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"Si ella me diese la oportunidad de estar en su vida como yo quiero estar, le haría entender cada día lo especial que es". Un día Almudena se levantó creyendo que se comería el mundo y fue este quien se la comió a ella. De un día para el otro, perdió el trabajo por el que tanto había luchado. Pensó que sería el fin hasta que, después de pensarlo mucho, aceptó atender una línea telefónica erótica. No estaba muy contenta; de hecho, creyó que en cualquier momento lo dejaría. Pero no fue así y todo gracias a una llamada que puso su vida patas arriba. ¿Qué harías tú si te llamara alguien diciéndote que es el Capitán América? Lo peor fue que lo que empezó siendo un trabajo, terminó siendo lo mejor que le había pasado. - Una novela para enamorarse, reír, llorar y emocionarse. - Diversión al límite en esta comedia romántica. - Una protagonista espontánea, mal hablada y muy sincera. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, romance… ¡Elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 318
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2022, 2024 Priscila Serrano
© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
La llamada del Capitán América, n.º 398 - octubre 2024
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 9788410629981
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
—Estás despedida —dijo sin más, sin un poquito de remordimiento.
¡Joder! Cuando me llamó a su despacho, no imaginaba que sería para darme una patada en el culo. Después de dar cinco años de mi vida a esta empresa, de llegar tarde a eventos familiares por tener que cubrir más horas de las que estipulaba mi contrato, ¿me despide? Con todo el morro.
—No puede hablar en serio. —Levantó la mirada unos milímetros para ojearme por encima de las gafas.
No había cosa que me molestase más que hicieran eso.
—¿Por qué no? ¿Acaso crees que mereces un mejor trato? Has trabajado aquí durante varios años y…
—Exacto, y he dado todo por esta empresa. No me lo merezco.
Abrió un cajón para poner, segundos después, la hoja de mi despido delante de mis narices. Lo observé detenidamente, pensando en las mil formas de evitar lo que era más que inminente. No se echaría atrás, y yo tampoco conseguiría darle pena.
—Soy fija en esta empresa, supongo que tendrán que pagarme el finiquito —añadí, mientras leía la hoja.
—Así es. Se te abonará lo que te pertenezca.
—Solo… ¿Por qué me despide? No me ha dado una razón. —Lo miré suplicante, como si con eso fuera a convencerle de lo contrario.
—Almudena, no tengo que darte explicaciones del motivo que me lleva a despedirte. Simplemente, dedícate a firmar y cobrar tu finiquito, y no perdamos más tiempo. Tengo mucho trabajo por hacer —sentenció. Me acercó su bolígrafo para que firmase de una vez.
No quise responderle, ¿para qué? No serviría de nada, la decisión estaba tomada. Cogí el boli y firmé tras leerlo con detenimiento. Efectivamente, todo estaba expuesto en el folio, no había nada fuera de lo normal, así que lo hice.
Cuando terminé, con un gran nudo en la garganta, me levanté para marcharme de una vez. Salí del despacho sin despedirme y caminé hasta mi mesa para recoger todas mis cosas. Mi compañera y amiga Estefanía se levantó al comprobar mi estado y se acercó a mí.
—¿Estás bien? —se interesó.
—Me ha despedido —respondí y, al mirarla, no se sorprendió—. ¿Lo sabías?
—Lo intuía —declaró—. Su hija se acaba de graduar y le ha dado tu puesto.
Eso no me lo esperaba. Me despidió para enchufar a su hija en la empresa. No lo culpaba, yo haría lo mismo. Me encogí de hombros y, una vez todo recogido, me fui.
No eran ni las once de la mañana cuando llegué a mi casa, la misma que tenía que pagar el cinco de cada mes. Me senté en el sofá después de dejar todo sobre la mesa, me eché hacia atrás y reposé la cabeza en el respaldo.
—¿Qué voy a hacer ahora?
Llevaba dos días encerrada en mi casa sin saber qué hacer y, mucho menos, a dónde ir a pedir trabajo. Supuse que nunca me vería en esta situación, y sobre todo cuando tenía un contrato fijo. Por Dios, ¿quién despide a una fija? Nadie en su sano juicio. Trabajaba desde hacía cinco años para ese cabrón, egoísta y negrero, ¿y todo para qué? Para que me echara a la calle como a un perro. Aunque no le culpaba, iba a contratar a su hija. «No tiene excusa, cojones», dijo mi subconsciente sabiendo que, en realidad, pensaba eso.
Era la una de la tarde, y aún estaba en la cama. Total, no tenía nada mejor que hacer. De igual manera, me levantaría, no me quedaría acostada todo el día, ¿no? ¿O sí?
