enfoque político en exceso apegado a la búsqueda de resultados a corto plazo y apoyado en un nivel sorprendentemente bajo de información. Ni Carter ni sus asesores percibieron que la transigencia de Menahem Begin hacia Egipto era una entrega de calidad a cambio de la cual Israel iba a desarrollar tranquilamente su política de asentamientos en Cisjordania. Mucho más graves resultaron tales insuficiencias al abordar la crisis de Irán, en el curso de la cual Carter se fijó el doble objetivo de respaldar al Shah y favorecer una eventual democratización, rechazando, hasta que fue demasiado tarde, la salida de una restauración del orden a cargo del Ejército. En sus memorias, un asesor privilegiado del presidente, Zbigniew Brzezinski, nos cuenta que los servicios de información no se enteraron de la enfermedad del Shah ni dieron importancia al auge que iba cobrando el fundamentalismo shií. Luego Carter y su secretario de Estado vacilaron ante la solución de fuerza y llegó el derrumbe de la posición estratégica en Oriente Medio, con Irán en manos de unos ayatolás inflamados de odio al Gran Satán norteamericano. Por otra parte, la visible preferencia por la negociación hizo predecible una ausencia de respuestas militares, pronto aprovechada por unos oponentes más agresivos. La URSS avanzó sus peones en África, con la ayuda de Cuba, y sobre todo invadió Afganistán. En fin, el desastre iraní tuvo un penoso epílogo con la ocupación de la Embajada americana en Teherán más la consiguiente toma de rehenes, a los que Carter intentó sin éxito rescatar en una rocambolesca operación con empleo de ¡seis helicópteros! No faltó la última humillación, al liberar Jomeini a los secuestrados coincidiendo con la toma de posesión del sucesor de Carter, Ronald Reagan.

Brzezinski establece un balance claramente positivo de la gestión de Carter en la esfera de la política exterior: «En cuatro años, su administración contribuyó significativamente a la paz mundial, a una mayor justicia global y a una mejor seguridad nacional. Gracias a Jimmy Carter, América fue vista de nuevo como heraldo del valor tradicional de la libertad, después de los años de Watergate y de Vietnam. Esta es una baza en los asuntos mundiales que los cínicos se equivocan al menospreciarla». Sin embargo, bajo el liderazgo de Ronald Reagan, esos cínicos ganaron las elecciones, sobre la base de que lo importante no era la mejoría en el clima político internacional. Contaban los reveses puntuales sufridos y la sensación de impotencia ante el avance de posiciones del bloque soviético. Teherán, Afganistán, Nicaragua, marcaban una tendencia hacia el declive que era urgente invertir. América no podía ser despreciada del modo que lo hicieran los islamistas iraníes, y la política de conquistas paso a paso de la urss debía ser respondida con una alternativa global, poniendo en juego los muy superiores recursos tecnológicos y económicos de los Estados Unidos. Emblema: la puesta en marcha del programa llamado «guerra de las galaxias». Los derechos humanos dejaron de contar, lo mismo que los análisis sobre los efectos indirectos que determinadas opciones pudieran provocar: caso del apoyo a la agresión de Irak a Irán o de la apuesta por el islamismo en Afganistán. El enemigo principal era el comunismo soviético, en sus distintas manifestaciones, y para combatirlo era lícito incluso tratar con otros adversarios (caso Irangate). Al mismo tiempo, volvía a la actualidad un nacionalismo norteamericano que exaltaba el destino histórico de la gran potencia y legitimaba de antemano sus actuaciones, enlazadas de nuevo con los intereses de los grandes poderes económicos. «Estados Unidos será gobernada como la Chrysler», había pronosticado un intelectual demócrata. Por lo menos, lo fue de modo estricto al servicio de las principales corporaciones, con la consiguiente proyección imperialista. De momento esta dirección quedó bloqueada por la primacía otorgada al desgaste del bloque soviético, si bien probablemente comenzaron entonces a elaborarse los elementos del modelo de dominación ahora en vigor. Tras agotar sus mandatos Reagan, el colapso del comunismo se limitó a producir una sensación de euforia, confirmada por la victoria en la guerra del Golfo. Es entonces cuando, en un arranque utópico, George Bush padre sueña con el establecimiento de un «nuevo orden internacional», auspiciado por la gran potencia que ejerce un monopolio parcial en cuanto a los recursos militares a escala planetaria. El final de la historia, esto es, de la prolongada confrontación entre capitalismo y socialismo, encarnados en las dos grandes potencias de la Guerra Fría, abre la puerta a las expectativas de una paz mundial.

