La inteligencia rebelde - Carlos Illades - E-Book

La inteligencia rebelde E-Book

Carlos Illades

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Beschreibung

Una imprescindible contribución a la historia reciente del pensamiento social y político de la izquierda en México y América Latina. La "inteligencia rebelde" a la que aluden estas páginas es la de esos intelectuales de izquierda que en el último tercio del siglo XX alentaron la discusión pública, el pensamiento crítico y el cuestionamiento radical en México y, por extensión, en buena parte del continente. Carlos Illades emprende aquí una ambiciosa y bien informada revisión de las distintas figuras que, desde posiciones disímbolas y con frecuencia antagónicas, contribuyeron de manera significativa al desarrollo de las ciencias sociales, la teoría política y la reflexión en torno a los grandes problemas nacionales y latinoamericanos. Sin caer en la complacencia ni en la idealización del pasado, el autor repasa aquellos años "intensos y creativos" para calibrar las aportaciones de quienes, en un México dominado por el conformismo, el autoritarismo y el dogmatismo neoliberal, emprendieron una batalla de ideas que se manifestó en revistas, periódicos, libros y aulas.

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Veröffentlichungsjahr: 2013

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Carlos Pereyra (1940-1988)

Bolívar Echeverría (1941-2010)

in memoriam

El liberalismo político y económico, por separado o en combinación, no pueden proporcionar la solución a los problemas del siglo XXI. Una vez más, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx.

Eric J. Hobsbawm

PRÓLOGOΔ

Sea como cuerpo de ideas (Berlin) o como pasiones que impulsan la acción (Furet), la historiografía liberal atribuye al romanticismo (en sus versiones nacionalista y revolucionaria) los horrores del siglo pasado. Para aquél, “la nueva concepción romántica de los valores sustituyó la moral de la consecuencia por la del motivo, la de la efectividad en el mundo exterior por la de la vida interior”, provocando en la conciencia occidental un efecto tal “que nada ha sido igual después de éste”. De acuerdo con Furet, la fe decimonónica en las leyes de la historia, el sustituto secular de la omnipotencia divina, y la confianza ciega en la voluntad de los hombres agregados en “masa” daría al siglo XX el funesto legado de “las locuras políticas nacidas de esta sustitución”, que convirtió la solución de la “cuestión social” únicamente en la coartada de los enemigos de la libertad (Arendt), o en una ilusión, como había adelantado Spencer.1

Esta lógica excluyente de cualquier alternativa radical al statu quo -basada en la presunción de que las utopías son el embrión del totalitarismo-, sugiere que ante la misma tentación romántica sucumbieron grupos difícilmente conciliables, incluso a veces enfrentados en las coyunturas específicas: jacobinos, independentistas, socialistas utópicos, republicanos, bolcheviques, fascistas, partisanos, libertarios, guerrilleros, jóvenes universitarios, hippies y altermundistas. Un mismo hilo ata a Byron al Che Guevara, a Bolívar con Danny el Rojo.2

Para resguardarse tanto de la fatalidad romántica como de la fantasía futurista, Enrique Krauze recomendó a la izquierda mexicana evolucionar “hacia formas europeas -españolas- de acción y pensamiento”, mientras Héctor Aguilar Camín ve su viabilidad en la aceptación del mercado, la democracia liberal y el capitalismo. Sólo de esta manera podría conciliar los ideales (equidad, justicia, fraternidad) con los resultados concretos, disociados o de plano extraviados por prácticas reprobables (violencia, autoritarismo, estatismo), para concluir que “quienes han estado más cerca de alcanzar los fines éticos universales de la izquierda han sido las sociedades guiadas por ideales de ‘derecha’”.3 Estos, sin embargo, son, en rigor, inconmensurables:

Podemos o bien tratar de organizar la vida política para que todos realicen sus capacidades únicas sin interponerse en el camino de los otros -una doctrina conocida como liberalismo-, o bien podemos tratar de organizar las instituciones políticas de forma que la autorrealización sea en todo lo posible recíproca, una teoría conocida como socialismo.4

También olvida Aguilar Camín que algunas de las libertades de las que ahora disfrutamos son producto de las luchas de aquella izquierda -la elección de gobernantes en el Distrito Federal, la despenalización del aborto, el reconocimiento jurídico de las familias homoparentales y diversas políticas de protección social-, por cierto nada coincidentes con los “ideales” de la derecha mexicana.

Como toda formación histórica, la izquierda se mueve dentro de un campo de posibilidades que acota sus opciones. Las experiencias propias y la asimilación de las ajenas, las posiciones y la acción de los adversarios, la naturaleza del régimen político, la capacidad programática, el contacto con los actores sociales, por sólo mencionar algunas, limitan su espacio. En el siglo XIX la hegemonía política y discursiva del liberalismo, fincada en buena medida en la derrota militar de los conservadores, y el tardío desarrollo industrial de donde emanaría la clase obrera (referente y sujeto del socialismo, al menos en su forma marxista); en el XX, la consolidación de un Estado corporativo y autoritario, legitimado por una revolución triunfante y por la expansión económica de la posguerra, además de factores tales como la debilidad de la sociedad civil, la enorme desigualdad social y el escaso acceso a los bienes culturales por parte de una franja considerable de la población, indiscutiblemente configuraron un entorno desfavorable para la expansión del socialismo mexicano y, de manera más general, para la conformación de fuerzas políticas modernas, por lo que vale la afirmación de Hobsbawm según la cual “en América Latina, la política y el discurso público general todavía se desarrollan en los términos -liberales, socialistas, comunistas- de la vieja Ilustración”, pues, en estas sociedades, señala Villoro, “no existen aún las condiciones permanentes para la realización de un consenso racional”.5

La izquierda socialista surgió en la segunda mitad del siglo XIX con la integración de pequeños círculos de educación y adoctrinamiento, la edición de periódicos y panfletos (El Socialista, La Internacional, El Hijo del Trabajo, La Firmeza, etcétera) y su acción se manifestó en algunas rebeliones agrarias (la de Julio López, en Chalco en 1868; la de los Pueblos Unidos, en la Sierra Gorda en 1879) y dentro del naciente movimiento obrero (los congresos de 1876 y 1879). Una segunda etapa arrancó con la difusión del anarquismo, el activismo de los hermanos Flores Magón, la edición de Regeneración, y la formación de la Casa del Obrero Mundial. Después de la revolución vendría un nuevo momento con la formación del Partido Comunista Mexicano (PCM) en 1919, la recepción del socialismo de la Tercera Internacional y la creación de las centrales obreras. En la década de 1940 ocurren los primeros brotes de una guerrilla rural y, en los años siguientes, pero sobre todo a partir de 1968, surgen distintas tendencias dentro del movimiento comunista. En los ochenta se fusionan varias de éstas en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM); posteriormente, algunas de las corrientes comunistas con las nacionalistas (no priístas) en el Partido Mexicano Socialista (PMS) y, con las nacionalistas (priístas) en el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Fuera del sistema político se fortalecieron las opciones guerrilleras con la aparición pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994, y el Ejército Popular Revolucionario (EPR), después de la masacre de Aguas Blancas en el estado de Guerrero.6

La izquierda nativa guarda con las latinoamericanas diferencias importantes, sobre todo de énfasis. Por ejemplo, el anarquismo mexicano no tuvo la extensión y fuerza del que arraigó en el Río de la Plata. Tampoco logró una relación tan profunda con los movimientos sociales como ocurrió en Bolivia o con el sindicalismo y las organizaciones campesinas como es el caso del PT brasileño. Esto por no hablar de la intervención en luchas armadas como las centroamericanas o la colombiana, en donde las propias expresiones políticas de izquierda derivaron hacia esas formas de acción. Por último, a diferencia de las izquierdas que ahora gobiernan el subcontinente, la mexicana no pudo (o no le permitieron)7 alcanzar la presidencia de la República (1988, 2006).

