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La obra de Miguel Hernández viene a ser ejemplo y síntesis de la historia de la poesía española en su período más fecundo del siglo XX. Las distintas tendencias de la lírica de los años treinta fueron cultivadas por este poeta, que no dejó nunca de imprimir su huella personal, con metáfora relampagueante, hiriente y luminosa. Nacido en Orihuela y muerto en la cárcel de Alicante, condenado a resultas de su actuación política durante la Guerra Civil, Miguel Hernández supo escapar del ambiente localista y provinciano a través del culturalismo, para acabar resolviendo su poesía en los moldes del romance y del cantar, tras haber pasado por el surrealismo y la poesía de combate. El gran interés que sigue despertando la poesía de Miguel Hernández justifica la edición de su "Poesía esencial", una antología preparada por Jorge Urrutia, catedrático de Literatura de la Universidad Carlos III de Madrid. Urrutia y Leopoldo de Luis, poeta y crítico que fue amigo de Miguel Hernández, elaboraron la "Obra poética completa" de Miguel Hernández que se convirtió en un libro mítico durante la Transición en una nueva edición cuidada también por el propio Jorge Urrutia y publicada por Alianza Editorial. "Poesía esencial" está formada por los libros "El rayo que no cesa", "Viento del pueblo", "El hombre acecha", "Cancionero y Romancero de ausencias", además de algunos poemas no incluidos en libro por el poeta.
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Seitenzahl: 305
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Miguel Hernández
Poesía esencial
Edición de Jorge Urrutia a partir de la realizadacon Leopoldo de Luis para la Obra poética completa
Alianza Editorial
Aproximación a la figura de Miguel Hernández
Notas sobre la edición
EL RAYO QUE NO CESA(1934-1935)
Estudio previo
1. Un carnívoro cuchillo
2. ¿No cesará este rayo que me habita
3. Guiando un tribunal de tiburones,
4. Me tiraste un limón, y tan amargo,
5. Tu corazón, una naranja helada
6. Umbrío por la pena, casi bruno
7. Después de haber cavado este barbecho
8. Por tu pie, la blancura más bailable,
9. Fuera menos penado si no fuera
10. Tengo estos huesos hechos a las penas
11. Te me mueres de casta y de sencilla:
12. Una querencia tengo por tu acento,
13. Mi corazón no puede con la carga
14. Silencio de metal triste y sonoro,
15. Me llamo barro aunque Miguel me llame.
16. Si la sangre también, como el cabello,
17. El toro sabe al fin de la corrida,
18. Ya de su creación, tal vez, alhaja
19. Yo sé que ver y oír a un triste enfada
20. No me conformo, no: me desespero
21. ¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
22. Vierto la red, esparzo la semilla
23. Como el toro he nacido para el luto
24. Fatiga tanto andar sobre la arena
25. Al derramar tu voz su mansedumbre
26. Por una senda van los hortelanos,
27. Lluviosos ojos que lluviosamente
28. La muerte, toda llena de agujeros
29. Elegía (A Ramón Sijé)
Soneto final
POEMAS NO INCLUIDOS EN LIBRO(1935-1936)
Estudio previo
Elegía (A la panadera)
Mi sangre es un camino
Sino sangriento
Vecino de la muerte
Égloga
El ahogado del Tajo (Gustavo Adolfo Bécquer)
Oda entre arena y piedra a Vicente Aleixandre
A Raúl González Tuñón
Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda
Epitafio desmesurado a un poeta (Julio Herrera y Reissig)
Me sobra el corazón
Sonreídme
Alba de hachas
VIENTO DEL PUEBLO(1937)
Estudio previo
Elegía primera
Sentado sobre los muertos
Vientos del pueblo me llevan
El niño yuntero
Los cobardes
Elegía segunda
Nuestra juventud no muere
Llamo a la juventud
Recoged esta voz
Rosario, dinamitera
Jornaleros
Al soldado internacional caído en España
Aceituneros
Visión de Sevilla
Ceniciento Mussolini
Las manos
El sudor
Juramento de la alegría
1.º de mayo de 1937
El incendio
Canción del esposo soldado
Campesino de España
Pasionaria
Euzkadi
Fuerza del Manzanares
EL HOMBRE ACECHA(1937-1938)
Estudio previo
Canción primera
Llamo al toro de España
Rusia
La fábrica-ciudad
El soldado y la nieve
Los hombres viejos
El vuelo de los hombres
El hambre
El herido
Carta
Las cárceles
Pueblo
El tren de los heridos
Llamo a los poetas
Oficiales de la VI División
18 de julio 1936-18 de julio 1938
Madrid
Madre España
Canción última
POEMAS NO INCLUIDOS EN LIBRO(1937-1939)
Estudio previo
Digno de ser comandante
Memoria del 5.° Regimiento
España en ausencia
Teruel
Canto de independencia
Andaluzas
Las desiertas abarcas
Hijo de la luz y de la sombra
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío
A mi hijo
Enmudecido el campo, presintiendo la lluvia
Todo era azul
Desde que el alba quiso ser alba
Orillas de tu vientre
Nacimiento de España
CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS(1938-1941)
