El ritmo de la vida - Michel Maffesoli - E-Book

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Michel Maffesoli

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Beschreibung

El ritmo de la vida cotidiana no es tributario de la simple razón, ni esta última es la clave universal de todas las estructuras sociales, sino simplemente una de las formas en juego en la pluralidad de racionalidades existentes. Podemos con ello advertir, por un lado, los reflujos políticos actuales, el distanciamiento del pueblo de las instituciones, el declive de los saberes especializados de los intelectuales, etc., y por el otro, vislumbrar el advenimiento de las redes sociales, el regreso de las tribus, el reinado de los reality shows por televisión, la pululación de los cuerpos tatuados, adornados, decorados, perforados... ¿Es acaso una nueva barbarie? Todo lo contrario, pues es a través de los excesos, de aquellos desenvolvimientos sociales como se puede encontrar el ritmo de la vida en lo más profundo de nuestras vidas.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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sociología y política

traducción de

daniel gutiérrez martínez

revisión de

josefina anaya

el ritmo de la vida

Variaciones sobre el imaginario posmoderno

por

michel maffesoli

primera edición en español, 2012

primera edición digital, 2013

© siglo xxi editores, s.a. de c.v.

isbn digital 978-607-03-0449-1

primera edición en francés, 2004

© éditions de la table ronde, parís

título original: le rythme de la vie. variations sur l’imaginaire postmoderne

Para Sarah-Marie, al ritmo de una vida trepidante

PREFACIO

Algo no deja de ser verdadero por el hecho de que no lo acepten muchos hombres.

Spinoza

1. El rechazo de lo oficial

No decir la cosa como conviene que sea dicha no sólo es pecar contra la lengua: es poner en peligro al hombre mismo.

Platón, Fedón 115 e

El ambiente general tiende claramente al escepticismo. Se entiende: el escepticismo ante los grandes sistemas teóricos. Pero también ante aquellos que de diversas maneras pretenden hablar para y en nombre de los demás.

El intelectual dejó atrás el estatus de gran pensador y se ha convertido en “experto”. Lo cual expresa la elevada idea que se tiene de él como alguien que lo ha experimentado todo.

El político es objeto de descrédito global. Cuando no es sospechoso de corrupción es visto como un histrión de gesticulaciones y lenguaje extraños por el que sólo se siente conmiseración. Por otra parte, su preocupación esencial es presentarse en los diversos medios de comunicación, privilegiar la “comunicación” y participar en insípidos talk-shows. ¡Esto refleja el nivel alcanzado por los representantes de la cosa pública!

En cuanto a los periodistas, desafortunadamente éstos se conforman con exhibir la fragilidad circundante. “Sin subjetividad ni objetividad”, tal como ya lo había anotado el filósofo G. Lukács, su principal preocupación es, en todos los sentidos del término, hacer “aceptable” el debate público.

Podríamos continuar desgranando la larga lista de los protagonistas de la inteliguentsia, de todos los que tienen (algún) poder de decir y de hacer, y cuya ambición final es a todas luces la imperiosa necesidad de preservar los pobres privilegios de las pequeñas sectas en vías de descomposición avanzada.

Por consiguiente, no cabe sorprenderse del asombroso abismo que existe entre los representantes y los representados. El desamor expresándose en el desafecto hacia el político, hacia la prensa y hacia el debate de ideas, cosas todas que fueron la especificidad de la modernidad.

No es la primera vez que existe semejante secessio plebis.1 El pueblo realiza esta secesión de una manera ruidosa o silenciosa cuando ya no hay pensamientos audaces capaces de traducir el aspecto azaroso de su existencia real.

No se trata aquí de un simple problema de escuela, pues es en la brecha existente entre los que dicen y los que viven donde pueden anidar las diversas formas de fanatismo, de xenofobia o de racismo. El éxito de los demagogos de todo tipo descansa esencialmente en la incapacidad para dar cuenta del imaginario que actúa en la vida social. El animal humano tiene necesidad de decirse. Pero lo característico de los “discursos” (mitos, representaciones, historias) es ser transitorios y saturarse.

De ahí la necesidad de reconocer esa saturación y de identificar lo que, de una manera balbuceante, tiende a emerger. Pars destruens, pars construens. La vida está hecha de destrucción y de construcción. No escapa tampoco el pensamiento, que debe demostrar la inanidad de los análisis de estos “expertos”, de los que de antemano se sabe lo que van a decir y cuyo conformismo aterrador va a la par con su ignorancia de lo que es la existencia en su cotidianidad.

