Juntos en medio del caos - Priscila Serrano - E-Book

Juntos en medio del caos E-Book

Priscila Serrano

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Beschreibung

¿Qué tienen en común una amante de la música y un boxeador? Si bien es cierto que no tienen nada que ver, ellos serán la prueba de que dos mundos tan diferentes pueden unirse creando un equilibrio especial. Mientras que Tracy, una joven de familia adinerada, busca la manera de vivir su propia vida sin tener que agradar en todo a sus padres, Marcus intenta sobrevivir como puede, con la única compañía de su hermano. Las diferencias entre ambos son abismales o eso creen ellos antes de conocerse. Todo comenzó con un beer pong y una apuesta que los puso en la cuerda floja. A partir de ese momento, no podrán separarse y cada encuentro será más intenso que el anterior. Para ella, él es un capullo que la saca de quicio con la única intención de acercarse a ella. Para él, ella es una chica con los hoyuelos más bonitos que ha visto en su vida y que intenta escapar de él, aunque le es imposible. Dos mundos muy diferentes. Dos personas con el único propósito de salir del caos de vida que tienen. Dos corazones que comenzarán a latir al unísono en cuanto sus ojos se encuentren. ¿Qué pasará cuando ambos mundos colisionen?

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Seitenzahl: 555

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Primera edición digital: noviembre 2023

Título Original: Juntos en medio del caos

© Priscila Serrano, 2023

©Editorial Romantic Ediciones, 2023

www.romantic-ediciones.com

Diseño de portada: @Artcane_

Ilustración de capítulos: @thebabypes

ISBN: 978-84-19545-57-2

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

Si el caos es tan malo. ¿Por qué me he enamorado del tuyo?

Tú y yo, siempre buscaremos ese equilibrio entre la calma y el caos.

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 28

CAPÍTULO 29

CAPÍTULO 30

CAPÍTULO 31

CAPÍTULO 32

CAPÍTULO 33

CAPÍTULO 34

CAPÍTULO 35

CAPÍTULO 36

CAPÍTULO 37

CAPÍTULO 38

CAPÍTULO 39

CAPÍTULO 40

CAPÍTULO 41

CAPÍTULO 42

CAPÍTULO 43

CAPÍTULO 44

CAPÍTULO 45

CAPÍTULO 46

CAPÍTULO 47

CAPÍTULO 48

CAPÍTULO 49

CAPÍTULO 50

CAPÍTULO 51

CAPÍTULO 52

CAPÍTULO 53

CAPÍTULO 54

AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO

—¡Vamos, Marcus! ¿Así quieres ganarle a Silver? —La voz de Nick, mi entrenador, venía con mucha fuerza, pero yo estaba demasiado concentrado golpeando el saco de boxeo—. ¿Eres una niña o un campeón? ¡Vamos, chico! Demuestra lo que vales.

Seguí golpeándolo con todas mis fuerzas, como si se me fuera la vida en ello y todo gracias a que me imaginaba el rostro ensangrentado del hijo de puta de Jamie Silver, el mayor cabrón de la historia.

Llevaba años preparándome para la gran competición, una en la que él mordería el polvo. Acabaría con él como si de una hormiga se tratara, lo pisotearía.

Os preguntareis el motivo de mi odio hacia ese capullo, pero no era nada del otro mundo. Simplemente no me gustaban las personas como él, que se creen que son los reyes de mundo, haciendo y deshaciendo a su antojo.

No es que no hubiésemos peleado nunca, habíamos tenido algún que otro encuentro y siempre, siempre, ambos acabábamos mal heridos; era un duro contrincante. Sin embargo, le ganaría esta vez, de eso estaba seguro.

—Venga, déjalo ya por hoy, chico. —Seguí pegando puñetazos, ignorándole por completo—. Marcus, ¡basta!

Sentí su mano sobre mi hombro y se me fue la mano. Me giré y lo empujé como si fuera él la persona a la que quería golpear. A veces sentía que una nube oscura se posaba sobre mi cabeza y me nublaba la mente, tanto, que hasta me daba miedo. No era solo por Silver… en mi mundo todo estaba mal. Yo lo estaba.

—¡¿Qué cojones haces?! —vociferó muy cabreado.

—Lo siento, Nick —me disculpé en cuanto me percaté de lo que había hecho.

Suspiré una tres veces intentando controlar la furia que me recorría de pies a cabeza, pero, a veces, era imposible de controlar.

Me di la vuelta sin decirle nada más y salí del gimnasio para fumarme un cigarrillo, lo necesitaba con urgencia. Agarré el pitillo entre mis labios e inhalé el humo con el deseo de tranquilizarme. Me hicieron falta más de cuatro caladas para conseguirlo y, en cuanto me terminé el primero, encendí otro.

—No deberías fumar después de entrenar, Marcus. —Ahí estaban de nuevo las quejas de Nick. No obstante, esta vez tenía razón ,y lo tiré al suelo para después pisarlo.

—Me voy a mi casa. —Le miré unos segundos y me encaminé hacia mi moto.

—¡Recuerda que hoy tienes trabajo! —me avisó antes de que arrancara.

Solo cuando me subía a mi moto me sentía libre, podía notar el aire chocar con mi rostro y permitirme soltar toda la mierda que aún seguía torturándome día y noche. No sabía si algún volvería a sentir esa paz que un día perdí. No tenía certeza de nada en esta vida. Bueno, de algo sí que la tenía, y eso era que quería boxear hasta que los músculos se me agarrotaran.

CAPÍTULO 1

Tracy

Tenía claro lo que haría ese día, lo tenía clarísimo. Una pena que mi mejor amiga, Aylin, no pensase igual que yo.

Solo quería encerrarme en mi habitación, coger mi guitarra y terminar la canción que estaba componiendo. Sabía que mi música nunca se escucharía, pero lo hacía porque lo amaba con todo mi ser.

Entré en mi habitación reventada, la carrera de Derecho era una tortura. Me descalcé alzando los pies para que los zapatos cayeran de mala manera en cualquier rincón de esas cuatro paredes. Suspiré unos segundos, solo unos poquitos segundos, para volver a recobrar un instante de tranquilidad. Había sido una mañana muy complicada en la universidad y Aylin quería salir por la noche a una fiesta a la que nos invitaron unos compañeros suyos de Química. No era una chica de asistir a muchas fiestas, algo extraño a mi edad. Tenía veinte años, pero, según ella, parecía una abuela de cincuenta… «no, de cincuenta no, pues hasta una mujer con esa edad tenía más marcha que yo», estas eran palabras de Ailyn, no mías. A veces me costaba entender cómo, siendo tan diferentes, podíamos ser amigas. La realidad era que nos conocíamos desde primaria y no podíamos vivir la una sin la otra.

Bueno, también estaba Curtis. Él, en cambio, era el mejor amigo que podía tener, y no exageraba, para nada lo hacía. Nuestros padres también eran amigos, se conocieron en la universidad y establecieron un vínculo muy grande, haciendo que nosotros, desde pequeños, lo creásemos igual de fuerte.

Me tumbé boca arriba en mi cama con el móvil entre las manos, estaba a punto de enviarle un mensaje cuando escuché unos toques en la puerta de mi habitación. No respondí, sabía que era mi madre y ella nunca esperaba mi respuesta, entraba sin más. Algo que me enfadaba mucho y que jamás escuchaba por mi parte. Entró y, antes de saludarme, miró a su alrededor buscando cualquier excusa para regañarme como si fuera una niña pequeña.

—Hola, mamá —la saludé incorporándome antes de que dijera algo, pues vi cómo enarcaba una ceja al encontrar mis zapatos tirados. Era una obsesa del control y todo debía estar perfectamente colocado, incluso la ropa, y pobre de ti si llegaba a ver una arruga en tu camisa, ahí sí que la liaba.

