El puzle de nuestras vidas - Priscila Serrano - E-Book

El puzle de nuestras vidas E-Book

Priscila Serrano

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Beschreibung

Dos personas. Un accidente. Una pérdida irreparable.   Alana y Luke, a pesar de ser unos auténticos desconocidos, tenían algo en común: perder a la persona que amaban fue lo peor que les podía haber pasado, tanto que cada uno se hundió en su propio mundo. Hasta que un día, el destino llevó a Luke hasta Sneedville, un pueblecito situado en el condado de Tennessee, para empezar una nueva vida, lejos de todo. La casualidad hizo que ambos se conocieran y solo los recuerdos del pasado los unirán, terminando así el puzle de sus vidas.   ¿Dejará Alana que él la ayude a olvidar? ¿O será ella quien consiga que Luke vuelva a creer? - Un romance contemporáneo en un precioso ambiente rural. - Para disfrutar de los pequeños detalles: la fiesta de las flores, música country, recetas caseras. - Maravillosos paisajes: amanecer en un rancho, un campo de girasoles, paseos a caballo. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu romance favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!    

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Seitenzahl: 391

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2021, 2025, Priscila Serrano

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

El puzle de nuestras vidas, n.º 411 - marzo 2025

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9788410744240

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

 

Índice

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capitulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

Por Fransy Guerrero

Cuando Priscila Serrano me dijo que iniciase este libro, me eché las manos a la cabeza. «¿Yo? Quita, Quita…» fue la primera respuesta que le dije, pero me convenció y aquí estoy. Es la primera vez que me piden algo así y me siento agradecido por la oportunidad. Conozco a esta autora desde el principio de mis andaduras literarias con mi blog Las lecturas de Fransy y se ha convertido en una de mis autoras de cabecera.

La palabra clave para definir a Priscila Serrano sería «evolución». Según la RAE, evolucionar es «Desenvolverse o desarrollarse, pasar de un estado a otro». Priscila pasó de un estado gaseoso, donde había más fugas que otra cosa, a un estado sólido, como el que está viviendo ahora. Sólidas son sus historias donde existen personajes que te roban la razón de ser y ten por seguro que te costará despegarte de ellos.

La evolución también es el cambio que sufren los dibujos animados Pokémon, transformándolos y dotándoles de características superiores. Priscila no es un Pokémon, pero casi como si lo fuese. Tiene un don y es dar con la tecla adecuada para que el lector sufra, ría, llore, se indigne… Además, cuenta con el poder de saber escribir juvenil, new adult, erótica, contemporánea, etc. Novelas donde el amor, el sentimiento más antiguo del mundo, prima.

En esta historia vais a marchar hasta Sneedville, un pueblecito tenessiano donde Alana y Luke tienen mucho que ofreceros. Guiaros con ellos en una historia de desgarro, de dolor, de pasión, de celos y de amor, mucho amor. Coged vuestro sombrero vaque-ro y leed este libro porque os va a tocar la patata, mejor dicho, el pan de maíz.

Un beso,

Fransy Guerrero

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Sneedville, Tennessee, 2019

 

La canícula de agosto era asfixiante y aún tenía mucho trabajo por hacer. Alana no daba abasto, ya que, además de tener que ayudar a su madre con la fiesta del pueblo, tenía que trabajar en el rancho y cuidar a su pequeña Summer de tan solo cinco años. Contaba con ayuda, sí. Steven, su esposo, también estaba sobrecargado de trabajo; era el único veterinario del pueblo y, aunque no tenía consulta propia, atendía a los animales en una cabaña que había construido cerca del establo.

—Buenos días —saludó Steven al entrar en la cocina.

Alana preparaba el desayuno de su pequeña ricitos de oro; tenía una cabellera tan larga y densa que a veces le costaba peinarla más de veinte minutos. En eso había salido a su padre. El color dorado y los ojos azules no eran más que una herencia que el propio Steven le había dejado; era preciosa. De su madre, Alana, solo había sacado el mal carácter. Alana tenía el cabello negro y unos ojos color miel que hacían que te perdieras en ellos.

—Buenos días, cielo. ¿Has desayunado ya? —preguntó la morena. Steven negó y se acercó a su esposa para saludarla como era debido. La besó con pura pasión y un «¡puaj!» por parte de su hija se escuchó tras ellos. Era bastante cómica.

—Pero si es verdad, no le di el beso de buenos días a mi pequeña cascarrabias —añadió él, haciendo reír a sus dos mujeres.

—Papi, no me digas cascarrabias —se quejó Summer, sonriendo. No podía esconder esa perfecta dentadura cuando veía a su progenitor; lo adoraba.

Steven se sentó al lado de ella y le robó un trozo de manzana de su plato, algo que hacía cada día y que provocaba ternura en su adorada esposa.

Alana lo tenía todo: la felicidad de sentirse amada por un buen hombre y a su pequeña niña. No podía pedir más a la vida. Lo material para ella era algo secundario. Aun siendo la dueña de bastantes hectáreas de tierra que su padre le había dejado al morir y teniendo uno de los ranchos más productivos y potentes del pueblo, no era feliz por lo que poseía, sino por el amor que tenía al llegar a casa después de un largo día de trabajo.

Un claxon los despertó de sus pensamientos y Alana cogió las pertenencias de su hija. Afuera la esperaba Nina, su mejor amiga, quien se encargaba de llevar a su hijo y a Summer al colegio.

Summer se levantó como un resorte para quitarle a su madre la mochila y así correr al exterior. Cualquiera diría que su derroche de entusiasmo era por ir al colegio, pero, nada más lejos de la realidad, se ponía así por Lion, su mejor y único amigo.

