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Amanece en las tres mil viviendas, Sevilla, uno de los suburbios más peligrosos de Europa. De la iglesia evangélica, acordonada por los antidisturbios, salen los operarios del anatómico forense empujando una camilla con el cuerpo torturado y mutilado de una joven. La inspectora Perpetua Carrizo, a cargo de la investigación (y responsable de otra búsqueda, a vida o muerte, que no figura en ningún registro), se adentra en el barrio, ante el gesto preocupado de sus compañeros. Set Santiago, un abogado que tras cumplir cinco años de prisión sobrevive gracias al turno de oficio y efectuando cobros para un prestamista, debe ocuparse de la defensa del presunto asesino enfrentándose a Sacramento, la abogada que ejerce la Acusación Particular. Una brillante mirada escénica y un conjunto de personajes de gran potencia narrativa completan un engranaje endiablado que se mueve entre Sevilla y Ciudad Juárez, y tiene como trasfondo décadas de feminicidios sin resolver, talleres clandestinos, supermercados de la droga y mucha ambigüedad moral. A la sombra del "muló", el espectro de los gitanos, que vuelve a la vida para resolver cuentas pendientes. Juan Ramón Biedma, autor reconocido con los principales galardones de novela negra, ha ganado el XXI Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones con "El sonido de tu cabello", la más policíaca y fatalmente romántica de sus narraciones. «Elegante a la hora de mostrar la perversidad del mundo. Cuando uno lee a Biedma sabe que está ante otra cosa.» Carlos Augusto Casas, PÚBLICO «En cuanto vio al hombre más allá de la barrera del motel supo que la estaba esperando; intentó adivinar si daba buena o mala sombra, su vieja maña para detectar a los desconocidos poco fiables, pero el sol se quitó de en medio cuando más lo necesitaba, así que siguió su camino y, ya en la calle, se dejó mirar largamente mientras se dirigía a la parada del autobús, también ella sin sombra, perdiéndose en la tarde del desierto .»
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Seitenzahl: 590
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Juan Ramón Biedma
El sonido de tu cabello
El XXI Premio de Novela Fernando Quiñones está patrocinado por la Fundación Unicaja.
Un jurado formado por Guillermo Busutil, Mercedes Monmany, Manuel Alberca, Lola Larumbe y Valeria Ciompi otorgó a El sonido de tu cabello el XXI Premio de Novela Fernando Quiñones.
Capítulo cero
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Anexo 1
Anexo 2
Agradecimientos
Créditos
Sos vos la que te fuiste.Tuyo es el silencio, la ausencia, el sol sin otra lumbre que aquel poema,la noche en todas partes.
Guillermo Orsi
Ciudad Juárez, 2015
Embrujecida.
Así la señalaba su padre en el pueblo cada vez que asombraba a todos con alguna de sus predicciones. Hacía mucho que no recordaba esa palabra, del mismo modo que intentaba no pensar en sus padres ni en nada relacionado con España, que ahora era ese otro lado al que nunca vuelves más que en los ataúdes de plomo que sólo pueden pagarse los ricos.
En cuanto vio al hombre más allá de la barrera del motel supo que la estaba esperando; intentó adivinar si daba buena o mala sombra, su vieja maña para detectar a los desconocidos poco fiables, pero el sol se quitó de en medio cuando más lo necesitaba, así que siguió su camino y, ya en la calle, se dejó mirar largamente mientras se dirigía a la parada del autobús, también ella sin sombra, perdiéndose en la tarde del desierto.
Su turno de camarera —lo que en su país sería una limpiadora aunque estaría remunerado con un salario tan ridículo como en éste— terminaba a las ocho de la tarde, pero rara vez pisaba la calle antes de las nueve, y aun así el anormal de su jefe le recordaba un día sí y otro también que debía estar agradecida porque la dejaran desempeñar el trabajo de dos personas y media.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que aquel individuo caminaba a su lado, algo más en comprender que llevaba esperándolo desde los once o doce años, quizás antes.
—¿La señora Edelmira?
—Sí.
—Trabaja usted en el Motel Espejismo, ¿verdad?
Las miles de muertas de Ciudad Juárez cayeron sobre ella, devolviéndole todo el miedo que intentaba mantener a raya cada día, ocultándola a la vista de los pocos transeúntes que circulaban por aquella parte del desierto donde ya se veía enterrada para siempre bajo el polvo ocre y blanquecino, con alguno de aquellos matojos rodantes que allí llamaban voladoras como única cruz.
—No voy a hacerle daño —intenta retenerla con voz insegura.
—¿Qué desea? —Se detiene porque detecta que el hombre tampoco es mexicano y al momento ya no sabe si aquello es mejor o peor.
—Hablar un momento con usted —inquieto—. Querría hacerle un encargo.
—...
—Pero no se pare, por favor —mirando una y otra vez hacia atrás—, ¿puedo invitarla a tomar algo? La licorería de la gasolinera todavía está abierta.
—...
—Me gustaría encargarle un... trabajo.
Hay años en los que cualquier cambio, incluso a peor, es bienvenido. Quizás, preferiblemente, si es a peor.
Arranca a caminar detrás de él.
Un cincuentón calvo de barba cerrada y ropa oscura que oscila entre el ensimismamiento y las miradas suspicaces en derredor.
El infierno de arena sólo se interrumpe en aquella zona por el motel en el que trabaja, la estación de servicio y la parada de la rutera que toma cada día para volver a casa. No llegan a tres millas las que la separan de Juárez, pero cada día tiene la impresión de que puede sumarse a la lista de las miles de mujeres violadas, torturadas, asesinadas y desaparecidas en aquella zona sin que nadie mueva un dedo en su favor.
A partir de las diez de la noche, la licorería sólo sirve a los clientes a través de una ventana enrejada, pero a esta hora aún pueden entrar en el interior, música aceitosa de Marco Antonio Solis, un trillón de botellas decorando las paredes, expendedoras de emparedados y quincalla regional, ni un solo cliente.
El hombre le señala la mesa más esquinada y se dirige a la barra.
Por un momento ella está a punto de aprovechar la distancia para marcharse a toda prisa pero cede al hábito de sentarse obedientemente.
La música le recuerda las circunstancias en las que conoció a su marido, uno de los operarios que acompañaban a Alejandro Fernández cuando ofreció un recital en su pueblo. Lo conoció en un karaoke, le agradó su acento mexicano, le dijo que cantaba mejor que su jefe cuando se subió al pequeño escenario. Pasaron tres días juntos en el hotel que le pagaba la promotora del concierto.
No pierde de vista al hombre, que rehúsa una y otra vez las ofertas del mesero sin dejar de vigilar la puerta.
De tarde en tarde, se detiene algún vehículo para repostar en la estación de servicio y no entiende de dónde procede esa sensación amenazante que percibe en todos y cada uno de ellos.
El hombre vuelve con dos cervezas y las coloca en el extremo más alejado de la mesa, fuera de su alcance, como si nunca hubieran estado destinadas a ser consumidas. Después respira profundo examinando a fondo el servilletero. Trae legañas de llanto reciente, la frente —y seguro que las manos— cubiertas de sudor y un tic en el labio que hubiera resultado gracioso en una persona y un mundo completamente distintos.
—¿De dónde eres? —El hombre tiene una voz aflautada, casi femenina.
—De Avilés, Asturias. ¿Y usted?
—De Sevilla —cabecea—. De Sevilla —casi sorprendido—. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando en el motel?
—Casi un año.
El hombre no se decide a entrar en materia y a ella empieza a pesarle más la curiosidad que la prisa.
—¿Qué edad tienes? —Y rápidamente—. Bueno, eso da igual. ¿Sabes cuál es la habitación 105?
—Claro —Edelmira poniéndose en lo peor—. Mire, yo no sé qué es lo que quiere pero mi marido me está esperando.
