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¿Por qué un hecho histórico tan innegable como la integración —el mestizaje, la mescolanza entre todo tipo de pueblos e ideas— ha dado lugar a historias tan distintas entre Canadá, México y Estados Unidos? Mauricio Tenorio trata de explicar el devenir de esta diferencia entre lo que se ha conocido como "mestizaje" en la historia mexicana y en la estadounidense como miscegenation —¿por qué el mito de la mezcla? ¿por qué el tabú de la mezcla?—. Por otro lado, el libro propone una redefinición del mestizaje a escala norteamericana para enfrentar los violentos riesgos originados por la desigualdad, los populismos y la catástrofe ecológica. La desigualdad y la mentira de la raza han estado íntimamente unidas en Norteamérica. La lucha antirracista en Estados Unidos ha sostenido por décadas su apuesta por reivindicar identidades raciales y despreciar o negar el mestizaje. En México, después de hacer del mestizaje una idea de Estado, cada vez más se asume que el antirracismo debe ser como el de Estados Unidos. Este libro propone "mexicanizar" la historia de Estados Unidos y Canadá —porque no queda más que aceptar el mestizaje y utilizarlo para buscar mejores escenarios sociales— y "desgringar" los debates mexicanos alrededor de raza y desigualdad — que de manera creciente denuncian el mestizaje con nuevas categorías como "afromexicanos", "White Mexicans", "afromestizos", "mestizos reindigenizados"—. Este ensayo es una ventana actualizada a la complejidad de las paradojas y mitos que giran en torno a los temas que aborda, expresada con el desenfado y el ingenio característicos del autor.
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2023
Índice
0. Donde se dice que mestizaje, métissage y miscegenation han sido tres motes para nombrar una misma cosicosa, a saber, la promiscuidad en la historia; y donde también se explica por qué el autor trata estos temas y por qué en Norteamérica, en la cual, como en todos lados, hubo que dotar de sentido a la promiscuidad porque la melcocha estorba, asombra, espanta
1. Desglose de la promiscuidad en la historia, o de cómo la filología, la estadística, el derecho y los imperios descubrieron la promiscuidad y la dotaron de sentido
2. Trátase de castas, mestizos y limpieza de sangre en Nueva España y de sus ecos en la India y en el judío, lo cual decanta en la muy ibérica pureza de la impureza, y donde también se tratan los orígenes de la idea de miscegenation a coro con esa otra idea, el mestizaje
3. Del mestizaje y la fiscalidad en las fronteras de las monarquías cristianas y de la institucionalización de la promiscuidad
4. De la miscegenation antes y después de la Guerra Civil en Estados Unidos y de la secreta mestizofilia estadounidense
5. De la idea del purgatorio como espacio mestizo, visto a coro con la alergia al purgatorio en Estados Unidos
6. Del mestizaje en la otra otra América, Canadá
7. Donde el autor se deja llevar por variadas monsergas para caer en una impresentable propuesta final
Otras voces, otros libros
Notas
historia
ELOGIO
DE LA IMPUREZA
Promiscuidad e historia en Norteamérica
Mauricio Tenorio Trillo
Tenorio Trillo, Mauricio
Elogio de la impureza : Promiscuidad e historia en Norteamérica / Mauricio Tenorio Trillo. – México : Siglo XXI Editores, 2023
172 p. ; 13.5 × 21 cm – (Colec. Historia)
ISBN: 978-607-03-1340-0
1. Mezcla de razas – Estados Unidos – Historia 2. Problemas raciales 3. Etnología I. Ser. II. t.
LC HT1521 T4518e Dewey 305.8 T312e
© 2023, siglo xxi editores, s. a. de c. v.