La formación de círculos de estudio y periódicos doctrinales y proselitistas se remonta hasta los inicios mismos del socialismo mexicano. Por lo general, cada tendencia política tuvo su propia publicación, a veces únicamente pequeños tabloides de escasas páginas. A partir de los sesenta, cuando el mercado editorial experimentaba un relativo auge y la cultura nacional se renovaba sobre todo en el campo de las letras con la generación de medio siglo, al esfuerzo de la izquierda por informar y adoctrinar se añadió el de la reflexión teórica, lo que significó un cambio de consideración dentro de las publicaciones socialistas en tanto que la discusión encerrada en los límites partidarios incorporó a un segmento más amplio de lectores, a la colaboración de intelectuales de otras corrientes políticas y permitió conocer a la opinión pública las posiciones de la izquierda internacional.

Una de las contadas consecuencias afortunadas de la ola de dictaduras militares del subcontinente fue el exilio de una parte de la intelectualidad sudamericana en nuestro país. Al igual que la decisión cardenista de acoger a los refugiados españoles contribuyó de forma significativa al desarrollo de las ciencias y las humanidades nacionales, por la vía docente y las traducciones, la acogida de la inteligencia disidente del Cono Sur benefició a las instituciones de educación superior (viejas y nuevas), también al mundo editorial, la prensa escrita y las artes.8 Los debates europeos y del marxismo latinoamericano ocuparon los catálogos de Era, Siglo Veintiuno y Grijalbo. Las series Popular y Problemas de México, de aquélla, las colecciones Setenta y Teoría y Praxis, de Grijalbo, y la Biblioteca del Pensamiento Socialista, de la otra, así como los imprescindibles Cuadernos de Pasado y Presente, inicialmente impresos en Córdoba, Argentina, tiraron miles de ejemplares y no pocos de sus títulos figuraron en las bibliografías de múltiples asignaturas universitarias.

Este libro intenta mostrar la vitalidad del debate intelectual de esos años tomando como punto de partida las revistas Historia y Sociedad (1965-1981), Cuadernos Políticos (1974-1990) y Coyoacán (1977-1985), expresiones políticas y teóricas del espectro socialista.9 La renovación del marxismo con la difusión de la teoría crítica alemana, el estructuralismo francés, la historia social británica, la teoría de la dependencia latinoamericana y la recuperación del legado gramsciano ofreció el marco conceptual10 para reinterpretar la realidad nacional y la crisis del socialismo soviético, en tanto que la teorización acerca de la política y el Estado, reconocida como debilidad orgánica del pensamiento marxista, sirvió para tomar posición con respecto a la democracia que cerraba un ominoso decenio de dictaduras militares en América Latina.

Dichas publicaciones no agotan el corpus textual de la izquierda del último tercio del siglo XX, ni siquiera en lo que respecta a la prensa periódica, pero sí son representativas de las variadas posiciones políticas y distintas aproximaciones teóricas de los años dorados del marxismo latinoamericano.11Historia y Sociedad convocó básicamente a los intelectuales del PCM y, hasta su desaparición, evitó cualquier cuestionamiento público del socialismo de los países del Este. Colaboraron en ella historiadores y científicos sociales de éstos, pero en su segunda época, ventiló el marxismo doctrinario con los aires de la historiografía francesa y los desarrollos históricos del grupo de Leipzig. Cuadernos Políticos reunió a intelectuales de procedencia diversa, aunque todos contrarios al comunismo oficial y varios de ellos también al leninismo. Las contribuciones abarcaron filosofía, ciencias sociales e Historia destacando la difusión del marxismo occidental. Coyoacán fue el canal de los marxistas revolucionarios (como se autonombran los trotskistas), enemigos del estalinismo pero defensores de la Revolución de Octubre cuya experiencia intentaron infructuosamente universalizar. Y compartió con Cuadernos Políticos el interés por los temas latinoamericanos, pero dirigió más la atención hacia el análisis de los procesos revolucionarios en curso. Ocasionalmente, miembros del cuerpo editorial de alguna de estas revistas formaron parte de la redacción o publicaron en las otras, sin darse ningún debate o confrontación directa entre ellas, no obstante el disenso sobre temas importantes.12 Poco escribió la izquierda intelectual del país acerca del derrumbe socialista, ni siquiera quienes esperaron durante medio siglo la revolución antiburocrática o bien la liberación del discurso crítico de la cárcel soviética. Un silencio acompañó la desaparición de la URSS, recuerda la editora de aquéllos.13

Las revistas son el contexto inmediato donde se inscribe cuando menos parcialmente la obra personal de quienes realizaron estos emprendimientos editoriales, sirviéndonos también de hilo narrativo para introducir temas y autores, de manera tal que los nombres de Enrique Semo y Roger Bartra ligan con Historia y Sociedad; Carlos Pereyra, Bolívar Echeverría y Ruy Mauro Marini con Cuadernos Políticos; Adolfo Gilly con Coyoacán. Semo, Marini y Gilly forman parte de la generación de la fragmentación del movimiento comunista internacional y se manejan dentro de un marxismo más doctrinario (filosoviético, leninista, trotskista, según el caso); mientras Pereyra, Bartra y Echeverría pertenecen a la generación de 1968 y, con posturas claramente diferenciadas, introducen problemas y enfoques nuevos dentro de la confrontación teórica de la época. Aunque Pereyra y Bartra fueron de los primeros en incorporar el tema de la democracia dentro del campo de la izquierda mexicana contemporánea, el segundo cargó por años la losa de la herencia estalinista. Pereyra en cambio, reivindicó el nacionalismo al que Bartra intentó extirpar después de advertir todos sus síntomas en el cuerpo enfermo de la república. Echeverría nunca renunció a la expectativa revolucionaria, situándose más próximo a la generación precedente, si bien con la considerable distancia otorgada por el rápido abandono de las credenciales leninistas.

