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Sergio y Desirée llevan vidas totalmente diferentes. No tienen nada que ver entre sí hasta que sus mundos chocan y descubren que tienen algo valioso en común: un refugio en sus mentes. Sin embargo, el mundo se convierte en un escenario peligroso para ellos, ya que quienes conocen este poder y no luchan por conservarlo luchan por destruirlo a toda costa. Aun sabiéndolo, deciden embarcarse en un viaje para encontrar respuestas donde otros han encontrado la muerte.
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Seitenzahl: 680
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Marisa Palomo Espinosa
© Gabriel Morales Rey
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Marisa Palomo Espinosa
Gabriel Morales Rey
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-566-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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PARTE 1
Désirée Rebelle
1
—No hace falta que te quedes, Dési —me dijo mi padre.
Yo quería responder que quería quedarme, pero las palabras no me salían. Solo podía mirar a mi madre en esa fría cama de hospital, entreabriendo los ojos a cada momento, hablando débilmente de vez en cuando. Al ver que yo seguía allí, mi madre me miró fijamente y me dijo:
—Tu padre tiene razón, yo estaré bien. Ve a descansar.
—Mamá, quiero quedarme. No estoy cansada.
—Ve a casa, Dési —insistió mi padre—. Yo me quedaré aquí hasta que Marie se recupere.
Lo último que los médicos nos habían dicho era que el estado de salud de mi madre era delicado, y que le costaría mucho recuperarse. Mi mente fantasiosa no pudo esperanzarse ante mi parte lógica. Ella estaba bastante mal. El infarto al corazón casi nos la había arrebatado, no quería ausentarme mientras su salud estuviese tan delicada. ¿Qué pasaría si ella se iba sin poder despedirse de mí?
—Dési, estaré bien, no te preocupes —me tranquilizó—, soy fuerte. En unos días estaré como nueva.
Mis lágrimas dificultaron mi visión. Las sequé al instante y asentí. Tenía que mostrarme optimista, seguramente me estaba preocupando de más. No, nunca es demasiada preocupación.
—Está bien —dije mientras les daba un beso a cada uno. Salí y miré al médico que había atendido a mi madre.
—Se pondrá bien, Désirée —dijo con una leve sonrisa.
Asentí intentando alegrar mi expresión y seguí mi camino para salir del hospital. Salí por esas puertas con el alma pesándome horriblemente, sentía que estaba traicionando a mi madre por dejarla en un momento así, pero no era más que una separación temporal como otra cualquiera, como todos los días, solo que ahora ella no se encontraba bien.
Durante el camino a casa mi teléfono móvil sonó varias veces, aunque no lo atendí. A decir verdad, había sonado ya varias veces durante ese día. El sol se estaba poniendo, habían pasado horas desde que ella había caído tras quejarse ante lo que se avecinaba. Habían sido horas terribles. Tendría que encontrar algo para distraerme de esos pensamientos.
Entré en el apartamento familiar, me senté en el sofá del salón y cerré los ojos. ¿Qué otra cosa podía hacer? Mi madre se recuperaría, pero en mis pensamientos no hacía más que esperar lo peor. En la cocina estaban mi primo pequeño y uno de mis abuelos, lo cual me recordó lo bien que había estado el día al principio.
Se acercaba la Navidad y en casa estaban todos contentos. Mis tíos y primos de Toulouse, familia por parte de mi madre, habían llegado ese mismo día y preparábamos un almuerzo de bienvenida a lo grande. Me daba pena que mi abuelo materno estuviese enfermo y no pudiese viajar. Se le había complicado una gripe y había estado en el hospital varias veces por problemas respiratorios. Mi abuela no iba a dejarlo solo, así que no pudieron reunirse con nosotros. Por otro lado, mi abuelo paterno había llegado un día antes desde París. Ni mi abuelo ni mis primos hablaban español, pero con nosotros y mis tíos, que sí lo hablaban, no lo necesitaban.
Todo marchaba bien, incluso con mi primo de once años, Pierre, molestándome porque a veces no le hablaba en su idioma. Entonces alguien en la cocina empezó a repetir el nombre de mi madre varias veces, llamando luego a mi padre, a mi tío, a mi abuelo…, a todo el mundo. Poco después me encontré a un montón de personas reunidas en torno a mi madre. Mi tío estaba desesperado porque no sabía qué hacer y mi padre pedía una y otra vez que desalojaran la cocina para dejar respirar a la afectada.
Habían llamado a una ambulancia que llegó a los pocos minutos. Mi madre estaba inconsciente cuando se la llevaron intentando reanimarla. Yo lloraba desconsolada mientras acompañaba a mis tíos y a mi otro primo al hospital adonde iba la ambulancia.
Infarto de miocardio…, parecía mentira. ¿Mi madre? ¡Pero si era la persona más sana del mundo! Dependía de muchos factores, claro, pero yo no entendía cómo era posible.
Y al parecer había sido muy grave. Se recuperaba de milagro, lo que me hacía sentir pocas esperanzas.
—Je viens de parler avec ton père, Dési —me dijo mi abuelo en cuanto se dio cuenta de que estaba en casa. Acababa de hablar con mi padre —. Il m’a dit…
—Lo sé, te dijo que yo llegaría pronto a casa.
Él asintió.
—¿Cómo lo llevas? —me preguntó.
—Supongo que bien. No puedo creer que le pasara esto.
Me acarició una mejilla.
—No te preocupes, ya sabes que se pondrá bien.
—Pero casi no lo cuenta…
—No pienses en eso porque es peor. Lo importante es que está bien, estará pronto en casa y pasaremos las Navidades tan felices como…
—¿Felices? No lo dices en serio, ¿no? Como mucho sonreiremos sin ganas y haremos chistes tontos para reírnos. Después de esto no tengo ganas de celebraciones. Incluso se estropeó la bienvenida y... en fin...
—Dési…
—Es tarde, abuelo. Me voy a dormir. Buenas noches.
—Que duermas bien.
Me fui a duchar y luego a la cama. No quería pensar más en lo sucedido, así que me acosté, cerré los ojos y di rienda suelta a mi imaginación. Imaginar mil historias diferentes a lo ocurrido sería mejor que nada. Pensé en los últimos sueños que había tenido, muy extraños, en realidad.
Con detalle solo pude recordar uno en que aparecía en cientos de lugares del mundo, sitios que no conocía, como por arte de magia. Mis deseos de conocer cosas nuevas en países exóticos tenían su origen en fantasías de cuando era niña, pero esas son cosas que nadie debería perder con el tiempo, porque forma parte de uno mismo. Eso era lo que siempre me decía…
Mi madre.
Volvía a pensar en ella. Decidí centrarme en esos lugares que había conocido en sueños. Era tan fácil recordarlos… Será porque lo hacía tan a menudo que había acostumbrado a mi memoria a reservar una parte considerable para mis sueños. Eran tan importantes para mí como la vida real. Cuánto desearía ir de vacaciones a lugares nuevos con mis padres…
Mi madre, otra vez.
Era inútil intentar centrarme en mis propios pensamientos. Por suerte, no tardé en dormirme. En mis sueños no apareció ninguno de mis padres, nadie de mi familia, solo un lugar vacío y blanco, infinito. Flotaba en el aire sin poder hacer nada más que existir. Entonces empecé a soñar otras cosas, siempre mirando desde ese vacío. Era como vigilar mis sueños desde algún lugar en mi mente en el que nada ni nadie podía hacerme daño, pero del que no podía salir. Por lo menos no sin despertar.
2
Al despertar por la mañana vi a mi padre antes de que se fuese a dormir. Había pasado la noche en el hospital y volvió cuando fueron mis tíos a visitar a mi madre. No quería que estuviese sola en ningún momento.
