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Después de su primer libro publicado en septiembre de 2022,
El Gran Viaje de la Vida (a través de la sabiduría humana) donde Xavier nos ofreció una amplia recopilación, realizada a lo largo de más de 32 años viajando por 121 países de los 5 continentes, de las palabras más sabias que jamás se hayan transmitido, ahora tienes en tus manos su nueva obra. Se trata de una fascinante novela de autoconocimiento personal que te llevará a emprender un inolvidable viaje a través de diferentes continentes en búsqueda de una respuesta a un gran secreto… Una inmersión en la cual, junto con los protagonistas del libro, te sumergirás en una increíble aventura donde se entrelazan personajes exóticos, países lejanos e historias misteriosas, místicas e irrepetibles… Es un viaje donde nacen amistades, transformaciones personales y hasta donde podría nacer el amor… Y quién sabe… Quizás TÚ también, junto a Mark y Neyla, encontrarás más de lo que estás buscando.
Xavier Padrós Pascual nació el 7 de abril de 1972 en la Ciudad Condal. Estudió Relaciones Públicas e Historia en la Universidad de Barcelona y cursó un Máster en Ciencias Económicas en la Universidad Pompeu Fabra. Lleva más de 25 años trabajando en una importante entidad financiera.
Una de sus grandes pasiones es viajar alrededor del mundo coleccionando experiencias, historias y sucesos maravillosos que suman los verdaderos viajeros.
Pasó unas largas temporadas de su vida estudiando/viviendo en los Estados Unidos, Australia, Irlanda, Escocia, Dinamarca y Suecia. «Estoy habituado a moverme en un entorno multicultural. Viajes, culturas diferentes, amigos alrededor del mundo forman parte de mi esencia. Esta manera de vivir modeló mi forma de pensar y mi escala de valores desde una temprana edad», explica el autor. Actualmente vive con su esposa y sus dos perros en la Costa Brava.
Xavier también es un gran apasionado del deporte, y especialmente de la natación, donde ha sido varias veces campeón máster de Cataluña y España y finalista en varios campeonatos del mundo y de Europa de natación. «Agua es vida», defiende.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Xavier Padrós Pascual
El Secreto de la Vida Eterna
© 2022 Europa Ediciones | Madrid www.grupoeditorialeuropa.es
ISBN 979-12-201-3577-1
I edición: Mayo de 2023
Depósito legal: M-5019-2023
Distribuidor para las librerías: CAL Málaga S.L.
Diseño portada: Sabina Vilimaitė
Ilustración portada: Adrián Secci
Impreso para Italia por Rotomail Italia S.p.A. — Vignate (MI)
Stampato in Italia presso Rotomail Italia S.p.A. — Vignate (MI)
El Secreto de la Vida Eterna
Quisiera dedicar este libro a… La Vida, puesto que no hay riqueza más grande que ella.
«La muerte es solo el umbral de una vida nueva. Vivimos hoy, viviremos otra vez. De muchas formas regresaremos».
Oración de resurrección egipcia
«Life is a mystery to be lived, not a problem to be solved». (La vida es un misterio para ser vivido, no un problema para ser resuelto).
Soren Kierkegaard
«Si alguna vez fuéramos tan desafortunados de tenerlo todo, seríamos espectadores y no
participantes de la vida».
William Kirkland
Era una fría y lluviosa tarde de invierno. De esas tardes tristes y melancólicas de las cuales me gustaba disfrutar, especialmente en esta época del año, ya que tan solo quedaban un par de días para que empezara la Navidad.
Me encontraba en la grandiosa biblioteca del abogado de mi abuelo, la cual utilizaba como sala de espera. Era un espacio enorme con un techo altísimo y, en el fondo, había unas escaleras de caracol de color negro hechas de hierro que llevaban a un piso superior abierto a la gran sala. En esta especie de ático se encontraba una preciosa mesa antigua de caoba llena de libros y hojas en blanco. Desde aquella planta— terraza (era mi lugar favorito de la estancia) había una vista imponente de toda la biblioteca. En el medio se ubicaba un gran sillón negro de piel muy confortable y, justo delante, una gran chimenea encendida en la que se podía oír claramente el relajante sonido del chispear de la leña. Tanto el suelo como las estanterías estaban construidas en madera de roble y el techo estaba revestido de madera de teca. Había miles de libros de toda clase; podías encontrar tanto ediciones antiguas de biblias de los siglos XVIII y XIX con portadas de piel y cierres metálicos, como el ejemplar del mes pasado de la revista The Science. Realmente era una visión espectacular y daba la sensación de estar en la escuela Hogwarts de Harry Potter. Aunque el lugar no era nuevo para mí, ya que había estado decenas de veces anteriormente, siempre me impresionaba.
El despacho del abogado se encontraba en un edificio de estilo modernista, el cual estaba ubicado en pleno centro del barrio Gótico de Barcelona. Era un inmueble imponente y majestuoso, adornado con unas gárgolas de seres indescriptibles y un poco fantasmagóricos que le daban un toque lúgubre y a la vez misterioso; recuerdo que de pequeño me atemorizaban.
¿Por qué estaba allí de nuevo? Hacía tan solo tres días me habían llamado para comunicarme el fallecimiento de mi abuelo, el único familiar que me quedaba a mis casi cuarenta años. Empecé a recordar nuestra última conversación, de hecho, más que conversación, nuestra última discusión. Los dos últimos años, las pocas veces que nos vimos las pasamos discutiendo. Realmente éste no era el mejor recuerdo que podía tener de él. Me invadió un enorme sentimiento de culpabilidad y entré en una especie de hipnosis que me dejó medio amodorrado. De repente oigo:
—Mark, ya puedes pasar al despacho, el Señor Abogado ya lo tiene todo listo. —Eran las palabras que me dijo la secretaria desde la puerta entreabierta de la estancia.