Aunque desaparecieron del mapa editorial por diferentes motivos y en distintos tiempos, ninguna de las revistas sobrevivió al colapso del bloque socialista. Sin embargo, contribuyeron significativamente tanto a la discusión pública como al desarrollo de la ciencia social mexicana. La historiografía no puede ignorar los trabajos de Enrique Semo, Arnaldo Córdova y Adolfo Gilly, que esclarecieron tanto el origen del capitalismo en México como el funcionamiento del régimen político del siglo XX, ni tampoco la aportación de Carlos Pereyra a la adecuada problematización de la disciplina. En igual forma, la teoría cultural sería impensable sin la sólida e innovadora reflexión de Bolívar Echeverría y Roger Bartra. La filosofía política mucho debe tanto a la cátedra como a la obra pionera de Pereyra publicada en Cuadernos Políticos. Pero, tan inobjetable como ese enriquecimiento del campo del conocimiento, fue su compromiso con la solución de la cuestión social, ese locus que es la seña de identidad de la izquierda, y con la búsqueda de una opción viable a la crisis nacional que, al profundizarse por el dogmatismo neoliberal, para el cual lo social es un apéndice de lo económico, condujo a este presente aterrador que nos pasó la factura de las soluciones pospuestas. Al mismo tiempo, pero con mayor densidad que sus contemporáneos liberales, Pereyra y Bartra hicieron ver la importancia de la democracia para la izquierda socialista y sus condiciones de realización en nuestro país. Rolando Cordera subrayó el equilibrio indispensable entre desarrollo económico y equidad social. Ruy Mauro Marini ofreció una original perspectiva teórica latinoamericana de las relaciones del centro con la periferia en la economía-mundo. Y Echeverría construyó las herramientas para desmotar el engranaje de la modernidad, para conceptualizarla fuera de Europa, sin caer en un regodeo provinciano por lo autóctono. Por eso, nos vendría bien repasar crítica y detenidamente aquellos años intensos y creativos, tan próximos en el tiempo como distantes conceptualmente, cuando, antes de la derrota, todo parecía posible.

La Universidad Autónoma Metropolitana y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (proyecto de investigación básica 150714) me otorgaron las condiciones indispensables para elaborar este libro, el cual se benefició de una estancia de investigación en la República Federal Alemana patrocinada por el DAAD. Agradezco al profesor Ottmar Ette la amable invitación para incorporarme como investigador visitante al Instituto de Romanística de la Universidad de Potsdam durante el otoño de 2010. Algunos avances se presentaron en coloquios y seminarios en Moscú, Potsdam y la ciudad de México, donde recibí los agudos y estimulantes comentarios de Pablo González Casanova, Ottmar Ette, Carlos Marichal, Ricardo Melgar Bao, Andrey Schelchkov, Enrique Semo, así como de jóvenes estudiantes de posgrado. Rodolfo Suárez Molnar, Teresa Santiago, Carlos Bravo Regidor y Esteban Illades hicieron cuidadosas observaciones que mejoraron el texto. El imprescindible auxilio de Guillén Torres Sepúlveda me abrevió la consulta hemerográfica, mientras Alfonso Ramírez Galicia realizó algunas búsquedas de bibliografía especializada. La revisión final del texto la realicé en el verano de 2011, cuando me incorporé como profesor visitante al Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) gracias a Rafael Rojas, director de la División de Historia. Carlos Martínez Assad tuvo el buen tino de sugerirme Océano para presentar el manuscrito, donde la cordial apertura de Rogelio Villarreal hizo el resto. En rigor, de todos modos, la responsabilidad por las omisiones y equivocaciones que el lector pudiera encontrar todavía es exclusivamente mía.

1. EL COMPROMISO DE LOS INTELECTUALESΔ

“Intelectual es el escritor, artista o científico que opina cosas de interés público con autoridad moral entre las elites”; “no será el hombre que piensa…, sino el que comunica un pensamiento”; “no pertenecen a ninguna clase ni constituyen ellos mismos una…la tarea que desempeñan en la división social del trabajo…[es] la de crear concepciones del mundo significativas… [portan] “la conciencia de la universalidad”; “son los productores directos de la esfera ideológica”.1

Las definiciones coinciden en que los intelectuales elaboran o transmiten ideas, aunque no de todo tipo, ni tampoco conocimiento especializado o académico. Específicamente, las que conceptualizan al mundo, estructurándolo en un conjunto articulado de significados que permita la comunicación y fije los parámetros del debate cívico. Los intelectuales operan entonces dentro de la esfera pública, entendida ésta como un espacio independiente de la sociedad política donde se forma la “opinión común en la sociedad” por medio -dice Charles Taylor- “de un debate racional externo al poder”. En los aparatos hegemónicos - según Gramsci-, lugar en el cual se procesa el consenso (fabricado por los medios de comunicación de acuerdo con Chomsky).2

“Los intelectuales, como la comunidad específicamente orientada hacia la escritura, que vive para la producción y transmisión de dichos textos, sólo puede llegar a existir con la existencia de una estructura de distribución de textos”; la “‘sociedad intelectual’… elabora sus propias herramientas, sus propias redes”; “gran parte de los proyectos intelectuales y artísticos más relevantes en nuestro tipo de sociedad fue producido en el interior de grupos y movimientos”.3

Dejando de lado el mito del genio solitario -coetáneo del “arte por el arte” de los románticos- también parece haber acuerdo en que la producción intelectual se realiza en el seno de colectividades, que involucra distintas estructuras y mediaciones -campos de producción y recepción de acuerdo con Bourdieu- hasta llegar al receptor, no como consumidor de una mercancía (ideológica), sino interpelado al recibir un insumo que coadyuva a su discernimiento. Círculos y redes estructuran el circuito, habilitan el flujo del intercambio y el debate ideológico, hasta llegar a la opinión pública, la instancia última de esta socialización.4

La secularización de la sociedad otorgó al escritor la oportunidad de acabar con el monopolio de las consciencias en poder de la clerecía. Un público robusto entre la clase media, e incipiente dentro de los trabajadores, posibilitó la formación del mercado editorial en el que la novela llegó a ser un producto bien cotizado, acompañado a veces de la interlocución directa del autor con sus lectores como aconteció a Rousseau. Victor Hugo asumió la responsabilidad de exponer la miseria del pueblo como la obligación moral del hombre de letras ante un mundo injusto, pero fue Émile Zola quien denunció la ruindad del poder en el caso del capitán Dreyfus, el cual alineó a la intelligentsia francesa en un asunto de interés público, ejemplo honrado hasta el final de su vida por Jean-Paul Sartre, arquetipo del intelectual comprometido,5 E.P. Thompson y Noam Chomsky en el mundo anglosajón, y José Revueltas entre nosotros.

