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La autora sostiene que "situar el problema de la constitución de la unidad psicosomática a partir del modelo freudiano de la pulsión, 'concepto límite entre lo psíquico y lo somático', se me impuso como evidencia. La concepción de energía a adoptar se volcó decididamente en la de energía pulsional. La organización-desorganización psicosomática dependería entonces del proceso de transformación de la excitación de origen somático en una energía psíquica pulsional, con sus continuidades y sus fallos. Los traumatismos, que, en cualquier momento de la vida, intervienen en ese proceso de 'pulsionante de la excitación somática' abriendo 'brechas' en el tejido psíquico, dieron lugar a lo que llamamos clínica de la excitación." Con claridad y elegancia, Diana Tabacof expone la riqueza de su clínica de adultos y niños, presentándonos un amplio abanico de trastornos somáticos (alergias, dolencias autoinmunes, cáncer, etc.). En su escritura, teoría y clínica se entrelazan con la maestría de quien domina la metapsicología de los procesos de somatización, iluminando conceptos como vida operatoria, depresión esencial, desorganización, función materna, entre otros, en una narrativa consistente e integrativa que amplía los horizontes del psicoanálisis. La autora también se destaca por su competencia, entusiasmo y generosidad como formadora pionera de nuevos grupos en Brasil y en el mundo, integrándolos a la Asociación Internacional de Psicosomática Pierre Marty.
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Seitenzahl: 302
Veröffentlichungsjahr: 2024
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En busca de ErosPsicosomática y traumatismo
Diana Tabacof
La autora sostiene que “situar el problema de la constitución de la unidad psicosomática a partir del modelo freudiano de la pulsión, ‘concepto límite entre lo psíquico y lo somático’, se me impuso como evidencia. La concepción de energía a adoptar se volcó decididamente en la de energía pulsional. La organización-desorganización psicosomática dependería entonces del proceso de transformación de la excitación de origen somático en una energía psíquica pulsional, con sus continuidades y sus fallos. Los traumatismos, que, en cualquier momento de la vida, intervienen en ese proceso de ‘pulsionante de la excitación somática’ abriendo ‘brechas’ en el tejido psíquico, dieron lugar a lo que llamamos clínica de la excitación.”
Con claridad y elegancia, Diana Tabacof expone la riqueza de su clínica de adultos y niños, presentándonos un amplio abanico de trastornos somáticos (alergias, dolencias autoinmunes, cáncer, etc.). En su escritura, teoría y clínica se entrelazan con la maestría de quien domina la metapsicología de los procesos de somatización, iluminando conceptos como vida operatoria, depresión esencial, desorganización, función materna, entre otros, en una narrativa consistente e integrativa que amplía los horizontes del psicoanálisis. La autora también se destaca por su competencia, entusiasmo y generosidad como formadora pionera de nuevos grupos en Brasil y en el mundo, integrándolos a la Asociación Internacional de Psicosomática Pierre Marty.
Cândida Sé Holovko
Colección Psicoanálisis, Sociedad y Cultura
Diana Tabacof
Es psicóloga clínica formada en la Pontificia Universidad Católica de San Pablo (PUC-SP), psicoanalista, miembro titular de la Sociedad Psicoanalítica de París (SPP) y psicosomatóloga, miembro didacta del Instituto de Psicosomática Pierre Marty (IPSO). Vive en París, donde es vicepresidente de la Asociación IPSO-Marty y directora de la Comisión de Enseñanza de esa institución. Es miembro de la Comisión Científica de la Asociación Internacional de Psicosomática (AIPPM).
Colección Psicoanálisis, Sociedad y Cultura
Diagramación E-book y arte de tapa: Mariana Battaglia. Traducción del portugués de Cristina Rolla, Javier Alarcón, María Antonieta Pezo del Pino y José Maria Franco.
Tabacof, Diana
En busca de Eros : psicosomática y traumatismo / Diana Tabacof. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Topía Editorial, 2024.
Libro digital, EPUB - (Psicoanálisis, Sociedad y Cultura ; 61)
Archivo Digital: descarga
Traducción de: Cristina Rolla ... [et al.]
ISBN 978-987-4025-89-0
Enfermedades Psicosomáticas. 2. Clínica Psicoanalítica. I. Rolla, Cristina, trad. II. Título.
CDD 150.195
© Editorial Topía, Buenos Aires, 2024.
Editorial Topía
Juan María Gutiérrez 3809 3º “A” Capital Federal
e-mail: [email protected]
web: www.topia.com.ar
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
La reproducción total o parcial de este libro en cualquier forma que sea, idéntica o modificada, no autorizada por los editores viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.
