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Encontrar su lugar en el mundo es una necesidad de muchos seres humanos que, conscientes de su libre albedrio, buscan la felicidad en el medio que mejor se adapta a su personalidad o sea el espejo de la fantasía de que existe el lugar ideal para vivir. Los episodios que viven los personajes imaginarios de este libro relatan, a veces con crudeza y otras casi ingenuamente, las interminables formas en que son capaces los individuos de encontrar una vía de escape a lo que su destino les depara. Romper con el determinismo de que todo está escrito es también una forma de forjarse una vida acorde a los deseos más profundos e insondables que alimentan los sueños de los hombres y mujeres cuyas historias transitan por estas páginas. Sumergirse en la lectura de estos relatos llevará al lector, con toda seguridad, a sentirse identificado con algún momento de su vida en que experimentó la necesidad de redirigirla hacia donde presintió era su lugar en el mundo.
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Seitenzahl: 181
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© 2021: Roberto Omar Cirimello
Imagen de portada:Charles Chen on Unsplash
Diseño y maquetación: Martín Cairns
Ediciones LiliumBuenos Aires, Argentina
www.edicioneslilium.com.ar
Nº ISBN: 978-987-8344-50-8
Buenos Aires, Argentina en Mayo de 2021
LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del Autor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Cirimello, Roberto Omar
En busca del destino / Roberto Omar Cirimello. - 1a ed. - Olivos : Lilium, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8344-50-8
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. 3. Microrrelatos. I. Título.
CDD A863
A mi esposa María Teresa que apoya con estoicismo mi aventura literaria
Prólogo
Buscando su destino
Remar en dulce de leche
Con el pie izquierdo
QEPD
Los verdugos invisibles
Los Jacarandás
El desafío
Mi lugar para vivir
El lado oscuro de la conciencia
Crónica de una experiencia atroz
Lo que vino del futuro
Los nómadas digitales
Los mochileros y un hallazgo inesperado
El cuento del tío
El arraigo caracterizó a los pueblos sedentarios desde que sucedieron a los nómadas cuando el alimento dejó de basarse en la caza para hacerlo en la agricultura. Mucho tiempo pasó hasta que las comunicaciones y la globalización del trabajo permitió que los seres humanos calificados, y no tanto, pudieran emigrar, primero dentro de sus países, y luego a otros diferentes a los de su origen.
Siempre me impactó la historia de aquella mujer de un pueblo italiano, que conocí buscando mis raíces, que no solo nunca había salido de su pueblo sino tampoco de la calle en que había nacido. Seguramente no fue la única.
Si bien el sentido del arraigo al terruño tiene connotaciones culturales también hay razones relacionadas con la zona de confort que, aunque no lo supieran en su momento las personas que permanecían, generación tras generación, en sus lugares de origen, influía en su decisión de permanecer allí. Las guerras, las hambrunas, la creciente desigualdad económica de las regiones y países del mundo fueron modificando esa adherencia a la tierra por una migración que produjo un cambio, más que significativo, en la composición étnica de las sociedades modernas.
Los inmigrantes constituyeron una clase social hibrida hasta que sus descendientes “hicieron pie” en el lugar elegido para vivir, tanto cultural como socialmente. Vale la pena decir que, en su gran mayoría, los inmigrantes originales nunca dejaron de ser extranjeros.
Las historias que siguen relatan las vicisitudes de seres humanos que buscaron su destino en un lugar diferente al que nacieron y tuvieron éxito, o no, en esa lucha por superarse y encontrar su lugar en el mundo o, simplemente, sobrevivir. También relata lo que han vivido algunos que encontraron, finalmente, su lugar en el mundo donde nacieron.
Porque de eso se trata este libro de cuentos que espero traslade al lector con elocuencia y precisión a escenarios, tal vez conocidos, que sirven de telón de fondo a ese afán del ser humano de sobrevivir al desafío del destino que le propone la vida.
Ser dueño de su propio destino es un objetivo consciente o inconsciente del ser humano al tomar decisiones que definen el lugar para vivir. Aunque la mayoría lo hace donde nacieron o donde lo llevaron cuando no podía tener opinión para radicarse allí, siempre está presente, aunque sea en el fondo de su corazón, la idea de que hay un lugar en el mundo al que pertenece.
El autor
No existen las coincidencias.
