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La muerte de su padre arrastra a Guillermo al reencuentro con un pasado que no se cerró del todo. Allí le espera Javier, su hermano, y todos los fantasmas de los que huyó apresuradamente una tarde de verano de hace muchos años. Al fondo, la historia de una noche triste que dejó un misterio sin resolver que ya no importa a casi nadie, la desaparición de dos niños víctimas de una acción de retaguardia durante la Guerra de España. Los protagonistas tendrán que elegir entre razón y verdad, y de su elección dependerá que este relato sea de amor o de su ausencia.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Teodoro del Pino Merino
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17818-35-7
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El Séptimo Nombre
Teo del Pino
Este es un relato de ficción. Cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia. Mas en ese caso, que Dios nos perdone a todos.
«He arrojado fuego sobre el mundo y ved que lo mantengo hasta que arda»
Evangelio apócrifo de Tomás.
A todas las víctimas. A todos los verdugos.
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La existencia no permite un espacio en blanco. Si abre una puerta, la cierra. Si un camino no conduce a ninguna parte, lo clausura. Tarde o temprano, todo lo que empieza acaba y todo lo inexplicable, por inexplicado, simplemente deja de serlo, pues un misterio no es más que el deseo de mantener oculto un secreto que desmejoraría revelado. Cuando finalmente, de la boca de quien lo supo se manifiesta, muchos hubieran deseado no conocer por mantenerse ellos mismos en la oscuridad de la ignorancia.
No soy un mártir, pero he estado muerto tanto tiempo que he llegado a sentir predilección por los de esa condición. Muerto en vida o muerto simplemente, que las sepulturas no distinguen entre unos y otros. Solo el sepulturero puede. Es él quien abre las tumbas y quien las cierra cuando ha decidido que ya no hay esperanza para el cuerpo que las ocupa. A veces el sepulturero te da por muerto y cierra en falso. Es esa una ficción que fabrica la realidad para que dicha realidad pueda extenderse a sí misma simulando que nació de más realidad y no de más ficción. Por eso si te dan por muerto es que lo estás, al menos desde el punto de vista de los efectos de una y otra cosa. Nadie busca aquello que no espera encontrar ni desea lo que no existe. En ese caso, todas las probabilidades juegan en tu contra.
Cada vez que miro a través del parabrisas, entre los paréntesis de los limpias yendo y viniendo con palmaria inoperancia, la cortina de agua se vuelve más y más impenetrable. El policía que me observa desde la escalera gesticula nervioso. Sospecha de mí, porque aún no he apagado las luces y ya son más de diez minutos intentando convencerme que merece la pena desvelar un secreto de cuya revelación huyeron todos sus conocedores.
El motor se detiene y el reproductor corta el hilo musical disparando contra todos los hombres buenos. El poli echa mano a su cinturón cuando me ve salir y dirigirme casi a ciegas hacia la triste lámpara que vagamente ilumina el acceso para discapacitados del juzgado. Me detiene y me interroga. He venido a declarar, contesto, y él resopla. A declarar sobre qué, pregunta mientras me enseña el paso hacia el arco de seguridad. Sobre un crimen, el doble asesinato de Santiago Hidalgo y Juan Rafael Finque.
Hace muchos años que se dice en Padilla que «Soros matan Demetrios», cuando de entre dos posibilidades la peor parece la más probable. Soro era Santiago, hijo de Santiago y nieto de Mateo Hidalgo el Soro. Juan Rafael, hijo de Florencio Finque, era Demetrio por vía materna, pues su madre era la hija menor de Demetrio el viejo, personaje del cual se dice gozó de gran predicamento entre sus vecinos.
Los más jóvenes tiran de expresión sin conocer el origen de la historia. Si les preguntas, acaso dirán que durante la guerra uno de ellos mató al otro y desapareció. Y qué, añadirán, ¿acaso en la guerra tantas muertes no merecieron la menor explicación? Tienen razón, demasiados perecieron y nadie puede estar completamente seguro de por qué. Pero ¿qué pasaría si, por una serie de clamorosas coincidencias, pudiéramos tener todos los elementos para desgranar la historia? ¿Callaríamos igualmente? Y qué, añado, ¿no seguirían estando todos muertos?
El agente judicial me hace esperar casi media hora, como venganza por negarme a que me tome declaración nadie que no sea el juez de guardia. Tras la ventana, el mundo desparece. Es como si se lo hubiese tragado una ola y, sepultado, lo estuviera observando desde el otro lado, fuera del diluvio, tras el cristal de un acuario. Tan oscuro secreto merecía un contexto así de desagradable, porque su atrocidad siempre encontró resistencia, la del mudo silencio, aunque lo envuelva la ventisca, lo arrulle el trueno y lo deslumbre el relámpago.
Cuando ella aparece junto a mí, la torpeza de sus manos hace evidente que no esperaba otra cosa esta noche que una larga taza de café frente al vacío de sus pensamientos. Pero es joven y comprometida, tanto que no pregunta ni cuándo ni por qué, pero avisa que un criminal muerto no está menos muerto que su víctima y queda tan lejos de ser relevante como esta misma. El derecho penal no se hizo para rehabilitar la memoria de los usurpados ni para minar la de sus usurpadores. No importa, los muertos no esperan ningún réquiem, tampoco les queda nadie entre los vivos.
—¿Cómo sabes que hemos encontrado un cuerpo?—pregunta sin disimular su curiosidad. Contesto que alguien prometió una vez que, tarde o temprano, ocurriría y yo estaba allí para dar fe de que eso pasó en la manera en que yo lo cuento y no en la manera en la que muchos especularon. De qué sirve entonces si no sirve para nada, parece reflejar su gesto contrariado. Sirve para que se sepa, se escriba y conste. Sirve para que se cierre la puerta y se clausure el camino. Para que cesen los dimes y descansen los diretes. Sirve para que yo deje de estar pendiente de la peña de Simón y de lo que hasta hace unos días reposaba bajo sus escombros.
La semana pasada, unos técnicos del Ministerio de Medio Ambiente que realizaban unas catas en el trazado de una autovía encontraron, junto a un montón de huesos de animales, el cuerpo de un hombre conservado en cal viva. El informe forense filtrado a los medios dio por sentado que se trataba de un varón joven, pero nada se dijo acerca de la datación de los restos. Tampoco la causa de la muerte, y mucho menos sus circunstancias.
Poco después de la noche de hechos, el párroco, al que los testigos definen como persona poco apegada a cuestiones políticas, espantado por la probable escalada de violencia, inventó la primera hipótesis sobre el destino de los niños. Tenía que explicar dos desapariciones sin cuerpos ni testimonios, así que optó por matar a uno y denigrar al otro. Declaró haber recibido en confesión a Santiago, de quince años, esa misma noche, dejando caer para no violar el deber de secreto, que huyó avergonzado por su participación. Así, se fabricó una ficción amable que reprobaba a los unos y desagraviaba a los otros, decretando una culpabilidad leve que se suponía amansaría los deseos de desquite. No le importó que Santiago y su familia corrieran con el peso de la infamia, pagando con su reputación el precio de la culpa por los inocentes asesinados.
Luego pasaron más cosas. Pero no merece la pena contarlas si no van acompañadas de evidencias, lo cual parece disgustarle a su Señoría. A ella le impacienta mi aversión por los desenlaces sobrevenidos. Quiere volar las cerraduras, empezar por el final y cerrar en el primer acto, pero yo le digo que de ser así no lo entendería y que, de todas formas, no tiene nada mejor que hacer esa noche de perros. Nadie puede resistirse a una buena historia a cobijo de la tormenta. Sobre todo cuando ha de elegir entre una u otra.
