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En una base aislada del mundo, rodeados de bosque y de las cumbres de los montes Gigantes, en el sur de Polonia, un grupo de desarraigados trabaja transportando madera en camiones desvencijados. Afligidos por su destino, los hombres no pueden imaginar un futuro; tan solo anhelan unos camiones nuevos con los que hacer su trabajo de forma menos arriesgada, algo que les permita pensar en otra cosa diferente a la muerte. Las carreteras al borde del precipicio, llenas de nieve y baches, intensifican su frustración y la sensación de amenaza constante. Cada día que pasa se hunden más en la desesperación, el desencanto y los recuerdos. Un día un representante del partido llega al barracón de la base maderera. La llegada de este con su esposa a la cerrada comunidad masculina no hace más que profundizar los conflictos mientras ella intenta desesperadamente escapar de aquel infierno. Publicada por primera vez en 1958, esta novela, calificada de western de la era comunista, continúa la línea de crítica social y de realismo pesimista de uno de los autores más rebeldes de la literatura polaca.
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Seitenzahl: 324
Veröffentlichungsjahr: 2025
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MAREK HŁASKO
TRADUCCIÓN DEL POLACO Y NOTAS DE FERNANDO OTERO MACÍAS
TÍTULO ORIGINAL: Następny do raju
Publicado por
AUTOMÁTICA
Automática Editorial S.L.
Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid
www.automaticaeditorial.com
© Agnieszka Czyzewska, Malgorzata Wolf.
© de la traducción, Fernando Otero Macías, 2025
© de la presente edición, Automática Editorial S.L., 2025
© de la ilustración de cubierta, Fede Yankelevich, 2025
Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.
La publicación de esta obra ha contado con la ayuda del Programa de Traducción Polaco © POLAND Translation Programme.
ISBN: 978-84-10141-24-7
Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors
Composición: Automática Editorial
Corrección y revisión: Automática Editorial
Edición digital: Álvaro López
Primera edición en Automática: septiembre de 2025
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.
ÍNDICE
DONDE EL DIABLO DA LAS BUENAS NOCHES
LOS MUERTOS
LOS CAMINOS
EL BARRACÓN
ÉL Y ELLA
EL REVÓLVER
LA CIUDAD ESTÁ LEJOS
UN FAROL INCREÍBLE
LOS ASESINOS ESTÁN ENTRE NOSOTROS
TODO EN LA CIUDAD
LOS HÉROES Y LAS MUCHACHAS
APOSTOŁ Y JUDAS
LAS CASAS DE LOS DIOSES
LOS REPULSIVOS Y LOS ADORABLES
EL SIGUIENTE EN EL PARAÍSO
NI PRÓLOGO NI EPÍLOGO
Llevaba cuatro días nevando copiosamente. La visibilidad era casi nula y todas las huellas se cubrían de inmediato: las pisadas, los rastros, las marcas de los neumáticos, todo desaparecía al instante, barrido por el enorme zarpazo blanco. Los hombres que marchaban en fila india por el collado oriental de Wężowy Jar,[1] tropezando y chocando entre sí, llevaban ya muchas horas forzando la vista en vano, tratando de descubrir alguna cosa en el fondo del valle. Estaban exhaustos y muertos de frío; grandes bloques de nieve se les pegaban a las botas y a cada paso tenían la sensación de arrastrar toneladas de peso; sus maldiciones sonaban tan débiles que al cabo de un rato optaron por callarse: no les reportaba la menor satisfacción. Siguieron avanzando en silencio, tambaleándose por el cansancio y por la fuerza del viento. Oscurecía cuando hicieron un alto.
—Mal asunto —dijo Warszawiak.[2] Se quitó la gorra y la sacudió unos momentos en la rodilla. Así, con la cabeza descubierta, parecía bastante más joven. Tenía cara de pillo, la boca grande y el pelo largo, recortado en línea recta sobre el cogote, lo mantenía intacto de verdadero milagro. Volvió a ponerse la gorra y se la echó hacia atrás de un papirotazo—. Mal asunto —insistió. Se sentó en un tronco y estiró todo lo que pudo las piernas—. Hoy no damos con él. Dentro de una hora ya es de noche. Con este tiempo lo único que vamos a conseguir es rompernos la crisma, no encontrar un camión.
Sacó un paquete de cigarrillos y ofreció a los otros dos, pero se habían mojado y no atinaban a encenderlos. Por unos momentos estuvieron chupando tabaco húmedo, echando pestes y malgastando cerillas; después arrojaron los cigarrillos a la nieve: desaparecieron casi de inmediato.
—Esto no conduce a nada —dijo Warszawiak.
—Si no lo encontramos hoy —repuso Orsaczek—, mañana no van a quedar de él más que los huesos. Los lobos lo despedazarán por la noche.
—Así se lo mandamos a la viuda en una lata de conservas —dijo Dziewiątka.[3] Torció el gesto; la mueca le dio a su rostro sombrío una expresión taimada—. Va a tener que meterlo en el ataúd con la bomba de la bici. Ese que se estrelló hace un par de semanas en el desfiladero parecía después un enanito. Seguro que hasta había perdido peso.
—Volvamos a casa —dijo Warszawiak. Se levantó con ímpetu—. Al diablo con todo esto. He venido aquí a transportar madera, no a hacer de sepulturero. Ya he enterrado dos cadáveres, igual el tercero me trae mala suerte.
—¿Y si resulta que el tercero eres tú? En ese caso, se acababan tus preocupaciones.
—Mirad ahí abajo —intervino de pronto Orsaczek—. ¿No será eso, por un casual?
