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AALIYAH ES UNA LUCHADORA. Una gimnasta que sueña con una vida mejor y que hará todo lo que sea necesario para alcanzarla. SHAWN ES UN SOÑADOR. Un alma sensible que pronto irá a la universidad para convertirse en escritor. Pero primero, pasará unas vacaciones en la playa con sus amigos. Allí van a encontrarse y entre atardeceres, sonrisas y palabras que jamás creyeron ser capaces de decir, sentirán que se conocen desde siempre. Pero el destino torcerá sus planes y su romance de verano les dejará las heridas más profundas. ¿PODRÁN SANARLAS CUANDO VUELVAN A ENCONTRARSE? ¿PODRÁ EL AMOR SER MÁS FUERTE QUE EL PREJUICIO Y LA CULPA?
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Seitenzahl: 510
Veröffentlichungsjahr: 2022
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“Un ciervo herido salta más alto”.Emily Dickinson
¡Genial! Cruzaba la acera repleta de gente cuando la espalda de un chico que iba bromeando con sus amigos colisionó contra mí.
Quedamos tan cerca que tuve que aferrarme a su brazo para no caer. Sin querer, mis dedos se colaron por dentro de la manga de su camiseta y entraron en contacto con su piel.
Giró la cabeza. Cuando nuestras miradas se encontraron, experimenté una sensación muy extraña. Por más raro que pareciera, bastó un segundo para que ese desconocido despertara algo en mí.
Tenía el pelo castaño, los ojos marrones, un rostro que bien podía ser latino y una pequeña cicatriz cerca de la boca. Nada del otro mundo. Era más bien un chico común que solo tenía a favor un peculiar atractivo que no sabía de dónde provenía y que no podía definir.
—Perdón —dijo con tono preocupado y mirada arrepentida.
—Está bien —respondí, quitando la mano de su brazo, y me alejé.
—¡>Aaliyah! —gritó mi amiga Ollie, y me tomó de la mano para arrastrarme al interior de una tienda de ropa—. ¿Te gusta esta? —preguntó, mostrándome una falda blanca estampada con flores rosadas y hojas verdes.
—Sí, me encanta. ¿La comprarás para usarla el sábado?
—¿Iremos a la fiesta?
—No es que tengamos algo mejor que hacer —repliqué, encogiéndome de hombros. Iba a decir algo más, pero la alarma de mi móvil me impidió seguir—. Me tengo que ir —le informé.
La saludé con un gesto y me fui. Si llegaba tarde al trabajo otra vez, temía que Raimon, mi jefe, me despidiera. Había agotado mis retrasos por ese verano.
Corrí a la parada del autobús y luego a la cafetería. Entré quitándome la camiseta. Como estábamos en la playa, Raimon quería que utilizáramos solo un pantalón corto y la pieza superior del traje de baño. Los chicos trabajaban con el torso desnudo.
Saludé a Justin, mi compañero, apoyando una mano en su espalda. En ese momento, él estaba dejando un pedido en una mesa y no pudo girar para devolverme el saludo. Me apresuré a ir detrás del mostrador y busqué mi anotador.
—¿Todavía necesitas eso? —me preguntó Raimon, sin apartar la mirada de la caja registradora. Contaba dinero con las gafas en la punta de la nariz.
—Solo cuando el pedido es grande —respondí.
—Deberías ejercitar la memoria.
—Ajá —murmuré, y me dirigí a una mesa. Prefería atender clientes que seguir escuchando sus protestas.
Creí que se olvidaría de quejarse, pero en cuanto regresé para ingresar el pedido en el ordenador, comprendí que me había equivocado.
—Las deportistas son así. No tienen mucho cerebro para otras cosas —soltó, y acompañó el ácido comentario con una risa áspera ahogada.
Al único al que esa indirecta disfrazada de broma le parecía graciosa era a él. Apreté los dientes deseando decirle todo lo que ese imbécil se merecía, pero preferí conservar mi empleo. Es mi último verano en su cafetería, pensé. El año que viene me mudaré para ir a la universidad. Conseguiré esa beca.
Por suerte, se fue cuando comenzaba a caer el sol. Le gustaba controlar a sus empleados, pero odiaba el atardecer allí: la multitud invadía la tienda antes de irse de la playa y, como nuestros clientes de ese horario eran casi todos jóvenes, subíamos el volumen de la música hasta casi no escucharnos. Eso les recordaba las fiestas en la playa y las discotecas, quizás por esa razón entraban tantos. A Raimon le encantaba el dinero que recaudábamos con nuestra estrategia, pero no toleraba la música y la gente, así que dejaba a Justin a cargo. Éramos afortunados de que, al menos, confiara un poco en él. Lo que más abundaba a esa hora eran pedidos para llevar. Para agilizar el servicio, Justin y yo nos quedábamos en el mostrador mientras que Belle se ocupaba de las mesas.
Terminaba de ingresar una orden en la computadora cuando una voz que me sonó conocida pronunció mi nombre. Alcé la cabeza y me reencontré con el chico que me había llevado por delante en la puerta de la tienda de ropa. ¡Así que había escuchado a Ollie y recordaba cómo me llamaba! Yo, en cambio, para ese momento me había olvidado por completo de él hasta que apareció.
—Hola. ¿Qué podemos servirte hoy? —pregunté. Era una norma de la cafetería recibir a los clientes con esa frase hecha.
Cuando sonrió, recordé de golpe lo extraña que me había sentido durante nuestro primer encuentro, y la sensación me agradó.
—Creo que recordaré tu nombre para siempre. Es tan único como tus ojos. Son más lindos que el mar cuando refleja la luz del sol, casi diría que son de color turquesa.
Hice una mueca con una mezcla de molestia y diversión. Estaba acostumbrada a las tonterías que decían los chicos que visitaban la cafetería en verano. Muchos solían confundir a las camareras con chicas ansiosas por tener sexo en el asiento trasero de un auto, entonces desplegaban sus artes de seducción. El ambiente de la playa creaba la falsa sensación de que todos éramos amigos y el flirteo era moneda corriente. Además, todos los que querían tener sexo conmigo halagaban mis ojos; eran fáciles de distinguir en mi rostro de piel blanca y con el marco de mi pelo castaño rizado. Sí, vivía en una ciudad de playa, pero odiaba estar bronceada.
Aunque sabía que objetivamente quizás era bonita, creía que me faltaba altura, y si bien no estaba excedida de peso, tampoco era delgada. Era más bien maciza a causa del ejercicio físico y no me parecía en nada a las chicas que podían ganar un concurso de modelos de la playa.
Por todas esas razones, lo que más destacaba dentro de mi envase de “chica bonita, aunque común y corriente”, eran mis ojos. El secreto estaba en cuán original fuera el cumplido, y ese, a decir verdad, era tan elaborado que merecía, al menos, un poco de paciencia.
—Okey —dije, evitando sonreír—. ¿Qué vas a llevar?
La risa del desconocido me resultó contagiosa, se notaba que era feliz. En sus ojos había algo especial, una luz interior que no había visto antes en ninguno de los cientos de chicos que pasaban por la cafetería, y eso me resultó atrapante y tentador. ¿Sería un visitante? Tenía pinta de turista.
—Tres limonadas y una sonrisa de la camarera, por favor —contestó.
—¡Ey, Belle! —grité de buen humor. Mi compañera giró para mirarme—. Este chico quiere que le sonrías.
Belle mostró los dientes en algo parecido a una sonrisa que desentonaba con su estilo gótico y volvió a prestar atención a los clientes. Él rio.
—Me gusta tu sentido del humor —concluyó.
—Son nueve dólares —dije. Me pagó con diez y me pidió que guardara el cambio—. Genial. Te entregaremos tu pedido por el otro mostrador con el número que figura en tu ticket. Gracias por comprar en Raimon’s.