—Terminamos enseguida, no te preocupes. Esa habitación está ocupada siempre por la misma persona.
—Sí, un hombre. Pero no lo he visto en mi vida, así que...
—Lo esperaba. Da igual. Tú arreglas el cuarto de ese hombre, ¿verdad? —Entre miradas nerviosas hacia la puerta.
—Creo que será mejor que me vaya. —Recoge el móvil que había colocado entre los dos a modo de defensa; no está dispuesta a jugarse su asqueroso puesto de trabajo por robar a uno de los huéspedes.
—¿Cómo ha dicho?
—Tres cabellos —algo más calmado después de decirlo.
—Tres pelos. –El asombro no apaga una remota decepción porque la encomienda no tenga nada de delictivo o sexual.
—Sí, es muy fácil. Ponlos aquí, por favor. –Le entrega un pañuelo negro de seda.
Edelmira vuelve a dejar el móvil sobre la mesa.
Tiene treinta y siete años, aparenta cuarenta y ocho, era viuda desde los veintinueve, volvió a casarse de nuevo hace cuatro y se arrepintió de hacerlo dos días después de la boda.
Alarga el brazo, toma uno de los vasos y bebe de un trago casi la mitad de la cerveza.
Intenta recordar lo poco que sabe sobre hechizos y magia negra, sobre amarres y dolorosísimas muertes a distancia, pero en vez de aclarar la situación termina aún más aturdida.
—Toma —el desconocido extrae del bolsillo interior de la cazadora un sobre y lo deja en la mesa.
Ella lo abre como si contuviera una dosis letal de esporas de ántrax pero sólo descubre un tochillo de billetes de doscientos pesos.
—Los billetes están cortados por la mitad —divertida—, como en las películas.
—Guárdalos —no deja de vigilar la puerta—. Pasado mañana te daré las otras mitades. Nos vemos a esta misma hora —consultó el reloj—. A las nueve y cuarto. En la central camionera. En la sala de espera.
—...
—La central camionera es como llaman aquí a la estación de autobuses.
—Ya lo sé.
—Ya... —se disculpa.
—Todo esto es una locura...
—... pero todo esto es verdad. Esas fueron las últimas palabras de Tolstoi antes de morir.
—¿Perdón?
—León Tolstoi. Todo esto es una locura, pero todo esto es verdad —le sostuvo la mirada un segundo y luego quitó importancia a sus palabras con un gesto.
—Tres pelos.
—Es importante que estén en buen estado; ten en cuenta que hay que hacer cuatro nudos en cada uno de ellos.
—Chamaquita, estoy hasta el ojete de hacer cuentas y no vas a poder matricularte en el pinche curso de alfarería —su marido le enseña una minúscula suma garabateada en la portada del diario. Como todo saludo.
—Me lo prometiste.
—¿Que no ves el chingo de números que llevo echados? —Vuelve a enseñarle el Diario de Juárez como prueba incontrovertible—. ¿Te has vuelto pendeja de tanto pasar el trapeador por los suelos del motel? ¿No puedes dejarme tranquilo, tienes que venirme todos los días, todos los días, con esa mamada? ¿Es que no tengo bastante con estar hecho un mandilón aquí, sin cobrar un peso, por culpa del puto del promotor? ¿De cuál fumaste, güey? ¿Te pones o no te pones las pilas, nepa?
Podía seguir durante horas con su retahíla.
Al menos no le había preguntado por la razón de su retraso.
Edelmira se queda inmóvil en la entrada de la salita, el sobre con los billetes cortados escondido en lo más profundo del bolso.
Televisa Juárez resuena a un volumen algo más alto de la cuenta en el televisor y, poco a poco, su marido vuelve a concentrarse en la pantalla como si quisiera aprenderse de memoria las novedades del día; le obsesionan las noticias, se pasa el día desnudo en el sillón escudriñando las transformaciones del resto del mundo; cuando llegaban los fríos se cubría con un chándal viejo, ése era el único signo de que los años pasaban por allí.
Al día siguiente Edelmira elige con mucho cuidado el momento de arreglar la habitación 105. Introduce los utensilios de limpieza y, en contra de su costumbre, cierra la puerta detrás de ella; había dejado lejos el carrito de las sábanas y toallas para que nadie pudiera localizarla.
Se sienta en la cama y mira por primera vez la habitación, da igual que hubiera estado allí un millón de veces antes.
A través de la puerta abierta del baño puede ver el cordel que el hombre ha colocado sobre la bañera para tender la ropa: dos calzoncillos y una camiseta agujereada.
Siempre había pensado que se trataba de poco más que un mendigo, al fin y al cabo el Motel Espejismo, además de escala para gente de paso y madriguera de parejas que necesitaran coger lejos de la ciudad, era poco más que un refugio de jubilados y vagabundos, desgraciadas que habían venido a trabajar en la maquila o incautos que querían dar el salto más allá de la frontera. Los desharrapados de cualquier origen estaban allí como en su asquerosa casa, lo único extraño en él era no habérselo cruzado en todo este tiempo.
Pero hasta ahora no había reparado en la carencia absoluta de cualquier rasgo de identidad que se apreciara en su cuarto. Nada de fotos, libros, revistas o cualquier otro objeto personal a la vista.
No puede imaginar la razón por la que el hombre que le había hecho el encargo quisiera acabar con aquel desgraciado, pero no duda que la función de los cabellos era asesinarlo a través de algún tipo de maleficio.
Se levanta impulsivamente y abre a tirones los tres cajones del escritorio. Nada. Ni un solo objeto identificativo. Sólo el olor ácido de la madera desnuda.
Después abre la puerta corredera del armario; de la percha cuelgan dos camisas baratas, unos vaqueros y un jersey arrugado. Rebusca en los bolsillos. Da la impresión de que aquel hombre llevaba consigo sus escasas posesiones o que no tenía nada ni era nadie. Dentro del ropero, abajo a la izquierda, hay una cajonera tan desangelada como todo lo demás; se agacha junto a ella: primer cajón, segundo cajón.
Tercer cajón.
Allí están, dejados de cualquier manera, como si al ocupante de la habitación le trajera sin cuidado quién pudiera encontrarlos ni las consecuencias de que los encontrara, siete mechones de cabello unidos por cinta adhesiva transparente, cabellos de distintos colores, texturas y dimensiones, probablemente de mujer.
Unos pasos repican en el exterior. No tienen prisa. Pasan de largo.
Tiene la seguridad de que todas las dueñas de aquellos mechones están muertas.
Un lametón de sudor frío le acaricia la columna vertebral.
Vuelve a la cama lentamente y se sienta de nuevo.
Éste el momento de las películas en el que está a punto de regresar el asesino y el espectador le grita telepáticamente a la víctima: vete de ahí, vete de ahí.
Por primera vez desde que aquel extraño le hizo la proposición siente miedo por sí misma. Pero también está fascinada por la situación. Hay veces en que cualquier cambio es bienvenido, aunque sea a peor, sobre todo si es a peor, se repite.
Recuerda a su marido, descartando el curso de alfarería, lo único que había pedido para ella desde que se habían casado.
A las dos semanas de vivir en Juárez, dos sujetos la tomaron como rehén junto a otros tres clientes y a la dueña de una tortillería en la que acababa de entrar. El rapto duró exactamente cincuenta y tres minutos, hasta que la unidad antisecuestros de la fiscalía, agentes enmascarados y vestidos de negro de pies a cabeza, convirtieron el localcito en un infierno de sangre, fuego y tortillas de maíz con sus fusiles de asalto, abatiendo a todos sus ocupantes, a todos, secuestrados y secuestradores, menos a ella. Desde aquel día le parece estar viviendo una especie de cuenta atrás.
