El secreto de los 4 ángeles - Marcello Simoni - E-Book

El secreto de los 4 ángeles E-Book

Marcello Simoni

0,0

Beschreibung

Año del Señor de 1205. Vivïen de Narbona en su huida, perseguido por un misterioso caballero, se precipita por un barranco. Años más tarde, el único que conoce la verdad parece ser el mercader de reliquias Ignacio de Toledo, siempre a medio camino entre la superstición y la ciencia, entre el Oriente y Occidente. Junto con los jóvenes Willalme y Uberto se embarca en un viaje para encontrar el Uter Ventorum, el último códice que puede desvelar los misterios universales y perturbar el equilibrio natural de los acontecimientos históricos. Tras ellos, también va la Saint-Vehme, Tribunal secreto fundado por el mismísimo Carlomagno...

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 452

Veröffentlichungsjahr: 2012

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Marcello Simoni

El secreto de los 4 ángeles

Traducción de M.P.V

Índice

CUBIERTA

CAPÍTULO I. El monasterio de los engaños

CAPÍTULO II. La filosofía oculta

CAPÍTULO III. La marca de Temel

CAPÍTULO IV. El tablero de ajedrez de Kobabel

CAPÍTULO V. La cola de Amezarak y el bastón del

CAPÍTULO VI. El canto de Armaros

EPíLOGO

CRÉDITOS

A Giorgia

Año del Señor 1205. Miércoles de Ceniza.

Vetas de color pizarra surcaban un ceniciento cúmulo de nubes. Ráfagas de viento gélido se abatían contra el monasterio de San Michele della Chiusa, esparciendo entre sus muros un aroma a resina y hojas secas, pero también el presentimiento de un inminente temporal.

Una vez terminado el oficio de vísperas, el padre Vivïen de Narbona fue de los primeros en salir del monasterio. Irritado por los efluvios del incienso y el titileo de las velas, se alejó del pórtico y atravesó el patio nevado. Ante sus ojos el crepúsculo extinguía los últimos rayos de luz diurna.

Una repentina ráfaga de viento lo embistió, provocándole un escalofrío. El monje se arrebujó en el hábito y frunció la frente, como si se tratara de una ofensa personal. La sensación de pesadumbre que le acompañaba desde el despertar no parecía querer abandonarle. Es más, a lo largo del día no había hecho otra cosa que agravarse.

Persuadido por la idea de mitigar la inquietud con un poco de descanso, se desvió hacia el claustro, atravesó la columnata y entró en el imponente dormitorio. Fue acogido por el resplandor amarillento de las antorchas y una sucesión de huecos angostos, más bien sofocantes.

Indiferente a la sensación de claustrofobia, Vivïen recorrió el laberinto de pasillos y escaleras frotándose las manos de frío. Sentía la necesidad de acostarse y no pensar en nada. Pero cuando llegó ante su celda, le aguardaba una inquietante sorpresa. En la puerta de entrada había clavado un puñal con forma de cruz.

De la empuñadura de bronce colgaba una nota. El monje la cogió y leyó el mensaje escrito en ella:

Vivïen de Narbona.

Culpable de nigromancia.

Sentencia emitida por el Tribunal de Saint-Vehme,

Orden de los Jueces Francos.

Vivïen cayó de rodillas, aterrado. ¿La Saint-Vehme? ¿Los adivinos? ¿Cómo lo habían conseguido? ¿Cómo habían podido descubrirle en aquel refugio, en un monasterio en medio de los Alpes? Tras años de huida, pensaba que por fin estaba seguro, que había conseguido que perdieran su rastro. Y resultaba que no, ¡que esos malditos lo habían encontrado!

No debía desesperarse. Tenía que escapar una vez más. Se incorporó con las piernas temblorosas, atoradas por el miedo. Abrió la puerta de la celda, tomó desordenamente algunos objetos y se marchó corriendo hacia los establos, cubriéndose con una capa invernal. De repente los pasillos de piedra parecían estrecharse, provocándole un miedo atroz ante los espacios cerrados.

Cuando salió del dormitorio, Vivïen notó que el aire se volvía cada vez más frío. El viento ululaba, azotaba las nubes y las copas esqueléticas de los árboles. El resto de los hermanos se demoraban dentro del monasterio, protegidos por la calidez sagrada de la nave central.

El fugitivo se cerró bien la capa y entró en las cuadras. Ensilló un caballo, montó sobre él y recorrió al trote el burgo de San Michele. Grandes copos de nieve empezaron a caer sobre sus hombros, calando el tejido de lana de su traje.

Apenas llegó a la muralla, salió a su encuentro un monje envuelto en una túnica. Era el padre Geraldo de Pinerolo, el cillerero. Se echó hacia atrás la capucha, descubriendo una larga barba negra y una mirada llena de sorpresa.

—¿Adónde vas, hermano? —le preguntó—. Regresa, antes de que se desencadene la tormenta.

El interpelado no contestó. Siguió hacia la salida, rezando para tener el tiempo suficiente de escapar… Pero a su paso le esperaba un carro arrastrado por dos caballos negros como la noche.

Fingiendo indiferencia, Vivïen cruzó por delante de él. Mantuvo el rostro escondido bajo la capucha, tratando de no cruzar su mirada con la del cochero.

En cambio Geraldo se acercó al desconocido y lo observó: un tipo robusto, con un gran sombrero y una capa negra. «Nada de especial», se dijo. Pero cuando vio su cara ya no pudo quitarle los ojos de encima: sus rasgos parecían llenos de maldad y rojos como el fuego.

—¡El diablo! —exclamó el cillerero, retrocediendo.

Mientras tanto Vivïen ya había espoleado a su caballo y se había lanzado al galope por la ladera, en dirección a Val di Susa. Sentía pánico, pero igualmente debía proceder con cautela. La nieve, mezclada con el fango, hacía que el sendero se volviera casi impracticable.

El oscuro cochero reconoció al fugitivo. Azuzó a sus caballos y lanzó el carro tras él.

—Vivïen de Narbona, ¡detente! —gritó con rabia—. ¡No podéis esconderos eternamente de la Saint-Vehme!

Vivïen ni siquiera se volvió. Cabalgaba enloquecido, con la mente alucinada llena de pensamientos que se superponían unos a otros. Oía tras él el traqueteo del carruaje, cada vez más cercano. Le estaba alcanzando. Pero, ¿cómo podía ir tan rápido por un camino tan accidentado? ¡Esos no eran caballos, sino demonios del infierno!

Las palabras del perseguidor no dejaban lugar a dudas. Se trataba de un emisario de los Jueces Francos: los adivinos. Querían el libro, ¡esos malditos! Estaban dispuestos a todo con tal de conseguirlo. Le habrían torturado hasta volverle loco con tal de saber, de aprender cómo se obtiene la sabiduría de los ángeles. ¡Antes la muerte!

Con lágrimas en los ojos, Vivïen sacudió las riendas y animó al palafrén a correr cada vez más rápido. Pero el caballo se acercó demasiado al borde del precipicio. El terreno agrietado, más resbaladizo por la nieve y el fango, cedió bajo el peso de los cascos.

El animal resbaló y con él su jinete. Se precipitaron ambos por un lado de la montaña. Los gritos del monje, confundidos con el relincho, retumbaron con la caída hasta perderse en el fragor de la tormenta.

El carro se detuvo. El oscuro cochero descendió y miró el abismo.

