El voluntario - Salvatore Scibona - E-Book

El voluntario E-Book

Salvatore Scibona

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Hamburgo, 2010. Un niño que habla un idioma incomprensible es abandonado en el aeropuerto. Vietnam, 1966. El joven Volun se alista en la Marina para romper con su anodina vida en una granja de Iowa. En Nuevo México, una comuna de amor libre engendra a un chico. Forzado por una rama clandestina del gobierno de Estados Unidos, Volun acepta una misión engañosa y terrible. En adelante se llamará Tilly. Cada proceso de búsqueda entraña una nueva destrucción. Tres hombres en busca de identidad. Una historia de padres e hijos que no lo son. Y la inexorable violencia que los contiene a todos como una matrioshka. Salvatore Scibona nació en Cleveland, Ohio. Estudió filosofía y matemáticas en Santa Fe, Nuevo México, y obtuvo una maestría en el Taller de Escritores de Iowa. Su primera novela fue finalista del National Book Award e incluida en "los libros del año" de Granta.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Salvatore Scibona

El voluntario

Traducido del inglés por Ramón Buenaventura

Índice

Hamburgo

2010

El anciano

Paraíso

2011

El nuevo país

Jenseits

2029

Agradecimientos

Créditos

Para Jennifer Sprague y Philip LeCuyer

¡Yo soy Nadie! ¿Quién eres tú?

¿Eres —Nadie— también?

EMILY DICKINSON

Hamburgo

2010

El chico llevaba una parka negra, una gorra a juego, vaqueros y zapatillas; quizá tuviera cinco años; y lloraba.

Estaba en la Puerta C3 del aeropuerto de Hamburgo-Fuhlsbüttel, de pie, con los acolchados brazos colgándole de los hombros. Hablaba entre sollozos —sin gritar ni suplicar, solo dirigiéndose a un auxiliar tras otro—, pero nadie lograba averiguar qué idioma empleaba. Se parecía algo al polaco. El revoltijo dialectal de una ciudad que diez imperios diferentes habían capturado, de camino hacia algún otro sitio.

Hacía menos de una hora que el vuelo de airBaltic había descargado a sus pasajeros en una puerta cercana. Dado que el vuelo procedía de Riga, podía ser letón lo que hablaba el chico. Pero cuando se materializó ante el mostrador de la C3, el avión de Riga ya no estaba en la terminal, y no quedaba ningún empleado de airBaltic en la puerta ni en ningún otro sitio del vestíbulo. El niño miraba a los empleados de detrás del mostrador, explicando su caso incomprensiblemente, mientras doscientos pasajeros lo miraban a él, hipnotizados, haciendo cola para el vuelo 531 a Ámsterdam.

Podría haber sido lituano.

Al poco tiempo, el chico casi dejó de articular palabras; se limitaba a señalar las puertas C1 y C2. Pero su cuidador —en cuya búsqueda media docena de empleados de Lufthansa y varios pasajeros se habían puesto a registrar las cabinas de fumadores y los servicios, y a quien llamaba en alemán la megafonía del aeropuerto— no aparecía por ninguna parte en la zona baja del vestíbulo.

Je m’appelle Laurence. Comment t’appelles-tu?

Ich heiße Elisabeth. Wie heißt du?

Pero nadie conseguía que el chico revelara nada parecido a un nombre. Y algunos de los adultos que lo rodeaban empezaron a pensar que su apremio no hacía más que empeorar la angustia del chico. Cada pregunta obtenía menos respuesta.

Una enfermera de Kazajistán se acuclilló junto al chico, acariciándole el cabello, pero él siguió llorando. El chaquetón no le quedaba bien: los puños no le llegaban a las muñecas. La guata asomaba por varios rotos que alguien había tratado de cerrar con cinta aislante. Una empleada de Lufthansa —cuya edad (unos sesenta años) y cuyo vasto y luminoso peinado parecían ponerla al mando— probó con el inglés, el ruso y el holandés para conseguir un nombre. Pero a la enfermera kazaja le parecía que el chico sí sabía que le estaban preguntando cómo se llamaba, y que, en la pesadilla de su presente, retener el nombre era lo único que lo mantenía al borde del abismo hasta el que había resbalado. El chico señaló con un dedo doblado el laberinto del resto del aeropuerto, como buscando un paso en falso. Dejó que la enfermera le cogiese la mano llena de mocos. Las llevó a ella y a la empleada de Lufthansa por el pasillo abarrotado de gente.

Un joven estadounidense que dijo ser técnico de emergencias médicas preguntó:

—¿Podría el chico soplar en esta bolsa? —Y añadió en español—: ¿Quieres hablar conmigo, hermano?

La empleada de Lufthansa dijo, muy categóricamente:

—No, es un Estländer.

Pero solo estaba figurándoselo.

La megafonía repitió en inglés:

—Terminal 1, un niño en Objetos Perdidos.

Pero el chico siguió adelante, incongruente: un cuerpo automatizado con un propósito, era como si acercándose lo suficiente a él pudiera uno oírlo hacer tictac, y sin embargo bajo la gorra ladeada su rostro era una anarquía de guiños espasmódicos y sorbidos de nariz. El pecho se agitaba dentro de la pequeña parka. La enfermera trató de bajarle la cremallera. Pensó que el niño debía de tener un calor tremendo. Pero él se apartó nada más tocarlo ella. Era increíble que una sola cabeza pudiera contener tanto líquido; llevaba muchísimo tiempo llorando, sin beber nada. La enfermera y la empleada de Lufthansa lo metieron en el servicio de señoras para proporcionarle toallitas de papel.

Cuando salieron, el chico no permitió que lo cogiera de la mano ninguna de las dos mujeres. La retiró cuando lo intentaron, y señaló primero a un lado, luego a otro, hasta que ellas empezaron a percatarse de que a fin de cuentas no estaba recordando sus pasos. Estaba tanteando en un laberinto. Buscando un padre o una madre. Y no quería que ninguna de esas dos extrañas lo ayudara. Pero sí esperaba que permanecieran cerca.

Junto a la cafetería, había una señora holandesa sentada en su maleta —todas las sillas estaban ocupadas por otros viajeros— que se quedó mirando al chico cuando pasó con las dos mujeres en pos, esquivando gente por el corredor. Llevaba chaquetón de poliéster, blusa de seda, zapatillas de deporte.

Quedó igual de atrapada que los demás, siguiendo los pasos del niño con los ojos muy abiertos, entregada. Pero, a diferencia de los demás, se agarró a la cosa en la que estaba sentada, como queriendo que su cuerpo no se pusiera en pie. Observando. Observando.

Llevaba el pelo afeitado en un lado de la cabeza. El resto era blanco.

AELROY HEFLIN LE CRECIÓ EL ESQUELETO sus tres últimos centímetros cuando salía de la cárcel de Los Lunas, a los veintiún años. Después vinieron dos años de rastrillar asfalto caliente en Kansas, Nebraska, Maine; amontonar cereales de desayuno en tiendas de comestibles; trapichear heroína, cristal; consumir; dormir en albergues o en la calle; vientos brutales, de los que se te meten en el cuerpo como malos pensamientos; quitarse el mono, sin metadona, sin programa; múltiples infecciones resistentes a los antibióticos por heridas en el cuero cabelludo; ir dando tumbos por la nieve en dirección al cobijo de una iglesia, en cuya oscura entrada había una figura corpulenta que alzaba las manos como bendiciendo, y que en la mente de Elroy, distorsionada por el alcohol, adoptó la forma de su padre —su esperanza llegó incluso a añadirle la cara del viejo—, hasta que la figura se resolvió en un segurata con la cara enrojecida que le soltó «Vuelve cuando se te haya pasado la trompa», empujándolo hacia la oscuridad; entonces vino el primer directo de Elroy a la cara, rompiéndole una ceja, rompiéndole la nariz al muy hijoputa, sangre en el hielo, como una burla que lo hizo patear el cuerpo cerduno cuando cayó al suelo, haciéndole chillar y suplicar, mientras le gritaba «Entro cuando me dé la gana, nadie me va a dejar fuera»; todo ello seguido de una segunda y más prolongada estancia en la cárcel, antes de enrolarse en el ejército, tener un sitio fijo donde dormir y empezar a poner verdadero orden en su mierdosa existencia.

