El túnel de papel - Jesús Carazo - E-Book

El túnel de papel E-Book

Jesús Carazo

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Beschreibung

El túnel de papel: Extraordinario paseo por algunos de los más apasionantes libros de aventuras del siglo XIX. Los protagonistas son Arturo y Héctor, dos muchachos que, invitados por un pintoresco ilusionista, suben al escenario del salón de actos de su instituto para vivir un fantástico viaje en compañía de los más famosos piratas, exploradores y detectives de la literatura universal.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es

© Jesús Carazowww.jesuscarazo.com

ISBN: 9788416873555

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!  

Jesús Carazo

EL TÚNEL DE PAPEL

A Marie

El autor desea agradecer la inestimable colaboración de Eddy Sébahi y Nieves García Cuesta en los intrincados dominios del inglés.

UNO

Sé que hubiera podido comenzar esta historia como hacen muchos libros, es decir, contando dónde nací, en qué trabajan mis padres y lo guapo que yo era de pequeño. Y luego seguir con mi amigo Héctor, y hablar de su afición a leer y a inventar cosas, y también del día en que lo atropelló un coche cuando iba pensando en no sé qué. A continuación tendría que describir la pequeña ciudad de provincias donde los dos vivimos, ya saben, una ciudad coqueta y arbolada, con su castillo en ruinas, sus paseos, su catedral gótica y el río que la divide en dos mitades. Como les decía, hubiera podido empezar así mi relato, pero no quiero hacerles perder el tiempo con un montón de detalles que ustedes pueden imaginarse fácilmente —sobre todo, lo guapo que yo era de pequeño—, de modo que dejaremos los paisajes urbanos y las genealogías familiares (que siempre se parecen muchísimo) para entrar directamente en lo que mi historia tiene de sorprendente y excepcional.

Héctor y yo estudiamos en un pequeño instituto donde, además de unos muros de ladrillo cubiertos de pintadas y un montón de persianas que no se pueden subir ni bajar, hay un viejo teatro con la mayoría de las butacas destrozadas. Se diría que los cientos de chicos que se han sentado en ellas a lo largo de los años no han hecho otra cosa que romper la tapicería y aflojar los tornillos que las sujetan al suelo. Pero como es el único lugar del instituto donde se puede presentar un espectáculo, allí se celebran los conciertos de fin de curso y se representan las obritas que prepara el grupo de teatro. También nos llevan cuando viene un conferenciante a recordarnos lo complicado que tenemos el porvenir, o alguno de esos tipos que han dado la vuelta al mundo en bicicleta y van por ahí contando cómo se les pinchó una rueda en medio de la selva amazónica.

Bien, pues un día de junio —uno de esos maravillosos días en que ya se vislumbran en el horizonte las vacaciones de verano—, nos anunciaron que esa misma tarde se celebraría una sesión de magia e ilusionismo en nuestro decrépito salón de actos. Al parecer, el espectáculo había sido organizado por el Departamento de Inglés. A mí, la magia me revienta un poco, la verdad. Sé que hay un truco tonto detrás de cada numerito y me cuesta aceptar que soy incapaz de descubrirlo. Le dije, pues, a Héctor que no quería ir. Pero a mi amigo le encantan esas cosas. Se ha leído un montón de libros de magia (bueno, se ha leído un montón de libros de todas clases) y siempre disfruta estrujándose los sesos hasta encontrar una explicación. Así que a las cinco y media se presentó en mi casa decidido a llevarme con él. Yo me había sentado ante un enorme tazón de café con leche y estaba contemplando cinco gruesas rosquillas de chocolate de las que pensaba dar cuenta lo más despacio posible (¡chocolate: esa es mi palabra mágica!), pero Héctor empezó a ponerse pesado:

—¡Venga, Arturo, que no llegamos! ¡Guárdate las rosquillas en el bolsillo y tómate el café que tenemos que coger buen sitio!

