El romancero - Varios - E-Book

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La manifestación literaria del espíritu de un pueblo Selección de textos del romancero viejo (siglos XIV y XV) y del nuevo (XVI y XVII) que recupera joyas de nuestra literatura. Una representación de poemas que hablan de cuestiones cotidianas, de sentimientos, de relaciones familiares, hechos históricos... Versos que se extendieron y mantuvieron en la memoria del pueblo, haciendo que formen parte del folclore y de las tradiciones más arraigadas de nuestra cultura. Contenido: Romancero viejo: - Romances épicos - Romances históricos - Romances fronterizos - Romances caballerescos - Romances novelescos Romancero nuevo: - Lope de Vega - Miguel de Cervantes - Francisco de Quevedo - Luis de Góngora (Edición de Raquel Ramírez de Arellano)

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Seitenzahl: 199

Veröffentlichungsjahr: 2023

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ÍNDICE

Introducción

Contexto histórico

Romance y romancero

Formación de las lenguas romances

Forma del romance

El romancero

Clasificación de los romances

Estilo de los romances

El romancero nuevo

Lope de Vega

Miguel de Cervantes

Luis de Góngora

Francisco de Quevedo

Criterios de esta edición

Bibliografía

Romancero viejo

Romances épicos

Muerte de Fernando I

Quejas de Urraca

Urraca y Rodrigo

Traición de Vellido Dolfos

La jura de santa Gadea

El destierro del Cid

Nacimiento de Bernardo del Carpio

Por las riberas de Arlanza

Fernán González se niega a ir a las Cortes

Seducción de la Cava

Romances históricos

Isabel de Liar

Muerte del duque de Gandía

Muerte del príncipe don Juan

Muerte de doña Blanca

Augurios del rey don Pedro

Romances fronterizos

Cerco de Baeza

El moro de Antequera

Romance de Abenámar

Conquista de Álora

Pérdida de Alhama

Romance de Fernandarias

Romances caballerescos

Cautiverio de Guarinos

Infancia de Gaiferos

Melisenda insomne

Julianesa

Gerineldo

El infante vengador

Tristán e Iseo

Romances novelescos

Romance del infante Arnaldos

Romance del prisionero

La condesita

Conde Olinos

Rosafresca

La bella malmaridada

Delgadina

Bien se pensaba la reina

El caballero burlado

La infantina

Fontefrida

Romancero nuevo

Lope de Vega

Romance a Filis

XIII

Romance a Belisa

Miguel de Cervantes

Romance de Altisidora a don Quijote

Romance de la respuesta de don Quijote a Altisidora

Francisco de Quevedo

Romance VI

Romance XI

Romance XVI

Luis de Góngora

Ciego que apuntas y atinas

En la pedregosa orilla

Pensó rendir la mozuela

Dejad los libros ahora

Análisis de la obra

Actividades

Créditos

INTRODUCCIÓN

CONTEXTO HISTÓRICO

Las manifestaciones artísticas y, como parte de ellas, los textos literarios, son unos de los testigos más fidedignos de cómo se han ido configurando las sociedades a lo largo de los tiempos.

Para saber qué es un romance y cómo y por qué surgió el romancero, debemos centrarnos en la organización y acontecimientos históricos más relevantes, así como en los planteamientos sociales y económicos que dominaban aquella sociedad.

Llamamos Baja Edad Media a la segunda mitad de la época medieval según la división tradicional que a lo largo de la historia se ha llevado a cabo por parte de los historiadores. Este período abarcaría desde el siglo XI hasta el XV, si bien es cierto que hay opiniones diversas a la hora de acordar estos parámetros. Lo que está claro es que los primeros siglos de la Baja Edad Media fueron responsables de muchos de los cambios que se advierten a comienzos de la Edad Moderna, entre los que podríamos destacar la aparición y evolución de una nueva clase social, la burguesía, el esplendoroso despliegue del románico y el gótico como corrientes artísticas, y el asentamiento de las fronteras y el poder de los monarcas como hechos relevantes desde el punto de vista político y estratégico.

Cuando llegamos a la Alta Edad Media todos los países europeos han superado ya las estructuras sociales y políticas que constituían el antiguo Imperio romano.

