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En el balcón de mi mente es una recopilación de poemas escritos a lo largo de mi vida. Es solo una colección de todos los pequeños pensamientos que me han acompañado en las horas más íntimas de mi existencia. Algunos los he compartido, otros han quedado en silencio. Algunos más fueron arrebatos del momento. Sin estilo alguno, solo pensamientos pero que sin duda expresan lo que soy. Se incluyen también al azar cartas escritas a seres queridos y aunque poco puedan importar, su contenido refleja estados de ánimo que, sin duda, pueden ser útiles como palabras que se necesitan oír. Las palabras son sonidos que se reflejan en nuestro entorno. Pero pocas veces son escuchadas, mucho menos entendidas. Todas llevan un mensaje porque nacen de un pensamiento. Comparto esta obra que refleja eso precisamente. Los desvaríos de mi mente.
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Seitenzahl: 83
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Rubén Francisco Torres Méndez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-451-4
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PRÓLOGO
La vida está hecha de instantes, fue el punto al que llegamos el autor de esta obra y su servidora en una conversación cotidiana hace algunos años. Después de más de tres décadas de conocerlo y saberlo una persona de muy alta sensibilidad y encanto por la escritura, ahora Rubén Torres me sorprende y me halaga con la invitación a prologar su obra, un fabuloso compendio cuyo título me parece extraordinario para describir los manuscritos que ha hecho en diferentes etapas de su vida y que ahora son una colección de instantes publicados convertidos en legado.
En el balcón de mi mente, Ideas y desvaríos…y tal vez algún poema; en verso o prosa nos deja asomarnos a los más recónditos sentimientos atrapados en su alma y en su corazón, un corazón herido desde su infancia pero que siempre ha salido avante y fortalecido por la inmensa Fe en su creador, que también nos deja apreciar entre sus líneas. Ciertamente Rubén es un hombre de Fe que se aferra aguerrido a encontrar y defender el amor, ese que quizá le hizo falta de niño y que sublimemente deja descubierto a leer la melancolía, confusión e incertidumbre que deja de manifiesto en algunos de sus relatos.
En sus «desvaríos», como él mismo les llama, aborda variados y cotidianos temas: el amor, su amor, la amistad, la naturaleza, la música, la patria, la caridad, la muerte, una madre, la navidad o hasta un evento social familiar, y en todos hay una constante… la inspiración, la esperanza, un suspiro, la ilusión, un sueño, una añoranza. Sin escatimar en el lenguaje, pasa de la melancolía, el miedo, la agonía, la confusión, las heridas, la incertidumbre, el adiós, la despedida a enaltecer los valores humanos más puros. De esta forma, antagónico a los más estremecedores sentimientos, resalta la luz, el calor del sol, el brillo de las estrellas, la caricia del viento y máxime el amor en todas sus expresiones.
Citando al legendario Gabriel García Márquez en alguno de sus prólogos que leí: «Me parece bastante digno para ser publicado» felicito al autor por no solo atesorar para sí mismo los instantes que han dado forma a su vida y compartirlos con los lectores, a quienes les deseo que como yo, disfruten de la lectura, que se recreen y se puedan mirar en El balcón de mi mente… que seguramente tiene mucho de sus más profundos sentimientos propios.
Fabiola Meléndez
Presentación
A lo largo de mi vida he escrito lo que mi corazón me dicta.
Esto es solo una recopilación de todos los pequeños pensamientos que me han acompañado en las horas más íntimas de mi existencia. Algunos los he compartido, otros han quedado en silencio. Algunos más fueron arrebatos del momento. Sin estilo alguno, solo pensamientos, pero que sin duda expresan lo que soy.
Los desvaríos de mi mente.
Dedico este trabajo a mi esposa y a mis hijos. Un legado hecho con amor porque ese amor que ha alimentado mi vida proviene de ellos.
I
Sueños que van volando
al manantial de tu amor...
¿Sueños, verdades o llanto?
Hacia la flor de tu encanto,
a tu callado candor.
II
En la esperanza verde del porvenir incierto
lo que diera ¡ay! por saberte
confundida en los recuerdos…
En la caricia ufana de la pasión que pierdo
¿qué podría pedirte yo, mañana?
¡que saberte adoradora de mis besos!
Y en el azul perdido del horizonte muerto…
por quererte adorar se ha confundido
el aroma y el sabor de aquellos versos.
III
Si quiero quererte viendo
que no eres parte de mí…
¡Quién quiere vivir queriendo
como te quiero yo a ti!
IV
¿A quién escribirle versos
y pueda entenderlos bien?
Prestando a sus embelesos
los suyos que porte, ¡a quién!
¿A quién gritarle llamadas
que puede entender también?
Y vea que son llamaradas
que languidecen… ¡a quién!
¿A quién pudiera en sus ojos
la imagen de mi alma ver?
Junto a la suya de hinojos.
Y en su sonrisa entender
que en esos labios tan rojos
está mi ventura… ¡a quién!
V
¡Vamos prendiendo en el cielo
las huellas de nuestro amor!
Verdad es, princesa mía,
que muero pensando en ti,
y sin embargo podría
vivir tu ausencia hasta el fin.
Y pensar que pude mirarte
como se admira a una flor…
me dices que puedo odiarte,
¿cómo?
¡Si estoy muriendo de amor!
