El viaje a Italia - Attilio Brilli - E-Book

El viaje a Italia E-Book

Attilio Brilli

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Beschreibung

"El viaje a Italia" constituye un fenómeno fascinante para entender la formación de Europa, sus momentos sublimes y sus más prosaicas, y no menos interesantes, aventuras carnales. Desde los viajeros que en el Renacimento buscaban lo "humano" de la antigüedad latina hasta los actuales viajes organizados, masificados, este ritual contacto con las raíces de la cultura ha influido a multitud de escritores y artistas de la talla de Edward Gibbon, Goethe, Stendhal, Heine, Turner o Henry James, entre muchos otros. Con un estilo divertido y una documentación apabullante, Attilio Brilli teje una red de historias (de estudiantes, diplomáticos, filósofos, pintores y buscavidas) en su viaje iniciático, o grand tour, un hechizo que no parece tener término. "El viaje a Italia", su libro más celebrado, ha sido traducido a diversos idiomas y merecido los premios Hemingway de 2006 y Lawrence de 2007 al mejor libro de viajes. "Roma está sucia, pero es Roma. Y para cualquiera que haya estado en Roma durante algún tiempo, esa suciedad tiene una fascinación que la limpieza de otros sitios nunca ha tenido." W. W. Story, "Roba di Roma", 1862

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Veröffentlichungsjahr: 2015

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ATTILIO BRILLI

El viaje a Italia

Historia de una gran tradición cultural

Traducción:Juan Antonio Méndez

La traducción de esta obra ha sido financiada por el SEPS Segretariato Europeo per le Pubblicazioni Scientifiche

ViaVal d’Aposa 7 - 40123 Bologna - [email protected] - www.seps.it

EDITA A. Machado Libros

Labradores, 5. 28660 Boadilla del Monte (Madrid) [email protected] • www.machadolibros.com

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni total ni parcialmente, incluido el diseño de cubierta, ni registrada en, ni transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro sin el permiso previo, por escrito, de la editorial. Asimismo, no se podrá reproducir ninguna de sus ilustraciones sin contar con los permisos oportunos.

Título original: Il viaggio in Italia © 2006 by Società editrice Il Mulino, Bologna © de la traducción: Juan Antonio Méndez, 2010 © de la presente edición: Machado Grupo de Distribución, S.L.

DISEÑO DE LA COLECCIÓN: M.a Jesús Gómez, Alejandro Corujeira y Alfonso MeléndezREALIZACIÓN: A. Machado Libros

ISBN: 978-84-7774-810-6

INTRODUCCIÓN. DESDE LA VENTANA DEL CARRUAJE

ADVERTENCIA

  I. EL MUNDO MODERNO Y LA IDEA DEL VIAJE A ITALIA

1. “Ir por el mundo en busca de aventura”. La herencia de los peregrinos y los mercaderes.2. Un prototipo del viajero moderno: Francesco Petrarca.3. Con la mirada de Ulises. El debate sobre la utilidad de los viajes desde el siglo XVI al XVIII.4. El alba de la literatura de viajes.5. El siglo de oro del viaje a Italia.6. El universo de las costumbres y el viajero cosmopolita.7. Paisajes de arcadia y visiones sublimes.8. El descubrimiento sentimental de Italia.9. El viajero romántico y el ocaso de los mitos.10. La seducciones de lo pintoresco.11. El nuevo mundo y el sentido del pasado.12. Thomas Cook y el nacimiento del turismo moderno.

 II. LA PREPARACIÓN PARA EL VIAJE Y EL EQUIPAJE DEL VIAJERO

1. Reticencias y humores saturnianos.2. Expectativas ocultas.3. Antes de exponerse al viaje.4. Compañeros de viaje y de aventura.5. Mapas reales y montañas imaginarias.6. Remesas de dinero y misas pro itinerantibus.7. Elogio del baúl y de la maleta.8. Un par de pistolas manejables.9. El cofre de las delicias.10. Cajas mágicas.11. El guardarropa del viajero.

 III. EL FRAGOR DE LAS RUEDAS Y LOS MEDIOS DE TRANSPORTE

1. La berlina de Napoleón.2. Metamorfosis de la carroza.3. La diligencia de postas.4. La carroza familiar.5. De viaje con el cochero.6. La preparación del coche.7. Las horas en la carroza: viajes por postas y tiempos de recorrido.8. Aviso a los navegantes.9. El humo de la locomotora.10. El retorno de la carroza, pero sin caballos.11. El velocípedo.

 IV. DURANTE EL VIAJE

1. Los caminos del Señor son infinitos.2. Problemas mecánicos.3. Incidentes y emergencias estacionales.4. Encuentros y desencuentros.5. Voces de bandidos.6. La pesadilla de la cuarentena.

 V. LA TRADICIÓN HOSPITALARIA

1. Albergues y habitaciones de alquiler.2. Las salas de los caballeros errantes.3. Incógnitas y sorpresas en el dormitorio.4. Ruidos de la cocina.5. Otros locales de esparcimiento, de cura y de descanso.

 VI. EL ITINERARIO RECURRENTE Y LAS CIUDADES RITUALES

1. El paso de los Alpes y la entrada en Italia.2. De Turín a Génova y luego hacia Florencia y Roma.3. A Nápoles: “Lo demás es África”.4. Ruta hacia Sicilia.5. Vuelta a Roma. Luego hacia el Adriático y las Venecias.6. En dirección a Milán y el camino de vuelta: “Volvemos hacia lo feo”.

 VII. RECORRIDOS ALTERNATIVOS Y ENCANTOS DE LA NATURALEZA

1. Paradas, desviaciones y ciudades menores.2. Los pintores y la parada en Cava.3. Los encantos de La Campiña.4. Los castillos romanos y el templo de Diana.5. La cascada de las Mármore y eljardín del Edén.6. El mito del paisaje toscano.7. Breve parada en Isola Bella.8. En este lago sublime.

VIII. EL OTRO VIAJE, A LAS FRONTERAS DEL MITO

1. Tierras ignotas.2. El salvaje y desconocido Abruzo.3. Viajeros en el Sur, Cilento y las Calabrias.4. Las tierras del olvido y los caminos de Apulia.

 IX. UN PAÍS DE BANDIDOS ROMÁNTICOS

1. El indígena como mentira.2. A la manera de Salvator Rosa.3. Con los trajes de fiesta.4. El arte del prejuicio.5. El imperio del clima.6. Viaje a través de los estereotipos.7. Un pueblo de comparsas.8. El obstáculo del cuerpo.9. Exiliados en el paraíso.10. El viajero y las mujeres.11. La mirada de los inocentes.

 X. TRISTES CANTORES DE ITALIA

1. La mano del Guercino.2. El viejo libro amarillo.3. Los frescos perdidos.4. La coartada del salvaje.5. Las dos capitales.

 XI. HISTORIAS DE INDIGNACIÓN Y DE ESPERANZAS

1. Un libro para la libertad.2. La Virgen que cambió de color.3. Cayó tu gloria.4. Byron, el amigo de casa.5. La fiebre de Stendhal.

 XII. LA TIERRA DEL DESEO

1. Don Juan en Siena.2. Una copia para Louise Necker.3. La mujer del velo.4. La pantalla de Ilaria.5. La última duquesa.

XIII. ACONTECIMIENTOS Y ENCUENTROS IRRENUNCIABLES

1. La isla de la virtud.2. El convento abandonado.3. Desde donde se divisan ambos mares.4. Tras las huellas de Garibaldi.

XIV. LA LITERATURA DE VIAJE

1. Las gafas del viajero.2. Viejos compañeros de viaje.3. Viajar sobre los libros y sobre los atlas.4. La regla horaciana y los libros de viajes.5. Las interferencias del corazón.6. El gusto por la parodia.7. Arte de la ilusión, arte de la desilusión.

