2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
¿Existía un plan para emparejarla con aquel hombre? Gwen Murphy, la que en otro tiempo fue la chiquilla del rancho vecino, le debía un favor a la apache Halcón de la Mañana, pero utilizar sus habilidades como investigadora para encontrarle novia a su nieto... y tener que vivir en su casa era demasiado. Y era demasiado sobre todo porque Jess Logan llevaba años despertando en ella sentimientos que no deseaba: era demasiado masculino. Una vez que estuvo bajo el mismo techo que Jess, Gwen hizo todo lo que pudo para buscarle esposa, ¿o no? Porque lo cierto era que, desde que estaba allí, se había dado cuenta de que su corazón podría volver a sentirse pleno; solo tenía que encontrar el coraje para dejarse llevar...
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 157
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Elizabeth August
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una gran pareja, n.º 1800 - julio 2015
Título original: The Rancher’s Hand-Picked Bride
Publicada originalmente por Silhouette© Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6864-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Si te ha gustado este libro…
Gwendolen Murphy, Gwen para sus amigos y conocidos, hizo una mueca de disgusto al dirigirse hacia la propiedad de Logan. Había tardado casi una hora en llegar hasta allí desde Lubbock y todavía le quedaba un kilómetro hasta la casa principal.
El calor de Texas era increíble y el aire acondicionado del coche había decidido estropearse a mitad de camino. Llevaba la melena corta y castaña empapada en sudor y la camiseta y los vaqueros mojados e incómodamente pegados al cuerpo. Sin embargo, no era eso lo que la tenía intranquila.
Volver a su ciudad natal le hacía recordar cosas desagradables. Significaba volver a la minúscula casa que había compartido con su madre dentro del rancho de Logan. Había pasado junto al lugar donde había transcurrido su infancia y había sentido un escalofrío por la espalda. La había asaltado el recuerdo de los dos padrastros y de los incontables novios, del olor a alcohol que siempre había en la casa y de su madre adormilada en el sofá.
Su madre no había sido una mala mujer, pero había sido débil y Gwen estaba muy decidida a no ser así jamás.
Y, para colmo, Jess Logan. Se llevaba mal con él desde el colegio y era mutuo, aunque Gwen sabía que había sido más culpa de ella que de él. Siempre había tenido una actitud defensiva ante él porque le hacía sentir cosas que la incomodaban, y desconfiaba de los hombres tras ver el comportamiento de su madre con ellos.
Como consecuencia, cuando él había querido ser amigo suyo, le había dicho que no y, desde entonces, se habían evitado siempre que habían podido. Aun así, la incómoda sensación que tenía siempre que pensaba en él nunca se había desvanecido. Había intentado acabar con ella, pero había sido en vano.
Cuando se había ido a vivir a Lubbock tras la muerte de su madre, había creído quitárselo de la cabeza para siempre.
–No sé por qué he venido –gruñó.
No era cierto. Había ido porque Halcón de la Mañana, la bisabuela de Jess, la había llamado. Era una mujer que no dejaba indiferente. Unos pensaban que estaba loca y otros le tenían miedo, y todos tenían razón. Halcón de la Mañana era enigmática y arisca, pero Gwen le debía mucho. Era una deuda de cuando era adolescente y había sido la única vez en su vida que había tenido contacto con ella.
Al aparcar frente a la casa, vio a la anciana apache de pura raza, bajita y arrugada, sentada en una mecedora en el porche. Salió del coche y subió los escalones y Halcón de la Mañana se levantó a saludarla.
–Te quiero pedir una cosa –le pidió la mujer sin más preámbulos.
Gwen se sintió como si hubiera retrocedido cien años en el tiempo.
Halcón de la Mañana le hizo un gesto para que la siguiera al interior de la casa. Se trataba de una casa grande y confortable, mucho mejor que el resto de las de los alrededores. Claro, los Logan podían permitírselo gracias al petróleo que había en sus tierras. Aun así, seguían trabajando el rancho. El padre de Jess había muerto hacía años y sus dos hermanos se habían hecho Texas Rangers. Jess se había quedado en casa llevando el rancho junto a su madre. Gwen tenía la esperanza de que estuviera haciendo cosas por las tierras y de que no volviera mientras ella estuviera allí.
–Pasa –dijo Halcón de la Mañana agarrándola del brazo y guiándola por el pasillo. Se paró frente a una puerta, llamó y entró.
Allí, frente a un ordenador, estaba Jess Logan. Sus rasgos medio apaches eran visibles en su rostro y tenía unas manos grandes y callosas, testimonio de las muchas horas pasadas haciéndose cargo del rancho.