Salí de mi estado de ensoñación y me dirigí hacia la puerta. Entré en el despacho, el cual era muy similar a la biblioteca, pero de dimensiones mucho más reducidas. Ambos nos sentamos en el centro de un enorme sofá blanco, entonces el abogado me dijo:
—Siento mucho tu pérdida Mark. Lamento enormemente el fallecimiento de tu abuelo. Ya sabes que no era solamente uno de mis mejores clientes, sino que también era un gran amigo personal.
Yo tan solo asentí con la cabeza sin decir palabra. Él siguió:
—De verdad que me siento muy apenado por nuestra gran pérdida. Sé que estos últimos años no habéis estado muy unidos.
Seguí asintiendo sin decir palabra.
—Supongo que no hace falta que te diga que puedes contar conmigo para todo lo que necesites, y no hablo solamente en términos de asesoramiento jurídico. También me tendrás a tu disposición para cualquier tema personal que pueda requerir mi ayuda. ¿Entendido?
—¡Gracias! —respondí yo asintiendo de nuevo con la cabeza y con la vista perdida en el suelo—. Se lo agradezco mucho.
—Bien, ahora hemos de esperar a que llegue alguien más para empezar con la lectura del testamento — comentó él.
—¿Alguien más? —exclamé.
—Sí, no te puedo revelar de quién se trata, pero si su puntualidad cósmica se lo permite, espero que en pocos minutos llegue y veas a quién estamos esperando.
Solo podía tratarse de una persona, estaba claro que esperábamos a Ingrida-Björk quien, durante más de veinticinco años había sido la secretaria, asistente y confidente personal de mi abuelo. Ingrida era originaria del norte de Europa, aunque nunca nos dijo exactamente de qué país provenía ya que, como ella siempre repetía, era una ciudadana del mundo que no tenía bandera, himno ni ninguna frontera como hogar, puesto que su patria era el mundo entero. Y, es más… decía que: «los hombres, en vez de alabarse en esto de que aman a su país, deberían alabarse en que aman a su especie. La humanidad construye demasiados muros y no suficientes puentes». Mi abuelo conoció a Ingrida junto con su hija que, entonces, no tendría más de un par de años, en un viaje que realizó por Vietnam. Era una persona muy peculiar. Yo siempre la tuve por una hippie, ya que me acuerdo de que tenía un pelo rubio ceniza, con algunas rastas que le llegaban hasta la cintura, vestía con amplios y largos vestidos de colores estridentes que arrastraba por el suelo y, desde la primavera hasta bien entrado el otoño, siempre andaba descalza; caminaba como si besara la tierra con sus pies. Un día, le pregunté el porqué de caminar descalza, y me contestó con un proverbio persa: «Para el que lleva zapatos, es como si toda la tierra estuviera cubierta de cuero», y añadió: «Al andar descalza yo puedo sentir la hierba húmeda bajo mis pies cada mañana, la arena de la playa que me cosquillea las plantas de los pies, las duras piedras de la montaña que me los masajean y el agua fresca en los riachuelos que me los limpian». Era muy aventurera y una gran navegante. Una persona que vivía la vida al máximo, exprimiendo cada momento del que disponía, gozando de cada pequeña cosa. También recuerdo con claridad su impuntualidad. Era una persona que nunca había llevado reloj y, evidentemente, nunca se planteó tener un teléfono móvil. Realmente, no sé qué tipo de secretaria podía ser. De hecho, cuando conoció al abuelo, ella estaba dando la vuelta al mundo con su pequeña hija en un viejo velero. Le contó que la niña había nacido en alta mar mientras navegaban alrededor de Madagascar. Nunca nos contó quién era el padre. Creo que ni ella misma lo sabía y estoy convencido de que ni le importaba.
Estábamos en el despacho del abogado para leer las últimas voluntades de mi abuelo y, como no podría ser de otra manera, aunque yo fuera el único familiar vivo, Ingrida tenía que estar incluida en el reparto de los bienes que pudiera haber por el trabajo, apoyo y amistad incondicional que le había profesado durante tanto tiempo. Tenía ganas de volver a verla ya que siempre le tuve mucho aprecio.
Entre el confortable tresillo, el crepitar de la leña en la chimenea, la agradable temperatura que había en la sala y la relajante melodía que sonaba en el hilo musical, volví a quedarme medio adormilado dando cabezadas cuando, de nuevo, volví a oír las palabras de la secretaria saliendo de detrás de la puerta del despacho:
—¡Ya ha llegado!