El 28 de agosto de 1936, una escuadra que venía haciendo limpia en la retaguardia franquista ejecutó a cinco vecinos del municipio de Padilla. La comandaba un falangista tuerto muy conocido en la comarca por su participación en los mítines organizados por la extrema derecha como propagandista y pistolero. En la ejecución se vieron involucrados dos adolescentes, uno de cuyos cuerpos ha sido desenterrado esta semana en el término municipal de Padilla, como así dan fe los recortes de prensa que presento. De entre ellos un alcalde, un directivo de la Casa del Pueblo, un sindicalista y el secretario del Juzgado de Paz. El quinto sería un agricultor sin relación con los anteriores ni con el bando de Guerra que se les aplicó en justicia y el sexto, según la versión oficial, el hijo de este.
La juez, doña Julia Carrasco, vuelve a insistir en la irrelevancia de la conducta pues considera la acción penal extinguida, pero aprovecho para introducir dos cuestiones que no resultan ni mucho menos accesorias:
Primero, hasta que no se date la fecha de la muerte no se puede contemplar la prescripción del delito. En cualquier caso, los delitos de terrorismo son imprescriptibles según el artículo 614 del Código Penal. Segundo, no existe constancia de la muerte del presunto culpable, pues no consta en el Registro Civil donde fue inscrito, para lo cual aporto certificación de nacimiento debidamente autorizada. No consta al margen la defunción del mismo.
El funcionario que hace las veces de fedatario público levanta la cabeza de la pantalla del ordenador y extrañado, pregunta:
—¿Terrorismo? Creí que hablaba de la Guerra Civil. ¿Qué debo poner en el acta de la declaración?
Doña Julia me escruta interesada.
—El delito de terrorismo ni siquiera estaba tipificado en el Código Penal de 1932—responde—. Por mucho interés que usted tenga en abrir una causa contra los crímenes de la Dictadura ya le adelanto que va por una vía muerta.
Levanto el dedo y señalo al Código Penal junto al teclado. Ella da su permiso y yo leo literalmente:
—«Alterar gravemente la paz pública». —Y enfatizo—, «Provocar un estado de terror en la población o en una parte de ella».
El prejuicio jurídico, que ya hizo fracasar el primer intento por resolver el caso, hace que Julia se ciegue ante su propio criterio. No puede entender que esos crímenes no tengan nada que ver con el genocidio de trastienda con el que de cuando en cuando nos obsequian las guerras de hermanos. ¿Cómo es posible que un crimen perpetrado por un falangista durante los primeros meses de la represión, que tiene por víctimas a objetivos tan comunes como un alcalde republicano o un responsable de un centro obrero, que fue ejecutado por soldados del ejército rebelde con la connivencia de la Guardia Civil de la propia localidad, no tenga nada que ver con dicho tipo penal? Si da leche como una vaca, muge como una vaca y finalmente parece una vaca, ¿no estamos hablando de una vaca?
Es difícil descontextualizar un acto de terrorismo cuando partimos de la ejecución de una política de terrorismo de Estado, pero este no es más que un juego de significados jurídicos que ha ido evolucionando conforme los hechos humanos han venido arrollando nuestra capacidad de exceptuar la monstruosidad de los crímenes constatados en el último siglo. Por eso esta historia ha de madurarse como un proceso de descomposición paulatina y no como una foto fija, por muy conseguida que esté la sensación de profundidad.
Creo que va a necesitar algo de imaginación para entender mediante que mecanismos un hombre puede pasar de ejercer el terror con alguna finalidad político-militar a ejercerlo sin ninguna causa aparente. O lo que es igual, a ejercer el terror por el terror, sin buscar otra satisfacción que la ruptura del armazón social y, a través de ello, la destrucción del individuo mismo.
Hace unos años, un joven informático que digitalizaba el archivo municipal encontró un legajo bajo las ruinas de las ruinas de la documentación apócrifa de la dictadura. El expediente, a medio camino entre lo documental y lo académico, versaba sobre un tema tabú: la quiebra de la sociedad civil durante la Guerra de España, con la curiosidad de estar basado en la historia vedada de la desaparición de dos adolescentes durante los primeros meses del conflicto. Nada inusual por otro lado, excepto por el hecho de que uno y otro vinieron a caer desde las orillas opuestas de la reyerta.
Este informático, obsesionado con la historia del pleito no resuelto de Soros y Demetrios, venía elaborando una teoría alternativa sobre el fatal desenlace de la «Noche triste de Padilla», que él creyó confirmada por las insinuaciones que el autor dejaba caer en medio de un lenguaje ambiguo lleno de simbolismos y dobles sentidos. Más preocupado, sin duda, por la sobreexposición a la censura que por el compromiso con la verdad de los hechos.
Según esa teoría, quien murió y ocupó la sepultura fue Santiago y no Juan Rafael, que huyó al otro lado y se cambió de nombre para no dejar rastro y que su familia no sufriera más represalias. Luego se enrolaría y moriría en el campo de batalla en un frente cada vez más alejado en el tiempo y en el espacio. Esa segunda hipótesis cundió a raíz de un testimonio relevante cuya credibilidad quedaba fuera de toda duda, pues sin esa presumida credibilidad, todo lo demás no era más que un gigantesco castillo de naipes.
Cuando no eres nadie, necesitas llegar a quien en virtud del orden general de las cosas puede imponerse a los de aquella clase. Por desgracia, ese don nadie me escogió a mí, un abnegado pediatra de inmaculado prestigio, famoso por el altruismo y ejemplaridad de sus acciones. Un cirujano que perdió el pulso en un atentado mientras trabajaba en un proyecto de voluntariado en el Líbano y que, como premio a su temeridad, recibió un plácido destino como médico de familia en su pueblo natal. También dinero, una millonaria indemnización con cargo a una póliza de seguro contratada para minimizar los riesgos de la empresa. Dos condiciones que me convertían en un privilegiado, el candidato perfecto para escenificar cualquier impostura.
Al principio me negué, pero la historia de los muchachos me cautivó hasta el punto de sentir remordimiento por hacerme cómplice de la omertá de los supervivientes. Y eso que nadie que conozca puede decir que sepa más que yo de guerras fratricidas, desaparecidos y fosas comunes. De muertos a los que todo el mundo prefiere olvidar, que murieron porque sí y a causa de nada, según consta en los registros que dan a esa nada el estatus de cierta e indiscutible.
Así que me embarqué en un proyecto que los promotores arrastraron clandestinamente por las instituciones y que me llevó al otro lado del Atlántico en busca de un personaje cuyo testimonio se antojaba inevitable. Un residuo del pasado, autor de una letanía fantasmagórica que unas veces decía y otras, callaba, como si supiera más de lo que contaba y no le importase dejarlo claro.
Nadie se preocupó hasta entonces de destripar un texto que durmió el sueño de los justos bajo una montaña de expedientes, como si la historia lo hubiera sedimentado en el estrato donde el cambio lo alcanzaría a tiempo de haber cerrado todas las heridas de la contienda. Pero esas heridas no las cerró el tiempo, sino el olvido interesado de los personajes que pulularon por su perímetro, evitando ser señalados por aquellos que les sucedieron y sus disquisiciones acerca del cómo y el porqué para semejante barbarie. Ellos dirían que a causa del miedo, pero el miedo es una excusa para salvar el momento que no soporta fácilmente el devenir. Los que cerraron las puertas y atrancaron las ventanas para no ver ni ser vistos son tan culpables del olvido como aquellos que lo decretaron. Y para ellos el olvido sirvió de escarmiento. El olvido de toda compasión y toda dignidad. El olvido cómplice y asesino. Bastardo y huérfano. El olvido de la vergüenza.
