Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El hombre del que me he enamorado es un mentiroso. No tengo mucho tiempo para revelar todos los detalles, pero esos titulares de "Una mujer desaparece después de su boda" no son más que mentiras. No he desaparecido. No he huido después de mi boda. Nunca habría huido después de mi increíble luna de miel. Mi marido me ha raptado. No, me ha secuestrado. Porque, según él, "Es mejor así"; solo soy un peón en su retorcida partida de ajedrez. A pesar de que mi corazón sigue atado al suyo o de que es el hombre más arrolladoramente guapo y atractivo que he conocido en toda mi vida (aún puede hacer que me encienda solo con dirigirme la palabra), tengo que centrarme en escapar de él. Debo aceptar que ya no es el hombre del que me enamoré. Es el rey de las mentiras. La mujer de la que me he enamorado es tremendamente sexy, pero también exasperante. Está desesperadamente enamorada de mí, pero también está urdiendo un cuidadoso plan para escaparse. ¿Piensa de verdad que yo soy "el rey de las mentiras"? Ella sí que es la reina de las mentiras. Estamos en esto juntos; mentira por mentira, verdad por verdad. Los dos arrastramos un pasado doloroso, a los dos nos da miedo construir un futuro… A pesar de todo, hay un atisbo de esperanza para ambos… siempre que uno de los dos se doblegue. Somos el rey y la reina de las mentiras.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 406
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Título original: King of LiesQueen of LiesLegacy of Lies
Primera edición: octubre de 2020
Copyright © 2020 by Whitney G.Published by arrangement with Brower Literary & Management.
© de la traducción: Mª José Losada Rey, 2020
© de esta edición: 2020, Ediciones Pàmies, S.L.C/ Mesena,1828033 [email protected]
ISBN: 978-84-18491-21-4BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografía de cubierta: kuikson/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Primera parte. El rey de las mentiras
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Segunda parte. La reina de las mentiras
Prólogo
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Tercera parte. El legado de las mentiras
Prólogo
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Epílogo
Nota de la autora
Contenido extra
Este libro es para mí.
He escrito esta historia para mí misma.
Michael
Antes de que empieces esta historia, necesito que sepas que no soy un buen hombre. Nunca lo seré.
Te lo cuento ahora para que no te hagas ilusiones, para que en esos momentos en los que tu corazón se acelere y las lágrimas asomen a tus ojos, cuando empieces a creer que he cambiado o que soy un «héroe» digno de ser uno de tus novios de novela, ya sepas que estoy a dos páginas de decepcionarte.
Todo por lo que viví una vez ha ardido hasta los cimientos, y lo único que queda son las cenizas de mi pasado. De vez en cuando, siento el parpadeo de una ceniza obstinada que aún arde, una llama desesperada que anhela más atención emocional, pero siempre la apago.
Los días en los que intentaba ser «una buena persona» como todos las demás han pasado, y he elegido vivir mi vida teniendo como objetivo la respuesta a una simple serie de preguntas: «¿Qué me aporta? ¿Cómo me beneficiará? ¿Por qué coño me pides que haga algo cuando no me va beneficiar?».
Dicho esto, tengo unas cuantas cualidades redentoras que me encantaría discutir si lo deseas, ya que he sido más que bendecido en el departamento de dones; puedo ser un caballero cuando quiero, y poseo varias propiedades en la costa de Amalfi. (Siéntete libre de investigar mis cuentas bancarias. En plural). Con respecto a las «relaciones», nunca me ha interesado aprender lo que significa ese término, pero lo compenso con creces entre las sábanas: puedo devorarte el coño de maneras que te harán olvidar a todos los hombres que pasaron por tu cama antes que yo, hacer que vuelvas a alcanzar el orgasmo incluso después de una sesión de sexo inolvidable, pero no te amaré. (Bueno, no amaré a nadie).
No soy de esos.
«No vas a encontrar de eso en esta historia…».
Lo único que verás, si miras con suficiente atención, es el mayor error que he cometido. La mujer que me destrozó y que casi destruyó todo lo que creía ser.
La palabra clave es «casi».
Traducción: «Casi» no cuenta.
Verás, incluso cuando las apuestas han sido vertiginosamente altas, nunca he perdido una sola partida en mi vida. Nunca he limitado mis apuestas ni me he echado atrás cuando he perdido todas las fichas en una mano.
Siempre he sabido que el mejor jugador es aquel que no tiene nada que perder, y para ser un «héroe», tienes que tener algo —o a alguien— por lo que valga la pena luchar.
Nunca lo he tenido.
No digas que no te lo advertí.
Meredith
Presente
«No dejes de correr, Meredith. Ni se te ocurra dejar de correr…».
Me cuesta respirar cuando los pulmones me arden, y me tropiezo en el bosque a cada paso que doy. Tengo la ropa empapada por la lluvia nocturna, y las lágrimas resbalan por mis mejillas. Aunque mi mente me dice que estoy haciendo lo correcto, mi corazón me suplica que me dé la vuelta y regrese.
Me niego a escucharlo.
La última vez que logré escapar, calculé todo mal, traté de hacer mucho demasiado pronto, pero esta vez no me atrapará. Mi mentiroso pero por desgracia encantador marido no se dará cuenta a tiempo de que me he ido.
Y cuando lo haga, será muy tarde. Demasiado tarde.
Al pasar por la desembocadura del río de la pequeña ciudad, me detengo y me apoyo en un árbol. Levanto la mirada hacia el cielo y veo la luz que me guía, un cartel iluminado con mi nombre y mi cara impresos en él. Tengo que ponerlo todo de mi parte para no derrumbarme y gritar.
«Desaparecida:Meredith Alexis ThatchwoodSi la encuentra o la ve, por favor, llame al 1-855-mer-tipsRecompensa: 500.000 dólares(por cualquier información que conduzca a ella)www.meredithmissing.com».
La enorme foto de la pantalla me muestra sonriendo frente a una puesta de sol, con aquel vestido de novia único. Es un modelo negro sin hombros, de encaje, con toques de plata en las costuras. Aún recuerdo la aturdida mirada de mi marido cuando recorrí el pasillo, la forma en que la tela acabó en el suelo de la suite Luna de miel cuando me folló contra las ventanas.