Al levantarme y girarme para dar un fuerte abrazo a Ingrida, cuál fue mi sorpresa al ver que se trataba de otra persona:
—¡¿Neyla?! —exclamé sorprendido—. ¡¿Qué haces tú aquí?! Pensaba que era a tu madre a quien estábamos esperando…
Neyla era la hija de Ingrida, a quien mi abuelo conoció en ese viaje por Vietnam hacía más de veinticinco años. Si mis cálculos no fallaban, ahora Neyla tendría unos 28 años aproximadamente. Aunque ya hacía más de tres años que no la veía, no había cambiado mucho desde la última vez que nos encontramos. Era una chica alta y muy atractiva. Tenía un largo pelo rubio algo ondulado y unos ojos almendrados de un verde esmeralda que cautivaban y los cuales, por alguna razón, te hacían apartar la mirada cuando los contemplabas fijamente, ya que intimidaban. Su rostro irradiaba luz, mucha, como si fuera una estrella. Durante las estaciones frías, solía vestir con tejanos rotos y largos y amplios jerséis que le caían por debajo de la cintura, nunca le vi llevar un abrigo por encima y, en las estaciones calurosas, solía llevar amplios pantalones orientales combinados con exóticos kimonos estampados de colores vibrantes. Tenía varios enigmáticos tatuajes tribales los cuales se había hecho, según me dijo, en Senegal, Paraguay, la Polinesia y Borneo, al igual que un par de piercings. Su imagen y la energía que desprendía siempre la hacían destacar fuera donde fuera. Eso sí, se notaba que había nacido en el mar, puesto que era como un océano, profunda y, a veces, tempestuosa. Siempre andaba ensimismada en sus propios pensamientos los cuales muy de vez en cuando revelaba. Veía belleza en todas las personas y todas las cosas, afirmaba que «la belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla». La envolvía un aire muy místico; ya desde muy pequeña empezó a mostrar estos rasgos. Yo la tenía un poco por bruja, en el sentido de persona mística, claro está. Le encantaban los temas esotéricos y siempre llevaba encima sus viejas y desgastadas cartas de tarot que, según me contó, se las regaló una extraña anciana en México, a las afueras de una pequeña aldea en la provincia de Guadalajara. Recuerdo que me contó que tropezó con la mencionada señora de una forma muy enigmática e inusual. Se encontraba perdida por unos campos donde no había absolutamente nada ni nadie. Al ser un día de un calor tórrido, buscó cobijo bajo un árbol con una forma un tanto fantasmal para obtener algo de sombra. Justo en el momento de sentarse debajo de ese árbol, apareció de detrás del gran tronco una misteriosa viejecita con un solo ojo. Sin mediar palabra alguna, la señora le dio una cantimplora con agua fresca y una baraja que en aquel momento no sabía de qué se trataba. Al abrirla resultaron ser cartas del tarot con imágenes de antiguos dioses aztecas. La señora hizo un leve movimiento de cabeza y le susurró que llevara las cartas siempre encima, ya que la protegerían y serían su guía en momentos de peligro, desesperación y desamparo. El día que me lo contó le pregunté si había sentido temor en ese encuentro tan extraño, pero me dijo que, todo lo contrario, esa extraña viejita con quien se encontró le transmitió mucha paz y tranquilidad. Lo más raro de todo fue que en ese paraje donde se encontraba no había absolutamente ninguna casa y, al girarse, ya no vio a la anciana. Siempre había pensado que Neyla exageraba en sus relatos y especialmente en éste ya que, cuando fue a México, contaba con tan solo diecisiete años y en esa época es cuando empezó a fumar todo tipo de extrañas hierbas, pero con el paso del tiempo me di cuenta de que no era así ya que solía contar los acontecimientos que le sucedían con mucha exactitud y fidelidad.
Según me dijo su madre, la razón por la que no la había visto en estos últimos tres años era porque se inició en prácticas shamanicas y se había ido a vivir a la selva amazónica para trabajar, voluntariamente, en una ONG local.
Como decía, siempre fue una chica un tanto extraña para mí y, aunque mi abuelo y su madre estaban muy unidos, ella y yo nunca acabamos de llevarnos demasiado bien ya que, a parte de la diferencia de edad, vivíamos en mundos totalmente opuestos y nuestros ideales de vida se encontraban diametralmente separados.
Recuerdo la última vez que la vi y he de decir que no tengo un buen recuerdo de ello; fue el día después de que cumpliera los veinticinco años. Por motivos laborales, no pude asistir a su fiesta de cumpleaños (como casi siempre me sucedía, me perdía fechas señaladas por culpa de mi elevado sentido de responsabilidad laboral), por lo que lo celebraron ellos tres. Justo antes de la medianoche, la llamé para felicitarla y decirle que, si le iba bien, al día siguiente la invitaba a cenar en un restaurante de moda de Barcelona para entregarle su regalo. Para empezar, la elección del sitio ya fue mala de por sí, puesto que ella aborrecía este tipo de lugares y prefería establecimientos más de batalla. Recuerdo que la tuve de esperar más de una hora para cenar. Yo ya conocía su impuntualidad (al igual que la de su madre), pero ese día se pasó de la raya y, al llegar, le eché un buen rapapolvo. Ella ni se inmutó y me soltó:
—La mía es una puntualidad cósmica querido, no de reloj —me dijo con recochineo.
—Ya, pero cuando la gente te está esperando, es de agradecer y una señal de respeto hacia ella que la persona llegue puntual a su cita —le reproché.
—El tiempo le fue dado al hombre para emplearlo, no para convertirse en esclavo de él, Mark. Desde el punto de vista del cosmos, ¿de verdad piensas que el universo tiene el más mínimo interés en que se cumpla tu agenda de oficina? —me espetó—. Y, es más, si me lo permites, te voy a contar una historia real que viví, no hace mucho, realizando unos servicios sociales en Paraguay mientras trabajaba para Médicos Sin Fronteras.
—Pues va a ser que no te lo voy a permitir —la dije para que dejara el tema ya, puesto que me estaba poniendo de los nervios.
—Con tu permiso o no, te lo contaré de todos modos. —Vaya una era Neyla para que alguien le negara algo, cuando más se le prohibía, más empeño ponía ella en hacerlo—: En un pequeño y muy pobre pueblecito de no más de treinta personas, que ni siquiera tenía nombre, me di cuenta de que la gente nunca andaba preocupada y tenían un semblante feliz, sin tener absolutamente nada más que unas maltrechas chozas y cuatro utensilios para cocinar, cuando podían contar con algún alimento para ello. Al que parecía el jefe de la tribu local le pregunté el motivo de su despreocupación y aparente felicidad. ¿Y sabes qué me contestó? —me preguntó Neyla retóricamente, sin esperar respuesta de mi parte.
