Entre dos corazones - Elizabeth August - E-Book
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Entre dos corazones E-Book

Elizabeth August

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Beschreibung

Ellen Reese iba a casarse con el que ella pensaba era don Perfecto. Pero se lo pensó mejor, e hizo un viaje que iba a cambiar su vida. ¡Quién iba a pensar que una ventisca la iba a dejar incomunicada junto a un hombre que no conocía y que era la antítesis de su novio! Peter Whitley, un hombre alto, fuerte e irresistible no podía creerse su buena fortuna. Ellen Reese era la mujer más deseable que había visto en su vida. Pero era un hombre de principios y nunca intentaba nada con una mujer que estaba comprometida con otro. A menos que estuvieran a punto de romper...

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Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Elizabeth August

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Entre dos corazones, n.º 995 - abril 2021

Título original: The Bride’s Second Thought

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-597-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

ESTÚPIDA! ¡Estúpida! ¡Estúpida! –se decía Ellen Reese a sí misma–. Las decisiones que se toman a las dos de la mañana, siempre hay que volver a planteárselas a la luz del día.

Había tenido todo el día para pensar, pero lo cierto era que estaba dolida y enfadada. No le había apetecido ponerse a pensar. Se había buscado los problemas ella sola y no podía echarle la culpa a nadie.

Esa mañana, al salir de Boston, el cielo estaba despejado. A mitad de camino, en dirección a New Hampshire, empezaron a caer algunos copos de nieve. Decidió no detenerse. Por alguna estúpida razón, que a las dos de la mañana le había parecido lógica, había seguido conduciendo hasta llegar a la frontera con Canadá. Después, continuó hacia el norte, atravesando terreno montañoso, concentrándose en la belleza del manto de nieve que cubría los campos, intentando olvidarse al mismo tiempo de la razón por la que estaba haciendo aquel viaje.

Al principio, había decidido no preocuparse por copos de nieve sin importancia. Pero ya había unos cuantos palmos de nieve en la carretera. La gente de por allí estaba acostumbrada. El servicio de protección civil disponía de varias palas quitanieves, para limpiar la carretera. Al fin y al cabo, aquel era el país de los esquiadores, en el que la gente vivía del turismo. Además, si la carretera se ponía peligrosa, siempre podría pasar la noche en un hotel.

Tan ensimismada estaba en aquellos pensamientos, que no se había dado cuenta de que la tormenta había arreciado, ni que la nieve se estaba acumulando en la carretera. Cuando pasó por el último pueblo, había pensado en detenerse, pero decidió seguir porque la frontera estaba muy cerca y quería llegar cuanto antes.

Tanta nieve caía que parecía que estaba anocheciendo. A pesar de la velocidad a la que iba el limpiaparabrisas, casi no podía ver más allá del capó del coche, por lo que redujo la velocidad. Pensó en dar la vuelta y dirigirse al último pueblo por el que había pasado, pero, según el mapa, había un pueblo un poco más adelante. Y no quería arriesgarse a hacer una maniobra de ese tipo sin tener visibilidad.

En ese momento, se dio cuenta de la tontería que había cometido. Estuvo atenta, para ver si veía algún otro coche, pero no pudo ver ninguno. Ni siquiera recordaba haber visto coches circulando en el pueblo que acababa de pasar.

–Eso es porque todo el mundo ha buscado refugio cuando empezó a nevar –se dijo a sí misma.

La conducción se hacía cada vez más difícil. Desesperada, al ver un buzón de correos, había tomado un camino, para ver si podía refugiarse en la casa que supuestamente habría un poco más allá.

Pero no veía casa alguna. El camino parecía que sólo se adentraba más y más en el bosque.

Luchando contra el pánico, entrecerró los ojos, para ver si veía algo. Por allí había pasado el camión quitanieves horas antes. Los montones de nieve que se acumulaban en el arcén así lo indicaban.

–Seguro que la casa está después de esa curva –razonó, hablando en voz alta, para darse ánimos.

Se ajustó el abrigo al cuerpo, abrió la puerta del coche y salió. El aire era gélido. Los pies se le empezaron a congelar. Abrió el maletero del coche. Sacó unas botas de montaña de la maleta y entró en el coche. Una vez dentro, se quitó los zapatos y los calcetines, que ya estaban húmedos. Un golpe de viento movió el vehículo. Encontró unos calcetines limpios y se los puso. Después se puso las botas. La nieve ya había tapado el parabrisas.