Sólo tiene que atravesar la habitación, ni siquiera cuatro metros, para buscar en la regadera tres cabellos del huésped. La tarea más fácil del mundo. Pero no será necesario.
Las tres quince de la madrugada y el cuchicheo de una vieja película en Televisa Juárez sigue llegando desde la salita; a menudo su marido pasa la noche en el sillón para no perderse ni uno solo de los programas, sentado desnudo en el sofá, enmarcado por san Pedro de Jesús Maldonado, el mártir de Chihuahua, al que su madre dedicó un mural con execrables trazos infantiles que ocupa toda una pared.
Ya completamente despierta, Edelmira busca en su bolso el pañuelo de seda negra y se dirige al baño.
Camina de puntillas por el pasillo para no tener que cambiar ni una palabra con él. Nunca imaginó que se pudiera detestar con aquella minuciosa intensidad a otra persona.
Entra en el baño y pasa el pestillo.
Sabe perfectamente que su marido jamás despoja de cabellos su único cepillo, que encontraría allí muchos más de los tres que necesitaba.
En la entrada a la central camionera dos puercos, que es como casi todos llaman a los policías, intentan neutralizar las brasas del desierto pulverizándose agua con unos recipientes de plástico.
Edelmira llega tarde y, aunque localiza enseguida al hombre que había contratado sus servicios —de espaldas, dormido en uno de los asientos metálicos de la sala de espera—, permanece un momento de pie sin acercarse a él.
Sólo había pasado por la central en otra ocasión, cuando llegaron desde el DF, tan aturdida que no reparó en los detalles que ahora descubre, en los santos que colocan los empleados tras las ventanillas de las distintas empresas de camiones que llevan pasajeros a todos los puntos de México, los restaurantitos, las tiendas de baratijas, los kioskos (que en España llaman estancos), los cochecitos de monedas para niños que se activan a ritmo de rancheritas y, anulando todo lo demás, una columna circular repleta de fotos de desaparecidos: hombres y niños de todas las edades, pero sobre todo mujeres jóvenes que nunca regresarán. Fotos en blanco y negro rompiendo el bombardeo de colores estridentes de la estación.
Siente la tentación de permanecer allí de pie eternamente.
Sabe que aquélla es su última oportunidad de hacerse algunas preguntas; las que se haga el resto de su vida no podrán modificar el curso de los acontecimientos.
Pero ya tiene todas las respuestas que necesita.
Lo único que teme en ese momento es que el hombre descubra de alguna forma que los cabellos que va a entregarle no pertenecen al huésped del hotel. Si consigue engañarlo, lo demás no le importa. Ni la muerte atroz a la que estaba segura que condenaría a su marido ni que aquel asesino de mujeres quedara en libertad.
El hombre continúa sin moverse, la cabeza inclinada sobre el hombro izquierdo.
Entonces Edelmira comienza a plantearse que la realidad podía quebrarse por otro de sus extremos.
El vestíbulo se está llenando de los pasajeros que habían llegado unos minutos antes en los últimos autobuses y nadie repara en ella.
Camina despacio hasta colocarse a su lado, no hay nadie más en la fila de asientos y puede sentarse a la distancia justa, ni muy cerca ni muy lejos. Su rostro refleja una calma de siglos. Piensa en que nunca tendrá la otra mitad de los billetes. Tarda unos segundos en reunir el valor para alargar la mano y rozar la suya. Tan fría como esperaba. No le encuentra el pulso en la muñeca.
No puede pensar en nada tan secretamente aterrador como ser asesinado con aquel irrefutable aspecto de muerte natural.
Excepto en el murmullo del televisor resonando esta noche toda la vida a las cuatro de la madrugada.
Aún no ha amanecido enLas Tres Mil Viviendas. Un país dentro de una ciudad. Sevilla queda a unos minutos, a miles de kilómetros de allí.
Como océanos o cordilleras, sus límites naturales están constituidos por la S-30, la carretera de Su Eminencia, el club de golf, las vías del tren o la Ronda del Tamarguillo; un país aislado por superestructuras urbanas tan eficaces como muros de un campo de concentración, inmovilizado en el tiempo —aquí no han llegado el estado constitucional, Europa ni el nuevo siglo— e imbricado en sí mismo bajo indivisibles capas de apatía, incultura, violencia, flamenco, heroína, enfermedad y miseria.
Aún no ha amanecido en Las Tres Mil porque aquí nadie se levanta antes del mediodía, después de una noche entera de trajinar en las actividades a las que vuelve la cara la gente normal. Pero no por eso se respira tranquilidad alguna en Las Vegas, el núcleo incandescente del centro de esa tierra: los alrededores de la Iglesia Evangélica Calvinista de Filadelfia, en la calle Padre José Sebastián Bandarán, boca desdentada del purgatorio, han sido tomados por las fuerzas de ocupación.
Docenas de efectivos de las Unidades de Intervención Policial, los antidisturbios, dotados con todo su equipamiento de combate han afianzado un perímetro de seguridad, reforzados por un buen número de patrulleros de policía local y nacional cuyos agentes pasean achulados y tranquilos bajo el amparo de sus hermanos mayores. Cerca de la entrada de la iglesia han aparcado los de la policía científica y la camioneta de los Grupos de Operaciones Especiales de Seguridad, cuya participación no ha sido necesaria pero que permanecen allí porque en aquella zona nunca se sabe cuándo pueden torcerse los ánimos.
También continúan los controles en las entradas al barrio, operativos de bomberos, camiones de basura, unidades caninas, helicópteros rasantes.
Los edificios derruidos, las montañas de desperdicios y los solares cubiertos de matojos están más seguros que nunca.
La puerta de la iglesia evangélica se abre para que los operarios del anatómico forense salgan con la camilla en la que una bolsa de plástico negro impide ver a la chica morena torturada, violada y estrangulada.
Y en los aparcamientos de enfrente, a punto de comerse su teléfono móvil, la inspectora Perpetua Carrizo apenas les echa un vistazo mientras sigue gritando, ajena a las miradas de sus compañeros.
—... Gladis, me cago en mi puta madre —no es la forma más efectiva de tratar con la cuidadora de su hija. Vuelta a empezar—. Vale, escúchame. Escúchame, no... no, ni vas a preparar ninguna maletita ni vas a llevar a la niña a ningún hospital. Si tiene 37’3, eso no es fiebre ni es nada. Busca el bote de Dalsy en el armario del baño y dale una cucharada cada seis horas. Y dale mucho líquido. Y que no esté muy abrigada. Y nada más. Na-da-más.
—...
—... ¿Te has enterado?
—...
—... Bien, después te llamo. Muchas gracias.
Tú qué coño te vas a enterar de nada, pedazo de cabrona, musita cuando cuelga.
En ese momento se abre el círculo de antidisturbios para dejar salir al furgón camino del anatómico. Le hubiera gustado examinar una última vez a la chica, pero da igual.
Los policías, antes de volver a cerrar el contorno de seguridad, la miran por si quiere cobijarse dentro.
Apenas mide un metro sesenta, pero el pelo rojizo sucio pegado al cráneo, los zapatos sin tacones, las gafas antiguas y el ancho chaquetón azul marino la hacen parecer aún más baja.
Perpetua Carrizo niega con la cabeza, se asegura por el peso de llevar la pistola dentro del bolso en bandolera y tira sola en dirección al corazón del barrio ante el gesto preocupado de sus compañeros.
Son casi las diez de la mañana y aún no ha amanecido en Las Tres Mil.
El piso abre sus puertas a la segunda llamada para recibir a Set Santiago con un olor olvidado a alguno de los potajes que tomaba en su niñez.
—Buenas tardes, ¿es usted familiar de doña Antonia?
—Yo soy una vecina —un poco amedrentada.
—Yo, un abogado.
—Entre.