Estudio previo
1. Ropas con su olor,
2. Negros ojos negros
3. No quiso ser.
4. Tus ojos parecen
5. En el fondo del hombre
6. El cementerio está cerca
7. Sangre remota.
8. ¿Qué quiere el viento de encono
9. No salieron jamás
10. El viento ceniciento
11. Como la higuera joven
12. El sol, la rosa y el niño
13. Besarse, mujer,
14. Llegó tan hondo el beso
15. Si te perdiera...
16. Cuerpo del amanecer:
17. En este campo
18. Cada vez que pas
19. El corazón es agua
20. Tierra. La despedida
21. Por eso las estaciones
22. Cada vez más presente.
23. Si nosotros viviéramos
24. Una fotografía.
25. Llegó con tres heridas
26. Escribí en el arenal
27. Cogedme, cogedme.
28. Tus ojos se me van
29. Ausencia en todo veo;
30. ¿De qué adoleció
31. Tan cercanos, y a veces
32. Tú eres fatal ante la muerte,
33. Llevadme al cementerio
34. La luciérnaga en celo
35. Uvas, granadas, dátiles,
36. Las gramas, las ortigas
37. Atraviesa la calle,
38. Troncos de soledad,
39. Todas las casas son ojos
40. El amor ascendía entre nosotros
41. Cuando paso por tu puerta
42. Rumorosas pestañas
43. Fue una alegría de una sola vez,
44. Entusiasmo del odio,
45. ¿Qué pasa?
46. Corazón de leona
47. La vejez en los pueblos.
48. Llueve. Los ojos se ahondan
49. Era un hoyo no muy hondo.
50. Mi casa contigo era
51. Muerto mío, muerto mío
52. Todo está lleno de ti
53. Callo después de muerto.
54. La libertad es algo
55. Cuerpo sobre cuerpo,
56. Bocas de ira.
57. Tristes guerras
58. Los animales del día
59. Menos tu vientre,
60. Antes del odio
61. Palomar del arrullo
62. Boca que arrastra mi boca:
63. La basura diaria
64. Cerca del agua te quiero llevar
65. El azahar de Murcia
66. Después del amor
67. El número de sangres
68. La cantidad de mundos
69. Entre nuestras dos sangres
70. A la luna venidera
71. Vino. Dejó las armas
72. El mundo es como aparece
73. Todas las madres del mundo
74. La cebolla es escarcha (Nanas de la cebolla)
75. De la contemplación
76. Entre las fatalidades
77. ¿Para qué me has parido, mujer?
78. Debajo del granado
79. El mar también elige
80. Querer, querer, querer,
81. Tanto río que va al mar
82. Ni te lavas ni te peinas
83. No te asomes
84. Tengo celos de un muerto,
85. Qué cara de herido pongo
86. Enterrado me veo,
87. Tú de blanco, yo de negro
88. No puedo olvidar
89. Enciende las dos puertas,
90. El pozo y la palmera
91. Son míos, ¡ay!, son mío
92. El pez más viejo del río
93. Rueda que irás muy lejos.
94. Con dos años, dos flores
95. Era un hoyo no muy hondo
96. Dicen que parezco otro,
97. La fuerza que me arrastra
98. ¿Quién llenará este vacío
99. Cada vez más ausente.
100. Quise despedirme más
101. De aquel querer mío,
102. Que me aconseje el mar
103. Bulto de vidrio florido y dorado,
104. Dime desde allá abajo
105. Déjame que me vaya,
106. El último y el primero:
107. Es la casa un palomar
108. Me tendí en la arena
109. Se puso el sol
110. Arena del desierto
OTROS POEMAS DE LA SERIE DEL CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS Y POEMAS ÚLTIMOS
Estudio previo
Otros poemas de la serie del Cancionero y Romancero de Ausencias
Los animales íntimos
Entre las fatalidades
La oliva y el limón
Muerto mío.
Llama, ¿para quién?
Cuando te hablo del muerto
Rotos, rotos: ¡Qué rotos!
No vale entristecerse.
Me descansa
Cuerpos, soles, alboradas,
Suave aliento suave
No sigas muerto
Pongo cara de herido
Cuando respiras me hieres,
Por la voz de la herida
Desenterrar vivos.
Todo es bueno
Conozco bien los caminos
Písame,
El hombre no reposa...
Sigo en la sombra, lleno de luz: ¿existe el día?
Sonreír con la alegre tristeza del olivo
Vuelo
Muerte nupcial
El niño de la noche
Cuerpo de claridad que nada empaña
Sepultura de la imaginación
Ascensión de la escoba
Eterna sombra
CRONOLOGÍA Y BIBLIOGRAFÍA
Cronología
Bibliografía
Créditos
Todos los biógrafos han resaltado la importancia del paisaje, así como del medio ambiente en que se desenvuelve la vida de Miguel Hernández, y muchos acuden a los textos de Gabriel Miró, el gran estilista de Alicante, en cuyas novelas del primer cuarto de siglo se captan las esencias tradicionales y el colorido barroquizante de Orihuela.