Enarcó las cejas, bajó la cabeza y giró sobre los talones de forma exagerada. Me mordí el labio mientras lo observaba alejarse. A simple vista, no tenía nada especial, sin embargo me parecía tan lindo… Me despertaba ternura, y ese era un sentimiento muy extraño en mí. Las chicas duras de mi barrio no sentíamos cosas así, y menos por alguien que apenas conocíamos.
Atendí el siguiente cliente y recogí los pedidos que Carson, el encargado de la cocina, había dejado sobre el mostrador interno. Volví a recibir órdenes y otra vez fui en busca de las que ya estaban listas. En esa nueva tanda encontré las limonadas del chico de sonrisa contagiosa.
—Gracias —dijo cordialmente cuando se las entregué, y se retiró.
Nada más que eso. No sé por qué, aunque le había dejado claro que no tendría una oportunidad conmigo, me hubiera gustado que se despidiera con otro de esos cumplidos rebuscados que le habían hecho ganarse mi paciencia.
Esa noche regresé a casa pensando en él. Recordar su ingenio y su sonrisa hizo que inevitablemente me cayera bien.
Cuando llegué, encontré a papá mirando televisión. No había rastros de Dee, mi hermana menor, y al parecer mamá todavía no había regresado del trabajo. Me apenaba que tuviera que esforzarse tanto, a diferencia de mi padre, que literalmente hacía nada. Lo quería, porque llevaba su sangre, pero había hecho cosas imperdonables, y por él yo tenía que convivir con la vergüenza. Nos llevábamos pésimo, aunque a la vez sentía culpa por rechazarlo. Él, en cambio, no parecía sentirse culpable por nada, ni siquiera porque nos había arruinado.
Le dije “hola” solo por compromiso.
—¿Hasta qué hora trabajará mamá hoy? —pregunté.
—Los Davis invitaron a sus amigos a cenar y le pidieron a tu madre que se quedara hasta que se fueran —respondió él, incorporándose en el sillón—. Parece que su hija consiguió un papel como extra en una película. ¿Quién lo aguanta al jefe de tu madre ahora? Es un idiota con suerte, y los idiotas con suerte son unos arrogantes. Lo odio tanto como a Raimon. ¡Otro idiota! Ojalá que el gobierno le clausure esa estúpida cafetería.
—Al menos John Davis le da trabajo a mamá, y Raimon, a mí, por eso no deberías desear que clausuren la cafetería —contesté—. En cambio, ¿quién te da trabajo a ti? ¿No te preguntas por qué? Es porque mamá y yo de verdad queremos trabajar, en cambio tú solo quieres mirar televisión.
—Te he dicho mil veces que yo no tengo la culpa de que me hayan despedido de la concesionaria y de que los jefes sean todos unos idiotas.
—Te despidieron porque robaste.
—Yo no robé. Solo tomé prestado dinero que les sobraba.
—¿Eso le dijiste al juez? ¡Con razón te metió en la cárcel tres años! ¿Dónde está Dee? —Era mejor que dejáramos de discutir por lo que ya no cambiaría.
—No sé.
—¿No sabes? Tiene trece años, no puede andar por ahí como se le dé la gana. Mamá te matará si se entera de que no tienes idea de dónde se metió tu hija.
—Llámala al móvil —sugirió con desgano, y volvió a echarse en el sofá para mirar un partido de fútbol americano.
Respiré hondo para contener una mala reacción ante la impotencia, subí las escaleras y me encerré en mi dormitorio. Me quité el traje de baño, me puse el pijama y llamé a Dee. Atendió después de tres intentos.
—¿Dónde estás? —pregunté. Oí música y voces detrás de ella.
—¿Llegó mamá?
—No. Pero necesito saber dónde te encuentras.
—Estoy con mis amigas. Vuelvo en un rato.
—Tienes que regresar ahora. Es tarde para que andes sola por la calle. Si mamá regresa y no estás…
—Cállate, Aaliyah, tú no eres mi madre. Déjame en paz.
—Soy tu hermana mayor y… ¿Hola? ¡¿Hola?!
Había cortado.
Arrojé el teléfono sobre la cama y me acosté. Apoyé un antebrazo en la frente y cerré los ojos. Empecé a imaginar saltos con garrocha. Me propuse contar hasta cien para tranquilizarme, pero perdí la cuenta alrededor del número cincuenta y me dormí.
Desperté por el sonido de la alarma de mi móvil; eran las seis de la mañana. Aunque estaba muy cansada, me duché y me puse ropa deportiva para salir a correr. Espié la habitación de Dee y la de mis padres: todos dormían. Casi siempre era la que se levantaba más temprano, en especial los días de entrenamiento. Desayuné algo liviano y me fui. Me gustaba ver el amanecer en la playa mientras me imaginaba en la universidad, manteniendo el contacto solo con mamá.
Mientras recorría la rambla, sin querer me encontré pensando en el chico simpático. “¿Qué vas a llevar?”. “Tres limonadas y una sonrisa de la camarera”. Sonreí, tal como él quería, pero recién en ese momento en que estaba recordándolo.
A decir verdad, no era una persona que sonriera demasiado. Como solo lo pasaba bien con mis amigos, ellos eran los únicos que conocían mi faceta divertida. No había mucho que me pusiera contenta en casa, en mi trabajo o en la escuela. Ese chico, en cambio, parecía tan feliz… Estaba segura de que provenía de un hogar sin problemas económicos y de una familia mucho más estable que la mía. Me hubiera gustado tener su vida o la de la hija del jefe de mamá. Pero ella limpiaba la mugre de la gente como ellos mientras que yo servía sus bebidas.
Me dirigí al gimnasio antes de que mi buen humor desapareciera bajo la sombra de los problemas de mi casa. En vacaciones entrenaba dos veces por semana, dos horas cada día. Amaba la gimnasia, era mi forma de conectarme con el mundo y, además, no quería perder el ritmo. Cuando comenzaran las clases, aumentaría el tiempo para llegar en condiciones a la competencia. Tenía que ganar la beca para ir a la universidad, y la gimnasia artística era mi salvación en todo sentido.
—¿Te estás alimentando bien? —me preguntó mi entrenadora ante mi tercera falla.
—Sí —repliqué, caminando en círculos con las manos en la cintura.
—¿Descansaste lo suficiente?
—No.
—Entonces ese es el problema.
—Estoy bien.
—El cansancio provoca errores, los errores ocasionan lesiones, y si te lesionas, no podrás competir. No desperdiciaré el tiempo que invertí en ti. Tómate un descanso por hoy. Regresa el martes con un mínimo de nueve horas de sueño. Adiós, Aaliyah.
—Por favor, no. Necesito entrenar.
—Adiós.
Agitó la mano volviéndose de espaldas. Entonces entendí que no había vuelta atrás: cuando Lilly decía “no”, significaba “no”, y no atendía súplicas.
Miré la hora en el móvil. No quería regresar a casa para escuchar la discusión entre mis padres y Dee por su desaparición de la noche anterior y por la holgazanería de él, así que llamé a Ollie y nos encontramos en la rambla para tomar un helado. Como tampoco quería volver para el almuerzo, nos compramos algo en un local al paso y estuvimos un rato en la playa.
Esa tarde, en la cafetería, volví a pensar en el chico simpático. La mayoría de nuestros clientes lo eran, pero ahora, cuando se me ocurrían esas dos palabras: “chico-simpático”, solo me acordaba de él. Era como si hubiera ocupado el lugar de mi mente en el que antes había una multitud sin rostro y lo hubiera modificado para bien.
Mentiría si dijera que no lo esperé para volver a sentir su calidez. Miré varias veces hacia la puerta cuando oía que se abría e incluso estuve atenta a los ventanales por si lo veía pasar por la playa, acompañado de sus amigos. Tenía ganas de que volviéramos a jugar con las palabras: él, diciendo algo cliché, y yo, intentando contradecirlo. No hubo señales de él ese día. Tampoco el viernes ni el sábado.
