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La obra de Miguel Hernández viene a ser ejemplo y síntesis de la historia de la poesía española en su período más fecundo del siglo XX. Las distintas tendencias de la lírica de los años treinta fueron cultivadas por este poeta, que no dejó nunca de imprimir su huella personal, con metáfora relampagueante, hiriente y luminosa. Nacido en Orihuela y muerto en la cárcel de Alicante, condenado a resultas de su actuación política durante la guerra civil, Miguel Hernández supo escapar del ambiente localista y provinciano a través del culturalismo, para acabar resolviendo su poesía en los moldes del romance y del cantar, tras haber pasado por el surrealismo y la poesía de combate. El gran interés que sigue despertando la poesía de Miguel Hernández justifica la edición de su "Obra poética completa". Una recopilación que Leopoldo de Luis, poeta y crítico que fue amigo de Miguel Hernández, y Jorge Urrutia, catedrático de Literatura de la Universidad Carlos III de Madrid, hicieran por primera vez en plena transición política española y que vino a convertirse en un libro mítico. Este volumen distingue con claridad cada uno de los períodos de escritura del poeta, gracias a los textos críticos que se introducen. Un prólogo general presenta la figura del poeta y cada libro cuenta con su estudio particular. Como apéndice se incorporan los poemas iniciales de Miguel Hernández que tienen un evidente interés histórico y cuya vigencia cada lector sabrá valorar. Mejorada a lo largo de varias ediciones, reaparece ahora la "Obra poética completa" de Miguel Hernández, renovada y cuidada por Jorge Urrutia, que ha incorporado los poemas aparecidos manuscritos en los últimos años y ha puesto al día los aspectos críticos.
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Seitenzahl: 681
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Miguel Hernández
Obra poética completa
Introducción, estudios y notasde Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia
Edición revisada por Jorge Urrutia
Alianza Editorial
Palabras previas para esta edición
Prólogo
Aproximación a la figura de Miguel Hernández
Notas sobre la edición
PERITO EN LUNAS(1933)
Estudio previo
Prólogo a la primera edición
A lo caña silbada de artificio
Luz comba, y no, creada por el mozo
¡A la gloria, a la gloria toreadores!
Por el lugar mejor de tu persona,
Anda, columna; ten un desenlace
Subterfugios de luz, lagartos, lista
Al galope la tierra y a cercenes
La gala de la luz, a lo cohete
El maná, miel y leche, de los higos
A un tic-tac, si bien sordo, recupero
¡Al polo norte del limón amargo I
Aunque amargas, y sólo por momentos
La rosada, por fin Virgen María
Blanco narciso por obligación
Por donde quiso el pie fue esta blancura
En tu angosto silbido está tu quid
Estío; postre al canto: tierno drama
Minera, ¿viva? luna, ¿muerta? en ronda
Es demasiado poco maniquí
Párrafos de la más hiriente punta
Agrios huertos, azules limonares
Aunque púgil combato, domo trigo
Sobre el patrón de vuestra risa media
Danzarinas en vértices cristianos
Frontera de lo puro, flor y fría
Esta blanca y cornuda soñolencia
Bailada ya la vid, se anilla y moja
Gota: segundo de agua, desemboca
¡Lunas! Como gobiernas, como bronces
Aquella de la cuenca luna monda
Puesta en la mejor práctica estás, luna
Contra nocturna luna, agua pajiza
Trojes de la blancura, puesta en veta
Coral, canta una noche por un filo
Hay un constante estío de ceniza
Final modisto de cristal y pino I
Fría prolongación, colmillo incluso
Este paisaje sin mantel de casa
Bajo el paso a nivel del río, canta
A fuego de arenal, frío de asfalto
Barbihecho domingo: claros bozos
¡Oh combate imposible de la pita
OTROS POEMAS NO INCLUIDOS EN LIBRO (I)
A) Poemas de la época de Perito en lunas
Estudio previo
Limón
Adolescente
Hermanita muerta
Niña al final
Toro
Culebra
Huerta
Epitafio previo a la mayor luna
Epitafio previo a la luna en plenilunio
Levante
Palmeras
Naranjo
¿Cómo ves el Mediterráneo?...
El adolescente
Echa la luna en pandos aguaceros
Elegía — al guardameta
Bella — y marítima
Abril — gongorino
Dos cantares
Reloj rústico
Canario
Octavas
Dad cuerda, pescadores, a los ríos
Las veletas están desconcertadas
¿Para qué necesito los espejos?
Tras la esquila se enfrían las postreras
En las ácidas vísperas del chino
¡En sus aloques lindes el verano!
Expuestos a romper los cigarrones
Dos rectas, tierra y mar, en lo lejano
Excelsos marchan los adolescentes
Rebelde el freno de la sombra iba
Bajo la luz plural de los azahares
Vibran las herrerías celestiales
Toda la noche no: menos un gajo
Ciñe ajorcas la enagua de puntillas
La cal comete atentadas blancuras
Rama, tus anteayeres, sin mesura
En el a cuatro patas quieto chopo
Si, redentor: del hombre y del acero
Ese carrillo en popa que, ¡ay!, no hiño
Siesta. Se ratifica la culebra
Hay la luz debida: nada menos
En el anteayer ya de su dulzura
Comienza entre los cantos el deshielo
Soy quien estira y quien afloja sones
Se empalman la mañana y los palomos
Tu solución, presente al fin, futura
¡Tanto corsé como la palma lleva
Blanco el viento, y al sol, mueve su prora
El turquesa limón, verde vecino
La espera puntual de la semilla
En círculo de carta, luz de oliva
¡Qué a pulso os sube el toro, picadores
¡Perdóname, Señor, si sobre el pedo
Cielos en salpicón: en flor romeros
¡El mayor anarquista! bombardea
Granadas los de púrpura, el estío
Caderas desde el cuello hasta la planta
Los rectos de equilibrio, sí, caballos
Hacia los rascacielos interiores
Novedades cultivo rosas: cierto
Ensotanados espadones huecos
Sólo tomará el pulso a las colinas
Árbol en cirio, mares en persiana
A la tela fruncida del desierto
Alón, que está la culebra erigida
Madre — perlas
Chumbera — múltiple
Alondra — en vilo
Pavo — aprendiz de albóndiga
Cantar
B) Poemas varios (1933-1934)
Estudio previo
I
Elegía de la novia lunada
Elegía al niño ahogado
Elegía media del toro
Elegía al ruy-señor
Pozo — mío
Lagarto real
Árbol desnudo
Higuera
Mar
Carteles
Diario de junio — interrumpido
Oda — al vino
Oda — a la higuera
Abeja y flor (enero)
La abeja
La flor — de almendro
La abeja
Huerto — mío
Cigarra — excesiva
Exequias — a mi canario
Exequias al ruy-señor — al poeta
Otoño — mollar
Oda — al minero burlona
Égloga — nudista
Estío — robusto
Siesta — mayor
Invierno — puro
Égloga — menor
Dátiles — y gloria
Fruto — en guerra
Era — en seis tiempos
Agosto — diario
Elegía al gallo
Eclipse — celestial
Cohete — y glorioso
Vela — y criatura
Cántico — corporal
Cuerpo — y alma
Primera lamentación de la carne
Fuente — y María
Ciego — espiritual
II
Corrida real
Vuelo vulnerado
Citación final
A María Santísima
La morada amarilla
Silencio — amoroso
Silencio — broncíneo
Silencio — divino
Pena — bienhallada
Mar y Dios
A ti, llamada impropiamente Rosa
Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo
De mal — en peor
A mi gran Josefina adorada
Después de un golpe de agua necesario
El trino — por la vanidad
Raso — y cubierto
Rosa — de almendra
Primavera celosa
Conjunciones
Fiesta
Venus — marítima
Rosa
Casi nada
Nariz flaca
Del ay al ay — por el ay
Alabanza del árbol
Profecía sobre el campesino
Mar — profundo y superficial
Primera piel — de almendra
Flor — sin nombre
Ruy-señor y mirlo — cantores a un tiempo
Chumbo — del todo
Espina — leve
Hermosa — con crecientes
Amor — troglodita
Flor — de almendro
Rosa — entre páginas
Fruto — querido y no
Partida — al canto
Situación agraz — y partida
Higos — sazón y hojas
Horca — de vid
Tapia del huerto — mío
Sal — leve y grave
Navaja — de punta
Higo — desconocido
Día airoso — con cometas
Limonero — conmigo al pie
Azahares — lunándose
Clavel — aún en rehenes
Clavel — libre ya
Mayo — treinta días
Amor — frutal
Cielo arquitecto
Lugar casual
Rosal — al canto de mayo
Almena — de prisa
Naranja
Limón
Campos + grillos
Señales — de vida
Vida — invariable
Otros sonetos
Sólo faltaba al aire de este día
¡La luz, la luz, la luz en la montaña!
