En los márgenes - Carlos Illades - E-Book

En los márgenes E-Book

Carlos Illades

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En los márgenes. Rhodakanty en México cuenta la vida en México del socialista fourieriano Plotino Constantino Rhodakanty. Habla de la fundación de la Social, de sus ideas religiosas (panteísmo spinozista) y políticas (derechos de las mujeres, reforma agraria para resolver la cuestión indígena, organización obrera) y sus problemas de pobreza como parte de las migraciones mexicanas durante el siglo XIX.

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Seitenzahl: 209

Veröffentlichungsjahr: 2019

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BREVIARIOSdelFONDO DE CULTURA ECONÓMICA

605

Carlos Illades

En los márgenes

Rhodakanaty en México

Primera edición, 2019 [Primera edición el libro electrónico, 2019]

Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar

D. R. © 2019, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel. 55-5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-6536-2 (ePub)ISBN 978-607-16-6494-5 (rústico)

Hecho en México - Made in Mexico

A la memoria de mi papá

A veces algo ocurre y dejo de soñar. ANDRÉI TARKOVSKI

ÍNDICE

Prefacio

“Un caballero culto, de elegante apariencia y mucho conocimiento”Tierra ignotaLa escuela libreLa emancipación socialLa InternacionalLos trabajadoresLos indígenasLas mujeresEl orden divinoLas iglesiasPanteísmoLa filosofía trascendentalLa filosofía positivaLa Escuela de Filosofía TrascendentalLa imposible síntesisVivir en los márgenes, morir en la miseriaEl doctor RhodakanatyLos últimos años

Fuentes y bibliografía

Agradecimientos

PREFACIO

Aunque los historiadores se resistan a admitirlo, la elección de temas de estudio y enfoques teóricos no es ingenua y menos accidental. Ensimismados en la Babel académica, los profesionales de la Historia se piensan a sí mismos autónomos, inmersos en un pasado que sólo ellos entienden, propietarios de “sus fuentes”, a resguardo de los vaivenes de la política. Cuesta trabajo, sin embargo, encontrar algún saber más perturbado por ésta: la Historia —objeto y campo de conocimiento a la vez— despierta una tentación grande. De igual forma, las omisiones no son simples descuidos, objetos extraviados por falta de testimonios documentales o de otra índole: revelan sesgos y tendencias. No es casual, por tanto, que los subalternos y sus discursos políticos estén en segundo plano, habitualmente alejados del mainstrem de la disciplina y fuera del radar editorial adicto a la literatura histórica de fácil digestión.

La historiografía dominante presenta un siglo XIX tironeado por la disputa entre liberales y conservadores, a la vez que soslaya la presencia socialista advertida por José Cayetano Valadés, Gastón García Cantú, John Mason Hart, Paco Ignacio Taibo, Pierre-Luc Abramson y Teo Romvos. Asume aquélla incluso que el espectro socialista nacional fue copado por el liberalismo y el catolicismo sociales, ignorando el primer socialismo. ¿Quién si no éste vindicó los derechos de trabajadores, mujeres e indígenas? ¿Alguien más colocó la “cuestión social” en el centro de su ideario? ¿Otros discursos políticos plantearon la armonía de los diferentes? ¿La democracia social tuvo algún promotor fuera del círculo socialista? ¿Alguna otra ideología pretendió diluir el Estado en un contrato social nuevo, justo y equitativo? ¿Quién de los rivales ideológicos del socialismo romántico planteó formar la república del trabajo o, cuando menos, defender los derechos sociales? ¿Hubo acaso críticos más radicales del positivismo, doctrina que los socialistas no sólo consideraban anticientífica sino cómplice del statu quo?