Gwen tuvo que controlarse para no salir corriendo. Maldijo en silencio. A pesar del gran esfuerzo que había hecho por librarse de aquella sensación, seguía estando allí. Y más fuerte que nunca.
–Me dijiste que iba a venir una persona y que era muy importante que hablara con ella –dijo con el ceño fruncido.
Por el tono que había empleado, Gwen tuvo muy claro que no era ella a quien esperaba ver. Muy bien, ella a él tampoco.
–Modales –dijo Halcón de la Mañana haciéndoles un gesto a ambos para que se sentaran.
Ninguno obedeció.
–No creo que la señorita Murphy y yo tengamos nada de lo que hablar –dijo Jess dirigiéndose a la puerta–. Tengo que trabajar.
–Jess Logan, siéntate –dijo su bisabuela–. Y escúchame porque tengo algo importante que decir.
Gwen se quedó boquiabierta y sonrió al ver el poder que aquella diminuta y anciana mujer tenía sobre el enorme vaquero.
–Muy bien –gruñó Jess sentándose–. Cinco minutos.
Gwen, vencida por la curiosidad, se sentó también. Halcón de la Mañana sabía que se llevaban mal. Todo el mundo lo sabía. Lo que no sabían era por qué. Gwen sabía que incluso Jess se había quedado anonadado ante la fiereza con la que había rechazado su amistad. Gwen no pensaba confesar jamás que había sido porque le daba miedo la reacción femenina de su cuerpo en su presencia. No le gustaba ni admitírselo a sí misma. Al final, todo el mundo, Jess incluido, había dado por hecho que era una de esas cosas de la química, como el agua y el aceite o dos imanes que se repelen. Entonces, ¿por qué aquella apache se empeñaba en juntarlos en la misma habitación?
Halcón de la Mañana se giró hacia ella.
–Tengo entendido que tienes un servicio de investigación muy personal. ¿Te contrata la gente cuando no se fía de la persona con la que sale?
–En el mundo de hoy en día, la gente se muda de ciudad a menudo y es muy fácil cambiar el pasado para adecuarlo a la nueva vida. Y no nos olvidemos de Internet. Una persona de Nueva York puede conocer a una de Alaska y no tiene manera de saber si lo que le cuenta es cierto o no. Solo contratándome.
Halcón de la Mañana asintió satisfecha.
–Así de que, de alguna manera, eres una celestina.
–Más bien, todo lo contrario –la corrigió Gwen–. Se quedaría anonadada de las mentiras que cuenta la gente.
–No, no creo. Por eso te he llamado –dijo la anciana girándose hacia Jess–. Es hora de que busques una esposa.
Jess sacudió la cabeza.
–Sabía que estabas tramando algo. Me casaré cuando me parezca bien. De momento, no estoy preparado para dar ese paso.
–Tienes veintinueve años, edad suficiente para estar preparado.
Jess frunció el ceño.
–¿Por qué este interés repentino en que me case? Mis dos hermanos se han casado siendo mayores que yo.
–Porque me estoy haciendo mayor y quiero verte felizmente casado antes de morir –contestó Halcón de la Mañana mirando a Gwen–. Por eso estás tú aquí. Quiero que le encuentres esposa.
Gwen la miró con los ojos muy abiertos y sintió que el estómago se le encogía.
–¿Quiere que yo le encuentre una esposa a su bisnieto?
–Soy capaz de encontrarla yo solito –protestó Jess.
–No, porque estás muy ocupado con el rancho y con el petróleo. La última chica con la que saliste era una sosa que me hizo cuestionarme tus gustos y dónde conoces a ese tipo de mujeres.
–¿Sosa? ¿Te refieres a Jeanette Harrison, la hija de nuestros vecinos? Habla cuatro idiomas, ha viajado por todo el mundo y tiene mucho dinero. No creo que la palabra que mejor la describa sea sosa.
–No creo que sea feliz viviendo aquí. Su madre, a la que solo le interesan las fiestas de la alta sociedad, se ha asegurado de que ningún vaquero polvoriento se acerque a ella. Necesitas una mujer que ame esta tierra y esta forma de vida tanto como tú.
–Podré elegir yo el tipo de mujer que me gusta, ¿no? –protestó Jess.
Halcón de la Mañana lo miró fijamente.
–Puedo ser tan cabezota como tú –le advirtió.
–O más –susurró Jess.
–Esto es importante para mí. No te suelo pedir que hagas cosas por mí, pero ahora te lo estoy pidiendo. Quiero que Gwen encuentre a tres mujeres que cumplan tus requisitos y los míos, que las invites a salir y que elijas a una. Si ninguna te convence, yo al menos tendré la conciencia tranquila por haberlo intentado.
Jess se quedó un buen rato pensando.