PARTE IEL OLVIDO DE LA VERGÜENZA
Cuando éramos niños jugábamos a perseguirnos entre los viñedos. Campo a través, con el sol a nuestra espalda y las mieses aplastadas bajo nuestros pies, nos enzarzábamos en peleas imaginarias de rojos y azules. A mí siempre me tocaba hacer de rojo, porque a los pequeños no se nos permitía ganar ninguna refriega y porque, para conseguir el respeto de los mayores, aprendí a desplomarme mejor que nadie abatido por el certero fuego enemigo. Allí, parapetados tras los arrugados troncos de olivos centenarios, nos disparábamos, caíamos y nos hacíamos el muerto para luego reincorporarnos a la hueste como replicados exactos de nosotros mismos y batallar sin fin a las puertas del cementerio. Me hubiese gustado ser un «nacional», para celebrar la victoria con el desfile militar de los triunfadores, engalanado de patria y bandera, sangre y orgullo. Con la mano en alto y la vista al frente bajo los acordes de una marcha militar entonada con silbidos desafinados y falso redoble de tambor. Pero de tanto hacer de rojo acabé empatizando con la muda presencia del perdedor que contempla a sus conquistadores quedarse con todo: la victoria, la razón y el derecho. Nunca les perdoné que se negaran a compartirlas conmigo.
El desfile se detenía frente al viejo portón del cementerio, bajo el cual Román, el hijo tarado de la guardesa viuda, se arrastraba frívolamente para después retarnos a seguirle a la carrera entre los cipreses. A pesar de que su madre, la bruja blanca de la ermita, nos haría pagar con maldiciones la violación del perímetro, ninguno de nosotros, rojos o azules, estaba dispuesto a esperar a las puertas del camposanto, con el sol negro del crepúsculo hundiéndose en el horizonte, expuesto a que los demás saltaran la tapia por algún otro lado y tuviéramos que volver solos y a oscuras por el Camino de las Cruces.
Una vez dentro, Román nos conducía hasta un rincón separado del resto del conjunto por una columna de nichos de reciente construcción. Una especie de siniestro trastero donde se hacinaban restos de ataúdes, placas de mármol, cruces metálicas y toda clase osamentas diseminadas por el suelo, entre las hierbas secas del verano. Algunos hacían bromas con ellas, metiéndoselas entre la ropa a los demás, pero a mí siempre me pudo el respeto de pensar que aquellas vértebras, cabezas de fémur, falanges y huesos temporales estaban allí por la negligencia de los que los que tenían el deber de devolverlas a la tierra.
Finalmente, todos nos sentábamos sobre un montón de escombro. Alguno de los mayores encendía un cigarrillo robado del bolsillo del pantalón de cualquier despistado y, mientras nos asfixiábamos con las caladas, Román ejercía de maestro iniciado repitiendo ese mismo guion que tanto nos gustaba: «Ahí están enterrados los rojos. Los trajeron por el Camino de las Fuentes en un camión militar. Los bajaron y entraron por detrás. Fumaron un cigarro y luego los fusilaron». Román apuntaba con su dedo índice mientras percutía el pulgar y a mí se me disparaban todos los resortes de la curiosidad. Por qué los mataron.
—¡Los mataron porque eran rojos, imbécil! —respondía alguno de los mayores arguyendo el peso de la legitimidad de los vencedores.
Pero entonces, ¿por qué entraron por detrás?, ¿por qué en plena noche y a hurtadillas? Si la razón y la justicia estaba de nuestra parte, ¿a cuento de qué tanta clandestinidad? La respuesta es simple ahora como ya lo era entonces. No se trataba de una ejecución, los estábamos asesinando, y a mí me preocupaba que la victoria no pudiese justificar todo, incluyendo la inmoralidad de nuestros actos.
—¿Qué estás buscando? —A mi espalda la dulce voz de Margarita me rescata de toda disquisición.
—Una vieja loca —respondo mientras desgrano con los dedos la costra de cal seca de una pequeña lápida.
—¿De quién se trata? —pregunta excitada.
—No es nadie, y si lo fue el tiempo se encargó de borrarle hasta el nombre —respondo tras comprobar que no queda alusión alguna a la memoria de su propietaria. Lucrecia, se llamaba, aunque bien pudo haber sido Antígona, en honor a su pecado de desobediencia.
—Pensaba que su hijo estaba enterrado en algún lugar de este cementerio.
—¿Lo está?
—No, su hijo murió en la cárcel unas semanas después del levantamiento de Marruecos.
La primera vez que la vi estaba arrodillada. Caída sobre sí misma, desmoronada ante la indiferencia cobarde de sus paisanos. Agarraba con fuerza un puñado de flores arrancadas de los márgenes de la carretera y gritaba para que le indicaran donde depositarlas. Me acerqué a ella y me ofrecí a buscarle la tumba que con tanto dolor reclamaba y ella, conmovida por mi ingenuidad, me besó la mejilla compartiendo sus lágrimas de vieja loca y desesperada mientras agradecía mi gesto con el corazón en la garganta y la Palabra en los labios: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos hallarán misericordia». Luego, mi madre me cogió del brazo con fuerza y me devolvió a una multitud demasiado acostumbrada a escrutar desde la mirilla. Era día de difuntos y el humo de los cirios consumidos preñaba el aire disimulando el hedor hipócrita de los afligidos que rezaban a sus muertos. Y yo no podía dejar de pensar que esos muertos, de no estarlo, se sentirían avergonzados por como los vivos seguíamos tratándonos mientras honrábamos sus huesos. Esos mismos huesos que los niños nos arrojáramos en nuestras correrías a intramuros del camposanto.
No ha sido fácil para mí orientarme en esta matriz reticular en la que se ha convertido el cementerio municipal. Como un avispero alzado de nichos y panteones lujosamente ataviados de mármol con apliques en bronce y bajorrelieves con imaginería cristiana. Hornacinas pertrechadas de flores secas, fotos despintadas, setos con las puntas agostadas. Demasiada carga ornamental para un lugar de retiro y silencio. Demasiado diseño, demasiada filigrana, demasiado folklore.
Una panda de barbudos sentados en círculo alrededor de un plano reclaman para sí la herencia de la maltratada República. Hace días que clavaron la tricolor en suelo sacro esperando que los técnicos de la excavación les señalen el lugar exacto de su revancha. Mientras tanto, malgastan el tiempo que la juventud les ha concedido denunciando los oprobios del Alzamiento, como si hubieran sido ellos mismos los destinatarios de la depravación. Morirían de empatía, si semejante estupidez fuese posible.
Emilio me invita a participar. Siente por mí una mezcla de admiración y desprecio que no puede explicar. No me conoce, pero sabe que mi padre vino a Padilla porque el Régimen le adjudicó una plaza como funcionario municipal. Así que él ya me ha encasillado y no puede evitar sospechar de cada palabra, de cada idea y de cada opinión, por mucho que trate de ahorrármelas. Margarita lo disculpa.
—Es joven y engreído —dice—, como la ignorancia misma.
Pero la ignorancia no se excusa cuando se enroca en no saber. La negación es el martillo de los incultos, de los sectarios y hasta de los ingratos. Ninguna razón es buena para el que ya ha desechado la inconveniencia de los argumentos como base de su proceso de decisión. Ellos primero deciden lo que quieren ver y luego lo ven, sin preguntarse porque una cosa lleva tan invariablemente a la otra. Si así lo hicieran, tendrían que reconocer que la razón no es más que un procedimiento circular que impide al yo salir de sí mismo, manteniéndolo en la alienación de su propia naturaleza inculta, sectaria e ingrata.
