Una misión real - Elizabeth August - E-Book
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Una misión real E-Book

Elizabeth August

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Beschreibung

En la oscuridad de la noche, Lance Grayson llevó a cabo la misión de rescate más importante de toda su vida. Y cumplió su cometido a la perfección. Aunque la princesa Victoria de Thortonburg todavía estaba aturdida después de la terrible experiencia, su belleza era impresionante... Y era lo bastante inteligente como para preguntarse adónde la estaba llevando su salvador. Tendría que conformarse con la casa de Lance, humilde pero segura. Mientras sus secuestradores anduvieran sueltos, Lance tenía el deber de proteger a Victoria Rockford... y de revelarle el secreto que cambiaría su vida por completo. Lance no solía ser una persona compasiva , pero no pudo resistir el impulso de consolar a aquella mujer. Tendría que controlarse a sí mismo para no hacer a Victoria suya en todos los sentidos...

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Seitenzahl: 165

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Harlequin Books S.A.

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una misión real, n.º 1623 - julio 2020

Título original: A Royal Mission

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-708-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

UTILIZANDO solo la luz de la luna llena para guiarse, Lance Grayson se movía sigilosamente por entre la maleza. Su destino era una pequeña cabaña que tenía delante. El techo del porche caía a un lado y tenía las ventanas clavadas con tablas. La hierba, matojos y pequeños árboles estaban invadiendo de nuevo el claro donde estaba instalada. Se detuvo y utilizó los binoculares de visión nocturna para echar un vistazo. El lugar parecía completamente abandonado. Maldijo en silencio. Se estaban quedando sin tiempo para encontrar a Victoria Rockford y parecía que aquella había sido una pista falsa. Y lo que era peor, era su única pista.

Miró el bosque alrededor de la cabaña. Cuatro de sus mejores hombres estaban allí, rodeándola. Habló en voz baja al micrófono de los auriculares que llevaba, llamándolos a cada uno por su nombre.

Cada uno de ellos respondió informándolo de que estaba en posición.

Menos mal que todos tenían mucha práctica en los reconocimientos nocturnos, se dijo a sí mismo tratando de verlo por el lado bueno. Pero no sirvió para animarlo. La foto que tenía de Victoria Rockford no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Parecía tan viva, tan vital; su rostro era una versión sorprendentemente hermosa de los rasgos de los Thorton. El que pudiera morir porque él no la encontrara lo suficientemente rápido, le llegaba al alma. Lo preocupaba que esa misión pareciera más personal, más urgente. Normalmente, él era mucho más frío, se distanciaba más del objetivo de sus misiones.

Entonces dijo en voz alta:

–Mantened las posiciones. Parece que esto es una falsa pista, pero voy a ver si nuestro objetivo está ahí.

Se acercó a una ventana lateral y miró por entre las tablas. Con solo los rayos de la luna iluminando el interior, pudo ver bastante poco. Se estaba llevando los binoculares de visión nocturna a los ojos cuando lo oyó. Era un leve gemido. Miró por los binoculares y experimentó una sensación de triunfo. Sobre una cama, en el extremo más alejado, había una mujer, esposada al cabecero por las manos y con los pies sujetos a la parte baja.

–Parece que, después de todo, no ha sido una pista falsa –les dijo a los demás–. Al parecer, la princesa está sola. Voy a entrar.

 

 

Victoria Rockford luchó contra el efecto de las drogas que le habían dado para sedarla y trató de centrar sus pensamientos, pero no lo consiguió. Su mente continuaba como entre brumas y la tentación de ceder al sueño se hizo más fuerte. Se agarró a los barrotes del cabecero de la cama y tiró de las ligaduras de los pies. Lo había hecho cientos de veces antes, con la esperanza de romper la cama y poder escapar, pero no había sido así. Frustrada, deseó gritar, pero como estaba amordazada, no pudo. Maldijo mentalmente al Susurrador, el nombre que le había puesto a su secuestrador, y juró vengarse si alguna vez se liberaba. Cuando se liberara, se corrigió a sí misma, negándose a pensar en otra cosa.