ilustración de cubierta: miguel cabrera, pintura de castas. 2. de español y mestiza, 1763
isbn: 978-607-03-1340-0isbn-e: 978-607-03-1341-7
Siento la floración de un mestizajeque a mí también me alía con mi propio decoro
JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD
En recuerdo de Daniel Haworthy Luis Fernando Granados Salinas,historiadores, amigos, maestros
0. Donde se dice que mestizaje, métissage y miscegenation han sido tres motes para nombrar una misma cosicosa, a saber, la promiscuidad en la historia; y donde también se explica por qué el autor trata estos temas y por qué en Norteamérica, en la cual, como en todos lados, hubo que dotar de sentido a la promiscuidad porque la melcocha estorba, asombra, espanta
El mito de la raza aún reina no sólo porque el racismo lo creyó, sino también porque, hasta ahora, toda forma de antirracismo da por bueno el mito ese, el de la raza. En Estados Unidos el siglo XXI comenzó con el renacimiento de un añejo racismo y con las obsesiones raciales de un antirracismo incapaz de dar al mito por muerto. Para superar el white supremacism habría también que dejar de creer en categorías como “African-American”, “mixed races” y “Latinx”. La infamia de la raza es tan gorda e histórica que es tabú negar la raza sin reafirmar su existencia. ¿Y si el tabú fuera creer en razas, en cualquiera? ¿Y si, for a change, asumiéramos cual principio la orgía perpetua en que ha vivido la humanidad? ¿Qué es antirracismo sin mestizaje? ¿Apartheid o justicia identitaria? Aceptar la orgía perpetua no eliminaría las injusticias derivadas de la raza, pero… si así como hoy es pecado desmarcarse de las marcas raciales, mañana fuera pecado marcar racialmente a alguien, otro gallo nos cantaría a la larga. O quizá no, pero sería intentar otra solución. La otra opción, el antirracismo racial, ya dio de sí. Eso creo.
Existen unos cuantos conceptos que han sido oprobios, luego piropos, luego insultos, luego orgullo, luego crimen… conceptos que cambian tanto como mandan, nombradía que nos controla más de lo que nosotros a ella. Mestizaje, métissage, miscegenation son de este jaez; sus pasados cuentan una historia en común y, también, las particularidades que dotan de originalidad a cada una de las historias entre Estados Unidos, Canadá y México. Son conceptos que aluden a algo tan fácil de despreciar como de amar, pero imposible de negar: la promiscuidad —humana, social, cultural— en la historia. Acaso es momento de concluir que el mestizaje ha sido una idea vacía y perversa, pero no es que haya muchas mejores para enfrentar el batiburrillo de siglos de discutir y vivir la injusticia de la raza.
Por décadas he estudiado raza, nación, Estado y sociedad en México, Brasil, España, Estados Unidos. Como profesor de una universidad estadounidense a menudo, de buenas y malas maneras, se me ha pedido que acate mi ontología que es, por seguro, cultural, pero a poco que uno repara resulta ser racial. Porque en los mundillos académicos estadounidenses no me ha faltado antropólogo, socióloga o “historiadx@r” que me espete el “you, mestizo intellectual”, “you Mexican, so full of mestizo shit”. Y es que no asumir la ruindad intrínseca a mi “ontología mestiza” —se me ha explicado con cariño— es hablar mestizo sin darse cuenta, es negar el perenne racismo en México y Estados Unidos, es sostener un “color-blindness” que me hace cómplice inconsciente del systemic racism. Y quizá sí, al menos bajo la premisa que rige en la academia estadounidense: el ser racial determina la conciencia y no la conciencia al ser racial.
Solución: debo, primero, aceptar y, luego, arrepentirme de ser “mestizo”, porque el mestizaje ha sido la ideología racista que me ha llevado a negarme indígena o negro (ya entrados en gastos, también judío o blanco). Sin embargo, ni yo ni nadie va a negar el racismo de ayer y hoy en Guatemala, México, Brasil, España, Francia, Canadá o Estados Unidos. En realidad, el dilema no radica en aceptar la existencia de la infamia (raza, racismo), sino en hablar o no un lenguaje; es decir, lo que se pide de alguien prieto que escribe en odd English es que hable racismo à l’américaine. No hacerlo es correr el riesgo de ser acusado de racista despelucado o, peor, de mestizo involuntario.
