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La única verdad es la ficción, propone Julia Coria y da vuelta el debate sobre la literatura del yo: lo único que está más en boga que la autoficción es criticarla. Discute, con ella misma, con sus alumnos, con sus colegas y más que nada con quienes se embarcan en combatir esta forma de escritura. Con la misma pasión, va salpicando cada uno de los capítulos de este libro con sugerencias sencillas, no por ello menos poderosas, sobre la experiencia, personal y de otros autores, de escribir la propia vida: qué hace falta para detectar que el texto falla, qué o cuánta fidelidad le debemos a la vida real, en qué medida esa fidelidad sería posible o deseable, cuánto idealizamos lo anodino o nos enviciamos con detalles sin importancia más que para el autor. Hacia el final nos deja lo que ella llama su único consejo real de escritura: si no quieren escribir una historia, no la escriban; si quieren escribirla, agarren la pala. En El ombligo del mundo, Julia Coria se mete en la discusión acerca de la autoficción. Muestra sus armas, se pelea con los dichos de otros, pero siempre desde un lugar no definitivo. Duda, sigue adelante, da ejemplos y contraejemplos, vuelve sobre sus pasos. Discute. Julia Coria, discute. Y no lo hace a los gritos. Utiliza para ello su aventura personal con la escritura. También la aventura de muchos otros escritores y escritoras. Me gusta mucho lo que ha hecho" (Federico Jeanmaire, del prólogo).
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Seitenzahl: 100
Veröffentlichungsjahr: 2025
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JULIA CORIA
Coria, Julia
El ombligo del mundo : notas para escribir autoficción / Julia Coria. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : La Crujía, 2025.
Libro digital, EPUB - (#SerEscritor ; 2)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-601-373-4
1. Escritura. 2. Narrativa. 3. Novelas. I. Título.
CDD 808.02071
1.a edición en Argentina: octubre de 2024
Todos los derechos reservados
© 2024 Julia Coria
© 2024 Federico Jeanmaire, por el prólogo
© 2024 La Crujía, de todas las ediciones
Viamonte 1984 –C1056ABD Ciudad Autónoma de Buenos Aires– Argentina
Tel.: (+54911) 4170-4232 | [email protected] | www.lacrujia.com.ar
Dirección de la colección: Vanesa Hernández
Edición: Vanesa Hernández
Corrección: Cecilia Forlani / Andrea Lozzia
Diagramación y arte de tapa: Tatiana Mainike
Imagen de cubierta: ©andrey oleynik / Shutterstock.com
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, la transformación, el alquiler, la distribución, la difusión, la venta, la cesión, la transferencia o la entrega de toda o parte de esta obra en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopias, digitalización u otros), sin el permiso previo y por escrito del editor. Tampoco se podrán crear obras derivadas de esta obra, ni realizar cualquier acto que viole los derechos de autor de la misma. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual y está penada por las leyes 11.723 y 25.446, y los Tratados Internacionales ratificados por la República Argentina.
Hecho el depósito que previene la Ley 11.723
Primera edición en formato digital
Versión: 1.1
Digitalización: Proyecto451
Portada
Portadilla
Legales
Prólogo
Boom de las escrituras del yo
¿De qué está hecha la literatura del yo?
Qué no es la literatura del yo
En contra de la literatura del yo
Paréntesis: está mal pero no tan mal
Notas para la escritura de la experiencia personal
Mi pingüino, mi lobo y yo
Referencias
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Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
Por Federico Jeanmaire
Hace un millón de años, más o menos, el profesor de Introducción a la literatura entró al aula magna de la Facultad de Filosofía y Letras, se parapetó detrás del escritorio frente a los más de cuatrocientos alumnos que acabábamos de ingresar y soltó la pregunta que menos esperábamos: ¿qué es la literatura?
El silencio fue total.
Completo y hasta molesto.
Incómodo.
El silencio duró un tiempo eterno. Justo hasta que algún atrevido se animó a tirar una definición. Eso provocó la inmediata necesidad de que otros, cada vez más, expusieran a los gritos las suyas. A los pocos minutos, la clase se había convertido en una batalla campal de definiciones. Y ahí ocurrió lo que nunca debería haber ocurrido: el profesor dio la suya y terminó con las escaramuzas.
