El votante mexicano - Alejandro Moreno - E-Book

El votante mexicano E-Book

Alejandro Moreno

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Beschreibung

De todos los actores en el escenario de la incipiente democracia mexicana, el votante es el más importante, el más protagónico y el más complejo. Alejandro Moreno da a conocer al votante mexicano como individuo y como colectividad, por describir sus características, por entender sus razonamientos y por explicar su comportamiento en el contexto de la democracia electoral en nuestro país a la luz de las elecciones presidenciales.

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Veröffentlichungsjahr: 2015

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SECCIÓN DE OBRAS DE POLÍTICA Y DERECHO

EL VOTANTE MEXICANO

ALEJANDRO MORENO

EL VOTANTEMEXICANO

Democracia, actitudes políticas y conducta electoral

MÉXICO

Primera edición, 2003 Primera edición electrónica, 2015

D. R. © 2003, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-2849-7 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

AGRADECIMIENTOS

COMENCÉ A ARMAR ESTE LIBRO en mi mente desde que fui expuesto a la literatura del votante en mi primer año de posgrado, en 1992. Desde entonces descubrí que las distintas etapas en la formación académica ofrecen varios modelos de libros que uno desearía escribir algún día. Para mí, éste fue el primero. Ese anhelo se convirtió poco a poco en modestos trabajos de investigación basados en encuestas realizadas con motivo de las elecciones federales de 1991, 1994 y 1997; otros, con base en elecciones estatales. Finalmente, este proyecto se volvió una meta plausible con la inigualable colección de datos generada antes, durante y después de la elección presidencial de 2000. En todo ese tiempo, varios individuos e instituciones han hecho posible que este libro finalmente se haya podido realizar. Quisiera agradecer a Miguel Basáñez, Roderic Ai Camp, Jorge I. Domínguez, Federico Estévez, Ronald F. Inglehart, Roy Pierce, Peter H. Smith y Michael Traugott, por sus consejos, su paciencia y su amistad. No puedo imaginar haciendo el trabajo que hago sin haber contado con mentores de tan alta calidad profesional, a la vez que de enorme integridad y sencillez como personas.

Este libro no hubiera sido posible tampoco sin la materia prima que ofrecieron las encuestas. Por ello, agradezco profundamente a Alejandro Junco y a Lázaro Ríos, primero por haberme invitado a formar parte de ese gran equipo llamado Grupo Reforma; segundo, por haber depositado en mí la confianza de tomar las riendas del departamento de encuestas en Reforma, y tercero, por permitirme reutilizar las investigaciones que, en su momento, cumplieron una finalidad noticiosa, para transformarlas en una parte de la literatura de la ciencia política en nuestro país. Rossana Fuentes-Beráin y Enrique Quintana definieron, siempre con entusiasmo, altos estándares para mi labor. Toni Mancillas, en El Norte, y Roberto Gutiérrez,en Mural, me acompañaron en ese viaje de investigación demoscópica con gran profesionalismo y paciencia. A los miembros del equipo de investigación de Reforma les agradezco por lo mucho que aprendí y disfruté al compartir con ellos largas horas de trabajo entre 1999 y 2000: Jogin Abreu, Susana Correa, Norberta Juárez, Rodrigo León, Patricia Méndez, Igor Ramírez, Fabiola Valor y docenas de encuestadores, supervisores y codificadores con quienes intercambié impresiones acerca de lo que piensan, sienten y desean los mexicanos.

En mi faceta académica, el contacto con mis colegas interesados en México siempre ha sido invaluable: Wayne Cornelius, Joe Klesner, Chappell Lawson, Jay McCann y Keith Yanner. Asimismo, no podría describir lo mucho que me he beneficiado intelectualmente de mis colegas en el Departamento de Ciencia Política del ITAM: Jorge Buendía, Alberto Díaz-Cayeros, Denise Dresser, Federico Estévez, Alonso Lujambio, Beatriz Magaloni, Eric Magar, Alejandro Poiré, Guillermo Rosas y Jeffrey Weldon. Muchos de ellos me ofrecieron generosamente sus comentarios a versiones preliminares de algunos capítulos. Varios grupos de estudiantes con quienes he revisado en clase la literatura sobre el voto contribuyeron, con sus preguntas y observaciones, a aclarar varias de mis ideas. Gisela Rubach me alentó a forjar muchos de mis argumentos en sus diplomados. Sin duda, el Instituto Tecnológico Autónomo de México me ha brindado el mejor de los ambientes para enseñar y hacer investigación de la más alta calidad.

En mi faceta profesional, resulta difícil enumerar las veces que me he beneficiado de la comunidad de encuestadores a través de nuestras reuniones formales e informales, lo mismo en una conferencia, en un congreso o en una comida de amigos. Agradezco a Andrés Albo, Enrique Aldúncin, Ulises Beltrán, Kathleen Frankovic, Pablo Parás, Susan Pinkus y a varias docenas de colegas y amigos que forman parte de esta industria, a los miembros de la Asociación Mundial de Investigadores de Opinión Pública (WAPOR) en México, a mis colegas de la Asociación Mexicana de Agencias de Investigación (AMAI) y a mis queridos amigos del Consejo de Investigadores (CI).

