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Los Hermanos Burgh una gran familia que no puedes perderte. ¿Cuál era su secreto? Destinada a terminar en un convento, Emery Montbard se disfrazó de hombre y se sumó a la causa del caballero Nicholas de Burgh. Miembro de una familia antigua y orgullosa, Nicholas tenía un fuerte sentido del honor que se vio desafiado cuando reparó en las provocadoras curvas de su misterioso acompañante. ¿Era posible que Emery no se diera cuenta de que revelaba su verdadera identidad cada vez que se movía? Pero Nicholas también escondía un secreto; uno que ocultaba en el fondo de su corazón y que jamás podría revelar.
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Seitenzahl: 265
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2013 Deborah Siegenthal. Todos los derechos reservados.
EL ÚLTIMO ESLABÓN, N.º 528 - mayo 2013
Título original: The Last De Burgh
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin internacional y logotipo Harlequin son
marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-3067-7
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Ser el miembro más joven de una legendaria familia no es algo fácil de llevar, los lazos familiares pueden ser un lastre para un muchacho ansioso por descubrir el mundo. Y eso mismo fue lo que Nicholas de Burgh decidió hacer: buscar aventuras y forjarse como caballero lejos de su entorno. Y cuando creía que lo había aprendido casi todo, se topó con una esbelta joven disfrazada de muchacho que le enseñó que ni la voluntad, ni las armas, ni el intelecto eran tan poderosos como la fuerza del amor.
Esta es la última novela de la famosa y apasionante saga de Deborah Simmons, la historia de los De Burgh, unos hombres difíciles de olvidar. Nicholas estará a la altura de sus hermanos, os lo podemos asegurar...
¡Feliz lectura!
Los editores
Nicholas de Burgh mantenía una mano en el pomo de la espada y un ojo en la clientela de la taberna.
Hasta sus hermanos se lo habrían pensado dos veces antes de quedarse allí; los De Burgh eran intrépidos, no estúpidos.
La sala apestaba a vómito y alcohol, aunque el hedor no parecía molestar a ninguno de los presentes. De hecho, todos tenían aspecto de ser perfectamente capaces de asesinar por unas cuantas monedas.
Todos, menos uno.
Y Nicholas, que ya estaba a punto de irse, se quedó por él.
Era joven y llevaba el inconfundible emblema de los Caballeros Hospitalarios, pero cualquiera se habría dado cuenta de que su condición de caballero no lo haría invulnerable a los delincuentes que frecuentaban ese tipo de sitios.
Estaba cojo y, aparentemente, carecía de escudero.
Sus ojos brillaban por exceso de vino o algún tipo de fiebre, lo cual podía explicar su falta de cautela.
O quizá estaba tan contento de haber vuelto a Inglaterra que había olvidado los múltiples peligros que acechaban en casa.
Fuera cual fuera la razón de su imprudencia, decidió acercarse y prevenirlo. Justo entonces, apareció un templario que se sentó con el joven, se presentó con el nombre de Gwayne y empezó a hablar con él.
A Nicholas le extrañó sobremanera, porque se rumoreaba que las dos órdenes militares estaban enemistadas, pero se dijo que ya no necesitaba de su ayuda y consideró la posibilidad de marcharse. Solo se quedó porque había algo en el templario que le hizo dudar.
Al cabo de unos momentos, se desató una pelea. Nicholas se agachó para evitar una copa de vino que volaba por los aires y se alejó del tumulto, pegado a la pared. Al llegar a la puerta, se giró y volvió a mirar la sala. El templario y el hospitalario habían desaparecido. Tampoco estaban afuera, como tuvo ocasión de comprobar enseguida. Pero no se quedó a ver lo que había pasado; quería alejarse de la taberna antes de que la calle se llenara de bribones.
Apenas había recorrido unos metros cuando una figura surgió de entre las sombras. Era un chico delgado, que jamás habría supuesto una amenaza para un caballero armado hasta los dientes. El chico lo alcanzó y siguió andando con él.
—¿Vigilando, Guy?
—Ya os dije que ese lugar solo os traería problemas —declaró su escudero.