XV. UNA MODESTA PROPOSICIÓN PARA VIAJAR HOY A ITALIA

1. Por los viejos caminos.2. Memoria y deseo.3. Ecos del bosque sagrado.4. Los dioses exiliados.5. Lecciones de paisaje.6. Viajes de recuperación.7. Recorridos literarios.8. Ciudades como parábolas.9. El hilo de Ariadna.

EPÍLOGO

BIBLIOGRAFÍA

ÍNDICE DE NOMBRES

Introducción.

Desde la ventana del carruaje

No hay nada más aburrido en el mundo que leer la descripción de un viaje a Italia, excepto, quizá, escribirla; lo único que puede hacer el autor para hacerse más o menos soportable es hablar lo menos posible de Italia en sí. Aunque debo decir que, a pesar de haber explotado ampliamente este recurso del oficio, querido lector, no es mucha la diversión que puedo prometerte en los próximos capítulos. Si lo que sigue te aburre, consuélate pensando en mí, que he tenido que escribir todo esto.

Heinrich Heine, Reise von München nach Genua. 1829

BIEN SABE el lector -el amable lector, como se decía en las guías de antaño-que hay “viajes a Italia” para todos los gustos. Disponemos de óptimas versiones de los textos de los más famosos viajeros, provenientes de los países más dispares y pertenecientes a épocas bien distintas. Podemos recurrir a estudios sobre aspectos generales y específicos del Grand Tour, ese gran viaje que tenía a Italia como meta predilecta, se dedican investigaciones a territorios y a ciudades de la península en particular recorridas por el incansable flujo de los viajeros, se organizan exposiciones de acuarelistas y pintores topográficos que han pasado por Italia; se recopilan mapas, grabados y recuerdos sugerentes Pero hasta hoy faltaba una presentación de conjunto de este fenómeno cultural que tiene a Italia por objetivo y baricentro.

Esa laguna es la que trata de colmar el presente trabajo, titulado El viaje a Italia, un título que ofrece a la curiosidad del lector una perspectiva global de una de las más fascinantes costumbres culturales -¿cómo definir, si no, un fenómeno al que le sonríe una fortuna multisecular?-, costumbre que ha contribuido al acercamiento, en todos sus componentes, de Italia a Europa y, luego, a los Estados Unidos de América hasta hacer llegar, naturalmente, la fama de sus encantos a otros continentes.

El extranjero que recorre Italia desde finales del siglo XVI hasta todo el XIX es un peregrino laico que abre nuevos caminos del saber y que se propone como mediador de nuevos conocimientos, ya se trate del filósofo naturalista, del estudiante, del diplomático, del comerciante, del apasionado por la antigüedad o del coleccionista de arte. Del mismo modo que no existe estado o nación europea en la que los jóvenes de las familias más influyentes no sean enviados a Italia para dar así el toque final de su proceso educativo, no existe campo del saber histórico y artístico en el que Italia no haya sido capaz de inculcar en sus visitantes una lección inimitable -no siempre positiva- en cuanto “museo” de formas políticas, como tierra del clasicismo, como arcadia inmemorial o como estímulo de la renovación artística y del cambio del gusto. Tampoco deja de ser significativo el hecho de que los principales beneficiarios del viaje sean quienes acaban de terminar sus estudios, de manera que podría decirse -parafraseando un afortunado eslogan- que durante un largo período histórico, los jóvenes encuentran Europa en Italia.

Resultaría equivocado esperar en este volumen el retrato animado de toda Italia, desde el momento en que de lo que se trata es de reconstruir por segmentos, al menos en la primera parte, el recorrido usualmente realizado por los viajeros extranjeros, un recorrido que permanece tan inalterado a través de los siglos que un viajero americano, Matthias Bruen, en 1817, en sus Essays Descriptive and Moral, onScenes inItaly, Switzerland, andFrance, pudo establecer una comparación entre el viaje a Italia y el curso de la vida humana. En su opinión, la llanura del Po y el valle del Arno tienen la fresca belleza de la juventud. Roma estimula la observación y la ponderación, características que son de la edad adulta. Nápoles ofrece los dones de la naturaleza que se corresponden con la edad avanzada. Finalmente, Paestum concluye el peregrinaje con su descarnada y lapidaria perspectiva. Al margen de cualquier sugerente similitud, en cualquier caso, los apasionados y los estudiosos del viaje al sur de los Alpes -desde un indígena como Giuseppe Toaldo, profesor de astronomía en la Universidad de Parma, en 1791, al angloflorentino Thomas Adolphus Trollope en 1861- nunca dejan de ironizar a propósito de la proverbial falta de iniciativa de los viajeros, los cuales, con muy raras excepciones, reproducen paso a paso el itinerario canónico del viaje a Italia, sin desviarse por ninguna razón, sin concesión alguna a la seductora llamada de caminos y lugares diferentes. Para una actitud tan singularmente contraria al cambio existía, como se verá más adelante, una motivación de no poco peso.

Hojeando este volumen habrá que tener en cuenta, por un lado, que la Italia que aquí se propone es una Italia inédita y de aplastante belleza, capaz de impresionar gracias al sutil distanciamiento que le confiere el marco antiguo y foráneo. Por otro, que esa Italia evoca, mediante breves referencias y alusiones -aunque también a través de insertos específicos- la otra Italia, la menos recorrida e históricamente menos conocida en el ámbito europeo y descubierta con apasionado entusiasmo por viajeros curiosos y excéntricos, por antropólogos y etnólogos. Por trotamundos de profesión, por refinados estetas y por investigadores empujados por intereses específicos -piénsese en la “novela de la etruscología”-, los cuales, a partir de la primera mitad del siglo XIX, amplían los márgenes del viaje italiano, llegando hasta esas partes de la península tradicionalmente descuidadas por ignorancia, por incuria y con no poca frecuencia por la falta absoluta de caminos transitables para los carruajes, de postas y de estructuras de hospedería.

Este libro pretende proponerse como reconstrucción histórica, pero también como viaje imaginario a una Italia que es fruto de la sagacidad topográfica y, al mismo tiempo, de la ficción narrativa de aquellos viajeros y de sus séquitos, que la recorrieron desde el tardo-renacimiento al inicio del turismo organizado. Con todo ello no se ha intentado tanto actualizar la reconstrucción nostálgica de los paisajes, perspectivas, panoramas de algunas ciudades ya inexorablemente perdidas, como recordar que todo viaje es siempre, al menos en parte, doble, un modo imaginativo de inventarse lugares y acontecimientos, y que tal gesto no puede prescindir hoy, en su consciencia irónica y sentimental de la lección de tacto y gusto de apasionados peregrinos de ayer y de anteayer. Mezquina la vida de aquel viajero, diría un viajero sedentario como Leopardi, “que no ve, no oye, no escucha más que meros objetos, sólo esos de los cuales ojos, oídos y el resto de los sentidos reciben las sensaciones”, olvidando los que tienen su origen en la imaginación. Lo cual sirve tanto para el viajero de antaño como -y más si cabe- para el de hogaño. En este sentido, los italianos son deudores, respecto de los viajeros extranjeros, de esa mirada desde la lejanía, cuando no de la alteridad, a través de la cual cualquier escena tiende a perder el carácter determinado de la forma y del color, a fragmentarse, a disolverse y a reclamar de la mente un recuerdo anterior de esa escena, hasta el punto de provocar confrontación o comparación entre diferentes imágenes así como un fascinante viaje en el tiempo.

Al desarrollo material del viaje dedicamos, naturalmente, la parte que le corresponde, así como también la exigida por el conjunto de objetos y atuendos de los que debía proveerse el viajero, desde “oráculos” y “talismanes” llenos de admoniciones y prescripciones, a mapas más o menos fiables, guías, bibliotecas y botiquines portátiles. Por no hablar del carruaje, epítome ambulante del universo doméstico que irá transformándose, con el tiempo, gracias a la evolución de la técnica y a las exigencias, cada vez más precisas, de los viajeros. Como antítesis de movilidad del carruaje se perfila, con no menor interés, el pintoresco conjunto del sistema de la hospedería, desde la miserable venta en las postas, a las habitaciones de posadas y hoteles de la ciudad. La tradición narrativa occidental nos enseña, por otra parte, que las posadas son lugares en los que se cruzan los destinos y se intercambian las historias. Y cuando los “caminos prisioneros” de las primeras líneas ferroviarias parecen anunciar el final de la aventura del caminar, la aparición del automóvil proporciona, por un momento, la emoción del renacimiento del antiguo y romántico espíritu libre del carruaje.