Después de desaparecer, me las arreglé para leer un artículo del New York Times, uno en el que un supuesto periodista había escrito:
«Quizás la señorita Thatchwood sabía algo que no sabía nadie más a su alrededor. Quizá era consciente de que se estaba vistiendo para su funeral y no para su boda».
Aquel intento de tratar mi desaparición como si fuera un bonito poema todavía duele.
Trato de bloquear los pensamientos innecesarios y empiezo a correr de nuevo. Más rápido esta vez, con más ganas.
Recuerdos de nuestra vida juntos cruzan por mi mente en rápidos flashes: él follándome, amándome, prometiéndome que nunca me haría daño. Intento no culparme por haber aceptado casarme con él tan pronto, por haber sido absorbida por la instantánea atracción que tuvo sobre mí, pero no puedo echar la culpa a nadie más.
Sinceramente, pensaba que me casaba con el hombre de mis sueños, no con un monstruo que me mantiene encerrada en una casa los siete días a la semana y me somete a un horario como si fuera una especie de mascota.
Me centro en el camino que tengo por delante, y clavo los ojos en el ferry que se ve a lo lejos. Está a doce kilómetros como mucho, pero si puedo llegar allí antes de medianoche, podré por fin respirar tranquila.
Unos faros aparecen de repente en la curva de la carretera. No quiero arriesgarme a confiar en un extraño en este momento, así que me oculto detrás de un árbol y me quedo quieta mientras el vehículo coge velocidad en la calzada.
Pasa a mi lado y suelto un suspiro. Antes de que pueda hacer cualquier movimiento, el coche pega una frenada. Luego gira las ruedas.
No tardo ni cinco segundos en darme cuenta de que el coche de lujo negro no pertenece a ningún extraño. Es de mi marido.
Mi corazón late con fuerza en mi pecho mientras él se aleja de mí. Sus luces de freno se intensifican unas cuantas veces, y mi corazón se acelera más cuando el vehículo se detiene por completo.
Me quedo congelada al oír que el sonido de la puerta del conductor al abrirse y al cerrarse corta la noche. El sonido de las pisadas en la grava está detrás de mí, a la izquierda. Luego a la derecha.
Los pasos se acercan, y lo siento cuando se acerca.
De repente, se planta delante de mí; sus ojos verde oscuro parecen impresionantes bajo la luz de la luna. Su perfecto rostro cincelado está a unos centímetros del mío, su expresión se divide entre la ira y el alivio.
—Por favor, déjame marchar —digo, sintiendo que se me deslizan más lágrimas por la cara—. Por favor… No le diré a nadie que me has secuestrado, lo juro. Me mantendré en silencio; podemos fingir que esto nunca ha sucedido.
—Eso no es una opción —anuncia, borrando el espacio entre nosotros. Clava los ojos en los míos, y veo la misma expresión que tenía la noche que nos conocimos. Perfecta. Torturada. Dolida.
—Llevo desaparecida tres semanas —digo, tratando de defender mi caso de nuevo—. ¿No piensas que mi familia está llorándome y preguntándose si me han asesinado? ¿Has pensado alguna vez en el dolor que esto les está causando?
No responde. Me limpia las lágrimas con la punta de los dedos hasta que dejan de caer. Luego me rodea la cintura con un brazo y me sostiene contra su costado mientras me conduce al coche.
Sé que no tiene sentido gritar, que no tiene sentido hacerle amenazas vacías, ya que no tengo poder para atemorizarlo, así que intento la ruta emocional una vez más.
—Me estás haciendo daño —digo mientras abre la puerta trasera—. Me has herido más que ninguna otra persona en mi vida.
—No te he hecho daño. —Parece ofendido—. Te he dado todo lo que necesitas.
—Salvo la libertad.
—Porque eso es lo último que necesitas ahora mismo. —Encierra mi cara en las manos, y el calor de su piel me calma al instante; mi cuerpo reacciona contra mi voluntad. Mi tonto corazón se siente a gusto por alguna extraña razón.
Me pasa los dedos por el pelo durante varios segundos, mirándome directamente a los ojos.
—Si te soy sincero, no quiero hacerte esto —confiesa.
—Entonces, no lo hagas.
Parece como si considerara esa opción durante medio segundo, pero luego sacude la cabeza. Me pone un trapo sobre los labios y luego me pega dos tiras de cinta adhesiva sobre la boca. Coge una alfombra y me hace rodar con fuerza dentro de ella. A continuación me levanta y me coloca en el asiento trasero de tal forma que mis ojos coinciden con los suyos en el espejo retrovisor.
Cuando ocupa su lugar detrás del volante, enciende la calefacción y pone en marcha el coche. Me mira como si quisiera decirme algo duro, pero su teléfono móvil empieza a sonar.
—¿Sí? —responde por el altavoz del coche.
—Señor Anderson, soy el sargento Ware, ¿tiene unos minutos?
—Por supuesto.
—Siento llamarle tan tarde, pero acabamos de recibir algunas llamadas sobre su esposa —dice—. Alguien cree que puede haberla visto en un restaurante a unos trescientos kilómetros de la ciudad, así que he enviado allí a un equipo para comprobarlo.
—Cruzo los dedos para que esta vez sea realmente ella. —Sus ojos se encuentran con los míos—. Estoy intentando prepararme para hacer frente a su desaparición durante una semana más.
—Créame, señor. Nuestros mejores hombres están trabajando en el caso. ¿Le importaría venir por la mañana a la comisaría? Le mantendremos informado durante toda la noche sobre lo que descubran los oficiales.
—Perfecto —dice—. Muchas gracias por esforzarse tanto para encontrarla.
—De nada, señor. Nos vemos por la mañana.
La llamada termina con un largo pitido, el mismo sonido que oigo cuando camino por las habitaciones de la mansión precintada donde me tiene encerrada.
—Necesito que confíes en mí, Meredith —dice—. Esa es la base de un matrimonio, ¿no?
—Que te jodan —murmuro a pesar de la cinta—. Que te jodan, que te jodan…
Sonríe como si entendiera mis palabras.
—No lo hemos vuelto a hacer desde la luna de miel, pero estoy más que dispuesto a ello si quieres.
Repito las mismas palabras con un poco más de volumen esta vez.
