Entre los rotos - Alaíde Ventura Medina - E-Book

Entre los rotos E-Book

Alaíde Ventura Medina

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Beschreibung

PREMIO MAURICIO ACHAR 2019 Una bolsa de plástico con fotografías. La protagonista no sabe cuándo fueron tomadas muchas de ellas o por qué Julián, su hermano, decidió guardarlas. Las observa una a una. Los charcos, los columpios, el loro azul. El sepia se ha comido el color de algunas imágenes, pero no se ha llevado el olor a hule quemado ni el sonido de los golpes. Todas juntas trazan el mapa de una infancia llena de maltrato y silencio. En Entre los rotos la narradora nos ofrece un recorrido desgarrador por su juventud, a través del cual intenta reconciliarse con su familia, pero sobre todo consigo misma. Un relato sobre la reconstrucción de una vida hecha pedazos que ya no pueden juntarse. «Alaíde Ventura Medina habla de temas de los que poco a poco hemos empezado a hablar las mujeres: la violencia en el seno familiar, no sólo física sino también psicológica, y la forma en que estos patrones de violencia se desarrollan en una familia entre los padres, los hermanos. Es una novela muy bien hecha, muy emotiva». —Fernanda Melchor «Con esta novela entrañable y dolida, Alaíde Ventura Medina ganó el Premio Mauricio Achar 2019. Unas fotografías, un par de hermanes, y la violencia patriarcal que recorre, siniestra y silenciosa, las paredes de un hogar, y los límites de un país. De Veracruz para el mundo». —Cristina Rivera Garza «Una novela abismal. Al recorrer los pasajes de esta historia, solo queda parafrasear al inconmensurable Vallejo: "Hay brevedades tan grandes… ¡Yo no sé!" (…) Ventura Medina crea presencia, convoca a la mesa familiar los anhelos extraviados de nuestros rotos, para invocar un gesto de amor que restituya la voz. No es poca cosa». —Efrén Calleja Macedo, El popular

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Seitenzahl: 124

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Entre los rotos © Alaíde Ventura Medina, 2019

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2021

Publicada mediante acuerdo con Ampi Margini Literary Agency

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Sergio Hernández Vega

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-124401-1-9

eISBN: 978-84-125122-4-3

DEPÓSITO LEGAL: M-26687-2021

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Todos los derechos reservados. No está permitida ninguna forma de reproducción, distribución, comunicación o transformación de esta obra sin autorización previa por escrito por parte de la editorial.

ENTRE LOS ROTOS

alaíde ventura medina

Para mi hermano, que sí fue mi cómplice.

Contenido

UNO

DOS

TRES

Agradecimientos

UNO

Es importante tener un cómplice. No es indispensable, pero parece buena idea contar con alguien que también provenga de aquel lugar. Ojos que conocieron la misma guerra, que perdieron la misma patria.

Salir adelante sin un compañero no es imposible. Únicamente es más difícil. La historia se tendrá que reconstruir desde cero. Aun así, en compañía, resultará inexacta.

La primera guerra a veces es la casa. La primera patria perdida, la familia. Un esposo puede ser un buen cómplice. Un hijo también llega a serlo. Al perro le hace falta el don de la palabra. Pero el papel de cómplice primordial está reservado para el hermano, único testigo verdadero de la masacre. Mi hermano habrá tomado anotaciones distintas o puesto atención a detalles que yo he pasado por alto. Es fundamental no olvidar que caminamos juntos y que hoy nos aterrorizan idénticos monstruos.

Un hermano es la manifestación del yo espejeado e irrenunciable. Esa es la razón por la cual no existe el perdón para el hermano que traiciona, y el abandono es una forma de traición.

Lo primero que me pregunto es quién nos habrá tomado esta foto, si en ella aparecemos los cuatro. En esa época no recibíamos visitas en casa. A papá no le gustaba.

Todavía vivíamos en la calle Floresta, lo sé porque el sofá es ese que mamá tiró a la basura cuando nos mudamos al multifamiliar.

Traigo puesto el uniforme de la escuela y un suéter de rayas blancas que me tejió la abuela. Mi hermano Julián está vestido de beisbolista, lo que significa que aún no había entrado a la primaria. No se quitaba el uniforme de bateador ni por un segundo.