Este volumen no es un homenaje a un autor desconocido, ni busca edificar un mausoleo alternativo a los héroes de la izquierda, antes bien, aspira a restituir la complejidad del debate político e intelectual del siglo XIX, introduciendo a un actor minimizado por el discurso historiográfico dominante, decimonónico todavía en muchos sentidos. Amenaza real o imaginaria, la opción socialista, verbalizadora de las aspiraciones de los subalternos, despertó un miedo cerval entre las clases propietarias, las élites liberales y conservadoras, y traspasó la naciente ciencia social, como bien puede leerse en los textos de los positivistas más renombrados o de espiritualistas conspicuos, unidos no por su filosofía, sino por el temor hacia las clases populares soliviantadas por los socialistas.

Plotino Constantino Rhodakanaty es la figura de mayor estatura intelectual del socialismo decimonónico mexicano, también fundador de La Social, primera organización de la izquierda nacional. Durante tres décadas el homeópata heleno hizo cuanto pudo para divulgar el ideario socialista, el panteísmo espinosista, la frenología, la psicología, el idealismo alemán y la ciencia moderna en la escuela libre que montó en la Ciudad de México. Además, fue mentor ideológico de Julio López, el agrarista mexiquense que se rebeló contra el gobierno juarista pugnando por el reparto agrario. El médico griego participó destacadamente en los debates del Congreso Obrero de 1876, defendió el derecho de la mujer al divorcio y la educación, el salario digno y la jornada laboral de 50 horas semanales para los trabajadores, así como la ley agraria para resolver la cuestión indígena. Rhodakanaty cooperó con las iglesias evangélicas que proliferaron con la Reforma liberal sin desdoro de su concepción acerca de la divinidad, que rebasaba los marcos estrechos de los distintos ritos religiosos.

Me gustaría saber mucho más acerca de la vida del socialista heleno que cuando comencé esta investigación a mediados de los noventa del siglo pasado. Que no sea tanto como habría deseado puede achacarse a mí, pero prefiero atribuirlo a los datos escasos, fragmentarios e inciertos que poseemos de Rhodakanaty, de manera tal que cada nuevo descubrimiento desmiente dos o tres cosas que dábamos por sentadas hace poco todavía. No obstante, la calidad de la información de la que disponemos actualmente es mejor que la de la historiografía precedente y podría decir en mi descargo que realicé búsquedas exhaustivas en bibliotecas mexicanas, estadunidenses y europeas, lo cual me permitió conocer bien la estancia del médico griego en México y reunir las piezas idóneas para descifrar su acción política y producción intelectual en el país donde pasó la segunda parte de su vida hasta morir en 1890. Queda en manos del lector confirmar si esto es cierto.

Chapultepec, febrero de 2019

I. “UN CABALLERO CULTO,DE ELEGANTE APARIENCIA Y MUCHO CONOCIMIENTO”

LA VIDA de Plotino Constantino Rhodakanaty es un enigma. Los historiadores griegos no conocen más que su actividad en México. Y nosotros sabemos muy poco de él antes de 1870. Recientemente, un tenaz historiador mormón esclareció la causa y la fecha del fallecimiento del médico heleno, disipando la bruma que había sobre sus últimos años. No obstante, los escasos datos biográficos de Rhodakanaty, procedentes de Valadés, son inciertos, pero casi siempre son los únicos disponibles. Otros autores ni siquiera lo consideran parte del utopismo mexicano. Hasta hace poco estuvo ausente de las historias de la filosofía, a pesar de tratarse de uno de los introductores de la filosofía alemana en nuestro país. Tampoco hay consenso en cuanto a la caracterización ideológica de Rhodakanaty: “socialista antiautoritario” (Valadés); “socialista cristiano” (García Cantú); “socialista libertario”, “anarquista”, “revolucionario”, “prudhonista-bakuninista” que “anticipa el trabajo posterior de Kropotkin” (Hart); “idealista progresista”, “realista utópico”, émulo de los “misioneros franciscanos” (Abramson); “anarquista” (Romvos). Sin negar la influencia de Proudhon, yo lo identifico más con el primer socialismo.1