Diversas instituciones contribuyeron con este proyecto a través del financiamiento para la realización de los estudios empíricos. Por supuesto, es necesario mencionar nuevamente al Grupo Reforma por el patrocinio y la realización de la mayoría de las encuestas nacionales electorales que se utilizan en el libro, así como también la Encuesta Mundial de Valores de 2000 en México. Llevo ya 12 años utilizando esa encuesta en sus diferentes levantamientos y no deja de sorprenderme la riqueza informativa que aún guarda. La National Science Foundation, a través del Instituto Tecnológico de Massachusetts y con la iniciativa de Chappell Lawson (NSF grant SES 9905703), colaboró en el financiamiento de las primeras cuatro rondas del Estudio Panel México 2000. La Fundación Hewlett, a través del ITAM y con el liderazgo de Alejandro Hernández y de Alejandro Poiré, patrocinó la quinta ronda de ese proyecto ahora llamado Estudio Panel México 2000-2002.

Si bien me beneficié de todas esas valiosas contribuciones, ninguno de los individuos o instituciones mencionados es responsable de los contenidos de este libro, o de las interpretaciones que se hacen en él. De ello, asumo plena y única responsabilidad.

Mi mayor agradecimiento es para mi familia. Mis padres, Guillermo y Aurora, nunca han dejado de alentarme en cada empresa que comienzo, lo que se constituye en el impulso que me obliga a terminar cada una. Mi esposa, Christine, me ha brindado mucho más de lo que puedo pedir, en tiempo, en apoyo y en cariño. Nuestros tres hijos son inspiración en todo mi trabajo. Casi puedo escucharlos preguntándome todavía si ya terminé de escribir para poder jugar.

ALEJANDRO MORENO

Enero de 2003

I. LA ANATOMÍA DEL VOTANTE MEXICANO

DE TODOS LOS ACTORES en el escenario de la incipiente democracia mexicana, el votante es el más importante, el más protagónico y el más complejo. Este libro es un intento por conocer al elector mexicano como individuo y como colectividad, por describir sus características, por entender sus razonamientos y por explicar su comportamiento en el contexto de la democracia electoral en nuestro país y a la luz de las elecciones de 2000.

La creciente competitividad electoral, impulsada por las reformas políticas que se iniciaron en 1977, provocó una mayor búsqueda de apoyo por parte de los partidos. Por ello, el papel fundamental de la democratización mexicana recayó en el electorado, en ese conjunto de actores individuales que, a través de los mecanismos de elección presentes en una sociedad democrática, toman una decisión con implicaciones colectivas al determinar quién gobierna. La alternancia en los ámbitos locales y estatales permitió que el cambio democrático en nuestro país no fuera tan abrupto, sino que se dio poco a poco, a través de las elecciones. Así, pues, el votante se volvió protagónico.

Las elecciones del 2 de julio de 2000 marcan un momento crucial en el proceso de democratización en México y serán recordadas como las elecciones del cambio. Para cuatro de cada 10 votantes que asistieron a las urnas ese día, la razón principal de su sufragio fue lograr precisamente un cambio. Su voto se dio de manera desproporcionada en favor de Vicente Fox. El cambio como tal no tenía un significado claro de políticas públicas o de contenidos programáticos, sino simplemente de alternancia, de ver a otro partido y a otros individuos en el cargo más importante del país: la presidencia de la República. Hay quienes atribuyen el triunfo de Fox a una exitosa campaña de comunicación política, pero esto es cierto sólo de manera parcial.

La coalición electoral del cambio que llevó al candidato panista a Los Pinos se fue gestando durante varios años. En la década de los noventa, el electorado mexicano dio muestras claras de estar dividido en dos campos políticamente relevantes. Uno es de mayor edad, con menos escolarización, vive principalmente en el México rural, aunque se le encuentra también en las ciudades; actúa autoritariamente y tiene valores fundamentalistas. Otro es más joven, más escolarizado, predominantemente urbano, tiene actitudes prodemocráticas y valores más liberales. El primero nació en un México que miraba hacia el interior de sí mismo y que no ofrecía opciones políticas reales, y tiende a manifestar su apoyo al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en las elecciones. El segundo nació junto con las reformas políticas y la apertura económica y ha sido más propenso a votar por la oposición. Aquellos que en 2000 vivieron por primera vez en su vida adulta una elección presidencial nacieron entre 1977 y 1982 y crecieron y se socializaron entre la crisis económica de los ochenta y la era del libre comercio de los noventa. Estas divisiones cristalizaron claramente en el eje más importante del conflicto político en México durante al menos la última década y media: la lucha por el cambio democrático en contra del mantenimiento del statu quo. Los mensajes de campaña y las circunstancias de 2000 no hicieron sino capitalizar esta división con un poderoso mensaje de cambio y un candidato presidencial que lo hacía más factible que nunca.

