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Mauricio Macri se aburre con la Historia como un recuerdo escolar sin encontrarle sentido ejemplar ni movilizador. Paralelamente, advierte que la Argentina lleva 70 años arrastrándose en el barro y que es hora de recuperar el destino de grandeza. Fabio Wasserman se pregunta en este libro por esta contradicción y si será posible hacer política sin salpicarse con el "barro de la historia", esa que una mitad de la sociedad considera "maestra de vida" mientras que la otra mitad comparte las expectativas de cambio que significó el macrismo y su orientación futurista. Wasserman explica este y otros dilemas sobre el peso de las representaciones del pasado en el macrismo y el neoliberalismo como corrientes antiigualitarias de pensamiento y acción. Se trata de un libro clave para entender el clima cultural del ascenso y descenso del poder de esta fuerza política y su conductor. El autor aplica el arsenal de teorías y conceptos de la historia política e intelectual argentina e iberoamericana, campo en el que es referente, así como el sentido del humor y la ironía para indagar fenómenos de actualidad política explorando las redes sociales como Twitter y Facebook, a la par de las fuentes tradicionales de la historia como archivos que le permite fundamentar sus hipótesis.
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Wasserman, Fabio
En el barro de la historia : política y temporalidad en el discurso macrista / Fabio Wasserman ; prólogo de Julio Vezub. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : SB, 2021.
Libro digital, EPUB - (Tanteando al elefante / 1)
ISBN 978-987-8384-57-3
1. Historia Política Argentina. I. Vezub, Julio, prolog. II. Título.
CDD 320.0982
ISBN 978-987-4434-57-3
© Fabio Wasserman, 2021
© Sb editorial, 2021
Piedras 113, 4º 8 - C1070AAC - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Tel.: (+54) (11) 2153-0851
1ª edición, mayo de 2021
Director general: Andrés C. Telesca
Director de colección: Julio Vezub
La organización del tiempo y no el invento de la máquina de vapor son la clave del capitalismo.
Ricardo Piglia, El Impenetrable
Prólogo
Julio Vezub
Conozco a Fabio Wasserman desde 1988. El primer recuerdo que conservo son sus comentarios mordaces sobre el afiche de una agrupación que competía por el Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde cursábamos los primeros años de la carrera de Historia. Mucho ha transcurrido desde ese cruce de ironías que fundió nuestra amistad en el crisol de las decepciones, las nuevas búsquedas y el interés por las interpelaciones históricas hasta el presente de este ensayo, que está impulsado por la intuición de que la apropiación de las expectativas del futuro fue una de las causas que explica el atractivo que tuvo el macrismo para una mayoría ciudadana.
En la Argentina se han dado variados y diferentes usos, interpretaciones y prospectivas presidenciales de la historia desde aquel pasado reciente y a la vez lejano, cuando se declaraba su fin en contemporaneidad con la caída del Muro de Berlín. Pasaron los sueños del Tercer Movimiento Histórico de Raúl Alfonsín, los revisionismos de los peronismos de Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández, hasta llegar a la relectura de hitos, series, personajes y pautas explicativas que formularon Mauricio Macri y sus consultores en un espíritu de época que está marcado por la globalización de ideas y problemas.
“Escritura urgente” se podría caracterizar este ensayo a la usanza de las crónicas de la década de 1980, aunque poco tuvo de apremio, ya que el texto que sigue es el resultado de una reflexión dilatada para explicar el clima cultural del ascenso y descenso del poder del macrismo. Aunque el debut elegido podría resultar presentista esta colección de Historia comienza con un libro que versa sobre categorías y metodologías de análisis histórico y cómo se las aplica para terciar en debates de actualidad. Al fin y al cabo, como plantea Wasserman, entender que “…la inversión de las formas en las que durante casi dos siglos se vincularon con la temporalidad las fuerzas políticas y las ideologías identificadas como de izquierda y de derecha” es un problema de larga duración.