Si lo que distingue al intelectual de los demás hombres de ideas es su intervención en el ámbito cívico, empleando la autoridad que tiene como miembro de un campo para expresar una postura sobre temas concernientes a la república, por lo general esta fisonomía corresponde a la silueta de la izquierda.6 México no fue la excepción. La vieja disputa entre quienes consideraban que la política corrompía la actividad artística y los que pensaban en su función social estuvo al día con la polémica literaria de 1932 a propósito del nacionalismo, y en septiembre del año siguiente, Antonio Caso y Vicente Lombardo Toledano debatieron acerca del papel de la universidad en la sociedad contemporánea: aquél argumentó que la institución constituía una comunidad de cultura y no debería someterse a ninguna ideología, por lo que rechazaba cualquier intento de clausurar la pluralidad de enfoques y la libertad de cátedra; éste planteó tanto el carácter histórico de la cultura como que la enseñanza universitaria debería responder al conocimiento científico. En el cardenismo la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) intentó incorporar la lucha antifascista al debate público,7 fijando una postura con respecto de los grandes temas de la época.

Podríamos abundar en ejemplos de causas que movilizaron a la intelectualidad mexicana a lo largo del siglo pasado (los presos políticos del sindicato ferrocarrilero, la invasión de Bahía de Cochinos, los estudiantes y profesores encarcelados en 1968, el golpe de Estado en Chile, los incontables fraudes electorales, el asesinato de periodistas, la reivindicación de derechos fundamentales, etcétera), pero lo que conviene retener es lo siguiente: habitualmente fue el ala izquierda del espectro político la que alzó la voz intentando marcar límites al autoritarismo priísta.

Lombardo y Revueltas

Según Héctor Aguilar Camín son cuatro familias las de la izquierda mexicana: 1) la revolucionaria; 2) la comunista; 3) la estatista y nacionalista, y 4) la utópica clásica. La primera está identificada con la violencia, la segunda con Moscú, la tercera con el populismo autoritario (Salinas dixit) y la última simplemente con ideales igualitarios pasados de moda. La izquierda comunista le parece cuando menos inocua. Ocupada en justificar el socialismo real, no tuvo tiempo para participar en el movimiento popular, por lo que su influencia se experimentó sobre todo en el campo intelectual. De alguna manera su elitismo le otorgó el único logro asequible: la colonización del espacio cultural. Comprometida con la democracia, el pecado capital que cometió fue abrazar el estatismo (la variante autóctona de la sovietización de acuerdo con Aguilar) y, por tanto, le fue fácil fundirse con las corrientes nacionalistas y los desperdicios del PRI. A la izquierda utópica lo único que ofrece es condescendencia.8

Desde una perspectiva menos superficial, Enrique Semo y Roger Bartra identifican tres ramas históricas que, no obstante el cambio de siglas, han dominado la acción y el imaginario político de la izquierda: el anarquismo, el marxismo revolucionario y el reformismo (Semo); el izquierdismo, el comunismo y el reformismo (Bartra). El izquierdismo abrevó en el anarquismo de principios de siglo renaciendo en 1968 con los desprendimientos del comunismo oficial (Revueltas), el trotskismo y el maoísmo. La matriz comunista procede del PCM, pero también incluye a otras formaciones minoritarias a veces opuestas a aquél. Mientras el reformismo, con un fuerte componente estatista, hunde sus raíces en el lombardismo, y su horizonte ideológico es la Revolución mexicana, pudiendo decirse que es la versión autóctona de la socialdemocracia. Ante el socialismo alicaído que Bartra observaba a principios de los ochenta, la esperanza de reorientarlo hacia un futuro viable era sintetizar lo mejor de las tres tendencias que, en su confrontación, cuando menos tuvieron la virtud de aportar elementos positivos a la cultura política de la izquierda nacional.9

Si empleamos el criterio generacional para destacar las características principales, podemos decir que, a la generación romántica del socialismo mexicano, nacida hacia 1830, le tocó la Reforma y la Intervención, sucediéndola la anarco-comunista de alrededor de 1870, formada en el porfiriato. Además de la evidente discontinuidad entre ambas, tampoco tenemos documentado ningún contacto. En los albores del siglo XX, surge la del comunismo de la Tercera Internacional, que vivió la revolución, incorporándose a la esfera pública en los años veinte. Diez o quince años menor que los demás, Revueltas enlazó a esta generación con las posteriores: durante su madurez inició la ruptura con el estalinismo y fue mentor ideológico de los jóvenes del 68.10 Sigue la de la fragmentación del movimiento comunista internacional, alumbrada a finales de los veinte, que incorporó experiencias revolucionarias distintas de la soviética (China y Cuba), viviendo el viraje hacia la derecha del régimen de la Revolución mexicana, incluida la represión de los ferrocarrileros. Luego está la generación de 1968, nacida alrededor de 1940, que con las referencias externas de Checoslovaquia, París, Vietnam y Chile, y la interna el movimiento estudiantil, incorporó la demanda democrática tanto para el “socialismo realmente existente” como en la apertura del sistema político mexicano.

El socialismo romántico consideró relevante ocuparse de la cuestión indígena, incorporó a la justicia social dentro de su ideario, criticó la teoría económica liberal, despreció la actividad política (y sobre todo a quienes la llevan a cabo), trató de armonizar a los diferentes, planteando también el tema de la democracia. Para Plotino Rhodakanaty (1828-¿?) ésta fue el mayor logro de la reforma juarista y significó un avance hacia la regeneración social en la medida en que abrió canales de participación a las clases populares. Sin embargo, como sucedió con las revoluciones de 1848, quedaría inconclusa si no derivaba en el socialismo, si no trascendía el marco de la política para alcanzar la regeneración social que asegurara a todos el pan, el trabajo y la educación. De cualquier forma, no había por qué menospreciar el avance que la democracia representaba en la construcción de la sociedad futura, ya que con el socialismo aquélla devendría en un gobierno directo del pueblo, sería entonces una democracia social.11

La democracia y el sufragio universal, asumidos por el primer socialismo como un logro irrenunciable, en la concepción magonista constituían simplemente instrumentos en manos de la clase dominante. Ricardo Flores Magón (1873-1922) consideró que la revolución política fracasó desde la perspectiva popular. Juárez acotó al clero y defendió exitosamente la república ante los franceses, pero no modificó en nada la situación del trabajador, esclavizado por el salario y las necesidades cotidianas insatisfechas. Los patrones, dueños del capital, continuaban explotándolo sin límite al vender a un precio alto lo que habían adquirido a precio de nada. La propiedad privada constituía la causa fundamental de la inequidad social, por tanto, era imposible la transformación si los trabajadores no se hacían de su destino expropiando a la burguesía las fuentes de su poder. Consideraba esencial la educación para la emancipación mental del pueblo (por lo cual también era menester acabar con todas las Iglesias), que debía concluir la competencia por el trabajo, puesto que la cooperación es consustancial a la especie humana y que la propiedad privada le había impuesto una forma antinatural de sociedad (el Estado), el cual debería remplazarse por una federación libre de pequeñas comunidades autogestivas. La sociedad del porvenir, fundada en la igualdad radical, no la construirían las antiguas clases aristocráticas y despóticas, ni tampoco la joven burguesía egoísta y codiciosa, sino el pueblo organizado. Desde el exilio obligado en los Estados Unidos, el anarco-comunista oaxaqueño pronosticó que los bolcheviques implantarían el “régimen socialista autoritario”, pero más temprano que tarde, el pueblo, convencido de la inutilidad de todos los gobiernos, optaría por “el sistema socialista anarquista”.12