Muchas mestizofilias han encarnado racismo. Es sólo que la historia me ha enseñado que todo es mestizo y que el antimestizaje ha encarnado aún más racismo. En mis caminatas por las calles del sur de Chicago, durante los meses de encierro por el covid-19, a raíz de las protestas por el infame asesinato de George Floyd, vi gente despanzurrando cajeros y saqueando farmacias. Cualquier día habrá otro abuso policiaco, otro joven negro asesinado por otro joven negro o por la policía, y negros contra mexicanos y… En tanto, en los campus universitarios vamos viviendo tiempos en que cualquiera puede ser acusado de racista por pronunciar una palabra que no sabía proscrita, por “mal usar” un pronombre, por no considerar como genocidio al mestizaje. Tanta buena conciencia antirracista deviene en, primero, nada; y, segundo, en una especie de campo magnético invencible, racismo/antirracismo, que lo absorbe todo sin reparar en detalles de historia, circunstancias, clase. Teniendo tan poco impacto lo que los y las académicas e intelectuales decimos, y habiendo tan alta probabilidad de errarle en la inconsecuente moralina que vivimos, escojo el elogio de la impureza, y que me caiga lo que me caiga.
Mestizaje y miscegenation apersonan dos maneras históricas de darle sentido a la promiscuidad; esto es, de encontrarle alguna coherencia y orden al revoltijo que es la historia. No ha sido y no es posible recetar o prohibir la promiscuidad; ni en el pasado ni en el presente ni en el futuro. Tampoco es racional negarla, rescatando un mítico estado de pureza de illo tempore. Hoy ya no es viable pensar, como otrora hacían los mestizofílicos de todo el continente, que el fin del racismo llegará cuando todos se acaben de mezclar, como si no hubiera ya suficiente mezcla. Ni mestizaje ni miscegenation nos han librado del racismo, aunque en México, Canadá o Estados Unidos, al menos desde el siglo XVII, haya habido defensores de las mezclas más o menos influyentes, dependiendo del lugar y el contexto. En toda Norteamérica los promestizaje esperaban la creación de sociedades homogéneas, no partidas por raza, y en todas partes, inclusive en México, el mestizaje era concebido como estación intermedia en el camino a la homogeneidad ciudadana (que no a la igualdad económica).
Sin embargo, en Nueva Inglaterra y Estados Unidos —a diferencia de Nueva España, Nueva Francia, México y Canadá—, las posiciones promezcla partían —y aún parten— no de aceptar el hecho de la duradera promiscuidad histórica, sino de lanzarla hacia el futuro, a veces cual solución, a veces cual destino inevitable, como si pasado y presente no hubieran sido ya promiscuos, como si el futuro no fuera a serlo. Es extraño lo que vamos viviendo: a partir de la década de 1990 se han dado fenómenos raros, muy hijos de las maneras específicas de dotar de sentido a la promiscuidad, no sólo entre México, Estados Unidos y Canadá, sino entre, por ejemplo, la historia de Luisiana (que es nativa, africana, española, francesa, inglesa y estadounidense) y Massachusetts, o entre Chiapas y Nuevo León, o entre Manitoba y Toronto. Así, en el Estados Unidos post 1990, la lucha por el reconocimiento censal y oficial de gente multirracial —cosa cada vez más común a raíz de la popularidad de los perfiles de ADN, asequibles a todo mundo— ocurre al mismo tiempo que las peticiones de los indígenas del estado de Washington —exigir cierto porcentaje de genes indígenas a los mestizos nacidos de indígenas e inmigrantes mexicanos, para poder acceder a los “fueros” que la ley estadounidense garantiza a las reservas indígenas—. En general, el reciente multirracialismo estadounidense no ha reconocido el sinsentido de tanta obsesión en la raza fija y constante, sino que pide otra categoría fija: lo multirracial. ¿Quién no lo es? Es como si más autoconciencia racial fuera el único camino para acabar con el poder de la raza.