Alana y Steven corrieron tras su hija y, al salir, ella ya estaba sentada en el asiento trasero con Lion.

—Ya ni se despide —mencionó Steven, riéndose al ver a su niña.

—Lo siento, mi hijo le da algo que nosotros nunca le daremos —comentó Nina—. Una amistad incondicional, Alana, no pienses mal.

—No estaba pensando nada malo. —Rodó los ojos.

—Ya, claro. —Le guiñó un ojo—. ¿Quieres que venga después para ayudarte con los preparativos de la fiesta?

—¿No tienes trabajo que hacer? —le preguntó Alana, haciendo un mohín con la boca.

Conocía a su amiga y sabía que si le estaba ofreciendo ayuda era porque no pretendía volver a su trabajo, y no la culpaba. Después de que la noche anterior Nina fuera a su casa llorando para contarle lo que le había pasado con uno de sus compañeros, sabía que en algún momento dejaría ese trabajo y buscaría otro. Era una chica muy trabajadora. Al ser madre soltera, hacía lo que fuera necesario por su hijo, y lo hacía encantada.

—Estoy de descanso, ¿no lo recuerdas? —respondió Nina, aunque no muy convencida.

—¿Seguro?

—Sí, no seas pesada. ¿Quieres mi ayuda o no?

—Está bien, aquí te espero.

Sin más, se despidieron y Nina entró en el coche para después arrancar y salir del rancho en dirección al colegio, que no estaba demasiado lejos, a unos quince minutos.

—¿Ha pasado algo? —La voz de Steven la hizo reaccionar; se había quedado con la vista fija en el coche hasta que lo vio desaparecer.

—Eh, no, nada de lo que tengas que preocuparte. —No le mintió, pero tampoco fue completamente sincera. No podía estar contando los problemas de su amiga sin su consentimiento, lo había pasado muy mal.

Entraron en la casa y, al cerrar, Steven se abalanzó sobre Alana para besar sus labios con fervor; estaba loco por su esposa y se lo demostraba cada vez que tenía oportunidad.

—Te amo —susurró ella con los labios semiseparados.

La respuesta de él fue alzarla para que Alana enroscase las piernas alrededor de su cintura y que así pudiera notar cómo lo tenía. La llevó hasta la mesa, donde la depositó con sumo cuidado, como si ella fuese una frágil muñeca de porcelana. Sus besos volaban desde los labios hasta el cuello, bajando por la clavícula y hundiéndose en sus pechos. Perdía la noción del tiempo cuando la tenía así, dispuesta para hacerla suya, aunque ya lo fuera desde el día que la conoció.

Estaban en ese momento en el que la ropa sobraba y sus cuerpos necesitaban estar más unidos si fuera posible… Sin embargo, una llamada al móvil de Steven los interrumpió. Al principio, él se negó a contestar, ya que solo le interesaba estar con Alana. Siempre era así: primero su hija, luego ellos y después los demás. El móvil se quedó en silencio unos segundos, ignorado por completo.

La camisa de ella voló por los aires, las manos de él repasaron cada línea del cuerpo de su esposa. Suavemente, despacio, con unas caricias que volverían loca a cualquier mujer. Sus manos siguieron ese trazo desde los pechos hasta el ombligo, a punto estaba de hacer desaparecer los pantalones como por arte de magia, pero el móvil volvió a sonar, consiguiendo que se frustrara.

—Cógelo, seguro que es importante —le pidió ella con dulzura.

—Lo que sea, puede esperar. —Steven no pensaba lo mismo, no tenía intención de saber quién estaba interrumpiendo su momento.

Pero al final no pudo más que hacerle caso a Alana, pues quien fuera que lo estuviera llamando, iba a seguir haciéndolo hasta que él descolgara.

—Es mi madre —anunció cuando vio el nombre en la pantalla—. Mamá, ¿Qué pasa? Todavía queda un buen rato hasta que tenga que ir a recogeros.

Alana comenzó a vestirse sin apartar su atención de Steven. Por alguna razón, esa llamada le resultaba preocupante y lo pudo comprobar cuando el gesto de él cambió.

—¿Qué pasa? —se interesó ella acercándose a él.

—Tranquila, salgo inmediatamente para allá.

Cuando colgó, sintió como si se empezara a quedar sin aire, lo que menos esperaba era que su madre le dijera que su padre estaba grave en el hospital. El pobre hombre había sufrido una caída por las escaleras. Se había dado un fuerte golpe en la cabeza que lo había dejado completamente fuera de sí. Augusto, que así se llamaba, estaba entre la vida y la muerte, el mismo día que se vería con su hijo, ya que ellos asistirían a la Fiesta de las Flores que la propia Alana estaba organizando. Se había esforzado mucho para que todo fuese perfecto e inolvidable. Y así sería, jamás iban a olvidar aquella noche, se iba a convertir en la peor de toda su vida.

Sin esperar un minuto más, y después de haberle explicado todo a su esposa, Steven se montó en su camioneta. Antes de arrancar, ella se acercó a la ventanilla para despedirse de él como acostumbraba.

—Tranquilo, ya verás que estará todo bien. Lo que me molesta es no poder acompañarte —se sinceró, aunque sabía que no era santa de devoción de su suegra.

—Tranquila, tienes demasiado trabajo y no puedes posponer todo esto por… —No le salían las palabras.

Ella lo besó, quedándose unos segundos más de su tiempo con los labios pegados. No era capaz de separarse de él, algo le decía que algo malo iba a pasar, aunque también podrían ser paranoias suyas fruto de su preocupación.

—Te esperaré, vaquero —expresó con una pequeña sonrisa.

—Siempre. —Le guiñó un ojo y arrancó.

El día siguió su curso tal y como tenía planeado. Alana era una mujer que no se salía ni un milímetro del plan organizado, todo estaba fríamente calculado para que saliese perfecto. La Fiesta de las Flores era un acontecimiento muy importante para Sneedville y ese año era ella quien debía organizarlo. Y por ser el primer año no debía fallar.

La fiesta estaba a escasos minutos de comenzar y aún no sabía nada de Steven. Lo llamó, insistió durante horas, cada minuto que pasaba era una llamada que no obtenía respuesta y eso solo incrementaba su preocupación. Nina se quedó todo el tiempo pendiente de los niños, era lo único que podía hacer y era más de lo que ella necesitaba.

Cuando la gente comenzó a llegar, Alana saludaba a cada vecino con una sonrisa fingida, no le salía de otro modo.

No hacía más que mirar el reloj, el móvil y seguir llamando por teléfono. Laia, la madre de Alana, se fijó en su hija y pudo comprobar que no estaba disfrutando de la fiesta, del gran acontecimiento que ella había preparado con mimo.

—Hija. —Tocó su hombro, no la había escuchado.

—Hola, mamá. —Besó su mejilla.

—¿Ocurre algo? No he dejado de observarte y pareces preocupada.

—Es Steven, desde que se fue esta mañana, no ha regresado y tampoco coge el teléfono. —Estaba muy asustada.

—¿Has probado a llamar a su madre? —preguntó Laia, aunque sabía que eso no era una opción, más bien la última—. Pues hazlo, llámala y, si se molesta, peor para ella.

Su madre tenía razón, no debía pensar en lo que a su suegra le pudiese molestar, solo quería saber algo sobre su esposo. Cogió el móvil para llamarla, a esa mujer de corazón de acero que no la podía ni ver. Aún no sabía el motivo por el que esa señora no la quería y tampoco tenía intención de saberlo a esas alturas de la vida.

Cuando se disponía a buscar el número en la agenda, su móvil se iluminó con una llamada entrante. No conocía el número, pero lo descolgó igualmente, podría ser Steven llamando desde otro teléfono.

—¿Steven? —preguntó esperanzada.

La voz de un desconocido preguntó por la esposa de Steven Taylor.

—Sí, soy yo. ¿Ha ocurrido algo?

Su voz temblorosa no le pasó desapercibida a su madre, y más cuando escuchó lo que la persona al otro lado del teléfono le informó. Alana dejó caer el móvil al suelo, ese suelo lleno de polvo, de vida…, un suelo que había sido testigo de ese amor tan puro entre los dos. Steven y ella se amaban hasta el punto de la locura, hasta el punto de no querer respirar otro aire que no fuese el mismo que el otro.

Alana cayó de rodillas en un mar de lágrimas y fue ahí donde se dio cuenta de que su vida no volvería a ser la misma. Aquella noche iba a ser inolvidable. La Fiesta de las Flores nunca tendría el mismo color que antes.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Chicago, Illinois, 2019

 

A solo siete horas y media de distancia, había una pareja igual de feliz que Alana y Steven.

Luke y Hanna eran una de esas parejas fuertes que nadie podría llegar a romper. Solo el tiempo, la vida, el silencio; eso sería lo único que podría quebrar un amor tan grande, incluso con eso sería complicado, pero no imposible.

Hanna estaba en la cocina preparando el desayuno para su esposo, ya que él debía salir al trabajo. Era veterinario y tenía su propia clínica en la que, obviamente, ella trabajaba también como recepcionista y mano derecha de Luke. Cuando él abrió la clínica, ya estaba con ella y no pudo pensar en contratar a otra persona que no fuese su chica.

—Buenos días, mi preciosa esposa —la saludó él abrazándola por atrás.

—Buenos días, cielo. —Echó la cabeza hacia atrás y la reposó en el pecho de él.

Luke la apretó contra su cuerpo, haciéndola suspirar. Quién no lo haría con un hombre como él. Luke tenía unos ojos verdes que podrían hacerte enloquecer, y su aspecto juvenil no ayudaba en nada. Aunque tuviese ya más de treinta, era demasiado atractivo. No obstante, Hanna no se quedaba atrás; ella era rubia, bajita y con la piel más blanca que había visto en su vida. Se parecía a Campanilla, como él le decía a veces.

—Para —murmuró ella cuando los besos de Luke comenzaron a bajar por la espalda—. Llegarás tarde al trabajo… Bueno, llegaremos tarde —rectificó.

—Es que me es imposible no repasar tu piel teniéndote tan cerca —le dijo al oído, provocando escalofríos en todo su ser.

Hanna se dio la vuelta para mirarle a los ojos y besó sus labios con deseo, el mismo deseo que él sentía por ella. ¿Cómo podía ser el amor tan bonito habiendo tantos problemas en el mundo? El amor era lo más grande y poderoso que podíamos sentir los mortales… El amor era el arma más fuerte para derrotar cualquier cosa.

Luke la abrazó fuerte sin poder separar sus labios de los de ella, le era completamente imposible hacerlo y tampoco es que tuviera intención.

El gemido de ella al cogerla en brazos hizo que despertara en él la fiera que guardaba en su interior.

Tiró todo lo que había sobre la encimera, importándole muy poco que se pudiera romper algo. En realidad, no importaba nada más que ellos. Sus labios recorrieron la piel de su esposa, la piel sedosa y perfecta de su Campanilla. Abrió sus piernas con descaro y rozó el sexo de ella sobre la tela de la ropa interior con la yema de sus dedos, arrancándole un suspiro que le llegó al alma. Luke acariciaba a su Hanna con delicadeza, con miedo a que se pudiera romper. Bajó despacio, dejando un reguero de besos según iba apareciendo piel, hasta que llegó a la cara interna de sus piernas. Besó ahí, donde latía, donde dolía tanto…, donde necesitaba atenciones inmediatamente.

—Me encantas —dijo él pasando fugazmente la lengua por su sexo.

La respuesta de ella fue un jadeo desesperado. Luke subió de nuevo y la besó, dejándole su propio sabor. Y mientras ella besaba su cuello, él se abría la cremallera de sus pantalones para después, de un solo empujón, entrar en ella para hacerle el amor. La adoraba, ambos lo hacían. Quién le diría que, después de odiarse en la universidad, iban a estar así.

Cuando se conocieron, ella era un poco pija, o eso era lo que él decía. Hanna era la hija de uno de los profesores y la chica más guapa que había visto, pero también la más impertinente. Se lo tenía demasiado creído y él estaba cansado de chicas así. Un día, cambió su modo de pensar, el día que se dio cuenta de que ella no era como aparentaba para que nadie la pisoteara. Hanna era sensible, amorosa y muy inteligente. Coincidieron en una fiesta donde él tuvo que ayudarla a quitarse de encima a un tipo que no la dejaba en paz. Se estaba propasando con ella y Luke no podía dejar que nadie la tocara; no porque le gustase, eso no era el motivo, simplemente no dejaba que ningún estúpido se propasara con una mujer delante de él.

Luke la llevó a su casa esa noche y, desde ese momento, no pudo separarse de ella. Ya llevaban juntos ocho años y habían sido los más felices de su vida.

Entraba y salía de ella con una pasión que no podía controlar, disfrutaba de cada segundo que le hacía el amor a su esposa y no aguantaba separado de Hanna más de una hora.

Cuando ambos acabaron, se besaron y rieron a la vez. Aquello no podía volver a pasar una hora antes de ir a trabajar, iban a llegar tarde.

—Eres la culpable de mi retraso, que lo sepas —reprochó él con una sonrisa de oreja a oreja.

—Serás descarado, eres tú quien ha venido y se ha aprovechado de que solo llevase el camisón —respondió besándole y él mordió su labio inferior en respuesta.

—En cuanto termine de arreglarme me iré. Al final llegaré tarde para abrir la clínica y tengo una cirugía en una hora.

Mientras Hanna recogía la cocina, Luke se fue a la habitación para cambiarse de ropa. Cuando salió, se acercó a ella, pero esa vez le dio un casto beso en los labios y se marchó.

Por el camino no dejó de pensar en su chica ni un segundo.

Llegó a la clínica y ya había dos personas esperando con sus animales fuera del establecimiento, se disculpó con ellos y abrió para que pudieran entrar y poder sentarse. Como Hanna siempre llegaba un poco más tarde, fue él quien atendió la recepción un momento para poder pasar a la primera persona con su perro.

Atendió a varios animales y luego entró en el quirófano con un perro que tenía un quiste que había que extirpar. Se le fue la mañana rápidamente y comprobó que su esposa aún no había llegado. Le extrañó el retraso y la llamó, pero no se lo cogió. Como tenía más animales esperando, no pudo seguir intentándolo. Y como ella no estaba en su puesto, sus funciones quedaban delegadas en él. Fue un caos de día.

Sobre las tres de la tarde, cerró para ir a comer al restaurante que tenía al lado. No le daba tiempo a volver a casa, aunque estaba muy preocupado por Hanna. A las cuatro debía abrir la clínica de nuevo para seguir el tratamiento del conejo de la señora Lakers.

En ese momento, mientras el camarero le mostraba la carta, su móvil sonó. Al comprobar que era ella, lo descolgó a toda prisa.

—Hanna, ¿Qué ha pasado? —preguntó rápidamente, estaba muy preocupado.

—Siento mucho no haberte cogido el teléfono, cielo, estaba… —Se quedó en silencio unos segundos, lo que hizo que él se desesperase más—. Luego te cuento en casa, ¿sí? Te tengo una sorpresa.

—Pero ¿tú estás bien? Me tienes muy preocupado.

—Sí, sí, mejor que nunca. Te quiero.

—Yo también.

Luke se quedó mirando la pantalla del móvil unos minutos después de que ella colgase. Aunque la escuchó hablar y sabía que estaba bien, seguía preocupado. Porque, si su esposa sabía que ese día iba a faltar al trabajo, ¿por qué no le dijo nada antes? Había algo que no le gustaba y no veía la hora en que terminase el día para volver a casa.

Las horas pasaban muy lentamente, así lo comprobaba él cada minuto que miraba el maldito reloj. Y, aunque estuviese en la clínica, su mente no lo estaba, solo pensaba en su mujer y lo que tuviese que decirle. Ella parecía feliz, eso no le había pasado desapercibido.

Sobre las ocho de la tarde, atendió a su último paciente, un dálmata con una pierna rota, y salió de su clínica para regresar a su casa. Condujo rápido, con cuidado pero rápido, y en menos de media hora estaba estacionando en el aparcamiento privado de su edificio. Por primera vez desde que vivían en esa casa, miró el hueco donde su esposa aparcaba. Estaba vacío. «¿Habrá salido?», se preguntó mientras caminaba hasta el ascensor. Entró y tocó el número siete donde estaba su apartamento. Estaba muy nervioso y no entendía el motivo por el que se sentía así. Si Hanna le había dicho que le tenía una sorpresa, ¿por qué sospechaba que algo malo estaba pasando? Entró en su hogar con la esperanza de encontrar alguna nota de su esposa, pero no fue así. Caminó hasta la cocina para beber un poco de agua y encontró la mesa preparada.

Sin pensarlo dos veces, cogió su móvil y marcó su número. Estaba apagado. Ahí fue donde el miedo comenzó a subirle por los pies. Fue al salón y se sentó en el sofá con el móvil en la mano, nunca había tenido tanto tiempo ese aparato agarrado. Volvió a marcar y seguía apagado.

Estaba tan nervioso que ya no sabía qué hacer. Optó por llamar a su cuñada, seguro que ella sabía algo de su esposa. Buscó el número de Juliette y marcó la tecla de llamada. Ella no tardó en responder, aunque no pudo decirle mucho, pues no sabía nada de su hermana desde que hablaron por la mañana y sabía exactamente lo mismo que él. Eso no le gustó, Hanna le contaba todo a su hermana. Mirando hacia todos lados en la casa, con la esperanza de encontrar algo inusual, vio un sobre en la mesa de la entrada y fue a cogerlo. Era de una clínica de fertilidad. Extrañado, lo abrió sin permiso, necesitaba saber qué pasaba. Al comprobar qué era, una sonrisa iluminó su preocupado rostro. Hanna estaba embarazada.

Se sentó de nuevo llevándose consigo el informe donde salía ese positivo y volvió a llamarla. Justo después de colgar, su móvil sonó con una llamada entrante de un número desconocido. Descolgó con la esperanza de que fuera ella.

—¿Hanna? —dijo ansioso.

La voz de un desconocido preguntó por el esposo de Hanna Collins.

—Sí, soy yo. ¿Ocurre algo con ella?

Escuchó lo que tenía que decirle esa persona hasta que dejó de oír la voz por culpa de los latidos de su corazón que comenzaron a latir con la misma fuerza de un tambor. No podía estar escuchando eso… Aquello no estaba pasando…

Dejó caer el móvil al suelo, en el mismo suelo de su hogar, donde eran felices, donde iban a tener una familia. Sus ojos se llenaron de lágrimas y ya no quiso saber nada más, solo quería verla, quería comprobar que era real lo que le acababan de decir. Cogió el móvil y lo estampó contra la pared importándole muy poco que se hiciera añicos, que alguien estuviese al otro lado esperando una respuesta por su parte.

Se levantó y cogió las llaves de su coche para volver a salir, tenía que ir a donde estaba su esposa, la mujer de su vida, la única a la que había amado y que sabía que no iba a dejar de amar jamás.

¿Cómo era posible que, estando tan lejos y sin conocerse en absoluto, pasaran por lo mismo el mismo día? Luke y Alana tenían algo en común. Lo único, a decir verdad. Ambos habían perdido a su pareja esa noche. Un accidente de tráfico se había llevado la vida de esas dos personas que ellos amaban tanto. Ahora les tocará vivir sin ellas, sabiendo que una parte de ellos mismos murió aquel día.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Sneedville, Tennessee, 2019

 

—Alana, hija. ¿Estás bien?

Solo habían pasado unas horas desde que se enteró que su esposo había perdido la vida en un accidente mientras conducía hasta el hospital donde se encontraba su padre y no podía creerlo aún. Él ya no iba a regresar nunca más. ¿Cómo iba a vivir sin él? ¿Qué le diría a su pequeña? ¿Cómo iba a afrontar la vida ahora?

Escuchaba la voz de su madre tan lejana. Estaba allí, de pie frente al cuerpo del hombre de su vida. Tuvo que ir a reconocerlo, y había sido lo más doloroso por lo que había pasado en su vida. Se abrazó a él por última vez, derramando esas lágrimas que no había sido capaz de soltar delante de todo el mundo. En la fiesta, todos se enteraron y propusieron cancelarla, mas ella no dejó que lo hicieran. Su duelo no tenía que entorpecer en la vida de los demás y esa fiesta era un acontecimiento importante que muchos habían esperado. No obstante, el alcalde del pueblo le dijo que quitarían algunas de las actividades para cerrar antes, esa pérdida había sido devastadora para todos.

Después de haber pasado la peor noche de su vida, llegó el momento de despedirse para siempre de ese hombre que la hizo tan feliz en los años que estuvieron juntos.

Su hija estaba a un lado sobre las piernas de su abuela, esa señora no la dejó en todo momento desde que Alana le contó que su papá se había ido al cielo para convertirse en su ángel. Fue algo muy difícil de contar, y más a una niña pequeña que aún no entendía nada de los sucesos de la vida.

Alana se sentó a su lado y abrazó a su pequeña con cariño, oliendo el perfume que desprendía su melena llena de tirabuzones. Summer y su padre eran muy parecidos, tanto que ella creyó estar oliendo el perfume de él.

Nina, por otro lado, fue la que se encargó de atender a las personas que fueron a dar el pésame. Alana estaba derrotada y no era capaz de responder a nadie. El dolor que sentía en su pecho era tan fuerte que hasta le costaba respirar.

—Alana, siento mucho lo que ha pasado. Si necesitas cualquier cosa, sabes que me tienes aquí. —Esa voz le pareció familiar y miró a la persona.

Era Robin, un amigo del pueblo que conocía de toda la vida. Fueron buenos amigos hasta que ella se enamoró de Steven y ya no existió nadie más para ella.

Alana se levantó y lo abrazó, siempre era bueno sentirse cobijada y querida por alguien que la conocía tan bien.

Cuando todo acabó y cremaron a Steven, ella juró que lucharía por su hija, por su rancho, pero también juró que no volvería a amar a nadie como lo amó a él. Nunca le abriría su corazón a nadie más.

 

 

Un año después

 

Había pasado un año desde la muerte de Steven y Alana seguía cumpliendo la promesa que le hizo a su esposo en su lecho de muerte. Jamás iba a dejar de luchar por el bienestar de su hija y el rancho. Laia, su madre, se había ido a vivir con ellas. No quería dejar a su hija y a su nieta solas. Y aunque Alana se había negado en rotundo a esa mudanza, luego lo agradeció al comprobar lo doloroso que fue llegar a su hogar y recordar que, en cada esquina de esa casa, había recuerdos con él. No quería desmoronarse delante de su hija y su madre, así que hacía de tripas corazón durante el día y, en la noche, se dejaba llevar por las lágrimas.

Después de un año, aún no había sido capaz de sacar las cosas de él de su armario, ni siquiera se movía en la cama, esperando que su hueco se llenara en cualquier momento, algo que nunca iba a pasar y ella sabía.

Todas las mañanas despertaba creyendo que, al mirar a su lado, allí estaría él. Esa misma acción la hizo durante mucho tiempo. Meses de engañarse a sí misma y que, poco a poco, fue dejando de hacer.

Se levantó como cada mañana con unas ojeras marcadas por el insomnio y que tocaba tapar con maquillaje. Al terminar de asearse y vestirse, se dirigió a la habitación de su pequeña para despertarla para ir al colegio.

—Buenos días, mi pequeña princesa —dijo en su oído para después besar su mejilla con cariño.

La niña se removió hasta que abrió los ojos. Había tristeza en su mirada, una tristeza tan grande como la que ella sentía. Sin embargo, Alana hacía todo lo posible para que su hija no llorase de pena, sino de risa o alegría. Siempre le hablaba cosas bonitas de su padre para que tuviese un recuerdo precioso de él.

Cada día, su amiga Nina seguía haciendo lo mismo, recogía a su hija para llevarla al colegio con Lion, su hijo. Era una gran ayuda que no sabía cómo pagar. Esa mañana, Nina llegó antes para desayunar con ellas y saber cómo estaba, quería convencerla de salir esa noche a tomarse algo al bar del pueblo. Sabía que su respuesta iba a ser negativa, pero esperaba que Laia la ayudase a convencerla.

—Buenos días, familia —saludó Nina entrando en la casa con una gran sonrisa.

Alana bajaba las escaleras junto a su hija y, al verla, le dio un beso en la mejilla.

—Buenos días, Nina. ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Te has caído de la cama? —se burló.

—Muy graciosa, he venido a desayunar con vosotras y a hablar contigo. Últimamente, nunca tienes tiempo para que pasemos juntas. Y si no me buscas tú, tendré que buscarte yo, ¿no?

—Tampoco exageres, ya sabes que tengo mucho trabajo y…, bueno, no tengo veterinario, y el que viene de fuera del pueblo me cuesta una pasta. Son demasiados gastos y, si no trabajo duro, las deudas nos comerán —expresó con seriedad.

La situación en la granja se había complicado al perder a su veterinario. Steven era más que su esposo. Al no tener esa fuente de ingresos y solo tirar con lo que le daban las carreras de caballos y los cultivos que tenía, era complicado. Para que sus caballos estuviesen bien, tenía que gastar el poco dinero que conseguía. En fin, era un caos que aún le estaba costando sobrellevar.

—¿Y por qué no contratas a un nuevo veterinario? —se interesó Nina.

—¿Lo dices en serio? No, no lo estás diciendo de verdad. —Se acercó al fregadero para lavarse las manos, se había puesto nerviosa de solo pensarlo—. ¿Cómo voy a hacer eso? Nadie puede remplazarle, nadie.

Salió de la cocina con los ojos llenos de lágrimas, ese día le había costado contenerse delante de su hija, menos mal que su madre estaba hablando con los niños para que no estuviesen pendiente de ellas dos. Nina fue tras ella y la vio entrar en el establo.

Alana acarició el pelaje de Bruma, la yegua que Steven le regaló al año siguiente de casarse. Fue el mejor regalo que había recibido en toda su vida y algo que lo unía a él además de su hija.

—Lo siento, Alana, no pretendía que te pusieras así. —Cogió su mano—. Pero debes pasar página y creo que empezar por eso te vendrá bien. No digo que te enamores de otra persona, ni que metas en tu casa a nadie… Solo digo que sería bueno para tu rancho contratar a un veterinario interno.

Se quedó pensando en lo que su amiga le decía. Por un lado, tenía razón, pero le costaba siquiera analizarlo.

—Es que no sé, Nina. Hoy es el primer día que entro aquí y siento paz… El primer día que soy capaz de quedarme más de dos minutos. No sé si seré capaz de entrar para colaborar con otra persona que no sea él. El rancho era nuestra vida, nos unía algo más que los caballos, que nuestra hija.

La manera en la que todavía sufría era desgarradora y Nina sintió pena por ella, por su mejor amiga. Pero no la dejaría sola, nunca lo haría, ella no lo hizo cuando se quedó sola con un bebé, cuando tuvo problemas con algunos hombres.

Nina la abrazó para que se desahogara si así lo necesitaba y, cuando logró calmarla, volvieron al interior de la casa para desayunar.

Aún quedaba más de media hora para que los niños entrasen a clase, así que su amiga soltó la bomba por la que había ido esa mañana tan temprano:

—Por cierto, esta noche vamos a salir —dijo Nina sin más.

—¿Quién? —preguntó Alana.

—Tú y yo.

Alana frunció el ceño y comenzó a negar rotundamente, no iba a salir a ningún lado, ella no era mujer de salir por ahí, no lo había hecho antes, no lo haría ahora.

—¿Por qué no? Oh, vamos. Lo pasaremos bien —insistió su amiga.

—No, Nina. Yo no iré a ningún lado.

Nina se quedó callada unos segundos en los que Alana pensó que no insistiría más, pero no fue así y, más pronto de lo que pensaba, volvió a la carga:

—Laia, ayúdame a convencerla. Necesita salir a que le dé el aire. Y tampoco vamos a ir tan lejos, solo en el pueblo.

—Hija, hazle caso a tu amiga y sal esta noche, yo me quedaré con los dos terremotos.

Aunque su madre le estuviese diciendo eso, no la iban a convencer, ella no saldría, ni esa ni ninguna de las noches que le quedaban por vivir. Eso era lo que pensaba, aunque no lo que acabó pasando, pues esa noche a las diez su mejor amiga fue a recogerla después de haber estado toda la mañana intentando convencerla.

Alana ni siquiera se quería arreglar, aun así, puso de su parte porque su hija le dijo que quería verla sonreír, que se pusiera guapa, más guapa de lo que ya era. Besó la mejilla de su pequeña antes de bajar las escaleras y encontrarse con su madre en la puerta hablando con Nina.

—Vaya, qué guapa —piropeó Nina con una gran sonrisa.

Ver a su mejor amiga ponerse un vestido de flores después de estar todo un año con ropa oscura fue un gran aliento para ella y su madre. Se había maquillado, pero no mucho, lo suficiente para que su amiga no la regañara. El vestido lo acompañó con unas botas y un chaleco.

—Gracias, aunque, no sé, creo que voy a ir a cambiarme. —Hizo el amago de subir, mas no la dejaron.

—¿Qué dices? Estás preciosa así, no te cambies.

—Mamá, ¿estás segura de que podrás con los dos niños?

—Para ya, Alana. Ve y disfruta. Y tranquila, he domado fieras más salvajes.

Todas se rieron. Y Laia se sintió feliz al escuchar a su hija soltar aquella pequeña carcajada. Le dio un beso en la mejilla y la apremió para que se fueran de una vez. Alana y Nina caminaron hasta el coche y se montaron para después arrancar e irse de marcha. Bueno, o como decía Alana, a tomar algo. Eso de irse de marcha eran palabras mayores.

Aquella noche el pueblo estaba precioso, la Fiesta de las Flores ese año no se celebró, lo dejaron para el siguiente año, el alcalde así lo decidió por respeto a la pérdida de Steven, que era un hombre muy querido por todos. Aun así, decoraron el pueblo y eso le gustó, ver todo lleno de flores la hizo sonreír.

—Sabía que te gustaría —anunció Nina mirándola.

—Gracias, Nina.

—¿Por qué?

—Por ser tan pesada y no dejarme caer, no sé qué haría sin ti. —Sus palabras fueron sinceras. Y es que quería demasiado a su amiga, a su hermana.

Se abrazaron y Alana se emocionó, aunque esa vez no fueron lágrimas de dolor, todo lo contrario. Esa noche no sentía dolor, estaba orgullosa de lo que su esposo había conseguido en un lugar como ese, todo el mundo lo quería y recordaba, y eso era mucho más de lo que esperaba. Se sentía feliz por ello, porque él no sería olvidado por nadie, jamás.

Capítulo 4

 

 

 

 

 

Chicago, Illinois, 2020

 

Durante todo ese año, Luke escribió lo que sentía en un cuaderno, las horas que pasaba encerrado en su apartamento debía llenarlas de algo que no fuese llorar mientras miraba las fotografías de Hanna y él juntos. Se había separado de todo el mundo, no veía a nadie desde hacía meses e incluso llegó a cerrar la clínica por sentirse tan vacío que no era capaz de ponerse frente a nadie que le preguntase como estaba o para darle el pésame. Había optado por la salida más fácil, hundirse en su propia miseria.

Bebiendo a todas horas y encerrado en su habitación, escribió algunas letras que formarían una canción. O eso pensaba él. No era escritor ni tampoco pretendía serlo. Y mucho menos compositor. Estaba lejos de ser alguna de esas cosas, simplemente plasmaba en unas hojas lo que su alma sentía y seguiría sintiendo mucho tiempo, por no decir para siempre.

El saber que había perdido al amor de su vida estando embarazada fue lo más duro que había vivido jamás.

Aquella noche, cuando llegó al hospital para reconocer el cuerpo de su esposa, sintió que una parte de él se había ido con ella, que había muerto al instante de verla en aquella camilla. Caminó por aquella habitación fría hasta el cuerpo de Hanna y se aferró a ella con tanta fuerza que hasta le dolieron los brazos. Lloraba como un niño pequeño, como uno desconsolado. Se sintió solo, muy solo. La miró por última vez y besó sus labios, también por última vez. Todo iba a ser así, el fin de su vida juntos.

A la mañana siguiente ya estaban en el cementerio y, aunque su familia estaba con él, seguía sintiéndose solo y con un gran vacío en el alma. Nadie iba a llenar jamás ese hueco que había dejado ella. Nadie, jamás, volvería a entrar en su corazón. Había dejado de creer en el amor la noche anterior.

Las palabras del padre de Hanna lo sacaron de su encierro mental y miró a su suegro. El muy desalmado le estaba gritando a él por la pérdida de su hija.

—Tú tienes la culpa, maldito asesino. Por tu culpa mi hija ya no está con nosotros.

No daba crédito a sus palabras, aunque él ya sintiera culpabilidad antes de que se lo dijera nadie. Se sentía el culpable de la muerte de su esposa. Si él hubiese sabido lo que ella iba hacer aquel día, la habría acompañado, pero se lo escondió y se enteró demasiado tarde de la feliz noticia. Iban a ser padres, iban a tener una familia. Pero ya no, todo se había acabado.

Intentaba olvidarse, escapar de sus propios pensamientos. Sin embargo, era muy difícil conseguirlo mientras miraba cada rincón de aquel apartamento. En cada esquina la veía a ella, en cada mancha de ropa, en cada taza sucia de café… La veía en todas partes y no era consciente del mal que él mismo se estaba haciendo. Si no paraba aquello, iba a acabar muy mal.

El timbre de su casa sonó. No esperaba a nadie, así que lo ignoró pensando que la persona que había osado molestarle se iría. Pero no fue así, puesto que volvieron a tocar y tocar y tocar hasta que, cabreado, se levantó del sofá para saber quién cojones irrumpía en su triste vida.

Al abrir, vio a su hermano pequeño Scott, quien tenía cinco años menos que él, aunque se parecían tanto que podrían pasar por gemelos.

—Hombre, pero si me has abierto la puerta —dijo entrando sin esperar a que le diera permiso.

—¿Qué haces aquí, Scott? —preguntó de mala manera. No quería ver a nadie.

—Pues venía a ver si ya te habías suicidado, pero veo que aún respiras.

Estaba siendo duro con él, pero es que Luke necesitaba que alguien fuera así para hacerle despertar de una vez. Estaba echando su vida a la basura y ya había pasado un año.

—Vete a la mierda, capullo. —Le dio un empujón, cabreado.

—Pues llévame tú, a ver si así al menos te saco de este ataúd en el que has convertido tu casa. Si quieres morirte, suicídate, es más fácil que vivir eternamente con ganas de dejar de respirar —volvió a la carga.

Luke estaba furioso con su hermano por hablarle así. Ir a su casa para martirizarle después de lo que estaba pasando era de ser un hijo de puta. Se acercó a él y lo cogió de la camisa para después pegarlo a la pared con fuerza.

—¿Que cojones te pasa? Deja de hablarme así o te romperé la cara —lo amenazó mirándole con ira.

—Venga, golpéame, así sabré que sigues vivo y no eres el fantasma de mi hermano.

Scott lo miró suplicante, tenía miedo de que su hermano cayese al vacío en el que su vida se había convertido y no pudiese salir nunca más de allí. Sabía que era doloroso perder a alguien al que amas. Perder a su esposa embarazada seguramente había sido lo peor que había soportado en todos sus años, pero vivir muriendo a cada segundo, era peor que recordar que una vez amó a alguien, con tanta pasión, que le daba la fuerza suficiente para respirando. Debía recordarla con cariño, con dulzura. La imagen de Hanna no debía ser su muerte, un fantasma. Hanna tenía que estar en sus pensamientos de manera bonita, y eso era lo que él debía conseguir.

Luke lo dejó y camino hasta el sofá donde se sentó y, tras esconder la cara entre sus piernas, comenzó a llorar desconsoladamente. Scott se sentó a su lado y dejó que llorase, dejó que se liberara de esa presión que lo estaba ahogando y, cuando lo vio serenarse, le hablo con algo más de calma. No quería que su hermano lo odiase por haber ido a su casa para ponerlo mal, solo quería su bienestar.

—Siento haber sido tan duro, pero te veo así y me dan ganas de matarte yo mismo —le soltó, algo cabreado—. Piensa en todo lo que aún te queda por vivir, por hacer. ¿Crees que Hanna querría verte así, hundiéndote cada día más? —Negó sin apartar la mirada del suelo—. Estoy seguro de que ella en este momento está sufriendo por ti y no es lo que debería estar haciendo.

—¿Y por qué se ha ido? ¿Por qué me ha dejado aquí, solo? ¿Por qué cuando íbamos a ser padres? —formuló cada pregunta casi sin aliento.

—No lo sé, hermano. Créeme que si lo supiera te respondería. Pero es que la vida es así, unos se van y otros permanecen aquí muchos años más, y no por eso debemos estar los años que nos quedan llorando por los que se fueron. ¿Duele? Demasiado, pero duele más ver cómo te hundes.

Aquellas palabras resonaron en su mente durante las horas en las que se quedó solo. Scott se quedó una hora más, el tiempo que tardó en conseguir que su hermano se aseara y comiera algo digno. Después de eso, volvió la soledad, aunque parecía tener más fuerzas para combatirla.

Esa noche vio un poco más de claridad, aunque le hubiese gustado partirle la cara a su hermano, no podía negar que tenía razón en todo lo que había dicho y le hizo abrir los ojos. Se levantó por la mañana con la intención de cambiar, y tenía que empezar por su hogar. Se duchó y vistió para después salir. Tenía claro lo que quería hacer y, aunque le iba a costar horrores hacerlo, lo haría por su bien.

En el coche no quiso poner la radio por miedo a que saliese alguna canción que le recordase a ella, todavía era pronto para algunas cosas. Llegó a la inmobiliaria donde compró su apartamento. Allí mismo lo iba a vender, tal y como estaba, lo único que se llevaría serían sus pertenencias.

Cuando entró, el señor que lo atendió años atrás se extrañó de verlo allí, pero lo hizo pasar a su oficina para atenderle mejor.

—Buenos días, Luke. ¿Cómo tú por aquí? —se interesó.