EN BUSCA DE EROSPsicosomática y traumatismo
Diana Tabacof
Colección Psicoanálisis, Sociedad y Cultura
INDICE
Presentación a la edición en castellano
Capitulo 1Psicosomática psicoanalítica hoy: El modelo pulsional de la Escuela de París
Capitulo 2Clínica de la excitación: El papel de la función materna
Capitulo 3Particularidades del encuadre y de la técnica en la clínica psicosomática
Capitulo 4De la excitación a la pulsión: La emergencia de la psicosexualidad en la clínica psicosomática
Capitulo 5En busca de Eros: Destinos de la excitación
Capitulo 6Salvar su piel
Capitulo 7“Quiero morir curada”: Discusión sobre el “trabajo de somatización”
Capitulo 8Sobresaltos: Estados traumáticos y sueños interrumpidos
Capitulo 9Marcas del tiempo: Imagen y somatización
Capitulo 10Dora, el grano de arena y la perla: Del trastorno somático a la conversión
Bibliografía
Presentación a la ediciónen castellano
Cuando Cristina Rolla, Javier Alarcón y José Maria Franco, colegas y estimados amigos de la Asociación Internacional de Psicosomática Pierre Marty se ofrecieron para traducir En busca de Eros de su versión brasileña a la lengua castellana, abrazaron mi intención de difundir el pensamiento clínico de la psicosomática psicoanalítica que compartimos. Van mis agradecimientos a ellos, así como a la psicoanalista Dra. María Antonieta Pezo del Pino, miembro del Grupo de estudios de psicosomática de la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de San Pablo, quien contribuyó igualmente para esta traducción. La Editorial Topía al editar este libro, confirma el interés que despiertan las demandas que se sitúan más allá de la problemática clásica de las psiconeurosis, y que exigen nuevas respuestas de los psicoanalistas en la clínica contemporánea.
Este libro tiene una vocación sobre todo didáctica. Busca articular las ideas del Instituto de Psicosomática de París con las problemáticas clínicas en las cuales el sufrimiento del cuerpo prevalece, encubriendo o incluso sustituyendo al sufrimiento psíquico. Los conceptos que aquí exponemos son eminentemente freudianos, algunos de ellos revisados y ajustados a la luz de las singularidades que se revelan en el contacto de los psicoanalistas con los pacientes portadores de patologías orgánicas. Las diferentes figuras de lo traumático y su impacto en la organización psicosomática del paciente constituyen el hilo conductor.
El enigma psicosomático atraviesa la historia del psicoanálisis. El “salto misterioso del psiquismo en lo corporal”, evocado por Freud acerca del fenómeno conversivo, ¿se aplicaría a los pacientes somáticos? Sabemos que Freud realizó tempranamente una demarcación entre las psiconeurosis de defensa, como es el caso de la histeria de conversión y las neurosis actuales incluidas en los cuadros clínicos en los que las descargas de excitación no entrarían en el circuito de la sexualidad infantil y de la represión, sobrecargando los sistemas fisiológicos. Modelos, o sólo hipótesis de trabajo, relativos a los fenómenos psicosomáticos, se sucedieron en los años del descubrimiento del psicoanálisis, sin que el maestro demostrase gran interés, manifestando en algunos casos, hasta su desaprobación.
Sin pretender una gran precisión histórica, podemos evocar a G. Groddeck y su concepción de un “continuum somato-psíquico” llamado por él Ello, considerado como fuente única de la vida, y también de la enfermedad. Para este autodenominado “analista salvaje”, toda expresión patológica, incluyendo la orgánica, podría ser integrada en una cadena de sentido intrínseco a la historia del paciente. Aunque Freud adoptó en 1923 el concepto de Ello en su segunda tópica, situándolo como el gran caldero pulsional enraizado en el cuerpo, el monismo absoluto de Groddeck no lo convenció.
En estos mismos años, en el Instituto de Viena, tanto Wilhelm Reich como Sandor Ferenczi destacaron los límites del psicoanálisis en el tratamiento de algunas patologías y para estos dos grandes pioneros, la cuestión de la psique-soma y sus destinos fue un tema central. Para Reich, la constitución del carácter como estructura defensiva del narcisismo se extendió a la concepción del carácter como una “coraza muscular” y en los años ‘40, ya en los Estados Unidos aplicó sus investigaciones energéticas sobre el “orgón” (la fuerza vital universal reichniana) a patologías como el cáncer. La importancia de Reich fue significativa para la promoción de una concepción psicosomática del individuo; el impacto de su crítica social, denunciando la acción deletérea de la represión sexual y de sus consecuencias en la psicopatología marcó la década de los ‘60. Desde el punto de vista de la técnica terapéutica su influencia en el desarrollo de las “nuevas terapias” de abordaje somato-psíquico fue considerable, aunque su concepción teórico-clínica se haya alejado sustancialmente del modelo freudiano.
Podemos considerar que Ferenczi fue verdaderamente el padre de la psicosomática psicoanalítica. Su preocupación por diferenciar los síntomas de naturaleza histérica de los síntomas de naturaleza no sexual, reveladores de fragilidades narcisistas vinculadas a núcleos traumáticos primarios, no dejó de evolucionar a lo largo de su obra. En sus escritos clínicos, Ferenczi evoca numerosos casos en los que se expresan síntomas somáticos, llegando a introducir la noción de “neurosis de órgano” para describir cuadros que, además de los síntomas ya incluidos en la categoría de neurosis actuales por Freud, incluyen trastornos orgánicos (gástricos, asmáticos, alérgicos, cardiacos, entre otros) abriendo de esta manera la vía para la psicosomática moderna. Con Ferenczi se consolidó una verdadera teoría del trauma, a través de su conocido retorno a la temática de la seducción del niño por el adulto, relegada por Freud a su dimensión de fantasía. Podemos destacar finalmente, el carácter determinante atribuido a los traumas tempranos en la construcción del sujeto y su influencia en los fenómenos psicosomáticos.