Para mi gusto, se equivocó feo.
Tendría que haber hablado de otra cosa, no definir nada. Se perdió un momento glorioso, una enseñanza magistral: la literatura es una discusión interminable, infinita.
En El ombligo del mundo, Julia Coria se mete en la discusión acerca de la autoficción. Muestra sus armas, se pelea con los dichos de otros, pero siempre desde un lugar no definitivo. Duda, sigue adelante, da ejemplos y contraejemplos, vuelve sobre sus pasos. Discute. Julia Coria, discute. Y no lo hace a los gritos. Utiliza para ello su aventura personal con la escritura. También la aventura de muchos otros escritores y escritoras.
Me gusta mucho lo que ha hecho.
Y mi forma de contar ese gusto, no podría ser otra que la de aventurarme también yo en su propuesta.
Durante los últimos meses de vida de mi padre, una noche llegué de la clínica donde estaba internado y abrí un archivo, Papá, y empecé a recordar algunas anécdotas de nuestra vida en común. No pensé en una novela, fue una forma de poner en claro, para mí, algunos asuntos de nuestra difícil relación. A los pocos días, ya con varias páginas escritas, descubrí que eso que estaba haciendo podía convertirse en un texto literario. Tuve que discutir conmigo mismo durante varias semanas para decidirlo. Yo era uno de esos escritores para los que lo personal, lo emocional, no tenían absolutamente nada que ver con la literatura. Una idea que quizá provenía de que nací en un pueblo de provincia en el que había un semanario que, en cada edición, publicaba un horrendo poema de alguna señora o de algún señor que evocaban a su padre o a su madre, o cantaban la belleza de los jacarandás de la plaza. Por fin, una noche decidí que valía la pena intentarlo, que siempre había escrito desde el placer y la alegría, que no podía perderme la posibilidad de escribir desde el dolor. Así nació Papá, a la que un par de años más tarde siguió La patria, dos novelas autoficcionales. No fueron una necesidad de catarsis. Fueron novelas que trabajé como cualquiera de las que antes había escrito.
Como el drama no me llama, me recosté sobre la tragedia.
Y estoy feliz, si cabe la palabra, de haber escrito esos textos.
El ombligo del mundo analiza hasta el detalle los pros y los contras de sentarse a escribir autoficción. Creo que aclara lo que es y lo que nunca debería ser. Abre la discusión con altura y cuenta desde la sencillez sus posibilidades. Pero se cuida de no ser terminante, de no definir, de no clausurar. Permite en voz baja lo que aquel profesor, hace un millón de años, más o menos, no dejó que hiciéramos sus alumnos a los gritos.
Aún ahora, releer las primeras páginas me produce casi el mismo dolor que mirar o tocar el albornoz que se ponía en mi casa y que se quitaba cuando llegaba el momento de vestirse de nuevo para marcharse. La diferencia está en que estas páginas tendrán siempre algún sentido para mí, y tal vez para los otros, mientras que el albornoz —que ya solo tiene sentido para mí— algún día no significará ya nada y lo meteré en un paquete de ropa vieja.
Pura pasión
Annie Ernaux
La primera vez que escuché hablar sobre literatura del yo fue tras la publicación de mi novela Todo nos sale bien. Por entonces empecé a recibir invitaciones a ferias y otros eventos literarios para conversar con colegas acerca de nuestros libros a los que, recién ahora me enteraba, les cabía ese rótulo. En una charla de la FED 2019 con Mercedes Halfon y Belén López Peiró, alguien del público preguntó si con esa expresión nos referíamos a que estaba basado en hechos reales, nos miramos con cara de lo que digas, y creería que respondimos más o menos eso. A mí no me parecía un asunto importante. Había escrito intuitivamente, al libro le iba muy bien; no tenía objeciones.
