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Roberto Blake tiene ante sí un reto mayúsculo: escribir un nuevo éxito después del reconocimiento que obtuvo por su primera novela. El temor a la página en blanco quedará en nada en comparación con los sucesos que comenzará a vivir nada más mudarse a su nuevo piso. La soledad del escritor se verá interrumpida por la aparición de alguien que lo observa desde la ventana vecina. La obsesión de Roberto por estas misteriosas apariciones irá en aumento, alejándolo de su propósito. Crisis creativas, terror y literatura se dan la mano en este intenso thriller psicológico donde pasado, presente y futuro se entrelazan de manera sutil. Abre la puerta y déjate llevar por la sobrenatural fuerza que se esconde en El otro lado. Después de hacerlo, ya nada será lo mismo.
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Seitenzahl: 508
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Abel Rincón Escudero
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-138-5
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A mi abuela Isabel, gracias.
Siempre estás conmigo.
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A mis tías Mercedes y Loreto, aunque escriba cien libros, nunca podré estar lo suficientemente agradecido. A mi familia. A mis lectores cero, por su apoyo incondicional y ánimo constante. Gracias. A mis amigos, por quererme tal como soy y estar cuando tienen que estar. A mi familia mexicana, por acogerme con tanto cariño y hacerme sentir como en casa. Este libro también es para vosotros. A todos los que habéis apoyado el proyecto desde el primer día, me siento muy afortunado de sentir tanto cariño. En definitiva, a todos los que confiáis en mí y lo demostráis sin tapujos. Para mí, no hay mejor motor para darle a la tecla. Os quiero.
Capítulo I
Uno nunca sabe cuándo su vida puede dar un giro importante. Brusco, inesperado. Debe de haber pocas personas preparadas para algo así. Y menos, en un plazo tan corto de tiempo. Todo ocurrió en cuestión de unas pocas semanas. Aunque había imaginado y fantaseado un millón de veces con ese momento, hasta que no llegó no supe calibrar su verdadera trascendencia. Ni con el mayor de los optimismos lo hubiera podido prever. Esta historia comienza cuando La Oscuridad, mi primera novela, es publicada por una pequeña pero ambiciosa editorial y se convierte, de la noche a la mañana, en un considerable éxito. Llamarlo así me parece pretencioso y arrogante, pero de ese modo fue como se empeñaron en catalogarlo revistas especializadas y los diferentes medios que se hicieron eco del lanzamiento. Fue una sorpresa súbita y repentina; más aún siendo conocedor del estado agonizante del mercado literario y de las dificultades que implica entrar en él, pero yo, Roberto Blake, había dado el primer paso.
Quizás, el más complicado de todos.
Tenía muchas esperanzas depositadas en la novela. Supongo que ni más ni menos que cualquier otro escritor novel que, preso de una incontrolable euforia, piensa que su obra es realmente buena. No todos llevan razón al creerlo. No sería objetivo decir si la mía lo era o no, pero los lectores y la crítica estuvieron de mi lado desde el primer momento. Ese fue uno de los principales motivos —e impulsos— para que mi nombre comenzara a sonar con cierta resonancia en círculos literarios.
Hasta ese momento, mi vida no había estado precisamente plagada de éxitos. Ni mucho menos. A mis veintiséis años, había ido sobreviviendo gracias a decenas de trabajos precarios, retribuidos de la misma manera. Ninguno de ellos, jamás, me había llenado lo más mínimo. Trabajar de operario en una cadena de alimentación o realizando todas las tareas imaginables en un pequeño supermercado no se podía considerar muy emocionante. No había llegado a cursar estudios superiores y menos aún una carrera referida a las letras, detalle que sorprendió, y mucho, en el ámbito literario. En lo concerniente a la escritura había sido autodidacta; había aprendido sobre la marcha y a medida que avanzaba. Nunca había experimentado esa sensación contradictoria de vértigo y esperanza, de pavor y confianza. Escribir un libro era como contemplar una inmensa montaña que quieres escalar y donde se suceden los traspiés y las dudas, pero en la que algo dentro de ti, quizás una irracional determinación o una fe inquebrantable, te dice que no puedes detenerte hasta alcanzar la cima. A muchos, un inesperado alud se los lleva por delante.
Siendo consciente del bajo escalafón que ocupaba dentro del mundo laboral, me resignaba y aceptaba, pero para nada me conformaba. No haber descubierto mi verdadera pasión siempre había sido el problema. Ese propósito en la vida para el que todos dicen hemos nacido y que desde pequeño, te repiten sin cesar. «Ya encontrarás tu camino. Tarde o temprano, todo el mundo lo hace». El mío debía de ser sinuoso y escarpado, difícil de localizar y con dirección a ninguna parte.
Hasta que comencé a escribir.
«¿De dónde salió tu inspiración para tu ópera prima? ¿Cómo te decidiste a escribir?», fueron dos de las preguntas más repetidas durante las entrevistas. Corrieron ríos de tinta con las respuestas. Simplemente, me ceñí a contestar la verdad. La idea de escribir la había tenido desde años atrás, pero nunca encontraba el momento o la predisposición necesaria para acometer semejante empresa. Adquirir el hábito, ser constante e invertir tu tiempo en teclear y transformar ideas en palabras no era fácil. Hacía falta dedicación y disciplina para afrontar un largo, larguísimo camino. Otro factor determinante que me llevó a escribir fue la lectura. Siempre había sido un gran aficionado. Devoraba cualquier género. Imaginaba la lectura como un río en el que si su cauce es normal, desemboca irremisiblemente en el océano de la escritura. Pero sin lugar a dudas el hecho más crucial y definitivo fue aquel sueño. En las primeras entrevistas me costó admitirlo, hablar de él quizá por la comprensible vergüenza del primerizo, pero poco a poco fui sintiéndome cómodo ante los medios y conté la verdad.
Nada más que la verdad.
Un par de semanas antes de que comenzara a escribir, mientras me encontraba en Roma de vacaciones con Laura, la que por aquel entonces era mi pareja, tuve un sueño. Desperté a su lado mientras ella todavía dormía. Pasé unos minutos con la vista fija en el techo tratando de recordar. «¿Qué he soñado...?». Era imposible evocar un solo retazo del viaje onírico del que acababa de volver; en mi cerebro no había quedado registrada una imagen, una breve reminiscencia. Pero al abrir los ojos, dentro de mí albergaba la inexplicable sensación de que debía escribir. Tal vez fuese una revelación, no lo sé, pero algo había hecho saltar un clic en mi cabeza. ¿Había algo místico detrás? Quién sabe. Solo sé que esa misma mañana mientras desayunaba con Laura en el hotel, le espeté decidido: «voy a escribir un libro».
—Estás loco —contestó sonriendo mientras bebía su zumo de naranja.
Esa fue la manera en la que comencé. En ese momento ni yo mismo creía o confiaba en que lo haría, pero ese sueño en la ciudad eterna fue clave. Hacía tiempo había leído que a Haruki Murakami le sucedió algo parecido: en su juventud, cuando trabajaba como regente de un bar y presenciaba un partido de béisbol, uno de los jugadores bateó la pelota. El golpe resonó en todo el estadio y mientras la pelota giraba en el aire, el joven Haruki —insaciable lector—, sin ningún fundamento pensó: «Sí. Quizá también yo pueda convertirme en novelista». Según cuenta, nada más acabar el partido tomó un tren y compró papel y una pluma estilográfica. A día de hoy, es uno de los escritores más leídos del mundo. Me impresionó la similitud de los casos. Los dos, incompresiblemente, habíamos sentido esa llamada, esa especie de epifanía.