Finalmente, la gente, los italianos. En esta extraordinaria reserva de caza que fue Italia para los viajeros durante más de tres siglos, en este paraíso de delicias, en este fragante jardín de mitos sagrados y profanos, la presencia de los italianos resulta casi siempre, ¿por qué no decirlo?, fastidiosa y molesta. La humana y con frecuencia ruidosa presencia afecta a la ilusión de una momentánea suspensión del tiempo, a esa pausa del devenir histórico, progresivo y cotidiano que es, precisamente, el fin supremo que el viajero persigue en la península. La presencia de los indígenas se acepta, por tanto, a condición de que se disfracen y se comporten a modo de comparsas adecuados al ficticio escenario al que se pretende que pertenezcan. De este encuadre derivan esos lugares comunes y esos estereotipos que todavía hoy condicionan la percepción y la imagen de los italianos, a la que ellos mismos, con no poca frecuencia, han contribuido a perpetuar en el tiempo.

La historia del viaje a Italia es, por tanto, una ocasión de excepcional relevancia no sólo y no tanto en la historia del viajar, sino también por lo que se refiere al continuo enfrentamiento de culturas distintas que se exhiben, se miden una respecto de la otra y se comparan en el mudable curso del tiempo, en un escenario, por el contrario, ilusoriamente inmutable. Pero las cosas, en todo lugar, cambian por transformación propia y por las transformaciones operadas por los hombres, aun en el caso de que las consideren los ingenuos pastores de la arcadia o los bandidos románticos. Precisamente por eso hemos intentado cerrar este articulado lamento por una noble y cosmopolita tradición preguntándonos si la Italia que hoy recorremos es sólo la Italia de los itinerarios perdidos o se reserva algún margen de recuperación, algún recurso para lo imaginario. Dicho de otra manera: hemos pretendido someter al lector, al final del libro, una “modesta proposición” para moverse a través de los itinerarios de antiguas seducciones, a veces perdidas, otras supervivientes o, si se prefiere, en el laberinto de las ilusiones.

Advertencia

CITAS Y notas. Respecto de las referencias a los textos de los viajeros citados, se toman de las primeras ediciones en lengua original. Cuando ha sido posible, hemos recurrido a las traducciones españolas y a las ediciones en las que el texto en particular es mayormente conocido o, en cualquier caso, fácilmente accesible en la edición italiana citada por el autor. Las notas del traductor se han señalado con (*).

Las imágenes. Las setenta y dos tablas de sus Selected Views ofItaly (London, Chapman et aliis, 1792-96), John Warwick Smith nos ha parecido que encarna el prototipo del viajero del siglo XVIII. Un artista viajero que, con extraordinaria síntesis topográfica y homogeneidad estilística, ilustra las paradas del itinerario tipo del viaje a Italia, contribuyendo al mismo tiempo a formar la mirada de cuantos le siguieron en el mismo recorrido.

Capítulo primero

El mundo moderno y la idea del viaje a Italia

Uno no puede dejar de extrañarse al encontrar un país que resulta agradable y fecundo, regado por múltiples ríos, con sus campos ricos en trigo en la estación debida y sus pastos con hierba, paisajes deliciosos y aires saludables en buena parte de su territorio, profusamente cubierto de ciudades almenadas en las que la vista se deleita en los más suntuosos edificios y encuentra nueva vida en tanta variedad de pinturas y esculturas. En resumen, el país que produce en cantidad y en no menor variedad todas estas cosas, hasta erigirse en delicia de los sentidos, que cuenta a un lado con los Alpes a modo de muralla y limita al otro con el mar, tiene que ser de verdad excelente: este país es, precisamente, Italia.

Jean Gailhard. The Present State ofthe Princes and theRepublic ofItaly, 1668

1. “Ir por el mundo en busca de aventura”. La herencia de los peregrinos y de los mercaderes

CUALQUIERA QUE sea la razón por la que se haya puesto en camino, el viajero, de siempre, ha ejercido una encendida admiración y una fascinación arcana en una comunidad sedentaria y fija. El viajero ha encarnado desde los primeros tiempos la esencia mítica de la civilización occidental, en cuanto individuo comprometido con el viaje iniciático y con el desafío a lo desconocido. Sucesivamente ha revestido las formas del mito cristiano, hilvanando las estaciones rituales en la búsqueda del Santo Grial. Ha permitido, en fin, que la narrativa se plasmara en la matriz misma del viaje peligroso: en las secuencias de la novela griega de aventuras, en el epos medieval, en la novela picaresca1. Toda una tradición literaria resulta así permeada hasta nuestros días de la idea misma del viaje, entendido como metáfora de la existencia: desde los locuaces peregrinos de Chaucer, al itinerario alegórico cristiano, el héroe de Bunyan, al sarcástico de Gulliver, la criatura de Swift, por no hablar de ese otro Ulises, el irónico sosias creado por Joyce. Quien, por otra parte, quiera mantenerse en nuestros propios ámbitos y calibrar la supervivencia de esa idea itinerante en la obra de nuestros escritores, puede prestar atención al viaje cien veces iniciado de Italo Calvino e, incluso antes, interrogar las cartas del tarot en el CastelO dei destini incrociati (El castillo de los destinos cruzados, Siruela, 1995), cuyos enmudecidos caminantes y peregrinos intentan la última forma de comunicación o, quizá, dejarse implicar por las invectivas y los encantamientos de las Meraviglie d’Italia, de Carlo Emilio Gadda. Por seductor que pueda parecer, el nuestro no es un viaje a través de la literatura, sino más bien, y principalmente, a través de las crónicas de los grandes viajes de los peregrinos occidentales, de cuya lenta conmutación en las arterias del comercio, de la diplomacia y del saber humanístico ha germinado la idea moderna del viaje.

Si consideramos la milenaria historia del peregrinaje, nuestro interés es atraído, desde el punto de vista que hemos adoptado, no por aquellos que emprendían un viaje sin retorno hacia los santos lugares, para concluir la vida terrenal tras las huellas de Egeria2, aJerusalén, sino por esos otros dedicados a la peregrinatio penitencialis que, a partir del siglo X conciben el viaje a Palestina como una experiencia episódica, un acontecimiento que tiene lugar en un lapso temporal, por largo y peligroso que sea3. Una peregrinación a Tierra Santa que, con el transcurrir de los siglos y el lento declinar del Medioevo, se fragmenta en itinerarios menores, más breves que lo que era el camino a Je-rusalén, que se propone diferentes metas en el continente europeo, revelándose, al final, siempre más propenso a las comodidades que a la penitencia. No cabe duda que con el abandono de la familia y del trabajo y con el momentáneo sustraerse a las obligaciones para con la comunidad, a los deberes y a las molestias públicas y privadas, en todos los tiempos, el homo viator atrajo sobre sí, sobre su diversidad, sobre el valor para desafiar la aventura, sobre su capacidad para suspender el tiempo e, incluso, para eludirlo, admiración y desconfianza en los contextos y ambientes en los que se movía y con los que había entrado en contacto.