—Pues no, no lo sé —dije igualmente.
—Eso es porque nunca miramos el reloj —sentenció satisfecha.
La noche terminó peor de cómo empezó… Este tipo de respuestas me desarbolaban completamente. Cuando empezaba a razonar de esta manera, me sacaba de mis casillas y yo siempre acababa gritando palabras mal sonantes. Pero ella nunca se inmutaba y acababa diciéndome algo que me hacía callar por completo:
—Mark, los gritos son el arma de los cobardes, de los que no tienen la razón. El saber y la razón hablan; la ignorancia y el error gritan.
Eso sí, he de reconocer que era una persona que siempre utilizaba las palabras justas, no malgastaba ninguna de ellas. Nunca la oías haciendo grandes soliloquios. Recuerdo que, ya de pequeñita, me decía que aborrecía a la gente que hablaba demasiado y que en la vida había solo tres momentos en los que se debiera hablar: responder cuando a uno le hacen una pregunta, preguntar para saber o conocer algo, y la tercera es cuando alguien tiene que decir algo que puede ser interesante para sus interlocutores u oyentes. Creo que estas palabras se las oí decir poco después de cumplir los diez años. Realmente esa niña no parecía de este planeta. Yo, por el contrario, hablaba mucho, pero solo para alardear o para escucharme a mí mismo; cuando callaba e intentaba escuchar a los demás, solo lo hacía cuando estos me regalaban los oídos. Me consideraba el ombligo del mundo.
También recuerdo que nunca la veías preocupada por nada. Cuando se metía en algún buen lío, y esto lo hacía muy a menudo, yo le preguntaba:
—¿De verdad que no estás preocupada?
—¿Ayudaría? —me respondía ella.
Cuando me contestaba con esta simple expresión, siempre me acordaba de un dicho oriental que mi abuelo me repetía continuamente y rezaba algo así: «Si un problema tiene solución, por qué te preocupas por ello, ya la encontrarás; y, por el contrario, si ese mismo problema no tiene solución, por qué preocuparte por ello, hagas lo que hagas, no hay nada que hacer». De verdad que esa niña no parecía de este mundo.
Al contrario que Neyla, yo siempre andaba preocupándome por todo, incluso por las cosas más nimias e insignificantes. Ella y yo éramos totalmente opuestos, no teníamos nada en común, bueno…, eso no es del todo cierto ya que compartíamos fervientemente un par de cosas: los dos éramos fans incondicionales de Elvis Presley, el rey del Rock, y de Bob Marley, el rey del Reggae. Pero, por lo demás, nuestros valores divergían totalmente por no hablar sobre nuestros estilos de vida. También me acuerdo de que ella era una ferviente seguidora de lo que llamaba la filosofía slow; todo lo hacía con mucha lentitud y consciencia: comía, caminaba, hablaba, conducía… con una exasperante lentitud y, eso sí, siempre haciendo solo una cosa a la vez. Por el contrario, yo lo hacía todo a mil por hora de forma robótica, sistemática, a toda pastilla, frenéticamente, sin realmente darme cuenta de qué comía, qué decía, adónde iba o qué hacía. Era totalmente multitasking y siempre llevaba un torbellino detrás de mí.
Ella era una persona a la que le gustaba amortizar las cosas mientras que yo las remplazaba al poco tiempo de tenerlas; cambiaba de vestuario constantemente, cada año estrenaba nuevo coche deportivo, cada seis meses tenía el último modelo de smartphone… Me cansaba de mis cosas con demasiada rapidez y solo me contentaba al cambiarlas por
juguetes nuevos.
Realmente llevábamos vidas diametralmente opuestas.
—Vaya sorpresa Neyla, no te hacía por Barcelona. De hecho, estaba seguro de que esperábamos a tu madre —repetí sorprendido—. Pensaba que estabas en Brasil.
—Ojalá pudiera haber venido ella —repuso Neyla.
—¿Por dónde para Ingrida? ¿Vuelve a estar navegando por algún lugar perdido de este mundo?
—Veo que aún no lo sabes, ¿cierto? Aunque no me extraña, ya que debes estar absorbido por el trabajo, como siempre, y te pierdes todo lo importante que sucede a tu alrededor —me soltó.
Pensé: «Ya empezamos con nuestras antiguas pullas», y eso que hacía tres años que no nos veíamos. Pero me calmé y decidí que esta vez no iniciaría ninguna discusión.
—Mi madre desapareció hace un par de meses — siguió diciendo ella—. Por eso estoy aquí. Volví tan pronto cuando me llamó tu abuelo para decirme que mamá había desaparecido en alta mar mientras navegaba volviendo de las Baleares.
—¿¿¿Ingrida??? ¿¿¿Desaparecida??? ¿¿¿Mientras navegaba??? Si tu madre era una experta navegante. ¿Qué sucedió? —pregunté alarmado.
—Nadie lo sabe. Su barco apareció a la deriva en el sur de la Costa Brava (tierra de leyendas y naufragios) y sin rastro de ella. Piensan que debió caer al mar y se ahogó. Aun así, me cuesta mucho creerlo ya que verifiqué si hubo mala mar durante los días que estuvo fuera y solo hubo días de mar calmada, ninguna tormenta ni mala mar en absoluto. Realmente lo encuentro rarísimo, pero he de hacerme a la idea de que ya no está entre nosotros.
—De verdad que lo lamento muchísimo. ¡No sabes cuánto! —respondí muy apesadumbrado, impactado y triste por la fatal noticia.