Pronto descubrí que me apasionaba escribir. Las ideas crecían y se multiplicaban a ritmo constante. A cada párrafo, pensaba que por fin había descubierto mi finalidad en la vida. Con un entusiasmo desbordante, las páginas fueron sucediéndose una tras otra. Corrían como pétalos llevados por el viento. Durante meses, gran parte de mi tiempo estuvo dedicado a la escritura. Me absorbía.
Por la mañana, trabajaba como operario en una fábrica de envasado y etiquetado de botellas. Mi turno era de siete a tres. Las ocho horas de mi jornada laboral eran absolutamente tediosas, realizando los trabajos más monótonos y aburridos que alguien pueda imaginar. El tiempo pasaba lento como una larga condena. Por suerte, daba para mucho. Mientras cientos de botellas pasaban por la cinta transportadora, dedicaba horas en pensar en la novela. Al llegar a casa comía y, aunque estuviera tentado de descansar, hacía el esfuerzo por sentarme delante del ordenador. Las ideas se habían acumulado y había que concretarlas, plasmarlas en el documento. No siempre lo conseguía. Fueron muchas las tardes en las que terminé vencido por el cansancio y dando intermitentes cabezadas sobre el teclado.
Poco a poco, escribir se convirtió en parte de mi rutina. Si estaba en casa, siempre tenía a mano una pequeña libreta donde hacía anotaciones. Una gran frase, un buen punto de partida o un potente final pueden aparecer en cualquier momento. La inspiración se presenta sin avisar y cuando menos te lo esperas. Si no la atrapas con fuerza y la dejas pasar, huirá de ti como el agua entre tus manos.
El proceso hasta acabar La Oscuridad fue difícil. Los momentos de indecisión fueron muchos. Las dudas del principiante me ahogaban: la calidad del texto, el estilo, si conseguiría llegar a algo o todo quedaría en una pérdida de tiempo, eran los demonios que más se repetían dentro de mi cabeza. También me enfrenté al peor monstruo con el que tienen que lidiar los escritores: la página en blanco. Estuve tres meses sin escribir una sola línea. Lo intentaba, pero nada me parecía bueno. Durante ese periodo de crisis me desconecté por completo de lo que escribía y eso es una de las peores cosas que le pueden suceder a un aspirante a escritor. Es fácil tirar la toalla, abandonar. Pero la llama estaba prendida en mi interior y no iba a dejar que se extinguiera. Al retomarlo, lo hice con fuerza y con la convicción de que era lo que quería. Y no pararía hasta conseguirlo.
Tras innumerables y fastidiosas correcciones, tuve listo el primer borrador. Conté con el consejo y visionado de amigos que tenían cierto vínculo con el mundo editorial, del cual yo tenía un vasto desconocimiento. El siguiente paso fue enviarlo a diferentes editoriales que, según me había informado, apostaban y daban la oportunidad a escritores noveles. Había llegado el momento de la verdad. La incertidumbre estaba en su punto más álgido. Era consciente de que la lista de obras —incluso maestras— rechazadas por editores a través del tiempo era interminable. El rechazo es el primer compañero de viaje del escritor y tenía que estar preparado. Aun tratando de mentalizarme, el anhelante deseo de conseguirlo era demasiado grande. Trataba de apaciguar la llama de la esperanza, pero, a su vez, la azuzaba con incontrolable pasión. Las expectativas eran altas, tenía el convencimiento de que lo que tenía entre manos era bueno. Pasaron largas semanas sin noticias. Revisaba el correo electrónico cuatro o cinco veces al día sin obtener respuestas. Silencios, solo silencios. Las primeras contestaciones fueron duras negativas que minaron mi moral más de lo que me gustaría reconocer. Era como el lento gotear del agua sobre la piedra, siempre golpeando en el mismo punto. Comencé a colocarme vendas sobre las heridas que empezaban a abrirse ante la incomprensión de mi obra. Pero cuando mi ánimo se encontraba bajo mínimos y mis aspiraciones estaban a punto de caer en el abismo, recibí el correo que cambió mi vida.
El contenido del mismo, tras la lectura y análisis de la novela por parte de la editorial en cuestión, terminaba con las frases que todo autor quiere leer al menos una vez en su vida: «Estamos interesados. Nos gustaría que publicase con nosotros». La indescriptible emoción que sentí se manifestó en lágrimas que dejaron escapar la presión a la que —yo mismo— me había sometido. Lo había conseguido. Era el triunfo del verdadero esfuerzo, de un sacrificio que había dejado consecuencias a su paso. Tras intercambiar correos y llamadas telefónicas con la editorial —en las que se habló principalmente de las condiciones del lanzamiento—, firmé el contrato. La primera edición no iba a ser excesivamente prolífica en su tirada, pero era más que aceptable. Puede parecer extraño, pero las ventas no me preocupaban en demasía: había cumplido mi propósito. Iba a publicar. Esa era mi victoria.
Lo que vino después, jamás lo hubiera podido imaginar.
Capítulo II
La multitudinaria presentación —celebrada en uno de los salones más prestigiosos de la ciudad—, fue uno de los días más importantes de mi vida y el pistoletazo de salida de la novela. Recuerdo los nervios del estreno. Mis manos húmedas antes de salir, el murmullo expectante de los asistentes, el nudo en la garganta. Durante esa semana había realizado entrevistas en diversas radios para promocionar el acto y sabía del interés que había suscitado. Diferentes medios se habían hecho eco y el departamento de comunicación de la editorial también había dado profusa difusión en sus redes. Sentía que confiaban en mí, en mi novela. La responsabilidad era máxima; no podía fallar. Respiré hondo y ocupé mi lugar en la mesa presidencial que abarcaba gran parte del estrado. Con mis manos entrelazadas, levanté la vista y comprobé que el auditorio estaba lleno, abarrotado. Aforo completo. Decenas de personas, ya sin sitio en las butacas, permanecían de pie en los laterales. El subdirector de la editorial, ejerciendo de presentador, realizó una breve pero afectuosa introducción y acto seguido, me cedió la palabra. Acerqué mi boca al micro. Con la inseguridad del primerizo, comencé a hablar con voz entrecortada, pero a los pocos minutos gané seguridad hasta que mi voz se tornó firme. Durante una hora hablé de la novela, del proceso creativo, del solitario esfuerzo que hay detrás de cada escritor y, tras un intenso turno de preguntas, la velada terminó entre emocionantes aplausos del público. No lo podía creer. Estaba en medio de aquella multitud, siendo el protagonista de la presentación de mi primer libro. Nunca había experimentado una felicidad tan pura, tan intensa. Tanto, que no conseguía despegarme de la sensación de estar viviendo algo irreal.
Una fantasía que se había hecho realidad.
A partir de ese día, todo sucedió muy rápido. La novela se vendió a buen ritmo desde su lanzamiento —el mismo subdirector me dijo que hacía años que no se vendían tantos ejemplares en una presentación— y, progresivamente, fue llegando a más público. Pronto dejó atrás el círculo cercano para abrirse a lectores anónimos llamados por las buenas reseñas que estaba cosechando. La Oscuridad estaba obteniendo críticas muy positivas en decenas de páginas y blogs literarios. Por este motivo, a las tres semanas de estar en el mercado y tras agotarse la primera edición, la editorial, confiando en las posibilidades del libro e intuyendo su proyección, impulsó una potente campaña de marketing por todo el país. No daba crédito. Comenzó a tejerse una red de comentarios y valoraciones entre lectores que ayudó a la novela a darse a conocer y escalar posiciones en los rankings de ventas. El boca a boca fue clave. Para un recién llegado siempre lo es, pero no siempre ocurre. Si no existe esa interacción entre el público, estás muerto. Y probablemente, enterrado para siempre en el cementerio de las letras.
