La vida es otra cosa - Roberto Omar Cirimello - E-Book

La vida es otra cosa E-Book

Roberto Omar Cirimello

0,0

Beschreibung

Este relato trata de mostrar el derrotero de una vida intensa, de un hombre que persigue un horizonte inexistente, un lugar donde hacer pie y perseverar en una vida de familia que no es lo suyo, constituye un esfuerzo dificil de plasmar en palabras que no siempre son capaces de expresar los sentimientos de los protagonistas.  Queda flotando en la atmósfera de esta historia un mensaje de fe y respeto por aquellos que, al tratar de salir de una rutina soporífera y casi anestésica, se estrellan una y otra vez con la realidad de lugares y gentes con idiosincrasias antagónicas y conflictivas.  Cada episodio de la vida de Juan es un hecho vital en sí mismo que refleja la lucha por conquistar el espacio que acoja su sueño de libertad y, a la vez, de compromiso con sus relaciones, aunque no sea la razón principal de su existencia.  Los lectores que se sumerjan en esta historia encontraran un paralelo con los sueños que alentaron su vida, aunque hayan sido en otras circunstancias, en otros escenarios y en un tiempo diferente.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 236

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



La vida es otra cosa

La vida es otra cosa

Roberto Omar Cirimello

LA VIDA ES OTRA COSA

© 2023: Roberto Omar Cirimello

Diseño y Maquetación Martín Cairns

Ediciones LiliumBuenos Aires, Argentina

www.edicioneslilium.com.ar

[email protected]

Nº ISBN: 978-631-6521-27-9

Buenos Aires, Argentina en Mayo 2024

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del Autor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Cirimello, Roberto Omar

La vida es otra cosa / Roberto Omar Cirimello. - 1a ed - Olivos : Lilium, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6521-27-9

1. Identidad Personal. 2. Relaciones Familiares. I. Título.

CDD A863

Contenido

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Lista de páginas

1

3

4

5

7

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

40

41

43

44

45

47

48

49

50

51

53

54

55

56

57

59

60

61

62

63

65

66

67

68

69

70

71

72

73

74

75

76

77

78

79

80

81

82

83

84

85

86

87

88

89

90

91

93

94

95

96

97

98

99

100

101

102

103

104

105

106

107

108

109

111

112

113

114

115

116

117

118

119

120

121

122

123

125

126

127

128

129

130

131

132

133

134

135

136

137

138

139

140

141

142

143

144

145

146

147

148

149

150

151

152

153

154

155

156

157

158

159

160

161

162

163

164

165

166

167

168

169

171

172

173

174

Puntos de referencia

Portada

Portadilla

Prólogo

Prólogo

“El ser humano se autorrealiza en la mismamedida en que se compromete con el cumplimiento del sentido de su vida”

Viktor Frankl

Muchos seres humanos por necesidad, por guerras, por la búsqueda de un lugar en el mundo que le ofrezca una vida más placentera que la de su lugar de origen, parten hacia un destino desconocido. En el fondo se trata de encontrar “su” lugar en el mundo, el que cree que se merece, el que se adapte a su personalidad y aspiraciones. Muchos salen disparados del lugar en que nacieron expulsados como la bala de un cañón y caen más allá de donde pensaban llegar.

Encontrarse a sí mismo es uno de los desafíos más extremos que enfrenta el ser humano y pocos los logran. La mayoría se asimila a lo que las circunstancias o las condiciones de ese lugar le imponen y no logran la paz, la armonía y la felicidad que anhelaban. Si bien puede parecer una verdad de Perogrullo, encontrarse a sí mismo, no pasa por lo externo, por el escenario en que se desarrolla nuestra vida. Puede ayudar, puede ser un catalizador del camino hacia nuestro interior, pero no lo es todo. Aun místicos relevantes han reconocido al final de la vida que todo su esfuerzo por encontrar la armonía con lo divino se estrelló contra la naturaleza humana en el momento de la muerte. Sin embargo, lo más importante de este relato está en el esfuerzo del protagonista por ser él mismo hasta el mismísimo final. En realidad, todo se trata de encontrar el sentido de la vida y ser fiel a ese mandato.

Este es un tributo a todos los que no escatiman esfuerzos por buscar su destino, aunque eso los lleve a romper, una y otra vez, con los mandatos que la vida le impone.