En aquella época él todavía hablaba. Era como cualquier otro niño, quizás un poco más tierno que la mayoría. Tenía la manía de repetir un mismo chiste hasta asegurarse de que todas las personas de la casa lo hubiéramos oído. También cantaba canciones del radio sin saber exactamente qué significaban.

Wiwilí ni ayer o somarí.

We all live in a yellow submarine.

Mi segunda duda es por qué mi hermano conservaría estas fotografías. Por qué atesoraría evidencias de aquellos años. Recuperar objetos de entre los escombros sólo tiene sentido si esos recuerdos son valiosos. Pero estas fotografías no son otra cosa que pequeños abismos personales, cicatrices mal sanadas.

Mamá mira a la cámara con timidez. Tiene la pierna cruzada y la espalda recta. Una diadema mantiene en orden su cabello todavía negro.

Papá tiene las piernas abiertas y se inclina ligeramente hacia adelante, como si no hubiera tenido tiempo de acomodarse bien en el asiento.

Ahora que lo pienso, en la casa de Floresta teníamos una televisión bastante grande sobre un mueble de madera. Quizás esa sea la respuesta a una de mis preguntas. Papá debe de haber colocado la cámara encima del mueble. Luego tuvo diez segundos para acomodarse en el sofá antes de recibir el destello en los ojos.

Me gustaba mucho esa tele enorme. Tenía dos controles remotos. Los compraron con la esperanza de que mi hermano y yo dejáramos de pelear, pero había resultado lo contrario. Julián cambiaba el canal, yo lo regresaba. Él bajaba el volumen, yo lo subía al máximo para que a él le diera miedo molestar a papá.

Esa tele era muy buena, y de marca. Por eso me dolió tanto que papá la rompiera en uno de sus arranques.

Mi hermano y yo, en los columpios del parque Merced. Hay charcos en el piso, lo que indica que ha estado lloviendo. En verdad me sorprende que él haya conservado esta fotografía, según recuerdo aquella no fue precisamente una buena tarde.

Al fondo aparece el vendedor de globos que se instalaba todos los domingos a la sombra de los hules, junto a los churros rellenos. Ese vendedor me llamaba «cuatita» y siempre recordaba qué globos me gustaban más.

Oye, cuatita, mira lo que tengo para ti.

Extendía la mano para entregarme mi globo favorito: metálico con detalles de colores. Papá sacaba la cartera de mala gana, sin mirarlo, y le aventaba los billetes con desprecio. Yo odiaba ese gesto y, en esos momentos, lo odiaba a él.

Para mí, y esto no es algo que haya cambiado con el tiempo, cualquier persona que se interesara remotamente en mi existencia era considerado un amigo. Tengo un nombre difícil de pronunciar. La lengua inexperta se atora al tocar el hiato. Si alguien llegaba a atinarle al acento, a la división de sílabas, se ganaba en automático mi lealtad. Lo habría defendido en cualquier batalla, siempre y cuando esta no implicara contradecir a papá.

Todo lo que yo podía darle a mi amigo en aquel entonces era una sonrisa espontánea, la misma que reservaba únicamente para mamá y para los abuelos. Él asentía, agradecido, llevándose la mano al sombrero.

Creo que papá nunca se enteró de aquel gesto secreto entre el vendedor y su cuatita.

En la foto mi hermano trae puestos los tenis blancos que nos causarían tantos problemas. Los bordes de las suelas están limpios, señal de que ha pasado todo el día esquivando los charcos. A la hora de tomar la foto la operación ha sido un éxito. Hemos logrado volver a casa sin hacer enojar a papá.

No contábamos en ese momento con la fiesta patronal que cerraría el acceso a nuestra calle, impidiendo el paso del coche. Mientras caminábamos a casa, mi hermano y yo nos unimos momentáneamente a la celebración. Cuetes. Luces de bengala. De pronto un buscapiés diminuto, imperceptible, se estrelló contra mi zapato. Mi hermano tuvo que pisarlo para apagar el fuego. El olor a hule quemado me sigue provocando el llanto.