Nadie sabe lo que pasó en Padilla la noche del 28 de agosto de 1936, pero todos sin excepción conocen el porqué. El porqué siempre resulta lo más fácil, pues no es más que un prefabricado de la mente, esa estructura que teoriza sobre sus propios contenidos con resultados fácilmente predecibles. Si quiere ver negro, buscará el negro sobre el blanco y así lo encontrará, pues nadie puede dejar de buscar lo que desea ni dejar de encontrar lo que busca. Eso sí, con buenas razones, que para algo han de servir millones de años de presumido intelecto.
No se puede construir una verdad con estereotipos. Yo lo aprendí pronto, quizás porque me obligaron tanto a vestirme de rojo que acabé haciendo preguntas que mi razón no podía responder. Por eso no me valen los culpables oficiales. El sargento africanista y el cura reaccionario. El señorito y sus edecanes desclasados con su apología contra natura del vasallaje y la servidumbre. Las beatas y su integrismo, el niño fascista con el cerebro lavado de propaganda patriótica y todos los aprovechados que tomaron pronta ventaja de la sublevación cambiando de bando una vez certificada la victoria. Finalmente, ese demonio tuerto sentado a la puerta del infierno que vino a incinerar cuando ya ardía irremediablemente.
Emilio habla de Estrada y de Castillero. De Matías Valbuena y los hermanos Francisco y Manuel y de Pablo. De Carlos Olmedo y de los administradores de la finca Los Lobos. Propietarios todos, latifundistas y caciques, hacedores y deshacedores políticos antes y después de la República. El resto lo secundan con la boca abierta y el cerebro enredado en sus propios prejuicios. Ellos ya han elegido lo que quieren ver, pero es gracias a mi escepticismo que todos estén aquí esperando rescatar la historia de una infamia que no puede ser desvelada sino por la verdad, por muy inaceptable que nos resulte a los que tenemos que predicarla.
Eso lo aprendí de mi abuelo, un ser austero y reservado que decía que el hombre no es más que una criatura extirpada de la naturaleza que ha olvidado sus raíces y que por ello vive en un infierno permanente. Busca la verdad, decía, no te conformes con lo consensuado, pues esa es una ficción que la comunidad eleva a certeza para que la verdad misma no la ponga en peligro de muerte.
Mi abuelo no era de por aquí. En realidad, nadie sabe muy bien de dónde venía. Unos dicen que fue marinero, pues dominaba el ballestrinque, el as de guía y otros nudos desconocidos tierra adentro. Otros dicen que como buen mayoral entendía a las bestias y otros, que debió ser calero, pues sabía que ardía al fuego con solo mirar el humo. Mi abuela lo conoció como pastor, cuando coincidió con él mientras abrevaba los rebaños que conducía hacia la sierra por las rutas de los caminos de carne. Por ella mi abuelo se quedó en Padilla, aunque no del todo, porque él era de cielo y de campo abierto y no de calles retorcidas, casas hacinadas y pozos ciegos. Mi madre, su única hija, le llevaba la cena cada tarde y yo le acompañaba a la fuerza puesto que aquel hombre rudo y parco en palabras me producía un respeto reverencial que no podía explicar.
—¿Este niño no sabe hablar? —preguntaba con voz profunda—. Mejor así, los que hablan poco saben escuchar lo que es importante.
Jamás le vi sonreír, ni se le recuerda trato amable, pero tampoco vi en su rostro rastro alguno de sufrimiento. Ni siquiera en su muerte, que ocurrió cuando rondaba yo los catorce. Puede decirse que expiró con la dignidad de un animal salvaje, sin emitir ni un solo lamento ni conmover con despedidas innecesarias.
Unas horas antes de morir fui a llevarle la cena. En realidad, más que comerla la usaba como una especie de ritual. Se sentaba frente a la olla, cortaba el pan en pedazos y luego vertía el caldo en un cuenco del que comían los perros. Solo cuando estos terminaban apuraba su parte con los ojos cerrados y algún signo de deleite en sus facciones. Era su única comida caliente. El resto de la dieta consistía en flores y brotes que masticaba pacientemente y, como mucho, alguna verdura silvestre que cocía al fuego que siempre abundó en la ruinosa covacha en la que pernoctaba.
Uno de sus chuchos había muerto aquella tarde y él no tenía fuerzas para enterrarlo. Me dijo que lo llevara a la peña y aprovechara la pendiente para sepultarlo como le había visto hacer otras veces. Arrastré el pesado cuerpo sobre las afiladas puntas de las rocas hasta que alcancé la cima de la peña. Entonces lo escuché gritarme. Me giré y lo vi haciendo indicaciones.
—Ahí no —decía casi sin voz—, en la otra vertiente.
A pesar de que aquella caída se veía limpia de rocas y, por lo tanto, más apta para la tarea, mi abuelo me obligó a abrir la sepultura hacia el lado contrario, justo donde quedaba menos espacio de arena suelta entre los pedruscos y los setos espinosos de la peña.
Deslicé el cuerpo pendiente abajo hasta que encontré un trozo de suelo arenoso que remover. Tuve suerte porque el azadón no encontró resistencia alguna en la labor, así que una vez abierta la fosa, introduje al residente y luego lo cubrí cavando a una altura superior para que la arena simplemente se precipitase cubriendo el cuerpo. Esa es la manera de enterrar sin esfuerzo, de lo contrario la empresa se convierte en hercúlea. Nadie que no lo haya hecho nunca sabe lo difícil que resulta arrancarle tierra a la tierra.
Aprendí muchas otras cosas de mi abuelo. Cosas sobre plantas e insectos, nubes y tormentas. Aprendí que comer, a la larga te mata. Que pensar es una enfermedad y que la verdad está en todas partes menos donde se busca, porque se busca precisamente donde uno está seguro de no encontrarla. A la gente le gustan las mentiras porque es lo único que pueden compartir, decía, tú busca siempre la verdad aunque no sea lo que esperes, lo que desees o lo que necesites, y no des por cierto nada que no puedas comprobar por ti mismo, pues no hay embustero más grande que el impostor que escucha lo que ahora digo y cree comprender mis palabras.
En aquel momento no era consciente de la desmesura del encargo. Durante años la curiosidad tiró de mí en la dirección adecuada, seguro de que al final, esa verdad de la que hablaba vendría a confirmar exactamente lo que yo preveía. Me equivocaba, por fortuna, pues a nadie viene mal una buena cura de humildad.
Cuando Javier vino a verme se lo expuse con total claridad. Ni soy el único que sabe lo que ocurrió ni tengo ningún interés en que se sepa. Si no fuera porque el levantamiento de los cadáveres es el único detalle que le falta a la verdad para consumarse, no perdería ni un minuto de mi tiempo con este proyecto. No estoy interesado en valoraciones políticas, históricas o morales. Mi testimonio es acerca de hechos, hechos y solo hechos. Y no afirmaré nada que no pueda probar y mas aún no quedé probado en el acto.
No me interesan las especulaciones salvo cuando, una vez suficientemente aquilatadas, sirven para rellenar las lagunas de los elementos accesorios, allí donde los hechos no lleguen. A los demás en cambio les gusta estirarlas hasta el infinito para que bajo su paraguas queden cubiertas las más alocadas teorías. Por eso, el que se obstina en el error es un peligro, pues ha decidido que hará lo que sea para confirmar que su error es acertado y que son las pruebas las que se empeñan en desvirtuar lo que uno quiere creer y se convierta en verdadero.
Emilio, ese joven de aspecto cetrino y lenguaje apasionado, ha convertido la excavación en una especie de ring dialéctico donde el luchador noqueado se levanta para seguir pugnando por una victoria pírrica en la que muchos mueren, todos hablan y nadie gana. Él pretende reducir la cuestión a una fantasía reduccionista de buenos y malos. Sigue a la espera de esa cura de humildad que el tiempo reserva a los que se demoran con los detalles.
