Los conspiradores - Jesús Carazo - E-Book

Los conspiradores E-Book

Jesús Carazo

0,0
4,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Los conspiradores: Álvaro es muy mal estudiante, solo le interesan los videojuegos, hasta que sus padres le cuentan la verdad sobre su "nacimiento"; y es que Álvaro descubre que quizá es un extraterrestre, igual que el súper empollón de su compañero Boris, y que ambos tienen como misión salvar la Tierra. Así que para cumplir bien esa misión tan importante, es mejor ponerse seriamente a estudiar. Lectura recomendada a partir de 10 años.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2016

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es

© Jesús Carazo, 2012© Ilustraciones de Joaquín González Dorao, 2012

ISBN: 9788416873197

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!  

Jesús Carazo

LOS CONSPIRADORES

Ilustraciones de Joaquín González Dorao

Para mis sobrinos Inés y Javier Guinard

1

Un domingo, al final de las vacaciones de Navidad, mis padres me anunciaron que tenían algo importante que decirme.

—¡Ya voy! –respondí desde mi cuarto mientras aniquilaba de un certero disparo a un enorme monstruo peludo.

Lo que mis padres me iban a decir solo sería importante para ellos, como siempre, pero, de todos modos, apagué la consola y me arrastré hasta el salón. Recuerdo que en la calle estaba nevando y que papá y mamá me esperaban sentados en el sofá, muy serios, mirándome de un modo extrañísimo. Confieso que viendo sus caras no parecía que se tratase de ninguna tontería, así que, antes de que empezaran a hablar, en mi cabeza ya se habían formulado unas cuantas hipótesis: estaban pensando divorciarse, o mandarme interno a un colegio, o despedir a Etelvina...

—Bueno, ¿qué tenéis que decirme?

Enseguida me di cuenta de que ninguno de los dos se decidía a hablar el primero. Mi madre miraba a mi padre y le daba con el codo, disimuladamente, como para animarle. Papá carraspeaba una y otra vez igual que si eso pudiera liberarle del mal trago. Al final, tuvo que comenzar mamá:

—Mira, hijo, Alvarito, lo que tenemos que decirte es algo que nunca le hemos contado a nadie, un enorme secreto que hemos guardado durante trece años, exactamente desde el día de tu nacimiento.

“¡Ostras!” —pensé—, “¡soy huérfano!, ¡no tengo padres!, ¡soy un niño adoptado!”

—No, hijo, adoptado no, eso ya te lo habríamos dicho hace mucho tiempo.

—¿Entonces?

—Va a ser mejor que te sientes, Alvarito.

Me desplomé en un sillón decidido a aceptar que aquella tremenda revelación me cayera encima y me dejase atontado para siempre.

—La verdad es que... –comenzó mi padre–, la verdad es que no viniste al mundo como los demás niños.

—¿Que no vine...?

—No, hijo. Llegaste por... sorpresa. Vamos, que no te esperábamos.

—¿Quieres decir que nací antes de tiempo?

—Pues no, tampoco es eso, Alvarito, tampoco es eso –respondió mi padre carraspeando de nuevo y lanzándole a mi madre una mirada de auxilio.

Yo no conseguía adivinar qué espantoso misterio me habían estado ocultando durante trece años.

—Pero, bueno, ¿soy o no hijo vuestro?

—En cierto sentido sí –dijo mi madre–, porque nosotros te queremos muchísimo, y te hemos cuidado y alimentado desde que eras pequeño... Pero por otro lado...

—¿Por otro lado...?

—¡Anda, díselo ya! –exclamó mi padre, impaciente.

—¡Dímelo ya, mamá!

—Pues, mira..., te encontramos..., bueno, te encontré en... en...

Mamá se mordió los labios como si no deseara terminar la frase (¿el rellano de la escalera?, ¿un parque?, ¿un contenedor de basura?).

—¿Dónde me encontraste, mamá? –pregunté a punto de estallar.

—¡Te encontró en el microondas, Alvarito! –dijo mi padre.

—¿En el microondas?

—Pues sí –prosiguió mi madre–. Una mañana, hace trece años, lo abrí para calentar el desayuno y allí estabas tú, todo encogidito, mirándome...

—Venga, mamá, no esperarás que me crea eso, ¿verdad?

—Pero así es como ocurrió –replicó mi madre sacudiendo la cabeza como para alejar un mal pensamiento–. Recuerdo que me llevé un susto de muerte y que empecé a gritar.

Mi padre asintió en silencio. Luego dijo:

—Estaba fuera de sí cuando llegué, Alvarito. Te miraba fijamente, con los brazos abiertos, pero no se atrevía a cogerte.

—Si me encontrasteis en el microondas es que alguien me había metido allí dentro.

—¡Nadie te metió allí dentro! –exclamó mi madre–. La puerta de la calle estaba cerrada. Nadie hubiera podido entrar esa mañana sin que lo viésemos.

—Habría tenido que romper la cadena y el cerrojo –añadió mi padre en un tono siniestro.

