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Vivimos en una época donde conviven nuevas tecnologías y crisis ecológica, enorme riqueza y pobreza renovada. En este siglo convulso, el trabajo sigue siendo una fuente compartida de dignidad, esclavitud, libertad o explotación. Y dentro de él, un concepto complejo: el trabajo cultural, que disuelve la idea del empleo para toda la vida y la relativa seguridad de ingresos. ¿Cómo estudiamos las singularidades de estos trabajadores y qué preguntas deberíamos estar haciendo al respecto? Este libro busca entender y explicar el pasado y presente del trabajo cultural y su rol en la globalización, prestando especial atención a algunos sectores claves de la cultura contemporánea, como la diversidad y libertad de expresión, la pugna entre artistas y tecnólogos o la cuestión del medioambiente y la obra. En la nueva división del trabajo cultural, es imprescindible que se incorporen la justicia laboral y ambiental, y que se genere una nueva solidaridad global con los trabajadores en el eslabón más débil de esta industria: aquellos, por ejemplo, que fabrican y reciclan dispositivos electrónicos en circunstancias opresivas y luchan por los derechos políticos. Éstas y otras propuestas se analizan en esta obra, que busca comprender y mejorar el futuro del trabajo cultural.
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Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2018
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© Toby Miller, 2018
Primera edición: noviembre de 2018, Barcelona, España
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avenida del Tibidabo 12, 3º
08022 Barcelona, España
Tel 93 253 09 04
http://www.gedisa.com
Preimpresión:
Editor Service, S.L.
http://www.editorservice.net
eISBN: 978-84-17341-47-3
Diseño de colección: Silvia Sans
Queda prohibida la reproducción parcial o total por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, de esta versión castellana de la obra.
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS
1. INTRODUCCIÓN
2. LA NUEVA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO CULTURAL
3. ¿CREATIVIDAD EN LA ERA DIGITAL? (con Richard Maxwell)
4. LOS TRABAJADORES (I). DIVERSIDAD Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN (con Bill Grantham)
5. LOS TRABAJADORES (II). HOLLYWOOD FUERA
6. LOS TRABAJADORES (III). LOS ARTISTAS CONTRA LOS TECNÓLOGOS EN LONDRES (con ShinJoung Yeo)
7. EL TRABAJO CULTURAL Y EL MEDIO AMBIENTE
CONCLUSIÓN
OBRAS CITADAS
BIBLIOGRAFÍA
AGRADECIMIENTOS
Quisiera agradecer a Néstor García Canclini por su apoyo a través de este proyecto y muchos otros. También a los trabajadores y trabajadoras de la editorial. Sobre todo, tengo una deuda a mis co-autores, Bill Grantham, Richard Maxwell, y ShinJoung Yeo y al editor de «mi» español, Jorge Saavedra Utman.
1. INTRODUCCIÓN
Vivimos en una época conflictiva, una de terrorismo rampante, caos climático, nuevas tecnologías, pobreza renovada y enorme riqueza. También de aumento de refugiados, multiplicación de enfermedades, prejuicios que se vuelven poderosos, violencia social, populismo infame, religiosidad diversificada y un crecimiento en la brecha de la desigualdad. Hay nuevos países débiles y nuevos dominantes. Europa está en crisis, Estados Unidos luce bastante desunido, África se encuentra bajo amenaza, América Latina dividida, Asia es domicilio de una nueva y ambiciosa superpotencia, y el consenso de Washington a favor de acuerdos neoliberales y mercados abiertos aparece confrontado consigo mismo. Hay una suerte de reencantamiento y escepticismo con la ciencia, al mismo tiempo que una necesidad de entender el mundo real en toda su complejidad.
Cavilar sobre las formas de vivir juntos es, ciertamente, una responsabilidad constante que nunca acaba. En la actualidad, precisamente debemos reinventar formas de convivencia y acoger las diferencias sexuales, étnicas, de género, del lenguaje, de la religión, y, sobre todo, saber vivir bajo el poder de la economía.
Un aspecto en común de todos estos ítems es el trabajo: fuente de dignidad, libertad, esclavitud, explotación, placer y necesidad. Para sobrevivir, la mayoría de la población adulta y activa realiza un trabajo pagado que va en su propio beneficio y en el de la población joven —que aún no trabaja— y vieja —que ya dejó de trabajar— y no tiene mayores oportunidades.
Dentro de ese campo laboral, el trabajo cultural es un término complejo. ¿Se refiere «cultural» a los insumos y resultados básicos de una industria, o puede aplicarse a una industria donde las marcas culturales son epifenómenos (Miller, 2009)? ¿Cuánto del trabajo realizado debe ser cultural para que caracterice la naturaleza de ese trabajo como cultural, así dicho en general? ¿Un carpintero en un set de filmación hace trabajo cultural? ¿Un diseñador en una fábrica de automóviles, está haciendo trabajo cultural? ¿Deberíamos aceptar una distinción entre los trabajadores «por debajo» y «por encima» de la línea mítica que los contadores de Hollywood trazan sobre argumentos de clase, donde conductores, proveedores de servicios públicos, electricistas, jefes, secretarios y otros se colocan en una categoría inferior, mientras que los escritores, productores, ejecutivos, directores, actores y gerentes ocupan la parte superior? ¿Está la fuerza de trabajo cultural dividida según las clásicas líneas tayloristas de trabajo industrial que distinguen a los trabajadores manuales en líneas de producción con los trabajadores de cuello blanco que los observan y cronometran (Scott, 1998a: 18)?