—Ahora el único que lo sabe todo es Ignacio de Toledo. Hay que encontrarlo —pensó, quitándose la Máscara Roja de la cara.

CAPÍTULO I

El monasterio de los engaños

Esto es lo que los ángeles me han mostrado; y porque los escuché lo he aprendido todo de ellos, y he comprendido que no hablaré para esta generación sino para la generación que está por venir.

Libro de Enoch, I, 2.

1.

Nadie podía asegurar con certeza quién era realmente Ignacio de Toledo. A veces se le consideraba sabio y culto; y otras, indigno de confianza y nigromante. Para muchos era solo un peregrino, que iba de una tierra a otra buscando reliquias para vendérselas a los devotos y a los poderosos.

Aunque evitaba revelar sus propios orígenes, sus rasgos árabes, suavizados por una tez clara, hablaban demasiado de los cristianos que habían vivido en España en contacto directo con los árabes. La cabeza completamente rapada y la barba grisácea le otorgaban cierto aire docto. Pero eran sus ojos los que nunca dejaban de llamar la atención, como esmeraldas verdes y penetrantes engarzadas entre arrugas geométricas. Su túnica gris, bajo una capa con capucha, despedía la fragancia de las telas orientales impregnadas del aroma de un incesante viaje. Alto y enjuto, caminaba apoyándose en un bordón.

Así era Ignacio de Toledo, y así lo vio por primera vez el joven Uberto, cuando se abrió la puerta del monasterio de Santa María del Mar en la lluviosa noche del 10 de mayo de 1218. Una espigada figura cubierta por una capucha entró seguida de un jovencito rubio que arrastraba un enorme baúl.

El abad Rainerio de Fidenza acababa de terminar de celebrar el oficio de vísperas. Cuando advirtió la presencia de los dos peregrinos, pareció reconocerles. Cerró el breviario, bajó del altar y cruzó la nave central hacia ellos.

—Querido Ignacio, cuánto tiempo —les recibió con benevolencia, mientras las susurrantes filas de monjes se hacían a un lado para dejarle paso—. Recibí el mensaje de vuestra llegada. Estaba impaciente por veros otra vez.

—Venerable Rainerio —Ignacio insinuó una reverencia—, cuando me marché vos érais un simple monje, y ahora os encuentro convertido en abad.

Rainerio era tan alto como el mercader de Toledo, pero más robusto. Una pronunciada nariz aguileña dominaba su rostro. El cabello castaño y corto le caía de forma desordenada sobre la frente. Antes de responder, bajó la mirada y se santiguó.

—Así lo ha querido el Señor. Maynulfo de Silvacandida, el antiguo abad, murió el año pasado. Una gran pérdida para nuestra comunidad.

Ante aquella noticia el mercader dejó escapar un suspiro lleno de tristeza. No creía demasiado en las vidas de santos, y dudaba de las propiedades milagrosas de las reliquias que a menudo traía de países lejanos. Pero Maynulfo sí que había sido un santo. No había renunciado nunca a la vida eremítica, ni siquiera tras su nombramiento como abad. Solía retirarse periódicamente lejos del monasterio para rezar en soledad. Nombraba a un vicario, se colgaba unas alforjas y se refugiaba en algún cañaveral de una laguna cercana. Allí cantaba los salmos y ayunaba en soledad.

Ignacio recordó la noche en que lo conoció. Por aquel entonces, mientras huía desesperado, se escondió precisamente donde él rezaba, en su refugio. Maynulfo se convirtió en una ayuda inesperada que, tras haberle acogido, se ofreció para protegerle. Y el mercader de Toledo le hizo partícipe de su secreto. Habían transcurrido quince años y ahora la voz de Rainerio resonando en sus oídos disipó los recuerdos de entonces.

—Murió en su refugio: no soportó las frías jornadas invernales. Todos nosotros le insistimos para que pospusiera su retiro hasta la primavera, pero él decía que el Señor lo llamaba al recogimiento. Tras siete días, lo encontramos muerto en su celda.

Desde el fondo de la nave se escuchó el suspiro de algún monje apenado.

—Pero decidme, Ignacio —continuó Rainerio, notando que el mercader se había disgustado—, ¿quién es este joven silencioso que os sigue?

El abad observó al joven imberbe. El pelo largo, ligeramente revuelto, rodeaba su cuello delgado y se apoyaba en sus robustos hombros. Sus azules ojos parecían los de un jovencito, pero los rasgos de su rostro eran firmes, tallados por rígida la expresión de la mandíbula.

El joven dio un paso hacia adelante y se arrodilló para presentarse. Habló con acento de la langue d’oc aunque con alguna vaga cadencia exótica.

—Willalme de Béziers, venerable padre.

El abad sintió un leve sobresalto. Sabía que la ciudad de Béziers había servido de guarida a una secta de herejes. Dando un paso hacia atrás, miró fijamente al desconocido y murmuró.

—Albigensis…

El sonido de esa palabra produjo en Willalme un gesto grave, como si hubiera recibido un golpe en el estómago. Sus ojos resplandecieron de rabia, aunque inmediatamente después expresaron un sentimiento de tristeza, quizás unido a dolorosos recuerdos que todavía no habían sido asimilados.

—Willalme es un buen cristiano. No tiene nada que ver con la herejía albigense —intervino Ignacio—. Lleva mucho tiempo viviendo lejos de su tierra. Lo conocí cuando volvía de Tierra Santa y nos hemos convertido en compañeros de viaje. Se quedará aquí solo por esta noche, tiene otros asuntos que resolver.

Rainerio asintió. Estudió el rostro del francés, que tenía tanto que esconder bajo aquella mirada huidiza. De repente pareció recordar algo y se volvió hacia los últimos bancos del monasterio.

—Uberto —dijo, dirigiéndose hacia un jovencito moreno sentado entre los hermanos—, ven aquí un momento. Tengo que presentarte a una persona.

Justo en ese momento Uberto estaba preguntándoles a algunos monjes sobre aquellos dos visitantes, que no había visto antes. Un hermano le respondió en voz baja.

—El hombre alto, con barba y capucha, es Ignacio de Toledo. Se dice que durante el saqueo de Constantinopla se apoderó de algunas reliquias y también de libros muy valiosos, algunos incluso de magia. Llevó su botín hasta Venecia, donde consiguió grandes riquezas y el favor de la nobleza de Rialto. Pero en el fondo es un buen hombre. No en vano era amigo de Maynulfo de Silvacandida, nuestro antiguo abad. Mantenía con él una continua relación por correspondencia.

Al oír que el abad lo llamaba, el joven se despidió de su interlocutor y se dirigió hacia el pequeño grupo, que se había reunido a la sombra del vestíbulo. Solo entonces Ignacio se bajó la capucha y descubrió su rostro, como para observarlo mejor. Estudió con discreción su rostro, animado por grandes ojos de color ámbar y una espesa melena negra.

—Así que tú debes ser Uberto —empezó distante.

El joven respondió con la mirada. No sabía cómo tratar a aquel individuo. Era más joven que Rainerio y, sin embargo, poseía un aire solemne. Imponía respeto. Fascinado, bajó la mirada hacia sus sandalias.

—Sí, mi… señor —tartamudeó.

El hombre sonrió.

—¿Mi señor? No soy un superior eclesiástico. Llámame Ignacio y tutéame.

