El siglo del milagro - Rodrigo Costoya - E-Book

El siglo del milagro E-Book

Rodrigo Costoya

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Beschreibung

De milagros fantasiosos Cuentan que Compostela nació cuando Paio, el eremita, fue guiado por unas luminarias misteriosas hasta la tumba del apóstol Santiago. De ahí el nombre de Campus Stellae. Y también que el rey Alfonso II fue el primer peregrino de la historia. Y que comenzó así una afluencia masiva de caminantes que no ha cesado hasta nuestros días. Una increíble sucesión de milagros, ¿verdad? Pues lamento decir que todo esto es mentira. Una leyenda, nada más. Una fantasía. La Compostela primigenia En los primeros tiempos, en torno a un sepulcro sin identificar no había nada más que un burgo modesto y una pequeña iglesia. El propio Vaticano desmintió que esa pudiera ser la tumba de Iacobus, e incluso algún obispo llegó a ser excomulgado por defender esa tesis. Un milagro tangible Es en 1068 cuando nace Diego. Él hizo de Compostela una archidiócesis, y creó la catedral más fastuosa del mundo. Él coronó reyes y entronizó papas, ordenó escribir los códices más maravillosos y puso a la insignificante Compostela a la altura de Roma y de Jerusalén. Él creó el Camino de Santiago, y en torno a él forjó Europa. Esta es su historia, y es real. Esto es lo que construyó en el siglo del milagro. Hasta ahora conocías la leyenda. Ahora descubrirás la verdad.

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Seitenzahl: 632

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Primera edición: febrero de 2025

Copyright © 2025 de Rodrigo Costoya Santos

© de esta edición: 2025, ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-10070-77-6BIC: FV

Arte de cubierta y mapas: CalderónSTUDIO®

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Prefacio

Parte cero. Cenizas de gloria

Mapa de Hispania en 1068

Introducción

Capítulo 1

Parte uno. Una simiente en barbecho

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Parte dos. Titanes en lid

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Parte tres. Un viaje hacia uno mismo

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Parte cuatro. El príncipe mestizo

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Parte cinco. Deus vult

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Parte seis. Cómo forjar un milagro

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Parte siete. La primera reina

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Capítulo 104

Capítulo 105

Capítulo 106

Capítulo 107

Capítulo 108

Capítulo 109

Capítulo 110

Capítulo 111

Capítulo 112

Capítulo 113

Capítulo 114

Capítulo 115

Capítulo 116

Capítulo 117

Capítulo 118

Capítulo 119

Capítulo 120

Capítulo 121

Capítulo 122

Capítulo 123

Capítulo 124

Capítulo 125

Capítulo 126

Capítulo 127

Capítulo 128

Capítulo 129

Capítulo 130

Capítulo 131

Capítulo 132

Capítulo 133

Capítulo 134

Capítulo 135

Parte ocho. A sangre y fuego

Capítulo 136

Capítulo 137

Capítulo 138

Capítulo 139

Capítulo 140

Capítulo 141

Capítulo 142

Capítulo 143

Capítulo 144

Capítulo 145

Capítulo 146

Capítulo 147

Capítulo 148

Capítulo 149

Capítulo 150

Capítulo 151

Capítulo 152

Capítulo 153

Capítulo 154

Capítulo 155

Parte nueve. Sobre piedras florecidas

Mapa de los reinos hispánicos en 1124

Capítulo 156

Capítulo 157

Capítulo 158

Capítulo 159

Capítulo 160

Capítulo 161

Capítulo 162

Capítulo 163

Capítulo 164

Parte diez. Tiempo de cosecha

Capítulo 165

Capítulo 166

Capítulo 167

Capítulo 168

Capítulo 169

Capítulo 170

Capítulo 171

Capítulo 172

Capítulo 173

Capítulo 174

Parte once. Un resplandor en poniente

Capítulo 175

Capítulo 176

Capítulo 177

Capítulo 178

Capítulo 179

Capítulo 180

Capítulo 181

Capítulo 182

Capítulo 183

Capítulo 184

Capítulo 185

Capítulo 186

Capítulo 187

Capítulo 188

Capítulo 189

Capítulo 190

Capítulo 191

Capítulo 192

Capítulo 193

Capítulo 194

Capítulo 195

Epílogo

Capítulo 196

Nota de autor

Agradecimientos

Contenido especial

A la sonrisa de Yoli,que ilumina los caminos.

Y a todos los que caminanen la vidapor un sueño.

«Europa se construyó peregrinando a Compostela».

Johann Wolfgang von Goethe

Prefacio

Artífice del milagro

Un santuario remoto entre colinas boscosas.

Y un modesto poblado con cimientos de ceniza.

Eso era Compostela en el año 1000.

Todo había empezado en el siglo ix, cuando el obispo de la vieja Iria Flavia anunció el descubrimiento de un sepulcro. Siguiendo una vieja leyenda y sus propios intereses, Teodomiro identificó esa tumba como la del apóstol Iacob, el primo hermano de Cristo. El rey cristiano de la época, Alfonso II, suscribió con entusiasmo sus afirmaciones. Concordaban a la perfección con sus intereses políticos.

El aval del monarca le dio un primer impulso al santuario, y empezaron a llegar fieles. Peregrinar hasta las tumbas de los santos era uno de los usos más extendidos en aquel tiempo. Sin embargo, pronto se alzaron las primeras voces críticas. Hombres sabios y doctores de la iglesia sostenían que aquella no podía ser la tumba de Iacobus. Que era imposible que el señor Sant Iago estuviera enterrado allí, y que el apóstol jamás había estado en Hispania. Ni vivo ni muerto.

Sostener algo así era contravenir a la mismísima biblia. Había que acabar con aquel fraude.

El obispo y el rey se reafirmaron en sus tesis. El dominio musulmán, tras un siglo de ocupación, amenazaba con expulsar a los pocos cristianos que quedaban en la Península. Que el mejor amigo de Jesús de Nazaret hubiera elegido aquel rincón de la Gallaecia para su descanso eterno era lo único que podía evitar la consumación definitiva del desastre. Y hubo quienes quisieron creerlo así.

Por eso, al principio, la peregrinación a Compostela experimentó un cierto auge.

Sin embargo, con el paso de las décadas, el fervor inicial se fue enfriando. El poblado que había surgido en torno al santuario no acababa de despegar, y empezaron a pesar más las dudas (y la dificultad de alcanzar el Finis Terrae) que esa leyenda incierta sobre el sepulcro del apóstol.

La ciudad, todavía incipiente, empezó a languidecer.

La puntilla llegó en el año 997, cuando Almanzor arrasó el lugar. Tras la razia, Compostela apenas fue capaz de resurgir de entre las brasas. Su santuario pasó a un plano muy secundario en el ideario colectivo de la Europa cristiana. También la sospechosa reliquia que contenía. Ese pudo ser el golpe definitivo.

La ciudad pudo haber desaparecido igual que había nacido: como un milagro súbito entre la bruma.

Sin embargo, justo ahí es cuando aparece nuestro protagonista.

En 1068, año de su nacimiento, la ciudad era apenas un villorrio de adobe que se extendía por unas callejas cubiertas de lodo. Una iglesia pequeña y unas casas protegidas por una muralla frágil; un par de prioratos y un puñado de monjes. Eso era Compostela: un pueblo frío y húmedo en torno a un humilde santuario. Ni rastro de una catedral, ni sede de una diócesis. Un lugar olvidado en los confines de la tierra.

Cómo un hombre logró convertirla en faro de la Cristiandad es lo que hallarás en estas páginas.

Él hizo de ella la última Sede Apostólica de Occidente, y consiguió construir la más fastuosa catedral que jamás se había visto en todo el mundo. Nombró reyes y entronizó papas. Propició la creación de nuevos reinos, y robó las reliquias más sagradas. Instauró tributos que perduraron a lo largo de los siglos. Mandó escribir los códices más maravillosos de su época y creó la primera guía de viajes de la historia. Construyó una armada de guerra, algo nunca visto en los reinos hispánicos, y se convirtió en la figura más relevante de su tiempo.