No hay nada que hacer cuando Héctor se pone pesado. Podría atravesar una pared de ladrillo sólo con que la idea se le metiera en la cabeza. Tuve, pues, que beberme a toda prisa el café y bajar la escalera engullendo rosquillas. (Desde luego, no era lo mismo que mojarlas en la taza y dejar que el trocito empapado se deshiciera en la boca…)

Lo peor es que, al llegar al salón de actos, mi amigo se empeñó en sentarse en la primera fila —siempre quiere meter las narices en todo—. Encontramos un par de butacas en buen estado y esperamos el comienzo de la función. Como habíamos llegado demasiado pronto, tuvimos que aguardar casi media hora. Al final se apagaron las luces y apareció en escena aquel hombre, el mago. Era un tipo delgado, de piel oscura y arrugada como la de un faquir. Héctor dijo que seguramente se había untado la cara con betún para que lo tomásemos por un indio de verdad. Lo cierto es que hablaba con un acento gallego o asturiano que a todos nos hacía mucha gracia.

A Héctor le encantaba el turbante que el mago llevaba en la cabeza. Tenía cosidas unas palmeritas plateadas que se agitaban ridículamente cada vez que el hombre daba unos pasos. No sé si pretendía hacernos reír o inspirarnos piedad. Recuerdo que se movía de un modo extrañísimo, de puntillas y a cámara lenta, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper las costuras de aquella levita dorada y ruinosa. Ya desde el principio nos pareció que íbamos a asistir a un espectáculo bastante cutre, ya saben, ocho o diez trucos tontos y un montón de chistes de pésimo gusto, todo para que aquel tipo pudiera ganarse un poco de dinero y alimentar su cuerpo desnutrido y correoso.

El primer número fue el de la gallina, un animalito que parecía haber perdido la mitad de las plumas viajando por todo el país, de un instituto a otro. El mago la sacó medio atontada de una caja de mimbre y estuvo unos minutos persiguiéndola por el escenario. La gallina nos miraba como miran siempre las gallinas, es decir, con enorme asombro y perplejidad. No sé por qué tuve la impresión de que su dueño le inspiraba un invencible terror. En un momento pareció a punto de escapar volando por el patio de butacas. No pudo hacerlo porque el mago la atrapó de un manotazo y la obligó a mirarle a los ojos. Luego pronunció unas palabras raras, apenas audibles, y movió un dedo de izquierda a derecha, muy lentamente, mientras la gallina lo observaba con espanto. Ocho o diez segundos más tarde, el animal hincó la cabeza en el pecho igual que si una fuerza misteriosa le hubiera partido el cuello de un tajo.

Todos estábamos impresionados, por supuesto.

—¡La ha hipnotizado! —susurré.

—¡Claro que no! —dijo Héctor—. ¡Le está apretando una arteria y la pobrecita se ha desmayado!

No sé si fue porque mi amigo habló demasiado alto o porque la primera fila de butacas estaba muy cerca del escenario, pero el mago nos lanzó una mirada rápida y oscura. Me temo que nos había oído perfectamente.

También Héctor captó esa mirada, aunque se limitó a encogerse de hombros en un gesto casi retador. Después, el hombre volvió a ocuparse del animalito y canturreó otra de sus ininteligibles letanías. Poco a poco, el ave fue saliendo de aquel extraño sopor: alzó la cabeza como si le pesara muchísimo y nos miró a todos con una expresión temerosa y desorientada. Me pareció que también sonreía un poquito, pero, claro, las gallinas no pueden sonreír.

El teatro entero estalló en aplausos y silbidos de admiración. El mago se inclinó muy ceremonioso e hizo uno de esos saludos orientales en los que la mano derecha va dando saltitos desde el corazón hasta las cejas. Vi que Hector no se decidía a aplaudir. Para él, apretarle las venas a una gallina no debía de tener ningún mérito.