Oyó un ruido en el porche y se quedó helada. La adrenalina logró aclararle algo la cabeza. Su secuestrador iba dos veces al día para darle de comer y le permitía ir al servicio. Con los ojos vendados para que no supiera si era de noche o de día, su sentido del tiempo estaba muy afectado. Aun así, estaba segura de que era demasiado pronto para que volviera. Normalmente, cuando llegaba, el efecto de las drogas se le había pasado bastante y tenía más coordinación. ¿Habría llegado el momento de saber por qué había sido raptada? El miedo se apoderó casi por completo de ella y apretó la mandíbula. No iba a morir sin pelear.

La puerta gimió indicando que había sido abierta. Se quedó completamente quieta, conservando las energías para la batalla final. Los pasos se acercaron, eran más suaves y cautelosos de lo habitual. ¿Habría mandado su secuestrador a alguien nuevo?

Un haz de luz le dio entonces en la cara.

–Señorita Rockford, soy el capitán Lance Grayson –dijo un hombre que apagó la linterna y le soltó la venda que le tapaba los ojos–. Estoy aquí para ayudarla.

Victoria parpadeó varias veces antes de poder enfocar la vista. Pero aun así, con la poca luz que había, no podía ver bien a aquel hombre. Iba vestido todo de negro y llevaba todos los aparatos de alta tecnología que había visto en las películas de policías. Deseó creer que estaba allí para rescatarla, pero no estaba dispuesta a confiar en nadie. El que la hubieran raptado no tenía ningún sentido. ¿Qué podían ganar sus raptores? Su padre, Malcolm, no daría un penique por verla viva. Hasta que no supiera lo que estaba pasando, tendría que seguir en guardia.

El hombre sacó un juego de ganzúas y le soltó las esposas. Mientras lo hacía, habló con sus hombres para asegurarse de que el perímetro estaba seguro y que nadie más se acercaba, luego ordenó que le llevaran el todoterreno delante de la cabaña.

Victoria se preguntó si estaría teniendo un sueño producido por las drogas o tal vez, incluso, una alucinación. Le parecía como si llevara desde siempre en esa cabaña. Tal vez se había vuelto loca.

Cuando le soltó las manos, el hombre le cortó las ligaduras de los pies con un cuchillo.

–¿Puede sentarse? –le preguntó mientras la ayudaba a hacerlo.

Estaba muy mareada y con ganas de vomitar. Aquello no era un sueño. Tal vez una pesadilla, pero no un sueño.

–No me encuentro muy bien –murmuró mientras se agarraba a él en busca de apoyo.

Los músculos que sintió bajo las manos eran duros como el granito. Incluso drogada como estaba, la recorrió una oleada de excitación. Si ese hombre hubiera utilizado esa fuerza contra ella, habría tenido muy pocas posibilidades de sobrevivir.

–Se va a poner bien –dijo el hombre.

Luego la tomó en brazos y la sacó afuera, hasta el vehículo que los esperaba.

La fuerza de él la sorprendió más todavía mientras que el calor de su cuerpo contrastaba con el frío de la noche. Ya no dudaba de su existencia. Tenía una buena imaginación, pero no tanto.

Luchando contra el mareo, lo miró a la cara cuando la dejó en el asiento del pasajero y le puso el cinturón de seguridad. Sus rasgos eran angulosos y duros. Era como se había imaginado que sería su raptor, no su rescatador.

El miedo se apoderó de nuevo de ella. Tal vez los secuestradores estaban jugando al policía bueno y al policía malo, como había visto tantas veces en las series de televisión. A lo mejor, por alguna razón, necesitaban de su cooperación y esa era su manera de conseguirla.

–He visto que sus maletas están dentro. Ve por ellas y mételas en el coche –le dijo el capitán Grayson a uno de sus subordinados, el que le había llevado el coche hasta allí.

Victoria vio que ese otro hombre iba también de negro. En su estado de atontamiento, le pareció una sombra salida de una pesadilla y se estremeció.