La victoria incompleta en Irak de 1991 fue el punto de origen, no de eventuales reflexiones sobre la pax americana, sino de una formulación neoconservadora del imperialismo estadounidense, amparada en el orgullo derivado de la demostración de fuerza, pero fruto al mismo tiempo de la frustración por no haber acabado la tarea de derrocar a Sadam Husein. La conjunción de ambos sentimientos desembocó de forma natural en la exigencia de definir una estrategia propiamente americana, reflejo del potencial militar de los Estados Unidos, y no limitada, como ocurriera en la crisis de Kuwait, por ataduras internacionales. El pionero del nuevo planteamiento ofensivo fue un distinguido profesor del Instituto de Estudios Avanzados Internacionales en la Universidad John Hopkins, el mismo Paul Wolfowitz que entonces era ya subsecretario de Defensa y luego sirvió como número dos de Donald Rumsfeld en el Departamento de Defensa. El informe redactado por Wolfowitz en 1992 planteaba como primer objetivo evitar que tras el desplome de la URSS surgiera una potencia rival de los Estados Unidos, debiendo estos recurrir a las medidas preventivas que fueran precisas para evitarlo, poniendo los propios intereses por encima de toda consideración internacionalista. Las pretensiones de liderazgo mundial democrático a cargo de Clinton no iban sino a confirmar la impresión conservadora de que los recursos norteamericanos eran insuficientemente utilizados para el despliegue de una política de hegemonía acorde con la globalización, más aún cuando a lo largo de los años noventa la aplicación de los medios informáticos y, gracias a ellos, de la tecnología armamentista producían un incremento espectacular de superioridad militar de los Estados Unidos, paralelo al del poder blando ejercido a escala social y substrato del poder duro resultante de las armas y de la política.

En 1997, aún con Bill Clinton en la presidencia, la iniciativa lanzada años atrás por Wolfowitz desemboca en la formación de un colectivo orientado a esforzarse para hacer realidad «el liderazgo global» de los Estados Unidos. Se trata del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PANC), que nace con el propósito explícito de actualizar la línea política trazada bajo la presidencia de Ronald Reagan frente a la «inconstancia» de la política de Clinton, con sus recortes al presupuesto de Defensa y el predominio de las consideraciones económicas sobre las estratégicas. Las biografías de los firmantes de la declaración de principios del PANC, con hombres como Dick Cheney, Rumsfeld o el propio Wolfowitz, a quienes encontraremos en primera fila del gobierno de George Bush Jr., subrayan esa continuidad con el expansionismo ultranacionalista de los tiempos añorados de Reagan. Cortadas temporalmente las carreras políticas de los más veteranos, jóvenes brillantes en su día con la presidencia de Nixon –en la que Rumsfeld fue el más joven secretario de Defensa de la historia norteamericana–, ocuparon posiciones destacadas en el mundo empresarial hasta que Reagan les convocó para el ejercicio del poder. La exaltación nacionalista de la grandeza de América se fundía con la voluntad de servicio a los intereses económicos dentro de una perspectiva estrictamente militarista. El viejo lema se transformaba en Bussiness and weapons, fifty. fifty. La prioridad correspondía al incremento del gasto militar, todo lo que fuera necesario para garantizar el predominio de los Estados Unidos en cualquier escenario. Seguían el fortalecimiento de los nexos con los aliados, léase subordinación de estos, la confrontación con «los regímenes hostiles a nuestros intereses y valores» –lo primero es lo primero–, la promoción de la causa de «la libertad política y económica», a efectos de construir un orden internacional «acorde con nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros principios» (de nuevo, la jerarquía cuenta).