El Primer Congreso de la Internacional Comunista convocó en marzo de 1919 a formar partidos en todo el mundo. México respondió en noviembre con la creación del PCM, fundado por un indio, un ruso y un mexicano. Después de múltiples tumbos, en el que incluso se refundó (palabra todavía familiar al PRD), rápidamente se sumó a la órbita soviética.13 Con escasa independencia ideológica, el PCM no desarrolló en sus primeros tiempos ninguna discusión que merezca recordarse. A finales de los veinte, después del “giro a la izquierda” dispuesto por la Komintern, sólo atinó a ver la crisis política provocada por el asesinato de Obregón como un conflicto entre la contrarrevolución, que aglutinaba las fuerzas “semifeudales” porfirianas (terratenientes, Iglesia, facciones militaristas y el capital extranjero) contra la pequeña burguesía.14

La democracia estuvo ausente del debate socialista de los treinta y cuarenta, derivando la discusión hacia el curso deseable de la revolución. La lucha de clases a través de la historia de México (1936), del profesor normalista Rafael Ramos Pedrueza (1897-1943), definió como feudal al país, porque dominaba una aristocracia terrateniente aliada con el capital extranjero, al menos hasta antes de la llegada al poder del general Cárdenas. Por tanto, era necesario que la burguesía tomara el poder para después realizar la revolución proletaria. Vicente Lombardo Toledano (1894-1968) intentó, tanto racionalizar la Revolución mexicana desde la óptica del marxismo, como conducir la acción política dentro de su perspectiva programática. Además de democrático-burguesa, la gesta de 1910 tuvo para el ideólogo de Teziutlán un contenido antimperialista, por lo cual, el aliado natural del movimiento obrero y de la izquierda socialista era el régimen revolucionario, cuyas acciones, incluso su evidente autoritarismo, constituían un mal menor dentro de la tarea mayúscula de frenar el imperialismo estadunidense, su enemigo histórico y el gran obstáculo para la emancipación del proletariado mundial que tenía por patria la Unión Soviética. Dentro del curso progresivo y necesario de la historia, cada ampliación de la propiedad pública y toda derrota del imperialismo en el planeta significaban un avance en esa dirección.15

La perspectiva de Lombardo marchaba a contrapelo de la socialdemocracia europea, que había desplazado el foco de la política partidaria de la estatización de la propiedad hacia la demanda salarial, las mejoras en la seguridad social, el pleno empleo y el aumento consistente de los niveles de vida y consumo, reivindicaciones que pudieron cumplir solventemente los países industrializados durante el boom económico de la posguerra.16 Derrotado el fascismo y abierta la compuerta electoral, el modelo soviético parecía cada vez menos atractivo a una clase obrera que prosperaba como nunca antes en la historia. Más que un horizonte, el socialismo parecía un peligro para los exitosos pactos laborales de los sindicatos. Con sus inobjetables logros, incluso acrecentados durante la crisis de 1968 en Francia, aquélla estuvo lejos de ser el interlocutor deseado por el movimiento estudiantil.17

La némesis intelectual del político poblano fue José Revueltas Sánchez (1914-1976); parte de su obra estuvo dedicada a refutar las tesis de Lombardo.18 Para el escritor duranguense, la Revolución mexicana no podía permanecer como el gran mito político conductor de la acción de la izquierda, antes bien, cualquier proyecto de transformación real del país debería trascenderla, esto es, negarla dialécticamente:

Su crítica a los mitos colectivos es a la vez una apelación para que los agentes particulares tomen conciencia de su propia responsabilidad histórica. Los discursos colectivos ya fracasaron. Frente a este mensaje, no nos maravilla que el movimiento del 68 y el México postlatelolco hayan encontrado en Revueltas una referencia y un modelo para transformar el pensamiento mexicano.19

El corporativismo del Leviatán revolucionario aplastaba a todos los actores sociales organizados, dominándolos tanto por la coerción como por un consenso espurio construido a través de la alienación, que los llevaba a confundir sus fines históricos con los del Estado (cuasi fascista según él) dentro de una simulación democrática, mientras que el proceso real de toma de decisiones se conducía a través de oscuros arreglos cupulares.20

De acuerdo con Revueltas, existían en México dos izquierdas: la oportunista, representada por Lombardo, y la revolucionaria, que todavía tenía pendiente formar un partido de clase o “conciencia organizada” que condujera al proletariado a la toma del poder político, papel histórico que no había sabido cumplir el PCM.21 Su persistente alusión tanto a la inoperancia de éste como al autoritarismo de su dirección, finalmente provocó su segunda expulsión (la primera había ocurrido en 1943), después que fuera readmitido en 1956, cuando la invasión soviética a Hungría,22 evento que el partido no condenó, como sí haría en 1968 con la ocupación de Checoslovaquia:

las nefastas, escandalosamente impúdicas VII y VIII Convenciones del PCM en el Distrito Federal (1959-1960), la última de las cuales terminó por obligarnos (a miembros de las células Marx, Engels, Joliot-Curie y otras) a dejar las filas del partido, mediante ultimátum en que se nos instaba a abjurar de nuestros puntos de vista ideológicos…23

Con purgas y todo, el comité del Distrito Federal representaba en ese entonces la “avanzada” dentro del partido, según escribió un joven historiador comunista.24 Lo cierto es que para quienes padecieron los rigores del estalinismo, la diferencia entre el ala conservadora y progresista, centradas en la caracterización de la situación del país y las tareas estratégicas de la izquierda, no pasaba de ser una distinción sutil que dejaba intocada la matriz autoritaria del aparato partidario. Relata Carlos Monsiváis:

En Ciudad Universitaria seguíamos el debate hasta donde nos era posible y atestiguamos la prepotencia: en las reuniones del comité del DF, se exalta el pasado glorioso del partido y se acusa a Revueltas como golpista, faccionalista y entrista notorio…Al final, a Revueltas, Eduardo Lizalde y Enrique González Rojo los aplasta la burocracia…25