–Quizá sea mejor esperar a que amanezca, o hasta que pare de nevar –murmuró. La pequeña incursión al maletero le había dejado el cuerpo helado. Podía quedarse en el coche. La maleta estaba llena de ropa, que podía utilizar para calentarse.

–O también puedo morirme de frío aquí, cuando a lo mejor la casa no está a más de cien metros –argumentó, sintiendo que la temperatura del vehículo descendía por momentos.

De pronto el coche se tambaleó. Miró por la ventanilla y vio dos pezuñas en el cristal.

El miedo se apoderó de ella. Aquellas pezuñas eran de un animal canino. Recordó que todo perro tiene un dueño, y eso la tranquilizó un poco.

Pero de pronto vio el hocico del animal y sus afilados colmillos.

–Creo que me quedaré aquí, hasta que llegue su dueño –decidió, confiando en que el cristal de la ventanilla resistiera.

El animal bajó sus patas y se alejó unos metros. Miró por la ventanilla, con un nudo en la garganta. Había asumido que el perro sería de la gente que vivía en la casa a la cual pertenecía el buzón de correos. Pero, al fijarse mejor, comprobó que parecía más bien un lobo.

–Algunos perros parecen lobos –razonó, para darse ánimos. Recordó que los lobos siempre van en manada y no podía ver ninguno más a su alrededor.

–Es un perro –dijo, para tranquilizarse.

Pero de pronto el animal levantó el hocico y empezó a aullar. ¡Era un lobo, llamando a sus colegas!

–Piensa –se ordenó a sí misma.

–Tengo que pensar que hay alguien después de esa curva –se dijo, apretando los dientes. Estiró la mano y tocó el claxon. No recordaba si para pedir socorro había que hacer tres pitidos cortos y tres largos, o tres largos y tres cortos. Decidió que había que empezar por los cortos. Al cabo de los pocos minutos dejó de hacer las señales. No quería quedarse sin batería. Era mejor esperar. Si no llegaba nadie, lo intentaría cuando dejara de nevar.

El frío le estaba calando los huesos. Se quitó el abrigo un momento y se puso un jersey, aparte del que levaba puesto, además de unos pantalones encima de los vaqueros. Después volvió a ponerse el abrigo.

Fuera, el lobo continuaba aullando.

–Si cree que ha encontrado la cena para la manada, está muy confundido –apretó los dientes y comprobó que las puertas estaban bien cerradas. Después, se acomodó en el asiento.

Pero aparte del viento y del aullido del lobo, se oía un ruido de motor. Encendió las luces delanteras. Vio que se acercaba una motonieve por el camino. El conductor se tapó la cara con las manos. Al darse cuenta de que las luces le estaban deslumbrando, las apagó. Miró hacia donde estaba el lobo y vio que se dirigía hacia la motonieve.

A toda prisa, abrió la puerta del coche, salió y gritó:

–¡Cuidado!

Pero el conductor pareció hacer caso omiso, y ella temió que no la hubiera oído. El pánico se apoderó de ella. Decidida a que ninguna otra persona sufriera heridas por su culpa, se dirigió hacia el coche, para ayudar a aquel hombre. Pero cuando el conductor paró el motor de la motonieve, la bestia restregó el hocico en su pierna y él le acarició el cuello.

Había dejado que el pánico se apoderara de ella. Era sólo un perro que parecía un lobo.

El conductor se acercó, miró su coche y después a ella. Llevaba puesto un abrigo. Tenía barba y era muy alto. El típico hombre de las montañas.

Peter se fijó en ella. Por la expresión de su cara, sacó la conclusión de que estaba perdida, pero en lo que se refería a las mujeres uno nunca podía fiarse.

–A nadie que se le ocurriría viajar en una noche como ésta –le dijo.

–Tiene razón –admitió ella.

Después se fijó en el coche.

–No creo que pueda viajar en ese coche –le dijo–. Será mejor que me acompañe.

El hombre empezó a caminar hacia la motonieve, pero ella permaneció en su sitio. Ella nunca iba a casa de un hombre que no conocía.

Cuando llegó la motonieve, el hombre miró hacia atrás. Viendo que ella no se había movido del sitio, frunció el ceño.

–Tiene dos opciones. Puede quedarse aquí y convertirse en un cubito de hielo, o venir a casa conmigo.

El frío que hacía la hizo tomar una decisión. Donde había vida, había esperanza, se dijo a sí misma. Si se quedaba allí, seguro que se moriría de frío.

–Voy por mi bolso y mi maleta –le dijo, dirigiéndose hacia la parte de atrás del coche.

