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"El Poder de la Mujer Despierta" es una obra inspiradora que invita a las mujeres a redescubrir su autenticidad y fuerza interior. Actúa como un faro de esperanza, guiando a sus lectoras a través de un viaje de autoconocimiento y empoderamiento. Este libro destaca la importancia de reconocer la luz única que cada mujer posee, animándolas a iluminar no solo su propio camino sino también el de aquellos que las rodean. Con un mensaje de esperanza y fortaleza, alienta a enfrentar las complejidades de la vida con el corazón abierto y la mente clara, promoviendo así una conexión profunda con la esencia y verdad personal de cada una.
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Seitenzahl: 277
Veröffentlichungsjahr: 2024
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El Poder de la Mujer Despierta
Una invitación para recordar volver a la vida
Julieta París
Siglantana
© Editorial Siglantana S. L., 2022
© Julieta París, 2022
www.siglantana.com
Instagram: @siglantana-editorial
YouTube: www.youtube.com/siglantanalive
Ilustración de la cubierta: Michael Stiven González
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
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ISBN: 978-84-10179-21-9
A Silvia Aso,Amiga, hermana y Mujer Despierta
In Memorian
A mi madre, Juli, y a mi hijo, Diego
Por enseñarme a conjugar el verbo Despertar
ÍNDICE
Introducción
¿Perdidas o Encontradas?
¿Dormidas o Anestesiadas?
Parte I: Empieza a sonar el despertador
No sabía que no sabía
¿Golpes o Llamadas?
Crisis Personales
Problemas de Pareja
La infidelidad
La enfermedad llama a la puerta
Duelos. El camino de las pérdidas
La vida tiene que ser otra cosa
Los mensajes de la vida: Propuesta Prácticas
Parte II: Mirando, que es gerundio
Aprender es Recordar
Viejos recuerdos, Nuevas memorias
Lo nuevo de lo viejo
Amar después de Despertar
Hacerlo mal, no es lo mismo que hacerlo bien
El Cuerpo de la Mujer Despierta
La Sangre, el ciclo y la vida
Menstruación. Despertar a la ciclicidad y a los vínculos
Maternidad. Despertar a la conexión y a las sombras
Menopausia. De la maldición a la Bendición.
Despertar a la libertad
Los Gerundios de la Vida. Propuestas prácticas
Parte III: Vivir Despierta
Somos una absoluta improbabilidad
Abrir los ojos es abrir el corazón
La Mujer Despierta
...Tiene una nueva relación con su madre
...Vive sin expectativas, vive con expectación
...Disfruta de la soledad, y de su propia compañía
...Sostiene la sinceridad
¿Frontera o Retorno?
Los Ritos de la Vida: Propuesta Prácticas
Epílogo
Carta a una Mujer Despierta
Agradecimientos
Notas
“No será una vida fácil, pero será una vida nueva”.
Clarice Lispector
Todas tenemos una vida nueva a una decisión de distancia. Todas podemos acceder a una nueva realidad en todo momento, literal y metafóricamente hablando. Una nueva forma de decir las cosas en nuestra relación; una nueva manera de gestionar “ese” problema en el trabajo; un cambio de casa, o una mudanza de las propias tradiciones y nuestra forma de hacer las cosas. También tenemos a nuestro alcance una nueva forma de relacionarnos con nuestro cuerpo, o con nuestros sueños.
Todo empieza tomando esa decisión que será la puerta de embarque al destino de una vida nueva.
El problema es que a estas alturas de la vida sabemos que nuestras decisiones no son tan racionales ni conscientes como creemos: la neurociencia ha mostrado que las decisiones se toman de forma inconsciente. Es decir, que cuando nos sentamos con la intención de “tomar esa decisión” —del mismo modo que una se sienta a tomar un café o tomar un descanso— la realidad es que, en las profundidades de nuestro subconsciente, esa decisión ya está tomada.
Esto es a la vez, una buena y una mala noticia. Digo mala porque muchas veces hemos creído tomar decisiones que en realidad habían sido tomadas de antemano por nuestra historia previa, por nuestros desengaños o éxitos anteriores, y buena porque ahora realmente sabemos que lo que no hacemos consciente, acaba finalmente sometiéndonos de forma sutil y caprichosa, y por fin tenemos la posibilidad de tomar el control sobre nuestras decisiones.