¿Cómo te has atrevido, azahar a tanto
¿Quién no ve la presencia de un testigo
Tú tienes cara de María, gesto
Partir es un asunto dolorido
De amor penadas se alicaen las flores
¡Qué femenino y tierno está el asunto
Dichoso el campesino que ara y lanza
Sonetos Pastores
Ay — eterno
Nubes — y arcángeles
Niebla — Dios y poema
Dolencias — altísimas
Invierno — hostil
Orejas — inútiles
Todo me sobra
Trinar — de amor
Altura — sin par
Primavera — ruinosa
IIISILBOS
El silbo de la llaga perfecta
El silbo de las ligaduras
El silbo del dale
El silbo del mal de ausencia
El silbo de la sequía
El silbo de afirmación en la aldea
Soneto
EL RAYO QUE NO CESA(1934-1935)
Estudio previo
1. Un carnívoro cuchillo
2. ¿No cesará este rayo que me habita
3. Guiando un tribunal de tiburones
4. Me tiraste un limón, y tan amargo
5. Tu corazón, una naranja helada
6. Umbrío por la pena, casi bruno
7. Después de haber cavado este barbecho
8. Por tu pie, la blancura más bailable
9. Fuera menos penado si no fuera
10. Tengo estos huesos hechos a las penas
11. Te me mueres de casta y de sencilla
12. Una querencia tengo por tu acento
13. Mi corazón no puede con la carga
14. Silencio de metal triste y sonoro
15. Me llamo barro aunque Miguel me llame
16. Si la sangre también, como el cabello
17. El toro sabe al fin de la corrida
18. Ya de su creación, tal vez, alhaja
19. Yo sé que ver y oír a un triste enfada
20. No me conformo, no: me desespero
21. ¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
22. Vierto la red, esparzo la semilla
23. Como el toro he nacido para el luto
24. Fatiga tanto andar sobre la arena
25. Al derramar tu voz su mansedumbre
26. Por una senda van los hortelanos
27. Lluviosos ojos que lluviosamente
28. La muerte, toda llena de agujeros
29. Elegía (A Ramón Sijé)
Soneto final
IMAGEN DE TU HUELLA(1934)
I. Astros momificados y bravíos
II. Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos
III. Ya se desembaraza y se desmembra
IV. Pirotécnicos pórticos de azahares
EL SILBO VULNERADO(1934-1935)
Estudio previo
1. Para cuando me ves tengo compuesto
2. Sin poder, como llevan las hormigas
3. Gozar, y no morirse de contento
4. Yo te agradezco la intención, hermana
5. Yo sé que ver y oír a un triste enfada
6. El silbo de las ligaduras
7. Una interior cadena de suspiros
8. Te me mueres de casta y de sencilla...
9. Un acontecimiento de osadía
10. Tengo estos huesos hechos a las penas
11. Como queda en la tarde que termina
12. Como recojo en lo último del día
13. Fuera menos penado, si no fuera
14. Te espero en este aparte campesino
15. Umbrío por la pena, casi bruno
16. La pena hace silbar, lo he comprobado
17. Ya de su creación, tal vez, alhaja
18. Una querencia tengo de tu acento
19. ¡Y qué buena es la tierra de mi huerto!
20. Ni a sol ni a sombra vivo con sosiego
21. Sabe todo mi huerto a desposado
22. La pena, amor, mi tía y tu sobrina
23. Me tiraste un limón, y tan amargo
24. Cada vez que te veo entre las flores
25. Después de haber cavado este barbecho
26. Tu corazón, una naranja helada
27. Silencio de metal triste y sonoro
POEMAS NO INCLUIDOS EN LIBRO (II)(Entre El rayo que no cesa y Viento del pueblo)
Esudio previo
Elegía
Mi sangre es un camino
Sino sangriento
Vecino de la muerte
Égloga
El ahogado del Tajo (Gustavo Adolfo Bécquer)
Oda entre arena y piedra a Vicente Aleixandre
A Raúl González Tuñón
Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda
Relación que dedico a mi amiga Delia
Epitafio desmesurado a un poeta (Julio Herrera y Reissig)
Me sobra el corazón
Sonreídme
Alba de hachas
A Álvaro Botella
VIENTO DEL PUEBLO(1937)
Estudio previo
Elegía primera
Sentado sobre los muertos
Vientos del pueblo me llevan
El niño yuntero
Los cobardes
Elegía segunda
Nuestra juventud no muere
Llamo a la juventud
Recoged esta voz
Rosario, dinamitera
Jornaleros
Al soldado internacional caído en España
Aceituneros
Visión de Sevilla
Ceniciento Mussolini
Las manos
El sudor
Juramento de la alegría
1.º de mayo de 1937
El incendio
Canción del esposo soldado
Campesino de España
Pasionaria
Euzkadi
Fuerza del Manzanares
EL HOMBRE ACECHA(1937-1938)
Estudio previo
Canción primera
Llamo al toro de España
Rusia
La fábrica-ciudad
El soldado y la nieve
Los hombres viejos
El vuelo de los hombres
El hambre
El herido
Carta
Las cárceles
Pueblo
El tren de los heridos
Llamo a los poetas
Oficiales de la VI División
18 de julio 1936-18 de julio 1938
Madrid
Madre España
Canción última
POEMAS NO INCLUIDOS EN LIBRO (III)(1937-1939)
Estudio previo
«El Campesino»
Digno de ser comandante
Memoria del 5.° Regimiento
España en ausencia
Teruel
Canto de independencia
Canción de la ametralladora
Canción del antiavionista
Andaluzas
Las desiertas abarcas
Hijo de la luz y de la sombra
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío
A mi hijo
Enmudecido el campo, presintiendo la lluvia
Todo era azul
Desde que el alba quiso ser alba
Orillas de tu vientre
Nacimiento de España
Mandado que mandó a don Gil de las Calzas de Ceda
Tu famosa, tu mínima impotencia...
CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS(1938-1941)
Estudio previo
1. Ropas con su olor
2. Negros ojos negros
3. No quiso ser
4. Tus ojos parecen
5. En el fondo del hombre
6. El cementerio está cerca
7. Sangre remota
8. ¿Qué quiere el viento de encono
9. No salieron jamás
10. El viento ceniciento
11. Como la higuera joven
12. El sol, la rosa y el niño
13. Besarse, mujer
14. Llegó tan hondo el beso
15. Si te perdiera...
16. Cuerpo del amanecer
17. En este campo
18. Cada vez que paso
19. El corazón es agua
20. Tierra. La despedida
21. Por eso las estaciones
22. Cada vez más presente
23. Si nosotros viviéramos
24. Una fotografía
25. Llegó con tres heridas
26. Escribí en el arenal
27. Cogedme, cogedme
28. Tus ojos se me van
29. Ausencia en todo veo
30. ¿De qué adoleció
31. Tan cercanos, y a veces
32. Tú eres fatal ante la muerte
33. Llevadme al cementerio
34. La luciérnaga en celo
35.Uvas, granadas, dátiles
36. Las gramas, las ortigas
37. Atraviesa la calle
38. Troncos de soledad
39. Todas las casas son ojos
40. El amor ascendía entre nosotros
41. Cuando paso por tu puerta
42. Rumorosas pestañas
43. Fue una alegría de una sola vez
44. Entusiasmo del odio
45. ¿Qué pasa?