Uberto se tranquilizó. Lanzó una mirada en dirección a Willalme, impasible y atento.

—Dime —continuó el mercader—, ¿eres un novicio?

—No —intervino Rainerio—, es un…

—Venga, padre abad. Dejad que sea el joven quien hable.

—No soy un monje —contestó Uberto, sorprendido por la confianza con la que el mercader trataba a Rainerio—. Me encontraron los hermanos casi recién nacido. Me he criado en este lugar, donde me han instruido.

El rostro de Ignacio se llenó por un momento de tristeza, luego regresó a su habitual comportamiento distante.

—Es un excelente amanuense —añadió el abad—. A menudo le encargo copiar breves códices o rellenar documentos.

—Ayudo como puedo —admitió Uberto, con más vergüenza que modestia—. Me han enseñado a leer y a escribir en latín —dudó un instante—. ¿Vos… tú has viajado mucho?

El mercader asintió, esbozando un gesto para dar una idea del cansancio por los caminos recorridos.

—Sí, he visitado muchos lugares —dijo—. Si lo deseas, podremos hablar de ello. Me quedaré aquí unos días, con el permiso del abad.

Rainerio suavizó la expresión de su rostro a un gesto paternal.

—Amigo mío, como ya os escribí respondiendo a vuestra carta, estamos encantados de poderos acoger. Descansaréis en la hospedería cercana al monasterio, y podréis cenar en el refectorio, junto a los hermanos. Os sentaréis a mi derecha desde esta misma noche.

—Os lo agradezco, padre. Os pido entonces permiso para dejar mi baúl en la habitación que nos habéis reservado. Willalme lo ha traído hasta aquí desde donde nos ha dejado la barcaza, y resulta bastante pesado.

El abad asintió. Cruzó el vestíbulo y se asomó al exterior. Buscaba a alguien.

—¿Hulco, estás ahí? —gritó, oteando a través del denso aguacero grisáceo.

Una figura extraña se acercó tambaleándose, jorobado a causa de una fajina que cargaba sobre la espalda. Parecía que la lluvia no le molestaba. No era un monje. Un aldeano quizás, o mejor, uno de esos siervos a quienes se les confían las tareas diarias del monasterio. Debía ser Hulco. Farfulló algo en un dialecto incomprensible: en realidad, estaba acatando las peticiones del abad.

Rainerio, visiblemente molesto por tener que dar órdenes al sirviente en primera persona, habló como si estuviera domesticando a un animal.

—Bien, hijo…No, deja la leña. Apóyala ahí. Bien. Coge la carreta y ayuda a los señores a llevar esta caja a la hospedería. Sí, allí. Y ten cuidado de que no se caiga. Bien, acompáñales —cambiando de expresión, se dirigió de nuevo a los invitados—. Es tosco, pero muy manso. Seguidle. Si no necesitáis nada más, en un rato os espero en el refectorio para cenar.

Cuando se despidieron de Rainerio y Uberto, los dos compañeros se encaminaron tras el animalesco mozo. Observaron divertidos cómo Hulco, sin fajina, seguía caminando jorobado y sin coordinación, clavando los talones en el barro.

Escampaba. Las nubes dejaban espacio a las tonalidades rojizas del crepúsculo. Bandadas negras de ruidosas golondrinas enturbiaban el aire, acompañadas por un viento que olía a salitre.

Cuando llegaron a la hospedería, Hulco se dirigió por primera vez a los dos peregrinos. Los últimos rayos de luz diurna iluminaban su cuerpo sin gracia. Bajo la capucha andrajosa que le cubría por completo la cabeza se veían algunos mechones ásperos y una nariz llena de forúnculos. Una chaqueta sucia y un par de calzones hasta la rodilla completaban el miserable retrato.

—Domini ilustrissimi —susurró. Continuó con una indescifrable mezcla macarrónica, que en realidad quería decir: «¿Sus señorías desean que entre el baúl?».

Ante un gesto de aprobación, el siervo levantó la caja de la carreta y la arrastró con dificultad dentro de la construcción.

La hospedería estaba edificada casi íntegramente de madera, con las paredes cubiertas de cañizos revestidos de arcilla. En la entrada, tras un mostrador, les esperaba una figura vestida con una chaqueta enguatada y unos ojos de lechuza. El personaje era Ginesio, el administrador. Saludó a los peregrinos y dijo que el abad le había ordenado que les reservara la habitación más confortable. Les indicó un tramo de escaleras que se dirigían al piso superior.

—Suban. La tercera puerta a la derecha es la de vuestro alojamiento —esbozó una pícara sonrisa—. Para cualquier cosa, no duden en dirigirse a mí. Feliz estancia.

Ignacio y Willalme siguieron las instrucciones de Ginesio. Cuando subieron los escalones, se encontraron con una puerta de madera justo delante. Buena señal, pensó el mercader, ya que en aquellos tiempos, en las pocas ocasiones en las que una hospedería estaba dotada de habitaciones individuales, además de los dormitorios colectivos, era frecuente que la entrada estuviera separada de las otras estancias por unas sencillas cortinas.

Hulco, agotado, se detuvo tras los invitados. Evidentemente no había imaginado que el baúl pesara tanto.

—Es suficiente, gracias —le indicó el mercader—, ya nos ocupamos nosotros. Vuelve a tus asuntos.

El siervo dejó el baúl, agradecido. Saludó con una reverencia y se alejó con su paso descoordinado.

Cuando estuvieron a solas, Willalme se dirigió a Ignacio.

—¿Y ahora, qué hacemos?

—Antes de nada, escondamos bien el baúl, y luego iremos a cenar. Nos aguardan en la mesa del abad.

—Me parece que no le caigo muy bien a tu abad —comentó el francés.

El mercader sonrió.

—¿Acaso pensabas ganarte su amistad? —como era de esperar, no obtuvo ninguna respuesta: Willalme era un tipo discreto. Al entrar en la habitación, añadió—. Recuerda, mañana debes marcharte al alba. Procura que nadie advierta hacia donde te diriges.

2.

El monasterio de Santa María del Mar se levantaba junto a una laguna, a escasa distancia de la costa del mar Adriático. Aunque no era especialmente grande, en los días soleados dominaba una amplia superficie deshabitada, rodeada de canales y pantanos.

El edificio había sido construido en las primeras décadas del año mil. El exterior presentaba una hilera de ventanucos que se abría casi a la fuerza entre sus muros. La fachada miraba hacia el este. En el flanco izquierdo, además de un modesto campanario, se levantaba un grupo de edificios contiguos al principal: el refectorio, las cocinas y el dormitorio común de los monjes. En el lado opuesto se hallaban las cuadras y la hospedería, donde se alojaban todo tipo de caminantes. La mayoría de los que llegaban al monasterio se dirigían hacia Venecia desde Rávena. A menudo se encaminaban hacia los lugares santos, a los monasterios de Alemania, Francia o al Camino de Santiago. Otros en cambio, elegían el trayecto hacia el sur, para llegar al templo del arcángel San Miguel en el Gargano.

Pero aquel día la hospedería estaba casi desierta. Nada se movía entre las sombras de la tarde, excepto un hombre de aspecto rudo. Había esperado escondido, hasta que todos se fueron a cenar, los monjes al refectorio y los sirvientes a sus chozas. Solo entonces había salido de los establos y se había entrometido en la hospedería, deslizándose en la oscuridad, hasta alcanzar el alojamiento asignado al mercader de Toledo.