El feudalismo como sistema económico, social y político que dividía a la población, a grandes rasgos, en nobleza, clero y campesinado, ya ha hecho su aparición, así mismo, la Iglesia ha acrecentado su poder y se ha convertido en un instrumento que influye de manera determinante sobre la monarquía. También las constantes guerras han dejado huella en la sociedad, de manera que gran parte de la Península Ibérica pertenece a los musulmanes.

Además, no podemos olvidar que en el año 1000 el miedo al milenarismo afectaba profundamente a todas las clases sociales, que pensaban que era posible una segunda llegada de Jesucristo al mundo con la idea de implantar un nuevo reino que duraría mil años, durante los cuales reinaría con los justos antes de una resurrección general.

Todas estas ideas bíblicas apoyadas en el Apocalipsis generaban en la sociedad una suerte de pánico colectivo que afectaba seriamente al día a día de mujeres y hombres.

A los primeros años de la Baja Edad Media se los conoce con el nombre de Plena Edad Media. Este nombre se ha relacionado tanto con el crecimiento económico como con la consolidación de los Estados europeos, si bien es cierto que el campesinado continuaba sometido al feudalismo tan arraigado aún en la sociedad.

A nivel político, empiezan a generarse tensiones entre la Iglesia y los emperadores, que reclamaban mayor independencia y un menor sometimiento a las instituciones eclesiásticas. Los monarcas, en muchas ocasiones, se veían arrastrados por la influencia de los papas, quienes tomaban muchas decisiones.

A nivel territorial, en la Península Ibérica la reconquista avanzaba notablemente; los reyes cristianos del norte peninsular, que se consideraban herederos de los visigodos defensores de la cristiandad, relegaron a los musulmanes, exclusivamente, al territorio de Al-Ándalus, un pequeño reino en la Andalucía oriental.

Todo el esplendor conseguido durante estos primeros siglos se tambaleó y terminó por desaparecer por la gran crisis que arrasó Europa en el siglo XIV.

El elevado crecimiento de la población y las hambrunas, muchas de ellas generadas por cambios climáticos, fueron los bastiones de la crisis. La falta de alimentos también provocó numerosas epidemias, entre ellas podemos destacar la peste negra, que produjo la muerte de casi 50 millones de personas en Europa. Llegó a la Península hacia 1348 y fue de extrema gravedad en Cataluña y en el norte de Castilla. Muchas aldeas quedaron despobladas, ya que se sucedió una importante inmigración a las ciudades.

Un elemento destacado de la Baja Edad Media fueron las cruzadas, que no eran otra cosa que intentos por conquistar la Tierra Santa, sobre todo Jerusalén, que pertenecía a los musulmanes. Estas cruzadas repercutían notablemente en aspectos políticos, económicos y sociales de la época. Una de las repercusiones más notables fue que se reforzó el poder del papado y se comenzaron a otorgar bulas y demás beneficios religiosos a los nobles que participaran en estas cruzadas. La participación en estas cruzadas generó la aparición de órdenes religioso-militares muy poderosas en la Península y en todo el continente europeo.

La Baja Edad Media supuso en primer orden un fortalecimiento de la monarquía. Los reyes habían ido cediendo durante siglos anteriores mucha relevancia a los señores propietarios y a la clase aristocrática. A partir de este momento, ya cansados del sistema feudal, van reduciendo los privilegios de los nobles y comienzan a aumentar los suyos.

Las ciudades comienzan a cobrar importancia y los reyes se apoyan en la burguesía, y la fortaleza económica y de poder de los nobles poco a poco se ve debilitada; así mismo, vuelven sus ojos hacia la Iglesia afianzando sus relaciones para alcanzar una monarquía de poder absoluto. También se rodean de expertos en Derecho para organizar las instituciones; especialmente se basaban en el Derecho romano, que apoyaba a los monarcas como si poseyeran el poder divino. Además, reforzaron la Corona a través de instituciones como el Consejo real, que tenía el papel de asesoramiento del monarca; la Hacienda, encargada de recaudar impuestos; las Cortes, que consistía en una reunión del rey con un grupo influyente de nobles y parte del clero, quienes entregaban dinero al monarca a cambio de privilegios reales, y finalmente, el Corregidor, encargado del gobierno de las ciudades.