Parte de la familia Rodocanachi o Rhodokanakes abandonó Grecia durante la guerra de liberación contra los turcos (1821-1829), trasladándose a Marsella, Viena, Londres, Livorno y Odesa. Algunos de ellos destacaron en las artes y las letras europeas de los siglos XIX y XX. Acaso sea ésa la estirpe de Plotino Constantino Rhodakanaty, quien posiblemente castellanizara sus nombres y apellido antes de llegar a México. Se aventura el origen de la familia en Rodas y que la línea inmediata a la que pertenece Plotino Constantino residía en Londres al despuntar el siglo XIX. Para otros la nacionalidad de Rhodakanaty era espuria: “hemos oído decir que […] fue un médico mexicano que tuvo la peregrina idea de cambiar de nombre, querer hacerse pasar por griego de nación y propagar el espinosismo”. “Francisco Requelme o Rodacanati [sic] era genuino mexicano”, asegura Amando Pérez. Y el misionero Moses Tatcher asevera que la madre de Plotino Constantino era quien había nacido en México, y lo describe como “un caballero culto, de elegante apariencia y mucho conocimiento”.2

Valadés afirma que Rhodakanaty nació en Atenas el 14 de octubre de 1828. Que su padre, médico y escritor, combatió contra los turcos y falleció antes de la Conferencia de Londres de 1830. Y la madre habría llevado al niño a Austria para que viviera con los abuelos. Sin embargo, cuando Rhodakanaty registró a su hijo Plotino Nefi en la Ciudad de México en 1881 tenía 47 años, según consignó el libro de actas, por lo que habría nacido en 1833 o 1834. De ser así, el padre de Plotino Constantino no habría muerto en la guerra de independencia griega; quizá poco después. También según Valadés, Rhodakanaty estudió medicina en la Universidad de Viena, fundada en 1365 y de gran prosapia. Entonces, la capital austriaca constituía un baluarte de la cultura europea en donde florecería una de las tradiciones socialistas más robustas del continente. Tal vez a principios de 1848 el estudiante de medicina partiera a la convulsa Budapest, que experimentaba la revolución democrática de Lajos Kossuth.

El joven griego habría reanudado en Berlín la carrera de medicina, ciudad adonde acaso cambiara de residencia su familia aquel año, permaneciendo en la capital prusiana tal vez hasta 1857. Probablemente Rhodakanaty visitara París en 1850 para conocer personalmente a Pierre-Joseph Proudhon, pero no hay evidencia alguna de un eventual contacto. Quizá en 1857 el médico heleno se mudó definitivamente a la Ciudad Luz, donde se presume que publicó un folleto titulado De la naturaleza.3 Allí Rhodakanaty habría profundizado sus estudios de filosofía y aprendió otros idiomas —ya hablaba cuando menos griego, alemán y posiblemente francés—, entre ellos el castellano.

En estos años formativos, y por la geografía recorrida, Rhodakanaty quedó expuesto a dos influencias intelectuales que cristalizaron en su pensamiento de madurez: el romanticismo y el primer socialismo, ambos enmarcados en acontecimientos históricos capitales que definieron el curso del socialismo internacional: las revoluciones de 1848 y la Comuna de París. El romanticismo constituye para Isaiah Berlin el cambio más radical de la conciencia occidental de los últimos dos siglos; germinó en Alemania entre 1760 y 1830, cuestionando la universalidad ilustrada por medio de una rebelión pasional basada en la libertad, la autenticidad, el impulso revolucionario y la recuperación del pasado perdido. Los románticos asumían que el hombre era parte de la naturaleza y desde su interior estaba en posibilidad de conocerla. A través del espíritu humano, la naturaleza cobraba conciencia de sí y de las leyes de su funcionamiento. Por eso Novalis advierte los “dos caminos para llegar a la ciencia de la historia humana: uno, penoso, interminable y lleno de rodeos, el camino de la experiencia, y otro, que es casi un salto, el camino de la contemplación interior”.4