El Autor

Capítulo 1

Juan Domingo Sandoval era un muchacho de barrio en un pueblo como tantos del interior de la Argentina. Como cualquiera como él, de esos que, de tanto parecerse, podrían ser de la misma familia, estaba orgulloso de haber nacido allí, de ser;pergaminense,;bonaerense. No se iría nunca a otro lugar, allí nació, pasó su infancia, su adolescencia;y empezaba a transitar su juventud. Alumno de la escuela primaria Nº 64;y ahora flamante técnico mecánico egresado de la escuela industrial Nº 1 “Bartolomé Mitre”.

De la primaria solo se acordaba que lo trataban como a un alfeñique porque era flacucho, tímido e inocente. Nunca se destacó, aunque era buen alumno, con inquietud por lo que aprendía en la escuela. Hasta allí, nada especial. Pasaba de grado sin problemas y no le gustaba participar de los actos. Subir al escenario hubiese sido una pesadilla. Solo colaboraba en la organización. Cantaba el himno y la canción de la bandera con pasión, como le habían enseñado porque era por la Patria, según le había inculcado la maestra.

Esa etapa de su vida, su infancia, estuvo plagada de hechos insólitos que hicieron que la recordara como una infancia feliz. Cuando robaba mandarinas a la siesta y don Carmelo, el dueño de la casa, los perseguía sin compasión, o cuando le cortaron la cola al gato de doña Ernestina, o cuando la vieja de la casa tétrica les devolvía la pelota pinchada cuando caía en su patio siniestro. Esa infancia terminó cuando se le ocurrió correr en los cien metros de los campeonatos Evita y salió tercero, cómodo, a quince metros del segundo. Vale decir que eran tres los que corrían.

En la secundaria todo empezó igual. Aún usaba pantalones cortos como solo dos o tres más del curso. Era el “punto” para las cargadas que empezaron al segundo día de clases. Por suerte para él duró poco porque cuando terminó el primer trimestre y salió al primer recreo, lo señalaban como a un bicho raro:

— Ese es, decían,;es ese.

Juan decidió cortar por lo sano. No pasaría otros seis años como los que vivió en la primaria. Se encaminó a la dirección donde estaba el único celador de la escuela con la idea de quejarse por las cargadas. Al llegar había tres o cuatro chicos observando un cuadro que colgaba en la puerta de entrada a las oficinas:

CUADRO DE HONORPrimer trimestre 1954Juan Domingo Sandoval

No entendía nada. ¿Qué era eso? ¿Qué había hecho para que su nombre estuviera allí? Mientras pensaba, un par de compañeros de su curso pasaron a su lado y le dijeron: tragón. No alcanzó a reaccionar porque en ese momento salió el celador, un hombre maduro que, dándole una palmada en su hombro, le dijo:

— Bien pibe, seguí así. Sacaste más de 7 en todas las materias.

De allí en adelante su paso por el primer año de secundaria fue llano y sin sobresaltos. Se acordaba de la profesora de historia, una jovencita de no más de diecinueve años que muchos de sus compañeros miraban con ojos depredadores. Pero él no, él tenía doce años que lo mantenían más cerca de la niñez que de la pubertad.

Cuando empezó el segundo era el único del curso que aún tenía pantalones cortos y los compañeros lo cargaban diciéndole que los gatos le comerían las bolas. Con temor, por si se enojaba, se lo contó a su padre. En ese momento nada le dijo. Don Anselmo era un hombre de pocas palabras, nada afectivo pero consciente de sus deberes de padre. Por eso, contrariamente a lo que Juan pensaba, en unas semanas tenía pantalones largos para la escuela y un traje con saco cruzado, camisa y corbata. A los trece años lo estrenó un domingo yendo a la matiné del cine Pergamino a ver tres películas. De ese año también se acordaba de las clases de religión y cuando el cura les preguntó que era la fe él, con una libertad envidiable, le contestó que era como ir a ver a Douglas High todos los domingos a pesar que sabían que siempre perdía.

¿Y en tercer año? Si, se acordaba que lo llamaban “Ñaró”. En dibujo técnico le salían las letras mayúsculas un tanto rusticas. En esa época había una tienda en Buenos Aires que vendía trajes de hombres a medida, de Suixtil. Su emblema era un indio llamado Ñaró y su escritura eras como ramas de árboles, de allí su sobrenombre.

Todo se sucedía como una película en cámara rápida, el cuadro de honor en todos los trimestres, compartido con otros, no muchos, el taller, que era un oasis, sobre todo a la hora del único recreo donde tomaban mate cocido con galletas.