Los tres se asomaron al borde del barranco. Varias decenas de metros más abajo, en medio de un montón de leña seca, se veían los restos de un vehículo. El viento barría el valle y por un momento dejó libre de nieve el montón de chatarra. Vieron el chasis doblado, los diferenciales machacados y, un poco más adelante, unas ruedas que se habían salido de los ejes. Entonces el viento alzó el vuelo como un pájaro y todo desapareció bajo la nieve en un santiamén. Se quedaron paralizados; Dziewiątka sonrió sarcásticamente.
—Ese ya no lo cuenta —dijo Warszawiak.
—¿Tú crees?
—¿Tan difícil es de adivinar?
—¡Cómo eres, Warszawiak!
—¿Ah, sí?
—¿Qué te gustaría decir en un momento como ese?
—¿Cuándo?
—Cuando vayas volando por los aires.
—¿Yo?
—Sí, tú.
Warszawiak lo miró un instante.
—Podéis besarme el culo todos —dijo.
Dziewiątka rió con sequedad.
—Piensa otra cosa —dijo. Le dio unas palmaditas a Warszawiak en la mejilla—. Mejor piensa otra cosa.
—¿Por?
—No vas a conseguirlo, hijo. Para eso, hay que ir a todo galope, como cuando uno se estrena con una fulana. Una vez, dos veces, y listo.
—Vete al diablo —dijo Warszawiak. Abrió mucho las piernas y miró con el ceño fruncido a Dziewiątka—. Vete al diablo.
—Aquí el diablo está por todas partes —dijo Orsaczek—. Este trabajito se puede ir al infierno. El mes pasado hubo tres accidentes; este, no estamos todavía a mediados y ya van dos. Un fiambre a la semana. Si no fuera porque hoy mismo llegan esos camiones nuevos, lo mandaría todo a la mierda... —De repente se puso nervioso y se volvió hacia sus compañeros—. ¿Lo recogemos o no?
—Ve corriendo con Warszawiak a por el camión —dijo Dziewiątka. Bostezó; le brillaron los dientes blancos—. Yo me quedo aquí y le voy calentando el cárter a Orsaczek. Habrá que subirlo con el cabrestante de Warszawiak. No me apetece ir dando tumbos por ahí. Moveos, chicos. Si no, vamos a estar liados con esta mierda hasta que amanezca.
Volvió a bostezar.
—Tienes sueño, ¿verdad? —preguntó Orsaczek, en tono mordaz—. Ayer empinaste el codo a base de bien. Seguro que hoy haces lo mismo. Buenas noches.
—¿Buenas noches? —repitió Dziewiątka, como con estupor—. ¿Buenas noches? —Se echó a reír repentinamente y dibujó un amplio círculo con la mano—. Estas montañas, estos precipicios, todo esto... Aquí no puede uno ni dormir tranquilo. Todas las noches sueño que voy a tumba abierta. Sueño con mi chasis hecho añicos y con vuestras estúpidas jetas encima de mí. Cuando me despierto temprano, estoy bañado en sudor como un ratón colorado. Y no hago más que darle vueltas: ¿cuándo acabaré pegándomela? ¿Cómo me la pegaré? ¿Qué pinta tendré después? —Enrabietado, dio una patada a una piedra helada y aulló de dolor; el pie le había rebotado como un martillo que golpea contra un raíl—. Antes no dormía así —dijo—. Dormía como una piedra, como un oso. Podías disparar justo encima de mi cabeza o tirarte a una virgen atada con un cable en mi propia cama. Aquí tengo unos sueños terroríficos. Aquí el diablo es el único que puede dormir tranquilo. El único. —Se sacudió la nieve del pelo moreno e hirsuto y con un gesto histriónico se inclinó sobre el abismo—. Buenas noches —dijo—. Buenas noches, su puta madre. Buenas noches, diablo.
—Era el mejor camión —dijo Orsaczek. Se inclinó un poco más sobre los restos que yacían en el fondo—. El mejor camión.
Se alejaron. Dziewiątka se bajó los pantalones y expuso el trasero impávido al viento helado.
[1]El barranco de las Serpientes.
[2]Varsoviano.
[3] Nueve.
Al camión, que habían dejado hacía una hora en la carretera, se le estaban difuminando los rasgos, como si fuera el rostro abotargado de alguien que lleva una semana con dolor de muelas. En la capota extendida sobre la cabina, la capa de nieve había formado un grueso vellón; al subirse, Warszawiak dio un puñetazo en la lona y la nieve se esparció. El aceite del cárter estaba demasiado espeso y Warszawiak accionaba en vano el estárter; el motor se resistía a ponerse en marcha y la bobina de arranque aullaba con desesperación. Warszawiak pisó un momento el acelerador, después maldijo con furia y le arrojó la manivela a Orsaczek.
—Dale vueltas —masculló. Apoyó la espalda en el asiento y volvió a presionar el pedal con el pie. El parabrisas estaba cubierto de nieve y no podía verle la cara a Orsaczek, que se afanaba con el motor; a través de la nieve y el viento, apenas le llegaban sus maldiciones.
—El embrague —rugió Orsaczek—. ¡Pisa a fondo el embrague!
—¿Crees que no lo sé? Cretino...
Al fin, el motor arrancó. Carraspeando y gimiendo, poco a poco fueron aumentando las revoluciones. Orsaczek tiró la manivela a los pies de Warszawiak y se sentó a su lado. Se enjugó con la manga la frente empapada.
—Abate el parabrisas —dijo Warszawiak—. Está cubierto de nieve.
—¿No podrías rociarlo con alcohol de quemar?