Entender al votante no sólo es entender sus decisiones, si irá o no a votar en una elección y por quién lo hará, sino también lo que precede a esas decisiones y lo que resulta de ellas. Entender al votante es compenetrarse en sus adhesiones partidarias, en su ideología, en su sistema de creencias y en las bases sociales que las respaldan; en el interés y la atención con que sigue los asuntos políticos; en sus fuentes de información y en las predisposiciones y prejuicios que le ayudan a entenderla y procesarla; en sus percepciones y opiniones acerca de los candidatos, de los partidos y de los gobernantes; en su propensión a ser persuadido o a persuadir a otros acerca de por quién votar; en sus evaluaciones acerca de las condiciones del país y de su ámbito personal y familiar; en sus expectativas; en sus valores políticos y sus actitudes hacia la democracia; en su nivel de tolerancia y en su capacidad de coexistencia política; en suma, en la manera como ve el mundo de la política con los símbolos, las ideas y las imágenes que tiene a su alcance.

Las orientaciones partidarias del votante mexicano son su rasgo más notable, más fuerte y más estable. No obstante, el balance de adhesiones partidarias ha evolucionado con cambios notables durante los últimos 15 años, a nivel agregado y a nivel individual. Junto con su gradual caída en la votación nacional, el PRI ha venido perdiendo partidarios de una manera cíclica pero constante. La crisis de los ochenta y la defección de cardenistas le restaron partidarios, pero en los años de Salinas aumentaron; la crisis del peso nuevamente los redujo, y la elección interna del PRI los volvió a impulsar; la derrota electoral y el cambio de gobierno los metió en su mayor crisis de identidad, y los primeros años del gobierno de Fox los ha revigorizado. En contraste, el Partido Acción Nacional (PAN) ha venido ganando partidarios de forma gradual durante varios años, y, tras la victoria de Fox y el cambio de gobierno, de forma abrupta. En este sentido, la toma de poder, más que la victoria electoral, fue el principal catalizador del aumento en el panismo reciente. Todo esto nos dio señales de cómo, en un periodo de profundo cambio político, las actitudes más fuertes y estables de los mexicanos también están sujetas a ciertas transformaciones.

A la vez que se denota una gran persistencia del partidismo en ciertos individuos, en México se ha dado un doble fenómeno partidista que podemos llamar de conversión y remplazo. Algunos electores ya en edad adulta han venido cambiando sus adhesiones de un partido a otro. Son los electores de conversión. El resultado de las elecciones presidenciales de 2000 es uno de los sucesos singulares más poderosos que haya podido provocar dichos cambios. La incorporación de nuevos electores cada tres años a las elecciones federales ha provocado un remplazo. La salida de votantes viejos y la entrada de votantes jóvenes a la arena política está alterando la distribución del partidismo mexicano. Aun así, el PRI ha sido mucho más capaz de mantener un importante nicho de partidistas duros que no están logrando ni el PAN ni el Partido de la Revolución Democrática (PRD). La aparente influencia de la tradición familiar le ha ayudado en esto al partido más longevo de México. Una buena cantidad de electores que tienen un sentido de filiación con el PRI llega a las urnas por primera vez con su partidismo ya desarrollado por mucho años. En cambio, los seguidores panistas muestran una mayor debilidad en una filiación partidaria que parece más sensible al liderazgo de Fox, tal y como el perredismo lo fue detrás de la figura de Cárdenas. Los perredistas parecen más ideológicos, y se pueden efectivamente apropiar de la etiqueta de izquierda. A su vez, la clase social parece jugar un papel importante como determinante entre moderado y fuerte de las identidades políticas: el perredismo tiene más arraigo entre electores de menores niveles de ingresos, el panismo entre las clases medias, y el priismo entre los electores menos escolarizados. Sin duda, el partidismo y su evolución son reflejo fiel de la realidad política en nuestro país.

A pesar de su mayor arraigo entre los segmentos de ingresos medios, escolarizados, urbanos y jóvenes, el PAN ha venido obteniendo el apoyo de una cada vez más amplia coalición electoral a lo largo del espectro político. Su desempeño entre la izquierda, el centro y la derecha lo asimilan a un partido de tipo cacha-todo. Su candidato presidencial, Vicente Fox, no hizo sino ampliar aún más ese carácter y lograr que la coalición de 2000 fuera la más amplia e ideológicamente heterogénea que el PAN haya logrado en su historia. De hecho, votar por Fox y votar por el PAN no era exactamente lo mismo. Fox obtuvo apoyo de votantes de izquierda que apoyaron al PRD en las contiendas legislativas pero no a Cárdenas en su tercer intento por llegar a la presidencia. El voto útil existió y fue de alrededor de 4 a 6% del apoyo total otorgado a Vicente Fox.