—Para mí la cuestión es muy simple. Los que murieron son víctimas y los que los mataron verdugos.
Él cree que sería fácil tirar una línea divisoria entre ambas condiciones. Que las víctimas lo son por azar y los verdugos, por voluntad. Pero el diablo está en los matices y son esos matices los que explican por qué nos matamos puerta con puerta y aún seguiríamos haciéndolo, si esta exigua tregua que nos hemos dado no se interpusiera entre nosotros. No lo es, mucho menos para aquellos que también pasaron por ambos papeles en distintos momentos de la historia, vapuleados por los acontecimientos que los enredaron hasta morir asfixiados en las redes que otros tejieron.
—Los casos de José Morales, el hijo de Lucrecia, o el caso del Topo de Padilla resultan irrelevantes para esta historia y por supuesto nadie les puede acusar de nada en relación con los crímenes.
Emilio se equivoca, la realidad no deja ni un solo cabo suelto ni permite que algo esté al margen del todo y camine por su cuenta. En el mundo todo depende de algo y algo de todo lo demás y ese complejo e inabarcable entrelazamiento es el que lo hace inescrutable para nuestra comprensión. Yo me he pasado la vida huyendo de aquellos que afirmaban entender un problema por el simple hecho de haberlo sabido desmontar hábilmente en piezas inferiores.
—¿Quién es José Morales?
Javier se percata de que ese nombre no aparece en la documentación que Emilio dejó caer, en algún momento, sobre la mesa de su despacho particular. Es lo que tiene desmembrar las fuentes, que siempre queda un hilacho inservible que se va enganchando en todas partes.
José Morales era hijo de Lucrecia, una perturbada que se paseaba por las calles de Padilla señalando culpables. Si Emilio no lo hubiera desahuciado de la historia quizás se hubiera visto reflejado en su experiencia y habría aprendido algo acerca de la humildad del buscador.
José Morales trabajaba como peón caminero en julio del treinta y seis junto a otros dos padillenses guasones y pandereteros muy conocidos por su afición al vino y a los cantes chicos. Una tarde cualquiera, el capataz les liberó y aprovecharon para llevar al chaval, tan callado y tímido que parecía retrasado, a que se desvirgara en un burdel cercano. Tuvieron la mala suerte de toparse con una refriega en la cual un hombre murió apuñalado. Resultó que este era un guardia civil de paisano al que, al parecer, una familia de gitanos esperaba ajustarle alguna cuenta pendiente. La operación se les fue de las manos y tuvieron que perderse en el monte huyendo de la quema mientras los paisanos eran interrogados como testigos presenciales del crimen.
Dicho así, la historia resulta tan meliflua y aterciopelada que ni atención merece. Pero en aquellos tiempos los cuarteles eran duros y los agentes podrían pasar por desalmados, sobre todo tratándose del asesinato de uno de los suyos. Mariano Albendín, el yayo, un joven de cincuenta y tantos por aquel entonces que no se perdía una fiesta de quintos desde su promoción allá por la primera década del siglo xx, se encontró con una situación que le arrebataría la risa fácil durante años. A mí me lo contó, como a otros que no quisieron escucharle, porque no podía estar callado y porque quizás así se disculpara por volver al pueblo sin el niño al que su madre le encomendó cuando partieron para trabajar apenas unos meses antes.
—Muchacho, allí se puso la cosa mala. Vinieron al tajo los guardias buscando a tres hombres que habían bajado del pueblo la tarde anterior y todos nos señalaron. Nos llevaron al cuartel y nos interrogaron, pero ninguno quería abrir el pico porque los gitanos nos conocían y si los delatábamos nos cortarían el pescuezo. Cogieron al Mateo y cuando volvió venía «mareao» de las hostias que le pegaron. Luego se llevaron al niño y lo «eslomaron». Estuvo toda la noche vomitando y quejándose de dolores en el costado. Esa misma noche metieron en la celda a dos gitanillos «molíos a palos también, los probeticos» y yo recé porque hubieran «cantao» los fandangos que ellos querían escuchar, porque al otro día me tocaba a mí la fiesta.
Tuvo suerte. A la mañana siguiente los guardias los pusieron en libertad sin más explicaciones. Parece ser que ya habían tiroteado a alguien en la sierra. Él y Mateo abandonaron el cuartel esa misma mañana, pero el niño estaba demasiado enfermo y fue trasladado de urgencia a la cárcel provincial para que lo atendiese su servicio médico. Esa misma tarde estalló la conspiración en Marruecos y la prisión cayó en zona rebelde. A José Morales, enfermo y apaleado, la revuelta le pilló como un prisionero envuelto en un altercado en el que un guardia civil murió asesinado. Como la guerra pospuso para nunca todo lo irrelevante, José Morales ya no recuperaría su libertad, certificándose su defunción el día 1 de septiembre de 1936, trayendo como causa fiebres, vómitos y diarreas irreversibles.
La pregunta es, ¿puede considerarse a José Morales como una víctima de la Guerra Civil? ¿Tiene derecho su madre a reclamar un culpable de entre los asesinos a los que arbitrariamente señaló? De la contestación que se dé a estas dos preguntas dependerá el entendimiento posterior de la historia que los hechos vendrán a confirmar. Yo aprendí que no existe una respuesta apropiada pues cada camino que escoja, al final, se convierte en una vía muerta que te obliga a desandar hasta el agotamiento. Emilio es joven y aún lucha contra esa paradoja.
Capítulo ILA REALIDAD ES UNA HISTORIA MAL CONTADA
A Emiliano Estrada le encantaba la historia que su padre contaba acerca de su abuelo el Monedas. Tanto que de niño se la hacía repetir cada noche mientras se quedaba dormido en sus brazos mecido por el suave balanceo de la vieja mecedora con el asiento de anea. Aquella tarde era él mismo quien la declamaba sentado sobre esa mecedora, único artículo del mobiliario que quedaba por retirar a los alguaciles encargados de ejecutar el embargo de los remanentes de la herencia cuya liquidación venía ordenada judicialmente en favor de los colaterales.
El abuelo Monedas, don Fernando, era el único varón de una larga estirpe de hidalgos castellanos que el tiempo había desgastado hasta el agotamiento. Tanto que a su padre no le quedó más remedio que trabajar la tierra con las manos sucias y la mirada al cielo como cualquier labrador de medio pelo. Y de tanto hacerlo, se olvidó de la heráldica que antaño le emparentara con cierta nobleza antigua de los años del Imperio. Enfermó y murió, extenuado por la impotencia y asfixiado por las deudas.
—Mi padre contaba que su abuelo había salvado a la familia, pero que no debía creer todo lo que decían de él, pues siempre es mejor una mala historia que una buena realidad.
Emiliano se expresaba con astucia. Se permitía dar lecciones sobre las motivaciones del largo litigio que los sobrinos-nietos habían sostenido contra la herencia de los Estrada. Nunca tenemos bastante, farfullaba en alusión a la sordidez de la naturaleza humana con ese aire pesimista de una posguerra no superada que nadie podrá olvidar en vida.
—El Monedas servía en Filipinas cuando su padre enfermó. Sus hermanas le escribieron desesperadas. El abandono de la labor había sumido a la familia en una deuda inasumible que los acreedores no estaban dispuestos a refinanciar. Pero el abuelo llegó a tiempo de salvar la hacienda y de despedirse de su padre, que expiró henchido de orgullo y ahogado de paz gracias al valor y al coraje de su primogénito.
La historia dice que el abuelo Monedas se desabrochó el cinturón de su casaca y con una navaja lo descosió por su parte posterior. Al abrirse, un puñado de monedas de oro rodó por el lecho aún caliente sobre el que el patriarca descansaba llenando de brillos dorados los oscuros ojos de las hermanas Estrada.