Poco después lo destinaron a una Oficina de Cooperación Militar agregada a la embajada estadounidense en Riga, cuando Letonia se preparaba para ingresar en la OTAN. Aquella fue una buena época. Todos alojados en un hotel de tres estrellas —un palacio del siglo XVIII recién rehabilitado con capital sueco— que el Ejército Rojo había utilizado como cuartel durante cincuenta años.

Su oficial al mando comía trucha ahumada sobre una espesa rebanada de pan de centeno en el comedor del hotel.

—Quiero situarte un poco —dijo—. ¿De dónde eres, Heflin?

—De Nuevo México, señor —dijo Elroy.

—Siéntate. ¿De dónde, de Albuquerque?

—De Las Cruces, señor, un sitio llamado Ramah, otro sitio sin nombre al oeste de Vado, en el condado de Doña Ana.

La mesa estaba puesta para una comida de las que hace la gente que nunca tiene que lavar los platos. Siete cubiertos de plata, cinco piezas de porcelana, servilleta de lino, cuatro copas de diferentes formas, puestas en fila, resplandecientes, vacías, azuladas.

El comandante se sirvió café.

—Imagínate una base rusa en pleno centro de Albuquerque. Campesinos con uniforme soviético comiendo en la hamburguesería Lotaburger. Tú eres uno de ellos. Tu lado ganó la Guerra Fría sin disparar un tiro. ¿Cómo te sientes?

—El gallo del corral, señor.

—Y con razón. Pero más vale que no te comportes como tal.

El comandante le explicó que las chicas de la localidad se vestirían en plan provocativo. Elroy no debía permitir que los demás reclutas se hicieran una idea equivocada. Con la edad que él tenía, era probable que los más jóvenes le hicieran caso en todo. Los hombres interpretarían esa manera de vestir como una invitación a dar un paseo juntos. Para las chicas, lo que eso quería decir era «Así es como vestimos en Europa, ¿vale? O sea que quietas las manos». Los hombres solo van a permanecer aquí durante ocho meses. Las chicas letonas lo que quieren es casarse, como todas las chicas.

A Elroy le pareció muy bien lo que oyó. Era consciente de haber pasado a formar parte de los hombres casaderos. Y al cabo de un par de meses ya tenía una novia furtiva. Las miraditas, la toma de contacto, todo fue facilísimo. No como en casa. Estaba tomando una copa con unos compañeros en el Old City, un café de una calle empedrada en la que apenas cabía un caballo gordo. Y la camarera les trajo fresas y unos bollos que no habían pedido. Quería practicar su inglés.

En la cama, la chica le preguntó:

—¿Cómo es que te gusta tanto mi oreja?

Tenía un sabor raro. No ponía mucho empeño en lavársela. Elroy tenía un pedacito de la Unión Soviética ahí mismo, en la boca. Sabía a sudor, a sebo, a perfume de limón.

—Hace veinte años —dijo— me habrían mandado aquí a violarte y luego quemar tu casa.

—Tonterías —dijo ella, pasando páginas de una revista de viajes—. No teníamos casa.

Cuando despertó en el apartamento de una sola habitación, Elroy descubrió que la chica estaba limpiándole los zapatos con saliva y un calcetín. Más de una vez se ofreció a hacerle la colada. No, gracias, contestaba él. No le hacía gracia que una mujer tocara su ropa sucia, que oliera su mal olor y sus escurriduras.

Viento frío y húmedo, aguanieve a continuación. Domingo. Compró dos paraguas, uno para ella, otro para él. Pasaron por el distrito Art Nouveau, y ella le mostró los tortuosos rostros de piedra que había en el frontón de la Facultad de Derecho. Coincidieron con una misa en la iglesia católica, y ambos, por mala broma, se acercaron a comulgar, a pesar de los jueguecitos de la noche anterior. Elroy no entendió lo que decía el cura, aunque en su mayor parte sí que lo entendió. Una misa es una misa, en todas partes. Miró los murciélagos que colgaban de las vigas altas y habló con el Dios del lugar. Le preguntó a la chica si podía conocer a sus padres, pero ambos estaban muertos.

Se llamaba Evija.

Pensó pedirle que se cortara un poco con el maquillaje; pero respetaba las culturas ajenas. Antes de terminar su periodo de destacamento, la dejó preñada. Él quería casarse, pero ella todavía no. Y por mediación de una cadena de decisiones tácticas subsiguientes, todas ellas razonables en sí mismas, pero no guiadas por una visión estratégica, se encontró cinco años más tarde estacionado en Afganistán y enviando un tercio de su paga a un banco de la antigua Unión Soviética para manutención de un niño a quien veía unas dos veces al año. Y mientras tanto Evija salía con un maricón de teatro ruso y le escribía correos a Elroy pidiéndole el número de su tarjeta bancaria. Quería llevar al niño a un crucero por Noruega. Él pidió consejo al oficial jefe de su nuevo pelotón —que esta vez era un hombre mayor, con experiencia y formación—: ¿No sería imprudente enviar ese número, por lo que podía pasar si alguien interceptaba el mensaje?

Su oficial le dijo:

—Cabo Heflin: ¿un puto crucero?

Le contestó por email que no pensaba pagar el crucero. Luego estuvo unos meses sin saber nada de ella. Para obligarla, dejó de enviarle dinero. Luego, durante un permiso en Nuevo México, recibió un email diciéndole que, Por circunstancias de su vida personal, Evija se mudaba a España; no se llevaría al niño; su familia tampoco se haría cargo de él; y ya solo quedaba Elroy; o sea, que a ver cuándo venía a recoger al niño, a Janis; y lamentaba mucho las prisas, pero que fuera antes de un mes.

El ejército acababa de ascenderlo a sargento. Se había hecho más corpulento, más salvaje. Se instaló delante del ordenador en el complejo para jubilados donde vivía su padre, en las afueras de Los Álamos, comiéndose una ciruela. La ciruela explotó en los dientes de Elroy y le llenó la camisa de zumo. No se dio cuenta. Estaba derramando lágrimas… ¿De qué? ¿De gratitud? Él quería que fuesen lágrimas de gratitud, sí. Y rio, alto y libre. A la radiante pantalla le dijo: «Que me aspen».

DOS DÍAS MÁS ADELANTE —sin tener claramente previsto quién se ocuparía de Janis cuando Elroy se incorporara a su nuevo destacamento, y quedando por averiguar la situación del muchacho como inmigrante, y sin disponer siquiera de un colchón inflable donde pudiese dormir—, Elroy estaba esperando en su antiguo lugar de encuentro con Evija, un café de la Stabu iela, calle Stabu. Era rubio y de ojos pequeños, como la gente del país, y la camarera le plantó los menús delante y le lanzó un chorro de palabras en letón. Él replicó con una frase que Evija le había enseñado a pronunciar sin trastabillarse: «Tengo que pensármelo un poco, si no le molesta».

Evija iba a venir con el chico. Y luego ¿qué? Elroy no lo sabía.