El atractivo electoral de Fox para los votantes de izquierda, centro-izquierda, centro y centro-derecha tiene sentido, ya que refleja los significados de la ideología entre la sociedad mexicana. Las orientaciones ideológicas de izquierda y derecha en México conllevan principalmente un contenido político de posturas ante la democracia y el autoritarismo, seguido de posturas liberales y fundamentalistas en temas de carácter social y moral, y, finalmente, de los típicos significados de la izquierda y la derecha socioeconómica tradicional, es decir, el conflicto entre un sistema de redistribución del ingreso y de amplia responsabilidad del Estado, que enfrenta las preferencias por una economía de mercado que incentive a los individuos a tomar responsabilidad de sí mismos. En estas dimensiones se ha definido la competencia política, y los electores son capaces de tomar posturas en esos temas que han venido cristalizándose durante al menos 15 años. Fox perdió entre los votantes de derecha, quienes dieron su voto principalmente a Labastida. Sin embargo, tanto el PRI como el PRD perdieron apoyos que tan sólo tres años antes habían tenido en la derecha y en la izquierda, respectivamente. El PAN capitalizó esas pérdidas expandiendo su apoyo electoral en todo el espectro ideológico. Fox ganó incluso más votos entre votantes de izquierda que el mismo Cuauhtémoc Cárdenas. Como partido cachatodo, el PAN consolidó en 2000 su posición de 1997 como pivote en el centro del eje ideológico, con el PRI a la derecha y el PRD a la izquierda, no por tener un electorado centrista sino por su amplio apoyo a lo largo del espectro político.

El deseo de cambio benefició a Vicente Fox, no a Cárdenas, y mucho menos a Labastida. Cuando se le compara estadísticamente con el de Labastida, el voto por Fox provino significativamente más de un electorado joven, urbano, del electorado del norte, de votantes que consideraban tener un cierto deterioro en su situación económica personal, de los panistas, de mucho votantes independientes y de los más escolarizados. El panista obtuvo, como ya se mencionó, un amplio apoyo a lo largo del espectro político, desde los votantes de izquierda hasta los de centro-derecha.

Los diferenciales de participación dieron el toque final al resultado electoral de 2000. Con una participación de 64%, comparativamente más baja que el 77% registrado en las elecciones presidenciales de 1994, las elecciones de 2000 tuvieron una consecuencia evidente: el candidato del PRI no contó con segmentos del electorado favorables a su partido, que prefirieron no asistir a las urnas o no pudieron hacerlo. Paradojas de la democracia: quizás si la tasa de participación hubiese sido sustancialmente mayor, el candidato del PRI probablemente hubiese derrotado al del PAN. El año 2000 demostró a los encuestadores que tan importante es indagar por quién votará la gente como asegurarse de estimar quién sí saldrá a votar y quién no. Los determinantes individuales de la participación electoral nos ayudan a entender qué partidos y candidatos llevan ventaja el día de la elección. De entrada, los electores partidistas tienen más probabilidad de ir a votar que los no partidistas. Los panistas, a su vez, probablemente lo hagan más que los priistas. Además, la confianza en el Instituto Federal Electoral parece ser también un elemento que facilita el voto voluntario de los mexicanos.

Las campañas políticas también tuvieron lo suyo. El elector mexicano fue expuesto a una cantidad de ataques, criticas y descalificaciones entre los candidatos y sus partidos sin precedentes en una campaña presidencial. Los efectos fueron importantes: una reducida participación y el deterioro en la imagen de los candidatos, principalmente el del PRI. El daño al priista se dio incluso entre sus propios partidarios, algunos de los cuales lo abandonaron en su intento por llegar a la presidencia.

De cualquier manera, las campañas del año 2000 ofrecieron la oportunidad para iniciar un nuevo enfoque de investigación, el de los efectos de la comunicación política. Seis de cada 10 adultos en nuestro país consideran que la televisión es el medio que ofrece la mejor información acerca de los candidatos en una campaña presidencial. Dos tercios de los electores siguen las noticias por la televisión durante las campañas y hasta ocho de cada 10 votantes que asisten a las urnas también obtienen su información política en la televisión. Sin embargo, ésta tiene un claro déficit de credibilidad. Pocos le creen a las noticias que ven en sus televisores. Mucho menos le creen a la publicidad política patrocinada por los partidos políticos y los candidatos. Las conversaciones cotidianas con los amigos y la familia representan la segunda fuente de información del votante mexicano, por encima de la radio y de la prensa. Este medio informativo de hecho fue el que más común se hizo durante las campañas en 2000. Aunque no toda, mucha gente se fue interesando más y más por el proceso conforme se acercaba el día de la elección y cada vez se hablaba más del tema en las conversaciones cotidianas. La política ocupa una baja jerarquía en las prioridades de la gente, pero durante las campañas de 2000 se volvió un tema casi obligado hablar de ellas y de los protagonistas.