Pegó la oreja a la puerta para asegurarse de que no había nadie dentro, y después entró a hurtadillas. Si no se equivocaba, los peregrinos estaban invitados a cenar en el refectorio, en la mesa del abad.

El intruso caminaba jorobado, y apoyaba con tanta fuerza los talones en el suelo que hacía crujir el entarimado. Estudió su alrededor con una mirada amenazadora, cuyas pupilas brillaban en la oscuridad.

El mobiliario resultaba espartano: dos camas, un taburete y una pequeña mesa sobre la que se apoyaba un candil.

Pero, ¿dónde se hallaba aquel baúl tan pesado? Debía de estar repleto de marcos de plata o quizás de objetos preciosos. ¿Dónde lo habían colocado? Hulco registró con esmero, sin desordenar nada. Bajo la cama no lo encontró. Tampoco debajo de la mesa. Imposible. Por fuerza tenía que estar allí.

—¡Malditos peregrinos! —exclamó, mientras seguía registrando en la oscuridad.

3.

Después de cenar el mercader de Toledo se sentó en la mesa de su alojamiento. Encendió el candil y sacó de la alforja una hoja de papel árabe. Tomó una pluma de oca, la mojó en el tintero y a continuación empezó a escribir.

En cambio, Willalme se acurrucó enseguida en su lecho. Durante años había descansado en la bodega oscilante de una nave, y por esa razón, a pesar del cansancio, tardaba un poco en dormirse. Al día siguiente debía realizar un encargo para Ignacio.

El mercader, al terminar de escribir, extrajo del baúl un enorme códice. Acercó el candil a las hojas de pergamino y se sumergió en su lectura, acariciándose la barba y frunciendo el ceño. Permaneció en esa posición durante un par de horas, envuelto en el humoso fulgor. Cuando su vista comenzó a nublarse, cerró el códice y lo introdujo en el arcón. Enrolló la carta, la selló y la metió dentro de su alforja. Tras apagar el candil, se acercó a tientas hasta su lecho.

Antes de tumbarse echó una ojeada por la ventana. En la oscuridad divisó la silueta del monasterio. Disipó un mal presentimiento y se acurrucó, sin llegar a dormirse. Pensó en el rostro de Maynulfo de Silvacandida, perfectamente delineado por sus recuerdos: la frente amplia, el pelo y la barba muy blancos, los ojos pacíficos y celestes. La noticia de su muerte le había cogido por sorpresa: aunque era un hombre entrado en años, Maynulfo se había distinguido siempre por una robusta constitución. ¿Era posible que las inclemencias del invierno hubieran podido hacer mella de esa forma en su fortaleza?

El mercader se movió nervioso entre las mantas. Pobre Maynulfo. Había sido durante años el único custodio de su secreto. ¿Y si se lo había revelado a alguien? ¿A Rainerio, por ejemplo? Era una hipótesis verosímil. ¿Cómo debía comportarse entonces? Necesitaba ver al nuevo abad y hablar con él en privado, saber de lo que estaba al corriente. Por otra parte, tenía tan poco tiempo…

Pensó de nuevo en el cometido que se le había pedido que cumpliera. ¿Por qué el conde le había convocado desde Tierra Santa con tanta urgencia? Debía encontrar un libro. Así se lo habían indicado. Un libro capaz de resolver misterios inimaginables, más allá del conocimiento de cualquier filósofo o alquimista. Muy pronto recibiría instrucciones desde Venecia.

Ignacio entrelazó los dedos tras su nuca y miró fijamente las vigas de madera del techo, muy parecidas a las costillas de un esqueleto de grandes dimensiones. Antes de entregarse al sueño, reflexionó sobre un detalle que había advertido justo después de cenar, mientras se retiraba con Willalme a pasar la noche. A la sombra de la hospedería había entrevisto a Hulco y Ginesio. Confabulaban, indicando con las manos las dimensiones de un objeto rectangular de gran capacidad.

Se preguntó si debía prestar más atención el comportamiento de los dos sirvientes. Hulco y Ginesio se estaban preguntando por el contenido de su baúl, no cabía duda. Quizás uno de los dos incluso había entrado en su habitación para buscarlo…

El cansancio ganó la partida. Los pensamientos disminuyeron, perdieron lucidez y coherencia. Del sueño, lleno de recuerdos y viejos miedos, surgió el delirio. Fue entonces cuando Ignacio oyó un ruido: el sonido de algo que se arrastraba, como si alguien se estuviera moviendo a los pies de su cama. Un instante después dos manos se deslizaron sobre las mantas, subiendo. Él abrió los ojos y las observó impotente: sentía las extremidades pesadas e insensibles, como las de un muñeco.

Y mientras las manos se abrían camino entre las mantas, algo subía por su lecho. Era como si una sombra se hubiera separado de la noche y hubiera empezado a oprimirle el pecho.

Luego la sombra se convirtió en una capa negra y aquellas manos, unas garras blanquísimas que salían de las mangas, agarraban una soga.

Por fin, consiguió ver la cara que se escondía tras la capucha. No, una cara no. Era la Máscara Roja.

—¡Entrégame el libro o serás castigado! —susurró en la sombra, acercando la soga al cuello de Ignacio.

El mercader se sobresaltó. Conocía muy bien esa máscara.

De repente, su respiración se detuvo y sintió que se derrumbaba. La pesadilla se desvaneció, dejando espacio a un enjambre de voces y sonidos. Y él, Ignacio, se vio huyendo: cruzaba las montañas con un valioso fardo entre sus brazos, el miedo le producía un nudo en el estómago y el viento helado golpeaba su rostro. La nieve desaparecía entre el verdor de las coníferas y el paisaje se transformaba en una colina, y luego en una llanura. El sol se oscurecía y los caminos de tierra se convertían en ríos y canales. Lagunas y pantanos, entre la niebla.

Mientras a lo lejos los gritos de los perseguidores se volvían cada vez más insistentes, y por fin, inesperada, la luz…

Una sonrisa. Maynulfo de Silvacandida.

La luz se filtraba desde el ventanuco iluminando débilmente la habitación. La noche se había disipado con el entumencimiento de un cielo rosáceo. Los hermanos, dentro del monasterio, cantaban las alabanzas.

Willalme ya se había levantado, mientras que Ignacio, bostezando, daba gracias al cielo por haberle dejado superar sus pesadillas, una vez más. Alargó su mano dentro de la alforja, extrajo la carta que había escrito la noche anterior y se la mostró a su compañero.

—Por favor, no es una misión peligrosa, pero ten cuidado. Estas lagunas tienen ojos y oídos. Por desgracia, no puedo acompañarte, lo sabes. Por el momento, no quiero correr el riesgo de que alguien me reconozca. Sigue mis indicaciones y no debes tener problemas.

—Tranquilo, amigo mío, y no te preocupes por nada —le contestó Willalme—. Volveré lo antes posible.

El francés, al salir de la hospedería, rodeó el monasterio sin que nadie lo viera. De repente, escuchó un ruido y se escondió tras un zarzal. Vio a un grupito de campesinos que bajaban de una cumbre, con los pies y los brazos llenos de fango. Entre ellos se veía a Hulco, reconocible por su extraño caminar.

Los hombres se dirigían hacia el monasterio. Transportaban una maraña de redes de pesca y cestos repletos de pescado. El francés aguardó a que se alejaran, para levantarse y correr hacia el espigón, por donde discurría un canal.

