El suicidio occidental - Federico Rampini - E-Book

El suicidio occidental E-Book

Federico Rampini

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Beschreibung

Al desarme estratégico de Occidente le ha precedido un desarme cultural. El ataque de Rusia a Ucrania nos ha cogido desprevenidos, ocupados en nuestra propia destrucción.  Este libro puede ayudarte a entender el regreso de Trump a la Casa Blanca y el ascenso de la ultraderecha en Occidente, en lo que parece una oscilación del péndulo brutal que confirma los augurios más pesimistas del autor. Por primera vez, es el propio imperio el que contribuye a su colapso. La reescritura de la historia, la corrección política y un antirracismo radical y revanchista, defendidos por el establishment cultural y económico, niegan los valores occidentales y defienden que sólo tenemos pecados que expiar. El ecologismo extremo, religión neopagana de nuestro tiempo, demoniza el progreso económico. Aquellos que no cumplen los nuevos preceptos son cancelados. Los jóvenes, esclavizados por las redes sociales, son manipulados. La alianza entre el capitalismo financiero y las grandes compañías tecnológicas propugna una globalización contra los trabajadores y la clase media. Ya no existen injusticias económicas. Sólo «un planeta que salvar» y un mosaico de identidades que exigen reparaciones. A todo ello se une la proliferación de noticias falsas, una burocracia elefantiásica que paraliza cualquier iniciativa y un conglomerado de intereses que se resiste al repliegue de Estados Unidos, deseable en muchos sentidos, pero que dejaría desprotegida a una Europa que pretende ser «herbívora». A los europeos nos cuesta todavía entender todos los excesos que están a la orden del día en Estados Unidos, pese a que el contagio del Viejo Continente ya ha comenzado. Ante este panorama, El suicidio occidental es una advertencia y una voz de alarma. «La derecha moderada es casi invisible y la izquierda razonable se siente intimidada por los radicales. Por una cruel ironía del destino, precisamente los europeos que más desprecian a Estados Unidos están importando ahora sus peores defectos». Federico Rampini

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Seitenzahl: 437

Veröffentlichungsjahr: 2024

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El suicidio occidental

El error de revisar nuestra historiay cancelar nuestros valores

 

 

 

Título:El suicidio occidental. El error de revisar nuestra historia y cancelar nuestros valores

Título original:Il suicidio occidentale. Perché è sbagliato processare la nostra storia e cancellare i nostri valori (2022)

© Federico Rampini, 2024Published by arrangement with Sosia & Pistoia srl and Susanne Theune (ST&A)

© De la traducción del italiano, Sira Casariego Córdoba, 2024[La traductora agradece la ayuda inestimable de Paolo Gambini]

© De esta edición, Ladera Norte, 2024

Primera edición: mayo de 2024

Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico

© Detalle fotográfico de cubierta: estatua de la Libertad, Nueva York, foto de vwalakte en Freepik

Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L. Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid

Forma parte de la comunidad Ladera Norte:

www.laderanorte.es

Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones que marca la ley. Para fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra, diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos), en el siguiente enlace: www.conlicencia.com

ISBN: 978-84-128501-4-7

Índice

Prefacio a la edición española

Introducción

I.      Columbus Day o la historia como cuento de hadas: el Demonio Blanco contra los Ángeles

II.     Los nuevos puritanos y la caza de brujas

III.    Antirracismo

IV.    El Nuevo Paganismo: el ecologismo como religión

V.      Agotados por la burocracia: la crisis del «saber hacer»

VI.    Terriblemente desinformados: no sólo noticias falsas

VII.   El Blob y el juicio a nuestra retirada global

Epílogo

Prefacio a la edición española

A los lectores españoles, que no me conocen, les debo una explicación autobiográfica sobre cómo surgió este libro. Soy un «nómada global»; nací en Italia, pero cuando tenía dos años nos mudamos a Bruselas, donde me eduqué en una escuela europea: mis compañeros de clase eran alemanes, franceses, neerlandeses (España aún no se había incorporado a lo que entonces se llamaba Comunidad Europea). Regresé a Italia para cursar estudios universitarios en una época política muy tensa, los llamados «años de plomo», marcada por grandes movimientos sociales y por el terrorismo. Me afilié al Partido Comunista Italiano cuando su líder era Enrico Berlinguer, que lo transformó en una gran fuerza reformista, se distanció de la Unión Soviética y lideró lo que se llamó «eurocomunismo» junto con sus camaradas españoles y franceses, y empecé a trabajar como periodista en diarios comunistas (que pronto abandoné). Nunca he dejado esta profesión, aunque le he ido sumando otras. He sido, sobre todo, corresponsal en el extranjero: primero en varias capitales europeas, luego en San Francisco con el cambio de milenio (para vivir como testigo directo la primera revolución de internet), después en Pekín en pleno boom chino, y a continuación en Nueva York, donde vivo desde hace ya quince años. He estado durante mucho tiempo acreditado ante la Casa Blanca, he seguido a tres presidentes estadounidenses por todo el mundo y he asistido a innumerables cumbres: G7, OTAN, ONU, Davos. Como escritor, conferenciante y analista geopolítico para diversos think tanks de América1 y Europa, en la actualidad sigo viajando por todo el globo. Gracias a las conferencias y reuniones en las que he participado recientemente —en 2023-2024 en Brasil, Sudáfrica, Taiwán, Qatar, Arabia Saudí y China—, trato de observar Occidente también a través de los ojos de los «otros». Este libro nace de la fusión de mis experiencias vitales estadounidenses y europeas con mis continuos viajes a lo largo y ancho de la tierra. Es una descripción y una denuncia de lo que está ocurriendo: si Occidente ya no cree en sí mismo, si ha perdido toda estima por sus propios valores, si sus élites juegan al juego de la autodestrucción, no es de extrañar que el resto del mundo se ensañe con nosotros. Al odiar nuestra historia, al despreciar nuestro pasado, invitamos a los demás a hacer lo mismo.

***

«Os pedimos perdón por el colonialismo árabe y otomano». No, esta frase no la ha pronunciado ningún líder islámico de visita en África o Asia. En realidad, el último en reconocer públicamente el sufrimiento causado por el imperialismo a un pueblo sometido ha sido el rey Carlos de Inglaterra durante su visita a Kenia en 2023. Su gesto se sumó a la larga lista de arrepentimientos oficiales que han realizado jefes de Estado, presidentes de Gobierno y monarcas de todo Occidente. Sin embargo, en la relación de estas justas admisiones de responsabilidad histórica faltan las de los representantes de otros colonialismos. Conocer la historia de los imperios árabe y otomano es importante, a la luz de lo que está ocurriendo en Oriente Medio y en vista del debate sobre la cuestión palestina, que inflama y desgarra también nuestras sociedades. En las universidades americanas, por ejemplo, es un dogma casi universal que Israel es una potencia colonial moderna y los palestinos las víctimas de una ocupación imperialista. El hecho de que muchos países occidentales se hayan solidarizado con Israel tras la masacre de civiles y niños judíos y la violación de tantas mujeres, perpetradas el 7 de octubre de 2023 por Hamás, se ha interpretado en los campus universitarios y en las manifestaciones de protesta como una confirmación de la diabólica complicidad entre las potencias «blancas», culpables del colonialismo, e Israel. La de Hamás es defendida por muchos jóvenes estadounidenses como una lucha «de resistencia», y por lo tanto legítima incluso cuando aniquila a inocentes.