En el caso de Castilla, las cortes medievales representaron a las ciudades que poseían más poder en el reino. De este modo, las ciudades consolidaron el poder de la Corona mientras que esta les otorgaba peticiones; sin embargo, no funcionaban como un parlamento, sino que se trataba únicamente de una serie de familias muy influyentes y ricas que obtenían beneficios exclusivos.

Por otro lado, la aristocracia opuso firme resistencia al fortalecimiento de la Corona, lo que generó todo tipo de conspiraciones en los palacios a lo largo de los siglos XIV y XV.

La economía agraria era la que prevalecía en todos los reinos, junto al sector de la ganadería lanar, muy en auge en toda Castilla y el sur de Aragón. Imperaba una economía de autoconsumo, es decir, los campesinos producían según sus necesidades y compraban mediante el trueque. Ya en los siglos XIV y XV, algunos sectores como la lana y la producción de seda, esta última sostenida por artesanos moriscos, crecieron de manera considerable. Estos artesanos o trabajadores se agrupaban en gremios y pertenecían a la nueva clase social de la burguesía.

Los burgos eran los barrios en los que vivían y trabajaban artesanos y comerciantes, que fueron denominados con el nombre de burgueses. Se agrupaban en gremios para que la colaboración entre ellos fuera más fácil. Alcanzaron tal poder que se configuraron como encargados de la defensa de algunas ciudades, de manera que cada gremio poseía su propio ejército, un grupo de mercenarios que trabajaban en la defensa de su territorio.

Pero los campesinos eran la mayor parte de la población. Tenían una situación legal muy variopinta, desde pequeños propietarios que poseían y trabajaban sus propias tierras, con algún trabajador asalariado, a los arrendatarios. Eran, estos arrendatarios poseedores de tierras estando a la merced de un señor de mayor clase social, incluso de un rey y subarrendaban una parte de las tierras o cedían el derecho de explotarlas a otros obteniendo este arrendatario, por ello, un beneficio. Se conoce a esta práctica como subinfeudación. En el caso de grandes propiedades, el trabajo era llevado a cabo por colonos que dependían de un señor. Por otro lado, las clases populares las formaban los artesanos, los pequeños comerciantes y los sirvientes de las clases más poderosas.

Los pobres y enfermos, que aumentaron tras la epidemia de la peste negra, eran parte de una población marginal, al igual que los esclavos, que servían como empleados del hogar de las familias más poderosas.

En un principio había poco comercio porque el traslado de mercancías era caro, dada la dificultad del relieve y la escasez de la moneda; así, se centraba casi exclusivamente en los puertos, cuyos agentes comerciales exportaban a través del Mediterráneo y el Atlántico. Los reyes aprovecharon el filón para cobrar impuestos y apoyaron a la Mesta para primar en Castilla la exportación de la lana.

También la Iglesia reforzó su poder a través de una serie de reformas que se llevaron a cabo en los monasterios. Según se produjo un avance de la conquista se incorporaron los mudéjares a los reinos cristianos, pero fueron poco a poco reducidos hasta que en el siglo XV apenas quedaban pequeños grupos diseminados por la Península.

La población judía ocupaba sus propios barrios, llamados juderías, sobre todo en la zona de Levante y en el sur de la Península. Comenzaron a ser repudiados por la población cristiana a partir del siglo XIV, que saqueó e incendió aldeas, pues los culpaban de ser el pueblo que había llevado a Jesús a morir a la cruz, así como de ser prestamistas estafadores y enriquecerse a costa de los cristianos. Lo cierto es que, aunque algunos se dedicaban al préstamo, la mayoría vivían de lo que producían en sus talleres.

En lo referente a la cultura, la mayor parte de la población formada por campesinos y artesanos era analfabeta. Danzas, canciones y relatos orales formaban la cultura popular. Durante los primeros siglos solo los monjes en sus monasterios se ocupaban de copiar manuscritos, y fueron ellos los encargados de perpetuar la cultura latina y otras obras teológicas. De hecho, es en los monasterios donde se localizan las primeras glosas, es decir, pequeños textos o anotaciones que se hacían en los márgenes de los manuscritos que se copiaban y que constituyeron las nuevas lenguas romances que sustituirían al latín. Estas lenguas se fueron consolidando hacia el siglo XIII.

