Rocanrol - Lucas García - E-Book

Rocanrol E-Book

Lucas García

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Beschreibung

Bruno Manrique es un locutor exitoso en los noventa. El Caribe y sus excesos escenifican el lugar donde vive, y la frivolidad y la desvergüenza pública de políticos, queridas y niños bien arropan el entorno en el que se desenvuelve cómodamente. Allí todo tiene un precio: "Tú, yo, los derechos de las canciones de John Lennon vendidas a Michael Jackson, las llamadas sex line, un pedazo del muro de Berlín". "No nos importa nada" es el lema de su generación, la del tiempo de la clonación de ovejas, la guerra con Irak, las Spice Girls, la canonización de Lady Di y los televangelistas en limusina. Las posibilidades reinan y el muchacho que creció en un bloque está "culeando con una mantuana", en una historia de giros inesperados y resultados insólitos bajo las banderas de las drogas, el sexo y cantidades groseras de dinero.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Contenido
Hace mucho tiempo atrás, en una galaxia muy lejana…
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Créditos
Rocanrol

LUCAS GARCÍA

(Venezuela, 1973)

En 1999 publica Rocanrol, novela ganadora de los premios Reservoir Book (Grijalbo) y Francisco Herrera Luque (Random House Mondadori). Diez años más tarde, Puntocero edita la compilación de cuentos Payback y luego su segunda novela, La más fiera de las bestias. En 2013, publica la novela Acabose (Sudaquia Editores) e incursiona en la literatura infantil con la ilustración de Cuentos a patadas (2014) de José Urriola y con Superhéroe (2016), del que es autor e ilustrador, ambos editados por Ediciones Ekaré. En el 2017 publica El reino, su más reciente colección de relatos.

Hace mucho tiempo atrás, en una galaxia muy lejana…

Nunca he escrito prólogos para mis libros. Me preocupa desviar la experiencia particular del lector de cualquier cosa que no sea estrictamente la historia y los personajes. Para mí, los prólogos son como una alcabala antes de la playa, el control de aduanas previo a entrar al país.

Por otra parte, mi estándar de prólogo escrito por el propio autor son los que escribía Borges para sus libros, en los que parecía disculparse de antemano por ser un tipo tan genial. Así, la perspectiva de redactar uno me produce un calambre en el ego, una especie de sesión de electroshock autoinducida de humildad.

Pero este caso es diferente. Me doy cuenta de ello cuando abro el PDF para la corrección y empiezo a sacar números. Entonces recuerdo que escribí este libro entre 1996 y 1998.

Sí, Rocanrol tiene 20 años.

¿Cómo no dedicarle unas palabras?

Rocanrol empezó con dos escenas: el recuento del famoso Dj Bruno Manrique de la primera revolcada con su novia millonaria mientras el padre de la chica se acaricia el mentón con una pistola en la biblioteca, y el cuadre, en la cabina de la radio y en medio de una entrevista en vivo a una personalidad religiosa, de una compra de mafafa.

Sentí una atracción inmediata por aquella existencia esquizofrénica en la que los planos de lo público y lo privado hacían fricción entre sí hasta las chispas. Y a partir de ese punto, debido tanto a Seinfield como a García Márquez, sentí también la necesidad de continuar acompañando al protagonista, y a la fauna que lo rodeaba, de conocer su historia, y ver en qué otros shenanigans podía llegar a meterse.

Ciertamente no es una aproximación dickensiana a la literatura, lo admito, pero ¿qué se puede esperar? Cuando empecé a escribirla tenía veinte y pocos, me gustaba el cine, la televisión, los cómics, la novela negra y acababa de descubrir las drogas y el sexo en medio de la última década del milenio. Para lo bueno y para lo malo, todas esas cosas están allí plasmadas.

Rocanrol es un relato noir juvenil, en clave humorística y ritmo acelerado, sobre varios de los temas característicos entorno a los que giró la década en la que fue escrita: la cultura pop como remix y reciclaje de la cultura pop / las nuevas e insospechadas mutaciones que empezaba a sufrir el culto a la celebridad y la fama / la creencia de que lo peor estaba detrás de nosotros y que nos esperaba una existencia de gran bonche, de fiesta global e interminable, a la que todos estábamos invitados o en la que en todo caso podíamos colarnos / la expectación de cuenta regresiva hacia el nuevo siglo y las posibilidades increíbles y aterradoras de lo que podían ser los próximos mil años / la asunción generacional de que todo (de verdad verdad todo) estaba permitido y, peor aún, podía funcionar.