—Ella está bien, Dési —me dijo, aunque eso no me tranquilizó—, ya sabes lo fuerte que es. Voy a descansar un poco. Aunque antes tengo que llamar a tus abuelos de Toulouse. Tu tía los llamó ayer y estuvieron toda la tarde buscando un vuelo. Y como no consiguieron ninguno, ni con escala, conociéndolos, deben de estar viniendo en autobús.
—¿Y qué esperabas, papá? Yo también lo haría.
—Y yo. Pero ya sabes que tu abuelo está bastante mal, más que Marie en comparación, no deberían viajar —explicó mientras marcaba el número—. Además, tu madre se está recuperando muy rápido.
Después de una larga conversación, colgó resoplando. Mis abuelos todavía estaban en Toulouse. Consiguió convencer a mi abuela de que no iba a encontrar un transporte asequible de última hora en estas fechas y de que mi madre estaba mejor, que la llamaría durante la mañana. Estoy segura de que si mi abuelo no hubiese estado tan mal, habrían venido de todas formas aunque fuese en bicicleta.
Mientras mi padre se iba a dormir, oí el tono de mi móvil en mi habitación. Era mi mejor amiga, Lorena Blanco. Me llamaba para que me diera prisa.
—Oh, lo siento, no me di cuenta de la hora que era. Es que con lo de mi madre…
—Lo sé, pero lo peor que puedes hacer ahora es quedarte en casa a lamentar cada minuto que pasa.
—Yo no me lamento…
—Dési —insistió—. Ven ahora mismo, es una orden de amiga.
—D’accord —desistí y acepté.
Discutir con Lorena siempre era inútil, de una forma u otra acaba haciendo lo que quería o induciendo a otros a hacer lo que ella les pedía o les ordenaba. Si quería que los demás pensaran que ella era la mejor amiga de todo el mundo, todos acababan pensándolo. De todas formas, eso no era difícil de aceptar, era una de las personas más amistosas que he conocido en mi vida.
En mi panda estaba mi mejor amiga, su hermano Nicolás, un año menor que ella, y Clara, la cerebrito del grupo, tanto o más estudiosa que Nico. Ella estaba con nosotros principalmente por él, pues se llevaban muy bien, aunque una vez que sus miradas se cruzaban se quedaban mudos. Eran tan tímidos que, si no fuese por el resto del grupo, guardarían silencio todo el día uno delante del otro.
Las vacaciones de invierno todavía no habían comenzado, pero en el instituto casi todos tenían su atención puesta en cualquier cosa menos en los estudios. Mis amigos y yo habíamos quedado a la salida para tomar algún refresco. Sabía que probablemente nos encontraríamos con otros compañeros de clase, aunque yo prefería que estuviésemos solos.
Pero tras lo ocurrido con mi madre, mi mente divagaba distraída y había olvidado esa salida, incluso el instituto. Fui a las últimas horas, cuando todo ya era más distracción que otra cosa. Mis amigos me recibieron con palabras de apoyo, a pesar de que no fuese lo mejor para mí, odiaba que lo hicieran. Nos cruzamos con varios grupos de compañeros en nuestra rápida salida. Llegamos a la cafetería de siempre, en la misma calle del instituto, y cada uno pidió algo para tomar y, en mi caso, para desayunar, aunque fuese la hora del almuerzo.
—¿Cómo lo llevas? —me preguntó Nicolás, preocupado pero disimulando.
—¿Qué se supone que tengo que llevar?
Mi estado de ánimo desentonaba más que nada porque siempre estaba de buen humor. Y claramente ese día no era de los mejores para mí, ni ese ni el anterior…
—Intenta calmarte, Dési —me pidió Clara—. ¿Sabes cuántas calorías quemas estando de mal humor? Acabarás cayendo enferma, sobre todo porque las calorías a ti te hacen falta.
—¿De qué estás hablando?
—Nada.
Nico sonrió y reprimió una risita. Lorena no dejaba de mirarme.
—Ya sé… —le dije—, tengo que disfrutar de las salidas como esta y olvidarme de mis preocupaciones, pero es que…
—Está mal olvidarte de lo que te preocupa, pero no está mal dejarlo a un lado de vez en cuando, aunque sea por unos minutos.
—Está bien, lo siento. Es solo que estoy tan preocupada que no puedo pensar en otra cosa.
—Y nosotras… y Nico… estamos para ayudarte. Tu madre se va a recuperar. Ya se estaba recuperando ayer cuando me llamaste, ahora estará mejor.
Asentí. Presté atención a la puerta del local, que se abría para dejar paso a otro grupo de amigos. No eran amigos nuestros precisamente, pero sí compañeros en el instituto. El que más llamaba la atención era el guaperas de segundo año de bachiller, es decir, un año más que yo, y compañero de Lorena, Sergio Torre. Un chico con una altura perfecta para su edad de diecisiete años; su pelo era oscuro, no muy corto y un poco despeinado, como parecía ser la moda. A él le quedaba increíblemente bien. Sus ojos eran verdes, algo que a Lorena la volvía loca. Su forma de caminar era desenfadada y ligera, como si su vida fuese perfecta, y andar su camino, simplemente placentero.
Lo había visto muchas veces y alguna vez habíamos cruzado un saludo por no quedar mal, pero no era una compañía con la que disfrutase. Sin embargo, como Lorena siempre lo saludaba cuando podía, imitarla casi era una obligación. Sus amigos eran realmente extraños para mi grupo. Extraños porque parecían salidos de una película donde todos los actores son perfectos y las actrices, modelos, aunque se comportaban como si no se dieran cuenta de ello. Era una opinión exagerada, claro, pero en el instituto con ellos todo era exagerado, sobre todo con Torre.
—Mira, ahí entra el grupo de altaneros muy por encima de la raza humana —comentó Clara. Estaba claro lo que opinaba.
—¿Por qué no hablas como el resto de mortales, Clarita? —le pidió Lore—. Además…, está muy feo que digas eso, son increíbles.
Siempre que nos cruzábamos con ellos decía algo por el estilo. Ella los encontraba fascinantes, pero no tenía el valor de comprobar por sí misma cuán increíbles eran. Ese era uno de los puntos en los que ella y Clara nunca se ponían de acuerdo.
—Creo que deberíais ignorarlos y seguir aquí, con nosotros —aconsejó Nicolás—. ¿No, Dési?
—Bien sûr.
Entraron riéndose de algún chiste que nos perdimos, pero su risa amenazó con contagiarse. Pasaron a nuestro lado y nos saludaron. Realmente parecían contentos de ver más gente conocida, pero pasaron de largo y se sumieron en su mundo.
Siguieron riendo mientras nosotros intentábamos fingir que no existían. Nos era imposible, cuando menos muy difícil. Nos centramos más en nosotros cuando Lorena se percató de que su hermano miraba a Clara insistentemente. Él siempre decía que esos ojos color café lo atraían y nada más. Pero, excepto Clara, todos sabíamos qué pasaba en realidad.
Lorena se limpió la boca de forma exagerada mirando hacia Nicolás. El mensaje era evidente: No babees, niño.
—¿Quieres una servilleta, Lore? —preguntó Clara.
Dejé escapar una risa, igual que Lorena. Nicolás se encogió en su silla.
—Oh, vamos, Nico —le dijo su hermana—. Pareces un niño pequeño.
—¿Qué pasa? —La confusión de Clara convirtió nuestra risa en carcajadas hilarantes.
—Nada, no importa —atajó Nicolás—. Es… Seguro que se está acordando del sueño que le conté esta mañana.
—Un tema interesante —dijo Lorena—. Los sueños.
Dejé de reír y de prestar atención. De vez en cuando hablaban de eso, como si compartir algo tan personal fuera divertido. Para ellos lo era, sobre todo para Lorena. Por eso su hermano siempre desviaba la conversación por ese lado.