Lo hace pasar y se escabulle hacia las profundidades de la casa, que, dadas sus dimensiones, están allí mismo.
Set permanece en pie, todo parece limpio y ordenado, lo poco que tienen lo conservan en buen estado pero desde hace mucho tiempo. Mientras conserve el portafolios metalizado en la mano nadie va a recusarlo. Dentro guarda un sobre lacrado con una lasciva cantidad de dinero que deberá entregar a un cliente dentro de unas horas pero apenas lleva veinte euros en la cartera, diez para comer y otros diez para gasolina. Vuelve a decirse que si no fuera por eso no estaría allí, haciéndoles a aquellas pobres ancianas lo que está a punto de hacerles, pero a saber si se dice la verdad.
La hija de su clienta aparece por el pasillo secándose las manos, sesenta años de trabajo duro, sabañones y carbohidratos.
—Usted perdone, estaba arreglando a mi madre para levantarla. Como nos dijo que no vendría hasta mañana...
—Es que estaba por aquí cerca y me he pasado por si tenían preparado lo que les pedí —miente sin esforzarse mucho, no ha hecho otra cosa en la vida.
—No pasa nada —tampoco se esfuerza en demostrar que lo cree—. Si me espera un momentito que termine de levantarla, estamos con usted.
Desaparece casi con una reverencia.
Lo que les pidió fue que cumplimentaran un formulario y que le prepararan cuatrocientos euros. El impreso le serviría a la anciana para cobrar la pensión otorgada por la Ley de Dependencia a las personas que requieren alguna clase de ayuda en el transcurso de su vida diaria, pero había tal acumulación de retrasos para iniciar las percepciones que, como estaba ocurriendo en un buen número de casos, era muy posible que la anciana hubiera fallecido antes de obtener la aprobación; por eso algún que otro abogado como él, además de sus honorarios, solicitaban de sus clientes una provisión especial de fondos, una mordida para el funcionario de turno, para acelerar el proceso. Cuatrocientos euros que irán directamente a su cartera y que no apresurarían ningún trámite pero de cuya efectividad nunca dudaban los ancianos, dada la generalizada podredumbre administrativa que experimentaba el país.
El abogado conoce perfectamente la situación económica de la familia. Hay a la vista un televisor a válvulas, un calentador eléctrico desenchufado a pesar del frío que han traído las primeras horas de noviembre y una fregona remendada con papel adhesivo. No les faltaba de nada. Sobre todo, deudas y noches sin dormir contando hasta el último céntimo para remontar el final de mes. Eso sí, no se apreciaban signos de extrema pobreza, podían prescindir sin grandes problemas de los cuatrocientos euros que va a esquilmarles.
La hija de su clienta asoma por la puerta de uno de los dormitorios y le hace una señal para que pase.
La anciana, ya en su silla de ruedas, lo espera con una gran sonrisa; el formulario y un montoncito de billetes en una esquina de la peinadora.
Set no logra devolverle la sonrisa. Es tan fugaz el recuerdo de su madre que no merece la pena reparar en él.
—¿Todavía anda usted en danza a esta hora? —La abuela finge reñirle componiendo una mueca divertida— ¿Ha comido usted ya?
—No, aún no.
—¿Quiere que le saquemos un platito de chícharos?
Tarda lo que un nudo en la garganta en decir que no.
La calle Manuel Fal Conde sí que sabe de gente fronteriza, en la primera línea de Las Tres Mil Viviendas, clase que intenta ser obrera y se pasa la vida sosteniendo que no todos en el barrio son delincuentes; entre ellos, se comprenden; ante la gente del exterior, comparten con sus vecinos mucho más que el estigma.
La inspectora Perpetua Carrizo se arma de mala hostia para subir las escaleras; tarde se da cuenta de que el ascensor funciona y de que la maceta con geranios del descansillo no está hecha pedazos; por unos pocos metros, está a este lado de la frontera. Ella, a lo suyo.
Abre la puerta un setentón con la camisa a reventar por la barriga que se queda plantado sin pronunciar palabra. Se conocen de sobra.
—¿Está su hija en casa? —La policía tiene una voz con un timbre claro que podría haber sido dulce, pero que desde muy joven produce una sensación completamente opuesta.
—Está enferma.
—¿Qué le pasa?
—Bueno... enferma, no. Más bien lo contrario —no se fía de ella pero decide explicarse porque sabe que no le dejará otra alternativa—. Se está quitando. Lleva dos días sin meterse nada.
—¿Se está desintoxicando ella sola? ¿Aquí?
—Se está portando como una campeona.
—Ya... —mira más allá del anciano—. Tengo que verla.
—Mire, inspectora...
Aparta la panza y cruza rápidamente el piso que es un borrón a su paso hasta encontrar la habitación que busca: sólo puede ser la de la puerta cerrada, como si su ocupante temiera que todos los narcos de Colombia hicieran fila tras ella para ofrecerle sus productos.
Cuando cierra tras de sí, cae en la cuenta de que no recuerda el nombre de la muchacha famélica que la mira en bragas desde la cama sin mover un músculo.
La habitación huele a sudor, orina, pastelitos envasados y, sobre todo, a los residuos de infusión con la que seguramente alguna vecina le ha asegurado que podría vencer los síntomas del síndrome de abstinencia.
—Váyase —tiene voz de vieja; a sus veintisiete años ya hace mucho que cumplió los sesenta—. Ya no salgo de aquí. No sé nada. No quiero más mamoneos.
—Te dije que estuvieras al tanto del Muló, que me llamaras si sabías algo de él —la inspectora le busca las pupilas.
—No sé nada.
—Una polla.
La policía da un paso atrás, aquélla no es la manera.
Abre la ventana para disipar el pestazo del cuarto y se queda allí.
—Esta noche han machacado a una chica —vuelve a intentarlo, ya más tranquila—. Ha tenido que ser él. Y si ha sido él, es que ha estado rulando por el barrio. ¿Por qué no me has avisado?
—Yo llevo dos días sin salir de aquí —inicia un puchero con los ojos crónicamente secos—. No quiero saber nada de todo esto.
—Te puedo dar hasta cincuenta pavos.
—Voy a dejarlo, ¿se entera? —Al fin un rastro de energía—. Voy a quitarme y me voy a ir con mi primo a Logroño, no quiero saber nada de todo esto.
—Los cincuenta no te vendrán mal para el viaje.
—Le estoy diciendo que no sé nada —la resolución apenas le ha durado dos frases y media.
—¿Tienes miedo, verdad? —Le vendría muy bien recordar su nombre.
—No tengo miedo.
—Nadie se va a enterar de lo que me digas. Ya sabes que siempre te he protegido.
—...
Siempre la ha protegido porque antes era muy fácil tratar con ella: bastaba con enseñarle una plata de farlopa y le contaba todo lo que supiera sin hacérselo repetir. Pero si ahora conseguía dejar el consumo, ya no podría controlarla.
Busca en el bolso —mientras está en Las Tres Mil lo lleva abierto en bandolera para poder extraer rápidamente la pistola— una bolsa transparente que contiene una sustancia blanquecina y se la muestra, triste.
La chica cierra los ojos.
Después, con mucho cuidado, la inspectora dibuja una espiral con el polvo sobre el alfeizar de la ventana.
No tiene que esperar mucho a que la chica vuelva a abrir los párpados.
Y entonces la policía sopla y la cocaína se disuelve en el aire hasta formar parte de la sucia mañana.
Vista y no vista.
La chica de la cama se aferra a las sábanas del mismo modo que lo haría si acabara de contemplar que alguien rompía en pedazos la última foto de su madre muerta.
Segundo paso: la policía extrae otro sobre de plástico y se lo tira a la cara a la chica.
Unos segundos para que la operación haga su efecto.