Refunfuñando como una señora mayor, me levanté y me obligué a meterme en la ducha, la necesitaba con urgencia. Entré en el baño y, antes de ducharme, me senté para hacer… eso, ya sabéis. Bueno, puede que no lo sepáis porque no lo digo, pero sí, seguro que os lo imagináis. No, mejor que no lo hagáis. Mientras estaba sentada, me miré las piernas y juraría que no tenía tanto pelo. Joder, un día más y podrían hacerme trenzas. Tardaría más tiempo de lo que pensaba en el aseo. Saqué todo lo indispensable para depilarme y comencé.
Tardé casi una hora y, cuando terminé, me vestí con lo primero que pillé en el armario. Tampoco es que me gustase vestir de un modo más formal; yo era más de vaqueros con Converse y, si le añadíamos una sudadera dos tallas más grandes que la mía, mucho mejor.
Aún recordaba las broncas que me echaba mi madre por no vestir a su gusto cuando tenía quince años. Aún lo hacía, pero, con veintinueve años, ya había perdido su gracia.
Cogí el móvil y me fijé en que tenía una llamada perdida; era mi madre. La había invocado con el pensamiento. Eso, o que ya se había enterado de que me habían despedido. Le di a llamar y, como si lo esperara, descolgó al primer tono.
—Madre de Dios. ¿Tenías el móvil en la mano o qué? —pregunté en cuanto su voz me asaltó.
—Te he llamado y supuse que me la devolverías —respondió con más seriedad de la habitual.
Mi madre nunca fue la alegría de la huerta y eso que la señora era andaluza, más concretamente de Jaén, pero nos vinimos hace tantos años a Madrid que se había olvidado del arte de su tierra.
—¿Ha pasado algo, mamá? Te noto rara.
Sabía lo que me diría, pero también la conocía y tenía la certeza de que, si no comenzaba yo, ella no lo haría.
—Nada, solo te llamaba para que vinieras a comer a casa, estará tu hermano.
Me sorprendí al escuchar que Alfonso estaría, pues llevaba en Londres por trabajo un par de meses. Tenía una tienda de cómics aquí en Madrid desde hacía ya cinco años y quería expandirse, tanto así que pensé que no volvería. Y os preguntaréis: si él tenía negocio propio, ¿por qué no trabajaba allí? Pues muy fácil, no tenía ni puñetera idea del mundo friki, porque eso eran para mí las personas que se morían por Marvel y demás. Decía eso porque no conocía ninguna otra, y su mejor amigo, Iván, ya trabajaba en la tienda.
¿Escucháis el rechinar de mis dientes al decir ese nombre? Sí, hombre, el último que dije, el del mejor amigo de mi hermano. ¡Iván, coño! Hala, ya me lo habéis hecho decir otra vez. Ese tipo era un impresentable, con esas pintas de vagabundo que llevaba, la manera de pensar y de hablar. No, no podía con él, no lo soportaba… Bueno, en realidad, creía que nadie era capaz de hacerlo. Aunque sí, Alfonso sí.
—Hija, ¿sigues ahí?
La voz de mi madre me sacó del trance en el que llevaba más de la cuenta.
—Aquí estoy, señora —respondí, haciéndola reír un poquito, lo justo para doña Almudena.
—¿Vienes a comer o no? Hija mía, estás alelada.
—Que sí, que voy. En una media hora estoy allí. Besos.
Le colgué sin esperar respuesta, porque sabía que ella seguiría hablando y, cuando se ponía, no había quien la parase.
Guardé el móvil en mi mochila hippie junto con la cartera, las llaves de casa y, bueno, las pastillas para la alergia, las anticonceptivas, las de la migraña, unos caramelitos de menta, los preservativos y los AirDots. ¿Qué pasa? Llevaba una farmacia en el bolso, y los caramelos de mi abuela, sí, pero también me gustaba mucho escuchar música.
Salí de mi piso y bajé las escaleras; total, vivía en el primero y el edificio no tenía ascensor. Aquí las primeras calidades eran tener el agua incluida en el alquiler y ya ibas lista. Me monté en mi KIA Picanto descapotable, lo único valioso que tenía, pagado gracias a mi trabajo de cinco años, el mismo que había perdido hacía dos días. «Almudena, déjate de tonterías o te echarás a llorar», me dije, mientras metía la llave para arrancar.
Ya sé lo que estaréis pensando. Sí, tenía el mismo nombre que mi madre. Única hija, pues me tocó. Sin embargo, ese problemita no lo tuvo mi hermano; a él le pusieron Alfonso, como mi abuelo. En realidad, con él se pasaron tres pueblos. Dios, ¿cómo fueron capaces de ponerle ese nombre? ¡Qué cosa más fea!