Epistemológicamente, ¿es el trabajo una categoría generadora o descriptiva, marxista o weberiana? ¿O sea, se trata de una relación con los medios de producción, o con la posición en el mercado laboral? ¿Debe el trabajo ser productivo en términos capitalistas para ser considerado como tal? ¿Los amantes del cine que compran entradas para ver películas, son trabajadores culturales, si se visten, conducen, beben, huelen, juran, inhalan, e interpretan de acuerdo a sus ídolos? Si las personas suben videos a YouTube por diversión y de forma gratuita, ¿están trabajando? ¿Y qué tan arriba o debajo de Hollywood deberíamos ir cuando hablamos de trabajadores de la industria? ¿Son trabajadores culturales los habitantes del Congo que extraen materias primas para los teléfonos que meses después se utilizan para comunicarse en un estudio? ¿O los artesanos en Vietnam que hacen las animaciones que luego se «corrigen» en Los Ángeles? Finalmente, ¿cómo estudiamos a estos trabajadores, y qué preguntas deberíamos estar haciendo al respecto?
Existe una vasta literatura académica sobre el trabajo cultural, partiendo por las etnografías de salas de redacción (Gans, 1979; Tunstall, 1971 y 2001; Boyd-Barrett, 1995; Ericson et al., 1989; Golding y Elliott, 1979; Fishman, 1980; Tracey, 1977; Tumber, 2000; Raza, 1955; Domingo y Paterson, 2008 y 2011; Cottle, 2003; Dickinson, 2008; Hannerz, 2004; Willig, 2013; «Worlds of Journalism», 2006; Tuchman, 1978; Riegert, 1998; Jacobs, 2009). El cine y la televisión de ficción y documental han sido analizados antropológicamente desde que Hortense Powdermaker (1950) nombrase a Hollywood como unafábrica de sueños, a través del relato de John T. Caldwell sobre sus «culturas de producción» (2008), hasta el Not Hollywood (2013) de Sherry Ortner. Varios investigadores han escrito sobre las formas y mecanismos para hacer películas de terror, ciencia ficción, televisión documental, cine independiente, procedimientos policiales, y telenovelas (Buscombe, 1976; Alvarado y Buscombe, 1978; Elliott, 1979; Moran, 1982; Gitlin, 1994; Tulloch y Moran, 1986; Tulloch y Alvarado, 1983; Cantor, 1971; Espinosa, 1982; Silverstone, 1985; Dornfeld, 1998; Ginsburg et al., 2002; Abu-Lughod, 2005; Gregory, 2007; Ytreberg, 2006; Mayer et al., 2009; Mayer, 2011 y 2013; Kohn, 2006).
El énfasis principal de la mayor parte de este trabajo ha sido cómo codificar el significado en el punto de producción. Al igual que el análisis textual y las investigaciones de audiencias, estos estudios buscan generalmente la respuesta a un acertijo particular, aunque infinitamente recurrente y aparentemente universal: ¿por qué importan los contenidos en pantalla y qué los hace significativos? La problemática fundamental que anima este tipo de trabajo es la cuestión de la conciencia, específicamente cómo la conciencia se expresa e imbuye en la producción cultural y se experimenta e interpreta en la recepción cultural.
Esto es admirable y legítimo de preguntar. Pero no es el único medio de estudiar el trabajo cultural. ¿Qué pasaría si evitáramos la conciencia (sólo por un momento, entre nosotros) y aflojáramos su control sobre la investigación? ¿Qué pasaría si aceptamos que la conciencia del trabajador importa, pero no más en Hollywood que en Detroit o Guadalajara? ¿Qué encontraríamos si mirásemos más allá?
En lugar de explorar cómo los trabajadores culturales codifican los contenidos y los espectadores los decodifican, podríamos ver el trabajo cultural como un ejemplo postindustrial, donde se desvanece la idea del empleo para toda la vida, así como la relativa seguridad de ingresos a fin de mes entre los proletarios industriales del Norte Global y, recientemente, entre sus clases profesionales-gerenciales. Porque la verdad es que un modo de trabajo enrarecido y explotador —el artista y el artesano— se ha convertido en un factor de sombra para las condiciones laborales en general.
Históricamente, el trabajo del artesano adoptó la forma de subsistencia, de una independencia en la vida rural en donde se producía lo suficiente para cubrir las necesidades. De la mano de los cambios introducidos con la industrialización y la urbanización, dicha lógica se vio trastocada. La creación de la plusvalía por el capitalismo cambió la vida para siempre. El crecimiento de las fábricas en Europa dividió el trabajo, por un lado, y la vida cotidiana, por el otro; separando así la reproducción de la producción, y cambiando las formas de convivencia tribal y familiar. Con esta nueva división laboral entre los ingresos y la comida, el dinero y el hogar, el trabajo y el placer, llegaron varios otros cambios: los sindicatos, los partidos políticos, las naciones, el imperialismo y otras expresiones capitalistas. Eventualmente, esta división llegó a ser internacional, afectando en consecuencia al mundo del trabajo.
Este libro busca entender y explicar el pasado y presente del trabajo cultural y su rol en la globalización. En los dos siguientes capítulos, explicaré los conceptos hasta aquí trazados y sus usos, en busca de entender cuestiones internacionales y tecnológicas a través de algunos casos ilustrativos. Los tres siguientes capítulos se enfocarán en los creadores, con énfasis en el papel del trabajo en algunos sectores claves de la cultura contemporánea, especialmente en lo que respecta a diversidad y libertad de expresión; en quienes trabajan fuera de la órbita Hollywood; y en la pugna entre artistas y tecnólogos. El último capítulo sustantivo abordará la cuestión del medio ambiente y la obra. La conclusión explicará las materias críticas que emergen a lo largo del libro, a la vez que esbozará algunas propuestas para analizar, criticar y mejorar el futuro del trabajo cultural.