Caminamos cada día, sin darnos cuenta,hacia los lugares y las personasque nos esperan desde siempre.
Alejandra Baldrich
Llegó a Santa Fe en 1959, en uno de esos días en que la siesta es como una antesala del infierno. A decir de mi abuela ni los perros se animaban a salir a la hora de la siesta y las figuras de refracción en el asfalto nos recordaban a esas películas del desierto que, a favor de estas, por lo menos tenían, al final del camino, el premio del oasis. Adentro de un auto estacionado al sol, a la dos de la tarde, una vez medí cincuenta y cuatro grados de temperatura. Nunca lo hice a pesar que probé muchas cosas, pero esa no, la de hacer un huevo frito sobre el asfalto. Un poco por eso de no tirar la comida y otro por respeto al huevo.
Carlos “el Tucu” Baldomero era un tucumano que vino a estudiar Ingeniería Química en una de las dos facultades del país que mayor prestigio tenían en esa época: la de la Universidad Nacional del Litoral. La otra era la de Bahía Blanca, la de la Universidad Nacional del Sur. Por muchas razones se había convertido en un lugar que reunía a muchos estudiantes que venían de distintas provincias del centro, cuyo y norte del país. También vale decir que eran muy pocas las mujeres que, en esa época, estudiaban una carrera técnica. Ya había muchas que apuntaban a la química y la bioquímica, pero una Ingeniería, aunque fuera en química, no era muy elegida por ellas. Esto viene a cuento porque tres chicas en una monada de cincuenta monos en los comienzos de la década de los sesenta eran como una mosca blanca en el harén de Alibaba y los cuarenta ladrones.
Una de ellas, Gabriele Dufau, era de origen francés, no muy agraciada, pero simpática y alegre, sociable y divertida. El Tucu no fue el único que le puso el ojo de entrada, pero fue, como veremos, el único que perseveró en su propósito a pesar de los desaires que Gabriele le hizo en cada uno de los que se le acercaba con fines no académicos. El Tucu era inteligente y después de un par de años de carrera se hizo la fama de buen alumno y consiguió un cargo de Ayudante de Trabajos Prácticos en Química Inorgánica. Esa fama y su disposición, aparentemente desinteresada, hicieron que Gabriele, que no era precisamente rápida para el estudio, los acercó como compañeros de estudio. El Tucu la ayudó en parciales de varias materias lo que permitió que ella, que había empezado un año antes, avanzara en la carrera casi a la par de él.
Algo que no pasaba desapercibido para el Tucu y las compañeras de la residencia donde vivía Gabriele era que cada tres meses, a veces cada seis, desaparecía por una semana. Nadie sabía adónde iba y nunca dejó saber qué hacía en esa semana. Sobre su vida privada sabían que era hija de un matrimonio francés que había emigrado a la Argentina y que al tiempo de estar aquí habían fallecido en un accidente automovilístico. O sea, Gabriele era huérfana y mantuvo en forma muy reservada quien pagaba sus estudios ya que no trabajaba.
En esa época había dos agrupaciones políticas que se disputaban los consejeros para el Consejo Directivo de la Facultad: El Centro de Estudiantes, reformista y el Ateneo, amparado por la Iglesia Católica. Ambas agrupaciones tenían casas donde vivían los alumnos que adherían a cada una de esas agrupaciones. Había para mujeres y para varones. Gabriela vivía en una del Ateneo y el Tucu en una del Centro de Estudiantes. Eso no los separaba porque en realidad Gabriele estaba allí por conveniencia, por la misma razón que fomentaba la amistad con el Tucu.
Todos se encontraban diariamente en el Comedor Universitario que brindaba un excelente servicio de almuerzo y cena a cargo de la Universidad. También lo hacían los de las otras facultades. El Tucu esperaba el momento en que Gabriele llegaba para hacer la cola y se ponía junto a ella. Comían luego en la misma mesa. Poco a poco Gabriele se dio cuenta que no podía seguir beneficiándose de las atenciones y ayudas académicas del Tucu si no cedía a sus deseos. Es apuesto, inteligente y cordial. ¿Por qué no? Pensó Gabriele. Así fue como se formó esta pareja por conveniencia ¿Mutua? Un par de años antes que terminaran la carrera.