Había que reconocer que el ser así le abrió muchas puertas, a la gente de nuestra «clase social» le gustaba las personas como ella. Era demasiado correcta y jamás había estado involucrada en un escándalo. Quería que yo fuese su calco, pero no. Christine Ross intentaba meterme en una jaula de oro, una que solo ella pudiese abrir cuando lo creyese conveniente. Nunca lo conseguiría, nunca la iba a dejar conseguirlo.

Me gustaba la libertad y los paseos por la noche. La música era una parte fundamental en mi vida, y aunque mi mejor amiga decía que no me gustaba divertirme, lo hacía. Pasar las noches en vela componiendo, cantando… eso era lo que yo más amaba y lo que debía esconder para que mis padres no lo supieran, de ser así, me lo prohibirían y eso no entraba en mis planes.

—¿Cómo es posible que tengas la habitación así si acabas de llegar? Cualquier día te comerá la mugre, hija. —Rodé los ojos agotada.

—Mamá, acabo de llegar y no me ha dado tiempo de recogerlo todo. Siento mucho que mi mugre te moleste tanto —ironicé llevándome una mala mirada por su parte.

—Esta noche tenemos una cena importante con la familia Hale y no puedes faltar —comentó como si nada, aunque en sus palabras se podía leer fácilmente en ese «no puedes faltar» que yo tenía que ir por cojones.

—¿En serio? —bufé exasperada.

—Sí, Tracy. —Giró sobre sus talones, martilleándome los oídos con el insufrible sonido de sus tacones al chocar con la madera del suelo de mi habitación—. Espero que te vistas decentemente. Iré a hacer unos recados, no te vayas de casa sin avisar —exigió antes de salir, sin darme opción a respuesta.

En cuanto me quedé sola, volví a tumbarme en la cama. Dejé la mente en blanco mientras miraba a un punto neutro del techo y los ojos comenzaron a cerrarse, estaba bastante cansada. Antes de quedarme dormida, me levanté y fui a darme una ducha para despejarme.

Estuve bajo el agua bastante tiempo y cuando salí, me puse ropa cómoda. Debía aprovechar que estaba sola en casa para coger la guitarra que tenía escondida en un rincón de mi gran vestidor. La verdad es que tenía bastante hueco para guardar cualquier cosa con la tranquilidad de que mi madre jamás lo encontraría.

Me senté en la cama con la libreta donde escribía las canciones, un bolígrafo y la guitarra. Comencé a tocarla despacio, intentando coger la nota correcta para seguir apuntando. No es que fuese una gran compositora, solo escribía lo que me salía del corazón y la melodía parecía estar quedando bastante bonita. Mientras tanto, cantaba lo que ya tenía escrito y sonreía como una boba. Sí, una boba muy feliz.

Mi inspiración eran Demi Lovato, Ed Sheeran, Sam Smith, Olivia Rodrigo y alguno más. Su música era tan especial, que cuando la escuchaba se me llenaba el corazón de una sensación inexplicable.

Estuve al menos una hora metida en mi mundo, hasta que la llamaba de Aylin me interrumpió. Dejé la guitarra sobre la cama y cogí el móvil para contestar a la loca de mi mejor amiga.

—Dime —respondí algo seca.

—Vaya, qué seca. —Lo que yo decía—. Estabas componiendo, ¿verdad? —aventuró—. Solo cuando estás con eso me respondes así por interrumpirte. ¿Es que no soy igual de importante que esa guitarra? —solté una carcajada a la vez que ponía los ojos en blanco.

—Lo siento, amiga de mi alma. Ya sabes que eres una de las cosas más importantes de mi vida, junto con mi guitarra, claro.

—Anda, ahora soy una cosa en tu vida. Lo estás arreglando, Ross —me llamó por mi apellido y no había cosa que me molestase más. Menos mal que sabía que ella lo hacía solo para picarme.

—Será mejor que pares antes de que me enfade, Aylin —amenacé, aunque sin perder la sonrisa.

—Bueno, lo siento, solo bromeaba.

—Ya lo sabía, tontita. —Nos reímos con ganas.

Tal como ya sabía, me llamaba para recordarme que esa noche teníamos una fiesta en la Hermandad de los Lobos Azules. Ya, sé que es un nombre estúpido, pero en el campus estaban los lobos azules, los lobos negros, las panteras blancas y las panteras rojas. Estas dos últimas eran las hermandades de las chicas que se creían las más populares de la universidad y solo eran unas petardas de mucho cuidado. Una vez Aylin me pidió que intentásemos entrar en alguna de las dos, pero ni muerta entraba en ese círculo tan tóxico y necio. No obstante, lo intenté solo por ella y no fuimos admitidas. Mi amiga se cabreó bastante, pero me importó una reverenda mierda que esas pijas no me quisieran en su patético grupo.

—¿Sigues ahí? —Su voz me apartó de mis pensamientos.

—Sí, aquí sigo.

Continuamos hablando unos veinte minutos más, el tiempo que ella tardó en convencerme de ir a esa gilipollez de fiesta. Claro que, en cuanto me dijo que Curtis había sido el que nos había invitado, no pude negarme. Él se movía por ese círculo y tenía muchos amigos en esa hermandad.

Cuando colgué, guardé todas las cosas antes de que llegasen mis padres y bajé a comer algo; desde que llegué no había probado bocado y estaba hambrienta. Encontré en la cocina a Joselyn, la empleada que teníamos. Ella quiso prepararme algo, pero me negué y le dije que yo lo haría. No me gustaba tener a nadie detrás de mí haciéndomelo todo, yo misma podía.

Me preparé un sándwich de jamón y queso, me serví un vaso de zumo y me senté en un taburete alrededor de la isla de la cocina. Mientras comía, miraba a mi alrededor pensando en los lujos que teníamos y que no necesitábamos. Mi cocina era más grande que un apartamento universitario y, ciertamente, me molestaba que a mis padres les gustase tanto esa vida. Lo peor de todo era que bajo esa fachada de familia feliz, se encontraba un matrimonio aburrido que trabajaba más horas de las que podían aguantar, solo para no tener que verse. Suponía que por eso seguían juntos, solo se veían por la noche y no les daba tiempo a discutir.

Mi padre era uno de los mejores abogados de Oklahoma, tenía su propio bufete, donde trabaja solo la élite. En cambio, mi madre, era la dueña del club de golf más importante de la ciudad; una herencia de mis abuelos. En definitiva, podíamos bañarnos en dinero como Scrooge Mcduck.

Recogí todo lo que había usado para comer y subí de nuevo a mi habitación, ya eran las seis de la tarde y mi madre no tardaría en llegar. No sabía cuán importante era esa cena y, sin duda, mi progenitora era dada a la exageración y a lo mejor no tenía importancia. Aun así, comenzaría a arreglarme antes de que ella llegase y tuviese un motivo más para quejarse.

Fui hasta el vestidor y cogí un vestido malva que me encantaba. Este me llegaba por encima de las rodillas y era algo entallado hasta la cintura, lo que hacía que mis pechos se viesen bastante bonitos. Seguidamente, salía la falda con algo más de vuelo, detalle que le encantaba a mi madre. No obstante, no me lo estaba poniendo solo para darle gusto, también me servía para la fiesta por la forma sexi de la parte superior. Me calcé unos tacones altos de color amarillo y preparé el bolso del mismo color para cuando llegase la hora de irnos tener todo listo.

Solo me quedaba maquillarme y arreglar mi cabello. Esto último me era más fácil, lo tenía largo y liso por lo que me lo recogería en una cola de caballo, ya que las temperaturas eran algo altas y terminaría con la espalda sudada de no recogerlo.