—Una pregunta —añade mientras dirige el coche hacia un puente—. Imaginemos que pudieras tener ahora mismo cualquier cosa del mundo, que yo tuviera el poder de dártela. ¿Qué sería?
Aunque pudiera responder, no lo haría.
Cierro los ojos como protesta y lo ignoro.
Sin duda, ya sé cómo se desarrollará el resto de la noche. Dentro de media hora, me dejará salir del coche y me llevará a la terraza. Me dejará vagar libremente por la mansión, la prisión dorada donde no se abren las ventanas ni las puertas desde el interior. Tendrá más cuidado esta vez cuando llegue la empleada doméstica; no podré colarme en el remolque del camión del jardinero para escaparme otra vez.
Y entonces me contará más mentiras. Mi corazón se aferrará a cada palabra que me diga, mi cuerpo reaccionará al verlo, y tendré que luchar como una loca para aferrarme a la verdad.
El hombre con el que me casé ya no existe. El rey de mi corazón ha desaparecido hace tiempo, y tiene un nuevo nombre: el rey de las mentiras.
—¿No hay nada que quieras en este momento, Meredith? —El profundo sonido de su voz hace que abra los ojos de par en par, y me doy cuenta de que ya estamos en la mansión. Me quita la cinta adhesiva de la boca—. ¿Nada de nada?
No digo nada, aunque hay algo que querría por encima de todo lo demás.
Que las cosas vuelvan a ser como antes.
«Que nosotros seamos como éramos antes».
Meredith
Pasado
«En este momento estoy recibiendo exactamente lo que me merezco…».
Me recosté en la cama y miré fijamente al techo, contando hasta veinte por última vez. El hombre que me había llevado a casa desde el bar —mi primera salida nocturna desde hacía años— estaba conversando con su polla. Literalmente.
—Vamos, amiguita. —Se dio una palmadita en los muslos—. Podemos hacerlo. Podemos responder a esta caricia.
«Trece segundos».
—Te pusiste dura cuando viste a esta mujer en la cena… Puedes ponerte dura otra vez y hundirte en su coño.
Reprimí un gemido mientras él continuaba. Debería haber sabido que mis expectativas eran demasiado altas, que su promesa de que iba a hacer que me corriera más de que nunca en mi vida eran demasiado irreales para que las cumpliera. También había mencionado varias veces que era «arrogante» y «un poco más inteligente de lo había esperado» durante la noche. Acompañó esos insultos con un poco de miel: «Las chicas arrogantes acostumbran a tener expectativas muy altas en la cama. No son pacientes, y no disfrutan con todos los juegos que me gustan antes del clímax».
—Faltan dos semanas para fin de año. Tienes que anotar de una vez. —Ahora sonaba como un entrenador de fútbol—. Y vamos a usar un condón porque pillamos gonorrea la última vez, lo juro.
«¿Qué coño…?». Me senté y lo miré, aunque meneé la cabeza al ver que estaba acunando su masculinidad. Una parte de mí tenía curiosidad por saber si esa charla terminaría con él chupándose su propia polla.
—Mmm, ¿Scott? —Me aclaré la garganta—. Acabo de recordar que tengo que levantarme temprano para ir a trabajar, así que…
—¿Puedes darnos un segundo, por favor? —Se burló, mirándome—. Estoy tratando de arreglar esto para que podamos follar esta noche.
Ni siquiera sabía cómo responder a eso, y él no me dio la oportunidad. Volvió a bajar la vista, ignorándome para retomar la conversación una vez más.
Salí de la habitación y cerré la puerta detrás de mí. Agarré el móvil de la encimera de la cocina y me metí en el baño.
Busqué en la lista de «llamadas recientes» hasta llegar al número de mi mejor amiga, Gillian, y respiré hondo antes de hacer la llamada.
«Por favor, contesta, Gillian… Por favor, contesta…».
—¡Hola —me saludó el buzón de voz después de seis timbrazos—. Estás llamando a mi línea personal, pero no puedo atender el teléfono ahora mismo. Estoy volando con Jake o llevando a nuestro pequeñín a jugar. ¡Déjame un mensaje, y haré lo posible por responderte cuando pueda!
¡Bip!
—Bueno… —Suspiré—. ¿Te acuerdas de que hace años, cuando tenía vida sexual, solía calificar a las pollas en una escala del uno al cinco? ¿Y que aunque la meta era una de cinco estrellas, un tres y medio estaba genial, y me hubiera conformado? —Hice una pausa—. Bueno, en este momento estaba a punto de aceptar una polla de una estrella y no puedo creerme que él lleve en mi casa tanto tiempo como para no haberme visto el c…
—¡Oh Dios mío, Meredith! —respondió al teléfono a mitad de la frase, riéndose—. ¿En serio? Son las tres de la mañana.
—¿Estabas ignorando mi llamada a propósito?
—No. El pequeño Jake lo ha cogido antes de que pudiera contestar. Tu mensaje se ha oído a través del sistema de altavoces, por cierto. Así que estoy segura de que la próxima palabra que le pregunte a su padre será la que empieza por «c», ya que, gracias a ti, su vocabulario ya incluye la palabra con «p».
—¿Coño?
—Sí. —Se rio—. Esa.
—Bueno, de nada. Menos cosas que explicarle después. —Sonreí, y su risa fue intensa una vez más.
—¿El de la polla de una estrella es el tipo del que me hablabas antes? ¿El de Tinder?
—No. —Me senté en el suelo de baldosas—. Ese es un broker de Wall Street con mucho éxito llamado Jameson Turner que me rogó que cambiáramos la cita quince minutos antes de vernos.
—Y claro, bloqueaste su número al instante, ¿verdad?
—Quise, pero… —Suspiré. Era el primer tipo decente que conocía en la aplicación desde hacía tiempo, y habíamos hablado de vez en cuando durante las últimas semanas—. Me va a compensar en fin de año llevándome a uno de los clubes nocturnos más exclusivos de la ciudad. El que tiene una estrella es solo un ejemplo de lo que pasa cuando estoy demasiado desesperada…
—Por favor, no me digas que lo has conocido en un bar…
—Peor… —confesé, apoyándome en el inodoro—. Lo he conocido en una estación de metro. Me dijo que era muy guapa, y fue todo lo que necesitó para conseguir una cita conmigo.