Por confusas que resultaran las manifestaciones de Bush padre acerca del establecimiento de un nuevo orden internacional, el giro dado por sus colaboradores en el fin de siglo introduce una perspectiva bien diferente. No estamos ante los buenos propósitos de conseguir la materialización de valores universales, como la paz o la justicia, sino ante la definición de una estrategia imperialista ajustada a las relaciones de fuerza en el marco de la globalización. La potestas americana se construye a partir del monopolio de la fuerza militar, proyectándose sobre las esferas política y económica, y haciendo abstracción de todo límite jurídico o institucional. Incluso los principios, al ser evocados, se sitúan en último lugar por debajo de los intereses y de las exigencias de seguridad y de prosperidad. Emerge un sistema solar en el cual, en torno al astro rey, únicamente tienen cabida, como en los viejos pasaportes del franquismo para «Rusia», los países satélites. Al nacer el PANC el 3 de junio de 1997 eran sólo ideas, compartidas por otras instituciones ultras, tales como el American Enterprise Institute (AEI), entre cuyos miembros destaca el activo propagandista Richard Perle, a quien Bush hijo hará presidente del Consejo Nacional de Defensa. La más que discutible victoria electoral de este segundo Bush creará las condiciones para convertirlas en directrices de la política exterior, con el ascenso de sus promotores a posiciones de primera fila en el gobierno (aun cuando en los primeros meses de 2000, con el único punto caliente de la confrontación entre Israel y Palestina, nadie hubiera pensado que iban a tener ocasión de ponerlas en práctica). Lo que los analistas de los movimientos sociales llaman «estructura de oportunidad política» había de llegar, sin embargo, en forma inesperada y trágica, con los atentados del 11 de septiembre.

11-S: La coartada

Las líneas de la ofensiva estaban trazadas con anterioridad. Justo en septiembre de 2000 el PANC hace público su informe «para la reconstrucción de las defensas de América», con Thomas Donnelly, un estratega del AEI, como autor principal. El texto se limita a desarrollar el planteamiento inicial de Wolfowitz, en el sentido de que la presencia norteamericana en Irak responde a intereses propios, antes que al objetivo de derrocar a Sadam Husein. La posición de Estados Unidos es comparable a la de un gran maestro de ajedrez que está disputando partidas múltiples en una escena mundial desde una posición inicial superior que inexcusablemente debe llevarle a contar las partidas por victorias. No tiene rivales capaces de poner en cuestión su hegemonía y tampoco debe permitir que surjan, ni que sobrevivan los viejos adversarios. Por eso hay que rematar la tarea iniciada en 1991, y luego interrumpida, contra el dictador iraquí.

Estas premisas permiten entender el extraño curso de los acontecimientos a partir del 11-S. Los atentados producen una conmoción enorme a escala mundial, pero son vividos en el país víctima a los acordes unánimes del God bless America! Bush apuesta sin reservas, y con enorme éxito dentro de la Unión, por tocar a fondo la veta sentimental de un pueblo al que la desgracia refuerza en su condición de protagonista excepcional de la historia. A partir de ese momento, el dolor de los norteamericanos se convierte en el agente de legitimación de una respuesta sin límites predecibles. Otro tanto ocurre con el alcance de la declaración de guerra mundial al terrorismo. Sin lugar a dudas, hay en este planteamiento mucho de reacción justificada. Los hechos fueron horribles y pusieron de manifiesto la existencia de una amenaza a escala mundial contra todo Occidente, y de modo específico contra su país-vanguardia, los Estados Unidos. La exigencia consiguiente de solidaridad y de cooperación por parte de los aliados occidentales no pudo extrañar a nadie, y por ello solo una minoría insignificante de la opinión pública mundial expresó críticas respecto de la decisión norteamericana de intervenir militarmente en Afganistán, prescindiendo de las Naciones Unidas. Las cosas estaban claras. Para quien quisiera verlas, la organización Al Qaeda, encabezada por Osama bin Laden, tenía una residencia privilegiada en Afganistán, bajo la protección de sus aliados talibanes. Nada hubiera sido más estúpido que aguardar a que los protagonistas y los cómplices del megaterrorismo de Manhattan preparasen los medios para escapar al castigo o para ejercer de nuevo la barbarie. Otra cosa es que las condiciones de Afganistán disten de ofrecer una base sólida para restaurar el equilibrio en la zona que los soviéticos hicieron saltar en 1979. Pero, a continuación, ¿por qué lanzarse sobre Irak?