La cultura
La palabra «cultura» se deriva del latín colare, que implica trabajar y desarrollar la agricultura (Adorno, 2009). O sea, se deriva de la agricultura como parte de la subsistencia: el cultivo no capitalista de la comida pecuaria y vegetal en circunstancias tribales y locales.
Con la llegada de la división capitalista y la urbanización, «cultura» pasó a representar tanto el instrumentalismo como a renegar de él, por medio de la industrialización de la agricultura, por un lado, y el cultivo del gusto personal, por el otro. La cultura llegó a significar una forma de instrumentalismo, por un lado, debido a la industrialización de la agricultura con su incorporación capitalista; y por el otro, el cultivo del gusto individual, su espíritu, disciplina, y entretenimiento en la ausencia de enlaces tradicionales de la tribu, la familia y el espacio. Así, históricamente, el trabajo ha estado en el centro de la cultura, pero el concepto de cultura ha cambiado muchísimo.
Actualmente, es uno de los recursos claves de las economías nacionales. En 2002, las industrias culturales crearon el 12% del Producto Interno Bruto (PIB) de Estados Unidos, o sea 1,25 trillones de dólares. Ocupó el 8,41% de la fuerza laboral de la nación (11,47 millones de personas). Y se trata de un sector de notoria pujanza: entre 1997 y 2001 creció en un 3,19% por año, el doble de lo que creció la economía en general en el mismo periodo. En 2002, el volumen de exportación de contenidos protegidos por derechos de autor fue de 89,26 billones de dólares (Siwek, 2004). Como dice Néstor García Canclini:
En varios países latinoamericanos abarca del 4 al 7% del PIB, más que el café pergamino en Colombia, más que la industria de la construcción, la automotriz y el sector agropecuario en México. Podemos dejar de concebir a los Ministerios de Cultura como secretarías de egresos y comenzar a verlos como fábricas de regalías, exportadoras de imagen, promotoras de empleos y dignidad nacional (en Iglesias et al., 2005: 3).
En todo el mundo, el comercio cultural aumentó de 559.500 millones de dólares en 2010 a 624.000 millones de dólares en 2011. Pero la desigualdad ha acompañado este auge. Por ejemplo, el costo de la banda ancha en el Sur Global es del 40,3% del ingreso nacional bruto promedio, mientras en el Norte Global, el precio es inferior al 5% per cápita (United Nations Conference on Trade and Development, 2013; International Telecommunication Union, 2012: 4). Al mismo tiempo, se piensa en la cultura local, regional, o lingüística como una defensa contra el imperialismo cultural, virtual y mediático (Parada, 2011).
Como consecuencia, los cánones del juicio estético, y la distinción social que una vez separaron a las humanidades y a los enfoques de las ciencias sociales, de esferas estéticas, necesidades económicas y normas sociales, se están derrumbando. Los medios de comunicación son más que signos textuales o prácticas cotidianas. Ofrecen recursos importantes a los mercados y a las naciones, reacciones a las crisis de pertenencia y a las necesidades económicas ocasionadas por la globalización capitalista. Los medios de comunicación son cruciales para las economías avanzadas y en desarrollo, y pueden proporcionar el terreno de legitimación en el que grupos particulares (por ejemplo, afroamericanos, lesbianas, personas con discapacidad auditiva, protestantes evangélicos, mujeres o artistas) reclaman recursos a narraciones internacionales (véase Martín-Baró, 1996 sobre América Latina; Kraidy, 2010 sobre el mundo árabe; Yang, 2009 sobre Asia; Boateng, 2008 sobre África).
Hoy se entiende la cultura como un recurso, un placer, una industria y un factor de la soberanía (Yúdice, 2002). Y vaya si produce dinero. Entonces, en las palabras de García Canclini, se necesita «dejar de concebir a los Ministerios de Cultura como secretarías de egresos y comenzar a verlos como fábricas de regalías, exportadoras de imagen, promotoras de empleos y dignidad nacional» (2005).
Actualmente, resulta pertinente preguntar: ¿quién hace la cultura? ¿Académicamente, dónde está la consideración del trabajo cultural? ¿Cómo figura el trabajo en el concepto de interculturalidad? ¿Es el trabajo un elemento clave de la identidad, o más bien un factor de la producción? ¿Y cuál es el impacto de la globalización en el trabajo cultural y viceversa? Para empezar, algunos términos deben ser definidos.
Definiciones e historias
Muchos siglos antes de la irrupción del capitalismo industrial, artistas, músicos, poetas y académicos deambulaban por cortes reales, salones aristocráticos y universidades, llevando un estilo de vida que cambió con el capitalismo y el consiguiente giro radical en las relaciones sociales, que hicieron emerger nuevas formas en el intercambio de los cuerpos, las ideas, las imágenes y el dinero (Maguire, 1999: 97). Los diccionarios alemanes, franceses, y españoles del siglo XVIII dieron cuenta de un cambio metafórico: se pasó del desarrollo culinario a la elevación espiritual. La difusión del alfabetismo y la imprenta permitió ver cómo se transmitían, se ejecutaban y se adjudicaban leyes y costumbres a través de la palabra escrita. Los textos culturales complementaron y suplantaron la fuerza física como garantía de autoridad (Briggs y Burke, 2003).