Cuando terminé, me miré al espejo y me encantó lo que vi, me sentía bastante atrevida.

La puerta de mi habitación se abrió de repente de par en par y me asustó; era mi padre. Otro que le daba igual la intimidad de las demás personas, en este caso, la mía.

—Buenas noches, querido padre. —Lo saludé con una sonrisa, aunque con un deje burlón que no le gustó ni una pizca—. ¿Sabes que cuando una puerta está cerrada hay que dar unos toques para que a la persona que está al otro lado no le dé un infarto cuando entres?

—Deja la tontería, Tracy, y baja de una vez. La familia Hale acaba de llegar y tu mejor amigo está preguntando por ti. —Fruncí el ceño.

«¿En serio han llegado? ¿En qué momento? No me he enterado», pensé a la vez que asentía y me encaminaba hasta la puerta para salir.

—Por cierto, estás muy guapa. —Besó mi mejilla, algo que me sorprendió.

—Gracias, papá.

Salí de mi habitación con él pisándome los talones y bajamos las escaleras. En la sala de reuniones, mi mejor amigo hablaba animadamente con mi madre y esta le sonreía con un cariño que no había visto nunca hacia mí y, aunque estaba acostumbrada, me molestaba bastante.

Curtis, en cuanto me vio, se disculpó con mi madre y vino hacia mí para, después de mirarme de arriba abajo, cogerme en volandas y darme un sonoro beso en la mejilla. Debo decir que todo el mundo comentaba que algún día íbamos a terminar casándonos, algo que a nuestras familias les encantaba, pero no a mí. Solo éramos muy amigos y hasta lo veía como mi hermano mayor. Jamás sería de diferente modo, por mucho que todos quisieran escribir nuestra vida como si de un libro de romance se tratara.

CAPÍTULO 2

—Estás muy guapa, como siempre —me dijo Curtis al oído.

—Gracias, tú tampoco estás nada mal. —Enarqué una ceja.

Llevaba un pantalón negro, camisa azul y, por unas horas, una corbata del mismo color que los pantalones. Otro que debía hacer lo que sus padres le impusieran. Su cabello era rubio y tenía los ojos verdes más bonitos que había visto en mi vida. Mi mejor amigo era todo un bombón y eso no podía negarlo. La verdad es que tenía mucho éxito con las féminas y no solo era por lo que se veía a simple vista. Cuando te sonreía, te dejaba babeando. Menos mal que yo ya era inmune a su atractivo, aunque en primaria estaba loca por él. No obstante, nuestra amistad era tan importante para mí, que no la estropearía teniendo una relación con él. Además, tenía a Sandree, una novia espectacular con la que llevaba saliendo a escondidas desde hacía un mes. Si sus padres se enteraban de esa relación, se volverían locos y harían lo imposible para romper dicha unión.

—Esta noche tenemos una fiesta. ¿Te lo ha dicho Aylin? —preguntó en mi oído para que solo yo lo escuchara.

—Sí, no te preocupes. En principio no quería ir, pero cuando me ha dicho que tú habías sido quien nos invitó, no he podido negarme. Ya sabes que consigues de mí lo que quieres.

—Lo que quiera, ¿eh? —Alzó una ceja con picardía.

—No te pases. —Soltamos una carcajada.

Nos dimos cuenta de que nuestros padres nos miraban con una sonrisa de oreja a oreja. Nos acercamos a ellos y fui hacia los Hale.

—Hola, Emma. ¿Qué tal? —Le di un beso en la mejilla para saludarla.

—Hija, qué guapa estás y qué pareja más bonita harías con Curtis. —Su madre fue la primera en soltar el comentario y ambos rodamos los ojos agotados.

El padre de Curtis, Mathew, era un poco más serio, pero siempre muy amable. Me saludó con un apretón de manos como si estuviese haciendo un gran negocio y justo en ese momento, mi madre anunció que la cena estaba servida. Miré el reloj que reposaba en el mueble y marcaba las ocho de la tarde. Sería la primera vez que cenaríamos tan pronto. Que no es que me importase, cuando antes empezáramos, más pronto acabaríamos y nos largaríamos a la fiesta.

Nos encaminamos hacia el comedor y nos sentamos cada uno en los asientos que mi queridísima madre había asignado a cada uno; era así de perfeccionista. Obviamente, Curtis y yo estábamos sentados uno al lado del otro, como no. La verdad es que ya lo que mi familia hacía no me sorprendía para nada.

Joselyn comenzó a traer los platos y me dio mucha rabia que tuviera que hacerlo sola. Si no fuera porque Christine Ross me hubiera matado, me habría levantado para ayudar a esa pobre mujer que llevaba soportando los caprichos de mi madre desde hacía diez años.

Comenzamos a cenar, y mi mejor amigo y yo hablábamos de la universidad mientras que nuestros padres hablaban de trabajo. Bueno, solo los hombres. Las mujeres preferían comentar los escándalos de algunos socios del club de mi madre. Muy correcta para unas cosas y muy chismosa para otras.

Sobre las nueve y media ya habíamos terminado de cenar. En la hora y media que llevábamos sentados, no se había hablado de la cosa tan importante por la que había preparado esta cena. Estaba segura de que mi madre solo utilizó esa excusa para obligarme a cenar con ellos. De ella, me lo esperaba todo.

Cuando pensé que nos dejarían irnos tranquilos a hacer cosas de jóvenes, nos obligaron a seguir con la tertulia en la sala. Bufando cabreada, y llevándome una mala mirada de mi progenitor, me levanté junto con mi amigo para seguirles.

—Tracy, me ha dicho tu madre que sigues sin tener novio —dijo Emma de pronto, lo que me hizo fruncir el ceño.

—Así es, pero tampoco estoy buscando ahora mismo tener una relación con alguien. Los estudios me tienen absorbida y debo ser la mejor para que mi papi me considere una abogada digna de su bufete —respondí sin dejar de mirar a mi progenitora, porque sabía que ella había sido la culpable de ese estúpido comentario.

—Tracy, no te pases —la escuché decir.

Curtis no pudo reprimir la carcajada y, bajo la perpleja mirada de sus padres, se rio como si hubiese escuchado el mejor chiste de la historia. Clavé mis ojos en él y de solo ver su rostro rojo como un tomate, no pude aguantar la risa.

—Estos críos —comentó Mathew.

—Lo siento, lo siento. Es que Tracy tiene unas ocurrencias que me hacen reír. —Me abrazó y a todos les brillaron los ojos.

—No me abraces o alimentarás sus ansias de vernos juntos —le regañé a la vez que le pegaba un codazo en el estómago.

Cogió mi mano y me llevó al porche para que nos dejaran en paz. Aunque no dejamos de seguir escuchando sus tonterías. Al abrir la puerta, la brisa fresca de la noche hizo que cerrara los ojos por un momento. Solo necesitaba respirar, sentir que podía hacer lo que quisiera, cuando yo quisiera y sin ser juzgada por nadie. ¿Tan difícil era eso?

No entendía por qué, siendo mayor de edad, tenía que seguir acatando las ordenes de mis padres, y eso cada día me agobiaba más. Incluso llegué a pensar en irme a vivir al campus o compartir piso con alguna compañera. Pero estaba segura de que, de hacer eso, mi padre dejaría de pagarme la carrera Derecho solo para hacerle feliz a él, pues no me gustaba para nada.

—¿En qué piensas? —La voz de Curtis irrumpió mis pensamientos y suspiré antes de responderle.

—En todo y nada.

—¿Qué? —Hizo una mueca con la boca muy graciosa.