El hombre colocó entonces una mesa de madera en el centro del escenario y le dio la vuelta para que viésemos que no había nada debajo. De un viejo arcón pintado de azul fue extrayendo después cinco enormes volúmenes encuadernados en cuero repelado y marchito. Dijo que eran antiguas ediciones de algunas famosas novelas de aventuras. Su bisabuelo se las había dejado en herencia a su abuelo, y este a su padre, que también era mago. Como no sabíamos qué diablos pretendía hacer con los libros, lo observamos en silencio mientras los iba poniendo uno encima de otro hasta formar una torre de cinco pisos sobre la superficie de la mesa. A continuación sacó un par de ratones blancos del bolsillo y los dejó encima del último volumen. Los animalitos se pasearon temblorosos por la tapa mientras el mago nos anunciaba que ahora aquellos roedores iban a atravesar los libros.

Tomó entonces un paño negro, muy fino y brillante, y cubrió con él libros y ratones. Los bordes del paño tocaban el suelo, de modo que ni siquiera podíamos ver las patas de la mesa. El hombre dio unos pases mágicos —seguramente para hacernos creer que había algo fabuloso e inexplicable en un simple truco de prestidigitación— y dijo que los ratones acababan de atravesar el primer volumen y ya iban por el segundo, el tercero, el cuarto… Cuando acabó de hablar, retiró la tela con un movimiento rápido y preciso. ¡Increíble! Los dos ratones habían desaparecido de lo alto de la torre y ahora estaban bajo la mesa, olisqueando el parqué del escenario. Una nueva ovación (acompañada de histéricos silbidos y pataleos) resonó en el salón de actos.

—Pero ¡qué tontería! —dijo Héctor cuando terminaron los aplausos—. Son ratones amaestrados. ¡Seguro que los de arriba están escondidos en un pliegue de la tela!

—Y ¿de dónde han salido los de abajo? —le pregunté.

—Pues de una de las patas de la mesa. Ahí debe de haber una puertecita que se abre con algún sencillo mecanismo…

Creo que también esta vez el hombre había oído las palabras de mi amigo porque le vi lanzar otra fugacísima mirada hacia el lugar donde estábamos sentados. Después se frotó las manos y avanzó de puntillas hacia el proscenio. No sé por qué tuve la impresión de que se estaba acercando disimuladamente a nosotros, como esos profesores que nos pillan copiando en un examen y hacen como que van hacia otro lado, pero de pronto dan media vuelta y de un zarpazo nos quitan la chuleta de la manga.

—Ahora voy a realizar una experiencia extraordinaria —prosiguió—. Ya habéis visto cómo esos dos ratones han atravesado los libros. Podría repetir el experimento con una paloma o un conejo, pero quiero intentarlo con algo mucho mayor, con un par de alumnos del instituto —y aquí, bruscamente, se volvió hacia nosotros y nos apuntó con el dedo—. Por ejemplo, con estos dos simpáticos muchachos de la primera fila. ¿Les damos un aplauso?

La audiencia nos brindó una formidable ovación. Observé con espanto que Héctor se ponía en pie, dispuesto a saltar al escenario.

—Venga, Arturo, vamos a subir.

Pero yo no las tenía todas conmigo. Aquel hombre no me inspiraba confianza.

—No, no. Yo no subo —dije enrojeciendo visiblemente.

—¡Anda, hombre, si no nos va a comer!

—Que no, Héctor. Vete tú.

Mi amigo hizo un gesto de resignación y se plantó en el escenario. Pero el mago nos buscaba a los dos, nos quería a los dos:

—¡Vaya! —exclamó con una sonrisa vagamente diabólica—, se diría que el rubito no quiere participar en el experimento. ¿Qué os parece? ¿Le animamos un poco?

Naturalmente, todos estaban encantados de que fuese yo quien le sirviera de cobaya a aquel tipo tan inquietante, así que comenzaron a gritar:

—¡¡Ar-tu-ro!! ¡¡Ar-tu-ro!! ¡¡Ar-tu-ro!!

Mi madre siempre me aconseja que me comporte con mucha prudencia en la vida, pero sin sobrepasar los límites del ridículo. No tuve, pues, más remedio que ponerme en pie y subir también aquellos cinco escalones en medio de otra ruidosa ovación.

