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Seguramente alguna vez tuviste nostalgia de tu infancia, en la que no existían los límites ni el tiempo. O guardaste en tu interior experiencias intensas que fueron determinantes en el rumbo de tu vida. Es por eso que el autor en estas páginas, nos invita a emprender un viaje, con dos enfoques distintos implícitos dentro del Equipaje Ancestral. Uno, emotivo y empático, para conocer mundos reales e imaginarios y acercarnos a la atrapante vida de sus personajes, entre duras realidades actuales y enigmáticos hechos inesperados. El otro, introspectivo y personal, para mirar de cerca las propias historias que vivimos en la infancia, en la familia, en la cultura y atrevernos a desentrañar su contenido de luces y sombras. El Equipaje Ancestral nos evoca aquellas vivencias que atesoramos o las verdades que callamos. Es ese bagaje que, sacado a la luz, nos mostrará la mejor versión de nosotros mismos, impresa en nuestras raíces. Para una vida genuina, sin violencia, sin discriminación, en aceptación y valoración de las diferencias, y en armonía con el medio ambiente.
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Seitenzahl: 146
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Lucero, Favio Anselmo
Equipaje ancestral : para un viaje interior / Favio Anselmo Lucero. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
148 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-901-1
1. Narrativa Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos Fantásticos. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Lucero, Favio Anselmo
© 2021. Tinta Libre Ediciones
PRÓLOGO
Todos y cada uno estamos hechos de historias de la familia que nos engendró y de la geografía donde nacimos.
Equipaje ancestral es esa identidad construida con las huellas congénitas que llevamos en las entrañas y que dejamos en la tierra que pisamos. Contiene experiencias profundas, íntimas, que nos contaron, que escuchamos o que protagonizamos. Historias felices, tristes, dramáticas y hasta misteriosas, que nos despertaron sentimientos, emociones y pasiones. Que nos marcaron un rumbo en la vida.
Las guardamos en la memoria o en el corazón, atesorando aquellas que nos hicieron bien, y silenciado otras que nos hirieron.
Un equipaje que llevamos con nosotros a través del tiempo. Un equipaje ancestral para un viaje interior, conscientes de nuestra propia historia personal, con vivencias que buscan ser iluminadas y sanadas o, simplemente, liberadas de mandatos e imposiciones patriarcales normativos, para continuar el camino individual, más libres y auténticos, aceptando y abrazando todo lo que somos en esencia. Sin culpas, sin huir, sin desistir, sin negar la oscuridad, para poder transformarla en claridad, en capacidad de amar.
EQUIPAJE ANCESTRAL
PEQUEÑO GRAN MUNDO
Entró bruscamente, se miró al espejo. Al cruel espejo que, últimamente, le mostraba no su cara, sino el rostro de la tristeza. Paralizó el pensamiento por un instante y se despidió lentamente, con los ojos fijos en el cristal. No lo podía creer.
Se quitó la sonrisa que cada noche se colgaba junto con el traje rojo de volados en el cuello, mangas anchas y lunares brillantes. Se sacó el bonete alto, los zapatos largos, la redonda nariz colorada.
Latiendo fuerte sus emociones, con nostalgia rememoró su pasado aristocrático, al cual había renunciado para perseguir sus sueños e ideales que lo llevaron a rodar por el mundo. Optó por dejar su vida acomodada y segura para ser explorador de ilusiones. Un soñador. Buscaba otros placeres, otro confort.
Quería obtener la admiración de las personas solo por necesidad de amor.
Nunca tuvo un romance duradero; siempre rehuyó de sentimientos fuertes o compromisos por miedo a sufrir. Un rebelde nato. No quería poner límites a sus deseos, ya que se permitía la más amplia independencia. Era un charlatán con ansias de tenerlo todo. De comunicarse, de hablar.
Probó el alcohol como desahogo de una vida huidiza. Había sido vendedor de ungüentos egipcios y jarabes milagrosos para curar enfermedades, encantador de serpientes, adivino, domador de caballos… casi mendigando, por momentos.
Hasta el día en que conoció el circo.