Luego oyó al capitán que la había rescatado hablando con los demás por la radio. Miró hacia el bosque y no vio a nadie más. ¿Había más gente o solo era parte del juego? Cerró los ojos y trató de aclararse la mente mientras su cuerpo recuperaba la coordinación. Pero aquello resultó demasiado agotador y la oscuridad cayó sobre ella.

 

 

Lance, esperando que por lo menos uno de los secuestradores apareciera por allí y lo pudieran capturar, ordenó al resto de sus hombres que se quedaran vigilando la cabaña.

–Y ahora la llevaré a un lugar seguro –le dijo a Victoria mientras se instalaba tras el volante.

Como no recibió respuesta, la miró y vio que estaba caída hacia delante.

Preocupado, le tomó el pulso, que latía lenta pero regularmente. Su respiración también era regular.

–Señorita Rockford –dijo.

A ella le pesaban demasiado los párpados como para abrirlos.

–Agua –dijo con voz rasposa.

Lance tomó una cantimplora y se la puso en los labios.

Sin abrir los ojos, ella bebió y luego se dejó caer en el asiento.

Lance se sintió satisfecho de que solo estuviera adormilada por las drogas y se alejaron de la cabaña. Pero no podía dejar de mirarla, seguía preocupándolo de que tuviera algo más que el efecto de las drogas. Frunció el ceño. Las emociones embotan los instintos de una persona y eso no le gustaba. Él era un hombre acostumbrado a tener el control total, un hombre que se había entrenado a sí mismo para no permitir que nada lo distrajera de sus propósitos.

La carretera no era muy buena y, cuando pilló un bache, Victoria gimió.

–Mi cabeza –dijo, pero al cabo de un momento estaba dormida de nuevo.

Lance no podía evitar sentirse muy preocupado por su bienestar. Se detuvo a un lado de la carretera y le controló de nuevo el pulso y la respiración. Luego le levantó los párpados y le iluminó los ojos con la linterna. Las pupilas reaccionaban y eso le indicó que solo estaba drogada. Pero esa vez se tomó su tiempo en explorarla mejor.

Victoria, semiinconsciente, dijo:

–¿Qué pasa?

–Solo estoy viendo si está bien.

Se percató de que esa mujer tenía unos labios extremadamente apetecibles y eso le hizo decirse que esos pensamientos no eran nada profesionales.

–¿La han golpeado en la cabeza? –le preguntó.

–No creo.

Lance la miró a la cara por si tenía alguna herida y luego le recorrió la cabeza con las manos en busca de chichones, cosa que le produjo un raro placer, por lo que terminó rápidamente.

Ese suave contacto de sus dedos causó un efecto sedante en Victoria y, cuando él paró, ella se sintió como si le hubieran quitado algo.

Se dijo a sí misma que ese hombre podría estar asegurándose de que estaba bien para lo que fuera que tuviera en mente. Por lo que sabía, él bien podría ser el mismísimo Susurrador en persona. Eso la hizo estremecerse.

Él abrió una botella de agua y se la puso en los labios.

–Beba –le ordenó.

Esa vez la prudencia se impuso a la sed.

–No.

–Tiene que beber para que el agua le limpie el organismo de drogas.

Victoria tenía cada vez más sed. Había bebido antes y le había parecido que el agua estaba limpia, pero aun así, no quería confiar en ese hombre.

–Beba usted primero.

Él sonrió y con eso pareció aprobar su comportamiento. Se llevó la botella a los labios y dio un trago.

Solo entonces ella se decidió a beber.

Mientras seguían su camino, la mente se le aclaró un poco y esperó que fuera porque las drogas estaban dejando de hacerle efecto. Se dijo a sí misma que necesitaba echar un sueño y cerró los ojos.

 

 

Estaba amaneciendo cuando Lance llegó a su casa, en la costa noroeste de la isla y estado de Thortonburg. Nadie sabía que poseía esa casa, era una parte de su vida que mantenía completamente en privado. Tomó en brazos a Victoria, la llevó al interior y le gustó esa sensación de tenerla en los brazos. Inmediatamente, se reprendió a sí mismo. Ese no era un pensamiento que debiera tener con esa mujer.