46. Corazón de leona
47. La vejez en los pueblos
48. Llueve. Los ojos se ahondan
49. Era un hoyo no muy hondo
50. Mi casa contigo era
51. Muerto mío, muerto mío
52. Todo está lleno de ti
53. Callo después de muerto
54. La libertad es algo
55. Cuerpo sobre cuerpo
56. Bocas de ira
57. Tristes guerras
58. Los animales del día
59. Menos tu vientre
60. Beso soy, sombra con sombra
61. Palomar del arrullo
62. Boca que arrastra mi boca
63. La basura diaria
64. Cerca del agua te quiero llevar
65. El azahar de Murcia
66. No pudimos ser. La tierra
67. El número de sangres
68. La cantidad de mundos
69. Entre nuestras dos sangres
70. A la luna venidera
71. Vino. Dejó las armas
72. El mundo es como aparece
73. Todas las madres del mundo
74. La cebolla es escarcha (Nanas de la cebolla)
75. De la contemplación
76. Entre las fatalidades
77. ¿Para qué me has parido, mujer?
78. Debajo del granado
79. El mar también elige
80. Querer, querer, querer
81. Tanto río que va al mar
82. Ni te lavas ni te peinas
83. No te asomes
84. Tengo celos de un muerto
85. Qué cara de herido pongo
86. Enterrado me veo
87. Tú de blanco, yo de negro
88. No puedo olvidar
89. Enciende las dos puertas
90. El pozo y la palmera
91. Son míos, ¡ay!, son míos
92. El pez más viejo del río
93. Rueda que irás muy lejos
94. Con dos años, dos flores
95. Era un hoyo no muy hondo
96. Dicen que parezco otro
97. La fuerza que me arrastra
98. ¿Quién llenará este vacío
99. Cada vez más ausente
100. Quise despedirme más
101. De aquel querer mío
102. Que me aconseje el mar
103. Bulto de vidrio florido y dorado
104. Dime desde allá abajo
105. Déjame que me vaya
106. El último y el primero
107. Es la casa un palomar
108. Me tendí en la arena
109. Se puso el sol
110. Arena del desierto
OTROS POEMAS DE LA SERIE DEL CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS Y POEMAS ÚLTIMOS
Estudio previo
Otros poemas de la serie del Cancionero y Romancero de Ausencias
Los animales íntimos
Entre las fatalidades
La oliva y el limón
Muerto mío
Llama, ¿para quién?
Cuando te hablo del muerto
Rotos, rotos: ¡Qué rotos!
No vale entristecerse
Me descansa
Cuerpos, soles, alboradas
Suave aliento suave
No sigas muerto
Pongo cara de herid
Cuando respiras me hieres
Por la voz de la herida
Desenterrar vivos
Todo es bueno
Conozco bien los caminos
Písame
El hombre no reposa...
Sigo en la sombra, lleno de luz: ¿existe el día?
Sonreír con la alegre tristeza del olivo
Vuelo
Muerte nupcial
El niño de la noche
Cuerpo de claridad que nada empaña
Sepultura de la imaginación
Ascensión de la escoba
Eterna sombra
APÉNDICEPrimeros poemas
Estudio previo
Que como el sol...
No sé el nombre...
En cuclillas...
El sol y el pastorcillo...
A mi alma
Pastoril
¡En mi barraquica!
Soneto
Al verla muerta...
Nocturna
¡Marzo viene...!
Al trabajo
El nazareno
Amorosa
«Flor del arroyo»
Oriental
Horizontes de Mayo
Sueños dorados
Ofrenda
Amores que se van...
Motivos de leyenda
Interrogante
El alma de la huerta
A la señorita...
La Reconquista
Postrer sueño
Es tu boca...
Plegaria
Balada de la juventud
Poesía
La bendita tierra
El árabe vencido
Atardecer
Contemplad...
Insomnio
Tarde de domingo
Lluvia...
La procesión huertana
El palmero
Ancianidad
A todos los oriolanos Carta completamente abierta
Siesta
Canto a Valencia
Juan Sansano
A Sansano, por su libro «Canciones de amor»
A don Juan Sansano
Al acabar la tarde
Cuaderno de 1931
Cancioncilla
Lección de armonía
Piedras milagrosas
La siringa
A los libros bellos...
Eternidad
Aprendiz de chivo
Lagarto, mosca, grillo...
Canto exaltado de amor a la naturaleza
La campana y el caramillo
Tempestad
Hacia Helios
Un gesto del alba
Las vestes de Eos
(Soledad)
(El chivo y el sueño)
(Presentimiento)
(Tristeza)
(Leyendo)
(En la cumbre)
(Camino...)
(La noche)
(Lujuria)
(En agosto)
(Colorín)
(Más poeta)
A mi Galatea
Imposible
Frinados
La palmera levantina
Luz en la noche
A ti, Ramón Sijé
Sed...
Romancillo de mayo
Venus
Reloj rústico
Olores
Gabriel Miró
La muerte de Dafnis
Voz de siringa
El afilador
Recuerdo...
Motivos del primer lucero
Al partir de su tierra pierde el pastor dos lágrimas
A una zíngara
La tierra, recién parida...
Pronto llegará el día...
¡Rómpeme y échame...
Ayer me daba pesar...
Vistas del Mediterráneo
A la muy morena y muy hermosa ciudad de Murcia
La barraca
A Juan R. Jiménez
CRONOLOGÍA Y BIBLIOGRAFÍA
Cronología
Bibliografía
Créditos
El tiempo pasa inexorable y se pone amarillo sobre nuestra fotografía, que habría dicho Miguel Hernández. El tiempo pasa inexorable y no es posible adivinar lo que generaciones más jóvenes entenderán de los hechos acaecidos. Ya, ni siquiera muchos comprenderán la metáfora del tiempo amarillo, porque sólo conocen fotos en color. El crítico hace, por ello, una labor de relleno, colma los huecos de la significación. Echa paletadas de una arena explicativa que busca suprimir los socavones semánticos. Pero la arena nunca alcanza a constituirse en firme sobre el que circular con la seguridad deseable.
Cuando en noviembre de 1976 Leopoldo de Luis y yo publicamos la primera edición de la Obra poética completa, de Miguel Hernández, hacía justo un año que había muerto el dictador y aún no se habían desmontado los resortes coercitivos del antiguo régimen. Del poeta, después de la guerra, se habían publicado en España muy pocas cosas. Durante los dos decenios inmediatos a la guerra civil sólo aparecieron El rayo que no cesa, en 1949, Seis poemas inéditos y nueve más y una Antología poética, en 1951, la Obra escogida editada por Arturo del Hoyo en 1952 y una brevísima colección de prosas recogida por María Gracia Ifach, en 1958. Durante los años sesenta, José Luis Cano y Jacinto Luis Guereña seleccionaron antologías en 1964 y 1967 que, como la primera publicada por Leopoldo de Luis, en 1969, insistían en el tema amoroso. A mediados de los setenta Juan Cano Ballesta ofreció otra antología y Agustín Sánchez Vidal presentó su primera aproximación al mundo hernandiano, con la edición de Perito en lunas y El rayo que no cesa, los dos libros totalmente alejados de los aspectos comprometidos del poeta. Por lo tanto, la publicación por primera vez en España, y con las dificultades de acceso a los materiales que entonces existía, de la Obra poética completa constituía un indudable atrevimiento del que no se sabía cómo se iba a salir, incluso administrativamente, y un acontecimiento cultural. Desde entonces hasta el momento en que firmo estos párrafos, muchísimas son las personas, de toda clase, oficio o condición, que se han dirigido a mí para expresarme la importancia que tuvo para ellas aquel libro y hasta qué punto pudo marcar su adolescencia o juventud, en unos casos, o los recuerdos emocionados que llegó el libro a despertarles, en otros. Las cosas son así, pese a quien pese, y uno no puede dejar de tener conciencia de que ha sido responsable (responsabilidad compartida y no equitativamente, eso sí, con Leopoldo de Luis) de un libro histórico.