Después de un breve paso por el Partido Obrero-Campesino Mexicano (POC) y de una estadía de varios meses en Cuba, Revueltas formó, en septiembre de 1960, la Liga Comunista Espartaco (LCE) a la cual pronto se sumaron “jóvenes estudiosos del marxismo” sin militancia política previa. El Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (abril de 1961), su manifiesto fundacional ex oficio, fue publicado gracias a los donativos procurados por miembros de la organización y simpatizantes.26 Desde una perspectiva hegeliana del marxismo -”el cerebro colectivo” concretado en el partido de clase que cobra conciencia de sus fines emancipadores, esto es, de la necesidad histórica-, Revueltas intentó rescatar al leninismo de las garras estalinistas del PCM y el lombardismo, portavoces y practicantes de

un estalinismo chichimeca, bárbaro, donde el “culto a la personalidad” se convierte en el culto a Huitzilopoztli y en los sacrificios humanos que se le ofrendan periódicamente con la expulsión y liquidación política de los mejores cuadros y militantes, cada vez que esto se hace necesario cuando los sombríos tlatoanis y tlacatecuhtlis dentro del PCM se sienten en peligro de ser barridos por la crítica justa.27

En su propia lucha interna, los intelectuales del movimiento renovador del PCM en 1980 recogieron el dardo clavado por Revueltas, lanzándolo contra la burocracia partidaria:

José Revueltas tal vez exageraba al postular la inexistencia histórica del PCM, se equivocaba seguramente al culpar al PCM de su propia debilidad…El proletariado sin cabeza sigue esperando no ese “cerebro colectivo único” que soñaba Revueltas simplemente un Partido Comunista Mexicano.28

Ya sin la expectativa de reincorporarse al PCM, el escritor duranguense profundizó su ruptura con el estalinismo con la publicación de Los errores (1964), dedicada al líder reformista húngaro Imre Nagy, ahorcado en 1958, novela donde muestra la contradicción entre los ideales de los militantes que hicieron de la revolución su proyecto de vida y las prácticas asesinas del régimen estalinista, en una suerte de desencuentro entre la utopía comunista y el “socialismo realmente existente”. Y muy claramente en 1968, cuando se manifestó contra las “dictaduras burocráticas”, equiparando la lógica política del Estado soviético con la del antiguo imperio ruso,29 año en que cerró también su prolongado debate con Lombardo, a quien por años vio como mentor ideológico y acompañó en los trabajos preparatorios para la fundación del Partido Popular (PP) en 1948, después de que expulsaran a Lombardo de la CTM.

“Cuba, qué linda es Cuba”

Desde el medio siglo soplaron vientos nuevos dentro de la cultura mexicana con la creación de revistas y suplementos culturales. Entre 1951 y 1957 un grupo de estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) -Carlos Fuentes, Porfirio Muñoz Ledo y Fernando Zertuche- puso en marcha Medio Siglo, en tanto que Jaime García Terrés acogía en la Revista de la Universidad a los jóvenes de la Facultad de Filosofía y Letras (José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y Juan García Ponce). Entre 1955 y 1965, Fuentes, Emmanuel Carballo, Antonio Alatorre, Tomás Segovia y García Ponce se alternaron la dirección de la Revista Mexicana de Literatura, tentativa de la generación del medio siglo por trascender el nacionalismo revolucionario.30 Para 1962, Salvador Elizondo publicaba S.NOB, al lado de Emilio García Riera y García Ponce. Colaboraban regularmente Jorge Ibargüengoitia, Tomás Segovia, José Luis Cuevas, Juan Vicente Melo, Alejandro Jodorowsky, Jomi García Ascot, Cecilia Gironella y Luis Guillermo Piazza. Esos años, rememora Sergio Pitol, todo portaba el sello de la novedad:

la rebelión de los pintores, las conversaciones en locales que no cerraban nunca, la aspiración a crear una nueva literatura, una nueva pintura, un nuevo cine y teatro y, más que eso, una nueva vida propiciaron muchos nacimientos, entre otros los de tres extraordinarias editoriales: Era, Joaquín Mortiz y, más tarde, Siglo XXI.31

Gracias al influjo de Fernando Benítez, Alí Chumacero y Henrique González Casanova, en 1949 Novedades auspició el suplemento México en la Cultura, el cual hubo de trasladarse a la revista Siempre! de José Pagés Llergo en 1962,32 porque el director del diario, Rómulo O’Farril, deploraba la simpatía por la Revolución cubana experimentada por sus subordinados,33 misma que compartían El Espectador (1959), encabezado por Fuentes con la colaboración Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara, Jaime García Terrés, Enrique González Pedrero y Luis Villoro; y Política (1960-1964), de Manuel Marcué Pardiñas. Refiriéndose a Fuentes, quien acababa de regresar de Cuba tras participar en el Primer Congreso Literario Hispanoamericano, una entusiasmada periodista caracterizó al escritor del momento:

Felizmente, Carlos no corresponde al tipo de intelectual de la “torre de marfil”. Es de los que se lanzan hasta el fondo del remolino social, con los ojos -más que con los ojos, con el corazón y la cabeza, con todos los poros de la piel- bien abiertos, para recoger las vibraciones de los problemas sociales humanos…Por eso no nos sorprende que antes de siquiera saludar nos lance un: “Hay que ver lo que en un año puede hacer un gobierno honesto, un gobierno que sí trabaja incansable, desesperadamente”.34

El primer libro publicado por Era fue justamente La batalla de Cuba (1960) de Fernando Benítez. “La ensoñación con la alternativa bolchevique volvió a estar de moda. Cuba era el ejemplo a seguir. La Revolución mexicana parecía apenas una ‘pseudorrevolución’”, dice Krauze, aunque más bien lo que se extendía era la percepción de que la Revolución mexicana estaba agotada, como en su momento notó Daniel Cosío Villegas.35 De igual forma que en la década de 1930, la izquierda nacionalista y los comunistas hicieron un pacto tácito, no sólo para apoyar la Revolución cubana, sino para reconfigurar el rumbo de la propia. A final de cuentas, el sesgo antimperialista de ambas fue el elemento fundamental que los acercó durante un breve tiempo y no un culto innato a la violencia. Fue en otros espacios políticos, y sobre todo después del movimiento estudiantil, donde la opción cubana resonaría por la vía armada. El asalto al cuartel militar de Madera en 1965, en sugerente paralelo al de Moncada, fue realizado por miembros del magisterio y jóvenes militantes del PP (PPS desde 1960), descontentos por la colaboración de Lombardo con el régimen a través de la línea del “frente nacional democrático” -a su juicio, con “un éxito invariable cuando se ha aplicado con inteligencia y cuando se ha sabido conquistar a fuerzas disímbolas para un objetivo común de beneficio para la nación y para nuestro pueblo”-, y más puntualmente, por su respaldo a la candidatura presidencial de Gustavo Díaz Ordaz.36

Esta euforia de los intelectuales por los sucesos isleños, compartida por muchos de sus colegas latinoamericanos,37 ofreció a los comunistas mexicanos la oportunidad de trascender los espacios cerrados de la militancia, dialogar con sus pares “progresistas” y buscar la alianza con un segmento del Estado de acuerdo con la tesis de la revolución por etapas que por décadas sostuvieron:

