Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Querida Hayley: Asumo que todavía estás de resaca, así que seré breve. Anoche te metiste bajo mis sábanas (sin mi permiso), y casi hicimos el amor. Salí de la cama tan pronto como me di cuenta de que eras tú y te llevé a casa. Eso fue lo que pasó. Punto. Final. En caso de que lo hayas olvidado, eres la hermana pequeña de mi mejor amigo. Nunca seremos nada más (no podemos ser nada más), así que preferiría que trabajásemos en lo de ser "solo amigos" de nuevo. No obstante, no soy de los que dejan preguntas sin responder —ni siquiera las que se hacen durante una borrachera—, por lo que, para dar por zanjada nuestra inapropiada conversación de forma adecuada, te contestaré: 1) Sí, me gustó el roce de tus labios contra los míos cuando te pusiste encima de mí. 2) Sí, por supuesto que prefiero el sexo rudo, pero estoy bastante seguro de que no fui rudo contigo. 3) No, no tenía ni idea de que todavía eras virgen… Este mensaje nunca ha existido. Corey.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 246
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Título original: Over Us, Over You
Primera edición: marzo de 2021
Copyright © 2017 by Whitney G.Published by arrangement with Brower Literary & Management
© de la traducción: Mª José Losada Rey, 2021
© de esta edición: 2021, Ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]
ISBN: 978-84-18491-35-1BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografía del modelo: ArtOfPhotos/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Prólogo
Primera parte
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
Segunda parte
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
Tercera parte
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
Epílogo
Carta a los lectores
Contenido especial
Para las integrantes originales de F. L. Y.
Saludos a todos los de «los lunes de Moca»,
los de «las noches con Jonathan y Claire»
y al «abrumador amor por todas las cosas de Statham».
Gracias por arriesgaros con mis palabras desde el principio.
Mi carrera no existiría sin vosotros.
Asunto: Borra este mensaje después de leerlo…
Querida Hayley:
Asumo que todavía estás de resaca, así que seré breve.
Anoche te metiste bajo mis sábanas (sin mi permiso), y casi hicimos el amor. Salí de la cama tan pronto como me di cuenta de que eras tú y te llevé a casa.
Eso fue lo que pasó.
Punto.
Final.
En caso de que lo hayas olvidado, eres la hermana pequeña de mi mejor amigo. Nunca seremos nada más (no podemos ser nada más), así que preferiría que trabajásemos en lo de ser «solo amigos» de nuevo. No obstante, no soy de los que dejan preguntas sin responder —ni siquiera las que se hacen durante una borrachera—, por lo que, para dar por zanjada nuestra inapropiada conversación de forma adecuada, te contestaré:
1) Sí, me gustó el roce de tus labios contra los míos cuando te pusiste encima de mí.
2) Sí, por supuesto que prefiero el sexo rudo, pero estoy bastante seguro de que no fui rudo contigo.
3) No, no tenía ni idea de que todavía eras virgen…
Este mensaje nunca ha existido.
Corey.
Hayley
Desde que tengo memoria, mi hermano mayor ha sido la única constante en mi vida. Demasiado protector y leal hasta la médula, siempre he podido recurrir a él cuando lo he necesitado.
Cuando tenía cinco años, me acompañó a la guardería el primer día de clase, haciéndome olvidar el hecho de que nuestra madre había ingerido demasiadas metanfetaminas como para darse cuenta o preocuparse de dónde estábamos.
Cuando tenía siete años, sostuvo mi mano temblorosa en el fondo de una sala llena de gente mientras veíamos cómo se llevaban a nuestros padres a la cárcel.
A los ocho años, me prometió que no dejaría que nos distanciara haber terminado cada uno en una casa de acogida distinta. Siempre estaba «a solo un par de manzanas», sin importar cuántas veces cambiara de familia de acogida, y siempre estaba dispuesto a escuchar mis gritos de auxilio. Me aseguró que estaría ahí para protegerme.