Sabía que debía descansar, pero por otro lado no tenía ganas de estar en casa, así que fui con Ollie y dos amigos a la fiesta de música electrónica que se hacía esa noche en la playa. Ella y yo éramos compañeras de colegio. Conocíamos a Gavin y a Cameron del barrio, y además este último era el novio de Ollie.
Ni bien llegamos compramos tragos. Cameron ya era mayor de edad y conseguía bebidas para todos. Pidió una en cada mostrador para que los expendedores no se dieran cuenta de que estaba comprando tantas para repartir entre los que todavía éramos menores, hasta que todos tuvimos una en la mano.
Comenzó a sonar Instant Crush, una canción de Daft Punk, justo cuando a Gavin se le resbaló el vaso. Di un salto hacia atrás para no ensuciarme con la bebida que se derramó por el aire, y al hacerlo me encontré con la espalda de alguien.
Giramos los dos al mismo tiempo. La sonrisa del chico simpático volvió a tomarme por sorpresa. Me pareció tan increíble volver a verlo, que me quedé sin palabras y ni siquiera atiné a pedirle disculpas.
—¡Hola! —exclamó con tono alegre—. Parece que estamos destinados a encontrarnos. ¿Vives por esta zona?
Me quedé mirándolo en silencio como una idiota. Quería que conversáramos, incluso quizás que pasara algo más, pero de pronto, un mundo cayó sobre mis hombros y entendí que no podía. En una ciudad tan grande, no era común cruzarse con la misma persona tres veces en tan pocos días. Y, sobre todo, no era normal que yo experimentara las mismas sensaciones cada vez que lo veía. Quizás este chico, a diferencia de otros, me atraía en serio, y no debía meterlo en problemas.
Él rio a la vez que abría los brazos en un gesto de rendición.
—¡Vaya! Ni que te hubiera preguntado el cálculo de una teoría de Einstein —bromeó.
—Lo siento —contesté, bajando la cabeza. Sentí que mi expresión, ausente de máscaras, me hacía lucir vulnerable, por eso me esforcé para ocultar mis emociones. Aunque nadie jamás podría adivinarlo, la culpa me hacía creer que todos lo sabían, que todos se daban cuenta de lo que había hecho mi padre.
Acudí a lo único que me daba resultado en ocasiones como esa: ponerme a la defensiva. Me acerqué a él y señalé el estacionamiento que estaba a unos metros.
—¿Cuál es tu auto? —indagué—. Déjame adivinar. ¿Es el convertible rojo?
—No. Es el convertible azul. Aunque, a decir verdad, no es mío, es de mi padre. ¿Por qué?
—Oh, claro, ¿cómo no se me ocurrió antes? Los colores varían entre el amarillo, el rojo y el azul. Podía ser cualquiera de esos.
—No entiendo, pero me caes bien —contestó él, riendo otra vez.
—Te estoy diciendo cuál es mi problema contigo —expliqué—. ¿Sabes cuántas veces por día escucho las mismas palabras de chicos como tú? No creo que pueda salir algo bueno de esto. Aunque no lo entiendas, en realidad te estoy haciendo un favor —señalé vagamente la multitud—. Mira alrededor: tienes un centenar de chicas para elegir. ¡Ve, tigre! —exclamé, y le palmeé el pecho para desearle suerte. Sin dudas la tendría, pues si bien no era el típico carilindo de película, había algo irresistible en él.
Su sonrisa volvió a cautivarme aunque me negara a aceptarlo.
—Creo que entiendo. Pero yo no soy así —contestó con serenidad, negando con la cabeza.
No, jamás lo entenderías, pensé. A veces ni siquiera yo me entiendo.
Puse los ojos en blanco.
—También he oído eso.
—Pero no de mí. Te diré la verdad: claro que me importa el sexo. Me pareces hermosa, así que quiero tener sexo contigo. Pero no es lo único que me interesa de ti. Me gustaría conocerte, porque creo que hay algo fascinante en ti.
¡Vaya! ¡Creía que no tenía sexo con chicos solo porque tenía ganas! Si eso servía para protegerlo, estaba bien.
—¿Para qué querrías conocerme? Ni siquiera te conviene.
—Dame una oportunidad. Es el único modo en que podría demostrarte que soy diferente de esos chicos con los que te has encontrado y me estás comparando. ¿Qué pierdes con que conversemos un poco? —hizo un breve silencio—. ¿Qué dices? ¿Tengo una oportunidad?
“¿Qué pierdes con que conversemos un poco?”. El que tenía mucho para perder era él.
Me azotaron mil recuerdos en un segundo. La policía allanando mi casa, la humillación de que abrieran mis cajones, los vecinos mirando y murmurando. Mi padre esposado, su voz gritando insultos, el juez sentenciándolo a prisión, mi novio despreciándome.
—¡Tu padre es un ladrón!
—¡Pero es mi padre! —exclamé. Lloraba. Fue la única vez que no pude contenerme y lloré delante de alguien.
—Y tú debes ser como él.
Sentí el mismo dolor de siempre, mezclado con un gran enojo. Había perdido a mi novio, mi dignidad y mi honor por culpa de mi padre. Había tenido que aprender a ser dura y orgullosa para resistir la vergüenza de ser “la hija del ladrón”. ¿Por qué tenía que privarme también de pasarlo bien con alguien que me atraía? ¿En verdad era tan peligrosa para él? ¡Si lo más probable era que fuera un turista! Se iría rápido, mi padre ni siquiera se enteraría de que lo había conocido.
Estaba exagerando. Me estaba dejando llevar por un temor absurdo y por la culpa que experimentaba cuando asociaba a cualquier persona con mi ex.
—Está bien —acepté, y sentí que acababa de meterme en un espiral de adrenalina.
Lo primero que hizo para aprovechar su oportunidad fue invitarme a tomar algo. Para mi sorpresa, solicitó dos tragos sin alcohol.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunté.
—Dieciocho. ¿Y tú? —respondió.
—Diecisiete. ¿Ya terminaste la preparatoria?
—Sí. Este es mi último verano antes de ir a la universidad. ¿Tú estás por comenzar el último año?
Asentí.
—¿De dónde eres? —indagué.
—Soy de Connecticut.
—¡Guau! ¡Del otro lado del país! —exclamé. Tal como sospeché, se trataba de un turista.
Ollie se colgó de mi brazo y señaló en una dirección.
—¡Mira quién vino! Creí que estaba en Boston. Debe haber regresado por las vacaciones.
Todavía no había divisado a Frank entre la multitud, y aun así mis mejillas se encendieron de solo deducir que Ollie se refería a él. Cuando lo descubrí entre sus amigos, los mismos con los que habíamos compartido tantos momentos divertidos, me invadió la vergüenza. Sucedía cada vez que la casualidad me acercaba a él. ¿Sería una señal? ¿Por qué tenía que aparecer? Tal vez me había dejado llevar por la atracción, pero en realidad estaba haciendo mal. Quizás era un recordatorio de que cada uno debía quedarse en el mundo al que pertenecía, porque cuando los universos se mezclan, todo sale mal.
No pensaba así antes de Frank. Por lo general, cuando conocía a alguien, lo que menos me importaba era su procedencia. No es que todavía estuviera enamorada de mi primer novio, pero jamás superaría el hecho de que mi padre le hubiera robado al suyo y de que el suyo hubiera enviado al mío a la cárcel. El robo había provocado nuestra ruptura, y aunque Frank solo había hecho referencia a ello en la discusión en la que rompimos, verlo me recordaba todo lo que estaba mal en mi familia y por eso prefería tenerlo lejos. Por suerte vivíamos en una ciudad. Si hubiéramos vivido en un pueblo, habríamos tenido que mudarnos porque todos hubieran sabido que mi padre era un ladrón, y yo, su hija. Frank lo sabía, y eso me avergonzaba.