Su silencio me hizo saber que estaba siendo amable al no decirme lo patética que me había vuelto.
—Siento que todavía no he vuelto a ser yo misma, ¿sabes? Mierda, mi vida sigue sin ir bien por segundo año consecutivo, y… —Hice una pausa a mitad de la frase, sintiendo que las lágrimas hacían que me picaran los ojos—. Mi madre se ha ido de verdad, Gillian… —Intenté no llorar, pero el dolor me abrumaba y no podía evitar dejarme llevar por él.
Desde que había perdido a mi madre hacía dos años, nada era igual. No podía asistir a una fiesta sin romper a llorar cuando sonaban ciertas canciones, no podía ver una película sin preguntarme qué habría dicho ella, y no podía llamarla por teléfono para oír sus acertados consejos. Era la única persona que sabía que tenía un segundo trabajo de vez en cuando, que lo tenía que hacer para evitar que el dolor por la negligencia de mi padre me afectara demasiado.
—Le voy a decir a Jack que me lleve de vuelta a casa a primera hora —dijo Gillian en voz baja—. Así podremos quedarnos hasta el amanecer y beber mimosas como en los viejos tiempos. También podremos ir de compras.
—No, no, no. —Arranqué un buen trozo de papel higiénico del rollo y me limpié los ojos—. No es necesario que hagas eso. Al menos este fin de semana.
—¿Por qué? Tú atravesarías el país en un abrir y cerrar de ojos si yo te necesitara.
Contuve un suspiro. Aceptar esa oferta me convertiría en la peor amiga del mundo. Su marido me había llamado hacía semanas para asegurarse de que estaba organizándolo todo bien en su viaje de aniversario. Como Gill no me había enviado ningún mensaje sobre el nuevo anillo de nueve quilates del que Jack me había hablado, estaba segura de que aún no habían llegado a esa parte de la sorpresa.
—Estaré bien hasta que volváis —afirmé—. Te lo prometo. Solo he tenido un momento de debilidad.
—¿Estás segura?
—Totalmente.
—Vale, bueno… —Hizo una pausa de unos segundos—. Si aún no te ha visto el c, ¿cómo sabes que su p es de una estrella?
—Porque yo sí he visto su p. —Me reí y me sequé la cara—. La tiene un poco más larga que uno de mis pintalabios. Y no me hagas empezar a describirte el vello de gorila que tiene ahí abajo.
—¿Has probado eHarmony? ¿OkCupid? Quizás ahora sean mejores que Tinder.
—Nunca he oído hablar bien de esas webs de citas.
—Han pasado años; quizá tengas que adaptarte a la forma en la que han cambiado las cosas. No puedes entrar en Tinder una vez y encontrar a una de cinco estrellas. Eso me decías a mí.
—Punto a tu favor. Me daré de alta en las dos esta noche.
Hubo un suave golpe de repente en la puerta.
—Te llamaré más tarde, Gillian —me despedí—. Tengo que irme. —Puse fin a la llamada y abrí la puerta para encontrarme cara a cara con un Scott desnudo.
—Si te clavas en mi polla durante los próximos segundos, seré capaz de follarte durante al menos tres minutos. —Me guiñó un ojo—. ¿Qué te parece?
Miré hacia abajo y me di cuenta de que ya no estaba duro.
—Mmm… —Se puso rojo y se cubrió la entrepierna con las manos—. ¿Sabes qué? Creo que me voy a ir.
—Creo que es una gran idea.
Le vi coger la chaqueta y ponerse rápidamente los pantalones, y a continuación robó de forma muy poco sutil un puñado de galletas con tropezones de chocolate de la encimera de la cocina.
Se fue de mi apartamento sin molestarse en despedirse.
Al volver al dormitorio, abrí el cajón superior de la cómoda y cogí el vibrador. Me metí debajo de las sábanas y traté de pensar en la última vez que había tenido sexo salvaje. Traté de recordarlo para excitarme, pero no me sirvió de nada.
«¿Cómo coño han podido pasar más de dos años?».
Suspirando, cogí el teléfono y ojeé mis contactos. No podía acordarme de un solo tipo que me contestara al teléfono a esas horas, y dudaba que ninguno de ellos me recordara.
Borré todos los contactos uno a uno, y decidí seguir el consejo de Gillian. Me metí en OkCupid.com y creé un perfil. Redacté un párrafo con la descripción exacta de lo que pensaba que estaba buscando, «… alguien que me haga pasar un buen momento, no durante mucho tiempo…», y me puse a buscar. A alguien que fuera lo suficientemente sexy como para ayudarme a terminar con mi celibato.
Todas mis esperanzas se desvanecieron en pocos segundos.
«¿“La rana Gustavo”? ¿ “Señor del Paquete Abultado? ¿ “Amante de los clítoris”?».
Desactivé la cuenta y probé en eHarmony. A los pocos segundos de empezar a ver cuántas preguntas de la encuesta necesitaba responder, junto con la cuota de pago mensual, salí de la página para siempre.
Volví a entrar en el viejo Tinder de siempre. Actualicé mis fotos y cambié el nombre de mi perfil a GoodGirl1996.
Lancé a la izquierda —es decir, «no gracias»— a montones de perfiles; sus rostros o bien me resultaban demasiado parecidos a los de los hombres con los que me había citado antes o no eran tan llamativos como para provocarme una buena impresión.
Después de media hora de descartar a uno tras otro, me detuve al ver al que tenía que ser el hombre más sexy del mundo. O lo que definitivamente olía a perfil falso.
«¿“El Diablo de incógnito”? Qué apropiado…».
Un hombre así nunca necesitaría recurrir a una aplicación de citas, y ni siquiera me molesté en leer lo que había escrito sobre sí mismo, ya que su relato estaría claramente dirigido a un público tan necesitado como manejable.
Sin embargo, dejando a un lado la falsedad, mojé las bragas en el instante que vi sus profundos ojos color verde esmeralda y el pelo castaño oscuro. Poseía unos labios capaces de apoderarse de la boca de cualquier mujer con un solo beso, y me cautivó la leve sonrisa de la segunda foto, donde solo lucía una sencilla camiseta gris oscura que dejaba vislumbrar los músculos de su pecho.