Abandonó todo por ir detrás y formar parte. Quedó hipnotizado con su hechizo. Lo sedujo más que nada. Se convirtió en el encantador encantado, irresistible a tan mágico atractivo.
Colgó silencioso esa máscara de felicidad. Al recostarse, su mirada dulce, casi perdida de angustia, recorrió el viejo camper: un espejo rodeado de focos blancos, invitando al triunfo. Debajo, la roída mesa recibiendo pinturas desparramadas. Una silla y perchas sosteniendo los pacientes trajes que esperaban lucirse en graciosas veladas.
Lo cubrió una lluvia de recuerdos, como la lluvia de papelitos en la pista y los ensayos ante las butacas vacías. La carpa, que parecía retener risas y aplausos acumulados años tras años. También había conocido la fama y el éxito durante las temporadas prósperas para el circo.
Por la madrugada, recién salido el sol, la larga caravana de casillas rodantes, jaulas, camiones y autos se dirigía, presurosa, hacia un pueblito. En la mañana, mostrando un feroz león, un oso, dos monos y un cartel, salían por las calles que se poblaban después de que pasara el camión regador. Provocaban el griterío de los chicos y puras sonrisas de entusiasmo. Todos los habitantes tenían desorbitados los ojos de asombro.
Era como si entraran en la magia de un cuento al escuchar el altoparlante, con sonido metálico, anunciando:
—Atención, señoras y señores: ya llegó el gran “Circo Melincué”, único por su espectáculo. Con artistas de todo el mundo.
Los niños que se dirigían a la escuela, mientras saludaban rápidamente a sus madres, corrían hacia él, cubriéndolo de preguntas:
—¿Cuándo empiezan?, ¿hay muchos payasos?, ¿hay magos?, ¿son malos los leones?, ¿qué hace el oso?, ¿vos cómo te llamás?
Siempre traía regalos para los pequeños: golosinas, globos, canicas.
La gente mayor también los miraba, intrigada por esta repentina llegada. Habían venido para darle vida a sus días inalterables marcados por el ritmo rural, aburridos, sin diversión.
Por la tarde, armaban la carpa. Eran visitados por los más curiosos, que seguían asombrados, paso a paso, cada movimiento Hasta que izaban la bandera de su enorme casa-escenario. David la contemplaba allí, invitándolo a la alegría, a los aplausos, a las risas, a la música, a la popularidad. Después, formando la fortaleza acostumbrada, se colocaban, alrededor, carromatos y jaulas. Todo. El pequeño gran mundo. Su mundo. Grande, reducido a esa estrecha residencia de madera. Afortunadamente, ahí ha pasado dichosamente gran parte de su vida ambulante y nómade. Toda una vida dando vueltas. Su hogar estaba entre artistas, trabajadores, acróbatas, técnicos, malabaristas, trapecistas y los dueños, descendientes de varias generaciones nacidos en el circo.
La noche entera estuvo despierto, recordando el suceso.
Anoche. Fue anoche que llegó, cubierta de bullicios, la música con el mismo clima festivo de siempre. También se escuchó el sonoro anuncio del director, vestido con galera y lustroso frac negro, y acompañado por la estruendosa orquesta:
—Damas y caballeros, niños y niñas, bienvenidos.
Detrás de escena, la piel se le erizaba. Entonces, apareció en medio del público, haciendo las mismas variadas piruetas.
Su esperada actuación se ejecutó con algunos trucos de magia, malabarismo y dibujos de gestos e imitaciones desplegando, al aire, escenas de mimo. Su lenguaje universal era para las personas de todas las culturas. Se caía torpemente y recibía bofetadas de su compañero, como remate, en medio de una explosión de carcajadas. Hacía equilibrio en la cuerda e improvisaba, con oficio e ingenio, ante el suspenso de los espectadores impresionados, suspirando por la aparente inestabilidad en el trapecio. Arriesgaba torpes inclinaciones en una posible caída.