Una primera explicación apunta a la invasión de Irak como medio para ocultar el fracaso en la lucha que a lo largo de más de un año ha llevado a cabo el gobierno norteamericano por destruir el entramado de Al Qaeda, más allá de la acción militar en Afganistán. Los terroristas habían perdido su base de operaciones, lo que sin duda es importante, pero en líneas generales la estructura de la organización mundial del terror islámico no parece haber sufrido daños mortales. En el verano de 2002, un experto de la Rand Corporation cifraba en dieciséis mil los componentes de esta red planetaria, cuya organización financiera seguía indemne. Ahora la cifra estimada ha pasado a dieciocho mil. De Bin Laden, al-Zahuahiri y otros miembros del equipo dirigente, ni noticia. Había, pues, que buscar otro blanco, y ninguno mejor que Sadam Husein, el cual, a falta de conexiones con Al Qaeda, las tenía sin duda con el terrorismo palestino. Como dice el refrán, a falta de pan, buenas son tortas. De paso, y por encima de todo, Irak servía de chivo expiatorio por la leyenda negra que justificadamente recaía sobre su líder, y proporcionaba una ocasión magnífica para recuperar la posición geoestratégica dominante que los Estados Unidos perdieran en la región desde la expulsión de Irán. Tampoco a Israel le venía nada mal que le liberasen de la potencia árabe que al lado de la citada Irán proporciona un apoyo a los palestinos y en condiciones normales puede representar una cierta amenaza, igual que sucediera con los lanzamientos de misiles en el curso de la guerra del Golfo. Demasiados alicientes como para verse obligados a que la acción estuviera subordinada a las exigencias del Derecho Internacional. La constitución de Irak en un protectorado, amén de proporcionar la gestión de buena parte de las reservas mundiales de petróleo, otorgaba a los Estados Unidos el control de un espacio de decisiva importancia pensando en acontecimientos posteriores.

Vista de modo retrospectivo, la actuación diplomática de los Estados Unidos no estuvo precisamente caracterizada por un esprit de finesse. La insistencia en el dato decisivo de que Irak podía armar a Al Qaeda fue desde el primer momento un dislate, puesto que todos los expertos en terrorismo internacional, CIA incluida, conocían de sobra que si Bin Laden evocaba las desgracias de Irak era sólo para cargar las tintas sobre los Estados Unidos en su alegato fiscal contra los profanadores del Islam. Existía un abismo entre la dictadura laica de Sadam y el integrismo de raíz wahhabí profesado por Bin Laden, y Colin Powell no supo dar con un argumento convincente para probar el vínculo maldito ante el Consejo de Seguridad de la ONU. En cuanto a las armas químicas y de destrucción masiva, si en algún momento muchos pensamos que podían existir, ello no se debía a los falsos datos aducidos por Powell, sino a la insensata posición de Husein. A lo largo de meses, este se dedicó a obstaculizar la actuación de los inspectores de la ONU de modo tan suicida y estúpido que, a la luz de lo que hoy conocemos, únicamente cabe encontrar explicación en el engreimiento tantas veces presente en la mentalidad árabe, el mismo que presidiera las fanfarronadas de Nasser durante la guerra de los Seis Días, y que Raphaël Patai examina en su libro The Arab Mind, tan injustamente denostado por Edward Said. Tras la victoria, uno y otro motivo de la intervención fueron cuidadosamente olvidados, bajo la capa de que el verdadero objetivo consistía en liberar a Irak de su tirano. Los hechos, sin embargo, quedan: los tremendos peligros justificativos de la agresión a Irak pura y simplemente no existían. En contra del espíritu y de la letra de la Carta de las Naciones Unidas, los Estados Unidos y sus aliados habían desencadenado una guerra contra un país soberano, lo habían sometido a una ocupación militar, lo mismo que hiciera en 1990 Irak contra Kuwait, y estaban dispuestos a organizar su futuro económico y político. A falta de pruebas seguras o de agresiones, entra en juego la teoría de la «guerra preventiva» contra aquel que se ha convertido en «un símbolo del desafío a los valores occidentales». En una palabra, el imperio imponía su ley, sobrevolando la legislación y las instituciones internacionales, en la forma y con los contenidos preconizados por los estrategas neoconservadores de Washington.