El hombre se acercó y le quitó la maleta de la mano.

–No podrá agarrarse a la maleta y a mí al mismo tiempo. Vendré a buscarla más tarde –le dijo y la volvió a meter en el coche.

Lo siguió hasta la motonieve, bajo la atenta mirada del perro, lo que la hizo sentirse más nerviosa.

–No parece que le guste mucho a su perro.

–Es un lobo, y no es mío. Es de un amigo mío. Y también es de él el refugio al que vamos –Peter le hizo una seña al lobo, para que se acercara–. Amigo –le dijo–. A casa.

El lobo se levantó y empezó a correr por el camino.

Después de retirar la nieve del asiento, Peter se subió a la motonieve. Ellen se colocó detrás de él. Como no tenía otro sitio al que sujetarse, no tuvo más remedio que agarrase a su cintura. Durante todo el camino, intentó mantenerse tan alejada de él como fuera posible. Pero hacía tanto frío, que en ocasiones no tuvo más remedio que apoyarse en su espalda para protegerse.

El camino se adentraba en el bosque y no parecía acabar nunca. Justo cuando empezaba a preguntarse si de verdad existía aquel refugio, olió a humo. Levantó un poco la cabeza y vio una construcción. Cuando se acercaron un poco más, vio que era un refugio hecho de troncos de árbol.

El lobo se agitó, para quitarse la nieve de encima, cuando ellos llegaron al porche. Su salvador también se detuvo en el porche, para quitarse la nieve de las botas. Ella, antes de entrar, hizo lo mismo.

El interior del refugio fue una sorpresa agradable. Al ver el aspecto de aquel montañero, había esperado algo más rústico. Pero los muebles eran bastante cómodos y la atmósfera era acogedora. Había una chimenea, en la que ardían unos troncos y un sillón y una silla frente al fuego. También vio una cocina, con mesa de madera y unas sillas. Tres puertas daban al salón. Una de ellas estaba abierta y se veía una cama.

–El baño está allí –le dijo Peter, apuntando hacia otra de las puertas, que estaba cerrada–. Vendré con sus maletas en unos segundos. ¿Quiere algo más del coche?

Sintiéndose culpable por que él tuviera que ir a buscar sus cosas con aquel temporal, le dijo:

–No es necesario que vaya a buscar nada. Me arreglaré con lo que tengo y mañana seguiré mi camino.

Por lo menos no era una de esas mujeres malcriadas, pensó Peter. Lo que menos le apetecía era quedarse encerrado con la típica mujer que sólo sabía exigir cosas de los demás.

–No se puede saber con seguridad cuándo seremos capaces de salir de aquí. Seguramente va a seguir nevando toda la noche y con la fuerza con la que sopla el viento lo más probable es que tape el coche. Si espero, mañana tendré que desenterrar el coche para sacar el equipaje. ¿Quiere pues que le traiga algo más?

Se dio cuenta de que era inútil discutir con él.

–Una bolsa con ropa que hay en el maletero.

El hombre estiró la mano para recoger las llaves. Tan pronto ella se las dio, él se fue.

A través de la ventana lo vio que se volvía a subir a la motonieve y desaparecer. Ella había pensado que se iba a encontrar esposa e hijos en el refugio, pero no parecía haber nadie más allí. Recordó que le había dicho que aquel sitio era de un amigo y saludó en voz alta. Pero no obtuvo respuesta alguna. Parecía que en aquel sitio sólo iban a estar aquel hombre, el lobo y ella. Aquello le produjo cierta intranquilidad.

–Te has metido en un buen lío –se gruñó a sí misma.

De repente, le entró miedo de que el lobo decidiera no ser su amigo y miró hacia la chimenea. El animal estaba tumbado, con la cabeza levantada, mirándola, como preguntándose si debía confiar en ella o no.

–No te preocupes, no me voy a llevar nada, ni tampoco me voy a quedar mucho tiempo –le aseguró.

El animal bajó la cabeza, pero continuó observándola.

Moviéndose muy despacio, para no darle motivo de alarma, se quitó el abrigo y lo colgó en una percha que había en la puerta. Después, se quitó las botas y el pantalón que se había puesto encima de los vaqueros. Se alegró de habérselos puestos, porque la humedad no había atravesado la primera capa.

Después se fue al cuarto de baño. Era más grande de lo que había pensado y estaba muy limpio. La bañera era de las antiguas, con patas. El suave aroma a crema para después del afeitado le recordó a su salvador.