Nuevamente, la música, entre ágiles movimientos, desapareció detrás de la cortina. Estuvo acompañado de ovaciones con silbidos que retumbaban en ese gran espacio circular de lona. Había sembrado, en los infantes, su don de ilusiones y sueños. Había despertado la euforia, de todos sus entusiastas admiradores entretenidos. Con lágrimas en los ojos, mientras se acallaban los aplausos en sus oídos, saludó con reverencia, lanzando su sombrero al aire.
Después de que esta contagiosa algarabía de la gente le diera, con aplausos de pie, la fama acostumbrada, ocurrió la breve y cruel entrevista en el tráiler del director y que le exprimió el corazón.
Apagó el gesto de la risa, tragando la amargura de sentirse debilitado un poco más cada día. Caminó, lentamente, hacia la salida. Pudo ver, justo debajo de la puerta y debajo de la inscripción “Payaso Chaplín”, a alguien muy extraño que estaba, como esperando una cita.
Fue un presentimiento angustiante que perduró hasta el corto trayecto al camerino.
Allí se encontró con aquel joven alto, fuerte. Parecía de familia circense, de origen alemán como él. Estaba vestido de traje azul, moño y zapatos grandes de puntas redondeadas. Sin maquillaje. Lo miró compasivamente. Extendía su mano, de dedos finos y largos. Se lo notaba nervioso.
Por un momento, pensó lo peor. Desconfió de lo que ocultaba su mano izquierda, dentro del bolsillo del pantalón. Era una noche lóbrega.
A él lo alumbraba el reflejo del cartel, puesto en el mástil de la carpa, y era como si estuviera destacado en el papel de presentador, que marcaba el final de una función.
La función de su vida.
Sintió derrumbarse su autoestima, su excentricidad. Sintió culpa por haber vivido con tan poca cabeza. Sintió como si le cortaran la cabeza.
Tímidamente, tornó hacia él su calvicie, con la peluca enrulada en una mano, resignado a todo. De repente, el visitante, con voz firme y acelerando la respiración, le dijo:
—Soy el nuevo payaso del circo, de ahora en más, su reemplazo.
—Mucho gusto.
Se estrecharon la mano, examinándose ambos sigilosamente.
Luego, el intruso agregó:
—Lo he buscado por muchos años. Soy Bruno, su hijo. —Y sacándola de su bolsillo, le mostró la foto de su madre.
COMBATE
Tomy era un niño de ocho años de edad que vivía en guarda de una familia sustituta. Cuando lo retiraron de su hogar a los dos años, por maltrato de sus padres, sintió el cruel desgarro de ser arrancado de su familia. Ahora tenía la suerte, por primera vez, de haber traspasado los muros siniestros de la institución donde lo dejaron. Estaba feliz y libre hacía un año, en la nueva casa. Recibiendo contención y cariño, creaba sanos lazos afectivos con los nuevos papás.
Pero, de golpe, se detuvo el engranaje del tiempo. Ayer, antes de ayer y hoy se cubrieron de nubarrones de plomo, cerrando su horizonte.
Ese día oscuro, los ojos de asombro de Tomy se hicieron mirada, que metió en la taza con leche. Mirada, que corrió por los vidrios húmedos de la ventana.
Salió. Fue hasta donde los chicos jugaban y volvió acompañado de un latido a punto de explotar.
Miró a sus padres a la cara, pidiendo explicaciones.
Finalmente, ante el silencio, de ellos, se puso desilusionado, petrificado, al lado de las valijas.
El ejército romano camina seguro a la batalla. Con paso firme, las tropas bien alineadas marchan. Distintas edades y color de piel forman guarniciones estables. Los jóvenes actúan en primera línea de combate, hostigando al enemigo.
Sus pensamientos, altivos, fijos en la meta. Ni siquiera pestañean, igual que los granaderos.
Había muchísimos reclutados del ejército y la armada; ciudadanos prestando servicio militar en la infantería ligera y en la caballería.
Los uniformes y armaduras, de acuerdo a la procedencia o la actividad que van a cumplir, son variados. Están conformados por un pesado equipamiento de cascos, coraza, escudo, grebas para proteger las piernas, cinturón, sandalias, pañuelo y una cartera como parte básica de su atuendo. Además, visten túnica de lana color rojo. Los oficiales superiores llevan capas blancas con plumas.