Una panorámica de los cursos de historia que se imparten en muchas universidades americanas y europeas muestra que se estudian y denuncian los males del colonialismo occidental; todos los demás, no. Pero los palestinos no hablaban árabe en sus orígenes, ni estaban necesariamente destinados a practicar la religión islámica. Los marroquíes y los argelinos, los tunecinos o los egipcios no son de etnia árabe. Hoy, todos hablan ese idioma. ¿Por qué? Lengua y religión les fueron impuestas por uno de los mayores imperialismos de la historia, el arábigo. El avance de los ejércitos árabes llevó el islam a muchas partes de Oriente Medio y del norte de África; en sentido contrario, llegó hasta la India septentrional. Si es una religión mundial se debe al uso de las armas y a la conquista colonial. El propio imperio árabe fue un gran beneficiario del tráfico de esclavos, incluso antes de que las potencias blancas se involucraran en el comercio de seres humanos. Al imperio árabe le sucedió el Imperio otomano, con centro en la actual Turquía, también de religión musulmana. Éste último tuvo fases de tolerancia religiosa y respeto a las minorías —incluidos los judíos—, pero continuó sin embargo imponiendo una dominación extranjera sobre vastas zonas del norte de África y Oriente Medio hasta la Primera Guerra Mundial. Después, su dominio intercontinental (en Europa, Asia y África) llegaría hasta el siglo XX. Pero ni los monarcas saudíes ni Erdoğan han hecho jamás amago de pedir perdón a los pueblos subyugados por sus imperios, ni por su papel en la historia de la esclavitud. A decir verdad, no hay constancia de que los líderes africanos hayan exigido nunca tales disculpas, mientras que sí se las exigen a los dirigentes occidentales. ¿Es sólo una cuestión cronológica, es decir, sólo importa el hecho de que el colonialismo occidental es más reciente y, por tanto, está más fresco en la memoria? «Reciente» es un concepto discutible. La casi totalidad de las antiguas colonias de Occidente se independizaron en los años sesenta. Actualmente, una niña o un niño africano nace con tres generaciones postcoloniales a sus espaldas. En muchos países africanos, el periodo de sometimiento a los imperios occidentales duró «sólo» ochenta años; el periodo postcolonial se acerca ya a los setenta. Ese «sólo» entrecomillado responde a que hay otras partes del mundo que fueron colonias de Occidente durante mucho más tiempo, desde la India hasta Indonesia. La verdadera conquista de África por parte de los europeos comenzó de hecho a finales del siglo XIX con la Conferencia de Berlín. Es discutible si los efectos del colonialismo europeo fueron más profundos, duraderos y nefastos que los del colonialismo árabe y otomano. China y Rusia siguen siendo imperios, cada uno ocupa territorios que, por razones históricas, étnicas, lingüísticas, culturales y religiosas, pueden considerarse colonias; sin embargo, no estamos asistiendo a una autoflagelación de Xi Jinping y Putin por los perjuicios que causa su dominio en los territorios ocupados.

La idea de que el colonialismo occidental ha infligido daños indelebles que coartaron la capacidad de desarrollo de los países a los que subyugaba queda refutada por los milagros económicos asiáticos, desde Singapur (antigua colonia británica) a Vietnam (antigua colonia francesa), desde la India (británica) a Indonesia (neerlandesa). En los años sesenta, en el momento de su independencia, Singapur era más pobre que muchos países africanos y enviaba delegaciones gubernamentales a estudiar el modelo virtuoso de Kenia, el país donde el rey Carlos III ha reconocido los defectos del colonialismo. Si Carlos III fuera hoy a Singapur a pedir perdón, se pondría en duda su salud mental: esa ciudad-Estado tiene una renta per cápita que es casi el doble de la del Reino Unido.

El debate no concierne únicamente a los historiadores. La enseñanza partidista que se imparte en las universidades estadounidenses (y cada vez más también en las europeas) tiene unas consecuencias concretas en el ambiente político y cultural que condicionan las opiniones públicas y los gobiernos de todo el mundo.

Sobre la atmósfera que reina en las universidades de élite de Estados Unidos, dejo aquí un testimonio. Es la confesión que he recogido en 2024 de una amiga mía italiana residente en Nueva York.

«Tengo 42 años, vine del Véneto a Nueva York en 2009 e inmediatamente me enamoré de la ciudad. Tenía que quedarme unos pocos meses para hacer unas prácticas y todavía sigo aquí. Hoy, sin embargo, me cuesta reconocerla. En Italia me considero progresista, incluso radical. Ahora, en Nueva York, tengo que disculparme todo el tiempo por ser blanca, y por tanto una privilegiada incapaz de comprender a las minorías étnicas. Me meten en el bando de los opresores. Me paso el tiempo andando con pies de plomo, burlando las reglas de la cultura woke, cualquier cosa que diga o haga puede ser condenada por considerarse una microofensa dirigida contra los afroamericanos o los latinos». Licia se desahoga susurrando, con mucha cautela. No suelo hacerlo, pero me doy cuenta de que en su caso tendré que omitir el apellido. Trabaja junto a mi mujer en una importante institución cultural italoamericana que no apreciaría esta confesión. Le gustaría cambiar de profesión para convertirse en trabajadora social, ponerse al servicio de los más necesitados: los sintecho, los drogadictos, los enfermos mentales componen un ejército cada vez más numeroso en esta metrópoli. Por eso se ha matriculado en un máster de la Universidad de Columbia, en la que se forman precisamente los trabajadores sociales. Aunque lleva quince años viviendo aquí, no estaba suficientemente preparada para lo que le esperaba en la prestigiosa universidad neoyorquina.