—Te pones muy guapo cuando haces ese gesto. —Me sonrió sonrojándose—. Estoy cansada de todo esto, ¿sabes? A veces quisiera escapar y poder vivir mi vida como yo quiero y no como quieren ellos. ¿Tú no? —Bajó la mirada y asintió.

—Claro que quiero lo mismo, Tracy, pero no nos dejarán en paz hasta que nosotros estemos juntos. —Alcé una ceja sin comprender a dónde quería llegar—. Por eso… estaba pensando que podríamos hacerles creer que lo estamos.

Mis ojos se abrieron tanto que comenzaron a arderme. Parpadeé dos veces y negué con la cabeza. Estaba loco si creía que iba a aceptar eso.

—Ni lo sueñes —dije tajante.

—Piensa que nos dejarán en paz y podremos hacer lo que queramos —aseguró acercándose a mí—. Con solo decirles que somos novios, podremos salir cuando queramos… siempre y cuando piensen que estamos juntos. Así tú podrás irte a donde quieras a seguir componiendo, o incluso apuntarte a clases de música.

Esa idea comenzaba a gustarme. Me quedé pensando unos minutos, unos larguísimos minutos en los que mi mejor amigo no paraba de mirarme fijamente. Alcé la cabeza, miré el cielo estrellado y, tras suspirar un par de veces, asentí.

Curtis me abrazó con fuerza mientras sonreía feliz y yo ponía lo ojos en blanco de ver tanta felicidad de golpe.

—Tenemos que poner unas normas —puntualicé haciendo que parara en el acto—. Solo seremos novios para nuestros padres, los demás no tienen por qué vernos de ese modo, ¿está claro? —asintió—. Somos amigos, Curtis, y no quiero confusiones.

—Será como tú digas, hermana —se burló—. Además, ahora mismo estoy con Sandree y esa chica me gusta bastante. No pienso perderla por culpa de nuestros padres.

—Así me gusta. —Comencé a caminar de un lado al otro—. Otra cosa. —Levanté un dedo—. Tenemos que contarle todo a Aylin para que no meta la pata, ya sabes lo bocazas que es y si llega a escuchar algo de mi madre, ella lo negará. Así que debe saberlo todo. —Paré en secó—. Mañana les diremos que hemos decidido darnos una oportunidad.

—¿Mañana? Que yo sepa no tenemos ningún plan con vosotros. —Volví a enarcar una ceja. Mi mejor amigo era un olvidadizo.

Le recordé que al día siguiente nos veríamos en el club de golf para almorzar por el cumpleaños de mi padre. Ahí sería donde le dijéramos lo de nuestra relación. Le gustó la idea, pero me hizo ver que, si lo hacíamos delante de los demás socios, comenzarían las habladurías y se enteraría todo el mundo.

—Tenemos que pensar otra cosa.

—Bueno, ya lo vamos viendo durante la noche —me propuso—. Vamos a despedirnos, tenemos que ir a recoger a Aylin.

Entramos de nuevo y les dijimos adiós a nuestros padres, aunque no sin antes prometerles que no nos separaríamos en toda la noche para que, a mí, que era una princesa desvalida, no me pasase nada. Irónicamente hablando, claro. Obviamente no le dijimos que íbamos a una fiesta de una hermandad de la universidad, ellos odiaban esos actos donde solo había sexo, drogas y alcohol. Si mis padres supieran las veces que había llegado borracha como una cuba a mi casa, me encerrarían para el resto de mi vida.

Nos montamos en el Jeep de Curtis y le mandé un mensaje a Aylin para que estuviese lista. En quince minutos llegamos a su casa y la loca corrió hasta el coche y se montó en el asiento de atrás.

—¡¡Fiesta!! —gritó como una posesa y los tres nos carcajeamos. Después, mi amigo arrancó de nuevo para emprender el camino hasta el campus de la universidad.

Con la música entrando en mi cuerpo, empecé a animarme mientras que nuestro destino se acercaba más y más. Me encantaba cerrar los ojos, escuchar la melodía y si le unía la brisa chocando con mi rostro, era una sensación indescriptible. Give me the reason de James Bay sonaba a todo volumen y me encantaba esa canción.

Noté la mano de mi amiga sobre mi hombro y, con el móvil en la mano, se acercó a mí para hacernos un selfi. Cada una puso un gesto diferente. Mientras que yo guiñaba un ojo con una sonrisa, ella sacaba la lengua y abría los ojos exageradamente. Escuchamos las protestas de nuestro mejor amigo por no incluirle en la foto, así que Aylin me dio el aparato para que pudiera hacer la foto yo.

Unos minutos después, llegamos a la Hermandad de los Lobos Azules. Aún era temprano, aun así, había bastantes estudiantes en la entrada con vasos en las manos.

Curtis aparcó justo delante y nos bajamos del vehículo. Mi mejor amiga vino hasta mí y paso su brazo por debajo del mío como siempre hacía, y avanzamos hasta la casa con ganas de pasarlo muy bien. Al final me estaba gustando la idea de pasar la noche en una fiesta.

—Voy a buscar a mi amigo John —anunció Curtis en cuanto entramos, alzando la voz porque la música estaba muy alta.

Aylin y yo asentimos a la vez que caminábamos entre los estudiantes buscando alguna cara conocida. Encontramos a Sandree con sus amigas y nos acercamos para saludarla.

—Hola, San. —Le di un beso.

—Hola, chicas ¡Habéis venido! —En cambio, ella me dio un abrazo.

—No nos lo perderíamos por nada del mundo —dijo Aylin saludándola de la misma manera.

—¿Queréis algo de beber? —asentimos—. ¿Cerveza? —volvimos a asentir con la cabeza.

Con una carcajada, Sandree desapareció y unos segundos después, llegó con dos vasos. Mi mejor amiga se bebió el suyo de un solo trago y me carcajeé incrédula.

—¡Empiezas fuerte, amiga!

—Estaba seca —respondió en mi oído—. Voy a por otra.

Me quedé unos minutos con Sandree y llegó Curtis con su amigo John. Al instante, se acercó a su novia y le dio un beso con lengua que ya me gustaría que me besaran así.

Giré sobre mis talones y me fijé que en otra habitación estaban jugando al beer pong y no lo dudé; me gustaba demasiado ese juego. Además, aún no estaba borracha y eso me daba bastante ventaja a la hora de ganar.

En ese momento, solo estaban jugando dos chicos y me quedé mirándolos con una ceja alzada, provocándoles para que me desafiaran. En cuanto lo hicieron, me puse en frente del moreno y sonreí de lado sabiendo que eso estaba ganado.

CAPÍTULO 3

Marcus

Llegué a mi casa más tarde de lo que me esperaba, el día había sido bastante largo. Después de entrenar por la mañana, vine a comer y regresé al gimnasio para trabajar; enseñaba a adolescentes a boxear. No es que yo fuera una eminencia, pero llevaba en este mundillo bastante tiempo y a mis veintitrés años era uno de los mejores.

Por eso, cuando Nick me ofreció el trabajo, no dudé en aceptarlo. Así, mi hermano no se sentiría tan mal al coger el dinero que le faltaba para la universidad.

Devon y yo estábamos solos desde que nuestra madre murió cuando yo tenía dieciocho años, mi hermano era menor de edad aún, tenía dos años menos que yo y tuve que hacerme cargo de él. Menos mal que nuestra madre pudo comprar una vivienda gracias a su trabajo; era médico de familia y, aunque no tenía un sueldo de locos, nos daba para vivir cómodamente. No obstante, yo siempre intentaba ayudarla con los gastos, aunque fuera haciéndole trabajos de jardinería a nuestros vecinos.

Dejé mis estudios para poder trabajar y que a mi hermano no le faltase de nada. No iba a permitir que él también dejase de estudiar, así que nos planteamos el futuro de esa manera.