Los centuriones se distinguen con crestas transversales en sus cascos o medallas en el pecho, y por sus lanzas largas. Cada agrupación tiene adjudicado su emblema. Un águila de plata es la máxima insignia.
Están encargados de mantener y de asegurar las fronteras con valor y sacrificio. Preservan el territorio ganado en campamentos itinerantes u operaciones de campo continuas.
Los brazos de los soldados parecen imponer el temor y la ley. Ante las amenazas constantes de invasión del enemigo, las estrategias se organizan, en campañas estacionales a medida que los territorios se expandían y fortalecían las estructuras militares.
Sus pechos se ensanchan a las órdenes del césar. Fieles al emperador, a quien prestaron juramento con lealtad exclusiva al general. Obedeciendo a sus superiores, no abandonan nunca las líneas del frente. Desempeñan maniobras y tácticas adquiridas en ejercicios de entrenamiento, tan intensivos como disciplinados. Por eso, no se detienen ante nada. Son suficientes para defender el imperio.
El silencio huye en presencia de sus solemnes pasos. Todos al mismo tiempo, todos acompasados e iguales, respetando los escalafones del régimen militar. Un tambor marca el ritmo, envolviendo esa sucesión inacabable de hombres erguidos, serios. Filas convertidas en una masa compacta, como roca.
Esa mañana dejaron la metrópoli entre despedidas que les desearon triunfo. Las más sentidas y emocionantes, para ellos, fueron las que, a su paso, los aclamaron, saludando con pañuelos y flores.
El sol corría para un lado y otro, jugando a las escondidas. Los encontraba en cada calle.
Todo reverenciaba el paso de las tropas. Eran la exclusiva guardia pretoriana. Había custodios del palacio imperial y destacados en el campo de batalla.
Su recorrido fue demorado por la gente que los acompañó hasta la salida, en medio de gran bullicio. Se inclinó íntegra, la magnífica ciudad de Augusto. Puntualmente para el adiós, la urbe eterna estaba más suntuosa que nunca.
El panteón, la basílica Julia y el foro, vestidos de belleza, los miraban guiñando un ojo. Les exigieron éxito para acrecentar su prestigio, como sucedía cada vez que iban a la guerra. Más tarde, cruzaron el arco triunfal de tiberio. Ahí fue la emoción de una multitud de razas.
La señora del mundo, que los veneraba, les exigía esa victoria. Tal era el culto imperial. Seguro que sería, como los otros logros. Cartago dos veces, la conquista del Mediterráneo, Alalia. Todo los alentaba.
Así atravesaron las murallas, adentrándose en el misterioso bosque azul. Pasado el mediodía, se encontraron rodeados por otro ejército.
Una hilera de árboles, uno al lado del otro, estaban tan formados, sólidos y parejos como ellos. La seriedad militar se las daba la impenetrable sombra que los mismos proyectaban.
Más tarde, aparecía otro batallón iluminado por los trajes. Era muy poderoso; cruelmente, atravesaba con lanzas de fuego y claridad dorada las ramas menos protegidas. Los romanos, moviéndose sin perder majestuosidad, pidieron auxilio.
Aparecieron jabalineros en socorro de sus amigos. Cubrieron totalmente, con escudos de humo, aquella infantería refulgente. Esperaban a estar cerca del enemigo para lanzar las jabalinas, y antes de que estos cargaran las suyas, se reagrupaban. En medio de estas batallas, los soldados continuaron, con decidida rapidez, blandiendo su espada contra sus adversarios.
Otras veces, una milicia fría y arrasadora corría intimidando a las unidades de combate cuerpo a cuerpo.
Cuando se encontraron en campo abierto, sorpresivamente se enfrentaron a rivales que, con sus arqueros, ennegrecieron el cielo, tirando sus infinitas lanzas hacia arriba, alterando el ritmo de los legionarios. Tuvieron que buscar refugio en las barrancas al otro lado del río por lo que debieron correr, o bien, ser derrotados y perecer empapados por las armas enemigas.