Los cambios políticos de la última década y en particular de los últimos años en México se ven reflejados en las actitudes y las percepciones de los mexicanos. Nuestra sociedad expresa un mayor nivel de felicidad al inicio del nuevo siglo que hace una o dos décadas, y siente mucho más libertad para elegir y controlar lo que pasa en sus propias vidas. Hoy, la mayoría creemos que vivimos en una democracia. Antes del 2 de julio sólo unos cuantos lo consideraban así. Sin embargo, la mexicana continúa siendo una sociedad eminentemente desconfiada y comparativamente poco tolerante. El apoyo abierto a la democracia es amplio, pero menor que en la mayoría de los países en los que se tiene una medida similar. La democracia se va conociendo y valorando al menos en tres dimensiones relevantes para el mexicano: su desempeño como sistema político, sus ideales y su liderazgo.

Entender al votante no es una tarea sencilla. Requiere de una enorme acumulación de evidencia empírica que ayude a describir y a explicar su naturaleza y, aun así, la información recopilada durante una, dos o más elecciones resulta insuficiente para entender plenamente a este actor que inevitablemente va cambiando. En este libro se utiliza la evidencia de 42 encuestas nacionales realizadas en un periodo de 20 años: 35 encuestas nacionales representativas de la población adulta del país realizadas entre 1981 y 2001, dos encuestas nacionales a la salida de las casillas realizadas a votantes en 1997 y 2000, y un estudio panel nacional de cinco rondas de entrevistas realizadas entre 2000 y 2002. En conjunto, todas estas encuestas reflejan las opiniones, las actitudes y la conducta de casi 70 000 mexicanos entrevistados. Algunas de estas encuestas se utilizan simplemente para ilustrar tendencias en distintos capítulos del libro, pero otras se estudian más a fondo a través de análisis estadísticos sofisticados. En particular, las encuestas preelectorales y de salida de 2000, el estudio panel 2000-2002 y la Encuesta Mundial de Valores en México se analizan con el mayor detalle posible y relevante para el contenido de este volumen. Ésta es una cantidad única de evidencia empírica de alta calidad que, espero, sólo marque el inicio de una nueva forma de estudiar y entender al votante mexicano y su entorno.

La complejidad del electorado comprende múltiples facetas. En este libro se intenta desagregar cada una de ellas a manera de ejercicio de anatomía política, es decir, analizando y entendiendo las partes para que, a través de ellas, podamos entender el todo. En los capítulos II, III y IV se analizan la naturaleza, la evolución y los determinantes de la identificación partidista de los mexicanos. El capítulo V se enfoca a las ideologías que predominan en el electorado y las dimensiones de competencia política que éstas definen para los partidos. En el capítulo VI se analizan los determinantes de la participación electoral autónoma y sus implicaciones para la competencia partidista. En el capítulo VII se abordan las explicaciones del voto y la naturaleza de la coalición del cambio que llevó a Fox a la presidencia en 2000. En el capítulo VIII se discuten la información y la atención a las campañas entre el electorado mexicano y algunas proposiciones recientes acerca de los efectos de la comunicación política en el votante. Se discuten también, con base en un monitoreo de medios electrónicos, las características del flujo de información política durante las campañas electorales de 2000. En el capítulo IX se revisan las actitudes y las percepciones de los mexicanos hacia la democracia y se discute la cultura política que nos caracteriza al inicio del siglo XXI. Ese mismo capítulo sirve como conclusión del libro al reflexionar la forma como los mexicanos hemos comenzado a vivir en la democracia.

Al escribir este libro me venían a la mente varios tipos de lectores hacia los cuales dirigirlo. En primer lugar, los estudiantes interesados en la sociedad y el proceso político mexicano y sus profesores. Mi interacción con estudiantes en clase me guió en el formato y el tipo de tratamiento que le debía dar a los datos, así como al tipo de preguntas que seguramente se discutirán en un salón de clases. El texto hace las mayores referencias posibles a otros trabajos de esta naturaleza que se han hecho sobre México y que, en su mayoría, sólo se han publicado en artículos o en volúmenes fuera de nuestro país. Asimismo, intenté que el manejo de los análisis estadísticos fuera lo más pedagógico posible, y que la presentación tabular y gráfica de los datos sirva como material docente. Quizás para muchos de ellos habrá aspectos técnicos y metodológicos en los que se requiere abundar más.

Precisamente en este punto es donde entra un segundo tipo de lectores que me obligó a evitar demasiados tecnicismos teóricos y estadísticos de esos que se llevan horas de discusión en clase: los profesionales de la política y el periodismo que cada vez se compenetran más en el entendimiento de las encuestas. Para los candidatos y sus equipos de campaña, la evidencia ofrecida en este libro y sus interpretaciones pueden servir como marco de referencia para sus propias campañas y para entender al electorado. Aunque se trata de un libro de ciencia política y se enfoca a un tipo de elección —la federal—, muchos de sus argumentos y hallazgos tienen aplicación en el mundo emergente de la mercadotecnia electoral en nuestro país. Asimismo, los profesionales del periodismo y de la comunicación podrán encontrar algunas guías acerca de qué buscar en una campaña o en una elección para generar historias noticiosas sobre el votante y sus decisiones. Hoy en día, y en particular cuando hay elecciones, el periodismo de precisión se basa en las encuestas y es de enorme atractivo para entender el significado y lo que hay en juego en una elección.