Es decir, Estados Unidos ha pasado de la militante antimezcla a la aceptación de la mezcla pero para seguir fijando, por razas, la incontrolable y promiscua realidad social. En México, la vieja ideología mestizofílica novohispana, del Porfiriato y de los regímenes posrevolucionarios perdió sentido ante el desmantelamiento del ralo Estado de bienestar a partir de la década de 1980, y comenzaron a surgir categorías inéditas en la larga historia de la “América del Septentrión”: afromexicano, mestizo reindigenizado… es decir, del promestizaje nacionalista se pasó a los nacionalismos antimestizos. Y en Canadá el debilitamiento del independentismo quebequense disminuyó los sueños integradores del multiculturalismo, pero el multikulti dejó no menos sino más raza, más grupos luchando por categorías raciales dentro de un amplio Estado de bienestar. Debe entenderse que pro o antimestizaje no elimina el hecho: ya pasó, es. Reconocerlo, creo, no acaba con el racismo de ayer y hoy, pero sí puede colocar en otra dimensión nuestra actual obsesión con la raza.1
Claro, en el siglo XXI idealizar el mestizaje a la mexicana como solución al serísimo problema de raza en Estados Unidos sería tan inútil como empeñarse en solucionar el racismo mexicano con la fórmula estadounidense; es decir, desarmando la rancia mestizofilia mexicana, creando un mercado político y cultural de categorías fijas (afromexicanos, reindigenizados mestizos, indígenas globales, white or black Latinx), como si el pragmatismo de siglos —que daba por hecha la mezcla— hubiera sido un error conceptual o, peor, un genocidio. Hablar hoy de “el fracaso del mestizo”, como afirma Pedro Ángel Palou, puede ser, con su dosis de Bourdieu, Bhabha y Butler, una sexy “teoría cultural”, crítica del supuesto —inexistente— leviatán mexicano posrevolucionario, como si mestizo y mestizaje hubieran sido eso, unos hijos del PRI. ¿De qué fracaso se trata si, Palou dixit, “el mestizaje, sin embargo, no ha fallado como realidad empírica, comprobable, sino como proyecto de las élites para garantizar la reproducción de su condición hegemónica”.2 Es decir, se asume que las masas no se han reconocido mestizas, sino que fueron obligadas a ser mestizas. ¿Qué más podían ser? Por su parte, quizá el multiculturalismo canadiense ha dado de sí, pero nos heredó el mito de la “diversidad” que, al menos en Canadá, incluye lo mismo los reconocimientos y “fueros” de grupos indígenas que el bilingüismo nacional, todo protegido por un fuerte Estado de bienestar. En cambio, en Estados Unidos la diversidad es extraña: es monolingüe y se ha desnudado de Estado de bienestar mientras la desigualdad crece a niveles mexicanos. Pero “diversidad” es casi una religión: se cree en la diversidad cultural, racial y étnica, aunque en Norteamérica seamos más homogéneos que nunca.
Eso sí, en México la ideología del mestizaje está agotada, y ahora la “diversidad” quiere ser la forma de “anticatrinura” que con relativa facilidad desvanece lo esencial: la ostentosa y creciente desigualdad a nivel global —la reproducción de la pobreza a jaez de diversidad, la migración del mundo pobre al rico, la segregación en clases que absorbe mucho de las viejas segregaciones—. Creo que toca afirmar la promiscuidad, no sólo porque fue y es un hecho, sino porque puede convertirse en una moraleja, si se quiere horripilante, pero moraleja al fin, innegable y útil. Mestizaje fue imposición, violación, sí; también fue mucho más, sexual y culturalmente. Reconocer su maldad no elimina el hecho de una perenne y total promiscuidad. Aceptarlo puede ser moraleja: resignarse ante todo lo de infame que implica la promiscuidad en la historia, a cambio de aprovechar sus inmoralidades como principio social y político, para ayudarnos a salir de los bucles infinitos en que nos ha metido la idea de la raza durante dos siglos. Si miscegenated, es decir, batiburrillo, fuera el “ser y estar”, el to be estadounidense —el verbo esencial para hablar de identificaciones políticas y sociales—, ¿cómo serían las oraciones construidas con pronombres como ellos, nosotros o con sustantivos como raza, etnia, nación o identidad?