—El abuelo había sido premiado con una condecoración al mérito militar al salvar un convoy de soldados atacado por la resistencia indígena. No pegó ni un tiro, pero tuvo la suficiente entereza como para poner en marcha la locomotora que los transportaba. Tarea nada sencilla teniendo en cuenta que sus operadores habían sido abatidos por el fuego enemigo. Cuando se enteró de la agonía de su padre, don Fernando vendió esa medalla a una familia acaudalada de mestizos hispano-filipinos con ínfulas de nobleza, por un puñado de monedas de oro. Las mismas que luego derramaría sobre el cuerpo yacente de su padre la noche de su muerte y que sirvieron para sanear las deudas y espantar a los acreedores.
Todo cambió radicalmente a partir de entonces. El nuevo patriarca, curtido en la disciplina espartana de las guerras coloniales, puso a la familia a trabajar la tierra relevándolos de su estatus desahogadoyacomodaticio. A las hermanas se les secó la boca aventando trigo en la era durante los estíos y se les quemó la piel con ese aire polar que azota las madrugadas de enero en los tajos de aceituna. El servicio fue despedido. Lo superfluo, vendido, donado o quemado para no generar gastos de conservación inútiles. La manutención se redujo a lo que «daba la labor», pan, aceite y vino. Huerta y matanza. Zurcidos y remiendos.
—El abuelo estableció una especie de mayorazgo encubierto que ahora ves liquidado. Como acreedor absoluto de la herencia en virtud de las deudas contraídas con su patrimonio privado, se tomó las libertades que su posición crediticia le otorgaba. El grueso de las propiedades agrícolas para él, el dinero corriente y también las deudas vencidas y por vencer, pasivos estos que aún pesaban sobre la herencia y del cual las hermanas fueron liberadas a cambio de sus respectivas renuncias. Como compensación por sus desheredamientos, el abuelo estableció un estipendio vitalicio que, sumado a los generosos jornales que les pagaba por su trabajo en el campo y en el servicio doméstico, convertían a las Estrada en jugosas casaderas para los influyentes propietarios de la comarca.
La familia Estrada prosperó y en pocos años no solo había recuperado el brillo que alguna vez tuvo, sino que en muchos aspectos lo había superado con creces. Al abuelo, además de tener «buen pellejo» le sobraba habilidad para las finanzas, competencia impropia para una estirpe de prestatarios y rentistas. Aprovechó para ampliar el patrimonio familiar lanzando ofertas bajistas a otros decaídos latifundistas. Monedas pagaba al contado en una época de baja productividad en la que la liquidez no era un recurso corriente, sabiendo que finalmente, alguno picaría. Y cuando picó, toda Padilla se estremeció.
—Las Mesas de doña Inés eran una finca completamente cuadrada de unas ochenta hectáreas situada al suroeste de Padilla. Llana como la palma de la mano, salpicada de pozos, fuentes y herrizas arboladas. Ahora no es nada, pero entonces fue la hacienda más productiva y la mejor conectada de todo el término. A su propietario se le llenaron los ojos de billetes cuando el abuelo le puso la oferta sobre la mesa y por alguna misteriosa razón nunca suficientemente bien explicada, aceptó.
Las Mesas de doña Inés pasaron a ser de doña Segismunda en honor a la matriarca, y el apellido Estrada se volvió invasivo en los altos círculos sociales de la zona. El estatus creció a más velocidad incluso que esa propiedad cuya administración se volvió endemoniada. Eso no impidió que, en apenas una década, las Mesas se convirtieran en la joya de la corona de los Estrada, el auténtico motor económico de la expansión familiar y el símbolo de la resurrección de un linaje quebrado por la indolencia.
El abuelo educó a sus hijos en el respeto a la palabra dada y los hijos respondieron haciendo honores a su compromiso. Aceptaron sus destinos como anticipos colacionables a sus respectivas herencias y se convirtieron en notarios, abogados y cirujanos de gran prestigio. Para el primogénito quedó el mayorazgo, o lo que es lo mismo, la titularidad de la hacienda y sus elementos accesorios. Las hijas tuvieron que conformarse con esas rentas vitalicias que ya habían sido establecidas para sus tías paternas y con una hábil política de casamientos pergeñada por el celestinado de la abuela Segis. Y hubiera sido perfecto si el chacho Manuel no hubiera muerto a los veinticinco, saboteando tempranamente el plan trazado para evitar la dispersión del patrimonio.
El abuelo de Emiliano, Marcelino Estrada, se vio obligado a abandonar sus estudios de Derecho. Él quería ser notario o registrador, pero la palabra dada le obligó a abandonar Salamanca y regresar al pueblo para ponerse al frente de los capataces. Algo que ni quería ni podía ni sabía hacer, el puesto perfecto para desarrollar su máximo nivel de incompetencia. Años después abdicaría tempranamente de sus responsabilidades, deprimido y superado por las circunstancias que le tocó vivir.
—Mi abuelo no era un mal gestor, pero no sabía nada de campo ni estaba acostumbrado a lidiar con los arrendatarios, los capataces y los braceros. Huía de todo conflicto sin percatarse de que esa renuencia a encarar los problemas, iba creando otros de naturaleza aún más insuperable. O al menos eso era lo que mi padre contaba de él. Su administración fue terriblemente conservadora, ningún riesgo y nula rentabilidad. Cero inversiones y medidas desesperadas para aguantar el chaparrón de la filoxera y el derrumbe de precios del cereal.
Marcelino cayó en la tentación de los arrendamientos. Al fin y al cabo, era dinero fácil con el que seguir pagando las obligaciones contraídas con las hermanas y tías, cuyos estipendios, aun lastrados por la desactualización de sus nominales, se habían convertido en una pesada losa para la cuenta de resultados. A la larga, estos arrendamientos limitaron su capacidad para crecer, a la par que deterioraron los activos cedidos a los intereses cortoplacistas de sus titulares. Finalmente, los problemas legales derivados de la rescisión de sus contratos cancelaron cualquier esperanza de rentabilidad, así que la familia vivió en una «ilusión de liquidez» mientras el «plan» del abuelo Monedas se desmoronaba de forma imperceptible.
—Mi abuela nunca fue tan hábil como su suegra. Tampoco ayudó la percatación de los consortes de las «titas» de que las «cuentas del monedas» no eran tan limpias como parecían. El abuelo había configurado los haberes de sus hijas como deudas perpetuas porque dominaba el concepto del valor del dinero en el tiempo. Sabía que en este caso, el curso de los años siempre corre a favor del obligado, en la medida en que el valor nominal, asfixiado por la inflación, se acerque paulatinamente a cero. Así que ahora, una vez que la dote de los Estrada adquiría el estatus de timo conyugal, las nupcias con las cinco hermanas de don Marcelino no resultaban tan jugosas. Mi abuela no acertó a colocarlas y el descontento de los colaterales empezó a cundir resquebrajando el compromiso que todos adquirieron en su momento con el patriarca. Pronto olvidaron que les había salvado la vida.
Marcelino Estrada renunció pronto. Luego moriría prematuramente. Le sucedería su benjamín, José Luís, elección que supuso las primeras fricciones de la nueva generación. Una generación de liderazgos apocados y mediocridad existencial que no alcanzaría relevancia profesional alguna, teniendo que conformarse con destinos menos privilegiados que los de sus tíos carnales.
—Mis tíos no servían para estudiar, ni mi abuelo podía permitirse a esas alturas pagar matrículas universitarias, así que todos ingresaron en la academia militar. Pero ninguno se distinguió ni por vocación ni por brillantez y sus carreras no fueron más allá de rangos intermedios en la escala de oficiales del ejército de tierra.