—Hola, pensé que no estabas en casa —le saludé sorprendido. Creí que estaría por ahí con sus amigos de la universidad. Al ser viernes, era lo más natural, ¿no?

—Te estaba esperando. —Fruncí el ceño.

—¿Para qué? ¿Acaso me echas tanto de menos que quieres pasar el rato conmigo? —asintió esbozando una sonrisa—. ¿Qué planes tienes?

—Iremos a una fiesta en el campus. —Comencé a negar con la cabeza. Ni de coña iría a esas fiestas de niños pijos que te miraban por encima del hombro como si fueras una mierda recién salida del culo de un perro—. Venga, lo pasaremos bien —insistió.

Me senté en el sofá y reposé la espalda, estaba bastante cansado. Siguió mirándome para convencerme y después de varios minutos sin apartar sus ojos de mí, me sentí bastante incomodo, así que me levanté aceptando, algo que le emocionó sobremanera.

—Vamos, arréglate que ya ha empezado.

—Está bien, me daré un ducha. —Accedí y pasé por su lado—. No tardaré.

Me demoré más o menos veinte minutos, todo gracias a que mi hermanito no paraba de meterme prisa. Me puse unos pantalones rotos, una camiseta blanca básica y una chaqueta vaquera. Me calcé las botas y, tras echarme gomina en el pelo para dejarlo despeinado, salí de mi habitación.

—Nos vamos en mi moto —afirmé tajante, de modo que Devon no pudo negarse.

Salimos de casa, nos montamos en la moto y arranqué en cuanto nos pusimos los cascos.

Yo no sabía llegar al campus, así que mi hermano me guio lo que duró el trayecto. En tan solo diez minutos llegamos. Esa era la ventaja de ir en moto y otro de los motivos por los que me encantaba.

Aparqué delante de un Jeep y nos bajamos. Entramos con los cascos en la mano y mi hermano fue a buscar a su amigo John. Cuando lo encontró, le pidió un lugar donde dejar los cascos y se los llevó hasta un armario que tenía debajo de las escaleras. Me lo presentó, pues yo no lo conocía en persona, solo las cosas que Devon me contaba de la universidad.

—Encantado, tío. —Estrechó mi mano—. ¿Queréis beber algo? —Rápidamente asentimos.

Fuimos detrás de él hasta la cocina donde estaban todos los barriles de cerveza. Nos servimos un vaso cada uno y volvimos a la fiesta. Por un momento, perdí de vista a mi hermano, supuse que se habría ido a saludar a otros amigos.

Caminé entre los invitados viendo todo a mi alrededor. La música estaba en todo su apogeo: risas por un lado, y juegos de mesa y retos de beber por otro. Algunos ya estaban borrachos y otros ya se metían mano en cualquier rincón de la gran casa de la hermandad. De lejos, me fijé que estaban jugando al beer pong y no dudé ni un segundo en acercarme, me gustaba bastante ese juego y la verdad hacía mucho que no me divertía.

Cuando llegué, me sorprendí al ver que una chica, ataviada con un vestido bastante provocativo de color morado y tacones amarillos, había tumbado a tres tipos bastante grandes. No podía dejar de mirarla y mis ojos viajaron desde su cabello castaño, recogido en una cola de caballo, hasta esos hoyuelos que adornaban su bonito rostro. Tenía los ojos más azules que había visto en mi vida y unos labios carnosos que invitaban a morderlos sin descanso. Seguí el recorrido por su cuello y clavé mi mirada en sus pechos, no eran demasiado grandes pero, con ese vestido, se veían muy apetecibles. Mi polla pegó un brinco en cuanto se dio cuenta de que la ojeaba y cruzó su mirada con la mía. Solo duró unos segundos, solo unos jodidos segundos y sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Sonrió a la vez que volvía la vista a sus contrincantes y me quedé sin aliento pensando en la manera de acercarme y no se me ocurrió otra cosa que enfrentarme a ella en el juego.

Decidido, me aproximé y me puse en el lado contrario, donde el último que perdió estaba tirándose en el sofá que tenía detrás, borracho.

—Hoyuelos, enfréntate a mí —pedí con un deje de diversión.

Alzó una ceja, gesto que la hizo parecer mucho más sexi de lo que ya se veía.

—¿Quién eres tú y por qué crees que aceptaré? —respondió dejándome escuchar su dulce voz.

—¿Quién soy? Eso no importa. —Elevé las comisuras de mis labios—. Aquí lo verdaderamente importante, es que te voy a ganar —sentencié y soltó una sonora carcajada a la que se unieron los que nos miraban—. Hagámoslo mucho más divertido.

Eso hizo que parase de reír y volviera a clavar sus azules ojos en mí de un modo curioso. Asintió para que le contara la idea pero, ciertamente, no sabía muy bien lo que estaba haciendo, solo necesitaba acercarme a ella y debía conseguirlo como fuera.

—Apostemos. —Escuchamos un «uhh» de los demás—. Si gano yo, me darás un beso. —Tras esto fue un «wow» bastante alto que hizo que se acercaran más universitarios para curiosear.

—¿Tan seguro estás de que vas a ganar? —Posó las manos en su cintura y con cada movimiento que daba, más ganas tenía de besarla.

—Hoyuelos, ganaré y me besarás —le aseguré.

—Deja de llamarme así. —Se agachó y se apoyó en la mesa, dejándome ver su escote desde un mejor ángulo.

—Es que no sé tu nombre y de verdad que tienes unos hoyuelos muy bonitos. —Seguí sacándola de quicio, empezando un juego del que no sabría cómo salir.

—Está bien. —Se incorporó—. Si gano yo —dijo poniendo un dedo en su barbilla haciendo como que pensaba—, dejarás ese absurdo intento de besarme.

Le sonreí con picardía y comencé a negar a la vez que me quitaba la chaqueta vaquera. Cogí del bolsillo la cajetilla de tabaco y saqué un cigarrillo para después llevármelo a los labios. Ella no podía dejar de mirar cada uno de mis movimientos y eso me gustó mucho más que sacarla de quicio. Me encendí el cigarro e inhalé la primera calada.

Observé a mi alrededor y me di cuenta de que teníamos un corrillo bastante grande, por lo que el juego iba a ponerse muy divertido.

—Te aseguro que después de besarte… tú misma me lo pedirás de nuevo.

De pronto, vi que se acercaba mi hermano junto con John y otra pareja que no me habían presentado aún.

—¿Vas a jugar? —me preguntó Devon.

—Parece que sí y están apostando —respondió un desconocido por mí.

—¿Apostando? —Esta vez habló un tío rubio y alto acercándose a ella.

—Así es. Por lo visto cree que me puede ganar y quiere que le dé un beso —contestó mi contrincante y el otro abrió los ojos sorprendido, aunque enfadado a su vez.

—No tienes por qué jugar con él.

—No le tengo miedo, Curtis.

—Pero, Tracy…

«Tracy, se llama Tracy», pensé sin dejar de observarlos.

—Nada, será mejor que te apartes porque esto va a empezar.

El tal Curtis se acercó a una chica morena, la que parecía ser su novia.

—Así que eres el hermano de Devon. —Se dirigió de nuevo a mí—. Empecemos…

—Marcus, me llamo Marcus —respondí, pues parecía que quería saber mi nombre y, si no era así, yo deseaba que lo supiera.

Antes de empezar, una chica a pleno grito corrió hacia ella, interrumpiéndonos de nuevo. Esta era un poco más bajita que Tracy, delgada, morena y una cabellera rizada que le llegaba hasta la cintura; era muy guapa también, pero no tanto como ella.

—¿Quién es este bombón? —Le escuché decir, lo que me hizo reír.