—Dziewiątka y ese otro se lo han bebido. Han manipulado a propósito una máscara antigás; pasan el alcohol por el filtro y le añaden zumo. Abátelo, te digo. Si nos rompemos la crisma, que por lo menos sepamos contra qué.
Accionó despacio la palanca de cambios. Se le resistió y, solo con el camión ya en movimiento, con mucho cuidado, levantando milímetro a milímetro el pedal del embrague para no quemar el disco, consiguió a duras penas meter segunda. Pisó a fondo el acelerador; ahora el motor trabajaba a pleno rendimiento y todos los engranajes de los diferenciales, de la caja de cambios y del duplicador aullaban de un modo infernal. Cuando pisó de nuevo el embrague, el estruendo cesó; el camión avanzaba ahora deprisa, sofocando el silencio de las montañas con su poderosa voz de bajo.
—El día menos pensado se cae a pedazos —dijo Orsaczek.
—¿Y eso?
—Me encanta oír su voz —dijo Orsaczek—. Los he conducido de muchas clases, pero ningún otro camión suena como el Dżems.[4] Es como si llevara un oso en el motor. Dime una cosa, Warszawiak.
—¿Qué?
—¿Cómo se llaman esos camiones nuevos?
—Todavía no han llegado.
—Hoy llegan. Tendrían que estar antes de que anochezca. Bueno, ¿cómo?
—Latil.
—Latil... —repitió Orsaczek. Sonrió—. ¿Tú qué crees? ¿Andarán bien?
—A saber. Todavía no los he visto.
—Seguro que son rojos.
—Rojos, azules, verdes: ¿qué más da?
—Me gustan los camiones bonitos —dijo Orsaczek con un reproche oculto en la voz. Suspiró—. Mi Dżems parece una fulana de vacaciones —dijo—. Lo remiendo como puedo, pero me da vergüenza conducirlo.
Se calló. Se puso cómodo y observó con los párpados entornados la carretera que iba quedando atrás. Cuando llegaron a un terreno más bajo, ya no veía nada; todo era blancura: el cielo, las montañas, los bosques y la tierra. Y solo cuando empezaron a subir pudieron ver las copas azuladas de los árboles, libres de nieve; se balanceaban, llenas de ruido y de viento. El viento era un obstáculo: saltaba de improviso, les metía la nieve en los ojos y les helaba los dedos hasta tal punto que se quedaban paralizados como dos postes, sin sensibilidad ni precisión; el único capaz de conducir era Warszawiak, sujetando el volante con la rodilla izquierda. Si uno lo miraba de reojo, se le ponía la carne de gallina. La aguja del velocímetro temblaba justo delante del cincuenta. Orsaczek levantó los párpados.
—Cincuenta millas —dijo—. Pasa de ochenta kilómetros. Exactamente, ochenta y cuatro. Tendrás una muerte fácil, Warszawiak. Conduces deprisa.
—Si no fuera por eso, no estaría aquí.
—¿Por qué?
—Me cargué un autobús con pasajeros dentro —explicó Warszawiak, sonriendo—. Fue digno de verse, te lo aseguro. Pisé a fondo el freno, me dio tiempo a saltar, pero el habitáculo y los pasajeros quedaron hechos papilla; cuando los metieron en los ataúdes, parecían lubricante. Después no querían admitirme en ningún sitio. Estuve un tiempo trabajando para un taxista particular. Una vez cogí a una fulana y me fui con ella al campo. La noche, el bosque, la luna y un guardia de tráfico. Corrí todo lo que pude, pero en una curva se me reventó un neumático. Nos estampamos; a mí no me pasó nada, pero los cuerpos estaban tan entremezclados que ni los mismos médicos pudieron distinguir dónde acababa la chica, dónde el coche y dónde el guardia. El jefe me denunció y tuve que venirme para acá, huyendo... —Suspiró; tomó la curva a toda velocidad, con audacia, y después añadió—: Todo por esas malditas prisas al volante. En cuanto tengo a mano un camión y una carretera, no puedo contenerme. Me digo: te has vuelto un piojo. Vives como una ladilla, te mueves como una ladilla, robas como una ladilla, quieres a las ladillas como otra ladilla. Al volante, por lo menos, me siento un hombre... —Le dio una palmada en el hombro a Orsaczek—. Me he ido cargando una tartana tras otra —confesó alegremente.
—¿No lo sientes por los camiones?
Se encogió de hombros.
—Y por mí, ¿quién lo siente? ¿Qué ha sido de mi vida? ¿Qué ha sido de mis años de juventud? Aquí me tienes, lejos de Varsovia, de la gente, de la ciudad. La única fulana que se lava el trasero una vez al mes vive por lo menos a cincuenta kilómetros de aquí y está liada con todos los ferroviarios de la provincia. En estos parajes no hay más que madera, carreteras y lobos.
—Con todo, qué pena de camión —murmuró Orsaczek—. Un camión es algo bonito. Qué pena, te digo.
—Lo que es una pena es la vida.
Se acercaban a una curva; dejaron atrás la primera señal. Warszawiak no levantaba el pie del acelerador. Miraba al frente con unos ojos fríos que jamás reflejaban ni miedo ni rabia. No aminoró la velocidad ni cuando empezaron a desfilar a toda prisa los hitos blancos de piedra. Orsaczek se agarró con las dos manos al asiento y clavó los pies en el salpicadero. Solo duró un segundo; cuando el camión estaba ya en mitad de la curva, Warszawiak levantó ligeramente el pie del acelerador, para después pisarlo bruscamente. Enfilaron de nuevo el camino lanzados, entre el aullido de los diferenciales, pero era como si marcharan sobre raíles: el vehículo no se había desviado ni un milímetro. Después el volante se enderezó y otra vez volaban en línea recta. Orsaczek farfulló:
—¡Cielo santo!