Si en el joven Miguel influyen la luz y el color de la huerta, influyen también las costumbres y la tradición levítica. Ciudad jerarquizada y católica, en la que su familia ocupaba un modestísimo lugar girando en torno al quehacer paterno, en una humilde casa. Miguel Hernández Sánchez trataba en ganado lanar, criando pequeños hatos de cabras y ovejas, para vender y comprar, vendiendo también la leche que producía, en un negocio de poca monta, sostenido con personal esfuerzo al que asoció pronto el de los hijos varones (Vicente y Miguel). El matrimonio tuvo además dos hijas (Elvira y Encarnación). Tres más murieron de muy niños.
En semejante contexto familiar un hijo con vocación artística resulta un desacomodo. No culpemos del todo al padre —que incluso pegaba al chico si lo encontraba leyendo—, producto de una sociedad clasista y discriminatoria, en la que la cultura es un lujo, en un medio rural cuyo ínfimo nivel educativo obstruye toda comprensión. Apegado a su oficio, habría sido un milagro que admitiese de buen grado un hijo poeta. Por otra parte, parece necesario reconocer que, pese a todo, la asistencia de un muchacho al colegio hasta los catorce años (edad a la que el padre decidió que Miguel lo dejara), en aquella época, en un medio agrario y en familia de pocos recursos, era casi excepcional. Ni siquiera la ley de enseñanza obligatoria marcaba entonces esa edad, y ha sido siempre una ley incumplida, sobre todo en el campo y en los barrios suburbanos. Quizá sería más justo decir que los padres de Miguel, dadas sus circunstancias y su ambiente, no hicieron poco y que el chico disfrutó de mayor escolaridad que la inmensa mayoría de los hijos de pastores y campesinos en la España de 1920.
Desde el 73 de la oriolana calle de Arriba, el niño Miguel caminaba a diario hasta las escuelas del Ave María, anejas al colegio de Santo Domingo, de la Compañía de Jesús. Primero, en aquella escuela, con un maestro formado en las doctrinas del padre Manjón; después —de los 9 a los 14 años— en el propio colegio, con los padres de la Compañía, Miguel fue «alumno de bolsillo pobre». Así le llamó su condiscípulo José Marín Gutiérrez «Ramón Sijé» —hijo de acomodada familia y luego abogado y escritor, tempranamente muerto, cuya influencia en los primeros años de Miguel resultó visible.
Alumno de bolsillo pobre, su talento natural y su vocación por las letras suplieron la truncada enseñanza escolar. Por ese talento y por esa vocación hubo de sobresalir pronto, puesto en seguida en contacto con los libros. Por eso, aunque las exigencias de una precaria economía doméstica lo arrancaron, por decisión paterna, de aquellos iniciales estudios, no se pierde el muchacho en los rudos quehaceres, sino que persevera en las lecturas y aun saca del oficio experiencias capaces de sustanciar sus versos.
Por de pronto, el menester pastoril le puso más en comunicación con la naturaleza, huella imborrable en sus escritos. Es en la misma naturaleza donde aprende la vida, los milagros vivos y diarios cuya comprensión va a dar sabiduría a su obra, enraizándola en la tierra. Miguel poeta va a sufrir, sin duda, los inconvenientes del autodidacto, pero también va a gozar las virtudes del hombre sencillo y natural. Entre aquéllos, unas lecturas irregulares y dispersas, carentes de sistema, obtenidas por préstamos amistosos y en las bibliotecas de los centros locales de recreo, así como la proclividad a las influencias. Ello justifica que mezclase folletines por entregas, narraciones piadosas, literatura mística, poemas del modernismo, Gabriel y Galán, Gabriel Miró o, incluso, poemas vanguardistas. La permeabilidad del joven, sin un rigor selectivo, sin un encauzamiento del gusto, se descubre zozobrante en sus primeras muestras. Pero la vocación estaba allí, como una marea creciente capaz de sobrepasar todo escollo, y allí estaba un sentido espontáneo de lo puro, un amor por lo que nace de la tierra y nos integra en el ámbito de la naturaleza madre.
Las primeras amistades de Miguel significan, lógicamente, mucho en su formación. Primordial fue la de Ramón Sijé, con la ascendencia que supone haber sido condiscípulo infantil y llegar a graduarse como universitario. Sijé fue ensayista precoz, hombre de pensamiento católico, atraído por las corrientes renovadoras del neocatolicismo, siguiendo la pauta de intelectuales como José Bergamín. A ejemplo de Cruz y Raya —la notable revista de este último—, Sijé fundó y dirigió El Gallo Crisis, meritoria empresa en el pequeño círculo de una provincia. Para entonces, ya Miguel había publicado en la prensa local sus primeros e inseguros poemas, y corría el riesgo de enemistarse con su padre para probar suerte en Madrid. Excedente de cupo en el servicio militar obligatorio y, por lo tanto, liberado de él, se cuenta que habría deseado ir al cuartel como medio para evadirse y, sobre todo, de conocer una gran ciudad.