Cine, playa, bailes en las casas de estudiantes, y horas de estudio juntos los mantenía en una convivencia “pacífica” si se quiere calificar la pareja de Gabriele y el Tucu. Una vez, en la pieza de él después de hacer el amor, el Tucu se animó a preguntarle adónde iba cada tres meses. El rostro de Gabriele enrojeció pero el Negro no lo pudo ver porque estaban en la oscuridad. Rápida como era le dijo:
—Podes pensar que tengo un novio marino con el que me encuentro cada tres meses cuando viene con su barco a Buenos Aires o, para no ser tan masoquista, que voy a visitar a mi tía Chloé a Paris que tiene cáncer y es quien paga mis estudios desde que murieron mis padres. Tiene una Panadería en Montmartre.
El Tucu pensó en aceptar la primera hipótesis y decirle -¿Y yo qué? pero no valía la pena. Se quedó con la segunda opción que era más amigable para ambos.
Los dos últimos años de Facultad pasaron rápido y, como tenía previsto, Gabriele empezó a preparar su éxodo a Francia, origen de su familia. El Tucu no se enteró casi hasta una semana antes de la partida de esa decisión. Quedó desbastado, pero como era perseverante y estaba enamorado de Gabriele rápidamente empezó a hacer contactos para irse el también.
La partida de Gabriele fue casi una huida ya que no esperaba que el Negro la siguiera. Le dijo que haría un posgrado en la Sorbona y se alojaría en la Residencia del Campus France para estudiantes de Paris. El Tucu sin decirle nada aceleró sus planes de viaje y pensó que le daría la sorpresa al encontrarse en París. En unas semanas tendría todo arreglado para viajar. Esa demostración de su amor superaría su frialdad.
Y así fue, en tres semanas el Tucu llegó a Paris, sin ningún contacto seguro de trabajo ni planes de estudio, solo reencontrarse con Gabriele. Fue directo a una de las Residencias de Campus France, la de Montparnasse. -Aquí no hay ninguna Gabriele Dufau, Messieu. Le dijo el argelino que atendía la recepción. -Puede ser que este en la de Rollin.
Allí fue el Tucu para recibir la misma respuesta, esta vez de un colombiano que, al ver al Tucu tan consternado, le dijo que podía intentar quedarse allí hasta que obtuviera el permiso para iniciar su posgrado si esa era su intención.
—Hay un permiso provisorio por dos semanas para extranjeros que podemos tramitar ya.
El Tucu no lo dudó y aceptó la sugerencia aunque no tenía la menor intención de seguir estudiando. Esas dos semanas le permitirían buscar a Gabriele en otras Residencias privadas para estudiantes, si es que realmente ella estaba alojada en alguna de ellas y ver las posibilidades de trabajo en algo que le interesara. El colombiano era un tipo simpático y amistoso, podría ser un buen contacto en un lugar que no conocía.
Después de intentar infructuosamente de encontrar a Gabriele se dio cuenta que probablemente lo había abandonado ¿Sin miramientos? ¿Y lo que habían vivido? ¿Y si no estaba en Paris? Eso escapaba a sus posibilidades de búsqueda. Podía estar en Lyon o Aviñón, eso sí, debajo del puente.
Conversando con el colombiano que era estudiante de Ingeniería Nuclear le comentó que trabajaba como pasante en el CEA, Commissariat à l’énergie atomique, y que estaban buscando un Ingeniero Químico para el sector de procesamiento de Uranio. Claro, no allí en Paris, pero en su situación no debería tener pretensiones. Era para una planta que está cerca de Aviñón. El Tucu Baldomero no dudó. Al otro día se presentó en las oficinas del CEA en la Rue Leblanc, cerca de Porte de Saint Cloud. Empezó por la recepción explicando en un francés olvidable que venía por un puesto de Ingeniero Químico. La recepcionista simpatizó con él y logró ubicar a través de Recursos Humanos quien buscaba alguien de esa profesión.
Su certificado analítico mostraba un excelente promedio en la Facultad y le tomaron un examen técnico. A la semana lo entrevistaron un psicólogo y alguien de la planta de Tricastin. Todo fue bien. El único problema le dijeron era su francés. Como les interesaba mucho tomarlo le propusieron que haría un curso de inmersión de tres meses para estudiar el idioma en un lugar cercano a Paris y luego empezaría su trabajo en la planta.
—Trés bien, dijo el Tucu, je suisd’accord.