Es necesario romper el círculo virtuoso de los análisis convencionales. De estos análisis insulsos hechos con más virtuosismo que amor, elaborados en esos lugares donde se parapeta el poder (simbólico, económico, político). Análisis sectarios, es decir, desconectados de la realidad y puestos al servicio de las tribus de esos mismos poderes, tribus que se limitan a consolidar un statu quo muy frágil, o bien a criticarlo de una manera decorosa y cortés.

Éste es el reto epistemológico y ético de un pensamiento fuerte, congruente con su época. Y por consiguiente lúcido, roborativo y un poco amoral. Más allá y más acá de la crítica, y previamente a la acción, es necesario saber celebrar el mundo tal cual es y por lo que es, y, por lo tanto, olvidar la crítica acerba de los espíritus desdichados.2 Y ello no por desprecio (sabemos que este sentimiento no debe prodigarse), sino porque al romper con la opinión, así sea docta, uno puede aportar su tributo a la edificación de un pensamiento con su época.

Excitar los clamores y los odios poco importa a partir del momento en que se ha decidido ser fiel a la exigencia intelectual que uno se ha fijado: contra el automatismo de las ideas abstractas y los diversos análisis convencionales, proponer un planteamiento estereoscópico, sabiendo al mismo tiempo dar cuenta de los sueños más locos y del pragmatismo con los pies en la tierra, los cuales constituyen, en cualquier época, las características esenciales de lo que Montaigne llamaba, no sin cierta ternura, esta “bajeza” que es la nuestra.

Es preciso trazar las dimensiones de una topografía cuyos contornos no varían pero cuyos meandros es importante recordar, siempre y de nuevo. De donde el cuestionamiento, un poco repetitivo, que se desarrolla en volutas alrededor de una idea central: pensar la singular metamorfosis de la vida en su desenvolvimiento, haciendo retornar o reactualizando lo que siempre ha sido.

Para retomar un término que propuse hace mucho tiempo, y que tiende a imponerse cada vez más, existe sin duda una lógica “societal” en acción en nuestra especie animal. Sin embargo, no hay nada a lo que esta lógica pueda reducirse. Sobre todo, no puede reducirse a la razón, a la conciencia, al individuo. Como tampoco a un saber que supuestamente podría dar a éstos estatus científico. Es una lógica del entre-dos, es decir, de lo múltiple. Ya no un sujeto dueño de sí que actúa sobre un objeto sumiso, sino más bien un trayecto en constante evolución. De ahí la oscilación entre el conocimiento y la vida cotidiana, entre la mente y los sentidos.

Es lo que he llamado “conocimiento ordinario” (1985), o también “razón sensible” (1996). En suma, sólo hay saber enraizado en la existencia común y corriente. Como decía a su manera Max Weber: “Estar a la altura de lo cotidiano”. Y es verdad que la ética, que es el fundamento del vínculo social, depende estructuralmente de la estética: esta capacidad de experimentar emociones, de compartirlas y de constituirlas en los cimientos de toda sociedad.

Todo esto puede parecer académico, y es cierto que el mercantilismo dominante (en sus aspectos periodísticos, desde luego, pero también en los universitarios o en los políticos) se contenta con los simplismos convencionales: la doxa de la que ya hablamos. Empero, la resistencia o la exigencia del pensamiento es asunto de todos si lo que se desea es que cese esta sorprendente y peligrosa desconexión que existe en nuestros días entre los que viven y los que supuestamente dicen lo que esta vida debe ser.

Resistencia y sumisión. Resistir al conformismo al que le basta con decir lo que le gustaría que fuera, o lo que la moral debería ser. Someterse es dar muestra de invención, es decir, de esa capacidad creadora de exponer a la luz (in venire) lo que es. Es ciertamente una paradoja que hace de los amateurs del mundo los más feroces opositores de todo lo instituido, trátese de conformismo intelectual o de institución esclerosada, o de ambos.

El pensamiento sólo es interesante cuando es peligroso. Peligroso para la opinión establecida y runruneante que le sirve de fundamento a todos esos “peritajes” con los que el poder se fortalece. Palabrería atronadora. Jerga disparatada que toma el lugar del pensamiento. Cada vez es mayor el número de los que no tienen nada que decir y lo dicen bien alto. He aquí lo que tiende a dominar. Una repugnante Vulgata en la que se complacen la mediocridad y la mediocracia unidas en un espasmo incestuoso.