El periodo se abrió con la crítica de la clase dominante desde las páginas de La región más transparente de Carlos Fuentes y más tarde en El Espectador y Política, representantes destacados de la nueva generación hablaron de revolución. Algunos de ellos se acercaban al marxismo. Otros, hacían sus primeras experiencias de militancia política en la oposición y alternaban la investigación y la cátedra con su participación activa en las filas del Movimiento de Liberación Nacional.38

Con menos simpatía hacia la izquierda intelectual, Jorge Ibargüengoitia escribió en uno de sus cáusticos relatos:

Sarita me sacó del fango, porque antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado. Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo entender que todos los hombres somos iguales, que el único ideal digno es la lucha de clases y la victoria del proletariado; me hizo leer a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes…39

El desencuentro de una parte de la nueva generación intelectual con el régimen se había cebado en la represión de la huelga ferrocarrilera, que demandaba la ruptura del nexo corporativo con el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y el encarcelamiento de sus líderes Demetrio Vallejo y Valentín Campa. Diversas voces -entre ellas la de Fuentes desde las páginas de Política- irrumpieron en la escena pública llamado a su liberación y preguntándose sobre la vigencia de la Revolución mexicana.40 Lázaro Cárdenas, muy activo en el conflicto ferrocarrilero, aprovechó la ocasión para reunir a un amplio espectro político que incluía al PCM, el PPS, sindicatos obreros, organizaciones campesinas y segmentos del PRI, con el propósito de constituir un frente democrático que atajara las políticas represivas del gobierno de Adolfo López Mateos, permitiera la democracia sindical y la libre competencia política.41

Convergiendo con el malestar interno, la Revolución cubana ofreció la oportunidad de agregar un componente antimperialista al llamado. Es así que en marzo de 1961, a instancias de Cárdenas, se realizó en la ciudad de México una conferencia internacional por la soberanía nacional, la emancipación y la paz a la que asistieron dieciséis delegaciones latinoamericanas, observadores norteamericanos, representantes de la URSS, China y países africanos. Entre los resolutivos, estuvo proteger a la Revolución cubana de la tentativa estadunidense de acabar con ella. Un mes después ocurrió la invasión a Bahía de Cochinos, y el general Cárdenas, aparte de participar en las manifestaciones en la ciudad de México, intentó incluso alistarse entre los voluntarios que irían a combatir en la isla.42

En este ánimo contestatario, con ciento ochenta delegados de una veintena de estados, el 4 de agosto de ese año fundó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), cuyo ideario reunía las aspiraciones del nacionalismo revolucionario con las de la izquierda socialista, demandando la plena vigencia de la constitución; libertad para los presos políticos; justicia independiente; libertad de expresión; reforma agraria integral; autonomía y democracia sindical y ejidal; dominio de la nación sobre los recursos naturales; industria nacional; reparto justo de la riqueza del país; política exterior independiente y digna; solidaridad con Cuba; comercio con todos los países; democracia, honradez y bienestar para el conjunto de la población; pan, libertad, soberanía y paz.43 Este ejercicio preliminar de síntesis política lo llevará al límite el Frente Democrático Nacional (FDN) en la campaña presidencial de 1988, umbral que no quiso traspasar el MLN en la elección de 1964, negándose la fracción del general a presentar un candidato propio, al margen del partido oficial, conduciendo hacia la dispersión a la organización antimperialista cuando decidió apoyar la postulación de Díaz Ordaz a la presidencia de la república.44

Dentro de esa perversa forma de hacer política “a la mexicana”, para usar la expresión de Revueltas, en donde lo importante se resuelve en la penumbra y lo que se hace público no implica compromiso alguno, el candidato López Mateos se reunió con el líder agrarista Rubén Jaramillo -ya presidente se tomaría la famosa fotografía que reprodujo la prensa-, ofreciéndole plenas garantías para reincorporarse a la vida institucional tras veinte años de rebeldía. Sin embargo, el 23 de mayo de 1962, en el “Operativo Xochicalco”, “desconocidos” ultimaron el antiguo capitán zapatista en una emboscada en la que asesinaron también a su esposa, Epifania García, y a sus tres hijos. Prácticamente todos los medios impresos denostaron al dirigente campesino, salvo Política y Siempre! quienes sugirieron la responsabilidad oficial. El general Cárdenas condenó el homicidio en el mitin que para el efecto convocó el MLN.45

El caso Padilla dañó la relación de los intelectuales hispanoamericanos con el régimen cubano y también los dividió. En la lógica autoritaria según la cual toda disidencia, por insignificante que sea, constituye una amenaza, la dirigencia isleña convirtió en icono de la libertad de expresión al autor de Provocaciones, condenado como contrarrevolucionario por la burocracia cultural de La Habana. Aprehendido el 20 de marzo de 1971, después de un recital de poesía en la Unión de Escritores, la policía política coaccionó a Heberto Padilla para que hiciese pública una retractación autoincriminatoria (eufemísticamente llamada “autocrítica”). Un grupo de destacados escritores -algunos liberales, otros comunistas- invocaron la postura del Che Guevara con respecto al papel de la crítica dentro del campo revolucionario pidiéndole a Fidel Castro una explicación. Entre los mexicanos firmaban Octavio Paz y Carlos Fuentes.46

La respuesta del comandante, en uno de sus interminables discursos, fue tan lamentable como desproporcionada: recordó el peligro representado por la cercanía con los Estados Unidos, la hipocresía del liberalismo burgués, el oportunismo de la intelectualidad “pseudoizquierdista” (Rossana Rossanda, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Hans Magnus Enzensberger, Jean Daniel, Julio Cortázar, Fernando Claudín y el cineasta Francesco Rosi), acostumbrada a juzgar sin comprometerse, y delató la presencia del nuevo enemigo, el imperialismo cultural, al que decidió cerrarle las fronteras de su ínsula:

Ya saben señores intelectuales burgueses y libelistas burgueses y agentes de la CIA y de las inteligencias del imperialismo, es decir, de los servicios de inteligencia, de espionaje del imperialismo: en Cuba no tendrán entrada ¡no tendrán entrada! Como no se la damos a la UPI y a AP ¡Cerrada la entrada indefinidamente, por tiempo indefinido y por tiempo infinito!47

Fue un verdadero despropósito, los remitentes eran entusiastas propagandistas de la revolución e incluso había comunistas de toda la vida y luchadores antifascistas. A partir de allí, discreta o estridentemente no pocos romperían con el régimen castrista. Conocido el lastimoso mea culpa de Padilla, los intelectuales denunciaron en una segunda carta los métodos estalinistas empleados por el Estado cubano, sugiriendo un paralelo con los procesos de Moscú. Se agregaron las firmas de los mexicanos José Revueltas, Juan Rulfo, Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Vicente Rojo, Marco Antonio Montes de Oca. Y de los comunistas Lucio Magri, Ralph Miliband, István Mészáros y Pier Paolo Pasolini.48

Los intelectuales y el movimiento estudiantil

Si bien se le puede ver como la reacción de los jóvenes ante el conservadurismo que acompañó al boom de la posguerra,49 1968 representó una ruptura por lo menos por tres razones: la invasión de las tropas soviéticas a Checoslovaquia mostró la incapacidad del “socialismo realmente existente” para democratizarse; el movimiento estudiantil colocó en el debate público el tema de la democracia y, a la vez, su virtual negación por parte del régimen posrevolucionario, convenciendo a no pocos que la Revolución mexicana estaba muerta; fue la experiencia iniciática para una nueva generación de intelectuales que, dada la dimensión internacional del movimiento estudiantil, ensanchó problemática y conceptualmente el campo de la reflexión teórica y política de la izquierda.