Rocanrol utiliza el ensemble característico de aquellos años: diversos personajes, cruzándose y entrecruzándose a lo largo de los tres actos, descubriendo en cada situación las misteriosas conexiones que los relacionan entre sí. Un recurso que Tarantino explotó con maestría en Pulp Fiction pero al que nosotros (permiso para ruborizarme), los hijos del país de las telenovelas, habíamos estado expuestos prácticamente desde nuestra concepción. De igual forma, está narrada por una primera persona consciente de su papel en la narrativa, que no duda en dirigirse a la cuarta pared de vez en cuando. De nuevo, esto se derivaba de otro filme big bang de la narrativa de los noventa: Goodfellas. El monólogo de Bruno remeda al de Henry Hill, el personaje que interpretaba Ray Liotta. Luego de rematar a balazos a un mafioso secuestrado en la maleta de un auto junto con De Niro y Pesci, Henry da inicio a la historia afirmando: «Desde que tengo uso de razón, siempre quise ser un gánster».

En la actual realidad mutante en la que Donald Trump es presidente de los Estados Unidos, la sombra de las torres devastadas aún se extiende sobre nosotros, y Venezuela es Morodor versión Televisa tras un Telón de Yuca, las aventuras de Bruno Manrique son un ejercicio particular de melancolía (Bukowsky dixit: «Juventud, hija de puta, ¿a dónde te has ido?») y una forma de patología forense de lo nacional en la que pueden entreverse ciertas cosas que en aquel momento fueron exageración y slapstick y que hoy forman parte dolorosa de nuestra cotidianidad.

El constante develamiento de Bruno de las realidades ocultas tras los parapetos de la fachada pública (los negocios turbios del senador Tortoza, la vida privada de cierta plutocracia autóctona, las relaciones subterráneas entre el poder y el crimen) es el pan nuestro de cada día en una sociedad que todos los días pierde su inocencia a martillazos. Y la tensión ante una inminente catástrofe (el terremoto que durante la tercera parte del relato amenaza con hundir a toda una isla, el fin de milenio en el que los ordenadores de todo el mundo se apagarán de golpe para devolvernos a la edad de piedra) es ahora el contexto inmediato, nuestra normalidad patria de naufragio in progress.

Pero, ey… no nos pongamos tan serios.

Nunca tuve por objetivo (y Dios me libre de lograrlo) de develar los misterios del alma nacional. Pero mi aspiración durante toda la escritura de Rocanrol fue la de proveer una experiencia de lectura entretenida en todas sus páginas. Creo que lo logré. Si algo me enorgullece, ahora que la releo 20 años después, es la apuesta (inocente, desde cierta inconciencia naif) que mi yo de aquel entonces hizo por el humor, sin importarle lo oscuro o dolorosamente revelador que pudiera ser. Y no por soberbia o cinismo, sino como necesidad vital para poder superar los momentos en que había que enfrentar certezas anquilosadas, lugares comunes y algunas e innecesarias solemnidades patrias.

Suficiente por hoy. Ahora solo queda ver qué puede parecerle a aquellos que no la han leído y a aquellos que van a leerla otra vez. A estas alturas me siento un poco vendedor de carros usados hablando acerca de mi propia novela. No soy la mejor persona para hablar de estas cosas: era otro cuando la escribí en aquel país que ya no existe.

Hace mucho tiempo atrás, en una galaxia muy lejana…

Los 90.

Lucas García 2018

P.D.: No todas las referencias e inspiraciones de Rocanrol fueron fílmicas o literarias. La música de aquella época y los samples y remixes de músicas anteriores, así como los grupos y estilos de los que se hizo revival en aquel momento, formaron parte fundamental de su concepción y pueden ayudar a articular de forma más completa el lugar y los tiempos en que se desenvuelve la historia. Así que, esperando que el personal perdone este pequeño momento de soberbia, me gustaría proponer un posible soundtrack, una lista de grupos y temas a los que acudir para enriquecer la experiencia lectora:

The Chemical Brothers.

Dee-Lite.

Canción Animal

y

Dynamo

de Soda Stereo.

Charly García («Funky» y «La sal no sala»).

Zipless

de Vanessa Daou.

«Mama Said» y «Are You Gonna Go My Way» de Lenny Kravitz.

«Sexy M.F.» de Prince.

INXS («New Sensation», «Suicide Blonde» y «Please (You Got That…)».

The New Sound of Venezuelan Gozadera

de Los Amigos Invisibles.

Hector Lavoe y Willie Colón (juntos).

Joe Cuba.

«No pare, sigue, sigue» de Los Ilegales.