El nacionalismo estadounidense es, como el de cualquier nación moderna, historia, raza, lengua, ideales “universales”, naturaleza, instituciones, mores. Pero es todo eso a lo bestia: es el imperio del momento. Es imperio y es nación, desde el principio, y es orgullo y culpa de ser imperialmente nacionales (por la esclavitud, por la infamia ante esclavos e indígenas) y nacionalmente imperiales (por querer hacer al mundo como Estados Unidos). La posguerra civil logró la unidad, se mató a los que había que matar para hacer nación e imperio. Nada diferente a México o Argentina. Pero, de entre los nacionalismos modernos, el estadounidense es quizá el único que no rompió con Dios —nunca ha sido ni ateo ni jacobino, como en México, España o Francia—. Más bien hizo del protestantismo su Grecia y todos en lucha, pero todos siervos de Dios. No creo que sea un caso de pueblo elegido; es un caso de Dios elegido y está en todas partes, en las ciencias sociales, en las protestas, en la filosofía, en la política. La raza es vital, pero es un soliloquio de mitos, de cerrar y abrir puertas, de negación eterna del mestizaje, de esclavos libres, de negros eternamente negros, de ser mestizos pero afirmar blancura o prietud o negritud. Se trata de un nacionalismo ante todo militar, basado en la posibilidad de exterminar al mundo, una opción falsa por impracticable y, en tanto, se han ido perdiendo todas las guerras emprendidas (Corea, Vietnam, Afganistán, Irak). Es el mito de la tolerancia virado, primero, en pluralismo liberal, luego en “diversidad” en medio de dos siglos de capitalismo consumista homogenizante. Es el nacionalismo del “liberalismo del miedo” disfrazado de liberalismo cristiano. Y es el coolness global, la vanguardia eterna del progresismo tecnológico o moral, montado en la lengua inglesa como lingua franca del hipsterismo universal.
¿Qué fue el cajero automático saqueado en los barrios marginales del sur de Chicago durante las revueltas que siguieron al asesinato de George Floyd, o en tantos momentos similares? Fue protesta, venganza, revancha, delito, robo, oportunidad, rito periódico que no se olvida. La pregunta es, si los cajeros son saqueables —lo ignoraba, pero lo he visto—, ¿por qué duran meses, años, funcionando sin ser saqueados diariamente? Saquear un cajero en el gueto es ejercer el sentido de comunidad que se supone está detrás de la idea de South Chicago; es también protesta. Si fuera un simple acto vandálico entre otros, la pregunta sería: ¿por qué no sucede sin riots? El cajero representa un orden y un desorden que funciona; significa servicio, ganancia, obediencia, instituciones, leyes. Es: “Uso, participo, coopero, pero odio y no pertenezco”, y cuando algo ocurre señalando que es temporada de venganza, el cajero recupera su fragilidad original. Será reparado y volverá a funcionar hasta un nuevo aviso, porque “I can’t win, ‘cause I don’t have a thing to lose” [“No puedo ganar porque no tengo nada que perder”] (“Damn Right, I’ve Got the Blues”). En tanto, yo converso con los mexicanos encargados de recoger los pecios del cajero, de tapiar las ventanas de farmacias y otros negocios, de defender a palos y pistolas los comercios mexicanos. Éste es el orden que vivimos.
He ensayado así o asá historias donde la ley defendió el no mestizaje y donde lo promovió; he tratado de entender las diferencias entre sociedades con esclavos y con castas, y sociedades esclavistas y de castas, entre sociedades donde los indígenas son frontera a conquistar o aliados esporádicos, y sociedades inentendibles sin sus súbditos indígenas; he visto ir y venir infinidad de modas académicas; he atestiguado ora el multikulti estadounidense de la década de 1990 —tan influido por la experiencia canadiense de la década de 1970—, ora el regreso del nativismo estadounidense más vulgar y antimexicano; o el mestizaje mexicano o brasileño como modelo mundial patrocinado por la UNESCO después de la Segunda Guerra Mundial, o el mestizaje como bête noir del indigenismo continental y del identity politics. He sido testigo de la mexicanización de Estados Unidos, y de la americanización de México, que más no ha habido en la historia de ambos países. También crecí con la mestizofilia del nacionalismo revolucionario y he visto pasar al neoindigenismo de la década de 1990, al Frida-Kahlo-remaking de la imagen nacional y a la industria del purismo identitario, enemiga del mestizaje, en universidades, fundaciones y ONGS. Habiendo vivido todo esto, sin embargo, no nos veo alcanzando, a mexicanos, europeos y estadounidenses, mejores escenarios de justicia, de convivencia, de coexistencia. Va surgiendo una historiografía que nos abre nuevos escenarios más leales a la “melcocha” histórica que llevamos dentro desde hace siglos. Hay, pues, historia en la que la innegable infamia de la raza gana mejores posibilidades, más ética y prácticamente prometedoras para el gravísimo riesgo que vamos corriendo. Porque —que nadie se llame a engaño— hablo de historia, pero de lo que se trata es de la coexistencia pacífica y lo más justa posible entre gentes y pueblos que llevan siglos de compartir la misma, fea, cabrona, irremediable, esperanzadora y rica historia.