La Escuela de Chicago se desarrolló en suelo estadounidense en la década de los ‘40 por uno de sus discípulos, Franz Alexander, que da testimonio de la fecundidad de Ferenczi. Con Alexander, la noción de neurosis vegetativas se extenderá, postulando que las emociones durablemente reprimidas, en el plano psíquico, movilizan las vías nerviosas autónomas llegando a comprometer a los órganos, desencadenando en consecuencia, en el plano somático, trastornos funcionales que pueden estar en el origen de las enfermedades lesionales. En este modelo, cada emoción corresponde a un síndrome específico de manifestaciones fisiopatológicas, lo que justificaría la proposición de una verdadera clasificación de perfiles de personalidad (con sus respectivos patrones de funcionamiento emocional) a los que se asocian ciertas enfermedades, las llamadas psicosomáticas (asma, úlcera, hipertensión, etc.). Podemos notar a lo largo de los años (Alexander fue fundador del Instituto de Psicoanálisis de Chicago en la década de los ‘30) la fuerte impregnación del modelo médico en la Escuela de Chicago, respaldando su fundamento teórico-clínico en la investigación neuro-fisio-psicológica. En este contexto, no podemos dejar de recordar la noción de estrés, que se ha convertido en la gran referencia en materia de medicina psicosomática, llegando de cierta manera a ofrecer un verdadero sistema explicativo de una serie de cuadros patológicos. Aunque el “síndrome de adaptación” que define al estrés se encuentra a una gran distancia del modelo psicoanalítico, también incluye la noción de traumatismo. Los estados mórbidos descritos en las “enfermedades del estrés” se asocian actualmente con los llamados estados “postraumáticos”, y sus manifestaciones somáticas, a menudo tratadas por las técnicas cognitivo-conductuales.
Al otro lado del océano se impuso el tema del traumatismo en la década de ‘40 como para Freud, en la década de ‘20, bajo el impacto de la primera gran guerra. Con el renacimiento del psicoanálisis en Francia al final de la segunda gran guerra, resurgió el tema del problema económico del aparato psíquico y de los obstáculos en la resolución de los conflictos pulsionales por la vía psicodinámica. La ruptura del equilibrio psique-soma en circunstancias traumáticas, y el posterior desencadenamiento de somatizaciones, surge como paradigma de una nueva perspectiva en la psicosomática psicoanalítica.
En el contexto de la época, en lo que se refiere al misterioso “body-mind problem”, destacamos que los años ‘50-‘70 fueron muy fecundos en la Sociedad de Psicoanalítica de Paris (SPP), favoreciendo el desarrollo de diversas líneas de desarrollo. Considerando algunos elementos de la historia, podemos pensar que el interés por el enraizamiento somático de la pulsión y el lugar del cuerpo, en el psicoanálisis, de manera general, se ha convertido en uno de los puntos de inflexión de la división de 1953, que culminó con la disidencia de Jacques Lacan en la SPP. Una teoría del significante que prescindiera radicalmente de las preocupaciones relacionadas con el cuerpo biológico, habría sido uno de los ejes de la discordia.
Con René Diatkine, Michel Soulé y Serge Lebovici, la psiquiatría infantil y del adolescente dio un salto cualitativo, aunque apoyada por investigaciones innovadoras en neuropsicología, desarrolladas, por ejemplo, por Henri Wallon y René Zazzo, el compromiso de estos autores y psicoanalistas con la teoría del inconsciente sexual, el desarrollo pulsional infantil y el impacto de las relaciones tempranas en la psicopatología fue considerable. Otro gran nombre de la época fue el de Julián de Ajuriaguerra, neuropsiquiatra y psicoanalista, que creó junto con la fisioterapeuta Gisele Subiran un campo de trabajo e investigación: la “psicomotricidad”. Disciplina que combinaba los datos del desarrollo psicomotor con las características singulares individuales, intrapsíquicas e interrelacionales, rechazando las tipologías preestablecidas (como proponía Wallon). Con su fructífera noción de “diálogo tónico-emocional”, Ajuriaguerra destacó el lugar del cuerpo en la relación objetal y sus implicaciones en la dinámica transfero-contratransferencial, concepción que fue integrada al método de relajación que su grupo desarrolló y que posteriormente dio lugar a un dispositivo de gran interés, la psicoterapia psicoanalítica corporal.