–Quiero que me des tu palabra de que, si accedo a ello, jamás te volverás a meter en mi vida privada –contestó por fin.
–Te doy mi palabra –le prometió Halcón de la Mañana.
Gwen había observado la divertida escena porque sabía lo cabezotas que eran los dos y estaba segura de que Jess se iba a salir con la suya, pero, al ver que lo decía para dar gusto a su bisabuela, la situación dejó de parecerle divertida.
–Un momento –balbució–. Esperad un momento. Encontrar una esposa es mucho más difícil que investigar a alguien. No creo que yo sea la persona adecuada para este trabajo.
Halcón de la Mañana le sonrió.
–Claro que sí. Confío en ti. Eres una persona honrada y sé que lo vas a hacer muy bien.
Jess sonrió con escepticismo.
–Creo que lo que ha querido decir Gwen es que no cree que encuentre a una mujer para mí.
–Teniendo en cuenta cómo te comportas a veces, no la culpo –contestó su bisabuela–. Sin embargo, yo te conozco mejor que ella. Serás un buen marido… siempre y cuando te encuentre a una mujer que te sepa llevar.
–No puedo aceptar el trabajo, de verdad –insistió Gwen levantándose.
Halcón de la Mañana se levantó también y le puso la mano en el brazo.
–Debes. Eres la única persona en la que puedo confiar para pedirle algo así. Aunque sé que Jess y tú tenéis un carácter muy fuerte que os ha impedido ser amigos, sé que eres honrada y que pondrás por delante el trabajo.
–No soy ninguna celestina.
–Déjame hablar con Gwen a solas –intervino Jess.
–No servirá de nada –contestó la aludida yendo hacia la puerta.
Ya era un horror estar en la misma estancia con él. ¡Como para quedarse a solas!
–No me digas que tienes miedo –la desafió el–. ¿La dura que puede con todo tiene miedo?
Gwen echó los hombros hacia atrás.
–No digas tonterías. Claro que no me das miedo.
–Comportaos –ordenó Halcón de la Mañana saliendo del despacho.
Gwen apenas la oyó pues estaba demasiado ocupada mirando a Jess fijamente. Cuando estaba enfadado, el marrón de los ojos se le tornaba prácticamente negro y el adversario quedaba neutralizado, pero ella no era un adversario cualquiera y no se dejaba intimidar por nadie. Ni siquiera por Jess Logan.
–Di lo que quieras, pero no pienso aceptar el trabajo.
Jess dejó de mirarla y tomó aire.
–Mira, a mí tampoco me hace ninguna gracia, pero cuando a mi bisabuela se le mete algo en la cabeza es capaz de hacerte la vida imposible hasta que lo consigue. Estoy dispuesto a pagar diez mil dólares por que encuentres a tres candidatas agradables con las que pueda salir un par de veces. Así, habré cumplido con mi parte del trato y Halcón de la Mañana me dejará en paz.
–No me interesa el dinero.
–Aparte de Halcón de la Mañana, tú eres la mujer más cabezota que conozco. No, eres incluso más cabezota que ella.
–Me lo tomo como un cumplido. Si me perdonas, tengo que cosas que hacer –dijo Gwen yendo hacia la puerta, aliviada por poder irse.
No había dado dos pasos cuando Jess ya estaba a su lado agarrándola del brazo. Al sentir sus manos callosas, sintió un escalofrío y se rebeló contra aquella sensación. «No soy como mi madre», se dijo.
–Suéltame –le dijo intentando zafarse.
Jess así lo hizo y levantó las manos en señal de paz.
–Está bien, está bien, no quiero que esto se convierta en otro de nuestros roces. Solo quiero que Halcón de la Mañana esté tranquila –sonrió–. Y ahorrarte algunos problemas. Te ha elegido a ti y no te va a dejar de perseguir hasta que consiga que aceptes el trabajo. De verdad, te lo digo por experiencia.
Gwen tuvo que luchar contra sí misma para no frotarse el brazo que le había tocado. Sopesó las palabras de Jess y llegó a la conclusión de que tenía razón. Todo el mundo sabía lo decidida que era su bisabuela cuando quería algo. Además, le debía una por haberle evitado cometer una locura. Aquella era la forma perfecta de quedar en paz y, después, no tendría que volver a ver a los Logan nunca más.
–Muy bien –aceptó a regañadientes–, pero no quiero que me pagues tú. Le pasaré la factura a Halcón de la Mañana, como hago con todos los clientes. Te encontraré a tres candidatas y espero que las trates con respeto.
–Siempre trato a las mujeres con respeto.
Gwen lo miró muy seria y salió de la habitación sintiéndose culpable. ¿Por qué lo había mirado como si no estuviera diciendo la verdad? Había sido injusto. No tenía por qué dudar de él. Muy al contrario, era un hombre conocido por su amabilidad.