Una diferencia de ese tipo gusta de ser pregonada a través del propio uniforme, de la vestimenta misma: un manto (la capa del peregrino o capa de San Roque), sombrero de ala ancha y barbuquejo, la larga esclavina herrada y provista de ganchos en los que colgar la venera, la mochila de tela tosca, y objetos bendecidos en un ritual específico antes de la partida. Ritual del que forman parte los lavatorios de pies, artes particularmente cuidadas por el peregrino, así como las disposiciones testamentarias pertinentes y el encargo de misas pro itinerantibus. Signos que distinguen al homo viator son también, de vez en cuando, los emblemas de los lugares visitados: la concha de Santiago para los que volvían de Compostela, en Galicia, las palmas para los que volvían de Tierra Santa, cruces y placas metálicas grabadas a punzón -célebres fueron las “verónicas”, que reproducían el sudario con el que se había secado el rostro de Cristo camino del Calvario y las llaves cruzadas- para otras metas y otros lugares con ritual propio y de culto. La lengua misma articula el término de acuerdo con el destino, de modo que se llaman palmeros -como glosa Dante4- a aquellos que “van a ultramar, allí donde es frecuente llevar palmas”, peregrinos a quienes se dirigen a Santiago, estando como está “la sepultura de Santiago más lejana de su patria que la de cualquier otro apóstol” y, finalmente, romeros o romeos a los que se dirigen a Roma.

Existe, además, una bien difundida y sugerente iconografía de los santos protectores de los peregrinantes y de los viajeros en general que nos permite una cómoda reconstrucción del atuendo y del equipaje del peregrino típico. Los santos más frecuentemente representados en los frescos y en los retablos de altar de las parroquias de todas las regiones italianas son San Roque, el santo peregrino del siglo XIII que, habiendo sido capaz de escapar de la peste llega a convertirse en protección contra sus estragos, Santiago de Compostela, San Julián el Hospitalario, San Leonardo, San Martín y San Cristóbal, que habiendo transportado al Cristo niño de un lado al otro del río, asume el papel de protector de los caminantes obligados a pasar vados o pasos de montaña especialmente peligrosos. Ciclos de frescos que narran la vida de San Cristóbal son recurrentes en las parroquias que bordean los itinerarios de los peregrinos, sin contar las imponentes representaciones del santo pintadas en los frescos o esculpidas en las fachadas de las iglesias, así como las representaciones dibujadas de su efigie colocadas a la entrada de los puentes o de los vados, de manera que pudieran verse desde grandes distancias.

Los primeros libros de caminos, o las rudimentarias guías que especifican los recorridos a través de los distintos países europeos y que culminan en los dos polos de referencia italianos se deben a la práctica del peregrinaje. Estos dos polos son, uno, Venecia, en cuanto puerto de embarque hacia el Oriente; el otro, Roma, destino unas veces complementario, otras alternativo a la peregrinación a ultramar. Las guías de los peregrinos apenas si son aproximadas listas de aglomerados urbanos, de ventas, de ciudades, pasos de montaña, vados fluviales y puntos de embarque marítimos, con un relativo cómputo de las distancias5. Estas guías de peregrinación -o también libri poenitentiales-, al menos en lo que a Italia se refiere, tratan de una vez por todas, nos atrevemos a decir, buena parte del itinerario más frecuentemente recorrido en el curso del viaje a Italia desde siglo XVI al nacimiento del turismo. En otros términos, se registra una singular continuidad de itinerarios entre el Itinerarium del siglo XIII de Matthew Paris, comúnmente utilizado como guía y el que recorren los primeros isabelinos que bajan hasta Italia, no para beneficio de su alma o para estar en los ateneos de antigua fama, sino para curar la melancolía, auténtico mal du siécle al que, entre otras cosas, se debe la fortuna de una moda plurisecular, nacida también como antídoto6.

Al mismo tiempo, la esquemática fisonomía convierte los itineraria devo-cionales en precursores directos de los libros de viaje y de los viejos libros de mercaderes, caracterizados estos últimos por lo meticuloso de sus apuntes acerca de las distancias recorridas y gastos realizados, cambios de moneda y de trueques. En las pistas y sendas más comúnmente transitados, los peregrinos y mercaderes medievales se revelan tan minuciosos en el registro de los gastos y paradas como ciegos a la dimensión urbana y paisajística del mundo que atraviesan. Por diferentes razones e intereses igualmente diferentes, unos y otros parecen proceder con los ojos vendados, absortos en el libro de oraciones o en el de cuentas. O también, por lo que se refiere a los peregrinos, usando una mirada que, por todas partes, convierten las escenas más corrientes en acontecimientos maravillosos, atribuyendo una dimensión sobrenatural y valor simbólico a la realidad más común. Tanto si se trata de un mudo como de un fantasioso, con el transcurso del tiempo, el peregrino acumula en su contra la propia diferencia que, precisamente por su errar, se substrae a las obligaciones de la comunidad. En la maravillosa y primaveral cabalgata de Geoffrey Chaucer, las innumerables figuras del peregrino medieval, con sus disfraces y sus propósitos ocultos, quedan destinados al embalsamamiento literario. En la lengua corriente, el apelativo mismo de “peregrino” se convierte en sinónimo de aventurero con Erasmo de Rotterdam, y con Sir Philip Sidney, de botarate sin oficio ni beneficio. Una carta de este último, escrita alrededor de 1580 a su hermano, a punto de partir para un largo viaje, pone en evidencia el desprecio con el que por entonces era tratado el peregrino, persona miserable sin residencia fija, así como el surgir del gentleman traveller, el viajero moderno: “Estoy convencido de que tienes bien grabado en tu mente el objetivo que quieres alcanzar con tus viajes, porque si tú viajaras sólo por viajar, resultaría que eres un peregrino y nada más que un peregrino”. Otra es, por supuesto, la finalidad que sustenta el viaje moderno. Cuando no se trata de una finalidad terapéutica, como hemos visto, se centra en la absorción de cuanto pueda resultar útil para la propia formación cultural, para la propia persona o para el propio país. Lo cual se obtiene enriqueciendo la mente con lo que de notable se encuentra en los lugares visitados, desgranando los ojos de la curiosidad, de la sabiduría y de una inteligencia libre: “Por eso puedo perfectamente decir”, continúa Sidney en un bello aforismo, “que quien viaja con la mirada de Ulises elige uno de los excelentes caminos de la sabiduría terrenal”7.

A pesar de la profunda diferencia que separa, no sólo en sentido cronológico, el mundo de los peregrinantes del mundo de los primeros viajeros, existe una soterrada herencia que el silencioso y viejo peregrino en viaje a Roma deja al joven y locuaz aristócrata europeo que viaja con mirada de Ulises a lo largo de la península. Esa herencia consiste en el trasvase desde una a la otra forma de viajar de una intensa, invadente, componente ritual, componente que se manifiesta en un listado de etapas canónicas para alivio del espíritu y del cuerpo, así como de obligadas visitas a las maravillas de la antigüedad en las que se articulan los primeros viajes a Italia. Es como si, en la estructuración de estos laicos itinerarios de la belleza y el saber, hubiera tenido lugar una transferencia del principio básico del peregrinaje, que a cada paso anuncia y declara su objetivo, que ilumina las interminables e impracticables sendas de los simulacros del Santo Sepulcro -es decir, feligresías, abadías, hospitales a fin de recordar su fisonomía y su nombre- y que, precisamente en esos simulacros, requiere de la pía devoción e incrementa su ardor con representaciones de los “santos rostros” en madera y con la imagen esculpida del tortuoso laberinto, sembrado de obstáculos, le chemin de Jerusalén, a través del cual el alma llega hasta Dios8.

Incluso en el cambio radical que comporta la adquisición de la mirada de Ulises, existe un sutil nexo que une la cadena de ciudades y lugares admirables, visitados por curiosidad intelectual y placer por los viajeros de los siglos XVI y XVII y las veneradas reliquias conservadas en las iglesias urbanas o rurales que antiguamente jalonaban el itinerario de los peregrinos hasta Roma, desde el Santo Rostro de Lucca y las huellas de Santa Cristina de Bol-sena en la vía Francigena, al Santo Rostro de Borgo Sansepolcro en la vía Romea. En estos casos fe y cultura, caminos de la ciudad celeste e itinerarios de la ciudad terrena requieren una dedicación y un compromiso que deben renovarse y tomar impulso en cada nueva etapa, en cada nuevo cambio de escena del camino. En el último decenio del siglo XVI los maestros de la ciencia nueva, empezando por Francis Bacon, abren a los jóvenes europeos el camino de Milán, Venecia y Roma, determinando una auténtica revolución cultural, del mismo modo en que, en los albores de la Edad Media, los peregrinos habían abierto a multitud de seguidores el camino de Jerusalén y el de Compostela, iluminando su lento y extenuante itinerario con la perfectamente calculada constelación de santuarios y de peregrinajes menores9.