Un tercer tipo de lectores, el de los analistas políticos, tendrá una fuente de consulta que le servirá para entender e interpretar no sólo el proceso electoral de 2000, sino los inmediatamente previos y los posteriores. No tengo la menor duda de que observaremos más cambios en el comportamiento electoral del votante mexicano, pero al entenderlo y explicarlo quizás podamos llegar a desarrollar la capacidad de predecirlo. Un cuarto grupo de lectores es el de los profesionales de las encuestas, los demóscopos, que, a través de sus instrumentos de medición y sus preguntas, nos añaden cada vez más y más conocimiento acerca de nuestra sociedad. Espero que el recorrido por los datos de 20 años les ofrezca un contexto histórico en el que vean reflejado su propio trabajo. Finalmente, cualquier ciudadano interesado en las decisiones colectivas de las que es parte y que le afectan al definir quién gobierna, ávido por entender mejor la riqueza y la diversidad de nuestra sociedad y nuestra cultura y por saber un poco más acerca de lo que nos une y nos divide como votantes, puede encontrar este libro muy informativo. Las encuestas han sido, para ello, nuestro mejor espejo.

II. LA IDENTIFICACIÓN PARTIDISTA EN MÉXICO

LA EVOLUCIÓN DE LA COMPETENCIA política y del sistema de partidos en México ha ido acompañada de un desarrollo en los sentimientos partidarios de los mexicanos. La identificación partidista, como los politólogos generalmente le llaman al sentido de adhesión psicológica que los electores tienen hacia algún partido político, es de enorme relevancia en México para entender la conducta electoral. Por ello es necesario explicar este sentido individual de adhesión que en el agregado define el balance de fuerzas de los partidos. De 1986 a 2002 la distribución de la identificación partidista ha venido cambiando, simplemente porque el sistema político también ha cambiado de manera significativa. Las adhesiones al PRI se han reducido cíclica pero consistentemente, mientras que las de otros partidos han tomado ciertos impulsos como resultado de los eventos políticos de los últimos años. Puede decirse que los sentidos de filiación partidista, en el agregado, se explican por un remplazo de electores jóvenes que se han venido incorporando a la arena electoral y por una conversión de electores maduros que han ajustado sus puntos de vista políticos a las nuevas realidades. Cualquiera que sea el resultado de estas transformaciones, lo más seguro es que han tenido y seguirán teniendo efectos importantes en el sistema de partidos y, por supuesto, en la vida democrática en nuestro país.

EL CONCEPTO DE IDENTIFICACIÓN PARTIDISTA

Pocos conceptos han sido tan centrales y a la vez tan comúnmente utilizados para entender las elecciones y los sistemas de partidos, en general, y las actitudes y el comportamiento político individual, en particular, como la identificación partidista. El sentido de adhesión psicológica de los individuos hacia algún partido político, y la intensidad con que sienten tal adhesión son fuerzas psicológicas que subyacen su conducta real y potencial como electores. El paradigma sociopsicológico que desarrollaron los investigadores de la Universidad de Michigan en los años cincuenta tenía como base las identificaciones con algún grupo, en especial con los partidos, como explicación fundamental del comportamiento político del votante (Campbell, Gurin y Miller, 1954).

En el clásico libro The American Voter (1960), los investigadores Angus Campbell, Philip Converse, Warren Miller y Donald Stokes definieron la identificación partidista como “la orientación afectiva del individuo hacia un grupo-objeto en su ambiente” (1960-1980: 121), y sostenían que esta identificación o adhesión psicológica tendía a persistir en el tiempo y a ser explicativa de diversas actitudes de la persona y de su conducta política individual. La elección presidencial de 1952 fue el parteaguas en el desarrollo del concepto (Weisberg, 1993). Campbell y sus colegas argumentaron, con base en la evidencia a la mano, que la identificación partidista era una actitud política altamente estable y que, al igual que las identificaciones religiosas, muy probablemente se transmitía o se adquiría en el ambiente familiar y social de los individuos. En suma, el modelo de voto de Michigan combinó un rasgo individual como factor de largo plazo —la identificación partidista— con actitudes de corto plazo que reflejaban el contenido del año electoral (Weisberg, 1993). La identificación partidista se concibió, pues, como un rasgo afectivo que le daba sentido y significado a otras áreas de las actitudes políticas y la conducta individual, así como a las características generales de un sistema político competitivo, como la distribución y el balance de fuerzas de los partidos. Tras múltiples revisiones que se citarán a continuación, el concepto de identificación partidista sigue siendo central en los estudios sobre el comportamiento individual hoy en día (Miller y Shanks, 1996).