La Crítica del Juicio, de Kant, ideologizó estos desarrollos desde la supervivencia por la agricultura hasta el autocontrol social en la ausencia de autoridad tradicional y el crecimiento de la vida urbana. Kant afirmó que la cultura aseguraba la «conformidad popular con las leyes sin necesidad de la ley». La estética podía generar «preceptos morales prácticos», educando al pueblo para que éste trascendiera sus intereses particulares a través del desarrollo de un «sentido público, es decir, una facultad crítica que, en su actuar reflexivo, es consciente (a priori) del modo de representación […] y sopesa su juicio con la razón colectiva de la humanidad» (1987: 151). Kant previó el «abandono de […] una inmadurez auto-impuesta», independiente de directrices religiosas, gubernamentales o comerciales, y animado por el deseo de liderar, no por el de consumir (Kant, 1991: 54). Para Coleridge, las principales fuentes de la cultura estaban «protegiendo» las ciencias, «cultivando y engrandeciendo el conocimiento ya poseído […] para llegar a ser ciudadanos» (1839: 46), mientras que Rousseau sostenía que «no es suficiente con decir a los ciudadanos: sean buenos; se les debe enseñar cómo serlo» (1755: 130).
La entonces definición agrícola, muy instrumental, en el sentido de la cultivación pragmática de las verduras, las frutas y los animales como comida, llegó a ser, por un lado, menos instrumental que la nueva significación, que ofrecía una nueva atmósfera bien elevada, añadiendo el rol religioso en la elevación espiritual, en el contexto de los golpes a encajar a causa de la urbanización capitalista. La nueva cultura hizo surgir algunas alternativas urbanas y seculares frente al conocimiento rural y teísta (Schelling, 1914: 180) en una era incipientemente capitalista, que hoy se muda a nuestra época neoliberal con la idea de la «realización personal» (Weber, 2006).
Pero, por otro lado, también fue instrumental, porque su papel estuvo conectado a la lealtad para con un nuevo sistema de organización social, sin muchas leyes o normas establecidas. El capitalismo decimonónico generó una división expansiva y especializada entre persona y trabajo, articulada en el paso de la vida rural a la urbana y en el crecimiento de los imperios europeos.
Con la Revolución Industrial, las poblaciones se urbanizaron, se importó comida, se intercambiaron diversos soportes de textos, y una incipiente sociedad de consumo estimuló las carreras de caballos, la ópera, las exposiciones de arte, los carnavales y los bailes. El impacto de este cambio se vio reflejado en la mano de la obra cultural: los poligrafi en Venecia durante el siglo XV y los escribanos en Londres en el siglo XVIII, estaban produciendo libros de conducta que serían populares e influyentes. Estos libros que aleccionaban la vida urbana cotidiana marcaron la textualización de la costumbre y la aparición de nuevas identidades laborales (Briggs y Burke, 2003). Tal desarrollo añadió una nueva parte en la división del trabajo con la llegada de los trabajadores culturales, y alimentó la expansión imperial a través de la conquista española de América, la missão civilizadora portuguesa, la mission civilisatrice francesa y la civilizing mission británica, creando una ansiedad civilizatoria que nunca ha disminuido. La Revolución Industrial en Europa estimuló nuevos trabajos culturales y, por cierto, el colonialismo exportó culturas, imponiendo, por ejemplo, el catolicismo en América Latina y la sistemática política del discurso anti-musulmán (Williams, 1983: 38; Benhabib, 2002: 2; de Pedro, 1991 y 1999: 61-62, 78 n. 1; Briggs y Burke, 2003: 10, 38, 60, 57; Wallerstein, 1989; Mowlana, 2000: 107-08).
Los pensadores revolucionarios abordaron los asuntos vistos por Kant, Coleridge y Rousseau. Marx escribió que «es imposible crear un poder moral a partir de párrafos de ley». También debía haber «leyes orgánicas que complementaran la Constitución» (1978: 27, 35). Gramsci (1971: 204) teorizó esta complementariedad como un «equilibrio» entre la ley constitucional («sociedad política», o una «dictadura u otro aparato coercitivo usado para controlar a las masas de acuerdo con un tipo dado de producción y de economía») y la ley orgánica («sociedad civil» o la «hegemonía de un grupo social sobre toda una nación, ejercida a través de organizaciones supuestamente privadas como la iglesia, los sindicatos, las escuelas, etcétera»). Y estas leyes orgánicas y sus manifestaciones textuales representan «la conciencia que cada época tiene de sí misma», según Althusser (1969: 108). De ahí que las audiencias, los creadores, los gobiernos y las corporaciones realicen extraordinarias inversiones en cultura: la cultura ha llegado a ser un terreno de lucha para la legitimidad estatal y económica.
Por supuesto, la idea actual que tenemos sobre la división del trabajo como condicionante de la creación de valor económico y organización social proviene, al menos, de la Revolución Industrial. Recordemos el muy famoso ejemplo ofrecido por Adam Smith en el siglo XVIII:
Un hombre tira del alambre, el otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto le saca punta, un quinto lo aplana para que se ajuste a la cabeza; para hacer la cabeza se requieren dos o tres operaciones distintas; colocarla es una tarea especial, esmaltar el alfiler, otra; y hasta meterlos en el papel constituye un oficio […] La división del trabajo […] ocasiona, en todas las artes, un incremento profesional de los poderes productivos de la mano de obra (1970: 18).
En palabras de Durkheim, la división del trabajo es «una muy elevada ley de las sociedades humanas y una condición para el progreso» (1984: 1). Al mismo tiempo, la idea de la división del trabajo formó parte del pensamiento de Marx, con su énfasis en la importancia de este proceso como fuente de valor y, paradójicamente, del poder que la clase alta ejercía para controlar a la clase obrera. La división del trabajo es un mecanismo mediante el cual se consigue la articulación de la productividad, la explotación, y el control social. A medida que las subdivisiones del trabajo se multiplican y se expanden geográficamente, esta misma dinámica tiende a opacar (o hacer invisible) los mecanismos de cooperación de trabajo que la han constituido (Marx, 1906: 49, 83).