A la hora de buscar antecedentes, los intelectuales de ese renovado imperialismo van a parar a la guerra hispano-norteamericana de 1898, desde su punto de vista para mostrar cómo en manos de los gobiernos de los Estados Unidos el imperialismo deviene pedagogía. Es lo que propone un miembro del Consejo de Relaciones Exteriores, Max Boot, en su oportuno libro Las salvajes guerras de la paz: las pequeñas guerras y el ascenso del poder americano, muy celebrado por los expertos del PANC. Las conquistas americanas, fruto de la victoria contra España, y en particular la de Filipinas, no solamente supusieron una afirmación de los intereses norteamericanos, sino que liberaron a los conquistados del caos. Boot pasa por alto que a medio y a largo plazo esa pedagogía del dominio imperialista distó de alcanzar efectos positivos, tanto en Filipinas como en Cuba, y que la forma de su puesta en práctica por McKinley, al disfrazar de intervención humanitaria lo que de hecho fue una agresión con ánimo de dominio, implicó un triunfo de la fuerza bruta ya entonces poco compatible con las normas y los usos de las relaciones internacionales. La utilización del pretexto de intervenir si España no suspendía unilateralmente las hostilidades, olvidado en cuanto el gobierno Sagasta atendió tal ultimátum, recuerda demasiado a lo sucedido en marzo y abril de 2003 con la exhibición de la terrible amenaza de las armas prohibidas si Irak no atendía a los inspectores. Entonces los embajadores en Washington de las seis mayores potencias intentaron una protesta conjunta ante una agresión injustificada; ahora las Naciones Unidas se han visto obligadas a callar, igual que entonces, por la imposición de la fuerza esgrimida como ultima ratio por «el águila temible» bajo la máscara del engaño. La guerra contra el terrorismo mundial proclamada por Bush a la sombra del 11-S se convierte en cheque en blanco que legitima todas las actuaciones militares que Washington decida en función de los propios intereses.

El episodio ha sido, pues, escasamente glorioso, y tampoco ofrece bases para el optimismo la perspectiva anunciada por Max Boot, y celebrada por el antes mencionado Donnelly, de una sucesión de «guerras salvajes», a partir de las cuales el coloso americano impondrá lo que este último autor califica de una pax americana duradera. Las explosiones de júbilo presiden, sin embargo, los comentarios producidos por los publicistas del PANC y/o del AEI. Richard Perle, el que fuera presidente del Consejo Nacional de Defensa, propone a todos «celebrar la victoria», ya que esta era una guerra que merecía a su juicio ser luchada. Sus afirmaciones son propias del guión de uno de aquellos westerns triunfalistas en que la estrella de Hollywood conseguía el enésimo triunfo sobre los agresivos y salvajes indios. Pocas muertes, el mundo árabe soportando en silencio la humillación, una dirección militar hábil, unas armas excelentes. Los soldados permanecerán hasta que lo de Irak tenga solución «y volverán a casa como héroes». Claro que Irak es sólo el comienzo. Irán, Siria, Corea del Norte, Libia, siguen produciendo terror. Son criminales en espera de que les llegue su turno. Otro vocero del AEI, Michael Ledeen, amén de cargar a fondo contra la miserable Francia, por llegar a creer que podía vetar la acción justiciera de los Estados Unidos, justifica la invasión de Irak en nombre de la lucha contra todos los terrorismos que Sadam Husein alentaría, y va más allá al proponer que sólo cuando haya regímenes democráticos en Irán o Siria los Estados Unidos podrán estar tranquilos, ya que los dictadores de ambos países tratarán de introducir el terror en Irak, dando lugar a un segundo Líbano. «Son parte del entramado del terror que produjo el 11 de Septiembre», concluye. Y si bien el cambio pacífico es preferible, la opción inequívoca por una política de poder hace adivinar cuál es el camino propuesto. Es la táctica del dominó de que hablara en tiempos Henry Kissinger, solo que aplicada ahora en dirección contraria, eliminando uno tras otro a los enemigos supuestos o reales de Washington.

Semejante aproximación maximalista permite entender la actitud de la administración Bush ante la ONU y frente a «la vieja Europa» en las semanas que precedieron a la invasión. De nuevo es Richard Perle quien nos explica el planteamiento norteamericano del que se deduce «la caída de las Naciones Unidas», incapaces tanto de ejercer por sí mismas, a través de las decisiones de su Consejo de Seguridad, una eficaz protección, como de reconocer que su única viabilidad resultaría de convertirse en cámara de registro e instrumento de apoyo a las decisiones adoptadas en Washington. Al rechazar de antemano el proyecto de segunda resolución que daba vía libre a la invasión de Irak, el Consejo de Seguridad ha firmado su propia acta de defunción y con ello pone fin a «la fantasía mantenida durante décadas de que la ONU era la piedra angular del orden mundial». La concepción liberal de las relaciones internacionales naufraga definitivamente. Los Estados Unidos ni siquiera se molestarán en suprimir la institución: «La imponente jaula de grillos situada en el East River neoyorquino seguirá parloteando», advierte despreciativamente. Pero su papel se reducirá a labores asistenciales o, cabría añadir, a la luz del proyecto de resolución planteado por los Estados Unidos, el Reino Unido y España el 9 de abril, de cooperación con la gestión norteamericana de los problemas para allegar recursos y disminuir los costes producidos por la invasión de Irak. El protagonismo en la resolución futura de los conflictos corresponderá a «las coaliciones de voluntarios», acaudilladas lógicamente por América.