De pronto, ver mi nombre en carteles y expositores promocionales de reputadas librerías, me apabulló. «Roberto Blake: el autor del momento», rezaba alguno; «La Oscuridad, la novela del año», anunciaban otros. Era chocante ver cómo, en mis primeros pasos en el mundo literario, ya me codeaba —o al menos compartía estanterías— con afamados autores; con escritores que habían sido verdaderos maestros para mí. La acogida y el reconocimiento me sorprendieron, y con el paso de las semanas y las ventas, el éxito me sobrepasó. Realicé entrevistas para medios nacionales y viajé a diferentes puntos de la geografía para actos promocionales. La editorial insistía en que había que permanecer el máximo tiempo posible en el ojo del huracán, aprovechar los vientos favorables y colocar la vela de modo que nos llevase lo más lejos posible. Yo disfrutaba de cada nueva experiencia pero, en ocasiones, me sentía pequeño en un mundo que parecía muy grande para mí. No era sencillo digerir una fama que, aunque relativa y tal vez efímera, había sido completamente inesperada. Una cosa tenía clara: iba a hacer todo lo posible por no formar parte de lafunestalista de fenómenos literarios que tras una fuerte irrupción, quedaban en nada.
Las buenas noticias no acabaron ahí. La editorial —en constante contacto conmigo a través de mi editor—, tras la gran aceptación de La Oscuridad me ofreció la posibilidad de fichar por ellos. Me pusieron un contrato por delante. En ningún momento había pensado en esa posibilidad, pero viendo cómo había transcurrido todo, era lógico. Las condiciones eran simples: en el plazo de un año tendría que entregar un nuevo manuscrito y, si la nueva novela funcionaba bien, el acuerdo sería prorrogable. También —y no menos importante— se estipulaba el envío periódico de borradores, con la finalidad de que la editorial estuviera al tanto de los progresos. Comprendí que me había convertido en su mayor apuesta, en su autor más importante. Acepté sin reservas. Era un tren que tal vez solo pasaba una vez en la vida, por lo que me subí a él sin dudarlo. En la vorágine en que me encontraba no había tenido tiempo para asimilar nada, mucho menos plantearme escribir un nuevo libro, pero era una oportunidad única. Confiaba en mí, me veía con fuerzas para sacar un nuevo proyecto adelante.
Y así fue cómo, casi sin darme cuenta, escribir se había convertido en mi trabajo.
Capítulo III
Con las ganancias de la primera novela y el pequeño —pero nada desdeñable para los tiempos que corrían— anticipo que recibí por la siguiente, lo primero que taché de mi lista de propósitos fue independizarme. Era una decisión osada, pero necesitaba dar ese paso. Esperaba que fuera una inversión. Hasta ese momento, y dada la eventualidad e intermitencia de mis trabajos, había vivido con mi familia. Ahora necesitaba máxima tranquilidad para enfocarme en el nuevo libro y en mi casa era imposible conseguirla. Éramos seis personas y la convivencia, a pesar de que la casa era amplia, no siempre era fácil. Sabía que los roces y disputas, aunque esporádicos, entorpecerían enormemente mi labor. Mi familia estaba formada por mi abuelo, de edad avanzada y muy limitado por los achaques propios de la edad; mi tía y su hijo Julián, es decir mi primo, que se protegían y defendían como un solo ente dentro de la unidad familiar; mi madre, que había cargado con casi todo el peso tras la separación de mi padre; y mi hermano Pablo, cuatro años menor, que había pasado por una —todos esperábamos puntual— mala racha a nivel psiquiátrico.
Diciéndolo suavemente, no era un hogar sencillo.
Independencia y calma era lo que buscaba alquilándome un piso. Echando la vista atrás, me parecían increíbles las condiciones en las que había conseguido finalizar La Oscuridad. En casa no contaba con cuarto propio, sino uno compartido con mi hermano y que no disponía siquiera de escritorio. Todas las tardes escribía en el salón, rodeado de mi familia mientras ellos veían la televisión a un volumen perpetuo e inamovible. No obstante, mi mente era capaz de evadirse y abstraerse de todo lo que me rodeaba. No sé cómo lo conseguía. Me sumergía en mi propio mundo y desde allí, aislado en un confinamiento mental en el que nadie más podía entrar, tecleaba en un trance inquebrantable.
El mundo podía arder a mi alrededor.
El ordenador en el que escribía tampoco facilitó mi labor. Contaba con varios años y no estaba en las mejores condiciones. El ventilador no funcionaba bien y cuando el portátil se calentaba más de la cuenta —lo que sucedía con exasperante asiduidad— se apagaba de forma inesperada. No había manera de detectar en qué momento lo haría ni de contabilizar cuántas veces lo hacía al cabo del día. Demasiadas. Al volverlo a encender, tardaba varios minutos en reiniciarse. Así una y otra vez. Era desesperante. Cada vez que me ponía delante del ordenador tenía que armarme de paciencia y hacer de tripas corazón. No era la mejor herramienta para embarcarme en la ardua tarea de escribir un libro, pero a falta de otro, aguantaba con estoicismo cada apagón. En cierta ocasión, de ingrato y nefasto recuerdo, tras uno de sus repentinos apagones, perdí mucho de mis progresos. Con angustia, comprobé que no tenía un solo archivo donde hubiera guardado los últimos avances. Eran al menos tres páginas. Tres páginas que se habían perdido para siempre, engullidas por un agujero negro que jamás me las devolvería. Una ira caliente recorrió mi cuerpo y contuve mi primer y primario impulso de lanzar el ordenador contra la pared. La impotencia de ver tu trabajo desaparecido era indescriptible. Más calmado, me vi en la obligación de reescribir el texto; con el consuelo de que, esforzándome, podría llegar a escribir algo incluso mejor que lo anterior.
Dar el paso para emanciparme no fue difícil. Me refiero a la toma de decisión. Necesitaba hacerlo. No hubiera podido afrontar el reto mayúsculo que tenía por delante dentro de un ambiente que tendía a crisparse en cualquier momento y por cualquier nimiedad. Debía poner distancia con mi familia para centrarme, única y completamente, en la nueva novela. Al primero que informé fue a Pablo, mi hermano menor, que incluso con sus puntuales altibajos, lo consideraba la persona más congruente y razonable dentro de casa. Siempre recordaré la frase que dijo al anunciarle mi marcha: «Es lo mejor que puedes hacer. Vete antes de que acabes peor que yo». Escucharla fue como recibir una pedrada de realidad en la cara. Días más tarde, con la decisión tomada, di la noticia al resto de mi familia, la cual reaccionó con alegría contenida. Los echaría de menos a todos, especialmente a mi abuelo, con el que tenía un vínculo único y especial. Es extraño, pero nunca olvidaré sus caras afligidas al verme marchar.
La búsqueda de piso no me llevó demasiado tiempo. Un compañero de la fábrica, conocedor de mi situación, me puso en contacto con un conocido que buscaba inquilino para su piso recién desocupado. Acompañado por mi madre y mi hermano fui a visitarlo. Me gustó desde el primer momento. Se asemejaba a lo que buscaba y el precio se ajustaba al presupuesto que tenía pensado. Pronto cerramos el contrato. La urbanización donde residiría contaba con pocos años —siete según me informé más tarde— y estaba conformada por cuatro edificios de clónica fachada. Además, tenía garaje y piscina comunitaria. Lo primero se me antojaba fundamental ya que la zona parecía soportar una gran afluencia de tráfico a pesar de estar alejada del centro de la ciudad.