Tal vez el mayor genio político de cuantos hayan existido.

Con todo eso, y mucho más, consiguió poner a la insignificante Compostela a la altura de Roma y de Jerusalén. Y todo lo consiguió en una vida plagada de prodigios. Una existencia desbordante de tesón y de talento.

No se trataba de un conde, ni de un príncipe, sino del hijo de un soldado.

Su nombre, Diego Gelmírez.

El artífice del milagro.

Cero

Cenizas de gloria

1068

«A Compostela se acerca uno como quien se acerca al milagro».

Las geografías imaginarias, Álvaro Cunqueiro

Eran tiempos convulsos para los reinos cristianos.

Tras la muerte de Fernando el magno, sus reinos fueron repartidos entre sus tres hijos: al mayor, Sancho, le correspondió Castilla; al segundo, Alfonso, el reino de León, y el más pequeño, García, sería rey de Galicia.

Sin embargo, poco tardaría Alfonso en coronarse como único rey. Sancho sería asesinado en oscuras circunstancias, y él juraría ante el Cid que nada había tenido que ver con su muerte. Pese a ello, no dudaría en hacer prisionero a García para apoderarse de Galicia.

Las luchas fratricidas incendiaban la cristiandad.

Sin embargo, no estaban las aguas más tranquilas tras la frontera andalusí.

Las taifas resultantes de la desintegración del califato de Córdoba se disputaban la hegemonía de los territorios islámicos, pagando generosas parias a los cristianos para que los defendieran de sus enemigos… y para que renunciasen, también, a conquistarlos.

Hispania entera era un polvorín.

Cualquier chispa podía desencadenar una hecatombe. Hasta la más inesperada.

I

Catoira, reino de Galicia, 23 de febrero de 1068

Barro y sangre. No había más.

Gelmirio contempló cómo las hordas enemigas regresaban a sus barcos. Habían vencido, pero no había consuelo para su alma rota. Su amigo de la infancia, fiel escudero en mil batallas, agonizaba entre sus brazos sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.

Una flecha lanzada a ciegas había atravesado su garganta, y el guerrero había caído entre gorjeos agónicos para no alzarse más.

Para yacer sobre la tierra ensangrentada que tantas veces había defendido.

Al amanecer, los vigías del Castellum Honesti habían dado a gritos la voz de alarma.

La vetusta fortaleza llevaba demasiado tiempo defendiendo en desventaja el estuario que conducía al santuario apostólico de Compostela.

—¿Sarracenos o normandos? —había preguntado Gelmirio al despertar.

Él era el tenente del obispo en las tierras ribereñas. Por tanto, el miles que debía hacer frente a cualquier atacante. El prelado de Iria le había encomendado defender la costa. El mismo gran señor que había obviado una y otra vez sus súplicas para dotar de una armada a aquellas aguas, y que solo había accedido a reforzar precariamente las almenas de su fortaleza.

Construir una catedral sobre la tumba del apóstol era más urgente para él.

Bajo las primeras luces del alba, y con su milicia a medio pertrechar, Gelmirio había avistado unas columnas de humo desde el adarve. Eran normandos, esta vez, y se habían pasado la madrugada saqueando las aldeas costeras. Al partir, un escalofrío recorrió su espalda. Habían sido atacados muchas veces, pero esta era distinta. No temía por la perspectiva incierta de una nueva batalla. En esta ocasión, el motivo de su angustia era otro.

En la torre del castillo, su esposa se retorcía por los dolores del parto.

Después, toda su consciencia se había difuminado en la vorágine de la contienda. Como de costumbre, los lordemanos se habían limitado a burlar su ofensiva desde la distancia. Todo parecía indicar que aquella sería una escaramuza más, y que pronto acabaría como de costumbre: con los barcos norteños huyendo con el botín robado y dejando tras su popa varias aldeas en llamas. Sin embargo, no sería así esta vez.

Su viejo amigo se desangraba ahora entre sus brazos como un cerdo en plena matanza.

Mientras regresaba al castillo, su mirada era de piedra. Campos asolados y villorrios miserables ardían tras su espalda. Apenas podía respirar. Iban ya demasiados años de guerra sobre sus hombros. De miseria e indefensión, y de impotencia.

Sin embargo, también tras la noche más negra llega un nuevo amanecer.

Al atravesar el portón lo sorprendió un sonido inconfundible. Entonces, elevó la vista con una luz renovada en las pupilas.

El llanto de un bebé resonaba en las alturas.

Gelmirio subió la escalera a saltos e irrumpió en la alcoba sin percatarse de que el lodo de la refriega aún cubría sus ropajes. Su esposa le dedicó una sonrisa débil, y él le acarició el cabello antes de coger al niño que reposaba en su pecho. La partera inició una protesta, pero él la apartó con una mano y abandonó la estancia. Después subió el último trecho de escalera hasta la azotea del torreón. Llevaba al bebé entre los brazos.

La sangre de la muerte y la de la vida se entremezclaban sobre la piel del pequeño.

—Mira, Diego —le susurró, elevándolo con cuidado sobre las almenas—. Esta es tu tierra.

Los campos humeantes se reflejaron en las pupilas indiferentes del pequeño bajo la luz del ocaso. A lo lejos se adivinaba el resplandor tétrico de una aldea que aún ardía. Pese a la ilusión renacida del guerrero, el panorama era desolador.

El brillo de sus ojos se debilitó como una hoguera bajo la ventisca.

—Tal vez hoy esté reducida a cenizas —musitó en el oído del pequeño—, pero un día esta fue la tierra más gloriosa del mundo. La región más rica de Roma. El primer reino de Europa, tras la caída del Imperio. El lugar elegido por Iacobus para su descanso eterno.

Un silencio brumoso los envolvió bajo el cielo invernal.

—Esta es tu tierra, Diego —insistió, con gesto pétreo—. Ojalá veas renacer su gloria, hoy perdida.

Uno

Una simiente en barbecho

1085

«Reconozco la puerta principal de la catedral [...].

Creo que la quiero más y significa más para mí

que cualquier otro edificio en el mundo».

«The Cardinal Picks a Winner»,

Ernest Hemingway (artículo sobre Compostela)

Diego tiene diecisiete años

II

Compostela, 10 de febrero de 1085

Munio despertó asustado en plena madrugada.

Una mano lo zarandeaba bruscamente en la oscuridad del dormitorio comunal. Al abrir los ojos y encontrarse con el rostro de Diego, recordó sus palabras al despedirse, tras el ocaso.

—Antes de maitines pasaré a buscarte. Después subiremos a los andamios.

Tras él, la sonrisa burlona de Hugo anticipaba la travesura que llevaban días planeando. Hacía ya diez años que habían comenzado las obras de la gran basílica de Compostela, pero los estudiantes de la escuela catedralicia tenían vetado el acceso al recinto. El maestro Bernardo no quería ni ver a aquellos mocosos merodeando por allí. Era peligroso, gruñía cuando le rogaban que les dejase entrar. Pero Diego sabía que no era por eso, en verdad. Era por salvaguardar los secretos del gremio de constructores.

De ahí que no les quedara más remedio que colarse en la noche más oscura que trajera el invierno. Los centinelas se refugiarían del relente y la luna nueva les proporcionaría el amparo que necesitaban. Ese era el plan.

Hugo había aceptado su propuesta sin dudar, frotándose las manos con una sonrisa retorcida, pero Munio había permanecido en silencio. Si los descubrían, serían castigados, y el peligro de escalar a ciegas por unos andamios escarchados era evidente. Al menos para él, que no tenía ni la fortaleza ni el arrojo de sus compañeros. Además, ¿qué era lo que Diego pretendía ver desde allí arriba? ¿Para qué asumir semejante riesgo?