Habían descendido. La nevada era tan espesa que Warszawiak no tuvo más remedio que aflojar. Sacó la cabeza de la cabina y vio a Dziewiątka, parado en medio de la carretera. Puso punto muerto y frenó justo delante de él. Se apearon; Warszawiak se encaramó al tráiler y arrojó al suelo una maraña de cuerdas y cadenas y una caja enorme. Dziewiątka le dio una patada y preguntó:
—¿Has traído la horquilla?
—Se me ha olvidado, ¡maldita sea!
Dziewiątka apoyó un pie en la caja y se miró un momento la punta de la bota. Después aseguró:
—No pienso cargar ese fiambre con las manos desnudas.
—¿No?
—No.
Se miraron. La cólera hervía en los ojos negros de Dziewiątka; los de Warszawiak seguían igual de transparentes, como si fuesen de cristal.
—Como quieras, Dziewiątka —dijo Warszawiak. Le sacaba casi una cabeza a Dziewiątka y necesitaba inclinarse para mirarlo a la cara. Alto y delgado, tenía las manos metidas en los bolsillos y se balanceaba como un péndulo, pasando elegantemente el peso del cuerpo de una pierna a otra—. Como quieras. Pero, si te ocurre algo, no pienso mover un dedo y serás pasto de los lobos.
Se dio la vuelta. Se acercó a la caja y de una patada la empujó hacia abajo; voló con estrépito, levantando nubes de nieve. Después ató la cuerda al vehículo. Comprobó los nudos, forcejeando con todo su peso; cuando la cuerda se tensó tanto que soltó un chirrido, lanzó al fondo el otro extremo.
—Dame los guantes —le dijo a Orsaczek—. Y lubricante, mucho lubricante.
Orsaczek le arrojó desde el camión unos guantes gruesos de conductor. Se los enfundó y empezó a aplicar el espeso lubricante amarillo. Cuando ya había terminado el trabajo y había dejado la lata, Dziewiątka se acercó a él.
—Voy contigo —dijo—. Y ya hablaremos de eso que has dicho.
Colgaban ya sobre el abismo. Warszawiak bajaba el primero; un par de metros por detrás, como una araña gigantesca, Dziewiątka agitaba las piernas.
—¿Dónde quieres que hablemos, Dziewiątka? —gritó Warszawiak.
El eco del valle repitió las últimas palabras.
—¡En el infierno! —gritó Dziewiątka.
—¿Por qué?
—Para nosotros es el mejor sitio.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro.
—¿Por qué hay que ir al infierno?
—¡En el cielo seguro que hay camiones! —gritó Dziewiątka—. Consejos de fábrica. Jefes de personal. Almacenes. Y estas montañas de mierda... Después de todas estas historias, prefiero quedarme lejos de las alturas.
—Ayer vendiste de extranjis diez metros cúbicos. ¿No será por eso por lo que estás hablando del infierno?
—¡La semana pasada tú vendiste más de treinta, hijo mío! ¿Ya se te ha olvidado?
—¡Mejor cierra el pico! Allí arriba se oye todo.
—Ese también roba.
—Hace sus apaños —dijo Warszawiak en tono ofendido.
Dziewiątka no oyó lo último. Bramó desde arriba:
—¿Es que este agujero no termina nunca?
—Ya estamos cerca. Atento, aquí hay una roca que sobresale...
Pisaron tierra firme. Estaban acalorados, tenían el pelo bañado en sudor. Tuvieron que sentarse un momento; el descenso por la cuerda los había dejado baldados. Dziewiątka se las ingenió para sacar de algún sitio un cigarrillo seco y se lo fumaron a medias. Después ataron la caja a la cuerda y la arrastraron por la nieve hasta alcanzar los restos del vehículo.
—Sí —dijo Warszawiak—. Ahí está.
El hombre yacía al lado. Tenía la cara machacada. Con el frío, la sangre se había endurecido y no se le distinguían los ojos ni la boca. Cuando le dieron la vuelta, vieron el cráneo aplastado; las extremidades estaban tan retorcidas que era como si se las hubiesen desmontado para volver a colocárselas después de un modo grotescamente perverso. Parecía una muñeca que hubiera caído en manos de un niño curioso. Apartaron la mirada.
—Vamos a meterlo en salmuera —dijo Dziewiątka—. Venga esa caja.
Warszawiak acercó la caja, quitó la tapa y sacó unos clavos de dentro. Metieron los restos y después clavaron la tapa, martillando los clavos con un pedazo del buje roto. Respiraron aliviados.
—Es una pena —dijo Warszawiak.
—No era malo, las cosas como son.
—Aunque también tenía sus rarezas.
—¡Idiota! Estoy hablando de su Dżems.
—La bomba no iba bien, pero andaba.
—Se le podía haber puesto un refuerzo de fibra, y a correr. Yo he arreglado así la mía, y funciona. Venga, vamos a tirar de él. Si no, no vamos a tener más remedio que hacer el camino de vuelta de noche.
Agarraron la cuerda y empezaron a tirar de la caja. En algunos sitios las piernas se les hundían hasta las rodillas.
—¡La madre que lo trajo! —Dziewiątka resoplaba; tenía los ojos enrojecidos—. Que se lo lleve el diablo...
—Ya se lo ha llevado —gruñó Warszawiak—. Cierra el pico y tira...