Prometió que podría confiarle cualquier cosa, así que siempre se lo he dicho todo.
Bueno, casi todo.
Presente
Seattle, Washington
Hayley
«Último aviso para los inquilinos: dejar el local antes del mediodía».
Las palabras que tenía en negrita delante de la cara lo decían todo, pero aun así me costaba aceptar la verdad. Mientras la suave lluvia matutina de Seattle caía sobre mí, pasé los dedos por las palabras «aviso para los inquilinos», tratando de no recordar lo emocionada que había estado cuando firmé el contrato de arrendamiento.
Unos meses atrás, mi cafetería-vinoteca estaba abierta, y había atendido en ella tanto a turistas como a la gente de la ciudad cada vez que se aventuraban a ir al centro. Pero en ese momento, lo único que tenía después de las esperanzas, el sudor y las lágrimas que había vertido en cada taza de café, era solo un aviso de fracaso empapado y de color rosa.
Suspirando, arranqué el papel de la puerta principal y la abrí por última vez. Lo único que quedaba dentro eran las enormes vitrinas de cristal en la pared trasera, unas cuantas sillas de madera y el nombre y el lema de la tienda en tiza en el tablero del menú.
«Wildest Dreams, cafetería-vinoteca.Donde lo imposible siempre es posible…».
—¡Eh, señorita! —me llamó un oficial de policía, agitando una linterna—. ¿Es usted una de los propietarios?
Asentí.
—Sí, señor.
—Ah, vale. —Miró el reloj—. Tiene unos quince minutos antes de que me vea obligado a cambiar la cerradura de la puerta. —Se acercó a la barra y pasó la mano por la superficie de caoba que había instalado hacía meses—. Esta cafetería tenía la mejor combinación de cupcakes y café que he tomado nunca —comentó—. Venía aquí con algunos de mis colegas al salir de trabajar. Bueno, lo hacíamos hasta que Starbucks abrió al otro lado de la calle. No se puede vencer a Starbucks, en especial en esta ciudad.
Se rio, y le lancé una mirada perdida.
—Muchas gracias, oficial.
—De nada. —Sonrió—. Si mi hija me dijera que quiere abrir un negocio como este, le diría que debería abrirlo en cualquier lugar salvo en esta ciudad.
Puse los ojos en blanco.
—¿Me disculpa unos minutos, por favor?
—Trece minutos, para ser exactos. —Dio un toque a su reloj y examinó los grifos de detrás del mostrador—. Oh, guau. Incluso le ha puesto el nombre de un cupcake a cada uno de los grifos de cerveza…
¡Aggg! Resistí el impulso de gritar «¡Déjeme enterrar mi negocio en paz, por favor!».
Al alejarme, hice unas últimas fotos de los murales pintados a mano en el pasillo. Había uno del puente «M» de Memphis brillando contra la noche; otro de mí y de Kelly, mi mejor «no amiga» y socia de negocios, posando ante la Space Needle de Seattle, y, por supuesto, un tercero del fundador secreto del negocio: el hombre que pensaba que me daba dinero para pagar las clases de la escuela de negocios cada seis meses mientras yo destinaba cada centavo a este sueño; mi hermano mayor, Jonathan.
Cuando me quedaban cinco minutos, me quité una horquilla del pelo y grabé un último mensaje en la pared.
«Gracias por los recuerdos y por el sueño mientras duró…
Wildest Dreams, cafetería-vinoteca, estuvo una vez aquí.
Hayley y Kelly
Que te den, Starbucks.
Que te den».
—¿Está dañando la propiedad, señorita? —El oficial se aclaró la garganta desde el otro extremo de la habitación—. Si es así, son quinientos dólares más.
—No, en absoluto. —Volví a colocarme la horquilla en el pelo—. Solo me estaba despidiendo.
Salí con él pisándome los talones, ignorando cualquier recuerdo final que quisiera compartir. Me puse la capucha de la sudadera y me sumergí bajo la lluvia que caía en la ciudad para ir directamente al mercado de Pike Place.