Parecía el tipo de hombre que podía conseguir que una mujer se corriera en unos minutos, de esos que hacían que te apoyaras contra una silla y te llenaban con cada centímetro de su polla, mientras te tiraban del pelo con cada envite hasta que suplicabas más.
Apreté el vibrador contra mi clítoris y me mordí el labio inferior mientras zumbaba, mirando esa cara perfectamente cincelada.
Me imaginé que tenía su cabeza enterrada entre los muslos, que sus labios lamían mi coño con salvaje abandono, exigiéndome que gritara su nombre a pleno pulmón.
«Joder…».
Cerré los ojos mientras mis piernas se tensaban bajo las sábanas, mientras me volvían loca unas fantasías en las que él me follaba sin descanso. Mi clítoris palpitaba contra las placenteras vibraciones, hinchándose con cada segundo que pasaba, excitándome bajo mis propias manos.
Cuando volví en mí, guardé el vibrador en mi mesilla. Hice unas cuantas capturas de las fotos de aquel farsante, por si acaso, y luego lo lancé a la izquierda con el pulgar.
Meredith
Pasado
Unos días después, salí de un taxi con un vaso de café recién hecho en la mano. Mis tacones de aguja arañaban con suavidad las aceras de la ciudad mientras luchaba por seguir el ritmo del resto de la gente que llegaba tarde a su trabajo en el One World Trade Center.
Cuando entré al edificio y mostré mi identificación en Vogue, iba con casi treinta segundos de retraso. En cualquier otro trabajo esos segundos no empezarían a importar hasta que se convirtieran en minutos. Pero cuando eras la mano derecha de la mejor editora de revistas del país, es decir, «la Reina», llegar un segundo tarde era una eternidad.
Me apresuré hacia los relucientes ascensores y pulsé el botón del piso veinticinco. Mirándome en el espejo, me atusé el pelo y usé las servilletas para evitar que la tapa del café goteara.
Cuando las puertas finalmente se abrieron, esperaba ver a mi jefa saludándome con el ceño fruncido y un «Por fin» en los labios. Pero el hombre y la mujer que estaban delante de mí eran mucho peores que ella.
—¿Papá? —exclamé—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Tengo una pregunta mejor —dijo su acompañante, mi molesta e insensible tía Catherine—. ¿Por qué has ignorado sus llamadas? ¿Por qué has ignorado también las mías?
Reprimí un gemido.
—Hoy tengo mucho trabajo que hacer. Como podéis ver, este es mi trabajo, así que…
—Tu padre ya lo ha aclarado con tu jefa —anunció Catherine—. Dice que te ha enviado un correo.
Dejé el café a un lado y saqué el móvil. Por supuesto, el correo de mi jefa estaba el primero de la bandeja de entrada.
Asunto: Hoy…
Tu padre, el multimillonario, ha decidido interrumpir mi agenda laboral con algo a lo que se ha referido como «reunión importante» contigo en lugar de llamarte por teléfono y respetar mis horas de trabajo. A pesar de todo, sigues teniendo la responsabilidad de hacer todo el trabajo pendiente antes de las seis.
No te preocupes por mi café, pero no permitas que esto vuelva a suceder.
Además, si planeas volver a ser una aburrida heredera, avísame a última hora.
M. Winters
Vogue
Editora jefa
—Sea lo que sea —dije, mirándolos—, tendrá que esperar. Voy con retraso en el trabajo y no tengo tiempo.
—Esto no puede esperar, y solo nos llevará quince minutos. —Mi padre me llevó de vuelta al ascensor y pulsó el botón del más cercano.
Me negué a establecer contacto visual con él o con mi tía, y puse una alarma en el móvil para que me avisara al cabo de quince minutos.
En el momento en que salimos del ascensor, me hicieron señas para que los siguiera a un despacho cerca de las ventanas.
Me senté a un lado de la mesa, y ellos se sentaron juntos del otro. Luego nos miramos fijamente, como de costumbre.
Mi padre y yo nunca habíamos tenido una relación demasiado cordial. Era una versión rica de un padre gorrón en lo que a mí concernía, y no quería tener nada que ver con él ni con su dinero.
Mi madre lo había dejado cuando descubrió que tenía doce líos a la vez, y yo me puse de su lado. Él había luchado con uñas y dientes por racanear todo lo que pudo en la manutención de sus hijos —no me había visto salvo en mis cumpleaños—, y había pagado a la prensa de la jet para que se mantuviera alejada de mí cuando renuncié a mi estatus y decidí llevar una vida normal, trabajando para ganar mi propio dinero.
Sin embargo, hacía unos años, cuando un paparazzi me pilló saliendo de una casa bastante cutre, mi padre se había puesto en contacto conmigo y me había exigido que me mudara a un apartamento de veinte millones de dólares que pagaría él. A partir de entonces, se había asegurado de que nos viéramos al menos una vez al mes. Siempre en público.
«Por supuesto, se trata de eso… De la reunión pública mensual padre-hija. ¿Cómo podía haberme olvidado? Compondré una sonrisa falsa, por si acaso ha contratado a algún paparazzi para hacer fotos».
—Bueno, supongo que me toca a mí romper el hielo —dijo mi padre después de otro minuto de incómodo silencio—. Tengo noticias importantes para ti, Meredith. Pero antes de nada, quiero que encontremos la forma de superar nuestras diferencias. Soy consciente de que no has podido contar conmigo tanto como deberías, y, créeme, lo lamento. Si pudiera volver atrás, le habría rogado a tu madre que se quedara. Habría intentado que fuera la única.
Mi falsa sonrisa comenzó a vacilar. Aunque la primera parte de sus palabras fuera medio cierta, las últimas no podrían serlo. Por la forma en que mi tía lo miró de reojo cuando las dijo, supe que una parte de ella tampoco lo creía.
—La cuestión es que ahora no puedo volver atrás en el tiempo para arreglar las cosas —continuó—, pero creo que podemos empezar aquí y ahora. Quiero que entremos en el nuevo año más unidos que nunca.
No dije nada.
—Tal vez podamos dejarnos de encuentros públicos y tener algunos de verdad en los que estemos los dos. Podrías presentarme a todos tus amigos.
—Solo tengo una amiga.