Precisamente, porque ya lo sabemos, a partir de ahora podemos tomar cierto control en nuestras decisiones. ¿Cómo? Tomándolas “despiertas”. Porque siempre y cuando pongamos atención en la mirada y consciencia en el gesto, las decisiones serán elecciones conscientes. De eso va este libro.
Insisto en ello: todas tenemos una vida nueva a una decisión de distancia. A la distancia de una llamada, de una palabra, o de un perdón. Una vida nueva nos espera al otro lado de un beso —aunque nadie necesita de un beso para despertar (lo siento por los viejos cuentos)— Todas tenemos una vida nueva, a un "te quiero" de distancia. Si bien, la mejor vida que nos espera se encuentra a un "me quiero" de distancia.
Recuerda que tenemos siempre la capacidad de crear, recrear y transformar las experiencias de nuestra vida.
Muchas de las situaciones que vivimos se delatan —para quien sabe verlas— en auténticos retos (y ritos) de iniciación, de integración, y especialmente de transformación. Del mismo modo que el viajero arquetípico que comienza su aventura regresa convertido en héroe, todas y todos nosotros tenemos la capacidad de despertar nuestra heroicidad en las lides cotidianas.
Sabiendo esto, nos convertimos en espeleólogas de nuestra psique y de nuestra alma. Como en toda expedición, correremos el riesgo de perdernos, pero también de encontrar tesoros ocultos y todo aquello que ni tan siquiera sabíamos que buscábamos.
En las próximas páginas te propongo que exploremos la propia coherencia personal. Y te garantizo que esta exploración tiene billete de ida y vuelta. Es imposible perderse, y está garantizado el encontrarse.
Durante muchos años, a principios de siglo pasado, los exploradores fueron conscientes de que sus viajes se realizaban con un billete de ida, pero no tenían tan claro que hubiera un billete de vuelta. El viaje que comienza en estas páginas sí lo tiene. No puedo garantizarte que la que acabe de leer el libro sea la misma mujer que lo empezó, más adelante entenderás por qué.
Volviendo al viaje y a la exploración, lo cierto es que ahora tenemos sistemas de localización vía satélite, y el sistema GPS hace que sea más difícil perderse, geográficamente hablando, porque en lo psicológico y en lo afectivo, extraviarse sigue siendo mucho más fácil.
En efecto, disponemos de aplicaciones que pueden encontrar nuestros teléfonos móviles en el vasto océano de los objetos perdidos. Los modernos collares de nuestras mascotas tienen GPS incorporado para no perderlas. En todo momento, absolutamente en todo momento, hay un satélite en algún lugar del firmamento que ubica nuestros movimientos. Yo misma me sorprendo cuando al subir al coche me aparece un mensaje en el teléfono indicándome los minutos que tardaré en llegar a mi destino. ¿Cómo lo sabe? ¿Lee mi mente cuando quizás ni siquiera yo misma sé a dónde voy? Y de eso se trata: tan ubicadas, tan localizadas y, sin embargo, nadie nos libra de perdernos por nuestras sendas interiores. Nos perdemos a nosotras mismas en lo cotidiano, y no encontramos la ruta para salir del conflicto y mucho menos para reencontrarnos.
Escucho muchas veces en consulta hablar sobre sentirse perdida, sobre no encontrar el camino, y no solo eso: no encontrar ningún tipo de indicación para volver a la “ruta original”. Puede ser que atravieses un desierto, la estepa, un bosque, o navegando a la deriva en medio de un océano nebuloso. He vivido algunas de esas situaciones y creo que todas estas analogías encajan perfectamente con esa sensación de sentirse perdido.
Recuerda:
Perderse en un acto individual e “intransferible”. Nadie puede perderse por ti, pero tampoco contigo. Forma parte de tu propia aventura. Ni siquiera nadie se pierde de una forma similar a la tuya, porque no existen dos formas iguales de perderse.
Pasa lo mismo mientras dormimos. Todas dormimos. Algunas soñamos, pero nunca dos sueños fueron iguales, y nunca dos despertares fueron el mismo. Aprenderás que nadie puede despertar por ti, y que nadie puede despertarte antes de tiempo.