En la segunda mitad del siglo XIII se establece la Escuela de Traductores de Toledo de la mano del rey Alfonso X el Sabio, constituida por los mejores expertos, encargados de la labor de recopilación y traducción de textos de todas las disciplinas: astronomía, derecho, crónicas históricas o libros de juego, entre otras. Lamentablemente las culturas judía y musulmana no fueron promovidas y poco a poco quedaron marginadas.

Las primeras manifestaciones de arte prerrománico se ubican en el siglo IX en el arte asturiano. Ya en el siglo X, a lo largo del Duero van surgiendo una serie de iglesias que constituyen el arte mozárabe, fundadas por monjes de origen andalusí que construían con materiales pobres.

El arte románico aparece en la Península hacia el siglo XI. En el pirineo catalán se levantan pequeñas iglesias rurales que expresan todos los elementos propios del estilo, aunque con materiales pobres. Pero es especialmente la peregrinación hacia Santiago de Compostela la que disemina a lo largo del camino pequeñas edificaciones que culminan con la catedral de Santiago. A lo largo del siglo XII el arte románico se extiende hacia el sur.

En el siglo XIII el estilo gótico se establece con la construcción de tres catedrales: León, Burgos y Toledo. En la misma época se implanta el estilo mudéjar, que utiliza elementos de origen musulmán.

ROMANCE Y ROMANCERO

Formación de las lenguas romances

Con la llegada de la descomposición del Imperio romano occidental, en el siglo V, surgen las lenguas romances. Hablamos de lenguas derivadas del latín, tales como el gallego, el catalán y el castellano. En el caso de la Península Ibérica, el proceso de formación de estas lenguas, que como decimos derivaban del latín, comenzó con la romanización.

En las guerras púnicas, a finales del siglo III a. C., ejércitos militares que procedían de la República romana comenzaron lentamente a ocupar la Península; así, algunas comunidades locales se implantaron de forma paulatina en la organización imperial. De este modo, los colonizados fueron adoptando la lengua latina sin ofrecer ninguna resistencia, y es en este momento cuando comienzan a fraguarse las lenguas romances.

Las lenguas romances derivan del latín vulgar, que era aquel latín hablado especialmente por soldados y otras clases bajas. Se trataba sobre todo de una lengua hablada, oral, y que una vez que se puso por escrito difería mucho de aquel latín clásico en el que se escribían los textos del primer siglo de nuestra era. Este latín vulgar se solía utilizar en un entorno familiar como medio de comunicación.

El latín oral, es decir, el latín hablado, estaba muy influenciado por los sustratos lingüísticos prerromanos, los cuales a su vez habían heredado particularidades de otras lenguas como el griego, el vasco, el fenicio o el íbero. Por lo tanto, los idiomas derivados del latín que más tarde se resolverían en las llamadas lenguas romances se fueron constituyendo en un lento proceso que estuvo muy marcado por la oralidad.

Con la llegada de los visigodos a la Península, estos adoptan el latín como su propio sistema lingüístico; aunque se piensa que a nivel oral, en esta época, ya se había instalado un idioma protorromance, la verdad es que los textos escritos que se conservan todavía denotan un conocimiento culto de la lengua. Esto nos hace pensar que durante los primeros años de la Edad Media convivieron un registro culto del latín, utilizado en la escritura, y un latín hablado ya muy próximo a las ulteriores lenguas romances.

En el año 711 se produce la conquista de la Península por parte del pueblo árabe, hecho que genera una serie de cambios importantes en el ya convulso panorama lingüístico.

En el siglo XI, la Península se divide entre el Al-Ándalus que se instala en la zona sur y los territorios cristianos de la zona norte. Especialmente en esta zona norte donde se había asentado la población cristiana se forman varias lenguas romances que procedían de aquel latín vulgar que hablaban los visigodos. Variantes de estas lenguas serían el catalán, el asturleonés, el navarroaragonés y el gallegoportugués. Por otro lado, en los territorios islámicos donde se había asentado la población árabe se instala una variedad lingüística mozárabe que se afianza en la zona sur del país.

Durante este período se va conformando, en los textos literarios, una diversidad lingüística que se advierte en la discrepancia entre las gestas del mester de juglaría y los textos más cultos y adoctrinadores del mester de clerecía. Ambas conductas desembocarán en el romancero.