Me tomé mi tiempo para pasearme por delante de los vendedores y agricultores que exponían sus mercancías y frutas para el nuevo día, y miré la gigantesca y blanca noria que giraba lentamente en la distancia.
Me hubiera gustado absorber cada imagen mundana que había dado por sentado mientras había vivido allí, quería aferrarme a esa última sensación de independencia antes de tener que confesar la verdad en voz alta.
A menos que se me ocurra un plan B…
Cuando llegué al apartamento, situado en un estrecho edificio en medio un callejón, noté que la puerta ya estaba abierta.
¿Qué coño…?
Empujé la puerta y vi a un hombre con el pelo canoso metiendo útiles de la cocina en una bolsa. Cogí un paraguas para poder darle en la cabeza, pero cuando se dio la vuelta, me di cuenta de que era mi casero.
—¿Señor Everett? —Solté el paraguas y crucé los brazos—. ¿Qué demonios está haciendo?
—Lo que debía haber hecho hace seis meses. —Me miró con los ojos entrecerrados—. Echarte. A ti y a tu compañera de piso, Kelsey.
—Se llama Kelly.
—Eso es irrelevante, porque está tan arruinada y es tan incompetente como tú.
—¿Esto es porque siempre nos retrasamos unas semanas con el alquiler? —Saqué mi talonario del bolso, sabiendo de sobra que devolverían cualquier cheque que tuviera un importe superior a veinte dólares—. Puedo pagarle ahora mismo.
—Lo dudo. —Levantó una mano—. Llamé al banco cuando me vino devuelto el último cheque. Me dijeron que el saldo rara vez está por encima de ochenta y cinco dólares, así que las posibilidades de que recupere el dinero de los últimos meses y de este son escasas o nulas. ¿O me mintieron?
—Están violando la ley —repliqué—. No pueden revelar mi información de esa manera. Pero, para que conste, trato de mantener el saldo medio en noventa y cinco dólares, no en ochenta y cinco.
—Eso pensaba. —Se encogió de hombros y metió mis libros románticos favoritos en la bolsa—. Os doy cuarenta y ocho horas para sacar de aquí toda vuestra mierda, y no os pondré una demanda por el alquiler atrasado.
—Señor Everett, por favor denos una última oportunidad para pagar lo que debemos. Hace tres meses tuvimos algunos gastos inesperados en el negocio, así que…
—Cuarenta y ocho horas —me interrumpió—. Punto. —Sacó un sobre de su bolsillo y me lo entregó—. Tu novio ha dejado esto para ti hace una hora. He estado a punto de abrirlo, pero como no parece un fajo de dinero, me he contenido.
—Gracias.
—De nada. —Sonrió y señaló un montón de cajas de cartón sin montar que había en el rincón—. Ponte a empaquetar todo, jovencita. Yo volveré enseguida con un poco de cinta de embalar.
Esperé a que se fuera para sentarme ante la barra de desayuno. Contaba con que era el último día del negocio, pero no estaba preparada para que me desalojaran tan repentinamente del apartamento.
Saqué el teléfono y me desplacé hasta el nombre de Kelly para llamarla.
Por favor, contesta. Por favor, contesta. Por favor, contesta.
—¡Hola, Hales! —Su voz era tan alegre como siempre—. ¿Has tenido oportunidad de hacer unas cuantas fotos más de la cafetería?
—Sí. ¿Y tú has tenido oportunidad de hablar con la compañía de préstamos?
—Sí.
—¿Sí? ¿Qué te han dicho?
—Nada bueno —suspiró—. Al parecer prefieren antes prestar dinero a un indigente que darnos otra oportunidad.
—Bueno, pues viendo que estamos a punto de quedarnos sin hogar en cuarenta y ocho horas, ¿puedes preguntarles si eso significa que ahora ya nos lo darán?
—¿Qué?