“In Dei nomine, amen, y de provecho y de buena ventura y en acrecentamiento de persona y haber.” Con estas palabras o con similares fórmulas propiciatorias, se abren los libros de los mercaderes de los siglos XIII y XIV, esos mercaderes milaneses, florentinos o sieneses, los cuales, por decirlo en palabras de Paolo di Bartolomeo Morelli, corren y corren sin descanso “por tierras extrañas recogiendo mercancía, vendiéndola y desarrollando todo”10. En los casos en que no se trata de meras rúbricas de postas, de registros de cambios de moneda, de compras y ventas y, cuando al viaje se añade algo más de cuanto no sea sólo “hacer ahorros”, estos preciosos diarios de los comerciantes iluminan un vasto sector historiográfico sobre el que, desde hace tiempo, se ha centrado la investigación11. En este sentido se trata de documentación asimilable a relaciones, testimonios, observaciones de diplomáticos, secretarios de personajes eminentes, de correos, acerca de los cuales existe una vasta documentación. La tardía aparición de diarios más articulados y no exentos de pretensiones literarias, tiende, por otro lado, a confundirlos con los que se consideran los reales impulsores de los libros de viajes. Unos y otros son, efectivamente, el fruto de un nuevo espíritu empírico y no es en absoluto casual el hecho de que más de un comerciante, con el mismo criterio que los primeros viajeros y redactores de guías, muestre curiosidad por la topografía y el asentamiento urbano de los centros que visita, por los usos y costumbres, por el arte y la ciencia o encuadra, incluso, su propio viaje en una especie de épica mercantil.

Además, precisamente el comerciante, con frecuencia italiano, es quien transmite al viajero foráneo del siglo XVI y de principios del XVII, ese mimetismo político y ese arte de la simulación, que se revelará luego como enseñanza preciosa en los años inmediatamente posteriores a la Reforma. “En toda tierra que vayas o que te establezcas habla bien de quienes gobiernan en el Municipio, y tampoco de los demás digas nada malo...”, aconsejaba Paolo da Certaldo12. Su consejo resuena como un estribillo que se repite en muchos viajeros de religión protestante, desde Thomas Coryat a John Evelyn. A los mismos italianos, de visita en Roma a finales del siglo XVI, Fynes Moryson les sugiere, efectivamente, que no den muestras de interés por esas costumbres -venta de indulgencias y comercio con las reliquias- que en lo profundo de su corazón deberían despreciar13. A quien se preparaba para iniciar el camino, Giovanni Morelli proporcionaba consejos que reencontramos en las palabras con las que el Polonio shakesperiano se despide del hijo cuando el viento hincha la vela: “Si cuentas con diez mil florines, lleva una vida como si tuvieras cinco. y en el resto de tu comportamiento, nunca te descubras con nadie, pariente que sea, amigo o compañero”14. Paolo da Certaldo aconsejaba a los mercaderes viajeros, como hará luego en su Nouveu voyage d’Italie (1691), François-Maximilien Misson, moverse con extrema discreción: “Si vas a algún lugar de riesgo, dirígete a tu posta, y hazlo sin decirle a nadie a dónde vayas. O mejor, si vas a Siena, di que vas a Lucca. Así estarás a salvo de la mala gente”15.

El mercader transmite a los viajeros la costumbre de medir el tiempo, de observar las costumbres y hábitos jurídicos y de saber juzgar a primera vista cosas y personas. A diferencia de los peregrinos que viven en una prolongada pausa temporal, los “nacidos bajo el signo de Mercurio” instauran una relación perfectamente calculada y, digamos, productiva con el tiempo. Como escribió Jacques Le Goff, estos mercaderes sustituyen “un tiempo mensurable, mecanizado incluso, pero también discontinuo, fragmentado, con pausas, con momentos muertos, sujeto a aceleraciones y desaceleraciones, con frecuencia ligado al retraso tecnológico y al peso de los factores naturales”16. A partir de específicas razones de mercado, el comerciante transmite al viajero de la edad moderna la necesidad de convertir en productivo -fraccionándolo oportunamente y llenándolo de ocasiones- el tiempo del viaje.

Existen, además, los que podríamos definir como viajes de espionaje tecnológico, es decir, viajes de instrucción técnica y de cuidadosa observación que recopilan documentación puesta al día sobre “canales, molinos, acequias, salinas, instalaciones para trabajar el hierro, el cobre, el papel, la manipulación de la seda, de la lana, talleres de acuñación, los de artillería y los de la pólvora, serrerías, curtido de pieles y cosas por el estilo”17. Se trata de viajes subvencionados por un gobierno en particular, en el que se implica a personas de talento y de relevante formación técnica y científica, a los que se les recomienda prudencia y capacidad de simulación a la vista de la cuidadosa vigilancia de las manufacturas y entidades productivas. Que la mirada del forastero se ha considerado siempre bajo sospecha lo demuestra la larga serie de episodios de supuesto espionaje en el que resultan implicados viandantes totalmente ajenos, episodios que en los diferentes relatos se convierten en anécdotas o, a veces, incluso, ocurrencias retóricas.

El conjunto de estas consideraciones sobre el devenir de la idea del viaje nos invita a releer con extremo interés las observaciones de un historiador como Hippolyte Taine -que fue, a su vez, autor de un precioso Voyage in Italie- quien, a propósito del análisis de Antiguo Régimen, en Les origines de la France contemporaine de 1894, observaba lo siguiente:

Con su perspectiva independiente, cartas y diarios de viajeros extranjeros sirven de confrontación y complemento de los retratos que de sí misma ha trazado esta sociedad. Ésta ya ha dicho todo lo que tenía que decir por su parte, salvo lo que consideraba banal y familiar para sus contemporáneos; o lo que le parecía excesivamente técnico, aburrido y mezquino; en definitiva, todo cuanto concernía a la provincia, a la burguesía, a los campesinos, a los obreros, a la administración y al comportamiento doméstico18.

Con otras palabras, Taine captaba con agudeza la naturaleza híbrida de la escritura de viaje y su incómoda perspectiva, y al tiempo privilegiada, de género literario menor, con frecuencia capaz de elaborar representaciones disconformes con la ideología dominante y la concepción más corriente de la narración histórica. El interminable y nutridísimo plantel de viajeros extranjeros que recorren la península y, poco a poco, descubren sus esquinas más recónditas, exaltan su belleza, observan con dedicación e interés sus usos y costumbres, sus formas políticas, sus antigüedades y sus obras de arte, la economía y las innovaciones tecnológicas, sus comercios y todo cuanto se refiere a la vida civil, tejen, a lo largo de tres siglos, un cuadro de lo más rico y complejo de la realidad histórica italiana. Un cuadro hasta el momento apenas si analizado en una mínima parte de su extensión, al que habrá que añadir el goce proveniente del no menos extenso plantel de paisajistas, acuarelistas y dibujantes topógrafos que nos han restituido una cambiante, multicolor e igualmente variadísima iconografía de los lugares de toda la península.

A fin de que unos y otros -los viajeros por placer y a continuación los artistas que les siguieron- puedan restituirnos descripciones e imágenes de Italia radicalmente nuevas, informadas en el efectivo contacto con una proteiforme realidad histórica y topográfica, es necesario que la práctica del caminar se libere de su propio estatuto vicario respecto de otros obligados fines en nombre del saber, de la curiosidad individual, de la observación y del estudio de las diferencias entre distintas gentes y lugares. Lo cual, bien mirado, es una creación típica del mundo moderno de la nueva ciencia, de las nuevas ideas educativas: es decir, ya no una práctica, sino un arte, un Ars peregrinandi, por citar un título bastante de moda a finales del siglo XVI.