Consiguieron moverlo unos cincuenta metros, inclinándose hacia delante y jadeando enronquecidos. De pronto Dziewiątka dijo:
—¡Espera!
Soltó la cuerda y salió disparado hacia el camión. Volvió al rato.
—Listo —dijo—. Vamos.
—¿Qué es lo que has pillado?
—¿Ahí? No hay nada que pillar. Un montón de chatarra y suelas de botas, amigo mío. Solo he cogido a Pawełek.
Mostró lo que llevaba bajo el brazo: un cráneo humano diseccionado brilló de repente. Dziewiątka le dio un papirotazo en la mejilla a la calavera.
—Trae suerte, Warszawiak —aseguró—. Ese siempre viajaba con Pawełek; lo llevaba enganchado con un pasador al guardabarros. Hazme caso, Warszawiak: el amuleto de un accidentado trae buena suerte.
—¿Eso crees?
—Ya te convencerás.
Otra vez andaban echados hacia delante, con el viento de cara. La cuerda se les clavaba en los hombros, la caja se hundía más y más en la nieve. Jadeaban. Dziewiątka miró a Warszawiak de reojo y se echó a reír: iba con la lengua fuera.
—¿Y esos bramidos?
—Es por ti. Cualquiera diría que vas cagando oro.
—¿Y eso a ti qué te importa?
—Nada, a mí no me importa lo más mínimo, querido —dijo Dziewiątka—. Y al que va dentro de la caja tampoco. A lo mejor es la primera vez que monta en trineo desde que era niño. Debería estar contento. ¿No crees?
—Ya me dirás cuando te llevemos a ti.
Dziewiątka se detuvo.
—¡Estás equivocado, amigo! —Levantó la mano con gesto solemne—. Dziewiątka se irá al infierno de una forma honorable —dijo—. ¡Oh, no, hijo! Yo no os daré problemas. Si queda algo de mí, solo serán deudas en las tabernas. Así es como tiene que morir un hombre. ¡Tira!
Orsaczek los observaba desde arriba. Cuando ya tenían bien asegurada la caja, cogió el extremo de la cuerda y, pasándola por un aro metálico, la ató bien fuerte al cable del cabrestante. Puso el motor en marcha y conectó la palanca de tracción. Se asomó al precipicio y observó cómo la caja subía poco a poco, girando en la cuerda. No pudo reprimir una sonrisa cuando se dio cuenta de que era apenas un tramo del último viaje del difunto. Hizo una señal con la mano a Dziewiątka y Warszawiak.
—¡Todo va bien! —gritó.
—¿Qué dice? —preguntó desde abajo Dziewiątka; una vez se llevó un buen golpe en el oído y desde entonces no oía demasiado bien.
—Que todo va bien.
—Hum...
Orsaczek ya había recogido la caja y le había soltado la cuerda. Después ató otra cuerda al tambor de tracción e izó con ella a Warszawiak. Abajo Dziewiątka aguardaba su turno.
—¡Espera! —le dijo Orsaczek a Warszawiak—. Ese se va a enterar.
—¿Qué pretendes hacer?
—Ahora verás.
Arrojó el cable al fondo: Dziewiątka se lo enrolló. Orsaczek puso en marcha el cabestrante y vio cómo el otro —como una araña gigantesca— iba en ascenso. Cuando estaba a mitad de camino, Orsaczek detuvo el motor. Se asomó sobre el precipicio.
—¡Eh, Dziewiątka! —gritó.
—¿Qué pasa?
—¿Cuándo me devuelves los cinco mil?
—Súbeme, cabrón.
Orsaczek encendió el motor y pisó el acelerador; Dziewiątka salió catapultado hacia arriba, disparado por una honda, pero Orsaczek, a los pocos segundos, sin reducir las revoluciones, cambió la posición de la palanca y Dziewiątka se precipitó a toda velocidad hacia el fondo. Entonces, de un tirón violento, Orsaczek detuvo el tambor y Dziewiątka, de nuevo, se quedó allí colgando, inmóvil.
—Déjalo en paz —dijo Warszawiak.
—Que me devuelva la pasta —gruñó Orsaczek—. Tú sabes la falta que me hace ese dinero.
Se inclinó hacia abajo.
—Bueno, ¿qué? ¿Me lo vas a devolver?
—¿Me subes o qué?
—Primero dime cuándo.
—Con la próxima paga.
—¿Palabra de honor?
—¡Súbeme, mala bestia!
—¿Me lo devuelves?
—Sí.
—¿Palabra?
—Palabra de honor.
—Está bien —confirmó Orsaczek con satisfacción. Puso el motor a toda marcha. En un momento Dziewiątka ya estaba arriba.
—Hace tiempo que no visitas un hospital —le dijo a Orsaczek—. Pero vas a tener la ocasión.
Cargaron la caja en el vehículo de Orsaczek y la amarraron al chasis con unas cuerdas. Entonces Warszawiak sacó una botella de debajo del asiento y se la pasó a Dziewiątka.
—El velatorio es lo primero —dijo Dziewiątka. Señaló con la cabeza a Warszawiak—. A tu salud, muchacho.
De un buen trago vació un cuarto de botella. Suspiró, y los ojos oscuros se le cubrieron de neblina. Chasqueó con deleite la lengua unos instantes, después le devolvió la botella a Warszawiak.
—Adelante —dijo.
Warszawiak bebía despacio. La nuez subía y bajaba rítmicamente en aquel cuello delgado. El líquido estaba muy frío y le raspó la garganta con especial intensidad. Apuraron la botella; Warszawiak ya iba a arrojarla al precipicio, pero Orsaczek se la quitó de las manos.