En mi caso, nunca les contaba nada, o casi nunca. Ellos lo entendían, mis fantasías eran tan extrañas a veces que era comprensible que me las guardara para mí sola. Además, sabían cuánto valoraba los secretos de mi imaginación. Compartirlos sería embarazoso. En cambio, ellos tenían mucha facilidad para soltarlos como si nada.
—¿Qué soñaste? —le preguntó Clara a Nico.
—Algo muy curioso. Es la segunda vez que lo sueño. ¿Alguna vez os conté el sueño del barco?
—¿Ese en el que saltas por la borda miles de veces y siempre caes sobre la cubierta? —le pregunté. Además de memoria para mis sueños, tenía buena memoria para los de los demás.
—Ese mismo. Esta vez me pasó otra cosa. Este era un barco lleno de chicas guapas por todas partes.
—Ahora le pasa cuando se pone cachondo. —Rio Lorena.
No pude evitar reírme. Cada vez estaba más contenta, me hacían olvidar la tristeza con que me había acostado la noche anterior.
—Cállate, Lore. De todas formas, no excitarse con tantos bombones juntos es un delito. Aun así, no soy un salido, ¿vale? No, en este caso quería permanecer en cubierta pero no hacía más que resbalar y caer al agua. Y cada vez que subía, resbalaba otra vez. —Rio avergonzado—. Qué mala suerte.
—Oye —le dije—, por casualidad… ¿Esas chicas guapas no serían todas igualitas?
—¿Cómo lo sabes?
Me quedé mirándolo. Clara también lo miraba, así que no vio que yo intercalaba miradas hacia ella y Nico repetidas veces. Ella realmente era muy bonita. Su pelo rubio era muy claro, largo y pocas veces recogido. Nunca podía evitar reflejar en su rostro su estado de ánimo, que podía pasar de expresiones suaves y risueñas cuando estaba alegre a temibles cuando se enfadaba. Esto no dejaba de cautivar a Nicolás y por eso a veces nos reíamos para molestarlo.
—Bah —farfulló mi amigo—, sabía que os burlaríais.
Siempre nos decía con tono triste que le crearíamos algún complejo con nuestras burlas, que le haríamos sentir un bicho raro y feo. No había razones para ello, era un chico muy presentable. Clara decía que sus rasgos faciales eran enternecedores, cosa que también nos hacía gracia. En realidad, tanto él como su hermana eran personas muy favorecidas físicamente, muy parecidos entre ellos: su pelo negro, sus gestos, algunas formas de hablar… aunque sus comportamientos eran muy diferentes. Solo ella se burlaba de él cuando se trataba de sentimientos. Él era mucho más formal y respetuoso con un atisbo de humor. Sin burlas, por supuesto. Esto también era algo que a Clara le encantaba, y por eso intentaba animarlo cuando nos metíamos con él.
—No hagas caso, Nico —dijo ella—. A mí me parece un sueño muy interesante. Creo que te has fijado en alguien a quien no puedes llegar. O no te atreves, por eso caes una y otra vez del barco.
Lorena, Nico y yo la miramos incrédulos, aunque no porque no creyésemos lo que decía.
—Clara —empezó Lorena—, ¿cómo es que eres tan lista para saber eso y tan lenta para…?
—Lore, ya está bien —la interrumpió su hermano.
—Vale. Clara, ¿tú qué has soñado esta noche?
—Soñé que mi madre…
Se interrumpió a sí misma y me miró. Los otros también me miraron en silencio.
—Oh, ya os vale —les dije intentando ser lo más agradable que pude—, no dejéis de hablar de madres por mi culpa.
—¿Tú qué soñaste, Dési? —me preguntó sin reparos Nicolás para desviar el tema.
—Esta noche fue un poco extraña —confesé. Luego me di cuenta de que no quería hablar de ello—. Muy listo, Nico. No quiero contar nada de esto.
—Huy, casi. Otra vez será.
Una sonora carcajada rompió el hilo de nuestra conversación. Provenía del grupo de los guaperas. Clara puso cara de pocos amigos.
Lorena sonrió mientras miraba a dos de los chicos. Uno era Sergio y el otro su mejor amigo, que en mi opinión tenía pinta de ser menos superficial que el resto. Lore no miraba a los otros dos porque ni en sus fantasías podía hacer nada con ellos. Eran homosexuales. Yo no sabía sus nombres, pero ella conocía los nombres y los detalles personales de todos ellos, con muchas lagunas en realidad. Sabía que estaban montando una banda de música, pero no sabía ni qué tipo de banda ni qué tipo de música. Lorena dejó de fijarse en los demás para mirar solamente a Sergio. Más de una vez nos había contado sueños muy subidos de tono en los que él era el protagonista. Yo no habría sido capaz de contar semejantes cosas. Y el hecho de que Sergio no me interesara no tenía nada que ver.
—Deja de mirar, indiscreta —le dijo Clara.
—Y tú déjame mirar en paz a quien yo quiera.
—¿Por qué no hablas con él de una vez y te olvidas de esas fantasías? —le propuse.
—¿Olvidarme? ¿Por qué no hablas tú con él? —retó mi amiga—. Cada vez que yo lo intento parezco una idiota.
—¿Quién lo diría? —susurró su hermano, a lo que recibió un leve codazo de Clara.
—Yo no tengo ningún problema en hablar con quien sea —le solté—. Pero no tengo tantas razones como tú para hablar con él. Es más, no tengo razones siquiera para hablar con ninguno de ellos.
—Ya, porque no te interesan en lo más mínimo.
—No es eso. Solo hay que mirarlos y apreciar lo guapos que son ellos. Y ellas, admitámoslo, podrían ser modelos. Pero más allá de eso…
—Son superficiales en todo, Lore —dijo Clara.
—Míralos bien, Clari, hablan, se mueven, discuten y se ríen como nosotros. Somos iguales. ¿Nos crees superficiales?
—¿Nos crees lesbianas? —espetó Clara. Había subido un poco la voz y se ruborizó el instante.
—Yo reinona no soy —dijo Nicolás. Eso me hizo reír, en sí no por lo que dijo sino por cómo lo dijo.
—Solo dos de ellos están en la otra acera.
—Entonces cruza y vete con ellos.
Lorena se echó a reír. Solían discutir por culpa de ese grupo, pero siempre acababan riéndose de ellas mismas. La diferencia era que esta vez ellos estaban presentes. Y lo más gracioso era que nos habían oído y nos prestaban atención. Nico dejó caer la cabeza mientras reía por lo bajo. Yo los saludé con todo el descaro del mundo mientras Lorena y Clara se encogían en sus asientos.
El grupo de Sergio estalló nuevamente en carcajadas y siguieron a lo suyo.
3
Los sueños en los que permanecía en un vacío blanco mirando todo lo que soñaba se repitieron durante varios días. Incluso cuando regresó mi madre a casa, sana y salva, después de Navidad. Celebramos la Nochebuena y la Navidad en el hospital, y lo pasamos tan bien o mejor que en casa, porque había otros pacientes que se nos unieron e incluso algunas enfermeras y doctores por momentos. Al final mi abuelo había tenido un poco de razón.
Cuando mi madre recibió el alta y volvió a casa, empecé a sentirme mucho mejor. Poco después, mis sueños empezaron a ser como siempre, sin esa parte vacía en la que me sentía como si estuviera en una sala de control mirando en pantallas lo que pasaba en mis sueños y sobre las que en realidad no tenía ningún control.
No entendía por qué había soñado eso, pero no por eso olvidaba los sueños que veía. Cuando recuperé la normalidad de mi subconsciente, en una ocasión dejé de darme cuenta de que estaba soñando, cosa que no me suele pasar. Creía que era un día tan normal como cualquier otro, en el que aprovechaba las vacaciones para salir con mis amigos y pasar las tardes en casa mirando la televisión con mi familia. Fue como si para mí se agregara un día más ese año, y no era bisiesto.
No le di importancia a este hecho realmente, más que nada me pareció una curiosidad.
Mi abuelo volvió a París el primer día de año nuevo, y mis tíos y mis primos volvieron a Toulouse al día siguiente. Así que todo volvió a la normalidad. Incluso las clases. Se suponía que iba a estudiar algo, pero… ¿quién, además de Clara y Nicolás, iba a estudiar durante las Navidades?
Cabe decir que una vez soñé que estudiaba. Pocas veces había llorado en un sueño. Hasta me saltó una lágrima cuando desperté y vi el libro de matemáticas sobre mi escritorio. Me reí de mí misma durante un rato mientras volvía a mi imaginación para relajarme con esas historias fantásticas que nunca contaba a nadie.
El primer día de clase Lorena faltó. Ella estaba en segundo año de la misma modalidad que yo, que estaba en primer año en ciencias sociales, pero ella se lo tomaba con mucha más calma, aunque no debiera. Nico y Clara estaban en primero de ciencia y tecnología. Les era tan fácil que a veces daba ganas de gritarles. Sergio estaba con Lorena, razón por la cual en los recreos había que soportar sus observaciones sobre él en clase. Sin querer, conocía a Sergio más y más y él de mí no sabía nada.
Salimos ese día dispuestos a comer juntos pero, por alguna razón, Clara no pudo, Nico ya no quiso ir, y Lorena prefirió dejarlo para otro momento. Así que regresé a casa.
Cuando llegué, mi madre se sorprendió ya que no me esperaba para comer. Pero se alegró de tenerme allí. Mi padre estaría fuera todo el día y a ella no le gustaba comer sola. Mi padre era traductor, conocía su francés nativo y había estudiado filología española en Madrid. Y a veces tenía que moverse a ciudades cercanas para atender su trabajo. Nunca me hablaba mucho del tema; mejor dicho, no me hablaba de casi ningún tema.
—¿Qué tal en el instituto, Dési? —me preguntó mi madre.
—Estuvo bien, muy rutinario, como siempre. ¿Sabías que falleció el profesor de lengua y literatura, Adrián Gómez?
—Sí, era amigo de tu padre, de la facultad. Para eso se fue a León, para su funeral y dar el pésame a la familia.
—Ah, pensé que era por su trabajo.
—No es frecuente que tenga que ir a León. Es más, creo que nunca fue por su trabajo. El director de la biblioteca no suele enviar a sus empleados a sucursales más allá de la comunidad.
—Yo ni siquiera sabía que se había ido a León. Bueno, no tiene muy buen gusto para elegir amigos, menudo elemento era ese hombre.
—Dési…
—Ya lo sé. —No debía decirlo, pero es lo que un alumno debe decir de sus profesores, aunque sean muy buenas personas. Ahogué una risita y luego me desvié del tema—. ¿Tú cómo estás?
—Yo estoy perfectamente, Désirée, deja de preocuparte.
—Solo lo decía por…
—Por lo de siempre. Me doy cuenta de lo pendiente que estás de mí. No hace falta, Dési, puedes volver a la normalidad y olvidar lo que pasó. Yo me sentiré mejor así.
—Como quieras, pero es imposible. Si fueras una madre autoritaria, sobreprotectora, aburrida o cosas así, me harías más fácil la tarea. —Me reí.
—No puedo mantener la seriedad para ser autoritaria; si fuera sobreprotectora harías estupideces para llevarme la contraria; y lo demás… Eso te lo dejo a ti.
Se rio un momento pero se detuvo al verme pensativa. Yo bajé la mirada.
—Dime una cosa, Dési. ¿alguna vez tienes sueños extraños?
Me sorprendió esa pregunta, y no solo porque no había razones para sacar ese tema. La última vez que había intentado contarles un sueño a mis padres ni siquiera tenía edad para hacerme entender; quizás eso les llamase la atención.
—¿A qué te refieres con sueños extraños?
—Sueños en los que parece que no haces nada, no te mueves, todo está en blanco…, solo ves los sueños de lejos.
—¿Qué? Pero ¿por qué lo dices?
—De pequeña solía tener sueños así. Y como parece que haces todo lo que yo hago…
—No, mamá —mentí—, mis sueños son tan normales como los de cualquiera. Pero no me lo preguntas ahora por nada…
—Es cierto, no es por nada. Es que mi madre solía tener sueños así, mi abuela y la madre de esta también. Yo alguna vez soñé con ese vacío blanco y supuse que tú habrías soñado lo mismo.
—Suena… a película.
De verdad que me sonaba así. Lo más raro era que ocurría de verdad. ¿Por qué soñaba lo mismo que ellas? ¿Qué conexión había? Familiar, claro. Pero eso no pasa ni con las familias más extrañas del mundo. Debía de haber algo diferente en mi familia.
Durante algunos días pensé en esos sueños otra vez. Ya no los tenía, pero ahora sabía que mi familia por parte de madre había tenido esas experiencias.
Mis amigos fueron una vez más una buena distracción. Unos días después de volver a las clases, Lorena convenció a su hermano y a Clara para ir a una bolera por la tarde. A mí me encantaba jugar a los bolos, pero era tan torpe que a veces me hacía bastante daño o, peor aún, hacía daño a otros.
Cuando llegué a la bolera, mis amigos ya estaban ahí. Nicolás había llevado un libro de ciencia ficción para leer mientras nos miraba jugar, a él no le gustaba. Jugaría luego con nosotras al billar o cualquier otro juego disponible.
Me puse las zapatillas para el juego y me encaminé a la pista. Clara estaba de mal humor; Lorena, muy animada. Solo podía ser por una razón.
Escuché un estallido de vítores a unas cuantas pistas de nosotros. Sergio y su grupo, claro. Torre acababa de marcar un pleno y su equipo ganaba. Eran tres contra tres, y estaba segura de que ganaba siempre el equipo donde estuviera el más guapo de todos.
Lorena disfrutaba viéndolo jugar, en realidad disfrutaba mirándolo hiciera lo que hiciera. Por suerte para Clara, cuando acabaron ese juego, y tras una breve celebración, salieron de la bolera. Nos concentramos en nuestro juego. Solo éramos tres, así que no valía la pena jugar en equipos. Una contra todas, como siempre.
Empezó ganando Lorena, la más dinámica, pero Clara, con su cuidadoso cálculo, empezó a remontar pronto. Yo siempre iba un pleno por detrás de ellas, pero no me rezagaba más. Era mala, pero no tanto.
En un momento dado, me pasó lo que más temía y durante un rato me dolió el tobillo derecho. Mis amigos se rieron cuando me golpeé. En otro momento se habrían preocupado, pero ahora estaban demasiado contentos para eso. Como me resultaba difícil probar el segundo tiro, y para nuestra sorpresa, Nico se levantó, se ofreció a tirar por mí y tiró la bola. Era la primera vez que lo veíamos jugar. Pero nos sorprendió más aún que hiciera un pleno perfecto. Lo abracé de alegría y me olvidé del dolor mientras mis amigas se olvidaban de su desconcierto para quejarse de que era trampa.
—A veces os cambiáis los turnos entre vosotras. Bueno, esto es parecido —dijo Nicolás.
Lorena y Clara acabaron tomándose el gesto con humor, aunque no les gustó que yo ganase el juego minutos después.
—No es justo, Dési —se quejó Lorena, la que casi siempre se llevaba el triunfo—, ganaste porque te ayudó mi hermano.
—Bah, ya no importa —soltó Clara—. Déjalo, por una vez que jugó.
—Que no juegue nunca es porque no me gusta, no porque no sea bueno —dijo nuestro amigo con cara de superioridad.
—Cállate ya, chulo —le espetó su hermana—. Dési, me debes una.
—¿Una revancha?
—No, algo mejor. Déjame pensar.
Empezó a sonreír y me imaginé lo que quería. Mejor dicho, a quién quería.
—No, Lore, no. Si quieres una revancha hasta te dejo ganar y todo… pero si quieres eso, consíguelo tú sola. O que lo haga Nico, que es el verdadero culpable de todo eso.
—¿Eres o no eres mi amiga?
—Solo una amiga daría un golpe tan bajo —le dije sonriendo—. Está bien. ¿Quieres que hable con Sergio? Lo puedo hacer. Pero no te prometo que le hable bien de ti.
Dejé escapar una carcajada y ella me dio un codazo. En ese momento escuché el tono de mi móvil en un bolsillo de mi abrigo.
Lo atendí. Mientras yo estaba al teléfono, Clara puso una moneda en la mesa de billar. La primera sería Lorena, sería un dos contra dos. O lo habría sido de no ser…
Nico vio que me caía una lágrima, y luego otra. Mis amigas se fijaron después.
—Papá…, no de nuevo —dije sollozando. Por mi cabeza pasaron una y otra vez esos sueños vacíos y blancos que seguramente volvería a tener. Colgué tras asegurarle a mi padre que iría con él enseguida.
—Dési —dijo Lorena preocupada—, ¿qué pasa?
—¿Estás bien? —preguntó Nico… Odiaba que preguntaran eso siempre que una estaba mal.
—No, Nico, no estoy bien. ¿No lo ves? —dije atropelladamente mientras me preparaba para salir de la bolera—. Han tenido que internar otra vez a mi madre. Me… me voy.
Sergio Torre
1
Cuando ya había recogido todas mis cosas me colgué la mochila al hombro y me dispuse a salir. Al volver la vista hacia atrás vi cómo Lorena me miraba de reojo. Pobrecilla, si supiera cuánto se notaba…
—Hasta luego, Lorena —le dije intencionadamente.
—Eh…, adiós, Sergio —contestó con timidez.
Yo salí de clase mientras sonreía para mí mismo. Sabía que era el triunfador del instituto. Mi fama entre los estudiantes no se me había subido a la cabeza, pero sabía que todo el mundo allí me conocía y me respetaba. Sabía que casi todas las tías se morían por que las saludara. Si quería ser sincero, no se podía decir de mí que era feo. Tenía los ojos verdes, era moreno y llevaba el peinado de moda, de punta. Medía un metro setenta y cinco y no estaba nada mal de cuerpo. Mis sesiones de gimnasio me habían costado.
Me apoyé en la pared esperando a que mis dos mejores amigos, Christian y Marta, salieran de su clase, que estaba al lado de la mía. Ella, con su melena larga castaña y sus ojos azules. Altiva y orgullosa como nadie, pero aun así tenía algo. Y él, tan normal como siempre. Moreno de estatura media y mirada ensoñadora. Christian era lo que se dice un buen chico.
Mientras estaba allí apoyado vi cómo Lorena pasaba por delante de mí con sus amigos. Se iban riendo entre ellos con risas nerviosas. No conocía muy bien a sus amigos, pero aun así les dediqué un saludo con la mano que me devolvieron casi todos. Especialmente Lorena.
Cuando por fin salieron nos encontramos a la salida con Juan y Daniel, mi pareja preferida. No entendía los absurdos prejuicios de mis padres y de todos aquellos a los que no les gustaban los gais. Juan y Daniel me caían genial, me reía más con ellos que con nadie. Además eran dos de los chicos más guapos del instituto. Juan era lo que las tías llaman un morenazo porque era alto y su pelo y su piel lo confirmaban y, aunque Daniel era más bajito, rubio y más blanco de piel, es decir, más poca cosa, tampoco estaba mal, o eso creía yo de lo poco que entendía en cánones de belleza masculina.
Y también nos reunimos con Laura, estaba más guapa que nunca. Bueno, siempre pensaba eso cuando hacía rato que no la veía. Con su pelo largo y castaño eternamente recogido en una coleta alta y su mirada verde intensa hasta lo imposible. Era la chica más sencilla que conocía, pero aun así no dejaba de destacar entre los demás. Laura era muy importante para mí. La quería como a una amiga, pero no sabía si sentía algo más por ella. Si le pedía salir lo más probable era que me dijera que sí, pero perdería a una amiga; si no se lo pedía me quedaría siempre con la duda. Así que por el momento decidí dejar las cosas tal como estaban, ya me lo pensaría con más calma.
—Ey, vamos a esa cafetería tan chula que está al lado de tu casa, Dan —propuso Juan.
—Venga, va.
Juan y Daniel iban haciendo gracias como siempre, y todos nos reíamos con ellos mientras entrabamos en la cafetería. Me sorprendí un poco al ver allí a Lorena y sus amigos. Me estaba llevando una buena ración de ella.
No los conocía a todos. Sabía que la que estaba al lado de Lorena era francesa y se llamaba Désirée, y conocía también al chico que se llamaba Nicolás, de primero de bachiller, era el hermano de Lorena. Conocía a Désirée porque iba a la misma clase que Christian y Marta, además Lorena no se despegaba de ella casi nunca cuando no había clase, se juntaban en los pasillos igual que yo con mis amigos.
Los saludamos y seguimos a lo nuestro.
—Ey, tenemos que pensar en lo del grupo, pero ya en serio.
—Ay, Sergio, danos un respiro. —A Marta, que era una pianista buenísima, no le hacía mucha ilusión.
—¿Un respiro? Pero si apenas hemos tocado nada desde el verano, estas Navidades hay que aprovecharlas. —No estaba dispuesto a ceder.
—Bueno, bueno, ya hablaremos. —A Christian no le hacían gracia las discusiones y sabía que si me obstinaba mucho acabaría en eso, así que preferí cambiar de tema.
—Vale. Oye, Chris, hoy no te he visto después de la clase de lengua. ¿No te ibas a pasar por mi clase?
—Iba, es que no quería resbalarme. Quizá cuando Lorena deje de babear por ti pueda acercarme.
Todo el mundo se rio. Solían cachondearse de mí por ese tema, pero no solo con Lorena, sino con todas las chicas que me miraban, que eran muchas. Me sorprendió que lo dijese estando ella a pocos metros de distancia.
—Bueno, sí, al menos las chicas babean por mí. ¿Qué hacen por ti? ¿Reírse cuando resbalas?
—Esa ha sido buena —dijo Laura mientras se reía con los demás. Me gustaba más de la cuenta que me riese las gracias. Sabía que, como gracioso del grupo, valía muy poco. Mis chistes eran malísimos. Eso se lo dejaba a Juan y Daniel.
—Joder, Lorena no te quita ojo —cotilleó Marta. Su tema preferido.
—Dejadla ya, no la miréis. —Después de todo Lorena me caía bien, era simpática cuando lograba no ponerse nerviosa al hablar conmigo en clase.
—Vale, vale, no sea que se fije en alguno de nosotros. Chicos, debemos dejarla para que pueda concentrarse en prestar toda su atención en Sergio. —Christian era el que más se metía conmigo por eso y le encantaba que todos se rieran.
Decidí ignorarlo, si él era feliz así… Seguí hablando con Laura, al menos podía mantener una conversación inteligente con ella..
—Espero que este año te des cuenta de que te necesitamos más que nunca. Espero que vengas a echar una mano a la tienda. —Esa era la frase favorita de mi padre. Me la soltaba cada vez que tenía oportunidad.
Mi padre, Antonio, trabajaba en una tienda de antigüedades, Antigüedades Torre. Gracias a que los negocios le iban bien, mi madre no tenía que trabajar y yo llevaba la vida que me gustaba, pero él se empeñaba en no darse cuenta de que yo no tenía intención de trabajar en su tienda como mis hermanos. Mi futuro no estaba detrás de un mostrador vendiendo antiguallas.
Estas Navidades prometían ser aburridas. Marta no salía mucho porque unos parientes que vivían bastante lejos venían a visitarla y quería pasar el máximo tiempo con ellos. Christian se iba con su familia a visitar su país natal, Argentina, donde solamente había vivido durante sus primeros meses de vida. A Juan y Daniel tenía muy pocas posibilidades de verlos ya que la tolerancia de mis padres no era demasiada. Odiaba esa parte de ellos.
Mi única salvación una vez más era Laura, aunque quedar con ella sin los demás era lo más parecido a una cita para mí, y no quería eso. No me fiaba de mí si estaba a solas con ella. No quería estropearlo todo. Por eso me esperaban unas vacaciones largas y aburridas. Pensé que esta vez la guitarra me sacaría del atolladero.
Me pasaba las tardes practicando y componiendo con la esperanza de que, al acabar las Navidades, mis amigos quisieran tomarse en serio lo del grupo.
Como es obvio ya, no eran mis vacaciones preferidas. Aunque en época de instituto tenía que estudiar, prefería estar en clase, al menos estaba entretenido. La gente no me ignoraba y no me prestaban atención tan solo para comprar trastos viejos. Me miraban por algo más y casi todas las miradas eran de mi agrado. No es que mi familia me ignorara, pero estas fechas eran importantes porque era cuando más beneficios obteníamos del negocio de mi padre, así que había prioridades.
Me dije que no me apetecía pasar otra tarde solo. Dejé a un lado mis absurdas movidas y llamé a Laura.
—Hola, Lau. ¿Te apetece venirte un rato y le damos a la guitarra? Bueno, yo, tú le das al bajo.
—Claro, en diez minutos estoy ahí.
—Guay, gracias, guapa.
Como había prometido, estuvo en mi casa enseguida y traía el bajo. La música era un buen plan para concentrarme y no pensar en mi relación con Laura como algo más que amistad.
Empezamos a tocar enseguida. La verdad es que se le daba muy bien. Ahora que no estaban ni los porrazos de la batería ni las voces me daba cuenta de lo buena que era. Lo tenía todo, pero, por una razón que desconocía, no me terminaba de enamorar.
Terminamos una canción y llegaron mis padres. A ellos les caía bien, y a uno de mis hermanos, Álvaro, de veinte años y el más cercano a mí en edad, le gustaba especialmente. No lo culpaba, pero para evitar tentaciones la despedí educadamente.
—Tío, podrías haberle dicho que se quedara a cenar. —A veces mi hermano me sacaba de mis casillas en lo que respectaba a Laura.
—No sueñes, Álvaro. No eres su tipo.
—¿Y tú sí? Ni que fuese tu novia. Pensaba que la que te molaba era Marta.
—Mira, olvídame.
Definitivamente serían unas Navidades muy largas.
2
Las vacaciones se acabaron y no habíamos tocado ni una nota. No quería culpar a Marta, pero principalmente había sido porque ella, cuando podía, no quería. Ya sabíamos que tarde o temprano se le pasaría la ilusión inicial de tocar en un grupo, siempre le pasaba lo mismo con cualquier cosa que empezaba. Cada año era una cosa diferente: a los trece quería ser actriz; a los catorce, escritora —menos mal que no duró mucho—; a los quince, periodista, incluso le regalamos una grabadora de sonido por su cumpleaños para registrar sus entrevistas; ahora, pianista en un grupo, nadie sabía hasta cuándo.
Christian, por su parte, seguía su estela. Estaba muy colado por ella y hacía lo que ella quería, cuando quería y como quería. Si no salía con Marta era porque yo sentía lo mismo por ella y nuestra amistad valía más. Y más que la música.
De todas formas decidí concentrarme en mi música, quería empezar en serio de una vez. Se lo dije a mis amigos en uno de los recreos.
—Ya sabes que nuestras voces están a tu disposición, Sergio.
—Gracias, Juan. Laura, cuento contigo.
—Pues claro. —Me lo ponía tan fácil...
—Christian, tú no me falles o te meto.
—Claro que no, tío. Cuenta conmigo.
—Marta, por favor, por favor, por favor. —La miré con los ojos que normalmente solían desarmar a las tías.
—No, Sergio, no me mires así... —La miré con más intensidad—. Bueno, vale. Lo haré.
Le dediqué mi mejor sonrisa. Por fin lo había conseguido. Si Marta me decía que sí no habría discusiones de ningún tipo y podríamos empezar esa misma tarde.
—Bueno, mi padre nos presta su garaje, esta tarde os quiero ver allí a todos.
—Sergio, no te emociones tanto. —Marta no me lo iba a poner tan fácil, pero al menos había accedido—. Bueno, cambiando de tema. ¿Sabíais que la madre de la francesa está en el hospital?
—¿Quién? —Laura no conocía tanto a la panda de Lorena.
—La madre de la francesa. La amiga rarita de Lorena.
—Ah, ya sé. ¿Y qué le pasa?
—No lo sé muy bien. Solo sé que se la llevaron de urgencias porque se puso superenferma. Y parece que no es la primera vez. Ya le pasó antes de Navidades. Se lo estaba contando hoy a Lorena.
En un principio no prestaba mucha atención, total yo no la conocía mucho, pero me daba pena. No debía de estar pasándolo muy bien. Después le diría a Lorena que le dijera a su amiga que lo sentía por ella o algo así.
El tema de conversación siguió por ese hilo cuando terminó el recreo. Una vez en clase le dije a Lorena:
—Lore, me he enterado de que la madre de tu amiga está en el hospital. Dile que espero que se mejore, ¿vale?
—Claro, Sergio. ¡Muchas gracias!
Qué fácil era hacerla feliz. Le dedicaba un par de palabras y se quedaba sonriendo el resto del día.
Al llegar a casa intenté ponerme a estudiar antes de que los chicos llegaran para tocar. Pero no lograba concentrarme. Era como si en mi mente hubiese un hueco vacío que se iba haciendo más y más grande hasta ocupar toda mi mente, pero solo era eso, un hueco. Por más que leía y leía mis libros de texto no me enteraba de nada. Era como si estuviese en otra dimensión. Hasta que me descubrí leyendo por enésima vez la misma frase que ya había leído al abrir el libro y aún no me había enterado de lo que decía. No era extraño que me costase estudiar. No me gustaba nada y tardaba en concentrarme, pero nunca había sentido ese vacío en mi mente. No le di importancia, sería un lapsus que ya se me pasaría. Y así fue en cuanto oí el timbre de mi casa.
—Sergio, tus amigos ya están aquí —oí que me decía mi madre desde abajo. Me lo decía con algo de recelo porque no le gustaban nada Juan y Daniel.
Bajé lo más rápido posible para que la tensión entre mi madre y mis amigos no durase más de lo necesario.
—Gracias, mamá. Nos vamos al garaje.
Una vez allí comenzamos a tocar. No se nos estaba dando mal para empezar y ese extraño hueco que había en mi mente se me olvidó por completo.
—Ey, ¿sabéis que dicen por ahí? Que la madre de la francesa se ha muerto.
—Marta, otra vez con tus cotilleos. ¿Es que no te cansas nunca? —A Laura le molestaba más que a mí. Le sonreí por reprenderla, pero ella no se dio cuenta.
—Es verdad. Es lo que dicen.
—Se lo preguntaré a Lorena cuando la vea —me ofrecí, así quizá Marta se calmase un poco.
A pesar de todo, Marta me gustaba por muchas razones. La conocía desde que éramos pequeños. Le importaba muy poco lo que pensaran de ella, iba siempre con la sinceridad como firma personal y se rebelaba ante cualquiera que intentase hacerla cambiar. Lástima que usara esas cualidades para meterse en la vida de los demás.
No podía negar que Laura era mejor, pero sí me negaba a fijarme en ella más de la cuenta. Era lo que tenía el amor, nadie lo entendía y yo menos aún, que tenía más posibilidades que otros. Podía tener a casi cualquier chica que quisiese y quería justo a la que no podía tener. ¿Quién lo entendía?
Varias veces más, Marta interrumpió nuestros ensayos con sus cotilleos, así que la sesión en grupo no duró mucho más y yo volví a recordar el vacío de las horas previas.
Al día siguiente, ya en clase, le pregunté a Lorena lo de su amiga.
—Bueno, aún sigue en el hospital —respondió con pesar—. Esta francamente mal.
—Oh. Lo siento. Bueno, en fin. No sé qué decir. Dile que…
—¿… se mejore? —me interrumpió Lorena. Me sentí un poco tonto repitiéndome.
—Sí, que se mejore —le dije sonriendo—. Gracias, Lorena.
—A ti por preocuparte.
Nada más terminar la clase fui a contárselo a Marta. Entré en su aula y allí estaba Désirée. No parecía muy feliz, pero era normal que estuviese así.
—Marta. Era mentira —tuve que susurrar—. Lorena me ha dicho que la madre de la francesa sigue en el hospital. Que está bastante mal, pero ya está. ¿Dónde está Christian?
—En el baño. Bueno, pobrecilla la francesa.
—Sí, voy a hablar con ella, a decirle que lo siento y eso.
Me acerqué despacio, ella estaba concentrada en sus cosas. Me preguntaba por qué Lorena no estaba con ella. Quizá quería estar sola. No me atrevía a hablarle. En el instituto tenía fama de rarita y la verdad es que no sabía cómo actuar frente a ella. Yo sabía que no era una chica más. Que ella no estaba colada por mí como el resto.
—Hola —empecé. Ella levantó la vista algo distraída. No me había dado cuenta hasta entonces de que tenía unos ojos preciosos, marrones claros, haciendo juego con su cabello castaño, largo y ondulado, que en ese momento mantenía sujeto con una mano a un lado de la cabeza.
—Sergio Torre —contestó con desencanto—. ¿A qué debo el honor?
Vaya. No se andaba con miramientos. Decidí que si mi madre estuviese en el hospital tampoco sería muy amable con la gente.
—Me he enterado de que tu madre está mal. Solo quería decirte que lo siento y que espero que se mejore.
—Gracias.
Volvió a concentrarse en sus cosas. Definitivamente no era como las demás. La mayoría de las chicas que conocía se habrían quedado embobadas mirándome y sonriéndome por mostrarme atento con ellas. Y esta tan solo me había dedicado un simple «gracias» secamente. Nadie lo había hecho hasta entonces. En vez de caerme mal, como habría sido mi reacción normal, me agradó. No me trataba como los demás. Eso era un cambio para mí. No era ni bueno ni malo, solo diferente. Volví con Marta sonriendo.
—¿Qué te ha dicho? —me preguntó ansiosa antes de que hubiese llegado a su lado.
—Marta. No cambiarás nunca —le contesté riéndome.
Mihai Kolvenik
1
Era ya el quinto cigarrillo. Lo apagué furiosamente contra el cenicero rebosante de colillas. Me disponía a encender el sexto cuando llamaron a la puerta. Era la chica que se ocupaba de las labores domésticas. Me alojaba en un pequeño apartamento de Melbourne y contraté uno de esos servicios de asistencia. La chica venía, mantenía limpia la casa y cocinaba para mí. Y aunque en el anuncio no lo decía, también se ofrecía otro tipo de servicios, pero precisamente este viaje no era de placer. En esta ocasión, ella venía a traerme un mensaje.
—¿Señor Kolvenik? El señor Michael Striklan ha llegado. Le espera abajo.
—Gracias, Sunita. Ahora mismo bajo.
Por fin. Lo esperaba desde hacía horas. Terminé el cigarro y bajé a la recepción. Era hora de marcharnos. Nos íbamos a la India.
Debí decirle a mi compañero de viajes que esto nunca sería fácil ni seguro. Tras cuatro meses de búsqueda por el mundo, una vuelta momentánea a Melbourne, para encargarnos de alguien como yo, y un breve vuelo hasta la India, fuimos a parar a un pequeño pueblo campestre a la afueras de la ciudad de Nasik, conduciendo un coche común y corriente con la única peculiaridad de que era robado.
Aunque robar no es bueno bajo ningún concepto, hacía tiempo que mi paciencia se había agotado y mis conceptos de la honradez y la dignidad eran diferentes a los del resto del mundo. Lo mismo le pasaba a Striklan, mi extraordinario compañero. Era un tipo un tanto irascible y muy peligroso, aunque nadie lo diría al verlo la primera vez.
Su físico no llamaba la atención: era alto, delgado, aparentemente débil... En primeras instancias no parecía ser capaz de ofrecer resistencia alguna. Pero nada más alejado de la verdad, pues tenía una fuerza y una facilidad increíbles para la lucha cuerpo a cuerpo. Su juventud lo ayudaba, no tenía más de treinta y cinco años. Además, siempre iba bien equipado, aunque curiosamente uno no podía estar seguro de dónde se guardaba todo lo que llevaba encima. Quizás era porque normalmente usaba ropas informales y holgadas.
Difería enormemente de lo que podríamos llamar mi descripción: un hombre alto y corpulento, tranquilo y de enorme paciencia, bien trajeado y aseado. Era un cuarentón que solía inspirar confianza a los que me rodeaban.
Mike y yo nos conocimos en uno de mis viajes a Australia. Él era de Healesville, cerca de Melbourne. Para entonces él estaba metido en un buen lío. Alguien me involucró a mí también y, gracias a mis dotes comunicativas y una pequeña fortuna que heredé de mis difuntos padres (predominó la razón económica), nos saqué a ambos de ese problema, tanto con la justicia como con un grupo mafioso del lugar.
No era de extrañar que estuviese en deuda conmigo y que aún no tuviese ganas de matarme. Es decir…, de este último aspecto al día de hoy conservo algunas dudas. Muchas veces, cuando alguien disgustaba a Mike o intentaba controlarlo, él tendía a acabar de raíz con el problema. Lo intentó en Melbourne, pero el asunto era demasiado grande para él.
Ahora, en este pueblo perdido a pocos kilómetros de Nasik, lo veía muy alterado. No le gustaban ni el lugar ni la gente de allí. Por suerte, éramos algo así como amigos después de cuatro meses de viaje continuo, así que me tenía cierto respeto, y yo a él, lo mismo. Él admiraba mi facilidad para tratar con la gente y mi capacidad para conservar en mi memoria grandes cantidades de información útil, asuntos más bien intelectuales… Yo de él admiraba esa forma tan rápida que tenía de acabar con alguien sin parecer arrepentido ni levantar sospechas (era poco probable pensar que un delgaducho de aspecto inofensivo fuese capaz de ciertas atrocidades). No es que me gustase esa forma de ser, pero admito que fue muy útil en más de una ocasión.
Gracias a mí, la búsqueda había continuado una y otra vez a pesar de los obstáculos intelectuales; los obstáculos humanos fueron más bien cosa suya. De haber estado yo solo, me habría echado atrás.
Pero… ¿qué buscábamos? Un sueño, quizás, pero muy real para nosotros. El objeto de nuestra búsqueda pasó otra vez por mi mente en cuanto bajamos del coche que habíamos robado en el centro de Nasik.
—Estuviste distraído durante todo el viaje —comentó Striklan—. Menos mal que conducía yo.
—Estaba pensando en el libro…
—Sí —masculló mientras nos dirigíamos a un grupo de casas a pocos metros de nuestra ubicación—. Si hace meses me hubieses dicho que iba a ser cada vez más difícil seguir las pistas a esa leyenda, no te estaría acompañando ahora.
—Menos mal que no te lo dije, entonces. Yo tampoco estaría buscando nada ya.
No me contestó. Solo gruñó de forma casi inaudible. Miré una nota de texto en mi teléfono móvil, donde había apuntado una dirección que nos habían dado en Moscú hacías varios días. Era la calle indicada, pero no veía el número de la casa por ningún lado.
—Mira, allí está —señaló Striklan.
Era cierto, estaba al otro lado de la calle que yo estaba mirando, aunque cuando eché un vistazo a esa dirección no me había dado cuenta. Además, el número no correspondía al orden de todas las demás.
—A ver si hay algo de suerte —dijo resoplando.
Llamamos a la puerta y oímos pasos en el interior. Eran rápidos y ligeros. Abrió una niña de quizás ocho o nueve años. Mi amigo bufó, odiaba a los niños. Los odiaba incluso cuando era uno de ellos.
—Hola, niña —saludé en hindi—. ¿Tus padres están en casa? —Negó con la cabeza—. ¿Algún adulto?
Ella asintió y, antes de que pudiera salir a buscarlo, un hombre asomó por la puerta. Era un señor mayor, aunque si era el anciano que buscábamos, se conservaba increíblemente bien.
—¿Qué quieren, caballeros?
—Venimos de parte del señor Alexey Lébedev, tengo entendido que es amigo de esta familia. Nos dijo que preguntáramos por el «guía del sur».
Por la edad del señor Lébedev, seguramente era más amigo del viejo con quien hablábamos que del resto de parientes.
—¿El guía del sur? Mmm... Hacía mucho que nadie me llamaba así. Ciertamente nunca me gustó. —Al decir eso puso cara de pocos amigos. Pensé que daría por finalizada la conversación, pero prosiguió—. ¿De parte de quién? ¿Lébedev? —Entonces sonrió como si recordase viejas hazañas. Al parecer, así era—. ¿Cómo está el viejo? Creo que iba a ser abuelo.
—De hecho, esa novedad es de hace años: tiene dos nietos y una nieta preciosa —le dije.
—¿En serio? Eso está muy bien, pero no le envidio nada.
—Lo supongo, tiene usted una nieta encantadora. —Me fue más fácil de lo esperado hacerme con un atisbo de su confianza… Ahora debía continuar.
—En realidad es mi bisnieta.
—¿En serio? Al señor Lébedev lo va a sorprender la noticia. Seguro que usted sí que le dará envidia.
Striklan nos miraba sin entender ni una palabra. Yo había aprendido hindi hacía muchos años, y lo hablaba con algo de fluidez. Habría sido útil saber algo de marathi, un idioma bastante hablado en la zona en la que estábamos. Mike no conocía tantas lenguas como yo, pero conocía algunas lenguas raras que yo jamás aprenderé.
—No son de por aquí, se nota —dijo el viejo invitándonos a pasar—. No suelo confiar en extranjeros, pero siendo de parte de mi viejo amigo… Además, no suelo tener muchas visitas. Solo de mis nietos y mi bisnieta de vez en cuando.
—¿Están ellos en casa?
—No, solo la niña. Sus padres volverán pronto. ¿Quieren algo de beber? ¿Un té, un café?
—Un té, gracias —acepté. Traduje a mi compañero la oferta del anciano y él se negó a ambas cosas.
—¿Una cerveza? —El viejo sacó del frigorífico una cerveza bien fría. Mi amigo no pudo rechazar eso. El anciano se rio.
—¿Cómo podemos llamarlo, señor? —le pregunté—. El señor Lébedev solo nos dio su pseudónimo.
—Pueden llamarme Sanjiv. Así sin más.
—De acuerdo, señor Sanjiv. Mire, hemos venido porque creemos que usted puede saber algo que nos interesa.
Se oyó el sonido exagerado de mi amigo bebiendo.
—¿Algo que les interesa? ¿Qué puedo saber yo que les interese a un par de extranjeros? ¿De dónde son?
—Yo de Rumanía, él de Australia.
—Orígenes muy diferentes.
—Todos tenemos algo que nos une. Incluso los de orígenes tan diferentes.
—Eso es cierto, joven. —Yo ya no era tan joven, pero comparado a él…
—Cuando uno busca la similitud con otra persona, pronto se da cuenta de que no existe una diferencia. Así que… ¿qué tiene de extraño que dos forasteros busquen en las palabras de un sabio algo de común interés?
El hombre me miró con suspicacia. Pronto recuperó su expresión de confianza.
—Veo que sabe elegir muy bien las palabras. No me sorprende que hayan conseguido que el viejo Alexey los enviara a mí. Ahora me parece que sé lo que buscan. No quiero faltarles al respeto, jóvenes, pero están perdiendo el tiempo. Es solo una leyenda.
—Las leyendas siempre tienen algo de cierto —le dije en inglés, de modo que mi compañero supiera que la situación empezaba a ser complicada—. De todas formas, ¿qué daño le haría a usted hablarnos sobre lo que queremos saber, sea o no sea una leyenda?
—Quizás debamos mostrarle lo que somos capaces de hacer —sugirió mi amigo.
—¿Capaces? ¿De qué? —inquirió el anciano.
—No es buena idea. No podemos descubrirnos ante la mínima posibilidad de negativa.
—Yo no tengo paciencia, Mihai, y reconoce que a ti se te está acabando.
—¿Qué pueden hacer? —insistió el hombre.
—Si nos dice lo que vinimos a oír —le respondí finalmente—, le demostraremos que la leyenda de El Refugio de la Mente es cierta.
Sergio Torre
3
Decidí que por ese día ya había estudiado lo suficiente, total no conseguiría sacar mucho más de mí si estaba todo el rato pensando en la música, en mis movidas mentales con Marta y Laura o en cosas que en definitiva no tenían nada que ver con lo que fuese que hubiera estudiado, ni siquiera lo recordaba. Esa era mi concentración, nula. Al día siguiente empollaría de verdad.
En el instituto las noticias volaban, tan pronto se decía que la madre de Désirée estaba muerta como se decía que al final no, que estaba viva. Después de mi breve pero intensa conversación con ella me empezó a dar rabia que la gente hablase así de ello como si nada. Nadie tenía en cuenta que la gente implicada tenía sus sentimientos, y aquello llegaba a todos los oídos. Yo mismo me di cuenta de que cuando la gente de la que se hablaba no me importaba en absoluto también hablaba sin pensar en los demás. Me daba cuenta de lo egoístas que podíamos llegar a ser y no quería serlo más. Al menos no con Désirée. Esa chica había despertado un cierto interés en mí que nadie había despertado antes. Quería ser su amigo, quizá no íntimo, pero lo suficiente para acercarme y ofrecerle mi ayuda.
Después de su clase de historia, fui al aula de mis amigos. No los había visto por la mañana y sería un buen pretexto para acercarme después a Désirée. Marta y Christian estaban guardando los libros de historia mientras hablaban, para mi sorpresa, del grupo de música. Por un momento consideré la opción de no interrumpirlos para que siguieran hablando de algo que para mí era más que bueno pero, al alzar la vista, Christian me vio y ya no tuve escapatoria.
—Ey, tío. ¿Qué te pasó esta mañana? ¿Se te pegaron las sábanas o qué?
—Nada, mi padre me echó el sermón de la semana sobre el trabajo y el poco caso que le hago.
—¿Otra vez? ¿Cuánto ha durado esta semana?
—Creo que algo menos que la anterior. Al menos mi madre no se ha metido. Esperemos que siga en descenso. —Nos reímos.
Mi padre jamás se cansaba de decirme que si tenía la vida que tenía era gracias a que él había trabajado duro toda su vida. Yo me cansaba de repetirle que ya lo sabía, que lo tenía muy claro. Pero mi mente ahora estaba centrada en ir a hablar con Désirée. La había visto al entrar en el aula, estaba con Lorena. No parecía tan triste como el otro día, quizás esta vez fuese más amistosa.
—Ey, voy a hablar con Désirée, a ver qué tal está su madre.
—¿Désirée? ¿Desde cuándo la llamas por su nombre? —Marta siempre tenía que meter un poco la pata. Le daba igual todo lo que no estuviese relacionado con ella, era un poco egoísta; no entendía por qué me gustaba tanto.
