El rayo que no cesa - Miguel Hernández - E-Book

El rayo que no cesa E-Book

Miguel Hernández

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Poeta singular cuya figura se ha engrandecido hasta la categoría de mito, Miguel Hernández (1910-1942) solo alcanzó a ver publicado en vida "El rayo que no cesa", que salió de las prensas pocos meses antes del estallido de la Guerra Civil. Poemario amoroso impregnado de fuerza, la obra, única del autor cuya distribución y venta toleró en la posguerra el régimen franquista, no tardó en convertirse, tanto por su valor intrínseco como por el simbólico que inmediatamente llevó aparejado, en un libro emblemático. "El rayo que no cesa (escribe Jorge Urrutia en el excelente prólogo que acompaña al texto) es un libro mayor, no sólo en la obra de Miguel Hernández, sino de la poesía española del siglo XX. Un libro en el que el poeta sabe aunar y personalizar las influencias clásicas y modernas... Un libro que provoca desde el principio la simpatía, la implicación del lector... por la atracción que ejerce un poeta perseguido siempre por un clima trágico." Del mismo autor en esta colección: "Poemas de amor" y "Poemas sociales, de guerra y de muerte".

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Seitenzahl: 50

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Miguel Hernández

El rayo que no cesa

Prólogo de Jorge Urrutia

Índice

Prólogo

El rayo que no cesa

1. [Un carnívoro cuchillo]

2. [¿No cesará este rayo que me habita?]

3. [Guiando un tribunal de tiburones,]

4. [Me tiraste un limón, y tan amargo,]

5. [Tu corazón, una naranja helada]

6. [Umbrío por la pena, casi bruno,]

7. [Después de haber cavado este barbecho]

8. [Por tu pie, la blancura más bailable,]

9. [Fuera menos penado si no fuera]

10. [Tengo estos huesos hechos a las penas]

11. [Te me mueres de casta y de sencilla:]

12. Una querencia tengo por tu acento,]

13. [Mi corazón no puede con la carga]

14. [Silencio de metal triste y sonoro,]

15. [Me llamo barro aunque Miguel me llame.]

16. [Si la sangre también, como el cabello,]

17. [El toro sabe al fin de la corrida,]

18. [Ya de su creación, tal vez, alhaja]

19. [Yo sé que ver y oír a un triste enfada]

20. [No me conformo, no: me desespero]

21. [¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria]

22. [Vierto la red, esparzo la semilla]

23. [Como el toro he nacido para el luto]

24. [Fatiga tanto andar sobre la arena]

25. [Al derramar tu voz su mansedumbre]

26. [Por una senda van los hortelanos,]

27. [Lluviosos ojos que lluviosamente]

28. [La muerte, toda llena de agujeros]

29. (Elegía) [Yo quiero ser llorando el hortelano]

[Por desplumar arcángeles glaciales]

Créditos

Prólogo

¿Qué es lo que hace que un poeta llegue a ser más que un poeta, se convierta en símbolo, alcance la categoría de mito? Es difícil acertar con la respuesta. En el caso de Miguel Hernández varias son las posibles causas de que su figura se engrandeciera como lo hizo.

Primero, conviene recordar que era una persona de origen modesto y no un miembro de la burguesía más o menos ilustrada, como suele suceder con los escritores y, sobre todo, sucedía en los años veinte y treinta del siglo pasado. El ambiente campesino del que procedía no debiera teóricamente haberle proporcionado otro camino en la vida que el del trabajo proletario, un mínimo negocio familiar o, en todo caso, una salida modesta hacia pequeños empleos administrativos. No era previsible que pudiese, a fuerza de decisión y trabajo, codearse de tú a tú con representantes de la intelectualidad de procedencia burguesa, incluso de la alta burguesía, como García Lorca, Alberti, Aleixandre, Neruda, Giménez Caballero, etc. Ese triunfo sobre lo que debería haber sido su destino hace ya admirable la figura de Miguel Hernández.

Segundo, fue un joven que nunca envejecerá, porque murió en plena juventud y todas las fotos que guardamos de él nos ofrecen esa imagen del hombre entusiasta y sonriente, lleno de vitalidad. Vivió como tragándose la vida, a toda prisa, entregándose en todo lo que hacía, generosamente.

Tercero, esa generosidad de su existencia, cuyo eco fue trasmitiéndose boca a boca, desde el recuerdo admirado de sus amigos. Generosidad y pasión rigieron los pocos años en los que estuvo, y con ambas se abrió a la aventura vital, se lanzó a la poesía y se entregó a la lucha en defensa de lo que entendía era la causa justa, en la dolorosa guerra civil que truncó sus esperanzas. Es conocido que, en marzo de 1939, rechazó asilarse en la embajada de Chile porque «lo consideraba como una deserción de última hora»1.

Cuarto, su muerte fue producto de la crueldad del nuevo régimen surgido tras la derrota de la República, pero también de su amor y de su inocencia (al correr al pueblo para ver a su mujer y a su hijo cuando es excarcelado por error, sin darse cuenta de que convenía esconderse en una ciudad grande), así como de la fatalidad de una tuberculosis contraída en las cárceles y mal tratada en ellas, cuando su pena de muerte había sido conmutada (por evitar otra publicidad contraria, como en el caso de García Lorca, según parece que opinó el general Franco).

Quinto y fundamental, Miguel Hernández fue un gran poeta, visceral, pero sabio, entregado pero controlado, especialmente en su escritura final, que expresaba el amor, el entusiasmo, la rabia o el dolor sin olvidar, ni siquiera en su poesía de combate escrita para el consumo inmediato de los implicados en la batalla, el valor de la metáfora y la fuerza de la palabra para desvelar lo más profundo y casi inefable del sentimiento del individuo.

Estas cinco razones y, tal vez, alguna más, como lo que sus amigos contaron de él y de sus actos, convirtieron a Miguel Hernández en símbolo de una España real y leal consigo misma, y en mito que encarna la sinceridad y la entrega.

Como todo símbolo y todo mito, algo tiene de verdad y algo de distorsión. En este caso, porque se construyen ambos sobre los últimos años del poeta. Pero el hombre que fue sufrió dudas, tuvo vacilaciones, se hizo a través de sus actos. Casi no puede decirse a través del tiempo, porque la vida poética de Miguel Hernández fue brevísima. Nacido en octubre de 1910, murió a finales de marzo de 1942. Su primer libro es de 1933 y sus últimos poemas de 1941. Ocho años, pues, de vida pública y literaria, pero también de esfuerzo y de sufrimiento, de entusiasmo y de derrota.

Fue El rayo que no cesa el primer libro de Hernández que la censura del régimen del general Franco autorizó que se publicara, a finales de los años cuarenta. José María de Cossío, intelectual conservador que siempre ayudó a Miguel, y Vicente Aleixandre, el gran poeta de la generación del 27, luego Premio Nobel, fueron los artífices de la edición, pensada fundamentalmente para proporcionarle una pequeña ayuda económica a la viuda del autor2.

Paralelamente a la presencia en librería del volumen, crecía el valor simbólico y mítico del poeta, y los jóvenes rebeldes de la dictadura buscaban entre líneas de un libro de poesía amorosa el mensaje político y social que presumían debía existir siempre en el poeta. Pero no era ésa la preocupación literaria de Miguel Hernández cuando escribiera aquellos poemas.

En 1933, y bajo el lema «El silbo vulnerado», presentó Miguel Hernández al Concurso Nacional de Poesía un libro que, andando el tiempo, se convertiría en El rayo que no cesa