—Mira, ojalá que pudiera dejarte aquí tranquilita con tu mono, pero no tengo otra forma de encontrar al Muló que usar la información que tú me des —algo más de tiempo para que le entre en la cabeza—. No voy a parar hasta que me digas lo que sabes.
—... —esta vez no lo niega y ésa es toda la confirmación que necesita.
—Así que ponte algo y vámonos.
Set llega en autobús hasta la Plaza del Duque para recoger el coche del garaje de El Corte Inglés pero antes se pasa por el McDonald’s de la Campana: al menos un día de la semana se obliga a consumir comida casera.
Se sienta en un taburete y deja la bandeja sobre la mesilla. Prueba la cocacola y tuerce el gesto; ha estado a punto de pedir una cerveza pero al final la ha descartado; una cerveza no es nada pero llama a una segunda y la tercera a una ginebra que a su vez procurará ir acompañada de unas cuantas más; lleva tiempo —no quiere saber cuánto— sin probar una copa, el alcohol le hace recordar.
El móvil vibra en su bolsillo y cuando mira la pantalla lee una sola palabra: Ditero. Deja que se agoten los tonos sin responder y muerde la hamburguesa. Tiene apenas veinte minutos para comer, debe estar antes de una hora en la cárcel de mujeres de Alcalá de Guadaíra y no se fía del tráfico que puede encontrar en la A-92.
Le sabe mal no haber respondido al ditero, a Sebastián Lancha su enfermedad le está dando las últimas señales, detrás de una de estas llamadas no habrá ninguna; además, es el único cliente —o quizás debería llamarlo empleador— que le proporciona ingresos regulares, aunque para ganárselos deba acosar por los peores medios a sus deudores. También es, pero nunca piensa en él en esos términos, lo más parecido a un amigo que tiene; muy en la línea que ha mantenido toda su vida; no hace ni tres años que lo conoce y ya está a punto de perderlo para siempre.
Otra vez la vibración en el bolsillo. El ditero insiste. Esta vez responde.
—... Dime.
—... Deberías dejar el pluriempleo.
—... Si me pagaras comisiones decentes, podría dedicarme en exclusiva a hacerle la vida imposible a tus morosos.
—... Tanta ambición acabará contigo —su tono sufre altibajos pero no hace pensar en el estado terminal del prestamista.
—... Es lo que pasa cuando uno se empeña en llegar a lo más alto.
—... Allá tú —tarda en llenar los pulmones—. Necesito que visites a una entrampada —siempre llama así a sus clientes—, ¿tienes un momento esta tarde?
—... Esta tarde, imposible. Tengo un asunto delicado en Alcalá y no sé cuanto tiempo me llevará. ¿De qué se trata?
—... Mujer divorciada. Cinco mil euros para muebles y electrodomésticos. Tres meses de retraso en las —ahora, la pausa que ya estaba tardando; la pausa del dolor que cada vez le deja menos márgenes; cuando vuelva a hablar le habrá robado casi todas las fuerzas del día—... tres meses de retraso en las cuotas. Primera visita.
—... Mañana iré a verla.
—... Le diré a Laurita que te mande un mensajito con los datos.
—... Muy bien.
—... Otra cosa —siguen descendiendo en decibelios—. Me gustaría que te pasaras por aquí, tengo que hablar contigo.
—... Intentaré encontrar un hueco mañana.
—... No lo dejes.
El resto de la hamburguesa estaba fría y la cocacola sin gas. Volvía a echar de menos una cerveza.
No bebía, había vuelto a dejar de fumar y llevaba demasiado tiempo sin conocer a una mujer; con esa clase de vida no merecía la pena ser un hijo de puta.
Sus veinte minutos se habían acabado.
Recoge el portafolios y deja allí la bandeja sin arrojar las sobras al contenedor de desperdicios; el empleado gordinflón que limpia el suelo lo mira con odio y Set está a punto de cogerlo por una oreja y explicarle que si no se deshacía de los restos de la comida era precisamente para que lesionados cerebrales como él no se quedaran sin su puesto de trabajo, pero se repite que sus veinte minutos habían acabado y sale del local.
Un viejo orina penosamente contra una pared, de vez en cuando cambia impresiones con el muro pero suspende la charla para no perder la concentración.
Es la hora que en el resto del mundo se considera del almuerzo, empiezan a salir a la calle algunos vecinos de Las Tres Mil Viviendas y la inspectora Carrizo empuja a su confidente para que no se detenga: tiene la sensación de estar viviendo una de las viejas películas de la Hammer en la que el protagonista debía completar su misión antes de que se hiciera de noche y despertara el vampiro. Aquella gente comenzaba su jornada mayoritariamente por la tarde, aunque había bloques reconvertidos en supermercados del costo que no dejaban de recibir visitas durante las veinticuatro horas, y quería echarle un ojo al piso del que le había hablado la chica antes de que las calles se llenaran de mensajeros y aguadores dispuestos a cortarle el pescuezo a la policía que había cometido la locura de investigar por el barrio en solitario.
—¿Cómo te llamabas? —Se decide por fin a preguntarle Perpetua.
—Será que cómo me llamo, que todavía no me he muerto.
—Eres muy lista. No te pares.
A pesar de que se trata de una mañana fría de noviembre, cuando quedan a la vista los bloques desocupados, la policía siente cómo se le cubren de sudor las axilas; a ninguno de sus compañeros se le ocurriría entrar en aquellos bloques que la miran desde sus ventanas sin cristales como cuencas vacías a no ser que un batallón les cubriera las espaldas.
Pero si el Muló está realmente en aquella madriguera, el barrio será la menor de sus preocupaciones.
Su guía la conduce a través de un solar en el que se amontona mucho más que basura; son los restos de varias décadas de historia de las casi cincuenta mil personas que viven allí desde que se inauguraron los primeros pisos en 1976, desperdicios que parecen haber emergido del fondo de la tierra por ser demasiado tóxicos para el infierno.
—Podríamos haber dado un rodeo —recrimina a la chica pero ésta se ríe de los escrúpulos de su compañera—. Si llego a saber que me vas a traer por aquí, me busco un biotraje de ésos del ébola.
Va tan atenta a que las legiones de ratas y cucarachas cuyas fortificaciones está invadiendo no se organicen en su contra que apenas se da cuenta de que camina a la par de dos fulanos.
Lo primero es agarrar la pistola dentro del bolso.
El primero lleva un tetrabrik de tinto barato apretado contra el pecho como si portara en romería un escapulario consagrado por el Patriarca de Occidente y el otro lo sigue a dos pasos, mirando fijamente la reliquia y rezando porque su compañero le deje compartir unos sorbos. Ninguno de los dos llamaría la atención en un desfile de leprosos de Nueva Delhi.
Pasan a su lado en dirección a los edificios semiderruidos, deslumbrados por el tibio sol, sin reparar en ellas.
Pronto se pierden en las sombras de los soportales.
Y ellas se paran a unos metros de aquella oscuridad.
La chica, no se sabe en cuál de los dos puños apretados lleva la papela, le ha contado que unos colegas suyos han reventado un piso, que todos creían abandonado, lleno de aparatos de los que han sacado un pastón, aparatos que nadie esperaría encontrar en un sitio así. No, no sabía cuáles. No, no sabía quién vivía allí. No, no sabía cómo lograba entrar y salir sin que nadie lo viera.
El Muló.
Se pone en marcha. Por mucho que la acaricie, el arma no la tranquiliza.
Una interna extremadamente delgada con la cara cubierta de pecas que no había hecho más que mirarle la bragueta de reojo desde que entró le ofreció un café recién hecho y eso fue lo que acabó de decidirle a volver a entrar en la cárcel si los asuntos se le terminaban de torcer. Fin de la mueca cínica. Tanto tiempo desde que había cumplido su condena y aún le costaba bromear con aquello. Set Santiago era de los pocos abogados que podían presumir de conocer una cárcel por fuera y por dentro tras los cinco años que tuvo que cumplir a causa de la muerte de su hija Hungría, pero nadie presumía de algo así.