—Espera.
—¿Te sirve para algo? —dijo Dziewiątka, mirándolo de través—. La puedes vender por dos de diez. Por mil botellas te sacas veinte mil. Mira que eres rácano.
—Tú no te metas... —empezó a decir Orsaczek, pero Warszawiak le interrumpió de improviso:
—¡Silencio! ¿No oís?
Señaló la curva con la mano. Volvieron la cabeza: desde lejos, en el silencio blanco del atardecer invernal, les llegaba, cada vez más fuerte y más claro, el traqueteo sordo de unos motores. Multiplicada por el eco, su voz repercutía en las paredes de los desfiladeros y hasta podía sentirse la vibración del aire enrarecido y el temblor de la tierra. El rumor iba en aumento, y tuvieron la impresión de que se acercaba a ellos un insecto gigantesco.
—Vienen —dijo Warszawiak, estirando su larga nariz y venteando con avidez—. Son los camiones nuevos que estábamos esperando. —De pronto los ojos fríos brillaron con una luz venenosa. Se quitó la gorra y la tiró con rabia al suelo—. Al diablo con ellos —dijo—. Ahora que la mitad de los hombres ya se han partido la crisma.
—Eso es lo de menos, hijo —replicó Dziewiątka. Sonrió—. Lo importante es que hayan llegado. A lo mejor por fin ganamos algo.
—Ojalá —masculló Orsaczek.
—Es lo único que te preocupa, cerdo.
—¿Y qué quieres que me preocupe? Si hay un camión rojo, me lo quedo.
El sonido se iba acercando más y más.
—¿Qué es eso? —dijo Warszawiak. Estiró aún más la nariz—. Me parece que no son nuestros camiones. Los nuestros tendrían que ser diésel, y lo que estoy oyendo claramente es un Dżems.
De repente cesó el ruido. Se hizo el silencio. Intercambiaron miradas de asombro. Esperaron unos instantes, sin animarse a decir nada, pero la calma persistía. En lo alto, sobre el bosque ya oscuro, de un contorno impreciso en esos momentos, sopló el viento, y todo cuanto había entre el cielo y la tierra se convirtió de improviso en un murmullo: un murmullo que no podía atravesar ningún otro sonido. El Wężowy Jar se llenó de oscuridad; ya no se veían los restos del camión ni los árboles destrozados. Una luna afilada flotaba entre las nubes gélidas. La tierra se había compactado; de pronto, los vientos levantaron el vuelo y se lanzaron por los senderos de las estrellas.
—¿Qué demonios ha pasado? —estalló de repente Dziewiątka—. ¿Se han evaporado o qué?
—A lo mejor se han desviado... —dijo Orsaczek.
—Como no sea hacia el cielo... En cinco kilómetros no hay ningún camino. Ha tenido que pasar algo.
Warszawiak se subió a su camión.
—Montad —gruñó—. Vamos a acercarnos, no está lejos.
Se subieron en marcha. Warszawiak volaba cuesta abajo como un huracán; no levantaba el pie del acelerador ni para cambiar de marcha. Cada vez que tomaban una curva, los diferenciales se ponían a aullar. Warszawiak maldecía; Dziewiątka, sentado en el estribo, se acurrucó como un gato. Encendieron los faros; si subían una cuesta, la luz se perdía entre las estrellas. Después enfilaron una larga bajada y entonces todos vieron un vehículo parado en el fondo; tenía levantado el capó y un hombre hurgaba en el motor.
—Un Dżems —dijo Warszawiak.
Se acercaron al camión. Warszawiak frenó con tal brusquedad que Dziewiątka por poco no se fue de cabeza a la nieve. Corrieron hasta el conductor.
—¿Qué ha pasado? —farfulló Warszawiak.
El conductor se incorporó sobre el motor.
—Ahora ya nada —dijo. Bajó el capó y saltó al suelo—. Se habían atascado unas boquillas. Puedo seguir.
—¿Adónde va?
—A la base de Drzewo.[5]
—Ahí es donde estamos nosotros —dijo Warszawiak—. Se va a quedar de piedra cuando vea la base.
—¿Y dónde están los camiones nuevos? —preguntó Dziewiątka.
El conductor se quedó callado un momento. No le veían la cara. Las sombras y la niebla se habían vuelto tan espesas que todos parecían flotar en una gigantesca sopa de leche oscura.
De repente Orsaczek se sintió muy agobiado y estiró la cabeza hacia lo alto; desde allí, desde el fondo del valle, no se veían las estrellas. Solo el viento era el mismo de antes y seguía azotándoles con furia las mejillas calientes.
—No va a haber camiones nuevos —dijo el conductor.
[4]Transcripción polaca del nombre «James»; se trata del camión GMC CCKW, fabricado por la compañía estadounidense General Motors para uso militar, conocido popularmente como «Jimmy».
[5]Literalmente, «árbol» (y también, informalmente, «madera»); en la novela es el nombre de la compañía maderera para la que trabajan los personajes.
Warszawiak miró a Dziewiątka y le pareció, a pesar de la niebla y de la oscuridad, que su rostro se había vuelto más sombrío. Dziewiątka bajó la cabeza y se inclinó hacia delante, como si quisiera echarse encima del conductor que les había traído la noticia. El único que no se movía era Orsaczek, que se había quedado boquiabierto.
—¿A qué demonios has venido aquí? —acertó a decir por fin Dziewiątka.
Tragó saliva. Dio un paso en dirección al recién llegado.