Es el momento de la Mujer Despierta
A lo largo de dos décadas de consulta he acompañado a muchas mujeres (y también a bastantes hombres) en momentos cruciales de su existencia. Y a estas alturas me siento en un lugar privilegiado para compartir algunas de las lecciones que he aprendido y que también he podido vivir en mi propia trayectoria.
He aprendido que cuando decimos “he aprendido”,
en realidad, estamos recordando.
He aprendido que la vida nos coloca en constantes encrucijadas que abren nuestro destino a múltiples elecciones. En todas estas encrucijadas, todos los caminos son posibles, son reales, y son necesarios.
He aprendido que despertar se convierte en la única alternativa y en la mejor profilaxis para nuestra salud emocional. Como veremos más adelante, no estoy hablando del manido “despertar espiritual”, porque la espiritualidad es como una huella dactilar: única para cada uno de nosotros. Hablo de volver a la vida. No por haber muerto, sino por no haber vivido antes.
He aprendido que la vida es en sí misma un despertar, y que las personas no cambian, que las personas despiertan (o no), y evolucionan (o no), maduran (o no) y crecen, hasta que mueren. Algunas viven antes de morir, y otras no tanto.
He aprendido, en definitiva, que existe una gran distancia entre vivir dormida y vivir despierta. En vivir siendo conscientes de nuestras decisiones, de nuestros conflictos, de lo que hacemos bien o mal, o vivir dando la espalda a nuestra responsabilidad en lo cotidiano.
En cualquier caso, y para empezar, necesito hablarte de lo que es vivir dormida si quiero invitarte a despertar.
Vivir dormida es vivir esperando.
Vivir dormida es estar desconectada de todo lo que te rodea.
Vivir dormida es vivir en un crecimiento detenido, bloqueado.
Vivir dormida es vivir con los ojos cerrados y perdernos todo lo que sucede alrededor.
Vivir dormida es vivir con los sentidos apagados y no darnos cuenta de nada.
Vivir dormida es todo lo contrario a llenar los años de vida.
Si la imagen arquetípica de la mujer dormida es la Bella Durmiente, el arquetipo del despertador durante todos estos siglos ha sido la promesa de un beso. Y, después de tantos años de consulta, no puedo evitar preguntarme si esta promesa falaz que puso el despertar en un cúmulo de despropósitos : para despertarte necesitas a otra persona que se enamore de ti, y que te bese, por ejemplo... —nos robó la certeza— y el regalo de que el despertar solo es posible a partir de una misma.
El verdadero despertar no llega desde un beso.
Solamente tú puedes ayudarte a despertar. Posiblemente nunca nadie lo hará con más dulzura, sentido, conciencia y amor que tú.
Ahora, despertar no es fácil. Tampoco es gratuito. Y si tardas en hacerlo, la vida vendrá a recordarte, una y otra vez, la opción de vivir despierta. Y también te digo que si tardas en responder, el golpe será cada vez más fuerte. Avisada quedas. Cuando despertamos a la vida es como si la realidad modificara de forma absoluta su dimensión. Cosas que antes eran invisibles ahora son visibles. Lo que antes era minúsculo e incluso intangible, ahora será enorme e incluso molesto. También puede suceder que lo que te preocupaba “viviendo dormida”, sea ahora una anécdota para ti.
Porque cuando despertamos, vemos lo que antes no veíamos, y ello a veces es incómodo e incluso doloroso. No es extraño, por ejemplo, que ahora veamos una agresión donde antes creíamos que había cariño o hasta cuidado, o que ahora veamos manipulación donde antes veíamos compañía. Los vínculos que nos rodean no siempre son lo que parecen, y despertar nos permite darnos cuenta de eso.
Esto no significa que cuando despertamos nos damos cuenta de que los otros son “los malos” y nosotras “las buenas”. Ni mucho menos. Todas somos seres de luz, sí, pero también somos seres de sombras.
Se han escrito páginas y páginas sobre las personas tóxicas y pocas veces he leído que, igualmente, todas somos tóxicas para alguien, y te aseguro que así es.
Como dijo el filósofo Ortega y Gasset “yo soy yo y mis circunstancias”. Es decir, tú eres tú y tus circunstancias, y los demás son ellos, y sus circunstancias —y no las tuyas—.