«Para las pruebas de admisión», cuenta, «he tenido que escribir una redacción en la que debía anticipar cuál sería mi compromiso con el racismo hacia los negros, porque es un dogma que el verdadero racismo es sólo el de nosotros, los blancos, hacia los negros. Me han excluido del curso que más me interesaba, sobre asistencia a drogadictos, porque los no blancos tienen prioridad. En la semana inicial del máster, dedicada a la orientación de los recién inscritos, se nos pidió a los alumnos blancos que pidiéramos perdón a nuestros compañeros negros por el racismo del que somos portadores. Y debo añadir un detalle: incluso una estudiante afroamericana se me acercó para confesarme que estaba avergonzada, ella misma encontraba mortificante aquella situación. Cada dos semanas, las personas blancas como yo tenemos que asistir a una reunión de White Accountability [Responsabilidad blanca]: dos horas con una persona que nos interroga para hacernos reconocer nuestras microagresiones contra los negros y pedirnos que nos arrepintamos». «¿Qué se entiende por microagresiones?», le pregunto. «Hay una lista larguísima de frases prohibidas, porque se consideran ofensivas. Por ejemplo, nunca se debe preguntar a un compañero de dónde es: puede sonar como una discriminación étnica implícita. Ay de ti si preguntas hacia qué campo de estudio quiere orientarse: si es negro esa palabra puede evocar la plantación de algodón donde trabajaron sus antepasados esclavos, si es de ascendencia mexicana la tierra de labranza donde su abuelo fue jornalero. Si caes en alguna de estas ofensas, tienes que declararlo y pedir disculpas, y luego hacer un análisis del privilegio blanco que te ha inducido a error». Paralelamente, mientras ella participa en esas sesiones de autodenuncia y arrepentimiento, sus compañeros afroamericanos se reúnen en el Black Women o Black Men Safe Space («Espacio seguro» para mujeres u hombres negros): «Es el momento que tienen reservado para denunciar las microagresiones que hemos cometido nosotros, los blancos, y de acusar a Columbia si no aborda adecuadamente el privilegio blanco, el racismo sistémico».

Esta italiana no ha renunciado a su sueño de ayudar a los más necesitados. Tarde o temprano conseguirá ser trabajadora social. Sin embargo, está decepcionada con la calidad de la enseñanza que le proporciona una de las universidades más prestigiosas del mundo. «Todos los cursos de la Universidad de Columbia deben impartirse desde la perspectiva del PROP: Poder, Racismo, Opresión, Privilegio. Reconozco que un trabajador social debe estar informado sobre todas las injusticias, debe conocer todos los factores del malestar social. Pero clasificarnos según las categorías binarias de opresor-oprimido no ayuda a conocer la realidad. Un trabajador social debería ocuparse de seres humanos, no encasillarlos en definiciones ideológicas». Entre los incidentes que recuerda está el que sucedió cuando le pidieron que comentara un pódcast en el que entrevistaban a una adolescente negra durante la pandemia, una chica de 14 años de Minneapolis. Licia se atrevió a decir que estaba «impresionada de que una adolescente fuera ya tan consciente del trauma generacional». Frase codificada: según la Critical Race Theory (Teoría Crítica de la Raza), que es el evangelio de las universidades americanas, el trauma generacional es el que heredan aquellos que descienden de esclavos negros. «Me acusaron tres estudiantes: “¿Ves?, se nota tu posición de privilegio, si fueras negra ya sabrías desde niña cuál es tu trauma generacional”».

Otro de los axiomas que ha aprendido mientras cursaba su máster en Columbia concierne a una minoría que, en la actualidad, es el centro de todas las críticas y objeto de amenazas y agresiones. Los judíos no son todos iguales. «La regla es que los judíos askenazis, con origen en el Este de Europa, son blancos y por tanto opresores, mientras que los judíos sefarditas, con origen en Oriente Medio, tienen derecho a situarse en la categoría de los oprimidos». Una de sus compañeras, judeoamericana, contó en clase que ocultaba su origen para no correr riesgos, pero antes pidió repetidas veces disculpas a sus compañeros negros por haberse atrevido a describirse como una víctima. Hay un episodio que ha impresionado especialmente a la italiana tras la masacre de Hamás del 7 de octubre. «Un profesor organizó un debate invitando a un palestino y a un judío totalmente propalestino. En las evaluaciones que los estudiantes hacen de los profesores, ese acto fue impugnado porque en el debate faltaba un portavoz de Hamás».

Ahora que está inmersa en un campus tan doctrinario, rememora un antecedente que debería haberla preparado para lo que está viviendo. «Durante la pandemia», recuerda Licia, «participé en uno de los grupos de ayuda mutua de Brooklyn, en el que 1.500 voluntarios socorríamos sobre todo a los más pobres, los inmigrantes ilegales que se habían quedado sin asistencia alguna. En el barrio de Bushwick, una mujer blanca dirigía a los voluntarios. Cuando se supo, la crucificaron en las redes sociales: la culpaban de neocolonialismo. Tuvo que dimitir. Algunos negros de su barrio se atrevieron a defenderla; ellos, a su vez, fueron acusados de haber interiorizado inconscientemente el racismo y de tener el complejo del salvador blanco». Licia conoce a negros que se rebelan contra esta dictadura ideológica. «Una compañera mía afroamericana está harta de que la presenten como una eterna víctima que necesita reparaciones. Dice: “Así se me niega toda autodeterminación, esta ideología excluye que yo pueda redimirme por mí misma, con mis propias capacidades y por mis propios méritos”».

***

«Estar siempre del lado de los débiles» es un principio que va mucho más allá de los confines de la izquierda, se encuentra entre los valores de otros mundos como el cristiano. Es fundamental para entender a las jóvenes generaciones y, posiblemente, iniciar un diálogo con ellas acerca del gran error del que son prisioneras. El principio de que los más pobres siempre tienen razón ha tenido consecuencias en todo Occidente en muchos ámbitos: desde la inmigración ilegal hasta las políticas contra la delincuencia, pasando por la actitud hacia las antiguas colonias, que parecen tener derecho a reparaciones perpetuas (independientemente del uso absurdo que sus clases dirigentes hacen de esas reparaciones). La riqueza de Occidente se ha convertido en una prueba aplastante de su culpabilidad; va acompañada de la creencia de que esa riqueza sólo existe en la medida en que es fruto de crímenes contra la humanidad. Aplicando ese dogma a todo Occidente, la historia de los últimos siglos, desde la Revolución industrial en adelante, es como una larga novela llena de tropelías, digna de la pluma de Émile Zola, que se desarrolla en un paisaje infernal de explotación abyecta, sufrimiento, guerras coloniales y saqueo de los recursos naturales del planeta. Occidente no ha hecho nada bueno, ya que su opulencia está inextricablemente ligada a la miseria de los demás y al calentamiento global. Entre las diversas consecuencias de este relato tenemos la ilegitimidad ética de las fronteras nacionales (¿cómo podemos negar la entrada a los pobres de la tierra, si hemos sido nosotros los causantes de su sufrimiento?) y la urgencia de detener un desarrollo económico que es el preámbulo de un apocalipsis medioambiental. Son éstas las convicciones que animan a muchos jóvenes.