Reprimí mis emociones y le repetí los cinco últimos minutos con el señor Everett, lo que hizo que ella casi hiperventilara.
—Creo que ha llegado el momento de que llames a tu hermano, Hales —dijo después de varios instantes en silencio—. Siempre me has dicho que te irías a San Francisco con él para empezar de nuevo si el negocio no funcionaba.
¿Yo he dicho eso?
—Kelly, tenemos cuarenta y ocho horas para esbozar un plan. Si llamo a Jonathan, querrá decir que me he rendido sin conseguir salir adelante en Seattle. Tú no has llamado a tu hermano mayor todavía, ¿verdad?
Hubo un silencio.
—Gracias por habérmelo dicho antes de hacerlo —escupí—. ¿Sabes?, una amiga de verdad me habría avisado.
—Por eso decimos que somos «no amigas». —Se rio—. Vendrá a casa dentro de un par de horas y me ayudará a recoger. Luego pensaremos qué hacer a partir de ahora. Todavía somos jóvenes, Hales. La vida no se ha acabado por tener un fracaso.
—A veces odio que seas tan optimista. —No pude evitar sonreír—. ¿Tanto te costaría permitirme tener lástima por mí misma durante cinco minutos?
—Pues lo cierto es que sí. —Se rio otra vez—. Ven pronto a casa.
Cuando puse fin a la llamada, busqué el nombre bajo el que guardaba en ese momento el nombre de mi hermano: «Señor Sobreprotector». Rocé el icono de llamada con el dedo, pero no me atrevía a confesarlo todo. Si él supiera dónde estaba en realidad y lo que había estado haciendo durante los dos últimos años, fletaría su avión privado y se presentaría aquí en solo unas horas para ponerme de vuelta y media.
Y eso será antes de que se cabree de verdad y empiece a largarme solo frases hechas…
Para todos los demás, mi hermano era Jonathan Statham, el multimillonario hecho a sí mismo y director general de Statham Industries y uno de los ejemplos favoritos de América sobre hombres surgidos de la nada. Su rostro aparecía a menudo en revistas de tecnología y negocios de primer nivel, y la historia de fondo —la versión que se había inventado— servía de inspiración a los soñadores de todo el mundo. A la gente le gustaba aferrarse a la idea de un joven que había crecido en Ohio, en la pobreza, y había logrado obtener una beca en Harvard —universidad que, por supuesto, había abandonado para fundar lo que se había convertido en la empresa de tecnología más importante del país—. Disfrutaban en especial de la parte en que contaba lo generoso que era con las organizaciones benéficas locales, ya que financiaba iniciativas globales para grandes causas y cuidaba a su hermana menor, la cual deseaba vivir su vida en privado bajo un apellido diferente.
A pesar de su abrumadora popularidad, para mí era solo mi hermano. Mi hermano mayor autoritario, sobreprotector y cariñoso. Aunque la diferencia de edad entre nosotros era solo de cinco años, a menudo parecía ser de veinte, ya que actuaba más como mi tutor.
Mañana. Lo llamaré mañana.
Dejé el teléfono y abrí el sobre que mi novio le había entregado al señor Everett. Me había sorprendido no haberlo visto esa mañana en el Wildest Dreams, donde me había prometido que estaría, ya que no nos había acompañado a Kelly y a mí en la despedida que celebramos la última noche.
Dentro del sobre había una nota y cinco condones. Confusa, desdoblé la hoja y la leí.
«Querida Hayley:
Hemos terminado.
Puedes usar los condones con quien sea que hayas estado follando en lugar de conmigo durante los últimos meses. Usé el resto del paquete con Raya la semana pasada. (Sí, Raya. Esa camarera tan increíble que tenías contratada).
Adiós a las noches en soledad, a los monólogos que me soltabas sobre tu negocio y a tus mentiras.
Para tu información, ese negocio tuyo estaba condenado desde el primer día. (Estamos en Seattle, donde hay literalmente un Starbucks en cada esquina. ¿En qué cojones estabas pensando?).