Hay palabras que aguardamos para confirmar sus certidumbres. Ésta es la doxa intelectual dominante. Hay otras palabras cuya imperiosa necesidad de cuestionarnos presentimos. Para participar en ese cuestionamiento que las sociedades se plantean a sí mismas sólo a través de sus más auténticas expresiones: los mitos y los diversos símbolos. Fundamentalmente, la intranquilidad del ser no tiene nada que ver con la pasividad y la indulgencia de los seguros. Mucho más le complace la inquietante inquietud que es toda vida, el enigma más que la solución.

Y ello tanto más cuanto que esas certidumbres, esos seguros contra todo riesgo intelectual y político se elaboraron en un momento que no carece de interés pero que al parecer está bien datado empíricamente. Los encantamientos republicanos y otras disquisiciones en torno al contrato social, por atronadores que sean no resultan menos anticuados.

“Moneda desgastada, moneda siempre utilizada” (Husserl). Las palabras se vuelven fútiles cuando se desconectan de la realidad vivida. Ya no tienen energía propia. Por consiguiente, son impotentes para dar cuenta de la energía en acción en la socialidad contemporánea que puede resultar inconveniente, mas no por ello menos vivaz,

Desde siempre, el conformismo de pensamiento se satisface con las certezas adquiridas y no tiene la intención de poner en tela de juicio la seguridad de sus bastiones. Así sucedió con cierto eminente profesor de física de La Sorbona, que tachó de “ventrílocuo” a Edison cuando presentó su fonógrafo en París; o bien con los detractores de Galileo, que rechazaron su invitación a mirar por su telescopio para verificar por sí mismos la existencia de los satélites de Júpiter. Cuando la ciencia se institucionaliza se hace dogmática y tiene necesidad de una sacudida para encontrar su dinamismo originario y original.

En Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe Octavio Paz recuerda que en cada época existen esos “lectores terribles” que son los arzobispos, los inquisidores y otros secretarios generales del partido que están al acecho de “lo que no se puede decir”.3 También anota que hay quienes transgreden y aun así dicen la palabraperdida o prohibida. No se trata, pues, de nada nuevo. Pero cuando se retoma la antorcha de la resistencia es importante hacer escuchar, en medio del conformismo circundante y de cara a los diversos censores, esta voz otra. Esta voz del otro, enemiga de los notarios, de los jefes de oficina, de los caporales de toda especie. Es importante que sepamos oponernos a la ladina jerga de la moralidad bienpensante.

En resumen, es preciso dejar de juzgar, dejar de medir las cosas con el rasero de nuestras representaciones modernas y limitarnos a presentarlas. ¿Todavía es posible que quien tiene el poder de decir sea el “magister humanitatis” cuando se da a la tarea de mostrarnos el sentido del mundo? No, por cierto. Debido a que por ahora los sistemas representativos parecen estar saturados, es necesario conformarse con colocar los hitos, con indicar algunas referencias en el recorrido personal y colectivo.

En un momento en el que predomina el nomadismo existencial, necesariamente responde a modo de eco el vagabundeo intelectual y la pregunta más que la solución. La precaución presuntamente científica (así llamada) debe ceder el lugar a la audacia del pensamiento.

Es Lutero quien, en alguna parte, califica a la filosofía como “cosa del diablo” y propone quemar a Aristóteles. ¡Sutileza de teólogo en zapatones rústicos! A aquellos que prefieren el cuestionamiento dudoso, dubitante, a las certezas dogmáticas les es muy ajeno este sentido del matiz. Y sin embargo, Lutero era a todas luces el hombre del non possumus al que le era imposible no proclamar, contra la escolástica católica, las dudas que lo colmaban. ¡Extraño drama del pensamiento, que convierte a los rebeldes más intrépidos, cuando institucionalizan su heterodoxia, en los más feroces defensores de una nueva ortodoxia!

