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Definitivamente, el protagonista de este primer libro de cuentos de Inés Mendoza es el fuego. ¿Cuál fuego? el fuego de la búsqueda, del dolor, la imperiosa llama del deseo: el fuego alquímico de la transformación. Sus personajes, verdaderos militantes de aquel grito del Romanticismo histórico que reclamaba el reencantamiento urgente del mundo, no son seres pasivos a los que "les ocurren" cosas inusuales, sino que tienden a convertirse, más bien, en rastreadores del oro del cambio, hombres y mujeres que fuerzan los confines de lo posible tras el temblor de una realidad otra. Toda una galería de personajes y universos, acompañados por una atmósfera turbadora y por el vigor lírico de la alusión, contribuyen a crear la poética del ímpetu que atraviesa esta colección de cuentos. Una poética que se aleja de la fórmula de "lo fantástico", para endeudarse con el rico legado simbólico del Romanticismo y el clima mágico de la literatura latinoamericana. El otro fuego es un libro habitado por lo nocturno, la rebeldía, la nostalgia del infinito y el fulgor de lo imaginario. Y también por lo único que, según dijo Oscar Wilde, ha de buscar el arte en cualquier época: la excepción y la intensidad. "Los cuentos de Inés Mendoza se sabe cómo empiezan pero no cómo terminan, porque siempre hay en ellos como un quiebro, un destello furtivo, un deslizamiento del sentido, una prórroga que desmiente o desautoriza o al menos pone en entredicho a la llamada "realidad" (...) Hay algo en su voz, tan llena de sabidurías y paciencias, que impide llamarla nueva". Eloy Tizón
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Inés Mendoza
Inés Mendoza, El otro fuego
Primera edición digital: mayo de 2016
ISBN epub: 978-84-8393-506-4
© Inés Mendoza, 2010
© De la ilustración de cubierta: Pierre Bailey, 2006
© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2016
Voces / Literatura 138
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Índice
La perseguidora, por Eloy Tizón
El otro fuego
Cuento neoplástico
Origami
Rosas amarillas
Un hombre con sombrero negro
Motivos del sábado
Jardín
A pesar de la lluvia
La jungla del ojo
Mutaciones
La estela nocturna
Estación del destierro
Dedicatorias
La perseguidora
Eloy Tizón
Quisiera saber qué pretenden de mí mis libros.
ClariceLispector
Un escritor es alguien que trata de imponer a otros su alucinación. ¿Por qué lo hace? ¿Por necesidad, cálculo, orgullo? Seguramente una de las menos malas razones para componer un libro es el delirio de añadir una nota más, de no despertar aún, de prolongar un poco más ese sueño ligero que es la literatura.
La literatura puede ser un sueño o un medio de locomoción. Los cuentos sirven para desplazarnos de un lugar a otro, viajar dormidos de un castillo a otro, cruzar de una metáfora a la de enfrente, desplazarnos de aquí allá a través de un sonambulismo de palabras y vértigos.
Si no me equivoco, el cuento no es el lugar en el que se descubre un secreto, sino el lugar en el que se custodia un secreto. La literatura no descubre nada, no mejora nada, no enseña nada que no supiéramos de antemano. La literatura es más bien un espacio donde alojar el misterio; un espacio que, a su vez, crea misterio, lo esparce a su alrededor. Porque en algún sitio hay que depositar el misterio, guardar su luz. A falta de otro mejor, lo ponemos en el arte.
Los cuentos de Inés Mendoza son cajas. Cajas con cosas dentro. Para disfrutarlos no hay que abrirlos demasiado rápido (mejor no precipitarse sobre ellos, pues son obra de la lentitud y el amor), sino imaginar qué clase de sorpresas puede aguardarnos en su interior. Lápices. Cartas. Corales. Un silbato de madera. Un billete de metro plegado por la mitad. Un carrete de película velada a medias. Un espejo que silba. Un fulgor como de rodaja de limón o pájaro en llamas.