Por eso, este “abrir” los ojos al despertar tiene más que ver con una actualización de ti misma. Con revisar tu nueva talla existencial, y del mismo modo que cuando aumentamos dos tallas de cintura nuestros viejos vaqueros ya no nos valen, cuando aumentamos dos tallas en nuestra medida existencial, las viejas formas de hacer, tampoco nos sirven.
Cuando despertamos, percibimos lo que antes no percibíamos.
En nosotras mismas y en los demás. Percibimos nuestras necesidades de forma amplificada, pero también las de los otros. Conectamos (o reconectamos) con nuestra necesidad de poner límites, de decir "basta", o con la necesidad de dejar de relacionarnos con las personas que ponen en duda nuestro valor. Un valor que, por cierto, hemos recuperado al despertar.
Porque cuando despertamos nos reconocemos y recordamos. Como dijo Bukowski, recordamos quiénes éramos antes de que otros nos dijeran lo que teníamos que ser. Lo que es tan liberador como disruptivo, porque muchas veces pone en jaque nuestro sistema de origen, nuestras relaciones o el lugar en el que vivimos. Es el tipo de Despertar que suele suceder con la maternidad o después de una infidelidad.
Y aún hay muchas más consecuencias, pues cuando despertamos, percibimos la belleza donde anteriormente nunca la habíamos visto.
Y lo más conmovedor de todo, es que nos damos cuenta de lo mucho que la necesitamos. Cuando despiertas te das cuenta de los lugares en los que tu cerebro descansa, y te aseguro que descansa mejor en los lugares bellos y ordenados que en el caos, y ya no te sirve el desorden, ni el literal ni el metafórico. Ahora tienes los ojos y los sentidos abiertos, despiertos. Puede ser doloroso, pero será siempre necesario.
Lo que pretendo en estas páginas es acompañarte en todo aquello que has vivido, estás viviendo y, que sin ninguna duda sé que vas a vivir, y quiero hacerlo del mismo modo que Ariadna acompañó a Teseo en su entrada al laberinto: sujetándote con un suave hilo que te permita deshacer el camino y regresar a salvo, después de “enfrentarte al monstruo”. Al igual que Teseo tuvo que enfrentarse al minotauro, nosotras deberemos afrontar diferentes situaciones vitales difíciles o quizás duras, pero hacerlo de forma consciente nos ayudará en nuestro despertar.
Es muy posible que reconozcas algunas de estas situaciones y que internamente asientas recordando el efecto que tuvieron sobre tu vida. Es posible que alguna de ellas incluso te llevara a comenzar un proceso de terapia y que en ese instante comenzara tu despertar. Es posible que algunas de estas situaciones te llevaran al límite y sintieras que lo único —y lo mejor— que podías hacer era dormir. No seré yo quien te discuta que cuando la vida se pone fea, de lo que se trata entonces es de sobrevivir, y que en esos momentos no son palabras bonitas lo que necesitamos, si no recursos, apoyo y ayuda, mucha ayuda.
En cualquier caso, aquí están algunas de las situaciones vitales que te invitarán a despertar —a veces puede que incluso a tu pesar— y a vivir con otra consciencia. Se trata de verdaderos ritos de paso encubiertos en acontecimientos inevitables de nuestra cotidianidad, por los que tarde o temprano todas y cada una de nosotras vamos a pasar, si es que no hemos pasado ya.
Una crisis personal, cuando de repente lo “viejo” ya no te sirve y no ves la manera de acceder a lo nuevo. Puede desencadenarse por un problema de trabajo, una crisis de fe en lo que haces, o en tu forma de vivir.
Una crisis de pareja, a veces consecuencia de una crisis personal, pero otras veces detonada por una infidelidad, o una traición de algún tipo que derrumba la estabilidad en la que creías que vivías y tienes que rehacerte de nuevo.
Una enfermedad, tuya o de un ser querido, que te coloca sin anestesia frente al espejo del deterioro, de la imperfección, que tantas veces tratamos de disimular, y de tu absoluta finitud.
El camino del duelo. Los duelos centrifugan nuestra existencia. Como sucede al caer en la casilla de la muerte en el Juego de la Oca, que nos lleva de nuevo a la casilla de salida, hay duelos que revientan nuestros cimientos y nos toca aprender a vivir de nuevo. Las pérdidas son grandes despertadores, nos impiden seguir ignorando la absoluta impermanencia de todas las cosas.