Un barquero esperaba sobre una pequeña y pobre embarcación. Willalme subió a bordo de un salto, esbozó un saludo y entregó al hombre cuatro monedas.

—Llévame a la abadía de Pomposa.

El barquero asintió. Metió un largo bastón en el fondo fangoso del canal e hizo fuerza para empujar la barcaza, dejándola deslizarse hacia el norte.

4.

Tras la función de la tercera hora, ya con la mañana avanzada, Ignacio salió de su alojamiento. Preguntó a una pareja de monjes sobre dónde podía encontrar a Rainerio y estos le indicaron un palacio cercano al monasterio, exactamente frente a la fachada. El edificio era pequeño y sólido, adornado por elegantes decoraciones en terracota. Era el lugar en el que el abad administraba sus feudos, y donde se retiraba para gestionar sus asuntos económicos y de representación. Normalmente se le conocía como el Castrum Abbatis.

Un grupo de mendigos aguardaba a los pies del palacio. Ignacio lo sobrepasó sin problemas y cruzó la entrada principal, recorrió el pasillo de la planta baja, dejando a su espalda los accesos a los espacios laterales, y llegó hasta una puerta de madera, ubicada al fondo.

Desde el otro lado se oía hablar. Llamó, pero nadie le contestó.

—Me gustaría entrevistarme con el abad —expuso, apoyándose en la puerta.

Ante aquellas palabras, la conversación desde dentro se interrumpió y se escuchó una respuesta.

—¿Ignacio, sois vos? Entrad, está abierto.

Al cruzar el umbral, el mercader se encontró en una sala más bien acogedora. En las paredes se alternaban iconos sagrados y armarios. Una rápida ojeada a los objetos decorativos descubrió que era evidente el buen gusto, quizás demasiado lujoso para los cánones de sobriedad impuestos por la regla benedictina. Pero a los abades, a menudo, les gustaba entretenerse del mismo modo que a los nobles.

En el fondo de la sala se hallaba sentado Rainerio de Fidenza, resguardado tras una mesa rectangular llena de registros y pergaminos. Estaba acomodado en un sillón forrado de terciopelo rojo, ocupado en dictar una carta a un joven secretario.

El abad levantó la mirada y se dirigió con amabilidad al invitado.

—Ignacio, venid, acomodaos. Acabo de terminar en este instante.

Luego apostrofó al escribano.

—Vete, Ugucio, continuaremos más tarde, después de la comida.

El joven monje se levantó de la butaca donde estaba sentado. Hasta ese momento había estenografiado sobre las superficies de cera de un pequeño díptico, grabándolas con un punzón de hueso. Enseguida copiaría los apuntes en un pergamino limpio.

Ugucio cerró el díptico, como si de un cuaderno se tratara, saludó educadamente y salió tirando de la puerta.

Rainerio volvió a acomodarse en su sillón y el mercader se sentó en la butaca de la que se acababa de levantar el secretario.

—Vuestra presencia es un regalo inesperado —dijo el abad—. Ayer por la noche, durante la cena, no hablasteis mucho. Ni siquiera una alusión al motivo de vuestra visita.

—Ayer me sentía cansado —se justificó el mercader—. Viajar por mar debilita el cuerpo y el espíritu. Ahora, sin embargo, tras dormir bien, me siento recuperado.

—Entonces contadme, Ignacio. Habladme de vuestros viajes.

Saboreando los argumentos de la conversación, Rainerio apoyó los codos en los brazos del asiento y cruzó los dedos bajo su barbilla.

—No os creía tan curioso acerca de mis actividades —observó el mercader, disimulando su sospecha.

El mercader de Toledo hablaría de su persona, de sus viajes, pero al final reclamaría un tributo al abad: la verdad. Desde el primer momento en el que se había cruzado con él había intuido que tras toda aquella cortesía y aquellos cuidados, Rainerio le escondía algo. Estaba claro. Y él, Ignacio, aunque imaginaba de qué podía tratarse, para estar seguro, necesitaba presionarle para descubrirlo. Una conversación cara a cara era la mejor manera de conseguirlo.

Conteniendo una astuta sonrisa, narró cómo había presenciado la Cuarta Cruzada y la caída de Constantinopla. Habló del dux de Venecia, que encarnó el espíritu de la expedición, y de la violencia de los cruzados que le habían seguido. Con tal de acumular riquezas, los hombres no habían mirado a nadie a la cara, y cometieron matanzas de cristianos en Oriente. Con algo de vergüenza, Ignacio lamentó haber formado parte también él de aquella empresa, y aunque no había matado ni herido a nadie, se había enriquecido aprovechándose de la desgracia de otros. Pero en cierto sentido no había tenido elección: se había tenido que unir a los cruzados para evitar un gran peligro. Prestó mucha atención en no revelar este pequeño detalle a Rainerio.

El mercader se entretuvo describiendo los encantos del Cuerno de Oro y la belleza de los edificios bizantinos. Pero no solo eso: también se deleitó narrando sus numerosos viajes. Tras abandonar Constantinopla, se había dirigido hacia la laguna veneciana, aprovechando la ocasión para visitar a su amigo Maynulfo y a los hermanos del monasterio.

—Fue entonces cuando nos conocimos, ¿lo recordáis Rainerio?

—¿Cómo podría olvidarme? —respondió el abad—. Era marzo de 1210. Me acababan de trasladar desde Bolonia. Vinisteis aquí por asuntos de negocios, si la memoria no me engaña. Conocisteis al capellán del emperador Otón IV, de paso por estas tierras, y si no me equivoco le vendisteis algunas reliquias.

Ignacio asintió. Luego le narró cómo había dejado Italia por Borgoña, y cómo había vuelto a Toledo, donde había pasado su juventud. Posteriormente se embarcó en Gibraltar, moviéndose por cabotaje a lo largo de las costas de África, hasta el puerto de Alejandría en Egipto.

El mercader no comentó la razón de sus continuos movimientos. Por su manera de hablar parecía como si no hubiera encontrado nunca la paz, en aquel incesante vagabundear.

Rainerio escuchaba asombrado.

—Vuestras historias son fascinantes, deberíais escribirlas —dijo en cierto momento—. Pero ahora satisfaced mi curiosidad, vuestro oficio es el de descubrir y recuperar las reliquias de los santos. ¿Qué prodigios habéis presenciado en semejantes circunstancias?

—Durante mis viajes he recuperado numerosas reliquias —confirmó Ignacio—. Pero no hay nada especial en todo esto, podéis creerme.

—¿Habláis en serio?

Ignacio se incorporó y apoyó los codos sobre la mesa.

—Las reliquias son objetos comunes, carentes de cualidades milagrosas. Huesos, dientes, trozos de vestidos…, como los que se encuentran en cualquier cementerio.

—Tened cuidado con lo que decís —objetó su interlocutor—. Las reliquias testimonian el sacrificio y la devoción de los santos. Los fieles rezan ante ellas.

El mercader leyó en su cara desdén pero también algo más profundo, de poco fiar.

—Quizás tengáis razón —dijo con la voz tranquila—, pero viajando he descubierto que muchos religiosos abusan del culto a las reliquias, transformándolo en idolatría.

—No podéis demostrarlo.