El ímpetu juvenil de los otros acabó por minar su reticencia. Se introducirían en el espacio vallado y subirían a las alturas para ver cómo avanzaban las obras.

Y allí estaban ahora, en plena noche, apremiándolo con gestos para que abandonase el jergón.

Al salir, el frío les golpeó en la cara. La aguanieve caída tras la puesta de sol se había solidificado bajo la helada, y la tenue luminosidad de las estrellas se reflejaba aquí y allá como si el suelo estuviera hecho de cristal. Con sigilo, pero entre risas, se infiltraron en el vallado de tablones dispuestos a encarar la escalada.

Hugo lo alzó casi sin esfuerzo hasta los primeros travesaños. Diego lo precedía, con su gesto de determinación habitual. Munio progresó despacio, sintiendo a cada paso cómo se iban congelando sus nudillos.

Cuando llegó al último tramo, los otros ya observaban el panorama desde arriba.

Pudo ver cómo Diego contemplaba con el ceño fruncido el gran ábside, apenas comenzado. La catedral no era más que un esbozo sobre el terreno. La estructura semicircular que un día constituiría la cabecera del inmenso templo, pese a que ya alcanzaba la altura de cuatro hombres, abrazaba por el este a la vieja iglesia que se alzaba sobre el sepulcro de Sant Iago. Todavía faltaba mucho para que se pudiera consagrar el altar mayor.

En cuanto Munio se subió al tablón, los tres se apretujaron.

—Vaya, vaya —se admiró Hugo—, parece que Peláez no exagera al alardear sobre su catedral…

Munio asintió en silencio. En efecto, aquella cabecera a medio construir permitía intuir una grandiosidad sobrecogedora. Sin embargo, Diego negó con la cabeza.

Era como si aquella visión corroborase una negra sospecha.

—Nunca van a poder terminar esta catedral —rebatió, ante la sorpresa de los otros dos—. ¿No lo veis? Están avanzando hacia un barranco. En cuanto esas naves lleguen allá abajo, hacia el oeste…, ¿qué harán? ¿Erigirlas sobre el vacío?

Hugo y Munio dirigieron la mirada hacia el lugar que Diego señalaba. En efecto, el terreno en aquella dirección era poco menos que un despeñadero.

—Ya, pero es la única opción, ¿no? —se resistió Hugo, confuso—. Es decir, si el altar mayor debe estar sobre la tumba del apóstol, el templo solo puede ser construido hacia allá. Por mucho que esa parte sea algo así como un… acantilado.

Munio comprendió al fin el porqué del empeño de Diego. Había querido corroborar que era imposible erigir la catedral sobre aquel terreno abrupto. Aun así, ¿qué podía importarle eso a un estudiante de diecisiete años?

Sin más, iniciaron el descenso. El gesto de Diego era de acero.

Constatar el despropósito con sus propios ojos había acentuado la arruga que fruncía su entrecejo. Hugo, con su gesto de diablillo en plena travesura, empezó a bajar tras él. Al final los siguió Munio, atenazado por el frío.

El silencio de Diego atormentaba su conciencia.

Pese a no ser más que el hijo de un soldado, aquel muchacho era el líder de toda la escuela catedralicia. Descendientes de grandes nobles poblaban sus estancias, pero era un joven de origen humilde el que conseguía que todos lo escuchasen sin alzar la voz. Que lo siguiesen allá donde él fuera, sin dudar.

Distraído, Munio no se percató de que los travesaños cada vez estaban más resbaladizos. Las manos de sus compañeros habían derretido el hielo que los recubrían. Sus dedos acabaron de entumecerse mientras bajaba, y el desastre se hizo inevitable. Un resbalón le hizo perder el agarre a mitad del descenso, y antes de que pudiera darse ni cuenta se precipitó sobre los hombros de Hugo y lo arrastró en su caída. Hechos un revoltijo, los dos se llevaron por delante a Diego, y todos se desplomaron andamio abajo.

El estropicio resonó en la quietud de la noche como un tambor de hojalata.

—¿Quién va? —preguntó la voz alarmada de un centinela.

Munio se estremeció en el suelo, más por haber sido descubiertos que por el dolor que sentía en el codo derecho. A su lado, Hugo y Diego trataban de reponerse. Parecían estar razonablemente bien. Los tres se miraron con terror mientras unos pasos apresurados se acercaban, y el gesto severo del obispo Peláez apareció en el cielo nocturno. Las travesuras no eran bien acogidas en la escuela de Compostela.

Aquella escalada furtiva podía salirles muy cara.

III

Compostela, 12 de febrero de 1085

Dos días después, seguían en la botica.

Las modestas instalaciones del santuario compostelano incluían un hospital monástico en el que siempre había algún peregrino de tierras lejanas. Y allí, en las dependencias de la apoteca, donde los boticarios y los especieros destilaban sus pócimas, habían confinado a los tres zascandiles que se habían estrellado al caer de los andamios en plena madrugada.

Tras el golpetazo, Hugo se había levantado como si nada y había alzado de un tirón a Diego, conminándolo a salir pitando antes de que acudiesen los guardas. Pero cuando intentó hacer lo mismo con Munio, un quejido de dolor de este lo detuvo en seco. Se había dañado el brazo.

Más preocupados por el dolor de su compañero que por los empellones de los centinelas, e incluso más que por el previsible enfado del obispo, Diego y Hugo trataron de proteger a Munio mientras eran arrastrados al hospital entre gruñidos de indignación.

—Mocosos malcriados —rezongaba el capitán de la guarda episcopal—. ¿Qué pretendíais, hacer de canteros a estas horas?

Pero después no había sucedido nada más. Tras el amanecer, dos monjes cariacontecidos habían aplicado un emplasto muy caliente de vinagre con sal al codo del lesionado y se habían retirado sin dirigirles la palabra. Los muchachos se quedaron en sus camastros con cara de perplejidad, sin saber qué aguardar. Luego les habían traído algo de pan, y a la mañana siguiente habían repetido el tratamiento con el brazo de Munio. Y ya.

Ni una reprimenda ni una visita enfurecida del obispo. Nada.

Hugo había recuperado pronto su sonrisa burlona, pero Diego estaba más preocupado por aquel silencio desconcertante que por el previsible castigo de Peláez. Más allá de la palidez quejumbrosa del pobre Munio, el vacío se le antojaba más alarmante que cualquier jaleo.

Al atardecer, el novicio que les traía el pan acrecentó la angustia de Diego.

—Ha llegado tu padre —le dijo por lo bajo—. Está con el obispo.

Diego perdió el color. Si era desconcertante que Peláez no se hubiera dignado ni a llamarlos a capítulo, que hubiera hecho llamar a Gelmirio le hizo augurar una gravedad imprevista. ¿Tan terrible le habría resultado que tres estudiantes husmeasen en las obras de su catedral?

Durante toda la noche esperó algo terrible, pero nada sucedió. De hecho, con las primeras luces de la mañana, un boticario se presentó para renovar el emplasto del codo de Munio y para darles un recado con voz monocorde.

—Podéis volver a la escuela —dijo, sin expresión en el rostro—. Munio, tú preséntate aquí dentro de dos días para ver cómo evoluciona ese brazo.

Mientras regresaban al dormitorio comunal, la mirada de Diego rastreó el terreno tratando de encontrar algún vestigio de que su padre había estado allí. Sin embargo, no halló nada. Al parecer, el miles había partido tan discretamente como había venido.

Pese a las bravatas de Hugo, que se vanagloriaba de haber salido indemne del estropicio, y a la débil sonrisa que los comentarios de este comenzaban a suscitar en el maltrecho Munio, Diego se mantuvo serio. Lo que habían hecho era demasiado grave como para que no hubiese ninguna consecuencia, pero, más allá de eso, un dato le resultaba especialmente inquietante: a raíz de la trastada, el obispo había convocado a su padre en secreto.