Mi piso se encontraba en la tercera y última planta. Era realmente amplio y con una distribución apropiada. Tenía una cocina holgada, así como un salón y un dormitorio mucho más espaciosos de lo que necesitaba. Este último contaba con una pequeña terraza que me proporcionaría una vista completamente despejada. No había ningún edificio enfrente, solo algunos más allá del enorme parque adyacente a la urbanización. Nada me privaría de poder respirar aire limpio y fresco, tan diferente del viciado del centro de la ciudad. Aparte de las estancias mencionadas, tenía un pequeño pero completo cuarto de baño, provisto y equipado con todo lo necesario. Por último, estaba la habitación más importante, en la que estaba destinado a pasar horas y horas con el firme propósito de dar forma a mi segunda novela. No era excesivamente grande ni luminosa, pero cumplía sobradamente los requisitos. Desde el primer momento, me transmitió buenas sensaciones y tuve claro que sería mi lugar de trabajo. Si no fuera por una destartalada mesa blanca que haría las veces de escritorio y una silla giratoria de cuero negro, la habitación estaría completamente vacía. Por el momento, no necesitaba nada más. La mesa estaba pegada a la pared del fondo respecto a la entrada y medio metro por encima de ella, una ventana que daba a un patio interior. A través de ella, solo alcanzaba a ver el piso de enfrente.
«Cuantas menos distracciones, mejor», pensé.
El diseño arquitectónico del edificio era simétrico y daba la impresión de ser un espejo. Por cada ventana del piso —dos en el salón y otra en la habitación— había una justo enfrente. En principio me pareció poco práctico y que podía atentar contra la intimidad, al no haber más de cuatro metros de distancia de un lado a otro. Si enfrente había algún vecino, nos veríamos sin dificultad. En mis primeros días no observé ningún movimiento, la persiana estaba echada y pensé que la casa estaría deshabitada.
A pesar de la poca estabilidad que daban los pésimos contratos y de ser consciente de que en cualquier momento me podían poner de patitas en la calle, no dejé el trabajo en la fábrica. Era mi principal fuente de ingresos y no podía permitírmelo de ninguna manera. Me quedaba mucho para alcanzar el estatus de escritor dedicado a tiempo completo al arte de las letras y poder vivir de ello. Yo solo había puesto los primeros ladrillos de una enorme y costosa edificación. Esperaba que mi continuidad en la fábrica fuera temporal, un peaje a pagar hasta afianzarme en la autopista de la literatura. Una vez allí, no pensaba soltar el pie del acelerador.
En aquellos días, mientras cumplía con mi tedioso trabajo en la cinta de envasado, fui llamado a dirección. Me temí lo peor y con conocimiento de causa: los despidos se producían sin aviso previo y con una terrible frecuencia. Mientras subía las escaleras camino a las oficinas pensaba qué haría con un piso recién alquilado y sin trabajo. Por suerte, y tras la charla con uno de los encargados, me informaron de que se trataba de un reajuste de personal. Un cambio de turno. Pasaría al de tarde y de dos a diez sería mi nuevo horario. Respiré aliviado a pesar de que trastocaba enormemente mis planes. Estaba muy hecho a trabajar por la mañana y el cambio repercutiría en mis rutinas a la hora de escribir. «Ya me organizaré», pensé. Acepté de mala gana sabiendo que, de todos modos, protestar no hubiera servido de nada, tan solo para engrosar la ya de por sí larga lista de desempleados del país.
Cuando me instalé definitivamente en mi nuevo hogar después de una costosa mudanza, no tardé mucho en hacerme a mi nueva vida. Llegaba más hastiado que cansado de la fábrica, preparaba una cena ligera y, mientras saciaba mi apetito, veía un rato la televisión con el único propósito de despejar la mente. Lo necesitaba.Cuando acababa, me dirigía al estudio, encendía el ordenador y colocaba mis manos sobre el teclado. No me marcaba horarios, pero las noches debían ser productivas. No había otra manera. Me acostaría bien entrada la madrugada y las mañanas darían poco de sí. No tenía idea sobre qué trataría mi segunda novela, lo que me creaba cierta inquietud. No tenía nada prefijado ni un solo punto de partida. Los primeros días los dediqué, casi por completo, a darle vueltas a la cabeza. Pensaba y pensaba. Escribía ideas sueltas, esbozos, pero nada me parecía bueno. Nada verdaderamente consistente para comenzar el proyecto. Una buena novela debía atrapar desde las primeras líneas. Con rapidez, me asaltaron las dudas. ¿Y si mi creatividad hubiera muerto con La Oscuridad? ¿Y si no estuviera a la altura? ¿Y si todo hubiera sido flor de un día, un brote de genialidad dentro de un campo yermo y estéril? No podía permitirme caer en el desánimo cuando aún no había dado el primer paso. Tarde o temprano, una buena idea aparecería y me aferraría a ella como un león hace con su presa en medio de la sabana.
Corría el mes de julio y las sofocantes temperaturas tampoco ayudaban a refrescar la mente. En el país se sucedían, una tras otra, olas de calor que llegaban a superar, con creces, los cuarenta grados. Según los expertos, se avecinaba uno de los veranos más calurosos de los últimos años. Mi piso, al encontrarse en la última planta del edificio, absorbía el calor durante el día y, aunque por la noche daba una pequeña tregua, el bochorno continuaba haciendo estragos. Lo combatía como podía. Cuando el sol comenzaba a caer, abría el ventanal de la terraza y todas las ventanas de la casa para que se formase un pequeño circuito de aire fresco que hacía el final del día más llevadero. Todas las noches, nada más entrar en la habitación y antes de ponerme a trabajar, abrir la ventana se convirtió en un ritual indispensable, en una rutina más, aunque solo corriese una ligera y casi imperceptible brisa. Mientras escribía, en las innumerables veces que levantaba la vista de la pantalla y miraba por la ventana, siempre quedaba absorto y ensimismado con el inabarcable cielo. Oscuro, ennegrecido, desprovisto de luz. Lo hacía distraído, sin pensar en otra cosa que no fuera la búsqueda de un buen comienzo para la novela. Por eso, en un primer momento no reparé en ello, ni siquiera llamó mi atención. Pero meses después comprobé con asombro una realidad extraña pero cierta.
A través de esa ventana, jamás se veía una sola estrella.
Capítulo IV
No podía escribir. No al menos con ese ordenador. Era imposible encadenar más de quince líneas sin que en el momento más inesperado, emitiera ese sonido sordo que acompañaba a su apagado. Mi cara aparecía reflejada en la pantalla mientras escuchaba cómo se detenían progresivamente todas sus funciones en el interior. Cerraba los puños presa de la ira. Guardaba los progresos a cada línea, con los dedos cruzados para que no se apagase durante el proceso. Si lo hacía, adiós. Ya conocía la impotencia que se sentía al perder horas de trabajo. No podía seguir así. Estaba teniendo problemas en la faceta creativa como para sumar un constante estado de angustia por los técnicos. Decidí invertir y comprar un nuevo portátil. No tenía alternativa. Me informé en varias páginas de informática y como su finalidad exclusiva sería escribir, no tardé demasiado en decidirme tras leer algunas especificaciones técnicas. El ordenador elegido no era ni mucho menos de los mejores del mercado, pero supondría un verdadero alivio. No había precio que pagase el olvidarme de todo lo que no tuviera que ver, únicamente, con la vertiente creativa.
En cuanto lo estrené, descubrí el placer que era escribir en él. Era cómodo, del tamaño perfecto para que mis manos se posaran sobre las teclas brillantes y relucientes, y con una pantalla tan limpia que parecía que las palabras brotaban solas. Por encima de todo, valoraba la tranquilidad que me proporcionaba saber que podría trabajar durante horas sin ningún contratiempo.
Seguía sin tener una idea clara de por dónde empezar, pero ya había escrito algunos fragmentos que, sin llegar a nada, esperaba fueran válidos más adelante. «Poco a poco —me decía—, acabas de empezar». Trataba de tapar la verdad, la realidad de que comenzaba a tener un bloqueo importante. Necesitaba despejar y oxigenar mi mente. Y por suerte, sabía cómo conseguirlo.