Los románticos también intentaron recuperar la espiritualidad perdida con las Luces:

Según ellos, los hombres y mujeres de la Ilustración habían cometido una grave injusticia con la religión y eran responsables de todos los males que el mundo había padecido desde entonces. Los resultados se inscribían en la historia reciente: la atea Revolución francesa y una calamitosa retirada de la verdadera fe del centro de la vida hacia la periferia.5

Mientras Alemania se tornaba romántica, Francia se pintaba de rojo con la emergencia del socialismo y el movimiento obrero. Ambos añadieron a la democracia el vocablo social. La noción liberal —la representación de los ciudadanos en el cuerpo político— quedó corta al asumirse que la democracia sería para todos (no únicamente para las clases propietarias), abarcaría también la esfera económica y colocaría como condición sine qua non de la facultad de elegir del ciudadano el estar libre de la coacción representada por la dominación o la necesidad. En la Primavera de los Pueblos de 1848 el socialismo demandó el reconocimiento de derechos universales (asociación, manifestación, expresión, trabajo, etc.), además de la ampliación del sufragio hacia los grupos mayoritarios de la sociedad,6 incluido el sexo femenino. Y las clases populares incorporaron demandas propias. Al mediodía del 25 de febrero,

un obrero, con fusil en la mano, penetró en la sala de deliberaciones [del gobierno provisional]. Se llamaba Marche, aunque no sabemos nada de él, ni de los que representaba. Tal vez su estatura de atleta y su cara voluntariosa propiciaran su elección. A modo de introducción a su discurso, dio un culatazo en el suelo. “¡Ciudadanos! ¡La organización del trabajo, el derecho al trabajo para dentro de una hora! Ésta es la voluntad del pueblo.” El discurso resultaba un modelo de brevedad.7

La Comisión del Luxemburgo, presidida por el socialista Louis Blanc, enfrentó la demanda del derecho al trabajo, para lo cual formó talleres nacionales, además de reducir una hora de la jornada laboral para solventar el desempleo. Blanc y Victor Considerant, miembro también de la comisión, eran partidarios de la educación libre y laica, de ofrecer créditos baratos para formar cooperativas de producción y consumo, de los impuestos progresivos, los derechos laborales y la jornada de 10 horas, la nacionalización de minas y ferrocarriles, así como de liquidar el “feudalismo financiero”. La semana laboral de 50 horas y la organización del trabajo fueron reivindicaciones capitales de la Primavera de los Pueblos.8

En todos lados derrotaron a las revoluciones románticas, pero el espíritu del 48 no murió con ellas. De hecho, cundió en la geografía latinoamericana, y coadyuvó a la difusión del primer socialismo en el subcontinente. Juan Bustamante esbozó en Perú una doctrina igualitaria que incorporaba a los indígenas. El colombiano Manuel María Madiedo incentivó la participación popular en la vida republicana bajo la perspectiva de un Estado sustentado en la justicia y la armonía social. El sansimoniano Francisco Bilbao publicó en 1844 La sociabilidad chilena, en Valparaíso. El argentino Esteban Echeverría dio a conocer en 1846 en Montevideo su Dogma socialista. El brasileño José Ignacio Abreu e Lima escribió O socialismo (1855) y el homeópata Benoît Jules Mure propagó el furierismo en Santa Catarina, Paraná y Río de Janeiro. Asimismo, Casimiro Corral realizó una exposición coherente de la doctrina socialista en Bolivia que admitió el derecho del pueblo a sublevarse contra la dictadura.9