Forma del romance

Los textos que aparecen en el romancero han sido denominados como romances, y se trata de composiciones que tienen un número indeterminado de versos de entre doce y dieciséis sílabas, con una rima asonante (en ocasiones consonante) en los versos pares. Estos textos dan cuenta, con un estilo propio, de historias que tienen un interés para la colectividad y que se repiten, es decir, van de boca en boca, como modo de difusión. Al tener una transmisión oral estos textos se van modificando, dando lugar a la existencia de múltiples variantes de un mismo texto, estableciéndose como distintas versiones.

El romance se organiza métricamente en series de octosílabos que se obtienen de una reducción de las formas narrativas anteriores, es decir, del cantar de gesta, del que procede, y que como decíamos contenía series indeterminadas de versos de entre doce y dieciséis sílabas. La pausa o cesura que se establece, como necesidad de su transmisión oral para respirar, es la que determina que el número de sílabas de un romance sea ocho. Además, no debemos dejar pasar por alto que la lírica tradicional anterior al romance tenía también una base melódica de ocho notas u ocho sílabas, y por tanto es lógico que el romance la siga reproduciendo. Por este motivo, los textos extensos del mester de juglaría fueron reescritos con una pausa o cesura optando así por la medida de ocho sílabas como la prioritaria.

De la misma manera que el romance toma como herencia de los cantares de gesta el número de sílabas de sus versos, también la rima, preferentemente asonante, es un rasgo hereditario. Se piensa que es más bien un juego nemotécnico, es decir, un mero instrumento que favorece la memorización de las largas tiradas de versos que conforman los romances.

Evidentemente, también hay que considerar que este género era especialmente transmitido entre un público con altas cotas de analfabetismo y que esta técnica favorecía, como decimos, su retentiva memorística.

Por otro lado, el romancero promoverá también las funciones informativas y patrióticas que con anterioridad desarrollara la lírica épica.

Como herencia del cantar de gesta, el verso se construía en dobles octosílabos, aunque muchos de los romances tienen una métrica variable, ya que la regularización de la medida octosilábica se inició en el siglo XIII y fue estabilizándose durante los siglos XIV y XV.

Otros aspectos de la forma del romance que han supuesto cierta controversia entre los estudiosos son la tirada y la estrofa. Aunque una parte importante de la crítica sostuvo que el romance se organizaba como tipo de composición estrófica, es mayoritaria la perspectiva a favor de la tirada, apoyando que la estrofa surge como un invento de los músicos que en el siglo XVI trataban de adaptar el texto a la música con la que se cantaban este tipo de composiciones.

Hemos hablado de una prevalencia por la rima asonante, aunque se han hallado muchos textos que alternaban asonancias con consonancias. Las asonancias más comunes son las llanas (ía, áa, áo) y las agudas (á, é, ó).

El género del romance viene caracterizado por la presencia de versos monorrimos, es decir, que tienen la misma rima que el resto de versos de la tirada, y en ocasiones se han encontrado textos con rimas diferentes. Según la estudiosa Mercedes Díaz Roig1, esto se debe a:

1.La desaparición de la e paragógica heredada de los cantares de gesta, que parece ser en muchos casos una e etimológica y que hace que un romance, antes monorrimo, se presente con dos rimas: la grave de las palabras que tienen hoy e final (madre) y la aguda de aquellas que perdieron la e paragógica (cantare: cantar).

2.La fusión o cruce de dos romances con diferente rima.

3.La fusión o cruce de dos versiones del mismo romance, una de ellas refundida con distinta rima.

4.Las diversas tiradas épicas (cada una con su rima) que se fundieron en un solo romance.

5.Las recreaciones hechas a base de pequeños cruces con otros textos populares (romances vulgares, coplas, refranes, etc.) con distinta rima.

6.Los pareados originales de una balada convertida en romance.

A finales del siglo XV y durante el XVI encontramos el estribillo como parte de algunos romances. Parece ser que propiciaba una mejor adaptación a la música.

En cuanto al tipo de estructura interna hallada en los romances, hay una prevalencia por mezclar narración y diálogo. En ocasiones, algunos romances muestran lo que Menéndez Pidal llamó «romances-diálogo», que representan una escena, y en otras ocasiones «romances-cuento», que elaboran una narración que contiene una estructura de planteamiento, desarrollo y desenlace.