—Por eso me he marchado. Penséis lo que penséis, tengo cariño a mi cuello.
Guy le lanzó una mirada llena de escepticismo y Nicholas alzó una mano para hacerle ver que no estaba dispuesto a discutir el asunto. Su escudero frunció el ceño, pero no dijo nada.
De repente, un ruido rompió el silencio de la noche. Sonó demasiado cerca como para proceder de la taberna, así que Nicholas se detuvo y giró la cabeza hacia un callejón estrecho y oscuro que estaba lleno de inmundicias.
Haciendo caso omiso de las protestas de Guy, entró sigilosamente en el callejón y oyó el inconfundible sonido de un puñetazo. Poco después, vislumbró la túnica blanca del templario. Por su posición, parecía agarrar del cuello a otra persona; presumiblemente, al caballero hospitalario al que se había acercado en la taberna.
—¿Quién va? —preguntó el templario.
Nicholas ya ni siquiera estaba seguro de que fuera un templario. Aunque la Orden de los Caballeros Pobres y del Templo de Salomón distaba de ser lo que había sido, no había caído tan bajo como para que sus miembros se dedicaran al robo. Pero, en cualquier caso, no iba a permitir que asaltara a nadie.
—¡Alto! —ordenó Nicholas, desenvainando su espada.
El templario empujó al joven hacia Nicholas, quien no tuvo más opción que agarrarlo para impedir que cayera al suelo.
—Está en peligro... —dijo con voz débil—. Ayudad a Emery...
Nicholas le prometió que lo haría y dejó al herido a cargo de Guy, antes de lanzarse en persecución del agresor. Sin embargo, el callejón era tan estrecho y oscuro que le costaba avanzar.
Al final, se encontró frente a una pared.
El callejón no tenía salida, así que envainó la espada y empezó a escalar, dando por sentado que el templario habría huido por allí del mismo modo.
Al llegar arriba, calculó la caída que había por el otro lado y saltó. Pero el templario le estaba esperando entre las sombras, espada en mano. Nicholas esquivó la estocada por poco y desenvainó su propia arma. El choque de metal contra metal no llamó la atención de nadie. La zona estaba desierta, y además nadie se habría atrevido a intervenir en una disputa entre dos caballeros.
—¿Quién sois? —preguntó el templario.
—Un caballero leal a sus juramentos —respondió—. ¿Y vos? ¿A qué le sois leal, hermano?
El templario soltó una carcajada.
—Eso no es asunto vuestro —replicó—. Sería mejor que os metierais en vuestros propios asuntos... y que cuidarais vuestra espalda.
La mofa del templario acababa de salir de su boca cuando alguien golpeó a Nicholas por detrás, en la cabeza.
Antes de perder el sentido, pensó que, en otros tiempos, no se habría dejado emboscar con tanta facilidad. Que habría oído que se acercaba alguien; que habría imaginado que aquel truhan le estaba hablando sin más intención que distraerlo.
Emery Montbard despertó sobresaltada y se preguntó qué la había arrancado del sueño. Miró a su alrededor y no vio nada. La pequeña habitación estaba en silencio. Pero algo la había despertado, así que permaneció inmóvil y alerta.
Y entonces, lo oyó.
Parecían pisotones de un animal grande. Quizá, de una vaca que se había colado en el jardín y que amenazaba con aplastarle las plantas.
Se levantó y corrió hasta la estrecha ventana con intención de pegar un grito al animal y asustarlo, pero se contuvo. No era un animal de cuatro patas, sino de dos. Un hombre. Un caballero hospitalario.
Emery supuso que se habría perdido. Se resistía a creer que fuera un allanamiento deliberado, aunque siempre cabía la posibilidad de que algún desconocido se hubiera enterado de que vivía allí, sola. El simple hecho de pensarlo bastó para que se estremeciera. Y ya estaba buscando una forma de defenderse cuando el hombre alzó la cabeza y la luz de la luna reveló un rostro amado y familiar.
—¡Gerard!