—A veces, sí. En ciertos monasterios, por ejemplo, he presenciado un rito que se practica cuando las reliquias no atienden las oraciones de los devotos. Entonces los monjes intentan obligarlas a producir efectos sobrenaturales, para ello las arrojan sobre zarzas o cenizas.

—Algo inaudito.

—Pero ocurre —levantó el tono de voz el mercader—. Eso es superstición, no es fe, y confunde al pueblo.

Rainerio entornó los ojos y se santiguó.

—Es culpa de estos tiempos oscuros. Tiempos de barbaries.

—Cualquier época está hecha de luces y sombras —comentó Ignacio.

Hubo una pausa.

El abad se tocó el hoyuelo de su barbilla con el índice. Parecía impaciente por comenzar una conversación. Incapaz de contenerse más, empezó:

—Querido Ignacio, ¿no queréis hablar de vuestro secreto?

El mercader estaba esperando precisamente esa pregunta. Para nada desprevenido, levantó la ceja y estudió la expresión agitada de su interlocutor.

—Hablemos —respondió—. Primero me tenéis que decir qué os ha revelado al respecto Maynulfo de Silvacandida. No me gustaría aburriros repitiendo cosas que ya sabéis.

—Sé poco, a decir la verdad —Rainerio se arrellanó en su asiento, una ambigua luz dominaba sus ojos—. Maynulfo me confesó que escondisteis en este monasterio algo muy valioso, y que tarde o temprano volveríais para recogerlo.

—Eso lo saben muchos aquí dentro. Tendréis que ser más preciso si queréis que siga adelante.

—Maynulfo me prometió que hablaríamos con calma —se justificó el abad—. Por desgracia su repentina marcha no le dio esa oportunidad.

—Bien, después de todo no hay prisas para que seáis informado —profirió el mercader, secretamente más sereno. Maynulfo había mantenido su juramento: no había revelado el secreto ni siquiera a su sucesor.

—¡Pero yo soy el abad! —objetó Rainerio—. Soy el responsable de este monasterio. Debo saber qué es lo que se esconde entre estas paredes.

—Os aseguro que no se trata de nada importante, reverendo padre —intentó calmarle Ignacio, mientras en su mente le retumbaba el acento perentorio, vagamente colérico, de las palabras debo saber. Hizo ademán de levantarse, manifestando que la conversación había terminado—. Tened paciencia. En unos días me marcharé para solucionar unos asuntos. A mi vuelta, dentro de unos meses como mucho, os revelaré el misterio. Prometido.

Como respuesta, el abad gruñó molesto. Menudo consuelo le había ofrecido.

5.

La abadía de Pomposa estaba ya cerca. Willalme aguzó la vista, intentando divisar algo al otro lado de la malla verdosa que coronaba las cumbres. Distinguió el pináculo del complejo, admiró su forma esbelta, hasta que consiguió ver más arriba y quedó extasiado por el blanquear de los cirros diseminados por el cielo.

La paz de aquellos lugares le fascinaba, luego recordó también que debía permanecer alerta. Estaba llevando a cabo un encargo de Ignacio. El mercader no se había fiado de que un mensajero de Rainerio entregara su correspondencia. Temía que el abad pudiera leer el contenido antes de enviar la misiva al destinatario. Por eso, había decidido enviarla en secreto desde la cercana Pomposa, donde nadie le conocía.

Mientras el francés estaba absorto en sus pensamientos, el barquero observaba, entre una bogada y otra, la funda de una espada curva que sobresalía de su capa. Parecía el arma de un sarraceno. Tuvo cuidado de que no se le notara, aunque su expresión llena de curiosidad no pasó desapercibida. Willalme se volvió de pronto, le atravesó con una mirada gélida y descubrió la espada con un gesto seco. El barquero apartó inmediatamente la mirada. Nadie, ni siquiera un perro rabioso, le había mirado jamás de esa manera.

Casi a mediodía el francés advirtió que había llegado a su destino. En cuanto la embarcación tocó la orilla, bajó a tierra y se despidió del barquero.

Encaminándose hacia la abadía, Willalme se acordó de haber escuchado a Ignacio hablar de ese lugar. Era uno de los templos benedictinos más afamados de la península, conocido como monasterium in Italia princeps. Aunque eso no es que tuviera mucha importancia para él.

Se acercó a un monje y lo saludó educadamente.

—Perdonadme padre, necesito mandar una carta urgentemente a Venecia. Y me gustaría dormir aquí hasta que no me llegue una respuesta. Se trata de un asunto urgente —especificó, usando las palabras que le había recomendado Ignacio—. ¿Con quién puedo hablar?

—Preguntad por el padre guardián, hijo —le contestó el benedictino—. De todos modos, si te das prisa podrías entregar la carta a los marineros de allá al fondo. ¿Los ves? Se dirigen a Pavía, pero primero harán una parada en Venecia.

Tras haberle dado las gracias, Willalme se dirigió corriendo hacia los hombres que le había indicado el monje. Estaban ocupados en cargar sacos de sal en una nave atracada a la orilla de un canal.

6.

Ignacio acababa de terminar de hablar. Observaba el perfil de Rainerio, en espera de un gesto cualquiera de despedida. De repente, la única puerta de la habitación se abrió y entró un monje pequeño y grueso, el rostro rubicundo coronado por un casquete de pelo negro. A pesar de tener más de sesenta años, sus rasgos recordaban los de un cupido.

El recién llegado saludó al mercader con una reverencia, luego se dirigió al abad con cierta impaciencia. Se expresó en latín, marcado con acento toscano.

—Pater, os esperan en el refectorio. La comida está a punto de servirse.

—No creía que fuera tan tarde —Rainerio indicó al mercader—. Este es Ignacio de Toledo, un amigo que ha venido desde muy lejos. Seguramente lo visteis ayer por la tarde en el refectorio, sentado a mi lado.

—He oído hablar de vos, peregrino Ignacio. El abad Maynulfo de Silvacandida os tenía en muy buena consideración —el monje se interrogó sobre el mal humor que oscurecía las cuencas de Rainerio. ¿Quizás acaba de mantener una discusión? Parecía contrariado. No le disgustó mucho verlo en ese estado, todo lo contrario—. Yo soy Gualimberto de Prataglia, amanuense y bibliotecario. Les pido perdón por mi intromisión. ¿He interrumpido acaso algo importante?

El mercader movió la cabeza.

—En absoluto, acabábamos de concluir precisamente en este momento.

Rainerio apoyó las manos sobre los brazos de la silla y se puso en pie. Encaminándose hacia la salida, se dirigió al monje.

—¿Venís a comer, padre Gualimberto?

—Por desgracia, no… Padezco todavía esos insoportables ardores de estómago. Solicito su permiso para quedarme en el scriptorium hasta la hora novena, si es posible.

—Concedido. ¿Vos, Ignacio, me haréis compañía en el refectorio?

Antes de contestar, el mercader intercambió una mirada de entendimiento con Gualimberto.

—Tampoco yo tengo apetito, reverendo abad. Creo que aprovecharé la ocasión de pedirle al padre Gualimberto que me enseñe la biblioteca, si le agrada.

—Con mucho gusto —intervino el monje—. Si el abad está de acuerdo, naturalmente.

—Placet —profirió de forma antipática Rainerio, antes de salir de la sala.

Tras quedarse a solas, Ignacio y Gualimberto subieron al piso superior del Castrum Abbatis, donde se encontraba el acceso a la biblioteca. Sin embargo, antes de entrar se quedaron conversando sobre nimiedades cerca de un ajimez, para disfrutar del frescor que procedía del exterior.