En estos últimos años mantenía una relación mucho más fluida con Ingrida que la que tenía con mi abuelo. De hecho, ella siempre intermediaba entre los dos, aunque sin el menor éxito. Pero, a lo largo de este último medio año, había estado tan absorbido por el trabajo que no tuve ningún contacto personal con nadie de mis pocas amistades.
Noté un fuerte sentimiento de tristeza en Neyla, cosa que antes nunca había visto, y ya no quise entrar más en detalle de lo que pudo haberle sucedido a su madre. Yo también me había quedado muy triste por este golpe inesperado. De todos modos, qué extraña y cuestionable desaparición la de una persona experta en navegación en unos días de mar tranquila. Algo raro había… Pero las autoridades marítimas ya la habían dado oficialmente por fallecida.
Y, a todo esto, ¿quién es Mark?
Mark, según mis amigos y conocidos, es una persona materialista, egoísta, avariciosa, engreída, impaciente, envidiosa, arrogante, resentida, soberbia, insensible y casi siempre descontenta y de mal humor. Una persona que sufre al no obtener lo que desea y, cuando lo obtiene, se aburre de ello inmediatamente. Y, sinceramente, no lo podría negar. Se me olvidaba decir que también es un personaje muy tacaño, aunque espléndido cuando se trata de comprar juguetes o
experiencias para él mismo. Vamos todo un Mr. Scrooge (el famoso personaje victoriano de la obra de Charles Dickens Cuentos de Navidad) del siglo XXI; de hecho, en honor a la verdad, creo que supera con creces a Ebenezer Scrooge.
Perdí a mis padres de muy pequeño y mi abuelo fue la persona que se encargó de mí por ser el único familiar que me quedaba. Siempre tuve la sensación de que le molestó tener que responsabilizarse de mí y ser una gran y desagradable carga para él. Me acuerdo de que, después de convivir juntos un par de meses, no tardó en enviarme a estudiar a varios internados de Suiza y de Inglaterra. En Navidades y en vacaciones de verano, solía hacerme llegar billetes de avión para regresar junto a él en nuestra casa, pero no en todas, ya que, en mis últimas vacaciones, antes de graduarme, se le ¡olvidó! enviar el billete de avión y me pasé todo el verano completamente solo en la residencia para estudiantes donde residía, a las afueras de Londres. Cuando terminé el colegio me envió a una prestigiosa universidad americana en la ciudad de Boston donde terminé las dos carreras en las que me matriculó. Supongo que fueron dos para mantenerme más tiempo alejado de él. En mi estancia en los Estados Unidos solo me enviaba los billetes por Navidad ya que, en mis vacaciones estivales, él se encontraba viajando por algún país del mundo, buscando, comprando y ampliando su colección de artículos antiguos o asistiendo a alguno de sus retiros
espirituales. Conocía anticuarios y gurús de medio mundo, o podría decir, sin apenas exagerar, de casi todo el mundo.
A diferencia de mi abuelo, de Ingrida y de Neyla, yo siempre vivía rememorando y analizando el pasado y me proyectaba en el futuro pasando por el presente sin darme la menor cuenta; por el contrario, ellos siempre habían vivido en el ampliamente conocido Aquí y Ahora. Tal como decía mi abuelo: «Por qué te preocupas del pasado si ya ha pasado, y preocuparse del futuro no tiene ningún sentido ya que el día que llegue ya tendrás tiempo suficiente para ocuparte de él». Ellos vivían en esta frecuencia y yo en una totalmente distinta; por este motivo siempre me encontré a años luz de ellos tres. Muchas veces creí sentir una cierta envidia por la estrecha relación que compartían y lo alejado que yo me encontraba de ellos, si bien he de decir que tampoco me molestaba en demasía.
También, a diferencia de ellos, yo siempre quería conseguir más y más, mi filosofía era la de cuanto más grande y caro, mejor; mientras que la suya era totalmente antagónica: cuanto menos, mejor.
Ellos solían disfrutar mucho de sus largos paseos por la naturaleza, hacer cosas al aire libre, mientras que, por el contrario, yo era un completo urbanita; no solía acompañarlos en sus paseos y cuando lo hacía, me aburría muchísimo. En cuanto a viajar, ellos solían hacerlo para tener experiencias nuevas, probar nuevas gastronomías, gozar de todo y todos, mientras que yo, simplemente, viajaba para coleccionar fotografías en mis tarjetas USB, las cuales acababa por no mirar nunca. Me convertí en un gran coleccionista de experiencias (sin apenas experimentarlas), momentos y fotografías donde pretendía ser feliz.
Tenía un trabajo con un sueldo anual envidiable, pero con un coste de tiempo enorme. Trabajaba como responsable de mercados financieros en un banco de inversión extranjero. Me pagaban excelentemente bien, pero, aun así, siempre quería más.
Como ya he comentado, casi nunca vivía en el presente, siempre me perdía entre pensamientos pasados o proyectándome en momentos futuros. Era una persona que no gozaba del presente por pensar que el futuro me traería mejores cosas: una casa más grande (total, ¿para qué? Yo estaba soltero y no tenía hijos ni pensamientos de tenerlos), un coche más lujoso y veloz (total, ¿para qué? ¿Para llegar a la oficina más rápido? Si había semanas que no me movía de ahí), una cuenta corriente con más ceros, trajes más caros, salir con más modelos, ir a más fiestas, probar más comidas caras… más, más, más y más… Para mí la perfección se encontraba en añadir en vez de quitar, mientras que para ellos tres consistía en todo lo contrario.