—A transportar madera —dijo el conductor.
—¿Madera? Madera... ¿Y te has traído el ataúd?
El conductor señaló los bosques con la mano.
—Si pasa algo, no van a faltar tablas.
—Madera —volvió a repetir Dziewiątka—. Madera... —Saltó de repente sobre el conductor y lo zarandeó de los hombros—. ¡Ven! —gruñó—. Voy a enseñarte tu madera...
Tiró de él con todas sus fuerzas y lo llevó casi hasta el camión de Orsaczek. Dziewiątka, ágil como un mono, subió de un salto y de una patada arrojó la caja, que cayó a los pies del conductor.
—Ahí tienes tu madera —dijo con voz silbante—. Otro que también se pensaba que es posible transportar troncos largos en estos armatostes. Ya no piensa lo mismo. Que te sirva de ejemplo. Y lárgate de aquí, ahora que todavía tienes todos los huesos en su sitio.
Se calló. Los ojos le brillaban de un modo salvaje.
—¿Cuándo ha sido? —preguntó el conductor.
—Hace dos días. En estos dos días lo hemos estado buscando como locos. Es un milagro que los lobos no lo hayan despedazado en este tiempo. La semana pasada se estrelló un tipo de la base vecina. Todos nos pusimos a buscarlo y, cuando por fin dimos con él, no sabíamos cómo meterlo en el ataúd porque se lo habían zampado casi entero. En el juicio final se va a presentar sin el pajarito. ¿Es eso lo que quieres?
Le dio un ligero empujón y se acercó a Warszawiak; Warszawiak notó en la cara su aliento cálido, cargado de vodka y tabaco.
—Vamos —dijo Dziewiątka. Se acomodó en el camión—. Que Orsaczek lo lleve a la ciudad. Y este —señaló con la mano al conductor— se puede ir al diablo con la madera. Mañana temprano recogemos los bártulos y adiós. Ya estoy harto de estas montañas.
—Tenéis que quedaros —dijo el conductor.
—¿Tenemos? —dijo Warszawiak, alargando las sílabas. Miró a la cara al desconocido—. ¿Tú quién eres, amigo? Ni siquiera te he visto la jeta, ¿y me dices que tengo que quedarme aquí? ¿Quién lo manda? ¿Tú?
—Sí, yo.
—¿Y quién eres tú? ¿La mierda del santo padre?
—Cierra el pico —dijo el desconocido—. Si prefieres, te lo cierro yo. —Agarró a Warszawiak por la muñeca; y en solo un segundo Warszawiak se vio sentado en el estribo de su camión—. Me han mandado aquí para unirme a vosotros y echaros una mano. Tenemos que transportar la madera en estos armatostes hasta que lleguen los camiones nuevos.
—¿Quién te manda?
—El partido.
—Ajá —dijo Dziewiątka—. Te ha enviado el partido. Muy bien. Pero la madera no puede llevarla el partido. La madera hay que llevarla en camiones. Camiones buenos. Que vengan aquí los que te han mandado venir y que lleven la madera a la espalda. Sería lo mejor.
Después de unos momentos de rabia todos se callaron de repente. Warszawiak se masajeaba la muñeca dolorida. Orsaczek volvió a cargar la caja en el camión. Warszawiak se levantó pesadamente y se subió a su vehículo.
—De acuerdo —le dijo al nuevo conductor—. Ahora vamos a la base. Orsaczek se lleva el fiambre y vuelve después. ¿Conoces el camino?
—No —dijo el desconocido.
—No pasa nada. Guíate por mi piloto trasero. Pégate a mí y no enciendas los faros; se reflejan en la nieve, y después los ojos duelen de tal manera que no hay quien se oriente. Yo me sé el camino de memoria. Te llevaré hasta allí. Ahora voy a encender las luces, será solo un momento: tengo que dar la vuelta.
El conductor desconocido se retiró. Warszawiak prendió los faros y empezó a maniobrar. La nieve iluminada se deshacía como si fuera oro.
—¿Por qué le has dicho que no encienda las luces? —preguntó Dziewiątka.
Warszawiak no le respondió. Miraba al frente con los ojos muy abiertos y parecía como si la larga nariz se le hubiera afilado de pronto. Solo cuando se pusieron en marcha dijo en voz baja:
—Por culpa de un tipo como este me vi obligado a largarme de Varsovia. Tenían que venir los camiones y nos han mandado a un comisario político. Yo me lo cargo.
—¿Qué dices?
—Me lo cargo —repitió Warszawiak en voz baja—. Si se niega a volverse, se quedará aquí para siempre. —Inclinó la cara hacia Dziewiątka—. No me gustan los listillos, ¿comprendes? He conocido a otros, aunque no eran tan fuertes, y al final les pasaban cosas muy graciosas. —Se volvió un momento hacia atrás; vio el otro camión que corría tras él—. Viene —dijo—. Viene siguiendo mi luz.
—Ten cuidado, hijo —dijo Dziewiątka en tono benévolo. Tenía los ojos cerrados y parecía entregado a sus sueños—. Ten cuidado de no ir a parar a ese sitio del que vengo yo.
Warszawiak rio en silencio. Llevó la mano a la palanca del faro y lo giró, dirigiéndolo hacia atrás.
—Llevamos cuatro meses esperando esos camiones nuevos —dijo en voz baja—. Durante cuatro meses, he estado saliendo todas las mañanas sin saber si volvería después a encontrarme con vosotros. Antes de cada curva me despedía de la vida. ¿De qué puede estar seguro un hombre si viaja en un ataúd? Del propio ataúd. He estado una hora callado, sin decir una palabra. Ahora ya estoy harto. Nos han engañado, ya está bien. Todos hemos estado esperando, y pensábamos: a lo mejor la cosa mejora, a lo mejor gano más. En vez de todo eso, nos han mandado a un soplón. Reza por él.