Emery pronunció el nombre de su hermano con asombro. Se quedó tan desconcertada que ni siquiera se dio cuenta de que Gerard no parecía haberla oído; simplemente, corrió a la puerta de la casa y abrió.
Gerard se había desplomado.
—¿Qué ocurre? —preguntó mientras se arrodillaba—. ¿Os han herido?
Él abrió los ojos y los volvió a cerrar, como para confirmar sus sospechas.
—No os mováis... iré a buscar a ayuda.
Emery no quería dejarlo solo, pero pensó que los caballeros de su Orden sabrían qué hacer; y ya se disponía a incorporarse cuando le agarró la muñeca con una fuerza sorprendente.
—No, no... Cuidado, Em... Os he puesto en peligro. No os fiéis de nadie.
—Pero...
Él apretó con más fuerza.
—Prometédmelo —susurró.
Sus ojos brillaron en la noche, bien por la intensidad del momento o bien, por la fiebre que ardía en ellos.
Emery asintió. Él le soltó el brazo y cerró los ojos otra vez, como si el esfuerzo de hablar lo hubiera dejado sin energías.
«No os fiéis de nadie.»
Su advertencia flotó en el ambiente de un modo tan sobrecogedor que, de repente, el silencio y el familiar paisaje del jardín, sumido en las sombras, parecían llenos de peligros.
La brisa meció las hojas de los árboles. Emery contuvo la respiración y avivó el oído, esperando un sonido de pisadas o de cascos de caballo. Pero solo oyó el viento y los latidos de su propio corazón.
Pensó con rapidez y se dio cuenta de que, si alguien los estaba acechando, oculto en la oscuridad, no tenía nada con lo que defender a su hermano y defenderse a sí misma; así que se levantó y arrastró a Gerard hasta la seguridad relativa de su pequeña morada.
Una vez dentro, atrancó la puerta y se volvió a concentrar en su hermano. Avivó el fuego, puso agua a calentar y observó a Gerard a la luz de las llamas. Tenía un labio partido y cortes en la cara y en el cuello, pero la herida que encontró en su muslo era lo más preocupante.
Parecía un tajo que no se había curado bien. Tal vez fuera el motivo que le había hecho volver de Tierra Santa.
Emery no había sabido de él en casi un año, pero su alivio al verlo se empañó por las circunstancias de su inesperado regreso. ¿Habría vuelto a casa sin permiso? Esperaba que no, porque sabía que la desobediencia a los superiores de la Orden se castigaba con la expulsión y, a veces, con la excomunión. Pero no se le ocurrió otro motivo que justificara su negativa a pedir ayuda a los caballeros hospitalarios.
Sacudió la cabeza y se dijo que quizá no era consciente de lo que decía. Luego, le limpió la herida de la pierna y le preparó una tisana que sirvió para hundirlo en un sueño irregular. Emery se apoyó contra el lateral del estrecho camastro y apoyó la cara en el brazo de su hermano, agotada.
Llevaba tanto tiempo sola que el calor de su contacto la reconfortó. Poco después, Gerard empezó a hablar en sueños. Emery solo entendió dos palabras, «sarraceno» y «templario», aunque pronunciadas con tanta inquietud que lanzó una mirada por encima del hombro, temiendo que hubiera otra persona en la estancia.
Gerard se tranquilizó un poco y ella se quedó medio dormida. Hasta que su voz, ahora más clara, la despertó.
—¿Dónde está el paquete que os envié?
—¿El paquete? No sé nada de un paquete...
Gerard gimió.
—Entonces, estamos perdidos.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
No llegó a contestar. Cerró los ojos y se quedó dormido de un modo tan inmediato que Emery se preguntó si habría sido consciente de su breve momento de lucidez. Estaba preocupada. En otras circunstancias, habría acudido a los caballeros de la Orden en busca de ayuda; pero la advertencia de Gerard resonaba en sus oídos y, además, no quería que la volvieran a separar de su hermano.
Esperaría hasta el día siguiente. Y decidiría después.
Emery despertó lentamente y parpadeó, desconcertada. Tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba tumbada en el suelo, y unos segundos más en recordar lo sucedido durante la noche anterior.