—Gillian, ¿verdad? Bien, pues puedes presentármela, y tú puedes conocer a la gente que forma parte de mi vida. —Parecía sincero—. Y tal vez, con el tiempo, podamos tener un tipo de relación en la que no tengamos que preocuparnos por si las historias que oímos sobre el otro son ciertas o no.
—No hay ninguna historia sobre mí.
—¡Ja! Todo lo contrario —intervino la tía Catherine—. Y esa es una de las razones por las que necesitábamos hablar contigo hoy.
—Pues decidme lo que sea para que pueda volver al trabajo. —Puse los ojos en blanco—. Si has comprado otro edificio de un billón de dólares, felicidades. Si te has asociado con la empresa de medios de comunicación de Catherine, felicidades. He tocado ya todos los campos. ¿Puedo irme ya?
—Tu padre está a punto de meterse en política. —Sonrió—. Está cualificado de sobra para un montón de puestos, pero después de muchas horas de investigación, ha decidido ayudar a la gente que…
Dejé de prestar atención y esperé a que terminara de balbucir cosas sobre que mi padre ocuparía innecesariamente un puesto que le quitaría a alguien que probablemente lo haría mejor.
No iba a desperdiciar un «felicidades» en eso.
—También es necesario que presidas el evento anual para las mujeres que organiza tu padre, para que la gente vea que pasáis más tiempo juntos —continuó—. A la gente le gusta ver esas relaciones filiales en hombres importantes como él.
«Sabía que había trampa…».
—Ya eres un filántropo multimillonario, papá —intervine, mirándolo—. ¿No debería ser suficiente en este momento de tu vida?
—Responderé a eso después de que gane. —Se rio mientras mi tía le besaba la mejilla, y sentí que la bilis me subía por la garganta.
—En fin… —Catherine dejó una carpeta sobre la mesa—. Volviendo a hablar de ti. Me he encargado de que el equipo de tu padre te investigara un poco, y no estoy segura de que me guste lo que han encontrado. —Bajó la voz—. Vamos a tener que hablar de todos los hombres con los que te acostaste los años antes de que tu madre… Bueno, ya sabes. Me han comunicado que eras bastante promiscua…
—Perdona, ¿qué?
—Ya me has oído —repuso—. ¿Tengo que decírtelo en términos de esos modernos para que me entiendas? Antes eras una «salida», una «calentorra», ibas cachonda por ahí. Todos esos términos significan lo mismo, creo. Estoy segura de que has tenido algunos problemas psicológicos por la falta de relación con tu padre, pero ya deberías haberlos superado.
—Me largo.
—Ni se te ocurra. —Me miró fijamente, mientras mi padre se quedaba en silencio—. Si lo que nos han dicho es cierto, tendremos que adelantarnos con una simple declaración pública. Pero entre tú y yo, no hay excusa para ser tan promiscua. —Negó con la cabeza—. Y no es solo eso, sino que uno de los nuestros te vio entrar en el 230 de Park Avenue. —Su mirada era más fría de lo que jamás había visto—. Te siguieron y vieron que fuiste al piso veinte, donde hay un local privado llamado Club Swan…
Tragué, sintiendo que todo el color desaparecía de mi cara.
—Voy a otorgarte el beneficio de la duda y a asumir que estabas allí para celebrar la fiesta de despedida de una amiga, las cuarenta y nueve veces, y que no ejerces una carrera secreta a tiempo parcial en un maldito club de striptease para gente importante.
No dije nada. Sus palabras era demasiado profundas para que yo pudiera hablar.
—¿Te haces una idea de qué tipo de depredadores, sociópatas y psicópatas acuden a lugares así? —preguntó.
«Los mismos que trabajan en tus empresas…».
—¿Alguna parte de esto es verdad, Meredith? —Mi padre volvió a intervenir por fin en la conversación, y parecía algo preocupado—. ¿Es eso lo que te gusta hacer en tu tiempo libre?
No le contesté. No era necesario. Cuando bailaba, me sentía libre, como si todo el dolor de mi pasado no pudiera alcanzarme. Mis bailes eran un escudo que me protegía de las emociones reprimidas y de las lágrimas. Que me ayudaban a lidiar con momentos de mierda como este.
—No volverás a poner un pie en ese lugar, Meredith Alexis Thatchwood. —Mi tía pronunció cada sílaba de mi nombre—. ¿Ha quedado claro?
—No. —Me puse de pie—. No, no está nada claro. ¿Sabes qué, papá? La próxima vez que quieras tener una de estas reuniones, asegúrate de que mi querida tía no te acompañe.
—Meredith… —Parecía sentirse culpable—. Meredith, por favor. ¿Podemos empezar de nuevo? Podemos cambiar de tema y empezar de nuevo. Seguro que hay algo que podamos empezar con el pie derecho.
—Tienes razón. —Di un paso atrás—. Lo correcto habría sido desearme feliz cumpleaños.
Me alejé sin decir nada más, sabiendo que no se atreverían a seguirme.
Decidí volver a Vogue en vez de esperar al ascensor. Cuando llegué al segundo rellano, oí un sonido familiar en mi teléfono. El sonido era de que alguien que me gustaba me había elegido.
Saqué el móvil del bolsillo llena de curiosidad, esperando que fuera Athlete457, el atractivo chico de ojos castaños que había elegido durante el trayecto matutino al trabajo. Abrí la aplicación y vi que era él, sí, pero al mismo tiempo no era él.
El nombre era el mismo, pero las fotos no. En lugar de un joven dando una patada a una pelota de fútbol, todas eran fotos del tipo sexy y demasiado bueno para ser real que me había servido de inspiración noches atrás. Sin embargo, aunque pareciera imposible, esas fotos eran aún más sexis que las anteriores.
Vestía de negro en todas ellas, y los pañuelos y corbatas que le cubrían el cuello eran de seda, de los que solo había visto en las pasarelas. Me fijé en los relojes que aparecían en su muñeca: en las fotos anteriores aparecían cinco relojes Audemar Piguet diferentes y en las nuevas imágenes usaba cinco modelos diferentes de Rolex.
«Debe de haber cambiado las fotos después de que darle al like. Agh. Qué troll…».
Mientras me preparaba para deshacerme de él, vi que estaba actualizando su nombre de nuevo. Esta vez, lo había acortado y se llamaba a sí mismo «Diablo». En el chat de la aplicación, se veía que estaba escribiéndome para enviarme un mensaje.