—Espera que termine con él y te lo diré. —Su amiga se alejó unos centímetros—. ¿Quién empieza?

—Echémoslo a suertes.

—Aylin, lanza una moneda. Elijo cruz —dijo tajante, estaba picada.

Aylin, que así se llamaba la morena, lanzó una moneda que mi hermano le dio y todo fue como a cámara lenta. Vi como esta miraba a Tracy con asombro y eso solo me anunciaba que yo sería quien debía empezar.

—Ha salido cara —anunció.

—Está bien… empieza. —Me miró con una ceja alzada.

Agarré la pelotita y me agaché unos milímetros para medir bien, pues mi metro ochenta y ocho no ayudaba en nada. Escuché su risita y tiré la pelota, dando en el blanco. Dejó de reír en cuanto se dio cuenta de que sería la primera en beber. Sin decirme ni media palabra, cogió el vaso y se lo bebió de un trago sin apartar su mirada de la mía.

Cogió la pelota y me imitó, aunque con su estatura no hacía falta que lo hiciera, y me percaté de que se estaba burlando de mí. La tiró y también encestó sin problema, lo que la hizo elevar las comisuras de sus labios en una amplia sonrisa. Me bebí la cerveza rápidamente para seguir. Así estuvimos varios minutos, escuchando los ánimos de unos y las risas de otros. Volví a tirar y esa vez fallé.

—Ups, has fallado, amigo. —Me guiñó un ojo a la vez que tiraba ella—. Te toca beber. —Rodó los ojos—. Esto va a ser divertido.

Tiramos unas cinco veces cada uno y solo quedaban tres vasos. Cada vez estaba más interesante y, cuando quedaba el ultimo vaso, el definitivo, ella tiró y falló.

—¡No jodas! —gritó—. Te toca.

Si encestaba, sería el ganador. En cambio, si fallaba, el juego se acabaría y ambos quedaríamos empate. Tenía que hacer lo posible por meter la maldita pelota en su vaso porque me moría por callarla con un beso que la dejase temblando.

—Es para hoy —me apremió.

—¿Tienes prisa por besarme? —En respuesta puso los ojos en blanco.

—No vas a meter la…

Enmudeció, porque mientras ella hablaba, yo tiraba la pelota y esta entró en su vaso, haciéndome ganador de ese juego al que no me invitaron a jugar. La ganadora, la misma que había tumbado a varios tíos, había sido humillada y tendría que besarme.

—Los juegos son así, unas veces se gana y otras se pierde —dije a la vez que me encaminaba hacia ella—. Has perdido, hoyuelos.

Me puse muy cerca, obligándola a alzar la cabeza para mirarme a los ojos. Me di cuenta de su nerviosismo, de cómo tragó saliva, y más cuando me agaché hasta su altura para besarla tal y como habíamos apostado. En ese momento no se escuchaba nada. La música se paró, la gente estaba a nuestro alrededor mirándonos muy atentos y, sin hacerlos esperar, ella misma fue la que pegó sus labios a los míos. Me sorprendió que fuera la que tomase la iniciativa, pero más me gustó rodear su pequeña cintura con mis brazos para pegarla a mi cuerpo.

Rocé mi lengua con la suya, arrancándole un pequeño jadeo que me excitó en menos de un segundo.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero no quería dejar de besarla hasta el cansancio… hasta que la falta de oxígeno nos obligara a separar nuestros labios.

CAPÍTULO 4

Tracy

El tiempo se paró, todo a mi alrededor se congeló en cuanto noté sus manos cogiendo mi cintura y no pude esperar. El tipo era bastante atractivo. «Está muy bueno, no nos vamos a engañar», pensé.

Percibí el roce de su lengua, arrancándome un jadeo involuntario del que me arrepentí nada más soltarlo. Sentí su sonrisa sobre mi boca y temblé como una hoja dándome cuenta de que este desconocido había sido capaz de noquearme en cuestión de segundos.

Busqué fuerzas en mi interior para separarme de él, cosa que me costó horrores y lo logré tras un largo tiempo. Nuestros ojos se encontraron y él seguía con esa sonrisa de canalla que haría que hasta la Antártida se derritiera.

—Joder —musitó.

Me solté de su agarré y salí espantada de allí, necesitaba aire con urgencia. Escuché los gritos de Aylin tras de mí y paré cuando llegué al Jeep de Curtis. Me subí en el coche, dejándome caer sobre el asiento delantero; después, alcé la cabeza cerrando los ojos buscando tranquilizarme y recobrar la cordura que ese tipo me había arrebatado.

—Tracy, ¿estás bien? —Se interesó mi amiga.

Abrí los ojos y asentí, aunque la realidad era otra. No estaba bien, claro que no.

—Menudo beso —murmuré arrancándole una carcajada a mi mejor amiga.

—Pues sí, perra. Menudo besazo te ha dado ese tío. —Se subió al coche también—. ¡Y qué bueno está!

Escucharle decir eso, me hizo reír y ambas acabamos a carcajadas. También tenía que aceptar que estaba un poco achispada. Había bebido bastante jugando con ese capullo. Mis ojos viajaron hasta la puerta al notar que alguien salía y comprobé que era él junto a su hermano. Me escondí lo que pude, pues estábamos bastante cerca y no quería que me viera. La casualidad hizo que su moto estuviera aparcada justo delante y, entonces, se giró y me vio. Cuando pensaba que me diría algo, se puso el casco y se montó en la moto como si nada hubiera pasado… eso me molestó. En cambio, su hermano se despidió de nosotras con la mano y los vimos alejarse a toda velocidad.

—¡Vaya! —soltó Aylin.

—Quiero irme a mi casa de una puta vez —escupí cabreada.

—Está bien, buscaré a Curtis para decírselo.

Mi mejor amiga se bajó del coche y se adentró en la casa para buscar a nuestro amigo. La verdad estaba bastante cansada. «Estás muy cabreada, reconócelo», habló mi subconsciente y tuve que darle la razón. Me había enfadado que no se despidiera después de lo que había pasado hacia apenas unos minutos entre nosotros. No es que quisiera que me diera su teléfono, ni mucho menos, él y yo no podíamos ni quiera ser amigos. Pero, al menos, por educación, podría haber dicho un simple «adiós».

Mis amigos salieron de la casa y se montaron en el coche en completo silencio. Curtis, parecía enfadado, aunque no me extrañaría que lo estuviera conmigo, le había jodido la fiesta obligándole a irnos antes de tiempo. Tan solo eran las tres de la madrugada y seguramente se lo estaba pasando muy bien con Sandree. Tenía que decirle que se quedara.

—Curtis, si no quieres irte, puedo coger un taxi —hablé antes de que arrancara.

—¿Estás loca? No dejaré que te vayas a tu casa en ese estado. —Me miró de reojo y Aylin soltó una risita burlona—. Además, recuerda que tus padres deben vernos juntos y si se dan cuenta de que has llegado sola, se enfadarán.

—¿Por qué deben veros juntos? ¿Acaso me he perdido algo? —intervino mi amiga con notable curiosidad.

Curtis y yo nos miramos a los ojos y asentimos, debíamos contarle la idea que habíamos tenido para que todo saliera bien y nuestros progenitores nos dejaran en paz de una jodida vez.

De camino a su casa, le contamos todo y por poco le da algo. No podía creer que hubiésemos pensado en hacer eso y mucho menos creía que fuera buena idea. Sin embargo, nos ayudaría porque para eso estaban los amigos, ¿verdad? Así fue como terminó la frase y nos reímos. En realidad no podíamos tener mejor amiga.

—Ya sabes, Aylin. No puedes decirle a nadie de esto, solo es una noticia para nuestros padres —le recordé antes de que se bajara del coche—. No queremos que Sandree piense que Curtis le está poniendo los cuernos conmigo y lo deje. Eso sería un escándalo en la universidad y la pobre no se merece eso.