Su situación en un lateral del café le permitía observar el vestíbulo acristalado, por donde entraban los parroquianos, manteniéndolo a cubierto de las miradas indiscretas desde el comedor principal. Si se veía obligado ahora a expresar sus sentimientos, que así fuera. Pero no tenía por qué ser con público. Permaneció sentado, inmóvil, con las manos cruzadas bajo la mesa, esperando. No había dormido en ninguno de los vuelos, en ninguno de los aeropuertos, desde Nuevo México hasta aquí. Tenía la cara salpicada de pequeños sarpullidos. El aire del avión le había resecado los ojos. No tenía por qué expresar sus sentimientos ante el público. Pero si salían disparados de su tronco cerebral y empezaban a rebotar en la tapa de sus sesos, entonces, ¿tan infantil sería que quisiera que allí estuviera una mujer y que esa mujer no mirase hacia otro lado?

Miró su reloj. Había pensado sobornar a Evija con unas flores, pero lo que fuese que quería de ella no podía comprarlo. Si no se lo entregaba gratis, no lo quería en absoluto. Señalando el menú, pidió un vaso de soda, y cuando se lo trajeron se ocultó detrás de una maceta de ficus, se vertió un poco de líquido en la mano y se restregó con él tanto los ojos como la parte de detrás de las orejas. Recuperó la postura, tranquilo, con esperanza.

Cada vez que había venido a estar un tiempo con Evija y el chico, Riga le había parecido más limpia, más rica, y los coches más nuevos. El ruso se mantenía aparte durante las visitas de Elroy. Evija insistía en que el ruso era un homosexual común y corriente, necesitado de una chica para mantener las apariencias, y que nunca lo había besado en la boca.

Preparaba panqueques de patata para Elroy y el chico, que aborrecía la crema agria, la compota de manzana, cualquier cosa que se le presentara como condimento. Son retorcimientos del hábito que evolucionan hasta hacérsenos permanentes. De niño, Elroy siempre prefirió dormir en sábanas muy ceñidas, que llegaban a acalambrarle los dedos de los pies. Esta preferencia lo había llevado a sentirse cómodo en las austeridades del entrenamiento básico —te destrozan, te reconstruyen, deprisa, más fuerte—, y a descubrir que tenía talento para destruirse, talento para el olvido. Y también talento para seguir el impulso de matar.

Solían comer los tres en el balcón del apartamento de Evija, que ella llamaba «nuestro», incluyendo a Elroy y Janis. Le había enseñado inglés al chico y ese era el único idioma que utilizaba cuando venía el padre, para que Janis pudiera practicar. Le faltaba mucha fluidez en inglés, algo en lo que ambos padres estaban de acuerdo. En aplicación de alguna norma que él mismo se imponía, en inglés solo se dirigía a ellos dos, sin dejar nunca de ruborizarse.

En el café, Elroy estaba pidiendo un plato de higadillos de pollo cuando una arpía apareció en la entrada, dirigiéndose en tono áspero a lo que parecía ser un perro de rastreo, aunque quedaba oculto a la vista por la parte baja de las mesas.

La camarera se ausentó. La arpía miró una foto y escudriñó el recinto. Y Elroy echó cuerpo a tierra.

No llegó a apartar el trasero del asiento, pero sí apoyó las manos en el suelo, agachando la cabeza hasta situarla debajo de la mesa. La madera del suelo resplandecía por el barniz. Le faltaba la respiración. Creía haber visto algo sin llegar a saber qué. Como apartas la mano de una sartén caliente antes de sentir la quemadura. Había abatido entre cuatro y siete enemigos sin llegar a sentir el espanto inconsciente del momento actual.

Al final se obligó a levantarse del suelo. La mujer se ajustó el deshilachado chal, mirando en torno. El perro que la seguía era Janis, haciendo un denodado esfuerzo por superar el peldaño de la entrada con una maleta de ruedas hecha para un niño mucho más grande que él.

Elroy dijo en letón:

—¿Señora?

Y la saludó con la mano.

No había venido Evija. Había enviado a esa emisaria, a esa arpía en su lugar: a su casera, de hecho, ahora la reconocía.

Si de la mujer y de Janis hubiera dependido, el traspaso habría durado quince segundos. La casera miró la foto —de Janis y Elroy semidesnudos en la playa de Jurmala, al año anterior— y le dijo al chico que se sentara a la mesa. Pero él ya se había acercado a su padre y estaba aupándose a la silla de al lado.

El chico le dijo a la mujer, en letón, que ya podía marcharse —utilizando la frase con que su madre le daba permiso para levantarse de la mesa después de cenar—. Pero Elroy quería que la mujer le dijera qué hacer.

—¿No tiene usted nada que entregarme? —le preguntó.

La mujer dio instrucciones al niño y este asintió con la cabeza. Y cuando Elroy le preguntó, el chico le tradujo en un susurro lo que le había dicho, que no fuera a perder los papeles que llevaba en la bolsa.

Elroy miró a la mujer mientras esta se alejaba. Sintió un calor en lo alto de la pierna. Era la mano izquierda del muchacho. La otra mano la estaba utilizando para pasar las páginas del menú, mirando las fotos de los distintos platos. Elroy canceló los higadillos y se marcharon del local sin comer nada.

Fueron al aeropuerto en autobús. Elroy le abrochó el cinturón al chico en el vuelo a Hamburgo.

De Nuevo México se había traído un libro de colorear y un lápiz de cera. El chico agarró el lápiz con todos los dedos, sin más, mientras Elroy le enseñaba a no apretar demasiado, para no gastar tanta cera. Y, sin embargo, el lápiz solo tardó un momento en partirse en dos entre sus manos. Y el chico levantó la vista asustado, temblándole los labios, como a punto de recibir unos cuantos azotes.

EN HAMBURGO, recién desembarcados del avión, Elroy llevó al chico a un servicio de hombres y le llenó de dinero el bolsillo del chaquetón.

—Ha sido sin querer —dijo Janis—. Siento haber roto el lápiz.

—¿Dónde guardas mi reloj? —lo cortó Elroy, mientras volvía a pegar la cinta que sujetaba el abrigo del chico. Necesitaba un momento para pensar a fondo las cosas. Diez minutos, quince. Tendría que comprarse un libro sobre cómo ser padre. Tendría que elaborar una lista de víveres como cereales, ocuparse del seguro médico, los antihistamínicos. El chico era alérgico a los pelos animales, y la perra del padre de Elroy tenía el apartamento literalmente cubierto de pelos. Elroy necesitaba un momento entre bastidores, sin el chico mirándolo, para luego poder dar la impresión de saber qué puñetas estaba haciendo. Necesitaba papel y lápiz.

—El reloj lo llevo en el bolsillo del pantalón —replicó el chico—. Lo siento.

—Como vuelvas a decir lo siento te voy a dar motivos para sentirlo de verdad —le dijo Elroy.

El chico levantó la mirada, con las caderas cubiertas en suspensión sobre el asiento del váter.

—Anda, sí, llora un poco —dijo Elroy—. ¿A qué hora te vengo a buscar?

Janis mostró el índice y el pulgar.

—A las dos —dijo.

Elroy salió de la cabina. Le dijo al chico que echara el cierre. Oyó un esfuerzo y luego el deslizamiento del pestillo. Salió del servicio, poniendo cuidado en moderar el paso entre la demencial estampida de europeos que se abalanzaban sobre él, adelantándolo por ambos lados. El pasillo apestaba a grasa de cocina quemada. Dirigió sus pasos hacia la Terminal 2, arrastrando su maleta y la del chico. Las ruedas dentadas de la maleta pequeña lo estaban sacando de quicio, porque hacían que la maleta se volcara a un lado cada dos por tres. Estaba arrastrando del revés la más pesada. Luego la levantó por el respaldo, que no era retráctil. Desperdició cinco minutos solo en buscar un reloj, mientras iba alejándose cada vez más del servicio de hombres donde le esperaba el chico.