2. Un prototipo del viajero moderno: Francesco Petrarca

EN su compleja dimensión de poeta, escritor diplomático e intelectual, Francesco Petrarca se nos muestra hoy como prototipo del hombre moderno, el primer peregrino laico, el viajero en continuo movimiento tanto en Italia como fuera de Italia. Aspecto este sobre el que ya se ha dicho casi todo lo que la cultura y la sensibilidad corrientes pudieron decir. “Grande fue y es por la consciencia con que participó en el amplio panorama de todo un continente”, escribió su más reciente biógrafo, Ernest Hatch Wilkins, “en el drama de la vida europea que, por entonces, tenía lugar”19. Sin embargo, a pesar de tanta movilidad, ha permanecido en la sombra un aspecto: la extraordinaria modernidad de su idea del viaje.

A este propósito anota el poeta en sus Familiari: “puedo decir que mi vida, hasta hoy, ha sido un continuo viaje. Compara mis peregrinaciones con las de Ulises. Al margen de la celebridad de sus empresas y de la fama que acompaña a su nombre, no puede decirse que vagara durante más tiempo ni más lejos que yo”20. Muchas veces Petrarca explica su propia vida errabunda como una imitación y en secreta consonancia con los grandes viajeros del mundo antiguo, homéricos o virgilianos o, incluso, con los viajes de los apóstoles “que recorrieron descalzos las regiones del mundo”. Sin embargo, no se trata ahora de poner de relieve su existencia de errante sin descanso, su sentirse peregrinus ubique, por necesidad o libre decisión, o la larga serie de sus misiones diplomáticas -su biografía coincide, de hecho, con un viaje perpetuo-, sino más bien de captar en la madeja de sus peregrinaciones una nueva y preciosa señal, absolutamente nueva para los tiempos que le tocó vivir: la idea de que se pudiera llevar a cabo un viaje a través de Europa, no ya por fe o por negocio -como peregrino, mercader o diplomático-, sino sola y exclusivamente por el placer de ver, observar las costumbres de los hombres o por disfrutar del aspecto de países desconocidos, para comparar los hábitos de los extranjeros con los domésticos.

Impulsado por el ardor juvenil y por el deseo de descubrir cosas nuevas y gentes distintas, en 1333, Petrarca se pone en camino desde Avignon sin otra finalidad que llevar a cabo un viaje de instrucción a algunas de las ciudades europeas más conocidas. Se detiene en París “curioso por comprobar si fueran ciertas o no las cosas que había oído”; visita Gante y otros lugares de Flan-des y Brabante “famosos por sus talleres de lana y tejidos”; admira Lieja, donde encuentra el discurso ciceroniano Pro Archia; se sumerge en los baños de Aquisgrán, antigua residencia de Carlo Magno, cuya tumba “asusta todavía a los bárbaros”; se detiene más tiempo en Colonia, en la orilla izquierda del Rhin y atraviesa luego, en tiempo de guerra, la selva de las Ardenas, “realmente salvaje y terrorífica a la vista” y, después de haber recorrido muchos países, llega finalmente a Lyon y de aquí nuevamente a la ciudad de los papas descendiendo en barca por el Rhin... Con este largo, pero no infructuoso peregrinaje, el poeta realiza un gesto que preanuncia la idea moderna del viaje, ese género de itinerante curiosidad intelectual que solemos remitir a Michel de Montaigne, a su tratamiento teórico en las páginas de sus Essais y al práctico en el Voyage d’Italié21.

De este modo Petrarca anticipa, y en muchos aspectos supera ampliamente, la misma inquieta movilidad de los clérigos, de los primeros humanistas, de docentes y discentes que, en el curso de sus carreras, pasan de una universidad a otra, puesto que es él el primero en defender la idea de que el viaje puede constituirse en su propio y exclusivo fin, su propia meta móvil e inquieta. Con extraordinaria claridad, refiriéndose al viaje de 1333, escribe, siempre en los citados Familiari: “Como sabes, acabo de atravesar Francia, no tanto por negocios como por deseo de conocer y por entusiasmo juvenil. Llegué, incluso, hasta Alemania y a las orillas del Rhin, observando atentamente las costumbres de sus habitantes, fascinado por la vista de un país desconocido, comparando cada cosa con las nuestras”22. Nada se escapa a la mirada de este laico peregrino del saber, ni las costumbres y modas de cada uno de los países -incluidas “ciertas vestimentas cortas recientemente introducidas en Francia”- ni las ciudades y sus monumentos, ni los sublimes encantos de la naturaleza. Sus ojos revelan la versatilidad y sagacidad del antropólogo ante litteram, como cuando en Colonia se queda sorprendido ante la costumbre que tienen las mujeres, en determinada estación del año, “de lavarse las manos en el río y sus cándidos brazos, mientras murmuran dulces palabras en lengua desconocida”, descubriendo en ese lavado propiciatorio la persistencia de viejos ritos paganos.

Igualmente moderno resulta la visión, casi la perspicacia, topográfica del escritor que sabe liberar el paisaje de las redes de la visión alegórica, para devolvérnoslo en forma de panorama real, ya se trate de la descripción de Génova desde el mar o el perfilarse de Padua en el horizonte, así como muchas otras ciudades. Hasta la misma la descripción de un lugar bastante menos conocido, como es Capranica, donde se ve obligado a detenerse en 1337, debido a la inseguridad de los caminos infectados de sicarios de los Orsini, se considera hoy como uno de los primeros ejemplos de representación topográfica moderna: “Rodean el pueblo por todas partes innumerables colinas, ni demasiado altas ni excesivamente pendientes, sin que impidan, una con otra, extender la mirada, y entre cuyas convexas laderas se abren cuevas frescas y umbrosas, y se alza frondoso el bosque para alivio del ardor del sol”. Una observación análoga sirve para la celebérrima ascensión al monte Ventoso, que puede considerarse la primera descripción panorámica del paisaje en la cultura occidental. Puede captarse, además, toda la modernidad de su inédito situarse ante el espectáculo de la naturaleza y recuérdese que la noción de paisaje en la pintura de su tiempo es, en términos generales, convencional y sintética, o conectada a la feracidad de los campos y a la latente mineralogía del suelo; un paisaje, en fin, que se representa sólo en razón de lo que produce o de cuanto esconde en su interior.

Precisamente el episodio del Ventoso, connotado como simbólica “ascensión” al monte, pone de relieve una ambivalencia propia del viaje petrar-quesco y, por tanto, de cualquier viaje. Efectivamente, si, por un lado, la función del viaje es la de permitirnos encuadrar el mundo externo en la siempre cambiante percepción de la lejanía y desvelar la gama infinita y la variación de las disposiciones, de las formas y colores, por otro, una comparación de ese tipo nos estimula a descifrar el sentido de nuestra existencia y a escrutamos más profundamente a nosotros mismos. No es casualidad, desde luego, como pretende hacernos creer Petrarca, que después de haber pasado revista, en una extraordinaria visión panóptica desde la cumbre del Ventoso, las lejanas cimas de los Alpes, los montes de Lyon, la ciudad de Marsella y, finalmente, el mar, su mirada va a parar a un párrafo de las Confesiones de San Agustín, el librito que siempre lleva consigo: “Y los hombres van a admirar las cimas de los montes y las grandes olas del mar y las vastas corrientes de los ríos... y se olvidan de sí mismos”. Se da, además, en el viaje de Petrarca, una ulterior ambivalencia que viene dada por su proceder paso a paso con la misma disposición de ánimo de los antiguos y casi, casi, buscando su aprobación y su respaldo, sin dejar de manifestar, al mismo tiempo, una inquietud típicamente moderna equivalente al deseo de, cambiando de lugar, huir de la uniformidad de las cosas, fuente de todo aburrimiento. Incluso desde este punto de vista, Petrarca se anticipa a la actitud de los viajeros del Grand Tour, los cuales, ya se trate de Joseph Addison, de Goethe o de Seume, recorren Italia con la cabeza llena de Teócrito y de los clásicos latinos.