Se trata entonces de una urgencia o interés editorial que se explica porque los valores y el sistema de creencias que encumbró el macrismo permanecen vigentes en una parte muy significativa de la ciudadanía pese a la derrota electoral de 2019. Sería equívoco pensar a Macri como un líder cansado, ya que el trabajo y la haraganería tienen múltiples formas de productividad y rendimiento, tanto económico como político. Después de que Wasserman entregara su manuscrito para esta colección apareció Primer tiempo, repitiendo entre quienes aspiran a retornar al poder la publicación de un libro como parte de un presente que no termina y un pasado que no es historia. Macri anticipa en código futbolero que su idea-fuerza para la Argentina es un partido que todavía está en juego, desafío que subraya en el subtítulo, Historia personal del primer gobierno del cambio en la Argentina. Junto con la atribución fundacional que tampoco es novedosa se comprueba una de las claves del análisis anticipado por Wasserman, que la historia para Macri adquiere relevancia en tanto experiencia que se limita a la vida propia. Salvo el epígrafe de Winston Churchill que recomienda disponer las lecciones del pasado ante el futuro, no se encontrarán otras apelaciones históricas en el libro reciente del expresidente, dominado como está por el corto plazo.
Wasserman avisa en su presentación de perfil en Twitter que “…comparte música, textos, ideas, dudas y opiniones arrebatadas. Para argumentos, evidencia y reflexiones profundas están los libros”. No habría que tomar esta advertencia al pie de la letra y si bien es cierta la diferencia de urdimbre de los mensajes de 280 caracteres con los ensayos y artículos, es notable que el autor está embarcado en la exploración de las nuevas formas de comunicación, incluso las que se tornarán efímeras u obsoletas cuando este libro siga vigente. Wasserman nos beneficia con la indagación del ruido de las redes sociales mientras experimenta y aprende las reglas del género. Por ello, como cuenta páginas adelante, su anticipo de ideas fragmentarias y desordenadas en Facebook y Twitter, “a veces incluso como memes”, fue un entrenamiento para la discusión sistemática y la publicación posteriores.
La superficialidad aparente de los enunciados macristas sobre el pasado, presente y futuro es abordada desde la base teórica y empírica de la historia intelectual, campo en el que Wasserman es animador principal en Hispanoamérica y que se ocupa de historiar, entre otros temas y problemas, qué es lo que se ha entendido en cada contexto por cada concepto político, cómo se lo ha utilizado, sus resonancias, las tramas y la evolución de las palabras. Twitter y Facebook, entre otras redes, son configuradas por el autor como el archivo o serie documental que habilita su intervención que poco tiene de arrebato en el debate historiográfico contemporáneo.
La discusión que se plantea podrá parecer desigual y a favor del autor. No se libra con otros estudiosos de la historia intelectual, sino con los idóneos de la comunicación de masas, las usinas de trolls, los mandos operativos de la pendencia retórica y un expresidente con limitaciones expresivas que son conocidas. Pero la ventaja es engañosa y circunstancial, porque Wasserman aprendió a moverse en terrenos que no le eran naturalmente propios manejando otra clase de herramientas argumentativas, además de discutir con intelectuales que se identifican con la vertiente progresista que alimenta al macrismo, que como toda tradición también es dependiente de la construcción de relatos.
Resulta razonable, al fin y al cabo, que una visión del pasado como la de Macri, que desprecia o se aburre con la Historia, que no le encuentra sentido, haya despertado poco entusiasmo entre quienes se dedican profesionalmente a esta disciplina y que valoran el dato y el tópico histórico como insumos del oficio. La soledad historiográfica del pensamiento presidencial se ha dado incluso en los casos en que se comparten políticas de centroderecha o anhelos modernizadores. Solo al principio de la gestión hubo especialistas dispuestos a posar en la foto soñada por todo jefe de gabinete o ministro de Cultura, aquella donde el presidente está flanqueado por intelectuales que dialogan, asesoran y editorializan.
Se ha tratado de explicaciones históricas que se articularon sin think tanks, hecha excepción del consultor Jaime Durán Barba o las fundaciones Sophia y Pensar, que aglutinaron a los cuadros del macrismo en la ciudad de Buenos Aires con la influencia de estilo y visión del Partido Popular español. Vale decir, innovación de la práctica neoliberal, pero sin intelectuales, filósofos ni historiadores de fuste que alimenten ese viraje de fundamentos. La “baja densidad intelectual” del macrismo de la que habla Wasserman no impidió su intervención eficaz en las luchas del “barro de la historia”, especialmente en arenas como las redes sociales.