Ill Communication y Paul’s Boutique

de The Bestie Boys.

Dermis Tatú.

Tidal

de Fiona Apple.

Portishead.

El orden queda al gusto del consumidor.

Denle play.

A Gabriel.

1

La primera vez que me acosté con Tita olvidé que vivíamos en la época del sexo seguro y dejé los preservativos en mi morral, que estaba en el piso de abajo. Con todo el dolor de mi alma tuve que sacar mi índice de la entrepierna de Tita (en donde, según ella, estaba haciendo un magnífico trabajo) e irme a buscar los benditos profilácticos. De otra forma los únicos que iban a pasar una velada encantadora iban a ser Tita y el dedo. Bajé lo más rápido que pude y subí de igual forma y, como estaba tan excitado, equivoqué el camino y fui a dar a la biblioteca de su padre. Era un cuarto lo suficientemente grande como para que cupiese en él un trasatlántico de proporciones medias y lo suficientemente oscuro como para no ver en él un trasatlántico de proporciones medias. Por ello, tardé unos segundos en percatarme de que el padre de mi amada se encontraba allí y se apuntaba una pistola a la base del mentón, justo en el hoyuelo característico de la familia. Aún en la oscuridad pude ver sus ojos, contemplándome con infinita melancolía, y observar el movimiento casi dulce de su dedo índice, una y otra vez sobre el gatillo del arma. Estuvimos así un rato, viéndonos el uno al otro. Él, con aquella pistola apuntándole a la cara, y yo, agarrando mis preservativos, hasta que murmuró como entre sueños:

–Chico, vuelve a tirar con mi hija y no te preocupes por esto. Estoy pensando.

No se me ocurrió réplica alguna y, en todo caso, no tenía mucho sentido discutir con un tipo armado, aunque se estuviera apuntando al mentón. Volví sobre mis pasos, encontré el cuarto de Tita y me puse los preservativos súper lubricados con sabor a frutas tropicales, según recuerdo. Hicimos el amor y durante el acto estuve esperando el coitus interruptus en forma de estampida de la pistola del papi de Tita, cuando dejara de pensar y decidiera volarse la tapa de los sesos. Gracias a Dios, eso jamás llegó a suceder. La única cosa memorable de aquella noche fue que Tita se vino tres veces y me preguntó si quería casarme con ella.

2

El fin del milenio no parece traer sino desgracias. Enciendo el televisor y solo pasan programas de opinión sobre abortos e incestos. No paran de entrevistar a travestidos que se quitan los sostenes frente a las cámaras y se exprimen los senos falsos de silicona con grandilocuente orgullo. Las noticias solo relatan las fugas de banqueros corruptos, ministros ladrones y queridas exitosas. Todas las propagandas (las de jabón, las de pañales, las de cauchos, las de carros, las de automercados, las de insecticidas) muestran rubias tetonas. A veces, la rubia tetona ni siquiera es mujer. Mi generación lo ve todo con indiferencia. No nos importan los miles de kilómetros de selva amazónica que día a día se transforman en palillos de dientes y muebles de rattan, no nos importa el hueco en la capa de ozono, la lluvia ácida, el incremento de la tasa de mortalidad infantil, la mala música rock, los malditos cigarrillos mentolados bajos en nicotina que de todas formas dan cáncer, el SIDA, el Ébola, la guerrilla colombiana, la hiperinflación. No nos importa nada. Nacemos cansados por lo mucho que corrieron nuestros padres y nos caemos antes de recibir el primer puñetazo. O hacemos cursos de técnico universitario o nos vendemos al sistema. Yo soy de los últimos. Aquella mañana lo estaba demostrando a cabalidad en la oficina de la estación de radio.

La señora Rodríguez, de la Liga Cristiana Antidrogas, estaba convenciéndome de prestar mis servicios para una nueva campaña en contra de la marihuana. Hablaba con un tono de voz excesivo en octavas y parecía no haber tenido un orgasmo en su vida. Afirmaba que Dios me había señalado para llevar su palabra a través de las ondas hertzianas. Simultáneamente yo llevaba una conversación telefónica con Víctor Hojilla, mi dealer, empeñado en venderme un kilo de mafafa cuando yo lo que quería era un cuarto.

–Viejo –dijo Víctor–, ¿quién coño crees que soy?, ¿un visitador médico? Un kilo o nada. Yo siempre muevo un kilo. No le vendo bolsitas de maní con monte a las niñitas del Merici ni a los muchachitos del Santiago. No trabajo con teenagers, no trabajo con krisnas. ¿Captas?