Los tres años siguientes fueron diferentes. Eran de noche. Iba en bicicleta, llegaba a su casa casi a media noche. Siempre lo esperaba un plato de milanesas, frías, con un pan francés y mostaza. Nunca su madre o su hermana lo esperaban. De eso se acordaba. Nada más. Aunque si, había otra cosa. No fue más a clases de taller porque empezó a trabajar de mañana en un taller mecánico. Con un certificado del dueño lo eximían de ir a las clases de taller en la escuela. Ah… y también se acordó cuando el profesor de Termodinámica de 5° año los llevó a conocer el Congreso en la mismísima Buenos Aires, la Capital, como la llamaban en el pueblo.

Diciembre del 60 y Juan Domingo Sandoval con el Título de Técnico Mecánico debajo del brazo caminaba por Av. de Mayo, la de Pergamino, rumbo a su casa. Con su mente ocupada en los hechos más sobresalientes de los últimos seis años. ¿Y ahora qué?

Caminaba despacio, sin apuro, casi saboreando el momento que vivía después del esfuerzo de los últimos tres años, que le pesaban como si los hubiese transitado remando en dulce de leche. Como esos episodios que había visto repetidos en las películas del cine Pergamino. Ese que;había acogido al grupo del 5° año del industrial varias veces en las ratas que se hacían cuando llovía, excusa vana pero válida para no tener amonestaciones colectivas. Escenas de la película Casablanca en la que mostraban a Humphrey Bogart en la barra de un bar, fumando un cigarrillo negro y tomando un whisky. Para Juan el cigarrillo era un Saratoga y el whisky su título bajo el brazo.

Sumido en estos pensamientos llegó a su casa y cuando entró le mostró el título a su madre, Doña Celina, y, abrazándola, se largó a llorar. Su madre no entendía nada.

— ¿Que te pasó?

A su lado una tía comprensiva y más serena le dijo a su hermana:

— Está emocionado. Es una descarga de años de esfuerzo. Nada más.

Esa noche en la cena familiar, comieron milanesas, recién hechas, con puré después de una tarta de verduras. Tomaron vino tinto, Gargantini, preferido de su padre, y de postre melón.

Al día siguiente, como siempre, fue al taller y, como si nada hubiera pasado, estuvo casi toda la mañana torneando bujes de bronce. Regresó a su casa,;almorzó y durmió la siesta. A la noche fue a visitar a su novia y mientras aceptaba las felicitaciones de los padres de Leticia, se dio cuenta que en un par de años debería ir pensando en formar una familia. Tan apurado estaba por ser adulto que se estaba olvidando de vivir la juventud, esa que había leído le llamaban divino tesoro. Así que, mientras volvía a su casa, en un rapto de realismo, pensó que faltaba mucho para formalizar con Leticia. Al fin y al cabo, su amigo Cacho, tal vez el único, dos años mayor que él, hacía cuatro años que estaba de novio y ni miras de casarse.

A los dieciocho años tenía tiempo de forjarse un futuro, no pensaba en seguir estudiando, pondría su propio taller y seguiría su vida allí como siempre había soñado.;Juan aún no había experimentado eso de que el hombre es él y sus circunstancias. Al día siguiente, cuando llegó al taller donde trabajaba y empezó a tornear bujes de bronce, se le acercó un hombre que siempre iba de visita, tomaba mates con los dueños y hablaban de la vida. Era profesor de la Universidad Tecnológica de San Nicolás.

— Buen día Juan. Me han dicho que terminaste el Industrial y tenés el título de Técnico Mecánico. ¿No pensás en seguir estudiando en la Universidad?

— ¿Y para qué? ¿Si estoy bien así? Ahorraré un par de años mientras compro lo necesario para poner un taller propio en el fondo de la casa de mis padres y así podré vivir.

Don Manuel Ordoñez era un hombre sereno y convincente. Con paciencia pasó su brazo por los hombros de Juan Martín y le dijo:

— Mirá Juan, sos un muchacho inteligente, aun no has empezado a vivir y tenés un futuro hermoso por delante. Hoy no tenés demasiadas necesidades. Has vivido siempre en la casa de tus padres y con tu trabajo te comprás ropa y pagas tus salidas de los sábados. Cuando tengas una familia esos gastos se multiplica por cinco o por diez. Además, te pregunto: ¿Si estuvieras en el borde de un precipicio y se empieza a desmoronar el piso y tenés que saltar hacia atrás para salvarte de caer, lo haces un metro o todo lo que te da tus fuerzas para alejarte lo máximo posible del borde?