Ahora estaba sentado en la llamada sala de día del Centro Penitenciario de Mujeres de Alcalá de Guadaíra, una estancia razonablemente acogedora presidida por un televisor de plasma, dos sofás ocupados por cuatro mujeres con los seis sentidos puestos en la telenovela del mediodía y dibujos infantiles sujetos a la pared con cinta adhesiva. Él ocupaba una de las mesas baratas situadas al otro extremo de la habitación, a la espera de su clienta.
Al principio, el atractivo del abogado moreno de cabello blanco las había distraído del poder hipnótico del televisor pero enseguida se había impuesto la telenovela.
La sala forma parte de la Sección Abierta para internas en tercer grado, un módulo residencial anexo a la prisión que se asemeja más a un albergue de vacaciones que a un penal, con sus diez dormitorios distribuidos en dos plantas además del aula, el comedor y un espacioso jardín que rodea al edificio.
La funcionaria que abrió la puerta lo invitó a entrar en cuanto le mostró sus credenciales y le explicó que venía a recoger a su defendida; las medidas de seguridad eran casi inexistentes, pero están ubicados a cinco kilómetros del pueblo y el transporte público no llega hasta allí, así que se encuentran lo bastante aislados para que aquello no le importe a casi nadie.
Luisa Orujo, la mujer a la que espera, sigue sin aparecer un cuarto de hora después de las cuatro; no muestra demasiado interés por marcharse de allí. Ha cumplido siete de los catorce años a los que fue condenada por el homicidio de un hombre durante lo que parecía ser una misa negra y seguramente habría agotado la totalidad de la pena que le impusieron si no fuera porque hace unos meses alguien decidió modificar su suerte. Un cliente anónimo, con mucho cuidado de seguir siéndolo, había contratado a Santiago para que hiciera cuanto considerara necesario para conseguirle el tercer grado y hoy podía disfrutar al fin de su primera tarde libre. A pesar de haber concluido la mitad de la pena, la mujer no había conseguido disfrutar hasta ahora de esta situación de semilibertad, entre otras causas, por no haber abonado la indemnización que fijó el juez en concepto de restitución del daño causado; Set se encargó de que consiguiera el dinero del resarcimiento a través de la donación fingida de un familiar lejano, lo cual dio lugar a un nuevo expediente que necesitó de las correspondientes gestiones y recursos hasta que el Juez de Vigilancia Penitenciaria aprobó el tercer grado.
La reclusa que le había servido el café aprovecha el fervor de sus compañeras por la telenovela para acercársele.
—Te han dado plantón.
—Me vengaré.
—¿Eres el abogado de la nueva? Orujo, creo que se llama. Como el aguardiente.
—¿La conoces?
—Ha llegado esta mañana y no ha parado con el psicólogo, el médico, la asistente social y eso. Apenas he hablado con ella.
—¿Tú no sales?
—Tengo el grado hace un mes pero como no encuentro curro, no me dejan salir más que por las tardes; aquí no llega el autobús y no nos dejan hacer autostop, así que nada —se sienta tímidamente en una de las sillas—. De momento, estoy de apoyo en la guardería.
—Vaya.
—Oye, ¿a ti te importaría acercarme a Sevilla?
—A él no le importaría, porque estás muy buena, pero a mí sí —Luisa Orujo.
Está allí plantada, con los brazos cruzados y su sonrisa de mala leche. Pantalones descoloridos, camiseta de mangas cortas con publicidad de una marca de patatas fritas. Más alta, más deseable, menos difusa que las tres veces que Set Santiago ha charlado con ella a través de un cristal inmundo y una rejilla metálica por la que apenas pasa la voz, como si progresivamente estuviera saliendo de sí misma.
La otra convicta, veterana de muchos patios, sabe que debe evitar cualquier confrontación con esa clase de mujer y se marcha sin pronunciar una palabra.
—Está empezando a llover ahí fuera y hace frío, ¿no tienes una chaqueta? —Set, en su papel.
—No tengo —ocupa el asiento de la otra sin alterar la sonrisa.
—Te puedo dejar en unos almacenes para que te compres algo.
—Bueno.
Pero no parece tener ninguna prisa por salir de allí.
Vale.
Dentro.
En algunos edificios en ruinas de Las Tres Mil, el vecindario, ciego por rapiñar todo lo vendible, ha derribado el primer tramo de escaleras y lo han sustituido por una escala de cuerda que además dificulta la entrada de los extraños, pero por suerte este no es uno de esos casos.
Perpetua retiene a su confidente por el brazo, quiere acostumbrarse a aquella semioscuridad, controlar los sonidos y asegurarse de que no hay nadie al acecho. También puede ser que le haya tendido una trampa, en aquellos agujeros sólo lo peor es factible.
Portales convertidos en letrinas y jeringuillas reutilizadas por el suelo levantado para revender las losetas: allí el barrio alcanza su pobreza más extrema y todo tiene al menos un segundo uso.
—¿Dónde? —Le pregunta, soltándole al fin el brazo.
—En el segundo. Creo.
—¿Hace mucho que tus colegas desvalijaron el piso?
—No son mis colegas.
—¿Cuánto hace de eso?
—Un mes. Una semana. Yo qué sé —la bolsa de polvo blanco a salvo en su mano.
—¿Y no sabes qué encontraron dentro?
—Que no —como una niña.
—Vamos.
Pasan rápidamente por el descansillo del primero sin detenerse a examinar lo que late detrás de aquellos vanos sin marcos ni puertas y cuando llegan a la segunda planta localiza enseguida el piso que busca; aunque a medio sacar de sus goznes, una puerta en buen estado continúa allí; mucha prisa debían tener los que reventaron la casa para no llevársela.
La policía saca la pistola que nunca ha dejado de empuñar dentro del bolso y se coloca detrás de su confidente para usarla como escudo.
Puede ser que esté conchabada con el Muló para tenderle una emboscada.
O puede que haya sido ella quien ha dinamitado las últimas posibilidades de la muchacha de desintoxicarse y salir a flote de aquel estercolero.
En el siguiente parpadeo para librarse del sudor que le cae desde la frente se olvida de su suerte. Lo único que le interesa además de la pista del Muló es evitar caer y pudrirse en aquellos apestosos corredores llenos de pintarrajos donde nadie la encontraría.
Pero el temblor de su confidente cuando la obliga a sortear la puerta colgante y entrar en el piso es probable que se deba a algo más que el síndrome de abstinencia, y más cuando debe encender la linterna para bucear en unas sombras que amenazan con anular por completo su sentido de la orientación.
En general, Las Vegas está plagada de irregularidades en el suministro eléctrico, con una mayoría de viviendas que han cambiado su relación contractual con las compañías por el enganche clandestino al alumbrado público, fraude tolerado y muy preferible al mantenimiento de una red de inspectores que se niegan a trabajar en la zona sin protección policial, pero dentro de los edificios abandonados, simplemente se vive en una oscuridad permanente; aunque Perpetua, recordando lo que se ha robado de allí, extiende la mano hacia un interruptor y la sala queda perfectamente iluminada por una bombilla que cuelga del techo. Hasta ese momento no descubre que su ocupante ha sellado las ventanas con listones de madera y cartones para que la luz no se vea desde el exterior. Algo muy extraño se llevaba a cabo en aquel escondrijo.
—Quédate aquí —le murmura a la chica— y avísame si oyes lo más mínimo, ¿te enteras?
—Sí —parece verdaderamente asustada.