Algo así solo podía significar una cosa.

Un castigo temible pendía sobre su cabeza.

IV

Compostela, 12 de febrero de 1085

Gelmirio atravesó la muralla con gesto serio.

El obispo lo había hecho llamar con una urgencia y un secretismo que no eran normales. Últimamente no había sucedido nada en el Honesti como para que Peláez lo convocase así. Las amenazas de siempre: el avistamiento de alguna nave norteña, piratas musulmanes… Nada fuera de lo habitual en aquellas costas hostigadas.

Por eso traía el ceño fruncido.

Un presentimiento frío lo había asaltado al pasar por Iria Flavia. La vieja sede romana seguía en pie, pese a que las atenciones del obispo se centraban cada vez más en Compostela. Allí, en la escuela catedralicia, llevaba internado casi siete años su hijo Diego. Al pensar en él, torció el gesto. ¿Sería esa la causa de tanta premura? ¿En qué lío se habría metido esta vez? De forma inconsciente, arreó a su caballo.

Aún tenía por delante un par de horas de camino.

—Monseñor, está aquí Gelmirio —oyó que anunciaba un diácono.

—Que pase. —La voz de Peláez sonó sorprendentemente animada. Incluso alegre.

El miles frunció el bigote. Eso era más desconcertante aún.

Cuando la puerta se cerró tras su espalda, su impresión inicial se confirmó. En lugar del prelado de gesto huraño que había previsto encontrar, Peláez lo recibió con una copa en la mano.

—Toma asiento, amigo mío —le sonrió, con un centelleo en los ojos.

Gelmirio le correspondió, tratando de disimular su preocupación.

Pese al recelo de su invitado, Peláez le entregó la copa con una expresión triunfal en el rostro. Sus palabras, aunque enigmáticas, retumbaron como truenos que anticipasen tempestades.

—Brindemos, Gelmirio. La gloria de nuestra tierra está a punto de resurgir.

V

Compostela, 12 de febrero de 1085

Al salir a la calle, Gelmirio llevaba hielo en la mirada.

El obispo había puesto en marcha un plan secreto que hubiera preferido no conocer. Habría dado un brazo, de hecho, por que no fuera verdad. Sin embargo, no había vuelta atrás. Peláez lo había hecho partícipe de sus maquinaciones, muy a su pesar.

Y ahora estaba enzarzado en una conjura mortal.

Pese a todo, la conversación había comenzado en tono jovial.

—¿El joven Diego? —sonrió Peláez, ante las dudas iniciales de su miles—. No, Gelmirio. Es cierto que tu hijo está en el hospital, acompañando a un amigo que ha sufrido una caída sin importancia; pero eso es todo. No te he hecho llamar por ningún asunto relacionado con él.

El guerrero resopló de alivio.

—Tranquilo, se defiende bien —continuó el obispo, despreocupado—. Novicios mayores que él lo siguen como perrillos, y hay diáconos que se quedan callados en cuanto él abre la boca… Despreocúpate; no te he hecho llamar por Diego.

El pecho de Gelmirio se infló de orgullo, pero casi al momento su frente se arrugó. Entonces, ¿por qué lo había convocado con tanta urgencia?

—Se trata del rey —le aclaró el obispo, en tono de confidencia—. De nuestro rey.

Gelmirio disimuló un escalofrío. Su monarca, el de Peláez y el de toda Galicia era don García. El hijo menor del gran Fernando llevaba doce años encerrado en una celda por orden de su propio hermano. Un tema que no era recomendable tratar a la ligera.

Al fin y al cabo, si Alfonso de León reinaba en Castilla era gracias a la sospechosa muerte de su hermano mayor, Sancho. Y si ostentaba la corona de Galicia…

… era porque tenía a García metido en una mazmorra.

El prelado se puso serio. Por muy seguro que estuviera allí, en su ciudad, la súbita palidez de Gelmirio le había recordado que en aquel asunto se jugaba mucho más que su hacienda o su libertad. Si el rey Alfonso se enteraba de que estaban planeando restituir en el trono de Galicia a su hermano pequeño, el cielo se incendiaría sobre sus cabezas.

—¿Os referís a…? —titubeó el miles, atónito.

—Sí, Gelmirio —sentenció Peláez—. Vamos a liberar a García.

VI

Cerca de Toledo, 6 de mayo de 1085

Gelmirio surgió de la bruma como un fantasma a caballo.

Una larga cabalgada lo había llevado hasta las inmediaciones del campamento del rey Alfonso, pero su aspecto se debía al devastador efecto de la culpabilidad sobre su conciencia.

Habían pasado tres meses desde su reunión secreta con Peláez, su señor. Doce semanas en las que apenas había logrado conciliar el sueño. En las que la sombra de la traición le había atenazado las entrañas una y otra vez, sin tregua ni descanso.

No existe la paz para quien porta en su interior una batalla.

El señor de Iria le había confesado su estrategia aquel atardecer. Desde entonces, aquella conversación asaltaba su memoria cada madrugada.

—Casaremos a García por poderes con una hija de Guillermo. Él se encargará de devolverle el trono de Galicia a su legítimo rey. No me importa si por la diplomacia o por las armas.

El corazón de Gelmirio se había helado al conocer el plan. Guillermo era llamado «el Conquistador», aunque más hubiera merecido el nombre de «el Usurpador». O «el Bárbaro». O «el Sanguinario». En eso consistía la estrategia de Peláez para restituir al rey García: en venderle el alma a precio de saldo a un demonio normando que lo arrasaba todo a su paso. Al caudillo que había usurpado el trono de Inglaterra veinte años atrás.

La estirpe de salvajes que Guillermo encabezaba era precisamente la que había asaltado las costas de Galicia repetidamente, incendiando y aterrorizando a los pueblos costeros. Condenando a la miseria a los siervos de Gelmirio, por mucho que él intentase defenderlos del asedio atroz de aquellas bestias de dos patas.

¿Y ahora su obispo quería aliarse con él?

Gelmirio había defendido siempre el derecho de Galicia a tener su propio rey. Algo que solo podría suceder con García sentado en el trono. Y no porque así lo hubiera dispuesto el rey Fernando antes de morir, sino porque la orgullosa Gallaecia no podía estar subyugada a otros reinos. Él pertenecía al núcleo de notables que nunca habían dejado de reivindicar su libertad. Sin embargo, no todos los medios se antojaban válidos para tal fin, por justo que este fuese.

Aliarse con el rey normando de Inglaterra sobrepasaba todos los límites.

Al entrar en el campamento de Alfonso, Gelmirio recordó a su hijo. Diego había nacido el mismo día que su lugarteniente había caído, precisamente, a causa de un ataque de los lordemanos. Y ahora que él se disponía a traicionar a su señor, no podía obviar que el muchacho vivía en la escuela catedralicia de Peláez. Mientras siguiese allí, su vida correría peligro. Si el obispo se enteraba de su delación, Diego correría un peligro mortal en Compostela. Angustiado, Gelmirio trató de tomar aire, pero se quedó a medias. Su encuentro con el rey no era un trámite cualquiera.

Estaba a punto de poner a su hijo en la picota.

Eso haría, al desvelar la vil traición de Peláez.

VII

Asedio de Toledo, 6 de mayo de 1085

El rey lo recibió al día siguiente.

En el campamento se respiraba un ambiente alterado. Una sensación como de deflagración inminente. Todo vibraba de forma extraña, aunque Gelmirio no alcanzase a intuir el porqué.

Los secretarios de Alfonso lo miraron extrañados, pero accedieron a dar aviso a Ansúrez, la mano derecha del rey. El tenente de las costas de Iria Flavia había solicitado una audiencia a espaldas de su señor, el obispo. Por mucho que Toledo estuviera a punto de caer, el rey debía ser informado de inmediato.