Supongo que mi abuelo no quiso cometer los mismos errores que el Monedas. Eligió para la dura tarea que él había heredado el liderazgo y el apego a la tierra de mi padre y se sintió culpable el resto de su vida por haber encomendado semejante empresa a su preferido, porque simplemente era el único que podía llevarla a término.
Sin haber cumplido los veinte, José Luís Estrada se hizo cargo del desbarajuste que su padre había creado tomando medidas recias que pronto le convertirían en un personaje non grato en su propia tierra. Lo primero, echar a patadas a los arrendatarios que aún resistían en las fecundas propiedades familiares. Luego puso en orden la hacienda protegiéndola del despojo de sus propios empleados. Obligó a los caseros a contabilizar cada huevo y cada litro de leche obtenido, amenazando con descontar de sus raquíticos sueldos toda desviación de la media estadística. Patrulló las siegas sobre su caballo «Arrogante» para que los capataces no intimaran con la clase trabajadora que pronto lo conocería como «el látigo».
Una vez cortada la sangría de egresos que la relajación y el «buenismo» paterno habían provocado, don José Luís se dispuso a convertir su hacienda en un ejemplo de productividad, tal y como había sido en su momento. Para eso trazó un ambicioso plan a largo plazo que desgraciadamente no tuvo en cuenta que a aquellas alturas los tiempos simplemente habían cambiado demasiado.
—Mi padre se lo jugó todo a una carta. Arrancó las viñas y los olivos viejos y llenó la campiña de estacas de una variedad desconocida en la comarca. Confiaba en que el precio del aceite fluctuara menos que el del cereal y que las cosechas, menos expuestas a las plagas, no sufrieran esos altibajos que a la larga tanto afectaban a la planificación. La idea era buena, pero el riesgo máximo, sobre todo en una época en la que Las Tablas ya no eran la joya de antaño y, por sí mismas, ya no podían compensar las pérdidas del resto en los años malos de inundaciones o sequías.
El joven patriarca de los Estrada se había olvidado de diversificar sus activos y ese error le iba a costar muy caro a todo el mundo en Padilla.
—La variedad, venida de zonas más cálidas, no se adaptó bien a nuestro clima. El frío afectó al crecimiento y retrasó la primera cosecha. Pero lo peor con mucho era el ambiente conflictivo que las reclamaciones sobre el precio del jornal habían llevado al campo. Las tensiones inflacionarias hundieron a los pequeños propietarios que se vieron obligados a vender la tierra favoreciendo aún más la concentración parcelaria, pero también afectó a los latifundios cuya rentabilidad llevaba ya demasiados años basándose en salarios bajos y jornadas a destajo. En esa tesitura mi padre, ese monstruo al que todos señalan como ejemplo nefasto del caciquismo andaluz, ya sabía que la inestabilidad social sería un factor añadido a las incertidumbres propias de la producción. Como era consciente de que no podía mejorar el jornal, ofrecía pagos semanales y jornadas menos exigentes, promesas que una vez pudo cumplir y otras no, pero que favoreció la imagen del látigo durante varios años, hasta que el advenimiento de la República vino a imponer soluciones inasumibles para los patronos.
La situación empeoró paulatinamente y los Estrada Machín, Emiliano y sus hermanos tuvieron que abandonar los estudios y apegarse a la labor como cualquier hijo de Padilla. José Luís suspendió temporalmente los estipendios de los colaterales lo que encendió a las respectivas familias políticas que trataron de reconducir la situación en la última cena que los Estrada celebraron en el salón de la hacienda. Ningún acuerdo fue posible. Los estipendios fueron suspendidos sine die dejando a algunos miembros en situaciones de verdadera necesidad. La familia se rompió y a los viejos juramentos se los llevó el viento.
—Mi abuelo habría intentado negociar los vencimientos. Mi padre se limitó a empeñar su palabra como garantía. Mi abuelo hubiera logrado una salida hacia ninguna parte, pero mi padre carecía de su formación y de sus modales. Hubo reproches y acusaciones cruzadas. Fue el final de una bonita historia.
La siguiente reunión familiar sería en el Juzgado, para dirimir un pleito que se sustanció de instancia en instancia durante casi veinte años y que acabó reduciendo a migajas la fortuna familiar. Pero eso fue después, mucho después, cuando todos los acontecimientos que precedieron a la «Noche Triste» ya habían sido sustituidos por estereotipos y la historia, tergiversada por los prejuicios de los protagonistas, convenientemente despedazada a uno y otro lado del espectro político tras el cual vinieron a parapetarse los supervivientes.
—La gente nos trataba de usted, pero a los ocho años guardaba cochinos, a los diez «arrimaba» la olla con la mula a los segadores y a los catorce ayudaba al yuntero para transportar las gavillas a la era. Aún oigo en mi cabeza el bufido de los bueyes cuando el sendero se empinaba. Nos tuvimos que atar los machos y algunos huyeron. Mi hermano Eloy embarcó en El Ferrol en el año treinta y no volvimos a saber de él. Juró que no volvería para reclamar nada y fue el único que cumplió su palabra.
»Un día, mientras quemábamos el ramón de la última cosecha frustrada, mi padre explotó. Mamá nos arrimaba la olla en una mula desde el cortijo para que nos comiéramos el puchero caliente. Mi padre se indignó. Pensó que tanto trabajo merecía algo más que garbanzos, fideos y tocino «añejo». Pero el tocino fresco y la carne hacía tiempo que escaseaban en mi casa porque la matanza se vendía y la que no, se racionaba. «¡Parece que estemos sitiados coño!»—exclamó encendido por el hambre. Ella no contestó. Recogió los cacharros y los cargó en la mula con la ayuda de mi hermana Victoria que por entonces tendría cuatro años. No bajó la cabeza para recordarle que ella también tenía apellido. En mi casa nunca faltó de nada, sentenció antes de arrear la montura. No volvería a ser la misma.
»Cuando llegamos a casa aquella noche nos encontramos con un banquete digno de la cena de Nochebuena. Pescado, huevos y cordero. Pan, miel y chocolate. Mi madre había empeñado las joyas de la abuela para llenar la despensa y mi padre lo sabía. Al día siguiente fue a ver a Castillero e hicieron un trato. Las Mesas de doña Segismunda pasaron a ser de doña Juana en honor a la cristianísima esposa de don Marcial. Mi padre dijo a mis hermanos que volverían a estudiar y prometió liquidar los atrasos, pero entonces vino la guerra y eso lo cambió todo.
Emiliano rehúye a dar su versión. Tiene buenos argumentos para hacerlo, pero tendría que rellenar demasiados huecos con especulaciones. Solo sabe que su padre respetaba a Fermín y odiaba a Domingo y puede que incluso a los Benitos. ¿Y los demás? El delfín de los Estrada niega con la cabeza. En su casa jamás se nombró al chico de Olmedo, ni al Rubio, ni por supuesto a los chavales.
—Santiago era de mi quinta. De niños jugábamos juntos en el cortijo, como sus hermanas lo hacían con las mías. Nadie nos dijo nunca que no debiéramos hacerlo. Eso de la lucha de clases era un invento de izquierdistas desclasados, de ciudades industriales y guetos intelectuales. Pero los extremistas republicanos y socialistas nos trasladaron sus complejos de inferioridad y nos llenaron la cabeza de infundios. Se creyeron la mano fuerte y abusaron de la extorsión como modo de lograr sus objetivos políticos. Mi padre intentó muchas veces llegar a acuerdos con ellos, pero en cuanto la solución se salía del guion prefijado por las organizaciones bajo cuyos dictados actuaban, recurrían a huelgas, quemas y sabotajes. Solo buscaban envilecer la convivencia.