En este terreno germinaron, a principios de la década de ‘50, los estudios de Pierre Marty y Michel Fain sobre raquialgias y cefaleas, y fue publicado el famoso artículo sobre la «Importancia del papel de la motricidad en la relación de objeto», escrito a cuatro manos por estos pioneros. La noción de “organización psicosomática” no tarda en ser concebida, declinada a través de los casos clínicos presentes en la “Investigación Psicosomática”, obra inaugural de la Escuela de París publicada en el año 1962, con la participación también de Michel de M’Uzan y Chrisitian David. Propia de cada individuo, la organización psicosomática estaría constituida por el conjunto de las manifestaciones psicoafectivas (verbales o no), así como sensoriomotoras (gestuales o comportamentales), e incluiría también todos los procesos fisiológicos (normales o patológicos). En esta perspectiva, la economía psicosomática individual estaría sujeta a un constante movimiento de organización, desorganización y reorganización, implicando procesos transformacionales en los que todos estos niveles participan de forma e intensidad variable.
La existencia de una relación inversamente proporcional entre la presencia de síntomas somáticos y la ausencia de mecanismos de defensa psíquica, capaces de transformar por la vía mental los traumatismos experimentados por un sujeto determinado, fue el gran axioma de la Escuela de París. Las investigaciones psicosomáticas y la práctica clínica mostraron ciertas particularidades del funcionamiento mental de estos pacientes que contrastaban con las organizaciones neuróticas o psicóticas, particularmente con respecto a la calidad de las llamadas operaciones de “mentalización”, o sea de “psiquización”. Estos pacientes se convertirían, según De M’Uzan en “esclavos de la cantidad”, sometidos a cargas de excitación “descalificadas”,”despulsionalizadas”, volviéndolos frágiles y propensos a la somatización.
La famosa advertencia de De M’Uzan “el síntoma somático es tonto” (“lesymptôme somatique est bête”) marcó una época. No sería entonces un “salto de lo psíquico en lo somático”, sino un síntoma no menos misterioso “que habría roto toda conexión con lo psíquico”. Una ruptura radical con el modelo de histeria quedaba de esta manera fijada, restableciendo una cierta continuidad con el linaje de las neurosis actuales freudianas, y sus sucedáneos, las neurosis traumáticas. La cuestión de la falta de sentido simbólico del síntoma somático se convirtió en el factor diferencial entre las diversas corrientes psicosomáticas.
Autores como Jean-Paul Valabrega en Francia o Luis Chiozza en Argentina sostuvieron la presencia de un sentido fantasmático, que tendría que ser revelado en el síntoma somático Otras posiciones más templadas fueron desarrolladas, por ejemplo, por la prolífica autora neozelandesa Joyce Mc Dougall que señaló núcleos de histerización primaria en pacientes somáticos, o por el gran pionero kleiniano de origen vasco Ángel Garma, para quien los trastornos somáticos se corresponderían con las intrusiones de la imago materna (los de la esfera digestiva, particularmente). Algunos autores que trabajaron al lado de Marty desarrollaron sus propias teorías, como Jacques Press enriqueciendo su pensamiento con las ideas de Donald W. Winnicott y Wilfred Bion, o Christophe Dejours que encontró en la teoría de la seducción generalizada de Jean Laplanche elementos para proseguir sus propias investigaciones.
Con respecto a la cuestión del sentido de la somatización, Dejours había propuesto en los años ‘80 la noción de “somatización simbolizante”, que partía de la ausencia de significado simbólico del síntoma en su origen, pero afirmaba su destino de llegar a ser simbolizado, durante el proceso analítico y en la transferencia. Esta posición que fue rechazada en la época de Marty, finalmente ha llegado a prevalecer a lo largo de los años a través de nuevas formulaciones.
La segunda generación de psicosomatólogos de la Escuela de París, representada principalmente por Claude Smadja, Gérard Szwec y Marilia Aisenstein, vino a integrar, en la línea de Michael Fain, el dualismo pulsional freudiano, con el que Marty no se alineaba. El tema de la defusión pulsional y de los efectos de la destructividad en la desorganización psicosomática se han vuelto centrales en las últimas dos décadas. Las contribuciones de André Green y B. Rosenberg referidas al trabajo del negativo y al masoquismo mortífero se han convertido en las nuevas claves de lectura en el enfoque de lo que llamo “clínica de la excitación”.
A través de los capítulos que componen este libro, los conceptos aparecerán y reaparecerán, creando, como en un caleidoscopio, varias figuras teórico-clínicas de nuestra práctica clínica cotidiana con pacientes somáticos
Implicada con la transmisión de lo que aprendí, espero enriquecer la comprensión de cada lector sobre el “nudo psicosomático” pues, parafraseando a Marty, “nos aporta a cada instante de nuestra vida, incluso la más íntima, la evidencia de su existencia”.
Capitulo 1
Psicosomática psicoanalítica hoy: El modelo pulsional de la Escuela de París1
Al inicio del año 1960, no muy lejos de donde Freud, con el equipo de Charcot, descubrió la histeria, un grupo de psicoanalistas de la Sociedad de París reunidos en torno a Pierre Marty inició una nueva aventura. La Investigación Psicosomática2, obra fundadora publicada en 1963, firmada por Marty, Christian David y Michel de M’Uzan, fue el resultado de una investigación psicoanalítica estimulante y original, iniciada en un medio hospitalario con pacientes que presentaban patologías somáticas diversas y que llevó a la construcción de un conjunto teórico innovador y de un pensamiento clínico singular. Fue creado un nuevo objeto de estudio, inscrito en el terreno ya conquistado de la metapsicología freudiana: “la organización psicosomática”.