La confrontación con estas generaciones —y con sus malos profesores— debe tener presente la historia de Occidente, el por qué somos lo que somos. Sin nuestra Revolución industrial, esa cosa horrible que contaminó el planeta, hoy no habría 3.000 millones de chinos e indios, o 1.500 millones de africanos: es nuestra agricultura moderna basada en fertilizantes y maquinaria la que les permite alimentarse; es nuestra medicina la que ha reducido la mortalidad infantil y aumentado la esperanza de vida. Todos los milagros económicos asiáticos —que han sacado de la miseria a la mitad de los habitantes del planeta— se han producido copiando el modelo científico y empresarial de Occidente, no rechazándolo. Sin nuestra economía de mercado, que utiliza los descubrimientos y las innovaciones para crear riqueza, no existirían las tecnologías verdes que permiten construir un futuro con menos emisiones de carbono. El esclavismo y el colonialismo, practicados por todas las civilizaciones humanas, han sido denunciados y superados en Occidente por formas más avanzadas de capitalismo: el Norte antiesclavista de Estados Unidos tenía una economía superior a la de las plantaciones del Sur; la América de 1956 impidió la agresión de Inglaterra, Francia e Israel contra el Egipto de Nasser porque el modelo estadounidense se basaba en la superación de los antiguos imperios coloniales. Las excolonias que han emprendido un camino que desemboca en un espectacular progreso económico, cultural y civil, principalmente en Asia, han llegado a ser en algunos casos incluso más ricas que nosotros, y no han practicado la cultura del victimismo.

En Occidente, no debería ser tan difícil reabrir el diálogo con nuestros jóvenes sobre lo que somos y sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Algunos padres estadounidenses, por ejemplo, están prestando una atención nueva a los programas educativos, a lo que ocurre en las aulas. Justo mientras China, Rusia y Turquía reescriben sus libros de texto para impregnarlos aún más de orgullo nacional y autoestima, ¿es correcto que se nos enseñe a odiar la civilización occidental? Para lograr el consenso con un sur global que nos da la espalda, tendremos que empezar a reconstruirlo entre nuestros hijos y en las escuelas.

***

«Gracias, Occidente». Son dos palabras que nunca oiremos juntas. No en esta época histórica, al menos. Es una expresión prohibida, un tabú de nuestro tiempo, que sin embargo se considera tolerante. No se puede decir «Gracias, Occidente», so pena de atraer sobre uno mismo una fatwa laica, equivalente a la condena que los sacerdotes islámicos lanzan contra quienes se atreven a representar a Mahoma. Estoy viajando por Tanzania, cuando me vienen a la mente esas dos palabras, escandalosamente unidas. Hace tiempo que he abandonado la ciudad de Arusha, con su esmog, sus motos y sus mercados atestados, para adentrarme en la tierra de los masáis (y de muchas otras tribus), que turistas de todo el mundo atraviesan a toda prisa para llegar a unos parques naturales que se cuentan entre las maravillas del mundo: Serengueti, Ngorongoro, Tarangire. Ni siquiera yo puedo resistirme a la atracción de esos tesoros, versiones contemporáneas del Arca de Noé, donde se pueden observar en su hábitat natural muchas especies animales protegidas, que ya no se encuentran en peligro de extinción gracias a la rigurosa lucha contra la caza furtiva; podemos pasear entre leones y leopardos, elefantes y jirafas, rinocerontes e hipopótamos, impalas, ñus y cebras, inmersos en un paisaje asombroso marcado por majestuosos baobabs, cráteres de volcanes extinguidos e imponentes montañas como el Kilimanjaro.

La frase tabú me viene a la cabeza por primera vez cuando veo a un pastorcillo masái, vigilando su rebaño de cabras, con el ojo puesto en su teléfono móvil. Sí, en esta recreación del jardín del Edén, en este rincón de la naturaleza casi incontaminado, el chiquillo se aferra a ese artilugio tecnológico porque hay cobertura, aunque por ahora sea sólo 3G, menos rápida y menos potente que a la que estamos acostumbrados. Ese móvil es su vínculo con el resto del mundo, le abre horizontes, llena sus días con algo nuevo aparte del trabajo de cuidar el ganado. No es mucho, desde luego no puede compensar una educación que sigue siendo muy deficiente, pero es una herramienta para romper la soledad, una ventana a otras partes del planeta. Alguien en su aldea está utilizando un teléfono inteligente para conocer la previsión meteorológica y planificar mejor las cosechas; o para gestionar algún pequeño negocio, quizá dirigido precisamente a nosotros, los turistas. Ese trozo de tecnología se lo hemos puesto nosotros entre las manos al pastorcillo masái, porque la telefonía móvil es un invento de Occidente. Junto a todo el daño que hemos hecho a África y a los africanos —desde hace muchos años eso es lo único que nos importa examinar—, ¿te interesaría ver la otra cara de la moneda? El tema me persigue cuando observo un poco más de cerca la realidad de los masáis, una de las muchas etnias de Tanzania y de los países vecinos, con asentamientos ancestrales en toda la zona cercana al lago Victoria (aunque las investigaciones paleontológicas sitúan el origen más antiguo de los masáis en el norte de África, en el actual Egipto, y su lengua pertenece de hecho al grupo de lenguas nilóticas). La clase media urbana de Arusha tiende a distinguir apresuradamente a los «masáis tradicionales» de los «masáis modernos», diferenciándolos según la conservación de las costumbres tribales (los primeros) o el abandono gradual de las mismas (los segundos). Sin embargo, la línea divisoria no es tan clara. Y evoluciona constantemente a favor de los segundos.

En una aldea tradicional masái, me invitan a entrar en las chozas redondas que constituyen su vivienda. Minúsculas, llaman la atención no sólo por la estrechez de los espacios en los que conviven los núcleos familiares, sino también por sus problemas estructurales, higiénicos y sanitarios. La materia prima de la que están hechas contiene tierra y estiércol animal; este último parece tener algunas cualidades, entre ellas la de mantener alejados a los mosquitos que transmiten la malaria. Los techos de paja, al igual que las paredes de barro y estiércol, son buenos aislantes térmicos que protegen contra el calor y el frío extremos. Y, por supuesto, esos materiales de construcción no cuestan nada, ya que abundan en la naturaleza o son subproductos del pastoreo. Sus cualidades se acaban aquí. Como me explicaron en otro viaje a Etiopía, estas chozas son un foco de enfermedades pulmonares, pues sus habitantes se calientan y cocinan quemando leña o carbón vegetal en pequeños braseros situados en el centro de la vivienda. Así que viven y duermen envueltos en un humo permanente. Los incendios están al acecho, y a veces son mortales. Las violentas tormentas pueden destruir los tejados. Los masáis tradicionales, por muy atados que estén a las costumbres ancestrales, se han percatado de esos defectos. Junto a sus chozas se ven cada vez más pequeñas construcciones de cemento, ladrillo y chapa. Míseras y feas, pero más prácticas. La chapa, ¿la deberíamos también incluir en la lista de beneficios occidentales? La ordinaria y horrenda chapa: los masáis han descubierto que es impermeable, cosa que no es la paja. Los grupos de turistas occidentales que pasan rápidamente por esas zonas lamentan de vez en cuando el abandono de lo tradicional y la transición a lo moderno. Desaprueban la vulgaridad estética de las nuevas casuchas de cemento y chapa por ser uno de los muchos males de la «occidentalización». ¡Qué romántico era morir joven, de enfisema o cáncer de pulmón, cuando se vivía en las chozas! Los masáis empiezan a distanciarse de ese pasado romántico; somos nosotros quienes lo idealizamos.