Esta respuesta fue auspiciosa porque fue lo único que había dicho en correcto francés en toda la entrevista.
El lugar donde debía realizar el curso de francés era muy tranquilo, con un entorno de mucha vegetación y los que participaban del curso, doce de distintas nacionalidades, parecían amistosos y cordiales. Además le daban el alojamiento y la comida gratis y un estipendio, inferior al sueldo que tendría en la planta, pero suficiente para su mantenimiento. Si bien esto lo animó para seguir adelante con su aventura europea no podía olvidar el motivo que lo había traído a Francia y a Gabriele. Le costaba aceptar que lo había usado como un osito de peluche y no perdía la esperanza de encontrarla. Usaba los fines de semana para buscar en el centro de Paris, en las Residencias de Estudiantes, si aparecía una Mademoiselle Dufau. Al mes se cansó y le pareció que era tiempo de olvidarse de Gabriele y enfocarse en lo que por ella había encontrado. Las empanadas tucumanas podían pasar a segundo plano lo mismo que el asado y el dulce de leche, junto al recuerdo de Gabriele.
A casi dos meses de haber iniciado el curso hicieron una evaluación y él junto a un Danés llamado Aren Pedersen, su mejor amigo del curso, resultaron con las calificaciones más altas. El Tucu mantenía sus reflejos intactos que lo habían llevado a ser uno de los mejores alumnos de su camada en la Facultad de Química en Santa Fe. Los alumnos del curso pertenecían a distintas organizaciones y entre ellos había una italiana llamada Nina Galuso. La había enviado la Montecatini para hacer una especialización en la Sorbona en bioingeniería. Era muy inteligente y divertida y se había ganado la simpatía de la mayoría de sus compañeros. El Tucu con su experiencia aun no digerida le escapó de entrada pero no así Aren, su amigo, quien no solo se acercó a Nina sino que finalmente la conquistó. Los tres se hicieron amigos y el Tucu le conto su fracaso sentimental con Gabriele. Nina le sugirió que tratara de recordar si Gabriele le había dado alguna pista sobre sus parientes en Francia. ¿Por qué debía pensar que Gabriele lo había usado? ¿Y si en realidad no encontró lugar en las Residencias y se alojó en la casa de algún pariente? Lo que para el Tucu estaba sepultado renació como un zombi y lo persiguió varios días.
Una de esas noches que no podía dormir recordó la vez que Gabriele le había contado que una alternativa de su desaparición trimestral era para visitar a la tía Chloé que vivía en Paris, que tenía una panadería en Montmartre. Al día siguiente, sábado, fue a recorrer las calles de Montmartre para ver si encontraba esa panadería. Después de una hora de caminata se sorprendió al ver en la calle de enfrente por donde caminaba un negocio que decía: Boulangerie Chloé. No dudó en cruzar la calle y entrar. Preguntó por la dueña.
—Madame Chloé murió hace dos años, señor. Su hija es ahora la dueña.
—¿Podría hablar con ella?
—Sí señor, ¿Quién es Ud.?
—Mi nombre es Carlos Baldomero, he sido compañero de estudios de Gabriele Dufau, prima de la actual dueña ¿creo? Por casualidad ¿No vive aquí?
—Ah, sí, Gabriele. Ella vino hace unas semanas, estuvo parando aquí hasta que su novio, el marino alemán, la vino a buscar y se fueron a vivir a Alemania. Espere que llame a Annette, su prima.
—No, por favor no hace falta, dígale que estuvo un amigo de Gabriele solamente, no la moleste. Le estoy muy agradecido por su amabilidad. —Le extendió la mano como se estila en Francia y se fue.
Salió a la calle y siguió caminando en subida, hacia la basílica del Sacré Cœur. Iba como un autómata y se perdió los pintorescos negocios de souvenirs que había en ese recorrido. Llegó al funicular que lo llevaba hasta la parte superior de la colina. Una vez allí se paró en la escalinata de la basílica y se quedó pensativo, casi perplejo, mirando hacia el Paris que estaba a sus pies.
Como una película le pasó en su mente todo lo vivido con Gabriele en Santa Fe, su partida, su propio viaje y las circunstancias que lo colocaban ahora al borde de iniciar una vida en un país que hacía tres meses ni idea había pensado para vivir. Tenía ante sí lo que le esperaba en la planta de Tricastin, en el valle del Ródano, era joven y podía forjarse un porvenir allí. Pensó que el destino era algo a lo que no se podía escapar, eso sí ni loco se enamoraría otra vez de una francesa, elegiría una africana que a decir de sus compañeros de francés son fieles, honestas y leales.