El lugar es tan inmundo como el resto de la manzana pero mantiene un mínimo de habitabilidad que no se encuentra en la mayoría de aquellos agujeros: sobrevive la solería, hay un jergón en una esquina del salón, no han arrancado la taza del retrete y al fondo del piso encuentra una habitación en la que se han visto obligados a forzar la puerta para entrar.
También allí llega la luz a través de una pequeña bombilla.
Sólo una butaca vieja y una mesa con tres patas apoyada a la pared, pero en el suelo encuentra mucha más información de la que esperaba.
Un rectángulo casi libre de suciedad junto a una acumulación de polvo, un cable DVI, un Ethernet y varios conectores más le indican que alguien había instalado allí un ordenador con varios periféricos. También encuentra un cargador que, por la marca y las especificaciones, puede corresponder a un escáner de la policía. Los dispositivos han desaparecido pero los choros que se los han llevado no se han entretenido en llevarse los cables por los que también podrían haber sacado algún euro. Como tampoco se han detenido a arramblar con las puertas; mucho miedo debía despertarles su ocupante para no haber vuelto a por ellas.
Lo más interesante lo han utilizado para alfombrar la habitación: unas cuantas subcarpetas llenas de fotocopias de fichas policiales que los ladrones han arrojado allí tras comprobar que no contenían nada de valor.
Un ordenador, un escáner de las emisoras de urgencia, fichas policiales... alguien ha reproducido una comisaría en aquel cuchitril asqueroso de Las Tres Mil Viviendas.
El Muló.
Escucha un ruido y levanta la pistola intentando controlar la taquicardia.
Llega al salón sin despegarse de las paredes y la chica ha desaparecido.
Tampoco está fuera del piso.
El miedo o las ganas de meterse lo que llevaba en la mano han debido dominarla. La inspectora, antes de volver al interior de la vivienda, piensa un momento en que ni siquiera ha terminado de recordar su nombre.
Debe recoger todas aquellas carpetas aunque sabe que nunca podrá comunicar a sus superiores que existen.
Set aminora la velocidad cuando la A-92 se transforma en la Avenida de Andalucía, la entrada en Sevilla a aquella hora de la tarde empieza a colapsarse por los residentes que regresan a la ciudad después del trabajo.
Durante todo el trayecto desde el centro penitenciario ha estado esperando a que Luisa Orujo comenzara a arponearle con toda clase de preguntas ahora que por fin estaban solos, pero ella se ha limitado a mirar por la ventanilla con una sonrisa que casi nadie se atrevería a denominar como tal; sigue inmersa en su otro viaje interior, ajena y presente, atenta a frecuencias que al abogado le pasan completamente inadvertidas. La habían encarcelado a los veintidós años por el homicidio de uno de los oficiantes de una especie de ritual satánico en el que, según Orujo, no conocía absolutamente a nadie. La policía fue incapaz de identificar a ninguno de los asistentes, nunca se averiguó si pertenecían a una formación organizada o no, ni siquiera si existían verdaderamente.
Aparcar el coche en doble fila con el fin de entregarle el sobre que le habían encomendado para ella y despacharla con un par de advertencias no le parece muy profesional, pero tiene los peores recelos acerca de quienquiera que sea quien lo ha contratado, pretende distanciarse de aquel asunto lo antes posible y ni siquiera se fía de que alguien los vea juntos en una cafetería.
No ha terminado de encontrar la forma de plantearle el tema cuando vibra el móvil en el bolsillo.
De nuevo el ditero.
Han quedado para el día siguiente, no lo llamaría si no fuera algo importante.
—... Dime —sin dejar de conducir, procura ocultar el dispositivo por si se cruza con la Policía Local.
—... —una respiración agitada pero de momento ninguna palabra.
—... ¿Sebastián? —Un lamento contenido seguido de ruidos no determinados, como si se hubiera caído el teléfono.
—... Soy yo, Laura; Sebastián se ha puesto muy nervioso y le ha dado una punzada. Ahora no puede ni hablar.
—... ¿Qué ocurre? —Pregunta Set. Laura, la enfermera y secretaria del prestamista, también muy alterada.
—... Es Valle.
—... ¿Qué le pasa? —Valle, una ex Guardia Civil de casi dos metros, es la cobradora del ditero; cuesta trabajo pensar que le haya pasado algo malo.
—... Nos ha llamado hace unos minutos, alguien estaba entrando en su casa. Ella creía que eran los argentinos. Después se ha cortado la comunicación y no nos coge el teléfono.
A Santiago se le viene a la memoria el favor que le debe a la cobradora, aquel cable tendido sin que nada la obligara a ello.
La secretaria sigue en silencio, los dos saben que en su negocio, si las cosas se tuercen, no pueden recurrir a la policía ni a nadie más que a sí mismos.
Luisa Orujo, como si lo hubiera adivinado todo, lo observa divertida.
—... De acuerdo —contesta al fin Set—. Dile a Sebastián que estoy con una clienta en el coche. Me despido de ella y voy lo antes posible a casa de Valle.
—... Llámanos en cuanto puedas.
Santiago ya ha guardado el móvil y está hundiendo el pie en el pedal. Pero es inútil. La avenida está saturada y sólo unos metros más allá debe frenar en seco ante un semáforo.
—Ya me has oído —a su acompañante—. Lo siento pero debo marcharme urgentemente. Te dejaré en Luis Montoto, frente al hotel Los Lebreros, allí tienes una parada de taxis.
El abogado aprovecha el semáforo para entregarle un abultado sobre tamaño folio que había guardado en la guantera.
—Esto es para ti.
Ella no responde, deja caer el sobre en su regazo y sigue recreándose en el plomo del cielo.
Semáforo verde.
Vuelve a soltar el embrague mientras machaca el acelerador y tiene la impresión de que el Ford Focus de segunda mano cabecea por el tironazo, pero el coche tiene ya un millón de kilómetros y mucha paliza, no será para tanto.
—Dentro de ese sobre encontrarás una llave con la dirección de un piso; el alquiler está pagado para lo que queda de siglo. La dirección no consta en tu expediente penitenciario, nadie la conoce, ni siquiera yo, allí puedes estar tranquila.
—¿Sabes? Los cabrones de la cárcel no permiten que usemos sujetadores con alambre —tiene una voz curiosamente modulada, el punto salvaje no la hace parecer estúpida—, no te lo creerás, pero resulta más difícil acostumbrarse a esos cambios que a otros más jodidos, como la falta de libertad o que intenten romperte el coño cada dos por tres en el patio.
Set juega con los carriles, durante unos segundos adelanta por el reservado al autobús pero calcula mal la salida del Veintisiete y está a punto de empotrar el coche en su trasera; no sigue hablando hasta que se reincorpora al tráfico acompañado por el sonido de un millón de claxones.
—También llevas pasta ahí dentro —sigue explicando—, no sé cuánta porque ya te digo que no lo he abierto, pero al tacto parece mucha y de la buena; me han pedido que te diga que cuando se te acabe, tendrás más.
—Si quieres, te acompaño a donde vayas. No tengo nada que hacer.
—Te lo agradezco, pero yo sí tengo mucho lío.
Milagrosamente, reverdecen los semáforos y se despejan las vías para que puedan llegar en un par de minutos a su primer destino.
—Por último, encontrarás un móvil prepago con su cargador. Mantenlo con batería y espera a que te llamen.
—¿Me ha tocado la lotería o estoy lista de papeles? —No se muestra preocupada.
—Te aseguro que no sé nada más que lo que te he contado —abriéndole la puerta para que salga—. Y tengo demasiada prisa para contarte las razones por las que tampoco quiero saberlo.
Luisa Orujo se ríe como si estuvieran hablando de la suerte de otra persona a la que ni conoce ni le importa lo más mínimo.