—Mi señor… —Gelmirio bajó la cabeza cuando el monarca entró en la tienda.

—Habla. Rápido —dijo Ansúrez.

Al miles se le atragantaron las palabras.

—En Compostela, señor…, en Galicia, más bien…, está sucediendo algo…

—Habla. Ya.

Al ver que Alfonso estaba dispuesto a dejarlo plantado, la lengua de Gelmirio se soltó de repente.

—El obispo Peláez pretende aliarse con Guillermo de Inglaterra para rehabilitar a García en el trono de Galicia —soltó, de un solo golpe.

Fue como si hubiera restallado un relámpago en mitad de la tienda.

La premura del rey se transformó en estupefacción. De repente, las prisas y la altivez se esfumaron como una pompa de jabón. Ya daba igual que fuera inminente el éxito en el cerco de la ciudad. También que llevase años fraguando aquel asedio que, al culminarse, lo haría dueño y señor de la taifa más gloriosa. La revelación de aquel hombre era incluso más trascendental. De hecho, el complot dejaba en el aire la conquista de Toledo, su gobierno sobre Galicia y hasta su reinado en León y en Castilla.

Pálido y desencajado, señaló una silla.

—Sentémonos…, ¿Gelmirio? —alcanzó a decir Alfonso, con un hilo de voz.

—Sí, majestad —logró responder él, a duras penas—. Gelmirio. Para serviros.

VIII

Compostela, 6 de mayo de 1085

Diego seguía aguardando el desastre.

Habían pasado meses desde la incursión en la catedral, pero no había ni un solo día que no la recordase. Y no le faltaban motivos: desde entonces, era como si el obispo lo rehuyese. De hecho, era como si a Peláez se lo hubiera tragado la tierra. Las pocas ocasiones en que se le había visto parecía asediado por demonios, y había dejado de relacionarse con la escuela catedralicia, con los miembros del cabildo y hasta con el mismo apóstol.

Solo sus hombres lo rodeaban ya, entre cuchicheos sospechosos.

Al principio, el muchacho creyó que aquel vacío provenía de la travesura, pero el tiempo fue puliendo sus sospechas. Y lo hizo a medida que el codo de Munio se iba recuperando y la socarronería de Hugo le iba quitando hierro al episodio.

—Venga ya, Diego —se burló un día, mientras los aprisionaba a los dos entre sus brazos enormes—. Si Peláez estuviera enfadado con nosotros, ya hubiéramos tenido noticias… ¡Ni se habrá enterado de la voltereta de este artista!

El propio Munio empezó a darle la razón.

—No sé en qué andará metido. —Asintió, tratando en vano de deshacerse del abrazo de Hugo y de atacarle las costillas como venganza—, pero juraría que nuestra aventura no le ha importado lo más mínimo…

Sin embargo, Diego no lo acababa de ver claro.

Hasta entonces, siempre se había visto arropado por el obispo. Y no por ser hijo del guerrero que protegía el acceso naval a las tierras compostelanas, como decían algunos, sino por una extraña complicidad. Pese a tener la escuela repleta de nobles de alta alcurnia, Peláez había debido de detectar algo especial en él para acogerlo en su círculo más íntimo. No obstante, desde aquel día no había vuelto a verlo. Y eso no era lo más preocupante.

Tampoco había vuelto a tener noticias sobre su padre.

Gelmirio, que nunca había pasado una semana sin visitarlo o sin mandarle recado, también había desaparecido sin dejar rastro. Y eso era lo que más acrecentaba su desasosiego, a pesar de las chanzas de Hugo y la tranquila aceptación de Munio.

Un viejo proverbio daba vueltas en su mente desde aquel día:

«Teme más a una sombra tras la puerta que a una espada bajo el sol».

IX

Toledo, 6 de mayo de 1085

—¿Y por qué habría de creeros, Gelmirio?

Tras el impacto inicial, el instinto del rey se activó. El hombre de confianza de Peláez se había presentado, con un cataclismo bajo la manga, dispuesto a traicionar a su señor. Lo que traía en las alforjas era, precisamente, la principal amenaza que Alfonso podía concebir. Demasiado sospechoso como para fiarse.

Necesitaba una garantía de que no se la estaban jugando.

La liberación de su hermano podía acabar con él. García no se limitaría a dejarlo sin el reino de Galicia, eso seguro. Si lograba convencer a los nobles de los tres reinos de que antes de encarcelarlo a él había participado en el asesinato de Sancho, la rebelión prendería fuego al trono bajo sus reales posaderas. Entonces no servirían de nada el juramento que había prestado ante el Cid en Santa Gadea ni la trayectoria triunfal de su reinado. Ni siquiera la inminente rendición de Toledo, que resonaría en toda la cristiandad, le serviría de aval. Nada tendría importancia si el rey de Inglaterra tomaba partido por su hermano cautivo.

Alfonso habría pasado de rey a proscrito en un santiamén.

—Decidme —insistió el monarca—: ¿por qué habría de fiarme de quien traiciona a su señor?

Gelmirio conocía las consecuencias tan bien como el propio Alfonso. Por eso, y no solo por culpa de los remordimientos, llevaba meses sin pegar ojo. De ahí que solo se hubiera decidido a actuar cuando la mayor de sus angustias apareció en su cabeza como posible solución.

Había llegado el momento de jugársela a cara o cruz.

—Mi propio hijo vive en Compostela, majestad —contestó, mostrando las palmas—. Incorporadlo a vuestro séquito si no os fiais de mi palabra.

Podría haber aludido a toda una vida de lucha contra el asedio normando, o a la agonía de su mejor amigo entre sus brazos por culpa de aquellos salvajes, pero para un rey amenazado esas razones no eran más que lluvia sobre el mar.

Alfonso miró a Ansúrez, quien, tras un silencio largo, asintió levemente.

El tal Gelmirio les daba a su retoño como rehén. A un muchacho que se había criado bajo las faldas del propio Peláez. Ni juramentos ni votos; no hay mayor aval para la palabra de un padre que el pescuezo de su hijo. Podían confiar en él.

No sospechaban que, con aquella jugada, el principal objetivo de Gelmirio era poner a Diego lejos del obispo. Al fin y al cabo, solo era cuestión de tiempo que alcanzase a conocer la traición de su miles. O a suponerla, al menos.

—Yo os diré cómo hacerlo sin que el obispo sospeche —se reafirmó.

Alfonso lo atravesó con una mirada de fuego.

Pese a la anuencia de su valido, no acababa de fiarse. Gelmirio aguardó a pie firme, esforzándose por mostrar un aplomo que estaba lejos de sentir, mientras veía cómo la desconfianza asomaba, intermitente, a las pupilas del soberano.

Finalmente, intuyó que iba a aceptar.

No obstante, un revuelo súbito se alzó en el exterior, deshaciendo el hechizo. Antes de que lograsen reaccionar, un centinela sudoroso irrumpió en la tienda como un torbellino.

—Llevo un buen rato buscándoos, señor —jadeó.

La expectación de Alfonso le exigió sin palabras una explicación.

—Lo hemos conseguido. Toledo se ha rendido.

X

Toledo, 6 de mayo de 1085

Una carta aguardaba, lista para partir.

Si el caso lo requería, los correos del rey volaban como halcones. Esta vez lo harían como el mismo viento. Era su voluntad.

La nobleza galaica nunca había acabado de enfundar sus cuchillos ante Alfonso. Sus caballeros habían presionado a Fernando para que dividiese su corona en tres partes, y para que le donase Galicia a su hijo menor, junto con las parias de Badajoz y Sevilla. El reino del noroeste recuperaba así la independencia política y económica que nunca había dejado de reivindicar; pero todo se había venido abajo cuando el rey leonés había encarcelado a su hermano pequeño para adueñarse de sus territorios.