Para poder pensar, Elroy necesitaba comprar un lápiz. Perdió otros diez minutos en la Terminal 2 buscando un quiosco. Cuando lo encontró, se dio cuenta de que, por alguna razón que no se le alcanzaba, le había dejado todo el dinero al chico. ¿Por qué había dejado al chico con tanto dinero? No lo sabía. Y ahora el quiosquero, que le habría aceptado dólares si los hubiese tenido, se negaba a permitirle pagar una compra tan pequeña con tarjeta. Por la megafonía del aeropuerto dijeron en alemán algo parecido a «hay un jardín de infancia en una de las puertas C». Elroy estaba siguiendo un plan, evidentemente de su propia creación, pero no conocía su objetivo.

Su conexión con Londres empezaría a embarcar en tres minutos. Ya eran bastante más de las dos. Dio media vuelta para encaminarse al servicio de la Terminal 1, con idea de cogerle un poco de dinero al chico, comprar el papel, comprar el lápiz, sentarse un momento, pensar, volver a recoger al niño y llegar a la puerta de embarque antes de la última llamada. Iba a tener que organizarse una agenda, como cuidados diarios, clases de catecismo, peluquero. ¿Cómo podía habérsele ocurrido dejar al niño con todo el dinero? La megafonía dijo algo en inglés, como que en la Terminal 1 había una oficina de objetos perdidos. Algo en objetos perdidos. Se detuvo a escuchar.

A sacudidas inexorables, la escalera mecánica arrastraba al piso de abajo a los pasajeros de llegadas.

Se dio la vuelta. De nuevo en dirección a la puerta de Londres, arrastrando las maletas. Como un barco que sigue moviéndose con el ancla a rastras. Llevado por el viento. Rodeado de agua por todas partes. Te cuesta un rato darte cuenta de que vas en la dirección equivocada.

JANIS ESTABA SENTADO EN UNA HABITACIÓN PEQUEÑA, un despacho situado en algún lugar del aeropuerto. Tenía alrededor tres alemanes bondadosos, hablándole en tonos suaves. Chocolate caliente encima de la mesa. Sabía que estaba en Alemania, de modo que debían de ser alemanes. Y de los alemanes sabía exactamente una cosa, un dicho que le había oído a un actor amigo de su madre, en Riga: Un alemán puede parecerte buena persona, pero más vale que lo ahorques.

Que no te engañe el chocolate.

No te cortes, llora, le había dicho su padre. Y Janis lloraba.

Todo lo que estaban diciéndole los alemanes le sonaba a pregunta, con el tono elevándose al final, dulce y amenazador. Por ejemplo: Flik, bok, ACK? Consideró que lo mejor era no contestar. Casi todo lo malo que le había ocurrido en la vida, como que lo dejaran sin Kit Kats y aislado en el dormitorio antes de que llegara la oscuridad, mientras los demás podían seguir despiertos y juntos todo el tiempo que les viniera en gana, le había ocurrido por hablar.

Alemania estaba en Europa. Letonia, el país de su madre, también estaba en Europa. Tenía dos casas: en Riga, con su madre, y en Estados Unidos, con su padre, aunque Janis nunca hubiera estado allí. Alemania tenía que estar situada entre las dos. Su madre estaba de vacaciones y él también, pero «vacaciones» no parecía la palabra adecuada en este caso, porque la casa de su padre, que era adonde se dirigían, también era su casa.

Papá va a venir. A la hora de cenar. En cualquier momento, ya. O sea que Janis tenía de dejar sitio. No comer nada sólido que le dieran. Como le había dicho papá, había permanecido en la cabina del servicio hasta que las manecillas del reloj de papá se situaron en el número dos. Luego esperó un poco más. Luego se metió el reloj en un bolsillo del pantalón y regresó al sitio en el que habían desembarcado del avión. Y esperó. Papá no estaba ahí. De modo que a Janis tenía que habérsele escapado algún aspecto del plan acordado. No obstante, la llegada de la hora de cenar era una norma inalterable, que no podían incumplir ni su padre ni él, aunque quisieran. Papá tenía que llegar a la hora de cenar. La cosa estaba mal, pero la cena lo arreglaría todo.

A Janis le habría gustado tener consigo el libro de colorear. Se lo había quedado su padre y lo había metido en su maleta. El libro no tenía letras y, en este sentido, era excelente. Leer no se le daba muy bien aún, y no le gustaba quedarse con la sensación de que no entendía algo. El libro parecía tratar de un chico que le da de comer a un zorro y lo domestica, granjeándose así la amistad del animal. Como no tenía título, Janis podía ponérselo por su cuenta, y también ponerles nombres a los personajes.

Bebió un sorbo del chocolate caliente mientras los alemanes conferenciaban entre ellos. No quería seguir llorando, pero nadie se lo impedía. Estaba en las instrucciones de su padre: tenía permiso para llorar.

DOS HORAS DESPUÉS, Elroy aterrizó en Londres. Se bajó del avión, salió al exterior del aeropuerto y se subió a un autobús que circulaba por el lado equivocado. Acababa de tropezarse con otra de las maravillas del mundo: conducir por la izquierda. Hay que verlo para creerlo. Como esas mujeres que vio deambular por la calle de Kunduz, con un cortinaje azul cubriéndolas de la cabeza a los pies, con una visera de encaje en lugar de ojos. Su jefe de pelotón les había advertido de que caminasen mirando al suelo. No había que mirar. Pero Kunduz era como un planeta de Star Wars. Era del tipo «esto no puede entrarle en la cabeza a un muchacho como yo».

Elroy se bajó del autobús en la tercera parada, se metió a hurtadillas en la parte de detrás de un bloque de apartamentos y arrojó la condenada maletita a un contenedor de basura. Luego se imaginó capaz de volver al lado correcto de la calle —mira tú, aquí todo funciona al revés; quizá sea mejor empezar equivocándose, para luego acertar—, y sí: vino otro autobús y lo llevó de regreso al aeropuerto.

Heathrow, Terminal 5. Una construcción brillante y alargada, de cristal y hierro, entre dos autopistas de asfalto. Comprar el billete. Facturar el equipaje. Una advertencia de seguridad prohibía expresamente, entre otras cosas, ballestas, machetes, tenazas, armas de fuego, mecheros con forma de armas de fuego, arpones y tirachinas.

Sometió sus posesiones a la cinta transportadora y a la caverna de escaneo, y pasó por el detector de metales, con los hombros gachos, respirando profundamente. Pero la máquina lo rechazó, dando pitidos, y un funcionario con papada lo llevó a un segundo escáner, para preguntarle: ¿Lleva marcapasos? ¿Cadera de cobalto? ¿Placa craneal? A continuación le señaló la cabina acristalada de un portal de detección de trazas.

Elroy respiró hondo. A veces vas en la dirección equivocada para recuperar la correcta. Como le pasó una vez, en la calle de un barrio vacío de Kunduz, que vio un montículo en el suelo con la tierra de alrededor pulcramente desordenada, y se puso de rodillas y sopló encima, y vio la placa detonadora, y se incorporó a toda prisa. No había nadie en torno. Y sin llegar a darse cuenta se le escapó «A tomar por culo», y le dio una patada a la cosa. Pero no explotó. Fue como si Dios le hubiera dicho: «Aún te quiero vivo, mierdecilla». Y Elroy estuvo un día entero sin tenerle miedo a nada.

Desde todos lados, las paredes del portal le lanzaban chorros de aire mientras la máquina olfateaba el recinto en busca de cocaína, fenciclidina, caballo, metanfetamina; también de TNT, C-4 y Semtex.