Continuamente «alumno de bolsillo pobre», son los amigos quienes reúnen dinero para el billete hacia la capital. «Siempre sobre la madera de su vagón de tercera», como don Antonio Machado. Había entonces en Miguel —1931— más entusiasmo y deseo de superación que valor literario, y había en los cenáculos de Madrid más curiosidad folclórica ante el joven poeta-pastor que cauces de ayuda positiva. Es sabido —lo dicen todos sus comentaristas— que en Madrid le recibieron Concha Albornoz —hija del entonces ministro de Justicia de la República— y Ernesto Giménez Caballero, editor de una de las trincheras de la literatura joven: La Gaceta Literaria. También es conocido el hecho de que el periodista Martínez Corbalán publicó una entrevista en Estampa —publicación gráfica muy difundida—. Pero, carente de más sustento, hace falta mucho corazón para regresar al pueblo y a la casa paterna, incriminadora, y mantener los palos del sombrajo de las ilusiones. La capacidad de entusiasmo fue proverbial en Miguel, quien supo poner siempre buena cara al tiempo adverso.
Si por la boca muere el pez, por los ojos se pierde o se salva el poeta: por sus lecturas. La vocación le acercó algunas poéticamente enriquecedoras. Buen levantino, amigo del color y de la luz, de la policromía barroca, se aficionó a algunos clásicos. La obra de Góngora —reactivada en la atención culta de aquellos años— le estalló en las manos como una granada de furiosa hermosura. Góngora es oscuro por dentro, pero brillante por fuera. Asombra la facilidad con que Miguel salta del verso simple, que respira aires de un bucolismo gabrieligalanesco, o de romanticismos sentimentaloides, o de pastiches modernistas, a una trabajada y conceptuosa recreación de la realidad, con metáforas que, si beben en Góngora —o en los gongoristas de la época: Alberti, Gerardo Diego...—, poseen elementos personales innegables, a más de un arranque auténtico. Porque no se miente el poeta a sí mismo elaborando sus barrocas octavas reales, como una visión apresurada puede hacer pensar, sino que canta cuanto le rodea, cuanto constituye su mundo, enjoyándolo con un lenguaje tropológico recargado, como si quisiera salvarlo de su vulgar cotidianidad.
El primer libro, con aquellos recientes poemas, Perito en lunas, es decir: el que sabe escribir poemas (luna es sinónimo de cristal y «cristal» había significado «poema» para los simbolistas y para Sijé), aparece en 1933. Su primer libro. Rodeado por el cariño de sus amigos de Orihuela, las reuniones en la panadería de Carlos y Efrén Fenoll, con Jesús Poveda y los hermanos Marín Gutiérrez («Ramón Sijé» el mayor, el otro, luego, «Gabriel Sijé») y con el jovencísimo Manolo Molina, son el círculo propicio para celebrar el éxito. Miguel, crecido en su personalidad, regresará a Madrid, si no con mayores recursos económicos, sí con un bagaje poético más rico. Es en marzo de 1934. Lleva consigo dos actos de un auto sacramental, otro fruto de la dedicación a los clásicos.
Las amistades llegan pronto. El matrimonio de poetas Carmen Conde y Antonio Oliver Belmás, con quienes compartió unas jornadas literarias en Murcia. El propio García Lorca, al que conoció en una excursión de «La Barraca». Vicente Aleixandre, al que escribe pidiéndole un ejemplar de La destrucción o el amor. Miguel ha roto con su vida de muchacho campesino. Ya tras el primer viaje, consiguió empleo en una notaría. No es, pues, pese a sus pocos años de escolarización, un muchacho inculto. Posee unos conocimientos amplios que sus estudios irregulares le han proporcionado. Desde luego, una cultura literaria.
En este punto de la incultura de Miguel Hernández es conveniente precisar, porque el fervor en torno de su nombre, tras la dolorosa e injusta muerte, ha creado al socaire de las terribles circunstancias una leyenda sobre bases reales, pero leyenda al fin. No hay ingenios legos, y Miguel no lo fue. Cómo pudo formarse, aprender, adquirir los conocimientos que evidentemente poseía; cómo pudo, simplemente, escribir, son preguntas que sólo hallan respuesta y explicación en su constancia vocacional, en su decisión superadora y, por supuesto, en su extraordinaria inteligencia. Su obra revela de forma inequívoca una preparación en distintas direcciones y un profundo conocimiento del idioma. Pero, además, conocía el francés (últimamente, en la cárcel, estudiaba inglés), y en un borrador puede descubrirse, por el reverso, el comienzo de una glosa en esta lengua de un poema propio. En el examen de sus cuadernos —en los que, por supuesto, aparece una aceptable ortografía— llama la atención la labor correctora, reveladora de meditados repasos del poema, lo que en modo alguno se corresponde con una imagen rústica, de zagal improvisador arrastrado por facilidad irreflexiva. Lo que sí es de resaltar, para mayor asombro, es que todo este trabajo —formativo y creacional— hubo de realizarlo siempre con incomodidades y sin sosiego. Los primeros años, en la casa familiar, de pocas condiciones, y en el campo. Luego, en pensiones y casas de huéspedes modestísimas. Más tarde en los acuartelamientos y trincheras o en rápidas estancias de retaguardia. Por último, en sucesivas cárceles, donde bien es sabido que «toda incomodidad tiene su asiento».