No piense el lector que esta historia que acabo de resumir resulta extraña. El general Franco tuvo clara conciencia, poco después de obtener la victoria en la guerra civil, y cuando le solicitaron el indulto de la pena de muerte dictada contra Miguel Hernández, de que se estaba enfrentando con un posible mito. Parece ser que, cuando le explicaron quién era el condenado, exclamó: «Otro caso Lorca, no», temiendo que la nueva muerte represiva de otro poeta redoblase los efectos negativos internacionalmente para su régimen político que ya produjo el asesinato del granadino. De ahí que la censura sólo fuera autorizando con cuentagotas la aparición del nombre de Hernández e insistiera en autorizar únicamente un libro como El rayo que no cesa, que mostraba un poeta de tema amoroso o elegíaco, o bien el barroquismo extremo de Perito en lunas. Nos cabe hoy la duda de si aquellos críticos que publicaron dichos libros en los años de la posguerra no venían, inconscientemente tal vez, o no tan inconscientemente en algún caso, a colaborar en la estrategia de destruir la imagen combativa y, para la resistencia española del interior, modélica del poeta de Orihuela.
Alianza Editorial, que en 1974 recogiese de nuevo la antología de Poemas de amor, que preparara Leopoldo de Luis, y en 1977 se atreviese con otra titulada Poesía y prosa de guerra y otros textos olvidados, acogió la Obra poética completa en 1982, ya con el primer gobierno socialista, cuando la supresión completa de la censura y los apoyos institucionales permitían, al fin, un trabajo más fundado críticamente y un mejor acceso a los originales del poeta. Aquella edición pudo contemplarse ya como una edición prácticamente definitiva de la obra en verso del poeta, y, de hecho, los poemas incorporados con posterioridad fundamentalmente por Sánchez Vidal, Carmen Alemany, José Carlos Rovira y nosotros mismos, sin desmerecer las contribuciones de otros estudiosos, no han aportado en verdad nada fundamental. Reeditada varias veces y agotada desde hace años, era conveniente remozarla en lo poco que resultaba imprescindible si se quería ofrecer el libro de nuevo a los lectores, y, para ello, nada mejor que al cumplirse los cien años del nacimiento del poeta.
Esta edición ya no la verá Leopoldo de Luis, fallecido en noviembre de 2005, después de haber obtenido el Premio Nacional de las Letras Españolas. También ello es un símbolo. Leopoldo había conocido personalmente a Miguel Hernández una tarde lluviosa de mayo de 1936, en Madrid. Se siguieron viendo durante el mes siguiente, y primero las vacaciones e, inmediatamente, el estallido de la guerra los alejaron un tiempo hasta que volvieron a encontrarse en agosto de 1937 en Alicante. El sábado 21 el Ateneo de aquella ciudad organizó un homenaje al poeta en el que intervino Leopoldo Urrutia (el nombre literario de Leopoldo de Luis no aparecería hasta 1942), que estaba en el hospital de Alicante, convaleciente de una herida que recibiera en la defensa de Madrid en diciembre de 1936. Dejémosle la palabra:
Con nosotros se encontraba mi compañero de hospital Gabriel Baldrich, autor de numerosos romances de guerra [...]. En la conversación ulterior con Miguel quedó esbozada la idea de un cuaderno conjunto, expositor de poemas de los tres —algo fabuloso para nosotros dos, frente al hermano mayor y maestro que Miguel era—. Un año después aparecía en las publicaciones del Socorro Rojo, con el título de Versos en la guerra.
El librito, en octavo, apareció efectivamente editado por el Socorro Rojo Internacional, en Alicante, en 1938, y se terminó de imprimir el 1 de diciembre. Curiosamente, si en la cubierta el título es, como recordaba Leopoldo de Luis (que no conservaba ejemplar alguno), Versos en la guerra, el colofón dice Versos de nuestra guerra. En noviembre de 1937 Leopoldo está ya incorporado como teniente en el frente de Extremadura y en el frente sur del Tajo, porque allí firma dos romances incluidos en su primer libro, Romances de un combatiente (del que tampoco conservaba ejemplar), publicado en Gandía, por las Ediciones «Soldado del pueblo», a final de año. No pudo, por tanto, ocuparse del librito con Hernández y Baldrich, ambos también en combate, lo que hizo que su preparación se retrasara. De hecho se recoge en él ya un poema de Leopoldo, «Barcelona bombardeada», firmado en marzo de 19381.
Contaba Leopoldo de Luis que, en aquel homenaje en el Ateneo alicantino, Miguel Hernández narró una anécdota del frente. Durante una retirada, desde la cuneta, un hombre herido, imposibilitado para andar, se quejaba: «¡Me dejáis solo, compañero!». Y sigue Leopoldo, en la introducción a su libro Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández2:
Miguel contó cómo hubo de cargar con aquel cuerpo hasta una zona a resguardo. Pero lo trascendente era la simbolización. No hay quien te deje solo, compañero, replicaba Miguel. Y aquel hombre venía a simbolizar el pueblo español mismo, cercado por la guerra, y hasta el propio existente lanzado al acoso impío de la vida. Frente a el hombre acecha, marchamo para su segundo libro [de guerra], el no hay quien te deje solo de la solidaridad y del esfuerzo común. Toda la poesía de Miguel Hernández se impregna conmovedoramente de ese espíritu. Es una poesía fraterna y está inspirada en el amor.
Hago estas referencias para que el lector actual del libro comprenda lo que necesariamente habría perdido de calor humano, de cercanía, si hubiese yo pretendido cambiar los planteamientos críticos fijados en 1982. Leopoldo de Luis hablaba desde la amistad con el poeta y desde unas experiencias de juventud compartidas. Si me pidió colaboración a la hora de editar la poesía de Hernández fue para que una mirada más joven enfriase de alguna manera la emoción de quien recordaba al amigo, había colaborado modestamente junto a otros compañeros a la hora de cubrir los gastos de la lápida del nicho que albergó el cadáver y conservaba algunos manuscritos suyos. Sé bien que él quiso que la amistad no nublara su sentido crítico, pero, aun así, la proximidad vital se trasluce en muchas de las páginas que firmamos juntos. Ahora no las traiciono. Tan sólo añado alguna observación que hoy parece necesaria y, en ocasiones, ciertas referencias justas de reconocimiento a otros investigadores.
Desde estas páginas iniciales, permítame el lector que rinda homenaje a quien, con tanta entrega, volcó mucho de su tiempo y de su esfuerzo para defender, estudiar y difundir la obra del amigo poeta querido. Él supo también transmitirme el gusto y la pasión por la poesía, el sentimiento de generosidad y la importancia de los valores democráticos.
Espero que la lectura de la Obra poética completa, de Miguel Hernández, despierte en más de un lector joven, si no la vocación de poeta, sí al menos el convencimiento de que ni el testimonio, ni la expresión del dolor o la solidaridad, ni la exteriorización del sentimiento resultan inapropiados para el poema. Pasamos por una época en la que parece que poesía no puede ser sino exquisitez elitista que busque la suprema esencialidad, o descripción de la vida cotidiana íntima. Sin negar ninguno de los caminos posibles de la poesía, también puede ser, y lo ha sido a lo largo de toda la historia de la humanidad, compañera de vida. Por eso podía repetir Miguel Hernández a aquellos jóvenes que lo rodearon en Alicante en el verano de 1937 que el poeta es el soldado más herido.
JORGE URRUTIA
1 De Miguel Hernández se recogen los poemas «Las manos», «Aceituneros» y «Llamo a la juventud». De Baldrich: «Romance del molino que no muele», «Romance de la tragedia feliz», «Romance negro a la luna blanca», «Romance de la Unidad proletaria» y «¡Qué suerte ser miliciano!». De Leopoldo Urrutia: «Barcelona bombardeada», «Fragmentos de la carta de una madre a su hijo combatiente», «A un voluntario», «¡Durruti!» y «Romances en la muerte de Federico García Lorca». El librito lleva ilustraciones de González Santana, Manuel Albert, Abad Miró, Melchor Aracil y Tomás Ferrándiz.