Hay también despertares más amables, suaves y delicados, como por ejemplo determinados tipos de viajes y amistades, y por supuesto, hacer terapia. No todas lo hacen, pero cuando coincide la persona, el momento y el terapeuta adecuado, la persona que sale del proceso terapéutico no es la misma que entró.
La experiencia muestra y demuestra que, a mayor
conmoción, más emergencia en el despertar.
Quiero insistir al respecto en que para despertar no necesariamente tenemos que sufrir, no se trata de eso, porque una dosis muy alta de sufrimiento personal —sea físico o psíquico— puede detener nuestro camino de “volver a la vida”. No podemos aprender de lo que nos rodea si estamos en un constante modo de supervivencia.
Un sufrimiento extremo puede llegar a provocarnos una disociación como mecanismo de supervivencia, una relativa huida de la realidad, justo lo contrario de lo que implica Despertar. Este matiz es importante porque durante mucho tiempo se ha transmitido que el sufrimiento y el dolor es lo que nos hace fuertes. No estoy de acuerdo. A lo largo de los años he hablado con muchas mujeres que han pasado, por poner un ejemplo, por un cáncer de mama y todas me dicen lo mismo: no necesitaba esto para crecer. Para crecer lo que necesitamos es vivir, tener fuerzas y abrir los ojos para darnos cuenta de todo lo que nos rodea.
La vida, en su incesante transcurrir, nos colocará de forma inevitable delante de encrucijadas, decisiones que desbordarán nuestras emociones, con encuentros y desencuentros inesperados, y con situaciones confusas y críticas ante las cuales solo tendremos dos opciones: vivir dormidas, o abrir los ojos. De eso va este libro.
Es posible que a estas alturas ya te hayas ubicado en alguno de estos despertadores existenciales e inevitables que la vida conlleva.
O quizás te hayas quedado en el dolor del impacto y no en la lección, pero para eso estoy aquí, para guiarte a la vida que existe al otro lado del golpe.
Despertar implica el reconocimiento de la experiencia humana compartida. Nuestras vidas están interconectadas por naturaleza. Por eso vivir despierta tiene una relación tan directa con la gratitud, la consciencia y la compasión.
Piensa, por ejemplo, en la improbabilidad de este momento. En este preciso —y precioso— instante en el que estás leyendo estas líneas sentada en tu sofá, o quizás en un tren, o mientras esperas que tu hijo pequeño salga de su clase extraescolar. Piensa, por favor, en lo difícil que es, en términos matemáticos de probabilidad, que justo este instante esté sucediendo. Que éstas palabras que yo comparto desde un lugar profundo hayan llegado a tus manos, a tus ojos, y de ahí, a tu propio lugar profundo. Darse cuenta de esta maravilla es vivir despierta. Estar despierta es tener conciencia de la interconectividad, de la humanidad compartida en la que todo nos atañe, todo tiene una respuesta, un regalo o quizás una pista, para ti.
Quiero enseñarte a seguir esas pistas, a acoger esos regalos, por eso encontrarás al final de cada capítulo una serie de propuestas prácticas muy sencillas que te permitirán convertir lo ordinario en extraordinario. Jugar de esa manera con lo que nos rodea es vivir despierta.
Estar despierta te permite el balance entre la emoción y la razón. Ni todo es razón, ni todo es emoción. El equilibrio entre ambas te dará la estabilidad necesaria para afrontar todos los retos, con todo lo que eso significa. En la vida hay momentos en los que tenemos que ser “razonables”, y otros muchos (posiblemente más) en los que tenemos que ser —y somos— emoción. Permitirte esto es vivir despierta.
Una Mujer Despierta es esa mujer que ha domado sus emociones, pero no en el sentido de haberlas reprimido o escondido (eso no es domar, eso es maltratar), sino que es una mujer que siente lo que tiene que sentir en el momento en el que tiene que sentirlo. Es una mujer conectada, con lo de fuera y, sobre todo, con lo de dentro.
Las emociones en la mujer tienen absoluta relación con nuestro ciclo menstrual. Una mujer despierta es la que vive conectada y reconciliada con sus ciclos, incluso después de que su menstruación haya desaparecido. El ciclo menstrual de una mujer despierta es fascinante, porque está lleno de información sobre sí misma, que solo ella sabrá leer y del que sacará todo el partido que necesite. Por eso, tenemos que aprovechar también los tres grandes ritos de paso de la vida de una mujer para aprender a despertar a lo que la vida nos expone en ese momento.
