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La muerte de Kubrick, videojuegos que traspasan la pantalla, Hitler desafiando la Historia, un secuestro alucinante, comunicaciones con el "más allá", el abismo y las cuitas del arrebato laboral… En perspectiva, fragmentos que se enlazan a través de trece historias que tienen mucho de distopía y que generan una vorágine que se sumerge en diferentes planos superpuestos de la realidad. Lucas García nos entrega un nuevo volumen de relatos que evidencian su maestría en el género, una pieza narrativa que revela ese mundo particular que lo ha convertido en una de las voces más originales de la nueva narrativa venezolana. Sirviéndose de un hilo conductor marcado por la desolación, la soledad corrosiva y el espacio ínfimo en el que cada uno de los personajes ha decidido instalarse, García nos marca la ruta hacia su reino, una dimensión conocida por el lector pero reconfigurada hasta la turbación por el ojo cinematográfico del autor.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
A Yamila.
Leo «Manual de zoología fantástica» de Jorge Luis Borges. Me quedo dormido terminando el siguiente párrafo:
«Dios creó la tierra pero la Tierra no tenía sostén y así bajo la Tierra creó un ángel. Pero el ángel no tenía sostén y bajo el ángel creó un peñasco hecho de rubí. Pero el peñasco no tenía sostén y bajo el peñasco creó un toro con cuatro mil ojos, orejas, narices, bocas, lenguas y pies. Pero el toro no tenía sostén y así bajo el toro creó a un pez llamado Bahamut, y bajo el pez puso agua y bajo el agua puso oscuridad, y la ciencia humana no ve más allá de ese punto.»
Sueño que acudo al lecho de muerte de Stanley Kubrick. Descansa en una cama, rodeado de aparatos médicos que monitorean sus decrecientes signos vitales. Se me ha concedido efectuarle una última entrevista.
Hablamos acerca de sus películas, la limpieza de sus imágenes, su obsesiva precisión. Le pregunto sobre la leyenda urbana que le atribuye el haber filmado un falso alunizaje del Apolo 11. El timo audiovisual más espectacular en la historia de la humanidad, perpetrado por el cineasta más genial en la historia de la humanidad.
Kubrick asiente y cierra los ojos. Un pesar insondable cubre su rostro como un velo finísimo. Confiesa que la leyenda es cierta. Nunca hubo un viaje a la Luna. La conspiración había sido perpetrada con la ayuda de los altos jerarcas de todas las naciones del mundo.
¿Por qué?, pregunto con un hilo de voz.
Porque la humanidad no podía saber la verdad, responde.
¿Cuál verdad?
Me muestra unas fotos tomadas por satélite. La Tierra contemplada desde una distancia sideral.
Y debajo de la Tierra hay un ángel enorme. Debajo del ángel una montaña de rubí. Debajo de la montaña un toro imposible de ojos desorbitados. Debajo del toro un pez que reposa en el agua.
Y después hay oscuridad y no puedo ver nada más.
Revisé bolsillos en pantalones y camisas. Coloqué monedas y billetes de baja denominación entre ceniceros rebosados y botellas vacías.
Me dolía contar. Me dolía escuchar las monedas chocando entre sí, contra la fórmica, rozando el maldito aire. Me dolía el paso de los billetes deslizándose entre las yemas de mis dedos.
Reuní lo suficiente para unos Valium y una botella de bebida isotónica. Me calcé los lentes oscuros. Salí dando tumbos del cuarto.
El ascensor no funcionaba. Vomité un líquido transparente en las escaleras de emergencia. Sonó una cosa horrible que, según me habían dicho, cantaban unos tipos con nombre de facciolli nieri. Tardé medio año en descubrir que era el ringtone de mi celular.
¿Cómo vamos, Troop?, preguntó Huan en inglés.
Preparado para esta noche…, farfullé, apretando el esfínter.
Me detuve para no hacerme en los pantalones. El Samsung pesaba una tonelada.
De eso quería hablar, Troop. Me temo que malas noticas…
¿Ah?