Curiosamente también andaba siempre preocupado por cosas que, a la larga, nunca llegaban a suceder. Visto a toro pasado esto era una gran pérdida de tiempo, pero claro está, a toro pasado todo es más fácil de ver. La vida pasaba en frente de mí, no en mí.
En definitiva, tal como he dicho antes y me repito… todo un Mr. Scrooge del siglo XXI.
—Neyla, Mark… Si os parece bien, ahora, con vuestro permiso, empezaré con la lectura del testamento — comenzó diciendo el abogado y leyó—: Para mi querida Neyla, te dejo lo que había tenido que ser para tu madre Ingrida-Björk, quien tristemente desapareció de nuestras vidas de una forma misteriosa. Tu legado consta del velero de madera Montserrat (que era el nombre del mayor amor de mi abuelo: mi abuela, a quien desgraciadamente no llegué a conocer) que a tantas fantásticas travesías nos llevó y donde pasamos tan grandes momentos juntos, para que puedas vivir en él tal como siempre soñaste y, sobre todo, navegar por el mediterráneo puesto que sé lo importante que es para ti. A parte del velero, también te lego una cuenta corriente con cinco millones de euros para que puedas tener una vida tranquila y sosegada. Ya sé que no le das ningún valor al dinero y eso me ha encantado y enorgullecido siempre de ti, pero quisiera que llevaras una vida sin ningún tipo de preocupación financiera. De todos modos, si no lo quieres, lo entenderé y siempre lo podrás donar a una de tusONG o refugios
para animales. Ingrida y tú habéis sido mi familia, no de esas de sangre, sino una mejor, de esas que se eligen. ¡Te quiero querida! —Era el texto escrito de puño y letra por mi abuelo que nos leyó el abogado. Y siguió mi turno—: A mi querido (aunque no te creas esta palabra) nieto Mark, te quiero decir antes de todo que, pese a que no te lo demostrara, siempre te he amado. He de reconocer que nunca me ha gustado el tipo de persona en que te has convertido, pero has de saber que siempre estuve muy orgulloso del esfuerzo y la determinación que demostraste para conseguir aquellas cosas que te proponías. Como he dicho, estoy orgulloso de lo que has conseguido, aunque nada orgulloso de lo en qué te has convertido. Mark, a ti te dejo nuestra queridísima masía de Flaçà con todas sus tierras y el edificio del Paseo de Gracia. También te dejo mi tesoro más preciado: el local del barrio Gótico con toda mi colección de antigüedades; a partir de hoy son tuyas y puedes hacer lo que te plazca con ellas, sin embargo, me encantaría que las mantuvieras e hicieras una exposición permanente, sin ánimo de lucro, para compartirla con el público. Eso lo dejo en tus manos… Y, para terminar, te dejo la cantidad de… — siguió leyendo el abogado.
No me lo podía creer, no sabía que mi abuelo hubiera acumulado tanta cantidad de dinero con todos los viajes que había hecho y todas esas piezas de anticuarios que había comprado (creo recordar que gran parte de ellas le habían costado cifras de cinco números y, si no recuerdo mal, en el último inventario que hicimos había más de 8 000 objetos). El hecho de que tuviera mucho dinero ya lo suponía puesto que los internados donde me envió no eran nada baratos y menos la Universidad americana donde pasé casi siete años; nunca me faltó de nada, aunque él llevaba una vida muy austera; pero esa cantidad de dinero era abrumadora. El abuelo había recibido una buena herencia por parte de mi tatarabuelo y era un reputado científico físico y químico, me constaba que había hecho algunos descubrimientos muy importantes, pero desconocía que este trabajo le hubiera reportado tal riqueza. Mientras seguía elucubrando en cómo había podido acumular tanto dinero, volví a las palabras del abogado.
—… pero para que ese dinero pase definitivamente a tu cuenta bancaria, habrás de hacer algo, y si no lo cumples, el dinero se transferirá a la Fundación Vicente Ferrer.
—Vaya, va a putearme hasta después de muerto — pensé para mis adentros—. Ya decía yo que habría de haber algún pero —comenté en voz baja. Y siguió leyendo.
—Lo que has de hacer es dejar tu trabajo o solicitar un año sabático y realizar un viaje alrededor del mundo que yo mismo te he preparado. Sinceramente vale la pena ya que será como un juego, una yincana de las que te preparaba en el local cuando eras pequeño y que tanto te gustaban, si bien con el tiempo perdiste el interés y el disfrute por ellas. Te bien aseguro que no te arrepentirás del viaje y creo que hasta lo disfrutarás. Para asegurarme de que realmente lo haces y así poder obtener el dinero, Neyla (si ella quiere) te acompañará en esta apasionante aventura. Cuando lo finalicéis, entonces ella se lo comunicará al abogado y éste desbloqueará el dinero para que pase a ser de tu propiedad. Lo siento, pero, si no es así, no lo obtendrás, aunque con lo que te gusta la pasta estoy convencido de que lo realizarás. ¡Disfrútalo! Y para terminar solo quería decirte que te quiero mucho y siento no haber sido más cariñoso contigo ni haber estado más cerca de ti, pero en el momento que llegaste a mi vida yo me estaba descubriendo como persona y mis lecciones de vida no me dejaban hacerme cargo de un niño tan pequeño. No he sido el padre ni el abuelo que hubieras necesitado y por eso te pido mis más sinceras disculpas. ¡Lo siento! Antes de terminar, quiero darte un gran consejo para que lo recuerdes: el que muere no puede llevarse en su viaje nada de lo que consiguió y tiene, pero se llevará con seguridad todo lo que dio. Cuando estés a las puertas de la muerte, seguro que no desearás haber pasado más tiempo en la oficina. Ahora, realiza este viaje… ¡si es que quieres!