La revuelta juvenil no fue la manifestación de pobres o indigentes que reclamaran pan y trabajo, sino de una generación nacida en “los treinta gloriosos” de la expansión económica de la posguerra, comparativamente mucho mejor provista que sus antecesores cercanos y remotos, la cual, consciente y en uso de los derechos adquiridos (educación, seguridad social, empleo, capital cultural, recreo, etcétera), aspiró a extenderlos, proyectándose hacia un futuro presumiblemente mejor que un presente estancado y conformista. Dominaba la convicción de que la juventud era cuando menos la plenitud de la vida, si no es que su límite. La ruptura transitoria del orden violentó el imaginario de una sociedad envanecida por el éxito, recusando -dice Edgar Morin-“el pasaje al mundo adulterado del adulto”, irrumpió en ese mundo gobernado por los mayores, dislocándolo en la medida en que dentro del contrapoder estudiantil “los hombres no tienen tiempo de envejecer en sus funciones” (Lefort).50 No por casualidad, Daniel Cohn-Bendit convocaba a recelar de quienes tuvieran más de treinta años:

Y es que, hasta los años setenta, el mundo de la posguerra estuvo gobernado por una gerontocracia en mucho mayor medida que en épocas pretéritas, en especial por hombres -apenas por mujeres, todavía- que ya eran adultos al final, o incluso al principio, de la primera guerra mundial.51

El asalto a las jerarquías (burocráticas, de clase, familiares, escolares, corporativas), un nuevo lenguaje incomprensible para los adultos (“la momiza”), un cambio en la concepción acerca de la sociedad y el Estado, la presencia pública de la “nueva izquierda” (antiestalinista, contraria al minimalismo socialdemócrata, libertaria), el resurgimiento del espontaneísmo, la democracia directa, la organización horizontal y la fraternidad en el sentido más comprehensivo (social, étnica, grupal, de género), además de estilos de acción innovadores (coreográficos, irreverentes, festivos), conforman el saldo histórico de la protesta juvenil,52 catalizadora del descontento fraguado desde la década anterior, expuesto crudamente tanto en la literatura Beat como por el neorrealismo italiano:

La generación emergente poco o nada tiene que ver con la tradición presuntamente bolchevique. Lo suyo combina modernidad con preocupación social: se frecuenta la cultura norteamericana y la europea, se adopta una nueva sensibilidad marcada por el cine y la literatura, se vive la pasión por el rock y las “puertas de la percepción”…53

La iconografía de 1968 volvió familiares los rostros del Che, y de los poco occidentales Mao-Tse-Tung y Ho-Chi-Minh. Por una vez, las claves del futuro eran propiedad del Tercer Mundo. Advirtiendo retraso, el segmento radical del movimiento estudiantil intentó compartirlas apresurando el paso sin sopesar adecuadamente las eventuales consecuencias de la violencia revolucionaria. Rudi Dutschke, en uno de los coloquios de Herbert Marcuse con los estudiantes de la Universidad Libre de Berlín, en 1967, habló de “aceptar la necesidad de la violencia en las metrópolis”, a fin de complementar la lucha revolucionaria desarrollada en el Tercer Mundo.54 Con varios años en el movimiento estudiantil y después de visitar Cuba, otro joven de la nueva izquierda, Mark Rudd, “tomó” uno de los selectos campus de la Ivy League:

sabemos que las gentes de otros países podrían liberarse de nuestra dominación, sabemos que las universidades podrían producir e impartir conocimientos para el progreso…sabemos que los hombres pueden ser libres y guardar lo que producen y disfrutar plácidamente de la vida para crear. Éstos son valores positivos pero como significan la destrucción por el que ustedes imperan, usted [Grayson Kirk] los llama “nihilismo”. En el movimiento, estamos empezando a llamar a esta visión social “socialismo”.55

En México las universidades y los movimientos sociales sufrieron a causa de la intransigencia gubernamental, incapaz de tolerar cualquier protesta organizada. El 21 de octubre de 1960 comenzó en Chilpancingo una huelga estudiantil que demandaba la autonomía universitaria, la destitución del rector, reformas a la ley orgánica de la institución y aumento de subsidio. Un contingente variado participó en la protesta y, el día 31, llevó a cabo una copiosa manifestación en la ciudad que culminó con la conformación de la Coalición de Organizaciones Populares. El 20 de noviembre alrededor de 10,000 mujeres y estudiantes guerrerenses, alumnos del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y de la UNAM, tomaron una vez más las calles de la capital estatal.56

En las primeras horas del 25, policías y militares desalojaron violentamente a los estudiantes y a otros ciudadanos que hacían un plantón en la alameda Francisco Granados Maldonado de Chilpancingo. Iglesias y fábricas hicieron sonar campanas y silbatos, que congregaron a la población, armada de palos y piedras, alrededor del área del conflicto. Las fuerzas del orden se contuvieron, no sin detener, entre otros, al doctor Pablo Sandoval, líder del Comité de Padres de Familia y militante del PCM, y al profesor Genaro Vázquez Rojas, dirigente de la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), fundada recién el año anterior. El 30 de diciembre, los órganos de seguridad acometieron, con un saldo rojo de trece muertos (dieciocho según otras fuentes) y treinta y siete heridos graves; dos soldados perdieron la vida en el asalto.57

El sexenio siguiente la mano dura alcanzó al movimiento de los médicos residentes del Hospital General, que de reivindicar mejores condiciones laborales pasaron a demandar el derecho a organizarse, hasta la intervención del ejército en las universidades de Michoacán y Sonora, mientras el doctor Ignacio Chávez renunció a la rectoría de la UNAM en 1966 debido a la violencia de un grupo de porros que bloqueó su proyecto de reforma académica de la institución, consagrando el pase automático como derecho imprescriptible de la comunidad estudiantil unamita.

Después de un bochornoso acto de censura gubernamental, con el apoyo de varios centenares de autores y lectores, en 1965 Arnaldo Orfila Reynal fundó Siglo Veintiuno Editores, donde con razón Gabriel Zaid vio desplegarse “una autoconciencia intelectual frente a los abusos del poder”. A mediados de 1968, Julio Scherer García llegó a la dirección de Excélsior,58 encargándole a Octavio Paz, en 1971, la edición de Plural