TIERRA IGNOTA

Si una palabra sintetiza la perspectiva romántica y del primer socialismo es armonía, horizonte y al mismo tiempo retorno al origen perdido, extraviado por la historia humana. La búsqueda se emprendería mediante de la introspección individual o por medio de la acción colectiva dirigida a modificar el entorno. Esa ruta, orientada por la brújula utópica, es la que siguió el socialismo romántico abrazado por Rhodakanaty. De acuerdo con su propio recuerdo, fue en París donde el médico griego se incorporó a las filas socialistas. Quizá también en la capital gala el homeópata heleno se enteró del decreto del 1º de febrero de 1856 que favorecía el establecimiento de colonias agrarias en territorio mexicano. El documento ampliaba los derechos de los residentes extranjeros y aumentaba también las causales con base en las cuales se les otorgaba la naturalización. Esta oportunidad era digna de consideración. Con ella en mente, a finales de 1860 el socialista griego se trasladó a Barcelona, y posteriormente se embarcó hacia México.10

Rhodakanaty desembarcó en el puerto de Veracruz a finales de febrero de 1861, y de inmediato se trasladó a la Ciudad de México. Desconocido, seguramente con escasos recursos monetarios, pero pertrechado con sus conocimientos médicos y filosóficos, así como con el manejo de las lenguas clásicas (griego y latín) e idiomas modernos (español, alemán, francés, inglés, italiano), el médico griego comenzó a ganarse la vida y a definir sus planes de fundar tanto un círculo de estudios como una colonia agrícola.11

No sabemos dónde vivió inicialmente Rhodakanaty, pero presumimos que en el centro de la ciudad. En 1877 habitaba en calle de la Amargura número 10 (hoy Honduras); en 1879 moraba y tenía su consultorio y dispensario médico en el Puente de Balvanera bajos del número 1 (Correo Mayor); después quizá en el callejón de López número 9 (López); para 1880 vivía en el callejón de Coajomulco (José María Marroqui), donde además tenía su consultorio; posteriormente ocupó una casa en el callejón de la Santa Veracruz número 10 (Primer Callejón de Santa Veracruz). Siempre con múltiples planes, pero invariablemente con mucha estrechez económica.

El romanticismo era bien conocido en México cuando llegó el socialista griego. La Academia de Letrán, que desde junio de 1836 reunió a Manuel Tossiat Ferrer, José María y Juan Nepomuceno Lacunza y Guillermo Prieto, había dado los primeros pasos con una literatura nacionalista que proveía de profundidad histórica a sus contenidos, fueran éstos prehispánicos, coloniales o referidos a los héroes patrios, aunque de tintes más bien moderados. Esto, sin embargo, no la resguardaba de irrupciones desafiantes al estilo de Ignacio Ramírez, el “Voltaire mexicano”, que pronunció el célebre “No hay Dios” en su recinto. El segundo aire romántico cristalizó en el Liceo Hidalgo, donde a partir de 1849 se dieron cita las figuras intelectuales del liberalismo (Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, José Tomás de Cuéllar, Francisco Zarco, Vicente Riva Palacio, Ignacio Manuel Altamirano, Francisco Sosa), conservadores ilustrados (Francisco Pimentel, Francisco González Bocanegra, José María Roa Bárcena) y científicos destacados (Antonio García Cubas), ocupados en conformar la república de las letras que, para Zarco, debía renunciar a la subvención estatal, porque “el favor debilita, la protección corrompe, y el genio se degrada y se envilece cuando consiente ser parásito del poder”.12

Tampoco el primer socialismo era ignorado en nuestro país. Las primeras huellas pueden rastrearse en Guadalajara: Sotero Prieto, un comerciante panameño residente en esa ciudad, alrededor de 1837 participó en el círculo del socialista gaditano Joaquín Abreu y trajo a México una colección de La Phalange, además de crear grupos socialistas en Tampico y en la capital jalisciense. Hacia 1846 o 1847 Prieto editó el periódico La Linterna de Diógenes, además de colaborar en 1849 en El Socialista, dirigido por el italiano José Indelicato. Ya el Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la República Mexicana (1842), de Mariano Otero, había acusado la influencia de Considerant, al que acaso tuvo la oportunidad de leer directamente del francés o en las ediciones de algunas de sus obras publicadas por el gobierno de Jalisco.13 En consecuencia, no sorprende que la “colonia de la fraternidad”, descrita en El monedero (1861) de Nicolás Pizarro, esté situada en aquella entidad.