Esa noche fue una de las más oscuras y frías de aquella época. Yo tenía como ocho años, pero recuerdo haber mojado la cama como cuando tenía tres o cuatro.

Si no mal recuerdo, esa era la primera vez que papá le pegaba a mi hermano. Su cuerpo no estaba acostumbrado al dolor todavía.

El mío tampoco estaba acostumbrado a cargar con el peso muerto y sofocante del remordimiento. Culpa por las cosas que hice y provoqué. Líneas rojas en la piel de mi hermano. Un pómulo purulento. Un ojo hinchado. La invención de una falsa varicela que le permitiera quedarse en casa durante dos semanas. Que no lo vieran las maestras. Que no hicieran preguntas las vecinas. Gritos de horror. La voz de un niño.

Y después, nada.

El silencio en la noche solitaria de los caídos en la batalla.

La culpa es una enfermedad de tratamiento complicado. Mal atendida, empeora con el tiempo. Se alimenta de otras emociones, las cuales metaboliza para su propio beneficio. Rencor. Tristeza. Alegría. Miedo. Aperitivos para esa inmensa culpa primigenia que amanece más fuerte cada día.

Se aprende a vivir con la culpa. Huésped indeseado que ha incendiado todas las salidas.

Culpa: acción u omisión. Consecuencia.

Hacer algo a veces me ha llevado al mismo resultado que no hacer nada.

El juego de las definiciones fue idea de papá, que siempre quiso tener hijos inteligentes.

Si vas a ser gorda, al menos sé interesante.

Yo estaba en tercero de primaria y mi hermano acababa de entrar a primero. Papá tomó un diccionario y se lo aventó a Julián en la cara para que dejara de hacer berrinche. Le dijo que debía dejar de llorar por todo y comenzar a comportarse como un niño grande.

Ya no eres un bebé, carajo. Aprende a usar las palabras.

Julián se tardó todavía un año más en aprender a leer y escribir. Yo leía de corrido desde los cinco, lo que enfurecía aún más a papá, que nos comparaba constantemente.

Si no teníamos otra cosa mejor que hacer, Julián y yo abríamos el diccionario y yo le leía definiciones al azar. No entendíamos nada, y además lo hacíamos con miedo. No estábamos seguros de si papá hablaba en serio cuando nos obligaba a leer ese libro o si era una provocación para medir qué tan obedientes éramos.

Provocar: causar, ocasionar. Provocar dolor. Infligir una herida.

A partir de aquella época papá le pegó a Julián casi cada semana. No sé si en algún momento los golpes se volvieron tolerables para mi hermano. Algunos días lloraba más fuerte que otros. Entonces papá tomaba medidas excesivas como aventarlo por la ventana o apagar un cigarrillo en su brazo.

Diminutivo: que disminuye algo. Pequeñez, cuidado. El bracito de un niñito de seis años. Apelativo cariñoso. Julián nunca fue Juliancito.

Seguimos jugando al diccionario incluso cuando ya éramos grandes. Comenzamos a inventar definiciones propias. Uno de mis novios trató de integrarse a nuestra dinámica, sin lograrlo. No entendía que no queríamos describir el mundo, sino crear uno propio. Papá tampoco entendió esto. A mamá nunca le interesó entenderlo.

Papá: a quien le debo mi obsesión por el lenguaje, porque me enseñó a odiarlo y por eso llevo toda la vida tratando de domarlo.

Mamá: cualidad de esquiva, silenciosa.

Mi lenguaje materno es el silencio.

Mamá siempre fue orejona, pero a los quince años, y con diadema, hasta daba risa. Orejas puntiagudas en su cara ovalada y la quijada medio hundida.

Creo que recuerdo el momento en el que mamá le regaló a Julián esta fotografía. Se habían burlado de él en la escuela, le habían puesto apodos. Era un niño inteligente, pero algo que nunca aprendió fue a defenderse.

Inteligente: dos más dos son cuatro. Cuatro los niños que rodearon a Julián a la salida. Uno por uno es uno. Uno es papá pegándole a Julián por no haber sido lo suficientemente hombrecito.