Aún hoy en las historias de Estados Unidos, Canadá y México, miscegenation, métissage y mestizaje son conceptos de carga incómoda y, sobre todo, mandona. Es como si cada uno de los conceptos diera entrada a diferentes universos, a antitéticas coordenadas de espacio y tiempo. Hoy se tiene fe en la diversidad, se guerrea por ella y por sus corolarios, la autenticidad, los orígenes, la diferencia. Vivimos en el post de aquel artilugio canadiense, el multiculturalismo, ensamblado en la década de 1970 cual tranquilizante de la perenne confrontación entre franco y anglohablantes —curiosamente, un invento asaz mestizo: Pierre Trudeau y Charles Taylor, mestizos canadienses si los ha habido—. Y desde el postmulticulturalismo despreciamos las “homogenizaciones”, torcemos por el culto a las diferencias, justo en el momento de auge de la ciencia del genoma humano, de la homogenización consumista, cultural, lingüística y política, que más no ha habido en la historia de la humanidad. Y en este contexto brilla con más facilidad el mito de identidades prístinas que la achacosa estrella de la mestizofilia.
Ensayo, pues, densas categorías históricas: mestizaje, métissage y miscegenation. Lo hago con mis ojos mexicanos, incapaces de ver un-Americanly, y fantaseo que revelo algunos absurdos, que contribuyo algunas claves inesperadas que allanen el camino a nociones éticas distintas, menos convencionalmente “ident-iculturo-raciales”, para la historia de Norteamérica. ¿Qué pasa, pues, cuando se lee la larga y enraizada historia del tabú de la miscegenation a la luz de la historia grandota del mestizaje? Y también, ¿qué revela la historia del mestizaje leída a contraluz de la larga historia de antimiscegenation en Norteamérica?
Luis Madrigal, Luis Fernando Granados, Enrique Macari, Diana Schwartz, José Juan Pérez Meléndez, Dain Borges, Jean Meyer, Helena Bomeny, Fernando Escalante, Anna Caballé, Sanjay Subrahmanyam, Emilio de Antuñano, Thomas Holt, Josep Maria Fradera e Ysé Bourdon, en distintos momentos, y de variadas maneras, me asistieron en la composición de este libro. Gracias.
Daniel Haworth (1971-2021) fue mi primer estudiante de doctorado. Pronto supo mucho más que yo sobre las complicadas historias políticas y militares de las primeras tres décadas del México independiente. Era un gran investigador, enamorado de México, un alma buena no tentada por el pecado nuestro de cada día: la vanidad académica. Aprendió poco o nada de mí, pero la amistad y la complicidad nos ganaron por varias décadas. Here’s to you, Dan.
En los años que compartimos en Chicago, Luis Fernando Granados Salinas (1968-2021), La Rata, me animaba a escribir un libro que, empezando en la portada, explicara en inglés las complicaciones de raza y mestizaje a estudiantes estadounidenses, y que iniciando en la contraportada se lanzara a aclarar, en español, las obsesiones estadounidenses con la idea de miscegenation. Lo intenté varias veces, pero se me fue quedando en el tintero. Con este ensayo, querida Rata, te cumplo, si muy tarde, si mal.
1. Desglose de la promiscuidad en la historia, o de cómo la filología, la estadística, el derecho y los imperios descubrieron la promiscuidad y la dotaron de sentido
Los vocablos mestizaje, métissage y miscegenation, reducidos a sus mínimas connotaciones, refieren lo mismo: sexo, mezcla, reproducción y razas. Siempre lo repito, ambos términos evocan la única y verdadera ley histórica: ceteris paribus, sin reparo de lugar y tiempo, todos yacen con todos, todo se mezcla con todo. Lo que una u otra sociedad o historiografía hacen con este yacer universal varía en el tiempo y el espacio, pero lo que no cambia es el hecho innegable de la promiscuidad, que no tiene ni principio ni fin distinguibles —hoy las ciencias genómicas hablan de un mestizaje antiguo que explica, por ejemplo, que nuestra especie tenga aún 2% de genes de Neandertal—.3
Claro, en el pasado u hoy hubo y habrá poder y coerción en las promiscuidades, nadie va a negarlo. Imposible reconstruir el cómo de los intercambios genéticos y culturales entre diferentes homínidos hace 40 o 50 mil años, pero hay suficiente evidencia de la violencia implicada en las promiscuidades a partir del siglo XIV, con la expansión de la esclavitud africana y el crecimiento de grandes imperios. Pero ni en la prehistoria ni en la historia las promiscuidades y las mezclas son reducibles sólo a violencia e imposición unidireccional. Curioso, lo que sí se llega a negar es el reino de las promiscuidades históricas. Denunciar el poder y la coerción en los mestizajes modernos es vital; pero hacerlo para proscribir el mestizaje es una traición a la denuncia misma.