En la Nueva Filadelfia, la comunidad ideal esbozada por Pizarro, imperaba una “mediocridad feliz” en la que abundaba lo indispensable, desconociéndose lo superfluo y eliminándose lo nocivo. Siguiendo a Fourier, la Nueva Filadelfia reunía el capital físico y moral de los asociados con objeto de potenciar la productividad y procurar el reparto de la riqueza de acuerdo con el principio de la justicia distributiva. El establecimiento —financiado por un diestro artesano con recursos provenientes de la producción y el tráfico de moneda falsa— poseía un carácter contractual, voluntario y autogestivo, y cada uno de los participantes recibiría en función de lo aportado a la empresa colectiva. A fin de asegurar un mínimo de bienestar para todos, la satisfacción de las necesidades elementales de ellos y sus familias (subsistía el matrimonio), así como la educación de los hijos, eran derecho común y, por tanto, no estaban condicionados a la productividad individual. Se enseñaba a los adultos más adelantados de ambos sexos matemáticas, mecánica y física; al resto las primeras letras. Además de la educación básica, se adiestraba a los niños en los oficios, encomendándoseles tareas acordes con su edad. Todas las actividades obedecían a horarios y una moral rigurosos. Para romper con la monotonía, la instrucción era

que todo el trabajo se desempeñe en faenas de tres horas, continuando sucesivamente entre diversos grupos, de manera que, a la vez que el mismo trabajo sea constante, varíen en dicho periodo de tiempo los operarios, porque efectivamente el enfado de hacer constantemente una misma cosa es mortal y enerva a las facultades del individuo, que quedan sin ejercicio y como en suspenso, causando por un lado esa terrible enfermedad mortal que se llama desaliento y, por otra, esas deformidades que se notan en los que trabajan diariamente de un mismo modo, lo que en poco tiempo acarrea debilidad y aniquilamiento.14

La “colonia de la fraternidad” contaba con un director, elegido por el voto de los padres de familia; la administración de los recursos financieros corría a cargo de un consejo y la redacción de las normas internas era facultad de la Junta de Ancianos, que podía vetar lo dispuesto por el director. Año con año se distribuían las ganancias entre los asociados en función del trabajo, talento o capital invertido; los factores productivos, de acuerdo con Fourier. En ceremonia que semejaba una feria, donde había un torneo de fuerza y habilidad, además de repartirse los beneficios se premiaba a los mejores trabajadores, guardándose una parte de las ganancias en un fondo de la empresa. Incorporarse a ésta suponía el acuerdo de los órganos de gobierno, a la vez que cualquiera podía separarse de ella cuando lo considerara conveniente y recuperar los beneficios correspondientes. Serían motivo de expulsión el desacato de las normas, el incumplimiento del trabajo o vulnerar la cohesión y la moral de la asociación.15

LA ESCUELA LIBRE

Ignoramos cuándo entabló Rhodakanaty los primeros contactos en México y también cómo se vinculó con el mundo editorial capitalino que comenzó a formarse después de la Independencia y, según un registro fiscal, contaba con 21 imprentas tipográficas en 1865. De acuerdo con Valadés, la imprenta de Vicente García Torres —editor de El Monitor Republicano— publicó la Cartilla socialista o sea el catecismo elemental de la escuela de Carlos Fourier: el falansterio, el primer opúsculo del socialista heleno redactado en nuestro país.16 En 1979 lo reimprimió el periódico El Socialista de la Ciudad de México como texto independiente, edición de la cual se han tomado las subsecuentes.