Son textos vivos que invitan a soñar, a divagar, a mentir, a emprender cortos viajes imaginarios. En los cuentos de Inés Mendoza a lo mejor es París y llueve y resuena la música del piano de Berthe Trépart a lo largo de calles que van a dar a muelles desconocidos o al sonido de otras cajas. También hay cajas dentro de cajas y en el cofre más recóndito de todos está la literatura. Ese otro fuego.
En los cuentos de Inés Mendoza hay paraguas amarillos y molinillos de viento y lirios mojados y un pez sonámbulo y el recuerdo de los mundos entresoñados de Leonora Carrington o Georgia O’Keefe y la sombra puntiaguda de monsieur Hulot que cruza en bicicleta saludando a la cámara (qué bien saluda Hulot) mientras se aleja silbando una canción triste que sin embargo nos reconforta y pone contentos. Y mucho aire y viento en las velas y fuegos artificiales y al otro lado del tabique un llanto bajito que tal vez sea el del bebé bebé bebé Rocamadour.
Los cuentos de Inés Mendoza se sabe cómo empiezan pero no cómo terminan, porque siempre hay en ellos como un quiebro, un destello furtivo, un deslizamiento del sentido, una prórroga que desmiente o desautoriza o al menos pone en entredicho a la llamada «realidad» y sus pompas vacuas y periodísticas de catarro y humo, de termómetro y servilleta, una bofetada dulce al sentido común que hace de cada cuento una pieza imprevisible y díscola, un tanto fantasmal, cuentos de Inés.
Los personajes de Inés Mendoza son criaturas atrapadas en jaulas demasiado estrechas (jaulas de obligaciones e interruptores, prisiones hechas de goma de borrar y oficinas, tanto más insoportables cuanto menos sólidas) y pugnan por fugarse, por limar los barrotes de su encierro y escaparse de allí a todo correr saltando de caja en caja hasta alcanzar otro recipiente mayor, otro verano. Y a veces lo consiguen y a veces no y ese es el cuento.
En La dolce vita de Fellini hay una secuencia muy bella en que los personajes –guapos, ricos, cínicos, hastiados– se reúnen a medianoche en el lujoso apartamento de uno de ellos para escuchar grabaciones de sonidos de la naturaleza: retumbar de truenos, mecerse de ramajes, trino de pájaros. Este peculiar concierto queda interrumpido por la aparición en pijama de dos niños, los hijos del dueño de la casa, que no pueden dormir a causa de los ruidos, que los han desvelado. Poco les costaría a los adultos sacudirse la pereza, dar unos cuantos pasos, salir al exterior y oír directamente todos esos sonidos. Pero no. Eso no puede ser, ese es un esfuerzo sobrehumano que está fuera de su alcance. La llave se ha extraviado para siempre y ya es imposible retroceder, recuperar el tiempo perdido, los sueños de aquella edad en que, como escribe Inés Mendoza, «éramos tan niños que casi daba pena».
La alegría de fugarse de la cárcel no es nada comparada con la alegría de preparar minuciosamente la fuga. Y cómo eso nos va alterando y nos cambia la mirada. Los cuentos de Inés Mendoza son planes de evasiones (o de intentos de evasiones, da igual), con túneles excavados en secreto, tierra en los bolsillos de los reclusos y sábanas atadas formando lianas con nudos de palabras.
Al igual que sus personajes, Inés Mendoza persigue algo, se escapa de algo, de qué. ¿Del realismo? Puede que sí, si tenemos en cuenta lo que escribe James Wood en Los mecanismos de la ficción: «La ingenua creencia de los autores del siglo xix de que cada palabra tiene un vínculo necesario y transparente con su referente ha quedado anulada. Nos movemos simplemente entre distintos géneros de composición de la ficción, que están en competencia, de los cuales el realismo es precisamente el más confuso y quizá también el más obtuso, porque es el menos consciente de cuáles son sus propios procedimientos. El realismo no se refiere a la realidad; el realismo no es realista. El realismo, como dijo Barthes, es un sistema de signos convencionales, una gramática tan ubicua que no notamos la forma en que estructura la narrativa burguesa».