La constante (la promiscuidad) produce instituciones y culturas políticas distintas dependiendo de qué es —quiénes, cuándo y cuántos— y qué no es —quiénes, cuándo y cuántos— reconocido como “humanidad”. Las maneras de explicar, ordenar, reprimir o dotar de sentido a este hecho histórico —la promiscuidad— han dejado rastros importantes en la escritura de la historia. Varios conceptos, de los gordos, del siglo XVI o del XIX —cristiano, súbdito, judío, guerra justa, ciudadano, imperio, identidad, nación, raza, pueblo— fueron parte del dotar de sentido histórico al mismo pecado, la promiscuidad.
En la historia de los últimos cinco siglos en Norteamérica es inconcebible, lógica y empíricamente, la ausencia del mestizaje. Promiscuidad sexual y cultural es lo que hubo siempre, y las propias ideas de miscegenation, métissage y mestizaje son los títulos de tres procederes distintos en el dotar de sentido a este hecho innegable.
Si la promiscuidad no es aceptada como fenómeno histórico común y dominante, aquí habría que dejar la lectura, lector, lectora, y encontrar refugio en el contraste de las historias patrias entre Canadá, Estados Unidos y México. Ahí verá usted que las certezas entre el “aquí sí, allá no”, o la obsesión por la frecuencia y grado de promiscuidad, son parte vital de sus respectivas, mutas y míticas diferenciaciones.
Mestizaje es palabra de carga sexual, luego, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, viró en tema muy racial, pero siempre fue cosa de cultura, especialmente por la vieja obsesión con lo esencial de la cultura: el lenguaje —que nadie se extrañe cuando los científicos actuales que estudian el genoma humano y la selección natural acaben entreverándose con filólogos y lingüistas—.4 Desde fines del siglo XVIII, los filólogos aceptaban que, después de Babel, todo fue mescolanza, nada volvió a ser puro, si alguna vez lo fue. A fines del siglo XIX, por ejemplo, el filólogo Hugo Schuchardt lanzó el concepto de la mescolanza entre lenguas a partir del estudio del eslavo-alemán y el eslavo-italiano en el imperio austrohúngaro.5 En la década de 1860, al tratar de explicar el origen de la religión, el Estado y la civilización, algunos filólogos convertidos en antropólogos amateurs, como el pastor protestante Joshua Hall McIlvaine y el filólogo/jurista/antropólogo alemán Johann Jakob Bachofen, sin tener contacto entre ellos, propusieron que la promiscuidad filológica había sido el resultado de una promiscuidad sexual “originaria” de la humanidad. Así empezó a circular la idea moderna de que la promiscuidad había sido el “estado de naturaleza”, la estación uno.6 Es decir, en el principio fue el entrevero universal y después… también.
De tal jaez, civilización, progreso y bondad fueron imaginados como cosa de distancia cronológica: qué tan lejos o cerca se estaba, temporal y culturalmente, de la estación uno. McIlvaine —profesor de Princeton y amigo del antropólogo estadounidense más importante del siglo XIX, Lewis Henry Morgan— encontró en Aristóteles o en Heródoto referencias a sociedades en “estado generalizado de promiscuidad”. Morgan desarrolló esta idea en Systems of Consanguinity and Affinity of the Human Family (1871) y en Ancient Society (1877). Sin que McIlvaine o Morgan tuvieran noticia, Bachofen había planteado (en Das Mutterrecht: Eine Untersuchung über die Gynäkokratie der alten Welt nach ihrer religiösen und rechtlichen Natur, 1861) la existencia primitiva de un estado de promiscuidad general, a partir del cual poco a poco evolucionó el patriarcado, el Estado, la propiedad privada, la familia y la civilización. El estado original, sostuvo Bachofen, era “heterismo”, pegado a la tierra, comunista, polígamo, promiscuo; de ahí la humanidad avanzó al “Mutterrecht”, sustentado en la agricultura, el sedentarismo, cuna de la ley y la comunidad; y de ahí al momento “apolíneo” del patriarcado, derrota del matriarcado y la promiscuidad, origen de la civilización.