Llevaba una semana y media instalado y, aparte del trabajo en la fábrica, las noches las pasaba devanándome los sesos hasta altas horas de la madrugada. Los primeros días amanecí fatal: el cuerpo cansado, sin energías, y para colmo, con severas migrañas. Era como una mala resaca sin la diversión de la noche anterior. Precisaba desconectar, frenar el ritmo y darme un respiro antes de arrancar definitivamente. La playa sería la solución. Era viernes y durante el descanso que tenía a media tarde en la fábrica, llamé a Virginia. Era una chica con la que desde hacía tiempo mantenía una relación que había traspasado la barrera de la amistad para convertirse en algo más, pero ambos sabíamos que no llegaría a nada serio. Le propuse ir a la costa. Le fui sincero y le comenté que empezaba a agobiarme con el tema de la novela y que me urgía escapar de la asfixiante rutina en la que estaba inmerso. Tras pensarlo durante unos segundos, aceptó.
Esa noche, al volver a casa más cansado de aguantar a compañeros con charlas vacías e insustanciales que del propio trabajo, mi plan era cenar, acostarme y descansar. Quería estar en buenas condiciones para el día siguiente y dejaría la escritura para mejor ocasión. Tras saciar mi poco apetito, me tumbé en el sofá y encendí la televisión. Dejé una película que había visto hacía tiempo; eran casi las once y media y sabía que más pronto que tarde caería en brazos de Morfeo. Así fue. Tras innumerables cabezadas, notando mis párpados cada vez más pesados y cerrándose con más frecuencia, finalmente cedí al cansancio.
La quietud y el silencio dentro de la casa eran totales. Únicamente el leve sonido de la televisión los quebraba, de ahí que mi sobresalto fuera tremendo al escuchar un repentino y fortísimo golpe. Súbitamente, me incorporé del sofá y de la fuerte impresión, saqué todo el aire que tenía en los pulmones. Fue como salir de debajo del agua cuando estás a punto de ahogarte. ¿Qué coño había sido eso? ¿De dónde había venido ese estruendo? Lo primero que pensé fue que había sido una jugarreta de mi mente propia del estado de duermevela en el que me encontraba. Agucé el oído sin llegar a levantarme del sofá. No escuché nada. Me levanté y fui hasta la cocina para comprobar si algún plato o utensilio había podido resbalar del fregadero y ser el causante del ruido. Nada. Todo continuaba tal y como lo había dejado. No sabía qué había sido y tampoco le di mayor importancia. Somnoliento, caminé hasta el dormitorio y cuando mi mano se posó en el manillar, un fuerte golpe me hizo tensar por completo. Miré hacia atrás. Lo había escuchado con total nitidez a mis espaldas.
Sin duda, el sonido provenía de la habitación.
La puerta estaba cerrada. La abrí lentamente y encendí la luz. En un primer vistazo, no vi nada raro ni susceptible de haber provocado el violento sonido. Todo estaba en calma. El escritorio con la funda negra del ordenador encima. La silla giratoria pegada a él. Corría una suave brisa. La ventana estaba abierta y daba pequeños y constantes golpes en el mismo punto de la pared, pero ni por asomo con la virulencia que había guiado mis pasos hasta allí. Imposible, no había sido eso. Quizás hubiera sido el eco procedente de la casa de algún vecino; los pisos estaban tan cerca los unos de los otros que podía ser una explicación más que plausible. Me acerqué hasta la ventana para cerrarla y que cesara su martilleo. Y mientras lo hacía, sucedió.
En la oscuridad de la noche, en el piso de enfrente, la persiana estaba hacia arriba. Me extrañó. Juraría que era la primera vez que lo estaba. Desde que vivía allí había permanecido bajada. Quizá me equivocaba y simplemente no había reparado en ello, pero lo dudaba. De pronto, y en la negrura que se atisbaba en el interior del piso vecino, a toda prisa un resplandor blanco pasó por delante. Fue un segundo. De la impresión, instintivamente eché mi cuerpo hacia atrás. Dudé un momento. ¿Había sido real? Definitivamente lo había sido. Sin pensarlo y en un acto reflejo, miré el reloj. Las tres y media de la mañana. Medité un instante sobre lo que creía haber visto, pero una y otra vez llegaba a la misma conclusión.
Si mis ojos no me habían fallado, un camisón blanco que parecía de otro tiempo había corrido de un lado a otro a toda velocidad.
Capítulo V
Sobresaltado, apagué la luz de la habitación y permanecí vigilante y agazapado en uno de los laterales de la ventana, oteando cualquier movimiento al otro lado. Tenía los músculos contraídos por la tensión y oía el incesante y violento palpitar de mi corazón como una monótona banda sonora, quién sabe si de una película de terror. Desde luego, lo que había visto —o creído ver— era lo más parecido al arquetipo de fantasma. Tan solo pensarlo me estremeció. Debía de tratarse de alguna vecina a la que no conocía, con la que no había coincidido ni en el ascensor ni en el rellano simplemente porque llevaba poco tiempo en el edificio. No había más. Que me convenciera de ello no quitó para que me pasara, en la oscuridad y sin resultados, media hora más parapetado en el lateral del marco de la ventana, observando como un voyerista aficionado.
Nada volvió a suceder. Todo permaneció en una calma que pareció eterna, sin un solo movimiento en aquella espesa negrura y en el mayor de los silencios como único sonido. Tras numerosos ademanes de irme a la cama, finalmente lo hice, esforzándome por apartar la visión de mi mente. Una y otra vez, ese halo blanco pasaba a toda velocidad de un lado a otro dentro mi cerebro. Era absurdo. ¿Por qué le daba tantas vueltas a un hecho que tendría una explicación completamente vana y terrenal? Era comprensible que me hubiese agitado, pero no debía darle más importancia de la que tenía. Di incontables vueltas en la cama hasta que conseguí dormirme. Estaba intranquilo y no descansé bien. Antes de darme cuenta, sonó el despertador. Eran las nueve de la mañana y en poco más de una hora, Virginia vendría a por mí.
A pesar de la mala noche, el día de playa fue estupendo. Poco a poco fui olvidándome de lo ocurrido hasta que solo quedó un minúsculo nubarrón en mi cabeza, que los rayos de sol se encargaron de disipar. La temperatura fue inmejorable, con unos cálidos pero llevaderos treinta y ocho grados. Estuvimos en una cala apartada que Virginia conocía y la elección no pudo ser más acertada. No había demasiada gente y se podía caminar sin dificultad. Dimos largos paseos por la fina arena mientras conversábamos. Había estado tan ocupado en los últimos quince días, con la mudanza y el cambio de turno, que apenas habíamos hablado. Siempre atenta a mis asuntos, se interesó por el cambio de domicilio, por mis nuevas rutinas, y sentí que dejaba a mi elección el hablarle o no de la nueva novela. Preferí obviarlo y olvidarme por completo del tema. Al caer la tarde y mientras recogíamos, le propuse venir a cenar y quedarse a dormir en casa; qué mejor ocasión para conocer el piso y pasar así más tiempo juntos. Virginia, con una sonrisa llena de complicidad, aceptó.