El despertar en la menarquia es muy diferente al despertar del parto, y estos dos, absolutamente diferentes a la gran oportunidad al despertar que brinda la menopausia. Una mujer despierta transitará cada uno de los ritos con total consciencia, reconociéndose a sí misma en cada momento. Hablaremos de ello en la última parte.
Todas tenemos una vida nueva a una decisión de distancia.
Y la mejor decisión que podemos tomar es la de vivir con los ojos abiertos. Es en ese momento cuando se nos abre la posibilidad de una nueva existencia dentro de la nuestra, una nueva vida dentro de nuestra vida.
“Y entonces entiendo que tengo espacio
en mi interior para una segunda vida eterna e inmensa”.
Rainer Maria Rilke,
amo las horas oscuras de mi Ser (El Libro de las Horas)
Imagino que alguna vez te habrá pasado: estás profundamente dormida, soñando vívidamente, cuando dentro de tu sueño comienza a sonar una alarma o alguien grita tu nombre. Tratas de acudir a esa llamada, pero no siempre llegas a tiempo. En ese momento despiertas y entiendes que tu despertador estaba sonando y que —sabia e impecablemente— tu cerebro incorporó el sonido al sueño. O quizás era tu pareja, o tu hijo, llamándote incesantemente y escuchaste primero dentro lo que estaba sucediendo fuera. Pues exactamente así comenzamos a despertar a la vida. Nunca es de repente. No es de golpe. O casi nunca. Es como si poco a poco, en nuestra cotidianidad se fueran incorporando pequeños halos de atención, microdosis de conciencia plena. Despertar es un proceso que debe ir acompañado, porque si nos despertamos antes de tiempo, corremos el riesgo de quedarnos dormidas para siempre.
No hablamos aquí sobre el despertar espiritual. Ya hemos dicho que es personal e intransferible. Tu forma de ser y vivir la espiritualidad es única. Solamente tuya. Nadie la vive como tú. Unos encuentran la espiritualidad meditando y recitando mantras, o caminando por las montañas. O en un amanecer. O paseando con su perro. También hay espiritualidad en una cena con amigos una hermosa noche de verano.
Aquí vamos a hablar de la necesidad de vivir despiertas. Retomando el ejemplo de esa cena con unos amigos, se trata de ser capaces de disfrutar ese momento que sabemos irrepetible, pues, aunque volvamos a reunirnos, ese momento ya habrá pasado, será otro. Vivir despiertas es sumergirse en esa experiencia y realmente saber cómo se siente cada una de esas personas que están a tu lado, porque, aunque no te lo hayan contado, tu sientes, notas, sabes, que algo no está bien, o que algo está muy bien.
Todos somos seres de luz y de sombras. Por eso necesitamos trascender la mirada de lo espiritual y atender a lo cotidiano, a lo que está sucediendo en este preciso instante.
Durante nuestra vida se dan situaciones tensas, momentos muy difíciles. Quizás entonces preferirías vivir dormida, todos conocemos la frase “ojos que no ven, corazón que no siente”, cuando la realidad es que los ojos que duermen, esconden un corazón que se resiente. Cuando tu propia realidad te desborda es necesario darse una tregua, también para poder dársela a los demás.
Llegados a este punto, es conveniente hablar de compasión. Después de haberme formado con algunos de los mayores expertos internacionales en compasión, la definición que ofrezco a mis pacientes es no esperar del otro lo que el otro no puede dar. No es muy compasivo tratar de llevar a los demás a lugares para los que todavía no están listos, aunque sea por su propio bien.