Rehusar la colaboración subalterna con Washington supuso, después del 11-S, una actitud despreciable moralmente, e incluso cargada de culpabilidad. De ahí la fobia antifrancesa por su oposición manifestada en el Consejo de Seguridad. Francia debe, en consecuencia, ser humillada y Rumsfeld no duda en encuadrarla entre los países del Tercer Mundo, cuyo peso en la escena internacional ha de ser nulo. En relación a la política de poder norteamericana, no sólo hay Estados-hampones o «polos del Mal», sino también pigmeos innecesariamente molestos. Por eso mismo ha de ser condenada la pretensión de intervenir en las decisiones por parte de «la vieja Europa», aglutinada en torno al eje París-Bonn. No hay fundamentos para una autonomía europea, dado que falta la premisa básica: el poder militar.

Uno de los propagandistas más activos del nuevo orden americano, Robert Kagan, lo ha explicado eficazmente en un libro de gran difusión, Poder y debilidad: si desde 1945, a lo largo de la Guerra Fría, existió una articulación dependiente de Europa en el plano militar, puesto que la potencia americana la protegía de la URSS, a partir de la caída del bloque comunista la divergencia se ha acentuado, y al propio tiempo que Norteamérica acentuaba su hegemonía militar, Europa se entregaba a una tarea posmoderna de agregación política y desarrollo cultural.

De un lado, generoso «nacionalismo universalista»; de otro, «proselitismo de sus doctrinas del derecho y de las instituciones internacionales». Marte y Venus. La simplificación del enfoque dualista de Kagan resulta evidente, lo mismo que su falsa constatación de que el concepto de «Occidente» en cuanto «opción democrática y liberal de un amplio segmento de la humanidad» perdió progresivamente su sentido tras la caída del muro de Berlín. Lo que busca Kagan es colocar en primer plano al verdadero protagonista de su historia, ese grandioso desarrollo del potencial norteamericano que desde la independencia genera una dimensión internacionalista en nombre de ese estricto nacionalismo que alcanza su proyección inmediata en torno al 11-S con la subida en flecha de los presupuestos militares. Kagan minusvalora interesadamente lo que representa el esfuerzo de unificación europea, en cuanto articulación sumamente compleja de impulsos, por encima de los Estados-nación que de paso bloquean, en gran medida, la puesta en marcha de un potencial militar siquiera coordinado. No es que Europa renuncie a esa vertiente dura del poder, sino que por un lado confía en la alianza con los Estados Unidos y, por otra, muestra una inclinación a actuar en un marco pacífico a la vista de las trágicas experiencias del pasado. Salvo que la ideología neoconservadora imponga su dictado en los Estados Unidos, «Occidente» sigue teniendo plena vigencia como conglomerado de países con una mentalidad y una tradición compartidas, y por referencia a otros espacios culturales del planeta. La división de funciones entre Norteamérica y Europa podrá generar tensiones ocasionales; no existe razón alguna para la confrontación, a no ser que la primera asuma el papel de protagonista exclusivo y rechace incluso las pretensiones europeas de participar en el debate de las cuestiones candentes, como la de Palestina. En ese caso, la ideología americana no sería un nacionalismo internacionalista, sino un nacionalismo particularista a escala mundial. Los pésimos resultados que caracterizan a medio y a largo plazo la aplicación de ese enfoque a los grandes problemas internacionales, desde Cuba hace más de un siglo a la cuestión palestina hoy, constituyen otras tantas advertencias contra la autosatisfacción que preside el discurso neoconservador.

En un mundo donde las demandas de alcance universalista cobran un peso creciente, la imposición de una lógica nacionalista, «estadounidense», solo puede generar contradicciones insolubles. Por otra parte, fue un político poco sospechoso de idealismo, Henry Kissinger, el que hizo notar que la puesta en práctica de una política imperialista por parte de los Estados Unidos, «con su conducta unilateral y desafiante», no respondía a la aplicación de esquemas teóricos, tal y como pretenden nuestros estrategas, sino a la presencia activa de poderosos intereses económicos: «Lo que los críticos extranjeros denominan la cruzada imperialista de los Estados Unidos es frecuentemente una respuesta a los grupos de presión internos». Aquí la aportación de la experiencia europea, buscando una corrección a la estricta política de poder norteamericana, tiene poco de juego estetizante o de búsqueda de un paraíso posmoderno.