Jacob
P. D.: Ya que siempre estás tan desesperada, ¿por qué no llamas a tu hermano, que supuestamente es Jonathan Statham, verdad? Sinceramente, confieso que nunca me lo he creído. #hemosterminado».
Cuando acabé la última frase de la carta, solté por fin el grito que llevaba todo el día reprimiendo. Luego arrugué sus duras palabras y las lancé a la basura. Era la tercera pérdida que sufría en una hora, y me había dolido todavía más que las otras.
Salía con Jacob desde la corta temporada que había asistido a la escuela de negocios en Memphis; me había seguido a Seattle, pues su sueño era trabajar en la industria de los cruceros. A pesar de que los últimos meses habían pasado volando durante la borrosa y ajetreada etapa en la que nos instalamos en una nueva ciudad y habíamos luchado para poder vernos con regularidad, siempre había pensado que él creía en mi negocio, y que entendía por qué quería esperar un poco más para intimar.
Me limpié el torrente de lágrimas y sacudí la cabeza ante tan cruel confesión. Fue entonces cuando decidí que Kelly tenía razón.
Sin duda ha llegado el momento de empezar de nuevo.
Presente
Seattle, Washington
Hayley
Dos días después, estaba oyendo el sonido de las gotas de lluvia rebotando en el techo de un taxi mientras rugía un trueno a lo lejos. Agradecía que el conductor no estuviera interesado en mantener una conversación durante el trayecto, ya que lo único que hubiera podido decirle era: «Solo quiero llegar al aeropuerto. Por favor».
Miraba por las ventanillas mientras el coche avanzaba por los tortuosos caminos entre las montañas del estado de Washington, acelerando por aquellos carriles familiares que esperaba no volver a ver.
Vi una señal a mi izquierda que decía: «Aeropuerto Seatac, 30».
Saqué el móvil del bolso y le envié a Kelly un mensaje.
Estoy yendo al aeropuerto. Nos vemos en «San Fran» dentro de cuatro o seis semanas.
Su respuesta fue inmediata.
¡Precaución! Asegúrate antes de que tu hermano está de acuerdo en que vaya allí contigo.
Suspiré y miré fijamente el nombre de mi hermano en la lista de contactos otra vez. En esa ocasión su sobrenombre era «Gran Hermano. ¡Quítatelo de encima de una vez!».
Aun así, no podía hacerlo todavía. Necesitaba esperar un poco más.
En lugar de hacer la llamada, me desplacé por todos mis contactos y borré todos los que correspondían a cuestiones laborales en Seattle. Cuando terminé, solo quedaban cinco nombres en la agenda: el de la prisión de Rockville («Papá»), una línea directa de veinticuatro horas para «Chicas que han crecido sin madres», mi hermano, Kelly y «Mi amigo». Ese último correspondía un número al que no había llamado desde hacía años, pero se me encogía el corazón al pensar en borrarlo.
—¿Con qué aerolínea va a volar, señorita? —Los ojos del taxista se encontraron con los míos en el espejo retrovisor cuando nos acercábamos al aeropuerto.
—Con ninguna. Lléveme a la terminal de los vuelos privados, por favor.
—Ya, claro… —Se rio, casi resoplando—. No podría dejarla allí aunque quisiera, cariño. Necesitaría un pase de acceso exclusivo con el nombre del dueño del avión privado y su número de identificación. Entiendo que los dos somos grandes soñadores.
—Tengo un pase de acceso. —Saqué la tarjeta plateada que mi hermano me había entregado hacía años y se la enseñé—. A la terminal privada, por favor.
Al ver el nombre de la tarjeta, sus ojos se abrieron de par en par. Se sentó un poco más derecho en el asiento y se aclaró la garganta.
—Enseguida, señorita.
El hombre mostró con orgullo mi tarjeta de acceso al equipo de seguridad en cuanto llegamos a la torre que estaba frente a la terminal privada. Luego condujo el taxi hasta el elegante edificio de cristal negro que nos esperaba al final del camino de acceso.