El rechazo de lo oficial no se comparte. Todo pensamiento que admite firmeza y vigor invariablemente conmociona las opiniones admitidas. Y el hecho de que sea rechazado o mal comprendido constituye, inevitablemente, una buena señal: su adecuación a la centralidad subterránea que anima a profundidad al dinamismo de lo societal. Nietzsche, al evitar el encierro que hubieran querido imponerle sus intérpretes universitarios cuando atacó a los “gestores del pensamiento” (Consideraciones intempestivas), o Wittgenstein, que alabó el “encanto de los destructores de ilusión”, son figuras que nos impelen a reaccionar contra la ausencia de inquietud que tiende a prevalecer en una época que erige a cualquier pequeño histrión en “especialista” patentado.

No faltan las ilusiones que se dedican a medir el pensamiento con el rasero de la profesionalización, del utilitarismo, de la política e incluso de la simple crítica. La insolencia es su única recompensa. Y contra los traficantes del espíritu con suelas de plomo, ella recuerda que un hecho es un hecho y que de nada sirve negarlo o abjurar de él.

2. Las galerías de lo social

Es necesario amar a la vida más que al sentido de la vida.

Dostoievski

Así pues, contra la escolástica moderna y sus ilusiones cientificistas es necesario saber ser el catalizador de lo que es vivido porque es vivido, ceñirse a la cosa misma y “amplificar” sus efectos. A esto vamos a oponer el gozo del mirón que no dejará de ser vidente.

Ya lo dije: la crítica ya no es suficiente; en ciertos momentos favorece la sofocación de la mente. Contra la rutina universitaria, contra la agitación de su palabrería, es necesario saber elaborar un pensamiento radical que se relacione directamente con la existencia.

Decimos radical en su sentido estricto: el mundo de las raíces, de la matriz subterránea de las cosas, el mundo de esos invisibilia que garantizan la secreta coherencia del todo natural y cultural. El alma del mundo. En efecto, es en los entresijos de la existencia donde se encuentra el verdadero resorte de todo lo que es. Las máscaras aparecen ahí como lo que son. La autenticidad de buena ley domina ahí como un rey, mas no por ello se toma en serio. Misterioso ambiente que atenúa la rígida barrera que separa al sueño de la realidad, a la materia del espíritu. Radicalidad que permite encontrar lo que Baudelaire llamaba “la clamorosa verdad de toda armonía nativa”.

Retomaré de diversa manera este tema de lo arcaico, que puede verse en el regreso del tribalismo, del nomadismo, de lo salvaje. Lo que implica una total indiferencia ante lo que parece ser la urgencia del momento. Serenidad del cartujo que está atento a la permanencia de un punto fijo esencial (en su caso, el simbolismo de la cruz: stat crux) y al que poco le inquieta la versatilidad del mundo: la versatilidad de las modas intelectuales, podríamos decir.

Atrevámonos a decirlo: lo que nos une al pasado es la garantía de futuro. Es esto también lo que le garantiza al presente su aspecto más vivaz. La importancia de lo inicial. Contra el proyecto (político, económico), la rememoración es anticipación. De ahí la necesidad de hacer coludir los antiguos pensamientos con las ocupaciones cotidianas, cosa que se deja ver en la teatralidad de nuestras calles, en el entretenimiento televisivo o en las redes de Internet.

Hacen falta cimientos para saber pensar. ¿Qué es el imbécil sino aquel que no tiene la seguridad que otorga un sólido bastón para caminar (bacillus)? A falta de éste hay abstracción, incorporeidad, todo aquello que tiene dificultades con la “cosa” humana.

Las reacciones y las pulsiones sociales, en su candente realidad, sólo son comprensibles si las referimos a la inmemorial memoria de la experiencia colectiva, la de los arquetipos (Jung), la de las figuras emblemáticas (Durkheim), la de las estructuras antropológicas (G. Durand), que no son formas estáticas, sino más bien “moldes” donde anidan nuevas maneras de ser. Es el dinamismo de las formas arcaicas que son como un “sistema de instinto preformado”4 donde, nolens volens, se expresan el paroxismo de las efervescencias festivas o los rituales anodinos de la vida sin calidad.

Una vez pasado el tiempo en el que prevaleció la conciencia y su papel soberano, estamos obligados a reconocer el multiforme regreso de lo “prerreflexivo”, que es el del mundo de la vida en su mezcla de ternura y crueldad. Es este mundo el que debe preocuparnos. Para citar una vez más a O. Paz, hay momentos en que pueden erigirse “torres de razones y de conceptos”, y hay momentos en los que es preciso saber excavar “minas y galerías interiores”.5

En estos momentos de los que las historias humanas nos dan varios ejemplos, un pensamiento exigente es el que irriga las redes secretas de la discusión, de las meditaciones compartidas. Más allá del poder mediático o institucional, tal es la verdadera potencia de las ideas pertinentes, que tienen la virtud seminal de una fuerza invisible pero no menos real: la fuerza de inspiradora clandestina.