— Lo de la familia lo entiendo Don Manuel, pero lo del precipicio no.

— Claro, mientras tengas la fuerza y la capacidad necesaria tenés que avanzar todo lo posible y adquirir todos los conocimientos que puedas para enfrentar la vida. No sabemos lo que puede venir. El mundo cambia aun aquí en nuestro Pergamino. Tenés que tener las herramientas para enfrentar lo imponderable.

— ¿Y según Ud. qué debo hacer?

— Seguir estudiando Juan, seguir estudiando. No es lo mismo ser Técnico que Ingeniero Mecánico.

— Pero yo ni mi familia tenemos los medios para ir a estudiar Ingeniería, aunque sea a Rosario, ni que hablar a Buenos Aires.

— Juan, aquí cerca, en San Nicolás, a no más de sesenta kilómetros está la Universidad Tecnológica, donde yo doy clases. Las clases son de noche igual que los últimos tres años que hiciste en el Industrial. Hasta podrás seguir trabajando aquí unas seis horas y viajar todos los días una hora de ida y una de vuelta. Cuando te des cuenta te habrás recibido y tendrás un horizonte más amplio que el que tenés hoy.

Juan quedó pensativo y vio como Don Manuel Ordoñez se alejaba rumbo a la puerta de salida. Había plantado la semilla de la duda y ésta ya estaba germinando en su cabeza.

Capítulo 2

Esa noche Juan no pudo dormir. Por un lado, maldecía a Don Manuel Ordoñez y por otro reconocía que había algo de razón en sus palabras. Por primera vez tenía que decidir algo sustancial para su vida y estaba seguro que no hubiese querido estar en esa disyuntiva. ¿Y lo del precipicio? ¿Si él nunca se arriesgaba a nada peligroso? Nunca se había emborrachado y cuando pudo tener una moto no se la había comprado por lo peligrosa que eran, bueno y porque en realidad no le alcanzaba la plata. ¿No era algo contradictorio? El esfuerzo de viajar sesenta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta durante cinco años ¿Justificaba tener un título de ingeniero? Es cierto que seguramente tendría un mejor sueldo, si es que trabajaba en una empresa o en la siderúrgica, pero también tendría más responsabilidad. Su cabeza era un torbellino de preguntas sin respuestas. Además, a Leticia la vería los fines de semana porque tendría que irse a San Nicolás después de salir del taller y volvería a la media noche, todos los días de la semana. ¿Y las milanesas frías? ¿Otra vez tendría que comer esas suelas empanadas con mostaza a su regreso? Por otra parte, de ingeniero en Pergamino tenía pocas posibilidades de ganar más que con el taller mecánico propio. ¿Y la colimba? Si tenía que hacer el servicio militar perdería un año de estudio y en lugar de cinco serian seis los años que le llevaría la carrera. Cuando se dio cuenta un hilo de luz se filtró por la persiana de la ventana de su pieza. Estaba amaneciendo y ya era hora de levantarse.

Una ducha lo reanimó y el café con leche y el pan tostado con manteca y azúcar que su madre le preparó mejoró su ánimo como para empezar el día de trabajo en el taller.

Ese día no tuvo que tornear bujes de bronce como casi todos los días. Le tocó hacer el mantenimiento de motores porque el que siempre lo hacía estaba enfermo. Esa tarea no le permitía pensar como lo hacía mientras estaba en el torno. Casi una hora antes de terminar su turno tuvo un respiro y una idea le llegó como una iluminada respuesta a las cavilaciones de la noche. Nada le impedía averiguar cómo era eso de la carrera en la Universidad Tecnológica y con la información necesaria podría tomar una decisión más racional.

Se lavó y cambió como siempre y en lugar de volver a su casa pasó por la escuela Industrial y solicitó un Certificado Analítico de estudios. Sabía que lo necesitaría si se anotaba en la Universidad. — En dos días lo tendrás Juan — le dijo Porota, la secretaria que lo conocía de sus largos seis años de paso por la escuela. Nada dijo en su casa ni a Leticia esa noche. Martes, jueves y sábados y algunos domingos al medio día, si lo invitaban, eran los días formales de visita. Claro que muchas veces los lunes o miércoles también se encontraban, por casualidad, en el almacén de Don Manolo.