—¿Vamos a otro lado? —le pedí a Ollie.
—¡Ay, no! ¡Acabamos de llegar! —protestó ella—. Ignóralo, Aali. No sé para qué te avisé que había llegado. Si sabía que te pondrías así, no te lo hubiera dicho.
Pero yo no podía tan solo ignorar a Frank.
Como mi mejor amiga no quería acompañarme, miré al desconocido con el que estaba bebiendo algo. Era él o volver a casa y soportar a mi padre. No podía quedarme allí con el riesgo de encontrarme cara a cara con Frank, pero tampoco quería regresar a encerrarme en mi cuarto.
—¿Caminamos un poco? —propuse.
Me di cuenta de que mi determinación lo desconcertó. Era un chico muy transparente. A diferencia de otras personas, y en especial de mí, sus sentimientos escapaban de él sin que pudiera disimularlos.
—¿Quieres que vayamos a una cafetería? —ofreció.
—No hay ninguna cerca.
—Podemos ir en mi auto.
—Prefiero caminar por la playa.
—De acuerdo —dijo—. Espera a que les avise a los chicos.
Mientras él hablaba con sus amigos, yo les informé a los míos que me alejaría por un rato. Les pedí que no se marcharan sin mí y volví a buscarlo para que nos fuéramos.
Salimos en dirección al mar. Me descalcé para pisar la arena y él me imitó. Fuera de la fiesta, la playa estaba tranquila y desierta.
—¿A qué se dedican tus padres? —pregunté. Por su automóvil, imaginé que podían ser profesionales.
—Mi madre diseña ropa y la vende en su tienda. Mi padre es dueño de una farmacia.
—¿Alguna marca reconocida?
—No. Son negocios locales. ¿A qué se dedican los tuyos?
—Mi padre está desocupado y mi madre es empleada doméstica en una casa de Beverly Hills —dije con voz dura. Había aprendido a manifestar orgullo callejero en mi barrio, y así me mostré.
En ese momento, pisé algo que alguien había dejado en la arena y levanté el pie para masajearme la planta dolorida.
—¿Estás bien? —me preguntó él. Asentí—. ¿Quién es Frank?
Solté mi pie de forma brusca y, aunque todavía me molestaba, intenté caminar.
Me sentí casi tan incómoda como cuando había visto a mi ex en la fiesta, pero al menos evité que mis mejillas se sonrojaran girando la cabeza para contemplar el mar en plena oscuridad.
—No se te escapa ningún nombre, ¿verdad? —bromeé, intentando salir del aprieto. Él rio.
—Soy observador. Quisiste irte en cuanto tu amiga te dijo que él estaba en la fiesta.
—Es mi exnovio —respondí, desganada—. ¿Podemos cambiar de tema?
—Claro. Disculpa. Por favor, no pienses que intento entrometerme en tu vida, solo soy curioso. Me interesan las personas, porque están llenas de experiencias interesantes. ¿Te gusta la música electrónica?
El alivio se notó en mi voz cuando respondí:
—A veces. Depende de mi estado de ánimo. ¿Y a ti?
—Un poco. Pero supuse que a ti te agradaba.
—¿Te gusta suponer cosas de la gente? —indagué, sonriente. Él volvió a reír.
—Debo confesar que sí. No puedo hacer que mi mente deje de tejer historias.
—¿Y qué supones de mí?
—No te gustaría escucharlo.
—¿Por qué no? ¡Claro que sí! Por eso pregunté.
—Creo que has tenido una vida difícil.
Nos miramos un momento en silencio.
—¿Por qué vacacionan aquí? —pregunté para cambiar de tema.
—Es una larga historia. ¿Tienes ganas de escucharla?
—Deja que me siente primero —respondí, y me dejé caer en la arena, de frente a las olas. Él se acomodó a mi lado.
—Sam y Josh han sido mis amigos desde que tengo recuerdos —explicó—. Como este es nuestro último verano antes de ir a universidades diferentes, les pedí a mis padres que me permitieran vacacionar con ellos. Entonces me prestaron su auto y así llegamos aquí. Esa es la versión resumida.
—¿Ya está? No era una historia tan larga después de todo. ¿Entonces viajaron en auto desde el otro extremo del país?
—Solo te conté parte de la aventura. En realidad, me hubiera gustado venir en mi coche, pero no es tan bueno como el de mis padres y si hubiera sufrido algún desperfecto mecánico, no habría sabido qué hacer.
—Imagino que habrán hecho paradas para dormir.
—Sí. También nos intercambiamos para conducir. Se tarda alrededor de cuarenta y dos horas en viajar desde Connecticut hasta Los Ángeles, pero es muy fácil ir de un extremo al otro del país si tomas la Interestatal 80.
Me hubiera gustado hacer lo mismo con Ollie, Cameron y Gavin, pero en mi casa, como en la de mis amigos, el dinero escaseaba y no había para ese tipo de “aventuras”. Siempre había soñado con viajar por el país, pero nunca había salido de Los Ángeles.
—Admiro lo que están haciendo.
—Gracias. Es una experiencia grandiosa. Cuando viajas en auto te das cuenta de que cada estado tiene su magia.
—Me suena a que eres un alma en busca de experiencias.
—Podría decirse que sí. Cuéntame, ¿qué hay de ti? ¿Qué te gusta hacer?
—Soy gimnasta. Amo el deporte.
—¡Vaya! Te admiro por tener tanta energía. Esto me restará puntos, pero debo confesar que yo soy bastante malo en los deportes.
—¿Por qué te restaría puntos? —pregunté, riendo.
—Porque es algo que a ti te gusta. Además, se supone que los chicos tenemos que ser estrellas deportivas, y yo no lo soy.
—No sé si los estereotipos sean tan importantes hoy en día. Apuesto a que igual tienes bastante éxito con las chicas.
—Depende de con qué chicas. Te dije que soy diferente. No pertenezco al grupo de chicos que supusiste que era.
—Eso está por verse —contesté en broma, entrecerrando los ojos. Ya me había dado cuenta de que no lo era.
—¿Hace mucho que vives en Los Ángeles? —indagó.
—Toda mi vida.
—¿Ya pensaste a qué universidad asistirás? ¿Qué vas a estudiar?
—Quiero ser deportista. De hecho la gimnasia será mi puerta de acceso a la universidad. Todavía no sé a cuál iré ni qué carrera estudiaré, dependo de que me otorguen una beca por mis habilidades deportivas. Para eso competiré este año en gimnasia artística.
Me miró con los ojos brillantes de excitación.
—¡Estoy fascinado! ¿A qué rama de la gimnasia artística te dedicas?
Tuve que ahogar una sonrisa llena de ternura. Nunca me habían dicho que yo pudiera “fascinar” a alguien.
—¿Te refieres a los tipos de ejercicios? —pregunté—. Hago todos, pero mis favoritos son los de suelo. Entreno los martes y los jueves. Si de verdad te parece interesante, puedes venir a verme algún día mientras estés en Los Ángeles.
—Me encantaría. Gracias.
—Creí que no te gustaba el deporte. Como dijiste que no eras bueno en eso…
—No me gusta, pero me interesa. Tú misma lo dijiste: busco experiencias. Además, siempre es lindo ver a alguien haciendo lo que lo apasiona.
Mi teléfono sonó. Lo extraje y respondí solo porque se trataba de Ollie; no quería que se terminara la conversación.
—Cameron se peleó con un chico y nos estamos yendo de la fiesta —dijo, amontonando las palabras—. ¿Regresas con nosotros o ese chico te llevará a tu casa más tarde?
—¿Dónde están?
—En el estacionamiento.
—Ya voy.
Confiaba en el chico simpático, pero no quería que me llevara a casa. Mi padre todavía estaría despierto mirando televisión, y si veía su coche por la ventana, podía hacer preguntas que yo no quería responder. Por ejemplo, si ya tenía otro novio rico, como solía expresarse él.