Se encendió una luz verde y el portal se abrió por la parte de delante. Un nuevo funcionario lo condujo a un escáner corporal de retrodifusión por rayos X. Se puso contra una pared, con los brazos levantados y las palmas hacia delante, mientras un ráster de radiación le recorría el cuerpo de arriba abajo. En los controles, una desangelada caribeña con los incisivos chapados en oro lo dejó pasar, en vista de que no le habían podido encontrar nada malo.

A la luz vespertina de otoño, se sentó en una fila de asientos de cuero artificial, junto al ventanal. A la luz le faltaba un color, aquella semana; el amarillo, al parecer. En toda Europa, idéntica luz languideciente. Y ello lo trasladaba a un tiempo de hojas secas en montón, de hojas de álamo pegadas al elástico de sus calzoncillos. Montañas creadas y derribadas.

Los jumbos se plantaban delante del ventanal, como orcas pegando la nariz a las paredes de un acuario. La niebla se despejó. La luz dio de lleno en el afeitado rostro de Elroy. Bañó en ella su cuello, levantando la barbilla y ladeando la cabeza. Una rejilla de acero blanco en la parte de arriba.

Junto a la puerta, una placa decía, en letras mayúsculas de latón, que allí se había alzado antes una aldea llamada Hitherowe, Hetherow, Hetherowfeyld. Una hilera de casas en un brezal. Heathrow. Encinillos y aulagas en suelo arenoso, donde los niños jugaban entre la vegetación y la basura, hasta que la madre los llamaba para la cena.

Embarcó, ocupó su asiento y el avión rasgó el aire.

ALGO MÁS ADELANTE, los alemanes intentaban que Janis hiciera algo, pero el chico no sabía qué. Uno de los hombres se quitó la corbata y la colocó encima de la mesa, haciéndole una pregunta a Janis mientras lo señalaba con el dedo. Luego el hombre se quitó también la chaqueta y se vació los bolsillos: tabaco, recibos de cajero automático. Sonriendo, abriendo mucho los ojos, en plan ¿comprendes? Una especie de demostración.

¿Lo iban a obligar a desnudarse? No se le ocurría cómo impedirlo. Aplicó una de las normas de su madre: nadie te puede quitar la ropa, ni apoderarse de algo que te pertenezca. Uno de los alemanes puso una mano en la gorra de Janis, y él toleró que se la quitara, dejando al descubierto su pelo sucio, pero no consiguió no llorar. Lo atormentaba el hambre. Tendrían que avergonzarse de lo que pretendían hacerle. Lo obligaron a ponerse en pie y él mismo se quitó el chaquetón. Ahora ya podía ocurrir cualquier cosa. La mujer puso el chaquetón encima de la mesa y le registró los bolsillos al chico. Le permitían mirar. Encontraron un envoltorio de Kit Kat. Chicle. Y 263 dólares doblados por la mitad.

LA GRAN RUTA CIRCULAR EN DIRECCIÓN OESTE sobre el Ártico.

La gravedad ejercía su presión sobre el aeroplano. Pero la presión bajo las alas, junto con la deflexión contra los flaps en los bordes de arrastre del avión, lo mantenía en alto, de modo que sus pasajeros flotaban en el aire, en una aeronave de 380.000 kilos.

Elroy vio un glaciar derramando hielo en el océano. Dios poblaba el orbe de maravillas, para que no nos olvidáramos de lo que nos tiene mandado hacer. Elroy no sabía si lo había olvidado o recordado.

Hizo transbordo en el aeropuerto internacional de Boston y aterrizó en Albuquerque —el cuarto aterrizaje en el mismo día, aunque hasta entonces había invertido treinta horas en ello—. El polen de chamiza se le metió en la nariz y le rompió el corazón. De sus senos nasales fluyeron mocos.

Había reservado un compacto por internet, pero Herz había alquilado demasiadas unidades de ese modelo, y le dieron un convertible Mustang. Lo condujo en dirección norte, con la capota bajada, por la autopista exprés que recorre el valle del río Grande, con el rostro vuelto directamente hacia las estrellas, que habían ocupado sus sitios correspondientes al este. Desafió al coche a que se saliera de su carril.

Al oeste de Santa Fe puso rumbo a la Sierra de Jémez, con su fino aire incapaz de llenarle los pulmones y sus carreteras negras. Finalmente vio un muro bajo de adobe de la longitud de tres manzanas de ciudad —iba navegando por instinto, casi por el olfato, como un perro— y encontró una puerta, a la una de la madrugada, hora del Pacífico. Llevaba sin comer desde al avión de Londres, y su deseo de comer adoptaba la forma de dolor físico. Su aliento actuaba de modo superficial y rápido. Se le puso rígida la espina dorsal.

En la garita alumbrada de la puerta había un guarda haciendo un sudoku. Le preguntó a Elroy, en el inglés ametrallado de los nativos de Nuevo México, que a quién quería ver.

—Pero aquí no encuentro nada de que el señor Tilly lo esté esperando a usted —le dijo el guarda a su tablilla. Después de las diez de la noche no podía llamar sin permiso previo a ningún propietario de la urbanización.

—Venga ya, hombre —le dijo Elroy—. No hace ni tres días que estuve aquí.

Sacó un paquete de cartas de agencias de cobro que había metido en su maleta esa misma semana, todas sin abrir y todas a su nombre y dirección de allí. El guarda las comprobó.

La puerta se escondió en la pared de adobe, y Elroy metió suavemente el coche en la urbanización. Luces apantalladas, jardines de rocas, casas de estuco de baja altura. Caminó bajo las vigas del porche y llamó a la puerta.

No hubo respuesta. Intentó con los nudillos. La puerta se abrió.

UN DÍA DESPUÉS, un hombre con uniforme de piloto despertó a Janis donde estaba durmiendo, en un catre de las oficinas del aeropuerto. Dijo, en letón, mientras los alemanes miraban, que se llamaba Kristaps. Letón para los extranjeros. Americano solo para quienes conoces. Un sistema con el que hasta entonces le había ido bien a Janis. Pero tuvo que llegar a la conclusión de que, estando en Alemania, un extraño que te habla en letón resultaba un caso muy especial. El piloto estaba buscando el modo de liarlo. Papá acabará viniendo.

Janis fue al vestíbulo con el piloto, a buscar leche y un sándwich de huevo, y el piloto le preguntó en letón:

—¿Dónde están tu madre o tu padre?

Enfadado, como si Janis hubiera hecho algo malo.

Y Janis le dijo, ruborizándose, en inglés americano:

—¿Pueden ponerle mostaza? —con intención de echar a perder esa cosa tan espléndida que tenía en el plato, no fuera a caer en la tentación de comérsela.

—¿Dónde está la persona que te trajo aquí? —insistió el piloto.

¿Por qué le sentaría tan bien llorar? Eran muchas las veces en que Janis se había preguntado cómo era posible que llorar, algo malo, a veces lo hiciera sentirse bien.

Janis levantó la tapa del sándwich, con la esperanza de que la clara del huevo estuviese derramada, pero estaba perfectamente cuajada; con la esperanza de que la yema estuviese verdosa y dura, pero cedió fácilmente al pincharla. Todo su ser le pedía comida a gritos.

Necesitaba comer. Pero también necesitaba que viniese papá. Y todo esto era para ponerlo a él a prueba. Papá vendría, pero solo si Janis no perdía la fe y no comía.

El piloto le dijo algo desagradable.

Janis royó el brazo de su abrigo. El piloto se levantó a buscar café. Janis percibía el hambre como un latido en el esternón y algo así como viento dentro de la cabeza. Decidió qué título ponerle al libro de colorear. Iba a ser: Joe quiere a Foxie y Foxie quiere muchísimo a Joe. Abrió el pequeño cartón de leche alemana y vertió el contenido sobre la comida de su plato.

A eso de mediodía lo metieron en un coche.