Alfonso había creído tener el reino bajo control, pero ahora veía que no había sido más que un espejismo. El obispo de Iria, seguramente con el respaldo de los nobles más poderosos, había perpetrado un plan que podía desposeerlo del reino de Galicia. Y eso no sería más que el principio. Si el Conquistador irrumpía desde el norte, podía perderlo todo.

Galicia. Castilla. León, y ahora Toledo. La libertad. La vida.

El repliegue andalusí, que acababa de culminar con la rendición de la vieja capital visigoda tras trescientos setenta años, no sería más que una anécdota si se veía obligado a defenderse de una invasión normanda.

Desarticular la operación de Peláez era tan necesario como sentir el suelo bajo los pies.

—Traeremos al hijo de ese tal Gelmirio —sentenció Alvar Fáñez, el general, cuando Ansúrez y el rey lo pusieron en antecedentes—. Está claro que necesitamos un infiltrado en casa de Peláez. Que sea el miles. Si nos la está jugando, enviaremos al muchacho a la hoguera.

Alfonso esbozó un asentimiento huraño. La euforia de verse al fin como señor de Toledo se había enfriado de golpe por culpa de la conjura.

—Sí —concordó Ansúrez—. Más le vale cumplir con su promesa, y mantener bajo control a los señores de Galicia. Respecto a los normandos…

—De Guillermo me encargo yo —lo atajó el rey. Los otros alzaron las cejas, sorprendidos. Tanta rotundidad hacía intuir que ya se había puesto en marcha—. Tranquilos, al margen del oro que le haré llegar cuento con la intercesión de mi esposa para que se esté quietecito.

Los caballeros asintieron. La reina Constanza provenía de la casa de Borgoña, la estirpe dominante del corazón de Europa. El suyo era uno de los linajes con más poder del mundo entero. Su tío Hugues era el legendario abad de Cluny, la institución más influyente de toda la cristiandad junto con el Vaticano. En su familia se contaban reyes y emperadores como quien cuenta ranas en un arroyo.

La gran dama habría puesto en marcha ya su red de contactos.

—Guillermo ya sabe que la confabulación ha quedado al descubierto. —El rey esbozó algo parecido a una sonrisa—. Aunque no tiene ni idea del cómo ni del porqué.

—Perfecto —aceptó Ansúrez—. ¿Cómo hacemos lo del hijo de Gelmirio, pues?

Alfonso señaló el sobre que descansaba sobre la mesa. Ya estaba todo listo.

Solo faltaba que un jinete volase hasta Compostela.

XI

Compostela, 10 de mayo de 1085

La carta solo tardó cuatro días en llegar.

El prelado la abrió con desconfianza. No esperaba noticias desde el palacio real.

«A don Diego Peláez, obispo de Iria.

Me place comunicaros que, tras tres siglos y medio, la noble ciudad de Toledo ha regresado a la auténtica fe. La antigua capital de los reyes godos vuelve a ser cristiana».

El corazón del obispo se detuvo por un instante. Bien, se dijo al fin. La expansión de Alfonso hacia el sur centraría su atención. Cuantas más taifas lograse arrebatar a los andalusíes, menos le importaría el viejo reino de Galicia.

«Todos los obispos de mis reinos deben saber que no cejaré en el empeño de seguir incorporando territorios a la fe de Cristo. Cuento para ello con la colaboración de todos. Y en vos he pensado para que me facilitéis a los mejores estudiantes de vuestra escuela catedralicia. Me consta que lleváis años tutelando a algunos de los jóvenes más brillantes de cuantos hay en mis reinos. Ahora que las principales casas europeas se disponen a enviar a sus guerreros para ayudarme en mi empresa, preciso a vuestros bachilleres para integrarlos en nuestras costumbres, en nuestras leyes y en nuestra política.

Serán solo un puñado. Y en cuanto su cometido haya sido ejecutado os los devolveré, más sabios si cabe. Mis consejeros han recopilado los nombres de aquellos que estimamos idóneos; espero no contrariaros con esta petición».

A continuación, Alfonso enumeraba los cinco nombres que Gelmirio le había susurrado.

Peláez se preguntó quién podía haber sido el correveidile que le había chivado al rey los nombres de los mejores estudiantes de su escuela, pero se encogió de hombros. Lo cierto era que esos muchachos eran conocidos por su brillantez. No había secreto alguno, pues.

Pese a que una sensación incómoda rondaba por su cabeza, se dispuso a cumplir las órdenes. Volvió a leer la lista antes de llamar al deán. No sospechaba que allí en medio, entre los otros, figuraba con aspecto inocente el único nombre que en realidad le importaba al rey.

El de un muchacho sin rango. El del hijo de un soldado.

El nombre de Diego Gelmírez. La razón de aquel mandato.

XII

Compostela, 14 de mayo de 1085

Los chicos se despidieron como tres almas en pena.

Ninguno de ellos había logrado salir aún de su asombro. En la homilía de la tarde anterior Peláez había anunciado que cinco estudiantes de la escuela debían partir de inmediato hacia la corte que el rey se disponía a instaurar en la sede recién conquistada de Toledo. Eran órdenes directas del soberano.

—Ellos contribuirán al avance de nuestros reinos sobre los infieles —había proclamado con orgullo—. Sirva la voluntad del monarca como muestra de la excelencia de esta institución.

Al ayudar a Diego a cargar su equipaje, Hugo apenas era capaz de contener las lágrimas.

—Yo… Si es que el estropicio en el andamio ha sido la causa… —balbució.

Munio salió al rescate. A pesar de ser menudo y apocado estaba más entero que el muchachote franco, a quien le temblaba la voz.

—Fui yo el que cayó sobre vosotros, Hugo —lo cortó, abriéndole la huida que necesitaba—. Lo siento, ha sido culpa mía.

Diego sacudió la cabeza. Aquellas disculpas no tenían sentido.

—Nos veremos pronto —sonrió, por quitarle hierro—. No os preocupéis. El asunto de los andamios no ha tenido nada que ver. Además, no me voy al purgatorio. Es la corte del rey la que me espera.

Su sonrisa, pese a ser forzada, tranquilizó a los otros. Aun así, Munio tuvo que pasar el brazo sobre los enormes hombros de Hugo al ver cómo Diego se alejaba.

Al salir de la ciudad, Diego alzó la vista al cielo.

No creía que la trastada en las obras hubiera tenido nada que ver con aquel exilio forzoso, pero había algo demasiado extraño en todo aquello. Por muchas vueltas que le daba, no alcanzaba a intuir la causa de tan incomprensible situación.

Entonces recordó a sus dos amigos, que se habían quedado mirándolo con los ojos húmedos, y unos remordimientos fríos lo asaltaron por haberles mentido en el momento de la partida.

Tal vez el asunto del andamio no fuese la causa de nada.

Sin embargo, la corte sí suponía un purgatorio incierto.

Dos

Titanes en lid

1085 – 1088

«No viajo para ir a algún lado, sino solo por viajar».

Viajes con una burra por los montes de Cévennes, Robert Louis Stevenson

Diego va de los diecisiete a los veinte años

XIII

Badajoz, 30 de mayo de 1085

La nueva explotó en las taifas como un volcán sobre un baile.

Toledo había caído.

La vieja capital visigótica era mucho más que un símbolo para los musulmanes. Su ubicación en el centro del territorio en disputa hacía de ella el bastión más valioso de toda la Hispania. Sobrepasarla sin haberla sometido, tanto hacia el sur como hacia el norte, equivalía a dejar un asesino suelto tras la espalda.

Y ahora la habían perdido.

—Siempre tuve claro que Alfonso era un traidor —sentenció al-Mutamid, emir de la taifa de Sevilla—. Eres tú quien se alió con él a pesar de lo que había hecho con sus propios hermanos.

Al-Mutawákkil, rey de Badajoz, lo atravesó con la mirada.