Un mundo unipolar

La evocación de Marte por parte de Kagan nos recuerda el peso de la imagen del Imperio romano sobre los buscadores de antecedentes para la agresiva versión del imperialismo ahora ofrecida por la derecha gobernante en los Estados Unidos. A fin de cuentas, Roma fue el único imperio que en la historia de la humanidad disfrutó por más de un siglo de una posición privilegiada al carecer de un oponente serio a su dominio ecuménico. El reino parto se encontraba muy alejado del centro de poder y tampoco mostró la agresividad de sus sucesores sasánidas. La Roma de Augusto y sus sucesores constituye así un antecedente de la primacía de que hoy disfruta América en la escena mundial. Tal y como escribe el citado Th. Donnelly: «El hecho del imperio americano apenas es discutido hoy en día. Incluso aquellos que le temen y se oponen a él (en este país, la derecha libertaria y los residuos de la “nueva izquierda”; fuera, una variedad de voces, desde París a Bagdad y a Pekín) definen la política internacional exclusivamente con referencia al poder de los Estados Unidos, y específicamente al poder militar de los Estados Unidos. El “momento unipolar” ha pasado a ser la década unipolar, y con un poco de esfuerzo y otro tanto de sabiduría, puede durar mucho más tiempo».

El estudio de las características que hicieron del iImperio romano una organización política duradera, susceptible implícitamente de ser aplicada a nuevas formas imperiales, fue abordado por Edward N. Luttwak, asesor del Pentágono, en un libro de 1976, La gran estrategia del Imperio romano. Luttwak consideraba terminado el ciclo de vigencia de Clausewitz, con la aparición de nuevas técnicas de destrucción de masas y la necesidad de desarrollar una protección activa contra una pluralidad de amenazas, de manera que los problemas de la estrategia romana se convertían en los del presente para los Estados Unidos. «La superioridad del imperio –advierte Luttwak– era de un tipo muy refinado: se derivaba del conjunto de ideas y tradiciones que formaba la organización del poder militar romano, y de la capacidad para utilizar este con fines políticos».

El sistema de seguridad establecido por Augusto descansaba sobre la conciencia de superioridad de la propia organización militar, de manera que resultaba posible evitar la costosa defensa de los límites del imperio y con una economía notable de recursos concentrar las tropas en el interior. Para que semejante forma de organización funcionase, era preciso rodear al imperio de una serie de Estados-clientes que, bien por el temor a represalias, bien por adhesión al imperio, se encargaran de garantizar la defensa y en su caso de participar como auxiliares con tropas locales en las campañas punitivas del ejército imperial. Era la aplicación a la política exterior de la relación privada entre patronus y cliens, específica de la sociedad romana, con la concesión de beneficios por parte del primero a cambio de los servicios del protegido. No se trataba de una sumisión en sentido estricto para los reinos que aceptaban la clientela, pero sí de una dependencia en cuanto a las decisiones fundamentales, lo que proporcionaba en recompensa el título de amicus popoli romani. El imperio garantizaba al Estado-cliente la seguridad, no sin arrogarse un grado de intervención mal definido en sus cuestiones internas, por cuanto había de evitar que unos cambios políticos, como de hecho sucedió repetidamente, pusieran en peligro la lealtad del subordinado. De ahí que fuera preciso el ejercicio de una vigilancia y de una acción diplomática continuas, complementadas por un código transparente de recompensas y sanciones para el cumplimiento o incumplimiento de los deberes de colaboración y lealtad, siempre de acuerdo con una relación marcadamente asimétrica. La disposición permanente del ejército imperial para llevar a cabo eventuales acciones punitivas constituyó la garantía de la supervivencia de un régimen de seguridad en torno a una hegemonía estable de Roma. El éxito del sistema, basado en la disuasión, al conjugar potencial militar y economía de fuerzas, hizo posible también una proyección expansiva del imperio.