Wasserman formula la hipótesis de que la defensa de la desigualdad y la entronización del individuo explican la tensión entre el tedio por el pasado y el peso que han mantenido las representaciones históricas en un macrismo cuyas vetas conservadoras son afectas a la justificación de jerarquías. Por más que el pasado sea un lastre para individuos, familias y países, la liberación de su carga debe fundamentarse históricamente para intervenir en la política nacional. El análisis que propone Wasserman del discurso y de la gestualidad histórica expone una centroderecha neoliberal que no consigue identificar una tradición heroica para respaldar sus políticas de innovación ni sus metas. El panteón completo de la historia argentina aparece expropiado o neutralizado por otras tradiciones, no solamente las peronistas, populistas y nacionalistas, ya que las figuras liberales y los acontecimientos que protagonizaron aparecen cuestionados o manchados. Desdén por la historia que dada la alteridad de Macri con el movimiento de Derechos Humanos y la heterogeneidad de compromisos de su fuerza política es una preferencia por el olvido ante los crímenes de la última dictadura.
Las búsquedas alternativas de Macri de legitimarse en el desarrollismo de Arturo Frondizi u otros políticos de origen radical fueron erráticas, contradictorias y tempranamente suspendidas. En esta clave se entiende que las manifestaciones de admiración por figuras internacionales también sean problemáticas y estén basadas en selecciones de rasgos parciales que las asimilen con la imaginación de un espíritu de época. Por ejemplo, al presentar un Nelson Mandela recortado de las relaciones del Congreso Nacional Africano, su organización partidaria, con el movimiento comunista internacional durante los veintiocho años que pasó en prisión. Estas dificultades se han dado así porque el desapego del macrismo con la Historia es inescindible del papel que le otorgan el kirchnerismo y su marco de referencias ideológicas globales como magistra vitae y referencia movilizadora.
Dejo entonces que Wasserman despliegue sus fuentes de archivo, conceptos y argumentaciones, así como el sentido del humor y la ironía para afrontar la tragedia y la farsa como las dos dimensiones de la Historia que trabaja para este estudio de caso.
Introducción
Quien no puede imaginar el futuro, tampoco puede, por lo general, imaginar el pasado.
José Carlos Mariátegui,Heterodoxia de la tradición
Este libro es el inesperado y tardío fruto de la coincidencia entre una invitación y una intuición. A mediados de 2017 recibí la invitación de un grupo de militantes de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) de la Carrera de Historia de la Universidad Nacional de Rosario para que en octubre de ese año diera una charla que pudiera conectar mi trabajo como historiador con una reflexión sobre el presente. La actividad se iba a realizar pocos días antes de que se celebraran las elecciones legislativas de medio término en las que se auguraba un renovado apoyo de la sociedad al macrismo, tal como finalmente sucedió, por lo que me pareció que sería una buena ocasión para convertir en un argumento para debatir lo que hasta ese momento era tan sólo una intuición: una de las razones del triunfo del macrismo en las elecciones presidenciales de 2015 había sido su exitosa apropiación del futuro, un motivo, orientación o valor que solía ser patrimonio de las fuerzas progresistas y de izquierda.
La discusión que suscitó la charla me dejó dos impresiones1. La primera era que no había logrado convencer a los presentes o, al menos, a la mayoría. Lo que en verdad no los había convencido era la contracara de mi hipótesis: que la apropiación del futuro por parte del macrismo había sido facilitada por el kirchnerismo que había optado por atrincherarse en la defensa de un estado de cosas ante el temor de que todo pudiera empeorar. La segunda era que, a pesar de esta recepción, mi intuición podía ser una hipótesis fértil para entender el éxito del macrismo como construcción política e ideológica, y que eso ameritaba una exploración sistemática de su relación con la temporalidad. Desde luego que entonces no podía imaginar su debacle electoral en 2019 y, menos aún, que esta exploración se convertiría en un libro.
Esta indagación estuvo animada por dos impulsos que no siempre coinciden y menos aún en el caso de los historiadores que tendemos a desconfiar de los análisis sobre el presente, un territorio que es transitado con mayor comodidad por sociólogos, politólogos y periodistas. Por un lado, el más evidente, uno de carácter ético político orientado a comprender la sociedad en la que vivo y, más precisamente, los discursos que permiten legitimar a la desigualdad y a la opresión. Por otro lado, uno de carácter académico o intelectual, ya que junto a otros colegas estaba desarrollando una indagación sobre el impacto provocado por los cambios políticos en las formas de experimentar, representar y conceptualizar a la temporalidad entre los siglos XVIII y XIX2.