De camino a la casa de mis padres escuchaba la radio. Se me había olvidado coger el pendrive con la música. Sí, mira por dónde, los preservativos no se me olvidaron, pero la música para el coche sí. ¡Qué cosas! Aunque no sabía muy bien para qué llevaba preservativos en la mochila si llevaba sin acostarme con un tío unos cuatro meses y no por falta de ganas, no, no, no. Todo lo contrario, ganas era lo que más tenía. Al final, terminaría por comprarme un Satisfayer de esos. Bueno, uno para mí y otro para mi madre, que también intuía que le hacía falta.
Llegué justo en el tiempo que le dije a mi progenitora y aparqué en la plaza que tenían delante. Vino el gorrilla a que le diera un eurito y, la verdad, se lo di porque tenía un corazón que no me cabía en el pecho. Porque el aparcamiento lo encontré yo solita, ni siquiera vino para indicarme el espacio entre el coche negro que tenía detrás, al que le di un pequeño toquecito en el paragolpes y le dejé un bonito arañazo del color rojo de mi coche. Que tampoco tenía mucho sentido que se llamara así, mi golpe no lo paró. Menos mal que estaba segura de que yo me iría antes y no me vería el dueño, sobre todo porque era el coche de mi padre. Acabaría por pagárselo yo, era así de buena hija.
Entré en el ascensor del edificio y pulsé el botón del cuarto piso. Cuando se paró en la planta, caminé por el pasillo hasta que llegué a la puerta y toqué el timbre. Mi padre fue quien me abrió y, nada más verle, sin apenas darle un beso ni saludarle, se lo solté:
—Papi, le di un golpe a tu coche al aparcar, lo siento. —Puse ojitos de cordero degollado.
—Vaya, esta niña en vez de traerme nietos me trae disgustos —dijo en voz alta para que todos los presentes lo escucharan.
—Joder, papá, díselo también a la vecina que no se ha enterado —le reproché. Le di un beso en la mejilla.
—No sabía que era un secreto. —Se rio.
—Y eso de que te traiga nietos es mejor que te olvides, pídeselo a mi hermanito que, además de ser más guapo, es más mayor.
Lo solté todo de carrerilla, entré en el salón para que Alfonso me escuchara, y le di un beso y un abrazo en cuanto se levantó para saludarme.
—Vuelves a decirle a papá que sea yo quien le traiga un nieto y te quedas sin regalo de cumpleaños, al menos, tres años —me amenazó y solté una carcajada.
—Era bromita. —Le guiñé un ojo.
Me di la vuelta para saludar a mi madre y lo escuché. Mi cara se desencajó y, como no, se me revolvieron las tripas. Iván salía del baño. Aún no lo había mirado y ya me dolían los ojos.
—¿Este no tiene casa o qué? —pregunté al sentarme al lado de mi hermano alrededor de la mesa. La comida estaba lista.
—Hola a ti también, Almudenita —dijo socarrón.
Odiaba que me dijera Almudenita, odiaba su forma de hablar, de vestir, de vivir. Lo odiaba en general. Era de esas personas que te caían mal sin más, sin mucho esfuerzo.
Aunque mi odio hacia él comenzó en el instituto. Se creía el más guapo y, en vez de apoyarme por ser el mejor amigo de mi hermano, se juntó con la gente que se metía conmigo. Ya sé que no tenía que ser mi protector, dado que Alfonso no estaba, pero, al menos, una ayudita hubiera venido bien. Desde entonces, no soportaba su presencia cerca de mí.
—Bueno, hermanito, cuéntanos qué tal te ha ido en Londres —saqué tema de conversación antes de que mi cabreo por ver a este tío frente a mí me amargara más el día.
—La verdad es que de puta pena —bufó. Se sobó la cara con ambas manos de pura frustración. Puse una mano en su hombro y le pregunté:
—¿Tan mal te ha ido? Pensé que vendrías ya con todo listo.
—Yo también, y estaba todo hecho, pero la novia de mi amigo Víctor le ha lavado el cerebro y, al final, después de dos meses allí, se ha negado.
—Vaya mierda de novia. —Si no soltaba mi comentario, no era yo.
Mi madre me pegó por debajo de la mesa para que no dijera nada más.
—¿Qué quieres? —pregunté y la miré a ella—. Es la verdad. ¿Qué novia convence a su novio para que se niegue a aceptar un negocio como el que mi hermano le ha llevado? Yo no lo habría hecho.
Alfonso me dio la razón. Claro, porque yo la tenía, como siempre, y cuando me equivocaba, que eran pocas veces, todo había que decirlo, era porque no poseía suficiente información.
Dejamos un poco el tema de mi hermano y comenzamos a comer. Agradecí que no sacaran mi despido antes de los postres, al menos, que me pillara con la barriga llena.