Fueron por una carretera enorme. Había una gran ciudad, con barcos y grúas y vagones ferroviarios. Tan bonito era todo, que Janis se preguntó si no estaría en el Cielo.

EL SEÑOR TILLY NO ERA en realidad el padre de Elroy. Ni siquiera su padrastro. Fue su tutor legal hasta los dieciocho años. No obstante, en caso de que Elroy muriera, aquí tendría que acudir el oficial encargado de comunicar las bajas al pariente más cercano. No sabía si su madre estaba viva o muerta.

Se encaminó hacia el salón a oscuras, tocando las paredes. La vivienda era como una caverna, se tragaba todos los sonidos. El prehistórico olor hogareño de las prendas de lana de un anciano puestas a secar. Palpó sobre el sofá una pila de sábanas y mantas: para que se hiciera la cama.

Se desató las botas. En esta casa, como en ningún otro sitio, una presencia parecía conocerlo, y poseer pleno conocimiento de todo lo que había hecho y haría en el futuro. Alguien lo veía todo y seguía viéndolo cuando los demás ya miraban a otro lado.

Se lavó la cara, se secó y regresó al salón. Sus ojos, que no veían a pesar de la oscuridad, sino por su mediación, sintonizaron con la alfombra —que él le había enviado al anciano, gastándose una barbaridad de dinero, desde una base aérea del centro de Asia— y la pequeña cama auxiliar que habían colocado: una colcha doblada en dos para servir de colchón, una almohada, una manta acrílica. Encima de la almohada, un envase de zumo de manzana con su pajita retractilada.

A su lado, en el sofá, encontró un mando a distancia que apuntó hacia la nada que tenía delante, apretando el botón de goma. Los parpadeos de una estufa de gas se activaron entre troncos de cerámica colada.

Desde lo hondo del abismo en llamas —el otro mundo del interior del fuego—, una multitud de almas se le vino encima. Todas contra su rostro, almas viejas, almas jóvenes, de todos los tiempos, de todos los colores, de dos en dos, desde las llamas, almas emparejadas como dos corrientes de maldiciones, almas que todas ellas lo conocían, aunque ninguna de ellas volvió la cara para reconocer su presencia.

La luz del fuego pintó tenuemente el agitado salón, creando un pequeño piano con la tapa entreabierta, música impresa esparcida sobre una mesa, un montón de revistas comerciales, jade y cactus creciendo entre guijarros en el fondo de las botellas de refrescos. Un árbol de dinero, un sillón en la otra punta, unos vaqueros negros, una camisa marrón de lana, un anorak gris —el permanente equipo de persona dispuesta a desaparecer en una multitud o en un matorral—. El parpadeo de la luz prestaba movimiento a la camisa. Resultaba, por encima de la camisa, en una corona blanca como un faro apagado. Una neblina condensaba y endurecía la ropa y el pelo. La cabeza canosa hizo un movimiento brusco y ahuyentó el sueño. Los dedos enjugaron los rabillos de los ojos.

—Elroy —dijo la voz, sencillamente.

—Joder, no te había visto.

Tilly —el rompecabezas, la criatura imprecisa— hizo un movimiento antes de despertarse en el sillón del rincón oscuro.

—Creí que vendrías con el niño —dijo.

—Sí —dijo Elroy, sin ganas.

—¿No te entendí bien?

—Sí, bueno, la cosa no funcionó, ya sabes.

Mavis, la perra conspiradora de Tilly, apareció tras la puerta de cristal que daba al patio. Arañó la superficie y miró al anciano con las orejas gachas y los ojos muy abiertos, como diciendo sí, ya sé que no puedo entrar, pero soy una perra muy tonta, ábreme, por favor.

Tilly se levantó de su rincón y cojeó hacia la puerta, con una revista en la mano.

—¿Qué es exactamente lo que dices que sé? —preguntó.

—Pues eso, que no funcionó. Pero ya se va pareciendo mucho a mí. Un puñetero milagro, ¿no? Esperas que se te parezcan de cara, pero no ves que así sea, hasta que llegan a cierta edad, y entonces ya se nota.

Tilly abrió la puerta, se agachó, enrolló la revista y se la ofreció a la perra, que en realidad no quería entrar, sino que saliera él. Atrapó la revista entre los dientes con mucha pasión. Tilly empezó así a arrastrarla hacia el interior, y ella a tirar de él hacia la oscuridad. En cuanto tocó la alfombra con las patas delanteras comprendió que esa batalla la iba a perder, y salió corriendo con un aullido.

Elroy abrió el frigorífico, que solo contenía ingredientes Tex-Mex caducados.

—¿Qué ha pasado con mis cosas? —dijo.

—Me las comí yo —dijo el anciano.

—No me digas —dijo Elroy, asombrado—. ¿De verdad?

—Esta es mi casa, Elroy. Aquí es donde como. Tú te comiste todo lo que tenía, incluidas las peras. Ve a la tienda y cómprate algo.

—Hombre, no, tendría que ir nada menos que a White Rock.

Elroy se dio la vuelta para dirigirse a los pies enfundados del anciano, el izquierdo como una paleta de albañil: había perdido tres dedos en Vietnam.

—Se supone que eres mi padre —dijo.

AL AMANECER, cuando Tilly se marchaba a desayunar en el pueblo, Elroy se despertó en el sofá y le pidió a Tilly que le trajera algo que echarse al coleto. Se hurgó en los bolsillos del pantalón —había dormido con la ropa puesta— y encontró un puñado de billetes arrugados que le alargó al anciano.

Tilly alisó un trozo de papel azul verdoso con la imagen de un roble.

—¿Qué diablos es esto? —preguntó.

—Un como se llame. Un lat. Cinco lates. ¿Dónde habrá ido a parar mi dinero auténtico? —se preguntó, incorporándose. Pensó un momento.

—¿Qué quieres, un burrito? Te invito yo —dijo Tilly, mientras ajustaba la correa al collar de la alborozada perra. Donde iba Tilly, iba Mavis.

—Te devolveré el dinero.

Tilly se acercó al sofá, donde yacía Elroy acurrucado y encogido, y amagó un gesto de aproximación, ante el cual Elroy se contrajo, furtivo como un lobo. Tilly dobló ese billete carente de valor allí y se lo metió en el bolsillo de la camisa a Elroy.

A Elroy le picaban los atribulados ojos.

—No me lo merezco —dijo.

—¿Quién te ha dicho que tenías que merecerlo? —le preguntó Tilly.

Parte IEl anciano

1

Tilly le decía a todo el mundo que era de Davenport, Iowa. En sus partidas de nacimiento y bautismo figuraba como domicilio familiar el número 14 de la calle Greeley, en Davenport. Si alguien le hubiera objetado que esa calle no figuraba en ningún plano contemporáneo de tal ciudad, él habría respondido que era una servidumbre de paso a través de una aglomeración de chozas sobre terreno inundable; allí no llegaba el correo. En las partidas constaba que nació de una tal Ida Elizabeth Tilly, de veinte años, y de padre anónimo, el 14 de noviembre de 1948. En su licencia del Cuerpo de Marines constaba el mismo día del mes, pero de 1947. Por lo demás, todos sus documentos importantes coincidían.

En realidad, esa Ida Tilly nunca había vivido en este mundo. La persona que luego sería Dwight Elliot Tilly no nació en 1948, ni 47, sino en 1950. Y no en Davenport, sino en una granja de 110 hectáreas en la campiña del norte de la ciudad, muy cerca de la localidad de Calamus. Y no era hijo de Ida Tilly, sino de Annie Frade, de 46 años, y de Potter Frade, de 53.