Me pregunto, te pregunto, ¿qué tal te tratas? ¿Te tratas como tratas a los demás o algo peor? Sé que en ocasiones perdonarse a uno mismo no es fácil. Pero si tú no lo haces, nadie lo hará por ti. Estoy de acuerdo contigo en el que algunas —o muchas— de las cosas que te pasan no dependen de ti. Pero darte una tregua, sí. Por eso, quizás sería interesante recordar que la compasión no puede darse si antes no hay autocompasión. El primer paso para poder despertar en un lugar seguro, desde el que poder afrontar lo que venga y gestionar lo que es, es saber exactamente dónde estamos. Ese “dónde estamos” es geográfico, es literal. El problema es que la mayoría de las personas viven en lo que tendría que ser, o en lo que esperan que sea. Siento decirte que no existe un “tendría que ser”, existe lo que es. Nos lo recuerdan las grandes tradiciones contemplativas. “Lo que es, es” nos repiten, y de ahí la necesidad de la aceptación y su distancia con la resignación, que lamentablemente es donde vive la mayoría de la gente.
Sé que es difícil, pero todo va bien cuando nos decimos la verdad. Que incómodo al principio, y cuánto alivio después. No puedo despertar si no me digo la verdad: ya sea de mí misma, o del estado de mi relación, o de mi relación con los demás, o con mi cuerpo, y con lo que me rodea.
Recuerda:
No decirnos la verdad es vivir dormidas.
Todas conocemos a alguien que ha perdido el control sobre su cuerpo y nos dice “estoy como siempre, hace mucho que no me peso, pero peso lo mismo”. O alguien absolutamente desconectada de su pareja que nos dice “somos un equipazo, a nuestros hijos no les falta de nada”. Me entran ganas de preguntarle, ¿y a ti cómo mujer que te falta?". " ¿Y a él como hombre qué crees que le falta?" Podríamos describir un montón de ejemplos y todas pensaríamos en alguien cercano, quién sabe si en nosotras mismas. Decirnos la verdad es todo un reto que evitamos hasta que no queda más remedio, y a veces puede ser tarde.
Para mí, decirnos la verdad es el equivalente a localizarnos en el mapa. Pues, ¿de qué me sirve un mapa si no sé dónde estoy? El primer paso es ubicarnos y reducir la expectativa. Lo que espero me impide ver lo que es. Lo que deseo que sea, me impide reconocer lo que sí está siendo.
Si la distancia lejana se mide en años luz, la distancia entre nuestras expectativas y la realidad debería medirse en toneladas de sufrimiento. Así se explica también muchas veces nuestra ansiedad. Te aseguro que esa brecha entre lo que creo que debería ser y lo que es, es un abismo insondable en el que lo más fácil es perderse para siempre.
Fíjate cómo funciona nuestra mente: si nos pasan muchas cosas, pero no nos pasa aquello que queremos, como, por ejemplo, encontrar trabajo, pareja, algún tipo de cambio en nuestra vida, entonces creemos que no nos ha pasado nada, que todo sigue igual. En cambio, si nos ocurre una única cosa, que es exactamente la que deseábamos, sentimos que todo ha cambiado, sin detenernos a pensar si ese trabajo, esa relación o ese cambio en nuestra vida, es realmente para bien o para mal.
Hay días en los que la vida parece estancada y hay días en los que hay una explosión de todo lo retenido. Una tubería que revienta no es algo agradable, pero a veces es necesario. Y a todas nos llega un día en el que sentimos que se abre el grifo de algo estancado, olvidado, o quizás reprimido. Porque siempre están pasando cosas. Y creo que esto es indiscutible.
Mientras tú lees estas líneas, y mientras yo las escribo, alguien está sufriendo, cuestionándose si la vida merece ser vivida. Mientras lees estas líneas, una mujer —quizás una amiga— acaba de confirmar que está embarazada. O ese bebé está naciendo justo ahora. En este momento alguien se está casando ilusionada —normalmente la gente se casa creyendo en el difícil e improbable para siempre, aunque eso merece otro libro—. En este mismo instante, a la vez que todo lo anterior, a alguien le están diagnosticando un cáncer, u otro tipo de enfermedad, y en algún lugar ahora mismo alguien está muriendo. Es igual de probable que en este mismo instante una mujer esté embarcando en un viaje que cambiará su vida hasta límites inimaginables. También cabe la posibilidad de que, en otro lugar y en este momento, una mujer esté despertando. En todas estas versiones de la realidad puede ser incluso alguien que conozcas.