Olvidemos la leyenda de la rusticidad. Era, eso sí, Miguel, en aquella época de sus primeros viajes a Madrid, una personalidad aún insegura, lógica en sus pocos años y en su formación adquirida como hemos visto. En Orihuela, ha intervenido en centros católicos, pero también en centros socialistas. Ha publicado en periódicos de distintos matices y ha debido de tener sus luchas íntimas con las creencias religiosas. Por si fuera poco, también sus nuevos e importantes amigos —sobre todo cuando ingrese en el círculo amistoso de Pablo Neruda— van a dividir con algún conflicto sus afectos.
Porque los viajes a Madrid abren campos distintos, amplían sus conceptos provincianos. Le gusta volver, y aun escribe unos poemas en que repudia la gran ciudad, pero se siente, pese a todo, atraído por la vida literaria madrileña. El verano de 1934 transcurre de nuevo en su comarca, donde termina el Auto Sacramental. Ya está escribiendo poemas de El silbo vulnerado. Publica en La Verdad, de Murcia, en El Gallo Crisis. Aquel otoño inicia sus relaciones con Josefina Manresa, modista de un taller de Orihuela a la que conoció poco antes. Para fin de año, de nuevo en Madrid.
Miguel Hernández resuelve el problema de su estancia en Madrid, primero, entrando a colaborar en las Misiones Pedagógicas, creadas por los organismos culturales del gobierno de la República para trabajar educacionalmente en los pueblos y pequeñas ciudades. Viaja, para esa labor, con Enrique Azcoaga, escritor dos años más joven que él, conocido por entonces en sus primeras colaboraciones. Luego, Miguel trabajará en la redacción del diccionario taurino, de José María de Cossío, para la editorial Espasa Calpe, y como secretario del propio Cossío.
Las nuevas lecturas, las nuevas amistades y su propia granazón juvenil le llevan a una poesía más fluida y humana, agilizando las armaduras gongorizantes. En poco tiempo Miguel recorrió mucho camino: si en 1931 escribe piececitas ingenuas, en 1933 recrea un barroquismo arrebatado y en 1934 se encuentra en posesión de un verso jugoso, rico de imágenes y expresivo, de una tesitura emocional, como son los sonetos de Imagen de tu huella. Claro que antes, el influjo místico y el lastre barroco dejarán la valiosa muestra de un auto sacramental (Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras1), que publica en Madrid Cruz y Raya, y de unos poemas como confesiones morales que reflejan la crisis religiosa, inevitable por el choque de un ambiente católico —colegio, amigos como Ramón Sijé, protectores como el canónigo Almarcha— y un vitalismo innato y desbordante, que ya se movió en espacios más libres. Un año después lo veremos creando una obra cenital (El rayo que no cesa), centrada ya en un mundo poético propio, sacudido por una intuición trágica.
Aún continuará de alguna forma dividido. Colaborará en El Gallo Crisis y, en seguida, en Caballo verde para la poesía. Cruzará correspondencia con Ramón Sijé y alternará en las tertulias de Neruda. Pero quizá la influencia más fecunda va a ser la de otro amigo: Vicente Aleixandre.
El cuarto viaje a Madrid va a consolidar definitivamente su entrega a la vida intelectual española, con la labor en Misiones Pedagógicas y colaboraciones en Revista de Occidente, trabaja en piezas teatrales (Los hijos de la piedra, inspirada en la revolución de Asturias), ayuda a Pablo Neruda en Caballo verde para la poesía y prepara la edición de El rayo que no cesa. El año termina con la muerte —el 24 de diciembre— de Ramón Sijé, y el dolor por el amigo entrañable, aumentado quizá con algún remordimiento por las diferencias que entre ellos habían surgido ideológicamente, le angustia hasta estallar en la bellísima y conmovedora «Elegía», famosa ya en la historia de la poesía contemporánea. En abril de 1936 va a Orihuela para hablar en el acto de dedicación de una lápida al malogrado escritor.
Entre 1935 y 1936 Miguel Hernández escribe piezas tan significativas como «Vecino de la muerte», «Sino sangriento» y otras, que acusan la relación con el surrealismo, así como «Sonreídme» y «Alba de hachas», donde ya aparece una conciencia social incluso revolucionaria.