Gualimberto seguía lamentándose de sus dolores de estómago, que al parecer le molestaban desde hacía meses. Ignacio le escuchaba con paciencia. Le agradaba su compañía y, sobre todo, estaba agradecido por haberle dado un pretexto para alejarse de Rainerio. Había algo más en ese monje que le producía curiosidad. Pero en cierto momento, mirando por el ajimez, vio algo que llamó su atención: cerca de la hospedería, Hulco y Ginesio otra vez estaban confabulando. Parecían muy agitados.

Tramaban algo.

Ignacio no tardó mucho tiempo en sacar sus conclusiones. Pensando rápidamente, se dirigió a Gualimberto.

—Reverendo padre, yo poseo el remedio para vuestra úlcera de estómago.

—¿De verdad?

—Solo hay que preparar una infusión con ciertas raíces.

—¿Y vos sabéis cuáles?

—Son raras, pero tengo algunas. Se encuentran en mi habitación. Si tenéis paciencia y me esperáis un momento, estaré encantado de haceros un regalo.

Gualimberto cayó en la trampa.

—Sois muy bueno conmigo.

—Os pido un favor —continuó Ignacio, mientras seguía curioseando desde la ventana—, ¿podríais indicarme una salida secundaria? ¿Veis a aquellos mendigos de allá abajo? Me resultan molestos y no me gustaría verme en una situación desagradable, encontrándomelos por segunda vez.

El bibliotecario asintió. Lo cogió del brazo y dijo.

—El Castrum Abbatis tiene una salida en la parte de atrás. Venid, os acompaño.

7.

Hulco había holgazaneado durante toda la mañana frente a la hospedería, dirigiendo miradas furtivas hacia el edificio. De vez en cuando, Ginesio se asomaba desde las ventanas del local e intercambiaba información, gesticulando como un mimo.

Había pasado casi una hora desde que el mercader de Toledo había salido de su alojamiento. Hulco lo había estado vigilando, fingiendo remover la paja de los establos con una horca. Le había visto dirigirse hacia el Castrum Abbatis, muy probablemente para conversar con el abad.

Tenían tiempo para actuar.

Tras limpiarse bien los pies y las rodillas de estiércol, se dirigió rápidamente hacia la hospedería. Ginesio, le abrió, dejándole deslizarse dentro.

—¿Qué estás haciendo aquí? —farfulló, cerrando la puerta—. Ahora no puedes entrar, el rubio está todavía en la habitación, no le he visto bajar.

—Lo vi yo, al alba. Se ha marchado —susurró Hulco—. Lo vi por casualidad, mientras llevaba el pescado a los almacenes. Se escondió tras el zarzal y luego se dirigió hacia el canal. Le seguí con el rabillo del ojo.

Ginesio titubeó.

—No puedes ir ahora. Es casi la hora de comer. El castellano saldrá del palacio de un momento a otro y entrará de nuevo por aquí.

—Ya verás como el abad le invita a su mesa, como ayer por la noche.

—Quizás. Pero esta vez no puedes fallar. Registra debajo de las camas, las maderas se mueven. Puede ser que haya escondido ahí el baúl, bajo el suelo.

—Y entonces, ¿por qué no has ido tú? ¡Siempre me tocan a mí los trabajos sucios!

—No puedo comprometerme, soy el responsable aquí dentro —Ginesio hizo una pausa—. Él ha dicho que debes ir tú.

Ante esas palabras Hulco se envalentonó.

—Entonces haré lo que él manda.

Entre tanto los confabulados vieron al abad Rainerio salir del Castrum Abbatis. Se dirigía al refectorio solo. Caminaba encorvado y contrariado.

—¿Y el castellano dónde está? —se preguntó Ginesio.

—Está allí, mira. Se ve por las ventanas del palacio.

Ginesio siguió el dedo índice de Hulco hacia un preciso punto del Castrum Abbatis. Distinguió, asomadas a un ajimez del segundo piso, a dos personas entretenidas en hablar: el padre bibliotecario y el mercader de Toledo.

—¿Ves al castellano? Está hablando con el padre Gualimberto. ¿Quién sabe lo que piensan hacer?

—¿Y a quién le importa? —gruñó Hulco, impaciente por cumplir las órdenes—. Verás como se quedan allí un poco de tiempo, o al menos el suficiente… Yo me voy. Tú quédate pendiente de que nadie entre.

Ginesio no tuvo tiempo de contestar. El otro ya se había precipitado hacia las escaleras.

Hulco llegó al alojamiento del mercader. Inútil actuar en silencio, no había nadie en los alrededores. Al superar la entrada, aguzó la mirada hacia la cama. Esta vez el baúl estaba allí, a la vista. ¡Bien! No tendría que esforzarse en buscarlo.

Avanzó hacia adelante con sus dedos sucios. Estaba ya inclinado sobre el baúl cuando algo afilado le rozó la garganta. ¡Un cuchillo!

No tuvo el tiempo de reaccionar. Una mano le sujetó la muñeca derecha y se la llevó hacia atrás, apretándola contra la espalda. Los huesos le crujieron.

Hulco se sintió arrastrar hacia atrás. El hombre que lo sujetaba era alto, se movía rápido. Apenas se oían sus pasos.

Su final había llegado, pensó. Moriría asesinado.

La hoja del cuchillo empezó a presionar su cuello. El metal entró en la carne, trazando una línea roja sobre la piel sucia. De repente se detuvo y una voz se sintió a sus espaldas.

—Si te veo otra vez hurgando entre mis cosas te rajo la garganta.

Hulco se dio cuenta de que se trataba del mercader de Toledo. ¿Cómo diablos lo había hecho? ¿Cómo había podido entrar tan rápidamente, sin que Ginesio lo detuviera? Aquel hombre debía ser un nigromante. Se movía como un gato.

El siervo no tuvo tiempo de pensar en otra cosa, ni de reaccionar. Fue arrastrado hacia la puerta, hasta que finalmente le apartó el cuchillo del cuello. La hoja estaba sucia, de su sangre. Ignacio limpió el cuchillo sobre él, con su jubón, frotándolo sin prisas, luego lo agarró por los hombros y lo apartó de una patada en el trasero.

Hulco fue lanzado fuera del umbral. Se golpeó la nariz y la rodilla contra el suelo del pasillo. Allí apoyó las manos y se dio la vuelta lo más rápido que pudo, para atacar a su enemigo, pero se encontró con la hoja que le apuntaba la barbilla. El mercader estaba cerca de él, manejaba el cuchillo con indiferencia, como si estuviera jugando con una pluma de plata.

—¿De verdad piensas que un patán de tu calaña podría robarme sin que me diera cuenta? —Ignacio esbozó una sonrisa irónica, pero su tono de voz era amenazante—. Ahora vete. Ve a que tu compadre te cure el cuello antes de que me arrepienta.

El siervo retrocedió, pero el mercader lo agarró por el cuello de su jubón.

—¡Y acuérdate bien de esto! —exclamó, haciendo que brillara la hoja ante sus ojos. Luego lo dejó ir.

Hulco se estremeció, se llevó la mano al cuello ensangrentado y se marchó a rastras con la cabeza gacha.