Halcón de la Mañana la estaba esperando en el porche.
–¿Y bien?
–Encontraré tres candidatas –contestó Gwen.
Halcón de la Mañana sonrió encantada.
–Estoy segura de que encontrarás a la mujer perfecta para Jess. ¿Quieres instalarte hoy o mejor mañana?
–¿Cómo?
–Bueno, supongo que para encontrarle esposa, tendrás que conocerlo bien primero, ¿no?
–No creo que me sirva de nada. Lo mejor será que me deis una lista y ya trabajaré con eso.
–No digas tonterías. Para que puedas trabajar bien, una lista no basta.
–De verdad, Halcón de la Mañana –dijo Jess saliendo al porche–. No hay ninguna razón para que Gwen se tenga que venir a vivir aquí.
–Debe entender tu vida para poder buscar a la esposa perfecta.
Gwen vio con claridad por la cara de Jess que a él la idea de tenerla bajo el mismo techo le parecía igual de horrible que a ella.
–Estoy segura de que Jess tiene muy claro la mujer que quiere. Solo tiene que describírmela y ya está.
–Las fantasías nunca funcionan. Lo que necesita es una mujer de verdad que lo quiera por lo que es y no por su dinero –insistió su bisabuela.
–No soy tan tonto como para dejarme cazar por una buscafortunas –protestó Jess.
Halcón de la Mañana lo miró con condescendencia.
–Todos los hombres os dejáis llevar por una cara bonita y un buen cuerpo. De eso, precisamente, te va a proteger Gwen. Las mujeres que te traiga tienen que ser, además de guapas, de confianza.
Jess suspiró resignado.
–Que se instale hoy mismo. Cuanto antes empecemos, mejor.
–No creo que… –protestó Gwen.
–Cualquiera diría que te da miedo vivir en la misma casa que yo –dijo Jess con mirada desafiante.
Gwen echó los hombros hacia atrás.
–Los hombres como tú no me dais ningún miedo, Jess Logan –contestó yendo hacia el coche–. Voy a por mis cosas y volveré en un par de horas.
Mientras se alejaba, miró por el retrovisor y vio a Jess entrando en la casa.
–No me puedo creer que vaya a hacer esto –dijo en voz alta.
De repente, sonrió maliciosa. Tanto Jess como ella se encontraban en aquella situación porque Halcón de la Mañana los había manipulado. Que un hombretón como Jess claudicara ante una anciana le producía risa. Casi. Porque había hecho exactamente lo mismo.
Cuando volvió a aparcar su coche ante la casa de los Logan, Gwen se sintió muy incómoda.
Su padre la había abandonado antes de nacer y su madre había muerto cuando contaba dieciséis años. Desde entonces, había vivido sola y le gustaba.
–Lilly te ha preparado una habitación –la saludó Jess yendo hacia el coche.
–¿Quién es Lilly?
–El ama de llaves, Lilly Chambers –contestó Jess–. Cuando has venido antes, estaba en la ciudad haciendo la compra.
Gwen se reprochó a sí misma no haberse dado cuenta de que, por supuesto, los Logan tendrían un ama de llaves.
–Gracias –contestó bruscamente porque estaba nerviosa.
–Mira, a mí todo esto tampoco me hace ninguna gracia, pero hemos hecho un trato y creo que lo mejor será intentar comportarnos como personas civilizadas –apuntó Jess igual de brusco.
–Estoy acostumbrada a vivir sola –confesó–. Creo que no se me da bien tratar con los demás.
–Nunca se te ha dado bien, la verdad.
Gwen se mordió la lengua. Tenía buenas razones para ser como era, pero no pensaba contarle a nadie su infierno particular.
Jess enarcó una ceja al no obtener contestación. Al ver que el silencio era la opción que Gwen había elegido, se agachó y agarró su maleta y su ordenador.
–Ya puedo yo –protestó Gwen.
–Mi madre me enseñó a ser educado con los invitados.
–Bueno, yo no soy precisamente una invitada. Soy una empleada.
–Eres mujer. Si no te llevo la maleta, me voy a ganar una buena bronca.
Gwen se dio cuenta de que era una batalla perdida, así que se encogió de hombros y sacó el viejo bate de béisbol del coche.
Jess lo miró sorprendido.
–Me parece que exageras un poco, ¿no? Solo estaba intentando ser educado.
Gwen se sonrojó.
–No era para pegarte.
Jess la miró y sonrió.
–Nunca pensé que fuera a decir algo así, pero estás muy atractiva cuando te sonrojas.
Gwen lo miró con frialdad.