–¿Y qué quieres que haga con un kilo? –murmuré, sonriendo beatífico a la señora Rodríguez– ¿Que monte una «Sucursal Hojilla»? ¡Lo voy a fumar, no voy a construir maquetas realistas de Jamaica!

–Viejo, no entiendes. Ya lo tengo todo separado y empaquetado. No puedo estar sacando un cuarto del paquete. ¿Qué voy a hacer con el resto?

–Debe haber una cola de gente en la puerta de tu casa con miles de ideas sobre lo que puedes hacer con el resto.

–Bueno, mierda, déjame llamar a otro tipo para ver si acepta compartir la bolsa contigo. No te prometo nada.

–Nunca lo has hecho –dije, y colgamos al mismo tiempo. La señora Rodríguez se aclaró la garganta y pareció sonreír.

–¿Su agente de la bolsa? –preguntó–. Leí en una entrevista que tenía uno.

–Más o menos –dije–. Nunca nos ponemos de acuerdo.

–Espero que nosotros sí –dijo la señora Rodríguez–. Dios, a través de la Liga Cristiana Antidrogas, lo ha escogido a usted. Nos parece que representa un maravilloso ejemplo para los jóvenes. Su programa, aunque tiene algunos segmentos que no apoyamos particularmente, transmite mensajes positivos para la juventud. Como aquel especial que hizo sobre la lectura.

–¿Especial? –recordé vagamente.

–Usted preguntó quién había sido el escritor de El Otoño del Patriarca. ¡Me sentí muy orgullosa cuando todos esos muchachos llamaron dando la respuesta!

Llamaron muchos, pero ninguno dio una respuesta remotamente cercana. Cuatro dijeron que era Rómulo Gallegos porque era el único escritor que les habían mandado a leer en secundaria. Cinco que era la tipa que había escrito Flores en el Ático. Otros tres llamaron para preguntar qué diablos significaba patriarca. Al final terminó llamando un profesor de bachillerato: llevaba quince minutos escuchando el programa y al parecer al día siguiente tenía clases. Luego de haber oído las respuestas decidió que era mejor pegarse un tiro en la rodilla que intentar inculcarle algo a esta generación.

–También me gustó aquel mensaje que dio sobre los daños que producía el alcohol –recordó la señora Rodríguez.

Fue un sábado y solo llamaron sujetos con resaca. Una muchacha llamó desde un teléfono público avisando que la fiesta en casa de un tal «Cabulla» había terminado, pero que podían continuarla en casa de un tal «Catatumba». Eso sí, sin olvidar comprar más anís y preservativos. Otra tipa de voz masculina me llamó entre comerciales diciendo que cada vez que bebía rusos negros le daba por soñar conmigo y mojar las pantaletas.

–Por eso pienso que debería aceptar nuestra propuesta y llevar la palabra de nuestro señor Jesucristo y su padre Dios Todopoderoso –concluyó la señora Rodríguez.

¿Cómo decirle que no a Dios y a su hijo? En ese momento sonó el teléfono.

–Te salvaste, papi –dijo Víctor–. ¿Recuerdas a Richie?

–¿El costarricense?

–El mismo. Dice que si quieres está dispuesto a comprar un kilo fifti fifti contigo.

–Víctor, ya te dije que solo quiero un cuarto.

–Si quieres un cuarto quieres dos.

–Ok, ok, coño. ¿A nombre de quién hago el cheque?

–¿Cheque? ¡Ay, mierda, Bruno! ¿No quieres que usemos la Mastercard y te dé un puto váucher? Págame en cash, nene, cash.

–Siempre he pagado en cheques y no ha habido ningún problema, ¿qué pasa ahora?

–La policía se pasó ayer por acá. Por suerte, no tenía nada, pero si hubiesen encontrado tus cheques otro gallo cantaría. Hoy estarías apareciendo en el cuerpo equivocado del periódico.

–¿Se pasaron ayer por tu oficina y me estás hablando por teléfono? Mira que eres idiota, Víctor. ¿No se te ha ocurrido que estás vigilado?

–Estoy usando un jodido celular. Es complicadísimo intervenir una cosa de estas. Además, es de un primo.

–Dios te oiga, pero sigo pagándote con un cheque.

–Ni mi novia es tan maniática.

–Tu novia no te hace cheques de más de cinco dígitos, ¿no? ¿A nombre de quién lo hago entonces?

–Déjame ver. Te llamo en cinco minutos.

Volvimos a colgar. La señora Rodríguez repitió la mueca. ¿Era una sonrisa?

–Ustedes, la gente de la farándula, sí que viven atareados –opinó.