Recordemos aquí el Angelus novus como lo pintó Klee. Parece señalar un momento de interrupción. Va por adelante, arremete hacia el futuro y, sin embargo, su cabeza está vuelta hacia atrás. ¡Ángel improbable de un eterno presente! Bella metáfora de este paso atrás que permite pensar lo que es a la luz de lo que fue.

Hay en las “experiencias originarias”, en el sentido que Heidegger les da, algo que pertenece al orden del enraizamiento dinámico. Una confianza en la vida y en su propia potencia. Todas las cosas que permiten una actitud afirmativa ajena al odio del mundo en el que se complace la singular alianza del juez, del moralista y del cura; ajena a la mentalidad sacerdotal obnubilada por la salvación individual o, lo que viene a ser lo mismo, por la seguridad general, por la asepsia de la existencia.

Lo diré más adelante. Los bárbaros quizá no son lo que se piensa de inmediato. Son más bien los que excluyen, los que prefieren la esclavitud de las mentes, los hombres del resentimiento. Estos “ultimi barbarorum” que se dedican a la tarea de canalizar la vida, de basarlos todo en lo negativo y en la crítica, tienen miedo del apetito.

Pues es bien claro que se trata de la vida. Sin duda, de una vida indócil y un poco anómica, y en muchos aspectos también paradójica: la vitalidad que escapa a las diversas escolásticas modernas y que exalta el sentimiento estético y trágico de la existencia; la vitalidad de lo palpable que apela a una razón sensible. Los juegos del cuerpo, la florescencia de la moda, la erótica multiforme, la importancia de lo festivo, los pequeños rituales cotidianos, el resurgimiento de una religiosidad iniciática, las redes de comunicación informática, todo ello está ahí como tantos otros signos de una socialidad con contornos decididamente arcaicos y nuevos a la vez.

Lo que está en juego es importante. Anécdotas, observaciones, teatralidad cotidiana... Todo es bueno para el pensamiento, todo da que pensar. Pero este bullicio cultural ya no puede ser aprehendido a través de conceptos “sustanciales”, es decir, individuo, institución, razón, política, característicos de la modernidad. Este bullicio es el resultado de personas que juegan con sus máscaras plurales en el seno de todas estas “tribus” características de la posmodernidad. La verticalidad del poder y la ortodoxia del saber ya no son apropiadas; es claramente una nueva topología la que está tomando su lugar: la horizontalidad de la potencia que nos remite a un conocimiento heterodoxo. Asimismo, antiguo y nuevo humanismo al que nada le es ajeno, así fuese esto lo que parece más ajeno: deomni re scibili.*

¡Decididamente, es necesario decirle adiós a toda trascendencia!

1M. Maffesoli, “Secessio plebis”, enLa transfiguration du politique(1993), reed. La Table Ronde, 2002 [edición en español, Herder]. Véase también J.Baudrillard,À l’ombre des majorités silencieuses, 1977 [edición en español, Kairós].

2El autor hace referencia a losesprits malheureux/ espíritus desdichados, o a aquellasmentes que vagabundeany que son mentes desdichadas, que tantoPascal comoBaudelaire describían como la más científica de las facultades,pues para ellos las mentes que vagabundean son espíritus desdichados, tratándose de una facultad razonada de creación, que en ella sola logra “comprender la analogía universal”. Se trata de un símilcon lateoría de las Correspondencias, y que está resumida enel poema epónimo “Los perfumes, los colores y los sonidos responden”.[t.]

3O. Paz,Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, México, Fondo de Cultura Económica, 3a. ed., 1983.

4C.G.Jung,L’homme et ses symboles, Robert Laffont, 1974, p. 76 [edición en español, Paidós].

5O. Paz,op. cit., p. 94 (el autor cita por la edición de Gallimard).

I. Una sensibilidad primitiva

Siempre he pensado que cada generación debería sepultarse completamente bajo la arena junto con sus creaciones, su filosofía e incluso sus caprichos… De esta manera, por lo menos los jóvenes recomenzarían verdaderamente desde cero.