He empezado por el teléfono móvil y la chapa para detenerme en dos cosas normales y omnipresentes. La lista de avances aportados por Occidente —oh, oh, estoy blasfemando de nuevo— es mucho más larga, me atrevería a decir que interminable. Hay mucho donde elegir. La malaria está disminuyendo en algunas de las regiones de África que he visitado. Las razones de su retroceso son muchas: van desde el saneamiento de las zonas pantanosas hasta la distribución de mosquiteras, pasando por el aumento del uso del aire acondicionado (en entornos urbanos), tratamientos más accesibles y, por último, los últimos avances en materia de vacunas. Todas estas mejoras, sin excepción, se deben a técnicas occidentales, a ayudas occidentales y a campañas financiadas y promovidas por Occidente o por organizaciones internacionales que llevan nuestra impronta. Pero los adelantos en la lucha contra la malaria son relativamente recientes. Los progresos higiénicosanitarios aportados por Occidente son mucho más antiguos. Comenzaron en el siglo XIX, continuaron a lo largo del siglo XX y llegan hasta nuestros días. Abarcan desde los modernos sistemas de alcantarillado hasta las infraestructuras de distribución de agua potable, desde las aspirinas a los antisépticos y los antibióticos. Si la esperanza de vida de los africanos ha aumentado, si la tasa de mortalidad de las madres durante el parto y el número de muertes entre los recién nacidos han disminuido, se debe únicamente a la penetración de una medicina occidental que ha sustituido —no siempre y no del todo, por desgracia— a los remedios administrados por los hechiceros. Por recordar otro tipo de vacuna, la sencillísima antirrábica ha erradicado una enfermedad que segaba vidas entre humanos y animales por igual. También cosa nuestra. Está prohibido aludir a estos «méritos», porque en Occidente sólo es noticia la denuncia de nuestro egoísmo sanitario, o la avidez de las grandes multinacionales farmacéuticas. Es verdad que los hospitales de Arusha no están a la altura de los de Nueva York o Ginebra, y que los medicamentos más avanzados suelen distribuirse antes entre los países ricos y solventes; pero la situación médica en África es hoy increíblemente mejor que hace cincuenta años, por no hablar de la época precolonial. Sin menospreciar el inestimable papel de ONG (de nuevo occidentales) como Médicos Sin Fronteras, es de justicia recordar que esos héroes humanitarios son sólo la punta del iceberg: pueden ayudar en la medida en que tienen acceso a la inmensa cantidad de descubrimientos médicos y farmacéuticos que se han desarrollado en nuestras universidades y en nuestra industria. Demostramos cierta parcialidad cuando, por un lado, ensalzamos —con razón— a Médicos sin Fronteras y, por otro, demonizamos a un multimillonario como Bill Gates, que distribuye gratuitamente mosquiteras y vacunas. Siendo el capitalismo (occidental) malo por definición, es mejor hablar de las fotos de Bill Gates con el difunto violador en serie Jeffrey Epstein.

La agricultura es otro sector en el que la lista de beneficios occidentales es interminable. Hace cincuenta años nadie habría imaginado que sería posible alimentar a 1.500 millones de africanos. Actualmente nos estamos acercando a esa meta y la incidencia mortal del hambre y la malnutrición sigue retrocediendo, si nos fijamos en su porcentaje respecto a la población del continente. Los fertilizantes químicos, las innovaciones en semillas, el uso de la biotecnología y de la manipulación genética habían ya generado una impresionante revolución agrícola en la India que ahora se está en parte extendiendo a África. Está de moda describir la industrialización occidental como un apocalipsis medioambiental, el principio de la destrucción del planeta, el horror supremo que ha sembrado la contaminación en todas partes, incluida África. Lo cierto es que el modelo energético del África ancestral —antes de ser colonizada— era mucho más contaminante. Si un continente que ahora tiene 1.500 millones de habitantes se calentara y cocinara como lo hacen los masáis tradicionales, la polución debida a la leña y al carbón vegetal sería mucho peor que «la de Occidente». Llevar a África primero centrales eléctricas de carbón (en este caso mineral), luego de petróleo y después centrales de gas natural, hidroeléctricas, nucleares, solares y eólicas, ha sido la manera mediante la cual Occidente ha conducido a este continente a fases cada vez más eficientes y menos contaminantes. No basta. Ahora hace falta avanzar hacia la descarbonización. Pero el progreso es mérito nuestro. La difusión de la energía eléctrica, desde sus orígenes como alternativa a los motores de combustión, se la debemos al inventor y capitalista Thomas Edison, no a WWF. Los paneles solares, los coches eléctricos, todas estas innovaciones germinaron primero en los laboratorios de investigación públicos y privados de Occidente, y luego se pudieron desarrollar gracias a las inversiones de nuestros capitalistas. No ha sido Greenpeace quien ha inventado las baterías de litio; tampoco lo fueron la planificación socialista soviética ni la de Mao Zedong en China. Sin embargo, todo el movimiento ecologista actual está impregnado de una ideología antidesarrollista, anticapitalista y antioccidental.

«¿Gracias, Occidente?» ¡Al revés! Mientras atravieso Tanzania, a principios de 2024, las oligarquías políticas que gobiernan en África están escenificando el enésimo juicio político a Occidente en el «palacio de cristal», en la ciudad donde vivo. En la Asamblea General de las Naciones Unidas resuenan las arengas de los líderes del sur global —a menudo con Sudáfrica como protagonista— condenando el apoyo de Occidente a Israel. Nos asocian con el genocidio del pueblo palestino. Siempre somos los mismos, imperialistas, opresores, violentos y criminales.

Paso por alto las convergencias entre la ideología antioccidental de muchos líderes africanos —con frecuencia, los mismos que han desviado nuestra ayuda a sus cuentas bancarias en Suiza o Dubai— y la doctrina idéntica que se enseña en Harvard, templo de lo políticamente correcto, por 70.000 dólares al año. En su lugar, quiero recordar a dos precursores no blancos del pensamiento antioccidental. Ambos me vienen a la mente porque están relacionados con mis últimos viajes a África. El primero y más importante es Mahatma Gandhi, el segundo fue el líder que llevó a Tanzania a la independencia, Julius Nyerere.