—Lo siento, tengo que irme —le avisé, y nos pusimos de pie.
—¿Dónde te veo el martes?
—¿Quieres darme tu número y te paso la dirección por mensaje?
Me miró con la frente arrugada, sin alzar la cabeza, y la ternura volvió a invadirme.
—Nunca me escribirás, ¿verdad? —preguntó—. No sé por qué harías eso, si ya comprobaste que la vida se empecinó con que nos encontremos.
—¡Ahora tú estás prejuzgando! —reí—. Si quieres, te doy mi número. Y antes de que lo menciones: no, no te daré uno falso. También puedes seguir mi cuenta de Instagram. Soy Aaliyah “Star” Russell. No le prestes atención al “Star”, abrí la cuenta cuando tenía catorce años y era más tonta que ahora.
Él rio mientras buscaba su teléfono.
—Mejor no te muestro la mía —contestó.
—Ah, no, ahora quiero verla —dije. Su solicitud de seguimiento llegó enseguida y la acepté. Le envié una a él—. “The Sterling”, leí en voz alta. ¿Por qué ese nombre? ¿Qué significa?
—Es mi apellido. Me llamo Shawn.
—Shawn Sterling —repetí—. Suena bien. Gracias por el paseo, Shawn.
—Gracias a ti por la conversación, Aaliyah. Aunque el asiento de mi auto se haya quedado triste sin ti. ¿Me permites invitarte a algún lado otro día?
Me hizo reír.
—Dile a tu asiento que se puede ir comprando una tonelada de pañuelos para secarse las lágrimas, porque no subo a coches de desconocidos.
Él rio también.
—Está bien. Haré lo posible para que me conozcas antes de subir a mi auto, entonces. Te acompaño hasta donde estén tus amigos —ofreció.
—Gracias, caballero del convertible azul —respondí, e hice una reverencia como si me hallara frente a un príncipe.
Cuando Shawn volvió a reír, me di cuenta de que lo estábamos pasando muy bien. Me sentía en confianza, tan cómoda como con los chicos que conocía de toda la vida, y me dio la impresión de que él se sentía de la misma manera conmigo. Saltaba a la vista que proveníamos de mundos muy distintos, pero por alguna razón congeniábamos.
Caminamos hasta el estacionamiento donde me esperaban Ollie, Cam y Gavin. Enseguida divisé a Cameron sentado en el capó de su viejo Ford, limpiándose una herida en la comisura de los labios.
—¿Qué sucedió? —pregunté.
—Un idiota se molestó porque Cam se lo llevó por delante —explicó Ollie—. No debimos hacerle caso, estaba ebrio. Por cierto, ¿nos presentarás a tu amigo o qué?
—Sí, lo siento —dije—. Él es Shawn. Shawn, ellos son Ollie, Cameron y Gavin.
—Hola —les dijo Shawn.
Solo Ollie alcanzó a responder el saludo.
—Vámonos —determinó Cameron, y se dirigió a la puerta de su auto. De por sí nunca era amable con los desconocidos, pero ahora, además, se hallaba enojado y había bebido.
—Adiós —le dije a Shawn en voz baja, y alcé una mano para saludarlo mientras mis amigos subían al vehículo. Me apresuré a hacer lo mismo antes de que me abandonaran allí.
A Cameron le costaba conducir a causa de la ira y del alcohol. Para empeorar las cosas, Ollie le dijo que no debió haberse peleado con ese chico, entonces comenzaron una discusión, y eso hizo que empezáramos a zigzaguear. Tuve que aferrarme al apoyacabezas del asiento de adelante para mantenerme en mi lugar. A Gavin, que iba en el medio de la butaca trasera, no le preocupó demasiado y terminó riendo, apoyado en mi costado. También estaba un poco ebrio.
Agradecí llegar a casa sana y salva. Cuando entré, por suerte encontré que las luces estaban apagadas. Supuse que todos dormían, por eso subí las escaleras a hurtadillas.
La voz de mi hermana casi me arrancó un grito de horror.
—¿Por qué llegas a esta hora? —protestó, con toda la intención de que mi madre oyera y que yo quedara al descubierto—. Me controlas, pero tú haces lo mismo —agregó en voz baja.
—Yo no tengo trece años —respondí.
—Y yo no soy más una niña.
Me acerqué para hablarle en susurros.
—Mamá trabaja todo el día y a veces buena parte de la noche para que tengamos un techo sobre nuestras cabezas. No es justo que, además, tenga que preocuparse por ti.
—No tienen de qué preocuparse, sé cuidarme sola —replicó mi hermana, sin piedad por las horas de descanso de los demás.
—¿Qué ocurre? —intervino mamá. Giré la cabeza para mirarla. Se acercaba por el pasillo desde su habitación.
—Nada, descansa —respondí, y me encerré en mi dormitorio.
Mientras me ponía el pijama pensé, como tantas otras veces, en cómo podía ayudar a cambiar la situación de mi casa. Todo seguiría igual hasta que mamá decidiera echar a papá de una vez por todas. No entendía por qué no se divorciaban. Ella mantenía a un vago ladrón y, aunque fuera mi padre, no merecía nuestra compasión, porque él no la sentía por nosotras.
En cuanto me acosté y revisé el móvil, encontré un mensaje de Shawn. Pensar en él me rescató de seguir pendiente de los problemas de mi familia.
Me encantó compartir tiempo contigo hoy. Aunque fue breve, lo pasé muy bien. Ojalá que tú también. ¿Me darás la dirección y el horario para que vaya a verte el martes?
Le di lo que me pidió y le pregunté si seguía en la fiesta de la playa. Como respuesta me envió una foto haciendo una mueca graciosa. De fondo se veía el DJ.
Para no sentirme una molestia, respondí solo con un emoticón y me entretuve mirando sus fotos de Instagram. Tal como supuse, se notaba que era un chico feliz. Tenía amigos, una linda familia y una mirada que desarmaba mi mundo interior. Incluso en fotos que había subido hacía algunos años se lo notaba simpático y, sobre todo, auténtico. Quizás ese era su secreto para resultar atractivo: que no utilizaba máscaras, era tan solo él.
El domingo por la mañana, en lugar de salir a correr, dormí. El martes tenía que entrenar muy duro por la clase que había perdido el jueves y quería hacerle caso a Lilly.
Después del mediodía, mientras conversaba con Ollie de lo que había sucedido con Cameron y ese chico en la fiesta, recibí un nuevo mensaje de Shawn.
Hola, Aali. ¿Puedo llamarte así? Estoy en la playa con Sam y Josh. ¿Quieres venir con tus amigos?
Estaba aburrida y, ¿para qué negarlo?, tenía ganas de volver a ver a Shawn. Por eso le ofrecí a Ollie pasar a buscarla por su casa e ir a la playa. Arreglé con él la zona en la que nos encontraríamos y salí.
En cuanto lo divisé en la puerta de la tienda en la que habíamos quedado en encontrarnos, me sentí muy bien. Cruzamos la calle hasta la playa; sus amigos se habían quedado ahí. Después de las presentaciones, todos nos sentamos sobre las toallas y comenzamos a conversar de lo primero que se nos ocurrió. Ellos contaron algunas anécdotas de su escuela, y nosotras, de la nuestra. Terminé hablando de Raimon.
—Siempre me dice que las deportistas no pensamos demasiado —conté.
—¡Qué tontería! —exclamó Shawn—. No imagino a una gimnasta sin estrategia. Además, creo que no hay personas más disciplinadas que los deportistas: entrenan muchas horas, se entregan por completo a lo que hacen y dan todo de sí hasta las últimas consecuencias.
—Para ser alguien a quien no le apasionan los deportes sabes ponerte en el lugar de los que sí —contesté—. Yo no podría haberlo explicado mejor.