—Tienes razón, Tracy. —Me dio un beso en la mejilla y después a él—. Me cae bien Sandree.

Se bajó del coche y, antes de entrar en su casa, se despidió alzando su mano derecha. Esperamos unos segundos a que entrara y volvimos a la carretera. El camino a mi casa lo hicimos en completo silencio, aunque estaba segura de que estaba loco por comentar la locura de juego que Marcus y yo habíamos tenido. Sobre todo, el beso… ese beso. Inconscientemente, llevé los dedos hasta mis labios y los rocé recordándolo. Sentí un cosquilleo que me recorrió el cuerpo entero y una pequeña sonrisa se dibujó en mi boca.

—¿Estás bien? —La voz de Curtis me sacó del trance en el que llevaba metida varios minutos—. Te noto distraída.

—Sí, estoy bien, tranquilo —mentí.

Claro que no estaba bien, no lo estaba cuando salí de la fiesta y seguía sin estarlo porque no podía parar de pensar en ese estúpido desconocido que irrumpió en mi vida. Rodé los ojos y suspiré buscando calma. Lo peor de todo, es que esa calma estaba demasiado lejos de mí y no sabía si volvería a encontrarla. ¿Qué cojones me estaba pasando?

Llegamos a mi casa, pero nos quedamos unos minutos más hablando en la puerta. Aún no me había bajado del Jeep, estaba bastante cómoda, siempre lo estaba con mi amigo.

—¿Seguro que estás bien? —repitió la pregunta y tuve que reírme para que dejase la preocupación.

—Si, Curtis, estoy perfectamente. —Frunció el ceño—. ¿Lo dices por lo de ese tal Marcus? —asintió—. No pasa nada, solo hemos jugado a un juego y…

—Os habéis besado —me interrumpió.

—¿Y qué? Estábamos en una fiesta y eso es lo que se hacen en las fiestas, ¿no? Te emborrachas, te besas con cualquiera y no pasa nada. —Quise restarle importancia porque no debía dársela tampoco—. Además, ¿cuándo te he mentido yo a ti?

—Nunca, Tracy.

Nos quedamos unos minutos en silencio y decidí que era hora de descansar. Me despedí de él con un beso en la mejilla y me bajé del coche.

Curtis era muy buena compañía y si no fuera porque estaba agotada, me quedaría con él hasta las siete de la madrugada hablando de mil cosas. Pero, por mucho que le dijera que no me pasaba nada, necesitaba estar sola para entender por qué sentía esta presión en el pecho cada vez que recordaba ese maldito beso.

Entré en mi casa y subí hasta mi habitación con los tacones en la mano para no hacer ruido. No estaba segura de que mis padres estuvieran dormidos y, la verdad, tampoco quería comprobarlo. Fui hasta mi habitación y lo primero que hice fue soltarme el pelo, me estaba doliendo la cabeza. «Pero eso es por las muchas cervezas que te has tomado esta noche. No le eches la culpa al peinado», me dije a mí misma.

—Muy graciosa—. Miré hacía arriba como si estuviera hablando con alguien. Reconozco que el alcohol me había sentado fatal.

«Ajá, el alcohol», volví a escuchar mi voz interior.

—Shh. —Chisté.

Me quité el vestido, me puse una camiseta holgada que me llegaba hasta debajo de las nalgas y me tiré en la cama.

Clavé mis ojos en un punto neutro de la lámpara que colgaba del techo, aún tenía la luz encendida. Mi mente comenzó a hacer de las suyas de nuevo, proyectándome todo lo sucedido en la fiesta, desde el primer segundo en el que nuestros ojos se encontraron cuando él solo era un mero espectador. Lo que me sorprendió fue que me desafiara y más que al final me ganase a algo que se me daba tan bien.

Después, cuando llegué de nuevo a recordar el beso, me quedé dormida, aunque estaba segura de que sería parte de mis sueños.

***

Hacía calor, bastante, a decir verdad. Me había levantado temprano gracias a mi madre y la odié por ello; estaba agotada. Teníamos un almuerzo con la familia Hale en el club de golf y debía ir, siempre era un deber todo lo que ella me pedía. No obstante, aunque siempre intentaba escabullirme de sus planes, ese día iría porque, además de ser el cumpleaños de mi padre, sería cuando les dijésemos a nuestros padres que estábamos juntos. Todavía me costaba hacerme a la idea, pues no estaba segura de que fuera a salir bien. Pero, como decía Curtis, era una mentirijilla que a nuestros progenitores les haría muy felices y, lo mejor de todo, nos dejarían en paz. Así que había que hacerlo por el bien de nuestra libertad.

Sobre la una de la tarde ya estábamos sentados alrededor de una mesa redonda en la mejor zona del restaurante; al ser mi madre la dueña, no había problema en conseguir algo así. Estábamos justo al lado del ventanal y podíamos ver a varios socios disfrutar de un buen día de golf.

El camarero vino a tomarnos nota y, cuando escuché su voz, alcé la cabeza para comprobar quién era ya que me sonaba bastante.

—Devon —dije y todos me miraron—. No sabía que trabajabas aquí.

—Hija, ¿de qué conoces al camarero? —me preguntó la señora Ross. Sí, ya sé que era mi madre, pero me sacaba de quicio.

—Es un compañero de la universidad, mamá. —Enarcó una ceja con altanería.

—Vaya, ya dejan entrar a cualquiera en esa universidad —soltó con desprecio.

Mi boca se abrió, los ojos de Curtis comenzaron a echar chispas y la cara de Devon era todo un poema. Por no decir, que ni siquiera pudo saludarme porque tenía prohibido hablar con los clientes.

—Qué asco, mamá. —Me levanté furiosa para salir a la terraza del restaurante—. Devon, me alegro mucho de verte —le dije y él asintió agachando la cabeza.

¿Por qué era así? ¿En qué momento tener más dinero que otros te hacía mejor persona? Joder, no entendía por qué debía despreciar a otros solo por su posición social. Para mí, el hecho de que estuviera trabajando honradamente, ya lo hacía mejor que muchas personas de nuestro circulo social.

Sentí una mano sobre mi hombro y me giré; era mi mejor amigo.

—¿En qué piensas? —Se interesó—. Qué estúpida pregunta, está claro que en lo que ha dicho tu madre.

—¿Lo puedes creer? ¿Cómo puede decir esa barbaridad? Me avergüenzo de ser hija suya, Curtis. —Me abrazó.

—Te entiendo, pero es tu madre y la quieres —afirmó y asentí como una estúpida.

Pues claro que la quería, pero odiaba su forma de ser y daba gracias por no parecerme ni un ápice a ella, a esa mujer fría y calculadora que lo único que le interesaba era la posición y el dinero.

Entramos de nuevo y ya habían pedido la comida, como no. Ni siquiera esperaron para ver qué nos apetecía a nosotros. Puse los ojos en blanco y comenzamos a comer en silencio, aunque notaba la mirada de mi madre sobre mí todo el tiempo y eso me ponía muy nerviosa. Estaba claro que quería decirme algo, pero no le daría pie a comenzar una conversación con la que solo acabaríamos discutiendo. Decidí pegarle una patada a Curtis por debajo de la mesa para que me mirara y apremiarlo para contar de una vez «lo nuestro».

—Queríamos contaros algo —dijo a la vez que agarraba mi mano—. Tracy y yo…

—¿En serio? ¿Es verdad lo que estás a punto de decir? —comenzó a decir su madre muy emocionada.

—Si me dejas terminar, mamá —regañó con cariño.

—Por supuesto.