Se incorporó y clavó la vista en la cama; estaba vacía. A continuación, miró la estancia con inseguridad y se preguntó si habría sido un sueño. Pero su corazón se negó a creer que lo hubiera soñado.
Recorrió la casa en busca de Gerard, sin éxito. Después, volvió al dormitorio y observó que la taza donde le había servido la tisana estaba vacía y que el paño con el que le había limpiado las heridas había desaparecido. ¿Habría sido producto de su imaginación? Confundida, se llevó las manos a la cara. Y entonces, encontró una prueba inequívoca de la presencia de su hermano. Tenía sangre entre las uñas.
Sin embargo, alguien se había tomado la molestia de eliminar cualquier rastro que delatara la visita de Gerard; alguien que solo podía ser él mismo, porque si otra persona hubiera entrado en la casa, ella lo habría notado.
«No os fiéis de nadie».
Las palabras de su hermano volvieron a la mente de Emery, junto con las extrañas referencias a templarios y sarracenos. Al recordar que las había creído consecuencia de la fiebre, se preocupó más por su desaparición y salió de la casa con la esperanza de encontrarlo afuera.
La pálida luz del alba no reveló nada. Todo estaba tranquilo y en silencio. Solo se oían los cantos de los pájaros.
Emery dudó. No sabía si permanecer en la seguridad relativa de las cuatro paredes de su casa o salir en busca de Gerard. Recelaba de lo segundo, pero su hermano podía estar cerca, enfermo, perseguido por sus propios demonios o, peor aún, bajo una amenaza real.
Se estremeció y pensó que, en cualquier caso, sería mejor que lo encontrara ella. Así que volvió al interior de su morada con intención de vestirse adecuadamente.
Al inclinarse para alcanzar la falda, Emery miró la cama y vio algo que no había visto antes, semioculto entre los pliegues de la manta.
Estiró un brazo y lo alcanzó. Era una especie de pergamino, pero más pequeño, como si fuera un fragmento; uno estrecho y completamente cubierto por dibujos de colores brillantes, parecidos a los de algunos manuscritos. Al principio, pensó que Gerard lo habría arrancado de un libro, pero los bordes no mostraban indicio alguno de tal abuso.
Entonces, se dio cuenta de que los bellos dibujos rodeaban una figura central, inquietante y vagamente amenazadora, cuyo aspecto se encontraba a mitad de camino entre una serpiente negra y una espada. De inmediato, se preguntó si se le habría caído a Gerard o si lo habría puesto allí para dejarle un mensaje.
Lo observó con más atención, buscando cualquier cosa que pudiera estar oculta entre los dibujos de hojas y flores. Y lo encontró enseguida, debajo de la serpiente. Era una frase que otra persona habría creído parte de la ilustración; pero ella conocía bien la letra de su hermano y supo que la había escrito él.
«No os fiéis de nadie».
Tanto si Gerard estaba en su sano juicio como si no, Emery comprendió que el peligro era real y se sentó en la cama, temblando.
Su primer pensamiento fue el de dirigirse a los Caballeros Hospitalarios en busca de ayuda, puesto que siempre ayudaban a los de su Orden; pero no podía hacer caso omiso de la advertencia que tenía entre las manos.
¿A quién acudir? Solo tenían un familiar, un tío que no era digno de confianza porque anteponía sus intereses personales a los intereses de la familia. Pero entonces, ¿quién? ¿Quién tenía los medios necesarios para enfrentarse a enemigos desconocidos que, por lo que Emery sabía, podían ser las propias autoridades eclesiásticas? En toda Inglaterra, no había más que un puñado de hombres que encajaran en esa descripción.
Además, Emery suponía que su hermano se había ido sin decir nada porque no quería que hiciera o dijera nada al respecto. Pero no se podía quedar de brazos cruzados. Gerard estaba enfermo y en peligro.
Ella era la única persona que lo podía ayudar.
En otros tiempos, no habría dudado ni un segundo. Años antes, cuando ansiaba la aventura y se creía tan capaz como Gerard, habría salido a buscarlo. Pero la experiencia había apagado su coraje y ahora se contentaba con una vida oscura y triste.