»Mi padre logró arreglar los jornales de la siega, pero cuando llegó la vendimia, los braceros se cerraron en banda porque algunos patronos no habían cumplido lo arreglado. Domingo convocó una huelga que fracasó porque Fermín «reclutó» casa por casa algunas cuadrillas y porque el volumen de jornales de la vendimia era casi irrelevante. Pero cuando llegó la campaña de la aceituna, los jornaleros manejados por los «republicanos» de la Casa del Pueblo reclamaron lo que se les adeudaba.
»Castillero reventó la negociación porque él tenía pocos olivos y sabía que el que más arriesgaba era mi padre. Así que esta vez ni siquiera el alcalde pudo evitar una huelga que resultaría dramática para nuestros intereses.
Aquella era la cosecha que José Luís estaba esperando desde hacía tiempo. Los racimos brillaban al sol del otoño como afiladas esmeraldas, doblegando las recias ramas de olivos rendidos a su propio caudal. Aquel año no hizo demasiado frío, ni demasiado calor. Las tormentas no se cernieron durante la floración y la polinización se salvó de los estragos del viento y el granizo. El verano perdonó la tierra y septiembre le devolvió el aliento. Pero la «labor» no perdona un golpe y hasta los tesoros se resisten cuando no hay manos para merecerlos.
—Mi padre se desesperaba viendo pasar los días con la aceituna madurando al sol de diciembre. Hizo una última intentona puenteando al jurado mixto para evitar otro sabotaje de Castillero. Fermín empeñó más que su palabra y mi padre, la poca buena voluntad que aún le quedaba. Pero ya era demasiado tarde. El día de Nochevieja arrancó un temporal que no dejaría dos días de claro seguidos hasta finales de febrero. La cosecha se quedó en el suelo y no fue lo único que se pudrió aquel invierno.
Al año siguiente no hubo jurados mixtos. Los patronos respondían a las huelgas contratando temporeros de otras localidades. Los capataces purgaban las cuadrillas de elementos subversivos a los que exponían como ejemplo de las represalias de los propietarios. Estos creyeron haber recuperado sus privilegios y ahora los ejercían con la saña del que ajusta una cuenta muy larga. Los salarios bajaron y la rentabilidad volvió a correr de cargo de las miserias de la población. ¡Comed, República! se escuchaba en los salones de los casinos cuya membresía se había vuelto más elitista que nunca. A don José Luís, más don que antaño, cuando aún saldaba los compromisos del abuelo Monedas, se le llenó la boca de agrias invectivas contra la revolución. Su discurso cuasi panfletario se escoró peligrosamente hacia posturas irreconciliables. Se llenó de golpes de estado, limpias, disciplina, moral y otros términos «supremacistas» que la clase privilegiada usaba para defender «el orden social de “toda la vida”». No sabía que estaba sembrando una semilla tan amarga como la bilis que vomitaba el libertinaje intelectual de sus argumentos. Y por supuesto, tampoco sabía que había oídos escuchando para dar cumplimiento a todos esos deseos.
—No sé cuál fue el papel de mi padre en la conspiración. Sé que hubo cónclave y que tomó parte en él porque mi madre se lo reprochó largamente. Pero también sé que de ahí no salió nada. No podría decirle lo que se habló, pero sí que mi padre volvió con el rabo entre las piernas. Se encerró en casa y no salió hasta que unos días después apareció el Tuerto. Estaba ahí, junto a la aljibe, dirigiéndose a mi padre como si se tratara de uno de sus mozalbetes. Entonces señaló hacia nosotros y noté cómo a Santiago se le helaba la sangre. Corrió hasta ellos y saludó con el brazo en alto. El Tuerto le devolvió el saludo. Siguieron hablando con Santiago como mudo espectador, hasta que finalmente el Tuerto le ordenó romper filas. No sé qué trató con mi padre, pero lo que fuera le afectó para el resto de su vida.
La historia no dejó bien parado a don José Luís Estrada. Cuando alguien pregunta a voz susurrada quién tuvo la culpa, el primero en aparecer en la lista negra de los apestados es siempre el nieto del abuelo Monedas. Demasiados testigos presenciales cuentan la misma historia situándole en medio de todas las versiones posibles. José Luís ya mentó limpias y escarmientos y conspiró en La Amistad días antes del crimen. Luego se le vio con el Tuerto y hasta prestó la bicicleta que Santiago condujo por las calles del barrio viejo de padilla para señalar las puertas de los delatados. Don José Luís dijo «comed, República» y sus capataces repudiaron a los hijos de Padilla ajustando cuentas personales a costa de la reputación del cacique.
—Después de la Guerra mi padre intentó recomprar las Mesas a Castillero. Vivió frustrado y murió sumido en la amargura. Tuvo suerte de no tener que ver como las disputas familiares acababan con la herencia de su abuelo. El orgullo de la familia Estrada.
—¿Se sintió su padre como un traidor del legado del abuelo Monedas?
—Mi padre nunca se perdonó ciertas cosas. Por encima de todas, la muerte de Santiago. Su familia había trabajado para nosotros desde los tiempos del bisabuelo.
—¿Cómo sabe que murió?
—No lo sé, pero mi padre estaba seguro de ello y creo que su familia también. Alguna prueba tendría. Eso le hizo más daño que cualquier otra cosa. Incluido el derrumbe del sueño de su abuelo. A los pocos días de la desaparición, Santiago, el padre, se encaró con él. Le preguntó si había tenido algo que ver. Mi padre simplemente agachó la cabeza. No pudo sostenerle la mirada. Le rogó que hablara con el cura pero no le hizo caso. Unos días más tarde abandonaron el cortijo.
—El abuelo Monedas no se habría sentido orgulloso ¿verdad? Supongo que tanto heroísmo hubiera merecido una suerte menos efímera.
—¿Heroísmo? No crea todo lo que le cuentan. El abuelo de mi padre era un contrabandista de divisas expulsado con deshonor del ejército. No se sorprenda, ya le dije que siempre es mejor una mala historia que una buena realidad.
Capítulo IIQUIÉNES QUIERES QUE GANEN,LOS BUENOS O LOS TUYOS
Encontré a Amador malviviendo en la portería de un bloque en un barrio señorial de Madrid. Arrastraba la pierna escaleras arriba cargado de la compra de las cristianas esposas de los nuevos funcionarios del Régimen. Agachaba la cabeza y hacía recados en agradecimiento a la limosna que el ejército franquista le ofreció como pago por sus mutilaciones.
—A los oficiales amputados nos prometieron un puesto en la administración. Pero alguien maniobró para que yo fuera el único apestado del «Glorioso» Ejército Nacional.
El tono con el que Amador Mosquera apelaba a su pasado me hizo reconocer que las confesiones de un «desagradecido» no son de fiar salvo cuando vienen a completar los vacíos que el rompecabezas de una historia contada a jirones va dejando tras cada revelación. Tras el velo de la conspiración, un coronel se tomaba revancha por la presunta incompetencia de su oficial al mando durante su servicio en Padilla en el treinta y seis.
—De todas formas no hubiese servido de nada. Si el gordo escapó de Nador y salvó el culo en la Sanjurjada, qué se supone podía haber hecho yo.
Amador contaba que el sargento se jactaba de sobrevivir aunque fuera a costa del sacrificio de sus camaradas. En Nador, el oficial que le amenazó con hacerle consejo de guerra murió degollado por los indígenas, y el gordo se reía cuando recordaba que «la guerra es de listos» y que él salió de Marruecos con una medalla colgada al cuello y un destino dorado en un puesto de enjundia en la soleada Sevilla.
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