Sin decir una palabra, me ayudó a salir del coche y sacó mi equipaje del maletero. Preferí ignorar el hecho de que no me había ayudado a meter las maletas cuando me había recogido.
Le di el último dinero que me quedaba, un billete de veinte dólares, y sonrió antes de volver al vehículo.
Al entrar en la terminal privada, llevé mi equipaje a la zona de asientos solitarios y saqué el teléfono. Respiré hondo para armarme de valor, y por fin llamé a Jonathan.
—¿Sí, Hayley? —respondió al primer timbrazo, como siempre.
—Hola, Jonathan. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Recibiste el último prototipo de sPhone por correo el mes pasado?
—En efecto.
—Bueno, ¿y qué te ha parecido?
Nada; tuve que venderlo…
—Bueno, me pareció genial, pero… —No me atrevía a decirle la verdad—. Se me cayó el primer día y se rompió.
—Sabía que ese cristal era demasiado fino —comentó—. Te enviaré otro después de que arreglemos otros problemas.
—Estaré esperándolo.
—Seguro. —Noté una sonrisa en su voz—. No es usual que me llames. ¿Algo va mal?
Todo va mal.
—¡No!
—¿Me has llamado voluntariamente para preguntarme cómo estoy?
—Sí, supongo.
—Mmm…
Un silencio incómodo se extendió por la línea, y sabía que cuanto más tiempo tardara en decir algo, más preocupado estaría.
—Vale… —dije por fin—. Te he llamado porque necesito preguntarte algo importante.
—Escucho.
—Tu asistente, Greg, ¿sigue viniendo a Seattle a final de mes a pasar el fin de semana?
—Sí, así es. Insiste en ello, ya que afirma que soy un jefe exigente. ¿Por qué?
—Es que… —Se me quebró la voz—. Me preguntaba si podría ir con él hoy en el vuelo y vivir en San Francisco contigo durante un tiempo hasta que me recupere.
—¿Puedes repetirlo? —El tono ligero de su voz había desaparecido—. ¿Qué acabas de decir?
—Te he preguntado si puedo volver con él a San Francisco, para quedarme allí. —Me sequé como pude las lágrimas mientras caían—. Necesito irme de Seattle y empezar de nuevo.
—¿Desde cuándo vives en Seattle, Hayley? La última vez que hablamos, que fue hace unas semanas, estabas viviendo en Memphis, lugar donde resides desde que supuestamente odias la Costa Oeste.
—Supongo que no la odio tanto. —Mi voz era un susurro.
—Me dijiste que estabas terminando el máster en la escuela de negocios mientras buscabas otras escuelas especializadas —dijo con firmeza—. ¿Es verdad?
—No.
—Por lo tanto, tengo que dar por hecho que te cambiaste de universidad a mis espaldas. Si te mudas aquí, ¿seguirás conservando los créditos del curso?
—Lo dudo.
—¿Por qué?
—Porque abandoné la escuela de negocios hace más de un año.
—¿Qué? —Contuve el aliento—. ¿Cuándo coño pensabas decirme esto? ¿Y a dónde cojones han ido a parar los miles de dólares de la matrícula durante este tiempo?
—Jonathan, por favor… —Tragué saliva—. ¿Podemos dejar esto para más adelante? Te prometo que te lo voy a contar todo, pero ahora mismo necesito tu ayuda, no que me eches una bronca.
Dejó escapar un largo suspiro.
—¿Cuánto tiempo te llevará llegar al aeropuerto?
—Ya estoy.
—¿Estás en la terminal privada?
—Sí.
—Bien. —Oí sonido de papeles revolviéndose en el fondo—. Estoy seguro de que Greg no llegará a la terminal hasta más tarde, pero no tienes que esperarlo. Vete a la ventanilla y haré una llamada para que puedas salir ahora.
—Supongo que me estarás esperando cuando llegue, ¿verdad?
—Por suerte para ti, no estaré —dijo—. Esta semana estoy de vacaciones con mi novia, y creo que necesito unos días para calmarme después de escuchar todo esto. Aun así, enviaré a un chófer a recogerte. —Hizo una pausa—. No tendrás ningún problema financiero, ¿verdad?
—Ya no. —Me sequé más lágrimas—. Solo necesito encontrar mi lugar. Mi socia, Kelly, va a venir también. Se trasladará a San Francisco para reunirse conmigo dentro de un mes más o menos. ¿Podrías…? ¿Podrías ayudarla a ella también?
—Sí.
—Gracias, Jonathan.
—No me des las gracias hasta que te haya visto en persona y sepa todos los putos datos. ¿Hay alguna otra petición o mentiras de última hora que quieras aclarar?
Solté un suspiro.
—¿Estás enfadado conmigo?
—No, estoy lejos de estar enfadado contigo, Hayley. Estoy jodidamente cabreado. —Hizo una pausa—. Pero te quiero. Aunque deberías habérmelo dicho hace mucho tiempo. Sabes que no me gustan los secretos.
—Lo sé. Te quiero.
—Yo te quiero más. Llámame cuando aterrices.
Esperó a que yo colgara, y me acerqué al ventanal como me había dicho. Antes de que pudiera llegar hasta allí, apareció un hombre de traje azul marino y me cogió la maleta.
—Señorita Statham, soy Nathaniel Matthews —dijo—. Hoy seré su piloto. ¿Despegaremos ya o tenemos que esperar a otra persona?
—Soy solo yo.
—Genial. Sígame, por favor. —Sonrió y me llevó afuera.
En el momento en que pisé el asfalto, un hombre de traje negro se acercó a mí con un paraguas y lo sostuvo sobre mi cabeza. Me obligué a andar a su paso mientras caminamos por el suelo mojado hasta la escalera plateada del avión privado.
Me senté en el primer asiento, y pasé los dedos por las letras «Statham» que estaban grabadas en el reposabrazos de madera.
—Hola, señorita Statham. —Una azafata me puso delante un bol con fresas—. Estaré todo el vuelo a su servicio.
—Gracias. —Me sequé otra lágrima y me recliné en el asiento, esperando que este capítulo de mi vida llegara a su última página.
Mientras el piloto llamaba a la torre de control para pedir permiso para despegar, sonó mi teléfono en el bolsillo. Era un correo electrónico de Jonathan.
Asunto: Regreso a casa
Hayley:
Creo que lo mejor será que te quedes en casa conmigo. Te he reservado una suite en el Cuatro Estaciones para esta semana, y luego buscaré una residencia permanente para ti y tu amiga, pero ya la próxima semana.
No te voy a hacer ninguna pregunta en este momento, pero quiero completa y absoluta sinceridad de tu parte cuando lo haga. ¿Está claro?
Además, como estarás en la ciudad esta semana, necesito que asistas a una subasta benéfica de arte por mí y pujes por unos cuantos cuadros. Te enviaré los detalles dentro de un par de horas.
Te quiere
Jonathan
P. D.: Corey sigue en San Francisco. Estoy seguro de que le alegrará verte de nuevo.
¿Corey?
Clavé los ojos en la última línea del correo mientras el avión ascendía por el cielo y mi corazón se aceleraba con un ritmo traicionero que llevaba años sin sentir. El hecho de que Corey estuviera en San Francisco había cambiado todo en ese nuevo arreglo, y supe que iba a tener que intentar evitarlo durante el mayor tiempo posible.
Presente
San Francisco, California
Corey
Estaba empezando a odiar todo lo que una vez había amado de la ciudad. Seguía siendo lo opuesto a las calles atestadas de Nueva York y su skyline sobrecargado, la alternativa perfecta a la ilusión que Silicon Valley había intentado plasmar en un oasis libre de estrés, y el único lugar donde cualquiera con un sueño y el más mínimo conocimiento tecnológico podía poner en marcha una empresa nueva con facilidad.
Pero en los últimos años, San Francisco se había estancado. Había dejado de llegar gente nueva, y cada lugar en el que me aventuraba acostumbraba a estar lleno de gente conocida. Mujeres con las que ya me había acostado, fiestas que ya habían organizado, socios de negocios con los que ya había tratado…
La niebla que cubría el Golden Gate cada mañana ya no era algo que admirara durante más de unos segundos, sino lo usual, la misma mierda de siempre, y estaba haciendo crecer un efecto de entumecimiento en mí.
Tenía una serie de exnovias a las que nunca había amado y a las que siempre había dejado yo y una serie aún más larga de mujeres a las que había abandonado en habitaciones de hotel después de noches llenas de polvos insatisfechos, y luchaba de forma constante contra una desafortunada verdad a la que no quería enfrentarme: a pesar de todo el éxito que había conseguido y la excelente reputación que me había forjado, mi vida seguía estando tremendamente vacía, y las cosas con las que había intentado llenarla solo habían hecho más profundo el hueco.
Y en ese momento, mientras estaba en la azotea del Hotel Roosevelt en otra fiesta art decó, miré a mi alrededor y me di cuenta de que cada persona presente era un oportunista buscador de oro, un miembro de la élite de la ciudad o alguien con quien no tenía interés en hablar de nuevo. Estaba más que seguro de que la noche iba a terminar como todas las que había vivido en los seis últimos meses: preguntándome «¿Por qué coño sigo aquí?».
—¡Corey Walters! —Una mujer morena que me resultaba vagamente conocida se acercó a mí—. ¿Cómo estás?
—Estoy bien —dije, sin recordar su nombre y sin querer mantener una conversación con ella—. Espero que tú también lo estés.
—¡Estoy genial! ¿Sigues trabajando en Statham Industries como jefe de ciberseguridad o has montado ya tu propia empresa?
—En realidad la respuesta es afirmativa en ambos casos.
—Bueno, cuando te ramifiques, ¿me darás una exclusiva para presentar tu sede? Puedo hacer que mi equipo de noticias cubra la gran inauguración si lo deseas.
—¿De verdad crees que a una empresa de seguridad le conviene permitir que los medios de comunicación hagan un recorrido por sus instalaciones?
—No —replicó ella, sonriendo—. Pero creo que es mejor para ti que sigamos donde lo dejamos la última vez. Nunca tuvimos la oportunidad de terminar la noche en el Hilton el año pasado, ¿recuerdas?
Resistí el impulso de poner los ojos en blanco. Ya recordaba quién era esa mujer.
Se llamaba Raina, y si nuestro último encuentro era un indicio, mi noche iba a terminar mejor si saltaba desde la azotea en lugar de continuar con la conversación.
—¿Sales con alguien? —preguntó.
Invéntate una excusa y lárgate de aquí.
—Ahora mismo no.
—Oh, vaya, eso es muy triste —dijo—. Eres demasiado sexy para estar solo, ¿sabes?
La miré fijamente.
—Esta es la parte en la que me preguntas si estoy disponible —añadió sonriente.
—No, esta es la parte en la que puedo garantizar que lo estás.
—Muy gracioso. —Se rio y se acercó más a mí—. Puedo ir a casa contigo esta noche, y podemos volver a conectar como quieras.
—No quiero, así que no iremos.
—Vale, vale. —Sonrió—. Sé que puede que te asustara con mi lista de fantasías la última vez, pero puedo tener sexo normal hasta que estés listo para intentarlo a mi manera. —Me guiñó un ojo—. Te sorprendería saber cuántos hombres disfrutan de que les vierta cera caliente lentamente en sus pollas antes y después del sexo. Es fantástico, lo prometo. Y, entre tú y yo, solo he quemado a tres tipos en las cinco veces que lo he hecho.
Vale, a la mierda con esto.