Sin embargo, aquello no tenía nada que ver. Abandonar sus esperanzas y sus sueños era algo muy diferente a dejar a Gerard a merced del peligro. Estaba solo y la necesitaba. No podía dar la espalda al único ser que le importaba de verdad.
Sin embargo, no se atrevía a salir de allí. Y el miedo la mantuvo clavada en el sitio hasta que oyó un ruido procedente del exterior.
Emery pensó que sería Gerard, que había vuelto; a fin de cuentas, había pocas personas que se acercaran tan temprano a un lugar tan remoto como aquel. Pero cuando se acercó a la ventana y miró, no vio a su hermano. El jinete solitario que pasó en la distancia llevaba la típica túnica blanca de los templarios.
Se apartó de la ventana a toda prisa, con el corazón en un puño. El hecho de que un caballero apareciera inmediatamente después de las advertencias de Gerard no podía ser una simple coincidencia.
Se arrodilló y tiró de la baldosa suelta del suelo hasta que logró sacarla. Después, metió la mano en el agujero que ocultaba y sacó las alforjas que había escondido allí un año antes, cuando se afincó en ese lugar.
Entre los objetos que contenía se encontraban las viejas prendas de Gerard; las prendas que ella había usado para disfrazarse y hacerse pasar por su hermano mellizo. No se las había puesto en mucho tiempo, y se sintió aliviada al descubrir que aún le quedaban bien. En su lugar, puso el fragmento de pergamino, sus hierbas medicinales y toda la comida que podía llevar.
A continuación, se preguntó si Gerard se habría ido a pie y extrañó el palafrén que una vez le había pertenecido; pero no se podía presentar en los establos vestida de hombre ni tomar prestada su antigua montura.
Se echó las alforjas al hombro y abrió la puerta, haciendo un esfuerzo por contener el temor que la dominaba. En sus prisas, había olvidado toda cautela; un error en el que solo cayó al ver que no estaba sola.
Ante ella, se alzaba un hombre. No era ni su hermano ni el jinete templario; era un desconocido extraordinariamente alto, casi treinta centímetros más alto que Gerard, de hombros anchos y brazos cuyos grandes músculos no le sorprendieron en exceso, habida cuenta de la cota de malla y de la pesada espada que cargaban.
Obviamente, era un caballero; pero sin el semblante feroz de algunos. Y aunque tenía un aspecto peligroso, no le pareció amenazador.
Emery se fijó en su cabello castaño, algo revuelto, y en su piel morena. Jamás habría dicho que fuera un hombre bello, puesto que carecía de belleza en el sentido femenino del término; pero sus blancos dientes y sus cálidos ojos, del mismo color de su cabello, le parecieron sencillamente impresionantes.
Emery se dio cuenta de que el desconocido sonreía en el mismo momento en que se dio cuenta de que lo estaba mirando fijamente. Respiró hondo, carraspeó y encontró las fuerzas necesarias para decir:
—¿Qué se os ofrece, señor?
El hombre inclinó la cabeza.
—Permitid que me presente. Soy Nicholas de Burgh —respondió—. Anoche ayudé a un caballero hospitalario al que encontré en mi camino... he querido asegurarme de que llegó bien a casa. ¿Con quién tengo el placer de hablar, joven? ¿Sois Emery?
Emery tardó un momento en comprender que el caballero la había tomado por un hombre joven, y otro momento en reconocer su apellido. Los De Burgh eran una familia poderosa, cuyos miembros tenían fama de ser tan hábiles con la espada como guapos. Y al parecer, su fama era justa; al menos, en lo tocante a su aspecto físico.
Pero eso le interesó menos que su reputación de ser personas de honor. Lamentablemente, había demasiados caballeros que no respetaban el voto de proteger a los débiles, honrar a las mujeres y ayudar a los necesitados.