Rompiendo con las clasificaciones psicosomáticas existentes hasta entonces, sobre todo las de la medicina psicosomática, estos precursores no intentaban definir los perfiles de los pacientes en función de sus dolencias específicas, como la Escuela de Chicago, ni extendieron, como en otras escuelas psicoanalíticas, el modelo de la histeria a las dolencias somáticas. Para los precursores de la Escuela de París, ni las dolencias ni los pacientes serían consideradas “psicosomáticos”: el ser humano es psicosomático por definición. Se trata precisamente del abordaje de un psicoanalista formado en esa clínica que sería “psicosomática”.
Volviendo a los años ‘60, se impuso verdaderamente un espíritu de descubrimientos en el contacto de los analistas con esos pacientes. Debemos recordar que éstos no se encontraban habitualmente en los consultorios de los “psis”, sobre todo en esa época, sino que eran asiduos de los servicios médicos.
Gisela W. o Gilbert C. dos ejemplos entre las siete observaciones relatadas en “La investigación Psicosomática” (Marty, de M’Uzan y David,1963), la primera afectada de jaquecas severas y esterilidad y el segundo de una cardiopatía, se alejan bastante de Agustina o de Ana O. En ellas, ningún síntoma ruidoso o con gran elocuencia teatral se manifiesta, el drama ocurre con sordina: esos casos se aproximan a los que fueron denominados posteriormente como “normópatas”, o, dicho de otra manera, esos pacientes revelan una sintomatología psíquica “negativa”.
Presentando síntomas propiamente orgánicos (funcionales o lesionales), sin embargo, no conversivos ni hipocondríacos, esos pacientes están bien adaptados al mundo que les rodea, no manifiestan sufrimiento o queja en la esfera psicoafectiva o comportamental; consultan por su sufrimiento físico. Retomando los términos de los autores de la investigación psicosomática, esos pacientes están absorbidos por un objeto interior somático, opaco y resistente a la interpretación, impresionantemente disociados de su subjetividad.
En un comentario reciente sobre Giselle W., De M’Uzan (2009) evoca la “contratransferencia doctrinal”, según la cual, el psicoanalista tiende a “neurotizar” al paciente y privilegiar la integración de la problemática en el registro psicosexual dándole un sentido al síntoma. En la relectura de Giselle W. cita su tendencia a interpretar la aparición de cefaleas en el primer día de la regla de la paciente como dependiente de lo “psíquico” y de la “angustia de castración”, para luego “caer en la realidad”, luego la visión de conjunto del material mostró la fragilidad de sus esfuerzos. En esa paciente, la infiltración de lo pre-genital en su funcionamiento, sus limitadas posibilidades de simbolización y la restringida manipulación mental de las fantasías denotaban una problemática narcisista fundamental. La emergencia de los conflictos en la esfera genital habría reavivado su oralidad primaria, cuyo tenor agresivo hacía indisoluble la ecuación edípica y su tratamiento psíquico. Las jaquecas ocuparían el espacio del conflicto intrapsíquico, siendo este inelaborable. Mujer hiperactiva, que se había organizado a partir de una notoria reivindicación fálica, “brazo derecho de su padre” y “suplente” de su madre, en sus propios términos, siempre dispuesta a “ayudar a los otros” y particularmente a “cuidar a los niños” incluso “poseer niños”: su funcionamiento condujo a los investigadores no en la dirección de un conflicto inconsciente propio de la neurosis, sino en la dirección de una neurosis de comportamiento. El componente de descarga motora era indispensable en su funcionamiento y, en lugar de interna, la escena psíquica parecía desarrollarse externamente, por medio de actos y de su comportamiento, manifestando la ausencia de culpabilidad o rivalidad con síntomas neuróticos clásicos. Detrás de su aparente fuerza y dudosa capacidad de metaforización, ilustradas con la expresión “soy como un león”, en Giselle W. la herida narcisista estaba lista para despertar y el riesgo de colapso acechaba, convirtiendo a la paciente en alguien muy frágil. Al final de su comentario, De M’Uzan se refiere al trabajo con ese tipo de pacientes diciendo que imponen una “política de borde del abismo”. Fue el mismo de M’Uzan quien propuso en los años ‘90 la elocuente expresión de “esclavos de la cantidad” (De M’Uzan, 1984/1994) con referencia a esa clínica.
En ese mismo sentido, para decir algunas palabras sobre Gilbert C. la actitud extremadamente comedida, hecha de “tensión y calma”, de ese paciente coronario intentaba el dominio total de su angustia durante la investigación psicosomática, vivida por él como una penetración intolerable y peligrosa. La precariedad de sus defensas psíquicas durante el contacto cálido creado por la proximidad del psicoanalista, en vez de movilizar, por ejemplo, defensas obsesivas, desencadenó sus síntomas somáticos, que anunciaban una crisis de angina: transpiraciones, palpitaciones, problemas de dicción, etc. Fueron experiencias de ese tipo las que condujeron a Marty a recomendar a los psicosomatólogos que tuviesen “la prudencia de un desactivador de minas”, es decir, la prudencia de quien se aproxima a zonas explosivas del psiquismo.