Y así terminó la lectura de la carta. Una nota un tanto extraña. No sé por qué motivo me dejó un sentimiento de perdón hacia él y, sobre todo, de amor. Tal como él decía, realmente le había necesitado más cerca de mí, pero siempre estuvo lejos, muy lejos, tanto física como mentalmente.
—Bueno, Mark, ahora ¿qué piensas hacer? ¿Vas a realizar el viaje que te ha propuesto tu abuelo? —me preguntó el abogado mientras Neyla reflejaba un semblante de extrañeza total ya que parecía que no se esperaba ni el legado recibido ni muchísimo menos tener que hacer de niñera y árbitro en un viaje que no sabía dónde me llevaría y mucho menos para qué me serviría.
—¿Sabías algo de esto? —le pregunté a Neyla mirándola fijamente.
—Te aseguro que no, no tenía ni idea. Me he quedado tan extrañada como tú —repuso ella apartando su mirada de mi rápidamente.
—¿Un viaje contigo alrededor del mundo? ¿Juntos? ¿A dónde? ¿Para qué? ¿Con qué finalidad? —me preguntaba en voz baja y casi inaudible para Neyla y el abogado—. ¿Usted sabía algo de esto? —le pregunté ahora al abogado.
—Para serte sincero, algo sabía. En este último medio año tu abuelo y yo pasábamos mucho tiempo juntos ya que el cáncer lo estaba devorando por dentro…
Corté en seco las palabras del abogado: —¿¿¿Cáncer??? ¿Mi abuelo padecía cáncer? ¡No sabía nada! —exclamé totalmente incrédulo—. Nunca me dijo nada ni yo tampoco le noté nada —seguí diciendo.
—No me extraña, ¿qué ibas a notar tú? Tú solo notas cuando los mercados bursátiles suben o bajan. Todo lo demás te pasa totalmente desapercibido —me espetó Neyla con un tono rudo y de reproche, pero hice como si no la hubiera escuchado y proseguí—: ¿Neyla, tú lo sabías? —le pregunté.
—Sí, pues claro que lo sabía. Hace unos nueve meses mi madre me llamó para hacérmelo saber. Yo sí que siempre estaba disponible y localizable para ellos, no como otros… —Evidentemente, se refería a mí con un tono severo y acusador—. Me dijo que le habían detectado un cáncer en estado muy avanzado, por lo que no había esperanza ninguna de curárselo. Le dije que enseguida hacía las maletas y compraba un billete de avión para regresar a Barcelona, pero me comentó que tu abuelo había dicho que aún se encontraba muy bien y que siguiera con mi trabajo en la selva, que él ya me llamaría cuando el final se acercara y que entonces sí que apreciaría mucho mi presencia. Le dije que ni hablar y que volvía ya. Esa misma noche me llamó tu abuelo para hacerme saber lo contento y orgulloso que estaba con el trabajo que seguía realizando y que, por favor, me quedara, que aún no era tiempo de volver a casa. Por lo que, después de una larga conversación, le hice caso. Ya sabes lo insistente y persistente que podía llegar a ser —dijo ella—. Hace un par de meses me llamó él para informarme de la desaparición de mi madre y que él ya se empezaba a encontrar muy débil. Ese mismo día de la llamada hice maletas e inicié el viaje de vuelta hacia casa —siguió contando ella—: Tan pronto llegué, me fui a la masía de Flaçà para estar con él y pasar sus últimos días para así ayudarlo en lo que necesitara ya que tú no estabas allí ni tampoco se te esperaba —me soltó de nuevo en tono aún más acusador.
La masía de Flaçà era una gran casa de piedra típica catalana ubicada entre las comarcas del Gironés y el Bajo Ampurdán. Fue construida en 1618 por nuestros antepasados y siempre había sido habitada por varias generaciones de la familia. Constaba de más de 800 metros cuadrados de vivienda, más un jardín de algo más de 8 000 metros, unas caballerizas y casi 8 hectáreas de terreno cultivable, que hacía más de una década habían dejado de ser tierras trabajadas. Mi infancia (cuando no estaba en los internados) la pasé entre la masía y el local del barrio Gótico.
—Te llamé en innumerables ocasiones al móvil, mas nunca me respondiste. Entonces, contacté varias veces con tu secretaria dejándole mensajes para que me llamaras, y nada, ni una sola respuesta. Iba a bajar un día a Barcelona para venir a verte al despacho y explicarte la situación, pero tu abuelo me lo prohibió. No quiso que supieras que estaba enfermo. Tenía la esperanza de que un día llamarías y lo visitarías por decisión propia y no por obligación al saber que se estaba muriendo —me siguió acusando ahora con algo de rabia. Creo que ésta fue la primera vez que oí hablar tanto a Neyla.
—Lo siento muchísimo… Siento mucho no haber contestado, estos tres últimos meses han sido una locura en el trabajo —me defendí—, he sufrido muchas presiones del CEO y del Consejo de
Administración y me he visto obligado a realizar interminables sesiones de trabajo en la empresa —me seguí defendiendo.
—Mark, ¿de verdad? ¿Esta es tu respuesta? ¿Te defiendes con el trabajo por el hecho de no haber podido estar en los últimos días de vida de tu único familiar? Chico, de verdad que esto es patético… — sentenció ella.
Evidentemente, en este punto, ya no pude continuar con la conversación o lo que fuera que estábamos manteniendo.