Llevaba toda la reunión despotricando contra su viejo aliado cristiano. Que otro emir andalusí le recordase que había hecho buenas migas con él —precisamente, para que lo protegiese contra sus correligionarios— no contribuía precisamente a aplacar su indignación.

—También mis hermanos han intentado apuñalarme más de una vez —rebatió. Al-Mutamid se mantuvo firme pese a saber que se estaba refiriendo a él—. Mis hermanos de fe, por mucho que nuestros pueblos sean bien distintos. Sin ir más lejos, hace quince años que te hiciste con la taifa de Córdoba. ¿Acaso no fuiste tú quien envió a León los restos de ese santón cristiano, Isidoro, porque el rey quería construir un panteón real? No, hermano… Ninguno de nosotros está en condiciones hablar con tanta soberbia.

El rey sevillano desvió la mirada.

Su vida había sido un tira y afloja interminable a cuenta de las parias. Cuantías, plazos, trueques. Aquellos perros norteños jamás se saciaban. Por eso había accedido a enviar las reliquias de san Isidoro, y a tantas cosas más. Para comprar una paz que siempre era inestable.

El problema era que los reyes musulmanes eran peores que los infieles. Los cristianos, al menos, se conformaban con el oro. Los emires, en cambio, no hubieran dudado en aniquilar al resto de andalusíes si los mercenarios del norte no los protegiesen. Tanto así que era preferible la carestía que azotaba a sus súbditos por culpa de tanto impuesto al exterminio que pretendían los hudíes, los zaríes o los aftasíes. Estos últimos, encabezados por el indignado anfitrión que ahora bufaba ante él.

Así había sido hasta entonces. Cierto era que todo había cambiado cuando el traidor de Alfonso había decidido conquistar Toledo.

—¿Qué propones? —preguntó al-Mutamid.

Por ofuscado que estuviera, sabía que al-Mutawákkil no lo había hecho llamar para maldecir a Alfonso una y otra vez.

Pudo ver cómo el emir de Badajoz dudaba, y supo que estaba tratando de proponerle un acuerdo. Supuso que pondría sobre la mesa una gran coalición de andalusíes, y que estaría dispuesto a repartir las parias que le debía a Galicia entre los otros emires con tal de que lo ayudasen a recuperar Toledo.

—Alfonso podría ir ahora a por Saraqusta —masculló al-Mutawákkil—, pero eso le traería fricciones con los aragoneses…

El sevillano lo contempló de medio lado. Tal vez su enfado no fuese una simple pataleta. Empezaba a pensar que la situación era más grave de lo que había imaginado.

—¿Temes que pretenda arrebatarte también Badajoz? —preguntó.

Si esa era la perspectiva, tal vez su anfitrión pensase en medidas drásticas.

—No lo temo —siseó al-Mutawákkil—. Lo sé.

Al-Mutamid contuvo la respiración.

—¿Una coalición de andalusíes? —se atrevió a sugerir—. ¿Es eso lo que propones?

El rey de Badajoz quiso tomar aire, pero sus esfuerzos eran los de un pez fuera del agua. Ni todo el aire del mundo hubiera sido suficiente para calmar su angustia.

—Eso ya no vale —rezongó.

Al intuir el apocalipsis que estaba tomando forma, al-Mutamid palideció de repente. ¿Estaría pensando en los almorávides? No, era imposible. Él ya lo había sopesado años atrás, cuando la presión de los cristianos empezaba a hacerse insoportable, pero… Eso sería como venderle el alma al diablo. Peor aún: equivalía a abrirse en canal y ofrecerle las vísceras palpitantes para que las devorase a su antojo.

No obstante, al-Mutawákkil estaba desesperado.

—Tienes que enviar tus emisarios a Marrakech —le dijo, al fin.

La palidez de su rostro se contagió a al-Mutamid. La decisión era definitiva. El rey de Badajoz iba a pactar con Yusuf ibn Tasufin, caudillo de los almorávides, para defenderse de Alfonso.

La voz del emir sonó como una campana rota.

—Esa es la única opción, ya, que nos queda.

XIV

Toledo, 1 de junio de 1085

Todo era demasiado raro.

Ni nobles extranjeros a los que acompañar ni ninguna otra función. Los muchachos compostelanos fueron acomodados junto a unos monjes con el único fin de reanudar la actividad monástica en la ciudad recuperada para la fe cristiana. Al conocer sus cometidos, se miraron con perplejidad. ¿Para eso les habían hecho abandonar sus estudios?

Diego y sus compañeros empezaron a participar de la insulsa vida monacal mientras los letrados de Alfonso dictaban normas para armonizar la convivencia en la ciudad. Los musulmanes podían continuar con su vida y sus costumbres, incluso con su mezquita, a cambio de tributar a su nuevo rey. Y, aunque recelosos al principio, no tardaron en aceptar la nueva situación. Al fin y al cabo, los impuestos destinados a las parias eran mucho más cuantiosos que los que ahora exigía el rey cristiano.

Hacía una semana que los cristianos se habían hecho cargo de Toledo, pero sus ciudadanos llevaban años esperando un cambio de timonel. El asedio había sido largo, y se rumoreaba que el emir había aceptado simular una rendición forzosa a cambio de que Alfonso le dejase campar a sus anchas en Valencia.

El séptimo día, los muchachos fueron llamados al alcázar.

—Son órdenes del conde Ansúrez —indicó el prior, sin más explicación.

Diego y sus compañeros fueron escoltados por la guardia personal del conde. Tanto celo por unos simples estudiantes ya era raro en sí, pero que el propio Ansúrez los estuviera aguardando en la puerta les hizo cruzar gestos de extrañeza. Y las extravagancias no habían hecho más que empezar.

En una sala apartada aguardaba el rey en persona.

—Don Alfonso desea agradeceros en persona vuestra dedicación —aclaró Ansúrez, ante la estupefacción de los muchachos—. Y que hayáis aceptado venir desde tan lejos.

Aunque atónitos, todos bajaron la cabeza. Cada vez entendían menos la estrafalaria situación que había comenzado con la homilía de Peláez.

Tras un breve discurso en que el propio rey corroboró las palabras de su valido, los jóvenes se dispusieron a regresar al monasterio.

—Solo una última cosa… —sugirió Alfonso cuando ya salían, y los muchachos se volvieron al unísono—. Necesito que uno de vosotros ayude a los letrados aquí, en el alcázar. Hacer de Toledo una capital cristiana les está dando mucho trabajo, y se quejan de falta de escribanos. Por ejemplo…, tú mismo. ¿Cuál es tu nombre?

El interpelado, más sorprendido que amedrentado, respondió con voz firme.

—Diego, mi señor. Diego Gelmírez.

—Perfecto, Diego. El conde enviará a alguien a por tus cosas.

Mientras sus compañeros se despedían de él entre gestos de muda perplejidad, Diego creyó ver cómo Ansúrez cruzaba una mirada de complicidad con el monarca.

Su ceño acabó de fruncirse.

Todo era demasiado raro.

XV

Marrakech, 13 de enero de 1086

El inmenso palmeral se mecía ante sus ojos.

La mirada de Yusuf vagó sobre el campamento amurallado. Docenas de caravanas reposaban de sus viajes bajo los dátiles, y los mercaderes sellaban tratos fructíferos gracias a los cargamentos traídos de tierras lejanas. Los camellos rumiaban a la sombra de la maleza, y el rumor del agua al correr reforzaba el frescor de la brisa. A lo lejos, las montañas mostraban nieve en sus cumbres. Aquel lugar era su mayor orgullo, y una de las claves de la expansión de su pueblo en apenas unas décadas.

Otra era la reforma religiosa que él mismo encabezaba.

Ellos eran los primeros que se habían dedicado a proteger a las caravanas de comerciantes que cruzaban el norte de África. Los ataques esporádicos de otras tribus no proporcionaban más que una prosperidad efímera, y eso cuando no eran repelidos por los propios mercaderes. Precisamente ahí era donde habían aparecido ellos, para blindar el trayecto de los tratantes y controlar los caravasares y los funduqs en los que se guarecían por las noches. Todo, a cambio de una parte de las riquezas que transportaban. Algo más que razonable.