Llegamos sobre las nueve. Tras enseñarle la vivienda y mientras se duchaba, comencé a preparar la cena. No me daría mucho trabajo, ya que a su expresa petición, cenaríamos pasta. A la vez que cortaba en pequeñas rodajas un diente de ajo, una idea que podía ser buena para la novela me rondaba la cabeza. Podría ser válida y convertirse en una buena historia, pero habría que pulirla, estructurarla y darle forma. Hice una rápida anotación en la libreta que siempre tenía a mano para tales menesteres. Así era la vida del escritor, jamás se desconectaba. Horas y horas con la cabeza a pleno rendimiento atento al más mínimo detalle; alerta a un fugaz destello que podía mostrarte el camino y que había que cazar al vuelo, como un gato hace con una mosca. Para algunos, ese constante estado de alarma era un suplicio, para otros —entre los que me encontraba—, una deliciosa forma de mantener la mente ágil y activa. Cuando Virginia salió del cuarto de baño, ataviada con ropa ancha y holgada, señal inequívoca de su procedencia y propiedad, tomé una ducha rápida mientras ella veía la televisión. Ya limpio de arena y salitre, terminé de preparar la cena y equipé la terraza con mesa y sillas para comer al aire libre. Corría una agradable brisa que ayudaba a rebajar el bochorno estival, y mientras comíamos, las copas cargadas de vino blanco brindaron varias veces. La velada fue perfecta y estuve tentado de compartir con ella mis dudas iniciales con el nuevo proyecto. Terminada la cena y animado por el correr del alcohol, le propuse bajar a algún pub cercano para continuar la noche, pero Virginia argumentó que estaba cansada y que sería mejor quedarnos en casa. Llevaba razón. En ese momento tuve un ataque de responsabilidad. Tenía que ser disciplinado y aprovechar el domingo, si me dejaba llevar sería un día perdido y viendo el casi nulo trabajo realizado hasta el momento, no podía permitírmelo. Los domingos, junto al sábado, eran los únicos días que podía dedicar por completo a la escritura.
Tomando la mejor decisión, nos quedamos en casa. Con Virginia esperándome en la cama, y mientras cepillaba mis dientes, tuve un extraño pero no del todo desconocido impulso. Era una necesidad imperiosa, latente. Antes de acostarme tenía que volver a mirar. Necesitaba una comprobación, sin saber qué podía encontrar. Una viva curiosidad me llamaba a hacerlo. Quizá solo buscaba tranquilizarme y dejar lo sucedido la noche anterior en una mera anécdota. Sin decirle nada a Virginia, salí del cuarto de baño y me dirigí al estudio. Al abrir la puerta, me recibió un aire denso, cargado. La ventana estaba cerrada. La abrí para oxigenar la estancia y comprobé que la persiana del piso vecino estaba echada, como el telón de una obra que ha dado por finalizado el espectáculo. Las dudas sobre si allí vivía alguien se evaporaron al instante, pero una sensación de decepción me recorrió, como quien ansía y no consigue algo que con fuerza anhela. Me sorprendió esa reacción. ¿No era mejor así? Sabía que sí, pero no quitó para que un regusto de amargura me alcanzara. Observé el frente con atención durante unos segundos, sin apartar la vista. Ni el más mínimo movimiento. En cierto modo, y aunque fuera una contradicción al contraponerse a mi decepción, también encontré un reconfortante sosiego.
Volví al dormitorio olvidándome del asunto. Me acosté y, tras hacer el amor con Virginia, dormí profundamente. Estaba agotado. El día de playa y sobre todo la mala noche anterior habían pasado factura. Mis párpados pesaban toneladas y mis músculos se relajaron hasta sentir que me desvanecía. Mi alma se fue lejos.
Durante las largas horas que transcurrieron hasta el amanecer del domingo, mientras vagaba en sueños en mitad de la madrugada, la persiana, al otro lado, se volvió a abrir.
Capítulo VI
Unos brillantes y radiantes haces de luz se colaban a través de las finas cortinas del dormitorio. Desde primera hora, el día despuntaba tremendamente luminoso. Con los ojos entrecerrados, eché mano a la mesita de noche para alcanzar el móvil y comprobar la hora. Las ocho y treinta y siete. Sin pensarlo, me levanté tratando de no despertar a Virginia, que dormía plácida entre las sábanas. Me lavé la cara y mientras secaba mi rostro, me miré al espejo. Había amanecido especialmente ojeroso a pesar de haber descansado bien y dormido de un tirón. Preparé café y unas tostadas antes de llamar a Virginia, y con todo listo, la desperté con suavidad para evitar sobresaltarla. Abrió los ojos con lentitud, desorientada al encontrarse en casa ajena. Después de estar unos minutos en el baño, desayunamos en la terraza. Me comentó que al acabar tenía que marchar; era el cumpleaños de su hermana, tenían celebración familiar y se había comprometido con los preparativos. Me invitó a ir, pero decliné la oferta porque debía ponerme a trabajar sin más pretextos. La acompañé hasta la puerta del edificio y tras agradecerle el buen fin de semana, nos despedimos con un beso. En cuanto regresé a casa, fui directo al estudio.
Encendí el ordenador. A toda prisa, y en el documento que por ahora tenía el provisional y nada original título de Segunda novela, comencé a teclear a gran velocidad. Sin demasiada precisión, empecé a desarrollar la primitiva idea que desde ayer pululaba por mi cabeza como una avispa antes de clavar su aguijón. Esperaba ser certero y punzante como el insecto y acertar con la trama. No tenía muy claro por dónde avanzaría la misma, pero el punto de partida me parecía interesante. Ya era algo. Sin una sinopsis completa ni tan siquiera con un esquema al que agarrarme, estaba condenado a improvisar sobre la marcha. En este caso e inevitablemente, las comparaciones eran odiosas. Cuando comencé a escribir La Oscuridad, conocía su estructura de principio a fin, lo tenía todo bien organizado en mi cabeza. Esta vez, sería muy diferente.
No habían dado las once. Era extraño escribir a tan temprana hora de la mañana. Veía el cielo celeste despejado de nubes, en claro contraste con la oscuridad reinante en las largas noches que pasaba trabajando y a las que ya parecía haberme acostumbrado. Avanzaba. No sabía en qué dirección, pero sentía que estaba adentrándome en algo que podía merecer la pena. Cuando me detuve un instante para pensar en cómo continuar, caí en la cuenta de que me había sentado con tantas ganas de soltar todo lo que me rondaba por la cabeza, que no había mirado ni reparado en la ventana vecina. Sentado en la silla, al alzar la vista, solo alcanzaba a ver la parte superior del edificio de enfrente. El resto, el azul despejado del cielo. Para conseguir ver la otra ventana, debía erguirme por completo y estirar un poco el cuello. Me obligué a no hacerlo. Volviendo a lo que me competía, creé un documento donde dejaba anotaciones sobre el posible desarrollo de la novela; ideas sueltas que esperaba enlazar en algún momento y convertir, por qué no, en otro éxito. Eso me hizo plantearme varias preguntas. ¿De dónde sale la inspiración? ¿Cómo llega y de dónde procede? ¿Qué marca la diferencia entre una historia brillante y otra condenada al fracaso? Cuestiones eternas, irresolubles, que estaba convencido todos los escritores se habían formulado en alguna ocasión y desde tiempos inmemoriales. Tratar de resolverlas era lanzar tu tiempo dentro de un pozo sin fondo y desistí al dar por supuesto que no sería yo el que consiguiera darles respuesta.
Las horas de la mañana pasaron con inusitada rapidez gracias al buen ritmo de trabajo. Pasado el mediodía, llamé a mi madre. Hablábamos a diario, pero quería concretar una fecha para que vinieran y enseñarles cómo había quedado el piso tras la mudanza. Conversamos durante diez minutos y después de que me contara cómo iba todo tras mi marcha, convinimos que el domingo próximo comeríamos en mi casa. También asignamos —siempre que fuera posible— ese día como fijo para la visita familiar. Durante el transcurso de la semana me confirmaría cuántos miembros de mi familia vendrían.