Si bien esa investigación se ocupa de un pasado que parece lejano, y que lo es no sólo por motivos cronológicos, también se nutre del diálogo con numerosos trabajos que examinan las mutaciones producidas en las últimas décadas en las formas de relacionarnos con la temporalidad, y cuya lectura y discusión contribuyeron a que mi intuición pudiera convertirse en una hipótesis de trabajo. En relación a estos cambios se sostiene que estamos asistiendo a una transformación profunda en la forma de concebir a la temporalidad forjada en occidente entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX que, enmarcada en filosofías de la historia teleológicas, se habría caracterizado por la orientación futurista, la confianza en el progreso de la humanidad y, por lo tanto, por el mayor peso de las expectativas sobre la experiencia3. Por diversas razones, entre las cuales se pueden mencionar el fracaso de los socialismos y la instauración del capitalismo como el único horizonte posible para la humanidad, pero también el cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales y el creciente pesimismo sobre la capacidad liberadora que tienen la ciencia y la tecnología, pareciera que el futuro ya no puede seguir ofreciendo una orientación capaz de dotar de sentido a nuestras acciones. Algunos autores plantean que esta función habría sido desplazada hacia el presente que parece cubrirlo todo. El historiador francés François Hartog sostiene, por ejemplo, que a fines del siglo XX se produjo una crisis de tiempo que provocó el paso de un régimen de historicidadfuturista a uno presentista4. Por su parte, para el crítico y ensayista alemán Hans Ulrich Gumbrecht vivimos en un presente amplio o dilatado5. Estas y otras categorías análogas contribuyeron a comprender algunas de las mutaciones que se están produciendo en las formas de experimentar, concebir y representar a la temporalidad6. Sin embargo, y tras haber provocado un gran impacto en ámbitos académicos e intelectuales, también fueron motivo de crítica, ya sea por su carácter esquemático, por su pretensión de universalidad que dificulta la comprensión de fenómenos y procesos que no se adecuan a esas formulaciones, o porque al hacer foco en el presente parecieran desentenderse del pasado y del futuro, como si estas dimensiones de la temporalidad ya no tuvieran ningún lugar, carecieran de toda importancia o no cumplieran ninguna función en nuestras sociedades, cuando resulta fácil advertir que esto no es así ya que aún orientan y dotan de sentido a los discursos, a las acciones y a las instituciones7.
Más allá de las divergencias y de los debates sobre sus causas y características precisas, hay una percepción extendida de que algo pasó o está pasando con la temporalidad y, lo que aquí interesa, que ese algo, sea lo que sea, afecta las concepciones, los discursos y las prácticas políticas. Esto se puede advertir, por ejemplo, en la inversión de las formas en las que durante casi dos siglos se vincularon con la temporalidad las fuerzas políticas y las ideologías identificadas como de izquierda y de derecha. Si bien no es éste el lugar para una discusión sobre la pertinencia y la vigencia de estas categorías centrales en la política contemporánea, quisiera plantear una precisión esquemática que permitirá entender el argumento del libro: considero como fuerzas de izquierda a las que promueven la igualdad y como fuerzas de derecha a las que sostienen que la desigualdad es inevitable, necesaria y/o justa. Si retomamos un postulado clásico forjado al calor de la Revolución Francesa podría plantearse que mientras que la izquierda concibe a la Libertad, a la Igualdad y a la Fraternidad como tres principios o valores necesariamente articulados, la derecha los desconoce o sólo sostiene el de la Libertad pero entendida en términos individualistas y asociada a la Propiedad y a la Seguridad.