¡Mataron al productor! ¡Al parecer problema de drogas! El capital voló. No tenemos para pagar producción y actores. Tenemos que cerrar filmación…
¿Y mi pago?
No molestarte, Troop, estamos en eso. Eres uno de los pocos que van a colect. ¡Eres la estrella invitada!
Coño, pero no tengo un céntimo. ¿Qué voy a comer esta noche? ¿Cómo me voy a ir?
¿Y el adelanto?
El adelanto era una pila de botellas de moscatel thai, bolsas y bolsas de cocaína thai, comida dulce picante thai, perras thai, las monedas tintineando y el par de billetes con desconocidas caras asiáticas thai con las que pensaba comprar Valium y bebida isotónica.
Tengo un estilo de vida costoso, Huan, balbuceé.
Mierda, suspiró Huan asombrado. Adelanto el pasaje de vuelta para que te vayas esta noche a casa, Troop.
¿Adelantar la vuelta? Eso va a costar un pastón, Huan.
Descuento de pago, Troop.
Miré el cielo grisáceo, respiré el ambiente a monzón. Vi pasar transeúntes thai para los que yo era un exótico animal de Occidente.
El paladar me sabía a lágrimas y a ese reseco, pastoso y calcáreo, que deja la cocaína.
¿Qué mierda hago acá, Santa Madonna?, exclamé.
¿Venir a follar la reina de porno tailandesa?, respondió Huan luego de un incómodo silencio.
¡Eso iba a ser esta noche, coño!
La comunicación se cayó.
Diarrea y película de Stallone en el avión. En medio de explosiones y miembros cercenados en la selva lluviosa reconocí a algunos de los extras que me habían acompañado en las pocas escenas rodadas.
Sudores fríos. Recordé los pocos planos filmados. El traje barato de lino blanco. A Stella Mhin Ramos, la reina del porno tailandés, frente a quien iba masturbarme a la víspera, obligarla a un fellatio.
Mis intestinos fueron anacondas atacando a un buey bajo la camiseta de imitación de Cavalli.
Stallone accionaba una ametralladora. Sus blancos estallaban y se desintegraban. Vísceras rojas y moradas llovían sobre nosotros, los imbéciles espectadores. Cerré los ojos. Mareos y la piel de chocolate blanco de Mhin Ramos. Imaginé chorros de semen sobre sus labios morenos. Fui dando tropezones en mi tercer o cuarto viaje al baño.
El espejo me devolvió la cincuentena. La belleza viril venida a menos. Los lifting alcanzando sus fechas de vencimiento. Las ojeeeeras.
Vomité, defequé, me eché agua en la cara. El reflejo no se modificó ni un ápice.
Salí al pasillo. El capitán dijo algo en thai y algo en inglés. El rostro de Stallone era una bolsa transparente rellena de carne molida, a punto de reventar, ojos enloquecidos y dientes apretados. Las azafatas me empujaron al asiento.
Emergency, dijeron, emergency.
¡Minquia!
El avión dio un par de fuertes tumbos. A mi alrededor gemidos y rezos. Yo solo pensé que mi nombre real era Gesualdo Maria Farfaremo. Que mi nombre artístico era Steve Troppo. Que iba a morir y esperaba que mi madre no leyera los obituarios donde se alabaría mi destacadísima carrera en la industria del entretenimiento adulto.
Bajamos dando tumbos por las escalerillas. Una lluvia caliente nos empapaba, los demás pasajeros agradecían a Alá, a Jehová, a Kundalinhi, a Buda.
El aeródromo quedaba en medio de la nada. Podía ver selvas de un verde desvaído, cielos grisáceos. Detrás de unas mallas metálicas los bueyes impávidos nos observaban. Yo lloraba, con mareos, con ganas enormes de defecar.
Experimentábamos la confusa felicidad posterior a un aterrizaje forzoso. Las azafatas se abrazaban y, con la lluvia y las lágrimas corriéndoles el maquillaje, señalaban las entradas a un aeropuerto de mierda.
Una mujer con un traje estampado me abrazó, junto con sus hijos.
We are alive!, chilló a mi oído, We are alive!
Atravesé una multitud de pasajeros que habían nacido por segunda vez, encaré a los soldados de pacotilla, a los oficiales de aduana sobrepasados por los acontecimientos.
Me metí en el primer sanitario que encontré. Esnifé la poca coca que había guardado para el viaje. Ingerí las tres pastillas que me quedaban, vacié mis tripas y oriné un líquido tan anaranjado que brillaba en la penumbra.
¡Estaba vivo! ¡Mi miserable existencia continuaba!
Afuera reinaba el caos. No entendía el idioma. Tenía unas ganas locas de volver a Bologna, comerme unos envoltinni, follarme a una chica.
Are you Steve Troppo?
Me lo preguntó una asiática pálida, de duros rasgos mongoles. Llevaba pantalones caqui, una camisa blanca de mangas largas. ¿Aduanas? ¿La aerolínea?
I am a fan of your work…
¡Una fan!
Quince minutos antes había estado a punto explotar en medio de la selva como un meteorito de serie b, ahora me encontraba en tierra firme frente a una admiradora oriental del porno europeo. Mi cerebro achicharrado computó las primeras posiciones a las que sometería su duro cuerpo anguloso, las barbaridades que podría decirle mientras le lamía el coño.
Its a honor, a pleasure, to meet you…
Oh sí, nena, murmuré en italiano.
Me tomó del brazo, buscamos solaz en el ajetreo.
Para ustedes carece de sentido, para mí seguía la habitual lógica de mi cotidianidad: cualquier situación (reponer un bombillo, llevar el coche al mecánico, quedarse hasta tarde en la oficina), cualquiera, estaba condenada a terminar en un polvo.
I can’t believe is you.
Ya me había pasado en estrenos y convenciones, con starlets y coprotagonistas, con alguna madre de familia o una de esas profesionales liberadas. Ahora iba a pasarme allí, en el quinto coño del sudeste asiático.
Todo me daba vueltas. Tenía una erección, quería vomitar. Arribamos a un pasillo desierto donde almacenaban cajas y botellas plásticas.
Entonces sus ojos se endurecieron, apretó sus estrechos labios carnosos. Yo aferraba ya un Lambskin con sabor a maracuyá en el bolsillo de mi chaqueta cuando sentí un pinchazo en el cuello.
Las luces se apagaron. La boca me supo a lo que sabe el piso en el quinto coño del sudeste asiático.
Soñé que escogía, de un exhibidor gigantesco, condones de colores acaramelados, que jugaba al Nintendo sin entender el funcionamiento de los controles, que me encontraba en casa de mi nonna, en Bologna, escuchando a Alberto Sordi cantando en una vieja radio.
Il papa papa papa
Il popopopopopopopopo-po
Desperté.
Necesitaba orinar. Necesitaba unas líneas. Un cocodrilo me masticaba las sienes.
Daba tumbos en el asiento posterior de un jeep. Podía ver un camino de tierra en medio de la selva, escuchar la lluvia repiqueteando en el techo de loneta. A la chica y a un desconocido en los asientos delanteros.
Voy a vomitar, balbuceé, mi lengua desconectada del resto de mi cuerpo.
La Dama Dragón volteó. Su sonrisa pérfida, sus ojos como de hielo negro.
You are a lucky man, dijo.
Iba a gritarle que me hablase en puto italiano, pero antes de que pudiese abrir la boca hincó una hipodérmica en mi cuello.
Il papa papa papa
Il popopopopopopopopo-po
Desperté de nuevo. Se escuchaba un clamor ensordecedor. Ruido de motores. La Dama Dragón sentada a mi lado. Por una ventana un cielo gris, cajas de madera marcadas con caracteres chinos.
¡Coño, no, otro avión!, fue lo primero que pensé.
No me pinche otra vez, balbuceé.
Take easy, lucky man.