Salvadas las distancias, el diseño orgánico del nuevo imperio americano responde a criterios similares. La clave reside en la compatibilidad entre un centro de decisiones único, sustentado en un poder militar indiscutible, con el círculo de Estados-clientes obligados a seguir las decisiones fundamentales de Washington y a cooperar militar o diplomáticamente en su ejecución, a cambio de la participación en los beneficios del poder imperial. Una vez marginadas las incómodas Naciones Unidas, cobra forma un entramado de relaciones clientelares que garantiza un ersatz sustituto del aval internacionalista otorgado por el Consejo de Seguridad, con una apariencia de coalición voluntaria, sin gran importancia militar, pero que hace posible descargar sobre un supuesto pluralismo las responsabilidades diplomáticas y de gestión subalterna. Incluso en la forma, el comportamiento del gobierno Bush ha respondido a este esquema a lo largo de la crisis de Irak. Sólo el principal cliente y consejero, Tony Blair, estuvo en condiciones de ejercer un cierto asesoramiento; sin embargo, el centro de decisiones fue siempre la Casa Blanca, y las intervenciones públicas de Rumsfeld y de Powell, incluso las de asesores de rango inferior como Condoleeza Rice, no dejaron la menor duda al respecto. En las Azores, José María Aznar fue un simple comparsa utilizado para ofrecer sin demasiada fortuna una fachada pluralista, lo mismo que al hacer público el proyecto de nueva resolución de luz verde para la guerra. Al llegar esta, los dos papeles principales se mantuvieron, convenientemente jerarquizados, mientras los comparsas eran otros. En fin, con la victoria fue Estados Unidos quien asumió en solitario los puestos de mando en Irak y dio las órdenes para la hasta ahora fallida recomposición del país. Eso sí, atento a la necesidad de economizar recursos y de atender a la propia opinión pública, Bush repatría tropas americanas y al lado de un núcleo reducido de ocupantes propios, encargados de los espacios fundamentales desde el punto de vista estratégico, crea una serie de virreinatos en territorio iraquí para los nuevos amicus popoli romani, de nuevo marcando una jerarquía, de manera que quede claro quiénes fueron los mejores, por enviar tropas para participar en la guerra, con Polonia así en puesto privilegiado detrás de Inglaterra, y quiénes se limitaron a la ayuda diplomática, ofreciendo solo ahora tropas de ocupación. Cabe pensar que en el futuro, de cara a los jugosos contratos para la reconstrucción de Irak, el procedimiento será el mismo. Premios para los clientes y sanciones para los rebeldes: Francia no tendrá parte en el reparto del pastel.

Es una línea de conducta que ofrece dos problemas fundamentales. El primero concierne al resultado de las intervenciones, de acuerdo con la finalidad de convertir asimismo a Afganistán y a Irak en Estados -clientes que sirvan de plataforma a la hegemonía geoestratégica de Washington en la región. El segundo, a la capacidad de erosión que esa concepción piramidal del poder genera de cara a la cohesión interna del aliado tradicional de la política norteamericana, la Unión Europea.

La prioridad otorgada al uso de la fuerza dejó en segundo plano, sobre todo en Irak, la necesidad de configurar un nuevo ordenamiento político con un mínimo de estabilidad. En Afganistán, la precariedad de la solución es consecuencia lógica de las características del país, si bien un óptimo técnico en el marco de las mismas ha llegado a alcanzarse merced a la presencia previa de la Alianza del Norte. En Irak, sin embargo, todo indica que faltó la disposición de medios para devolver siquiera un mínimo de normalidad después de las destrucciones causadas por los bombardeos y ante el vacío de poder producido por el fin del régimen dictatorial. El dantesco espectáculo de los saqueos y del desabastecimiento en Bagdad fue el irrefutable indicador de que el nuevo orden americano menosprecia la vertiente más compleja del proceso de su instauración. Acabar con Sadam Husein para abrir paso al caos y, como única solución, a la «hegemonía» de un régimen islamista shií más reaccionario que el del vecino Irán, no parece el mejor camino para reconocer en la estrategia norteamericana algo más que un método implacable de afirmación de los propios intereses. El marasmo subsiguiente, con la consolidación de un movimiento insurgente en el triángulo sunní, es la mejor prueba de que la fuerza no tiene por sí misma capacidad para consolidar un proyecto imperialista.

Tampoco encaja con una política de equilibrio la brutalidad de la respuesta a las veleidades pacifistas en la Unión Europea. El menosprecio exhibido en las intervenciones de Rumsfeld y la maniobra envolvente de la «Carta de los Ocho» en el Wall Street Journal