Poco a poco fue pisando el pedal del acelerador; la tierra gemía. Con una sonrisa, aferró el volante con los dedos; la vibración del vehículo atravesaba ahora todo su cuerpo. Puso la mano en el interruptor de los faros delanteros y por un momento desgarró la oscuridad, para volver después a hundirse en ella, sin dejar de aumentar la velocidad. Dziewiątka miró la aguja del velocímetro, que no paraba de moverse.
—Cuarenta millas —dijo.
Warszawiak callaba. Escrutaba la oscuridad con la atención de un búho. El viento los azotaba de costado y la capota empezó a redoblar como un tambor.
—Cuarenta y cinco —dijo Dziewiątka.
—Un poco más —respondió Warszawiak. Pisó a fondo el pedal y, al notar la resistencia, tiró ligeramente del mando del estárter. Ya no oían ni el viento ni el camión que venía detrás. Todo lo ahogaba la poderosa voz grave del motor.
—Échale un vistazo —dijo Warszawiak.
Dziewiątka se asomó.
—Nos sigue —constató. Miró de nuevo el velocímetro; en ese momento estaban bajando una cuesta—. Cincuenta —dijo—. Cincuenta millas, hijo. Y en plena oscuridad. Una oscuridad de mil demonios. Si logras vivir un poco más, te convertirás en un gran hombre. Hasta podrías divertirte con la política. Tú vales para esas cosas. Yo lo haría de otra manera, mira. —Le enseñó a Warszawiak una hoja de afeitar con un mango de plomo—. Pero más vale así —admitió. Se quedó callado, y poco después murmuró—: Cincuenta y cinco.
—Perfecto —dijo Warszawiak. Volvió a sonreír—. Venga, agárrate bien al asiento, Dziewiątka. Se acerca una curva.
Dziewiątka silbó.
—¿Ahora?
—¿Te da pena?
—Con tal de que tú puedas pasar...
—Ese desde atrás no ve nada. Aquí no hay indicadores. Va siguiendo mi luz como una polilla.
Estaban entrando ya en la curva; Dziewiątka notó un calor repentino. Los hitos blancos a ambos lados de la carretera pasaron volando a una velocidad demencial, fundiéndose en una sola línea. Warszawiak le gritó a Dziewiątka:
—¡Luz!
Dziewiątka trasteó apresuradamente en el salpicadero y encendió el contacto. El conductor del vehículo que los seguía se quedó súbitamente deslumbrado por el potente haz de luz y el resplandor le taladró el cráneo con un dolor salvaje.
—¡Gas! —se gritó a sí mismo a pleno pulmón. En un movimiento desesperado pisó a fondo el pedal. Trazó la curva con las ruedas del lado derecho al borde del abismo, la nieve de la cuneta se alzó por los aires como un surtidor furioso. Se aferró al volante y con todo el peso de su cuerpo lo empujó hacia la izquierda; en ese momento luchaba contra cinco toneladas. Al cabo de un momento, avanzaba ya en línea recta; lo único que sentía era un frío penetrante: el viento, que soplaba de costado, le helaba el sudor en la frente. Se mordió los labios.
Dziewiątka asomó la cabeza de la cabina y miró hacia atrás.
—Nos sigue —dijo—. Se guía con sus propios faros. ¿Tienes alguna otra cosa para él?
—Apaga las luces —dijo Warszawiak—. Y no te preocupes.
—Muy bien, hijo —dijo Dziewiątka. Encendió un cigarrillo, y las manos le temblaban de la emoción—. La próxima curva la tienes como en un par de kilómetros.
—Pero son sus dos últimos kilómetros. Si viviera eternamente, eternamente los recordaría.
Dziewiątka rió fugazmente: sonó como un ladrido. El viento seguía soplando de lado y, cuando volvieron a contar con la protección de las montañas y ya solo los motores rompían el silencio, dijo:
—No les tienes mucho cariño, ¿verdad?
—No me gusta que me traten como a un idiota. Soy más listo que él.
—¿Eso crees?
—Ya me dirás si estoy o no en lo cierto.
Dziewiątka lo miró de reojo.
—¿Cuántos años tienes, Warszawiak?
—Veinticinco.
—Soy quince años mayor que tú —dijo Dziewiątka—, pero empiezas a gustarme cada vez más. Antes los que eran como tú vivían poco tiempo, pero con intensidad. Ahora es demasiado tarde. La gente deja pasar de largo su auténtica salvación, y eso es lo más triste de todo. Cuidado, una curva... —Se volvió hacia atrás, después dijo—: No hay nada que hacer, se mantiene alejado. Con los faros no vas a pillarlo.
—Voy a hacerlo de otra manera —murmuró.
Poco a poco fue frenando hasta detenerse en mitad de la curva.
Metió la marcha atrás y esperó a que llegara el otro.
—Voy a embestirlo yendo para atrás —explicó—. Ahora se nos va a echar encima; tú agárrate bien con las piernas. O mejor baja, Dziewiątka. Yo ya saltaré, en caso de que sea necesario.
—Mirar es gratis. Me quedo.
Aguardaron un momento con las luces apagadas. No se oía el viento, tampoco el otro camión; envueltos en el silencio y la oscuridad, se encontraban en pleno corazón de la noche. El desconocido seguía sin acercarse. Warszawiak saltó de la cabina.