No se había fijado bien en él cuando entraron en el refugio. Lo único que recordaba era que tenía los ojos azules más profundos que jamás había visto… ojos impacientes, de reprobación.

Salió del cuarto de baño y caminó lentamente por la sala de estar, fijándose en todo lo que la rodeaba. Echó un vistazo en la segunda habitación y vio que era el estudio. Había dos estanterías llenas de libros. También había una mesa y un ordenador. Al subir las escaleras encontró un dormitorio que supuso era el de invitados.

–Bonito sitio –le dijo al lobo.

El animal no dijo nada.

Se quitó el jersey que se había puesto en el coche, al empezar a sentir que su cuerpo ya no lo necesitaba. Lo dejó en el sillón. Sin embargo, no estaba tranquila. Se sentía culpable por haber dejado que aquel hombre saliera a buscar sus cosas con aquella tormenta. El viento soplaba con fuerza y sonaba como si fuera un aullido. La nieve caía con tanta fuerza que no se veía más allá de la barandilla del porche.

–Seguro que no le ha pasado nada –dijo en voz alta, para tranquilizarse un poco. Miró al lobo y vio que la seguía observando–. Ya le dije que no era necesario que fuera –dijo en su defensa.

De pronto el lobo se puso en pie y ella sintió pánico. En la distancia se oía el ruido de un motor. Segundos más tarde, vio una tenue luz y se sintió más tranquila.

Cuando el hombre llegó al porche, le abrió la puerta.

–Gracias –le dijo, cuando entró y dejó la maleta en el suelo. Luego se quitó el abrigo.

Peter se sentó en la silla que tenía al lado.

–De nada.

El alivio que había sentido segundos antes fue sólo pasajero. Debajo de aquel abrigo, su salvador llevaba una camisa de franela a cuadros, encima de un jersey de cuello alto. Tenía unos hombros muy anchos. Cuando se inclinó, para desatarse las botas, se fijó en que no tenía nada de barriga. Los vaqueros se ajustaban a sus potentes piernas. Sin las botas puestas debía medir más de un metro ochenta.

Se imaginó que tendría unos treinta y tantos años. Su pelo era castaño oscuro y lo llevaba un poco largo. De su cara, lo que más destacaba eran sus ojos azules. Tenía una nariz normal y los pómulos levantados. Pensó que debajo de aquella poblada barba se escondía un pronunciado mentón. Aunque podía estar equivocada y la barba cubriera sólo una débil barbilla. De ser así, sería el único punto débil que tenía aquel hombre, pensó, cuando él dejó las botas a un lado y se levantó.

Durante todo ese tiempo, se había estado fijando en aquel hombre, sólo para olvidarse del miedo que se iba apoderando de ella. Estaba sola en un refugio, en medio de una tormenta, con un hombre que no conocía y un lobo con cara de pocos amigos.

El hombre se acercó y ella retrocedió unos pasos.

Peter frunció el ceño.

–No se preocupe, no soy un loco ermitaño que no ha visto una mujer en años. No tiene que temer nada de mí.

A pesar de que ella no fuera una mujer de extraordinaria belleza, al lado de aquel hombre se sentía como si fuera una de las feas hermanastras de Cenicienta.

–Me alegra que me diga eso –respondió ella y estiró la mano–. Me llamo Ellen Reese.

–Peter Whitley –respondió él, estrechándole la mano.

Ellen había estrechado muchas manos, pero jamás había sentido lo que sintió al estrechar aquélla. Su primera impresión fue de fuerza, después de la dureza de sus manos. Pero lo más desconcertante fue su calidez. Apartó la mano, como si le hubiera dado un calambre y retrocedió unos pasos.

–Si quiere, puede dormir en la habitación, yo dormiré en el estudio.

–No quiero causarle ninguna molestia –respondió, sintiéndose una intrusa.

Peter, al darse cuenta de que ella seguía teniendo miedo, le respondió:

–La habitación se puede cerrar con llave. Allí se sentirá más segura. No me gustaría que se pasara toda la noche en vela, de preocupación.

Estuvo a punto de afirmar lo contrario, pero no pudo. Parecía que aquel hombre no tenía el menor interés en ella, pero recientes acontecimientos la hacían desconfiar de los hombres.

–Gracias, porque no estoy yo muy segura de gustarle mucho a su lobo.

Peter tenía que admitir que aquel animal podía intimidar a cualquiera. Recordó el primer día que pasó en compañía del lobo. Ningún ser humano lo había observado con tanta intensidad.

–Tarda bastante tiempo en decidirse. Pero no le hará ningún daño. Aceptará mi decisión.