—Bueno chicos, tranquilos. Que haya paz entre vosotros dos —nos interrumpió el abogado para romper lo que parecía ser una inacabable serie de reproches. —Entiendo el momento tan duro por el que ambos pasáis ya que en muy poco tiempo acabáis de perder a las dos personas más importantes de vuestras vidas, a vuestros únicos familiares. Por lo que ahora, os guste o no, solo os tenéis el uno al otro como familiar más cercano. Creo que lo más inteligente sería dejar viejas rencillas y acusaciones a un lado y colaborar para pasar estos dolorosos momentos —sentenció sabiamente el abogado—. Os aseguro que serán menos dolorosos si los compartís entre ambos. A todo esto —siguió él—, Mark, ¿vas a realizar el viaje?
—Bueno, en estos momentos me coge un tanto frío ya que no me esperaba nada de lo que estoy oyendo hoy —empecé—. Ahora mismo no podría dejar el trabajo ya que estamos inmersos en una complicada operación y me necesitan. No me puedo ir, así como así —seguí—. Realmente ahora no es el momento para pedir un año sabático y, aparte de esto, dudo de que en la empresa lo entendieran y me dieran permiso para ello —terminé.
—Ya, claro… Este hombre es exasperante —dijo Neyla con desesperación.
—Pues, Mark, tú sabrás qué haces. Tal como dice el testamento de tu abuelo, si no haces este viaje, no recibirás ningún dinero, aunque eso sí, te quedas con la masía, el edificio de Barcelona y el local con las 8 168 piezas que hay catalogadas. Es la voluntad de él y, si no lo haces, el dinero pasará automáticamente a la fundación donde tu abuelo hacía grandes sumas de donaciones anualmente —sentenció con firmeza el abogado.
—Algo podremos hacer al respecto, ¿no? —dije yo por costumbre para salirme con la mía, como siempre hacía.
—Para nada, no hay nada que se pueda hacer al respecto —repuso él con la misma firmeza—. O lo realizas y te transfiero el dinero o lo entrego a la fundación. Eso sí, pese a lo que te ha pedido tu abuelo de abrir el local al público para compartir todos los objetos antiguos que hay en él, si rechazas hacerlo y los quieres vender, yo te puedo ayudar a buscar comprador y sacar una buena tajada por todos esos objetos. Ya sabes que yo también soy un apasionado coleccionista de antigüedades y conozco bien este mundillo. Si me apuras, eso sería lo único que podrías hacer.
—Vale, vale… Entonces ¿Cuánto tiempo tengo para decidirme? Supongo que me dejareis un tiempo para pensar y valorar.
—Me temo que el tiempo que tienes es solamente hasta salir de mi despacho. Me tienes que dar una respuesta ahora. Si dices que sí, entonces esperaremos un año para hacerte entrega del dinero ya que es el tiempo que ha marcado tu abuelo para realizar este viaje. Por el contrario, si dices que no, tengo poderes para, mañana mismo, realizar la transferencia hacia la fundación —dijo él con un tono amargo y de impaciencia— ¡Tú decides! Y que sea pronto ya que en media hora he de irme a casa para cenar con la familia —me soltó con un tono algo faltón e irritado—. Eso sí, piensa en una cosa que veo que no caes, con el dinero que te deja tu abuelo, podrías vivir cien vidas y seguirías sin gastártelo todo, ¿de verdad que quieres más?
—¡OK! ¡De acuerdo! Entonces voy a hacerlo. Hoy es viernes por lo que el lunes a primera hora hablaré con el personal de recursos humanos de mi empresa para proponer el tema del año sabático y a ver qué me dicen.
Pero no tengo claro que lo acepten y, si no es así, entonces ¿qué hago? —pensé en voz alta.
—Pues dejas el trabajo, ¡tonto! —exclamó Neyla—. De verdad que contigo no puedo…
—Entendido… —repuse—. Si no lo aceptan, dejo el trabajo y que sea lo que Dios o el Universo quieran… —y así, por fin, terminé con mi intervención.
—Ahora te toca a ti Neyla, ¿quieres hacer el viaje? ¿Le acompañarás? No te podemos obligar, pero ya has oído que es lo que querría el abuelo y cuenta contigo para ello, de todos modos, la decisión es únicamente tuya. ¿Qué respondes?
—Claro que voy a ir… No me hace especial ilusión hacerlo con este burro, pero al ser un deseo y la última voluntad del abuelo, por supuesto que lo voy a realizar —respondió Neyla con firmeza finalizando el debate entre los dos.
—Genial, todo arreglado. Entonces ya está todo dicho chicos —sentenció secamente el abogado mientras recogía los documentos de encima de la mesa y los cerraba en un sobre —. En un par de semanas ya lo tendremos todo gestionado y liquidado. Neyla, ya tendrás el barco a tu nombre y el dinero en tu cuenta bancaria. Aprovéchalo bien. Aunque, si quieres, desde hoy mismo ya puedes utilizar el velero. Y tú, Mark, también tendrás los tres inmuebles a tu nombre y el dinero queda en una cuenta bancaria a nombre de la notaría con una señal de retención para que no se pueda tocar. Dentro de un año, desde que inicies el viaje, habréis de venir aquí los dos y, si Neyla certifica que se ha realizado tal como tu abuelo dispuso, entonces, transferiremos todo el dinero a tu cuenta corriente. Y, ahora, para ya terminar, os entrego este sobre con las instrucciones que él dejó para hacer el viaje —dijo mirándome directamente a los ojos—. ¡Buena suerte chicos! Cuidaros mucho y … Mark, recuerda y ten presente una cosa que tu abuelo me dijo una vez: «valora a quien te dedica su tiempo, porque te está dando algo que nunca recuperará» —acabó de decirnos refiriéndose a Neyla ya que ella me iba a dedicar su próximo año de vida.