—Shawn es un experto en ponerse en el lugar de los demás —añadió Josh, apoyando el codo en su hombro—. ¿Te contó que…?
—Cállate —lo interrumpió él. Parecía avergonzado.
—No, ahora me intriga ese comentario —se entrometió Ollie.
Shawn apartó el codo de su amigo de su hombro y negó con la cabeza.
—No tiene importancia, te lo aseguro —afirmó, y se puso a contar la historia de un entrenador que era una especie de celebridad en su localidad por su estrategia matemática para ganar partidos de béisbol.
Nos invitó con jugo de frutas y, cuando atardecía, se ofreció a llevarnos a casa. Le dije que no, pero la voz de Ollie se superpuso a la mía y le agradeció que nos llevara a la casa de ella.
Mi promesa de jamás sentarme en su auto se fue por la alcantarilla en cuanto me hallé en la butaca de atrás, apretada junto a Ollie y a Josh. Sam iba adelante con Shawn.
Su Mercedes me pareció alucinante. No era de último modelo, pero estaba bien cuidado y relucía por todas partes. Shawn presionó un botón para que la capota se plegara y pudiéramos apreciar el cielo. Accionó la música y comenzó a sonar Selling the Drama, una canción de Live. Ollie se puso las gafas para el sol y me miró con expresión de diva. Después inició una conversación con Josh. Me di cuenta de que se atraían y pensé en Cameron, pero no podía mandar sobre las acciones de mi amiga.
—No puedo creer que tu padre te haya prestado su auto así como así —comenté. Pensaba que ese coche debía costar más que mi casa y me sorprendía que un padre se lo prestara a su hijo sin más. Mi padre jamás lo hubiera hecho por mí. Bueno, a decir verdad, él jamás hacía nada por nadie.
Sam giró la cabeza para mirarme.
—No conoces a Shawn —dijo—. Es el chico más responsable del planeta. No bebe, no fuma, no se droga, no tiene sexo —Ollie soltó una carcajada. Shawn estiró un brazo y golpeó a su amigo en el brazo—. Bueno, quizás en lo último mentí un poco, pero por lo demás, si su padre no confiara en él, no habría en quien confiar.
Dirigí la mirada a Shawn y lo estudié un momento. Estaba segura de que su amigo decía la verdad. Había solicitado dos bebidas sin alcohol en la fiesta de música electrónica, no cabía duda de que era responsable.
—¿Aquí cursan las mismas asignaturas que nosotros? —preguntó Josh, apoyando una mano en la rodilla de Ollie. Ella no se la apartó.
—¡Ay, no sé! —replicó mi amiga, riendo—. ¿A quién le importa el colegio ahora?
—¿En qué eres buena? —le preguntó Josh. Yo no podía apartar los ojos de su mano, que ahora acariciaba la pierna de mi amiga.
—En nada. Odio el colegio —respondió ella.
La conversación continuó hasta que el precioso Mercedes azul se adentró en nuestro barrio, como un collar de diamantes cae en el barro. Por suerte ya era de noche, y eso redujo la horrible primera impresión que esos chicos podían llevarse del lugar donde vivíamos Ollie y yo. Los saludamos desde la esquina de la casa de mi amiga, y una vez que se alejaron, ella empezó a reír colgándose de mi brazo.
—Shawn está muerto contigo —afirmó—. Te mira de una manera increíble. Nunca vi a nadie mirar así.
—No es por mí. Así es él —aseguré—. Observa.
Le mostré algunas fotos de Instagram en las que se apreciaba su expresividad, y ella negó con la cabeza.
—Está loco por ti —determinó.
—Y Josh por ti. Creí que lo alejarías.
—¿Por qué lo haría?
—Porque sales con Cam, tal vez.
Ollie volvió a reír.
—Adoro a Cam, pero también adoro pasarlo bien. No vas a juzgarme, ¿verdad?
—Claro que no. Pero Cam también es mi amigo y no me gustaría que saliera herido por ti.
—Tranquila. Sé manejar estos asuntos y estoy segura de que él anda haciendo lo mismo por ahí. Ve a casa. Nos vemos mañana —dijo, y se alejó por el camino de la entrada.
Esa noche no pude dejar de pensar en lo bien que lo habíamos pasado, e incluso una parte de mí extrañó un poco a Shawn.
El lunes esperé que Shawn me escribiera y hasta llegué a pensar que quizás aparecería por la cafetería, pero no lo hizo. Le escribí por la noche y no respondió. Cuando me levanté el martes, lo primero que hice fue mirar el teléfono. No había notificaciones de él. Ni siquiera había mirado mi mensaje, era como si se lo hubiera tragado la tierra. ¿Y si había regresado a Connecticut sin avisar? ¿Tan poco había durado su interés por mí? Era evidente que mi barrio y mi casa lo habían espantado. Podía imaginar a sus amigos burlándose de Ollie y de mí.
Salí a correr bastante molesta y luego fui a entrenar.
Veinte minutos después de que había comenzado, mientras efectuaba un salto en la barra de equilibrio, divisé a Shawn en un rincón del gimnasio. Por supuesto, perdí la concentración, caí mal en la barra y terminé en el suelo.
Shawn se cubrió la boca con una mano, arrugando la frente con gesto preocupado. Yo apreté los labios haciendo una mueca graciosa para no demostrar que me había dolido hasta el alma.
—¿Estás bien? —me preguntó Lilly.
—S… sí —aseguré, tambaleándome al ponerme en pie.
Mientras ella me daba algunas indicaciones para que perfeccionara el salto, miré a Shawn. Estaba agitada, y otra vez me había invadido esa sensación extraña que se apoderaba de mí cada vez que lo veía.
—¿Qué miras? —indagó Lilly, y giró la cabeza hacia atrás al tiempo que yo la volvía hacia ella. No había escuchado nada de lo que me decía, y tampoco vi venir un coscorrón—. ¡Ahora entiendo! —se ofuscó.
—¡Auch! ¡Eso dolió! —me quejé, tocándome la cabeza.
—No más de lo que debe haberte dolido la caída y, para no quedar como una tonta delante de ese chico, lo ocultaste muy bien —replicó—. Vete.
—No, lo siento —contesté, apresurada—. Ya perdí mucho tiempo de entrenamiento el jueves. Para hoy descansé.
—No me sirves de nada distraída. Prefiero que te vayas con ese chico y que, cuando vuelvas, estés concentrada. Además, estás de vacaciones. Descansa.
—No, por favor. Solo un rato más. Te prometo que no volveré a mirarlo hasta que terminemos el entrenamiento. Por favor, Lilly… Por favor… —supliqué, con las manos unidas debajo del mentón, como una niña implorándole a su madre que le comprara unos dulces. Ella suspiró.
—Es tu última oportunidad —me advirtió con el dedo índice en alto. Asentí.
En un principio me costó ignorar a Shawn, pero cuando menos lo esperaba, me olvidé de él y, entonces, la rutina me salió mejor.
En cuanto Lilly anunció que habíamos terminado, me sequé el sudor con una toalla y fui a su encuentro.
—¡Lo que haces es increíble! —exclamó.
—Gracias —respondí con una sonrisa. Pocas veces me halagaban; para la gente solían ser más importantes las asignaturas asociadas con el intelecto o las categorías masculinas de los deportes—. Si tienes un momento, me doy una ducha y podemos conversar un rato.
—Claro. Pensé en invitarte a almorzar.
—El entrenamiento me da hambre, así que es una idea genial. Gracias.
Me duché rápido. No había llevado maquillajes, así que me acomodé el cabello y regresé al gimnasio así como estaba. Salimos y subimos a su auto.
—No creí que vinieras —confesé—. Ayer te escribí pero no respondiste.
—Perdí mi teléfono dentro de la casa y, como lo tenía en silencio, no pude encontrarlo hasta hoy a último momento. Ni siquiera miré las notificaciones, perdón.