Un cierto número de entidades clínicas provenientes de los estudios psicosomáticos fueron descritas desde entonces, hoy bien conocidas y muchas veces integradas en la terminología psicoanalítica contemporánea. Así citamos el pensamiento operatorio, la depresión esencial, la reduplicación proyectiva o, más recientemente, los procedimientos autocalmantes. La fenomenología de lo factual y de lo actual, presente en el discurso de estos pacientes fue reconocida ampliamente. También fueron establecidas interesantes relaciones con otras investigaciones como en el caso de la alexitimia.
Ese conjunto semiológico observado regularmente por los psicoanalistas en contacto con pacientes somáticos, caracterizado por la ausencia de libertad asociativa, por la escasez de expresiones afectivas y fantasmáticas espontáneas, por la relativa ineficacia del trabajo del sueño, de los procesos sublimatorios y simbólicos diversos, permitió que se pudiese constatar una ausencia de fluidez entre los procesos inconscientes y la conciencia, y postular la existencia de fallos en el tratamiento psíquico que las excitaciones corporales movilizadas por las experiencias vividas, y de su ligadura con las representaciones mentales.
La emergencia de angustias difusas e invasivas, una intensa utilización del registro perceptivo y de la sensorio-motricidad como vías de regulación de las tensiones componen también este cuadro, caracterizando lo que llamamos “clínica de la excitación” (Tabacof 2008).
El punto de vista económico es, por eso, central en el cuerpo teórico-clínico de la Escuela de París. Se trata de un punto de vista transformacional, que abarca las mutaciones energéticas en los dos sentidos: tanto de las excitaciones de origen somático en material psíquico como de la degradación de los materiales psíquicos en manifestaciones somáticas.
En confrontación constante con el modelo habitual de las neurosis de transferencia y a la luz de observaciones clínicas que se multiplicaron con la creación del centro de atención de adultos y niños en 1978, nuestros pioneros psicosomatólogos se distanciaron de la familia de las psiconeurosis de defensa y se aproximaron a la familia de las neurosis actuales, definidas por Freud al inicio de su obra, y de las neurosis traumáticas, más tardías. Así surgió una nosología más adaptada a las somatosis (para diferenciarlas de las neurosis y psicosis), distribuidas entre dos grandes grupos: las regresiones somáticas, que son dolencias funcionales o pasajeras, y las desorganizaciones progresivas que constituyen el cuadro de las enfermedades más graves y/o degenerativas. Fueron delimitados tres grandes grupos en la clasificación económica de Marty (utilizada en la investigación psicosomática del centro de consultas, y retomada para el tratamiento y para la apreciación de la evolución de los casos): las neurosis con sintomatología psíquica, las neurosis de carácter con niveles variables de mentalización y las neurosis de comportamiento -siendo asociada cada categoría de esa clasificación a las particularidades semiológicas oriundas del psicoanálisis, descritas caso a caso-.
Marty (1976,1980, 1984, 1990) nos legó una verdadera clave para la comprensión de la economía psicosomática proponiendo tres modelos de transformación del flujo de las excitaciones: la mentalización (por medio de las actividades psíquicas desde las más simples a las más complejas), el comportamiento (por medio de acciones y de las descargas musculares y sensorio-perceptivas en general) y la somatización (por medio de los síntomas más pasajeros hasta las dolencias más graves). Cada individuo dispondría de una gama personal, con la presencia de gradientes variables de esos modos de expresión (mentalización, comportamiento y somatización) más o menos constante en su funcionamiento habitual, pero sujeta a variaciones en diversos momentos y circunstancias de la vida. Esto puede ser concebido igualmente como una referencia en el interior de una misma sesión y a fortiori a lo largo de un proceso analítico: pudiendo privilegiar el paciente ciertas modalidades de expresión en el inicio, o en un momento dado, llegando a modificarlas sensiblemente en contacto con el analista o el trabajo analítico.
Para ilustrar estos diferentes funcionamientos podemos considerar como ejemplo un paciente cuyo discurso de tipo operatorio, invasivo y detallado -sobre la enfermedad, sobre los tratamientos o los hechos cotidianos, cuya función defensiva y antitraumática, sin duda debe ser preservada como algo necesario- puede dar lugar, en la dinámica de la relación transfero-contratransferencial, a una redinamización significativa. La reinvestidura libidinal progresiva, tanto narcisista como objetal, permitirá al paciente, apoyado en un tipo de relación inédita e identificado con el funcionamiento del analista, a la interiorización del placer por el funcionamiento mental, movilizando su asociatividad y desarrollando nuevos recursos internos. La sintomatología negativa de orden psíquico y la ausencia del afecto del dolor psíquico propiamente dicho va a ceder, en la mayoría de las ocasiones, aunque lentamente o de forma discontinua, posibilitando que se construyan, a partir del régimen económico antitraumático, secuencias psicodinámicas. Estaríamos en este caso en el amago de lo que, en términos actuales, llamamos del “trabajo de somatización” (Smadja 2013). Análogamente, la expresión “trabajo de duelo” o “de melancolía”, el “trabajo de somatización” se desarrolla a medida que, por medio del proceso analítico, una concatenación de eventos psíquicos significativos toma forma y se revela como precondición económica a “la solución somática” encontrada por el paciente. De este modo se impulsa el movimiento de reorganización.