Antes de comer, decidí ir por primera vez a la piscina de la urbanización. El calor seguía siendo asfixiante y me apetecía relajarme, darme un baño y tumbarme a leer, afición —y parte fundamental de mi trabajo— que tenía algo abandonada y de la que no podía prescindir. Estaba convencido de que había una relación directa entre la cantidad —y calidad— de lectura que consumes y la capacidad y fluidez a la hora de escribir. La lectura te da las herramientas necesarias para más tarde, ponerlas en funcionamiento por ti mismo. Te influye de manera inconsciente pero clara, y lo había comprobado en mi corta carrera como escritor. Me puse el bañador y preparé la mochila. Guardé la toalla y el libro que estaba leyendo, que no era otro que el clásico de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Al llegar a la piscina me sorprendió ver que no había mucha gente, o no al menos tanta como yo esperaba. No había más de quince personas y el ambiente que se respiraba era relativamente tranquilo. Al ser domingo, supuse que muchos vecinos habrían marchado a la playa. Estiré la toalla en el césped y siguiendo las indicaciones, me di una ducha antes de zambullirme en la piscina. El agua estaba a una temperatura perfecta y las medidas de la piscina, lejos de ser las de una olímpica, eran más que suficientes para nadar con comodidad. Comencé a hacerlo sin que las pocas personas que se bañaban fueran impedimento. Tras quince minutos de ejercicio tonificador, salí de la piscina. Me tumbé en la toalla y saqué el libro de la mochila. Las gotas de agua resbalaban por mi cuerpo y el sol, refulgente y abrasador, las secaba con rapidez. Era una sensación agradable. A los pocos minutos de comenzar a leer, sentí que mi atención se volatilizaba con suma facilidad. Me sentía intranquilo, disperso. Era incapaz de concentrarme.
Y conocía el motivo, sabía el porqué.
No me la quitaba de la cabeza. No solo eso. De manera inconsciente, la buscaba. A ella. Ni que decir tiene que desconocía su aspecto y edad, pero tenía la indefectible sensación de que en el momento que la viera, la reconocería. Sabría sin temor a equivocarme que era ella. La persona al otro lado. Con disimulo, tapé mi cara con el libro que tenía entre las manos y moví mis ojos de un lado a otro. Me sentí estúpido. Debía de parecer un detective de tercera categoría en busca de un sospechoso. Hice una minuciosa barrida visual, pero nadie de los presentes respondía a los parámetros físicos que mi mente había asignado aleatoriamente para ella. Ni yo mismo sabía qué buscaba, qué quería encontrar o cuál era el motivo de por qué andaba al acecho; de por qué un hecho tan puntual como el de dos noches atrás me había descentrado tanto. Algo había hecho germinar en mí esa intriga, esas ganas de saber quién era. ¿Se trataba de una joven? ¿De una anciana? ¿Y si fuera un error y todo hubiera sido una mala jugada de mi mente?
Me esforcé en volver a la lectura y aparcar mis irracionales pensamientos. Me daba miedo que se convirtiera en una especie de obsesión, en una fijación incomprensible, y más cuando no había ocurrido nada más para alimentar mi curiosidad. Conseguí leer varias páginas y después de un nuevo baño, recogí mis cosas y regresé a casa. El ejercicio había abierto mi apetito. Ya en el ascensor, mecánicamente, me atusaba la mojada barba que ya crecía desde varios días. Al abrirse las puertas, me encontré en mitad del pasillo que conectaba las dos partes del edificio. Era alargado y en cada extremo, se formaba un pequeño recodo, un ángulo recto que formaba, se podría decir, dos pequeñas eles. Si caminaba hacia la derecha y giraba, estaba mi casa. En el sentido contrario, y por pura lógica geométrica, estaría la suya.
Miré hacia la izquierda y una sensación opresiva me encogió el corazón. Algo inexplicable parecía rondar. Me paralicé y no fui capaz de dar un solo paso en esa dirección. No tenía la más mínima intención de hacerlo, pero no quitó para que me sorprendiera. Dirigí mis pasos hacia casa y mientras metía suave y tranquilamente la llave en la cerradura, no podía imaginar qué sucedería tan solo unas horas después. Ni en mis pesadillas más febriles. Ocurriría algo que marcaría un antes y un después.
Esa noche cruzaríamos nuestras miradas. Esa noche, vería su rostro por primera vez.
Capítulo VII
Durante el proceso de creación de La Oscuridad, atravesé una mala racha personal. Profunda, acusada. Se podría decir que fue a todos los niveles, ya que finalmente terminó afectándome en todos los ámbitos. El detonante fue claro: la ruptura con Laura. No reconocer que fueron momentos difíciles sería engañarme a mí mismo. No es fácil explicar esa etapa; el paso del tiempo parecía haberlo difuminado en mi memoria. Fue un periodo que deseé con todas mis fuerzas que pasara, pero cuanto más me empeñaba en salir de él, más retrocedía, como si las olas del sufrimiento me arrastraran hacia dentro una y otra vez, como una tormenta que se resiste a amainar. ¿Cuánto tiempo había pasado ya? ¿Un año? ¿Año y medio? No lo sabía, no quería echar la vista atrás. Recordar es volver a vivir y yo lo evitaba a toda costa. Evocar aquellos días me daba pánico, por lo que, en un mecanismo de defensa, los bloqueaba.
Mi relación con Laura duró cinco años, la más extensa, con diferencia, que había tenido hasta la fecha. En ese tiempo, como es lógico, pasamos por todo tipo de etapas y rachas. Felices y maravillosas muchas de ellas, otras, por el contrario, no tanto. Concretamente el último año estuvo lleno de altibajos. Las disputas y conflictos eran cada vez más frecuentes. Las discusiones empezaban por cualquier nimiedad y terminábamos sin dirigirnos la palabra durante horas. Nos desgastábamos como pareja. Era algo que probablemente arrastrábamos desde hacía tiempo, pero sin duda, hubo un punto de inflexión en nuestra relación. Un punto del que sería imposible retornar: cuando comencé a escribir.
Laura fue la primera persona a la que le confié mis escritos y la única que supo de mi nueva afición durante mucho tiempo. Hasta que no fue tomando forma y convirtiéndose en algo más serio, no di a conocer a nadie más mi novedosa faceta. Recuerdo mis nervios e inseguridad al enviarle las primeras hojas. Quería saber su opinión, podía ser crucial para continuar o tirar la toalla. Era lanzar una moneda al aire. Si tras su lectura me hubiese topado con una crítica negativa o poco alentadora, probablemente hubiera abandonado el incipiente proyecto y mi carrera como escritor hubiera durado lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Pero no fue así. Todo lo contrario. A Laura no solo le entusiasmaron las primeras páginas, sino que se mostró muy sorprendida por mi capacidad narrativa, oculta hasta la fecha. Para mí era importante conocer otra opinión; uno nunca termina de ser sincero con uno mismo. En el arte de nada sirve pensarte extraordinario o creerte el sumun, el único juez que existe es el público y será él quien dicte sentencia. Culpable o inocente.
Su positiva reacción me dio alas para continuar. Pronto adquirí el hábito y poco a poco fui ganando soltura a la hora de escribir. Crear historias y plasmarlas letra a letra me proporcionaba un gran placer; era como una droga que necesitaba, como una adicción que me atrapaba sin darme cuenta. Cada vez estaba más centrado e inmerso en La Oscuridad. Avanzaba a pasos agigantados. A mi cabeza acudían constantemente grandes ideas para continuar la trama, ese giro necesario para mantener la intriga, esa potente palabra situada en el lugar preciso. Periódicamente mandaba mis progresos a Laura, que en cuanto podía, los leía e informaba sobre ellos. Sus críticas, en un altísimo porcentaje, eran positivas, pero si había algo que no le convencía, no dudaba en hacérmelo saber. Por ser mi novia no se mostraba compasiva ni indulgente, todo lo contrario, me hablaba sin tapujos ni paños calientes. Se lo agradecía. Nunca nadie progresó rodeado únicamente de agasajos y halagos. Su franqueza me hacía crecer e intentar mejorar.