A Emery le pareció un regalo caído del cielo. Al fin y al cabo, ¿no acababa de desear un salvador con los medios y el arrojo necesarios para enfrentarse a cualquiera? Nicholas de Burgh era el salvador perfecto. Todo en él, desde su indumentaria hasta sus modales, denotaba riqueza, poder y privilegios. Sin embargo, ¿qué posibilidades había de que un personaje tan famoso se presentara de repente en la puerta de su humilde morada?
«No os fiéis de nadie», le había dicho Gerard.
Miró al caballero y se preguntó si la advertencia de su hermano incluía a aquel hombre. Parecía amable y digno de confianza, pero pensó que también se lo habrían parecido la mayoría de los caballeros templarios y hospitalarios.
Parpadeó, insegura. Y quizá habría permanecido así indefinidamente, si no hubiera aparecido una segunda persona, un joven que apareció entre los árboles y le lanzó una mirada llena de desprecio.
—¿Cómo os atrevéis a guardar silencio? Mi señor resultó herido al enfrentarse al templario que atacó al hospitalario, y por Dios os digo que le daréis una respuesta —bramó—. ¿Sois Emery? ¿O no?
Emery se quedó pálida al oír la referencia al templario. Gerard no había mencionado a un De Burgh, pero había mencionado a los templarios.
—Sí, soy Emery —respondió al fin—. Gerard ha estado aquí, herido; pero se ha marchado antes de que yo me despertara. Me disponía a buscarlo.
—¿A pie? —preguntó el joven, incrédulo.
—Es mi hermano —dijo ella.
El joven la siguió mirando con escepticismo, pero Nicholas de Burgh asintió y Emery se sintió repentina y extrañamente unida al gran caballero. Además, prefería confiar en él a confiar en un templario.
Carraspeó, lo miró a los ojos y dijo:
—¿Me ayudaréis a encontrarlo, señor?
Emery contuvo la respiración mientras Nicholas la observaba con detenimiento. Estaba nerviosa; pero en ese momento, su nerviosismo no tenía nada que ver con la desaparición de Gerard.
—Podéis montar con mi escudero, Guy —respondió.
Ella suspiró y Guy susurró unas palabras de protesta que su señor cortó en seco con una simple mirada.
Cuando montó tras el escudero, Emery se dio cuenta de que se había metido en un lío. Aquello no se parecía nada a sus antiguas aventuras con Gerard, que obviamente estaba al tanto de su disfraz y se lo permitía. Ahora se vería obligada a ocultar la verdad o separarse de ellos, porque ningún hombre habría tolerado ese comportamiento en una mujer adulta.
A pesar de tales preocupaciones, su temor y su inquietud se disiparon poco a poco. Tenía presente la advertencia de Gerard, y estaba decidida a no confiar en nadie por atractivo y poderoso que fuera; pero cuando Guy giró su montura hacia el caballo de su señor, Emery supo que seguiría a Nicholas de Burgh hasta los confines del mundo.
Si él se lo permitía.
Nicholas contempló el interminable páramo y se maldijo para sus adentros. Las largas extensiones de musgo ocultaban cenagales traicioneros, y los pocos caminos que atravesaban el brezal, casi imperceptibles, no parecían llevar a ninguna parte.
El inhóspito paisaje era tan distinto al de Campion, que Nicholas sintió añoranza de su hogar y se preguntó si volvería a ver otra vez sus torres doradas.
Se giró hacia Guy, quien no había ocultado su deseo de dar la vuelta y volver sobre sus pasos. Lo que habría debido ser un viaje fácil se había transformado en algo muy diferente, y Nicholas se sintió culpable por haberlo arrastrado con él. Pero se dijo que Guy volvería más tarde o más temprano a casa; con o sin su señor.
Guy se había opuesto a que hiciera suya la causa del hospitalario; afirmaba que una disputa entre dos caballeros desconocidos no era asunto de nadie más. Sin embargo, Nicholas ardía en deseos de afrontar la tarea porque le ofrecía lo que necesitaba en ese momento, un objetivo para seguir adelante.
Incluso cabía la posibilidad de que ahora, con un propósito en su vida, se disiparan las dudas que lo habían asaltado durante los meses anteriores. Una posibilidad que, tras perder el rastro del caballero, le pareció remota.