Cuando terminamos de comer, ayudé a mi madre a recoger la mesa y sacamos el flan casero que siempre hacía cuando iba su pequeño. A mí también me gustaba, pero por mí ni siquiera haría postre. No era por nada malo, yo no era de comer postre después del almuerzo, solo cuando venía él.
—Almudena, me he enterado de que te han despedido, ¿es verdad? —Mi hermano fue quien sacó el tema.
—Joder, aquí las noticias vuelan. Apuesto a que no te has enterado de que el mes pasado me empasté una muela —reproché y, al hacerlo, rodé los ojos.
—No te creas, eso también lo sabía.
Miré a mi madre de mala manera y se encogió de hombros como si con ella no fuera la cosa.
—Bueno, pues sí, me despidieron antes de ayer, y no sabes cómo me jode haber perdido mi trabajo. —Me cabreé—. Ahora no sé qué voy a hacer con todos los pagos. Con el finiquito podré tirar un par de meses, pero poco más.
—Piensa que siempre puedes volver con mamá —intervino Iván, y soltó ese comentario tan fuera de lugar que hizo que me dieran ganas de ahorcarle con mis propias manos.
Sin embargo, me tranquilicé, porque ya lo estaba enterrando en mi mente. Después de eso, no volvimos a hablar del tema y lo agradecí. Aunque estaba segura de que mi familia pensaba como Iván. Sentía que no me entendían y, justo por eso, fue por lo que me independicé en cuanto comencé la universidad. No era por salir del nido, sino para hacerles ver que podía con lo que me propusiera.
Tras terminar de comer, mi madre se levantó para preparar café. Sí, ellos eran de los que se tomaban su cafecito con unas pastas después de haberse metido entre pecho y espalda un almuerzo completo de dos platos y el postre. Me preguntó si quería uno, y me negué. Sabía que si me quedaba sentada volverían a la carga para hablar de mi despido como si fuera una tragedia. Que podría ser, claro que lo era, pero para mí, no para ellos. A mi familia no les afectaba en nada el que yo me hubiera quedado en el paro. Me levanté con la clara intención de ocuparme en cualquier cosa que no fuera estar pendiente de cómo mi hermano y mi padre me miraban con pena. Ni que me estuviera muriendo.
—¿De verdad que no quieres café? —insistió mi madre cuando me vio entrar en la cocina.
—No, solo he venido para meter los platos en el lavavajillas. —Se sorprendió en cuanto lo dije.
—Anda, deja eso ahí. Yo lo haré después. —Quiso quitarme un plato de las manos, pero no le dejé.
Al final conseguí que se fuera al salón a tomarse su segundo postre. En ese momento, mi hermano entró, y supuse que sería para hablar conmigo sobre el tema que yo pensaba que estaría zanjado. Reposó su cuerpo en el umbral de la puerta mientras miraba atento cada uno de mis movimientos.
—¡Habla de una vez! —exclamé. Él se encogió de hombros—. Me pones nerviosa, y así no ayudas.
—¿Has pensado en solicitar el paro? Supongo que tendrás, como mínimo, un año.
Escuchar aquello no me ayudó. ¿Solicitar el paro?, ¿en serio? Desde que terminé la carrera de Administración y Dirección de Empresas y los idiomas, que fueron tiempos de mucho estudio, comencé a trabajar; y no había parado desde entonces. Ni siquiera sabía cómo cojones se solicitaba eso. Qué depresión.
—No hablas en serio. Yo lo que quiero es trabajar, no quedarme en casa a la bartola. ¿Tan difícil es de entender? —Estaba indignada.
—Eres rara, hay muchas personas que no piensan como tú. —Se rio—. La mayoría sí. Yo, por ejemplo.
—Ves. Además, ni siquiera sé cómo se solicita.
Alfonso se sentó en el taburete y comenzó a explicarme todo lo que tenía que hacer. Era demasiada información, por lo que le pedí ayuda para gestionarlo. Solicitaría el paro de momento, pero seguiría buscando trabajo, aunque no fuera de lo mío.
Cuando terminé, me despedí de todos menos de Iván y salí de casa de mis padres. Había quedado con mi hermano al día siguiente para que me ayudase con la solicitud.
Por el camino, me sonó el móvil y descolgué sabiendo quién era. La voz de mi mejor amiga Estefanía se escuchó en todo el coche, menos mal que tenía manos libres para poder hablar mientras conducía.
—¡Hola, hola! ¿Cómo está lo más bonito de todo Madrid? —dijo feliz, apuesto a que sonreía de oreja a oreja.