Los Frade solo llevaban un año casados, ambos por primera vez. Matrimonio mixto de católico y presbiteriana. A la mañana siguiente de la boda, ambos despertaron con la sensación de haberlo hecho mal. En esa materia, casi todo lo habían aprendido del ganado. Quizá tuvieran, a sus años, alguna descabellada esperanza de poder engendrar un hijo con sus esfuerzos; pero les dio demasiada vergüenza expresarlo.

Annie parió a su improbable hijo en el cuarto de estar de los Frade, habiendo antes protegido la alfombra con páginas de la revista Quad-County Advertiser. Potter Frade, experimentado partero vacuno, lo sacó de su madre y lo limpió con trapos de cocina y le pintó de yodo el ombligo. Annie lo miró de pies a cabeza, no le encontró nada raro y le dio el pecho, y él mamó, peleándose con el aire. Enfadado y fuerte. Si hubiera sido un ternero, en ese momento ya habría echado a andar. Pero era más bien una semilla, abandonada en un jardín otoñal, que sobreviviría a la nieve y brotaría por sí sola en primavera. Lo llamaron el Voluntario. Luego lo acortaron a Volun. Nunca lo llamaron por su nombre auténtico.

Es curioso que la documentación sitúe su domicilio en Davenport. Su madre solo hablaba de Davenport para abominar de ella. Allí solo medraban los financieros y los quiroprácticos. Hasta el propio río Misisipi se retorcía en Davenport. Ni el agua del grifo bebería allí. Los Frade y los Marquette, su gente, no procedían de Davenport, como los potros no proceden de las gorrinas.

Los Frade solo acudían a Davenport a pagar sus hipotecas. Tenían muchas. Conducía Annie: a Potter ya se le estaba oscureciendo un poco la visión. Volun iba en el regazo de su padre, pasando revista a la carretera, mientras Potter lo tenía agarrado por el canesú de la camisa y lo sostenía con un brazo alrededor de la tripa, haciéndole caricitas y enseñándole los nombres familiares de las propiedades por las que iban pasando. Potter pagaba todas sus deudas en persona. Contrató a Annie para que le revisara los acuerdos y las facturas. Cuando tenía que firmar un papel, lo hacía con un ringorrango de vigorosas líneas y curvas, un garabato que no se parecía en nada a las palabras «Potter Frade», pero sí contenía una frase de algún tipo, la única que había aprendido a hacer. Tilly nunca olvidó el ringorrango, y podría haberlo imitado de modo convincente en un abrir y cerrar de ojos: su mano lo recordaba como una melodía para piano. Pero nunca conoció su origen.

Tal era su origen. Su padre, a la edad de seis años, se había pasado el rato en la iglesia presbiteriana de Flat Rock trazando las letras estampadas en oro de la contracubierta de un libro de himnos: God Is Love, decían esas letras, pero el pequeño Potter no lo sabía. Tras medio siglo de trabajos que le hincharon y le retorcieron las manos, la firma ya no se parecía en nada a la frase que empezó copiando. Ahora lo que se veía era el ringorrango rúnico del viejo Potter Frade. Significaba: Pagaremos.

UNA MAÑANA DE INVIERNO.

Los tres Frade inclinaron la cabeza delante del desayuno —compota de manzana, costillar de cerdo, tostadas, huevos fritos, mermelada, leche, pastel de café con crema agria, café—. Annie Frade dio gracias a Dios por sus bienes y por el Voluntario. Volun dio gracias por su peine de bolsillo y, ya puestos, por el pastel. Los ojos de Potter se cerraron en profunda concentración. Su viejo cuello y su vieja cabeza, bordeados de pelo blanco, sobresalían de su vieja chaqueta, pétreo el cráneo, más brillante que una moneda recién frotada. Dijo: por las novillas y por el prado, por Annie, por el chico, por el arado de discos, por mis rodillas.

Volun se comió todo lo tenía en el plato y anduvo tres kilómetros por la gravilla blanca y helada de los arcenes de los caminos agrícolas, hasta la escuela de pizarra y tiza. La señorita Travers, la profesora, pasó lista. Faltaban cuatro alumnos. Todos los alumnos presentes, de edades comprendidas entre los seis y los catorce años, se pusieron de pie con la mano en el corazón y juraron fidelidad a la bandera de la república. A la hora de comer, en el gimnasio jungla, Carleen, la chica cuáquera, le dio a Volun un trozo de caramelo de su fiambrera y él le dio a ella el sándwich de jamón de la suya. Por el lodo del mediodía invernal y la nieve sucia de la carretera llegó un coche negro. De él se apeó el señor Strieg, el director, para guarecerse rápidamente en la escuela, oscilando de medio cuerpo para abajo sobre su famosa pierna de madera, sin rodilla, herida de guerra. Volun aprovechó un momento en que Carleen no lo estaba mirando para dar gracias a Dios por todas nuestras rodillas —las de su padre, la de Carleen, sobre todo la otra pierna del señor Strieg, que sí funcionaba.

Al poco rato, salió la señorita Travers y tocó el silbato. Los niños se congregaron en el aula. El director les entregó a cada uno de ellos un folio de instrucciones en azul, con la tinta del mimeógrafo todavía húmeda. Todo el mundo se fue inmediatamente a casa. No debían andar en grupos ni en parejas.

Volun encontró a su padre, el de cabeza de plata, en el granero y le entregó la copia mimeográfica. El padre la miró por un momento, sin fijarse mucho, y luego, sonriendo, la dobló en dos y se la metió en el bolsillo pectoral del mono; y fue entonces cuando Volun supuso por primera vez que su padre no sabía leer. Luego, durante la cena, el viejo se hurgó en el bolsillo, sacó el papel y se lo pasó a la madre del chico, quien, como no tenía a mano las gafas, se lo tuvo que colocar a toda la distancia que le daba el brazo, por encima de la mesa.

Algo fallaba.

Su madre no tardó un segundo en desnudarlo, allí mismo, en la cocina. Le preparó un baño. Le dijo que se frotara bien y salió a toda prisa con la ropa del chico.

Volun se bañó, se secó y subió a su habitación, donde el cristal de la única ventana presentaba insólitos parpadeos azules y naranjas. Se acercó a echar un vistazo por encima de los campos nocturnos cubiertos de nieve.

Lo que vio allí, el espantoso rito, penetró hasta lo más hondo de su subconsciente, moldeó su yo más interior, y se desvaneció enseguida: a la mañana siguiente no volvería a recordar lo que había visto, ni que lo había visto. Pero la impresión que le dejó se endureció con el tiempo, y el significado que extrajo de la impresión, que le quedó dentro como una mezcla de miedo perfecto y paz perfecta, llegó a parecer evidente, y quizá verdadera para todos.

Fuera, en el patio, se vio ardiendo en llamas.

Su padre estaba subido a un bidón de acero del que brotaban llamas. Tenía en la mano un atizador, del que colgaba la figura ardiente, balanceándose, prendida por el canesú de la camisa, el mismo sitio por el que lo sostenía su padre cuando iban en coche. Salían llamas de las mangas, del cuello. Volun siguió mirando hasta que se le incendiaron también las piernas; sus pantalones cenicientos flotaban en el calor. Desde la casa acudió su madre, llevando en la mano sus zapatos de ir al colegio, que arrojó también al fuego.

Volun seguía ahí arriba, delante de la ventana, en paños menores, sumido en un miedo que era el dios de todos sus miedos posteriores, que los abarcaba, componiendo con ellos el miedo perfecto que en aquel momento se cumplía: su padre y su madre lo estaban quemando vivo. Un humo negro, lo que quedaba de él, subió hacia la nada del cielo nocturnal, dispersándose en ella. Oscuro: para siempre y absoluto.

Y, sin embargo.