«Agh. ¿En serio?».
Hice algunas capturas de su cara para mirarlas más tarde con el vibrador en funcionamiento. Luego le retiré el like y denuncié su cuenta por fraude.
Michael
Pasado
Nunca había entendido qué podía llevar a alguien a solicitar voluntariamente un trabajo en el mundo de los negocios en Estados Unidos. Entre las horas monótonas, la paga de mierda y la tediosa cuerda floja que atravesaba el frágil ego de un director cualquiera, quedaba poco que admirar. Por eso me provocaba completa indiferencia encontrarme con un ejecutivo. Todos hablaban y andaban igual, y pensaban de verdad que dirigían mi ciudad.
No tenían ni idea de cuál era la mierda que mantenía girando las ruedas mientras dormían. No sabían que cada centavo de sus bancos, cada acción de sus inversores y cada persona que entraba y salía de sus elegantes rascacielos estaban directamente conectados conmigo.
Aun así, de vez en cuando, no podía dejar de echar un vistazo a ese mundo en acción. Solo para asegurarme de que había tomado la decisión correcta al evitarlo.
—Damas y caballeros, ¡vamos a anunciar quién es el empleado del mes!
El hombre que se creía mi jefe, Evan Albright, se subió a una mesa de cristal en Pay Day Loan Holdings. Ganaba millones cada trimestre convenciendo a gente casi pobre de que pidiera pequeños préstamos a altos intereses, pero ni siquiera así sabía llevar un traje decentemente.
—¡Espero que os sintáis tan expectantes como yo! —Se puso sus gafas de montura de acero mientras el resto del equipo entraba en la sala—. ¿Preparados?
Miré el reloj y puse una alarma para que me avisara al cabo de siete minutos.
—El empleado del mes, la persona que recibirá un bono de cuatrocientos dólares en su próximo sueldo es… ¡Peter Monroe!
La sala estalló en aplausos. Me quedé quieto junto a las ventanas, revisando las cifras en mi mente.
—El señor Monroe ha triplicado las ventas y ha conseguido nuevos clientes, lo que nos ayudará a mejorar los resultados —continuó—. En cuanto a lo personal, también ha sido estelar. A un cliente que llamó a nuestra línea de atención diciendo que necesitaba más tiempo para pagar el préstamo, el señor Monroe le dijo que no, y luego le cargó el doble en su cuenta.
Aplausos.
—Tuvimos otro cliente que afirmó que estaba a punto de ser desalojado, lo que todos sabemos que no es culpa nuestra, y el señor Monroe rechazó su solicitud de prórroga, y consiguió que firmara otro préstamo a corto plazo con una tasa de interés aún más alta. No solo eso, sino que se las arregló para que toda la familia de dicho cliente firmara también un préstamo personal.
El señor Monroe sonrió en medio de otra ronda de aplausos, y el señor Albright animó al resto del personal a jalearlo tan fuerte como pudieran.
—Espero que sirva de ejemplo este mes para todos los demás, y que persigan lo imposible, porque es posible. —Aplaudió—. Felicidades, señor Monroe. Ahora, todo el mundo a trabajar de nuevo.
Los empleados se agolparon para salir de la sala mientras yo me debatía entre despedir a ese hombre en ese momento o en su despacho.
—¿Señor Dawson? —me llamó—. ¿Señor Dawson?
—¿Sí? —Me acerqué a la mesa de cristal.
—¿Puede quedarse unos segundos para que pueda hablar con usted en privado?
Asentí y esperé hasta que la última persona salió de la estancia.
—Esperaba poder anunciar que hoy era usted el empleado del mes —comentó—. A pesar de que solo lleva un mes y medio trabajando aquí, ha causado un gran impacto. Me ha impresionado mucho lo bien documentado que está. Aunque, de hecho, esa es una de las razones por las que le contraté. No obstante…
—No obstante, ¿qué?
—Bueno, últimamente no parece usted mismo. Le falta espíritu de equipo, y empuje. También necesita ser mejor lameculos.
Arqueé una ceja.
—En especial estos últimos días —dijo—. Ha pasado usted de ser amable y accesible a melancólico y frío. Fue el primer asociado en ofrecerse como voluntario para trabajar hasta tarde, pero se ha marchado temprano. Además, no sé por qué demonios se ha tatuado las manos y el cuello como si fuera una especie de aspirante a jefe de la mafia, pero debe cubrirse todos esos dibujos la próxima vez que entre en el edificio.
Sonreí sin decir nada.
—Y ahora —continuó—, he de decirle que solo puedo permitirme empleados que lo den todo cada día, y por eso estoy dispuesto a darle la oportunidad de mantenerse a bordo en la que es la mejor compañía de fondos de inversión de la ciudad. ¿Qué le parece?
—Creo que… —Hice una pausa mientras me preguntaba si debía ser una persona agradable o comportarme tal cual era.
—Mmm…, ¿señor Dawson? —Se cruzó de brazos—. No puedo esperar todo el día su respuesta. El tiempo es oro, y tenemos ventas que hacer.
«Lo sé…».
—Creo que la compañía es ahora una mierda enorme que se alimenta de los pobres, y creo que su padre se está revolcando en la tumba en este momento por el hecho de que llame a esto «la mejor compañía de fondos de inversión de la ciudad». Le garantizo que estará más que decepcionado con usted y con lo asquerosamente avaricioso que se ha vuelto. Además, creo que no tiene ni idea de cómo ser un verdadero líder. —Hice una pausa—. Por otra parte, está engañando a su esposa con la universitaria que le lleva el café, estafando a sus empleados en más de un setenta por ciento y mintiendo a todos sus amigos ricos sobre la pretensión de que gestiona fondos de inversiones en lugar de una patética compañía de préstamos. Pero ya que ser director general requiere saber cómo cubrirse de mierda, tal vez sí sepa cómo ser uno de verdad.
Su cara palideció; parecía como si hubiera perdido su alma.
—¿Todavía está impresionado con mi documentación o necesito contarle un poco más sobre usted?
No dijo nada, solo me miró fijamente.
Me encogí de hombros y me dirigí a la puerta. Al abrirla, lo miré por encima del hombro.
—Si le sirve de consuelo, ya tenía planeado que hoy fuera mi último día.