Cuando se acerca el verano de 1936 la familia de Josefina Manresa se ha trasladado a Elda, por nuevo destino del padre, miembro de la Guardia Civil. Miguel enferma de gripe en mayo. Aquel mes de mayo fue excepcionalmente lluvioso, y entre el mal tiempo y la enfermedad, le sobreviene una racha deprimida. Ya entrando el verano y casi al borde de la guerra, se le ve en el homenaje a Vicente Aleixandre en un merendero de los Cuatro Caminos.
Con la guerra encima, Miguel corre a Orihuela. El 13 de agosto, en Elda, el guardia civil Manresa, padre de Josefina, muere como consecuencia de la sublevación. Miguel quiere entrañablemente a los hermanos pequeños de su novia, cuya tutela afectiva tomará para sí al casarse.
Aquel otoño vuelve a Madrid para alistarse en el Quinto Regimiento de Milicias Populares. Al lado del pueblo —él mismo es pueblo y, como dice en un poema, «de su estirpe defensor»— continuará, sumado a su suerte, hasta morir pocos años después.
Desde ese momento, con su pluma y con su sangre como dos fusiles fieles, Miguel Hernández levantará poema a poema, caudalosamente escritos, el edificio más hermoso y sincero de la poesía de la contienda civil. Comenzará por dos elegías: a Federico García Lorca y al cubano Pablo de la Torriente, asesinado uno en Granada, caído el otro en combate.
El mono azul —revista de la Alianza de Intelectuales Antifascistas—, Hora de España —una empresa de cultura excepcional, en plena guerra— y todos los periódicos y revistas de los frentes y de la retaguardia van a publicar poemas de Miguel Hernández como banderas de poesía y de entusiasmo. Así nace Viento del pueblo, cuyo contenido es erróneo juzgarlo simplemente como poesía de circunstancias, ya que responde al encuentro del poeta consigo mismo, superando una etapa de aprendizaje retórico en la que, si logró piezas excelentes, se movió en círculos de artificiosidades transformadoras de la realidad. El propio poeta explica en qué consiste su entrada a la violenta, entusiasta y combativa poesía de Viento del pueblo. Considera que «había escrito versos y dramas de exaltación del trabajo y de condenación del burgués, pero el empujón definitivo que me arrastró a esgrimir mi poesía en forma de arma me lo dieron aquel iluminado 18 de julio. Intuí, sentí venir contra mi vida, como un gran aire, la gran tragedia, la tremenda experiencia poética que se avecinaba, y me metí, pueblo adentro, más hondo de lo que estoy metido desde que me parieran, dispuesto a defenderlo firmemente»2.
La actividad de Miguel Hernández durante los tres años de guerra fue intensísima. Frase suya es: «Sólo me canso y no estoy contento cuando no hago nada». Actúa con «El Campesino» y con la brigada del comandante Carlos (el italiano Vittorio Vidale). Recorre los frentes del sur. Asiste a la toma del santuario de la Virgen de la Cabeza. Se ocupa de los servicios de Altavoz del Frente. En los campamentos o en la misma trinchera, recita ante los soldados, como de jovencillo hacía ante las gentes de su tierra; siempre supo comunicarse, cara a cara, a través de la poesía. Participó también en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas y fue comisionado para ir a Rusia, representando a España en el 5.° Festival de Teatro Soviético. Se integró después en el Ejército de Levante.
Escribió de manera continuada: poemas, artículos, obras teatrales. Publicó El labrador de más aire, que había escrito meses atrás, y las piezas breves de Teatro en la guerra. Compuso el drama Pastor de la muerte. En agosto de 1937 se le rinde un homenaje en el Ateneo de Alicante.
El 9 de marzo de 1937 contrae matrimonio civil, en Orihuela, con Josefina, y aquel verano escribe la «Canción del esposo soldado». El 19 de diciembre nace su primer hijo, al que llama Manuel Ramón. El niño muere en octubre de 1938, antes de cumplir un año.
Corazón que en el tamaño
de un día se abre y se cierra.
La flor nunca cumple un año
y lo cumple bajo tierra.
Ésa debe de ser la época en que comienza a escribir los primeros poemas que pasarán al Cancionero y Romancero de Ausencias, simultáneos de algunos de El hombre acecha, último libro que él dejó preparado.
Han transcurrido dos años de guerra y el poeta mira ya con los ojos del dolor, desde la tragedia que él intuyó siempre como suya, pero que se extiende colectivamente. Su entusiasmo, la lucha del pueblo y su propio hijo diríamos que se identifican y cruzan por el cielo de España y por el del corazón del poeta como ave que lleva el ala herida. Sin embargo, la mujer, de nuevo, espera un hijo:
Se puso el sol.