“La realidad no es lo que nos sucede,sino lo que hacemos con lo que nos sucede.”
Aldous Huxley
La vida es fácil para muy pocos si consideramos la población total de una ciudad, de un país, del mundo. La mayoría de los mortales debemos enfrentar situaciones que demandan esfuerzo y tiempo para solucionarlas. Los más afortunados tenemos los recursos anímicos, físicos y materiales para sobrellevarlos. Pero hay numerosas historias de vidas muy duras y tristes.
En nuestro país la expresión “remar en dulce de leche” significa lo que está pasando alguien que enfrenta circunstancias difíciles en su vida, que puede ser pasajera o que dura toda la vida. De eso trata este relato que, me apresuro a decir, es pura ficción, a pesar que puede reflejar una historia real de tantas que ocurren sobre la faz de la tierra.
Darío “el mono” Benítez nació en Aguas Blancas, un caserío cercano a La Banda, Santiago del Estero, que no llegaba al estatus de pueblo. El rancho en el que vivía estaba rodeado de espinillos y cerca había chañares, guayacanes, mistoles, algún que otro algarrobo y un quebracho colorado. Era el octavo hijo de una familia de diez. Todos trabajaban en el monte, hachando quebrachos, lapachos y algarrobos.
Todas las noches, desde los diez años, Darío pensaba en el momento de irse de ese lugar, mientras contaba las vinchucas del techo. Asistió a la escuela hasta tercer grado y un maestro que vino de Buenos Aires les contó cómo era la ciudad, la gran ciudad y Darío quedó fascinado. Cuando terminó el tercer grado el padre lo llevó a trabajar al monte con sus hermanos mayores. No había lugar ni tiempo para la escuela. El apodo de “el mono” vino de su habilidad para subirse a los árboles para cortar las ramas con un machete que manejaba con destreza. Muchos pensaban que venía por su aspecto, morocho, orejudo y estatura mediana. Su vida era miserable, en el sentido literal de la palabra, viviendo en una pobreza extrema. Esa vida lo hizo taciturno, antisocial y nada comunicativo. Las únicas relaciones eran con sus hermanos y un vecino, de su misma edad, con el que fue compañero de escuela, ámbito que lo marcaría para siempre, porque fue la época más feliz de su vida, o sea tres años de los dieciséis que tenía ahora.
Vale decir que Darío, como toda su familia, solo tomaba un mate cocido, aguado, hecho con yerba secada al sol, con un pedazo de pan como desayuno y comían una vez al día a las seis de la tarde al volver del monte.
Darío era diferente a sus hermanos. Su madre lo sabía, por intuición. Era sensible y pensante. Nada que ver con la vida instintiva, visceral, casi animal del monte y su entorno. Tarde o temprano Darío buscaría otro destino. A su madre le molestaba que lo llamaran el mono porque Darío era lo menos parecido a un animal que pudiera existir.
Cuando cumplió los dieciséis años apareció un camionero, don Manuel, para transportar la madera que ellos talaban. Entabló con él lo que podría llamarse una amistad pensando en la dificultad de Darío para relacionarse. Además de saludarse, cada vez que venía, hablaban del viaje, del camión, de la rutina de manejar tantos kilómetros. Un día don Manuel lo invitó a subirse al camión y manejarlo unos cien metros. Para Darío fue como tocar el cielo con las manos. Eso se repitió durante un año, al extremo que al final de ese periodo Dario podía manejar el camión como un experto conductor.
En ese tiempo, Darío pudo expresarle a don Manuel sus deseos de irse para Buenos Aires. ¿Acaso él lo llevaría? -¿Qué querés que tu padre me mate? Allí quedó la conversación. Pero la decisión estaba tomada y en el viaje siguiente Darío, que tenía todo planeado, se subió al acoplado en el preciso momento que arrancaba para iniciar su viaje sin que nadie lo notara, ni siquiera don Manuel. Llevaba un sucio bolso con un par de zapatillas gastadas, un pantalón, una camisa raída y un suéter de lana. También llevó una hogaza del pan que amasaba su madre, queso de cabra, un salamín y una botella con agua.