La memoria de Gandhi es relevante en África por muchas razones. Vivió en Sudáfrica, adonde llegó con la gran diáspora india, trabajó allí de joven como abogado, experimentó el apartheid en carne propia y empezó a desarrollar su primera conciencia política en ese continente. Gandhi fue el líder y el héroe —y finalmente, el mártir— de la independencia india, respetado y admirado en todo el mundo, especialmente en los países que, como la India, tuvieron que librarse del yugo colonial. Por supuesto que había que luchar contra el colonialismo y derrotarlo. Por supuesto que debemos ser conscientes de nuestras responsabilidades históricas. Gandhi es celebrado con razón por sus métodos de lucha, basados fundamentalmente en la desobediencia civil, la resistencia pasiva, las grandes huelgas y la movilización pacífica del pueblo. Para Nelson Mandela, el Mahatma fue una fuente de inspiración en la lucha contra el régimen segregacionista blanco de Sudáfrica.

Sin embargo, Gandhi tiene un lado oscuro. Al recordar su impacto histórico, se soslaya con indulgencia su simpatía por Adolf Hitler, simpatía que se refleja en las cartas que le escribió y que se produjo según el principio —más maquiavélico que gandhiano— de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Para debilitar al Imperio británico, Gandhi no dudó en coquetear con uno de los peores criminales de la historia del siglo XX.

Pero si el idilio con el líder nazi fue «sólo» un episodio, hay un aspecto del gandhismo que es estructural: el anticapitalismo mezclado con una adoración por los modelos económicos arcaicos. Gandhi predicaba la defensa del telar doméstico en las aldeas, frente a la industria textil creada por los británicos. La suya era una visión casi religiosa del telar manual como símbolo de una India pura y auténtica, no contaminada por el demonio de la productividad y el consumismo. Su ideal era una India aferrada a la tradición rural, impermeable a las innovaciones tecnológicas. Fue un grave error, afortunadamente superado por sus sucesores al frente del país. Si la India hubiera seguido siendo el país de los telares domésticos y los arados de madera, su población viviría hoy en la miseria y padecería hambre y sufrimientos. Los numerosos milagros económicos de la India —desde el auge agroalimentario hasta los programas informáticos— han sido posibles gracias al repudio del gandhismo. El cual, sin embargo, no está ni mucho menos muerto. Las élites intelectuales de todo el mundo destilan hostilidad hacia el capitalismo y nostalgia por un pasado idealizado. Aquel en el que una madre india tenía que dar a luz diez hijos porque la mitad no sobrevivía más allá de unos meses o de unos pocos años.

Las historias de la India y África están entrelazadas desde hace milenios, gracias a antiquísimos vínculos comerciales. Aún hoy, un legado muy visible de esa historia común es la omnipresente diáspora india, que se nota incluso en Tanzania (los abuelos del actual primer ministro británico Rishi Sunak eran indios de Tanganica), y también lo son las inversiones de multinacionales indias en toda África oriental. En algunas zonas de Tanzania es más fácil comer cocina india que local.

Esto sirve de introducción para el segundo personaje clave, Julius Nyerere, protagonista de la independencia de Tanzania y su primer presidente. Yo era un adolescente cuando me enamoré de sus teorías, muy prestigiosas por aquel entonces. Así que recorro con cierta emoción la ciudad de Arusha, que se hizo mundialmente famosa por la «Declaración de Arusha», con la que Nyerere lanzó en 1967 urbi et orbi su manifiesto del socialismo africano, o más bien panafricano. «Ujamaa», «fraternidad», era la palabra clave (¿tengo que autocensurarme, o puedo recordar que «fraternité» había sido uno de los valores de la Revolución Francesa en 1789?) El socialismo ya estaba en boga, en 1967 dominaba en la Unión Soviética, China, Cuba y muchas otras partes del mundo. Nyerere no le añadió ninguna receta propia. Pero sí le dio un trasfondo histórico, ése sí original. En la «Declaración de Arusha» teorizaba que el socialismo tenía raíces ancestrales en África, que era la organización económica y social más acorde con las tradiciones del continente. Puede que la de Nyerere fuera una artimaña política, y como tal comprensible y legítima: atribuir al socialismo unas raíces africanas remotas servía para proteger su experimento político de la acusación de importar una ideología extranjera. Sin embargo, era una falsedad histórica. En la historia antigua de África se pueden encontrar formas de comunismo primitivo, como por ejemplo una especie de propiedad colectiva de la tierra; pero junto a formas de feudalismo feroz, con desigualdades opresivas y jerarquías autoritarias. El esclavismo se practicaba mucho antes de que los primeros árabes o europeos blancos pisaran África, y dio lugar a grandes fortunas, imperios autóctonos y dinastías indígenas que se enriquecieron gracias al comercio de prisioneros. Nyerere, en la «Declaración de Arusha», contaba una fábula falaz. Es sorprendente lo extendida que sigue estando en la actualidad la idea de que la explotación y la desigualdad son inventos occidentales. Karl Marx nunca predicó semejante disparate, lo que le honra. Según él, el capitalismo había sido una formidable máquina de progreso material; pensaba que el socialismo podría llevar ese progreso material aún más lejos, al sumarle justicia y equidad. Su visión no ha tenido éxito en ninguna de las formas reales que ha tomado el socialismo. Incluido el camino recorrido por Nyerere en Tanzania. Los avances en la lucha contra la malaria, o contra el sida y cientos de enfermedades más, siguen proviniendo de un modelo diferente. El nuestro.

Incluso la idea de los parques naturales protegidos, que más tarde Nyerere abrazó con entusiasmo, le fue sugerida con una insistente pasión por científicos alemanes… es decir, de la antigua potencia colonial que había gobernado brevemente la entonces Tanganica. Uno de los más famosos defensores de la fauna y flora locales fue Bernhard Grzimek, autor del superventas Serengeti darf nicht sterben2, a partir del cual realizó el documental homónimo ganador del Oscar en 1959. Grzimek perdió a su hijo Michael en un accidente aéreo mientras estudiaba las grandes migraciones. Por su parte, los guerreros masáis —como es habitual en los pueblos de origen nómada y dedicados al pastoreo— se transmiten una implacable hostilidad hacia los leopardos, hienas, chacales y águilas, culpables de amenazar la integridad de sus rebaños de cabras y vacas. La idea del «buen salvaje» que vive en armonía con la naturaleza en el paraíso terrenal se la dejamos mejor a los dibujos animados del nuevo Disney políticamente correcto. En realidad, «la armonía» entre los masáis y la naturaleza era más o menos similar a la que caracteriza la relación entre los grandes felinos depredadores y los herbívoros ungulados. Una de las razones por las que el ser humano se ha visto obligado a emigrar desde hace cientos de miles de años es que, a veces, el «buen salvaje» agota los recursos del ecosistema en el que habita y se ve obligado a buscar otro que explotar. Para entender cómo están las cosas, hay que estudiar el complejo pacto social con el que las autoridades gubernamentales tanzanas regulan los movimientos de los pastores masáis para mantenerlos fuera de las reservas protegidas, tras décadas de conflictos. El turismo occidental —esa cosa obscena de la que nos avergonzamos como si fuese una plaga— se ha desarrollado en paralelo a una conciencia ecologista que ha llevado a Tanzania a tomar medidas drásticas, como la prohibición total de las bolsas de plástico. Sigue existiendo una forma de caza «furtiva» de lujo, las partidas de caza mayor organizadas con el permiso del Gobierno a cambio de una cuantiosa suma y que suelen tener como protagonistas a árabes ricos.