Ignacio lo miró mientras se alejaba. Colocó el cuchillo en un bolsillo interior dentro de la túnica, abrió el baúl y extrajo un saquito de piel: las raíces para Gualimberto. Salió de la habitación y bajó las escaleras con calma. Al cruzar la entrada de la hospedería, pasó cerca de los dos compinches que estaban agachados tras el mostrador, ocupados en comentar sobre lo sucedido.

Ginesio lo miró como si hubiera visto a un fantasma, luego se dirigió a Hulco.

—¡Te aseguro que no le he visto entrar! ¡No sé cómo lo ha hecho!

Ignacio sonrió satisfecho y volvió al Castrum Abbatis.

Estaba seguro, no volverían a entrar otra vez en su habitación.

8.

El abad acababa de entrar en el refectorio y los monjes atrasados se apresuraban a seguirle. Entre estos estaba Uberto, que aun no siendo un religioso, vivía en Santa María del Mar ateniéndose a las reglas del cenobio, y era habitual que se uniera al resto de hermanos en las horas de la comida y de la oración.

El joven estaba atravesando el patio junto al anciano padre Tommaso de Galeata. Le acompañaba al comedor, sujetándole por un brazo.

Al viejo le costaba un esfuerzo enorme caminar, tambaleándose sobre las piernas delgadas y arqueadas.

—Esta será mi última primavera, hijo. El señor me está llamando.

Repetía esa frase continuamente, desde hacía casi diez años.

El joven sonrió, ligeramente distraído. Un instante antes había visto a un hombre aparecer desde detrás del Castrum Abbatis, correr hacia la hospedería y subir velozmente por una escalera externa que bordeaba el edificio. Ginesio, situado delante de la entrada principal, no se había dado cuenta. El hombre se había esfumado, debía haber entrado en la hospedería a través de una de las ventanas del segundo piso.

—Ese hombre era Ignacio, el mercader de Toledo —se dijo Uberto, pensando en voz alta.

—¿Has visto al peregrino Ignacio? —le preguntó el viejo, concluyendo la frase con un golpe de tos.

—Así me ha parecido.

El monje se aclaró la garganta.

—La verdad es que es un tipo misterioso, ese Ignacio. Lo conocí personalmente cuando pasó por aquí la primera vez. En aquel entonces parecía totalmente desesperado.

Uberto, lleno de curiosidad por el discurso, se dirigió con dulzura a Tommaso.

—Dime, abuelito, ¿qué sabes de él?

Abuelito era la forma con la que el joven solía llamar al anciano, ya que entre todos los hermanos era el que se había ocupado de él desde la infancia.

El anciano monje anduvo más despacio —si es que era posible caminar con más calma— e inspiró el aire templado del mediodía. Hurgar entre sus recuerdos, para él, era como meter las manos en un montón de hojas secas.

—En aquellos tiempos escapaba de Alemania. Eso me confesó Maynulfo de Silvacandida, pidiéndome que no hablara con nadie. Tú eres el primero a quien se lo cuento. Se trata de asuntos delicados, sobre los que me han revelado solo una parte.

Uberto asintió, agradecido por la confianza que le demostraba el monje.

Tommaso le contó entonces una parte de la vida de Ignacio que pocos conocían.

—Todo comenzó en 1202, cuando el mercader de Toledo conoció a un tal Vivïen de Narbona, un monje vagabundo de dudosa fama. Los dos tuvieron el valor de emprender negocios con un alto prelado de Colonia, quizás el propio arzobispo en persona. Le mostraron algunas valiosas reliquias, recuperadas quién sabe en qué lugar del mundo.

Uberto le preguntó de qué reliquias se trataba, pero el viejo no supo contestarle.

Presionando con más fuerza el brazo de su joven acompañante, Tommaso continuó con su historia.

—Por razones desconocidas para mí, el asunto quedó en el aire. Al parecer el intermediario formaba parte de un tribunal secreto asentado en Alemania, con seguidores repartidos por todo el mundo.

—¿Un tribunal secreto? ¿De qué se trataba?

—No tengo ni idea, y creo que es mejor no saberlo —el viejo tosió una vez más, luego volvió a hablar con ronquera—. A Ignacio no le quedó otra solución que huir, pues lo perseguían. Cruzó toda Francia, atravesó los Alpes, dejó atrás Venecia y encontró refugio precisamente en nuestro monasterio. Fue acogido por el abad Maynulfo y permaneció escondido aquí durante un poco de tiempo, luego se marchó a Oriente.

—¿Y qué fue de Vivïen de Narbona?

—Los dos compañeros se separaron durante la huida. Lo único que sé, es que Vivïen fue capturado por los hombres de ese tribunal implacable.

Uberto estaba a punto de abrir la boca, listo para formular la siguiente pregunta, cuando Tommaso se adelantó.

—Es tarde. Vamos, hijo, entremos en el el refectorio o nos dejarán sin comer.

9.

Gualimberto de Prataglia esperaba ante la entrada de la biblioteca. Paseaba haciendo círculos con sus pies regordetes, las manos unidas a la altura del vientre, cuando Ignacio regresó.

—Aquí estoy, padre —el mercader le mostró el saquito de piel que contenía las raíces. La escusa de las hierbas medicinales le había permitido salir sin ser visto del Castrum Abbatis y poner a Hulco en su sitio.

—¿Decís que son eficaces?

—Las hierbas y las raíces tienen propiedades curativas. Imagino que ya lo sabéis —Ignacio arqueó la ceja—. Pero ahora decidme, si no soy indiscreto, ¿por qué motivo no miráis con buenos ojos al abad Rainerio?

La pregunta fue tan inesperada que el monje se ruborizó.

—Pero, no… ¡Cómo pensáis…!

—No mintáis, os lo ruego —el tono del mercader se volvió confidencial—. He notado el desprecio con el que os dirigís hacia él —estaba convencido de que iba a contestarle con sinceridad. Sabía que había instaurado una secreta complicidad con aquel hombre.

—No penséis mal, os lo suplico —farfulló Gualimberto—. Es solo que, como muchos hermanos, no consigo acostumbrarme a sus altivos modales—se mordió los labios, pero fue incapaz de callarse—. Además Rainerio no es digno de ocupar el lugar de Maynulfo. Lo ha usurpado con el engaño.

Ignacio se limitó a esbozar un gesto de condescendencia, lejos de querer transformar la conversación en un interrogatorio. Estaba seguro de que las revelaciones no tardarían en presentarse, sin forzarlo, a través de una amena conversación.

El monje, arrepentido de haber hablado demasiado, bajó la mirada.

—Venid —profirió, como si quisiera acogerlo en su propia casa—, permitidme que os enseñe ahora la biblioteca.

La biblioteca del Castrum Abbatis se encontraba en una situación de abandono. La humedad se apreciaba por todas partes, a pesar de que las ventanas garantizaban cierta ventilación. Estropeados por el tiempo y el deterioro, los libros olían a moho, y hacían que el aire se volviera irrespirable.

Revisando las estanterías de los armarios, Ignacio vio las obras de Agustín y de Isidoro de Sevilla, de Gregorio Magno y de Ambrosio. La mayor parte de los libros estaban relacionados con las sagradas escrituras. Sin embargo, también estaban presentes autores paganos, como Aristóteles.

El mercader hojeaba, leía por encima, y mientras tanto citaba textos que no estaban presentes en aquel lugar: obras raras de contenidos extravagantes que Gualimberto no conocía.