2 Leopoldo de Luis: Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández, Madrid: Ediciones Libertarias, 1994, p. 15.
El interés que despierta la obra de Miguel Hernández y las dificultades que, durante decenios, ha sufrido su difusión justifican que se intente una nueva edición de sus poesías completas, como la que presentamos en este volumen de ALIANZA EDITORIAL.
Damos aquí carácter definitivo a nuestros anteriores ensayos, en los que, desde 1976, venimos mejorando las sucesivas recapitulaciones de poemas, con la reordenación estimada por nosotros más lógica, según explicamos en cada caso, y con las aportaciones que para libros como El silbo vulnerado, El hombre acecha o Cancionero y Romancero de Ausencias creemos que pueden considerarse bastante esclarecedoras y nuevas. Las circunstancias que rodearon el material que el poeta dejó sin clasificar motivan que cuantos nos interesamos por su obra nos esforcemos en profundizar en los estudios. Por nuestra parte, procuramos ofrecer un volumen completo y organizado de manera que acerque al poeta en su evolución. Evolución poética que fue también evolución humana, pues si apasionante resulta comprobar la marcha ascendente de su creación, desde sus primeros balbuceos hasta sus altas cumbres de calidad lírica, otro tanto ocurre al percibir el talante humano, la biografía mezcla de entusiasmo y de sufrimiento de aquel joven poeta, ejemplo asombroso de vocación y constancia.
No tiene este libro propósito de edición crítica, por supuesto, pero sí hemos querido ofrecer una textualidad correcta y, en muchos casos, aquellas variantes que nos han parecido de mayor entidad, tanto por el valor intrínseco de las diferentes versiones cuanto por su interés para comprobar el trabajo de depuración realizado por el poeta, a pesar de su fama —infundada— de facilidad y precipitación. Es un tópico más de los que adolecen algunos juicios sobre Hernández. También en el aspecto humano hemos procurado deshacer otras interpretaciones más o menos literarias, tratando de ser fieles a la verdad estricta y la sencillez y naturalidad del poeta. Coincidimos en esto con la viuda, Josefina Manresa, quien nos manifestó siempre su recelo frente a la excesiva literaturización del suceso humano.
En un poeta como Miguel Hernández la vida influye profunda y fundamentalmente. Y la vida es lo que nos pasa y lo que nos hace pasar. Desde los grandes temas: el amor o la muerte, hasta los más menudos: la cotidianidad o los estigmas del paso del tiempo. Esos aconteceres, íntimos unos, llegados otros desde fuera, van conformando la manera de escribir y van dando sustancia a los poemas. Y ello, desde los primeros intentos, porque cuando escribía, en sus años casi adolescentes, requerido por multitud de objetos exteriores o incluso a impulsos de lecturas de frecuentados poetas, también estaba dando cuenta de su vida, si pensamos que la emoción que nos causa un libro o bien la huella de las impresiones sensoriales son asimismo biografía. Entregado a la poesía con fervor entusiasta, todo el vivir de Miguel sumíase en el torrente poético.
De aquí que esta recopilación de poesía completa no hurte nada a los lectores. Las piezas que, por primerizas, carecen aún de voz propia, o aquellas en las cuales la circunstancia tira más del lado de la pasión que del lado del rigor poético, son en todo caso espejos de un afán entrañable que —estamos seguros— no puede dejar de interesar a muchos lectores. Tales son el riesgo y la ventura de los volúmenes de obras completas: se gana en extensión de reflejo vivo lo que se pierde en intensidad de aciertos depurados. Acontece con todos los autores, pero mucho más con un poeta como Miguel Hernández, fruto de formación autodidacta y protagonista, en plena juventud, de implacables acontecimientos, tan graves como tormentosos.
Es nuestro propósito que el lector encuentre en este volumen las distintas épocas de la poesía de Hernández situadas en sus respectivos momento y circunstancia; a ello tienden los estudios que van jalonando el libro. Pero es claro que lo fundamental consiste en que quien tome el volumen llegue a conocer esta poesía, que viva la experiencia personal e intransferible en que, como dice Dámaso Alonso, consiste la intuición del lector. «Que nada se interponga —si es posible— entre el lector y la obra», escribía el maestro. Los comentarios con que en las páginas siguientes se acompaña la obra poética de Miguel Hernández no son una explicación, sino una invitación. En esta edición que ofrecemos hoy a través de ALIANZA EDITORIAL está todo cuanto vivió y escribió en poesía Miguel Hernández. El lector queda invitado.
Todos los biógrafos han resaltado la importancia del paisaje, así como del medio ambiente en que se desenvuelve la vida de Miguel Hernández, y muchos acuden a los textos de Gabriel Miró, el gran estilista de Alicante, en cuyas novelas del primer cuarto de siglo se captan las esencias tradicionales y el colorido barroquizante de Orihuela.
Si en el joven Miguel influyen la luz y el color de la huerta, influyen también las costumbres y la tradición levítica. Ciudad jerarquizada y católica, en la que su familia ocupaba un modestísimo lugar girando en torno al quehacer paterno, en una humilde casa. Miguel Hernández Sánchez trataba en ganado lanar, criando pequeños hatos de cabras y ovejas, para vender y comprar, vendiendo también la leche que producía, en un negocio de poca monta, sostenido con personal esfuerzo al que asoció pronto el de los hijos varones (Vicente y Miguel). El matrimonio tuvo además dos hijas (Elvira y Encarnación). Tres más murieron de muy niños.
En semejante contexto familiar un hijo con vocación artística resulta un desacomodo. No culpemos del todo al padre —que incluso pegaba al chico si lo encontraba leyendo—, producto de una sociedad clasista y discriminatoria, en la que la cultura es un lujo, en un medio rural cuyo ínfimo nivel educativo obstruye toda comprensión. Apegado a su oficio, habría sido un milagro que admitiese de buen grado un hijo poeta. Por otra parte, parece necesario reconocer que, pese a todo, la asistencia de un muchacho al colegio hasta los catorce años (edad a la que el padre decidió que Miguel lo dejara), en aquella época, en un medio agrario y en familia de pocos recursos, era casi excepcional. Ni siquiera la ley de enseñanza obligatoria marcaba entonces esa edad, y ha sido siempre una ley incumplida, sobre todo en el campo y en los barrios suburbanos. Quizá sería más justo decir que los padres de Miguel, dadas sus circunstancias y su ambiente, no hicieron poco y que el chico disfrutó de mayor escolaridad que la inmensa mayoría de los hijos de pastores y campesinos en la España de 1920.
Desde el 73 de la oriolana calle de Arriba, el niño Miguel caminaba a diario hasta las escuelas del Ave María, anejas al colegio de Santo Domingo, de la Compañía de Jesús. Primero, en aquella escuela, con un maestro formado en las doctrinas del padre Manjón; después —de los 9 a los 14 años— en el propio colegio, con los padres de la Compañía, Miguel fue «alumno de bolsillo pobre». Así le llamó su condiscípulo José Marín Gutiérrez «Ramón Sijé» —hijo de acomodada familia y luego abogado y escritor, tempranamente muerto, cuya influencia en los primeros años de Miguel resultó visible.
Alumno de bolsillo pobre, su talento natural y su vocación por las letras suplieron la truncada enseñanza escolar. Por ese talento y por esa vocación hubo de sobresalir pronto, puesto en seguida en contacto con los libros. Por eso, aunque las exigencias de una precaria economía doméstica lo arrancaron, por decisión paterna, de aquellos iniciales estudios, no se pierde el muchacho en los rudos quehaceres, sino que persevera en las lecturas y aun saca del oficio experiencias capaces de sustanciar sus versos.