Atravesé las oficinas para llegar al ascensor que bajaba hasta el garaje. En el momento en que me senté detrás del volante de mi Jaguar, envié a mi hermano gemelo un mensaje.
Felicidades. Ya estás despedido.
Su nombre apareció inmediatamente en mi pantalla en una llamada telefónica.
—¿Sí? —respondí.
—¿Ha intentado rogarme que me quedara? ¿Se ha sorprendido? —Sus palabras fueron precipitadas como un torrente—. No importa, no respondas. Gracias por arreglarlo todo.
—¿Por qué nunca avisas con dos semanas de antelación o simplemente dejas de aparecer por estos trabajos de mierda como haría cualquier persona normal?
—Porque tengo graves problemas para cerrar las situaciones. —Se notaba una sonrisa en su voz—. ¿No recuerdas a nuestro querido terapeuta diciendo eso?
—Solo recuerdo que sigues usándolo como excusa. —Puse los ojos en blanco mientras salía del aparcamiento. Oí que uno de mis teléfonos de prepago sonaba dentro de la guantera y detuve el coche—. Espera un segundo.
Al abrirlo, tuve que mirar los siete móviles hasta que encontré al culpable. El que estaba marcado como «trabajo».
—¿Sí? —respondí.
—Buenos días, señor Anderson. —El suave sonido de la voz de mi secretaria personal sonó en mis oídos—. Siento mucho molestarle tan temprano, pero tenemos algunos problemas importantes.
—Dime el mayor.
—Casi se han agotado las mesas vip para la noche de fin de año, y Rio Warren está intentando adquirir cuatro.
—Vale, ¿y?
—Se trata de Rio Warren, señor. —Bajó el tono de voz—. Corre el rumor de que es el jefe de la mafia D’Amato…
«No, en realidad es solo jefecillo».
Me encogí de hombros.
—¿Está dispuesto a pagar por adelantado?
—Sí, lo… lo ha abonado todo con billetes de cien dólares hace unos minutos.
—¿Su dinero es verde?
—Sí, señor…
—Entonces no hay problema —dije—. Dile al camarero que lleve una botella extra de Dom Pérignon, corre de mi cuenta, a la mesa del señor Warren, cuando él y sus amigos lleguen el fin de semana.
—No se ofenda, señor Anderson —dijo ella, con la voz todavía temblorosa—. No creo que a nuestros clientes les guste que acudan a las fiestas este tipo de gente, señor. Tampoco creo que el honorable hombre que le vendió este club hace dos años pudiera entender que aceptara dinero de…, bueno, Dios sabe de dónde viene su dinero. Le ruego que lo reconsidere.
Tamborileé en el volante con los dedos, repitiendo mentalmente sus palabras, tratando de no detenerme en «este tipo de gente».
Era en raros momentos como ese cuando mis dos mundos casi chocaban, el más oscuro con el claro, el medio puro con el malvado y depravado. Un movimiento equivocado en cualquier dirección podría echarlo todo a perder, y había sido demasiado cuidadoso durante los nueve últimos años como para arriesgarme a tomar la decisión equivocada.
—Tienes razón, Tiffany —repuse, tratando de sonar lo más convincente posible—. Un hombre como Rio Warren no es el tipo de persona que quiero ver en Fahrenheit 900. Se lo diré cara a cara cuando llegue allí, dentro de quince minutos.
—Muchas gracias, señor.
—De nada. Ya puedes colgar.
—Bueno, todavía hay algunos problemas importantes más que debo hacerle saber.
—Te informaré en el momento en que quiera escucharlos. —Colgué y lancé el teléfono a la guantera; ya me ocuparía de ello cuando llegara al club.
Por el otro teléfono escuché a mi hermano, que se reía por lo bajo.
—¿Qué es tan gracioso, Trevor?
—Nada en absoluto —dijo—. Dime la verdad, ¿vas a decirle a Rio Warren que no es bienvenido?
—Joder, no. —Me apresuré a acelerar en la calle—. Voy a ofrecerle la suite de la última planta y dejarle usar la entrada oculta para los famosos.
—No esperaba menos —se burló—. Dos últimas cosas. Una, te he enviado la lista actualizada de delincuentes sexuales y criminales de la ciudad, y adivina qué…
—¿Qué?
—Es la misma que la de la semana pasada. —Se rio—. No sé por qué pierdes el tiempo en eso.
—Nunca te lo diré. ¿Y la otra?
—Hoy he recibido algunos ramos de agradecimiento en cuatro de nuestros otros negocios. ¿Has enviado más condolencias a la familia de Liam Kline después del funeral el año pasado?
—Me acosté con su esposa unas cuantas veces.
—Me lo figuraba. Hablando de eso, ¿ya has terminado tu interminable sequía? ¿Alguna mujer interesante en Tinder?
«Solo una, pero no puede ser una opción…».
—Todavía no. Pero me aseguraré de actualizar tus conocimientos sobre la actividad de mi polla más tarde. —Puse fin a la llamada y apagué el teléfono. Cuando me detuve en el siguiente semáforo en rojo, abrí la guantera y lo guardé, y busqué los otros dos que estaban marcados como «otro trabajo» y «no personal».
Encendí el «no personal» y esperé a que se cargaran las notificaciones. Había mensajes de mujeres con las que hacía tiempo que había dejado de hablar y también de mi antiguo terapeuta, alguien a quien evitaba a toda costa. Silencié todos esos hilos y abrí Tinder.
Al abrir la aplicación, pulsé en la pestaña Premium para ver si la única mujer a la que le había dado like varias veces me había respondido. No lo había hecho. En cambio, me había denunciado por fraude y me había etiquetado en un comentario donde hablaba de mí en el foro de la comunidad.
«En serio, ¿puede alguien más denunciar a este imbécil para evitar que otra mujer se haga ilusiones? No deja de acosarme, aparece en mi pantalla y sé que no es real».
Sonreí y capturé sus fotos de nuevo. Era, sin duda alguna, la mujer más sexy que había visto nunca. Rizos de color castaño oscuro que enmarcaban sus mejillas, ligeramente pecosas, labios voluptuosos pintados en un llamativo tono rojo en cada una de las fotos y profundos ojos almendrados que me parecían super sexis.