Joseph Delteil

1. El arte de la repetición

Si existe una exigencia del pensamiento, la que quizá, por otro lado, sea la única, se trata sin duda de la coherencia. Se gira siempre alrededor de un interrogante, se rumia una idea que parece existencial. Y de esta manera, poco a poco, es posible afinar la pregunta o profundizar en la idea. Ésta es la obsesión intelectual. Es esto lo que mueve a la verdadera libido sciendi:* la búsqueda perpetua de un punto de Arquímedes, que es el de la duda; que huye, como la peste, de las certidumbres establecidas y de la seguridad mortífera de los dogmas disecados. Éstos, cualesquiera que sean, pertenecen al orden de la creencia y no tienen de científico más que el nombre. Son los Fourier de todos los totalitarismos que no pueden sino engendrar las diversas intolerancias; son la hidra de Lerna que bajo formas, al fin y al cabo todas ellas semejantes, resurge una y otra vez en el curso de las historias humanas.

A la intranquilidad del ser social debe entonces corresponder la obstinación de una misma cuestión. Así es quizá como conviene comprender esta unidad de la vida del espíritu que le hacía decir a Hannah Arendt: “Todos tenemos un solo verdadero pensamiento, y todo lo que hacemos no son sino construcciones y variaciones sobre un mismo tema.”6 No resulta paradójico ver ahí el acto creador por excelencia, el cual exige a la vez paciencia, tenacidad y humildad. En este sentido, son legión los ejemplos que testimonian, a lo largo del tiempo, el aspecto fructuoso de la repetición por cuanto ésta, como un camafeo, simultáneamente rinde cuentas del aspecto único y plural de algunas cuestiones que atormentan al espíritu humano.

Por ejemplo, se sabe que los pintores, y entre ellos los más grandes, proceden de esta manera: proponen versiones sucesivas de un mismo tema. Esto no es en caso alguno una señal de esterilidad; antes bien, es el “signo” del artista que se ocupa poco del “contenido de su obra” porque lo que le interesa esencialmente es su perfección. De esta manera pueden citarse los ejemplos de todos los grandes estilos, trátese de Tiziano, de Montega o de Rembrandt, sin olvidar al Greco, por supuesto, que pasaron su vida “obsesionados por los mismos problemas. Retomaron una y otra vez los mismos asuntos y los mismos temas, y jamás les satisfizo el resultado alcanzado”.7

Sucede lo mismo con esta otra creación que es la vida social y, por ende, con la reflexión que podemos hacer a partir de ella. Ni la primera ni la segunda se desenvuelven de una manera rectilínea, sino que son el fruto de sedimentaciones sucesivas y, sobre todo, de acentuaciones diferenciadas: laberinto de lo vivido, espiral del pensamiento.

Una sola idea, un solo interrogante. Es sin duda exagerado, pero ello justifica la implicación de una gestión intelectual verdadera, de estar implicado en aquello de lo que se habla. Y también porque a partir de una reflexión son los “pliegues” del mundo los que se reconocen como tales. La obsesión y la repetición se traducen para el pensador en la necesidad de estar junto a sí mismo, y no por simple placer de esteta, sino más bien para saber dar cuenta del estar juntos social.

La coherencia o la rumia de las que aquí se habla es todo aquello que tiene que ver con lo ordinario, lo banal, lo sensible, lo cotidiano como fundamento irrecusable, y a largo plazo, de toda vida societal. Las diversas formas políticas o sociales pasan, pero permanece la pulsión esencial, el “residuo”, como decía Pareto, que, en sentido estricto, permite que de alguna manera “funcionen” todas estas agregaciones de base, un poco animales, que mediante concatenaciones sucesivas aseguran el lazo social.

¡Glutinum mundi* de antigua memoria! Eso pega. Adhesión a los otros en función de los gustos, los orígenes, los sueños y las historias o los mitos comunes. Adhesión a un territorio, a una naturaleza, a un paisaje compartidos. Socialidad de base que conlleva una buena porción de inconsciente no dicho, por supuesto, o de imaginario reivindicado. Es otra manera de decir este querer vivir empecinado que, a pesar de las crisis y de los cambios de valores, por no hablar de las peripecias políticas o económicas, hace que de alguna manera, al fin y al cabo misteriosa, la vida perdure y que nos adaptemos a sus diversas vicisitudes.