El hecho de que Smith y Marx —representando dos extremos del debate económico— le otorgaran tanta importancia a este proceso, apunta hacia la utilidad —e incluso a la necesidad— de seguir destacando la vigencia operativa de tal división.
Históricamente, los recursos naturales fueron el ítem más importante en los lugares del trabajo industrial, como los puertos, los ríos y los depósitos de hierro o carbón. Hoy se dice que esto ya no es así. Lo que el capitalismo requiere es otro tipo de recurso: las habilidades de científicos, ingenieros y profesionales calificados. Así, las regiones buscan atraer inversión generando incentivos para profesionales altamente calificados (Kotkin, 2001: xiv). Gary Becker, ganador del Premio Nobel de Economía, gracias a su trabajo sobre capital humano, arguye que esto nos muestra la importancia de invertir en conocimiento más que en cuestiones materiales (1983).
Charles Knight, figura en el desarrollo de la industria editorial y de la prensa popular estadounidense, caracterizó el surgimiento de tecnologías como la ferroviaria, la telegrafía, y la fotografía en el siglo XIX, como una victoria sobre el tiempo y el espacio (Briggs y Burke, 2003: 104). En Estados Unidos, William Shockley, el inventor del transistor y también ganador del premio Nobel, fue un poco más allá. Se refirió muy orgullosamente en 1927 a la llegada de la era mecánica, diciendo que gracias a ella se podía viajar, hablar y matar, a larga distancia (Briggs y Burke, 2003: 120). Estas tecnologías han llegado a ser factores cruciales en el crecimiento de la división del trabajo cultural y su desarrollo mundial.
Y es que en esta relación se halla el eslabón fundacional de la cultura comunicativa: la movilidad, la comunicación, y el militarismo. La promesa de ofrecer cultura desde larga distancia, simultáneamente como parte del imperialismo cultural y de la oportunidad universal del placer, fue central en la concepción del potencial de la tecnología telefónica y de la electricidad. El periódico norteamericano Springfield Republican destacaba en 1877 que el teléfono promete «la música de una diva […] distribuida por todo del país». Hacia finales del siglo XIX, nacía una retórica sobre el uso del poder de los medios para «hablar desde cientos de kilómetros […] grabar la voz […] y comunicar la música de la melodía popular de moda» (citado en Briggs y Burke, 2002: 147).
Queda claro, entonces, que la idea de la colaboración laboral mediada por la distancia existe desde el comienzo de la era mecánica de la comunicación. Es un punto importante, pues marca una nueva concepción del trabajo multi-localizado y no ubicado en un solo lugar, como en una fábrica o un solitario sembradío.
Es necesario, por ende, entender las formas y mecanismos del trabajo cultural. Lamentablemente, la ortodoxia económica no se ha interesado mucho en el tema porque no tiene interés alguno en el trabajo más allá del entendimiento del factor de la ineficiencia: el llamado «factor x» contra la eficiencia. Igual hay cierto acercamiento, bastante reduccionista, pero acercamiento a fin de cuentas, respecto a la economía de la cultura en tanto recaudadora de divisas. En la configuración de este campo, hay tres actores legítimos: los consumidores, las compañías y los Estados (Doyle, 2002; Heilbrun y Gray, 2001). ¿Los trabajadores? No tanto.
En esta perspectiva se deja de lado el papel fundamental de la religión y la fuerza de trabajo, la historia, y lo estético en las dinámicas sociales contemporáneas, y se subordinan todas éstas a la oferta y la demanda (Throsby, 2001: 9). Esto ha permitido que se genere una conexión extraña entre los economistas y una tendencia dentro de los estudios culturales, conexión cuya génesis está en la idea de que una industria no se define en función de lo que produce, sino de lo que se invierte en ella. Ergo, ya no se puede hablar de las industrias culturales porque la cultura es un concepto colectivo, pero sí se puede hablar de la creatividad porque la creatividad es un concepto individual, además tan cool y actualsi se le compara con el monótono y grasiento concepto de industria (Caves, 2000).
A la luz de lo anterior, no llama la atención que, dentro de los campos intelectuales de la economía política de la cultura y de los estudios culturales, no se haya puesto suficiente atención a los conflictos y a las múltiples configuraciones que adopta el trabajo. Por un lado, el paradigma de la economía política se ha abocado tradicionalmente a cuestiones sobre la propiedad de los medios de producción y no en las luchas o la organización del trabajo. Por otro lado, el paradigma de los estudios culturales ha estado mayormente enfocado en cuestiones sobre recepción e interpretación de contenidos por el público o las audiencias, y no —nuevamente— en las luchas o en la organización del trabajo.
De esto resulta que los estudios culturales se enfocan en los públicos y la economía política en los propietarios, pero dentro de estas áreas, no se presta suficiente atención a los trabajadores, sus luchas y experiencias. ¿No es acaso una paradoja el hecho de que las ideas convencionales sobre la genialidad fueran desacreditadas por las teorías de la autoría, y desplazadas hacia el público (en la forma de resistencia y creatividad) en la versión de los estudios culturales a los cuales yo refiero? Igualmente paradójico es el hecho de que exista un tipo de funcionalismo marxista animando a la economía política sin considerar el trabajo.