Vamos prendiendo en el cielo
los restos de esa pasión
que guardará con mi anhelo
los otros de un corazón.
Para que tú al alcanzarlos
con tu mirada serena
observes que, enamorado,
verá tu sonrisa plena.
Y pensar que pude tocarte
como se toca una flor…
me dices que puedo odiarte,
¿cómo?
¡Si estoy muriendo de amor!
Verdad es, ¡oh, dulce sueño!,
que no aprendí nunca a odiar
y siempre miré risueño
tu forma cruel de mirar.
Mas veo que enciendo mi anhelo
al más recordarte a ti,
prendamos allá en el cielo
las huellas de ti y de mí.
Verdad es, ¡oh, lamento!,
que en esta vida te amé…
y aquella joya en el viento
con sus aromas se fue.
Y pensar que mirarte pude
como de admira a una flor…
y odiándote crees que estuve
¿cómo?
¡Si luego morí de amor!
VI
¡Yo sé qué significa la partida!
y el miedo de dejarte en el adiós
¡lo sé! Porque en alma entristecida
solloza algún recuerdo de los dos.
Yo sé que vas perdiéndote ofendida.
Y el eco que gastó el primer amor
¡lo sé! Pues siento que en la herida
el viento nuevamente abrió el dolor.
Yo sé que nunca oirás mi despedida.
Ni el último suspiro de esta voz
que va languideciéndose a tu huida…
¡Lo sé! También lo sabe Dios.
Y ahora que te sé por fin perdida
pondré entre mis recuerdos este adiós.
VII
¡Dímelo, suerte perdida…!
Voy mendigando el cariño
que me faltó cuando niño
y tuve al fin que crecer.
Dime por qué a tus antojos
voy despreciando la vida.
Y luego ya al fin vacía
no alcanzo yo a comprender.
Dime por qué si has mirado
que están llorando mis ojos
se inquietan más los despojos
para mirarme perder.
Dime por qué en este frío
me has al fin olvidado.
¿Qué encuentro yo en el pecado
que va perdiendo mi ser?
¡Dímelo, suerte perdida!
¿En dónde quedó el hastío?
¿En dónde está el Cristo mío
que sonriome al nacer?
Canto a la Patria
I
¡Oh, esta gran Patria mía
herida estás, yo lo sé!
Tu cielo me lo decía
y no supo decir por qué.
¡Oh, dulce suelo querido,
a quién le das de comer!
Al refugiado perdido
y no al que viste nacer.
¡Oh, inmensa melancolía
de verte pisada al fin!
¡Pero que pierda la vida
si no me entrego por ti!
II
¡Cuándo podré en tu tierra
el fruto de tu alma ver!
Dejarle cruzar tu vera
al pobre humilde con fe.
¡Cuándo, oh suelo querido,
tu fértil entraña hará!
Que un hijo tuyo, mendigo,
no salga a pedir piedad.
¡Cuándo! Pregunto cuándo
a esta inmensa crueldad,
podrá pensar escuchando
¡Que pides tu libertad!
Y cuándo podré mirarte
erguida en un pedestal,
ondeando al fin tu estandarte
con este canto inmortal:
III
México, ¡Patria divina!
Tierra querida de tanto color.
Pueblo que late con sangre latina,
cuna que mece su anhelo con Dios.
Allá donde se pierde tu camino
al fin de tu perdida paridad,
acuérdate que tienes un destino
que luce como tú, ¡la eternidad!
Allá en el camino que se eleva
y enciende manantiales de tu luz,
admira aquellas suplicas que lleva
tendidas en crepúsculos, ¡tu cruz!
Y allá, entre las nítidas estrellas…
Allá donde es de glorias manantial.
¡Oh, México! Serán tus epopeyas
las huellas de que eres inmortal!
IV
¡Oh, esta gran Patria mía
herida estás bien lo sé!
Tu cielo me lo gemía
sin pronunciar el porqué.
¡Oh, inmensa ruta perdida
que sigues con frenesí!
¡Pero que pierda la vida
si no me entrego por ti!
¡Oh, dulce suelo querido
a quién le das de comer…!
Y cruzan nubes de olvido
sobre el azul de tu ayer.
VIII
El sol que nos miraba en su estadía
vertió de suave amor un embeleso…
Y la barca en que paseábamos vería
volar sin ton ni son mi amor opreso.
El suave ondular de tus cabellos
mostraban el matiz del horizonte…
Creí que al admirar tus ojos bellos
cantaban el crepúsculo y el monte.
El viento al agitarse me decía
que el tiempo ya era nuestro, el ansia no.
Y el eco de su voz me estremecía…
De pronto un suave acento nos cubrió.
Y el Sol que nos miró, por su osadía
al ver que te besé, se sonrojó.
IX
Con el frescor, la tarde
vuelve la vida.
Con el aroma terso
vuelve el amor…
Pero la luz que arde
vaga perdida
por el llorado verso
de una canción.
Con el inquieto viento
vuelve el aroma.
Con el deseado rezo
vuelve el fervor…
Pero la fe que siento
falta y se asoma
cuando le falta el beso
de algún amor.
Con el cansado día
vuelve la noche.
Con la ilusión querida
torna el soñar…
Pero las ansias crían
tristes reproches
cuando en el alma anidan
ansias de odiar.
Con el soñado roce
nace la aurora…
Con la palabra tierna
tiembla la voz…
Pero el perdido goce
siempre se añora