Ya la ha llevado un par de veces a casa, así que Santiago llega por el camino más directo a las Torres Baratas, el sector del Polígono San Pablo donde vive la cobradora, el menos favorecido, ése en el que a lo peor no encuentras un vecino que te eche una mano si alguien intenta invadir tu casa.
Aparca el Ford Focus frente a unos contenedores de basura y abre el maletero para dejar la gabardina y revolver la caja de herramientas que no le sirven más que para justificar el martillo de bola que lleva para estos casos y cuyo mango se introduce tras la cintura del pantalón.
En cuatro zancadas está en el portal, donde un chico juega con el móvil; se plantea preguntarle si ha visto algo extraño, pero no merece la pena el tiempo que perdería. La cancela está abierta, el ascensor abajo. Pulsa el siete.
Sus tareas para el prestamista son variadas y no todas propias de un abogado, pero desde luego que no incluyen las de hacer de perro guardián del ditero, de eso se encarga Valle, la cobradora; pero es ella la que está en peligro, no tienen a nadie más a quién recurrir y vuelve a recordar que le debe una.
Sale del ascensor con el martillo en la mano aunque oculto tras la pierna por si se cruza con algún vecino. La puerta que busca está al final del rellano. También abierta.
Valle mide más de metro ochenta y pesa unos trescientos kilos; la expulsaron de la Guardia Civil por pelearse con dos oficiales, a uno de los cuales le fracturó un brazo; la ha visto ahuyentar a una pandilla de canis sin recurrir a ningún arma, cuesta mucho imaginarla pidiendo ayuda.
No se escucha ningún sonido dentro del piso.
Con el martillo bajo y algo retrasado respecto al cuerpo para no perder tiempo en tomar impulso, recorre el pasillo. Un dormitorio vacío y en orden. El salón, algunos muebles tendidos, los adornos desparramados, Valle en el suelo con los pantalones por los tobillos, Mamen Mendizábal habla sin voz desde el televisor.
Ni siquiera se asegura de que respira, sigue registrando el resto del piso. Puerta a puerta, sombra a sombra. Desmontando amenazas en cada hueco, a punto de vomitar la hamburguesa con cada ruido, la mayoría imaginarios. Hasta que confirma que no hay nadie más no deja de morderse el interior de la mejilla.
Regresa rápidamente junto a la mujer.
Aunque la han dejado en postura fetal, de espaldas a él, esta vez puede ver que respira en cuanto entra en el comedor.
Tiene un culo más deseable de lo que preveía.
—Valle, soy yo, Set —vuelve a guardar el martillo en el cinturón y busca la pequeña navaja del llavero—. Se han marchado ya.
A primera vista no parece que haya sangrado, pero desde luego que no se puede decir que esté bien. Le han trabado muñecas y tobillos con bridas de color blanco. Primero le corta la de las piernas, le sube las enormes bragas y los pantalones enrollados con el menor número de movimientos posible pero no sin cierta delicadeza. Al final, corta la cinta de nailon de las manos, que se tiñen ya de un feo color azulado, y espera a ver si puede levantarse por sí misma.
No le sirven las manos adormecidas y está a punto de golpearse la cara contra el piso.
Set, en silencio, la sujeta por las axilas y logra ponerla en pie de un tirón.
Siempre dándole la espalda, la cobradora se concede un par de segundos para afianzar su equilibrio y se marcha hacia el pasillo.
A solas, él se plantea remediar un poco aquel desorden, pero concluye que sería otra forma de violentar la privacidad arrasada de la mujer, así que levanta una de las sillas caídas y se sienta en ella con el respaldo por delante.
Hacía más o menos un año que Santiago pasó una de esas semanas que ya no se permite recordar; inmediatamente después de que su hija Austria desapareciera de casa, nunca sabrá si para celebrar que se había librado al fin de ella o por todo lo contrario, volvió al alcohol después de mucho tiempo, llenó con cocaína los agujeros negros que eran casi todos sus días en garitos que ni siquiera sabía cómo había descubierto, encontró razones de sobra para reventar a patadas a un enano que lo había estado provocando o no, se gastó el dinero cobrado en nombre del ditero a una panadería y eso eran sólo los episodios que podía enumerar sin que un sudor frío le hiciera buscar desesperadamente el modo de cambiar el curso de sus pensamientos. Cuando logró recomponer sus propios restos, supo que la cobradora había estado siguiendo sus pasos por orden del prestamista, que reclamaba la suma que le había entregado el panadero. En vez de delatarlo, Valle le pagó la deuda a su jefe con su propio dinero, dándole a Santiago el tiempo suficiente para salir de aquella fosa séptica sin daños irreparables; ni siquiera lo urgió a devolverle la cantidad que le debía ni lo mortificó con consejos: esperó a que Set la reuniera sin pedirle más explicaciones.
Se pone bruscamente en pie y siguiendo el rumor de una corriente de agua se dirige al corredor. Queda de pie tras la puerta cerrada del cuarto de baño.
—¿Estás bien?
—Sí —una voz gangosa pero firme.
—¿Han sido los argentinos?
—Sí.
Llamaban así a la gente de Antonio Ernesto Orsini, un empresario de la noche que había solicitado un importante préstamo para relanzar sus discotecas y al que la cobradora había estado presionando por orden del ditero para que cumpliera los plazos de devolución; al parecer, Orsini había decidido renegociar la deuda a su manera.
—No volverán por ahora —razona Set—. Pero debes cambiar la puerta cuanto antes, que te pongan una de ésas blindadas y la cargas a la cuenta de tu jefe.
—...
No caben denuncias a la policía, no caben ni siquiera venganzas personales, sólo medidas y contramedidas. Son profesionales. Todos saben a lo que se exponen en el negocio del crédito ilegal. Están solos en todo esto. Sola bajo el aguacero falso de la ducha.
—¿Quieres que me quede?
—No.
El empleado del hotel, un ingeniero ecuatoriano que limpiaba los suelos, se encargaba del mantenimiento y aseguraba haber venido desde su país para trabajar con el dolor de sus manos y la ayuda de Jehová, era el que había alertado sobre el reguero de sangre que surgía por debajo de la puerta. Lo segundo que le había extrañado era que aquella puerta correspondiera a una de las habitaciones que permanecían sin ocupar. Lo tercero, la chica violada, torturada y estrangulada que había encontrado bajo la cama.
Ahora permanece en posición de firmes junto al propietario del inmueble mientras la inspectora Perpetua Carrizo se hace una idea general de lo que ha pasado y toma las primeras decisiones.
Se encuentran en un despachillo contiguo a la recepción del Hotel Amor de Dios, en la calle del mismo nombre, un establecimiento de mala muerte a pesar de encontrarse muy cerca del centro comercial de la ciudad.
Hasta que el subinspector Cosme Lara no percibe la mirada reprobatoria de su superiora no se decide a guardar el móvil con un mensaje a medio redactar —desde que se había vinculado al SUP, Perpetua le reprochaba que dedicara tanta o más atención al sindicato que a su trabajo— y a sacar el bloc negro; la inspectora se asegura de haber recobrado toda su atención antes de transmitirle las primeras instrucciones.
—Cosme, distribuye a tres de los cuatro agentes que hay fuera para que visiten a cada uno de los huéspedes por si han notado algo raro, y deja a uno en la puerta para cuando llegue el juez.
—Su señoría —con retintín— tardará en llegar.
—Con éste, nunca se sabe.
—¿Quieres que avise a los de la científica?
—Ya los llamo yo —quiere asegurarse de disponer de unos minutos a solas con el cadáver— y vuelve a confirmar que nadie salga de aquí hasta que yo lo diga.
—Ahora vengo —sale del despacho a toda velocidad; es un chico algo disperso pero listo y diligente.
Cuando la policía se queda a solas con el empleado y el dueño, ambos parecen encogerse.