Así era ella, risueña y muy positiva. Casi nunca me pegaba esa positividad, aunque le echara ganas, yo era un poco más negativa, por no decir realista.
—Bien, por decir algo —respondí y puse el intermitente derecho.
—Vamos, Almudena, no puedes seguir así. Sé que es una mierda que te hayan despedido, pero mira el lado bueno.
—No hay lado bueno, Estefanía. No puedo mirar lo que no existe —refunfuñé. Aparqué justo delante de su edificio.
Sabía que me llamaba para vernos y tomarnos un café. No, no me miréis así, ahora sí que me apetecía.
La vi salir de su portal y sonrió al verme. No respondió por teléfono, colgó y se montó en el coche para irnos al bar de Salva, su ex.
—Hija, parece que me has leído el pensamiento —expresó. Me dio un beso en la mejilla. Asentí con una sonrisa.
—A veces pienso que tu mente y la mía están conectadas. —Se carcajeó.
—No creo, de ser así ya me habrías dejado de hablar.
Levanté una ceja sorprendida por su comentario, y ella volvió a reír.
—¿Qué? Lo digo por los pensamientos impuros que tengo con tu hermano desde que lo conozco. Está tan bueno.
Arranqué y me puse en camino hacia el bar de Salva sin responderle. Conocía su interés en mi hermano, no era un secreto ni para él, pero, por alguna razón, Alfonso no le hacía caso. Aunque Estefanía era una belleza, estaba un poco loca, yo creo que por eso los novios le duraban tan poco. El último fue Salva, y solo estuvieron juntos dos días. Al menos, quedaron como amigos… Bueno, amigos que se acuestan de vez en cuando, pero amigos después de todo.
Unos quince minutos después, llegamos al bar. Entramos y Salva, al vernos, dejó lo que hacía para atendernos personalmente. No sabía muy bien lo que le había dado mi amiga, pero se le caía la baba cuando la veía.
—Vaya lo que ha dejado caer hoy el cielo, dos ángeles peligrosos. —Le dio un beso en los labios a Estefanía y a mí en la mejilla.
«Menos mal que a mí no me lo dio en la boca, era demasiado cariñoso», pensé, aunque sonreí con falsedad.
—Tú siempre con tus chistes —dijo ella. Coqueteaba con él sin pudor.
—¿Dejamos el juego para después? —los interrumpí—. Ponme un capuchino, por favor, y una tila para la revoltosa —pedí con sarcasmo.
—Quita, quita. Una tila dice, mejor una menta poleo. —Puse los ojos en blanco, era para matarla.
Salva se fue a preparar nuestros pedidos, y la miré con los ojos más abiertos de la cuenta.
—¿Una menta poleo? Te hubieses pedido una manzanilla, abuela.
Soltó una carcajada. Se encogió de hombros para restar importancia al asunto. Unos minutos después, teníamos delante el café y la menta poleo de la señora.
Comenzamos a hablar de temas triviales, todo lo que fuera menos hablar de trabajo, mi hermano o mi familia en general. Otra cosa no, pero Estefanía sabía cuándo un tema me sacaba de quicio y había que dejarlo a un lado, al menos, una hora. Primero necesitaba relajarme y dejar de pensar en los problemas. También podríamos empezar por eso y relajarme después, pero entonces no disfrutaría de mi momento de café y critiqueo.
En la conversación entró la hija de mi exjefe y, como no, para ponerla verde. Yo no la culpaba, su padre fue el cabrón que podría haberle dado otro puesto para no despedirme a mí, pero no lo hizo, y ya no se podía hacer nada. Bueno, sí, hablar de lo mal que hacía mi trabajo. No era por echarme flores, pero lo hacía muy bien.
—¿Por qué no miras el periódico? Ahí siempre salen muchas ofertas de trabajo —me propuso Estefanía, que hablaba ahora con más seriedad.
—No lo había pensado. Estos dos días no he hecho nada, solo lamentarme, y tengo que volver a coger las riendas de mi vida. Tampoco creo que sea tan difícil encontrar trabajo en algún concesionario, ¿no? —Lo dije con tanta seguridad que hasta me lo creí.
Estefanía abrió una web de empleos mientras merendábamos, porque ya llevábamos en el bar una hora, y me creó un perfil. Comenzamos a mirar las ofertas que más me interesaban, y me apunté en las cuatro que me encajaban. No obstante, ella volvió a curiosear por si no cuajaban las otras y me apuntó en alguna de comercial y telefonista; con lo que yo odiaba aquello. De igual manera, le agradecí la ayuda. Por la mañana compraría también el periódico para seguir con la búsqueda. Lo que estaba claro era que tenía que encontrar trabajo lo antes posible.