Ese era mi objetivo.
Pasado un tiempo, mi cabeza comenzó a cocer a fuego lento un pensamiento que fue imposible detener. Me costaría caro no hacerlo. Una incontrolable sospecha fue creciendo en mi interior. Todo empezó ahí. Laura era gerente de una pequeña empresa de muebles que acababa de echar a andar y dedicaba muchas horas a su trabajo. Era normal. Solo tenía a su hermana como socia y entre las dos se ocupaban de todas las gestiones que conlleva abrir un nuevo negocio. Captar y visitar clientes, publicitarse, hablar con proveedores y llamar a fabricantes con los que asociarse era su día a día. Estaba estresada. El poco tiempo libre del que disponía me lo dedicaba a mí y era de agradecer. Pero no es menos cierto que gran parte del escaso tiempo que compartíamos se destinaba, casi con exclusividad, a conversaciones sobre las dificultades que estaba teniendo en arrancar su proyecto. Solo hablábamos de eso. Era comprensible, pero no quitaba para que no me sintiera minusvalorado o con la indefectible sensación de que no podía expresar mis problemas e inquietudes, que por aquella fecha eran muchas. No podía contarle cómo me sentía al escribir, la emoción al acabar un capítulo o de mis dudas sobre el final. No había tiempo y la gran mayoría de las veces solo la escuchaba. Volvía a casa hundido, cargando con sus problemas y rumiando y tragando los míos, como un cabizbajo herbívoro.
Laura tardaba cada vez más en leer mis avances. Se los enviaba y pasaban días, incluso semanas, hasta que les echaba un vistazo. Comencé a pensar que lo hacía más por compromiso que por creer en mí. De hecho, estaba convencido de que no lo hacía. Fue inevitable llegar a esa conclusión. El día que se lo reproché, fue nuestro fin como pareja. No pude reprimir ese sentimiento que llevaba tanto tiempo dentro de mí y que me quemaba las entrañas como fuego incandescente. Estallé ante una situación que se hacía cada vez más insostenible. Fue una noche cualquiera, en mitad de una cena en un restaurante. El postre no imaginábamos qué indigesto sería. No podría decir cómo ni por qué comenzó la conversación. Quizá, como tantas cosas en la vida, ocurren porque así debe ser, llevadas al galope por el caballo del destino. «Todo ocurre por una razón», pensé meses después. Recuerdo que uno frente al otro discutíamos de manera encendida por algo absolutamente trivial. Los demás comensales nos dirigían miradas de soslayo. De pronto, y preso de una incontrolable ira, le espeté sin miramientos:
—¡Laura, por favor! Últimamente solo te preocupa tu empresa. Yo no te importo nada y me lo demuestras a diario. No tienes tiempo para mí y mucho menos para mi libro.
En el preciso instante que mis palabras escaparon de mi boca, supe que jamás volverían, como el amor de Laura. El tiempo se encargó de hacérmelo ver. Le hice daño, y la expresión en su rostro lo delató ipso facto. Dos lágrimas se esforzaron por no salir de sus ojos, pero finalmente recorrieron sus mejillas hasta morir en la barbilla. El dolor que había provocado no cicatrizaría nunca. Es el poder de la palabra. A viva voz o escrita, siempre permanece. Tienen la misma capacidad de sanar que el doctor más reputado o de hacer tanto daño como mil bombas lanzadas directamente al corazón. El suyo, lo destrocé.
—No sabes lo equivocado que estás, Roberto —replicó enjugándose las lágrimas—. Para nada es así, pero me alegra saber lo que piensas. Definitivamente me has abierto los ojos. Sabes que tengo poco tiempo, pero hago todo lo que puedo. Sobre tu libro no te voy a responder, estás obsesionado y no te das cuenta. Ya da igual. No quiero seguir con esto.
Era evidente que se refería a nuestra relación y que todo acabaría esa misma noche. Por orgullo o resentimiento, no hice el más mínimo comentario. Callé y no traté de arreglar algo que daba tumbos desde hacía tiempo. Esa noche, cayó por su propio peso. Sabíamos que no había solución y los dos lo asumimos. El resto de la cena transcurrió en una calma chicha, sin que ninguno de los dos abriera la boca nada más que para degustar amargamente la comida. El tenso silencio en el que se sumió nuestra mesa se podía cortar con el menos afilado de los cuchillos. Los dos nos contuvimos de decir nada más porque lo único que haríamos sería hacernos daño. De nada servirían los reproches, tal vez, y únicamente, para no mirarnos a la cara durante años. Tampoco quería eso.
Tras pagar la cena a medias, salimos del restaurante. A pocos metros de la salida, nos despedimos de la manera más fría y distante que alguien pueda imaginar. Dos desconocidos hubieran mostrado más afecto. Es sorprendente la facilidad con la que se rompen las relaciones. Una palabra inoportuna, un malentendido, y posturas irreconciliables se llevarán por delante los cimientos levantados durante años, haciendo que se tambaleen hasta derrumbarse como un castillo de naipes. Laura y yo tomamos caminos diferentes, dándonos la espalda no solo literalmente. Su silueta se desvaneció en la oscuridad de la noche.
Y así, nuestras vidas se separaron para siempre.
Capítulo VIII
¿Había sido yo el culpable de todo? ¿El detonante real de nuestra ruptura? Fueron preguntas que me hice de manera infatigable durante meses. Nunca encontré, o no quise encontrar, respuestas. No me atrevía. Quizá dentro de mí las conocía, pero me daba pánico darme de bruces con ellas. No era la primera vez que sobrevolaba en mi mente un pensamiento que subyacía y que se repetía con demasiada frecuencia: mi capacidad de autodestrucción. Era un sentimiento difícil de explicar, ni siquiera sé si era extensible a más personas, ya que por supuesto, era un tema que no había tratado con nadie. Podía ser peligroso. Sería sacar a la luz demonios internos que eran mejor que continuaran prisioneros en un rincón recóndito de mí mismo. Pero siempre habían estado ahí. Desde hacía mucho tiempo.
Durante muchas etapas de mi vida había albergado la sensación de que yo mismo me boicoteaba, no dejándome avanzar en muchos aspectos. No era algo consciente ni puntual, ya había ocurrido en numerosas ocasiones. Quizás una parte de mí, oscura e incontrolable, se empeñaba en torpedear mi propia felicidad. Era del todo posible; la mente humana es un campo tan extenso como desconocido y durante mucho tiempo pensé que el final de mi relación con Laura fue una muestra más. Fuera como fuese, una cosa estaba clara: la había perdido, merecida e irrevocablemente.
¿Cómo hubiera sido mi vida junto a ella pero sin que la La Oscuridad hubiese alcanzado reconocimiento? Nunca lo sabría, pero era obvio que me resultó imposible llevar hacia delante las dos cosas. Parecía que el destino, o mi inestable carácter en aquellos días, me había obligado a jugármelo todo a una carta. Mi vida personal frente a un utópico sueño profesional. Literatura o amor. Un cara o cruz en el que había mucho en juego. Era consciente de lo arriesgado de mi apuesta y de que en un alto porcentaje, saldría perdedor. Con la perspectiva y la distancia que solo el tiempo da, comprendí que Laura tal vez llevase razón y que fuera yo el que en esos días anduviera tan volcado en mi trabajo, que proyecté en ella todos mis miedos e inseguridades. Tardé en reconocerlo y, cuando quise darme cuenta, ya no había nada que hacer.