–Eso es alentador –le respondió–. ¿Cómo se llama?

–Bane –el animal se había levantado y estaba al lado de Peter. Levantó la cabeza cuando oyó su nombre y Peter lo acarició.

–Jack Greenriver, el propietario de este refugio, lo encontró cuando era un cachorro. Se había perdido en el bosque y estaba a punto de morir de hambre. Jack lo trajo a casa y lo crió, con la intención de soltarlo en cuanto creciera un poco. Jack incluso le enseñó a cazar. Un día lo llevó al bosque y lo soltó, pero el animal volvió otra vez. Y desde entonces se ha quedado por aquí.

Peter acarició el cuello del lobo.

–Y usted le debe la vida a Bane. Fue él el que se dio cuenta de que había alguien en el camino e insistió en ir a investigar. Cuando lo oí aullar, supe que había ocurrido algo. Después, oí el claxon de su coche.

–Gracias –le dijo Ellen al lobo.

El animal levantó la cabeza, pero no se movió de su sitio. Al cabo de unos segundos, se dio la vuelta y se tumbó al lado de la chimenea, apoyó la cabeza sobre sus patas delanteras y cerró los ojos, como indicando que dejaba a Peter al mando del refugio.

Peter levantó la maleta y la llevó al dormitorio. Volvió otra vez al cuarto de estar y se acercó al frigorífico.

–¿Le apetece algo de cenar? Puedo hacer maíz y calentar algo de chile con carne que hice ayer.

–Bueno –respondió ella, al darse cuenta del hambre que tenía–. ¿Quiere que le ayude?

–No se preocupe, puedo hacerlo yo solo. Siéntese allí si le apetece –le dijo, indicándole el sillón–. Si quiere llamar por teléfono, en el estudio hay uno. Si quieren saber dónde está, dígales que entre Colebrook y West Stewardtown.

–No me espera nadie –nada más decir esas palabras, se arrepintió. En silencio, se recriminó no haberle dejado que pensara que alguien estaba esperándola. Lo miró a la cara para ver su reacción. Y lo que vio fue una expresión de total indiferencia.

–Esta no es la época del año más indicada para hacer excursiones.

–No tenía más remedio.

–¿Dónde se dirigía?

–Quería ir a Canadá. Nunca he estado en Canadá.

–¿Es que está huyendo de alguien?

–No –replicó. Vio la cara que le ponía–. Está bien, es por mi novio, Charles. No quería estar en el mismo país que él.

–¿Y se ha expuesto a morir de frío sólo por una pelea de enamorados?

–Admito que puedo haber actuado un poco precipitadamente. Me arrepiento. No lo volveré a hacer. ¿Podemos ahora cambiar de tema?

–Yo nunca me he interpuesto en una riña.

–Esto fue más que una riña –replicó ella, permaneciendo después en silencio, porque pensaba que ya había dicho demasiado. Según se dirigía hacia el sillón, le empezó a rondar algo por la cabeza. Había llamado a Paul Saunders, su supervisor y le había dicho que necesitaba unas vacaciones de forma inmediata. Le había dicho que eran para resolver un problema familiar. Su supervisor le había respondido que se tomara el tiempo que necesitara. Pero no había llamado a sus padres.

–Me gustaría llamar por teléfono. Charles pensará que me he ido a Kansas City, a casa de mis padres. Seguro que les llama. Si no le importa, les diré que estoy en casa de un amigo.

Peter se encogió de hombros, demostrando su indiferencia y siguió haciendo el pan de maíz. Por el rabillo del ojo se fijó en el movimiento que hacía su trasero al andar. Sería mejor pensar en otra cosa. Sólo a un loco se le ocurriría liarse con una mujer que estaba enamorada de otro. Y él no era ningún loco.

Sola en el estudio, hizo la llamada. Dijo a sus padres que estaba bien y que quería pasar unos días fuera. Les pidió que no le dijeran a Charles dónde estaba y les dio el número de teléfono del refugio, por si tenían que ponerse en contacto con ella.

–Lo único que te pasa es que tienes un poco de miedo –la tranquilizó su madre–. No te preocupes, se te pasará. Has estado esperando mucho tiempo por el hombre ideal.

–Ahora no estoy de humor para hablar de eso –respondió Ellen con firmeza y se despidió.

Cuando colgó, se cruzó de brazos y se quedó mirando por la ventana. Había mentido. No se sentía bien. Se sentía engañada, y le dolía más de lo que jamás hubiera podido imaginar.