—¿Lo perdiste dentro de la casa? ¿Qué bomba atómica cayó ahí? —pregunté sorprendida, imaginando el desorden que debían de hacer tres chicos viviendo solos para perder un móvil dentro de su propia vivienda. Shawn rio.
—No está tan desordenado como imaginas. Apareció en un lugar que ya había revisado; sospecho que Josh me lo quitó para jugarme una broma.
—¿Te quitó el teléfono? Eso sí que es pasarse de la raya. Si mis amigos me quitaran el móvil, los mataría. ¿Cómo resistes una broma tan pesada?
Él se encogió de hombros.
—Siempre las hace, pero no tiene mala intención —replicó—. ¿A dónde te gustaría ir?
—¿A dónde te gustaría ir a ti? Tú eres el turista.
—Compremos algo y vayamos al Parque Griffith. Todavía no lo visité y me dijeron que es muy bonito.
—¡Claro! Pero tengo que regresar a tiempo para entrar a trabajar en la cafetería.
—Tienes mi palabra —me prometió, alzando una mano en gesto de juramento.
Compramos sándwiches y gaseosas y fuimos al parque para hacer un picnic en una de las áreas habilitadas para ello. Después de comer, caminamos un poco y terminamos sentados entre los árboles.
—No puedo creer que lo primero que me dijiste fuera esa tontería acerca de mis ojos —bromeé.
—No es cierto. Lo primero que te dije fue “perdón” cuando nos cruzamos en la calle. Además, lo de tus ojos es cierto. Son preciosos.
—Okey —repliqué y me mordí el labio poniendo los ojos en blanco.
—¿Por qué pones esa cara? —indagó él, riendo—. Es poco original, lo sé. Todos deben decirte lo mismo, pero es la verdad. A ver, cuéntame: ¿hay algo que te guste de mí?
Volví el rostro hacia él con mirada pícara. A decir verdad, no había nada que me disgustara de él. Entonces, tal vez, me atraía todo.
—Tu mirada me agrada, es muy expresiva. Y también la cicatriz —respondí, apoyando la punta de mi dedo a un centímetro de su labio inferior.
—¿La cicatriz? ¡Por Dios, Aali! No sé si tomarlo como un cumplido o como un chiste. Es lo que más odio de mí.
—A mí me encanta. Te hace peculiar. Es única.
—¡Basta! Me estoy sonrojando —suplicó en broma y se cubrió la cara con las manos, pero se notaba que estaba avergonzado de verdad.
Me dio tanta ternura que me arrodillé, sujeté sus muñecas y lo obligué a bajar los brazos.
—¿Cómo te la hiciste? —indagué.
—Me corté con un cúter cuando era niño.
—¿Quién fue tan descuidado para dejarlo al alcance de un niño?
—Te conté que mi madre es diseñadora. Trabaja con ese tipo de herramientas. No fue su culpa, yo me metí en su taller y creí que eran para jugar.
Me pareció noble que intentara proteger a su madre de que yo la considerara una irresponsable al igual que había hecho con sus amigos y sus bromas pesadas. Había pasado poco tiempo con Shawn, pero se hacía evidente que siempre le buscaba el lado bueno a todo y que manaba la bondad de su interior.
Le toqué el pelo donde terminaba la frente sin pensar en lo que hacía, motivada solo por lo bien que me sentía con él. Percibí sus manos en mi cintura, y un calor placentero invadió mi cuerpo.
—Hay mucho más que me agrada de ti —añadí—. Creo que eres una mezcla perfecta entre chico cliché y creativo.
Él volvió a reír.
—Aunque no sé si la primera parte me convenga, la última me gusta más que lo de la cicatriz. Es lo mejor que me podrías haber dicho.
—¿Por qué?
—Me avergüenza explicarte el motivo. Tiene que ver con lo que no quise que Josh les contara el otro día en la playa.
Su reacción, por supuesto, me intrigó todavía más.
—Ya te conozco sonrojado, ¿cuánto más te puedes avergonzar? —le pregunté, guiñándole un ojo. Él bajó la cabeza con una sonrisa.
—Me gusta escribir.
—¡¿De verdad?! —exclamé—. ¿Qué tipo de libros escribes?
—Solo algunos pensamientos sueltos.
—Quiero ver.
—¡No! —replicó, otra vez avergonzado. Lo sacudí tomándolo de los hombros para que se relajara.
—¡Vamos! Tú me viste caer de la viga de equilibrio de la peor manera en años. Exijo leer alguno de tus textos y, si de verdad son para avergonzarse, que estemos a mano.
Le demandó un momento decidirse, pero finalmente buscó el móvil en el bolsillo y me lo entregó. Me senté en el césped con la emoción de hallarme frente al escritor y leí el título.
—“Debajo”.
—¡No lo leas en voz alta, por favor! —exclamó él, muerto de vergüenza.
Reí de su timidez y me concentré en el escrito.
Debajo
Debajo de la cama conservo una caja, y en la caja estamos los dos.
Aquella palabra que no me dijiste, pero que yo adiviné. La mirada que me indicó que podía besarte y la caricia que nos inició en el recreo del amor. La lluvia que nos cubrió aquella noche después del cine, la brisa que nos sacudió mientras decidíamos ser novios en una montaña rusa.
Debajo de la cama conservo una caja, y en la caja está nuestro pasado.
Las horas que me dijiste que me amabas, las noches que cubrí tu cuerpo con mi respiración. Las flores que nunca te di —“no me gusta matar la naturaleza”, dijiste—, y los sueños que nunca concreté.
Debajo de la cama conservo una caja, y en la caja está tu alma, la que yo tanto amé.
Están el arma, la bala, la sombra.
¿Por qué no me lo dijiste? Te habría amado más.
Si odiabas matar la naturaleza, ¿qué eras tú?
Debajo de la cama conservo una caja, y en la caja por siempre estaremos los dos.
—¡Shawn! —exclamé.
—Te dije que eran muy malos.
—Me erizó la piel. No esperaba ese final. Creí que era un texto de amor. En parte lo es —lo miré con la angustia escapando de mis ojos—. ¿Ella se suicidó? —él asintió—. ¿Te sucedió? ¿Tu novia se quitó la vida?
—¡No! —exclamó, riendo—. Es ficción. ¿Se siente real?
—Demasiado.
—Me alegro. Debe provocar esa sensación.
—¿Se llama “Debajo” porque en realidad esa palabra se refiere a la tumba, y la caja representa un ataúd, donde murió su amor, por eso los dos están allí?
—¡Exacto! ¿Cómo lo supiste? No creí que alguien se diera cuenta.
—Está bastante claro para mí. Dame más.
Leí una decena de escritos, uno más sorprendente que el anterior.
—¿De verdad te gustan? —indagó como si no lo pudiera creer.
—¿Por qué te mentiría? ¿Vas a estudiar para ser escritor?
—Estudiaré Literatura en Princeton. Luego quiero especializarme en enseñanza y escritura creativa.
—Nunca lo hubiera apostado. Esto es muy extraño.
—¿Qué cosa?
—Nosotros —contesté—. Siento como si te conociera de toda la vida y a la vez no sé nada de ti.
—¡Me ocurre lo mismo! Tampoco entiendo el motivo. No nos parecemos en nada. Tú eres deportista y trabajas con el cuerpo, en cambio yo escribo y trabajo con la mente. Vives en la Costa Oeste y yo en la Costa Este. Somos polos opuestos, sin embargo, eres como un imán para mí.
—Y tú para mí —confesé.
Permanecimos un momento en silencio, intentando comprender la razón del hechizo que nos hacía sentir de esa manera. Quería que me besara. Lo deseaba como a nada en el mundo, pero la alarma de mi móvil me arrancó del sueño y me devolvió a la cruda realidad.