En el silencio que siguió a sus palabras me di cuenta de que tenía la camiseta empapada.

—¡Pero si no es posible...!

—Eso ya lo sabemos, Alvarito.

—Y ese día, al verme..., ¿no hicisteis nada?

—¿Qué podíamos hacer?

—No sé..., preguntar a los vecinos, o a la policía...

—¿Para que te apartasen de nosotros? –dijo mi padre–. Has de saber que mamá se encariñó enseguida contigo.

—¿Solo mamá?

—Bueno, yo también, hombre. Eras tan rico... entonces.

Aquel entonces me hizo bastante daño. Me puse en pie y empecé a dar vueltas por el salón.

—De modo que, según vosotros, ¡soy hijo del microondas!

—No, no, ¡qué tontería! –dijo mi padre–. Lo que pensamos aquel día fue que de algún modo te habías materializado allí dentro, como un... envío de una civilización superior, de algún remoto planeta. No conseguimos explicárnoslo de otra manera. Y, desde luego, tu madre tardó varios meses en utilizar el microondas. ¡Siempre tenía miedo de que apareciese otro bebé en el interior!

—¿Y no encontrasteis algo que aclarase el misterio: un papel, un mensaje, alguna señal?

Mi padre movió la cabeza.

—Nada –dijo.

—Te olvidas del triángulo –le recordó mi madre alzando un dedito.

—Ah, sí, el triángulo... Bueno, no creo que sea importante.

—¡¿Qué triángulo?! –grité yo, medio histérico.

—Esa manchita que tienes en el muslo izquierdo.

—Sí, esa manchita marrón en forma de triángulo –añadió mamá–. Claro que, como dice tu padre, tal vez sea una simple casualidad.

Corrí al cuarto de baño y me miré en el espejo. Era cierto. En el muslo izquierdo tenía una diminuta manchita que parecía dibujar un triángulo equilátero. La verdad es que apenas me había fijado en ella, pero ahora acababa de adquirir una extraordinaria importancia. Regresé al salón agitado por mil imágenes turbulentas.

—¡Así que soy una especie de... Supermán! –dije.

—¿De qué? –preguntó mi padre con una sonrisa.

—De Supermán, ese tipo que hace cosas extraordinarias.

Mi padre torció el gesto.

—De momento, no parece que seas capaz de hacer nada extraordinario –dijo–. En el primer trimestre has traído siete suspensos.

—¡La vida no consiste solo en sacar buenas notas! –exclamé.

—Ah, ¿no?

—Pues no. Supermán se pasa el tiempo ayudando a la gente y salvándola de un montón de catástrofes.

—¡Tus notas son una catástrofe! –exclamó mi padre.

—¡Muy gracioso!

—De todas formas –comenzó mamá en un tono muy suave–, aún eres joven para salvar al mundo y todo eso, pero tal vez un día consigas hacer cosas... extraordinarias.

—¡No podemos negar que con la consola es un as! –dijo mi padre alzando los brazos.

—¡Estoy hablando en serio! –replicó mamá.

—Perdona, mujer. Pero lo que dices es cierto: no me extrañaría que, con el tiempo, Alvarito empezase a desarrollar otras habilidades.

Yo estaba tan excitado que solo se me ocurrió decir lo siguiente:

—¡Quizá un día consiga volar!

—De momento, no lo intentes, hijo –me advirtió mi padre–. Vivimos en un sexto piso.

2

Apartir de ese día tuve la sensación de haber entrado en un universo distinto, paralelo, desde el cual contemplaba la vida de los pobres humanos. Era como estar dentro y fuera del mundo. Aunque las cosas se hallaran muy cerca, a mí me parecía observarlas a través de un catalejo colocado al revés. Pasaba las horas esperando que me sucediera algo extraordinario. Unas veces imaginaba que los músculos de mis brazos se hinchaban de repente (y hacían estallar las mangas de la camisa); otras, que captaba misteriosos mensajes extrasensoriales, o que, de pronto, con solo desearlo, ascendía hasta el techo de mi habitación y allí permanecía un largo rato, maravillado y feliz.

Mi primera conclusión fue que provenía de un planeta mucho más pequeño que la Tierra. Eso podría explicar aquella insoportable languidez que sentía por las mañanas, al levantarme para ir al colegio. También supuse que a mis verdaderos padres les encantaba la música, que seguramente tenían miles de discos y se pasaban el día escuchándolos, a diferencia de mis padres adoptivos, que solo se interesaban por los periódicos y la televisión. Lo que no encajaba muy bien era cómo podía yo sacar tan malas notas viniendo de una avanzadísima civilización capaz de enviar a un bebé a millones de kilómetros de distancia. Claro que tal vez esto no se debía (en el fondo) a mi limitada capacidad intelectual, sino a mi absoluta falta de interés por los problemas que preocupaban a los profesores terrícolas: la Gimnasia, la Historia, los verbos ingleses, las oraciones subordinadas...