La Cartilla socialista plantea que el objetivo supremo de la razón humana es la realización de la asociación universal de los pueblos, bajo el supuesto según el cual únicamente un orden basado en la asociación podría acabar con el conflicto que enfrentaba a los individuos entre sí y a familias, pueblos y clases unos con otros. El opúsculo asume que el hombre es naturalmente bueno, pero las deficientes instituciones sociales desviaron su conducta y propiciaron el conflicto. Por tanto, aquéllas habrían de rehacerse con el fin de establecer un contrato social justo y equitativo que, en lugar de provocar la disputa social, armonizara a los diferentes dentro de un nuevo pacto social. Un acuerdo de estas características se beneficiaría de las ventajas naturales de los individuos conjuntándolos en tal forma que rindieran al tope. El trabajo, además de variado, se alternaría con el juego y el recreo. Sexos y edades se mezclarían para sacar provecho de las virtudes intrínsecas de cada uno de ellos. Tan sólo el convencimiento, apoyado en la experiencia efectiva, bastaría para que la humanidad entera recuperara sus fines providenciales como guía de conducta individual y colectiva.

El modelo social esbozado en la Cartilla socialista consideraba abolir los privilegios de la aristocracia, en particular acabar con el ocio, y promover el trabajo de toda la comunidad, repartiendo los bienes materiales y espirituales equitativamente, de acuerdo con los principios de la justicia distributiva elaborada por Fourier. Disponiendo todos de productos y servicios que intercambiar, sería superflua la función del dinero como medio de pago. La armonía pasional, comunitaria y universal, esto es, la concreción acabada de la fraternidad, constituiría el horizonte por alcanzar. Un experimento social de tales dimensiones no podía realizarse violentando las leyes vigentes: el convencimiento y la persuasión serían el método para realizarlo. La propaganda escrita y oral, y los ejercicios prácticos que pudieran llevarse a cabo, conformarían los recursos que se emplearían. Cuando toda la colectividad se convenciera de que ésa era la mejor forma de articular la vida comunitaria, entonces se consideraría transformar el régimen político, ocurriendo esto de manera natural, en tanto que su validez se verificaría experimentalmente, a partir de una prueba localizada, pues se comprendería “fácilmente que toda supuesta teoría o reforma social que no sea propia para realizar esa armonía entre el vecindario de una localidad será, por ese mero hecho, incapaz de realizarse en el Estado y en la sociedad en general”.17

Tres partidos disputaban conducir la sociedad por una ruta cierta. El conservador, que ponderaba la estabilidad por encima del progreso. El liberal, o partido del movimiento, que hacía lo contrario. Y el socialista, que si bien era superior en talento y capacidad que los precedentes, ignoraba los medios científicos para lograr el progreso sin sacrificar la estabilidad, presa todavía de “un vago e infructuoso empirismo revolucionario”.18 Esta limitación podría solventarla la escuela societaria, de la cual Rhodakanaty decía formar parte.

Fourier murió el 9 de octubre de 1837. Todavía en vida del maestro, Considerant logró superar algunas dificultades internas alzándose como el jefe indiscutido de la corriente furierista. Sus camaradas calificaron de personalista la gestión de Considerant: una dictadura amistosa y paternal. A su cargo estuvo la edición del periódico de la escuela societaria, La Phalange —1836-1843, transformado en una segunda época en una revista mensual de ciencia social, publicada entre 1845 y 1849—. El socialista de Besançon divulgó los principios asociativos por medio de la Sociedad para la Propagación y la Realización de la Teoría de Fourier, constituida en junio de 1840, e intentó vindicar el carácter experimental de su doctrina ante un público amplio en las Bases de la politique positive. Manifeste de l’École Sociétaire Fondeé par Fourier (París, 1842). A partir de julio de 1846 la escuela societaria comenzó a publicar el Bulletin Phalanstérien.19