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Diez años después de "Rocanrol", su primera novela, Lucas García, talentoso diseñador gráfico y dibujante de cómics, regresa con este "bunch" de relatos inéditos cocinados a fuego lento entre películas de Hong Kong y libros de Rubem Fonseca. Signados por referentes cinematográficos y de la cultura popular, los textos reunidos en este volumen destilan una estética retro que el autor logra acoplar eficazmente a sus historias, dotándolas de una honestidad visual poco frecuente en la literatura. "Dealers", zombies, hermosas modelos, agentes secretos, políticos corruptos, suicidas y meretrices son algunos de los personajes que el autor ha escogido para poner en escena un mundo que oscila entre la ultraviolencia y la conmiseración.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
En 1995, Lucas García sorprendió a los lectores de la sección de nuevas firmas del diario El Nacional, con «Yankee, come here!», desopilante artículo cuyo contenido no sólo generó las consabidas ronchas en la parroquia de la izquierda paleolítica de entonces, sino que lo colocó en la marquesina del periodismo de opinión como nuevo y prometedor enfant terrible. Abría un sinnúmero de expectativas que se concatenaron en 1999, a sus veintiséis años, al irrumpir en el mundo literario venezolano con Rocanrol, su ópera prima, novela juvenil, de corte acre y de alto impacto, con la que obtuvo el premio Francisco Herrera Luque de la Editorial Grijalbo.
Infortunadamente, la obra no pudo leerse lo suficiente pues, –como era trato usual de las editoriales durante esa década a los narradores jóvenes– la novela se imprimió con dos años de retraso, tuvo una pésima distribución y fue ofrecida como saldo en las pocas librerías donde se ofertó.
C’est la vie. La casa pierde y se ríe.
Lucas se pasó tres años callado escribiéndola. Jamás se refirió a ella. Ni cuando la trabajaba ni cuando la tuvo lista.
Un día, no sé por qué, me la pasó.
Recuerdo que me la dio en una bolsa.
Entonces llegué a mi casa, me metí al baño, me senté y me la largué de un tirón. Cuando la concluí, tenía las piernas acalambradas, me dolía la nuca y era de noche.
Tenía fuerza. Desparpajo. Humor.
Y fluía. Sin esas cargas que hacen de las palabras bulo. Sin ese tono de reforma agraria que nos hacía históricos, mágicos o real maravillosos. Sin esa dote cagona que pretende con tres bucles iluminar la sociedad.
Era, por el contrario, una novela vívida. La novela de un muchacho, es cierto. Pero un sujeto de hoy. Auténtico. Viciado. Puro.
Han pasado diez años. Ahora vuelve con estos relatos. Con la misma voz pero con más malicia. El escritor puede permitirse cualquier cosa, menos la inocencia. Payback. Como el film de Brian Helgeland.
Con más fuerza y con más cine.
Las influencias de Lucas no están en el naturalismo francés. Datan del Circuito Radonsky y, más recientemente, de Cinex y Cines Unidos. Amén del DVD.
Amén de ser adicto furibundo del relato policial, el minimalismo, del trick story. Algo que trae en la estirpe. No conozco a nadie que sepa más de novela negra y relato policial que su padre.
Lucas come celuloide desde su etapa embrionaria. Desde su mar amniótico.
Por eso se mueve en la violencia, el ritmo rápido y la acción frecuente, con héroes o antihéroes ingeniosos. Vale decir, muerde del thriller.
Hablar con Lucas es un banquete telegráfico.
Quien lo aborda, se somete voluntaria o involuntariamente a un hipnótico updating de su software mental. Cualquier tema es propicio. Al final se concluye en el reality show que termina siendo la actualidad.
Y cuando decimos update nos referimos no sólo a información. Hablamos también de estética. Los quince años que le llevo se me devuelven ante una visión pragmática, desideologizada y rigurosamente desacralizada del día a día.
Maravilla particularmente la elección que hace de los detalles.
Del tipo de detalle.
Pormenores que yo simplemente no puedo ver y que a él y a especímenes como él, nacidos en los setenta –nuestra belle époque pétrolière–, no se le han de escapar.
Para mí, ya esa manera de atender es literatura. Es una destreza natural, un talento para asimilar la roña de la vida. Un escritor como él ya está entrenado para vivir sin delfines, sin capa de ozono, aurora boreal, con lluvia ácida, y nadar en hectolitros de Coca-Cola.