Pero hay otras disciplinas y otros acercamientos a esta problemática. Los marxistas Michael Hardt y Antonio Negri dicen que los nuevos puestos de trabajo en Estados Unidos están dentro del sector de los servicios, como el transporte, el entretenimiento y la publicidad, donde existe una conexión entre conocimiento, información, emoción y comunicación (2000: 285; Folbre, 2003). Más hacia la derecha, Bell propone cinco cambios en la economía que hablan de la preponderancia de los servicios y el conocimiento en nuestra era:
• El paso de la producción a los servicios.• La preeminencia de los profesionales y técnicos.• La importancia de la teoría para innovar y crear políticas públicas.• La creación de un discurso futurista; y• Las nuevas tecnologías intelectuales para la toma de decisiones (citado en Mattelart, 2003: 77-78).Claramente, esta visión es de una tecnocracia dominada por expertos, de una racionalidad donde la capacidad para aplicar la razón a los problemas permitiría alcanzar la salvación secular. Manuel Castells (2007) se suma también a este debate, y aunque despojado de una mirada utópica, estima que nos encontramos en una era de trabajadores en red que ocuparían en la actualidad los puestos más altos en el mundo de la técnica y la tecnología, pero cuyo poder no se replica en nuestra más cotidiana realidad humana, en sociedades que, como dirían Gilles Deleuze y Félix Guattari, siguen siendo sociedades de control (Mattelart, 2003: 143).
Castells discierne dos modelos/realidades económicas. En el sistema anglosajón, observa una substitución de la fabricación por el servicio, en donde la economía se está constituyendo por las dinámicas financieras (especulación) y no por el trabajo físico. En el segundo modelo/realidad, de Japón, Corea del Sur y Alemania, hay más una combinación de las dos tendencias y menos una substitución de una por otra. Para describir estas tendencias de intercambio de información, conocimiento, y emoción, mediadas por la experiencia computacional y sus técnicas de vigilancia laboral, Hardt y Negri ocupan el concepto de trabajo inmaterial.
En este contexto, he definido una primera tipología de la división del trabajo cultural:
• Creadores: músicos, directores, escritores, periodistas y deportistas.• Artesanos: ingenieros en sonido, editores, directores de fotografía y diseñadores web.• Propietarios y ejecutivos: reguladores del empleo e inversión, y encargados de hacer negocios con los Estados.• Empresarios: vínculos entre propietarios, ejecutivos y creadores. • Públicos: lectores/audiencias cuyo tiempo e interpretación de lo observado, visto, usado, son regalos para propietarios y empresarios.Por supuesto, estos grupos operan dentro unos contextos institucionales, específicamente:
• Burocracias privadas: enfocadas en controlar la inversión y la distribución de manera tradicional.• Burocracias públicas: operan en los márgenes del mercado, con la idea de ofrecer lo que el capitalismo no puede.• Negocios pequeños: son dirigidos por individuos carismáticos. • Redes y asociaciones esporádicas: formadas para proyectos específicos.Las burocracias privadas continúan controlando la mayoría de las industrias culturales y los derechos de autor, pero muy frecuentemente en colaboración con redes y asociaciones esporádicas. Las burocracias públicas, en tanto, experimentan cada vez mayor presión por desarrollar una gestión cultural lo más apegada posible a lineamientos comerciales (Hesmondhalgh, 2002: 52-53, 154-55).
Puestos en este contexto, cabe preguntarse ¿cómo se puede definir el trabajo? ¿Es necesario identificar una relación de intercambio financiero para decir que «hay» trabajo? En la tradición económica esta relación es fundamental. Sin embargo, consideremos el campo de los juegos electrónicos, donde los gamers están involucrados en la preparación de guiones, en las estrategias, tácticas, en la jugabilidad de cada juego, en las modificaciones de software, en las contra-narrativas, y en nuevas ideas para juegos futuros (Taylor, 2006: 155). Con el público de la televisión comercial ocurre algo similar: los espectadores y su atención a la pantalla es una mercancía relevante para los ejecutivos de corporaciones mediales (Smythe, 2004). Este concepto se aplica al máximo en el caso de las llamadas redes sociales, en donde los participantes ofrecen sus gustos, sus antipatías, sus identidades y su creatividad en cada momento y cada vez que se conectan a la web. La vigilancia corporativa de quienes usan redes sociales está muy avanzada. Igualmente avanzada está su explotación laboral.
La Nueva División Internacional del Trabajo Cultural (NITC)se volvió materia de debate en 2002, cuando surgieron proyecciones indicando que 3,3 millones de empleos de cuello blanco en Estados Unidos, incluyendo 500.000 en tecnología de la información, se irían del país para 2015. Washington respondió el 2002, reduciendo de 195.000 a 65.000 el número de visas otorgadas a ingenieros de software provenientes del sur de Asia, marcando así una tendencia no menor para Estados Unidos, en tanto país que ostentaba rol de país-símbolo de la «Nueva Economía». Se aconsejaba a las nuevas empresas que obtuvieran préstamos en mercados financieros de Estados Unidos, pero por otro lado se aconsejaba que contrataran a personas de origen intelectual indio (Lakha, 1999; Gaither, 2003; Monbiot, 2003; «Relocating», 2003). En este contexto, el trabajador de nuestra era fue descrito como un ser nuevo, libre, emancipado tanto de opresiones colectivas como de control por parte de un empleador: un trabajador autónomo gracias a la tecnología de la información (May, 2002: 319).
La India se presenta hoy en Estados Unidos como una amenaza para los puestos de trabajo, a través de la NITC, debido a la capacidad técnica y lingüística de su fuerza de trabajo. Otros países apuntan también en esa dirección. Con la Comisión de Regulación Profesional del Departamento de Trabajo y Empleo del gobierno filipino, ordenando el estudio del inglés en todos los niveles de educación, el país asiático produce cientos de miles de graduados anglo-parlantes anualmente, de manera similar a lo que se hace en Malasia (Srinivas, 2003; «Relocating», 2003).