Por de pronto, el menester pastoril le puso más en comunicación con la naturaleza, huella imborrable en sus escritos. Es en la misma naturaleza donde aprende la vida, los milagros vivos y diarios cuya comprensión va a dar sabiduría a su obra, enraizándola en la tierra. Miguel poeta va a sufrir, sin duda, los inconvenientes del autodidacto, pero también va a gozar las virtudes del hombre sencillo y natural. Entre aquéllos, unas lecturas irregulares y dispersas, carentes de sistema, obtenidas por préstamos amistosos y en las bibliotecas de los centros locales de recreo, así como la proclividad a las influencias. Ello justifica que mezclase folletines por entregas, narraciones piadosas, literatura mística, poemas del modernismo, Gabriel y Galán, Gabriel Miró o, incluso, poemas vanguardistas. La permeabilidad del joven, sin un rigor selectivo, sin un encauzamiento del gusto, se descubre zozobrante en sus primeras muestras. Pero la vocación estaba allí, como una marea creciente capaz de sobrepasar todo escollo, y allí estaba un sentido espontáneo de lo puro, un amor por lo que nace de la tierra y nos integra en el ámbito de la naturaleza madre.
Las primeras amistades de Miguel significan, lógicamente, mucho en su formación. Primordial fue la de Ramón Sijé, con la ascendencia que supone haber sido condiscípulo infantil y llegar a graduarse como universitario. Sijé fue ensayista precoz, hombre de pensamiento católico, atraído por las corrientes renovadoras del neocatolicismo, siguiendo la pauta de intelectuales como José Bergamín. A ejemplo de Cruz y Raya —la notable revista de este último—, Sijé fundó y dirigió El Gallo Crisis, meritoria empresa en el pequeño círculo de una provincia. Para entonces, ya Miguel había publicado en la prensa local sus primeros e inseguros poemas, y corría el riesgo de enemistarse con su padre para probar suerte en Madrid. Excedente de cupo en el servicio militar, se cuenta que habría deseado ir al cuartel como medio de evadirse.
Continuamente «alumno de bolsillo pobre», son los amigos quienes reúnen dinero para el billete hacia la capital. «Siempre sobre la madera de su vagón de tercera», como don Antonio Machado. Había entonces en Miguel —1931— más entusiasmo y deseo de superación que valor literario, y había en los cenáculos de Madrid más curiosidad folclórica ante el joven poeta-pastor que cauces de ayuda positiva. Es sabido —lo dicen todos sus comentaristas— que en Madrid le recibieron Concha Albornoz —hija del entonces ministro de Justicia de la República— y Ernesto Giménez Caballero, editor de una de las trincheras de la literatura joven: La Gaceta Literaria. También es conocido el hecho de que el periodista Martínez Corbalán publicó una entrevista en Estampa —publicación gráfica muy difundida—. Pero, carente de más sustento, hace falta mucho corazón para regresar al pueblo y a la casa paterna, incriminadora, y mantener los palos del sombrajo de las ilusiones. La capacidad de entusiasmo fue proverbial en Miguel, quien supo poner siempre buena cara al tiempo adverso.
Si por la boca muere el pez, por los ojos se pierde o se salva el poeta: por sus lecturas. La vocación le acercó algunas poéticamente enriquecedoras. Buen levantino, amigo del color y de la luz, de la policromía barroca, se aficionó a algunos clásicos. La obra de Góngora —reactivada en la atención culta de aquellos años— le estalló en las manos como una granada de furiosa hermosura. Góngora es oscuro por dentro, pero brillante por fuera. Asombra la facilidad con que Miguel salta del verso simple, que respira aires de un bucolismo gabrieligalanesco, o de romanticismos sentimentaloides, o de pastiches modernistas, a una trabajada y conceptuosa recreación de la realidad, con metáforas que, si beben en Góngora —o en los gongoristas de la época: Alberti, Gerardo Diego...—, poseen elementos personales innegables, a más de un arranque auténtico. Porque no se miente el poeta a sí mismo elaborando sus barrocas octavas reales, como una visión apresurada puede hacer pensar, sino que canta cuanto le rodea, cuanto constituye su mundo, enjoyándolo con un lenguaje tropológico recargado, como si quisiera salvarlo de su vulgar cotidianidad.
El primer libro, con aquellos recientes poemas, aparece en 1933. Su primer libro. Rodeado por el cariño de sus amigos de Orihuela, las reuniones en la panadería de Carlos y Efrén Fenoll, con Jesús Poveda y los hermanos Marín Gutiérrez («Ramón Sijé» el mayor, el otro, luego, «Gabriel Sijé») y con el jovencísimo Manolo Molina, son el círculo propicio para celebrar el éxito. Miguel, crecido en su personalidad, regresará a Madrid, si no con mayores recursos económicos, sí con un bagaje poético más rico. Es en marzo de 1934. Lleva consigo dos actos de un auto sacramental, otro fruto de la dedicación a los clásicos.
Las amistades llegan pronto. El matrimonio de poetas Carmen Conde y Antonio Oliver Belmás, con quienes compartió unas jornadas literarias en Murcia. El propio García Lorca, al que conoció en una excursión de «La Barraca». Vicente Aleixandre, al que escribe pidiéndole un ejemplar de La destrucción o el amor. Miguel ha roto con su vida de muchacho campesino. Ya tras el primer viaje, consiguió empleo en una notaría. No es, pues, pese a sus pocos años de escolarización, un muchacho inculto. Posee unos conocimientos amplios que sus estudios irregulares le han proporcionado. Desde luego, una cultura literaria.
En este punto de la incultura de Miguel Hernández es conveniente precisar, porque el fervor en torno de su nombre, tras la dolorosa e injusta muerte, ha creado al socaire de las terribles circunstancias una leyenda sobre bases reales, pero leyenda al fin. No hay ingenios legos, y Miguel no lo fue. Cómo pudo formarse, aprender, adquirir los conocimientos que evidentemente poseía; cómo pudo, simplemente, escribir, son preguntas que sólo hallan respuesta y explicación en su constancia vocacional, en su decisión superadora y, por supuesto, en su extraordinaria inteligencia. Su obra revela de forma inequívoca una preparación en distintas direcciones y un profundo conocimiento del idioma. Pero, además, conocía el francés (últimamente, en la cárcel, estudiaba inglés), y en un borrador puede descubrirse, por el reverso, el comienzo de una glosa en esta lengua de un poema propio. En el examen de sus cuadernos —en los que, por supuesto, aparece una aceptable ortografía— llama la atención la labor correctora, reveladora de meditados repasos del poema, lo que en modo alguno se corresponde con una imagen rústica, de zagal improvisador arrastrado por facilidad irreflexiva. Lo que sí es de resaltar, para mayor asombro, es que todo este trabajo —formativo y creacional— hubo de realizarlo siempre con incomodidades y sin sosiego. Los primeros años, en la casa familiar, de pocas condiciones, y en el campo. Luego, en pensiones y casas de huéspedes modestísimas. Más tarde en los acuartelamientos y trincheras o en rápidas estancias de retaguardia. Por último, en sucesivas cárceles, donde bien es sabido que «toda incomodidad tiene su asiento».
Olvidemos la leyenda de la rusticidad. Era, eso sí, Miguel, en aquella época de sus primeros viajes a Madrid, una personalidad aún insegura, lógica en sus pocos años y en su formación adquirida como hemos visto. En Orihuela, ha intervenido en centros católicos, pero también en centros socialistas. Ha publicado en periódicos de distintos matices y ha debido de tener sus luchas íntimas con las creencias religiosas. Por si fuera poco, también sus nuevos e importantes amigos —sobre todo cuando ingrese en el círculo amistoso de Pablo Neruda— van a dividir con algún conflicto sus afectos.
Porque los viajes a Madrid abren campos distintos, amplían sus conceptos provincianos. Le gusta volver, y aun escribe unos poemas en que repudia la gran ciudad, pero se siente, pese a todo, atraído por la vida literaria madrileña. El verano de 1934 transcurre de nuevo en su comarca, donde termina el Auto Sacramental. Ya está escribiendo poemas de El silbo vulnerado. Publica en La Verdad, de Murcia, en El Gallo Crisis. Aquel otoño inicia sus relaciones con Josefina Manresa, modista de un taller de Orihuela a la que conoció poco antes. Para fin de año, de nuevo en Madrid.