El miedo vino a hacerles compañía ante un nuevo ataque. Otro oponente, no menos poderoso que los anteriores, desarrollaba una ofensiva frenética, oscureciendo todo entre camuflaje y carros. Quería vencerlos con el fragor de tañidos o estrépitos misteriosos.
Al día siguiente, fueron abatidos por el escuadrón de una reina, con estruendos en medio del ruido. Unos toques de tuba emitieron señales de final, impregnadas de rocío del alba.
Las temidas legiones de la celosa y eterna República, al tiempo, regresaron a la capital. con nuevos territorios ganados para afirmar su política conquistadora de establecer la hegemonía sobre el mundo conocido de Oriente y Occidente. Fue una gran batalla. Hubo muchas bajas y heridos. Muchos murieron con honor y lealtad. Los héroes, sobrevivientes, aumentaban el estatus de funcionarios de gobierno y el orgullo del pueblo devoto por todos los rincones del imperio.
Se multiplicaron las bienvenidas de pétalos y pañuelos. Levantaron un altar, en honor a la gloria de esos hombres valerosos, coronados de laureles.
Tomy había adoptado el nombre de Hércules cazador, su ídolo. Se vestía, a veces, con la ropa de gladiador que le había regalado su nuevo papá.
Pero el ejército triunfal se esfumó. Todo acabó. De un golpe, el imperio de expansión, decayó. Se esfumó el vasto imperio de Tomy, conquistado por hazañas inventadas. Ya no estarían más los sitios baldíos con olor a hierba, los bosquecitos de tala y caldén, los arroyos y ríos con el mejor sonido que existe, de saltos felices de cascadas, mojarras y bagres. Ni los besos de su mami al despertar.
Lo derrumbaron. Lo devastaron cuando sus padres recién estrenados, después de la merienda, devolvieron su infancia nuevamente al encierro del orfanato.
EL ENIGMA DE LA CUEVA
Precipitadamente lo corrió la llovizna que, ondulante, caía sobre la laguna con sol. Como no pudo evitarla, se empapó.
Tuvo que guarecerse, jadeante, en la cueva; la de siempre, en la que se encontraban y vivían las aventuras de juegos que nunca morían. No era grande; más bien, un sucucho en el que apenas cabía. Sus ojos salpicados descansaron en el campo de alfalfa mientras se sentaba en la piedra de la entrada.
Pero, en esta ocasión excepcional, presintió una presencia extraña a sus espaldas. Efectivamente, había una figura en el rincón, que no sabía definir, contrastando insólitamente.
Las paredes de tierra, que escondían capas de musgos, helechos y raíces, lo rodeaban en penumbras. Se sintió observado, como si lo miraran fijamente. Eso lo dejó incómodo.
Martín era de temperamento irritable. Se puso ansioso al encontrarse desamparado. Al mismo tiempo, esa conmoción le provocaba una sensación contradictoria, ya que esa especie de aparición misteriosa emanaba una serena paz.
Por mantener la misma postura, en cuclillas, se acalambró. Entonces, pensó salir inmediatamente corriendo, sin importarle la lluvia ni el frío. Quería escapar de esa sala húmeda que lo examinaba en silencio. Aunque estaba cálido allí, no correspondía, por lógica, a que hubiese un clima templado en ese lugar.
Finalmente, corrió. Corrió con miedo, alegría y desesperación. La calma mojada fue la excusa perfecta para escabullirse.
Se detuvo debajo del chañar. Allí soplaba un aire puro, fresco. Además, estaba protegido, a resguardo. El joven tronco grueso, bien plantado, hacía cantar sus hojas, combinando verdes, amarillos, naranjas dulces y plumas. Bandadas de pájaros en las ramas interpretaban largas melodías vibrantes mientras se alimentaban, celebrando al sol.
Todo era distinto. Corría una suave brisa, se respiraba mejor. Un camino abierto sin límites para sus cortos diez años.
Momento después de subir la loma, se encontró hundido en la caricia del maizal, que en vano intentaba distraerlo con los sonidos ásperos del roce de las chalas o con los colores pálidos de los tallos. Mostraban sus espigas doradas de abastecido alimento. Cruzar ese campo fue evadirse.