—Curtis y yo somos novios —intervine para soltarlo de una vez, mi amigo pensaba demasiado las cosas y esto tenía que ser como quitarse una tirita; mejor hacerlo de golpe.

—Eso —suspiró mirándome de reojo.

No hizo falta decir nada más, ya estaban felices por la noticia y tuve que frenar a mi madre porque ya estaba levantándose para gritarlo a pleno pulmón para que todos los ahí presentes se enteraran. Les pedimos discreción, pues estábamos empezando. No estuvieron de acuerdo, aunque logramos convencerles.

Justo en ese momento, giré mi cabeza y me fijé en que tenía a Devon a escasos centímetros de nosotros, por lo que estaba segura de que se había enterado de toda la conversación y eso no hizo más que incrementar mis dudas. Al final, esto no iba a ser tan buena idea.

CAPÍTULO 5

Marcus

Mi hermano se acercó a mí y me preguntó si quería marcharme y la verdad es que sí, no me sentía cómodo con tantas miradas puestas en mí. No me gustaba ser el centro de atención. «Podrías haberlo pensado antes, ¿no?», pensé a la vez que negaba con la cabeza agachada. Caminamos hasta sus amigos y, tras presentarme al tal Curtis y a su novia Sandree, salimos de la casa después de coger los cascos del armario. Nos fuimos de la fiesta unos minutos después que ella, quería dejarle espacio después del beso.

—¿Puedo saber que ha pasado ahí dentro?—me interrogó Devon nada más salir.

—Nada, no ha pasado nada.

En el interior de la casa era imposible hablar, aunque apenas unos minutos antes todos estaban en silencio pendientes de nuestro juego. Nos dirigimos hacia la moto y me fijé en el Jeep que tenía justo detrás. Sonreí al percatarme de que Tracy se escondía de mí, así que me puse el casco y me subí a la moto ignorándola. Mi hermano se despidió de ellas, también estaba la morena en el vehículo.

Cuando llegamos a nuestra casa, aparqué en el pequeño jardín y entramos en silencio.

—¿Por qué no te has despedido de ella? —Ahí venía otra pregunta—. Al menos, podrías ser más educado.

—¿Educado? No la conozco de nada, Devon.

—Eso no te importó cuando le metiste la lengua hasta la campanilla, hermano —ironizó haciéndome reír.

—Cierto.

Nos tiramos en el sofá a la vez y me descalcé, estaba cansado. Había sido un día bastante duro.

—¿De qué conoces a Tracy? —quise saber y me miró fijamente—. Es decir, había mucha gente y…

—Es mi compañera, ambos estudiamos Derecho.

—Entiendo. —Bufé, exasperado.

Ni siquiera sabía por qué le estaba preguntando por una chica como ella, alguien inalcanzable para mí. Me daba la sensación de que éramos de mundos muy diferentes.

Mi hermano no me dijo nada más y dejó que me fuera a descansar, ya era bastante tarde. Me levanté y me fui a mi habitación para dormir o, al menos, intentarlo porque no paraba de recordar la estupidez que había pasado en esa fiesta.

Me desvestí, quedándome solo con el bóxer y me acosté boca arriba. Clavé mi mirada en un punto del techo y mi mente comenzó a hacer de las suyas, proyectándome a cámara lenta todo desde el momento en que nuestros ojos se encontraron. ¿Por qué la desafié? ¿Por qué tuve la necesidad de besarla?

Justo cuando llegué al beso, ese beso que me había dejado con ganas de más, empecé a quedarme dormido, aunque con la seguridad de que formaría parte de mis sueños lo que quedaba de noche.

***

Unos fuertes toques en mi puerta me hicieron abrir los ojos de par en par. Me pasé las manos por el rostro y miré la hora que marcaba el reloj que descansaba en la mesita de noche, solo eran las ocho de la mañana. Me incorporé despacio y fui a abrir a Devon, porque no podía ser otra persona.

—Buenos días, hermanito —me saludó con una sonrisa burlona.

—Buenos días —respondí bostezando.

—Anda, sigue durmiendo. Solo venía a despedirme, tengo que trabajar —asentí—. Nos vemos a la noche.

Volví a cerrar la puerta y tirándome boca abajo, cerré los ojos y me quedé dormido otra vez.

Unas horas después, me desperté por el sonido del móvil; alguien me estaba llamando. Lo descolgué sin comprobar quién era y la voz de Nick me hizo abrir los ojos de golpe. Me incorporé en la cama en cuanto oí lo que me estaba diciendo y me despedí de él enseguida, después de responderle con un simple «sí».

Me levanté de una vez, tenía cosas que hacer antes de irme para el gimnasio. Me duché y comí algo y, antes de salir, le dejé una nota a mi hermano avisándole de que esa noche llegaría tarde. Él ya sabía que cuando le decía eso, no debía preocuparse.

Arranqué en cuanto me puse el casco y salí del jardín para incorporarme a la carretera. En poco tiempo llegaría a mi destino, pues estábamos bastante cerca. Vivíamos en la parte suburbana de Oklahoma.

En cuanto llegué, me metí de lleno con el entrenamiento. Esa noche tenía una pelea y no podía perderla, no cuando me jugaba tanto con ella.

El tiempo comenzó a pasar deprisa, mi mente se bloqueó y lo único en lo que podía pensar era en golpear el saco con todas mis fuerzas. Estuve así más de dos horas y ya sentía los músculos doloridos, pero ese dolor físico no era nada comparado con lo que sentía en mi pecho cuando los recuerdos me atenazaban. Por un momento me dejé llevar y seguí sin descanso hasta que, de pronto, el rostro de Tracy entró en mi mente de un modo tan fuerte que echó de una patada todo lo demás.

Por primera vez en mi vida era capaz de controlar mis impulsos y parar. Por primera vez en toda mi existencia era capaz de escapar de los peores recuerdos de mi infancia.

Agarré el saco con ambas manos y pegué mi frente a él a la vez que me calmaba y comenzaba a respirar. Cerré los ojos varios minutos porque sabía que, al abrirlos, dejaría de verla.

—Marcus. —La voz de Nick me sacó del trance—. Tienes que descansar. —Me tendió una botella de agua helada y bebí tras sentarme en uno de los bancos—. Toma. —Me dio una toalla a la vez que tomaba asiento a mi lado—. ¿Estás seguro de que quieres pelear esta noche? —Lo miré con el ceño fruncido.

—¿A qué viene esa pregunta? Ya sabes que mi respuesta siempre será la misma.

—Pero es muy peligroso, Marcus. —Bufó—. No me fío ni un pelo de Dixon.

—Yo tampoco, pero hay mucho dinero en juego y ambos lo necesitamos. Tú para terminar de pagar tu deuda con ese hijo de puta, y yo para ayudar a mi hermano con la universidad —expresé consciente de lo que perdería de no ir a ese combate.

—Lo sé, pero siempre que peleas con Silver, acabáis malheridos y no quiero que te pase nada. —Puso una mano sobre mi hombro—. Eres como un hijo para mí. Lo sabes, ¿verdad? —asentí agachando la cabeza—. Le prometí a tu madre que cuidaría de vosotros y creo que lo estoy haciendo mal.

Me levanté como un resorte y negué. No estaba de acuerdo con él y jamás lo estaría, no en eso al menos. Nick, había cumplido con creces la promesa que le hizo a mi madre en su lecho de muerte. Cuidó de nosotros, nos aconsejó y nos enseñó muchas cosas. No obstante, yo tenía dieciocho años cuando mi madre falleció y solo el apoyo moral que me dio, me sirvió de mucho.

—Has sido un gran apoyo todo este tiempo, Nick. —Se levantó y me dio un abrazo.

—No me perdonaría que te pasase algo por mi culpa —negué de nuevo.