—Cambiando de coles a nabos. ¿Cuándo me ayudarás a tener una cita con tu hermano? Es que tarda más de la cuenta en caer en mis redes, y me estoy estresando. —Me miró con fijeza al cambiar de tema.
—¿No has pensado en que no le interesas? Que no digo que yo no quiera que seas mi cuñada, pero mi hermano y tú sois muy diferentes. No creo que tengáis futuro, Estefanía —le expliqué y, al decirlo, me llevé una mala mirada por su parte.
—¿Piensas que no puedo tener algo serio con él?
—Ni con él ni con nadie —repliqué, aunque me arrepentí al instante por haberle dicho eso—. Lo siento, no quise expresarme así. Pero Estefanía, date cuenta. Estabas con Salva, que es un partidazo, además de un macizorro, y no has durado con él ni una semana. ¿Qué te hace pensar que con Alfonso llegarás a los postres?
No quería ser dura con ella, pero tenía que hacerle entender de alguna manera que no tenía ningún futuro con mi hermano. Alfonso buscaba algo serio, formar una familia. Porque, aunque él me dijera que no hablara nada de darle nietos a nuestros padres, en el fondo sabía que sí quería tener hijos algún día. En cambio, yo no quería ni tener novio, era una mujer solitaria, un alma libre. Eso no quitaba que me gustara pasar noches pasionales con algún que otro tío.
—Almudena, yo sé que soy una loca del coño que se tira a todo lo que se mueve, lo reconozco. —La miré sorprendida mientras se señalaba con el dedo índice—. Tu hermano me gusta de verdad y tú lo sabes —declaró. Se puso seria para mantener esta conversación.
—Vale, supongamos que te ayudo. ¿Cómo vas a hacer para que mi hermano se fije en ti? —pregunté. Me llevé un trozo de tortita a la boca—. Y luego está el tema de que no sé cómo cojones hacer para que mi hermano y tú tengáis una cita. O sea, imposible.
Se quedó pensativa. Cuando se ponía así me daba miedo, porque de ahí podría salir cualquier cosa.
—¡Ya sé! —exclamó, y levantó un dedo—. Podríamos tener una cita doble. Tú con Iván y yo con tu hermano… Como siempre van juntos a todas partes, no creo que haya ningún problema.
Dejé de escucharla en cuanto mencionó al innombrable. Cuando pude reaccionar, la asesiné con la mirada y con mi mente.
—¿Estás loca? ¿Iván y yo? Deja de tomar menta poleo que te sienta fatal, guapa —escupí, cabreada.
—¿Qué tiene de malo? Solo es para ayudarme, no tienes que hacer nada…
—Ni de coña, Estefanía. Ve olvidándote de mi hermano porque eso no pienso hacerlo, aunque ese tío fuera el último en la faz de la tierra y de mí dependiera la extinción de la humanidad. Para que tú me entiendas, antes me hago lesbiana.
Volvimos a quedarnos en silencio, y lo agradecí. El solo hecho de hablar de ese hombre me daba náuseas y, vale, puede que exagerara un poco, pero es que nunca me había llevado bien con él. Después estaba el tema de que no era mi tipo. No teníamos nada en común, ni siquiera para entablar una conversación normal. Por eso debía convencer a Estefanía de que pensara otra manera, porque eso jamás pasaría. Nunca, nunca saldría con Iván. Como le dije a ella, antes me hago lesbiana que dejar que me ponga un dedo encima.
Terminamos sobre las nueve de la noche, y cada una nos fuimos a nuestra casa. Ella aún vivía con sus padres. Le había dicho mil veces que compartiéramos piso, pero vivía tan bien, que se acomodó. Además, siempre estaba sola porque sus padres viajaban mucho, eso de ser jubilado y no tener nada que hacer. Cuando no se iban a un pueblecito cercano se iban a México. Yo de mayor quería ser como ellos, tener esa vida así de tranquila y aburrida.
Llegué a mi apartamento, seguía dándole vueltas a la propuesta de Estefanía. No es que pensara en la posibilidad de preparar esa cita doble, para nada. Bueno, en realidad, sí lo sopesaba, pero era pensar en ello y me ponía mala. Sin embargo, si tenía que hacerlo por ella, lo haría.
«Que no, que no. Que ni por ella saldría con Iván». Me senté en el sofá y, de un momento a otro, dejé de pensar en los demás y me relajé mientras veía la tele, aunque fue tumbarme y quedarme dormida.
No sabía a qué hora me fui a la cama, pero amanecí en mi habitación. Estaba cansada, me faltaban horas de sueño porque apenas dormía; era demasiado lo que pensaba por la noche.
Me levanté sobre las diez de la mañana cuando escuché el timbre. No recordaba que esperara a nadie, aun así, abrí.