Sin embargo, «Gracias, Occidente» sigue siendo una expresión impronunciable, una obscenidad. ¿Hasta cuándo? Quizá estemos asistiendo al efecto de la ley del péndulo. Después de haber proclamado, en el siglo XIX y principios del XX, que somos una civilización superior que tiene la misión de sacar al resto de la humanidad de la barbarie primitiva, ahora estamos practicando el exceso contrario: ya no somos capaces de ver, comprender y enseñar hasta qué punto la ciencia, la tecnología y la organización económica de Occidente han contribuido a lograr el bienestar de otros pueblos. Ninguno de los dos relatos capta la realidad. Nuestros padres y abuelos, criados en el mito de la superioridad blanca, fueron incapaces de ver los desmanes del imperialismo europeo; nuestros hijos, adoctrinados en la maldad del hombre blanco, son igualmente ignorantes y superficiales. El péndulo oscila de un extremo a otro y eso no nos hace mejores.

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¿Cuánto tiempo llevamos en Occidente contemplando el fin de nuestra civilización? Seguramente, cien años. Es decir, desde la publicación de uno de los ensayos que más ha influido en el pensamiento de nuestro tiempo: La decadencia de Occidente, del filósofo alemán Oswald Spengler. Se trata de un texto fundamental que parece que vuelve a estar de rabiosa actualidad, aunque quizá por razones equivocadas. Actualmente, el declive de ese mundo que comprende Europa y Estados Unidos forma parte de nuestras conversaciones cotidianas. Según las preferencias de cada uno, hay quien acentúa el factor geopolítico (las guerras de Ucrania y Oriente Medio, la creciente influencia de China, los sentimientos antioccidentales que se encuentran muy extendidos en el sur global); quien se fija en la demografía (el descenso de la natalidad y el comienzo de la despoblación); quien lo hace en las migraciones a nuestros países de comunidades con valores diferentes, a veces incompatibles o abiertamente hostiles; y, por último, quien pone el acento en la pérdida de autoestima de los occidentales y en su síndrome de autoflagelación. El «precursor» Spengler se encontraría incómodo en cada uno de estos debates contemporáneos. Primero, le costaría entenderlos. Luego, le parecerían irrelevantes.

Como ocurre con los libros demasiado famosos, La decadencia de Occidente ha extendido su influencia hasta el punto de impresionar a muchos que nunca lo han leído (es una obra monumental, no sólo por su ambición sino también por el número de páginas, y no está escrita en un estilo divulgativo). La fuerza de su título le ha dado vida propia. Desde hace un siglo, Spengler se ha convertido en un icono al que citar en apoyo de una u otra tesis: sobre por qué, cuándo y cómo Occidente se hundirá en una decadencia irreversible; de quién es la culpa; y qué debemos hacer para evitar el desastre antes de que sea demasiado tarde. Nada de esto interesaba a Spengler, aunque escribía en una época más trágica que la nuestra. Empezó a trabajar en su libro en los años previos a la Primera Guerra Mundial y terminó de revisarlo cuando el fascismo tomó el poder en Italia y los signos premonitorios del nazismo afloraban en Alemania. La actualidad no obsesionaba al autor, que contemplaba la historia de la humanidad a lo largo de un periodo dilatadísimo. Muy arraigado en la cultura alemana —especialmente en Goethe y Nietzsche—, Spengler no quería alertar ni dirigir a sus contemporáneos; no creía que sus consejos fueran a cambiar gran cosa.

Su filosofía de la historia se acerca a una especie de biología: las grandes civilizaciones humanas son para él como organismos vivos, destinados a evolucionar desde la infancia hasta la vejez y la muerte pasando por la edad madura. En este sentido, el ocaso de Occidente es la constatación de un final cierto e inevitable, no ligado a un supuesto error o perversión de los pueblos o de las clases dirigentes. Uno de sus lectores más atentos, el papa Ratzinger, acusó a este ensayo de determinismo: en él, el curso de la historia se muestra bastante independiente de las decisiones que tomamos los seres humanos. Su visión del ciclo vital de las civilizaciones abarca milenios y comprende ocho, entre ellas la grecorromana, la china, la india y la árabe. La modernidad de Spengler, que lo hace anómalo para ser de principios del siglo XX y lo acerca a nuestra sensibilidad, reside en que no le interesa una jerarquía de civilizaciones, no piensa que la occidental destaque sustancialmente sobre las demás.

En algunos aspectos, la visión del filósofo alemán ha triunfado, se considera de sentido común. A diferencia de lo que sucedía a principios del siglo XX, cuando aún existía la idea de una «civilización superior» o incluso de una designación divina en favor de una Europa cristiana destinada a salvar el mundo, hoy damos por sentado que no existen imperios eternos ni civilizaciones inmortales. La nuestra no escapará a la regla. La historia se desarrolla en ciclos de ascenso y caída de las potencias y Occidente no será una excepción.

Por otras razones, Spengler es hijo de su tiempo y al leerlo hoy resulta casi incomprensible. Su Occidente está formado principalmente por Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y no incluye a Alemania, situada, desde el punto de vista cultural, en equilibrio entre el Este y el Oeste. La geopolítica está ausente de su marco de referencia. En su visión, las civilizaciones no caen porque sucumban en la pugna militar, económica o tecnológica. Las relaciones de fuerzas entre potencias no le interesan.

Cuando sacamos de la estantería La decadencia de Occidente y lo desempolvamos, a menudo y sin darnos cuenta atribuimos a Spengler el pensamiento de un científico italiano, Corrado Gini. Considerado uno de los más grandes estadísticos de todos los tiempos (suyo es el índice de desigualdad que más se sigue utilizando hoy en día), Gini proporcionó hace un siglo un aval demográfico a la visión de Spengler. Para el científico italiano, las naciones al principio tienen altas tasas de fecundidad; luego, con el bienestar, se produce una fuerte caída de la natalidad, que empieza en las clases sociales más altas, y posteriormente tiene lugar la etapa final de decadencia, en la que las naciones senescentes sucumben inevitablemente en la pugna con las más jóvenes.