Lo bueno y lo malo conviven necesariamente, del mismo modo que no puede haber sombra si no hay una luz iluminando. Esto es así porque todo sucede a la vez, y todo está pasando ahora, mientras tú lees estas páginas y mientras yo las escribo, como reza el título de la oscarizada película Todo a la vez en todas partes. No hace falta saltar de universo y proyectarse en una vida paralela. ¿Quién nos dice que no nos va a pasar a nosotras? Todas podemos cruzar un día al otro lado de la frontera, sin buscarlo; como me dijo una vez mi mejor amiga: al lado feo de las estadísticas. Sería muy soberbio pensar lo contrario. Por todo esto es tan interesante ponerle atención a lo que viven los demás, porque nosotras podemos ir detrás. Tomar conciencia de esto no se llama pesimismo, se llama humildad.
De verdad, no me considero agorera, ni pesimista. Quizás sí me encaja aquello que se le atribuye a Mario Benedetti cuando dijo “soy un optimista bien informado”. Lo que hago es observar la realidad y trasladar lo que sé a ciencia cierta, a estas páginas, con el único objetivo de que puedas valorar de otra manera la improbabilidad de vivir y así, despertar. Lo extraordinario sucede constantemente. Me pregunto cuántas cosas no se nos revelan hasta que despertamos
y aprendemos a mirar.
Hay momentos en los que lo que nos provoca la catarsis es algo que vemos fuera y que nos despierta lo que permanecía dormido dentro. A veces, el despertar es más suave y se parece a un amanecer que entra por una ventana sin persianas.
Comparto un ejemplo de “suave” despertar que me ocurrió hace un tiempo en un museo contemplando un cuadro de Picasso. Dos mujeres corren libres, de la mano, con uno de los pechos fuera (el cuadro se llama así Dos Mujeres corriendo por la playa (La Carrera) de 1922). Si te fijas en el detalle de sus manos, éstas están unidas, y corren juntas, pero ninguna empuja a la otra. Llevan un vestido blanco y corren descalzas, con el pelo suelto, como su pecho. Al fondo, un cielo de un azul intenso que sugiere un verano libre y rotundo.
Recuerdo perfectamente que era un frío día de enero en Madrid, y recuerdo también lo que estaba viviendo en aquella época. El cuadro me conmovió profundamente porque me remitió a una especie de libertad perdida —o quizás aparcada— en aquel entonces. Envié una fotografía del cuadro a mi mejor amiga, porque nosotras siempre hemos sido de la opinión de que las mejores cosas de la vida suceden cuando estamos descalzas y despeinadas, exactamente como las mujeres del cuadro, diciéndole que no le soltaría de la mano bajo ningún concepto, que del mismo modo que nos habíamos acompañado en los buenos momentos, nos acompañaríamos ahora. Ella falleció exactamente dos semanas después de aquel mensaje. Pasan los meses, y aunque me cuesta todavía conectar con ese fluir alegre y esa carrera descalza, puedo hacerlo cada vez que veo el cuadro y me traslada, no al momento en el que lo vi en persona, sino a todo aquello que me sugirió en aquel momento.
Porque en ese cuadro, por ejemplo, caben todos los veranos del mundo. Porque ese cuadro nos recuerda la fuerza de dos amigas. Su despreocupación absoluta. Corren libres y descalzas. Y despeinadas. No piensan en las piedras del camino o en ese castrante “qué dirán”, que tantas cosas geniales nos ha robado. En lo que dejan atrás se quedan las preocupaciones, los dolores y las dudas. En ese cuadro destaca el color, la alegría, la fuerza y la luz. Cada una de ellas es un mundo. Un mundo lleno de islas interiores, algunas por descubrir, otras por conquistar, y otras inaccesibles. Dos amigas. Dos mundos. Un cuadro.
Seguro que ese cuadro también tiene que ver contigo, porque todas tenemos un verano interior y compartido, un cielo azul al que volver nos cura, y que al soñarlo nos alegra. Brindo por esos veranos, por correr libres y descalzas.
Como ves, no todo despertar es una catarsis. Algunos son sutiles, aunque los más frecuentes, como iremos viendo, serán los ruidosos y dolorosos. Esto es así porque en general vivimos dormidas y el ruido tiene que ser estrepitoso si queremos oírlo. La experiencia del cuadro de Picasso que acabo de compartir contigo es un sencillo, y también íntimo, ejemplo de cómo a veces un estímulo externo cualquiera, va a activar dentro de ti la memoria de aquello que has aparcado, reprimido u olvidado.