En estos años, leí literatura del yo de un montón de autores y autoras de Argentina. Menciono algunas: Camila Sosa Villada me cortó el aliento en Las malas con la reconstrucción de su vida como travesti; en la serie de relatos que componen Todas nuestras maldiciones se cumplieron, Tamara Tenembaum cuenta algunos episodios vinculados con su pertenencia a una familia judía y a la muerte de su padre en el atentado a la AMIA; Mercedes Halfon escribió en El trabajo de los ojos sobre el revuelo que se inició con la muerte de su oculista; Mauro Libertella narró en Un futuro anterior cómo conoció, se enamoró y se metió en un culebrón hasta llegar a formar una pareja con la que hoy es su esposa; Belén López Peiró publicó dos novelas, Por qué volvías cada verano y Donde no hago pie, sobre la forma en que fue abusada por su tío y el camino de denuncia y judicialización de aquello; Natalia Moret contó, en El año en que debía morir, su cuarentena a la espera del resultado de una biopsia, a la edad en que su madre murió de un cáncer del que de algún modo ella se sentía responsable; Yaiza Conti Ferreira escribió Medias de unicornio, una novela que todavía no alcanzó el éxito que merece sobre la muerte de su bebé, anunciada por el médico al inicio del embarazo; Marina Mariash publicó Efectos personales, la historia del suicidio de su madre y Martín Sivak, el de su padre, en El salto de papá; María Moreno relató en Black out los avatares más oscuros de su vida; en Formas propias, de Matías Burzaco, la viga maestra es su inusual enfermedad; en Las estrellas, Paula Vázquez aborda la reconstrucción del vínculo con su madre, justo antes de que ella muriera; Patricio Rago armó un libro de relatos sobre sus peripecias de librero: Ejemplares únicos; Francisco Moulia narró su confinamiento italiano en tiempos de pandemia en Delfines en Venecia; a esta lista hay que sumarle todas las escrituras personales acerca de la dictadura muchas de las cuales se publicaron a inicios de siglo, como El tren de la Victoria, de Cristina Zuker. La editorial Vinilo, que publica títulos de no ficción,tiene en su catálogo varios autoficcionales, como el de Dolores Gil, acerca de la muerte de su hermanita. Pueden completar ustedes este relevamiento a mano alzada con todo lo que se me escapa. Y con autores y autoras del resto del mundo. Tan solo quiero presentar lo que la antigua socióloga en mí creyó leer como indicio de un clima de época al comienzo de la escritura de este libro.
Pero hay más: en sintonía, se dictan talleres en torno a la literatura del yo(1), y las clínicas de escritura están plagadas de gente que llega para escribir sobre su historia. Ahora mismo acompaño a doce autores y autoras en sus procesos de escritura; diez escriben acerca de sus historias personales. El año pasado dos alumnas y un alumno terminaron sus libros: a los tres les cabe la denominación de literatura del yo. Una de ellas, Marina Larrondo, le dio un tono particular al texto que, por su virtuosísimo sesgo academicista, acaba de ser publicado por El Gato y La Caja con el título La suerte de tu lado.
La importancia que tomaron estas escrituras en nuestros días, más allá de las publicaciones, de los work in progress, de las mesas en ferias y festivales convocados para hablar de esto, puede verse en el modo en que, entre colegas, es motivo de diatribas en distintos formatos, que van desde artículos en revistas especializadas hasta posteos en redes y, spoiler alert, casi nunca precisamente para alegrarse de su proliferación. ¿Pueden imaginarlo? Autores y autoras empleando su valioso tiempo frente a la computadora para escribir en contra de la literatura autorreferencial. ¿No es fascinante?
En tiempos en que editoriales chicas y grandes apuestan a la escritura del yo, en que autores y autoras la escriben con devoción y en que, de más está decirlo, el público lector la consume con entusiasmo, hay quienes deciden invertir su tiempo en combatir una forma de escritura. ¿Por qué? ¿Contra qué batallan quienes dan esa batalla? Más adelante vuelvo sobre esto, pero en todo caso celebro la energía que tienen para intentar establecer qué debe escribirse, publicarse y leerse o no, páginas y páginas que no parecen detener ese fenómeno que consideran flagelo. Las batallas perdidas no son menos valiosas.