La medición de la identificación partidista se lleva a cabo a través de la autoclasificación de los encuestados, y consiste conceptual y empíricamente en dos componentes: la dirección, que se refiere hacia cuál de los partidos existentes apunta esa identificación, y la intensidad, entendida como qué tan fuerte o débil sería tal identificación. El carácter bipartidista del sistema estadunidense permitió que los académicos construyeran una escala en que la dirección y la intensidad se capturaran bajo una sola dimensión. Para ello emplearon una serie de preguntas relacionadas una con otra. Quizás una traducción que engloba la pregunta original de los investigadores de Michigan es la siguiente: “Por lo general, ¿usted se considera a sí mismo como demócrata, republicano, independiente o qué?” Si el encuestado contestaba que sí se consideraba demócrata o republicano, se le preguntaba entonces la intensidad, es decir, qué tan demócrata o republicano era, si era fuerte o no muy fuerte. Si decía que se consideraba como independiente, entonces se le preguntaba si tenía alguna inclinación hacia un partido. Esta serie de preguntas ofrecía la posibilidad de construir una escala de siete puntos en las que las categorías de autoclasificación se ordenaban desde el extremo demócrata fuerte, pasando por los demócratas débiles, los independientes inclinados demócratas, los independientes puros, los independientes inclinados republicanos, los republicanos débiles y, finalmente, los republicanos fuertes. En las encuestas hay varias modalidades para medir este concepto de identificación política de largo plazo, no sólo en los Estados Unidos, sino en otras democracias también (Weisberg, 1993).

La escala de identificación partidista vino a ser, así, un importante factor explicativo de las actitudes y de la conducta política individual. Además, su estrecha asociación con la escala ideológica que definía las posiciones liberales de un lado y las conservadoras de otro, con las posiciones moderadas entre ambas, permitió que hubiera al menos un par de mediciones robustas y consistentes que resultaban cruciales para entender a los votantes y sus decisiones electorales. La identificación partidista se convirtió en un predictor importante de la participación y del interés en la política, del voto, de las opiniones sobre los candidatos y los políticos, de la aprobación al trabajo de los gobernantes, de la aceptación o el rechazo a las propuestas de política pública o de legislación y, en general, de varias de las actitudes y formas de conducta política individual.

El concepto de identificación partidista fue central como uno de los más consistentes e influyentes de la ciencia política por varias décadas, pero también generó una serie de críticas y revisionismos sobre su naturaleza y su interpretación. Quizás la más importante en su momento fue la crítica de Fiorina (1981), quien, con base en los estudios panel que realizaron los investigadores de la Universidad de Michigan en 1956-1958-1960 y en 1972-1974-1976, argumentó que la identificación partidista no es un rasgo inmutable sino que está sujeto a cambios que reflejaban las experiencias de los electores. A su vez, tales experiencias probablemente reflejen las evaluaciones de tipo retrospectivo que los individuos hacen acerca de los partidos en el gobierno. En ese sentido, la identificación partidista presente de una persona está en función de su identificación previa y de las experiencias con, y evaluaciones de, los gobiernos y los partidos. El revisionismo en torno a la estabilidad de la identificación partidista fue amplio (véase Jackson, 1975; Page y Jones, 1979; Markus y Converse, 1979; Franklin y Jackson, 1983), y se centró en abrir la “posibilidad de que los eventos puedan alterar las autopercepciones partidarias” (Erikson, Mackuen y Stimson, 2002: 116-117). Sin embargo, la medición de la identificación partidista fue poco criticada a pesar de la insatisfacción de algunos investigadores por el concepto (Nie, Verba y Petrocik, 1979). La crítica más avasalladora a la escala de identificación partidista se centró en demostrar que ésta tenía problemas de intransitividad (Petrocik, 1974, citado en Weisberg, 1999). Al parecer, los independientes con inclinación partidista se mostraban en ocasiones más partidistas que los partidistas débiles. Otras revisiones posteriores simplemente redujeron el concepto de identificación partidista a una predisposición más o menos generalizada que funcionaba como mecanismo de reducción de costos de información entre los electores (Popkin, 1991).

La identificación partidista en México

Con el advenimiento de los estudios electorales y de opinión pública basados en encuestas, el concepto de identificación partidista fue rápidamente incorporado a los análisis en México. En su fraseo original, las mediciones tempranas reflejaban, sin embargo, más una simpatía con los partidos que una identificación sociopolítica de largo plazo. Sin mayor sorpresa, los simpatizantes del PRI, del PAN y del PRD eran más dados a votar por sus respectivos partidos sin que eso constituyera un accidente temporal, sino que el partidismo iba de la mano con el voto en una y otra elección. Algunos análisis efectivamente encontraron un fuerte poder explicativo de los factores partidistas en la decisión de voto (Domínguez y McCann, 1995; Moreno y Yanner, 1995).

Sin embargo, a diferencia de la escala de identificación partidista desarrollada en los Estados Unidos, esta medición generaba más de un problema para México y, quizás, para otros países en donde la competencia partidista era reciente y se daba, además, entre más de dos partidos. Un primer problema era que se trataba de una medición multidimensional y categórica que difícilmente podía ser usada de forma ordinal considerando el total de sus componentes. De esta manera, la dirección y la intensidad del partidismo no corrían de un lado a otro en un continuo, sino que se disparaban al menos en tres direcciones en el caso mexicano. Algunos análisis empíricos recientes han dado prueba gráfica de esto (Estévez y Poiré, 2001).