He ahí la cuestión. ¿Cómo plantearla mejor? Se trata de un reto epistemológico que no está reservado para algunos poseedores del saber patentados, sino que es un bien común, un “conocimiento ordinario” que es conveniente actualizar en su sentido etimológico, a saber: “inventar”, exponer a la luz. En una palabra, pensar y decir lo que ya ha sido vivido por el gran número, del que formamos parte a partir del momento en el que no nos aislamos de la vida común.

De una manera difusa “sentimos” claramente que las grandes teorías que se elaboran en Occidente han dejado de suscitar adhesión. Consciente o inconscientemente dichas teorías ya no tienen fuerza de ley. En todas partes surgen nuevas posturas existenciales en lo que respecta a la manera de considerar el cuerpo individual o el cuerpo social. Del mismo modo, una nueva actitud en relación con la naturaleza se ha puesto en marcha. En suma, una nueva táctica ante la vida está a punto de nacer. Por consiguiente, es preciso elaborar la farmacopea epistemológica de la que acabo de hablar y que, en su sentido llano, puede proponer remedios para aprehender la relación con la alteridad, totalmente alternativa, que se esboza ante nuestra mirada.

Y tal como puede observarse en otros periodos similares, semejante cambio cualitativo necesita de la rumia. Es preciso remachar el puñado de ideas obsesivas de las que hemos hablado, madurarlas a través de la observación atenta que permite cargarlas de sentido. Pero para ello hay que saber podarlas del espeso matorral de las opiniones eruditas que han proliferado en torno a la cuestión humana y que encabezan la cartelera institucional.

En efecto, hay análisis que parecen irreprochables, y que quizá lo son desde un punto de vista formal. Sin embargo, en ellos percibimos intuitivamente todo lo que tienen de convencional y artificial. Alejados como están de la realidad social, se encuentran por lo tanto alejados de lo esencial. Ante esos análisis institucionales es ante los que la razón debe someterse a la prueba de la plasticidad de lo viviente sin que ello se traduzca en su aniquilación, sino, por el contrario, en su enriquecimiento. Es en ese punto donde los grandes pensadores y el pueblo convergen, quienes saben o sienten que importa menos la solución que la pregunta. Podemos citar aquí a Wittgenstein, para quien “la dificultad no estriba en encontrar la solución, sino en reconocer la solución en lo que parece ser su premisa”. Se busca erróneamente una explicación cuando una simple descripción constituye la solución de la dificultad.8

Hay ahí una sensibilidad teórica que no nos resulta familiar. He dicho bien: “sensibilidad teórica”, por extraña que parezca esta expresión, precisamente, en lo que está presente, en grados diversos, en el tratado erudito, en el periodismo de opinión, en los programas políticos o en la ideología de los diversos actores sociales. Todos están condicionados por un intelectualismo, admitido en mayor o en menor grado, que impide tomar en cuenta al instinto social, que impide aprehender el retorno a la inmanencia, a este “aquí y ahora” estructuralmente ligado al retorno del sentimiento trágico de la existencia.

No lo olvidemos: existe una estrecha relación entre la ortodoxia y la ortocracia, entre el saber garantizado y el poder arrogante. Jean Grenier recalcó ya en qué aspecto la ortodoxia, descendiente directa de la creencia, era una doctrina de la exclusión. Hay que entender esta última en sentido estricto, como exclusión de aquellos que no piensan rectamente o, como diríamos en la actualidad, correctamente; pero también como exclusión de temas o de objetos, e incluso de maneras de considerarlos que no “deben” considerarse. Digámoslo claramente: la idea de verdad es siempre el emplazamiento por excelencia del dogmatismo, la piedra angular de todas las ortodoxias, sean éstas religiosas, filosóficas o científicas.9

Podemos asimismo percatarnos de que la crispación ortodoxa, el fantasma de la verdad, son signos de debilidad. Una representación del mundo segura de sí misma no tiene necesidad de excluir; por el contrario, vive del bullicio intelectual y existencial. Para no tomar más que un ejemplo entre mil, la promulgación del dogma de “la infalibilidad pontificia”, que coronó el proceso de romanización de la Iglesia católica en 1871, fue el signo inequívoco de su decadencia.