Y, sin embargo, si era Volun quien se había trocado en nada, ahí afuera, ¿quién era la criatura bípeda del interior de la casa que lo miraba todo, temblando de frío y aún con ganas de cenar?

Su yo era un «quién» que se había quemado en la hoguera; pero la criatura era un «qué» capaz de soportarlo todo, incluso eso. El yo que hasta entonces había dado la impresión de ser su totalidad resultaba ser solamente una parte; cabía desprenderse de él y dejarlo atrás.

Una ráfaga de viento sacudió la casa, haciendo traquetear la ventana. El frío le tocó el cuerpo entero, temblorosamente.

El dios de todos los miedos acababa de abandonar el cuarto. La criatura había sobrevivido a él.

SEGÚN FUE HACIÉNDOSE MAYOR, los acontecimientos de los días anteriores y posteriores a la hoguera que había visto le volvían a rachas: el desayuno, la caminata, la presentación del papel en que, según luego supo, se avisaba a su madre de que había un brote de meningitis en el colegio, poniéndola al corriente de las precauciones que debía tomar.

Ninguno de esos destellos le duraba mucho, salvo uno de ellos. Una visión que padeció con la fiebre que lo invadió en los días posteriores. De vez en cuando, a lo largo de los años, le volvía el recuerdo, no de la hoguera, sino de una visión febril que se le repetía, dejándolo conmocionado con la promesa de una libertad perfecta, pero no permitiéndole ver lo que esa libertad le costaría.

No mostró síntomas de infección hasta dos días después. Llegó a su casa a media mañana, con la cara roja, tras darles de comer a los cerdos, y recibió orden de ir al cuarto de estar a practicar con el piano. Al cabo de un minuto sus escalas dejaron de ser audibles desde la cocina, y su madre lo encontró dormido con la frente ardiente apoyada en las teclas.

Estuvo en cama una semana. Su mono de trabajo colgaba del viejo tirador del armario. Su padre y su madre estaban en alguna parte de la habitación. Le latía el cerebro. Vino un médico y se marchó. El mono, así colgado, rígido y sin personalizar por él, significaba que se había convertido en un fantasma. Olió a pollo hervido y a cebolla y resultó que su padre revoleteaba sobre su cama con una cuchara de sopa muy caliente, mientras su madre le mantenía la boca abierta. Al levantar levemente la cabeza de la almohada creyó que se le iba a romper el cuello. Vino un sacerdote. A la luz de las velas, entre latinajos, el sacerdote ungió de aceite los párpados de Volun, las orejas, los labios, las fosas nasales, las palmas de las manos y las plantas de los pies. Se despertó con las sábanas secas y volvió a dormirse. Se despertó con las sábanas empapadas y volvió a dormirse otra vez, y entonces empezó la visión.

Luna sobre el huerto. Un cerdo gritando en alguna parte. El profundo y frío arroyo de la pradera. Se acercó al arroyo loco de sed e inclinó la abrasada cabeza hacia la corriente superficial que distorsionaba el rostro reflejado en ella. Vio la angustia en el rostro. Sabía que el rostro era suyo. Luego comprendió que la angustia no estaba propiamente dentro de la cabeza abrasada, sino en el rostro que veía. Comprendió que tenía que superar su resistencia al frío y penetrar con el rostro la superficie del agua, haciendo así que el rostro se extinguiera, junto con su angustia, mientras la cabeza sobrevivía con el cuerpo y con lo demás de sí mismo. Comprendió que los gritos del cerdo eran en realidad suyos. Manos llegadas de algún sitio lo empujaron hacia el agua. Haciendo acopio de todo su valor, quebró la superficie con el rostro.

De inmediato se esfumaron el rostro y la angustia. Liberarse de la tortura del rostro fue un tierno alivio. Cedió a las manos que lo empujaban y se sumió completamente en el arroyo: una glacial alarma se apoderó de su cuerpo.

En ese momento, recuperó el sentido en el luminoso cuarto de baño de su casa, desnudo en el agua de una bañera helada. Su padre añadía al agua la nieve de un cubo de hojalata. Su madre lo sujetaba en el interior de la bañera herrumbrosa.

Luego volvió a desmayarse para entrar en el mundo visionario, el ámbito más auténtico, bajo la superficie del arroyo de la pradera. Frío y oculto e inalcanzable y correcto, sumergido en lo que parecía su verdadero elemento. Nadando en un tiempo fuera del tiempo, libre de todo yo.

Cuando volvió a recuperar el sentido, llevaba un pijama de franela, en su cama, entre sábanas secas. Se incorporó un poco y descubrió un plato de galletas saladas en la mesilla de noche y se comió una. Los huesos del cuello ya podían desplazarse un poco. Permaneció tendido, con los ojos cerrados, recordando su visión. Alguien se le acercó y le tocó la frente y el cuello. Por el olor de las manos, a bálsamo Bag Palm y a gasolina, supo que su padre le estaba tomando la fiebre, que empezaba a bajar. Volun podría haber dicho entonces, en voz alta, que ya estaba mejor, pero aún no quería apartarse de su visión.

AMABA A SU MADRE. Ya de adolescente, nada más levantarse se metía en la habitación de la pequeña casa donde ella estuviera, y ambos permanecían allí sin necesidad de pronunciar una palabra, haciendo lo que fuera que estuviesen haciendo.

Amaba a su anciano padre. Codiciaba su sabiduría. Había entre ellos un acuerdo tácito: que convivirían menos tiempo que otras familias, y que su padre debía enseñarle todo sin dilación; y que Volun tendría que prestarle atención, o se perdería lo que sabía su padre, la sabiduría de su exclusiva propiedad, el viejo mundo en la mente vieja.

De todas formas, muy pronto se convenció de haber llegado demasiado tarde para ellos, como el huésped cuya visita nos despierta del sueño. Los brazos que lo levantaban del suelo no podrían sostenerlo durante mucho tiempo. Había llegado más tarde de lo natural, y suponía una carga superior a lo natural. La naturaleza acabaría por liberarlos de ella, pero ¿cómo? Se vería expulsado. La naturaleza encontraría el momento, el instrumento.

* * *

CUANDO LES QUEDABA DINERO tras cubrir los gastos, iban a Davenport y Potter Frade trazaba su ringorrango e ingresaba el dinero en el banco que poseía sus hipotecas. Podría haber comprado la propiedad de Dressler cuando este se jubiló, pero lo que hacía era saldar deudas. Podría haber echado abajo el granero en ruinas cuyo techo de hojalata se caía a trozos cuando había tormenta, y podría haber comprado madera y revestimientos para levantar un nuevo granero, pero en lugar de eso lo que hacía era mandar a Volun que se subiera al techo con una pistola de remaches y un cubo de alquitrán. Casey Reese, que vivía un poco más allá, se cayó de lo alto de su pajar y se fracturó la columna. La parcela pantanosa de su gran pastura salió a la venta por separado. Volun habría dejado de sexar pollos por una temporada y él mismo habría colocado un nuevo suelo de drenaje en la pastura —era consciente de que las viejas rodillas de su padre estaban ya demasiado débiles para poner losetas—, con lo cual habrían podido alimentar otras veinte cabezas de ganado, pero su padre dijo que no.

Volun dijo:

—Vas a cancelar esa deuda aunque te cueste la vida.

—Exacto —dijo su padre.

—¿Y si es a mí a quien me cuesta la vida?

—Nadie se ha muerto esperando a construir un granero.

—Nunca veo nuestro dinero —dijo Volun, escupiendo en el prado que estaban abonando.

—Echa un vistazo a tu alrededor —le dijo su padre—. Ahí está el dinero.

Un prado, un desastre de granero, una pastura, una cuneta cubierta de helechos espárrago, ochenta hectáreas de tallos pelados esperando la nieve.

A LOS DIECISIETE AÑOS,