Sus personajes son una consecuencia.
Han trascendido el dolor.
Aceptan su cotidianidad como magos en esa esgrima.
Administran lo mismo un día sin comer que un semáforo al que le han vaciado las cuencas de los ojos. Se la vacilan igual con el mesonero que con el acreedor o el polizonte corrupto.
No se enervan. No se indignan. Cero escándalo.
Voy a ahorrarme acá la idiotez de que Lucas García hace literatura urbana. Ya no hay nada que no lo sea.
Prefiero referirme a la frialdad de sus criaturas. En Rocanrol, en Payback o en La más fiera de las bestias. Son los suyos personajes obsecuentes de la navaja de Ockham: no tienen más certeza que la ley de la parsimonia, según la cual no hay otra explicación que la más simple. Vale decir, la solución más sencilla es la correcta.
Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem.
(No ha de presumirse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias.)
Y esto, en literatura, constituye de por sí una estética. Una estética pragmática, que lleva a los personajes a desenlaces certeros.
Son los suyos, sujetos de piel fría. Circunstancia que viene del norte, por inseminación de Chejov, que no de Dostoyevski.
Elementos que rompen (si llegan a conocerlo) el vínculo espiritual para ir al encuentro de la contraprestación de su drama, comedia o tragedia, para sacar dividendos (en vida) de su peste.
Si es en metálico, mejor.
Ése es Lucchino. Un tipo que cifra la realidad. Que oye y reescribe y apuesta a la eficacia y a los resultados.
Si llegara a ser posible hacerle honores a la contemporaneidad desde este extrarradio de la literatura y el arte que en 1499 un conquistador poseso llamó despectivamente Venezuela, yo pondría unas fichas por Lucas García París.
Calvin le pasó la Mossberg de repetición y una caja de cartuchos.
–¿Sabes cargarla? –preguntó.
Tenía barba de dos días, ojos rojos. Una mancha de sangre le ensuciaba la camiseta a la altura del pecho.
–Sí, sí –respondió el muchacho. Lloraba.
Calvin se asomó por la ventana. Los zombis tomaban la calle. Un perro aullaba. Muertos vivientes incendiaban una casa de dos pisos, se disputaban a un tipo obeso que pedía misericordia a gritos.
Calvin sostuvo un 38 con manos temblorosas. Sus padres habían partido tres días antes con un grupo de vecinos, en busca de ayuda. No habían regresado.
La radio solo recibía estática. La televisión transmitía un mensaje pregrabado del presidente Mendoza llamando a la calma. El celular y el teléfono no tenían señal.
Los zombis acabaron con el gordo. Un intestino colgó de un poste como una bambalina repugnante.
Los muertos vivientes recorrieron la calle buscando carne fresca. Un viejo sin el parietal izquierdo, unos punks de piel cenicienta, una chica atractiva semidesnuda, con los senos cubiertos de sangre. Un negro con un mono azul eléctrico manchado de vísceras, liderando la expedición.
–¿La cargaste? –le preguntó al muchacho.
No sabía su nombre. Se había colado en la casa la noche anterior, huyendo del Apocalipsis. Calvin casi le había arrancado la cabeza de un machetazo.
–Sí, sí, ¿disparo?
–Todavía no. Espera a que estén cerca y apunta a la cabeza. ¡A la cabeza!
–¿Cerca? ¿Qué tan cerca? ¡Esos cabrones nos van a comer vivos si se meten aquí!
–Lo sé, coño, pero no tenemos muchas balas.
–Ay, Dios mío, ay, Dios mío…
Calvin comenzó a reír. Por momentos sonaba como un sollozo.
–Mierda –graznó–. ¿Recuerdas aquellas películas de George Romero que uno veía y daban risa?
El muchacho observaba al zombi negro que intentaba abrir la reja de la entrada.
–Me encantaban esas pelis –murmuró el muchacho, casi avergonzado.
–Yo me reía, coño, yo me reía –dijo Calvin.
El zombi negro abrió la reja. Lanzó un grito triunfal. Los otros zombis se acercaron.
–Ríete ahora –dijo el muchacho, cortando cartucho.
La calle estaba cubierta de humo. Olía como a una parrillada en el infierno.