A lo mejor hay que retornar, para pensar este bullicio, a los autores intempestivos, poetas, filósofos o pensadores anómicos, que, como Nietzsche, apelan a “iluminar el despropósito en las cosas humanas sin atemorizarse… y hacer progresar así el conocimiento del hombre”. No del Hombre en general, característico del universalismo occidental, sino de los hombres en particular, en lo que éstos tienen de plural y de vivaz. En efecto, es justamente la consideración del hombre concreto y de las relaciones que establece con sus semejantes lo que permite aprehender “lo que le da color a la existencia” (Nietzsche).10

Por consiguiente, no es la verdad lo que importa, dejemos eso a los clérigos de toda ralea, sino más bien este poco de verdad al que nos aproximamos en la forma de vivir el tiempo, en el juego de las pasiones, en el arte de habitar o de vestirse; en suma, en lo que podría llamarse una “cosmética trascendental” como medio de adaptarse al mundo en su totalidad, es decir, al entorno natural y social.

Son estos “colores de la existencia” los que apelan a un cuestionamiento que resulte adecuado. Más allá de las distinciones tajantes, de las teorías y de los conceptos cerrados, hay que encontrar “palabras” oportunas y retornar, quizás, a pensamientos arcaicos que sepan dar cuenta, de la mejor manera posible, de lo inextricable del sueño y de lo real, de la sensibilidad y de la razón. Sentir el pensar, pensar el sentir. Como sucede en ciertas pinturas medievales, el cuestionamiento se plantea siempre como abismo: muestra y oculta a la vez en una dialéctica de lo profundo y de la superficie que, más allá del fantasma del Uno, del sentido único o de la marcha real del Progreso, recuerda que es una polisemia estructural de la que los mitos, los cuentos y las leyendas hablan a placer. Pues si hay algo de lo que cada cual es responsable es claramente de la decodificación de la reviviscencia de un nuevo –y en muchos aspectos antiguo– imaginario social.

Empero, para aprehenderlo es preciso saber cederle el paso. No de una manera polémica, lo que es una inútil pérdida de energía, sino sabiendo reconocer, a veces con apasionamiento, el aspecto obsoleto de las diversas teorías de lo social, harto impotentes para dar cuenta de las nuevas formas del ser-juntos. En su obra Ideología y utopía, Karl Mannheim nos hace poner atención al desfase que a veces existe entre las concepciones abstractas y lo que él llama “el orden de vida realmente operante”.11 Desfase que está en la lógica de las instituciones humanas, las cuales tienden, por inercia sociológica, a querer sobrevivir a la efervescencia cultural de la que nacieron.

2. El presente progresivo

Quizá no sea inútil, con el fin de apreciar la separación entre la teoría y la vida, ir a la raíz misma del mito progresista que ha prevalecido en Occidente, pues esta Modernidad que se acaba tiene orígenes muy lejanos. Es un estado de espíritu que poco a poco dejará de lado a la vita contemplativa y privilegiará, en consecuencia, a la vita activa.

Así sea sólo muy brevemente, es necesario recordar el hincapié que progresivamente se ha hecho en la producción, en la construcción, en el activismo; en pocas palabras, en el trabajo como realización del individuo y de la sociedad. El compromiso con las cosas de este mundo, cuyas premisas encontramos en san Agustín, va a culminar en lo que Hannah Arendt llamará “la intervención en la naturaleza”,12 expresión que resume el aspecto depredador de un hombre “amo y poseedor” del entorno social y natural, cuya pretensión es dominar todo lo que lo rodea. Todo debe estar “a la mano”, todo debe poder manipularse: los otros de la sociedad (lo político), el otro que es la naturaleza (lo económico), lo mismo que el Otro que es la deidad, donde encontramos las diversas teorías “legítimas” de lo sagrado: teologías y teodiceas.

A esta lógica de la dominación la vemos en acción al inicio del texto bíblico, donde Dios le da al hombre un Edén para que lo cultive; la encontraremos también en la fisión del átomo, en la procreación artificial, en la prolongación artificial de la existencia y en la clonación humana. Subrepticiamente la creación, prudente y plural, que pone en juego elementos oníricos o lúdicos, esa creación que le cede su lugar al cuerpo gozoso, a la parte de sombra y a lo desconocido, se ve suplantada por un trabajo mucho más brutal que hace del cuerpo productivo y reproductivo un instrumento operatorio que actúa sobre este “cuerpo” circundante que es la naturaleza o la sociedad.