La NITC está diseñada para cubrir una variedad de empleos y oficios dentro de las industrias culturales, cualquiera que sea su parte en la cadena de productos y servicios básicos. Por lo tanto, incluye conserjes, contadores, conductores y comisionados de turismo, así como guionistas y locutores de radio (Throsby, 2001: 256). El cine funciona ahora de manera bastante similar a los sistemas de banca, marketing y venta de entradas por teléfono (Bain y Taylor, 2002) que trabajan 24 horas con centros regionales y dan servicio a varias naciones y sectores industriales, ya sean naciones menos desarrolladas o altamente desarrolladas (Larner, 2002; Audirac, 2003). Los avances en la tecnología de las comunicaciones permiten la edición electrónica sin conexión a la web, efectos especiales sincronizados, partituras musicales en todo el mundo a través de redes digitales (Oficina Internacional del Trabajo, 2000b) y efectos especiales, problematizando así la necesidad de usar locaciones para filmar. La red digital universal de servicios integrados permite la transferencia instantánea de video digital (Pierson, 2002: 160) y los empleados se ven desprovistos de poder mediante acuerdos de contratación flexibles organizados en una secuencia de proyectos temporales que transforman la vida laboral en un conjunto de episodios en suspenso, pues no se sabe si habrá otro. Con la esperanza de protegerse de esta explotación, los trabajadores aspiran a fortalecer lo más posible sus conexiones informales, enlaces que ven al mismo grupo re-contratado en nuevos proyectos. El riesgo y la incertidumbre son constitutivos a la labor cultural (Blair, 2003) e incluso la mano de obra altamente cualificada vive en la zozobra (Kerr y Flynn, 2003). Organizar a los trabajadores como una clase se vuelve extremadamente difícil bajo tales circunstancias; pero a medida que la alienación aumenta y las promesas del neoliberalismo se van al cubo de la basura, aparecen signos de movilización entre los trabajadores (Bain y Taylor, 2002). A esto contribuye el descrédito con la idea de que la innovación está positivamente correlacionada con la flexibilidad de contratar, despedir y eliminar el empleo permanente; y se está reconociendo la contribución de los sindicatos a la estabilidad (Scott, 1996: 316; Michie y Sheehan, 2003; véase también Baron et al., 2001).
El campo del trabajo cultural fue el mundo entero, antes de la llegada del capitalismo. Actualmente, está desarrollando su importancia en la economía mundial como parte de la vida postindustrial. Con la división del trabajo cultural, y la internacionalización de este proceso, somos testigos de cambios dramáticos en nuestro mundo. Pero es una zona poco estudiada, oscura y compleja. En este libro espero poner un poco de luz sobre ella para que la veamos, conozcamos y estudiemos de la mejor manera. Quien sabe si tal vez podamos ser capaces de cambiarla.
2. LA NUEVA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO CULTURAL
A lo largo de las últimas tres décadas, junto con algunos colaboradores, he venido usando el concepto de la Nueva División Internacional del Trabajo Cultural (NITC), idea que deriva de re-teorizar la dependencia económica que siguió al caos inflacionario de la década de 1970. El desarrollo de los mercados de mano de obra y ventas, el cambio de las sensibilidades relacionadas con el espacio, propio de la electricidad, y las insensibilidades espaciales de la electrónica, condujeron a las empresas a considerar a los países del Tercer Mundo no sólo como abastecedores de materias primas, sino como determinantes indirectos del precio del trabajo, compitiendo entre ellos y con el Primer y Segundo Mundo por el empleo. Cuando la producción se fracturó transversalmente y continentalmente, este cambio rompió la división previa del mundo en un pequeño número de naciones industrializadas y una mayoría de países subdesarrollados. Folker Fröbel y sus colaboradores denominaron al fenómeno como la Nueva División Internacional del Trabajo (NDIT), división que estuvo concentrada principalmente en la manufactura (1980). Explicaré esta idea más adelante en este capítulo.
La economía política radical dio nombre a la NITC. Su inicio está en la comprensión de que la desigualdad da forma al trabajo cotidiano y a la vida doméstica, y hace hincapié: aunque los trabajadores generen valor, rara vez se benefician de forma proporcional, debido al poder del capital. La economía política se concentra en tazones por la pobreza y sus sufrimientos.
Mientras que la economía neoclásica o burguesa asume que la oferta y la demanda determinan de manera efectiva (y supuestamente ideal) el precio de las mercancías, la economía política examina el papel del Estado y el capital en el control del trabajo y la ideología de consumidores y ciudadanos. En otras palabras, la economía ortodoxa se concentra en los mercados, considerándolos joyas del comportamiento humano. El enfoque heterodoxo desafía este enfoque en el consumo, haciendo hincapié en la producción como fuente de valor y lugar de control.
Este último método argumenta que los objetos y servicios aumentan el valor a través de la explotación corporativa de quienes los fabrican. El poder del capital incluye tanto la autoridad sobre las condiciones y posibilidades del lugar de trabajo como la plusvalía, realizada como ganancia. La división del trabajo vincula la productividad, la explotación y el control social. A medida que el capital se subdivide, se multiplica y se extiende geográficamente, oculta el trabajo que lo constituye.
Los economistas políticos latinoamericanos en línea con esta tradición crítica, generaron la teoría del subdesarrollo dependiente en la década de 1940, para explicar por qué el despegue industrial experimentado por Europa Occidental y Estados Unidos no había ocurrido a través del mundo. Descubrieron que la plusvalía se generaba y disfrutaba en estas áreas, en sociedades que se habían vuelto ricas gracias a varios factores, como sus recursos naturales, ventajas coloniales e internacionales y esclavitud. Dicho centro, o núcleo, global importó ideas, modas, recursos y personas de la periferia del mundo, y exportaron manufacturas. Durante las siguientes décadas, la teoría de la dependencia ganó adeptos en todo el Sur Global y entre los radicales de distintas latitudes, siendo parte de los análisis sobre el imperialismo cultural (Prebisch, 1982; Cardoso, 2009).