Por otro lado, Di Stefano señala dos maneras de organizar el relato, una escuela que prioriza la estructura más propia de los cuentos populares y otra escuela más literaria e innovadora que separa la estructura temporal de la estructura narrativa. A los que contienen la primera estructura los denominará alfa, y suponen mayor sencillez a la hora de ser memorizados, y los de corte más literario los hará llamar omega, y serán menos maleables a la hora de ser recordados.

Otro tipo de estructura que abunda en los romances es la «concéntrica», aquella que repite el núcleo de la historia de manera reiterativa.

El romancero

Su origen se encuentra en la Edad Media y se trata de una de las manifestaciones líricas más representativas en la historia de la literatura española.

A pesar de su tradición de carácter oral, los romances se han tradicionalizado de una manera tan férrea en nuestra literatura, que han perdurado hasta nuestros días en numerosos corpus de los que iremos dando cuenta a lo largo de este estudio.

Distintos estudios del romancero tradicional han desarrollado una división entre romancero viejo y romancero de tradición oral moderna. El romancero viejo integraría textos que han sido recogidos en los siglos XV, XVI y parte del XVII, mientras que se denomina romancero de tradición oral moderna al que recoge los textos de los siglos XIX y XX. Aunque existen numerosas diferencias entre los textos de uno y otro, sí se ha observado una pervivencia en el estilo y los temas que ha llevado a pensar a los estudiosos que se trata del mismo género.

Hay que achacar al humanismo renacentista la difusión de villancicos, proverbios y romances como ejemplos de poesía sencilla que representaban al ideal de hombre originario, de hecho, como atestigua Ramón Menéndez Pidal, la primera revelación del gusto cortesano por los romances surge en la corte napolitana de Alfonso V de Aragón. Es en la segunda mitad del siglo XV cuando el romancero se pone de moda a su llegada a la corte castellana y es cantado por poetas y músicos. En este momento se empieza a publicar el romancero tradicional a través de cancionero y pliegos sueltos, siendo estas publicaciones las que han llegado hasta nosotros para dar testimonio de este revolucionario género.

Con los primeros hallazgos del romance: La dama y el pastor, Rosaflorida, El conde Arnaldos y El romance de la señora Reina de Aragón, advierte Menéndez Pidal que tenemos los cuatro objetivos de lo que significó el romancero en los siglos XV y XVI: poesía oral cuyo fin era entretener a un público analfabeto, con una intención creativa y una base formal y de estilo novedosa.

Pero ¿cuáles son las fuentes literarias de este tipo de textos? Parece que primordialmente debemos atender a tres tipos: los pliegos sueltos, los cancioneros y romanceros.

Fue a finales del siglo XV cuando los romances comenzaron a publicarse en pequeños cuadernillos que eran distribuidos para su venta a un precio muy económico. Aunque se editaban multitud de ejemplares, como el material utilizado para su difusión era de escasa calidad, solo se han conservado unas cien de esas pequeñas publicaciones. Parece ser que la difusión en este tipo de soporte se extendió a lo largo de todo el siglo XV y es casi inexistente a finales del siglo XVI. Actualmente, este tipo de pliegos sueltos han sido conservados en bibliotecas españolas como la Biblioteca Nacional de Madrid y en otras de fuera del país como la Universidad de Praga o Cracovia.

Por otro lado, la publicación de romances en libros parece ser que comienza con la publicación en 1511 del Cancionero general y hacia 1525 del Libro de cincuenta romances, del cual se han conservado únicamente dos pliegos, por tanto, no sabemos cuál era el número de romances que contenía.

El primer libro dedicado exclusivamente al romancero fue el Cancionero de romances (1547); se imprimió en Amberes y estaba compuesto por 150 romances, a los que se fueron incorporando otros en posteriores reediciones. A partir de ese momento aparecen múltiples publicaciones en torno al romance tradicional, sobre todo de tema histórico, en especial crónicas, pero también de tema amoroso.

A finales del siglo XVI surge el denominado romancero nuevo, cuyos textos eran escritos por autores de prestigio: Luis de Góngora, Lope de Vega, Francisco de Quevedo o Miguel de Cervantes. Alejado ya del romance tradicional tiene, preferentemente, una temática de corte amoroso y también histórico. El auge del romancero viejo concluye hacia 1580.