Ya tienes siete años, deja de ser maricón.

Mamá le regaló la foto a Julián para hacerlo sentir mejor. Quién sabe si lo habrá conseguido, pero él la conservó durante todos estos años.

En la imagen salgo yo, de alguna manera. Es que me parezco mucho a mamá. Ella está de pie, con un vestido blanco que tiene la forma de una campana. Quizá no sea blanco, quizá sea rosado o azul pastel. El sepia se comió los tonos. La rodean cuatro chambelanes: mi tío José y otros tres muchachos de un color moreno que se oscurece aún más al lado de ella.

La diadema en esta foto en realidad es una corona de plástico y diamantina. Mamá, la reina recién coronada, nueva matrona del imperio de las lentejuelas. Aroma de jazmines y polvos de arroz.

Los muchachitos visten de blanco. Más que pajes, son minúsculos soldados apenas ingresados a la escuela naval. Su única misión aquella noche es el cuidado de la reina orejona: que llegue intacta al final de la fiesta, en ese primer baile que es también el inicio de su nueva vida. El día que conocería a papá.

El gato Mostacho apareció un día y se instaló en el patio. Sacó la tierra de una de las macetas de mamá y se acostó en el agujero para refrescarse. Era verano. Cuando mi hermano y yo llegamos de la escuela, corrió a saludarnos, como si nos conociera. Le dimos leche y jamón, cuidando que papá no se diera cuenta. Examinamos las heridas de su lomo, pero no pudimos hacer nada para curarlas.

Era demasiado bonito como para no tomarle una foto. No nos importó que papá más tarde nos regañara por agarrar su cámara. Julián lo encuadró al centro y se esperó a que mirara hacia la lente. Fue cuando decidimos nombrarlo Mostacho. Tenía una manchita negra debajo de la nariz. Un bigote que resaltaba, elegante, de entre su pelaje blanco.

Mostacho: bigote, peculiaridad. Toda la ternura del mundo condensada en un gato nube.

El gato me mira desde la imagen después de tantos años. Hay algo en sus ojos azules que escapa al paso del tiempo. Entiendo por qué mi hermano conservó esta fotografía.

Mostacho se quedó con nosotros durante los cuatro días que tuvimos jamón para ofrecerle.

El sábado fuimos al súper, como siempre. Julián y yo aprovechamos para pedir que compraran croquetas. Papá ni siquiera alzó la mirada para vernos, ocupado como estaba en revisar las cuentas de agua y de luz. Mamá sí nos miró, con esa expresión cálida y rota que tenía a veces. La mirada de quien observa un espectáculo, una tragedia, un chiste, un accidente, lo que sea, y ya no puede llorar ni reír ni nada, tan sólo ver, aceptar y seguir mirando. Y así hasta el fin del mundo.

Mostacho se fue sin decir adiós ni gracias. La piel de pollo que guardamos para él a escondidas no lo convenció de quedarse. Me dio tristeza perder su compañía, pero más me dio envidia su libertad.

Libertad: movimiento del gato nube. Poder escapar y no querer hacerlo. Poder escapar y hacerlo.

Lugares donde me pareció haber visto al gato Mostacho a lo largo de los años:

Cerca de los columpios del parque Merced, antes de que los remodelaran.

Afuera de la iglesia de San Gabriel, un día que la abuela andaba especialmente apurada.

En el balcón de una casa en la calle Magnolias, algún día de 1997 o 1998.

Lugares donde me pareció haber visto al gato Mostacho en el remoto caso de que haya vivido más de veinte años y caminado largas distancias:

Enfrente del teatro Royal, la noche que se estrenó la obra que tradujo mi amiga Ana.

En el parabús de Avenida 10 y Constitución. Varias veces.

Afuera de los tacos Obrero, una mañana de domingo mientras paseaba con el primer Memo en la combi de su papá.

En la calle Sombra, una tarde saliendo de un hotel.

Los columpios del parque Merced rechinaban. Daban escalofríos. Los subibajas siempre estaban rotos y las resbaladillas nos rasguñaban la piel de tan oxidadas. Igual seguían siendo los mejores juegos de la ciudad.