—Es el aviso de que pronto mi carroza se convertirá en calabaza —expliqué—. Tenemos que salir para la cafetería ahora mismo o llegaré tarde, y Raimon no toleraría otro retraso de su empleada “deportista no pensante” —ironicé, apoyando las manos en el suelo para levantarme. Shawn me lo impidió tomándome de la muñeca.
—No vuelvas a decir eso —pidió—. Pocas personas saben que escribo: solo Sam, Josh, mis padres y mi profesora de Literatura. Nadie, excepto tú y mi profesora, se dio cuenta de que “Debajo” se llama así en representación de la tumba y que la caja, simbólicamente, es un ataúd. Así que Raimon no entiende nada de cómo o cuánto piensas tú.
—No soy muy buena que digamos en las asignaturas del colegio, incluida Literatura, pero eso no me hace creer que lo que dice Raimon es cierto. No te preocupes, mi autoestima está intacta —aseguré, y me levanté.
Creí que nos besaríamos en el automóvil, cuando me dejó frente a la cafetería, pero tan solo me sujetó de la cabeza, me atrajo hacia él y me besó en la mejilla.
Fue peor que si me hubiera tocado en alguna parte íntima. Bajé de ese coche sin ganas de despedirme de él.
“Soy diferente de esos chicos con los que te has encontrado y me estás comparando”, dijo cuando acepté darle una oportunidad. Ya creía que sí.
Esa noche, cuando mi turno terminó y salí de la cafetería, encontré a Ollie, Shawn, Sam y Josh en la puerta.
—¿Qué están haciendo aquí? —pregunté, sorprendida. Mi amiga se acercó y me tomó del brazo.
—Josh me envió un mensaje para saber qué íbamos a hacer esta noche, y como le dije que nada, me pasaron a buscar y vinimos por ti. ¡Hay fiesta en la casa temporal de Shawn!
Ollie me empujó al estacionamiento y dentro del coche. Esta vez quedé sentada junto a Shawn, en el lugar del acompañante.
Mi amiga se acomodó atrás, entre Sam y Josh. Aproveché el paseo por la costanera para avisarle a mamá que me quedaría a dormir en lo de un amigo. Ella creería que hablaba de Cam o de Gavin; no podía decirle que había aceptado la invitación de prácticamente tres desconocidos.
Cuando levanté la mirada, vi por el espejo retrovisor que Ollie y Josh estaban besándose. Mi amiga había dicho que sabía manejar la infidelidad, pero dudaba de que fuera consciente de lo que hacía. La capota estaba plegada, y cualquiera podía verla dentro del auto, besándose con alguien que no era su novio. Claro que la ciudad era grande y que una multitud la invadía en verano, pero de haber sido como ella, yo jamás hubiera tentado la suerte de esa manera. Jamás hubiera engañado a mi novio, en realidad.
Shawn y yo intercambiamos miradas. Él sonrió con cierta picardía; sin dudas no sabía que mi amiga tenía novio, aunque tampoco estaba segura de que a alguno de ellos le importara.
Descubrí que la casa que, suponía, habían alquilado los padres de Shawn para él y sus amigos, no estaba cerca de la cafetería cuando tomó la autopista Pacific Coast y entró en la región este de Malibú.
El frente estaba pintado de celeste y las aberturas, de blanco. Tenía dos pisos, y si bien no era grande, se veía preciosa. Un balcón con balaustrada y una ventana con vidrios repartidos le daban un aspecto clásico y a la vez veraniego. Había una puerta por la que se ingresaba a un pequeño parque, pero entramos por un portón que Shawn abrió con un control remoto desde el auto. Bajamos en el garaje y subimos una escalera hasta el primer piso.
Ingresamos a una sala. Al fondo había un gran cortinado blanco que contrastaba con las paredes de color celeste. Los muebles eran de buena calidad, muy diferentes de los de mi casa, y la claridad de las lámparas podía competir con la luz natural. Apostaba a que, si hubiera sido de día y el cortinado hubiera estado abierto, podríamos haber visto la playa y el océano.
—Muy bien, ¿con qué empezamos? —preguntó Sam, dirigiéndose hacia donde, supuse, se encontraba la cocina.
—Deberíamos cenar primero —opinó Shawn.
—¡Al diablo con la cena! —exclamó Josh, y fue a donde se encontraba su amigo para ayudarlo a cargar unos packs de cervezas.
Ollie estaba feliz. Recogió una lata riendo y le pidió a Shawn que pusiera música. Él conectó su móvil a un parlante y accionó Blackbird, una canción de Alter Bridge con un poder impresionante.
—¡Ay, no, viejo! ¿Quieres que nos echemos a llorar? —exclamó Josh a los gritos, destapando una lata para él, y se acercó al parlante.
Conectó su teléfono y puso In my Feelings, un rap de Drake. Ollie celebró la decisión y enseguida comenzaron a bailar. Poco a poco, ella fue poniéndose de espaldas a él. Empezó a mover la cadera contra sus piernas mientras Josh le acariciaba la cintura. Era evidente cómo iban a terminar, y aunque respetaba las decisiones de mi amiga, me sentí mal por Cam.
Shawn se sentó a mi lado, en el sofá. Abrió una lata para él y otra para mí.
—Tu amigo dijo que no bebías —señalé.
—No bebo si tengo que conducir. Tampoco me embriagué jamás, pero no soy un monje —bromeó.
El timbre sonó mientras Ollie y Josh bailaban la tercera canción y se acababan la segunda cerveza. A ese ritmo, se embriagarían más rápido de lo que Sam tardó en levantarse y anunciar que él abriría la puerta.
—Espera —le dijo Shawn, y lo siguió a la cocina, donde supuse que se encontraba el portero eléctrico.
Presentí que algo raro estaba pasando y miré a Ollie. Ella seguía en su nube en la que era la protagonista de un video de reggaetón, así que me levanté y me aproximé a la cocina sola.
Me detuve cerca de la arcada, aguzando el oído para escuchar la conversación que se desarrollaba entre Sam y Shawn. Alcancé a ver que Sam presionaba un botón del portero eléctrico, pero no quién se reflejaba en la pantalla de la cámara de seguridad.
—¿La invitaste? —indagó Shawn.
—¿Por qué no? No iba a ser el único que se quedara sin follar. ¿Por qué no le pediste a tu amiguita que trajera una colega más?
—No la llames así. No son “amiguitas” en el sentido que le das a esa palabra.
Sam rio y le palmeó el brazo. Como intuí que iba a salir, me oculté en un pasillo. “No iba a ser el único que se quedara sin follar. ¿Por qué no le pediste a tu amiguita que trajera una colega más?”.
Me pareció una forma de referirse a nosotras muy desagradable. Si bien sabía que para los chicos que pasaban el verano en Los Ángeles las chicas como Ollie y yo solo significábamos un revolcón, escucharlo me molestó. Había tenido sexo con algunos chicos sin ser novios, pero había significado lo mismo para los dos, y ninguno me había hecho sentir un objeto descartable.
Me sentí mal de haber aceptado la invitación, y peor al descubrir que, aunque ellos pensaran eso de nosotras, no quería irme. Shawn me atraía y quería tener sexo con él. Eso no me convertía en una “amiguita” descartable, sino en un ser humano con los mismos deseos que esos chicos, solo que jamás se me hubiera ocurrido pensar en ellos como un objeto para utilizar.
—¡Aali! —exclamó Shawn, apareciendo en el pasillo—. ¿Qué haces aquí?
—Estaba buscando el baño —mentí sin entusiasmo.
—Es para el otro lado —respondió, señalando hacia atrás con el pulgar.
—Gracias —dije, y lo esquivé con intención de alejarme.
Antes de que pudiera poner un pie en la sala, me encontré atrapada entre la pared y su cuerpo.
—¿Estás bien? —me preguntó, acomodándome un mechón de pelo que caía sobre mi frente.
—Necesito ir al baño —respondí.
—Si te sientes incómoda, puedo llevarte a tu casa.
—¿Por qué supones que me siento así?