Miguel Hernández resuelve el problema de su estancia en Madrid, primero, entrando a colaborar en las Misiones Pedagógicas, creadas por los organismos culturales del gobierno de la República para trabajar educacionalmente en los pueblos y pequeñas ciudades. Viaja, para esa labor, con Enrique Azcoaga, escritor dos años más joven que él, conocido por entonces en sus primeras colaboraciones. Luego, Miguel trabajará en la redacción del diccionario taurino, de José María de Cossío, para la editorial Espasa Calpe, y como secretario del propio Cossío.
Las nuevas lecturas, las nuevas amistades y su propia granazón juvenil le llevan a una poesía más fluida y humana, agilizando las armaduras gongorizantes. En poco tiempo Miguel recorrió mucho camino: si en 1931 escribe piececitas ingenuas, en 1933 recrea un barroquismo arrebatado y en 1934 se encuentra en posesión de un verso jugoso, rico de imágenes y expresivo, de una tesitura emocional, como son los sonetos de Imagen de tu huella. Claro que antes, el influjo místico y el lastre barroco dejarán la valiosa muestra de un auto sacramental (Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras3), que publica en Madrid Cruz y Raya, y de unos poemas como confesiones morales que reflejan la crisis religiosa, inevitable por el choque de un ambiente católico —colegio, amigos como Ramón Sijé, protectores como el canónigo Almarcha— y un vitalismo innato y desbordante, que ya se movió en espacios más libres. Un año después lo veremos creando una obra cenital (El rayo que no cesa), centrada ya en un mundo poético propio, sacudido por una intuición trágica.
Aún continuará de alguna forma dividido. Colaborará en El Gallo Crisis y, en seguida, en Caballo verde para la poesía. Cruzará correspondencia con Ramón Sijé y alternará en las tertulias de Neruda. Pero quizá la influencia más fecunda va a ser la de otro amigo: Vicente Aleixandre.
El cuarto viaje a Madrid va a consolidar definitivamente su entrega a la vida intelectual española, con la labor en Misiones Pedagógicas y colaboraciones en Revista de Occidente, trabaja en piezas teatrales (Los hijos de la piedra, inspirada en la revolución de Asturias), ayuda a Pablo Neruda en Caballo verde para la poesía y prepara la edición de El rayo que no cesa. El año termina con la muerte —el 24 de diciembre— de Ramón Sijé, y el dolor por el amigo entrañable, aumentado quizá con algún remordimiento por las diferencias que entre ellos habían surgido ideológicamente, le angustia hasta estallar en la bellísima y conmovedora «Elegía», famosa ya en la historia de la poesía contemporánea. En abril de 1936 va a Orihuela para hablar en el acto de dedicación de una lápida al malogrado escritor.
Entre 1935 y 1936 Miguel Hernández escribe piezas tan significativas como «Vecino de la muerte», «Sino sangriento» y otras, que acusan la relación con el surrealismo, así como «Sonreídme» y «Alba de hachas», donde ya aparece una conciencia social incluso revolucionaria.
Cuando se acerca el verano de 1936 la familia de Josefina Manresa se ha trasladado a Elda, por nuevo destino del padre, miembro de la Guardia Civil. Miguel enferma de gripe en mayo. Aquel mes de mayo fue excepcionalmente lluvioso, y entre el mal tiempo y la enfermedad, le sobreviene una racha deprimida. Ya entrando el verano y casi al borde de la guerra, se le ve en el homenaje a Vicente Aleixandre en un merendero de los Cuatro Caminos.
Con la guerra encima, Miguel corre a Orihuela. El 13 de agosto, en Elda, el guardia civil Manresa, padre de Josefina, muere como consecuencia de la sublevación. Miguel quiere entrañablemente a los hermanos pequeños de su novia, cuya tutela afectiva tomará para sí al casarse.
Aquel otoño vuelve a Madrid para alistarse en el Quinto Regimiento de Milicias Populares. Al lado del pueblo —él mismo es pueblo y, como dice en un poema, «de su estirpe defensor»— continuará, sumado a su suerte, hasta morir pocos años después.
Desde ese momento, con su pluma y con su sangre como dos fusiles fieles, Miguel Hernández levantará poema a poema, caudalosamente escritos, el edificio más hermoso y sincero de la poesía de la contienda civil. Comenzará por dos elegías: a Federico García Lorca y al cubano Pablo de la Torriente, asesinado uno en Granada, caído el otro en combate.
El mono azul —revista de la Alianza de Intelectuales Antifascistas—, Hora de España —una empresa de cultura excepcional, en plena guerra— y todos los periódicos y revistas de los frentes y de la retaguardia van a publicar poemas de Miguel Hernández como banderas de poesía y de entusiasmo. Así nace Viento del pueblo, cuyo contenido es erróneo juzgarlo simplemente como poesía de circunstancias, ya que responde al encuentro del poeta consigo mismo, superando una etapa de aprendizaje retórico en la que, si logró piezas excelentes, se movió en círculos de artificiosidades transformadoras de la realidad. El propio poeta explica en qué consiste su entrada a la violenta, entusiasta y combativa poesía de Viento del pueblo. Considera que «había escrito versos y dramas de exaltación del trabajo y de condenación del burgués, pero el empujón definitivo que me arrastró a esgrimir mi poesía en forma de arma me lo dieron aquel iluminado 18 de julio. Intuí, sentí venir contra mi vida, como un gran aire, la gran tragedia, la tremenda experiencia poética que se avecinaba, y me metí, pueblo adentro, más hondo de lo que estoy metido desde que me parieran, dispuesto a defenderlo firmemente»4.
La actividad de Miguel Hernández durante los tres años de guerra fue intensísima. Frase suya es: «Sólo me canso y no estoy contento cuando no hago nada». Actúa con «El Campesino» y con la brigada del comandante Carlos (el italiano Vittorio Vidale). Recorre los frentes del sur. Asiste a la toma del santuario de la Virgen de la Cabeza. Se ocupa de los servicios de Altavoz del Frente. En los campamentos o en la misma trinchera, recita ante los soldados, como de jovencillo hacía ante las gentes de su tierra; siempre supo comunicarse, cara a cara, a través de la poesía. Participó también en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas y fue comisionado para ir a Rusia, representando a España en el 5.° Festival de Teatro Soviético. Se integró después en el Ejército de Levante.
Escribió de manera continuada: poemas, artículos, obras teatrales. Publicó El labrador de más aire, que había escrito meses atrás, y las piezas breves de Teatro en la guerra. Compuso el drama Pastor de la muerte. En agosto de 1937 se le rinde un homenaje en el Ateneo de Alicante.
El 9 de marzo de 1937 contrae matrimonio civil, en Orihuela, con Josefina, y aquel verano escribe la «Canción del esposo soldado». El 19 de diciembre nace su primer hijo, al que llama Manuel Ramón. El niño muere en octubre de 1938, antes de cumplir un año.
Corazón que en el tamaño
de un día se abre y se cierra.
La flor nunca cumple un año
y lo cumple bajo tierra.
Ésa debe de ser la época en que comienza a escribir los primeros poemas que pasarán al Cancionero y Romancero de Ausencias, simultáneos de algunos de El hombre acecha, último libro que él dejó preparado.
Han transcurrido dos años de guerra y el poeta mira ya con los ojos del dolor, desde la tragedia que él intuyó siempre como suya, pero que se extiende colectivamente. Su entusiasmo, la lucha del pueblo y su propio hijo diríamos que se identifican y cruzan por el cielo de España y por el del corazón del poeta como ave que lleva el ala herida. Sin embargo, la mujer, de nuevo, espera un hijo:
Se puso el sol.