Volviendo a nuestra breve genealogía de las ideas, el punto de vista económico marca la obra freudiana desde los “Estudios sobre la histeria” (Freud, 1895) hasta el Moisés (Freud 1937) por medio del tema del traumatismo. Freud se refiere a la neurosis traumática insistiendo sobre el carácter somático (el choque del organismo provocando un aflujo de excitación) y lo psíquico (Schreck, el terror) del traumatismo. Es a partir de este mismo modelo que fueron concebidos los procesos de desorganización.
Así, una potencialidad traumática, que trae en sí una potencialidad de desorganización psicosomática, existe a lo largo de toda la vida de cada persona. Traumatismos precoces o más tardíos, puntuales o acumulativos, o, incluso, reactivados de modo inesperado son esos shocks que ponen a prueba la capacidad de las funciones psíquicas para regular la homeostasis del humano.
El traumatismo, desde la perspectiva psicosomática no se define por el tipo o la amplitud de un acontecimiento o situación dada, sino por la gravedad de la desorganización que produce en un individuo determinado. Cuando la tensión interna generada por las excitaciones desencadenadas escapa al tratamiento mental y persiste en cantidad excesiva, corre el riesgo de que una función fisiológica o un sistema funcional se desorganice, después, de acuerdo con Marty (1980), cada función solo puede integrar una cantidad determinada de excitaciones. La resistencia a los impactos desorganizadores dependería de las capacidades defensivas y, a nivel del aparato psíquico, de la funcionalidad de las representaciones mentales disponibles en el preconsciente, de su cantidad y de su calidad y de la fluidez de su circulación entre la conciencia y el inconsciente.
El pensamiento de Marty se apoya en una teoría de la representación que circula en el interior de la primera tópica freudiana, siendo el preconsciente la plataforma giratoria de la economía psíquica, lugar de enriquecimiento recíproco entre las representaciones de cosa y de palabra. Ese presupuesto, que tiene su base en la primera tópica, fue ampliado con la evolución del pensamiento de la Escuela de París, y será desarrollado igualmente más adelante.
Para compensar la insuficiencia de los mecanismos mentales neuróticos, los psicosomatólogos postularon (y eso marca una ruptura con Freud) su sustitución por mecanismos de defensa somáticos, muy arcaicos en el plano evolutivo. Esto se basaría en la noción de una energía común de las funciones psíquicas y las funciones mentales. Marty propuso un principio de equivalencia energética:
…entre la actividad relacional con un objeto exterior, la actividad relacional con la representación (interna) de un objeto exterior; la actividad mental en cuanto tal, intelectual o fantasmática; y la actividad somática perturbada… Es por esto que se puede observar que un problema visceral o muscular puede sustituir la relación del sujeto con una persona significativa (Marty, De M’Uzan, David, 1963).
Desde el punto de vista clínico, ese principio de equivalencia energética entre diversos registros de expresión nos condujo a ampliar la escucha de los contenidos psíquicos -explícitamente formulados y ligados a representaciones- a todas las manifestaciones perceptivas y observables en el cara a cara analítico: mímicas, gesticulaciones, sensorio-motoras, álgicas, neurovegetativas, etc. La captación de la “expresión asociativa” del paciente (designada de esta manera para diferenciarla de la asociación libre) por medio de la “atención flotante perceptiva” del analista (Botella, 2014) abre el campo de las transformaciones del material emergente, inscribiéndolo en una dinámica de figuración y de inteligibilidad. Así, el papel transformador del analista, por medio de su propia capacidad de regresión formal y de restitución progresiva al paciente de los diversos estratos del material, se vuelve central.
Podemos considerar, siguiendo los recientes desarrollos de la Escuela de París, que esa equivalencia energética entre funciones somáticas y funciones psíquicas procede del hecho de que tienen en común su funcionamiento pulsional. Serían las transformaciones cualitativas de la energía pulsional las que conducirían toda la gama de expresiones clínicas, desde las más psíquicas a las más somáticas y comportamentales. Notemos que Freud indica en varios momentos esos movimientos de reparto libidinal que tienen como consecuencia la desaparición de una sintomatología psíquica con la aparición de un estado doloroso o lesión corporal, y viceversa (Freud 1920/1989c, 1924/1992a).
Vemos así, cómo la noción de energía pulsional se delinea en la problemática tratada aquí, y de hecho la cuestión de la pulsión se va colocando en un lugar central en la continuidad de los trabajos de nuestros pioneros. Vamos a intentar ignorar, en algunas palabras, los “avatares” y “destinos” de esa problemática, porque las posiciones divergen y el campo es amplio y complejo.