Esto los había llevado a amurallar el corazón de aquel palmeral que ahora contemplaba Yusuf. Al fortificar el oasis, podían ofrecer la protección que necesitaban. Sólida y sin fisuras. El ambiente propicio para que fructificasen sus transacciones. Apenas hacía un par de décadas que la había fundado, pero en la joven Marrakech ya florecía un mercado destinado a sobrevivir a los milenios en una explanada que un día se llamaría «Jemaa el-Fna».

Allí habían llegado esa misma mañana unos emisarios de al-Ándalus.

—Nuestro señor al-Mutamid envía este mensaje al gran caudillo Yusuf ibn Tasufin.

Aunque conocía la situación de las taifas hispánicas y su vergonzante sometimiento a los infieles del norte, el contenido del mensaje le hizo entornar los ojos.

«Alfonso ha venido pidiéndonos púlpitos, minaretes, mihrabs y mezquitas para levantar en ellos cruces y que sean regidos por sus monjes. Allah os ha concedido un reino en premio a vuestra Guerra Santa y a la defensa de sus derechos, por vuestra labor, y ahora contáis con muchos soldados de Allah que, luchando, ganarán en vida el paraíso».

Yusuf escupió en la arena, indignado.

El perro cristiano, que se había atrevido a arrebatarles Toledo medio año atrás, amenazaba ahora al resto de taifas. Y eso podía poner en peligro el próspero comercio que ellos controlaban, cuyo esplendor tenía su mejor exponente en el palmeral que se extendía ante sus ojos.

No podía consentirlo.

La delegación del rey de Sevilla venía respaldada por emisarios de Badajoz y de Granada, y también de otras taifas menores. Los emires se comprometían a cederle el enclave estratégico de al-Yazira al-Jadrā, y a poner sus ejércitos bajo sus órdenes si accedía a defenderlos de aquel tirano.

Por eso Yusuf llevaba horas contemplando el palmeral con la mirada perdida.

Los andalusíes, haraganes indignos, suplicaban la ayuda de quienes se habían extendido por al-Maghrib como una deflagración. Gracias a su maestría en batalla, los hombres de Yusuf se habían adueñado de las rutas de los mercaderes en solo tres décadas. Ahora ejercían el control sobre el oro. La sal. Las especias. Sobre todo el comercio y la prosperidad de aquellas tierras.

Ahora, los reyes de taifas habían enviado emisarios con promesas de oro y diamantes.

Lloriqueaban por la ayuda de los monjes guerreros que un día no muy lejano habían bajado de las montañas para dedicar su vida y su sangre a la gloria de Allah. Los que, a lomos de sus camellos, habían liberado de sus reyezuelos a todos los pueblos al norte del Atlas. Los que vestían el doble velo, siempre negro, que solo dejaba a la vista sus ojos centelleantes.

Ellos eran los ermitaños célibes que se encadenaban al suelo que debían defender en batalla. Los que habitaban aquellos monasterios fortaleza llamados «ribat» desde los que llamaban a la guerra santa. Ese era el ejército de Yusuf, al que pedían auxilio las taifas hispanas.

Esos eran sus hombres. Los soldados de dios.

Los guerreros del desierto. Los almorávides.

XVI

León, 25 de mayo de 1086

Se cumplía justo un año de la toma de Toledo.

El gran triunfo del rey cristiano, pese a su esplendor, no había bastado para apaciguar las aguas. El descontento no había desaparecido, y solo sus avances sobre al-Ándalus parecían mantener enfundadas las espadas de los insurrectos en sus propios reinos.

León era su bastión, pero incluso allí había quien soñaba con verlo muerto.

Tanto más en Castilla. Los partidarios de su hermano Sancho, muerto en oscuras circunstancias, aguardaban el momento de cobrar su venganza. Y los nobles galaicos nunca habían dejado de clamar por la liberación de su otro hermano, a quien seguían considerando su rey. Por suerte, allí tenía las cosas bajo control, por precario que fuera. El hijo de Gelmirio, su infiltrado junto al cabecilla de los galaicos, estaba a buen recaudo en Toledo. Y respecto al aliado que habían buscado, el rey normando de Inglaterra… Bueno, precisamente por eso había hecho llamar a su esposa.

No estaba dispuesto a permitir que quedara ningún cabo suelto.

—Sí, Alfonso —se reafirmó la dama, ante la insistencia de su marido—. Estoy segura. Mi tío garantiza que Guillermo no va a emprender ninguna acción contra ti. Ni diplomática ni militar.

El rey asintió, ya más tranquilo.

Cardenales, duques e incluso reyes formaban parte del linaje de su mujer. Tal era su poder que eran capaces de nombrar papas y emperadores. Y entre todos sus familiares había uno que destacaba por encima de todos: el venerable Hugues, abad de Cluny. El anciano era temido y respetado por igual en todas las casas reales de la vieja Europa. Bastaba con que él alzase una ceja para que cualquier noble, por poderoso que fuera, se pusiera a temblar. No en vano la institución que él encabezaba era la más influyente del mundo.

Si Hugues respondía por Inglaterra, García seguiría en su celda. Alfonso podía, por tanto, seguir con su avance hacia el sur.

Unos toques en la puerta llamaron la atención de los monarcas.

—Mi señora —saludó Alvar Fáñez, al entrar, antes de volverse hacia el rey—. Majestad, han llegado informaciones de los espías africanos.

—¿Y? —Alfonso le hizo ver que podía hablar ante la reina.

El general dudó, pero decidió continuar.

—Los ejércitos del norte de África se disponen a embarcar en las naves de al-Mutamid.

Alfonso apretó la mandíbula. Constanza pudo ver cómo hacía cábalas en el aire.

—¿Son muchos? —preguntó al fin.

—No tantos como para comprometer la… la próxima campaña.

Un silencio frío se hizo en la cámara, y el azoramiento de Alvar se redobló al no recibir respuesta. Cada vez más incómodo, carraspeó para provocar alguna reacción.

Un asentimiento, un resoplido. Algo.

—¿Vas a seguir adelante, Alfonso? —preguntó Constanza—. ¿Estás seguro de atacar Badajoz?

El general respiró. Sus recelos habían resultado infundados. La reina estaba al tanto de todo. Finalmente, Alfonso lo despachó con un ademán.

Nuevamente a solas, los reyes se miraron frente a frente.

—¿Qué hay del otro asunto que tenías que hablar con tu tío? —quiso saber él.

La reina ladeó la cabeza, extrañada.

—Bueno… Eso dependía de lo que tú me dijeras, ¿no? Es decir, si decidías atacar Badajoz, yo hablaría con Hugues.

Alfonso asintió. El abad de Cluny le conseguiría ejércitos si decidía seguir atacando a los musulmanes. Los grandes señores del corazón de Europa acudirían a Hispania con el pretexto de defender la auténtica fe, pero con la expectativa real de hacerse con un pedazo de gloria.

Pues bien, la decisión estaba tomada.

—Ya has oído a Alvar —afirmó el rey.

La que su general acababa de darle era la información que estaba esperando antes de pedir ayuda al venerable Hugues. Los almorávides eran unos fanáticos que se habían apoderado de todo el norte de África en apenas treinta años, pero no podrían impedir que el rey tomase la taifa de Badajoz.

—Perfecto entonces —respondió Constanza—. Escribiré una carta para Cluny.

Alfonso le agradeció su intercesión con un gesto cariñoso, pero en su pensamiento rondaban los sediciosos que deseaban su desgracia. Seguir adelante era el único camino.

Toledo había sido el primer paso, pero de eso ya hacía un año.

Los ejércitos de Borgoña pondrían un nuevo reino a sus pies.

XVII