El mago se acercó a mí, me puso una mano en el hombro y dijo que no debía tener miedo, que sólo dos veces le había fallado aquel formidable experimento…, con consecuencias que prefería no recordar, añadió en un tono sombrío.

Mientras el público se partía de risa, observé los ojos torvos y oscuros de aquel hombre y no pude evitar que un escalofrío me recorriese el cuerpo.

No fue nada fácil sentarse encima de los libros. En realidad, casi no había sitio para los dos. Nuestras piernas quedaron colgando en el aire, y allí permanecimos unos minutos, como un par de idiotas, mientras el mago se enrollaba un poco y les pedía a los espectadores un silencio absoluto. Al parecer, si todo salía bien, mi amigo y yo tendríamos que aparecer debajo de la mesa, por arte de magia.

—¡Qué tontería! —me susurró Héctor—. ¿Cómo vamos a atravesar los libros?

Me encogí de hombros. Estaba demasiado nervioso para responder. Antes de que comenzase el numerito, contemplé durante unos segundos la sala en penumbra y todas aquellas miradas expectantes, y tuve la impresión de hallarme en uno de esos tenebrosos teatros que salen en las películas mudas, esos donde un asesino disfrazado de mago acaba con la vida de algún ingenuo espectador con el pretexto de realizar un número de ilusionismo. Recuerdo que me temblaban las manos. Héctor volvió a decirme al oído que seguramente todo acabaría siendo una broma, algo para burlarse de dos pringadillos como nosotros. Le respondí que ya estaba deseando volver a mi butaca.

—¡No me digas que tienes miedo! —replicó.

—¿Pero has visto cómo nos mira ese tipo?

—¡Chist! ¡Que viene hacia aquí!

El mago se acercó a nosotros y nos pidió que permaneciésemos inmóviles y guardáramos silencio. Luego nos explicó que, para realizar ese número, debía cubrirnos también con el paño negro. Claro que antes teníamos que concentrarnos en la misma idea, en la idea de atravesar todos aquellos volúmenes y llegar sanos y salvos al otro lado, es decir, al suelo del escenario. Lo de “sanos y salvos” me dio mala espina, pero no dije nada: no era el momento de hablar.

Cuando el mago anunció que estaba a punto de comenzar el experimento, en el salón de actos no se oía un ruido, un murmullo, un carraspeo. Todos parecían esperar algo increíble y fantástico, aunque nadie podía imaginar lo que bullía en el cerebro de aquel hombre. Enseguida se acercó a nosotros llevando en las manos aquel enorme paño negro que fue elevando poco a poco, hasta dejarlo a la altura de su nariz. Ahora sólo le veíamos los ojos, unos ojos temibles y encendidos. Varias veces insistió en que lo mirásemos fijamente. Héctor intentó hacer un chistecito, pero el mago le obligó a callarse; dijo que no nos cubriría con la tela hasta que estuviese convencido de que los dos creíamos en la posibilidad de atravesar realmente los libros. Después comenzó a hablar en un tono muy suave y persuasivo, y a mí me pareció que su voz sonaba distinta, como si fuese la voz de otro hombre, de alguien que se la hubiera prestado para aquella ocasión.

—Ahora notáis que os vais hundiendo lentamente, que vuestro cuerpo se abre camino entre las tapas de cuero, las páginas impresas, los grabados antiguos… Al principio, esa idea os resulta increíble, desde luego, pero enseguida os sentís muy bien cayendo y cayendo por un largo túnel de papel…

Lo más curioso es que a mí también me parecía que iba metiéndome en los libros, que el mago tenía razón. Y aquel descenso, aquella inmersión, se realizaba además sin ningún problema, como si todo lo que había bajo mi cuerpo se fuese reblandeciendo poco a poco, y yo sólo tuviera que dejar actuar a aquella fuerza oscura y poderosa que parecía arrastrarme hacia el mismísimo centro de la tierra… Después, el mago nos cubrió con el paño y todo se volvió negro de repente.