El esquema de Morgan fue más influyente y no le faltó detalle; proponía 14 estados. El primero, claro, era el del “promiscuous intercourse”, seguido del estado de “intermarriage” entre hermanos y hermanas, superado por el surgimiento de la familia comunitaria (equivalente al primer estado en McIlvaine, el surgimiento de la familia civilizada). 7 El estado 9 era “the barbarian family”, segundo escalón en el camino hacia la familia civilizada, a la que sólo se llegaba seis pasos después. Es decir, antes de Darwin —que, bien visto, era puro sexo pero poca promiscuidad—, la antropología, la filología y la sociología del XIX estaban obsesionadas con lo promiscuo. F. Engels (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884), inspirado en Morgan y Bachofen, propuso la idea marxista de un prístino comunismo oriental que, debemos concluir, fue una orgía. La promiscuidad, pues, reinó pero fue superada, como el canibalismo. O eso se creía.
Desde la naciente ciencia de la estadística demográfica, la promiscuidad también era the elephant in the room. Nada lo ilustra mejor que la trayectoria del pionero de la estadística demográfica, Corrado Gini (1884-1965). En el congreso mundial de eugenesia de 1912, Gini atacó a los pacifistas, antimperialistas, defensores de las razas inferiores y de las mezclas y degeneraciones:
la defensa sistemática del débil y degenerado, que les prolonga la vida y les permite reproducirse, claramente retarda la resistencia vital de la raza, tanto por promover directamente la procreación de un mayor número de seres inferiores en calidad, como por causar indirectamente lo que uno podría llamar “culturas microbias” en formación, desde las que también se esparcen enfermedades a los sanos.8
Pero luego del fracaso del fascismo —don Corrado fue del Duce como el que más—, Gini dejó de negar lo innegable, la promiscuidad. Para la década de 1930, después de un viaje de investigación a varias regiones de México (asistido por Carlos y Teresa Basauri, Jesús Bojórquez y los doctores Rondero y Zamudio), Gini constató la vieja e inevitable mezcla racial, y aún llegó a preguntarse: “Desde el punto de vista humanitario, ¿debemos esperar que la degeneración de esta raza no se lleve al extremo?”. Lo que propuso entonces fue la utopía que tantos otros sostuvieron en el siglo XX, a saber, la promiscuidad dirigida: “una selección rigurosa, sugerimos, hará surgir el tipo nuevo para el porvenir de un bello país”.9
¿Ideas viejas? No, nada de eso; dotar de “dirección” a la promiscuidad devino en razón de Estado en las naciones surgidas de las caóticas promiscuidades imperiales. Se trata de una idea vieja pero vigente, como la de incorporar hijos ilegítimos en el tejido social, que no quiere decir hacerlos iguales a los hijos legítimos, pero que coincide en aceptar lo inevitable: la proliferación de mestizos. En Estados Unidos, legal y culturalmente, era imposible pensar en dirigir algo que se consideraba monstruoso y casi inexistente, aunque a nivel local, antes de la Guerra Civil, se negociaban ilegitimidades según fuera el caso. La Guerra Civil y los años de radical reconstruction* no llevaron a reconocer la larga existencia de la promiscuidad o a discutir su “dirección”, sino a negar a toda costa la promiscuidad pasada, presente y futura. Para fines del siglo XX, ya sin leyes antimiscegenation, el culto a la sagrada diversity fue otra forma de no enfrentar la larga promiscuidad pasada y la que viene. Filólogos y demógrafos sabían y saben que con la promiscuidad no hay dirección posible. Pero, como Gini, la historia estadounidense tranquilizaba su alma purista con sueños de control del mestizaje, o con sueños de una diversidad de colores que oculte la mescolanza en la formación de una bizarra homogeneidad cultural, consumista y de clases.
A fines del siglo XX