–Baño –murmuró ella.

Él la llevó allí y la dejó de pie.

Ella estaba mareada y débil, pero muy decidida a hacer sus necesidades en privado.

–Esto lo puedo hacer yo sola –dijo balbuceando.

Lance no estaba nada convencido, pero retrocedió hasta el pasillo.

–Dejaré la puerta abierta. Si cree que puede caerse, grite.

Luego oyó sus movimientos y el agua correr.

–¿Ha terminado? –preguntó preocupado de que se pudiera caer y hacerse daño.

–Sí.

Lance entró en el cuarto de baño y se la encontró agarrada al lavabo como para no caerse al suelo. La tomó en brazos y la llevó al dormitorio, donde la dejó sobre la cama. Le quitó los zapatos y encendió una lamparilla. Por fin, salió fuera a sacar sus maletas del coche.

De vuelta a la habitación, se quedó un momento viéndola dormir. Se dio cuenta de que el color estaba volviendo a su rostro y de que respiraba más profundamente. Con un poco de suerte, las drogas dejarían pronto de hacerle efecto.

Se duchó rápidamente y luego se puso unos pantalones y una sudadera. Después de echar un vistazo para ver si su invitada seguía dormida, se hizo el desayuno, pero en vez de tomarlo en la cocina, lo llevó al dormitorio, donde se sentó en una silla y se lo comió mientras observaba a aquella mujer. La furia que sentía hacia los hombres que le habían hecho eso se hizo más intensa a cada momento. Se juró que no descansaría hasta capturar a Malcolm Rockford y su cómplice. Lance y los Thorton estaban más que convencidos de que Malcolm era el tipo que se hacía llamar El Justiciero.

De nuevo se le ocurrió que se estaba tomando ese caso demasiado personalmente.

–Es mi deber encontrar a esos hombres –se dijo a sí mismo en voz baja.

Necesitaba decírselo para convencerse a sí mismo de que esa era la verdadera razón que había tras sus sentimientos. Victoria Rockford nunca podría ser nada más que alguien a quien él tenía el deber de proteger.

 

 

Victoria se tumbó de espaldas y se estiró. Sonrió al recordar que había soñado que la habían rescatado. Un rostro rudo y atractivo, frío y serio llenó su mente. Entonces dejó de sonreír. ¿Había sido rescatada o solo había cambiado de prisión? Frunció el ceño y pensó que solo había sido un sueño. Se estiró de nuevo y entonces se dio cuenta de que se podía mover con libertad. Abrió los ojos, levantó las manos y se las miró. No tenía las esposas.

Más alerta ya, se dio cuenta de que estaba tumbada en una cama más blanda y mucho más limpia. Abrió y cerró los ojos un par de veces más para aclararse la visión. La luz del sol entraba por una ventana abierta y la habitación olía a la brisa marina. ¿Seguiría soñando?

Recorrió la habitación con la mirada. La decoración era masculina y un poco escasa, pero le gustó. Giró la cabeza y entonces todo su cuerpo se tensó. Sentado en un sillón cerca de la cama estaba el hombre con el que había soñado. Ya no iba vestido de negro ni llevaba ese equipo de alta tecnología, pero su rostro… seguía siendo serio y frío. Y estaba armado. Llevaba una funda bajo la axila con una pistola muy grande y con aspecto de ser extremadamente peligrosa. Pensó que había visto un destello momentáneo de alivio en sus ojos cuando él se levantó para acercarse a la cama, pero permaneció en guardia.

–¿Quiere un poco de agua? –le preguntó él.

Victoria recordó que le había dado agua antes y que estaba limpia de drogas. Se sentó con esfuerzo y se mareó. Apretó los ojo para luchar contra ese mareo.

–¿Está bien? –preguntó él hombre.

–Mareada.

–Esa es una reacción natural después de haber sido drogada.