Pierre Marty era absolutamente monista. Jamás se adhirió al dualismo pulsional propuesto en la segunda teoría freudiana de las pulsiones. Evolucionista, ante todo, concibió la existencia de una energía vital única que alimentaba tanto los instintos como las pulsiones. Para él, el principio evolucionista sería el responsable de la mutación del instinto en pulsión.
Propone un modelo en el que el movimiento energético, en su sentido evolutivo, ganaría cada vez más en calidad libidinal, siendo la organización psíquica edípica en el nivel más alto de este modelo piramidal la tendencia que se inscribe en el movimiento de vida. Ese mismo tronco energético puede tomar un camino contra-evolutivo, regresivo, de desorganización y descalificación libidinal, estando representado su nivel más bajo por los procesos orgánicos letales, inscritos en el movimiento de muerte. Destacamos que en el interior del monismo martyniano están incluidos los dos movimientos de vida y de muerte que recortan el dualismo formado por la pulsión de vida y por la pulsión de muerte, sin que, mientras tanto, este forme parte de su modelo.
Para Smadja (2001b, 2008) que representa hoy, de cierta forma, una nueva tendencia en el pensamiento de la Escuela de París, el monismo psicosomático es indiscutible, aunque debe ser articulado de forma resuelta con el dualismo pulsional. Finalmente, es por medio de la pulsión que “se atan y desatan las ligaduras psicosomáticas”. El cuerpo de la psicosomática queda así redefinido como un cuerpo pulsional, y, en esa lógica, las funciones fisiológicas están sometidas al funcionamiento de las pulsiones. Considerando los escritos de Freud en 1923 en El yo y el Ello, que afirma que “en cada parte de la sustancia viva estarían activas las dos clases de pulsión, …. en una mezcla de proporciones desiguales” (1923), la noción de energética pulsional se complejiza. Partiendo de esa idea, el psicoanalista debe construir su comprensión de los fenómenos psicosomáticos en referencia a los movimientos pulsionales eróticos y/o destructivos en juego en el seno de la organización de su paciente.
Observando entonces que a lo largo del tiempo, la noción económica de “excitación en exceso”, presente en el lenguaje de la psicosomática desde su inicio, para designar el origen de las desorganizaciones, se torna, en el espíritu de los psicosomatólogos contemporáneos, el equivalente a una “desintrincación pulsional”, que trae la marca ya sea de una insuficiencia, de una disminución o de una pérdida de libido, lo que tiene como consecuencia la liberación de la destructividad interna, rompiendo el equilibrio de la unidad psicosomática (M. Aisenstein, 1990).
Así, en las teorizaciones más recientes, el paradigma de la excitación va a dar lugar al paradigma de la pulsión y de su dinamismo.
Me parece evidente que se hace necesario un nuevo retorno al “concepto-límite” entre lo somático y lo psíquico, en este amplio campo que nos ocupa, ya que el trayecto de la pulsión inscribe en el mismo el devenir psicosomático y los fallos en ese trayecto son también los fallos en la ligadura soma-psique.
La definición freudiana de 1932 esclarece de manera precisa su trayectoria psicosomática. “En la pulsión se puede distinguir la fuente, el objeto y la meta: la fuente es un estado de excitación corporal; la meta es la supresión de esta excitación. Es en el camino de la fuente a la meta que la pulsión se vuelve psíquicamente eficiente. Por regla general, en ese trayecto -afirma Freud- se encuentra interpuesto un objeto externo” (1932). En esa definición de 1932, el objeto está situado en el camino de hacerse psíquica la pulsión, entre la fuente corporal y la meta, que es la satisfacción.
Para André Green (1995, 1997), que aportó una gran contribución al pensamiento psicosomático en las últimas décadas, pulsión y objeto forman un par indisociable, una no puede ser concebida sin el otro. Para ella, el objeto forma parte de la estructuración pulsional: ya sea porque falta, modificando seriamente su trayecto o porque es el medio por el cual su meta puede ser alcanzada. El objeto, desde esta perspectiva, es al mismo tiempo el revelador de la pulsión o el agente de la intrincación de las pulsiones. La dinámica objetalización-desobjetalización, sobre la que no puedo extenderme aquí, es el equivalente de la dinámica intrincación-desintrincación pulsional y, a fortiori, de la dinámica organización-desorganización.
En psicosomática, se dibuja a mi entender, una verdadera teoría de la relación de objeto, por medio de la noción de función materna. Creada por Marty para situar la importancia de las interacciones precoces en la construcción de la unidad psicosomática, pero también para designar la base del trabajo del analista en esta clínica, esa noción continuó siendo enriquecida por sus sucesores a lo largo del tiempo.
Es en el meollo de la función materna que los procesos transformadores se producen, permitiendo que, a partir del cuerpo biológico pueda advenir el cuerpo pulsional. La metáfora propuesta por Christophe Dejours (1986), de la rueda que transforma el agua en energía, describe ese proceso de apoyo y transformación del cuerpo biológico en un cuerpo erógeno, y lo que ese autor, prolífico en el campo de la psicosomática, señala es del orden de una subversión libidinal.