Cambios en el mercado laboral
A finales de la década de 1970, las antiguas potencias coloniales todavía dominaban el Sur Global, ejerciendo poder sobre los Estados clientes de los cuales seguían extrayendo plusvalía, pero en algunos casos comenzaron a surgir, y bastante rápidamente, burguesías locales. Esto se evidenció de manera muy clara en Taiwán, Corea del Sur, Hong Kong y Singapur, a quienes se les bautizó como «países recientemente industrializados» o «tigres asiáticos». Estos países se beneficiaron del control de transporte, comunicaciones e inversión de Estados Unidos, Japón y Europa Occidental, que se inició porque no eran regímenes maoístas ni marxistas-leninistas. Al contrario, eran y siguen siendo Estados capitalistas en una región que, durante la Guerra Fría, Estados Unidos temió que cayera bajo el dominio rojo. Pero los «tigres asiáticos» no fueron meros peones de gobiernos extranjeros y corporaciones multinacionales ansiosos de explotar mano de obra barata y repatriar ganancias. La creación de riqueza doméstica sí ocurrió, aunque de una manera que generó profundas desigualdades. Un ejemplo de este trayecto es el de Corea del Sur, que pasó de ser una economía esencialmente campesina y pobre, a una manufacturera y muy dinámica (Park, 1997).
A medida que la cadena de valor global se hizo más diversa, quienes fuimos influenciados por los dependistas y críticos del imperialismo cultural, tuvimos que enfrentar el hecho de que las relaciones núcleo-periferia no eran uniformes. Esto implicó una ruptura parcial con la dependencia como mecanismo explicativo. En su lugar, o tal vez completándolo, dado que tales asimetrías continuaron caracterizando gran parte del mundo, surgió la idea de una NDIT (Fröbel et al., 1980; Higgott y Robison, 1985; Higgott, 1993).
Los teóricos originales de la NDIT se enfrentaron a un mundo donde se competía por una mano de obra barata y capacitada a lo largo y ancho del globo. Las compañías y fábricas buscaban invertir en lugares donde los empleados tuvieran capacitación, no cobraran mucho y, sobre todo, trabajaran sin rechistar. En otras palabras, buscaban conformar un ejército mundial de trabajadores en reserva. De esta manera, se hizo del todo plausible que la producción de automóviles, barcos, refrigeradores y televisores pudiera financiarse desde Tokio o Nueva York, pero la producción se llevará a cabo en Seúl o Tijuana.
Un cambio aún más espectacular en el mercado del trabajo ocurrió en el lustro posterior a 1989. El colapso del llamado socialismo real hizo que millones de personas del antiguo imperio soviético ingresaran al mundo capitalista sin mayor demora y que al poco rato esa cifra se multiplicara por millones, con la apertura a la competencia internacional de China e India. Así, prácticamente de la noche a la mañana, la bolsa global de trabajadores se duplicó a medida que se liberaron ejércitos de reserva de mano de obra. En el caso de China, esto se logró bajo el estricto control de corporaciones semi-estatales y gracias a un Estado policial enfocado en industrializarse para estar a tono con su afán exportador.
Miles de millones de trabajadores en su mayoría no cualificados se alinearon en la escuela de la obediencia. Por su parte, India se benefició de décadas de planificación tecnocrática centralizada que produjo un enorme número de personas educadas que también hablaban inglés, la lengua franca del mundo. Consecuentemente, India atrajo una gran cantidad de trabajo cualificado en el sector de servicios, desde software hasta ventas, al mismo tiempo que la difusión de internet le permitió una vigilancia sin precedentes de la mano de obra y de los bienes en venta. Este desarrollo llevado a cabo por empleados dóciles, cortó inmediatamente la vida de aquella mano de obra no calificada del Norte Global (Fuchs, 2014; Shepherd y Stone, 2013).
Pero la nueva ola de trabajadores no sólo estaba creando manufactura tradicional, sino, más bien, fabricación cultural, al ensamblar un gran número de máquinas dedicadas a generar significado, como fotocopiadoras, impresoras, computadoras portátiles, tabletas y teléfonos inteligentes. Trabajadoras y trabajadores del mundo se convirtieron en el fondo invisible del trabajo cultural. Junto con los desarrollos en el intercambio digital de contenidos, esto tuvo profundas implicaciones para el dominio que el Norte Global consideraba como propio: la sociedad de la información.
Sociedad de la información
Durante décadas, antes de que entrara en vigencia la NITC, el desarrollo de medios y tecnologías del conocimiento se había comparado con el de una nueva Revolución Industrial, y se había promocionado como una ruta hacia el desarrollo económico y la expresión cultural y política. En las décadas de 1950 y 1960, los futurólogos identificaron a los «trabajadores del conocimiento» como entes vitales para las industrias basadas en la información, con la promesa de que éstos generarían un aumento en la productividad, generando mercados más competitivos y ampliando a la clase media. Profesionales estadounidenses de la Guerra Fría, como el politólogo y asesor de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski, el conservador sociólogo de la cultura, Daniel Bell y el comunicador antimarxista Ithiel de Sola Pool, vieron en la convergencia de las comunicaciones y las tecnologías de la información la eliminación de la sucia manufactura que corría en dirección norte a sur. Vieron también la ramificación del poder simbólico y técnico de Estados Unidos.
Tanta futurología, no obstante, no pudo cumplir los supuestos prometidos. Se señalaba que la NDIT