El hombre se sentó en el borde de la cama, le rodeó los hombros con el brazo y la ayudó a beber.

–Beba. El agua la ayudará.

Victoria obedeció. Pero mientras seguía mareada, fue muy consciente del brazo que la sujetaba. A pesar de que la mayor parte de esos días le parecía confusa, recordaba vívidamente la fuerza de ese hombre y pensó que, si él estaba de su lado, no tendría nada que temer.

Él esperó a que hubiera bebido todo lo que quería, luego la dejó tumbarse de nuevo y le preguntó:

–¿Cómo se encuentra ahora?

–Como si mi cuerpo pesara un par de toneladas.

–Eso también es normal. Le voy a traer una sopa.

Ese hombre le hablaba educadamente, pero sin emociones. ¿Era un amigo o la estaba engañando? No podía estar segura. Pero fuera lo que fuese, no temía que ella se fuera a escapar. La dejó sin atar cuando salió de la habitación.

Hacía tiempo se había jurado que no aceptaría pasivamente lo que le pusiera por delante el destino. Decidida a recuperar sus fuerzas y la coordinación para poder luchar por su libertad si tenía que hacerlo, se obligó a sentarse en la cama y a apoyar las piernas en el suelo. El movimiento le vino bien y sintió el cuerpo menos pesado.

Pero el cuello seguía tan débil que la cabeza le colgaba sobre el pecho. Respiró profundamente e hizo una mueca de desagrado cuando se olió. Necesitaba un baño. Y, lo que era más importante, la naturaleza volvía a imponerse y tenía que ir con urgencia al lavabo. Se puso en pie y le pareció como si tuviera las piernas de goma; cuando trató de andar, se tuvo que agarrar a la cama.

Maldijo en voz alta y Lance, que estaba preparando la sopa, la oyó. Corrió al dormitorio y la vio muy pálida y como si se fuera a caer al suelo en cualquier momento.

–Todavía no está suficientemente fuerte como para caminar sola –le dijo agarrándola.

–Eso ya lo he visto.

–Tiene que volver a tumbarse.

Lance trató de que soltara la mano del cabecero de la cama al que estaba agarrada, pero ella no se lo permitió.

–Lo que tengo que hacer es ir al cuarto de baño.

–Es usted muy dura. La mayoría de la gente, hombres y mujeres, en su estado, seguirían tumbados en la cama pidiendo ayuda a voces.

Lance dudó un momento y añadió:

–De acuerdo. Suelte la mano y la llevaré al baño.

Ella lo hizo y Lance la sujetó. Su contacto le resultó curiosamente vigorizante, como si estuviera tomando fuerza de él. Por otra parte, para ser tan fuerte, él era increíblemente delicado. Y creía haber visto reflejarse la preocupación en sus ojos cuando entró en el dormitorio.

Pero entonces vio su arma y se dijo a sí misma que no tenía que precipitarse en confiar en ese hombre. Podría ser que a él le hubieran dicho que viera si no estaba herida.

Llegaron al cuarto de baño y Victoria se soltó y agarró el picaporte.

–Desde aquí ya puedo yo sola –dijo.

Él la miró dubitativamente.

–Insisto.

Entonces la soltó.

Victoria entró en el cuarto de baño apoyándose en las paredes y cerró la puerta. Pero en vez de alegrarse de esa intimidad, echó de menos el apoyo de su rescatador. Apoyó la frente en la pared para sujetarse y se bajó los pantalones y las bragas. Definitivamente, el efecto de las drogas se le estaba pasando, ya que sus movimientos, aunque torpes aún, eran mucho más coordinados.

Ya sentada, apoyó los codos en las rodillas y la cabeza en las manos y entonces empezó a recordar cosas de su estancia en la cabaña. Ser acompañada por ese hombre era muy distinto a serlo por el Susurrador. El contacto con el Susurrador la había dejado sintiéndose sucia.

Miró la bañera y pensó que tenía que lavarse. El recuerdo del Susurrador hizo que se le revolviera el estómago.

–¿Está bien? –preguntó el hombre a través de la puerta.