A los dos días, cuando salió del trabajo, pasó por la escuela y ya estaba el Certificado. Le hicieron firmar que lo había recibido.

— ¿Vas a seguir estudiando, Juan? Le preguntó la Porota.

— No lo sé, pero siempre es útil tener este documento.

De regreso a su casa pasó por lo del Cacho y le contó sus dudas. Al principio no le sirvió de mucho porque su amigo trabajaba en la Cerealera y como solo había terminado la primaria ni por asomo pensaba en irse a otro lugar.

— ¿San Nicolás? Es un embole. ¿Vas a viajar todos los días o te mudas allá?

— Es una hora de viaje, Cacho, las clases son de noche, igual que en el Industrial. Además, necesito trabajar, sino de donde saco la plata para vivir. El viejo se está por jubilar y ni pensar en aguantarme seis años en casa. Algún día tengo que despegar.

— Y, sí. Sabes que yo no tuve la decisión de hacer la secundaria, ni siquiera la de Artes y Oficios, y ves como estoy hoy. No me puedo quejar porque mi trabajo me da para vivir, pero la vieja de Camila ya me mira feo y está esperando que deje de calentar sillas. Y no sé si me alcanzará para una familia. Para dos seguros, pero ¿Una familia?

— Por eso mi idea era poner el taller propio. La Cerealera es un buen lugar, pero un día la venden, los nuevos dueños piensan que no deja buenas ganancias y rajan hasta al perro del guardia. ¡No sé qué hacer Cacho!

— ¿Porque no probas? Sos joven, tenés trabajo y si te pudrís de ir y venir o no te va bien con lo que tenés que estudiar lo dejas y chau. Además, está la colimba de por medio. Ahí vas a tener que dejar de trabajar y estudiar. Si cuando la terminas seguís con ganas es porque es lo tuyo. A mí me parece.

— Sabes que tenés razón. Sos un capo Cacho. Mañana me voy a San Nicolás a ver como es el tema para anotarme y como me va con el viaje.

Al día siguiente Juan se vistió más formal que de costumbre para ir al Taller. Su madre ni lo notó ocupada en las tareas que tendría en el día y porque su vida transcurría en una rutina poco estimulante. Lo único que le interesaba de su hijo era que encontrara un rumbo y, si fuera posible, encontrara la forma de irse a vivir a su propia casa con Leticia. Después del desayuno saludó y dijo que volvería tarde a la noche. Que no estaría para la cena.

Trabajó con cierta ansiedad ese día, tanto que arruinó un par de bujes porque le entró fuerte con la herramienta que produjo una fisura. Al medio día como siempre comió los sándwiches que llevaba y siguió trabajando hasta las cuatro de la tarde. Se cambió y salió rumbo a la Terminal de Ómnibus. A las cinco y media pasó el ómnibus que lo llevaría a San Nicolás. Llegó a las seis y cuarenta y en diez minutos estuvo en la Tecnológica. Fue a la secretaría y les dijo que deseaba estudiar Ingeniería Mecánica. Le dieron una copia del plan de estudios y le explicaron que el primer año tendría cinco materias anuales: Matemáticas I, Física I, Metalurgia, Dibujo Técnico e Historia de la Ciencia. Podía elegir en tener clases los lunes, martes, jueves y viernes o lunes, miércoles, jueves y sábados, o sea cuatro veces por semana. Tenía que cumplir con el ochenta por ciento de asistencia para que fuera considerado como alumno regular. Si aprobaba todos los parciales promocionaba las materias y si fallaba en dos o más debía rendirla a fin de año. Con esa información se retiró de la ventanilla y se sentó en unas sillas que había en el hall. Releyó con detalle lo que le habían dado y pensó que cuatro días era menos de los cinco por semana que pensaba tendría que viajar. Es como cuando pensás en comprar algo que vale cien y te dicen ochenta. Se levantó y decidido se presentó en la ventanilla, llenó el formulario de ingreso y entregó el Certificado Analítico de estudios. Lo hicieron volver en media hora. Le dijeron que estaba ya anotado, que las clases empezaban el quince de marzo y le entregaron una libreta de estudiante en la que había lugar para anotar las veinticinco materias que tendría que cursar en los cinco años de estudio. La elección de los días que asistiría la debería hacer en la primera quincena de marzo.