Volvamos al argumento: si durante los siglos XIX y XX la izquierda tenía una orientación futurista y tendía a promover la aceleración de los procesos al dar por hecho que la Historia estaba de su lado ya que el mundo progresaba y marchaba hacia la implantación de la Igualdad y de la Libertad, vale decir, hacia la creación de nuevas relaciones sociales más justas, ahora se habría convertido en una fuerza conservadora que procura resistir el avance destructivo del capital y del individualismo promoviendo para ello en muchos casos una desaceleración8. Resulta sintomático en ese sentido la recurrencia con la que se reproduce, ya sea como verdad revelada, como chiste, o como verdad revelada como chiste, una frase que es atribuida tanto al crítico literario marxista norteamericano Fredric Jameson como al filósofo esloveno y estrella mediática Slavoj Žižek, y que fue retomada por el ensayista y activista cultural inglés Mark Fisher: resulta más fácil imaginar el fin de la humanidad que el fin del capitalismo9. Por su parte, se produjo el crecimiento de fuerzas de derecha que tienen una menor carga de experiencia o, más precisamente, que logran presentarse de ese modo, lo que les permite tener una mayor capacidad para expresar y vehiculizar expectativas e imaginar futuros en una coyuntura en la que buena parte de la sociedad se siente disconforme con su presente. Es el caso del neoliberalismo, que si bien suele ser considerada como una corriente presentista ya que en su discurso prima una crítica del pasado que es considerado como un lastre, lo cierto es que tiene una fuerte impronta futurista al basarse en la promoción de cambios radicales orientados a promover la Libertad10. Claro que ya no se trataría de liberar a los oprimidos, a los desposeídos, al pueblo, a la humanidad, o a alguna comunidad, sino a los individuos que no pueden desplegar todo su potencial por culpa de las restricciones institucionales, normativas y culturales heredadas a las que se les atribuye un carácter colectivista o socialista. En suma, y para decirlo en pocas palabras, la derecha le robó a la izquierda –y ésta se dejó robar– algo que durante casi dos siglos había sido uno de sus principales atractivos: la posibilidad de imaginar nuevos horizontes para la vida social, es decir, el futuro11.
Como habrá podido advertirse, esta caracterización coincidía con mi intuición sobre el macrismo, sobre todo cuando se considera que se presentaba como una fuerza novedosa con un discurso individualista y promercado afín al del neoliberalismo. Y, sin embargo, y tal como también lo había planteado en forma de pregunta en la charla que había dado en Rosario –¿Hay un relato histórico macrista?–, había algo que me hacía ruido. ¿Acaso es posible producir hegemonía, gobernar o tan siquiera lograr consenso social alegando que la historia carece de interés para nuestras vidas? O, para ser más preciso, ¿es posible en una sociedad como la argentina en la que a cada paso nos topamos con referencias históricas que además son invocadas una y otra vez en los debates públicos para dotar de sentido a los sucesos del presente? ¿Se puede hacer política de modo aséptico sin salpicarse con el barro de la historia? Para poner un ejemplo: ¿cómo deberíamos interpretar el hecho de que varias de las conferencias de prensa de Macri y de Marcos Peña, su Jefe de Gabinete y la figura más influyente de su gobierno, se hicieran en el Salón de los Pueblos Originarios de la Casa Rosada y que tuvieran como imagen de fondo una copia apócrifa del Acta de la Declaración de la Independencia en 1816?12
Macri en la presentación del Portal de Datos Abiertos de la Justicia, flanqueado por el Ministro de Justicia, Germán Garavano, y el Presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti. 11 de octubre de 2016. Fuente: https://eldoce.tv/politica/macri-presento-el-nuevo-portal-que-unifica-datos-judiciales-inseguridad-justicia_26724
Si algo no se le puede achacar al macrismo es haber sido ingenuo en sus puestas en escena; de hecho, como veremos más adelante, ese salón había sido totalmente remodelado. ¿Cómo se congenia entonces esa escenografía austera pero cargada de simbolismo histórico con el anuncio de las metas de inflación planteado en diciembre de 2017 o del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) del 2018? Desde luego que quienes tomaban la palabra en esas u otras circunstancias para informar actos de gobierno podían omitir toda referencia a la historia nacional, e incluso podían desdeñarla por irrelevante, pero ésta no sólo seguía estando ahí presente sino que, literalmente, los estaba respaldando. O, también puede ser así interpretado, quizás eran ellos quienes le estaban dando la espalda a esa historia.
El Presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, el Ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, y el Ministro de Finanzas, Luis Caputo, anunciando las metas de inflación para el año entrante. 28 de diciembre de 2017. Fuente: https://www.infobae.com/fotos/2018/12/09/tres-anos-de-presidencia-de-mauricio-macri-en-20-fotos/