Mi hermano me miraba de una manera muy cómica, y supuse que era por los pelos de loca que tenía; mi cabello no era tan largo, a la mitad de la espalda más o menos, pero sí muy pesado por la cantidad que tenía.
—¿Qué? ¿No has visto nunca a una mujer recién levantada? —Lo dejé pasar.
Me miré en el espejo que tenía en la entrada y pude ver las bonitas ojeras que maquillaban mis ojos, además de los pelos revueltos. Debería hacerme una trenza para dormir y no tener que sufrir por la mañana al cepillármelo.
—Ninguna como tú —respondió Alfonso, que enseguida se sentó en el sofá.
—¿Quieres un café? —Arrastré los pies hasta él y me dejé caer a su lado.
Reposé mi cabeza en su hombro, y él la suya sobre la mía. Parecía mentira que nos lleváramos tan bien cuando en realidad éramos tan diferentes. Mi hermano se caracterizaba por su tranquilidad; no le gustaba salir de fiesta ni mucho menos, era más de cena, cine y palomitas. A mí, sin embargo, me encantaba la juerga, tomarme una cerveza con mi amiga en cualquier bar y amanecer en la calle; nada de cine ni palomitas, eso no iba conmigo.
—Sí, pero mejor lo preparo yo porque a ti te sale malísimo —se burló de mí.
—¡Oye! —Le di un golpecito en el brazo.
Se levantó y fue a la cocina mientras que yo, agotada como si hubiese corrido una maratón, me tumbaba en el sofá.
Unos minutos después, apareció con el desayuno en una bandeja. Me había hecho unas tostadas con mantequilla y todo. Le di un beso en la mejilla y comencé a comer.
—Eres un amor —lo adulé—. Por cierto, te quería proponer una cosa.
No tenía la certeza de que fuera el mejor momento para pedírselo, pero era ahora o nunca.
—Miedo me das —respondió tras darle un sorbo al café.
Me quedé unos segundos en silencio, buscando las palabras adecuadas para decirle lo de Estefanía. Con mi hermano había que ir despacio y dejarle todo bien masticado para que no se atragantara. Solo esperaba que no me quisiera matar después de esto.
—¿Qué te parece Estefanía? O sea… —Cambió su gesto. «Mal empezamos»—. ¿Te cae bien lo suficiente como para tener una cita con ella o tan mal que no quieres ni verla?
«Di que sí, Almudena, todo muy despacito y masticado», me dije al darme cuenta de que había sido de todo menos sutil.
Mi hermano se quedó callado, aunque sin dejar de mirarme. Podía sopesar el salir con ella o la manera en la que matarme y enterrarme sin que nuestros padres se enteraran.
Suspiró e iba a hablar, pero se quedó en silencio otra vez. Me estaba poniendo de los nervios.
—Eh, yo… A ver. —Volvió a callarse.
—¿Quieres hablar de una vez? Me tienes negra —protesté. Me levanté para coger el móvil de mi habitación.
Era mejor dejarlo solo y que pensara bien lo que me iba a decir, cualquiera diría que mi amiga le gustaba. Eso era, seguro que le atraía y por eso no sabía qué decir. Me dirigí de nuevo al salón y me senté para seguir con mi desayuno.
—Perdona, es que me ha pillado de sorpresa —dijo de pronto.
—¿En serio? Pensé que te habías dado cuenta de que mi amiga estaba loquita por tus huesos. —Rodé los ojos, lo que le provocó una risita histérica.
—No te negaré que había notado algo, pero ella es tan…
—¿Loca, desquiciada? —Asintió, y nos reímos.
Hablamos de Estefanía y me declaró que sí, efectivamente, le gustaba mi mejor amiga, pero, siempre había un pero, él sabía que no tenía futuro con ella dado el historial que se gastaba la susodicha. No obstante, no veía nada de malo en salir con ella alguna vez. Pero como amigos, eso me lo dejó muy claro. Si después el tiempo los unía y veían que podrían tener algo más serio, pues con calma. El pobre era así, qué le íbamos a hacer.
Alfonso tenía treinta y dos años, negocio propio y, la verdad, era guapísimo. No culpaba a mi amiga por haberse enamorado, o eso era lo que ella decía de él. Con sinceridad, me gustaría que tuvieran algo y que Estefanía sentara la cabeza de una vez, estaba segura de que con mi hermano lo conseguiría.
—Ahora te propongo yo algo a ti —dijo él, haciendo que me pusiera nerviosa.
«Que no sea salir con Iván. Que no sea salir con Iván», me repetía una y otra vez, casi rezaba, me faltaba ponerme de rodillas delante de un altar.
—Si quieres que salga con tu amiga, tú tendrás que salir con mi amigo.