Escudriñó el páramo vacío y se preguntó por dónde empezar a buscar. No quería decepcionar al hermano del caballero hospitalario, pero miró al chico y se sintió incómodo por la intensidad de sus ojos azules. Fue algo extraño, como si le hubieran sorprendido mirando a la mujer de otro hombre.
Guy notó su incomodidad y adoptó una expresión de extrañeza. Molesto, Nicholas desmontó y llevó su montura hasta un arroyo. Pero Guy, que se acercó enseguida, no se dejó engañar por su señor.
—¿Qué sucede? ¿Habéis perdido el rastro?
Nicholas frunció el ceño. En otros tiempos, nadie le habría dirigido una pregunta como aquella, llena de preocupación; y menos que nadie, un escudero. Pero las cosas habían cambiado. Todo se había vuelto más difícil. Ya no era el joven que daba por descontados los privilegios y las habilidades que siempre había poseído.
Asintió y volvió a otear la zona, buscando algo que le hubiera pasado desapercibido hasta entonces; pero no vio nada y sus ojos se volvieron a clavar en Emery, que en ese momento acariciaba el cuello de la montura de Guy.
—Puede que el chico nos sea de ayuda —dijo.
Guy soltó un bufido.
—Me temo que el chico es corto de entendederas, señor —declaró el escudero—. A decir verdad, estoy seguro de que...
Impaciente, Nicholas alzó una mano para interrumpir su discurso. Había prometido ayudar al hermano de Emery y estaba decidido a cumplir su palabra, con independencia de las opiniones de Guy.
Su escudero farfulló de indignación, pero Nicholas despreció sus protestas e hizo un gesto a Emery para que se aproximara a ellos. Esperaba que Guy estuviera equivocado con el estado mental del chico.
—¿Conocéis bien esta zona, Emery? —le preguntó.
Emery respondió con la cabeza gacha, como si tuviera miedo de mirarlo a los ojos
—Un poco, señor.
Nicholas respiró hondo. Era un chico extrañamente atractivo, de ojos extrañamente bellos y pestañas extrañamente largas.
—¿Tenéis alguna idea de adónde puede haber ido vuestro hermano?
El chico sacudió la cabeza. Llevaba un sombrero calado que impedía ver el color de su cabello, pero sus cejas eran finas y negras.
Nicholas apartó la mirada, nuevamente incómodo.
—¿Adónde llevan esos caminos?
—En el páramo hay poca cosa, señor. Solo edificios religiosos, además del monasterio de los hospitalarios, el monasterio de los templarios y...
—¿Los templarios? ¿Dónde está?
Emery señaló una elevación del terreno. Nicholas miró a Guy y dijo:
—Quizá deberíamos acercarnos y preguntar por el canalla con quien luché.
Guy se limitó a fruncir el ceño, así que Nicholas volvió a concentrar su atención en Emery.
—¿Sabéis de algún caballero que esté en litigio con vuestro hermano?
Emery sacudió la cabeza una vez más.
—No, aunque Gerard me advirtió anoche contra los templarios, entre otros —contestó—. Pensé que sus palabras eran producto de la fiebre, hasta que esta mañana vi a uno que se dirigía a Clerkwell, al monasterio de la Orden de los Hospitalarios y...
—¿Esta mañana? ¿Visteis a un templario y os lo callasteis?
Emery se estremeció ante el tono de sus palabras. Él se dio cuenta de que había sido demasiado brusco y suavizó su expresión.
—Es que tuve miedo, señor. Solo pensé en escapar del templario y en impedir que me encontrara —dijo.
Nicholas lo miró con seriedad.
—Habéis dicho que el templario se dirigía al monasterio, ¿no?
—Así es, señor.
—Pero si estaba siguiendo a vuestro hermano, habría ido a vuestra casa... Eso parece indicar que le había perdido la pista. Seguramente, optó por ir a la propiedad de los hospitalarios más cercana con la esperanza de encontrar a Gerard.
—No entiendo nada —declaró Guy, confuso—. ¿Es que los dos caballeros pertenecen a la misma Orden?