Juan quedó sorprendido por lo rápido que fue ese trámite, bajó al comedor que había en el edificio de la Universidad y pidió una costeleta con papas fritas. La ocasión merecía la pena y tomó una Coca. De regreso en el ómnibus sentía que empezaba una nueva vida. ¿Qué le dirían en su casa? ¿Qué pensaría Leticia? Bueno eso se vería después. Se durmió el resto del viaje hasta que el sacudón del ómnibus al entrar a la Terminal de Pergamino lo despertó.

Capítulo 3

Esos meses de verano fueron diferentes a todos los vividos antes. Una ansiedad especial lo asaltaba cada mañana que Juan despertaba y se disponía a partir para su trabajo en el taller. Era una sensación extraña, nueva, diferente. Debería relacionarse con nuevos compañeros de estudio, conocería a personas que viajaban en el ómnibus de ida y vuelta a San Nicolás, cenaría en la cantina de la Universidad quien sabe con qué personas que harían lo mismo que él. Se consideraba educado y respetuoso, pero no era afecto a las relaciones circunstanciales y menos a aquellas que lo llevaran a un vínculo duradero. Consideraba un verdadero desafío a la etapa de su vida que emprendería en marzo próximo.

Como si quisiera compensar el tiempo que le restaría a estar con Leticia a partir de marzo, la visitaba todos los días a pesar de las caras de desagrado de sus padres que eran muy formales y religiosos. Leticia no. Ella, a diferencia de Juan, había transitado la adolescencia con las rebeldías propias de esa edad y, por las dudas, se oponía a todas las convenciones que le querían imponer sus progenitores. Juan, en cambio, no había sido un adolescente de libro. Su trabajo, la escuela y la relación con sus padres y su novia fue adulta en toda la extensión de la palabra. Por ello, lo que venía, no le asustaba como parte de una juventud adulta, por definirla de alguna manera, sino por lo nuevo, el cambio, lo desconocido.

Etapa política de la Revolución Libertadora que no lo hubiera afectado tanto si no fuera porque su padre era peronista confeso y había militado en el sindicato de la Cerealera. Como estaba por jubilarse era inofensivo para los que apoyaban ese gobierno de facto y lo dejaron tranquilo. Sin embargo, en la casa, en las cenas, era una diatriba permanente que terminaba siempre con una crítica al General por haberse “rajado” a Venezuela y luego a España.

— Tendría que haberse quedado, como tuvimos que hacerlo nosotros, que no tenemos ninguna posibilidad de escapar al yugo de los milicos. Como hacen los capitanes de los barcos que se hunden con la nave y no decir que soldado que huye sirve para otra guerra. ¿Vos crees que Evita se hubiese ido si viviera?

Don Anselmo repetía lo mismo, como una letanía, una y otra vez, en su casa y en el café, cuando una vez por semana se encontraba con los compañeros ya entrados en años y sin resto para luchar. En el fondo era la desazón de quien entregó un tiempo valioso de su vida a una causa y se sentía traicionado y hasta arrepentido, aunque no lo decía. Juan lo escuchaba con asombro y sin juzgarlo porque siempre había estado ajeno a lo que su padre había hecho fuera de su casa. Ahora le tocaba a él enfrentar una etapa de su vida que lo prepararía para la lucha por un lugar en el concierto de esa sociedad que se le presentaba desdibujada y de dudoso futuro. Para Juan no existían los grises, era blanco o negro. Aprendería rápidamente que los grises dominaban la paleta de colores del escenario al que se enfrentaba.

Como si tomara impulso para lo que venía empezó a leer. Cortázar, Sábato, Sartre, Camus, pasaron por su interesado escrutinio, vislumbrando el advenimiento de una década que se avecinaba glamorosa por los cambios que se veían venir. No importa que fuera en otros lugares, su Pergamino natal también se vería afectado por esa bola de nieve que asomaba en el horizonte. Estaba cargando las pilas para no verse desubicado cuando tuviera que opinar en los encuentros estudiantiles. Con el Cacho no podía hablar de esas cosas y con Leticia, que aún estaba en la rebeldía pos adolescente, tampoco. Una vez intentó conversar sobre ello con su padre y solo recibió una versión oscura y pesimista del futuro por la falta de coherencia de los lideres, empezando por el General. Para él no existía otra cosa. Ya se estaba jubilando, en todo sentido.