Las mismas anotaciones acerca de los aspectos materiales del viaje encuentran amplio y singular espacio en las cartas, hasta adquirir el sabor de la anécdota irónica, no exenta de comicidad, como cuando en Lyon se lamenta de la pésima calidad de la tinta que, en el mejor de los casos, resulta amarilla como el azafrán, o como cuando en Suzzara -estamos en 1530- narra la inusual hospitalidad que le ofrecen: “Ahora puedo decirte sin error, que esta casa es la casa de las moscas y de los mosquitos, cuyo zumbido nos advirtió inmediatamente de que debíamos levantamos de la mesa. Añadióse después un ejército de ranas que durante la cena salieron de los sótanos y se pusieron a saltar libremente y croar por toda la habitación”23. Tampoco se trata solamente de aspectos concernientes a la hospedería pública o privada, porque modos y medios de viajar en el siglo XIV están ampliamente ilustrados, así como las frecuentes dificultades para librarse de los apuros a causa de los caminos transformados en barrizales, o los problemas a los que se enfrenta el viajero con sus propias caballerías y los accidentes de hombres y bestias. De manera que no sorprenden las palabras de este extraordinario, incansable, viajero que declara haber “arrostrado vientos, truenos, lluvias y la dureza del sol”.

Una mirada tan dada a una visión de conjunto y, al tiempo, tan sensible al detalle no iba a dejar escapar los grandiosos espectáculos de la naturaleza. Memorable sigue siendo la descripción de la tromba de agua que se abate sobre Nápoles el 26 de noviembre de 1343 -también registrada en las crónicas de Villani- que Petrarca, en misión diplomática entonces en la ciudad, nos restituye con habilidad narrativa a partir de una panorámica general del golfo partenopeo, para encuadrar, a continuación, la zona portuaria en un auténtico crescendo dramático:

En la mitad del puerto, terrible y doloroso el naufragio: arrastrados por las olas cuando estaban ya cerca de la playa, aquellos pobres estiraban los brazos para aferrarse, pero eran lanzados contra los escollos por los impetuosos golpes de mar, y allí se quedaban, a modo de blandos huevos y mutilados y, sin embargo, palpitantes, con sus cadáveres llenaron la playa. A uno pude verle el cerebro, a este otro desventrado, chorreando sus interiores: los gritos de los hombres y los alaridos de las mujeres superaron el fragor del cielo y al del mar unido24.

Después de haber escrito mucho sobre sus viajes y de la práctica del viajar, Petrarca se enfrenta directamente con la literatura de viajes. La ocasión se la brinda, durante su estancia milanesa de 1353, Giovanni da Mandello, gobernador de Bérgamo, joven culto, curioso y apasionado por la historia. Cuando Giovanni le propone que le acompañe en su peregrinación a Tierra Santa, Petrarca declina la invitación, pero en compensación, en la víspera de la partida en 1538, le hace entrega del Itinerario al sepolcro di Nostro Signore Gesù Cristo, conocido también con el nombre de Itinerarium siriacum, que acaba de escribir para él. Puede sorprender que un viajero como Petrarca, que ha recorrido sin descanso los caminos de todo un continente, desafiando la adversidad de los hombres y la inclemencia de los elementos, redacte una guía de lugares nunca visitados. Mirándolo bien el librito replantea la ambivalente actitud de Petrarca respecto de los viajes: por lo que se refiere a las costas occidentales de Italia -la peregrinación parte de Génova- sus indicaciones se basan en el conocimiento directo de los lugares y, especialmente con ocasión de la visita partenopea, asumen un tono que podríamos definir como “¡turístico!”, explicaciones y consejos relativos al resto del viaje están extraídos de fuentes literarias y bíblicas y calcados de otros planos portuarios o mapas, por los que el poeta siempre nutrió especial interés. Por otro lado, para un hombre como Petrarca el viaje es siempre, indisolublemente, al tiempo, una aventura del espíritu, un viaje a la historia a través de los libros, y en ese su sentirse extranjero en su patria, un exiliado, un inquieto viajero en la brevedad de la vida, el hombre de fe y el hombre de ciencia, el moderno y el antiguo, siempre caminaron de la mano.

3. Con la mirada de Ulises. El debate sobre la utilidad de los viajes desde el siglo XVI al XVIII

LA cultura contemporánea del viaje no puede dejar redescubrir con extremo interés la indicación de Taine, sensibilizada como está por las orientaciones de los estudios históricos y por las tendencias de investigación encaminadas a sondear, cada vez con mayor frecuencia , bordes y márgenes de contextos culturales diferentes. En cualquier latitud, el ojo del viajero instituye perspectivas de extraño, de extranjero, de las escenas más familiares y dirige la mirada a esos aspectos básicos, transitorios, fugaces, de la existencia cotidiana de la que sería difícil recibir cualquier otro testimonio, tanto escrito como iconográfico. Ha llegado, por tanto, el momento de ilustrar las connotaciones del viajero de los que hemos estado hablando y a los que daremos la palabra con frecuencia.

Dejados atrás los récits despélerins, las relaciones de los diplomáticos, las lamentaciones de los mercaderes -es decir, de todos aquellos que instauran una relación exclusiva e intensa, de fe o de profesión, con el andar por los caminos- y descartados igualmente cuantos recorren pistas y sendas europeas con la actividad de los mercenarios, el mimetismo de los actores y la desmemoria de los errantes, no queda más que tomar en consideración una singular figura de viajero, para el cual, el viaje, representa una forma de amadísimo y espléndido desperdicio, si bien motivado en manera distinta, y de taumaturgia del alma, a partir del último tramo del Cinquecento. Un viaje que carece todavía de la consciencia de la fatal atracción por lo antiguo, de ese reclamo del pasado que acabará siendo motivo dominante en el siglo XVIII, pero que desde ahora opone el paseo por las capitales europeas del saber, tanto del saber antiguo como del moderno, a las extensas landas de un mundo desconocido en las que, en el riesgo cotidiano de la existencia, se ponen en juego fortunas individuales y las públicas de los estados. Un viaje a la búsqueda de las raíces culturales de ese mundo moderno que, simultáneamente, busca en otros lugares los espacios de su propia expansión.

Más de una vez se ha recordado que la firma de la paz de Cateau-Cam-brésis entre Francia, España e Inglaterra en 1559 inaugura un nuevo equilibrio europeo, que durará hasta el final de la Guerra de los Treinta Años, favoreciendo una continuada migración intelectual hacia Italia. Para el nuevo gentilhombre atravesar los Alpes ya no significa perseguir la gloria de las armas y, mucho menos, desafiar lo ignoto en tierras vírgenes o playas desconocidas. El nuevo viajero es, con frecuencia, un joven, a menudo poco más que un adolescente, acompañado de un tutor -en general, el auténtico redactor de los recuerdos del viaje-y, en función del patrimonio familiar, de un más o menos nutrido séquito de servidores. Hijo de aristócratas y de ricos burgueses, el joven lleva a cabo el viaje a Italia adecuándose, más o menos dócilmente, a fines educativos bastante bien ilustrados por una vasta literatura sobre el tema. Sin embargo, antes de examinar más de cerca los motivos, itinerarios y formas del viaje, es preciso puntualizar un par de elementos de fondo que presiden el nacimiento del viaje moderno. El primero viene dado por una acentuada diversificación determinada en los programas de estudio de las universidades de los países protestantes en el siglo XVI y por la consiguiente crisis de las universidades italianas; el segundo, por la naturaleza típicamente itinerante de la visita de los jóvenes extranjeros a Italia, que nada tiene que ver con las estancias tradicionales de estudio en Bolonia o en Padua, en Siena o en Pavía25.