—No, en absoluto. Son miembros de órdenes religiosas distintas —respondió Nicholas—, aunque tienen algo en común... a diferencia de la mayoría, las órdenes de los templarios y de los hospitalarios son militares.
Cuando Guy parpadeó, Emery decidió intervenir.
—La Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén se fundó para ofrecer cuidado médico a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, mientras que la Orden de los Caballeros Pobres del Templo de Salomón se fundó para proteger a los peregrinos, sin más —explicó—. Pero los hospitalarios se convirtieron más tarde en una orden militar, y ahora también combaten a los infieles.
—Monjes guerreros... —dijo Guy con recelo.
—A Oriente solo viajan los caballeros jóvenes y capaces —puntualizó Emery—. Los monjes no luchan; se quedan aquí y se dedican a cuidar de sus propiedades, criar caballos y buscar donaciones para la causa.
Al oír las palabras de Emery, Nicholas pensó que la suya era una causa perdida. Palestina estaba condenada a caer, y algunos culpaban a las órdenes militares con el argumento de que sus miembros se habían vuelto arrogantes y corruptos. Además, el hecho de que los templarios y los hospitalarios gozaran de dispensa en lo tocante a tributos y diezmos, empeoraba su imagen en Inglaterra.
—¿Donaciones? Tenía entendido que los templarios ya eran tan ricos como Midas... —dijo Guy, como confirmando los pensamientos de su señor—. Su nuevo templo de Londres está lleno de oro. El oro del rey.
—Porque el rey así lo ha deseado —le recordó Nicholas—. Los templarios solo actúan en calidad de banqueros. Guardan las riquezas de otros y transfieren una parte a Tierra Santa, para financiar la guerra.
—Además, las normas de las órdenes militares exigen un compromiso desinteresado —se sumó Emery—. Ni siquiera pueden tener pertenencias personales.
Guy no pareció convencido.
—Si tan piadosos son, ¿cómo es posible que los templarios tengan fama de borrachos? Y he oído cosas aún más graves. Extraños rumores sobre tesoros escondidos y reuniones secretas. —Guy se giró hacia su señor—. Mirad que uno de ellos estuvo a punto de daros muerte.
—Es posible que no todos sean lo que deberían ser. Sin embargo, dudo que su Orden aprobara el comportamiento del canalla al que vimos... Intimidación, intento de robo y asalto.
—Y también es posible que ese canalla no sea lo que parece. —Guy lanzó una mirada a Emery—. Puede que no sea un templario, sino un hombre disfrazado de tal.
—Sea como sea, solo hay una forma de salir de dudas —dijo Nicholas—. Veamos qué tienen que decir sus camaradas de la Orden... Y si Gwayne, como se hizo llamar en la taberna, se aloja allí, es posible que ya haya regresado.
Guy se alarmó.
—Si se aloja allí, estará en su elemento, señor. Tendrá un ejército de amigos dispuestos a acudir en su ayuda.
Nicholas torció el gesto. Era más que capaz de quitarse de encima a unos cuantos monjes, pero se negó a entrar en una discusión sobre sus habilidades.
—Dudo que todo ese lugar esté lleno de villanos.
Guy volvió a su caballo y Nicholas intentó hacer lo propio, pero se detuvo porque Emery le puso una mano en el brazo.
—¿Sí?
—Sed cauteloso, señor. Aunque esta zona del país está muy aislada, las casas religiosas lo están todavía más. Tienen poco contacto con el mundo exterior y solo acatan las órdenes de las autoridades eclesiásticas.
Nicholas se preguntó si todo el mundo había perdido la confianza en él. No se enfrentaban a un ejército, sino a un monasterio poblado de hombres, cuyos días de lucha eran un simple recuerdo del pasado; pero los ojos azules de Emery se clavaron en los suyos con ansiedad, de modo que se tragó el orgullo herido y eligió sus palabras con cuidado.
—¿Creéis que se atreverían a enemistarse con la familia De Burgh?
—No lo sé, señor.
Emery inclinó la cabeza y se alejó hacia el caballo de Guy, dejando a Nicholas a solas con sus pensamientos.