Un segundo problema era que, aun si se ordenasen las categorías de la escala en una sola dimensión de acuerdo con un segundo criterio —por ejemplo de gobierno a oposición—, la medición perdía otros elementos posiblemente asociados con la identificación política. Por ejemplo, hasta antes del 2 de julio de 2000, panistas y perredistas podían juntarse del lado de la oposición y los priistas del lado progobiernista, pero eso simplificaba y diluía las claras diferencias entre panistas y perredistas en otras dimensiones, como la clase social, las posturas en temas de campaña o la ideología.

Antes de continuar con esta discusión metodológica y conceptual, quizá sea necesario hablar de la importancia de la identificación partidista y su impacto en otras actitudes políticas y en ciertas formas de conducta en nuestro país.

Impacto de la identificación partidista en las actitudes y la conducta

La identificación partidista, entendida no como una membresía formal con un partido sino como una adhesión psicológica, tiene un claro impacto en otras actitudes y en la conducta individual. El cuadro II.1 ofrece algunos ejemplos referentes a la participación electoral, el interés en la política, el voto y la opinión sobre los candidatos y los líderes políticos en 2000. Es evidente, por ejemplo, que cuanto más es la intensidad de la identificación partidista de los electores mayor es la probabilidad subjetiva de salir a votar el día de la elección. Ocho de cada 10 electores que se consideran partidistas duros —independientemente de si son del PRI, del PAN o del PRD— expresan una alta probabilidad de salir a votar. Por supuesto que quienes son especialistas en encuestas saben que esta escala no es suficiente para determinar quién efectivamente es un votante probable. Lo cierto es que, como se verá en el capítulo VII, que trata sobre la participación electoral, los votantes reales —aquellos que sí acuden a las urnas el día de la elección— son más partidistas que los abstencionistas.

El interés en las campañas, otra variable que es comúnmente utilizada para determinar las probabilidades de voto de los electores, también aumenta conforme el partidismo se hace más intenso. Los identificados con un partido político muestran, así, un mayor involucramiento en la política y en las elecciones. Aun los partidistas blandos se muestran más interesados en las campañas políticas que los independientes con una inclinación partidaria y mucho más que los independientes puros, retomando las categorías originalmente definidas en la escala de Michigan.

Los partidistas probablemente voten por los candidatos de su partido, aun cuando puede haber votos de partidarios por los candidatos de otros partidos. Los datos del cuadro II.1muestran que alrededor de nueve de cada 10 partidistas duros se muestran seguros de votar por el candidato de su partido, proporción que disminuye entre los partidistas blandos y, por supuesto, entre los independientes inclinados.

De alguna manera, el partidismo sirve como un filtro que modula las opiniones hacia los líderes políticos: si el líder político es del partido con el que el elector tiene afinidad, entonces las opiniones acerca de ese líder serán generalmente favorables. Si el líder o candidato es de un partido distinto, entonces las opiniones serán menos favorables o, incluso, predominantemente desfavorables. Por ejemplo, en 2000, Vicente Fox tenía una imagen muy favorable entre los panistas, pero menos favorable entre los priistas y los perredistas. La imagen de Fox también era relativamente buena entre los electores independientes, comparada con las opiniones que ese segmento del electorado tenía con respecto a Francisco Labastida y Cuauhtémoc Cárdenas. Estos últimos también gozaban de opiniones comparativamente más favorables entre los seguidores de sus respectivos partidos, el PRI y el PRD. Conforme el partidismo pasa de duro a blando y, a su vez, de blando a inclinado, las opiniones favorables sobre los candidatos del partido correspondiente tienden a disminuir.

Por lo general, la evaluación y la aprobación al trabajo del presidente en turno es notablemente partidaria. El presidente Ernesto Zedillo, de extracción priista, tenía 88% de aprobación a su trabajo entre los muy priistas en 2000, 81% entre los algo priistas y 73% entre los electores independientes inclinados hacia el PRI. En contraste, la aprobación era entre 55 y 63% en las categorías fuerte y débil de identificación panista, 56% entre los independientes, y 37 y 53% entre los perredistas duros y blandos, respectivamente. La evidencia en países como los Estados Unidos confirma estas tendencias observadas en las encuestas mexicanas de 2000. Los presidentes y los candidatos republicanos tienden a ser más favorecidos por las opiniones y el apoyo de los electores identificados con ese partido, mientras que los demócratas muestran un patrón similar en su propio entorno.

La asociación entre el partidismo y otras actitudes u opiniones políticas en México no es un fenómeno del año 2000, ya que se puede observar en cualquiera de las encuestas que tengan una medición confiable de orientación partidaria desde mucho antes. En 1986, por ejemplo, una encuesta realizada en México para el periódico The New York Times mostraba que 53% de los mexicanos entrevistados decía aprobar la forma en que el presidente Miguel de la Madrid estaba haciendo su trabajo. Entre los priistas, el nivel de aprobación era de 68%, mientras que entre los panistas era de 42%. En 1989, una encuesta realizada para el diario Los Angeles Times