—¡Mierda! —exclamé en voz alta—. No es justo, a ti sí te gusta Estefanía, pero a mí Iván no. Joder, qué perra os ha entrado de pronto con que yo salga con ese… ese… ¡Dios!, es que no soy capaz de sacarle parecido con nada, así de rarito es.
Mi hermano soltó una carcajada que se escuchó hasta en casa de nuestros padres. Yo sabía que era muy graciosa, pero no hasta el punto de tener que agarrarse la barriga.
—¿Quién ha dicho que sea con Iván? —preguntó, al calmarse—. Yo me refería a Raúl, otro amigo que tengo. A ver si eres tú la que quieres salir con él y no sabes cómo decirlo.
Le tiré el cojín a la cara. ¿Cómo osaba decir esa barbaridad? Yo no saldría con Iván ni por obligación.
Terminamos de desayunar y programamos la cena que tendríamos el viernes en una cita doble. Tras eso, nos metimos en la página del SEPE para solicitar el paro, tal y como quedamos el día anterior, para al menos tener un sueldo unos meses hasta que encontrase un trabajo medio normal y estable. Seguro no era la única española que quería eso en la vida, pero soñar era gratis, ¿no? Solo esperaba que no nos quisieran cobrar por eso también.
Sobre las doce, Alfonso se fue y volví a quedarme sola con mi pena. Sin embargo, me levanté del sofá como un resorte y me puse a limpiar como si no hubiera un mañana, mejor eso que quedarme tumbada mientras me lamentaba. Eso se hacía un par de días y listo, y yo ya los había agotado.
Puse la música a todo volumen y comencé desde mi habitación, incluido el armario donde saqué ropa para donar y tirar. Cuando acabé con eso, prácticamente me quedé en pelotas, tenía que comprarme algunas cosas, por no decir de todo.
Seguí mi recorrido hasta que llegué a la cocina y la limpié de arriba abajo, de abajo arriba, y de izquierda a derecha. En cuanto me di cuenta, eran casi las tres de la tarde y no tenía ni el almuerzo preparado. Lo peor de todo, la nevera estaba vacía, también debía hacer la compra. A ese paso, me iba a gastar el finiquito antes de decir amén.
Cogí el móvil para pedir algo a domicilio y me fijé en que tenía cinco llamadas perdidas de dos números distintos. Enseguida me puse nerviosa, pues podría ser de algún trabajo. Llamé al primero y me respondió una mujer:
—Rent Auto, dígame.
—Buenas tardes, tengo una llamada perdida de este número. Supongo que es por alguna oferta de empleo, ¿verdad? —dije con todo el autocontrol que poseía en ese momento.
—Así es. ¿Cuál es su nombre? —me preguntó con amabilidad.
—Almudena Gallego.
Me pidió que esperara un segundo mientras comprobaba los datos en el ordenador.
—Efectivamente, la hemos llamado para el puesto de recepcionista. ¿Sigue interesada?
—Por supuesto que sí.
No quería sonar desesperada, pero lo estaba, y mucho. Tenía que conseguir ese trabajo como fuera. Aunque, primero, tendría que ver lo que exigían y ofrecían.
—Perfecto, la entrevista será esta misma tarde a las seis. Anote la dirección.
Me indicó todos los datos y me despedí de ella. Tenía que ducharme y salir pronto, la oficina estaba cerca del aeropuerto, y aparcar por allí era un suplicio, además del tráfico.
Fui a mi habitación para elegir la ropa que me pondría y después al baño para darme una ducha rápida. Al terminar, que no tardé más de quince minutos, me vestí y maquillé rápidamente. Aun así, ya eran más de las cuatro de la tarde. Cogí mi bolso negro, el que usaba solo para trabajar y cosas más serias, guardé todo lo necesario y salí de mi casa.
En nada, ya estaba montada en mi coche y de camino al aeropuerto. Unos minutos después, me sonó el móvil. Acepté la llamada desde el mando del volante. Era el otro número que me había llamado, y justo para otra entrevista.
—¿No puede ser a las siete? Es que tengo un compromiso a esa hora.
Me citaba a la misma hora y al otro extremo del aeropuerto. Se habían puesto de acuerdo para joderme la tarde. Al final, la muchacha aceptó que fuera a las siete y me quedé más tranquila.
Llegaba ya a la oficina, casi estaba al lado, pero no encontraba aparcamiento. A tan solo diez minutos para la cita, encontré un hueco, aparqué rápidamente y corrí lo que más pude para no llegar con la hora justa. Me gustaba, al menos, tener quince minutos de ventaja.
—Buenas, soy Almudena Gallego, tengo una entrevista con el señor Jiménez —dije nada más entrar.