Pero tu temprano vientre
de nuevo se levantó
por el oriente,
y el poeta, enfermo por breve temporada en un hospital de Benicàssim, se reincorpora a su lucha, que, como el rayo simbólico, no cesa. El 4 de enero de 1939 nace Manuel Miguel, su segundo hijo. El libro El hombre acecha se está componiendo por esos días en Valencia.
La derrota del Ejército Republicano supone una tremenda desbandada, una amarga confusión de persecuciones y represalias en la que Miguel Hernández queda envuelto. Pretende acogerse a la Embajada de Chile, invocando el nombre de su amigo y antiguo cónsul Pablo Neruda (su presencia en la residencia consular era tan frecuente que aparece firmando como testigo en numerosos documentos). El comportamiento del diplomático Carlos Morla —contertulio también de los poetas del 27, años antes— no está suficientemente claro. Lo que sí lo está es que Miguel, por algún motivo, no encontró allí lugar. Tampoco encontró ayuda en Sevilla, donde acudió a solicitarla del poeta Romero Murube, ni en Cádiz, donde no lo ayudó el también poeta y editor de revistas Pedro Pérez Clotet.
Busca entonces el medio de salir por la frontera portuguesa. Ingenuo recurso, conocido el carácter del régimen fascista de Salazar, cuya policía lo devolvió a la Guardia Civil de Rosal de la Frontera. Cárceles de Huelva, de Sevilla (como Cervantes), de la calle de Torrijos, en Madrid. Entre su pequeño ajuar —ligero de equipaje, como don Antonio Machado— va un rimero de cuartillas emborronadas a lápiz, con letra menuda y renglones muchas veces superpuestos (¿quién ha dicho que Miguel era un improvisador irreflexivo?). «No quiero perder estos originales —escribe a Josefina— que son el fruto de casi dos años de trabajo y el pan de mañana vuestro.»
En efecto, Miguel, que ya en el colegio de jesuitas fue «alumno de bolsillo pobre», jamás mejoró de fortuna. Entristece ver cómo está en todos los momentos de su vida a falta de medios económicos:
cultivando el romero y la pobreza
había dicho en un endecasílabo. Los amigos hacen colectas para sus intentos madrileños. Tiene que rogar ayuda al canónigo Almarcha y al diputado Martínez Arenas para sufragar la edición del primer libro. Acepta modestos trabajos en Madrid. Incluso en plena guerra, los sueldos del Comisariado se retrasan al punto de tener que solicitar fondos a la familia de los Sijé para cubrir los gastos domésticos5. Después, tras la derrota, le vemos recabar de nuevo ayuda de D. Luis Almarcha —ya obispo— y de Martínez Arenas: toda una guerra, tres libros y cuatro obras teatrales, para volver a rogar a las mismas gentes, para continuar como alumno de bolsillo pobre. Sus únicas riquezas, la sola herencia para los suyos —él, mondo de sinecuras y privanzas—, son esos trozos de papel, con borrosos renglones a lápiz, que van formando poco a poco uno de los más hermosos y conmovedores libros de amor de todos los tiempos6.
Como en radiografía psicológica y poética supo ver el maestro Aleixandre, Miguel «era confiado y no aguardaba daño»7. En los múltiples azares por los que atravesó el tropel acosado de los vencidos, entre campos de concentración y cárceles que cubrían kilómetros cuadrados de España, los triunfadores entreabrían de cuando en cuando las rejas para quienes, habiéndose librado de los fusilamientos, no tenían aún causas judiciales en trámite, o bien eran éstas de minúscula entidad. Con ello, aligeraban algo el terrible peso muerto de los prisioneros, a los que era incluso difícil alimentar. Así salió Miguel Hernández de la cárcel el 17 de septiembre de 1939, y cometió la ingenuidad de correr al lado de los suyos8. Doce días después, era detenido de nuevo, ya no como preso innominado, sino con las acusaciones concretas que su obra mereció. En la prisión del edificio del Seminario de Orihuela, primero; dos meses más tarde en la cárcel de Conde de Toreno, en Madrid. Se le juzgó en enero de 1940 y el tribunal le condenó a muerte. El recurso de gracia para la conmutación de la pena a la inferior de 30 años fue apoyado por la gestión personal de algunos escritores con influencias dentro del régimen: Cossío, Ridruejo, Sánchez Mazas, García Viñolas, Alfaro... Obtenida la conmutación, el recluso —que ocultó a su mujer por algún tiempo la gravedad de la sentencia— fue trasladado a la cárcel de Palencia y más tarde al penal de Ocaña, donde permaneció hasta junio de 1941, en que se logra su traslado al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde la familia lo tiene más cerca.
La neumonía adquirida en Palencia, la bronquitis contraída en Ocaña, el tifus que le ataca en Alicante van royendo su organismo joven pero con mucho sufrimiento encima, y aparece la tisis. Hay que hacerse cargo de lo que era una tuberculosis galopante en 1942, en España y en la cárcel. El enfermo padeció en las más terribles condiciones. Miguel nunca dejó de sufrir. Él era un muchacho alegre y sencillo, pero la vida no le resultó fácil. No es que fuera su destino, sino que una serie de circunstancias adversas, unas situaciones injustas y una guerra terrible le hicieron su víctima.
Vicente Ramos —que cuenta entre sus mejores comentaristas— ha recordado, aplicándolos al propio Miguel, aquellos versos suyos escritos ante el cadáver de Pablo de la Torriente:
No temáis que se extinga su sangre sin objeto,
porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan
aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
En sus palabras con motivo del homenaje que recibió en Alicante —verano de 1937— dijo el poeta: «Vivo para exaltar los valores puros del pueblo y, a su lado, estoy tan dispuesto a vivir como a morir». Y murió. En la madrugada del 28 de marzo de 1942, después de tres años de persecuciones y cárceles, murió en la prisión alicantina —en la tierra que tanto quiso— a los 32 años de edad. La primavera, recién estrenada, debió de regresar de súbito al invierno, porque algo alto y hermoso se helaba para siempre. De algún modo el paisaje se anublaría, pues, como él dejó escrito:
Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
3 Miguel Hernández no quiso dar sentido interrogativo a este título, por lo que nunca acentuó las formas quien.
4 Nota preliminar a Teatro en la guerra, Valencia: Ediciones Nuestro Pueblo, 1937.
5 Carta de 22-9-1938, publicada por Vicente Ramos en su libro Miguel Hernández, Madrid: Gredos, 1973, p. 158.
6 Durante su prisión, ayudaron a Miguel y a su mujer y su hijo, económicamente, en aquellos años difíciles de la posguerra (1939, 1940, 1941), sus amigos escritores Aleixandre, Cossío, Rodríguez Spiteri, Muñoz Rojas, Azcoaga y otros, así como, por encargo de Neruda, el agregado de la Embajada de Chile, señor Vergara.
7 Vicente Aleixandre: Los encuentros, Madrid: Guadarrama, 1958, p. 178.
8 María de Gracia Ifach, en su libro Miguel Hernández, Rayo que no cesa, Barcelona: Plaza y Janés, 1975 (p. 253), se hace eco de una versión según la cual esa libertad se debió a gestiones hechas desde París por Neruda. Sin embargo, no parece lógico que, de haber ocurrido así —queremos decir: de haber sido eficaces las gestiones—, se hubiera producido tan pronto la nueva detención.
Al ordenar y prologar por primera vez, en 1976, las poesías completas de Miguel Hernández, ya explicamos que sentimos un profundo respeto por la propiedad del autor sobre su obra, y cuando éste, como en el caso que hoy tratamos, ha desaparecido, nos parece arriesgada toda iniciativa que se aparte de su voluntad manifiesta.
Miguel Hernández dejó muchos poemas fuera de sus libros. Publicados en revistas, unos; inéditos totalmente, otros. Salvo en el caso del último libro —el Cancionero y Romancero de Ausencias— y de la pequeña colección de piezas escritas en su época de cárcel, es inevitable preguntarse por qué dejó de incluir en volumen los originales que, tras su muerte, se encontraron con júbilo de descubrimiento.