Para Spengler, Roma es la vara de medir de todos los ascensos y caídas, avances y retrocesos de las sucesivas civilizaciones europeas. Recuerda que los líderes jacobinos de la Revolución francesa se veían a sí mismos como herederos de los senadores romanos, y que Napoleón quería ser el nuevo Julio César. Por eso, otro autor que a menudo «mezclamos» con Spengler es el historiador inglés Edward Gibbon. Siglo y medio antes que el alemán, en 1776, en vísperas de la Revolución francesa, Gibbon relató la caída del Imperio romano como una alegoría del destino que aguardaba a Inglaterra y Occidente. En pleno apogeo de la época victoriana, Londres también se percibía a sí misma, al igual que Roma, como el centro de una civilización supranacional, globalista e ilustrada, culturalmente superior a los bárbaros, portadora de un universo de valores y con la sagrada misión de exportarlos, de «civilizar» a otros pueblos. Gibbon y Spengler son los dos autores de referencia para nosotros, occidentales tardíos, y sus dos obras maestras se han convertido en dos guías esenciales en un debate que en realidad es más antiguo que ellos. Desde la caída del Imperio romano, «comprender el fin de Roma» se ha convertido en una obsesión. Todos los que han intentado reconstruir un imperio europeo se han preguntado el porqué de esa caída, para evitar acabar de la misma manera. Desde entonces, toda potencia, aunque sea posmoderna como la América que ha renunciado a tener colonias, en algún momento de su trayectoria histórica, que describe una parábola, teme acabar como Roma. Y no sólo por razones militares. El declive de una potencia se identifica a veces con el fin de toda una civilización, de sus valores. Las migraciones-invasiones bárbaras que debilitan el modelo de valores de la antigua Roma, la disminución del espíritu cívico y de la voluntad de lucha, la influencia de una religión «pacifista» como el cristianismo, la corrupción de las élites y la crisis fiscal son algunos de los ingredientes que afloran en las páginas de Gibbon y que ahora se evocan a propósito del Occidente contemporáneo.

El éxito inicial de la obra de Spengler se vio favorecido por el terrible momento que vivía Europa. La conmoción del primer conflicto mundial sugería la existencia de una patología en Occidente y en su cultura. El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, también se ocupó de ello en El malestar en la cultura (1929-1930). Tras la Gran Guerra vinieron el nazismo y el fascismo, Stalin y la Gran Depresión.

La Segunda Guerra Mundial fue otro trauma, pero también el comienzo de la resurrección de la idea de Occidente: algunas de las potencias aliadas que habían derrotado a Hitler y Mussolini se remitieron a los valores de la democracia liberal e invocaron un nuevo humanismo que se vería reflejado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada en el nacimiento de las Naciones Unidas. Había, sin embargo, un temible rival de Occidente, el Este comunista, y las visiones «spenglerianas» empezaron a circular de nuevo durante la Guerra Fría. En 1950-1953, Estados Unidos se vio obligado a aceptar un costoso empate en la guerra de Corea contra una coalición formada por Pyongyang, Pekín y Moscú. En 1957 se produjo la crisis del satélite Sputnik: la URSS había vencido a Estados Unidos en la conquista del espacio. El presidente John Kennedy anunció en 1960 el riesgo de un adelantamiento soviético en materia armamentística. A lo largo de los años setenta, también en Occidente había quien apostaba por el triunfo final del «Oriente rojo». O de Oriente sin más: mientras tanto, se había producido el milagro japonés, la industria y las finanzas del Sol Naciente parecían capaces de doblegar la supremacía americana. Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética, China no tardó en aparecer en el horizonte. Y de nuevo, con el auge económico, tecnológico y militar de la República Popular, han resurgido las mismas preguntas sobre el declive de Occidente. Junto con el debate sobre las causas del declive, las responsabilidades, los antídotos.

Desde los tiempos de Confucio en China, de Platón en Atenas, de Maquiavelo en Florencia y de Montesquieu en París, nos interrogamos sobre las recetas para lograr un gobierno ideal y un Estado sano. La humanidad se apasiona por cuestiones cruciales: cuáles son los fundamentos de una paz duradera, qué garantiza el bienestar y la seguridad de los pueblos a largo plazo, qué sociedades encuentran una relación armoniosa con la naturaleza. No sólo los filósofos han buscado respuestas: también sacerdotes y militares, comerciantes o científicos, geógrafos y economistas. La fuerza de una comunidad depende del dinero y la tecnología, de la demografía y de la relación con el medio ambiente; y también de las reglas del sistema, que reflejan una idea de los derechos y los deberes. Por último, hay que tener en cuenta el papel del poder militar, en el que a menudo influyen otros factores (eficiencia industrial, capacidad de innovación, cohesión y disciplina); los europeos del siglo XXI hemos confiado en poder relegar la guerra a un pasado horrible, pero la lógica de las armas vuelve a levantar la cabeza y nos pasa factura. La vitalidad de un pueblo se proyecta en las relaciones con sus vecinos, sean amigos o enemigos, en las relaciones internacionales, en las alianzas, en la política de poder y, desgraciadamente, en los conflictos. Las migraciones y las pandemias afectan al equilibrio entre civilizaciones. El terrorismo, el fanatismo y las ideologías del odio pueden alterar el curso de la historia. El cambio climático tuvo peso ya hace muchos milenios. La posición de la mujer, de los jóvenes, ha modelado sociedades y periodos históricos enteros.

Para quienes viven dentro de uno de esos ciclos, se hace urgente comprender: ¿Qué tipo de decadencia sufre Occidente? ¿Es esta vez irreversible? ¿Cuánto durará la senda descendente? ¿Cuáles serán las consecuencias, para nosotros los «venidos a menos», y para todos los demás? ¿Qué vencedores nos dictarán nuevas reglas y nos impondrán nuevos valores? La respuesta de Spengler es desalentadora: no depende de nosotros; las civilizaciones tienen «fecha de caducidad».

Deseo únicamente que no nos rindamos inmediatamente, sin intentar un renacimiento, un relanzamiento. A mi alrededor, en mis viajes por todo el mundo, veo alternativas a Occidente que son horrorosas, mucho peores que nosotros. Estamos enseñando a nuestros hijos y nietos a despreciar su propio pasado, su civilización, y por tanto a despreciarse a sí mismos. Quizá no sea casualidad que en Estados Unidos, donde vivo, diversos indicadores (depresión, drogadicción, suicidios de adolescentes) nos digan que la suya es una generación asustada, más infeliz y más insegura que las que la precedieron.

Nueva York, 15 de marzo de 2024

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1   Utilizamos indistintamente «América» y «Estados Unidos», «americano» y «estadounidense», tal y como hace el autor. (N de la T.)

2   El Serengueti no morirá.

Introducción

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