Sólo en sentido lato pueden buscarse los antecedentes de los viajeros del seiscientos o setecientos en los estudiantes extranjeros matriculados en los ateneos italianos del siglo XV y XVI. En las largas estancias pasadas en las universidades italianas, estos estudiantes no están interesados en conocimientos específicos de topografía del país que les hospeda, ni en sus costumbres, ni en su lengua (las lecciones se imparten en el esperanto del momento: el latín humanista), sino más bien en el aprendizaje de artes y disciplinas escasa o malamente profesadas en los lugares de origen. Tanto es así que la fundación o reconversión de una gran parte de los ateneos extranjeros a consecuencia de la Reforma y del paralelo impulso científico promovido por el empirismo de Bacon, incluso en sus notas de intolerancia respecto de la tradición de los ipse dixit, frena, hasta su extinción, el flujo de estudiantes forasteros a las universidades italianas, con la excepción de españoles, portugueses, así como austríacos y alemanes de religión católica. En la formación universitaria de los jóvenes británicos o flamencos -los cuales vendrán a Italia ya no como estudiantes, sino como viajeros- ocupa el primer plano una cultura pragmática, científica, experimental, una cultura operativa predilecta de la tradición pu-ritanay que no tardará en transferirse de las costas del Viejo mundo al Nuevo. Proporcionar fundamento a las premisas de una ciencia nueva quiere decir, de hecho, desmantelar el método deductivo, típico de la lógica clásica, que deduce una serie de observaciones a partir de premisas previamente establecidas. El auténtico conocimiento, por el contrario, es fruto de la observación directa de los fenómenos y de las cosas; las leyes de la naturaleza sólo pueden formularse, por inducción, a partir de la recogida de datos. Para Bacon, el fin último del conocimiento no consiste sólo en la formulación teórica o en la definición de un método, sino más bien en la construcción de un sistema de saberes cuya finalidad es el beneficio y uso del hombre.

Tampoco de los antecedentes más o menos directos de los jóvenes comprometidos con los viajes a Italia puede decirse que sean los humanistas de los distintos países, que emigran de una corte a otra, de un ateneo a otro, a fin de proporcionar un cauce más amplio a la cultura del Renacimiento y atender las palabras de los que destacan, en ese momento, en un arte o en una ciencia específica. Sus peregrinaciones europeas, o italianas en particular, señalan las grandes vías del saber, ya se trate de William Grocyn, de Reginald Pole, Thomas Linacre o, más tarde, Albrecht Durero, que corre tras las huellas del matemático Luca Pacioli entre Padua y Bolonia, o de Erasmo, empeñado ya en la redacción de su Elogio de la kcura a lomos de un mulo mientras se dirige hacia Inglaterra. Sólo por atenernos al ateneo de Padua, ¿cómo no recordar la presencia de Edward Wotton, padre de la zoología moderna; de John Caius, destinado a renovar la Universidad de Cambridge; de Philip Sidney y del descubridor de la circulatio sanguinis, William Harvey, seguidor de las enseñanzas de Girolamo Fabrici di Acquapendente? El viaje a Italia en el Renacimiento tardío emprendido por gentilhombres franceses, por jóvenes aristócratas ingleses, o por los Kavaliere alemanes es otra cosa y se articula, en estrecha relación con el significado del término, como peregrinación de ciudad en ciudad y no como estancia prolongada en un centro universitario. La idea del viaje que se difunde entre la aristocracia europea durante el último tramo del siglo XVI -así lo atestiguan, entre otras cosas, las innumerables referencias y alusiones al teatro isabelino en general y a Shakespeare en particular- es una idea nacida de la curiosidad intelectual de la nueva ciencia, que observa los fenómenos naturales y aquellos creados por el hombre, sin dejar de convertir en objeto de su extasiada contemplación las antigüedades clásicas. Ciudades italianas, grandes o pequeñas, con frecuencia sedes de consumidos señoríos y principados decadentes, constituyen, a los ojos del viajero que transita por ellos, el más excéntrico y variopinto amasijo de regímenes políticos, jurídicos, administrativos y, al mismo tiempo, la más excitante matriz de la tradición humanística -literaria y artística- que floreciera en Europa y de su impulso para la revitalización de lo antiguo. En su conjunto, la Italia que se abre al viajero moderno es la tierra de la gran tradición anticuaria, el más variado museo de formas políticas, el jardín encantado de las delicias. El progreso, el progreso técnico y científico, el sentido del estado y la idea de nación, sin embargo, se están desarrollando en otros lugares, en latitudes mucho más altas.

De manera que no sorprende en absoluto que la frecuencia de los cursos universitarios reorganizados, como ya vimos, en los países de Europa septentrional como respuesta a la ética protestante y al espíritu de las nuevas profesiones se va sustituyendo, definitivamente, con la moda de ese viaje -no como elemento sobre el que se basan los estudios, sino como su coronación-, que no conoce estancias prolongadas en ningún sitio, ni solución de continuidad en su desarrollo. El término tour se añade a los de travelyjourney -sinónimos-, es decir, “paseo” por los países continentales, y particularmente por Italia, con la misma ciudad como punto de partida y de llegada. Con su connotación absolutamente moderna de gusto y placer intelectual, que se explica por la curiosidad respecto de lo nuevo y lo diferente, por el análisis experimental de los fenómenos, por el voraz coleccionismo de las rarezas artísticas y naturales, el viaje a Italia es el signo más elocuente -y en muchos períodos de oscuridad, la única señal de tolerancia- de una Europa que estimula la circulación de los hombres, de las ideas y del saber en el mismo momento en el que la germinación de la idea de nación no excluye, mejor dicho, en muchos aspectos parece incluso imponer, la tendencia a marcar los límites étnicos, religiosos, económicos y culturales de cada uno de los estados. Por otro lado, la falta de enseñanzas de ciencias políticas, de economía, de historia moderna y de lenguas extranjeras en los siglos XVI y XVII, hace que resulte cada vez más importante para el joven la experiencia del viaje como contacto directo con países, formas y modelos culturales diferentes.

A finales del siglo XVI y durante el siguiente la costumbre del viaje a Italia no se interrumpió ni por los acontecimientos dramáticos que tuvieron lugar en los países de los que provenían los viajeros -baste pensar en la guerra civil inglesa- ni por las convulsiones políticas o religiosas que ponen patas arriba el conjunto de Europa, haciendo de Italia un auténtico escenario de maniobras políticas, diplomáticas y militares. Lo cual no quita que, como ya hemos observado, el viaje refleje desde sus primeras manifestaciones una gama heterogénea de motivos, algunos de los cuales bastante concretos, encaminados a la formación personal, otros claramente efímeros. Si por un lado, como sostiene Robert Burton, se atribuyen al viaje poderes terapéuticos para los afectados de severa melancolía -especialmente los artistas, los “nacidos bajo la influencia de Saturno”- o para los que sufren mal de amores26, por otro se le reconoce estatuto de una verdadera y auténtica moda, de la que no puede sustraerse ni el joven intelectual ni el poeta isabelino. A pesar de la afectación y la condescendencia con la ritualidad del tiempo y a pesar, también, de ese singular triunfo de lo efímero, la difusión del viaje italiano explica las numerosas y encendidas intervenciones, especialmente en Inglaterra, con las que filósofos, hombres de Iglesia, estadistas y pedagogos comentan, juzgan, reglamentan y pretenden convertir el fenómeno en realmente provechoso.

Entre quienes apreciaban el valor pedagógico de los viajes, para jóvenes y adultos, el más autorizado es, sin duda alguna, Francis Bacon, cuyo pragmatismo y cuya postura conceptual, genuinamente aforística, encontrarán la manera de resonar a lo largo de todo el siglo XVII y XVIII. La originalidad y la capacidad de representación, la perfecta elaboración del tema en el ensayo titulado, precisamente, On Travel, presente en la primera edición de los Essays, de 1597, requiere el espacio de una cita que se ha convertido, desde muchos puntos de vista, en proverbial: