2,99 €
¿Puede perdonar un corazón roto? Esta es la historia de Fernanda, una morenita de ojos tiernos y boca sensual. Todo comenzó en una discoteca, solo se habían mirado un par de veces y eso bastó para que Hugo quisiera conocerla. Pero eran tan diferentes que eso hizo estragos en ellos y en la historia que estaba comenzando. Él se fue. Desapareció. Ella siguió adelante. Sin embargo, no podía olvidarle. ¿Dejará que vuelva a entrar en su vida? No te pierdas Cuestión de segundos, la novela donde empezó todo. - Una novela para enamorarse, reír y sufrir con los personajes. - Una lectura ágil y amena que te sacará más de una sonrisa. - Segunda entrega de Cuestión de segundos, en esta historia continúa la historia de la familia Castillo - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu románce favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 162
Veröffentlichungsjahr: 2024
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2024 Priscila Serrano
© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Solo nosotros dos, n.º 390 - junio 2024
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 9788410627857
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Cita
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Nadie dijo que duraría para siempre,
eso no significa que no hayamos intentado llegar allí.
LEWIS CAPALDI
¿Positivo? No podía ser verdad, no podía estar embarazada. Dios, ¿por qué todo me pasaba a mí? Ya sabía que tantos mareos, náuseas y ganas de comer como una foca no eran normales, pero ni por asomo me imaginaba que fuera esto. ¿Qué iba a hacer ahora? Inmediatamente pensé en Hugo.
—Él es el padre. Hugo es el padre y no está —musité lavándome las manos.
Me mojé la nuca, me estaba mareando de solo pensar en lo que se me venía encima. Iba a ser madre, una madre soltera. Suspiré a la vez que mi móvil comenzaba a sonar, la música de J Balvin me ponía siempre de buen humor, pero hoy no era ese día. Miré la pantalla, era Judith. Joder, ¿cómo le decía esto? No podía contárselo a nadie, no por ahora, o nunca, si no lo contaba no se enteraban. «¿Y qué harás cuando te crezca la panza? No puedes decir que te has tragado una sandía», mi mente divagaba sola.
Salí del baño, tenía que prepararme para ir a trabajar. El día no empezaba de la mejor manera, pero tampoco podía quedarme en casa a darle vueltas a la cabeza, eso no serviría de nada. Ahora solo tenía que pensar en cómo salir de esta.
En el trabajo estaba completamente ausente, mi compañero me preguntó en más de una ocasión si me sucedía algo, no tenía buena cara y no me sentía bien. Las náuseas persistían, los olores de la cocina no eran una buena combinación conmigo. Salí buscando algo de aire fresco, necesitaba respirar. Me senté en una de las sillas que teníamos los empleados en la parte trasera, por donde entrábamos a diario para la jornada laboral, a la vez que escuchaba mi nombre; alguien preguntaba por mí y, la verdad, no sabía quién era, no estaba muy puesta en el sonido de su voz.
—Fernanda, te estoy llamando. ¿Para qué coño tienes el móvil? —La voz de Judith me atravesó el tímpano; cómo chillaba la jodía cuando quería.
—No me grites, coño —le pedí—. Tengo el móvil en silencio, te recuerdo que cuando estoy trabajando no lo tengo encima y mucho menos estoy pendiente de él.
—¿Y esta mañana? Porque te he llamado antes de que entraras. —Alzó una ceja.
—Vale, lo siento. ¿Qué haces aquí? No te esperaba.
Me extrañó tenerla en el restaurante, desde que estaba con Héctor su burbuja se había cerrado tanto que no salían de ella ni para dar los buenos días, estaban todo el día enganchados.
—Estaba preocupada por ti, hace días que no hablamos y, al no tener respuesta esta mañana, no me lo he pensado. ¿Estás bien? Estás muy pálida —refirió acercándose a mí.
Asentí, mintiéndole descabelladamente; claro que no estaba bien. ¿Cómo iba a estarlo si tenía dentro a un feto haciendo conmigo lo que le daba la gana? La palabra feto sonaba fatal, pero aún no era capaz de referirme a él… o ella de otro modo y no me creía capaz de hacerlo pronto.
Cuando me sentí un poco mejor, e ignorándola por completo, me levanté de la silla para volver al trabajo. Judith me siguió extrañada por no decirle nada más; yo no era de las que se quedaban calladas, siempre tenía algún improperio para soltarle, pero desde hacía meses no era la misma y, ahora, mucho menos volvería a ser así, alocada y despreocupada.
—Fer, dime qué te pasa.
—No me pasa nada, Judith. ¿Por qué debería pasarme algo? Sabes que no me pasa nada —repetí varias veces intentando convencerme a mí misma de ello, aunque era completamente imposible.
—Esto es más grave de lo que me creía —mencionó agarrándome del brazo—. Vamos, tómate un descanso de cinco minutos y así hablamos —propuso tirando de mí.
—No, Judith…, no puedo. —Suspiré—. No porque venga la novia de mi jefe y me diga que haga algo que no deba lo voy a hacer, ¿entiendes? —Arrugó la frente confundida—. Lo siento, no quería decir eso, pero entiéndeme, no puedo dejar mi puesto para hablar contigo. Si quieres —pensé bien mis palabras—, nos vemos después en tu casa.
Se encogió de hombros y, tras despedirse de mí con un adiós bastante seco, se marchó. Sentía mucho hablarle así, ella no tenía la culpa de mi problema, todo lo contrario, estaba segura de que se pondría feliz, pero ¿y yo?, ¿me pondría feliz yo? Era tenerlo en mente, haber visto esa prueba, y ponerme de mala hostia. No era el momento para mí, «para nosotros», agaché la mirada hasta mi vientre y suspiré.
Obligándome a mí misma a no seguir dándole vueltas al asunto, seguí con mi trabajo y hubo tanto que hacer que ni tiempo me dio para acordarme de ello. A la hora de la salida todo volvió a mi mente y la única persona en la que podía confiar en ese momento era mi amigo del alma, el que seguramente me diría cuatro cosas cuando le contara lo que me estaba pasando. No era que no confiara en Judith, pero estaba segura de que, en cuanto se lo dijera, me preguntaría por el padre y averiguaría quién era; ya la veía buscando la manera de contactar con él, y yo no quería eso. Él tenía su vida fuera, no sabía dónde, pero estaba lejos de mí y así debía seguir.
Me monté en la moto y salí del aparcamiento para luego incorporarme a la autovía en dirección al apartamento de Jesús, dejando a Judith tirada. Solo esperaba encontrarlo en su casa, ya que estaba liado con la apertura de la sex shop.
Jesús no me esperaba y se sorprendió mucho al verme. Con una sonrisa me animó a entrar.
—Hola, corazón. ¿Qué haces aquí, habíamos quedado? —preguntó cerrando la puerta, y negué—. ¿Te ha pasado algo? ¿Judith está bien?
Volví a negar, esta vez con una sonrisa.
—Tranquilo, ansias, parece que no vengo nunca a verte —me quejé sentándome en el sofá.
—No es eso, pero sí hace bastante que no lo haces. ¿Qué tal el trabajo? —Se sentó a mi lado—. ¿Quieres un café?
—Un vaso de agua está bien, si es fría mejor.
—A sus órdenes.
Se levantó de nuevo para ir a la cocina y regresó enseguida con la botella y un vaso para servirme todo lo que me hiciera falta. Como me conocía, ya sabía él que esta conversación iba para largo.
Volvió a sentarse sin apartar los ojos de mí, expectante a lo que tuviera que decirle. Jesús era como el hermano que nunca tuve; al igual que Judith, los dos eran demasiado importantes para mí, eran mi familia, y por eso siempre podía confiar en ellos, aunque había veces, como esta especialmente, en las que primero hablaba con él por el simple hecho de no provocarle a Judith un ataque al corazón, era demasiado joven para que le pasase eso por mi culpa. No era que yo fuera un desastre andante, ni mucho menos, siempre había llevado mi vida con responsabilidad, pero cuando me liaba con algún tío, salía escaldada, y con este no iba a ser menos.
—¿Me vas a decir ya lo que te pasa? —interrumpió mis pensamientos, que estaban volviéndome loca.
—Estoy embarazada —solté sin miramientos, ¿para qué?
Jesús se quedó callado, me miró de arriba abajo y dejó unos segundos la vista en mi barriga, comprobando que no fuera una broma. No se me notaba demasiado, o eso creía yo, aunque con la ropa que llevaba tampoco era que se pudiera ver mucho.
—Estás de coña, ¿no? —me dijo, y yo negué—. Vamos, Fernanda, no estamos en el día de los Inocentes.
—No soy de bromas, ya lo sabes.
Abrí mi bolso con la clara intención de enseñarle la prueba de embarazo, la había metido ahí para, si no me creía, volver a mirarla. A veces fallaba, ¿no?
La puse en la mesa sin querer observarla otra vez, y la cogió. Sus ojos se abrieron tanto que por poco se le salieron de las órbitas. Joder, cualquiera que se enterase de una noticia así se pondría feliz, en cambio, yo no podía, no era el momento… No podía manejar mi vida, mucho menos podría con un bebé.
—¿Se lo has contado a Judith? —quiso saber Jesús. Agaché la cabeza a modo de respuesta—. ¿Por qué? Es tu mejor amiga y seguro que se pondrá feliz. Ya sabes lo importante que es para ella tener un bebé, aunque no sea suyo.
—Lo sé, pero, si se lo digo, va a saber quién es el padre, y no quiero que le digan nada. Hugo se fue y no seré yo quien le joda la vida —declaré reprimiendo las ganas que tenía de echarme a llorar y me regañé internamente por ser tan tonta, yo no era una mujer sensible. Jodidas hormonas.
De pronto me dieron ganas de vomitar y salí corriendo al baño para echar hasta la primera papilla que me dio mi madre. Jesús me agarró el pelo, ni siquiera sabía que había venido tras de mí.
—Sí, no hay duda, estás preñada hasta la boca. —Su ocurrencia me hizo reír.
—¿Acaso lo dudabas? Yo sí, pero cada vez me aclaro más —dije levantándome. Me lavé las manos y la boca además de echarme agua en la cara, cada vez que vomitaba me moría.
Fuimos al salón para sentarnos y Jesús, al verme tan mal, me cogió las manos con cariño. Ahora lo que necesitaba eran mimos, cariño y, sobre todo, apoyo.
—¿Sabes lo que vas a hacer?
—No, no lo sé, y eso es lo que peor llevo. ¿Cómo me voy a hacer cargo de un hijo…?
—O hija —me interrumpió.
—O hija, tú ya me entiendes. ¿Cómo lo voy a hacer, Jesús? No es que sea una irresponsable, pero mi vida se basa en trabajar, volver a casa, salir a emborracharme y volver a trabajar. ¿Dónde entra un bebé ahí? Y lo peor, sin padre.
—Tendrá padre, Fernanda… Yo seré su padre, si me dejas —afirmó. Me quedé en silencio mirándolo perpleja—. Puedes decir que es mío, así Hugo no tiene por qué enterarse.
Me levanté abrumada, era demasiado para un mismo día. Comencé a dar vueltas de un lado al otro pensando en su oferta, en los pros y contras, y todo me parecía una locura.
—¿Cómo voy a decir que eres el padre si eres gay, Jesús? Eso no hay quien se lo crea —hablé de pronto.
—Cierto, soy gay, pero tú y yo tenemos muy buena relación y nos hemos emborrachado juntos más veces de las que recuerdo. Podemos decir que es fruto de una noche loca que ninguno recuerda por el alcohol. ¿Qué puede salir mal? Nadie tiene por qué enterarse, y así tú puedes criar a ese pequeño sin miedo a que Hugo irrumpa en tu vida, además de que tendrás mi ayuda, cariño.
Se acercó a mí y me abrazó, y fue el momento en el que me derrumbé y solté todo lo que estaba reteniendo desde que Hugo se marchó. Me di cuenta de lo que sentía por él cuando decidió irse sin despedirse, sin decirme nada; solo hicieron falta unos días con él para demostrarme quién era y cómo podría ser si estuviésemos juntos. Sin embargo, parecía que él no sentía lo mismo, de ser así, no se habría ido.
—Está bien —musité tras sopesarlo unos minutos—. Diremos eso: tú eres el padre de mi hijo.
Los días pasaron y aún seguía sin saber cómo decirle a Judith lo de mi embarazo, y aunque Jesús y yo ya lo teníamos todo planeado para que todos se lo creyeran, una parte de mí tenía la certeza de que no iba a funcionar.
Al final, después de un par de semanas, noté como mi vientre parecía algo más abultado, no era gran cosa, pero lo suficiente para no ponerme nada ceñido. Decidí que había llegado el momento y qué mejor que hacerlo con una cena en donde Jesús y yo lo dijéramos juntos, así al menos tendría su ayuda.
Tras haberlo hablado con él, le mandé un mensaje a mi mejor amiga invitándola a cenar a la que había sido nuestra casa; ella ya vivía con Héctor desde hacía tiempo y el haberme quedado sola tampoco era que lo llevase demasiado bien, siempre había vivido con ella y compartíamos los gastos, ahora me tocaba hacerlo todo a mí y a veces iba demasiado cuesta arriba; otro punto para no querer ser madre tan pronto. Tanto era así que aún no había llamado al médico para pedir cita con la matrona. Tenía miedo.
Recibí su respuesta inmediatamente con un sí lleno de corazones, qué cursi se había vuelto desde que la vida le sonreía. «Más que la vida es la sonrisa de Héctor la que tiene cada mañana, y lo que no es la sonrisa», pensé dejando el móvil en la mesilla.
—Madre mía, esto es una puta locura —referí sacando pollo del congelador.
Metí la carne en agua para que se descongelara, aún había tiempo y lo dedicaría a arreglar la casa, pues sabía que mi amiga vendría pasando el dedo por cada mueble buscando el modo de hacerme ver que no podía sola con todo, y mucho más que la echaba de menos, aunque para eso no hacía falta que mirase el polvo, ya se lo decía yo cada vez que la veía.
Sobre las seis de la tarde, ya cansada de pasar el trapo por todos los muebles, el timbre sonó: era Jesús, que venía a ayudarme con la cena. Se suponía que debía estar aquí cuando llegasen Héctor y Judith. Ellos no sabían que seríamos cuatro, no le dije nada en el mensaje.
—Hola, cielo. ¿Cómo estás? Te veo muy pálida y eso es muy difícil con lo negra que eres —se burló de mí.
—Ja, ja. Muy graciosillo estás hoy. Más te vale no hacerme esas bromas delante de tu hermana si quieres que se crea nuestra mentira. ¿Te imaginas la cara que pondrá? A mí me ha perseguido en sueños. —Saqué la carne del agua—. Sé que no se lo va a creer, es que es imposible que tú y yo… —Lo miré haciendo un gesto extraño con los ojos—. Tú ya me entiendes.
—Sí, te entiendo, y sí, puede que no se lo crea, pero es eso o decirle que es de Hugo. ¿Qué prefieres? —me preguntó. Iba a responderle cuando se me adelantó—. Tampoco sería mala idea, es decir, ¿por qué no le dices a Hugo que va a ser padre? No es que te vaya a declarar su amor, está visto que, si no lo hizo ya, no creo que lo haga, pero tiene derecho, ¿no?
Negué rápidamente.
—No estoy preparada para eso… Además —suspiré—, seguro que él ya tiene a alguien, y no voy a ser yo quien le fastidie eso.
Me di la vuelta para volver al salón, intentando dejar el tema de lado. ¿Estaba preparada para decirle a Hugo que íbamos a tener un hijo? No, claro que no lo estaba, y mucho menos para escucharlo. Desde que se fue, no había sabido nada de él y tampoco había preguntado, di por hecho que no quería saber nada de mí, de nadie, aunque lo nuestro hubiera sido lo más intenso que hubiéramos vivido en nuestra vida.
Me senté en el sofá y descansé la cabeza en el respaldo, la verdad era que estaba algo mareada y agotada. Tendría que ir al médico en algún momento, suponía que debería tomar alguna vitamina o algo. No era una entendida en embarazos, pero algo había leído por ahí.
Jesús vino con una infusión y me la dio.
—Toma, anda, creo que esto te vendrá bien. Recuerdo que una vez mi madre me contó que ella tomaba infusión de menta cuando estaba embarazada de Judith y le calmaba las náuseas, no sé si a ti te vendrá bien.
—Gracias —musité soplando la taza para enfriar un poquito el líquido.
Jesús regresó a la cocina, al final sería él quien se encargaría de la cena, yo no estaba demasiado bien y quería mejorar para poder atender a la visita como se merecía. Sobre las ocho me di una ducha y me arreglé un poco, tampoco era que me fuera a ir de discoteca. «Dios, ya ni eso podré hacer, con lo que me gusta salir a bailar», pensé mientras me peinaba. Tenía el cabello muy largo y a veces me costaba peinarlo; era ondulado. Me hice una cola alta y me maquillé; justo cuando iba a salir de mi habitación, sonó el timbre.
—Ya están aquí —mencionó Jesús—. ¿Estás preparada?
—¿Tú qué crees?
—Que no, pero no te queda otra, morena.
Me encogí de hombros, suspiré cuatro veces y fingí la mejor de las sonrisas para después abrir la puerta. Me encontré a Judith y Héctor con cara de haber estado follando por horas; no había estado con ellos, pero eso se notaba. Y yo aquí, pensando el modo de contarles en vez de estar buscando quien calentara mi cuerpo.
—¡Hola! —me saludó mi hermana sonriente, con abrazo incluido.
Se separó de mí rápidamente y me miró de arriba abajo, como si estuviera comprobando algo. Me encogí de hombros restándole importancia y me alejé de ella para abrazar a Héctor. Él me dio un beso en la mejilla y seguimos adelante para sentarnos. En ese momento, salió de la cocina Jesús, dejándolos sorprendidos; obviamente, no tenían ni idea de que la cena sería de cuatro personas.
—Hermanito, ¿cómo tú por aquí? —lo saludó besándole la mejilla.
—Ya ves, Fernanda me llamó para invitarme y aquí estoy.
—Hola, cuñado —dijo Héctor extendiéndole la mano.
—A mí me das un abrazo, ¿qué es esa formalidad, hombre?
Todos nos reímos por las cosas de Jesús, era un payasete que nos alegraba mucho estos momentos.