Pero tu temprano vientre
de nuevo se levantó
por el oriente,
y el poeta, enfermo por breve temporada en un hospital de Benicàssim, se reincorpora a su lucha, que, como el rayo simbólico, no cesa. El 4 de enero de 1939 nace Manuel Miguel, su segundo hijo. El libro El hombre acecha se está componiendo por esos días en Valencia.
La derrota del Ejército Republicano supone una tremenda desbandada, una amarga confusión de persecuciones y represalias en la que Miguel Hernández queda envuelto. Se niega a salir de España, como le ofrecen, porque entiende que es necesario combatir al menos hasta que una posible guerra mundial cambiase la situación internacional, como pretendía Negrín. Al fin, busca acogerse a la Embajada de Chile, invocando el nombre de su amigo y antiguo cónsul Pablo Neruda (su presencia en la residencia consular era tan frecuente que aparece firmando como testigo en numerosos documentos). El comportamiento del diplomático Carlos Morla —contertulio también de los poetas del 27, años antes— no está suficientemente claro. Lo que sí lo está es que Miguel, por algún motivo, no encontró allí lugar. Tras un intento de reunirse con su mujer y su hijo, tampoco encontró ayuda en Sevilla, donde acudió a solicitarla del poeta Romero Murube, ni en Cádiz, donde no lo ayudó el también poeta y editor de revistas Pedro Pérez Clotet.
Busca entonces el medio de salir por la frontera portuguesa. Ingenuo recurso, conocido el carácter del régimen fascista de Salazar, cuya policía lo devolvió a la Guardia Civil de Rosal de la Frontera. Cárceles de Huelva, de Sevilla (como Cervantes), de la calle entonces llamada de Torrijos, hoy Conde de Peñalver, en Madrid. Entre su pequeño ajuar —ligero de equipaje, como don Antonio Machado— va un rimero de cuartillas emborronadas a lápiz, con letra menuda y renglones muchas veces superpuestos (¿quién ha dicho que Miguel era un improvisador irreflexivo?). «No quiero perder estos originales —escribe a Josefina— que son el fruto de casi dos años de trabajo y el pan de mañana vuestro.»
En efecto, Miguel, que ya en el colegio de jesuitas fue «alumno de bolsillo pobre», jamás mejoró de fortuna. Entristece ver cómo está en todos los momentos de su vida a falta de medios económicos:
cultivando el romero y la pobreza
había dicho en un endecasílabo. Los amigos hacen colectas para sus intentos madrileños. Tiene que rogar ayuda al canónigo Almarcha y al diputado Martínez Arenas para sufragar la edición del primer libro. Acepta modestos trabajos en Madrid. Incluso en plena guerra, los sueldos del Comisariado se retrasan al punto de tener que solicitar fondos a la familia de los Sijé para cubrir los gastos domésticos3. Después, tras la derrota, le vemos recabar de nuevo ayuda de D. Luis Almarcha —ya obispo— y de Martínez Arenas: toda una guerra, tres libros y cuatro obras teatrales, para volver a rogar a las mismas gentes, para continuar como alumno de bolsillo pobre. Sus únicas riquezas, la sola herencia para los suyos —él, mondo de sinecuras y privanzas—, son esos trozos de papel, con borrosos renglones a lápiz, que van formando poco a poco uno de los más hermosos y conmovedores libros de amor de todos los tiempos4.
Como en radiografía psicológica y poética supo ver el maestro Aleixandre, Miguel «era confiado y no aguardaba daño»5. En los múltiples azares por los que atravesó el tropel acosado de los vencidos, entre campos de concentración y cárceles que cubrían kilómetros cuadrados de España, los triunfadores entreabrían de cuando en cuando las rejas para quienes, habiéndose librado de los fusilamientos, no tenían aún causas judiciales en trámite, o bien eran éstas de minúscula entidad. Con ello, aligeraban algo el terrible peso muerto de los prisioneros, a los que era incluso difícil alimentar. Así salió Miguel Hernández de la cárcel el 17 de septiembre de 1939, y cometió la ingenuidad de correr al lado de los suyos6. Doce días después, era detenido de nuevo, ya no como preso innominado, sino con las acusaciones concretas que su obra mereció. En la prisión del edificio del Seminario de Orihuela, primero; dos meses más tarde en la cárcel de Conde de Toreno, en Madrid. Se le juzgó en enero de 1940 y el tribunal le condenó a muerte. El recurso de gracia para la conmutación de la pena a la inferior de 30 años fue apoyado por la gestión personal de algunos escritores con influencias dentro del régimen: Cossío, Ridruejo, Sánchez Mazas, García Viñolas, Alfaro... Obtenida la conmutación, el recluso —que ocultó a su mujer por algún tiempo la gravedad de la sentencia— fue trasladado a la cárcel de Palencia y más tarde al penal de Ocaña, donde permaneció hasta junio de 1941, en que se logra su traslado al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde la familia lo tiene más cerca.
La neumonía adquirida en Palencia, la bronquitis contraída en Ocaña, el tifus que le ataca en Alicante van royendo su organismo joven pero con mucho sufrimiento encima, y aparece la tisis. Hay que hacerse cargo de lo que era una tuberculosis galopante en 1942, en España y en la cárcel. El enfermo padeció en las más terribles condiciones. Miguel nunca dejó de sufrir. Él era un muchacho alegre y sencillo, pero la vida no le resultó fácil. No es que fuera su destino, sino que una serie de circunstancias adversas, unas situaciones injustas y una guerra terrible le hicieron su víctima. Como en el caso de otro escritor apasionado, Larra, su vida literaria no llegó ni siquiera a los diez años.
Vicente Ramos —que cuenta entre sus mejores comentaristas— ha recordado, aplicándolos al propio Miguel, aquellos versos suyos escritos ante el cadáver de Pablo de la Torriente:
No temáis que se extinga su sangre sin objeto,
porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan
aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
En sus palabras con motivo del homenaje que recibió en Alicante —verano de 1937— dijo el poeta: «Vivo para exaltar los valores puros del pueblo y, a su lado, estoy tan dispuesto a vivir como a morir». Y murió. En la madrugada del 28 de marzo de 1942, después de tres años de persecuciones y cárceles, murió en la prisión alicantina —en la tierra que tanto quiso— a los 32 años de edad. La primavera, recién estrenada, debió de regresar de súbito al invierno, porque algo alto y hermoso se helaba para siempre. De algún modo el paisaje se anublaría, pues, como él dejó escrito:
Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
1 Miguel Hernández no quiso dar sentido interrogativo a este título, por lo que nunca acentuó las formas quien.
2 Nota preliminar a Teatro en la guerra, Valencia: Ediciones Nuestro Pueblo, 1937.
3 Carta de 22-9-1938, publicada por Vicente Ramos en su libro Miguel Hernández, Madrid: Gredos, 1973, p. 158.
4 Durante su prisión, ayudaron a Miguel y a su mujer y su hijo, económicamente, en aquellos años difíciles de la posguerra (1939, 1940, 1941), sus amigos escritores Aleixandre, Cossío, Rodríguez Spiteri, Muñoz Rojas, Azcoaga y otros, así como, por encargo de Neruda, el agregado de la Embajada de Chile, señor Vergara.
5 Vicente Aleixandre: Los encuentros, Madrid: Guadarrama, 1958, p. 178.
6 María de Gracia Ifach, en su libro Miguel Hernández, Rayo que no cesa, Barcelona: Plaza y Janés, 1975 (p. 253), se hace eco de una versión según la cual esa libertad se debió a gestiones hechas desde París por Neruda. Sin embargo, hoy sabemos que no fue debido a gestión amistosa alguna.
Cuando el poeta mexicano José Emilio Pacheco vino a Madrid, en abril de 2010, para recoger el Premio Cervantes, tuvo especial interés en contar con un ejemplar de la nueva edición corregida y ampliada de la Obra poética completa de Miguel Hernández, preparada por Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia, de cuya reciente aparición en Alianza Editorial tenía noticia. Al día siguiente de verla, y tras elogiarla con insistencia, me dijo: «¡Híjole! No sabía que había escrito tanto».
Parece increíble que un poeta cuyos primeros poemas, aún elementales, datan de 1930 y que en 1941 ya no escribió nada, pudiera ofrecer una obra tan amplia. Pero, naturalmente, en la Obra poética completa figuran, además de los muy numerosos poemas juveniles, otros de circunstancias o de menor calidad, los poemas coetáneos y los ensayos de Perito en lunas y las distintas versiones de lo que luego sería el El rayo que no cesa.
Ha parecido, por ello, aconsejable proporcionar al lector no especialista un volumen que, asegurando la fiabilidad de los textos, reuniera los libros fundamentales de Miguel Hernández y aquellos poemas importantes que, sin embargo, nunca incluyera el autor en volumen. No pueden tampoco excluirse los poemas que escribiera en los años finales de su vida y que, en gran medida, pudieran haber dado lugar, al menos, a dos libros; la mayoría de los cuales el poeta los copió en un cuadernillo que llamamos Cancionero y Romancero de Ausencias.
Miguel Hernández dejó, como he dicho, muchos poemas fuera de sus libros. Publicados en revistas, unos; inéditos totalmente, otros. Salvo en el caso del último libro —el Cancionero y Romancero de Ausencias— y de la pequeña colección de piezas escritas en su época de cárcel, es inevitable preguntarse por qué dejó de incluir en volumen los originales que, tras su muerte, se encontraron con júbilo de descubrimiento.
Es verdad que intervienen los azares editoriales, pero no lo es menos que el poeta selecciona su material en función de múltiples causas. A veces, destruye lo desechado, otras lo conserva con ulteriores fines de reelaboración o sólo colocándolo provisionalmente entre paréntesis, sin decisiones concretas. Al tomarlo más tarde manos ajenas, deben procurar que su instalación en el contexto expresamente formado por la voluntad del autor no altere su carácter.
